San Gregorio Nacianzeno († 390)

En representación de los padres de la Iglesia oriental y occidental del siglo IV ‑así como de lo que dijeron o escribieron sobre los Ángeles- mencionaremos al santo obispo y doctor de la Iglesia, Gregorio Nacianzeno, quien, aunque fue propiamente un gran teólogo de la santísima Trinidad y sólo en ocasiones habló de los Ángeles, lo que de ellos afirma es muy instructivo, mostrando de manera impresionante su fe firme en la existencia angélica y su confianza en el Ángel de la guarda.

Gregorio nació el año 330 en la aldea de Arianz, cerca de Nacianzo, en la parte occidental de Capadocia (hoy Nenizi de Carvale, en el centro de Turquía). Sus padres, Gregorio el Mayor de Nacianzo y su esposa Nonna, son también venerados como santos, al igual que sus hermanos, san Cesario de Nacianzo y santa Gorgonia. Después de estudiar en Capadocia (Cesarea, Palestina), Alejandría (Egipto) y Atenas, donde conoció a quien se convertiría en su gran amigo Basilio, Gregorio regresó a casa y trabajó algún tiempo como retórico. Invitado por Basilio, fue a Ponto, a orillas del Mar Negro, para allí internarse profundamente en los estudios de la Sagrada Escritura. De nuevo en Nacianzo, en la navidad del año 361 fue ordenado sacerdote. Su amigo Basilio, desde el año 370 arzobispo de Cesarea y metropolitano de Capadocia, lo designó obispo de Sasima el año 372. En mayo del 381, iniciado el Concilio de Constantinopla, Gregorio fue entronizado por los padres del Concilio como obispo de esta ciudad, donde vieron la luz sus cinco famosos sermones teológicos (Alocuciones 27‑31), de entre los cuales en especial la Alocución 28 es de gran importancia para la angelología. No obstante, en sus Alocuciones 38, 40, 41 y 45 habla de manera muy explícita sobre los Ángeles, su esencia y tareas.1

Si bien san Basilio, su gran amigo, describía la naturaleza de los Ángeles como un soplo de aire o un fuego inmaterial, afirmando que se muestran visibles por el cuerpo que asumen,2 y el tercer Capadocio, san Gregorio de Nissa, defendía la naturaleza puramente espiritual de los Ángeles,3 Gregorio Nacianzeno, por su parte, se muestra reservado e indeciso sobre la cuestión. Así, sitúa la creación de los Ángeles antes de la creación del mundo visible. La Bondad absoluta, es decir, Dios, no contento con esta visión de sí mismo, pensó en los poderes angelicales celestes “para que muchos pudieran participar de esta bondad”. El Logos, la segunda Persona divina, ejecutó tal obra, consumada por el Espíritu Santo: “De este modo fueron creados los seres de luz de segundo orden, los siervos del primer Ser de luz, si queremos verlos como espíritus con inteligencia o como una especie de fuego incorpóreo, o sea, hechos de cualquier otra naturaleza.”4 “Supongamos que son seres sin cuerpo, o algo semejante a esto.”5

Gregorio de Nacianzo tampoco se decide sobre si lo que realmente importa entre los Ángeles es el grado jerárquico o la grandeza o plenitud de la luz que asumen: Dios es la luz más grande, inexpresable y al mismo tiempo inalcanzable; “una segunda luz es el Ángel, emanación o comunicación de la primera luz, que por inclinación hacia ella y por su servicio recibe la iluminación. Yo no sé si ellos [los Ángeles] reciben la iluminación según el orden del grado o si reciben el grado según su iluminación”; la tercera luz es el hombre dotado con inteligencia.6

Los Ángeles se encuentran muy cerca de la completa exención del pecado; el doctor de la Iglesia se atreve a opinar que el no pecar, como es propio de la Primera Naturaleza simple, también es parte de la naturaleza angelical. No obstante, después expresa una distinción, al observar que la esencia de los Ángeles solamente está más cerca del no pecar por su cercanía a Dios.7 En efecto, “los Ángeles permanecen inmóviles hacia lo malo y se mueven hacia lo bueno, porque están en la luz de Dios y brillan de la Primera Luz de Dios”.8 En este punto expone otra restricción:

