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CC21 Pobreza que trae alegría

Adviento 2017: ¡La pobreza que nos trae alegría!

            La fiesta del amor de Dios Padre por la humanidad se acerca cada vez más y nuestros corazones sienten cada vez más el llamado a «Gaudete», «¡Alégrate en el Señor!» Es la fiesta del amor dado por el Padre celestial, lo más grande que nos pudo dar, que nos fue dado en Su Hijo. Y ese DIVINO HIJO, que se sienta eternamente en el Trono con el Padre y el Espíritu Santo, se vació de Su gloria y esplendor y se hizo tan pequeño, tan pequeño como uno puede llegar a ser, «un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). «Era rico y, sin embargo, se hizo pobre para enriquecernos a través de su pobreza» (2 Cor 8,9). Esta fiesta del amor generoso del Padre solo puede ser respondida dándonos a nosotros mismos, entregando nuestros corazones al Señor. Así también nosotros  queremos hacernos pequeños, como niños, pobres, despreocupados, queriendo solo una cosa: ¡Dios! poseyendo solo una cosa: ¡Dios! Porque la Navidad es la solemnidad de la primera de las ocho Bienaventuranzas que Nuestro Señor predicó en la cima de la montaña: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de Dios» (Mt 5,3).

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CC-4 Angel de Fátima 1

El Ángel de Fátima (1a. Parte) La primera aparición del Ángel y sus instrucciones

Han pasado cien años, desde que el Ángel de Fátima preparó a los tres niños pastores: Lucía, Jacinta y Francisco, para la revelación y el mensaje de nuestra Señora de Fátima. El «éxito» de Fátima se debe atribuir en parte a los obispos de Portugal, quienes supieron, que la historia de las apariciones en Fátima representa las verdades del Evangelio de una manera muy simple y corresponden a nuestro tiempo actual. Ambos, el Evangelio y el Mensaje de Fátima, son un catecismo de la fe. Esto se puede afirmar de manera especial del Ángel de Portugal, a quien podemos mencionar como el primer misterio de Fátima, ya que durante 20 años la Hna. Lucía ocultó esta revelación. ¡Qué diferencia de los místicos falsos, quienes muy precipitadamente publican su hecho!

Así, como la Madre de DIOS apareció seis veces en Fátima, con la misma frecuencia también lo hizo el Ángel. En las primeras tres apariciones durante el año 1915, delante de Lucía y los otros dos pastorcitos no habló nada. En el transcurso del año 1916 preparó espiritualmente a Lucía, Jacinta y Francisco para las apariciones de la Madre de DIOS. Queremos en esta carta contemplar un poco las últimas tres apariciones, porque son casi un resumen de teología espiritual, como la podemos encontrar en la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos. Es significativo para nosotros y no solo desde el punto de vista histórico, sino también porque nuestro propio Ángel de la Guarda intenta, de manera semejante, iluminarnos y llevarnos hacia el camino de la santidad.

Primera aparición: primavera de 1916 en Loca do Cabeço

Lucía, Jacinta y Francisco buscaban un refugio dentro de una pequeña cueva en el declive oriental de la Loca do Cabeço. Comieron un poco y, en seguida rezaron el Rosario, el cual abreviaron de manera ingeniosa, recitando en vez de la oración completa solo las palabras “Padre Nuestro” y “Ave MARÍA”, para ir más pronto a jugar. Entonces un viento fuerte le hizo levantar la vista, viniendo del oriente sobre el pequeño declive se aproximaba «un joven de unos 14 ó 15 años, más blanco que la nieve, el sol lo hacía transparente, como si fuera de cristal, y de una gran belleza”. Estuvimos admirados y totalmente conmovidos por esto.»

Esta descripción de Lucía acerca del Ángel y de su aparición es totalmente bíblica. Pensemos por ejemplo en el Ángel de la Resurrección: «El Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve» (Mt 28,2-4). De forma semejante san Juan nos habla de un Ángel, cuyo rostro era brillante como el sol (Cfr Apc 10,1). Cuando las mujeres llegaron al sepulcro y entraron, «vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: ¡No temáis!» (Mc 16,5-6).

San Marcos nos relata, que huyeron temblando y espantados. «Y no dijeron nada a nadie a causa del miedo» (Mc 16,8). Así como el ángel de la Resurrección desea librar del temor a las mujeres, también mucho tiempo atrás san Gabriel tranquilizaba al profeta Daniel (Dn 9,21s) y a MARÍA en la anunciación. Así tranquiliza también el Ángel de Fátima a los niños con las palabras «¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. ¡Rezad conmigo!» Acerca de estas palabras podemos hacer tres meditaciones:

  1. «¡No temáis!»

