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Congreso2023

Congreso 18: 27 de mayo 2023

Indice 

Cornelius Pfeifer ORC, Estructuras y orden del mundo angélico según san Antonio de Padua           pág. 2

Rev. P. José Ignacio Ferro, El Ángel Custodio en la doctrina de santo Tomás de Aquino             pág. 17

Cornelius Pfeifer ORC, El cosmos como reflejo del mundo angélico                                      pág. 22

Prof. Dr. Rafael Breide Obeid, Los nueve coros de los Ángeles                                                           pág. 31

Estructuras y orden del mundo angélico según san Antonio de Padua

Subiendo con San Antonio de Padua, a través de los nueve coros de los ángeles, hacia la perfección cristiana

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S-Juana de Arco

Santa Juana de Arco

“No hice otra cosa que cumplir la orden de Dios y de sus Ángeles.” Así se defendió la Virgen de Orleáns ante los jueces que en el proceso de Rouen, en 1431, la condenaron injustamente a la ejecución pública en la hoguera, en la Plaza del Comercio de dicha ciudad.

Esta única frase constituiría ya un motivo suficiente para añadir a esta patrona de Francia canonizada por el Papa Benito XV el 16 de mayo de 1920 a los santos que se relacionaron especialmente con los Ángeles.

Juana nació el 6 de enero de 1412 en Domrémy, en la Maas (sureste de Nancy, en Lotringen), de un matrimonio de campesinos ‑Jacques e Isabela de Arco‑; apenas a los 13 años de edad tuvo sus primeras visiones, en las que observó al santo Arcángel Miguel y, después, a santa Catalina y santa Margarita, de quienes recibió la orden del Rey del cielo de liberar el imperio francés, en aquel entonces bajo el yugo de Inglaterra, y conducir al monarca legítimo a su coronación.

Durante muchos años, la imagen de Juana de Arco fue desfigurada, bien por falsa glorificación, bien por infamia. En vida constituyó una figura legendaria: de un lado, a los franceses se les narraban extraños cuentos milagrosos alejados de la realidad de la santa, mientras, del otro, los ingleses intentaban, cuando aún mantenía cierto poder e influencia en Francia, diabolizar la fama de su enemiga mortal por medio de falsas propagandas. Y entre ambos extremos vacilaba el juicio sobre Juana de Arco: unos la veneraron casi como a un ser divino; los otros la maldecían como una mujer endemoniada. El acceso a la “Juana verdadera” solamente fue posible una vez que J. Quicherat publicó en 1849 las actas del proceso de Rouen en cinco volúmenes.1 Schirmer‑Imhoff, por su parte, traduciría al alemán las afirmaciones y actas más importantes de este voluminoso material -el proceso contra la Virgen de Orleáns, de 1431, y el de su rehabilitación, de 1456‑ en su obra Der Prozess Jeanne d’Arc, Akten und Protokolle 1431‑1456.2

Sin embargo, no constituye la intención de este libro polemizar sobre el rol de Juana de Arco en las frases singulares de las disputas bélicas en la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, sino ajustarse solamente a las apariciones angelicales que recibió.

La propia Juana de Arco relata estos hechos cuando responde al interrogatorio del juez durante el proceso en su contra:3

Juro decir la verdad a las preguntas relacionadas con mi origen y con todo lo que he realizado, desde que vine [de Lotringen] a Francia [se usa aquí Francia en sentido estricto: la llamada Île de France; geográficamente, la cuenca de París]. Pero, en lo que se refiere a mis revelaciones divinas, hasta ahora nunca he hablado ni confiado a nadie sobre ellas, excepto a mi rey, Carlos VII. Y si queréis cortarme la cabeza, no os diría nada, porque mis consejeros secretos, mis voces, me lo han prohibido.

Cuando tenía 13 años escuché una voz que provenía de Dios para guiarme. La primera vez tuve un gran temor. La voz vino a la hora del mediodía; era en verano, en el jardín de mi padre. El día anterior, había ayunado. Escuche la voz por mi derecha, del lado de la iglesia [de Domrémy].

Al preguntarle el juez si se veía un esplendor cuando escuchaba la voz, la acusada respondió:

Casi siempre era acompañada la voz por una gran claridad. Esta luz llegaba del mismo lado de donde escuchaba la voz. Allí se veía un brillo claro [… ] La voz me parecía majestuosa. Creo que me fue enviada por Dios. En la tercera llamada yo lo sabía: Era la voz de un Ángel. La voz siempre me guió rectamente y siempre la entendí.

A la pregunta sobre qué le aconsejó la voz para su salvación, contestó:

Comportarme bien, ir a la iglesia. Me decía que era necesario que yo, Juana, fuera a Francia. Dos o tres veces por semana esta voz me decía que tenía que dirigirme a Francia y sin que mis padres supieran nada de mi salida. La voz me ordenó ir a Francia y ya no podía quedarme donde estaba. La voz me ordenó terminar con el estado de sitio en Orleáns. Me mandó buscar a Roberto de Baudricourt, en Vaucouleurs, quien era el prefecto de la ciudad, para que me concediera hombres que me acompañasen. Respondí que yo era una muchacha pobre, que no entendía nada de cabalgar ni de estrategias de guerra […] Cuando llegué a Vaucoulers reconocí a Roberto de Baudricourt, aunque nunca antes lo había visto; lo reconocí a través de la voz, que me avisó: “Éste es.” Le dije que tenía que ir a Francia. Por dos veces denegó; la tercera me dio los acompañantes; la voz ya me había predicho que así se realizaría.

Después, Juana de Arco relató cómo llegó a Chinon, donde residía el rey: “Cuando entré en la sala [del castillo del rey], reconocí al rey de entre todos; mi voz me lo indicó. Y le manifesté que yo quería guerrear contra los ingleses.” El juez preguntó cuál fue la primera voz que la visitó cuando tenía 13 años, a lo cual respondió: “Era san Miguel a quien vi ante mis ojos. No estaba solo, sino acompañado por los Ángeles del cielo.”

Ante la siguiente cuestión ‑si había visto real y corporalmente a san Miguel y a los Ángeles‑ la Virgen de Orleáns confirmó: “Los vi con mis propios ojos, como ahora lo veo a usted. Cuando me dejaron, lloré, por que deseaba que me hubieran llevado consigo.”

Al interrogarla sobre el aspecto que mostraba san Miguel cuando se le apareció, la respuesta de Juana fue:

‑ No lo he visto con la corona. De sus vestidos no sé nada.

-¿Iba desnudo?

-¿Piensa usted que Dios no tiene nada para vestirlo?

-¿Tiene cabellos?

‑Si no se los ha cortado…

‑ ¿Tenía una balanza?

‑ No lo sé. De todos modos, siento una gran alegría cuando lo veo. En ese momento me parece que no estoy en estado de pecado mortal.

‑Juana‑ insistió el juez‑, usted declaró que san Miguel tenía alas. Pero no explicó nada sobre la forma y los miembros de las santas Catalina y Margarita. ¿Qué manifiesta sobre eso?

‑Ya le dije a usted lo que sé y no voy a responder otra cosa. Vi a san Miguel y a las santas mujeres, y se bien que son los santos del paraíso.

Por último, el juez preguntó: “¿Cree usted que san Miguel y san Gabriel existen realmente?” Y de nuevo contestó Juana: “Yo los vi con mis propios ojos y creo firmemente en su existencia tanto como en Dios.”

Al final, la Virgen de Orleáns fue interrogada sobre la señal que en su presencia le había entregado al rey un Ángel: “Era un Ángel de Dios y de ningún otro quien entregó la señal al rey […] Y le decía que me diera el mando, y el país dentro de poco tiempo estaría a salvo.” Cuando el juez insistió aún si era el mismo Ángel que se le había aparecido la primera vez o si era otro, Juana aseguró: “Siempre era el mismo. Nunca me ha abandonado[…] (Cómo podría dejarme, si cada día me consuela!”

Cuando se le cuestionó si había reverenciado a san Miguel, al verlo, respondió:

‑Sí, cuando se iban, yo besaba el lugar donde habían estado.

‑ ¿Permanecieron mucho tiempo?       

-En muchas ocasiones se me aparecieron en medio de los fieles, sin que nadie pudiera verlos. Frecuentemente los veía en medio de los hombres.

A continuación se transcribe el diálogo final entre Juana de Arco y el juez sobre las apariciones angelicales:4

JUEZ: ¿Posee usted alguna señal de que estas apariciones sean de espíritus buenos?

JUANA: San Miguel lo garantizó aún antes de que hubieran llegado las voces.

JUEZ: ¿Por qué sabía usted que era san Miguel?

JUANA: Por la manera de hablar y el lenguaje de los Ángeles; creo firmemente que fueron Ángeles.

JUEZ: ¿Cómo reconoció usted que se trataba de lenguaje de los Ángeles?

JUANA: En breve tiempo lo creí, y creí dócilmente. Cuando san Miguel se me apareció, me dijo que santa Catalina y santa Margarita me visitarían y que debería realizar entonces lo que ellas me sugirieran, ya que habían recibido la orden de guiarme y aconsejarme y yo debía creerles, pues era la orden de nuestro Señor.

JUEZ: Y cuando el maligno se muestra en forma o aspecto de Ángel, ¿cómo puede usted reconocerlo?

JUANA: Al momento conocería con exactitud si se trataba en verdad de san Miguel o de un imitador fraudulento. La primera vez dudé si sería en realidad san Miguel. Y tuve también un gran temor; debí mirarlo varias veces hasta que supe que era san Miguel.

JUEZ: ¿Por qué dio crédito usted posteriormente, y no la primera ocasión?

 JUANA: La primera vez todavía era una niña y tuve miedo. Después, él me enseñó y mostró muchas cosas, así que firmemente le creí que fuera él.

JUEZ: ¿Sobre qué le enseñaba?

JUANA: Ante todo, me exhortó a ser una buena niña, y de esa manera Dios me ayudaría. Y entre otras cosas me decía que debía ayudar al rey de Francia [… ] Y el Ángel me habló de una gran tribulación en la cual se encontraba Francia.

JUEZ: ¿En qué forma y figura, grandeza y vestido, se le apareció san Miguel?

JUANA: Apareció como un verdadero noble. Sobre sus vestidos y lo demás no diré nada más. Creo en las palabras y obras de san Miguel, que se me ha aparecido, al igual que creo que nuestro Señor sufrió la pasión y muerte por nosotros. Lo que me concedió es el buen consejo, el consuelo y la doctrina que él me ha confiado.

JUEZ: ¿Qué le motivó a permitir que dibujaran en su bandera Ángeles con brazos, pies y vestidos? […] ¿Dejó usted que los pintaran como ellos la visitaban?

JUANA: Así, tal como están dibujados en las iglesias.

JUEZ: ¿Representaban los dos Ángeles en su bandera a los santos Miguel y Gabriel?

JUANA: Ellos estaban allí solamente para la honra de nuestro Señor, que también estaba pintado en la bandera. Yo les dejé pintar para la honra de nuestro Señor. Él estaba representado de la forma en que está guardando el mundo.

JUEZ: Entonces, ¿son los dos Ángeles quienes guardan el mundo? Pero, ¿por qué no dejó pintar más Ángeles, cuando era nuestro Señor quien le ordenó portar la bandera?

JUANA: Toda la bandera me fue ordenada por nuestro Señor. Y las voces de santa Catalina y santa Margarita me decían: “¡Toma esta bandera por orden del Rey del cielo!” Y porque me decían “¡Toma esta bandera por orden del Rey del cielo!”, dejé pintar de colores a nuestro Señor y a dos Ángeles. Todo esto lo hice por su mandato.

JUEZ: ¿Les ha preguntado usted si con esa bandera va a ganar todas las batallas que emprenda y salir victoriosa de ellas?

JUANA: Me decían que llevara valerosamente la bandera y Dios me ayudaría.

JUEZ: ¿La esperanza de su victoria se funda en su bandera o en usted misma?

JUANA: ¡En nuestro Señor y en nadie más!

Los enemigos de Juana de Arco presentaron -en aquel entonces, durante el proceso, y posteriormente, en un pasado no muy lejano‑ diversas hipótesis contra la autenticidad de estas apariciones. Por su parte, a su favor están por lo menos los siguientes hechos, resumidos excelentemente por G. Kranz en su tratado sobre la Virgen de Orleáns.5

  1. Juana de Arco era, según aseveraron documentalmente los médicos una muchacha de campo, física y espiritualmente sana, cuya capacidad de juicio y discernimiento y su carácter sobrio, alejados de todo fanatismo, no es posible relacionar con la presencia de sueños durante el día.
  2. Las revelaciones concedidas por medio de las voces contenían encomiendas concretas: librar Orleáns y llevar a Delfín a la coronación.

Es imposible suponer que la inconciencia de Juana deseara todo esto, sino al contrario: La salvación de la patria amenazada por la perdición constituía una tarea tan inmensa que esta joven sintió temor. Horrorizada, rechazó esta osada locura: “Sólo soy una muchacha pobre que no entiende nada de cabalgar ni de estrategias de guerra.” Posteriormente declararía también: “¡Prefiero hilar con mi madre, porque eso no es nada para mí!” Este rehusar a la encomienda del cielo prueba que Juana no generó por sí misma estos pensamientos.