Pero lo que pasó con aquel que se llama, a causa de su luz brillante, el “portador de luz” (Lucifer), me obliga a pensar y a afirmar que no son totalmente inmóviles hacia lo malo, sino sólo difícilmente móviles, porque él se hizo tinieblas por su rebelión y así es conocido ahora. También los poderes a él sometidos, por su huida del Bueno, se han convertido en obreros del malo, acarreándonos la maldad a nosotros.

El oficio de los Ángeles, según Gregorio Nacianzeno, es el servicio ante Dios:9 Son los ejecutores e instrumentos de las órdenes divinas; incluso ellos mismos son luz, capaces de iluminar a otros. Están dispuestos dentro de la obra de Dios para servir a los hombres y cuidar determinadas partes de la tierra y el universo:10 naciones, ciudades e iglesias. De una manera especial protegen a los cristianos fieles confiados a ellos por Dios.11 Los Ángeles celebran con toda la Iglesia en la tierra las fiestas de la cristiandad, como manifiesta san Gregorio en su homilía para la festividad de la Epifanía:

Glorifica a Dios con los pastores, bendícelo con los Ángeles, forma un coro con los Arcángeles, para que sea esta fiesta una unión entre los poderes celestiales y terrenales. Porque estoy convencido de que se alegran hoy y conmemoran esta festividad con nosotros. ¿No son ellos los amigos de Dios y amigos de los hombres, como David nos lo describe (en el Salmo 23), quienes después de la Pasión suben con Cristo, y delante de Él se animan unos a otros a levantar el dintel superior de la puerta?12

En cuanto a su relación con Cristo, Gregorio Nacianzeno acentúa que acompañaron al Dios‑hombre en su ascensión al cielo, donde se alinearon para recibirlo;13 se exhortaron unos a otros mutuamente, según el Salmo 23, a abrir las puertas para dejar entrar a Cristo y se admiraron por la exaltación que había recibido la naturaleza mortal del hombre.14 En la mujer que se alegra, en la parábola de la dracma perdida, san Gregorio vio simbolizado a Cristo exhortando a los Ángeles a regocijarse por la conversión de los pecadores;15 en la parábola de la oveja perdida descubre una indicación de la humanidad perdida por el pecado, a la cual el Hijo de Dios encarnado siguió, e interpreta a las noventa y nueve ovejas que dejó el pastor como a los Ángeles.16

Finalmente, dejémonos impresionar por el segundo sermón teológico (Alocución 28) de san Gregorio Nacianzeno en Constantinopla:

¿Cómo debe alabarse a los Ángeles, que brillan allá arriba en la luz más pura o presentan, según su naturaleza y posición, diferentes brillos (Ángeles, Arcángeles, Tronos, Dominaciones, Potestades, Virtudes, etcétera)? Fueron creados tan hermosos, de pura belleza, que ellos mismos se hacen luz y así son capaces de iluminar también a otros y participarles de la abundancia de la Primera Luz (divina). Como ejecutores de las órdenes divinas, son poderosos por su fuerza, recibida naturalmente de Dios. Recorren veloces el universo, ayudando libremente en todo lugar a cada quien, porque están inclinados al servicio y poseen una naturaleza ágil. A unos es confiado el cuidado de una parte determinada de la tierra; a otros, otra parte del universo, como lo sabe Aquel que lo ordenó y limitó. Dirigen todas las cosas hacia este único fin: la unión con el Creador. Alaban la magnificencia de Dios, ven siempre su gloria eterna. No hacen esto para aumentarla [la gloria de Dios], porque sea posible añadir algo a la plenitud de Aquel que confiere todos los bienes, sino para que no tenga fin este beneficio de los primeros seres que están con Dios. Si alabamos este hecho [el mundo de los Ángeles] con palabras dignas, entonces hemos de dar gracias a la Trinidad y a la única Divinidad en tres Personas. Si yo no cumplí con lo que se esperaba, de todos modos alcancé la victoria por la manera en que me esforcé por demostrar que nuestro espíritu es incapaz de comprender la naturaleza de las cosas del segundo grado [el mundo angelical], y mucho menos aquella primera y única esencia, la esencia de estar en la cumbre del universo.17