Aquellos que temen a DIOS no necesitan sin embargo temer tampoco a los ángeles de DIOS, ya que una semejante aparición nos puede infundir el temor de DIOS, puesto que el Ángel está lleno de la gloria de DIOS, al cual está revelando. Así lo hemos visto en el profeta Daniel. «Cuando él (el ángel Gabriel) se acercó más, me aterroricé y caí de bruces.» (Dn 8,17); pero esto no solamente lo experimentó Daniel sino también muchos otros profetas y santos como lo podemos leer en la Sagrada Escritura. Sólo mencionamos aquí a san Juan, quien cayó dos veces ante los pies del ángel, que era brillante y hermoso, con sus palabras divinas, tanto que Juan se sentía en la presencia del Señor. San Juan nos habla expresamente de esta «equivocación» para confirmar la verdad de su Revelación, porque solo el santo ángel puede estar tan íntimamente unido a nuestro Señor. Aquí encontramos la gracia de la presencia divina, que el maligno no puede conseguir, ni siquiera cuando se viste como «Ángel de luz» (Cfr 2 Cor 11,14).

Los niños quedaron tan sorprendidos de esta presencia del ángel, que Lucía escribe más tarde: «La presencia de lo sobrenatural que nos rodeaba, era tan fuerte que por mucho tiempo nos olvidamos de nosotros mismos… La presencia de DIOS se hizo palpable en nosotros tan fuerte y personalmente, que ni pensamos hablar sobre esto entre nosotros mismos. Todavía el día siguiente estábamos sumergidos en esta presencia sobrenatural. Esta gracia se repitió también en las últimas revelaciones del Ángel, que provocó un movimiento todavía mayor de la gracia y del amor.» Lucía recuerda también esto, «la fuerza de la presencia de DIOS era tan intensa que nos absorbía y anonadaba casi del todo. Parecía privarnos hasta del uso de los sentidos corporales por un gran espacio de tiempo. En aquellos días, hacíamos las acciones materiales como transportados por ese mismo ser sobrenatural que a eso nos impulsaba. La paz y la felicidad que sentíamos, era inmensa; pero sólo interior, completamente concentrada el alma en Dios. El abatimiento físico que nos postraba, también era grande”.

Lucía menciona también, que después del primer encuentro con el ángel: «No nos vino a la mente hablar sobre esta aparición. Tampoco pensamos en callarnos sobre esto. No teníamos ninguna duda acerca de la aparición. Era algo tan profundamente interior, que simplemente no se podía haber hablado de esto«. La comunicación del ángel se da a través de la luz de los dones del Espíritu Santo, de modo que el alma recibe un conocimiento divino en la profundidad del alma, en un ambiente donde no hay palabras. El alma comprende, pero no lo puede expresar. El ángel no se comunicó a los niños solamente en palabras, sino les comunicó también las gracias espirituales en la profundidad del alma.

  1. «Soy el Ángel de la Paz»

El papa Gregorio Magno nos enseña, que los nombres de los Ángeles no se refieren a su esencia, sino más bien a su misión y el servicio que prestan a la humanidad. Por eso Miguel significa: «Quién como DIOS», porque su tarea es la de enseñarnos la humildad de la fe. Rafael significa: «Medicina de DIOS», porque él fue enviado a curar la ceguera de Tobit y a librar a Sara de los ímpetus del espíritu maligno. Pero aquí se trata del Ángel de la Paz. Su misión entonces es, guiar a los hombres hacia la paz. Actúa como una santa ironía, por la que nació el «ejército azul»; pero consideramos también, que sus armas son la oración y el sacrificio y que las filas de las almas combatientes están detrás de este Ángel. La paz de las naciones es un don de DIOS; la paz en el corazón viene de la sumisión amante ante DIOS; y paz en DIOS viene de la unión amante con Él.

  1. «¡Rezad conmigo!»

No será difícil para nosotros comprender, cuál será el provecho que podríamos obtener de la ayuda del santo Ángel en nuestra oración. Rafael comunicó a Tobías: «Cuando tú y Sara hacíais oración era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones» (Tb 12,12). Cuando el Ángel rezó por la paz en Jerusalén, el Señor respondió con palabras amables, palabras llenas de consuelo (Za 1,13). El hecho de que el Ángel con su oración interceda por nosotros, no lo podemos comprender tan fácilmente. Pero de que sí lo hace, lo podemos ver también en el santo sacrificio de la misa, cuando el sacerdote reza: «que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu Ángel«. Santo Tomás de Aquino atribuye al santo Ángel una fuerza especial de intercesión, más grande que la del sacerdote. Escribe: «El santo Ángel, presente en el misterio divino, lleva las oraciones del sacerdote y del pueblo hacia DIOS como se dice también en Ap 8,4: ‘De la mano de un Ángel subió el incienso con las oraciones de los santos hacia DIOS.’» (Suma teológica III, 83,4,9). Y en el mismo lugar dice: «La santa misa la podemos llamar así por esta razón,» («missa» viene del verbo «mittere» y significa enviar, mandar) «porque el sacerdote envía sus oraciones por medio del Ángel hacia DIOS, como el pueblo envía sus oraciones hacia DIOS a través del sacerdote.»