  1. La estrategia que ejecutó era, como declaró B. Shaw en cierta ocasión, “una obra maestra del arte militar y político que salvó a Francia”; hombres de Estado y oficiales no pudieron encontrar un medio mejor en aquel entonces. Por eso es imposible que todo saliera de la cabeza de una ignorante muchacha de campo, lo que remite claramente a un poder superior a ella.
  2. La firmeza de decisión con la que Juana de Arco ejecutó esta obra y el suceso que la coronó, pese a algunos fracasos intermedios, no admite ver en la Virgen de Orleáns una estafadora ambiciosa o una fantasiosa… “Con alucinaciones no se conquistan fortalezas.”
  3. Aunque Juana de Arco se sabía llamada por Dios, por mediación del Arcángel Miguel, para la misión que se le confió, silenció cualquier noticia sobre este su misterio. Una mujer histérica habría anunciado inmediatamente a todo el mundo sus visiones y apariciones. Juana de Arco, a pesar de su juventud -por la que estaba más inclinada a comunicarse-, no habló de estos acontecimientos con su madre ni con su confesor. Durante cuatro años guardó sus visiones en su corazón; Carlos VII, a quien confió el contenido de su revelación, como le habían ordenado las voces, fue el único hombre que supo de ellas. También guardó silenció más tarde, e incluso los jueces que le exigieron respuestas solo pudieron conocer ciertas partes de su mundo de revelación.
  4. Porque Juana de Arco estaba consciente de que debía cumplir una misión que Dios le había confiado exclusivamente a ella, se adjudicó por mandato divino el derecho de dar órdenes hasta a reyes, obispos y generales, de quienes solamente cuidaba que obedecieran, sin preocuparle en lo absoluto si estaban convencidos o no de su misión divina; menos aún la turbaba que respetasen su persona. Únicamente buscaba el cumplimiento de la encomienda de Dios, no su propia gloria, lo que la distingue perfectamente del afán desmedido de prestigio de un psicópata. “Aún en medio de la vida brusca del campo, Juana en ningún instante olvidó que los poderes sobrenaturales la habían honrado con su trato.” Que una muchacha de 17 años, sin conocimientos de la materia, ni posición importante ni ayudas de la corte real, realizara tan grandes prodigios subraya también el carácter sobrenatural de su misión. Asimismo, es igualmente curioso que predijera tantos acontecimientos, incluso eventos mínimos, gracias a las comunicaciones de las voces que escuchaba.
  5. Un último argumento a favor de la autenticidad de las apariciones angelicales de Juana es la seguridad inquebrantable que demostró al defender las revelaciones recibidas, a las que se asió, a pesar de su fidelidad a su Iglesia en la tierra, Juana exclamó:

Yo me refiero a la Iglesia militante, suponiendo que no me exija algo imposible. Esto que yo llamo imposible significaría negar todo lo que dije e hice y lo que declaré en este proceso, que me retractara de las apariciones y revelaciones de las cuales me confesé y recibí de Dios. Éstas no las revocaría por nada en el mundo. Lo que me ordenó realizar nuestro Señor no voy a revocarlo por nada y por nadie en el mundo. Me sería imposible. Si la Iglesia me ordenase lo contrario de aquello que Dios me ha ordenado, entonces nunca podría obedecer.

El interrogador insistía: “La Iglesia militante le dijo: ‘¡Sus revelaciones son falsificaciones y obra del diablo!’; entonces, ¿va a someterse a la Iglesia?” Y la respuesta de Juana de Arco no se hizo esperar: “Yo me refería en todo momento a nuestro Señor, cuyo mandamiento quiero seguir siempre.”

La Virgen de Orleáns fue condenada a muerte por los doce artículos de culpa de los cuales fue acusada. Entre ellos ‑todos serían refutados en el proceso de rehabilitación de 1456‑ se encontraban estos tres:6

  1. Tú, Juana, dijiste y afirmaste que recibiste desde el decimotercer año de tu vida revelaciones y apariciones de Ángeles, de san Miguel y san Gabriel, de santa Catalina y santa Margarita, y que los viste muchas veces con tus ojos corporales; y que ellos te hablaron muchas veces y te dieron varias instrucciones que están registradas en tu proceso. En lo que se refiere a este artículo, los estudiosos de la Universidad de París y otros consideraron la manera de las revelaciones, la finalidad de las apariciones, como también el contenido de las cosas reveladas a tu persona. Pero ellos opinan que se trata de mentiras, seducciones y delitos, así también que son estas revelaciones y apariciones una superstición, engaños de los sentidos, malas y del diablo.
  1. Tú dijiste que tu rey recibiría una señal en la que podía reconocer que tú eras enviada por Dios; por lo tanto, que san Miguel, acompañado por una multitud de Ángeles, de los cuales algunos poseían alas, otros, coronas, entre los cuales también se hallaban santa Catalina y santa Margarita, vinieron contigo al castillo de Chinon; que todos juntos subieron contigo las gradas del castillo hasta las moradas de tu rey. Y el Ángel entregó al rey una corona preciosísima de oro puro. Y el Ángel se despidió del rey y le mostró su reverencia[…]. En lo que se refiere a este artículo, los estudiosos lo consideran improbable, mentiroso, seductor, temible y ofensivo a la dignidad de los Ángeles.
  1. Tú dijiste que reconoces a los Ángeles y a los santos en el buen consejo, en el consuelo y en las instrucciones que te han brindado, también en que ellos se presentaron ante ti y que las santas te saludaron. Asimismo, crees que fue el Arcángel Miguel quien se te apareció; que tus palabras y obras serían buenas; también crees esto con igual certeza que crees que Cristo el Señor sufrió y murió por nuestra salvación. En lo que se refiere a este artículo, los estudiosos son de la opinión que éstas no son señales suficientes para reconocer a los Ángeles y a las santas arriba mencionados; que fuiste crédula y lo afirmaste con intención mala y además estás errando en la fe haciendo estas comparaciones.

En el proceso de rehabilitación, el padre dominico Martín Ladvenu de Rouen, último confesor de Juana, afirmaba el 13 de mayo de 1456: “Hasta el final de su vida, Juana se guardó para sí que sus voces eran de Dios y que todo lo que hizo lo había realizado por orden divina. Sus voces no la engañaron. Y sus revelaciones provenían de Dios.”7 Por su parte, el sacerdote Juan Massieu, párroco de la iglesia Saint‑Candé‑le‑Vieux, de Rouen, relató la muerte de santa Juana de Arco:

Ella deseaba todavía la cruz de la iglesia Saint‑Sauveur: la recibió y la abrazó llorando, entregándose a Dios, a san Miguel, a santa Catalina y a todos los santos: apretando esta cruz contra sí por última vez se encomendó a los que se encontraban a su alrededor y después bajó del andamio [hacia dentro de la hoguera]. Juan Fleury, el canciller del oficial, nos comentó después que el verdugo constató, según sus propias declaraciones, que a pesar de las quemaduras del cuerpo, que pronto estuvo convertido en ceniza, el corazón de Juana permaneció intacto y lleno de sangre. Me ordenó reunir la ceniza y lo que restaba de ella y arrojarlo todo al Seine. Y eso hice.8

Ciertamente, los santos Ángeles, encabezados por san Miguel, no abandonaron a Juana de Arco en la muerte, sino que la condujeron a la gloria celestial. “In paradisum deducant te angeli.” Éste, en verdad, era el caso.

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S-Brígida de Suecia

Santa Brígida de Suecia

Al respecto, son realmente significativas las palabras que Dios Padre dirigió en cierta ocasión a los Ángeles en presencia de santa Brígida: “Vosotros sois mis amigos y la llama de vuestro amor arde en mi corazón. Yo concederé por vuestros pedidos, misericordia a mi hija Brígida.”2

Con cierta frecuencia, los Ángeles hablaban con ella, comunicándole por orden divina revelaciones celestiales.3 En la introducción a las lecturas del oficio para las hermanas de la orden del Salvador, dictadas a la santa por un Ángel y dirigidas en su totalidad a la Reina de los Ángeles y a sus privilegios de gracia -el llamado Sermo angelicus-, Pedro de Alvastra, director espiritual de santa Brígida, relata:

Después de que santa Brígida vivió varios años en Roma, en un edificio situado al lado de la iglesia de San Lorenzo, en Damasco, perteneciente a un cardenal, aún no había decidido qué lecturas debían ser tomadas para el oficio de las hermanas religiosas de su convento de Vadstena, en Suecia, cuya fundación le había ordenado Cristo y cuya regla Él mismo le había dictado en honor de su Madre virginal. Atosigada por esta duda, rezaba santa Brígida. Entonces, Cristo se le apareció y le dijo: “Te voy a enviar a mi Ángel, quien revelará las lecturas que deben ser leídas por tus hermanas religiosas en los maitines. ¡Él te las dictará y tú las escribirás como él te diga!”.

La bienaventurada Brígida habitaba un cuarto con una ventana dirigida hacia el altar de iglesia (San Lorenzo, en Damasco), a través del cual podía ver y adorar diariamente el Cuerpo  (eucarístico) de Cristo.

En este cuarto se sentaba cada día con una tabla y una pluma en la mano, dispuesta a escribir, después de haber rezado las horas del oficio y sus demás oraciones. En esta disposición esperaba al Ángel del Señor. Éste llegó realmente, se colocó a su lado y allí permanecía, honrándola con su presencia; pero siempre dirigía su rostro y su mirada en actitud reverente hacia el altar, donde estaba conservado el Cuerpo (eucarístico) de Cristo. Estando de pie, el Ángel dictó clara y ordenadamente, en la lengua materna de santa Brígida, las lecturas determinadas para cada día designado sobre la gran excelencia de la santísima Virgen María, elegida desde toda la eternidad. Ella misma escribió con gran atención estas lecturas, según el dictado del Ángel. Diariamente mostraba a su padre espiritual lo que había escrito en la jornada. Aconteció en fechas singulares que el Ángel no acudía para el dictado. Y cuando en una de estas ocasiones, su padre espiritual le preguntó sobre lo escrito ese día, ella respondió humildemente: “Padre, hoy no escribí nada; esperé durante largo rato al Ángel del Señor, para que me dictase lo que debía escribir, pero no llegó”. De esta manera fue indicado y escrito por boca del Ángel el siguiente Sermo angelicus sobre la excelencia de la santísima Virgen María […] Una vez concluido el dictado del Sermo angelicus, el Ángel le dijo: “Ve; yo preparé la falda de la Reina del cielo. ¡Cosedla como podáis!”4

Al igual que la mayoría de los teólogos de la pre-escolástica y escolástica, la vidente de Suecia, como se descubre en aquellos párrafos de las “revelaciones” que aluden a los Ángeles, vio a cada hombre rodeado por un Ángel bueno, el Ángel de la guarda, y por un ángel caído, un espíritu que estorbaba.

De los muchos textos de santa Brígida sobre los Ángeles,5 presentaremos solamente algunos pasajes escogidos.

Cierto día, Dios Padre le habló: Escucha lo que Yo te digo y guarda lo que te ordeno […] Solamente es digno de toda honra Aquel que es y era eternamente y creó por amor a los Ángeles como también a los hombres, por cierto, solamente para que muchos participen en su gloria. Yo soy el mismo en poder y voluntad que fui en aquel entonces, cuando mi Hijo se encarnó. En Él soy y fui Yo, y Él es en Mí, y el Espíritu Santo en Nosotros los dos […] Además, debes saber que a los Ángeles, antes de que pudieran verme en la bienaventuranza celestial, les fue mostrada una luz en la que debían decidirse por mí o contra mí. Muchos no cayeron, no tanto por que conocieran mi ley y mi justicia, sino porque querían reafirmarse en mi presencia. Pues algunos vieron que todos los que aman verdaderamente a Dios lo ven y pueden quedarse con Él para toda la eternidad; pero aquellos que me odian deben ser castigados eternamente con la privación de la visión beatífica de mi gloria. No obstante, escogieron su concupiscencia y orgullo, el odio contra mí, en vez de amarme, para que pudieran alegrarse de mi visión por siempre. Una justicia semejante a la de los Ángeles también fue aplicada a los hombres, porque primero el hombre debe amar a Dios sinceramente; sólo entonces podrá verlo. Por eso quería nacer mi Hijo, por amor infinito, según la ley, para que fuese visible en humanidad quien no puede ser visible en su divinidad. Así fue otorgada la libre voluntad a los hombres como también a los Ángeles, para que aspiren a lo celestial y desprecien lo terrenal.

