San Martín de Tours († 8 de noviembre de 397)

Los Ángeles desempeñan un papel trascendental en la vida de este santo obispo y primer padre monacal del Occidente, nacido cerca del año 316; hijo de un soldado romano pagano, en una ciudad de guarnición, Sabaria (hoy Steinamanger, Szombathely), en la provincia romana de Panonia Inferior (Hungría), se convirtió muy joven al cristianismo; en el transcurso de su vida fue soldado, monje, sacerdote y tercer obispo de Tours (occidente de Francia). La intervención de los Ángeles comienza con una escena famosa, en la que el soldado Martín comparte su manto con un mendigo, según el relato de Sulpicio Severo († 420) en la biografía de san Martín1 redactada cerca del año 396. La noche siguiente se le apareció Cristo, rodeado de una multitud de Ángeles:

Martín fue exhortado a contemplar al Señor y la vestidura que le había regalado. Después escuchó a Jesús decir en voz alta a la multitud de los Ángeles: “Martín, siendo aún catecúmeno, me vistió con este manto” […] A pesar de tal visión, este bienaventurado varón no cayó en la vanidad humana; más bien reconoció en su obra la actuación bondadosa de Dios y se esforzó por recibir el bautismo. Tenía entonces 18 años de edad.2

Sulpicio Severo relata los milagros que Martín, siendo ya obispo, realizó; entre otros, menciona los siguientes:

Una vez, Martín quería destruir, en una aldea llamada Leproso, un lujoso templo construido allí por veneración supersticiosa. Un grupo de paganos se le opuso, maltratándolo y expulsándolo. Martín se retiró a un lugar cercano, donde ayunó y, en oración continua, se vistió con sacos y ceniza. Imploraba al Señor que la fuerza de Dios destruyera ese templo, porque no podía destruirlo la mano de hombre. Se le aparecieron dos Ángeles armados con lanza y escudo, como soldados celestiales. Le dijeron que el Señor los había enviado con el cometido de ahuyentar esa banda de paganos y proteger a Martín, para que nadie se opusiera cuando él fuese a destruir el templo. Por tanto, debía regresar y terminar su obra con celo piadoso. Entonces, Martín regresó; los paganos permanecieron en calma, mientras, ante su vista, él destruía el templo hasta sus cimientos.3

Desafortunadamente, Martín cayó desde el piso superior de una casa, rodando por la escalera y se hirió gravemente. Estaba como muerto en su celda, torturado por dolores indescriptibles. Entonces sintió en la noche cómo un Ángel le lavaba sus llagas y [… ] sus miembros aplastados con un ungüento curativo. Y al día siguiente estaba realmente curado, de forma que hubiera podido pensarse, incluso, que no había sufrido ningún accidente.4

Martín experimentó en otras ocasiones la ayuda de los Ángeles, como por ejemplo, cuando un Ángel le abrió el portón del palacio del emperador. Sulpicio Severo nos informa al respecto en sus Diálogos:

Por los días en que Martín recibió la dignidad episcopal, tuvo que ir a la casa imperial por una causa urgente. En aquel tiempo, Valentiniano el Mayor se encontraba al frente del gobierno (364-375). Cuando éste supo que Martín deseaba presentarle una petición, que no quería conceder, ordenó que no se le permitiera atravesar el límite del palacio. Su esposa arriana había aprovechado la desconsiderada soberbia del emperador para alejarlo del santo varón y conseguir que no le otorgara a Martín la honra conveniente. Martín intentó por dos veces ser recibido en audiencia. Al estrellarse estas tentativas contra la soberbia del emperador, recurrió al auxilio de los medios que ya conocía: se vistió de penitencia, se cubrió de ceniza, no comió ni bebió y rezó día y noche. Al séptimo día se le apareció un Ángel que lo exhortó a ir sin temor al palacio, ya que los portones se abrirían por sí solos y el emperador trocaría su brusquedad en mansedumbre. Animado por estas palabras del Ángel y confiando en su auxilio, Martín fue al palacio. Las puertas se abrieron por completo, nadie se opuso a su camino. Al final llegó al emperador […] Sin esperar las peticiones de Martín, le concedió todo por anticipado. En varias ocasiones le brindó la confianza del diálogo y lo invitó a su mesa. Por último, cuando Martín se despidió, le ofreció muchos regalos. Pero el santo los rechazó, ya que deseaba guardar por siempre fielmente su pobreza.5