Ciertamente, la fuerza y pureza de las oraciones de los Ángeles, a pesar de su naturaleza y gracia angelical, son muy inferiores a las de DIOS. Los himnos de alabanza de los Ángeles, sin contar con los de los hombres, no serían dignos ante DIOS. Pero luego sucede lo inesperado: DIOS mismo se hace hombre, el HIJO se convierte en Sumo y Eterno Sacerdote e intercede como representante de sus criaturas por medio de su oración. Nos injertó en su sacrificio de alabanza, infinitamente agradable a DIOS que Él ofrece al PADRE. Así, DIOS, por consiguiente, escogió en primer lugar al hombre, y por causa del hombre, unió a los Ángeles a éste y, al final unirá todo en CRISTO, lo que está en los cielos y en la tierra (Cfr Ef 1,10). Por amor a CRISTO y a sus miembros en el Cuerpo místico, los ángeles desean asistirnos en la oración y en la adoración. Por eso cantan los fieles en la misa bizantina: «Señor DIOS nuestro, quien ordenaste la jerarquía celestial y las dominaciones de los Ángeles y Arcángeles para Tu alabanza, haz que en nuestra entrada a los cielos estemos junto con los Ángeles y celebremos con ellos la Liturgia y la Gloria de Tu Bondad.» Un poco más abajo dice la misma oración: «Ahora se unen invisiblemente las Potestades con nosotros en la adoración«. En cuanto clamamos en la celebración del Rito Romano: «Que los Ángeles ofrezcan por CRISTO su oración de adoración, los que siempre están viviendo en Tu presencia. Que también nuestras voces estén unidas a ellos, en la alabanza triunfante del tres veces ‘Santo’.» La oración de la Iglesia es perfecta, cuando el Ángel y el hombre están unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD.

La oración y los dos mandamientos principales

¿Cuál es entonces, la oración que el Ángel enseñó a los niños en Fátima? Es una oración simple de adoración y de intercesión.

            «DIOS mío yo creo, adoro, espero y os amo, os pido perdón por todos los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.»

La eficacia de esta oración solo la apreciaremos de manera correcta, cuando entendamos esta oración como el cumplimiento de los dos mandamientos más grandes del amor a DIOS y al prójimo, de las cuales «penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,39). Igualmente enseña san Pablo: «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14; cfr Rm 13,8.10). Si comprendemos algo de esta verdad, entonces ya no nos admiraría, que los niños, por medio de esta oración, que rezaban por horas enteras, hicieran tanto progreso en las virtudes y en la santidad.

Aunque no somos atletas olímpicos y tampoco genios intelectuales, de todos modos, está a nuestro alcance la gracia de DIOS que nos capacita para esforzarnos heroicamente. Lo único que tenemos que hacer, es tener la firme voluntad para el amor. La manera más simple de ejercitarlo es esta oración.

            «Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que hayas de decir: ¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?… Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica» (Dt 30,11-14).

Pero el Ángel no nos da solamente una fórmula simple de oración para el cumplimiento de este mandamiento, de tal forma que pudiésemos realizarlo por nosotros mismos. No, lo que el Ángel desea ardientemente, es que recemos junto con él. Así como también lo desea nuestro Ángel de la Guarda, que nos arrodillemos y recemos junto con él. Si hacemos esto, el Señor podría realizar una de las promesas más bellas, «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt,20). La oración, indicada por el Ángel en Fátima es tan breve, que la podemos rezar muchas veces durante el día como una jaculatoria unidos a nuestro Ángel y así caminar en la presencia de DIOS.

Reverencia en la Oración

La manera cómo el Ángel de Fátima, no solamente se arrodilló, sino también tocó el suelo con su frente, será para nosotros una indicación, de cómo deberíamos rezar con toda reverencia, para que nuestra oración no sea solamente una oración de los labios. El Ángel decía a los niños: «¡Recen así! Los corazones de JESÚS y MARÍA están atentos a la voz de su súplica.» Estas palabras: ¡Recen así! repiten literalmente las palabras de JESÚS a sus apóstoles cuando les enseñó a rezar el ‘Padre nuestro’ (Mt 6,9). Como lo escribe san Agustín, el ‘Padre nuestro’ no sólo es la mejor de todas las oraciones sino también ejemplo de todas las oraciones. Por eso tampoco el Ángel ha querido imponer a los niños una formula determinada, sino más bien les quiso enseñar, que el amor a DIOS y al prójimo será el corazón de todas las oraciones.

