San Juan Damasceno († 4 de diciembre de 749)
Del siglo VIII citaremos como testigo de la fe en la existencia y eficacia de los Ángeles al “último gran padre de la Iglesia oriental, el dogmático clásico de la Iglesia griega”, san Juan Damasceno, pese a que no se trató -tampoco en el tema de la angelología‑ de un “espíritu productivo ni un investigador original, sino únicamente de un recopilador y aplicador de los frutos espirituales que recogió”.1 Tal vez justamente por este motivo lo que sobre los Ángeles escribe en su Exposición de la fe ortodoxa es muy representativo de la angelología de la época.2
Juan Damasceno nació aproximadamente en el año 650, proveniente de una estirpe noble, tradicional y cristiana de Damasco, en la cual el padre heredó al hijo un alto cargo civil sarraceno, probablemente la inspección de los impuestos de la provincia de Siria -existe una evidente relación entre la posición de confianza que esta familia alcanzó ante el califa y su sobrenombre: Manschur, ‘aquel que fue ayudado’.
El maestro y educador del joven Juan y de su hermano adoptivo Cosme fue el monje Cosme de Calabria -erudito y filósofo rescatado por el padre de Juan del cautiverio de la guerra sarracena‑, quien se distinguía por su extenso saber sobre la teología y sobre las ciencias profanas; este Cosme de Calabria instruyó a sus dos talentosos discípulos en las ciencias espirituales y mundanas.
Se desconoce si Juan ocupó el ministerio de su padre; sin embargo, poco después del año 700 dejó el servicio estatal y se retiró, motivado por el anhelo de la vida contemplativa que había llevado con su hermano adoptivo, a la famosa laura de San Sabas en Jerusalén ‑adonde había partido previamente su maestro Cosme‑ para dedicar el resto de su vida al servicio de Dios. El patriarca Juan V de Jerusalén († 735) ordenó a Juan Damasceno sacerdote. En la tranquilidad del convento de Sabas desarrolló una fecunda actividad literaria, con el principio fundamental de exponer las verdades de la fe según los profetas, apóstoles y padres de la Iglesia de los primeros siglos, sin crear nada propio.
Juan Damasceno murió el 4 de diciembre de 749 en el monasterio de Sabas. Cinco años después de su muerte, en 754, fue condenado hereje por el Sínodo de After, en Constantinopla, por la defensa que hizo de la veneración a las imágenes. Posteriormente, el VII Concilio de Nicea (787) se declararía a favor de venerar las imágenes, rehabilitándolo como luchador de la fe. En el Oriente es venerado como padre de la Iglesia; la Santa Sede lo nombró doctor de la Iglesia el 18 de septiembre de 1890.
Juan Damasceno expone su angelología principalmente en el capítulo 2 de su Exposición de la fe ortodoxa (también en los capítulos 3 y 4):
El Dios bondadosísimo no se contentaba con la contemplación de sí mismo; no, en la abundancia de su bondad quería que existiera algo que pudiera recibir sus beneficios y participar en su bondad. Por eso creó las cosas de la nada, tanto lo invisible como lo visible y al hombre, compuesto de visible e invisible. Dios crea en cuanto piensa, y al Pensamiento subsiste la obra, la Palabra la realiza y el Espíritu la perfecciona.
Dios es el creador y formador de los Ángeles. Él los llamó de la nada a la existencia, según su imagen los creó, como una naturaleza sin cuerpo, una especie de viento y fuego incorpóreo, como canta el divino David: “El que hace a sus Ángeles como vientos y sus ministros como llamas de fuego” (Sl 103,4; Hb 1,7). Así describe el profeta la agilidad, fogosidad, calor, insistencia y rapidez con que los Ángeles se entregan a Dios y le sirven, su tendencia hacia las alturas y su libertad de todo pensar material.
Por consiguiente, un Ángel es un ser pensante, siempre activo, de voluntad libre, sin cuerpo, que sirve a Dios, cuya naturaleza recibió por pura gracia. La forma y destino de la esencia del Ángel solamente el Creador las conoce. Como ser sin cuerpo e inmaterial se llama Ángel, en relación con nosotros los hombres; pero comparado con Dios, el único incomparable, todo parece grueso y corporal; completamente sin materia ni cuerpo, solamente la esencia divina.
