San Sérvulo de Roma († cerca del año 590)

Sérvulo sufría parálisis desde su infancia; se sostenía con los donativos que a diario mendigaba en el pórtico de San Clemente, en Roma. La mayor parte de estas limosnas la regalaba a otros pobres. Soportaba su sufrimiento con gran sumisión. En su muerte escuchó, según relata san Gregorio Magno en sus Diálogos (IV, 14), el cantar de los Ángeles, quienes recibieron su alma para la gloria celestial:

Es necesario saber que las almas moribundas de los elegidos se encuentran frecuentemente rebosantes de la dulzura de los cantos celestiales, alegría por la cual no sienten la separación entre el cuerpo y el alma. Así, ya narré en las homilías sobre los Evangelios [Homilía 15, núm. 5] que se encontró un cierto Sérvulo en el pórtico que debe atravesarse cuando se entra en la iglesia de San Clemente. Por cierto, era pobre en bienes, pero rico en méritos. Una enfermedad prolongada lo debilitó mucho. Desde que nosotros lo conocimos y hasta el final de su vida permanecía echado en el suelo por su artritis; sí, qué les digo, no podía estar de pie, ni levantarse en la cama para sentarse, ni llevar la mano a la boca, ni cambiar de posición. Como ayuda tuvo a su madre y a un hermano, y todo lo que recibió como limosnas lo repartió entre los pobres por las manos de ellos. Nunca aprendió a leer, pero había comprado una Sagrada Escritura y, como frecuentemente hospedaba a hombres piadosos, les pedía que se la leyeran. De este modo llegó al conocimiento completo de la Sagrada Escritura, aunque no conocía ninguna letra. En sus dolores siempre se esforzó en dar gracias a Dios y consagraba al Señor su tiempo con himnos y cantos de alabanza día y noche. Pero cuando llegó el momento en que debía ser recompensada su gran paciencia, el dolor de los miembros se mudó a las partes interiores de su cuerpo. Porque sabía que había llegado su fin, solicitó a los peregrinos y amigos que se levantaran para cantar los salmos con él y así esperar su fin. Cuando de esta manera cantaban los salmos, interrumpió de repente las voces de los cantores con este grito: “¡Estad calmados! ¿No escucháis cómo repercuten los cantos de alabanza en el cielo?” Y en cuanto dirigió su oído interior a estos cantos fue separada su alma de su cuerpo. En su muerte se derramó una fragancia tan fuerte que los presentes respiraron esta dulzura indescriptible y así supieron que Sérvulo había sido recibido entre los coros celestiales de los Ángeles. Uno de nuestros monjes, que todavía vive, estaba presente y asevera con muchas lágrimas que esta fuerte fragancia podía percibirse incluso en la sepultura de Sérvulo.1

 ¡Cantos celestiales! ¡Fragancia celestial! Para los racionalistas esto puede parecer un cuento. Para quien cree en la realidad sobrenatural y en la existencia de los santos Ángeles, constituye una verdad para afirmar alegremente, mostrada muchas veces a los místicos en sus visiones.2

1 Gregorio Magno, Diálogos,1. IV, cap. 14.

2 Cfr. R. Hammerstein, Die Musik der Engel, Bern, 1962, pp. 53-62.