Cuando santa Brígida se hallaba en Nápoles, después de su peregrinación a Tierra Santa, Cristo se quejó amargamente con ella de los muchos pecados de los habitantes de esa ciudad:

«Escucha atentamente esto que te digo ahora: Yo soy el creador y Señor de todas las cosas, también de los Ángeles, tanto de los fieles como de los caídos. Nadie escapa a mi juicio. Pero el diablo pecó tres veces contra mí: por orgullo, por envidia y por temeridad. Es decir, por amor exagerado a sí mismo, porque era tan orgulloso que quería ser dios por encima de mí y Yo debería servirle y serle sumiso. Y tuvo tal envidia contra mí que si le hubiera sido posible me hubiera matado para constituirse él como el señor sentado sobre mi trono. Tan importante era su propio ser que ya no preguntó por mi voluntad, en cuanto podía imponer la suya propia. Por eso cayó fuera del cielo y se transformó de ser en un Ángel brillante a ser un diablo en la profundidad del infierno. Cuando vi, entonces, que manifestaba contra los hombres su maldad y envidia desmedidas, revelé a los hombres mi voluntad y les di mi mandamiento, para que, cuando lo guardasen gozasen de mi agrado y disgustasen al diablo. Después vine al mundo, por el amor que tengo a los hombres, y acepté la carne de la Virgen María; les enseñé personalmente en palabras y obras, les mostré el camino de la religión verdadera y les abrí el cielo con mi propia sangre, para probar mi amor perfecto y mi afecto para con ellos. Pero ¿qué me causan los hombres ahora? Desprecian mis mandamientos, me arrojan de su corazón, como un veneno, me vomitan de su boca como una cosa abominable y tienen aversión contra mí, como contra un leproso que despide un hedor horrible. Y, sin embargo, abrazan al diablo y sus obras con entrega total, lo atraen hacia su corazón, acatan con avidez y amor su voluntad y obedecen sus insinuaciones perversas. Por esto serán castigados por mi juicio justo en el infierno por toda la eternidad, junto con el diablo y sus secuaces.

Además de la extensa profusión de textos que mencionan a los Ángeles en las “revelaciones” de santa Brígida, podrían también citarse varios pasajes de su Sermo angelicus, bellos e instructivos, donde se alude a la importancia de los santos espíritus celestiales, junto con María, la Reina de los Ángeles, en el plan divino de la creación y la salvación. A manera de conclusión destacaremos sus tres bendiciones (absoluciones) con las que se introducían hasta la última reforma del breviario -de manera similar a las bendiciones en cada lectura de maitines- las lecturas del oficio de las hermanas de la orden del divino Salvador, dictadas a santa Brígida por un Ángel. Antes de la primera lectura del lunes, la bendición dice: “¡A la comunidad con los ciudadanos celestiales nos conduce la Reina de los Ángeles!”; en el oficio del jueves, previa a la segunda lectura: “¡La Virgen, saludada por el Ángel, nos considere dignos de que sean borrados nuestros pecados!”, y antes de la tercera lectura del sábado: “¡La Reina de los Ángeles nos guíe a la gloria del reino celestial!”

Esta súplica de bendición se realizó ciertamente en la vidente de Suecia, cuando a los 71 años de edad terminó el 23 de julio de 1373, con una muerte santa, su agitada peregrinación terrenal, que la había llevado desde el norte hasta el sur, del occidente al oriente.

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S-Inés de Montepulciano

Esta santa, cuya biografía escribió el dominico Raimundo de Capua († 1399 en Nürnberg), beato general de la orden y confesor durante bastantes años de santa Catalina de Siena, nació en 1268 en el seno de una familia noble de Gracciano Vecchio, cerca de Montepulciano. Ingresó a la orden de las dominicas a muy corta edad. Junto con su maestra de novicias, la hermana Margarita, fundó un convento en Proceno, en la provincia de Viterbo, el cual guiaría por muchos años. Posteriormente sería exhortada a causa de su excelente fama a instaurar un monasterio cerca de Montepulciano. Su vida religiosa estuvo dotada de carismas extraordinarios y visiones sobrenaturales, entre las cuales pueden incluirse varias visiones angelicales.

Según relata el beato Raimundo de Capua, diez veces en que santa Inés de Montepulciano no pudo asistir a la santa Misa, un Ángel le llevó la santa comunión.1

Asimismo, en otras ocasiones recibió consuelo y ayuda de un Ángel.2

El 20 de abril de 1317, santa Inés fue recibida en la comunidad celestial los Ángeles y los santos, como afirmaría el Papa Benito XIII el año 1726, en su canonización. Esto lo había confirmado con anterioridad la santa doctora de la Iglesia Catalina de Siena, quien visitó dos veces la tumba de santa Inés de Montepulciano y mencionó en algunas cartas y en sus Diálogos las virtudes de esta santa.

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S-Humilitas

Santa Humilitas († 22 de mayo de 1310)

También la vida de esta abadesa vallombrosana1 se vio honrada por apariciones angelicales, como se relata en su biografía (del año 1330).

Rosanna nació en la noble familia de Negusanti, en Faenza, el año en que falleció san Francisco; a los 15 años perdió a su padre; un año más tarde se casó con el noble Ugolotto dei Caccianemici. Tras la muerte de sus dos hijos, el joven matrimonio decidió ingresar al convento de Santa Perpetua, de los canónigos ‑más bien, canónigas‑ de Faenza, donde recibiría el nombre de Humilitas. Dos años después eligió la vida más severa de una reclusa con las vallombrosanas de Sant’Apollinare. Con la ayuda del abad general, Plebano, fundó el convento de Santa María alla Malta (entre 1262 y 1266) para monjas de la orden de los vallombrosanos y en 1282 el de San Giovanni, cerca de Florencia. Humilitas fue nombrada abadesa; en el desempeño de este su ministerio se convirtió para sus hijas espirituales en una madre cuidadosa, llena de bondad y santa piedad; sabía implantar en las jóvenes novicias las virtudes exigidas por la regla de san Benito y las constituciones monacales de san Juan Gualberto (padre fundador de los vallombrosanos). Al igual que estos dos padres de la orden, también la santa abadesa Humilitas vivió intensamente la fe en la existencia de los Ángeles, quienes la guiaron empíricamente en muchos de los acontecimientos de su vida.2

El biógrafo contemporáneo de santa Humilitas, un monje vallombrosano llamado Blasio, dedica un capítulo de su Vita exclusivamente a su trato con los santos Ángeles; ella misma lo refiere y explica en los Sermones, conservados hasta la fecha y muy semejantes, no tanto por el estilo sino por su contenido, a los escritos de santa Catalina de Siena.3

Sobre el contenido de estos Sermones, santa Humilitas confesó a su director espiritual y confesor: “Todo lo que escribí con respecto a la salvación de mi alma no me fue dado por un hombre cualquiera, sino por nuestro Señor Jesucristo, mi maestro y esposo. Él me inspiró, y me habló en sus apariciones, tal y como ahora yo hablo con usted.”4

En los Sermones se conoce que esta santa abadesa no vio únicamente a su Ángel de la guarda, colocado junto a ella a partir de su nacimiento, sino también, desde el momento en que comenzó, ya como religiosa, a ocuparse del cuidado espiritual de algunas personas, a un segundo Ángel a su lado, su guía y su consejero. Así se lee textualmente en el Sermón 4:

Amo a todos los Ángeles celestiales, pero dos constituyen para mí una especial alegría y felicidad, porque me fortalecen día y noche y me comunican los dones inmensurables de las riquezas celestiales. El Señor me los concedió como protectores, para que cuiden de mí en cada infestación del enemigo maligno. Esta su tarea en su relación conmigo la cumplieron hasta ahora con el mayor celo, porque por su fuerza fui fortalecida. Ambos Ángeles me sostienen, a la derecha y la izquierda, para que no caiga en un estado miserable. Cuando me apoyo en ellos, mis enemigos no pueden causarme daño alguno. El primero de estos mis dos protectores celestiales pertenece al coro de los Ángeles, del cual son tomados los protectores para la vida terrenal de todos los hombres; su nombre es Sapiel, que yo interpreto como “la sabiduría divina”. Cada vez que escucho este nombre, mi corazón comienza a cantar de alegría. Él está a mi lado en todo momento, desde que entré a la vida terrena […] El segundo Ángel de la guarda a mi lado se llama Emanuel y pertenece al coro de los Querubines. Fue colocado junto a mí cuando cumplí los 30 años y empecé de ocuparme de algunas tareas pastorales, al serme confiado por el Señor el cuidado de numerosas ovejas, aunque no tengo bastón de pastor ni la fuerza que requieren estas tareas. Él extiende sus alas sobre mí y me ayuda en mis trabajos o penas. En su bondad muchas veces me fortaleció y consoló, en cuanto me dio participación de la riqueza de sus gracias. En el Sermón 11 explicaré más detalladamente cómo me ayudan estos dos Ángeles que Dios me concedió; asimismo, interpretan para mí muchos misterios divinos.

Santa Humilitas obedecía en todo momento a estos dos Ángeles ‑como relata expresamente su biógrafo, quien la conocía muy bien‑. Para honrarlos, redactó un tratado sobre la corte celestial (Tractatus de curia paradisi), en donde se lee:

Algo inestimablemente grande y maravilloso es para mí saber de la nobleza y la grandeza de mis dos Ángeles. Cuando pienso en su belleza, me siento elevada al éxtasis y fuera de mí en la abundancia de mi alegría, al pensar en que pueda gozar dos amantes de Dios tan perfectos que se hallan siempre en la presencia de Dios y, al mismo tiempo, dispuestos hacia mí con tan gran deseo. Constituyen dos rocas fuertes e invencibles, sobre las cuales, a pesar de mi miseria, está fundada la seguridad de mi salvación. Su fuerza es tan grande que no he de temer nada, incluso cuando son varios los enemigos que quieren acercárseme. Los dos Ángeles están preocupados de manera excepcionalmente sabia y prudente en introducirme cada vez más en la vida de las virtudes. Tan celosamente me protegen que aún antes de que sea necesaria su ayuda ya los siento muy cerca de mí para auxiliarme. Son como dos grandes columnas que soportan mi miseria y debilidad y me apoyan.

Esta santa abadesa encomendaba todas sus preocupaciones y necesidades a estos dos poderosos compañeros; así se descubre en su Sermón 11:

¡Oh, mis dos Ángeles fuertes, acompañadme en todos mis caminos y vigilad para que los enemigos no puedan acercarse a las puertas de mi corazón! ¡Empuñad ante mí vuestra espada para defenderme! ¡Cerrad mi boca, para que se mantenga sellada a toda palabra inútil y sin sentido! ¡A mis ojos imprimidles el sello del amor, para que no contemplen nada en este mundo perecedero que no agrade a mi amado! ¡Abrid mis ojos, para que no sean impedidos por la somnolencia en la oración del breviario y mi espíritu no esté cansado cuando es necesario estar atento en la alabanza a Dios! ¡Guardad atentos mis oídos para el nombre de Jesús y para todo lo que se refiere a Él y cuidad que no entre nada en ellos que sea veneno mortal para mi alma! ¡Atad mis pies con las cadenas del amor, para que no recorran el camino del pecado, sino que todos mis pasos sean para la mayor gloria de Cristo y de su gloriosa Madre! ¡Atad también con vuestras alas, dispuestas para todas las encomiendas de Dios, mis manos, para que no tomen nada que tenga el gusto de la vanidad terrenal; más bien, ayudadme a que mi alma se refresque en las fragancias celestiales! ¡Guardad todos los deseos de mi cuerpo, para que estén siempre orientados hacia las cosas del cielo y mi alma repose totalmente en Mi amado! ¡Proceded, para que estén consolidados los caminos del amor a Dios en mi con tanta firmeza, que cuando las aguas de las alegrías terrenales sin sentido entren en ellos, no se inunden y el alma sea preservada de ahogarse! Ángeles muy amados, os fui dada a vuestra protección y confiado por mi amado Señor Jesús, para que siempre me guardéis. ¡Me encomiendo a vosotros, Ángeles felices: implorad para mí la palabra eterna, que atraiga mi corazón hacia Él y no permita que se separe jamas de Él!

Al final de este sermón pide fervorosamente:

Oh, mi Ángel Emanuel; oh, mi Ángel Sapiel, a vosotros, que sois mis Ángeles de la guarda, os suplico: concededme con todas vuestras fuerzas ayuda y protección de manera eficaz, para que pueda, cuando me hayáis conducido hasta mi altísima y amada Señora, la reina María, contemplar y disfrutar y ver junto con la Madre a su Hijo divino.

El biógrafo de santa Humilitas observa al final de su Vita que sería demasiado laborioso citar todos los pasajes en donde mencionó a sus dos Ángeles de la guarda, a manera de alabanza y gratitud por toda la ayuda que recibió en su vida espiritual y en su aspiración a la perfección.