El Ángel, entonces, es un ser dotado de inteligencia, pensante y de voluntad libre, transformable a su intención y voluntad; porque todo lo creado también es capaz de ser transformado. Únicamente lo increado no puede cambiar. Y todo lo que tiene razón puede determinarse a sí mismo. Como ser inteligente y pensante, la esencia del Ángel posee una libre autodeterminación. En cuanto ser creado, es transformable, tiene poder para permanecer en bien y seguir adelante, pero también para desviarse hacia lo malo. El Ángel es incapaz de una conversión porque no tiene cuerpo; el hombre, por la debilidad de su cuerpo, recibió la conversión. Es inmortal no solamente por la fuerza de su naturaleza, sino también por la gracia. Porque todo lo que tuvo inicio tiene naturalmente un fin. Solamente Dios es para siempre; Él está incluso por encima del siempre. Porque el Creador de los tiempos no puede situarse bajo los tiempos, sino por encima de ellos.
Los Ángeles son luces espirituales de segundo grado. Reciben su iluminación de la Primera Luz que no conoce inicio. Lengua y oído no necesitan; comunican sus pensamientos y decisiones entre sí sin proferir una palabra. Por la Palabra eterna, el Logos, todos los Ángeles fueron creados, y por el Espíritu Santo perfeccionados por santificación. Según su dignidad y grado, recibieron la iluminación y la gracia.
Son circunscritos; porque cuando están en el cielo no están en la tierra. Y cuando son enviados por Dios a la tierra no permanecen en el cielo. No están limitados por muros y puertas, cerraduras o sellos. Aparecen a los dignos a quienes Dios permite verlos en forma diferente a la suya propia, tal como los videntes puedan verlos. Porque es ilimitado por propia naturaleza y en sentido pleno, solamente lo increado. Cada criatura es limitada por Dios, su Creador.
Recibieron la santificación del Espíritu Santo fuera de su naturaleza. Por gracia divina profetizan. No necesitan matrimonio porque no son mortales.
Los Ángeles son espíritus; por eso se hallan también en lugares espirituales. Están circunscritos, no por el modo de su cuerpo ‑según su esencia, no tienen forma de cuerpo ni una dimensión triple (largo, ancho y profundo)-, sino porque adonde son enviados, allí están presentes y actúan, y no pueden actuar al mismo tiempo en distintos lugares.
Si son iguales según su naturaleza o distintos entre sí, no lo sabemos. Sólo Dios lo sabe, porque Él los ha creado, Él, que todo lo sabe. Distintos unos de los otros son los Ángeles por el brillo de su luz y por su estado, ya sea que a la medida de la luz corresponda el estado o al estado la parte de luz. A través de la jerarquía del grado de su naturaleza se iluminan mutuamente. Es evidente que los superiores comunican la luz y el conocimiento a los inferiores.
Los Ángeles son fuertes y dispuestos a cumplir la voluntad divina; gracias a su naturaleza se dirigen prontos a donde les envía la orden divina. Protegen las partes de la tierra. Preceden a pueblos y lugares como les ordena el Creador, se preocupan de nuestros asuntos y nos ayudan. Es cierto que, según la voluntad y el mandato divinos, están sobre nosotros los hombres y siempre alrededor de Dios.
Difícilmente se moverán los Ángeles hacia el mal, pero tampoco en este aspecto son completamente inmóviles. Por cierto, lo son ahora, pero no por su naturaleza, sino a causa de la gracia y del celo con el cual están exclusivamente asegurados en el bien.
Ven a Dios como les es posible; esta visión de Dios constituye su alimento.
Los Ángeles se encuentran por encima de nosotros los hombres, porque son incorpóreos y libres de toda pasión corporal; pero no sin pasiones, ya que solamente Dios es sin pasiones. Aceptan aquella forma que ordena Dios, el Señor; así se aparecen a los hombres, a quienes develan los misterios divinos. Permanecen en el cielo, donde su única tarea es alabar a Dios y servir a su voluntad divina. Como expresa el gran teólogo Dionisio Areopagita, sumamente santo y piadoso, la teología, es decir, la Sagrada Escritura, otorgó nueve nombres a estos seres celestiales. El divino maestro, que nos instruyó en esta ciencia santa, los agrupa en tres categorías triples: La primera, dice, es aquella que siempre está alrededor de Dios y, como relata la tradición, unida a Él directa e ininterrumpidamente; es aquella de los Serafines, con las seis alas; los Querubines, con los múltiples ojos, y los santos Tronos. La segunda categoría está conformada por las Dominaciones, las Potestades y las Virtudes. La tercera y última es la de los Principados, los Arcángeles y los Ángeles.