Algunas personas fácilmente se dejan desanimar en la oración, se sienten solas y abandonadas, y es bueno que escuchen estas verdades de fe, para que amen a JESÚS y a MARÍA y, que sepan que todo bien nos viene a través de la oración. San Alfonso nos asegura, que siempre y en todo lugar nos está siendo ofrecida una gracia, es decir la gracia de la oración; por medio de la oración podemos recibir todo lo bueno de DIOS.

Después el Ángel desapareció y dejó a los niños solos por unos meses, para ver, si permanecían fieles a la gracia recibida y a su propósito. Sin hablar con nadie, excepto entre ellos mismos, y sin tener otras visitas consoladoras del Ángel, los niños fueron fieles a su propósito. Lucía notó: “Las palabras del Ángel se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces, pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces, hasta caer cansados”.

            Con esto ejercieron una generosidad heroica.

(Citas del libro: «Memorias de la hermana Lucía”, ed. portuguesa, Vice-Postulaçao, Fátima 1987).

San Eugenio Mazenod y los santos Ángeles

Hace poco, el papa Juan Pablo II canonizó san Eugenio Mazenod, el fundador de los Oblatos del Inmaculado Corazón de María (OMI). En su vida encontramos muchas cosas notables y también la intervención auxiliadora de su Ángel de la Guarda. «Esto sucedió,» así lo relata, «porque cada mañana recé a mi Ángel de la Guarda y le pedí que me proteja de todo mal.» Atribuye su éxito en los encuentros y reuniones, a la amistad con su Ángel.

            «Antes de emprender algo, antes de cada encuentro con otras personas, antes de cada homilía y de atender confesiones, le pedía a mi Ángel que fuera delante mío y saludara al Ángel de la otra persona para establecer una buena relación. Así los dos Ángeles podían entrar en acción, me prepararon el camino y resolvieron la mayoría de mis problemas e intenciones de los asuntos propios o ajenos«.

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CC09 Imitando a María

Imitando a María en el ofrecimiento de sí misma, en este Adviento

A medida que nos acercamos una vez más al misterio del nacimiento del Verbo Encarnado, que llegó a cumplir la promesa de la Redención, la Iglesia dirige nuestros ojos hacia la figura de María mientras recorre en silencio el largo y solitario camino hacia Belén con José, bajo la mirada vigilante de los santos ángeles. El Adviento es un tiempo de penitencia, de «enderezar» los caminos torcidos y «completar» lo que falta en nuestras propias vidas en el camino de la virtud y de la caridad. José junto con María, ciertamente sufrieron mucho en este camino, viajando en su noveno mes de embarazo sin ninguna de las comodidades modernas, hecho en extrema pobreza y fatiga. Sin embargo, ¡también es un tiempo de esperanza, de gozosa expectativa al saber que nuestra Redención ha llegado y que pronto aparecerá ante nosotros en el pesebre! Y por eso queremos recorrer este camino a Belén con María, José y los santos Ángeles, reflexionando sobre el misterio de su Corazón que late al unísono con el Corazón del Divino Niño en su seno, para llenar nuestras mentes y corazones con sus  mismos sentimientos.

La primera luz del adviento: La pureza de María

Al comienzo del Adviento, la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de María. El Corazón de María es ante todo puro, abierto, listo para el llamado de Dios. Por su «Fiat», el Hijo de Dios se encarnó en su vientre e inició la obra de la Redención. Su corazón es fuerte, como el mensaje de Fátima, un mensaje para nuestros tiempos, que nos recuerda: «¡Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará!» A nuestro alrededor, vemos las llamas del infierno ardiendo en la sociedad, con todos sus ataques contra la vida humana, el matrimonio y la familia. La anticoncepción, el aborto, la eutanasia, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio, las personas transgénero, son epidemias particularmente frecuentes en nuestros tiempos modernos. Incluso dentro de la Iglesia misma, el «humo de Satanás» ha entrado; vean la vida escandalosa de algunos de sus pastores de más alto rango. Precisamente en tales tiempos de confusión y angustia Dios interviene. Durante los tormentosos años en la historia de Israel, Dios envió a los jueces y a los profetas antes de la venida de Cristo. En nuestros tiempos, Dios nos envía a María, la Inmaculada y los santos Ángeles.

Ella que en su Semilla está destinada a «aplastar la cabeza de Satanás» (Gen 3,15) fue creada totalmente pura. El pecado, y por lo tanto, el diablo, no tienen poder sobre ella, pues ella ha ordenado todos sus afectos para Dios.