Muere el 22 de mayo de 1310 a la edad de 84 años, en Florencia, donde pronto fue venerada e invocada como santa. Aunque su cuerpo se enterró en contacto directo con la tierra, un año después fue encontrado incorrupto. Los textos litúrgicos aprobados por el Papa Clemente XI para la festividad de esta santa indican también de manera expresa su gran familiaridad con los santos Ángeles.5

1 Cfr. G. Cantagalli, Umilità, en Bi­bliotheca Sanctorum, vol. XII, pp. 818-822.

2 Cfr. Acta Sanctorum Maii, vol. V, pp.205-222.

3 Cfr. P. Zama, Santa Umiltà, la vita e le ‘Sermones’, Faenza, 1943.

4 Acta Sanctorum Maii vol. V, p.213.

5 Cfr. “Hymni et Orationes ex Officiis Vallumbro-sanis”, Acta Sanctorum Maii, vol. V, p. 222.

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Santos

S-Nicolás de Tolentino

Nicolas fue anunciado por un Ángel en respuesta a las oraciones de sus padres, quienes por muchos años habían deseado un hijo, y nació en un lugar consagrado a san Miguel Arcángel: Castel Sant’Angelo (hoy Sant‑Angelo), en Pontano (sur de Italia).3

En efecto, Compagnone Guerinti y Amata dei Gaidani, después de bastantes años de piadoso matrimonio, aún no tenían hijos, pese a que los esperaban con ansia; por este motivo elevaban constantes oraciones, suplicando recibir esta bendición e invocando principalmente la intercesión de aquel santo tan venerado en la época en la región meridional de Italia: el santo obispo Nicolás, cuyas reliquias habían sido trasladadas de Mira (Asia Menor) a Bari, en cuya catedral eran veneradas.4

Una noche se les manifestó un Ángel y los exhortó a realizar una peregrinación hasta Bari, donde sus numerosas oraciones serían escuchadas. Y así sucedió, como está relatado e históricamente confirmado en documentos antiguos sobre la vida de san Nicolás de Tolentino: peregrinaron hasta Bari y durmieron, según la costumbre de los peregrinos de aquel entonces, en la catedral, delante del relicario del santo obispo Nicolás; entonces, por la noche, el santo se les apareció y les anunció que tendrían un hijo, a quien llamarían Nicolás, que sería sacerdote y santo. Nueve meses después nacía el niño anunciado por el Ángel, fruto de la oración; era el año 1245.

Posteriormente comenzaría también a hacerse realidad el anuncio de su vocación sacerdotal y de su santidad: el joven Nicolás se conmovió tanto al escuchar la homilía de un eremita agustino sobre las palabras de la Escritura “El mundo pasa, y también sus concupiscencias” (1 Jn 2,17), que, siendo aún casi un niño, ingresó en la comunidad de los eremitas agustinos, donde se distinguió desde el noviciado por un generoso esfuerzo hacia la perfección. Fue ordenado sacerdote por san Benvenuto, obispo de Osimo, el año 1273 en Congoli.

En su vida sacerdotal se distinguió por una pureza angelical. Grandes enfermedades le brindaron la ocasión de franquear la escuela de la paciencia, lo que acrecentó aún más una severa ascética.

Cuando Nicolás se encontraba en la ciudad de Fermo, visitó en cierta ocasión a un primo, el superior del convento de los Canónigos Agustinos en Santa María di Jacopo, entre Monturano y Montegiorgio, quien se espantó de su aspecto e intentó convencerlo para que se mudara a la comunidad de los canónigos, donde transcurriría mejor y más fácilmente su vida. Nicolás se retiró a la iglesia para orar y pedir claridad a la hora de tomar su decisión. De repente, sintió que no estaba solo; percibió un coro de Ángeles que cantaban alrededor de él a grandes voces: “En Tolentino, en Tolentino, en Tolentino estará tu habitación. Por eso, ¡quédate en aquel lugar a donde fuiste llamado y allí encontrarás tu salvación!”5

De hecho, durante treinta años, hasta su santa muerte, san Nicolás desarrolló su benévolo trabajo sacerdotal en Tolentino, tanto en el púlpito como en el confesionario. En estos años, a este santo, quien según toda su apariencia pareció a los fieles propiamente un Ángel, no sólo se le concedió escuchar los cantos angelicales, como relata su biógrafo Doménico Gentile,6 sino también, y frecuentemente, recibió visiones de los santos espíritus celestiales, cuando en su oración predilecta, el Ángelus, se dirigía a la Reina de los Ángeles. Por otra parte, tampoco el tormento de los demonios lo abandonó.

Una noche de primavera de 1305, estando en la iglesia el padre Nicolás, según su costumbre, en oración contemplativa,7 se sintió de nuevo rodeado por los espíritus angelicales; se trataba más de una audición celestial que de una visión de los santos Ángeles. Inmediatamente fue llevado al éxtasis, solamente interrumpido por el toque de la campana para la oración nocturna. Cuando regresó a la conciencia, rezó: “¡Señor mío y Dios mío, cómo debe de ser bello el regalo que preparas para aquellos que te aman! No deseo otra cosa que ser separado de mi cuerpo para estar siempre unido a Ti.” Estas apariciones celestiales, acompañadas por melodías maravillosas que elevaban al santo al éxtasis, se repitieron desde entonces cada noche, durante un período de seis meses, el día en que se manifestó la grave enfermedad que lo conduciría a la muerte.

En este estado sentía ardientes deseos de implorar insistentemente a la Reina de los Ángeles y al padre de su orden, san Agustín, que se manifestasen para revelarle el día de su fallecimiento.

Y se le concedió el 5 de septiembre de 1305: El padre Nicolás se encontraba acostado por su grave enfermedad. El joven clérigo Giovannuzzo, sentado en su cama, observaba al enfermo, recostado, con los ojos cerrados, pálido y silencioso. Sólo los labios se movían en oración. De pronto, el enfermo abrió en extremo los ojos, mientras una luz sobrenatural lo rodeaba, junto con la cama. Nicolás se levantó por sí mismo, lo que desde muchos días atrás no podía realizar, e inclinó reverentemente su cabeza, como si saludara a alguna persona que se hubiera aparecido. Y el hermano Giovannuzzo escuchó de su boca estas palabras: “¡Mi amada Señora y Madre, no os molestéis en comunicarme el día de mi salida de este mundo!” Siguieron unos momentos de silencio, hasta que el enfermo habló de nuevo:

 

Mi Señora y Madre, durante mi vida sacerdotal y religiosa, la sombra oscura del maligno me infestó continuamente. Todas las insidias y asechanzas del infierno sobrevinieron sobre mí. Sentí que el enemigo me perseguía a cada paso y quería impedirme el regreso a tu Hijo divino. Yo sufrí mucho por eso, porque soy una criatura débil e insegura. Por eso suplico a tu Hijo unigénito que haga, por tu intercesión y la del padre de la orden, que este antiguo enemigo se aparte de mí y no me atormente en la hora de mi muerte. Por lo menos en mis últimos días, cuando el Ángel de la muerte se acerca a mi cama, no quiero experimentar la presencia horrible del enemigo maligno. Pero si fuera decidido en el cielo de otro modo, que se realice la voluntad de mi Señor. Y entonces beberé este cáliz hasta la última gota.8

 

Pronunciadas estas palabras, desapareció la luz que rodeaba al padre Nicolás, quien, pálido, de nuevo se recostó. El hermano Giovannuzzo preguntó al santo: “Padre Nicolás, ¿qué día le decía la santísima Virgen que iba usted a morir?” El santo respondió: “Al tercer día después de la fiesta de su nacimiento. Ella me ordenó prepararme para este gran paso por medio de los sacramentos de la santa Iglesia.”

El santo, que conocía la eficacia de la oración, imploró en los días subsecuentes aún con más fervor no ser molestado por el diablo en el momento de su muerte, para que no se oscureciera la pureza de la entrega sacrificial de su vida a Dios. Pero Dios probaba su perseverancia. El consuelo y la fortaleza le fueron concedidos sólo tres días antes, exactamente en la festividad del nacimiento de la santísima Virgen.

El hermano Giovannuzzo permaneció constantemente en la celda del enfermo. Y el día en que se celebra el nacimiento de María percibió cómo el santo se levantaba repentinamente en su cama y permanecía unos momentos en una posición extática, mientras, con los ojos abiertos, parecía ver algo. Cuando, con el rostro transfigurado, se recostó nuevamente, el hermano Giovannuzzo preguntó: “Padre Nicolás, ¿qué es lo que ha visto usted ahora, que le llena de tanta alegría?” Y éste respondió: “Vi a un Ángel que me aseguraba que mis oraciones habían sido atendidas” ‑así lo aseguró textualmente el hermano Giovanuzzo en el protocolo del proceso de la canonización de san Nicolás‑. El 9 de septiembre de 1305, el santo recibió los últimos sacramentos y se despidió de sus hermanos con una breve alocución en la que les pedía perdón, por si había ofendido a alguno o había sido causa de algún escándalo. Al día siguiente, el 10 de septiembre, Nicolás de Tolentino entraba en la gloria eterna, para participar ahora y por siempre en la liturgia celestial para la glorificación del Dios trino, unido con los Ángeles y los santos.

El 23 de mayo de 1325,el Papa Juan XXII de Avignon abrió con la bula Pater luminum et misericordiarum el proceso de canonización del padre Nicolás, en el cual 371 testigos rindieron testimonio sobre sus heroicas virtudes y los milagros que realizó durante su vida terrenal. El 28 de septiembre del año 1325 concluyó el proceso, ya que se contaba con el testimonio veraz de 301 milagros acaecidos por la intercesión del santo de Tolentino.

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Ángeles Santos

S-Ivo Hélory

Santo Ivo Hélory († 19 de mayo de 1303)

En este apartado nos referiremos a un santo sacerdote y abogado, a quien, por su bondad para con los pobres y oprimidos, un Ángel se apareció en la figura de un mendigo al que invitó a la mesa y sirvió de comer.

Ivo Hélory nació en 1253 en Kermartin (Bretaña); estudió teología en París, probablemente bajo las enseñanzas de san Buenaventura, destacando entre los estudiantes por su amabilidad y pureza, según el testimonio que éstos rindieron en el proceso de su canonización. Aún laico, fue oficial del arquidiácono de Rennes y, años después, del obispo Alanus de Bruc, en Tréguier. Recibió la orden sacerdotal en 1284; se desempeñó como sacerdote y consejero de derecho en Tredrez y Louannec.

Siempre se distinguió por su espíritu de oración y preocupación por los pobres y necesitados, a quienes defendió de manera ejemplar ante los tribunales eclesiásticos y civiles.

 En el proceso de su canonización un testigo afirmó que un día, mientras se hallaba a la mesa en compañía de un amigo -quien después relataría esta experiencia- llegó un mendigo con míseros vestidos; Ivo lo invitó a comer. Cuando hubo probado los alimentos, el pobre se levantó y se dirigió a la puerta del cuarto para salir, volviéndose más de una vez mientras decía a Ivo y a su amigo en lengua bretona: “Adieu! ¡El Señor esté con vosotros!” En ese instante, el mendigo se mostró como transformado y con vestiduras blancas. Después de esta aparición, Ivo comenzó a llorar en presencia de su amigo exclamando: “Ahora sé bien que un mensajero del Señor vino a visitarnos.”1

Ivo fue canonizado por el Papa Clemente VI el 19 de mayo de 1347. Su veneración se difundió sobre todo en Bretaña -es honrado como segundo patrono del país‑ y de allí al resto de Europa. Posteriormente fue declarado santo patrono de los juristas y de la facultades universitarias de Derecho. Asimismo, en Francia, Bélgica, Italia, e incluso en Brasil, nacieron confraternidades ‑nombradas así por el santo‑ que se preocupaban de la protección jurídica de los pobres.2

1 Cfr. Acta Sanctorum Maii, vol. IV, 19 de mayo, núms. 44 y 75.

2 Cfr. A. Zimmermann,“Ivo”, Lexikon f. Theologie u. Kirche, vol. V, Frei­burg Br., 1933, pp. 735-736; A. Masseron, Saint Yves d’apres les temoins de sa vie, Paris 1952.

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Santos

S-Raimundo de Peñafort

En la bula de su canonización, del Papa Clemente VIII (29 de abril de 1601), se atribuye a este santo una familiaridad extraordinariamente íntima con su santo Ángel de la guarda, quien, como relata su biógrafo Miguel Llot (De laudabili vita et de actis B. P. Fr. Raymundi de Penia Forti enarratio, Roma, 1595), lo despertaba regularmente para la oración nocturna.

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S-Francisco de Asís

San Francisco de Asís († 3 de octubre de 1226)

Entre los santos que veneraron de un modo muy especial a los santos Ángeles y mantuvieron con ellos una íntima relación a través de experiencias místicas es imposible ignorar a aquel hombre llamado con razón el Santo seráfico: san Francisco de Asís. Dos años antes de su muerte e ingreso a la comunidad celestial de los Ángeles y santos, fue impregnado en el monte La Verna, después de la visión extática de un Serafín crucificado, con las santas Llagas de Cristo, según relatan explícitamente el beato Tommaso da Celano, primer biógrafo del santo,1 y san Buenaventura:2 Era el verano de 1224; Francisco había ido al monte La Verna para prepararse ‑como era su costumbre‑ para la fiesta del santo Arcángel Miguel, a quien veneraba mucho, mediante un ayuno de 40 días.

