San Ambrosio († 4 de abril de 397)
San Ambrosio, el primero de los cuatro grandes padres de la Iglesia del Occidente, debe ser mencionado por diversas razones entre aquellos santos que se mantuvieron en contacto íntimo con los Ángeles. Nació en el año 339 en Tréveris; hijo del supremo oficial civil de Galia, cuando éste murió Ambrosio fue llevado a Roma para su educación. Al principio se desempeñó, al igual que su padre, en el servicio civil, hasta convertirse en cónsul de Milán. Allí fue designado obispo en el año 374, después de la muerte del obispo arriano Ausencio, aun cuando entonces apenas era catecúmeno. Llegó a constituirse muy pronto en un luchador heroico de la Iglesia contra el paganismo, que en aquel tiempo todavía no había sido extinguido totalmente, y el arrianismo, de mucha influencia en el norte de Italia. Predicador brillante, logró mediante sus sermones importantes conversiones, entre otras, la de san Agustín.
Paulino,1 secretario de san Ambrosio, proveniente del norte de África, redactaría la biografía del santo (Vita sancti Ambrosii) en 422 (25 años después de su muerte); en ella relata un episodio que muestra cuán íntimo era el contacto de san Ambrosio con los santos Ángeles:
En ese tiempo vivía un hombre, seguidor de la herejía arriana, un discrepante sumamente astuto, intransigente, obstinado e inconvertible a la fe católica, quien en cierta ocasión se encontraba en la iglesia donde el obispo Ambrosio predicaba. Allí, este arriano observó, según él personalmente lo relata, un Ángel que hablaba al oído del obispo predicador, y le dio la impresión de que el obispo Ambrosio proclamaba a la gente únicamente aquello que el Ángel le susurraba. Gracias a esta aparición angelical, el arriano se convirtió y comenzó a defender valientemente la fe que él mismo había combatido.2
Esta aparición se corresponde con el profundo convencimiento de san Ambrosio sobre la existencia de los santos Ángeles, como puede descubrirse en la casi totalidad de sus obras. En unas consideraciones sobre el Salmo 118 opina: “Todo está lleno de Ángeles: el aire, los países, los mares, las iglesias, presididas por los Ángeles.”3
Para el gran obispo de Milán, la escalera celestial del sueño del patriarca Jacob sobre la cual los Ángeles suben y bajan, es una prefigura de “la futura comunión de los Ángeles y los hombres”.4 Subraya repetidamente el parentesco espiritual entre los Ángeles y los hombres. Indica que la comunicación de dones sobrenaturales de los Ángeles y la de los hombres encuentra al mismo autor, el Espíritu Santo, quien por medio de la gracia hizo que nuestra naturaleza humana ‑tan inferior‑ sea semejante a la de los Ángeles.5
Ambrosio fundamenta esta íntima relación entre Ángeles y hombres en que el Hombre‑Dios, Jesucristo, es la cabeza no sólo de la humanidad redimida, sino de igual manera de los Ángeles, porque también éstos pertenecen en su propio ser al Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, a este único “templo de Dios”, a la única “ciudad de Dios”.6
El número de los Ángeles es indescriptiblemente grande, como también el cielo es muchísimo mayor que la tierra. En comparación con estos innumerables millares de millares de espíritus celestiales, el mundo de los paganos es sólo una gota de agua en un balde lleno, declara en su explicación al Salmo 1.7 En los comentarios al salmo 118 escribe: “El mundo está lleno de poderes santos, porque también está lleno de espíritus malignos.”8 En un escrito sobre el profeta Elías, este piadoso padre de la Iglesia amonesta a cada fiel: “Bajo los ojos de los Arcángeles, Potestades y Dominaciones, y de las miríadas de miríadas de Ángeles, tú estás luchando; entonces, ¡cómo sería ignominioso -considero‑ fracasar vergonzosamente delante de tan maravillosos testigos!”9
San Ambrosio asevera que los Ángeles asisten al sacrificio eucarístico de la nueva alianza, en especial el Arcángel Gabriel, quien “sin duda se encuentra presente cuando Cristo está presente y se sacrifica”.10
Al estudiar con detenimiento las consideraciones de san Ambrosio a los salmos 37 y 3811 puede presuponerse, con razón, su certeza de que al lado de cada hombre singular permanece un Ángel de la guarda específico. Así, en su comentario al Salmo 38 confirma reconfortantemente que el enemigo maligno podrá dañar el alma humana únicamente con el permiso de Dios, porque “en el ambiente del hombre hay un Ángel que lo protege y defiende, para que nadie le ocasione ningún daño. El Ángel jamás abandona su lugar, excepto por orden de Dios, a fin de que el luchador sea probado en la batalla”. En el Sermón contra Auxentio,12 san Ambrosio anota: “Los siervos de Cristo experimentan una protección más poderosa de los poderes invisibles que de los poderes visibles.” Dicha protección es también propia de la Iglesia, ya que Dios rodeó el pueblo de Dios en su totalidad “con órdenes celestiales y con la protección de los Ángeles como con una fortaleza”.13 Los justos gozan de este amparo angelical de manera especial, porque en ellos brilla “la presencia del sol del mediodía”.14 Entre las filas de los justos se alegran las vírgenes15 y los mártires16 por la “protección particular” de los santos Ángeles. En Sobre las viudas, Ambrosio advierte de la necesidad de invocar a los santos Ángeles, “a cuya protección estamos entregados”17 (“nobis ad praesidium dati sunt”).