La pureza no es algo dulce y frágil, como una pequeña y delicada flor, sobre la que uno no se atrevería a soplar. De lo contrario, no se diría de María, la Más Pura, lo cual ella es, precisamente en su pureza, terrible como un ejército en batalla [cf. Cant 6,10]. Esta poderosa fuerza para la batalla es la pureza, obliga a los demonios a retroceder, rompe las llamas rugientes del ataque del infierno.

La personificación de la pureza es María y también son los ángeles. La pureza en nuestros días es la fuerza y ​​el coraje para evitar cada pecado, aunque por ello fuésemos ridiculizados  o rechazados por considerársenos anticuados. Debemos tener el coraje de permanecer fieles a DIOS, coraje por la verdad, coraje por el amor. Ciertamente, el maligno no nos facilita las cosas; tampoco lo hizo fácil para los tres jóvenes en el horno ardiente en Babilonia. Pero igual que en aquel entonces, el Ángel fue enviado para salvarlos de las llamas, así el también hoy está presente. El Ángel nos espera para tomarnos de la mano. María irá delante de nosotros como la columna de fuego celestial, ante la cual se retirará la multitud de los impíos. (Madre Gabriela, Cartas a las monjas dominicas).

En Fátima, Nuestra Señora prometió que, a través de la devoción a su Inmaculado Corazón, las almas se salvarían. Ella les dijo a los niños: «Han visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarles la razón por la que Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón» (13 de julio de 1917). La devoción al Inmaculado Corazón de María no es solo un conjunto de oraciones o un afecto especial por María, sino la imitación de María,  precisamente en la apertura de su Corazón a la voluntad de Dios, su pureza, su entrega, su reparación, su aceptación de los dolores y ofrecimiento de los mismos en unión con los sufrimientos de Cristo. El Papa Benedicto XVI escribió cuando todavía era cardenal: «Según Mateo 5,8, el ‘corazón puro’ es un corazón que, por la gracia de Dios, ha llegado a la unidad interior perfecta y, por lo tanto, ‘ve a Dios’. Por lo tanto ser devoto del Inmaculado Corazón de María significa abrazar esta actitud de corazón, que hace que el Fiat «hágase tu voluntad», sea el centro definitorio de la vida entera de cada uno» (Comentario teológico. Sobre el 3er Secreto).

Reparación en el corazón de esta devoción

En el centro mismo de la devoción al Inmaculado Corazón está la reparación: «Frente a la palma de la mano derecha de Nuestra Señora había un corazón rodeado de espinas que lo perforaron. Entendimos que este era el Inmaculado Corazón de María, ofendido por los pecados de humanidad y buscando reparación» (junio de 1917). No por coincidencia, en el centro de la Obra de los Santos Ángeles también está el concepto de reparación, es decir, de expiación, especialmente por los sacerdotes. Como mencionamos en la carta circular de verano del año pasado, la Iglesia ya aprobó en 2016 la consagración de la expiación para su uso en el Opus Angelorum. Los ángeles son una ayuda especial en nuestra vida espiritual. Nos facilitan la luz para discernir la voluntad de Dios y la gran fuerza de voluntad para llevarla a cabo. Nos ayudan a aceptar y cargar nuestra cruz en la imitación de Cristo. Pero no es solo para nuestro propio crecimiento personal en santidad que nos son enviados, Dios quiere usarnos como sus instrumentos para la salvación de muchos. Por lo tanto, Él nos envía Sus santos Ángeles para entrenarnos, fortalecernos y guiarnos, para que podamos convertirnos en instrumentos del amor misericordioso de Dios en el mundo, enviando gracia y ayuda a los demás a través de una expiación amorosa.

Muchas personas se asustan con la palabra «expiación» e inmediatamente piensan en las almas víctimas atadas a sus camas, sacudidas por terribles dolores y sufrimientos. Pero en realidad cada cristiano está llamado por el bautismo, a participar en la propia consagración de Cristo a la expiación por la salvación del mundo: «Yo me consagro por ellos, para que también puedan ser consagrados en la verdad» (Jn 17, 19). La participación en la obra redentora de Jesús es el camino de la caridad cristiana y la mayor obra de misericordia que podemos hacer por nuestro prójimo. El Papa San Pablo VI, que fue canonizado en octubre pasado, escribió:

“En el seguimiento de los pasos de Cristo, los fieles cristianos siempre se han esforzado por ayudarse mutuamente en el camino que conduce al Padre celestial a través de la oración, el intercambio de bienes espirituales y la expiación penitencial. Cuanto más se han sumergido en el fervor de la caridad, más han imitado a Cristo en sus sufrimientos, llevando sus cruces en expiación por sus propios pecados y los de los demás, seguros de que podrían ayudar a sus hermanos a obtener la salvación de Dios, el Padre de las misericordias”. (Pablo VI, Indulgentiarum doctrina n.5, (1 de enero de 1967).