De la vida de san Gregorio poco más puede añadirse: el tiempo de su labor como obispo de Constantinopla fue muy corto. Desconocido y enfermo, regresó a Nacianzo y administró por algún tiempo una sede episcopal vacante, hasta su retiro en el año 383 a la hacienda de sus padres en Arianz; allí transcurrieron sus últimos años ‑murió el año 390‑, escribiendo las 245 cartas que de él se conservan, así como un gran número de poesías de contenido dogmático y moral.

En estas últimas, Gregorio Nacianzeno combatió principalmente la cristología abreviada de los apolinaristas: Como la naturaleza humana de Cristo y en especial su alma humana espiritual, negada por los apolinaristas, fue elevada en su totalidad hacia la divinidad, así también será transfigurado y divinizado nuestro espíritu en cuanto está unido a Cristo.

Pero Gregorio no se contenta con este pensamiento espiritual de la salvación. Cristo, el Dios‑hombre y Señor, es indispensable, porque su santo sufrimiento y muerte realizaron la expiación por medio de la cual fue superado el poder del diablo y del pecado, y todo el peso de nuestras faltas humanas.

En sus poesías también habla en ocasiones de los santos Ángeles; por ejemplo, en la más extensa, donde relata autobiográficamente su vida utilizando 1949 trimetros yámbicos,18 gloriándose del Ángel de la guarda que le fue dado como guía, compañero, protector y consejero en los caminos de su existencia. En este punto, el santo de Nacianzo utiliza un lenguaje semejante al de su amigo Basilio, quien una vez escribió: “Entre los Ángeles hay unos como presidentes de los pueblos, otros como compañeros de los fieles singulares […] Que cada fiel tiene su Ángel, que le guía como educador y pastor, es la doctrina de Moisés en el libro del Génesis (48,16).”19

San Gregorio Nacianzeno. 147

1 Cfr. J. Barbel, Gregor v. Nazianz, Die fünf theologischen Reden, Text und Übersetzung mit Einleitung und Kommentar, Düsseldorf, 1963.

2 Cfr. san Basilio, De Spiritu Sancto 38.

3 Cfr. G. de Nissa, De virginibus 4; Oratio catechetica magna 6.

4 Alocución 38, núm. 9.

5 Loc. cit.; cfr. también núm. 7; Alocución 45, núm. 5.

6 Cfr. Alocución 40, núm. 5.

7 Cfr. ibid., núm. 7.

8 Alocución 38, núm. 9.

9 Cfr. ibid., núm. 17.

10 Cfr. ibid., núm. 31; Alocución 42, núms. 9 y 27.

11 Cfr. Poemata dogmati­ca, 36, 20-24; Carmen de seipso, 3,5-9.

12 Cfr. Alocución 38, núm. 17.

13 fr. Alocución 45, núm. 25.

14 Cfr. Alocución 38, núm. 17.

15 Cfr. Ibid., núm. 14.

16 Cfr. loc. cit.

17 Alocución 28, núm. 31, en la traducción de J. Barbel, op. cit., p.127.

18 XI Poema histori­cum de seipso, 3,5-9: “ln Te quiesci­mus, o Dei Verbum, manentes domi; Tibi referimus otium, Tua est conses­sio, Tua exsurrectio, Tua statio, Tua rursus profectio, Tuis et nunc auspiciis viam inimus. Sed mihi aliquem ange­lum mitte ducem vitae, faustum custo­dem, qui me columna ignis et nubis du­cat, dividat mare, flumina sistat verbo, nutriat cibo coelesti.”

19 San Basilio, Adv. Eunom., 3,1 (PG 29/656A-657A )