San Justino, filósofo y mártir (+ 165)

Existen varios argumentos a favor de que Justino, el importante apologista de la fe cristiana del siglo II, proveniente de una familia pagana griega de Falvia Neapolis, hoy Nablo, el antiguo Siquem en Samaria (Palestina), debe su conversión al cristianismo a la acción de un Ángel.

El propio Justino, en su Diálogo con Trifon el judío (caps. 2‑8), redactado después del año 120, habla de su conversión (texto abreviado):

Una vez tomé la decisión de gozar de un reposo completo y, para esto, evité los caminos de los hombres. Por ello fui a una solitaria región cerca del mar. Pero cuando me acercaba al lugar donde quería estar solo, conmigo mismo, vi que me seguía a poca distancia un hombre viejo, de aspecto confiable y semblante bondadoso y serio. Yo me volví, permanecí parado y lo miré fijamente. Él, entonces, me preguntó: «¿Me conoces?» Yo negué. Insistió: «Por qué me miras así?» Le respondí: «Observo que te encuentras en el mismo lugar que yo, y no esperaba encontrar a nadie aquí.»

Él contestó: «Yo estoy preocupado por mis parientes que están en el extranjero. Iba a verlos, y pensé que quizá podría encontrarlos aquí.» «¿Y tú por qué estás aquí?» Respondí: «Yo fundo mi alegría en pasar el tiempo reflexionando. Aquí puedo meditar sin disturbios y hablar conmigo mismo. Este ambiente solitario está hecho para aquel que ama las meditaciones filosóficas.»

Después de este pasaje prosigue un diálogo extenso y explícito sobre el sentido y valor de la filosofía, la cual, en definitiva, no puede conducir a la felicidad verdadera, ni aun en sus mejores representantes. En este momento, el anciano alude a los portadores de la revelación de la Palabra divina, quienes pueden acreditarse en cualquier aspecto

también por los prodigios que realizaron, porque así glorificaron a Dios, el Creador del mundo y Padre, y anunciaron a su Hijo Jesucristo, proveniente de Él. La actuación de los falsos profetas, por el contrario, llenos del espíritu de la mentira y la impureza no fue ni es la misma; en contraposición, se atrevían a realizar milagros para asustar a los hombres y así glorificar a los espíritus de la mentira y a los demonios.

Tras esta explicación, todavía amonesta a Justino: «¿Reza para que se te abran las puertas de la luz! Porque nadie puede ver ni comprender, excepto cuando Dios y Cristo le den la gracia de la comprensión.»

A continuación, Justino añade:

Después de que el anciano dijera estas y muchas otras cosas más, que ahora no es tiempo de narrar, se fue, rogándome encarecidamente que tomara en cuenta sus palabras. Nunca más le he visto, pero mi alma empezó a arder y me envolvió un amor hacia los profetas y hacia aquellos hombres amigos de Cristo. Reflexioné en mi interior sobre la doctrina de este anciano y solamente en ella encontré la verdadera filosofía que nos trae provecho. Éste es el camino y éstas las razones que me llevaron a convertirme en filósofo. Tengo el deseo de que todos se llenen del mismo celo y ninguno se aleje de la doctrina del Salvador.

En el Acta Sanctorum (Septembris, vol. VIII, pp. 90ss.) se intenta probar con numerosos argumentos que el anciano que condujo al filósofo a su conversión a la fe cristiana no era realmente un hombre, sino un Ángel que adoptó forma humana. De hecho, cuando se medita sobre las singulares circunstancias del diálogo con un hombre que de pronto aparece en la soledad, es posible llegar a esta convicción: Justino se admira por encontrarlo en una región tan solitaria. Su respuesta, cuando le pregunta el motivo de hallarse exactamente en esa comarca, no correspondería la verdad si se tratara de un hombre mortal. A saber, el anciano indica: AEstoy preocupado por mis parientes, que están en el extranjero. Iba a verlos, y pensé que quizá podría encontrarlos aquí.@ Sin embargo, si realmente fuera un hombre, no esperaría el regreso de sus parientes, que estaban lejos, en el extranjero, en una región tan solitaria ‑Justino había ido hasta allí exactamente para no encontrar a nadie y poder así sumirse sin disturbios en sus pensamientos‑. El anciano, además, toma su tiempo para una larga conversación con Justino, sin volver a aludir al regreso de sus familiares. Si no se trata de un hombre, sino de un Ángel, entonces sí podía afirmar que buscaba unos parientes que estaban en el extranjero, lejos de su casa, pudiendo encontrar al menos a uno en esa solitaria región, pues lo buscaba principalmente a él, a Justino.

Cuando se reflexiona sobre la conversación del misterioso hombre, es de admirar la prudencia con que descubre sus opiniones, cuán finamente las fundamenta, su facilidad para refutar a este pagano un tanto ensoberbecido por su filosofía y orillarlo a reconocer sus errores y aceptar el mensaje de los profetas y de los discípulos de Cristo; después se separa de Justino definitivamente, exhortándole a la oración. Todo esto no señala a un hombre, además muy instruido, que sabe expresarse muy bien, sino más bien a un Ángel bajo apariencia humana.

Al meditar en conjunto acerca del relato de Justino sobre su conversión ‑y nada impide reconocer en ella una verdad histórica, tal vez dotada de cierto estilo artístico‑, puede llegarse a la convicción de que este hombre era en realidad un Ángel. Incluso la propia eficacia del diálogo permite esta certeza, ya que, apenas concluida la conversación del anciano con Justino, se enciende súbitamente en el alma del filósofo un fuego escondido que precede a su conversión completa al cristianismo y, por último, al martirio. Así como en Cesárea se inició la conversión del centurión Cornelio por mediación de un Ángel que se le apareció en forma visible, del mismo modo Justino ‑puede suponerse con razón‑ fue conducido a la fe verdadera por un Ángel, en la primera mitad del siglo II.

Aún podría objetarse por qué Justino no habló expresamente de un Ángel en la historia de su conversión. Tal vez calló por humildad. De todos modos, Justino creía en la existencia de los Ángeles, como lo confirma frecuentemente en el Diálogo con Trifón el judío y en su Apología, donde incluso menciona una fórmula trinitaria muy especial, que hace suponer que ya conocía la veneración litúrgica de los santos Ángeles: ALo adoramos a Él [Dios Padre] y a su Hijo, que vino de Él y nos instruyó por medio de los otros Ángeles que son obedientes y de común acuerdo, y al Espíritu [Santo] profético@ (Apología, 1,6,2).

Tras su conversión al cristianismo, Justino consideró como su propia obligación divulgar la verdad que había encontrado. Con este fin viajó a diferentes países, refutando celosamente el paganismo, el judaísmo y las herejías que habían surgido. Y así anunció y defendió valerosamente la fe cristiana, de palabra, mediante la publicación de obras, y con su muerte, al ser martirizado, junto con otros seis cristianos, en Roma entre los años 163 y 167, en tiempos del prefecto Rústico.