El venerable Hermas († después del año 150)

Este autor cristiano, hermano del santo Papa Pío I ‑según el índice del Canon Muratorio‑, incluido entre los llamados padres apostólicos, nos legó numerosos relatos sobre los santos Ángeles en su obra Pastor Hermae (El pastor de Hermas), la cual adquiriría tal importancia que fue incluida por san Ireneo, Tertuliano y Orígenes en el canon del Nuevo Testamento.1

El pastor de Hermas -el título proviene de la figura de pastor que adopta el Ángel revelador‑ está dividido en cinco visiones, doce mandatos (mandata) y diez parábolas (similitudine).2 En conjunto, la obra resulta, por su contenido, una gran amonestación en forma apocalíptica hacia la penitencia. En la primera visión se aparece a Hermas la Iglesia como una anciana matrona vestida de blanco que lo exhorta a hacer penitencia por sus propios pecados de pensamiento y por los de sus parientes.

En la segunda le entrega un pequeño libro que contiene esa amonestación y unos avisos bastante claros sobre una persecución que se realizará en breve, para que lo copie y publique. En la siguiente visión, la matrona le muestra, utilizando como símil la construcción de una torre, la situación de la Iglesia. En esta visión, Hermas observa cómo seis jóvenes levantan una torre de forma cuadrangular. Entonces conversa con la matrona:

“Señora, grande y maravilloso es esto. Pero, ¿quiénes son los seis jóvenes que están activos en la construcción [de la torre]?” La señora le responde: “Éstos son los santos Ángeles de Dios, creados en primer lugar, y a quienes el Señor les dio la tarea de remover toda su creación, ordenarla y dominarla por completo. Ellos van a llevar a cabo la construcción de la torre.” “¿Y quiénes son los otros, los que traen las piedras?” “También son santos Ángeles de Dios; pero aquellos seis son de un grado superior a éstos. La torre será terminada y todos los que están alrededor de ella se alegrarán y alabarán a Dios, porque la construcción habrá llegado a su fin” (Pastor Hermae, vis. 3, cap. 4).

A continuación se brinda una interpretación de las piedras de la construcción incrustadas en la torre; son los fieles individuales: “Ellos son exhortados por los Ángeles a realizar buenas obras” (vis. 3, cap. 5).

En su quinta visión, Hermas ve a su Ángel de la guarda, quien se le aparece bajo la forma de un pastor:

Recé en mi casa y, después de haberme acostado en mi lecho, entró un hombre de noble semblante; llegó vestido de pastor, cubierto con una piel blanca de cabra, llevando un morral sobre sus hombros y una vara en la mano. Me saludó y yo también le saludé. Y después se sentó a mi lado y me dijo: “Soy enviado por el Ángel más venerable para vivir contigo por el resto de los días de tu vida.” Yo era de la opinión de que había llegado para probarme y le contesté: “¿Quién eres? Porque yo conozco a aquél a quien fui entregado.” Entonces me dijo: “¿No me conoces?” “No”, le contesté. “Yo soy ‑fue su respuesta- el pastor a quien fuiste entregado.” Mientras estaba todavía hablando, cambió su forma y yo le reconocí como aquél a quien yo había sido entregado, y me asusté. Me llené de temor y me sumí totalmente en la tristeza, por haberle dado una respuesta tan mala y descuidada. Pero me respondió: “No te desanimes; más bien sé fuerte a causa de los preceptos que te voy a dar. Porque yo fui enviado para mostrarte otra vez todas las visiones que ya has visto antes, y en especial lo más importante y lo que será útil para vosotros. Ante todo, debes poner por escrito mis mandatos y las parábolas.”

En relación con el contenido de los doce mandatos, estos enseñan que todo hombre está acompañado en su vida terrena por dos Ángeles: el de la honradez y el de la maldad.