Concluida la festividad de la exaltación de la Santa Cruz, Francisco aún se hallaba en la contemplación del sufrimiento de Jesús en la cruz. Tras una noche de oración, brilló sobre él una luz sobrenatural; y vio en éxtasis una corona de blancos rayos ardientes y una figura semejante a un Serafín con seis alas, crucificado, con los brazos extendidos y los pies juntos, dos alas sobre la cabeza, dos extendidas para el vuelo y dos cubriendo su cuerpo. Cuando el santo, por la alegría y el susto recibidos regresó a la conciencia, encontró las cinco llagas en su propio cuerpo.

 

Todavía sin reponerse de la primera emoción, escribió en un pergamino un himno de agradecimiento y adoración, así como una breve bendición para el hermano León, su compañero, quien añadiría algunas frases, entre las que se lee: “Y llegó la mano del Señor sobre él. Y a causa de la aparición y las palabras del Serafín y de la impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo, redactó esta alabanza en el otro lado de la hoja; escribió con propia mano, agradeciendo al Señor por el beneficio recibido.” En la actualidad, y después de un sinnúmero de discusiones al respecto, no existe la menor duda sobre la autenticidad de este pergamino, donde se conservan aún los rasgos semiborrosos de san Francisco.3

Se afirma que este santo fue honrado en diversas ocasiones, tanto antes como después de este suceso, con apariciones de Ángeles, quienes lo consolaban y fortalecían. Así, tal vez sea solamente una bonita leyenda la que cuenta que escuchó una vez que un Ángel tañía un instrumento produciendo tal música celestial, que bastaba para elevarlo al éxtasis.4

Por otra parte, se ha confirmado la visión que tuvo una noche en la capilla Porciúncula, en julio de 1216:5 Ardía por aquel entonces el santo en su deseo de rogar a Dios por la salvación de los pecadores. Esa noche se había retirado en penitencia y oración a una choza cercana a la pequeña capilla Santa Maria degli Angeli, que él llamaba Porciúncula. Encontrándose en profunda oración, se le apareció un Ángel brillante que le dijo: “¡Ve inmediatamente a la capilla! Allí te esperan nuestro Señor Jesucristo y su santa Madre, acompañados de numerosos espíritus celestiales.” Francisco corrió rápidamente al pequeño santuario, en cuyo altar observó esta maravillosa realidad mística: Jesucristo, el Verbo encarnado, sentado en un trono de luz, y a su derecha la santísima Madre, María, rodeados por una gran multitud de Ángeles.

Conmovido de amor y alegría, Francisco se postró en tierra. Jesucristo le habló bondadosamente: “Francisco, escuché tus insistentes plegarias, presentadas por mis Ángeles ante mi trono. En recompensa al celo con que tú y tus hermanos se esfuerzan por la salvación de las almas inmortales, ¡pide esa gracia que tanto deseas! Te será concedida.” El santo se dirigió en primer lugar a la bienaventurada Virgen María, el auxilio de los pecadores y Reina de los Ángeles, y le imploró respaldara la petición que iba a dirigir a su Hijo. Su súplica al Señor fue que concediera la indulgencia de todas las penas por sus faltas, a todos los fieles que, arrepentidos, confesaran sus pecados y llegaran al santuario. De hecho, la santísima Virgen se unió a su fiel siervo en esta súplica que el Señor escuchó, concediendo el gran perdón de Asís -el “perdono di Assisi”‑ , conocido comúnmente como la “indulgencia plenaria de Porciúncula”. Las multitudes de Ángeles que rodeaban a Jesús y a su Madre virginal se colmaron de alegría. Por eso se escogió como Evangelio para la Misa de la festividad de Porciúncula (2 de agosto), aquel pasaje donde Jesús afirma que existe más regocijo entre los Ángeles en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan el perdón (cfr. Lc 15,7).

Según la tradición, Cristo le había dicho: “Francisco, es mucho lo que deseas, pero tú mereces aún más. ¡Ve con mi vicario y solicítale que confirme en la tierra mi voluntad!” En seguida se puso en camino, acompañado por el hermano Masseo, hacia Perugia, donde se encontraba en aquel entonces el Papa Honorio III, a quien confió esta visión otorgada en la capilla de Porciúncula y la indulgencia concedida por Jesucristo, que él debería reafirmar. “¿Para cuántos años deseas esta indulgencia?”, preguntó el Papa. Y Francisco respondió: “Santo Padre, no quiero años, sino almas.”

La petición del santo de Asís era totalmente novedosa en esa época, cuando una indulgencia plenaria se otorgaba solamente a aquellos que participaban en una cruzada para la liberación del Santo Sepulcro en Jerusalén. El Papa accedió, aunque con la resistencia de la curia, al deseo de Francisco; y cuando éste se encontraba a punto de despedirse con la mayor de las alegrías, el Papa le preguntó: “Oh, cándido hermano, ¿adónde quieres ir sin un documento que confirme nuestro consentimiento?” Pero el santo contestó: “¡Santo Padre, para mí es suficiente su palabra! No necesito ningún escrito. ¡Mi escrito será María; Cristo, el notario, y los santos Ángeles, los testigos!”

El 2 de agosto de 1216, san Francisco, henchido de gozo, anunció la gran indulgencia ante una multitud llegada de todas partes, y los obispos de Asís, Perugia, Todi, Espoleto, Nocer, Gubbio y Foligno, también presentes. Y en verdad llamó a los santos Ángeles como testigos de su gratitud, como aparece en su gran oración de agradecimiento:

 

Omnipotente, altísimo, santísimo y sumo Dios Padre […] con vuestro amor pedimos nosotros a la gloriosa, santa y siempre Virgen y Madre María, los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael y todos los coros de los espíritus celestiales, los Serafines y Querubines, los Tronos y Dominaciones, los Principados y Potestades, las Virtudes, los Arcángeles y Ángeles […] te agradezcan a Ti, Dios altísimo y verdadero, Eterno y Vivo, junto con tu Hijo muy amado, el Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo, el consuelo para toda la eternidad. Amén. Aleluya.6

 

“A los Ángeles, Francisco los veneró con el mayor afecto”, escribió su biógrafo Tommaso da Celano;7 exhortaba a sus discípulos a no entristecer la mirada de estos espíritus celestiales ni a atreverse a realizar en su presencia lo que ni siquiera osaban hacer ante los hombres, venerarlos siempre y en todo lugar, particularmente a sus Ángeles de la guarda, “qui nobiscum in acie sunt” (“que están junto a nosotros en el frente”), para invocar su auxilio protector; al igual que san Benito, les recomendaba cantar la liturgia de la horas “en la presencia de los Ángeles” (Sl 137,1).

San Francisco consideraba a los Ángeles compañeros auxiliares en la vida y ejemplos en la alabanza al Dios uno y trino, poderosos seres celestiales que nos comunican la bendición de Dios y, junto a nosotros y por nosotros, “presentan al Dios altísimo, verdadero, eterno y vivo nuestro agradecimiento e interceden ante Él por nosotros”.

En el sentido de Dionisio Areopagita y según la creencia general de la Iglesia de su época, sabía de la clasificación de los espíritus celestiales en nueve coros;8 solamente conocía por su nombre a los tres Arcángeles de las Sagradas Escrituras ‑Miguel, Gabriel y Rafael‑, fiel también en este aspecto a la tradición de la Iglesia, al contrario de quienes difundían otros nombres ‑Uriel, Barachiel, Jebadiel y Sealtiel.9

Veneraba de modo muy especial, además de a los Ángeles de la guarda, al santo Arcángel Miguel, como afirma Tommaso da Celano: “Miguel tiene la tarea de presentar las almas humanas ante Dios; por eso debemos venerarlo más que a otros Ángeles.” En su honor, san Francisco guardaba severamente el ayuno desde el día de la Asunción de María hasta la festividad del Arcángel (29 de septiembre). Y exhortaba a cada miembro de su familia religiosa a honrar a este príncipe angelical, a ofrecer y sacrificar algo especial en alabanza y agradecimiento a Dios.10 Al descubrir esta singular veneración del Santo de Asís al Arcángel Miguel, es necesario recordar que desde los siglos V y VI estaba muy divulgado en toda Italia, especialmente en Umbría, honrar a san Miguel, a quien se consagraban numerosas iglesias.11 En este sentido, cuenta una antigua tradición que san Francisco consagró expresamente el convento Sant Angelo de Pantanelli,12 en los lindes entre Umbría y Toscana, a este Arcángel, al igual que el oratorio en Fonte Colombo.13

Asimismo, Francisco ‑en definitiva, hijo de la Edad Media, temeroso de las infestaciones demoníacas, como se observa en sus exhortaciones14 y en algunas fórmulas de su regla religiosa15‑ veneraba e invocaba de manera especial al Arcángel san Miguel a fin de contar con un poderoso protector y defensor frente a los ataques y tentaciones del diablo y de los demás espíritus malignos.

Para concluir este capítulo, recordemos un bello relato que, aunque tal vez legendario, caracteriza excepcionalmente la gran humildad de este santo: Francisco rehusaba recibir el sacramento del orden sacerdotal, porque en una visión se le había aparecido un Ángel que, mostrándole un vaso lleno de agua pura, le decía que la pureza del sacerdote debía ser tan transparente y límpida como ese agua.16

1 Cfr. T. da Celano, Vita I s. Francisci (1228-1229), núms. 94-95 y 113.

2 Cfr. san Bonaventura, Legenda major s. Francisci (1261-1262), cap. XIII, núm. 3.

3 “Già discussa e poi riconosciutane concorde-mente l’autenticità […] la lettera a frate Leone” (Bibliotheca Sanctorum, vol. V, p. 1072; esta autografía de San Francisco se conserva en la catedral de Espoleto).

4 Cfr. P. Arrighini, Gli angeli buoni e cattivi, Torino, 1937, p. 391.

5 Cfr. H. Holzapfel, Entstehung des Portiuncula-Ablasses, en Archivum Franciscanum Historicum I, 1908, pp. 31-44.

6 Orazione, lode e rendimento di grazie all’ omnipotente Dio.

7 T. da Celano Vita II s. Francisci, núm. 197.

8 Cfr. Regula, I, cap.1.

9 Cfr. W. Lampen, De sancti Patris Francisci cultu Angelorum et Sancto­rum, en: Archivum Francis-canum Hi­storicum, XX, 1927, p. 4.

10 T. da Celano Vita II… núm. 197: “Beatum vero Mi­chaelem, eo quod animarum repraesen­tandarum haberet officium, saepe dice­bat (Franciscus) excellentius honoran­dum.”

11 Loc. cit.: “Di­cebat enim (Franciscus): Quilibet pro tanti principis honore aliquid laudis vel muneris specialis Deo deberet offerre.”

12 Cfr. W. Lampen, op. cit., pp. 8-9.

13 Cfr. ibid., p. 11.

14 Cfr. Admonitiones, caps. 2, 5, 10, 27.

15 Cfr. Regula I, caps. 3, 5, 7, 13; II, caps. 8, 13.

16 Esta visión de San Francisco está representada en una pintura anónima en el convento de los capuchinos en Padua. El santo P. Leopoldo Mandic exclamó una vez entre lágrimas en está imagen y la visión representada de San Francisco: “E cosi la mia vita? Che il Signore mi usi misericordia.” Así debería decir cada sacerdote: ¿Es realmente tan pura mi vida que el Señor me comunica tanta misericordia?

el Santo seráfico: san Francisco de Asís. Dos años antes de su muerte e ingreso a la comunidad celestial de los Ángeles y santos, fue impregnado en el monte La Verna, después de la visión extática de un Serafín crucificado, con las santas Llagas de Cristo, según relatan explícitamente el beato Tommaso da Celano, primer biógrafo del santo,1 y san Buenaventura:2 Era el verano de 1224; Francisco había ido al monte La Verna para prepararse ‑como era su costumbre‑ para la fiesta del santo Arcángel Miguel, a quien veneraba mucho, mediante un ayuno de 40 días.

Concluida la festividad de la exaltación de la Santa Cruz, Francisco aún se hallaba en la contemplación del sufrimiento de Jesús en la cruz. Tras una noche de oración, brilló sobre él una luz sobrenatural; y vio en éxtasis una corona de blancos rayos ardientes y una figura semejante a un Serafín con seis alas, crucificado, con los brazos extendidos y los pies juntos, dos alas sobre la cabeza, dos extendidas para el vuelo y dos cubriendo su cuerpo. Cuando el santo, por la alegría y el susto recibidos regresó a la conciencia, encontró las cinco llagas en su propio cuerpo.