Asimismo, menciona reiteradamente que los Ángeles reciben jubilosos a un justo difunto en su entrada al cielo y lo conducen al lugar de su destino eterno. De igual manera los pecadores, como integrantes del reino de Dios en cuya comunidad están los santos Ángeles, encuentran su participación; así, los Ángeles gimen, según la Carta de san Pablo a los Romanos, cuando, como ejecutores de la justicia divina, deben castigarlos (cfr. Rm 8,22).18 Por el contrario, se regocijan ante la conversión de un pecador, “porque consideran la salvación de un hombre como un beneficio propio”.19
Por todo ello es entendible que el gran obispo de Milán hablara también de los santos Ángeles en sus homilías sobre el libro de Tobías (De Tobia, anterior al año 380) y en sus sermones sobre el Evangelio de san Lucas (entre 385 y 389), en especial en los primeros capítulos.20
Sólo de un obispo que se dejó imbuir tan fuertemente de la existencia y el operar auxiliador de los santos Ángeles y que llevó una vida angélica ejemplar, puede creerse lo que escribió Paulino de Milán sobre la muerte de san Ambrosio:
Al mismo tiempo en que él [Ambrosio] regresaba al Señor, más o menos desde las once del día hasta aquella hora en que entregó su espíritu rezó con los brazos extendidos en cruz. Nosotros vimos que movía los labios; sin embargo, las palabras no las escuchábamos. Honorato, el obispo de Vercelli, se había acostado en el piso superior de la casa; entonces escuchó tres veces una voz [¿era la voz de un Ángel?] que le llamó: “¡Levántate, corre, porque Ambrosio va a morir pronto!” Bajó y ofreció al santo el Cuerpo del Señor. Éste lo recibió y, no bien lo hubo deglutido, entregó su espíritu; llevaba consigo un buen viático a la eternidad. Porque fortalecido en su alma por la bondad de este alimento, podía alegrarse para siempre en la comunidad de los Ángeles, cuya existencia había vivido ya en la tierra.21
1 Cfr. “M. Pellegrino come biografo”, La Scuola cattolica, LXXIX, 1951, pp. 151-162.
2 E. Dessmann, Das Leben des hl. Ambrosius: die Vita des Paulinus, núm. 17, Düsseldorf, 1967, p. 46.
3 Expositio in Psalmum 118.
4 De Jacob et vita beata libri duo.
5 Cfr. De Spiritu Sancto, I.
6 Cfr. Epistola 76,12s.
7 Cfr. Enarrationes in 12 psalmos Davidicos.
8 Expositio in Psalmum 118.
9 De Helia et jejunio.
10 Expositionis evangelii secundum Lucam, l. X, I, núm.24,28.
11 Enarrationes in 12…
12 Sermo contra Auxentium.
13 Hexaemeron, III.
14 De Abraham, 1.2,1,I.
15 Cfr. De virginibus, I.
16 Cfr. Expositio in Psalmum 118.
17 De viduis, cap. 9,55.
18 Cfr. Epistola 34.
19 Expositio in Psalmum 118.
20 Cfr. Expositionis Evangelii… 1.X,I núm. 24,28; II, núms.7-14 y VII, núm. 210.
21 E. Dessmann, op. cit., núm. 47 p. 64.
