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Retiro de Pentecostés 2020: 9a meditación: Esperando al Espíritu Santo

Prepararnos en el Cenáculo

DIOS quiere, que nuestra alma se vuelva como un libro con muchas páginas en blanco, páginas que solo Él quiere escribir y dibujar; y que nuestra alma sea un tabernáculo, puro y vacío de todo lo que pertenece al mundo, para acogerlo solamente a Él y para llevarlo solo a Él en la constante presencia de Dios en amor. 

 

María es como el libro del amor de Dios hacia sus criaturas, el llamado del amor de Dios y la respuesta de la creación, y, finalmente, al ángel mismo también es el libro de la vida («¡Ven!»).

«Vende todo lo que tienes […] y luego ven y sígueme.» El Señor le dijo esto alguna vez a un joven rico —que luego se fue triste porque no quería saber nada de entregar algo de su riqueza—, pero esta palabra se aplica a todos los tiempos y lugares, también a nosotros ahora.
Vender significa entregar, pero no simplemente obsequiar como regalo, sino más bien recibiendo algo a cambio. ¿Qué deberíamos vender? Todo lo que tiene valor.
¿Qué tiene valor? Valor tienen nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra boca, el corazón, nuestras capacidades, nuestra posición, todo lo bueno que hemos hecho
hasta el momento ante Dios. ¿A quién deberíamos venderle esto? ¡Un comprador ya está esperando! ¡Es Dios! ¿Para qué quiere Dios todo esto? Para dárselo a sus más
queridos, a los pobres.

 «Vende todo lo que tienes y da las ganancias a los pobres». Eso significa, de acuerdo con la voluntad de Dios, que toda nuestra vida debería pertenecer a estos pobres, todo, todo lo nuestro. ¿Y a qué precio deberíamos vender todo esto? Por el único denario: ¡Dios es tu recompensa! Y hoy debemos poner todo en manos de Dios en particular, para quedar completamente vacíos, muy pobres y pequeños, y prácticamente no desear nada más en estos días: no querer aferrarnos a nada, como si fuera preciso vender todo lo que tenemos y ya no tuviéramos más derecho sobre nada de aquí en adelante, pues ahora es otro el dueño, ya no nosotros.

Dios nos quiere tener así, vacíos, sin mirar ni al pasado ni al futuro. Todo está en manos de Él y al cuidado de sus ángeles. Literalmente, debemos salir de la casa que construimos para nuestras vidas e ir hacia el desierto del vacío que nos rodea; no solo debemos silenciarnos, sino vaciarnos, hacernos tan vacíos como un desierto, sin fuentes de agua y sin árboles frutales, sin campos de trigo y sin la influencia humana, y entonces, postrarnos ante Él, la Palabra viviente, el Pan de vida, y rendirnos en silencio a Él.

 

 

Las Escrituras dicen que «Dios creó el cielo y la tierra en el principio, pero la tierra todavía estaba desierta y vacía». Dios quiere que estemos tan vacíos que su voluntad y su palabra nos puedan tocar como un rayo, como la luz: «¡Ven!» ¿No dijo el Señor esta palabra a los ciegos y cojos, «¡Ven, levántate!»? Oh, estaban vacíos ante Dios, y ahora, la palabra «¡Ven!» los golpea, y se ponen de pie por el poder de esta palabra, viendo, exultando, caminando.

 

 

 Dios quiere renovar este milagro en nosotros de la manera más amorosa. Realmente somos ciegos, cojos, sordos y necios frente a Él. Debemos postrarnos ante el Señor, y entonces Él dirá «¡Ven!», y querremos levantarnos animados, viendo. Una palabra se encuentra ahora en el libro de nuestra alma: «¡Ven!» Dios la ha escrito, Él está detrás de esa palabra. Y debido a que Dios está detrás, esta palabra obtiene un poder milagroso. En este obediente “ir” queremos superarlo todo. La imitación de Cristo
debería ser nuestro todo y nuestro único quehacer, porque es el cumplimiento más leal y amoroso de la voluntad Dios.