 

Todavía sin reponerse de la primera emoción, escribió en un pergamino un himno de agradecimiento y adoración, así como una breve bendición para el hermano León, su compañero, quien añadiría algunas frases, entre las que se lee: “Y llegó la mano del Señor sobre él. Y a causa de la aparición y las palabras del Serafín y de la impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo, redactó esta alabanza en el otro lado de la hoja; escribió con propia mano, agradeciendo al Señor por el beneficio recibido.” En la actualidad, y después de un sinnúmero de discusiones al respecto, no existe la menor duda sobre la autenticidad de este pergamino, donde se conservan aún los rasgos semiborrosos de san Francisco.3

Se afirma que este santo fue honrado en diversas ocasiones, tanto antes como después de este suceso, con apariciones de Ángeles, quienes lo consolaban y fortalecían. Así, tal vez sea solamente una bonita leyenda la que cuenta que escuchó una vez que un Ángel tañía un instrumento produciendo tal música celestial, que bastaba para elevarlo al éxtasis.4

Por otra parte, se ha confirmado la visión que tuvo una noche en la capilla Porciúncula, en julio de 1216:5 Ardía por aquel entonces el santo en su deseo de rogar a Dios por la salvación de los pecadores. Esa noche se había retirado en penitencia y oración a una choza cercana a la pequeña capilla Santa Maria degli Angeli, que él llamaba Porciúncula. Encontrándose en profunda oración, se le apareció un Ángel brillante que le dijo: “¡Ve inmediatamente a la capilla! Allí te esperan nuestro Señor Jesucristo y su santa Madre, acompañados de numerosos espíritus celestiales.” Francisco corrió rápidamente al pequeño santuario, en cuyo altar observó esta maravillosa realidad mística: Jesucristo, el Verbo encarnado, sentado en un trono de luz, y a su derecha la santísima Madre, María, rodeados por una gran multitud de Ángeles.

Conmovido de amor y alegría, Francisco se postró en tierra. Jesucristo le habló bondadosamente: “Francisco, escuché tus insistentes plegarias, presentadas por mis Ángeles ante mi trono. En recompensa al celo con que tú y tus hermanos se esfuerzan por la salvación de las almas inmortales, ¡pide esa gracia que tanto deseas! Te será concedida.” El santo se dirigió en primer lugar a la bienaventurada Virgen María, el auxilio de los pecadores y Reina de los Ángeles, y le imploró respaldara la petición que iba a dirigir a su Hijo. Su súplica al Señor fue que concediera la indulgencia de todas las penas por sus faltas, a todos los fieles que, arrepentidos, confesaran sus pecados y llegaran al santuario. De hecho, la santísima Virgen se unió a su fiel siervo en esta súplica que el Señor escuchó, concediendo el gran perdón de Asís -el “perdono di Assisi”‑ , conocido comúnmente como la “indulgencia plenaria de Porciúncula”. Las multitudes de Ángeles que rodeaban a Jesús y a su Madre virginal se colmaron de alegría. Por eso se escogió como Evangelio para la Misa de la festividad de Porciúncula (2 de agosto), aquel pasaje donde Jesús afirma que existe más regocijo entre los Ángeles en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan el perdón (cfr. Lc 15,7).

Según la tradición, Cristo le había dicho: “Francisco, es mucho lo que deseas, pero tú mereces aún más. ¡Ve con mi vicario y solicítale que confirme en la tierra mi voluntad!” En seguida se puso en camino, acompañado por el hermano Masseo, hacia Perugia, donde se encontraba en aquel entonces el Papa Honorio III, a quien confió esta visión otorgada en la capilla de Porciúncula y la indulgencia concedida por Jesucristo, que él debería reafirmar. “¿Para cuántos años deseas esta indulgencia?”, preguntó el Papa. Y Francisco respondió: “Santo Padre, no quiero años, sino almas.”

La petición del santo de Asís era totalmente novedosa en esa época, cuando una indulgencia plenaria se otorgaba solamente a aquellos que participaban en una cruzada para la liberación del Santo Sepulcro en Jerusalén. El Papa accedió, aunque con la resistencia de la curia, al deseo de Francisco; y cuando éste se encontraba a punto de despedirse con la mayor de las alegrías, el Papa le preguntó: “Oh, cándido hermano, ¿adónde quieres ir sin un documento que confirme nuestro consentimiento?” Pero el santo contestó: “¡Santo Padre, para mí es suficiente su palabra! No necesito ningún escrito. ¡Mi escrito será María; Cristo, el notario, y los santos Ángeles, los testigos!”

El 2 de agosto de 1216, san Francisco, henchido de gozo, anunció la gran indulgencia ante una multitud llegada de todas partes, y los obispos de Asís, Perugia, Todi, Espoleto, Nocer, Gubbio y Foligno, también presentes. Y en verdad llamó a los santos Ángeles como testigos de su gratitud, como aparece en su gran oración de agradecimiento:

 

Omnipotente, altísimo, santísimo y sumo Dios Padre […] con vuestro amor pedimos nosotros a la gloriosa, santa y siempre Virgen y Madre María, los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael y todos los coros de los espíritus celestiales, los Serafines y Querubines, los Tronos y Dominaciones, los Principados y Potestades, las Virtudes, los Arcángeles y Ángeles […] te agradezcan a Ti, Dios altísimo y verdadero, Eterno y Vivo, junto con tu Hijo muy amado, el Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo, el consuelo para toda la eternidad. Amén. Aleluya.6

 

“A los Ángeles, Francisco los veneró con el mayor afecto”, escribió su biógrafo Tommaso da Celano;7 exhortaba a sus discípulos a no entristecer la mirada de estos espíritus celestiales ni a atreverse a realizar en su presencia lo que ni siquiera osaban hacer ante los hombres, venerarlos siempre y en todo lugar, particularmente a sus Ángeles de la guarda, “qui nobiscum in acie sunt” (“que están junto a nosotros en el frente”), para invocar su auxilio protector; al igual que san Benito, les recomendaba cantar la liturgia de la horas “en la presencia de los Ángeles” (Sl 137,1).

San Francisco consideraba a los Ángeles compañeros auxiliares en la vida y ejemplos en la alabanza al Dios uno y trino, poderosos seres celestiales que nos comunican la bendición de Dios y, junto a nosotros y por nosotros, “presentan al Dios altísimo, verdadero, eterno y vivo nuestro agradecimiento e interceden ante Él por nosotros”.

En el sentido de Dionisio Areopagita y según la creencia general de la Iglesia de su época, sabía de la clasificación de los espíritus celestiales en nueve coros;8 solamente conocía por su nombre a los tres Arcángeles de las Sagradas Escrituras ‑Miguel, Gabriel y Rafael‑, fiel también en este aspecto a la tradición de la Iglesia, al contrario de quienes difundían otros nombres ‑Uriel, Barachiel, Jebadiel y Sealtiel.9

Veneraba de modo muy especial, además de a los Ángeles de la guarda, al santo Arcángel Miguel, como afirma Tommaso da Celano: “Miguel tiene la tarea de presentar las almas humanas ante Dios; por eso debemos venerarlo más que a otros Ángeles.” En su honor, san Francisco guardaba severamente el ayuno desde el día de la Asunción de María hasta la festividad del Arcángel (29 de septiembre). Y exhortaba a cada miembro de su familia religiosa a honrar a este príncipe angelical, a ofrecer y sacrificar algo especial en alabanza y agradecimiento a Dios.10 Al descubrir esta singular veneración del Santo de Asís al Arcángel Miguel, es necesario recordar que desde los siglos V y VI estaba muy divulgado en toda Italia, especialmente en Umbría, honrar a san Miguel, a quien se consagraban numerosas iglesias.11 En este sentido, cuenta una antigua tradición que san Francisco consagró expresamente el convento Sant Angelo de Pantanelli,12 en los lindes entre Umbría y Toscana, a este Arcángel, al igual que el oratorio en Fonte Colombo.13

Asimismo, Francisco ‑en definitiva, hijo de la Edad Media, temeroso de las infestaciones demoníacas, como se observa en sus exhortaciones14 y en algunas fórmulas de su regla religiosa15‑ veneraba e invocaba de manera especial al Arcángel san Miguel a fin de contar con un poderoso protector y defensor frente a los ataques y tentaciones del diablo y de los demás espíritus malignos.

Para concluir este capítulo, recordemos un bello relato que, aunque tal vez legendario, caracteriza excepcionalmente la gran humildad de este santo: Francisco rehusaba recibir el sacramento del orden sacerdotal, porque en una visión se le había aparecido un Ángel que, mostrándole un vaso lleno de agua pura, le decía que la pureza del sacerdote debía ser tan transparente y límpida como ese agua.

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S-Hildegarda de Bingen

San Bernardo de Claraval propuso al Papa Eugenio III en una reunión en Tréveris (1147‑1148) examinar los escritos de las visiones de Hildegarda, y de ser oportuno, aprobarlos, apremiándole a “no permitir que una luz tan brillante permaneciera en la oscuridad del silencio, sino, más bien, a confirmar por su autoridad esta plenitud de gracias que el Señor quiso revelar bajo su pontificado”. De hecho, como se relata en la biografía más antigua de esta santa, redactada en 1188 por los monjes Godofredo (Gottfried) y Teodoro (Theoderich), basándose en sus notas autobiográficas,1 el Papa “escribió una carta benigna a la beata virgen, [Hildegarda] y concedió en nombre de Cristo y de san Pedro el permiso para manifestar todo lo que ella reconociera bajo la luz del Espíritu Santo, exhortándola a fijarlo por escrito”.

Al considerar el parentesco espiritual que la unía con san Bernardo -reflejado de manera bellísima,2 por ejemplo, en la correspondencia entre ambos‑, no es de admirar la forma explícita y místicamente animada con que son presentados en sus escritos la existencia y atributos de los santos Ángeles y explicados algunos pensamientos de su angelología, principalmente en su gran obra Scivias (Conoce los caminos),3 comenzada en 1141 y terminada en 1151, así como en Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida),4 escrito entre 1158 y 1163, en Liber divinorum operum (Libro de las obras de Dios),5 iniciado en 1163 y concluido en 1173, al igual que en algunas de sus cartas6 y en las respuestas a las 38 preguntas del monje Wiberto de Gembloux.7

Asimismo, es muy significativo el papel preponderante desempeñado por los santos Ángeles, desde la infancia, en la vida de esta gran vidente para quien los obispos alemanes contemporáneos han solicitado de la Santa Sede el título honorífico de Doctora de la Iglesia.

A la edad de cinco años, Hildegarda tuvo un primer contacto con los Ángeles, como afirma K. Koch en su libro Hildegard von Bingen und ihre Schwestern8 (Hildegarda de Bingen y sus hermanas), si se interpreta la siguiente nota de su Vita más antigua como una visión angelical: “Ella [Hildegarda] apenas era capaz de proferir sus primeras palabras cuando dio a entender a su familia con palabras y señas que tenía visiones secretas, en cuanto percibía cosas, por un don extraordinario, sin que los demás pudieran participar de esta visión.”9 Posteriormente, Hildegarda sería honrada en diversas ocasiones con el contacto de los espíritus celestiales:

 

Una vez, Dios permitió que cayera enferma en cama y que mi cuerpo sufriera la falta de respiración [asma], así que se me secó la sangre en las venas, la carne y la médula de los huesos, como si mi alma fuera a dejar el cuerpo. En esta revuelta me encontré por 30 días. Mi cuerpo ardía con el calor del aire. Algunos consideraron esta enfermedad como un castigo. Incluso la fuerza de mi espíritu, atado al cuerpo, me abandonó. Aún no había salido de esta vida, pero tampoco me encontraba en ella. Mi cuerpo inmóvil se hallaba acostado sobre una cobija en el suelo. Todavía no podía ver mi fin, aunque mis superiores espirituales, mis hijas y parientes llegaron con grandes lamentaciones para asistir a mi muerte. Sin embargo, durante estos días observé en una visión verdadera una gran multitud de Ángeles del ejército de san Miguel, innumerable según el parecer humano, que habían luchado contra el dragón antiguo. Esperaron, observando lo que Dios deseaba hacer conmigo. Uno de ellos me gritó con voz potente: “¡Ay, ay, águila!, ¿por qué estas durmiendo en tu saber? ¡Levántate en tu indecisión! Tú serás conocida, perla brillante; todas las águilas te contemplarán, el mundo se lamentará, la vida eterna se alegrará. Por eso, aurora de la mañana, ¡levántate con el sol! ¡Levántate y bebe!” De inmediato, la multitud clamó con voz poderosa: “¡Alegría! Los mensajeros guardaron silencio. Todavía no ha llegado el tiempo del pesar. ¡Virgen, levántate!” En seguida, el cuerpo y los sentidos regresaron a la vida presente.10

 

Tres años más tarde, de nuevo enferma, tuvo otra experiencia mística:

Vi cómo un Querubín en un fuego flameante, en el cual se encuentra el espejo de los misterios divinos, expulsó con una espada de fuego los espíritus del aire que me atormentaban, por lo que ellos huyeron y gritaron: “¡Ay, ay! Vamos a perder a ésta, no podemos agarrarla.” Y mi espíritu fue nuevamente vivificado y mi cuerpo fortalecido, y así alcancé la plena salud.11

 

Los dos biógrafos de santa Hildegarda añadieron a este relato autobiográfico una nota donde especificaban que aquí se había mostrado “cómo la santa virgen, de manera doble, torturada por los dolores de la enfermedad y después por el susto de los demonios, no solamente no fue vencida, sino que fue incluso glorificada por una victoria múltiple con la protección de los santos Ángeles”.12

