El beato Dionisio Areopagita († cerca del año 520)
Al adoptar el pseudónimo Dionisio Areopagita cuando fue convertido al cristianismo por san Pablo en Atenas, este monje beato1 sirio no buscaba engañar a nadie, sino -como afirma razonadamente Hans Urs von Balthasar2‑ únicamente actuar
como un monje que muriendo para el mundo toma el nombre de un santo y vive en su realidad o de manera semejante a los alumnos de los grandes profetas, quienes vivieron y continuaron por siglos la tradición, colocando en esta misión específica sus palabras en boca de su maestro. Con razón hablamos de un Deutero‑Isaías y de un Trito‑Isaías, pero no de un Pseudo‑Isaías. Por ello tampoco deberíamos llamar a este pensador de fe profunda, que vivió en el paso del siglo V al VI, como en ocasiones se hace hasta la fecha, Pseudo‑Dionisio Areopagita.
De este teólogo y de sus obras literarias ‑De coelesti hierarchia (Sobre la jerarquía celeste), De ecclesiastica hierarchia (Sobre la jerarquía eclesial), De divinis nominibus (Sobre los nombres de Dios), De mystica theologia (Sobre la teología mística),- así como de sus diez cartas, irradia tal fuerza y brillo de santidad que de ninguna manera puede ser considerado un falsificador o un apologeta que usara, por prudencia, la treta del anonimato.3 En efecto, Dionisio se identificó tanto con su obra literaria -en la que su teología se presenta como un todo original, con la peculiaridad de una enorme fuerza creativa a pesar de todas las influencias neoplatónicas, cristianas, alexandrínicas y capadócicas- que ninguno de los grandes pensadores teológicos posteriores pudo ignorarlo. Y entre éstos se encuentran desde san Bernardo de Claraval y los suyos, san Alberto Magno, san Buenaventura y santo Tomás de Aquino, el maestro Eckart, Juan Tauler, Jan Ruysbroek, Juan Gerson, el cardenal Nicolás Cusano, Dionisio el Cartujo y los místicos españoles como san Juan de la Cruz, hasta el cardenal Pierre Berulle y el obispo Fénelon.
Por otra parte, los santos Ángeles desempeñan un papel preponderante en su obra, motivo por el cual constituiría un grave error excluirlo de este libro sobre los Ángeles y los santos.
Un pensamiento esencial en la teología de Dionisio Areopagita es el orden jerárquico de todos los seres, que descienden grado a grado del Dios absolutamente transcendente, a través de los seres espirituales (los Ángeles) y del ser espiritual‑corporal (el hombre), hasta la materia. Los seres espirituales del mundo angelical también mantienen un orden jerárquico: tres triadas, conformada cada una por tres coros: Serafines, Querubines y Tronos en el orden superior; Dominaciones, Principados y Potestades, en el mediano, y Virtudes, Arcángeles y Ángeles, en el inferior. El mundo sobrecelestial de las tres Personas de la única esencia divina se revela en la creación por irradiación e iluminación: en primer lugar, brilla en las tres triadas de los nueve coros de esta jerarquía celestial, y después, en la jerarquía terrenal de la Iglesia. Según esta visión del mundo, los seres celestiales -puramente espirituales- del mundo de los Ángeles, ocupan una posición central en la teo‑logía, entre la vida del Dios uno y trino y la Iglesia, como materialización de la teo-logía en la tierra.4
La jerarquía angelical de Dionisio Areopagita no constituye exclusivamente una lista de nombres misteriosos tomados de las Escrituras (Serafines, Querubines, Tronos, etcétera), sino uno de los grandes méritos de este gran teólogo, quien reveló las relaciones de los coros angélicos entre sí, con Dios y con la creación, lo que permitió comprender la gran importancia del mundo de los Ángeles así estructurado. El título de la obra en la que presentó su angelología se convirtió dentro de la teología en un término fijo para la estructura total del mundo angelical tan maravillosamente ordenado: De coelesti hierarchia (hierarchia, de híeros, ‘santo’, y arché, ‘dominio’, significa en esencia ‘santo dominio’, ‘santo gobierno’, ‘orden santo’). La palabra hieros, ‘santo’, expresa que dicho orden recibe del propio Dios su vida interior y la fuerza que lo llena y une al todo; además, indica el fin ulterior del orden, descrito así por Dionisio: “La jerarquía busca llevar a la semejanza con Dios y elevar, según la iluminación concedida por Dios, hacia una imagen de Él.”5
Los miembros particulares de la jerarquía van perfeccionándose hasta convertirse en “espejos puros, sin mancha, capaces de recibir el rayo divino de la fuente original de la luz; son espejos que, repletos de este brillo recibido, a su vez […] dejan brillar a éste sobre los grados inferiores”.6
Constituye una parte de la esencia de la jerarquía que sus miembros pertenezcan a diferentes grados, posean dignidades diferentes y cumplan diferentes tareas, en cada ocasión, para sustentar la vida del todo y garantizar su conservación. En el “gobierno santo”, solamente los miembros de más alto rango reciben el “rayo divino original” del propio Dios, “los cuales, entonces […] dejan brillar a éste a través de los grados siguientes”. Para cada miembro de la jerarquía, la perfección consiste, por tanto, en ser elevado según su grado como a una imagen de Dios, para actuar en una especie de “colaboración con Dios”.