Convertirse en colaboradores en la Obra de la redención

María, la Corredentora, participó de una manera singular y gloriosa, compartiendo muy íntimamente el sacrificio de Cristo como su «compañera», la Nueva Eva al lado del Nuevo Adán. Así como Eva causó la muerte, María, con su «sí», se convirtió en «una causa de salvación» para ella y para toda la humanidad (cf. San Ireneo, Adv. Haer., III, 22, 4). En el Catecismo, está escrito que Jesús llama a todos sus discípulos a «tomar su cruz y seguirlo» (Mt 16,24), porque «Cristo también sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo para que podamos seguir sus pasos» (1Ped 2,21). De hecho, Jesús desea asociar con su sacrificio redentor a aquellos que sean los primeros en beneficiarse de ello. Esto se logra absolutamente en el caso de Su Madre, quien fue asociada más íntimamente que cualquier otra persona en el misterio de Su sufrimiento redentor (cf. CIC 618).

Esto no quiere decir que el sacrificio de Cristo fue de alguna manera «insuficiente» y que Él necesita la ayuda de María o de cualquier otra criatura. Más bien, Cristo alcanzó la salvación de todos los hombres para siempre, sin embargo, Dios quiso que el hombre participara voluntariamente en su obra, que de alguna manera fuera el fruto de su propia acción. A menos que nosotros mismos de alguna manera consintamos de manera activa y voluntaria en la cruz, no es realmente nuestro propio acto, nuestra propia respuesta al amor de Dios. Santo Tomás de Aquino comenta sobre la declaración de San Pablo: «Ahora me regocijo en mis sufrimientos por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta en las aflicciones de Cristo, por el bien de Su Cuerpo, la Iglesia» (Col. 1,24):

A primera vista, estas palabras pueden malinterpretarse. significando que la pasión de Cristo no fue suficiente para nuestra redención, y que los sufrimientos de los santos se agregaron para completarla. Pero esto es herético, porque la Sangre de Cristo es suficiente para redimir muchos mundos: «Él es la expiación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los pecados de todo el mundo» (1 Jn 2,2). Más bien, debemos entender que Cristo y la Iglesia son una persona mística, cuya cabeza es Cristo, y cuyo cuerpo es todo justo, ya que cada persona justa es miembro de esta Cabeza: «miembros individuales» (1 Cor 12,27). Ahora Dios en Su predestinación, ha dispuesto cuánto mérito existirá a través de toda la Iglesia, tanto en la Cabeza como en los miembros, tal como ha predestinado el número de los elegidos. Y entre estos méritos, los sufrimientos de los santos mártires ocupan un lugar destacado. Mientras que los méritos de Cristo, la Cabeza, son infinitos, cada santo muestra algunos méritos en un grado limitado. Es por eso que Pablo dice: Completo lo que falta en las aflicciones de Cristo, es decir, lo que falta en las aflicciones de toda la Iglesia, de la cual Cristo es la Cabeza. Completo, es decir, agrego mi propia cantidad; y hago esto en mi carne, es decir, soy yo mismo quien sufre. (Tomás de Aquino, Comentario sobre Col. 1,23b-29)

Pronunciando nuestro «Sí» de Fe: ¡ECCE!

El papel de María como Co-Redentora comienza con su Corazón Inmaculado. Si bien su Inmaculada Concepción fue un regalo puro de Dios, sin ningún mérito previo de su parte, su respuesta y uso de este don no lo fueron. La respuesta de María se expresó en su cooperación a través de su obediencia a la fe, la apertura a la palabra de Dios y la generosidad del alma. En todo esto, podemos imitarla. «El Corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El Fiat de María, la palabra de su Corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador». (Card. Ratzinger, Comentario teológico sobre el 3er secreto).

A medida que nos acercamos a la Navidad, la Liturgia de la Iglesia recuerda el gran momento de decisión en la vida de María y en la historia del mundo, el momento de la Anunciación. Cuando el Ángel le trajo la invitación de Dios para convertirse en la Madre del Mesías, Dios requirió su completo consentimiento humano.

De hecho, en la Anunciación, María se entregó a Dios por completo, con la ‘sumisión total del intelecto y la voluntad’, manifestando ‘la obediencia de la fe’ a Aquel que le habló a través de su mensajero (cf. Dei Verbum, 5). Ella respondió, por lo tanto, con todo su ‘Yo’ humano y femenino, y esta respuesta de fe incluyó tanto la cooperación perfecta con ‘la gracia de Dios que precede y asiste’, como la perfecta apertura a la acción del Espíritu Santo, quien ‘constantemente trae la fe a su perfección por Sus dones’ (Dei Verbum, 5). (JPII, Redemptoris Mater, 13).