 

No debemos seguir nuestra visión ni nuestra voluntad, sino única y exclusivamente la voluntad de Dios.
Y si alguna vez no reconociéramos esta voluntad, solo tendremos que rezar y rezar de nuevo, y amarlo, y amarlo siempre; así, cada decisión será siempre buena, porque la palabra de Dios es verdadera en todo momento: para los que aman a Dios, todo resultará bien. Entonces, esto es lo que el libro nos dice: debemos hacernos vacíos para Dios,
como un libro en blanco, para que Él pueda escribir allí; debemos ser un tabernáculo vacío para Dios, que solo lo albergue a Él; debemos leer en el libro Jesucristo, en el libro María y hacernos amigos del ángel de la presentación de cuentas; debemos prestar atención a todo por nada, como renunciar a todo y ponerlo todo en manos del
Señor para poder tomarlo solo como su palabra vacía, su palabra y su amor. 

El tiempo no solo les da forma a los seres humanos: así como la Antigüedad formó personas robustas, la Edad Media formó personas más dinámicas y nuestro tiempo
está formando personas más sensibles y con nervios débiles, así también el tiempo ha dado forma a la comunidad, especialmente a la santa Iglesia, y le comunica al hombre su manera de ser. Pero la exigencia de los ángeles es, principalmente, que el hombre en la Iglesia se distinga de otros hombres al estar caracterizado por la Palabra de Dios; la persona en la Iglesia debe brillar por el amor a Dios, por el santo temor de Dios, por la fidelidad y 
por la obediencia a la Iglesia, por la disposición al sacrificio alegre y por la santidad interior. Así es como la comunidad de una orden forma a las personas conforme al rostro de su fundador, pues también la regla de la orden tiene siempre este rostro, y la persona asume este deber de dejarse formar por fidelidad a la regla. Pero no solo debemos ser un espejo de las buenas cualidades de un tiempo, un espejo claro de todos los valores de la santa Iglesia o un espejo de nuestra comunidad. También hay que brillar primero en dirección a Dios, estar allí para Dios, liberarnos a nosotros mismos para Dios, ser como una superficie desnuda, como una patena, un candelabro puro, libre de la pesadez del polvo de la tierra, libre de toda mancha de pecado.

Entonces diremos: Ven ESPIRITU SANTO y renueva la faz de la tierra.

 

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Retiro-8

Retiro de Pentecostés 2020: 8a meditación: Adoración-4

Como hacer la Adoración

La primera Dirección Fundamental en la Obra de los Santos Ángeles es la Adoración. Adoración significa que la criatura se reconoce como tal y se entrega con todo amor a Dios Criador. 

1) ¿Qué es la adoración?

La dificultad que a veces las personas tienen con la adoración, es no saber como hacer o qué hacer durante la adoración. De hecho, la adoración, que es un acto de reverencia, puede consistir en un simple estar calladamente delante de Dios y sin actividades.

Hallamos algunos ejemplos de Santos y ángeles en adoración en las páginas de la Sagrada Escritura (…) y conocemos también cuadros y estatuas de los ángeles curvados en adoración, mas estamos incapaces de imaginar exactamente sobre lo que ellos están haciendo. Y muchas veces su adoración consiste en nada sino en la repetición de las palabras “Santo, Santo, Santo”.

Quizá deberíamos preguntarnos primero sobre lo que la adoración no es, antes de poder entender a su propia naturaleza. Tenemos en la Obra de los Santos Ángeles cuatro direcciones fundamentales que son: 1) la adoración, 2) la contemplación, 3) la expiación, 4) la misión. Posiblemente las ultimas tres son más fáciles para entender: Por ejemplo, meditamos sobre la Palabra de Dios, pensamos en los misterios del rosario. Nuestros pensamientos se dirigen a Dios. En las cumbres más altas de la meditación se llega a la contemplación, que es un simple mirar.

