San Pontiano de Espoleto († entre 156‑165)

En Espoleto (Umbría), bajo el dominio del emperador Antonio Pío (138‑ 161), un juez pagano llamado Fabiano perseguía con saña desmedida al cristianismo. Un laico, Pontiano, se atrevió a acusar públicamente la injusticia y crueldad de los procedimientos usados contra los cristianos, hecho que expió con torturas terribles. Sin embargo, estando en la mazmorra, antes de su muerte como mártir fue fortalecido maravillosamente por un Ángel. Aunque esta antigua Passio (biografía de mártires) adoptó ciertas circunstancias ajenas a la realidad, al menos la asistencia de un Ángel en el martirio bien pudo haber constituido un hecho histórico. En el Martirologio Romano se lee el 19 de enero:

En Espoleto, en tiempos del emperador Antonio, vivió la congoja el santo mártir Pontiano cuando, por causa de Cristo, tuvo que pasar descalzo sobre carbones ardientes, permaneciendo ileso. Después de que el juez ordenara torturarlo así, mandó encerrarlo en una mazmorra y colgarlo de un gancho de hierro. Aquí, los Ángeles se le aparecieron y lo fortalecieron con el alimento celestial. Después fue arrojado a los leones, cubierto con plomo hirviente y finalmente decapitado con la espada.1

Es común que las Actas de los mártires informen de la consoladora presencia de un Ángel y el consiguiente fortalecimiento en el martirio de los santos y testigos de la fe de los primeros tiempos del cristianismo. Tal vez sólo se trate de un popular esquema hagiográfico, pero al menos detrás de él se encuentra la convicción religiosa de que los Ángeles, en especial el Ángel de la guarda, acompañan de cerca a los fieles en todos los peligros y dificultades, muy particularmente en la hora de la muerte. A continuación se presentan algunos ejemplos al respecto:

 En las Actas de los santos mártires Trifón, Respicio y Ninfa, torturados en su juventud en Frigia (Asia Menor) bajo el emperador Decio alrededor del año 250, se menciona:

Lleno de coraje, el prefecto mandó que les abriesen el pecho, rasgándolo con ganchos de hierro, y los quemaran con teas. Los verdugos se acercaron y ejecutaron la orden del prefecto. Cuando pusieron el fuego sobre ellos, un Ángel de Dios se paró al lado de los mártires, sosteniendo en las manos unas coronas adornadas con joyas y flores. Mientras agonizaban las colocó sobre sus cabezas y condujo así a estos héroes de la fe a su última consumación.2

En el Martirologio Romano se lee el 11 de mayo:

En Roma, en la calle Salárica, la muerte del bienaventurado sacerdote Antimo: Se distinguió por el don y la gran virtud de la predicación. En la persecución diocleciana fue arrojado al río Tíber, pero un Ángel lo rescató y lo llevó a la iglesia. Nuevamente condenado a muerte, entró en el cielo como un vencedor.3

El Martirologio Romano describe el 3 de noviembre: “En Viterbo, los santos mártires Valentín, sacerdote, e Hilario, diácono, a causa de su fe en Cristo fueron arrojados durante la persecución diocleciana al Tíber, lastrados con piedras, pero un Ángel del cielo los salvó. Después recibieron la corona del martirio por decapitación.”4

En el Martirologio Romano, el 21 de julio:

En Marsella, Galia, la muerte de san Víctor: Porque decidió finalizar su servicio militar y no deseaba elevar sacrificios a los ídolos, fue encarcelado en una mazmorra, donde un Ángel lo frecuentaba y fortalecía. Después lo castigaron con diversas torturas y finalmente lo aplastaron en un molino.5

En el Martirologio Romano, el 28 de julio: “En Ancara, Galacia, el santo mártir Eustasio: Después de diversas torturas, fue arrojado a un río, pero un Ángel lo liberó. Finalmente, un pichón voló desde el cielo alrededor de él para llamarlo a los premios eternos.”6

Un último ejemplo, tomado del Martirologio Romano, el 24 de julio:

En Tiro, en el lago de Bolsena, en la Toscana, la mártir y santa virgen Cristina: Porque creyó en Cristo, destrozó los ídolos de oro y plata de su padre y distribuyó los pedazos entre los pobres. Por esta razón, su padre ordenó fuera flagelada, desgarrada y atormentada cruelmente con otros castigos. La amarraron a una pesada piedra y la arrojaron dentro del lago; sin embargo, un Ángel la salvó. Debió pasar todavía otras torturas […] Finalmente fue traspasada con flechas.7