En un capítulo de su biografía titulado “Que ella [Hildegarda] no solamente venció la enfermedad y el susto de los diablos, sino que incluso fue glorificada por la protección de los Ángeles”, los monjes Godofredo y Teodoro relatan:

Aún estando en la carne y permaneciendo en la tierra, luchaba “contra los espíritus del mal que están en las alturas” (Ef 6,12). Los principados de las tinieblas se asustaron al ver una mujer armada de tanto arte bélico (contra ellos) y protegida con toda arma de fortaleza luchando contra ellos. Se asustaron y gritaron su “¡Ay!”, huyendo en plena confusión. Porque el temor les había envuelto cuando vieron que un Querubín los perseguía como un ejército ordenado y con espada flameante, para que ya no atormentaran a Hildegarda, protegiendo a la sierva de Dios […] Así luchaba la heralda del Señor entre los espíritus del cielo y del infierno, venciendo al adversario y permaneciendo siempre alegre sobre la victoria.13

 

Veremos ahora, cómo Hildegarda ha expuesto su conocimiento sobre los Ángeles, recibido en visiones, en las obras mencionadas. Existen notables diferencias en la manera de presentar su conocimiento sobre los santos Ángeles, su ser y esencia, entre Hildegarda, quien lo recibió en visiones, y santo Tomás de Aquino:

Así como en santo Tomás de Aquino encontramos un pensador con formación dialéctica, trabajando con su método discursivo que distingue las autoridades con perspicacia y encuentra así sus argumentos, en la vidente del Monte Ruperto todo permanece en una visión precientífica, donde lo que percibe intuitivamente lo presenta en estilo profético. No solamente la forma sino también el contenido de su angelología ofrece distintos acentos. Hildegarda despliega en sus inmensas visiones el drama de la historia de la salvación, entre una nube de testigos y mensajeros, Ángeles que actúan desde arriba, presentes en el mundo del hombre, por su esencia están junto a él. Los escolásticos como Tomás de Aquino comienzan analizando perfectamente la tradición y en ella encuentran preguntas que santa Hildegarda nunca se planteará, como, por ejemplo, si los Ángeles pueden estar en distintos lugares al mismo tiempo, si tienen que pasar por un espacio intermedio o si su movimiento se realiza en el ahora (in instanti). Hildegarda no se cuestiona, porque carece del conocimiento aristotélico y desconoce conceptos como “motus”, “tempus”, “actus”, “locus”, etcétera […] obtiene su información de una fuente propia y más profunda: de la gracia de la visión de su conocimiento de Dios. También recibió sus imágenes de un mundo imaginativo que se corresponde con su época y las circunstancias de su vida, ante todo de la lectura y contemplación de la Sagrada Escritura, de sus comentarios a la regla de san Benito -bajo la cual había sido instruida- de cantar los salmos en presencia de los Ángeles y mantenerse con reverencia ante ellos.

De todos modos, su mundo angelical constituye una imagen puramente interiorizada, de ninguna manera un intento por coronar el cosmos con esferas de espíritus y estrellas celestiales por medio de un mundo de formas trans‑cósmicas. Aun cuando trata la jerarquía tradicional de los espíritus, no muestra una estructura estática bajo una graduación neoplatónica, sino, más bien, la armonía de corrientes y sonidos ordenados musicalmente, en donde se encuentran conceptos como “coros”, “coelestis harmonia”, “carmen angelicum”, “sinfonia angelorum” y otras imágenes semejantes. Incluso la influencia de los sublimes espíritus celestiales en los hombres no se interpreta filosóficamente como un paso hacia el mundo de los cuerpos, sino como una experiencia interior, un acontecimiento experimentado internamente, una experiencia de un poder espiritual fascinante, y de ninguna manera un hecho solamente psicológico. Hildegarda no intenta explicar racionalmente o interpretar alegóricamente; su único deseo es mostrar imágenes, dejar ver lo que ella misma vio, del modo en que a ella se le apareció; como a través de una ventana (“fenestraliter”) puede observarse lo misterioso; y todo el mundo, amplio y bello, no es otra cosa sino tal ventana.14

 

Maravillosa introducción a la angelología de Hildegarda la constituye la bella antífona que la santa compuso, junto con el siguiente responsorio:

 

¡Príncipes de la honra, luz viva, santos Ángeles! Inclinaos profundamente ante la Divinidad, ardiendo en brasas de ansia, porque jamás podéis saciaros de la santa llama; en la oscuridad misteriosa de la criatura veis los ojos divinos. ¡Qué alegrías luminosas pasan por vuestra naturaleza que no ha tocado el pecado del maligno que se levantó en vuestro compañero, el Ángel caído, cuando osó volar hacia arriba, sobrepasando los límites de la divinidad para caer dolorosamente en el abismo! Pero ofreció el instrumento de su caída, como consejo insinuante, a la criatura hecha por la mano de Dios [al hombre].

¡Sed alabados, santos Ángeles, protectores de los pueblos, cuya forma se refleja en vuestro rostro; a vosotros, Arcángeles, que eleváis las almas de los santos hacia los cielos, a vosotros, Potestades y Virtudes, y Principados, Dominaciones y Tronos, que encerráis el santo círculo en el misterio del número cinco, y a vosotros, que sois los sellos de los misterios de Dios, Querubines brillantes y Serafines llameantes, a vosotros sea la alabanza!

Vosotros veis el latido del corazón del antiguo (de los días): porque, ojo a ojo, veis surgiendo del corazón del Padre la fuerza más interior.15

 

El punto más importante de la exposición de esta gran vidente de la Edad Media es que los Ángeles son criaturas de Dios, en cierta manera “chispas de luz” creadas del mar luminoso del ser de Dios; deben de ser como luz creada en el espejo del ser luciente de Dios. Aunque existe una gran cantidad de bellísimos textos pertenecientes a santa Hildegarda que avalan esta definición, sólo citaremos algunos pasajes: “Al principio, Dios creó el cielo, es decir, aquel espacio allá arriba en el cual se hallan los Ángeles.”16 El Altísimo creó “al principio incendios vivos de fuego, para que brillasen en su esplendor”.17 “Cuando Dios dijo: ‘Hágase la luz’, se hizo una luz espiritual; éstos son los Ángeles.”18

 

Dios, que ha creado todo, es la única vida de la cual respira toda vida, así como el rayo del sol proviene del sol; Dios es también el fuego, del cual cada fuego que se dirige hacia la beatitud será encendido, al igual que las chispas surgen del fuego. ¿Acaso sería conveniente que a esta vida no estuviera apegado nada vivo y que este fuego no calentase y nada iluminase? ¿Y qué provecho tendría la luz encendida por el fuego si no iluminase a nadie, ya que no esconde ni el fuego su luz ni el sol su esplendor? Esto es Dios: la vida por la cual está encendida la gran multitud de los Ángeles, así como las chispas brotan del fuego. Sería malo si esta vida no iluminara.19

 

En cierta ocasión, santa Hildegarda escribe en boca del propio Dios: “A través de la gloria espléndida, que es mi ser, brilla la luz viva de los Ángeles santos; porque como un rayo brilla de la luz, así resplandece esta gloria en ellos; no podía ser de otro modo, así como la luz no puede ser sin el brillo.”20 “El fuego original del cual los Ángeles están ardiendo y viven, esto es Dios mismo. Él es aquella gloria de la cual emana misterio tras misterio.”21 “Aguas vivas brillantes de apariciones misteriosas reposan en el misterio profundo del Ser: Ángeles vivos que arden en el amor de Dios, ante la faz de Dios en la visión, en fascinación, dispuestos y sumisos a su voluntad.”22

Diversos teólogos opinan que santa Hildegarda ‑al igual que el beato Ruperto de Deutz († 1135) y san Bernardo de Claraval († 1153)- no poseía aún un concepto claro de la naturaleza puramente espiritual de los Ángeles, ya que declara que Dios creó al mismo tiempo la materia de todos los seres celestiales y terrenales: el cielo -la “materia lúcida”- y la tierra -la “materia turbulenta”-; los Ángeles fueron creados de la primera.23 Ahora bien, si los Ángeles fueron creados de la “materia lúcida”, ¿se les atribuye un cuerpo material de fuego, luz o aire? Hildegarda acentúa expresamente que los Ángeles son seres espirituales,24 muy distintos de la naturaleza humana ligada al cuerpo.25 Asimismo, cuando responde a Wiberto de Gembloux ‑¿qué cuerpo poseían los Ángeles cuando se aparecieron a Abraham?‑, afirma que los Ángeles son invisibles por su naturaleza, pero, cuando están en contacto con los hombres, para ser visibles a éstos, asumen un cuerpo.26

Santa Hildegarda presenta tesis propias y originales sobre el orden jerárquico angelical; no conoce la división dionisia de los Ángeles en tres tríadas de tres coros cada una y menciona tres grupos que contienen dos, cinco y dos hileras de Ángeles, respectivamente, colocadas como círculos concéntricos entre sí: en los exteriores, las dos hileras de Ángeles y Arcángeles; en su interior, las Potestades, Virtudes, Principados, Dominaciones y Tronos, y dentro de estos círculos, los Querubines y Serafines.

Ofrece también una interpretación singular de los nombres y las características propias de estos coros, mostrando una significativa semejanza con Dionisio Areopagita en cuanto a la idea de una unión entre las jerarquías celestial y eclesial. Según esta explicación, el coro más elevado, los Serafines, representa en sí todos los ministerios y grados de la Iglesia. Santa Hildegarda habla de los coros angelicales en la sexta visión del primer libro de Scivias (Conoce los caminos), cuya parte medular transcribimos, por su gran importancia y extraordinaria belleza:

 

Y de nuevo escuché la voz del cielo que me decía: El Dios todopoderoso e inexpresable, que estaba antes de todos los tiempos, que no tuvo inicio ni tendrá fin después de los tiempos, llamó a ser, maravillosamente, a toda criatura según su voluntad y asignó a cada quien una tarea, también de acuerdo con su designio. A unos encomendó la tierra, a otros el cielo. Llamó a los Ángeles santos para la salvación de los hombres y la gloria de su nombre. A unos los destinó a ayudar a los hombres en sus necesidades; a otros, para revelarles los juicios de sus designios secretos.

Por eso ves en las alturas de los misterios celestiales las dos hileras de los espíritus sublimes que brillan en gran gloria. En estas alturas extasiadas, que no puede penetrar la mirada carnal pero sí la del hombre interior, comprendes el significado de estas dos filas: advierten que el cuerpo y el alma del hombre deben servir a Dios, donde Él hace brillar la luz de la felicidad eterna, junto con los ciudadanos del cielo. Los espíritus de la primera hilera poseen alas en el pecho y rostros como de hombre, en los cuales aparecen, cual espejo de agua limpia y sin turbar, los rostros de los hombres; éstos son los Ángeles, quienes, al igual que alas, extienden su deseo, que nace de la profundidad de su conocimiento. Vuelan rápido, no como si tuvieran alas de ave, sino como los pensamientos del hombre, pues les impele su ansia de cumplir la voluntad de Dios. Que posean rostros señala la belleza de su espíritu inteligente, en el cual la mirada todopenetrante de Dios ve al mismo tiempo las obras de los hombres. Porque, como el siervo en cuanto escucha la orden del señor la cumple, así los Ángeles cuidan del cumplimiento de la voluntad divina en los hombres y presentan las acciones de éstos en sí mismos ante Dios.

Los espíritus de la segunda hilera poseen igualmente alas en el pecho y rostros como de hombre, en los que brilla, como en un espejo, la imagen del Hijo del hombre; éstos son los Arcángeles, que también se dirigen en el ansia de su conocimiento a la voluntad de Dios y revelan en sí la belleza de su espíritu inteligente. De modo totalmente puro glorifican la Palabra de Dios hecha carne, porque ven los designios secretos de Dios y, por medio de sus servicios como mensajeros, prepararon el camino al misterio de la encarnación. Ni en ellos ni en los primeros conocerás más de su forma, ya que muchos y profundos misterios rodean el ser de los Ángeles y de los Arcángeles que la inteligencia humana, pesada a causa del cuerpo mortal, no puede comprender.

Estos dos círculos encierran dentro de sí, a manera de corona, otras cinco hileras, lo que significa que el cuerpo y el alma del hombre deben dirigir y frenar con grandes esfuerzos los cinco sentidos, purificados por las cinco llagas de mi Hijo, y guiarlos en el camino recto de los mandamientos. Entre estos espíritus, los de la primera hilera poseen también rostros como de hombre y del hombro hacia abajo brillan en un esplendor claro; éstos son las Potestades, que se introducen en los corazones de los fieles y construyen en ellos con amor ardiente la gran torre de sus obras. Así reflejan en su ser espiritual las obras de los elegidos y las llevan por su fuerza al buen fin de la beatitud resplandeciente. Porque, si va a surgir en los escogidos la claridad del conocimiento interior, dejarán toda la maldad de sus pecados, por la luz que a través de las Potestades desciende sobre ellos y los ilumina. Estas Potestades luchan con gran valentía contra las insidias del diablo, presentando continuamente ante mí, su Creador, todas las batallas contra el ejército infernal […]

Los espíritus de la segunda hilera se hallan inmersos en tal claridad deslumbrante que ya no puedes verlos; son las Virtudes, que indican que la benignidad y belleza del poder divino jamás serán comprendidas o tocadas por la impotencia de los mortales cautivados por el pecado, porque nunca perece el poder de Dios.