Otra dirección es la expiación. Celebramos la Passio Domini para abrir nuestros corazones al misterio del sufrimiento y de la muerte de Nuestro Señor. Quisiéramos participar lo más posible en la Pasión expiatoria de Cristo, para dar así una pequeña contribución de nuestras voluntades tan débiles a la grande obra de la salvación del mundo. Se trata siempre en conformar nuestra voluntad pecaminosa a la santa Voluntad de Nuestro Señor. Por tanto, así como la meditación es la dirección para nuestra mente, así la expiación la es para nuestra voluntad. Pero tanto en un caso como en el otro, queda claro, que la adoración contiene algo más. Con otras palabras, no es simplemente meditar a Dios, no es simplemente querer cumplir su Voluntad.

Otra dirección es la misión. Aquí son importantes nuestras actividades. Nuestras misiones son todo lo que hacemos para servir a Dios en el mundo y en la Iglesia, sea como sacerdote o religioso, sea como laico en la vocación personal, que consiste en cumplir los deberes del estado según la ley de Cristo. Pero para que esas actividades sean fructuosas para el Reino de Dios, necesitan ser informadas, animadas por la vida interior – precisamente por la contemplación y la expiación y la adoración.

Podemos decir que la meditación da la dirección para nuestra cabeza; la expiación para nuestro corazón, y la misión para nuestras manos. ¿Pero, qué queda para la adoración? No siendo una cosa solamente de la cabeza, del corazón o de las actividades exteriores, ¿en qué cosa consiste entonces esta dirección fundamental? La pregunta es importante, porque la adoración es la más fundamental de todas las direcciones.

En la Sagrada Escritura encontramos ejemplos de adoración, que normalmente están relacionados con una inclinación, un abajamiento del cuerpo. El hecho de lanzarse corporalmente a los pies de Aquél que se adora indica que la adoración envuelve más de lo que nuestra mente o nuestras actividades, indica que la adoración toca necesariamente todo el ser del hombre, que el hombre solo puede expresar usando todo su cuerpo como señal exterior. Así la adoración relaciona todo nuestro ser hacia Dios. Las otras tres dimensiones se relacionan con nuestras actividades, con el “hacer”, mientras la adoración se refiere al “ser” mismo. Los otros tres aspectos tienen su importancia en nuestra vida cotidiana; pero faltaría a todos un fundamento esencial si no estuviésemos creciendo también en el misterio de la adoración. Nuestro meditar, o nuestro sufrir y nuestro actuar se quedarían como plantas sin tierra, si nuestro ser ante Dios no está debidamente situado en una actitud humilde de una criatura de Dios.

A los hombres les gusta ponerse ocupados, siempre haciendo cualquier cosa. Pero al final, Dios quiere más nuestro ser que nuestro hacer.

 ¿Cómo practicar la Adoración?

Observemos dos aspectos: En la adoración a Dios, el alma, consciente del propio pecado, baja los ojos delante de Su gloria. Para adorar, el alma debe entrever la gloria de Dios, quiere decir, su grandeza inaccesible y su santidad incomparable. Cuando Dios se revela como trascendente, simultáneamente se revela también como muy próximo, porque es Amor. El Dios Santo es también inseparable del Dios Amor, que nos hace participar de su vida trinitaria. Porque la santidad de Dios es un misterio que escapa siempre al dominio del hombre, no le queda para el hombre si no el postrarse, tapar el rostro y oír a Dios que lo llama por su nombre. En este proceso Dios Santo no aniquila al pecador, sino lo purifica.

En la adoración el alma debe anhelar a Dios con todas las fuerzas del corazón, pero sin querer apoderarse de él. El alma, solamente posee a Dios, cuando Él viene a su encuentro. Pero el deseo “obliga” a Dios a bajar, y si Dios bajará, hará ascender el alma. Pasamos en la oración, anhelando a Dios, sin captarlo ni anexarlo a sí mismo.