La forma en que María respondió al Ángel, quien acudió a ella en nombre de Dios, es el estándar y el prototipo para cada uno de nosotros. María era versada en las profecías; ella sabía que el Mesías sería «un hombre de dolores», que llevaría sobre si la culpa de todos los hombres (cf. Is 52,13 – 53,12). Sin embargo, no dudó en decir sí a Dios a través del Ángel. La madre Gabriela comenta:

¿No estaremos una y otra vez inesperadamente enfrentando decisiones? Por supuesto, estas son muy pequeñas en comparación con la decisión que Gabriel le exigió a María; pero también somos niños muy pequeños en nuestro crecimiento espiritual hacia Dios en comparación con María, la sin pecado, la Reina de los Ángeles. El Ángel siempre se pone del lado de Dios, incluso cuando se sitúa delante de María. Él es el mensajero de Dios, por lo tanto, está de pie; ella es la receptora, se arrodilla ante DIOS, que se inclina sobre ella en las palabras del Ángel. Entonces, si escuchamos al Ángel en nuestros corazones como amonestador, es porque no tenemos un «pequeño y lindo ángel » ante nosotros, a quien podemos tratar como a un niño, sino más bien a un enorme poder de Dios, y a Dios mismo que se inclina sobre nosotros, cuando el Ángel apunta hacia Él. «No pienses que es alguien a quien se debe contemplar: … Mi nombre [autoridad] está en él», dice el Señor (Ex 23,21).

Y por lo tanto, se debe tomar en serio si el Ángel nos dice: «hagan este sacrificio» o «callen, oren y amen» o «dejen atrás sus pensamientos y comentarios despectivos». Dios está detrás de estas palabras, así como en aquel entonces estaba detrás de las palabras de Gabriel, Él espera nuestra decisión. No para que se haga nuestra voluntad y sea lo normal, sino para que se haga la voluntad de Dios sobre nosotros. Y esto en sí mismo es decisivo: para que aprendamos a decir ECCE y FIAT MIHI tan incondicional como claramente y en sumisión a la voluntad de Dios tal como lo hizo María: con fe ciega, con confianza incondicional, en un amor que se entrega totalmente a Dios.

Llevando en silencio la carga de Cristo con María y José

El tiempo de Adviento es todavía un tiempo penitencial en la Iglesia. Este tiempo de silencio, ayuno y reflexión no debe reducirse al color de las vestimentas en la Santa Misa ni a ciertas canciones que cantamos. ¡Tampoco debe olvidarse en medio de todos los preparativos (o “fiestas previas a la Navidad”) que conducen a la gran fiesta de Navidad, que el Niño Jesús también quiere que participemos en Su obra, que Él nos necesita! Frente a semejante crisis tan grande en la Iglesia actual, sin mencionar todos los desórdenes y el mal en el mundo que nos rodea, queremos hacer nuestra parte para ayudar a purificar y renovar la Iglesia. María y José caminaron en silencio durante el camino a Belén, escondidos del mundo, desconocidos para todos. Sin embargo, soportaron la carga del mundo entero, asumiendo voluntaria y conscientemente todas las dificultades y el trabajo necesarios para lograr el cumplimiento de la promesa de Dios, ¡por el bien de toda la humanidad!

Así también, en nuestra vida diaria, vivimos con tan buena voluntad, con todos nuestros esfuerzos puestos en hacer la voluntad de Dios, en vivir una buena vida cristiana y cargar nuestras propias cruces, debemos recordar que nosotros también estamos trayendo a JESÚS a este mundo, que estamos fortaleciendo a los miembros de su cuerpo. Ofrezcamos voluntaria y conscientemente todas nuestras dificultades por el bien de la Iglesia, por sus sacerdotes, por nuestros seminarios y seminaristas. Los santos ángeles están aquí con nosotros; ellos quieren fortalecernos. Llamémosles, hagamos expiación, ayudemos a soportar la carga de aquellos que están siendo tentados o se han caído. El Papa Juan Pablo II, lamentó el hecho de que tan pocos se tomaran en serio el llamado de Nuestra Señora: «¡Cuán adoloridos estamos de que la invitación al arrepentimiento, a la conversión, a la oración, no haya tenido la aceptación  con la que ha debido ser recibida! ¡Qué adoloridos estamos de que tantos participen tan fríamente en la obra de redención de Cristo! Que ‘lo que falta en las aflicciones de Cristo’ (Col 1,24) se completa tan insuficientemente en nuestra carne» (Acto de Consagración al Inmaculado Corazón, 13 de mayo de 1982). No seamos de los que se olvidan, sino de los que construyen y apoyan a nuestros fieles y santos sacerdotes. De esta manera, seremos soldados activos en el ejército de la Inmaculada, la Reina de los Ángeles y contribuiremos a su triunfo. Este es un camino de misericordia, un camino de generosidad desinteresada, un camino de amor. Si caminamos de esta forma, JESÚS, que viene como el niño Dios, Rey del Amor, morará en nuestros corazones y encontrará allí Su consuelo, calor y alegría a pesar de toda la pobreza de Belén. ¡Oh qué alegría para nosotros! ¡Estar tan cerca de Él, sentir el latido de Su Corazón en nuestro propio corazón!