Sulpicio Severo indica expresamente en dos ocasiones más “que un Ángel habló con Martín cara a cara”.6 En otro momento, encontrándose Martín inseguro sobre qué hacer y cómo decidirse, “de repente estaba ante él un Ángel que le decía: ‘Martín, con razón te condena tu mordaz conciencia; pero no había otra salida para ti. ¡Sé valiente nuevamente, sé firme una vez más; de lo contrario, no estará en peligro tu honra, sino la salud de tu alma!’”7 Por otra parte, también acentúa en diversos pasajes que este santo que tan familiarmente podía tener contacto con los Ángeles fue acosado enérgicamente por el diablo: “El diablo se acercó a él en forma humana”8 y lo tentó:

Un día estaba el diablo delante de Martín en la celda mientras éste oraba. Una luz púrpura brilló ante él, rodeándolo; con este brillo de luz, el diablo esperaba engañarlo con más facilidad. Un manto de rey lo cubría, en su cabeza lucía una diadema brillante de oro y piedras preciosas, sus zapatos eran de oro; hermoso era en verdad su aspecto, su rostro amable, así que podía imaginarse en él todo menos al diablo. En el primer momento, Martín se sorprendió mucho; los dos guardaron silencio durante bastante tiempo. Entonces, el diablo comenzó a decir: “Reconoce a quién tienes delante. Yo soy Cristo. Porque estoy bajando a la tierra y quería manifestarme en primer lugar a ti.” Martín permaneció en silencio y no respondió con ninguna palabra. El diablo se atrevió a repetir su malévolo discurso: “Martín, ¿por qué dudas? Ten fe, porque tus ojos ven. Yo soy Cristo.” En ese momento fue claro para Martín, por revelación del espíritu, que no era Dios sino el diablo quien estaba delante de él. Por eso le dijo: “Jesús, nuestro Señor, no afirmó que regresaría en púrpura y bajo el esplendor de una corona. Yo no puedo creer que Cristo venga de otra forma sino en la posición y aspecto exterior con que sufrió, con las llagas y la cruz.” Ante estas palabras, el diablo desapareció repentinamente como humo, llenando la celda con un olor horrible. De esta manera dejó una señal inequívoca de quién era realmente. Este acontecimiento lo he narrado fielmente, palabra por palabra, según la afirmación de Martín; esto lo digo para que nadie lo juzgue como un cuento.9

Con respecto a la muerte de Martín se comenta lo siguiente:

Poco antes de su muerte vio al enemigo de la humanidad; entonces le gritó: “¿Qué haces aquí, bestia ávida de sangre? No encontrarás nada en mí que merezca la condenación.” Después de estas palabras, Martín entregó su alma a Dios. Tenía 81 años. Su alma fue recibida por un coro de Ángeles; muchos escucharon cómo los Ángeles cantaron alabanzas a Dios.

En una antífona del oficio de la festividad de san Martín, el 11 de noviembre, la Iglesia canta: “Oh, bienaventurado hombre, tu alma posee el paraíso. Por eso se regocijan los Ángeles, se alegran los Arcángeles y se llena de júbilo el coro de los santos.”

1 S. Severus, Vita sancti Martini, en Acta Sanctorum, Novembris, vol. IV. En traducción al alemán: W. Schamoni, “Extractos de la vida, Leben des hl. Martin v. Tours, de las cartas y diálogos de Sulpicio Severo”, Aus­breiter des Glaubens im Altertum, Düsseldorf, 1963, pp. 15-66.

2 W. Schamoni, op. cit., p. 20: “Leben des hl. Martin”, núm.3.

3 Ibid., p. 30: “Leben des hl. Martin”, núm. 14.

4 Ibid., p. 32: “Leben des hl. Martin”, núm. 19.

5 Ibid., p. 50: “Diálogos de Sulpicio Severo”, núm. 5.

6 Ibid., p. 59: “Diálogos de Sulpicio Severo”, núm. 11.

7 Ibid., p. 62: “Diálogos de Sulpicio Severo”, núm. 13.

8 Ibid., p. 23: “Leben des hl. Martin”, núm. 6.

9 Ibid., p. 34: “Leben des hl. Martin”, núm. 24.