 Finalidad de la Adoración

Como los Santos Ángeles, nosotros también queremos adorar y amar a Nuestro Señor. Cada día queremos disponer de tiempo para Él. Cuando vamos para la adoración es Jesús quien nos espera con amor y alegría. Adoración significa llevar una vida profunda de unión con Dios. Queremos ser verdaderos adoradores ‘en espíritu y en verdad’. Jesús está con nosotros en el Sacramento del amor, en la Santa Misa, en la Santa Comunión así como en todos los tabernáculos de la tierra. Está con nosotros como Prisionero del amor para darnos la vida en abundancia y para enseñarnos a adorar al Padre en unión con Él.

Jesús quiere transformar a cada uno de nosotros en un tabernáculo vivo. Continúa Su adoración al Padre en unión con la Iglesia en todos los tabernáculos. No es suficiente adorar solamente por algún tiempo durante el día o hacer solamente algunos actos de adoración… todo nuestro ser debe ser adoración. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, todo lo que hacemos, cada acontecimiento debe realizarse en unión con Nuestro Señor, el Adorador divino en la Eucaristía. Así, nos tornamos una hostia viva, en la cual Cristo vive, piensa, ama, trabaja, sufre, Se ofrece y triunfa. Ésta es la finalidad de la adoración: en unión con Jesús, llevar la misma vida de glorificación de Dios y, como Él, amar al Padre y a todos los hombres, ser siempre agradecido, ser un cordero inmolado en expiación por los pecados del mundo, y por la realización de los planes de Dios, para que el Reino divino de la Santísima Trinidad sea erigido en nosotros, en cada alma, en la Iglesia y en la humanidad de todos los tiempos. La adoración no es solamente como una vestimenta exterior de la piedad que vestimos mientras estamos delante del sagrario y que después sacamos cuando vamos para casa o para los trabajos del día al día.

La verdadera adoración se realiza ‘en espíritu y en verdad’ Ella es una fuerza divina que abarca todo nuestro ser, toda la vida y que nos configura cada vez más, poco a poco, con la vida de Jesús. La adoración eleva, a través de la gracia de Espíritu Santo, nuestro modo de pensar, nuestro corazón, nuestra voluntad y sentimientos, todas las palabras, obras y ademanes. La adoración es la vida de Jesús en nosotros y nuestra vida en Él. Es una confidencia con Jesús Eucarístico, nuestro Amigo y Desposo en todas las circunstancias de la vida.

Para hacer una buena hora de adoración queremos seguir cinco puntos principales:

I-         Glorificación de Dios (alabanza); 
II-        Acción de gracias;
III-       Amor;
IV-       Expiación;
V-        Preces o pedidos.

Así vamos a aprender un modo de adoración más perfecto. Unidos a Jesús y Maria Santísima queremos hacer de nuestra vida una adoración perpetua. Jesús tiene una ansia enorme de que estemos con Él y quiere estar con nosotros adondequiera donde nos encontramos. Por tanto, vamos a Jesús, ¡Él nos ofrece su amor!

I. Glorificación de Dios

En la Santa Eucaristía Jesús está glorificando al Padre. Instituyó este sacramento justamente para unirnos con Él en su glorificación del Padre. Es imposible glorificar al Padre cuando no honramos y amamos Jesús Eucarístico que continuamente está adorando, alabando y glorificando a Dios en la Santa Eucaristía. Cuando el mundo no busca adorar y honrar a Dios es porque también no reconoce y no adora a Jesús Eucarístico, “Aquél que no honra al Hijo, no honra al Padre” (Jn 5,23). Por eso, quien adore a Jesús también adora en Él y con Él el Padre.

Adoremos a Jesús, como Dios-Hombre, como el Verbo Encarnado, como Mediador y Salvador, como Amigo y Esposo, como nuestra Vida. Adoremos a Jesús, su cuerpo, su sangre, su alma, su divino corazón. Entremos en confidencia con Jesús y Él nos introducirá en la grande corriente ininterrumpida de adoración que Su Corazón Eucarístico ofrece al Padre.