Algunos afirman que los Ángeles accedieron a la existencia antes que cualquier otra criatura. Así lo asegura Gregorio Nacianzeno el Teólogo: “Primero, Dios pensó en los poderes angelicales y celestiales, y este pensamiento fue realidad.” Otros, por el contrario, aseguran que los Ángeles fueron creados después del primer cielo. No obstante, todos coinciden en que su creación tuvo lugar antes que la del hombre. Yo, personalmente, me adhiero al Teólogo. Porque conviene que en primer lugar fuera creada la naturaleza espiritual, después la material y al final el hombre, compuesto de las dos.
Quienes afirman que los Ángeles son creadores de alguna esencia cualquiera, son portavoces de su padre, el diablo; porque los Ángeles son criaturas, por lo tanto, no creadores. Creador, sustento y dirigente que cuida de todo es Dios, el único increado, alabado y glorificado en el Padre y el Hijo y en el Espíritu Santo.
De entre estos poderes angelicales, el príncipe de la tierra, a quien Dios había confiado el cuidado del mundo terrenal, no era malo por su naturaleza, sino bueno y creado para lo Bueno; no tenía una maldad en sí del Creador, pero no podía soportar la luz y la honra que el Creador le había dado, volviéndose contra Él por libre decisión, de lo que es natural hacia lo contranatural y levantándose contra Dios, su Creador, con la intención de disponerse en su contra.
Primero perdió lo que es bueno, después cayó en lo malo, que no es otra cosa que la privación de lo Bueno, como la oscuridad es la falta de la luz. De igual modo, también el maligno es una oscuridad espiritual. Como luz, fue creado bueno por el Creador ‑ porque Dios vio todo lo que había hecho y vio que era bueno (cfr. Gn 1,31) ‑; por su propia y libre decisión se hizo oscuridad. Con él fue arrojada también una multitud innumerable de ángeles sometidos a él que le seguían y con él cayeron. Y aunque ellos (los demonios) son de igual naturaleza que los Ángeles, se hicieron malos, cambiaron por libre decisión su voluntad de lo bueno hacia lo malo. Ellos (los demonios) no tienen poder sobre nadie, excepto cuando Dios se lo concede por ciertas razones dentro del orden de la salvación, como está escrito en el libro de Job (cfr. Jb 1,12) o al hablar de los puercos en el Evangelio (cfr. Mc 5,13). Cuando reciben el permiso de Dios tienen poder; se trasforman, cambian y adoptan aquella forma en la cual desean aparecer.
Ni los Ángeles de Dios ni los demonios conocen el futuro; a pesar de ello, lo predicen: los Ángeles, cuando Dios se lo revela y los envía a profetizar; por eso todo lo que aseguran se realizará. Asimismo los demonios, ya que en parte conocen algunos acontecimientos futuros, y en parte los sospechan; en muchas ocasiones mienten; por eso no debe creérseles, ni cuando dicen la verdad en determinadas circunstancias, porque también conocen las Escrituras.
Ellos (los ángeles caídos) inventaron cada maldad, al igual que las pasiones impuras. Por cierto, se les concedió estorbar a los hombres, pero no pueden forzar a nadie. Porque en nosotros los hombres se encuentra la decisión de aceptar o no el ataque. Por todo ello, está preparado para el diablo y sus demonios, y para sus secuaces, el fuego inextinguible de la pena eterna (cfr. Mt 25,41). Asimismo, es necesario saber que lo que es la muerte para el hombre es para el Ángel la apostasía; porque después de la apostasía no existe penitencia (para la conversión), como tampoco para nosotros habrá conversión después de la muerte.
San Juan Damasceno
1 D. Stiefenhofer, Des hl. Johannes v. Damaskus genaue Darlegung des orthodoxen Glaubens, München, 1923, p. IX.
2 En efecto, san Juan Damasceno no es original en su angeología; sigue, a veces literalmente, las explicaciones de San Gregorio Nacianzeno y de Dionisio Areopagita. Sin embargo, su mérito reside en compilar y resumir fielmente lo que se había enseñado en el Oriente sobre los Ángeles.