La consagración como participación en la redención

Por lo tanto, cuando miramos las grandes necesidades de nuestro tiempo y de la Iglesia, debemos recordar que nosotros somos la Iglesia, miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Cada uno, estamos llamados a «cargar con las cargas del otro, y así cumplir la ley de Cristo» (Gal 6,2). El Papa San Juan Pablo el Grande destaca esto especialmente en la Consagración al Inmaculado Corazón de María, que hizo en unión con todos los Obispos del mundo el 24 de marzo de 1984. Esta consagración, aunque llegó tarde, fue aceptada, según al testimonio de sor Lucía, como el cumplimiento de las condiciones básicas que Nuestra Señora solicitó en Fátima. En esta oración, el Papa expresa el papel esencial que desempeña cada uno de los fieles en la batalla contra el pecado y el mal, la indispensable necesidad de penitencia y expiación por parte de la Iglesia, para el bien de la Iglesia y del mundo. De la mano de los santos Ángeles, nosotros también queremos unirnos y consagrarnos firme y decisivamente al Inmaculado Corazón de María y su gran misión en el mundo.

He aquí, cuando estamos ante ti, Madre de Cristo, ante tu Inmaculado Corazón, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos con la consagración que, por amor a nosotros, tu Hijo hizo de Sí mismo al Padre: ‘Por ellos’, Él dijo, ‘me consagro para que también ellos sean consagrados en la verdad’ (Jn 17, 19).Deseamos unirnos con nuestro Redentor en esta Su consagración por el mundo y por la raza humana, la cual en Su divino Corazón, tiene el poder de obtener el perdón y asegurar la reparación.

El poder de esta consagración… supera cada mal que el espíritu de la oscuridad puede despertar, y que de hecho ha despertado en nuestros tiempos, en el corazón del hombre y en su historia. ¡Cuán profundamente sentimos la necesidad de la consagración de la humanidad y el mundo, nuestro mundo moderno, en unión con Cristo mismo! Para que la obra redentora de Cristo sea compartida por el mundo a través de la Iglesia.

¡Salud a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo! ¡Madre de la Iglesia! ¡Ilumina al pueblo de Dios por los caminos de la fe, la esperanza y el amor!… ¡Inmaculado Corazón! ¡Ayúdanos a conquistar la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de las personas de hoy, y cuyos inmensurables efectos ya pesan sobre nuestro mundo moderno y parecen bloquear los caminos hacia el futuro!… Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a conquistar todo pecado: el pecado individual y el ‘pecado del mundo’, el pecado en todas sus manifestaciones. ¡Que se revele, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: el poder del Amor misericordioso! ¡Que ponga fin al mal! ¡Que transforme las conciencias! ¡Que tu Inmaculado Corazón revele toda la luz de la Esperanza!

En su esencia, el camino de la expiación es un camino de amor. El Discípulo amado Juan, el Apóstol del Amor, resume esta dimensión esencial de la vida cristiana diciendo: «Él (Jesucristo) entregó su vida por nosotros, y en esto hemos conocido el amor; ahora también nosotros debemos dar la vida por los hermanos». (1Jn 3,16). «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y envió a Su Hijo como expiación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 4, 10- 11) ¡Que este tremendo amor de Dios llene sus corazones y se desborde a otros, a toda la Iglesia, en esta Navidad!

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Virtudes cristianas

CC-3 Esperanza cristiana

La Esperanza Cristiana

          En nuestro mundo actual, donde las poderosas fuerzas de la cultura, la ciencia, la coerción política y las mentiras atacan cada vez más insidiosamente los principios y derechos humanos básicos: el matrimonio, la familia, el derecho a la vida, el respeto a los discapacitados y los ancianos, la libertad religiosa, la libertad de conciencia, estamos tentados a rendirnos, a tirar la toalla con desesperación. ¿Qué podemos hacer desde nuestros limitados esfuerzos? Nos sentimos como David cuando se enfrentó a Goliat. Peor aún, cuando los árbitros hacen trampa, ¿qué posibilidades tiene el opositor en el juego? Sin embargo, esta sensación de desánimo, de frustración, y la tentación de sentirnos desesperados, es solo eso, una tentación. Como cristianos, no somos como los demás «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,12).