Desde hace dos mil años que Jesús Eucarístico no cesa de confesar: Padre, yo Te glorifico (cf. Jn 17, 4). La Santa Misa es la mayor glorificación, la mayor alabanza que Jesús ofrece a Su Padre. Unámonos con Él, con Maria, con los Santos Ángeles y todo el Santos para adorar el Padre, también en nombre de todos los que no tiene fe, no tienen reverencia, todos los que están contra Dios.

II. Acción de gracias

Eucaristía significa ‘acción de gracias a Dios. Cuando Jesús instituyó la Eucaristía, agradeció a Su Padre. Acción de gracias y alabanza son las columnas esenciales de la religión. Éste es el espíritu del Evangelio y de la Eucaristía: ¡Padre, yo te agradezco! (cf. Jn 6,11; cf. Mt 26,27). Con Jesús rindamos gracias a Dios que es Creador, Salvador y Santificador. Agradezcamos porque Dios es luz, amor, vida y dicha eterna, y que Se compadece totalmente de los hombres.

La Santísima Eucaristía es la gran escuela de la acción de gracias al Donador de todo lo que es bueno. En este mundo egoísta y desagradecido aprendamos de Jesús Eucarístico el reconocimiento de todo lo que recibimos de Dios y la perfecta gratitud.

  – Agradezcamos a Jesús en la Eucaristía, y a través de Él, al Padre;

  – agradezcamos porque tenemos un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo;

  – agradezcamos por la creación; e – agradezcamos por la encarnación de Cristo;

  – agradezcamos por la Buena Nueva, por la vida de Jesús entre nosotros; que Él es nuestra luz, camino y verdad, el ejemplo y la fuerza para nuestra vida;

  – agradezcamos por la obra de la salvación, por el sufrimiento y muerte de Jesús por nosotros;

  – agradezcamos por María que fue dada a nosotros como Madre por Jesús;

  – agradezcamos por la Iglesia, nuestra maestra, educadora y santificadora; el Cuerpo Místico en el cual todos nosotros somos unidos en Cristo;

– agradezcamos por los sacramentos, por las gracias recibidas durante toda nuestra vida.

 III. El amor

            Dios es amor. Quien no ama, no conoce a Dios. “Porque el amor viene de Dios y todo lo que ama es nacido de Dios” (1 Jn 4,7). El Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre. Con el mismo espíritu de amor que une el Padre con el Hijo queremos amar al Hijo, y en Él, el Padre. Quien ame a Jesús en la Eucaristía es amado del Padre y Ellos vendrán a nosotros y harán Su morada (cf. Jn 14,23). Solamente por el misterio del amor en la Eucaristía podremos reconocer y saborear que Dios es amor. ¡Pero, cómo podremos amar cuándo nuestro corazón es tan pequeño?! Jesús nos da su amor, el Espíritu Santo. Así, amamos con aquel amor que Él merece.

            Unámonos con el amor del corazón inmaculado de Maria, con el amor de toda la Iglesia, del Santo Padre, de los obispos y sacerdotes, de todos los que se consagraron a Dios. Unámonos con el amor de todos los que tienen fe, y de todos los Santos Ángeles. Amemos también en nombre de todos los pecadores para que sean atraídos por el Amor divino. El amor Eucarístico puede transformar el mundo entero y, por eso, puede también transformar a nosotros. Jesús sacia nuestra sed de amor. “¡Vine a lanzar fuego sobre la tierra, y cómo anhelaría qué ya estuviese encendido! (Lc 12,49) “Como el Padre Me ama, así también Yo os amo. Perseverad en mi Amor” (Jn 15,9).

 IV. La expiación

            “Soy el Buen Pastor. Conozco mis ovejas y ellas me conocen a Mí… Doy mi vida por Mis ovejas” (Jn 10, 14ss). “El Padre me ama porque doy mi vida para retomarla… Tal es el orden que recibí de mi Padre” (Jn 10,17). Con estas palabras Jesús nos explica el sentido de la expiación. Solamente quien ama verdaderamente se sacrifica y da la vida por la persona querida. “Nadie tiene mayor amor que aquél que da su vida por sus amigos. Sois Mis amigos si hacéis lo que os mando” (Jn 15,13-14).