Igual al mármol blanco se ven los rostros de la tercera hilera. Muestran cabezas como de hombre y encima de ellos las llamas de fuego. Una nube de color de hierro rodea su figura desde los hombros hasta abajo; son los Principados, imágenes originales de aquellos que reinan por don divino en el mundo sobre los hombres. Deben vestir la fuerza de la justicia para no caer en la inestabilidad o la inconstancia, y mirar hacia su cabeza, Cristo, para según su voluntad, llevar su gobierno en provecho de los hombres. Con un celo ardiente por la verdad deben escuchar la gracia que el Espíritu Santo les comunica, para perseverar firme y constantemente en la fuerza de la justicia hasta su fin.

Por eso los espíritus de la cuarta hilera poseen rostros como de hombre y pies como pies humanos; en su cabeza portan un casco y sus vestidos son túnicas de mármol. Son las Dominaciones, quienes expresan que el Señor de todas las cosas elevó la inteligencia del hombre, caído y manchado en la corrupción humana, desde la tierra hasta el cielo, cuando envió a su Hijo para aplastar el antiguo tentador por su justicia. A Él entonces, que es la cabeza de todos los fieles, deben imitarlo, depositando su esperanza en las cosas del cielo, y fortalecerse en el noble deseo de realizar buenas obras.

Los espíritus de la quinta hilera no muestran nada semejante a los hombres, sino que arden como la aurora de la mañana; son los Tronos. Su apariencia manifiesta que la Divinidad se inclinó hasta la humanidad, cuando el Unigénito de Dios, para la salvación de los hombres, se vistió con un cuerpo humano intacto de toda culpa, pues, concebido por obra del Espíritu Santo, asumió la carne sin mancha de la aurora, de la Virgen santísima. No puedes conocer más de su figura, porque numerosos son los misterios del secreto celestial que la fragilidad humana es incapaz de sondear.

Estos cinco círculos incluyen en su interior, en forma de corona, otros dos, significando que los fieles redimidos en la conciencia por las cinco llagas del Hijo de Dios deben dirigir sus cinco sentidos a las cosas celestiales y esforzarse por realzar el amor a Dios y al prójimo. En la medida en que renunciamos a los propios deseos del corazón y dirigimos nuestra esperanza únicamente a las cosas eternas, rodearemos con cualquier afecto del espíritu a Dios y al prójimo en el amor.

Los espíritus de la primera hilera pueden observarse llenos de ojos y alas; en cada ojo aparece un espejo y allí dentro un rostro humano. Estos espíritus que han elevado las alas en pleno vuelo hacia las alturas celestiales son los Querubines, que representan el conocimiento de Dios, en quien presencian los misterios celestiales y dirigen, cuando Dios así lo quiere, su ansia interior hacia Él. En la profundidad de su saber contemplan maravillosamente a los hombres con una mirada penetrante, extendiendo sobre ellos, en el conocimiento del Dios verdadero, las alas de su ansia del corazón en una aspiración hacia Aquel que está sobre todas las cosas. Más fuerte se encuentra en ellos el amor hacia lo celestial que el aspirar hacia lo corruptible. Así se muestran estos espíritus en el vuelo de su anhelo.

Los de la segunda fila se queman como fuego. Tienen muchas alas y en ellas aparecen como en un espejo las imágenes de todos los grados de los estados de la Iglesia; éstos son los Serafines, quienes se consumen en un amor ardiente a Dios y todos sus deseos están dirigidos a su visión; de esta manera representan en su sentir y desear las dignidades mundanas y espirituales que florecen en la vida misteriosa de la Iglesia con gran pureza, porque en ellos se revelan los designios secretos de Dios. Que así ardan en amor a Dios todos los que con sinceridad y corazón puro buscan con amor la vida celestial y la reciben según su aspiración, para alcanzar la alegría de aquellos a quienes imitan fielmente.

Que tú no puedas descubrir de éstos ni de los otros nada de su forma significa que existen muchos misterios en los espíritus celestiales que el hombre no debe saber, porque mientras sea mortal no le es otorgado conocer por completo lo que es eterno.

Estas hileras están cantando, como puedes escuchar, en muchas formas de música y anunciando con armonías portentosas los milagros que Dios opera en las almas santas, en una alabanza constante de la glorificación de Dios.27

 

Al final de su visión de los coros angelicales añade: “Quien posea el conocimiento en el Espíritu Santo y las alas de la fe, no pase en esta exhortación mía sin reflexionar, sino que la experimente, acepte y lleve en su alma.”28 Santa Hildegarda no busca presentar “una imagen objetiva de la jerarquía tradicional de los Ángeles, sino únicamente lo que tal vez pueda definirse como el núcleo antropológico de su angelología”.29

Es también muy significativo el hecho de que en los hombres vea un décimo coro:

 

Dios, que reina en el cielo en su poder lleno de fuerza, se fija en las estrellas que fueron encendidas por Él y mira toda la creación restante. Así también el hombre está sentado en su trono en la tierra y gobierna a las demás criaturas, porque está marcado con señales sensibles del Dios todopoderoso: los cinco sentidos del hombre, por medio de los cuales recibe la comprensión de la fuerza divina y con los que reconoce su necesidad de adorar a Dios en la recta fe de la Trinidad en su Unidad y de la Unidad en la Trinidad. Esta adoración constituye también el adorno de los nueve coros de los Ángeles que expulsaron al ejército de Satanás. El hombre, a quien Dios restauró en sí mismo en el estado original de la creación, es el décimo coro. Porque Dios quería hacerse hombre. Su humanidad es el castillo en el cual caminan aquellos que conforman este décimo coro.30

 

Aquí aparece el pensamiento predilecto de santa Hildegarda ‑común en bastantes padres de la Iglesia y en los teóricos pre-escolásticos‑: El primer ángel, Lucifer, dotado maravillosamente, se apartó de Dios y fue expulsado por Él, junto con sus seguidores. El lugar de estos ángeles caídos será ocupado por la humanidad redimida por el Hijo de Dios encarnado, como le fue comunicado a la santa por

 

una voz que le habló: “Dios, que creó todo, formó al hombre según su imagen y semejanza y marcó de acuerdo a él las criaturas, tanto las superiores como las inferiores. Le amó tanto que designó para él el lugar de donde había sido arrojado el ángel caído y le dotó con toda la gloria y honra que aquél perdió junto con su beatitud.”31 “Al hombre, Dios le concedió la posición y gloria del ángel perdido, para que perfeccione la honra de Dios, lo que aquél no quiso hacer.”32 “Después de haber caído el ejército de los ángeles infieles, Dios destinó al hombre para el esplendor que aquellos habían perdido. Cuando también éste pereció, Dios lo rescató por un gran precio con un robo bienaventurado. Y lo llamó de nuevo a la vida con numerosas señales maravillosas, muchas veces prometidas en la Antigua Alianza, pero cumplidas en la Nueva Alianza con los numerosos prodigios de su acto redentor.” 33

 

¿Cómo vio Hildegarda la caída de los ángeles? Aunque alude a este tema en diversos pasajes, solamente citaremos, a manera de ejemplo, uno de sus numerosos textos:

 

Hubo en aquel entonces una multitud innumerable de ángeles que querían ser algo por sí mismos, porque, cuando vieron resplandecer su propia gloria maravillosa y espléndida belleza en una brillante plenitud, se olvidaron de su Creador. Aún no comenzaban a alabar a Dios, cuando creyeron que el esplendor de su honra sería tan grande que nadie podría resistírseles. Así también querían oscurecer el brillo de Dios. Pero cuando vieron que nunca podrían agotar los misterios maravillosos de Dios, se apartaron de Él llenos de indignación. Los que debían alabarlo exclamaron en una presunción engañosa que querían elegir a otro dios en su esplendor. Por eso cayeron hacia la oscuridad, reducidos a tal impotencia que solamente pueden ya causar daño a una criatura cuando el Creador así lo permite. Porque Dios había adornado al primero de todos los ángeles, Lucifer, con toda la plenitud de la belleza que Él comunicó a toda la creación, y por causa de éste también su ejército brillaba. Pero ahora se transformó en una contradicción, más feo que todas las fealdades, porque en su ira el Dios santo lo arrojó a aquel lugar donde no existe ninguna luz.34

 

En cuanto al número de Ángeles creados, habla de “un ejército numeroso de espíritus celestiales, que brillan en una vida santa de gloria y belleza”.35 Sobre los ángeles caídos, afirma que son “una multitud innumerable”.36 La vidente no menciona la proporción entre los Ángeles fieles y los caídos, pero es posible presuponer que coincidía con la opinión generalizada, o sea, que los ángeles que cayeron eran en realidad una parte relativamente pequeña en comparación con el número total.

Frecuentemente se refiere a los ministerios y tareas angelicales: el primer y más noble cometido de los Ángeles es la alabanza a Dios: “Como el rayo del sol indica al propio sol, así los Ángeles revelan por su alabanza a Dios, y como el sol no puede estar sin su luz, tampoco Dios está sin la alabanza de los Ángeles.”37 Su alegría reside en alabar a Dios, tarea de la que nunca se cansan, porque jamás alcanzan un final en la alabanza conveniente de la gloria divina.38

En el cumplimiento de este ministerio, Hildegarda descubre una especial semejanza entre los santos Ángeles y los sacerdotes y religiosos, quienes “cantan la alabanza a Dios como los coros de los Ángeles” y “ejercen el servicio de los Ángeles, en cuanto perseveran en la oración hora tras hora”.39 En este sentido, más aún que la liturgia de la horas actúa la virginidad consagrada en honor de Dios, que constituye “una compañera de los Ángeles que promete la comunidad con ellos”.40

También de manera explícita menciona la segunda tarea angelical, su servicio a la humanidad: Dios les encomendó preocuparse por la salvación de los hombres, ayudarlos en sus necesidades, comunicarles sus designios y vigilar que ejecuten conscientemente la voluntad divina.41 “Los espíritus celestiales ofrecen a todos los fieles sus servicios, los cuales suscitan reverencia y amor.”42 “Los Ángeles protegen a los hombres en la tierra de las insidias del diablo.”43 En especial, se muestran protectores de la pureza y virginidad de los hombres a ellos confiados.44 Los Ángeles de la guarda se alegran por las buenas obras de los hombres, llevándolas ante el trono de Dios.45

No obstante, lo que en definitiva importa a los Ángeles es conducir a sus protegidos a la patria eterna para la cual están destinados.46 A fin de acompañarlos hasta allá, acuden en la hora de su muerte, manteniéndose presentes tanto en ese momento como en el juicio posterior que se realiza sobre ellos:

 

Cuando el alma se separa (del cuerpo), acuden espíritus luminosos y oscuros, los compañeros en su camino, dependiendo de los encuentros que preparó en su casa. Porque cuando el alma abandona su habitación en la corrupción humana, están presentes, según el orden justo y verdadero de Dios, los Ángeles buenos y malos, testigos de todas las obras que realizó en y con su cuerpo, quienes esperan el fin para llevarla consigo después de la corrupción, es decir, aguardan el juicio del juez justo y la sentencia que Él emita sobre esta alma tras su separación del cuerpo, para conducirla, en cuanto se libere de éste, a donde sea destinada de acuerdo con sus méritos por el juez celestial.47

 

Asimismo, la Iglesia goza igualmente de esta protección angelical, para que el diablo no la derribe ni destruya.48

Los Ángeles rodean a los sacerdotes en la iglesia durante la celebración de la Eucaristía, como en cierta ocasión observó claramente la santa: “Cuando un sacerdote, investido con las vestiduras sagradas, se acercó al altar para la celebración de los misterios divinos, de repente descendió un brillo luminoso del cielo; los Ángeles bajaron y la luz rodeó el altar.”49 Porque en el sacrificio de la Misa el hombre recibe “el pan, de cuyo sabor los santos Ángeles que ven a Dios no pueden saciarse”.50

El propio objetivo de este libro -mostrar una visión general del papel desempeñado por los Ángeles en la vida de los santos a través de la historia de la salvación y de la Iglesia‑ nos impide extendernos más sobre la angelología de santa Hildegarda. No obstante, creemos que el resumen presentado en las páginas anteriores demuestra de manera convincente la importancia y trascendencia de los Ángeles en la vida y en las visiones, así como, en definitiva, en el concepto del mundo de esta mística mujer, desarrollado por ella en sus tres grandes obras teológicas, en especial en su “suma dogmática”:51 Scivias (Conoce los caminos).