Santa Cecilia († alrededor del año 230)

Tal vez la Passio de esta santa romana nombrada explícitamente en la primera oración eucarística en el Canon Romano de la santa Misa, contenga muchos elementos legendarios; no obstante, el relato sobre el Ángel que se le aparece constituye una indudable referencia a la fe firme que tenían los primeros cristianos en el Ángel de la Guarda.

Santa Cecilia aparece en esta Passio1 escrita después del año 486 como la casta hija de una familia cristiana de senadores romanos, de la noble estirpe de los Cecilios. Fue casada por sus padres con un joven pagano, Valeriano. En la noche de los esponsales, Cecilia explica a su esposo que la protege un Ángel de la virginidad; para creer sus palabras, Valeriano exige ver a este Ángel; al observar Cecilia que podrá verlo si se convierte al cristianismo, Valeriano accede y se deja instruir y bautizar por el Papa Urbano.

Ya cristiano, regresa con su noble cónyuge. Y entonces se les aparece a ambos el Ángel, quien los corona con azucenas y rosas.

Posteriormente, Valeriano logra entusiasmar a su hermano Tiburcio en la fe verdadera. De ahí en adelante, los dos hermanos actúan como verdaderos discípulos de Cristo, principalmente ayudando con limosnas a los pobres y sepultando a los mártires, lo que ocasiona que el prefecto Turcio Almacio los condene a muerte. Máximo, el ejecutor de la sentencia, se convierte y sufre con ellos el martirio.

Cecilia también es apresada por destinar su casa paterna a la celebración del culto cristiano. Después de una gloriosa confesión de su fe, debía ser ahogada en el baño de su propia casa, pero permanece incólume. El prefecto la condena, entonces, a ser decapitada; sin embargo, incluso después de tres tajos con la espada, el verdugo es incapaz de separar completamente su cabeza del cuerpo. Cecilia vive aún tres días, en los cuales imparte diferentes instrucciones en favor de los pobres y de la Iglesia. Cuando al fin muere, el Papa Urbano sepulta a esta heralda de la fe entre los obispos y confesores, en las catacumbas de San Calisto, en Roma. Años después, el cuerpo de la santa es enterrado en su propia casa, transformada en una iglesia, la iglesia de Santa Cecilia, en Trastévere (Roma).

Quizá en la Passio de santa Cecilia lo legendario prevalezca sobre lo histórico. Pero lo que ciertamente brilla como realidad histórica detrás de la leyenda es que entre los primeros cristianos se estimaba sobremanera la virginidad consagrada, y se sabía que para conservarla entre tantos peligros y dificultades, los santos Ángeles podían constituirse en valiosos auxiliadores.

Esto lo explicó J. Dillersberger en su libro Wer es fassen kann2 (Quién puede comprenderlo), casi en lenguaje poético:

(Eja, milites Christi! (¡Levantaos, soldados de Cristo!) Como un golpe de sonido brillante sobre escudos de plata, así resuena en la mañana del día de santa Cecilia esta antífona del Benedictus en boca de esta santa, mártir y virgen romana. Cuando terminó la mañana, Cecilia clamó con voz clara: “¡Levantaos, soldados de Cristo, dejad las obras de las tinieblas, revestios con las armas de la luz!” ¡Éste es el inicio del día; éste, el lema de batalla! ¡Cómo hace despertar de una vez toda languidez y somnolencia! Esta palabra es la oración de la virgen mártir, que sabe que su Ángel de la guarda está a su lado. Ella ha pasado su noche de bodas de manera diferente a como era ‑y aún hoy es- usual entre paganos, e incluso entre muchos cristianos. Ha sido capaz de salir casta de su recámara nupcial por la mañana, con la ayuda de su Ángel de la guarda. Utilizó su noche de esponsales para ganar a su esposo Valeriano para Cristo. Él y su hermano, después de ver a su Ángel de la guarda tras el bautismo, se convirtieron en mártires para Cristo, conquistados mediante la fuerza casta de las palabras de Cecilia. “Como una abeja ocupada”, está escrito, “ella ha servido al Señor.” ¡Éstas son las noches de bodas en Roma de los primeros cristianos! Entonces onduló este viento nuevo, áspero y casto de la fe, tan fresco y maravilloso, por las calles de la ciudad eterna, hasta en las casas de la estirpe de los antiguos patricios, arrojando fuera todo lo que se saboreaba según la sensualidad y el bochorno. ¡Qué flores virginales produjo esta Roma precristiana! Cecilia e Inés, y si fuesen solamente estas dos, ¡sería suficiente para anhelarlas nuevamente en estos tiempos! Con una fuerza impresionante e incomparable, la Iglesia supo en esta antífona Christi -“Eja, milites Christi!”- dejar brillar este estimulante ejemplo de virtud casta que hace a los hombres parecidos a los Ángeles. ¿No surge de esta virgen heralda romana un ánimo fresco de valentía alegre para la pureza, hacia todo el mundo cristiano? Ése es el sentido de esta llamada clara en la hora de la mañana del día de santa Cecilia, una vez salió de su recámara, por la mañana, después de su noche de bodas, resplandeciente en su virtud clara e invencible, las armas de luz en su cuerpo puro y un poderoso compañero a su lado.