            La fuente de la expiación es el amor, que también es la meta: a través del sacrificio rescatar los hombres, reconducirlos a la casa del Padre de la cual se alejaron por el pecado. Solamente el amor es capaz de unir a los hombres. El amor propio, que es contrario al amor verdadero, se queda sin frutos porque evita el sacrificio. La entrega del propio ‘yo’, el sacrificio de la vida por amor a Dios contiene un valor expiatorio poderoso en vista de la justicia eterna del Padre y son, al mismo tiempo, portadores y donadores de la vida eterna: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo, caído en la tierra, no morirá, se queda solo; si muere, producirá mucho fruto” (Jn 12, 24).

            ¿Pero, quién sea qué expía los innumerables crímenes del mundo y de todos los hombres?…  ¡He aquí el Cordero de Dios qué quita los pecados del mundo! El sacrificio de Jesús en la cruz es ofrecido en cada Santa Misa para reparar tantos agravios contra Dios. Hoy día Dios es negado, odiado, burlado; la Iglesia es perseguida, la Eucaristía profanada, Nuestra Señora es insultada, los fieles martirizados. Quién, por fin, ¡ofrece al Padre reparación por tantos agravios es Jesús en la Eucaristía! Él se ofrece al Padre en cada Santa Misa y en todos los tabernáculos como víctima de expiación. Unámonos al Cordero inmolado y con Maria reparadora.

Jesús dijo en la cruz: “¡Tengo sed!” (Jn 19,28). Saciemos la sed de Jesús que consiste en glorificar el Padre y salvar a las almas. Está esperando que seamos a Él y su santo Madre en el camino de la expiación. Por el sacrificio de Jesús nuestros sacrificios reciben valor y son elevados participando así de Su poder salvífico. Cumplamos ésa nuestra misión de amor con alegría y generosidad. Coloquemos las necesidades, las enfermedades, los sufrimientos de toda la humanidad en el corazón de Jesús y de Maria para que, por medio de Sus méritos, Dios Padre tenga misericordia del mundo y derrame Su perdón, Su amor, Su gracia, vida y dicha sobre todos nosotros.

 V. Las preces

            Dios es riqueza infinita. El hombre es imperfecto y miserable; siendo criatura solamente puede encontrar en Dios su riqueza. Dios quiere que el hombre pida y reconozca su total dependencia de Él. Pedir a Dios es una grande dignidad y alegría para el hombre porque así él se inclina delante de Él y se pone disponible para recibir.

Pedir es un privilegio para el hombre, pues posibilita a él abrir el alma para recibir la riqueza de Dios. “Pedí y se os dará. Busquéis y hallaréis. Llamad y os será abierto” (Mt 7,7). Solo no debemos considerar a Dios como nuestro servidor que tiene de cumplir nuestros deseos, y la oración como el pago por aquello que pedimos.

“No sabéis lo que pedís” (Mt 20,22). “Pedís y no recibís porque pedís mal, con el fin de satisfacéis vuestras pasiones” (Tg 4,3). Muchas personas piden y ordenan al mismo tiempo, y cuando Dios no cumple lo que ellas ordenaron se quedan con ira. Nuestro primero pedido debe ser: “Señor, enséñanos a rezar” (Lc 11,1). Y Jesús contesta: Cuando orad, digáis: Padre nuestro que estás en el cielo… (cf. Lc 11,2-4; Mt 6,9-15).

La primera parte del ‘Padre nuestro’ Jesús rezo con nosotros en nombre de todo el Cuerpo Místico. La Cabeza y los miembros forman un único corazón que exprimen sus pedidos. ¿Qué pide Jesús en nombre de toda la humanidad? Jesús coloca el Padre en el centro de la adoración y pide que Él sea conocido, amado, honrado y glorificado por todos, incluso, en sus pensamientos, palabras y obras.