Entonces pregunta Hermas: “¿Cómo, señor, debo ahora reconocer los efectos de los dos Ángeles, cuando los dos habitan dentro de mí?” El pastor contestó: “¡Escucha y aprende a conocerlos! El Ángel de la honradez es tierno, casto, manso y tranquilo; cuando mueve tu corazón, habla de honradez, castidad, santidad, modestia, sobre cada acción justa y sobre toda virtud loable. Cuando todo esto mueva tu corazón, entonces has de saber que el Ángel de la honradez está contigo. Porque éstas son sus obras. ¡En él y en sus obras confía! Pero también contempla las obras del ángel de la maldad: él, principalmente, es irascible, amargo, sin tacto, sus obras son malas y seducen a los siervos de Dios; en cuanto éste mueva tu corazón, ¡reconócelo por sus obras! […] Ahora sabes cuáles son los efectos de ambos. Aprende a conocerlos y confía en el Ángel de la honradez. Del ángel de la maldad apártate, porque su doctrina es dañina en todo aspecto […] Ves que es bueno seguir al Ángel de la honradez y apartarse del de la maldad […] ¡Cree en la perversidad de las obras del ángel de la maldad! ¡No las realices, y vivirás en Dios!” (mand. VI, cap. 2).

En el décimo mandato es introducido el Ángel de la penitencia, quien exhorta a aquellos que hasta entonces han seguido al diablo:

Convertíos, vosotros que andáis en los mandamientos del diablo, de estos mandatos pesados, amargos, salvajes y áridos, y no temáis al diablo, porque él no tiene poder sobre vosotros; porque yo, el Ángel de la penitencia, estaré con vosotros, y tengo poder sobre él. El diablo, por tanto, inspira miedo, pero este miedo no tiene importancia; entonces no le temáis y él se apartará de vosotros […] El diablo se acerca a todos los siervos de Dios para tentarlos. Quien está lleno de fe resistirá con firmeza. Y aquél pasará de largo por su camino, porque no encontrará lugar en donde pueda entrar […] Yo, el Ángel de la penitencia, os digo: ¡No temáis al diablo! Porque yo fui enviado para estar con vosotros cuando os convirtáis de todo corazón, para fortaleceros en la fe (mand. XII, caps. 4‑6).

Cada una de las parábolas (similitudo) que aparecen después de los mandatos debe ser explicada y comprendida correctamente: “El siervo de Dios que lleva a su Señor en su corazón le pedirá el conocimiento y lo recibirá; de esta manera podrá explicarse a sí mismo cada parábola y todas las palabras del Señor dichas en ellas” (sim. V, cap. 4). A continuación se explica la parábola de la viña: “Las cercas [de la viña] son los Ángeles del Señor, que dominan a su pueblo […] Los amigos y consejeros del Hijo de Dios son los primeros seres creados, los santos Ángeles” (sim. V, cap. 5).

En la sexta parábola (el pastor alegre y las ovejas traviesas) se habla del Ángel del castigo: “Pertenece a los Ángeles buenos y su misión es castigar; recibe a aquellos que se han apartado de Dios y han caminado por las vanidades y gozos de este mundo, y los castiga como merecen, con duras y diferentes sanciones” (sim. VI, cap. 3).

A Hermas se le dijo después:

Escucha, tú tienes muchos pecados, mas no tantos como para que debas ser entregado al Ángel del castigo; pero en tu casa se cometieron grandes faltas y pecados, y el Ángel maravilloso se entristeció por sus acciones; por eso ordenó que seas molestado por algún tiempo, para que también ellos, por tu ejemplo, hagan penitencia y se purifiquen de toda avidez de este mundo. Cuando hagan penitencia y se purifiquen, el Ángel del castigo te dejará en paz (sim. VIII).

En la octava parábola (el sauce) se habla del “gran y maravilloso Ángel Miguel”, quien posee poder sobre este pueblo y lo domina, porque él depositó su ley en los corazones de los fieles y examina si la guardan aquéllos a quienes se la dio (sim. VIII, cap. 3).