La perfección de una criatura, su elevación a la “imagen de Dios”, se realiza ‑entre los Ángeles y entre los hombres‑ en el triple camino de la purificación, iluminación y unión, es decir, de manera que Dios se revela a la criatura para que ésta sea purificada en su ignorancia, simultáneamente iluminada por el conocimiento de la verdad y, así, conducida paulatinamente a la perfección. Según “el orden de los grados de la jerarquía, unos son purificados y otros purifican, unos son iluminados y otros iluminan, unos son perfeccionados y otros perfeccionan”.
A manera de resumen, podría afirmarse que “jerarquía” significa, según Dionisio Areopagita, una estructura de orden, cuyos miembros, por el conocimiento que poseen de Dios y el amor a Dios resultante, adquieren un poder sobre cosas santas y para acciones santas, por medio del cual otros ‑a través de la fuerza de la comunicación de dones divinos‑ son santificados.
En la tierra, la jerarquía encuentra su expresión visible en la Iglesia de Jesucristo:7 El Papa reúne en sí la plenitud del poder gobernante y consagrante; de él lo reciben los obispos, quienes a su vez lo comunican a los sacerdotes, por cuyas manos se otorga a los fieles la vida divina. Ésta colma todo el organismo de la Iglesia, pero cada miembro la recibe, posee y comunica de manera particular, según su grado y dignidad dentro de la propia Iglesia, o sea, según la mayor o menor parte del poder y santidad de Dios que posee objetivamente como integrante de la jerarquía eclesiástica. Sin duda, la Iglesia cumple todas las condiciones requeridas por un verdadero orden jerárquico. No obstante, está conformada por hombres y, por tanto, afectada por la invalidez, inconstancia y fragilidad de la materia, por lo que el orden jerárquico terrenal puede encontrarse frecuentemente impedido en su eficacia ‑la santificación de sus miembros‑, alcanzando pocas veces y con grandes esfuerzos la realización de su fin último: la perfección de quienes la integran. Esto es distinto en el mundo de los espíritus puros: los Ángeles no conocen el obstáculo de la materia y por ello su mundo constituye el orden jerárquico perfecto, ejemplo brillante para la jerarquía eclesiástica. Dionisio Areopagita percibe la santidad de la Iglesia y de sus miembros, en especial de su jerarquía, como la conformidad con la jerarquía angelical; cuando esta conformidad existe, el cristiano vuelve a ser transparente para Dios y permeable a su voluntad revelada. “En la disposición total para Dios, alcanzada por la purificación, iluminación y unión, y en la conformidad a la voluntad divina, según el ejemplo de la jerarquía angelical, el miembro de la jerarquía eclesiástica ya no desea lo que no agrada a Dios y coincide con las promesas divinas.”8
Esta especulación jerárquica de Dionisio Areopagita repercutió intensamente y por mucho tiempo en la historia de la teología y la piedad; conformaba, sin duda, el “primer intento realmente importante de instaurar una relación sistemática entre la angelología y la vida espiritual de los cristianos”.9
1 La pregunta, ¿quién está detrás del pseudónimo Dionysius Areopagita?, muchas veces discutida, realmente a nosotros no nos interesa; nos referimos a la constatación de H. U. v. Balthasar, en su “estética teológica” Herrlichkeit (vol. 2, Einsiedeln, 1962, pp. 147-214), donde escribe de manera reservada y prudente, que se trata de un monje sirio profundamente piadoso que vivió alrededor del año 500 y depende de los alexan-drinos y de Gregorio de Nissa; nosotros le llamamos un “monje beato”, siguiendo a Dionisio el cartujo que repetidamente llama su colega del mismo nombre “Divinus Dionysius”.
2 Cfr. Ibid., p. 154.
3 Cfr. Ibid., p. 150.
4 Cfr. G. Tavard, “Los Angeles”, Historia de los Dogmas, vol. II, Madrid, 1973, p. 45.
5 De coelesti hierarchia, cap.3, núm. 1.
6 Ibid., núm. 2.
7 Cfr. H. Kühn, Das Reich des lebendigen Lichtes, Berlín, 1947, p. 137.
8 H.U.v. Balthasar, op. cit., p. 213.
9 G. Tavard, op. cit.,p. 45.