“¡Santificado sea vuestro Nombre!” Dios es Padre, Es el origen y la fuente de la vida. Es el Señor de la vida eterna. Como Hijo, Jesús pide que venga su Reino, la soberanía de Dios en las almas, en los habitantes de la tierra, y a través de Él, el Reino Eucarístico. Pidamos para que a través de la Iglesia venga el Reino de la verdad, de la vida, el Reino de la santidad y de la gracia, el Reino de la justicia y de la paz. El Reino de Dios solamente se podrá realizar cuando los hombres cumplan la voluntad del Padre. Cada uno en particular, pero también todas las familias y naciones, tienen de incorporarse en el Cuerpo Místico de Cristo y vivir de la Santa Eucaristía.

Por eso, recemos: “¡Hágase tu voluntad!” Muchos hoy no quieren cumplir la voluntad del Padre como otrora los ángeles caídos: “¡Non serviam!” (¡No quiero servir!). Cuando rezamos ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, entonces Jesús pide que nosotros cumplamos la voluntad del Padre como Él mismo, los Ángeles y los Santos en el cielo.

Los puntos principales de la oración de Jesús se concentran en los intereses de Dios: reconocimiento, glorificación y servicio a la Majestad divina. Dios es la meta sublime de la vida. A Él se dirigen nuestras aspiraciones; es el contenido de nuestra existencia.

En la segunda parte del Padre Nuestro – que solamente nosotros rezamos – están incluidos nuestros intereses. Por la mediación de Cristo pedimos que nos conceda todo lo que necesitamos para nuestra supervivencia corporal y material, pero también el pan y las gracias de la vida eterna, el perdón de los pecados, las victorias sobre las tentaciones y sobre el maligno. No debemos negligenciar estos pedidos. Y porque el hombre es cuerpo y espíritu, necesitamos constantemente del auxilio de Dios para la subsistencia de nuestra existencia terrena, y el perfeccionamiento, la salvación y la santificación de nuestro ser espiritual en Dios.

 

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Congreso2009

Obra de los santos Ángeles

Congreso católico sobre los Ángeles en la Ciudad de Buenos Aires

Índice

Mensaje de Mons. Roque Puyelli                                          pág. 2

 Hna. Catalina Vaccareza, Los ángeles y la familia           pág. 3

 Pbro. Dr Carlos Taubenschlag, Una mirada filosófica acerca de los ángeles en la Tradición de la Iglesia          pág. 17

 P. Cornelius Pfeifer,  Los ángeles en la santa Misa – El ángel del sacrificio                        pág. 30

 P. Antonio María Cárdenas,  La participación de los ángeles en el trabajo        pág.

Los ángeles en la santa Misa – el ángel del sacrificio

  1. Cornelius Pfeifer, ORC

 

 

            Índice:

  1. Fuentes: la liturgia de los ángeles

1.1. En el Antiguo Testamento

1.2. La función litúrgica de los ángeles en el Nuevo Testamento

1.3. Aspectos angelológicos de la liturgia judaica

1.4. Los ángeles en la doctrina de los escritores eclesiásticos

1.5. Los ángeles en la Misa según santo Tomás de Aquino

1.6. Textos litúrgicos:

     1.6.1. La liturgia de San Marcos

     1.6.2. La liturgia de Santiago

     1.6.3. La liturgia de San Cirillo

     1.6.4. Los textos de la tradición mozárabe de España

     1.6.5. El ángel del sacrificio en la liturgia galicana

 

  1. Comentarios

2.1. Comentarios de san Agustín

2.2. Interpretación del ángel del sacrificio por santo Tomás de Aquino

2.3. Odilo Heiming

2.4. El ángel del sacrificio y su relación con el sacerdote

2.5. La mediación y el sacerdocio de los ángeles

2.6. La figura de Melquisedec

2.8. La acción propia del ángel en el sacrificio, según la doctrina de Santo Tomás

2.9. El mediador de los ángeles (Gal 3,19-20)



Los Ángeles y la familia
(Hna. María Catalina)

Introducción
La primera familia “A imagen de DIOS los creó” (Gn 1, 27)
Hacia la plenitud de los tiempos: San Rafael y la familia de Tobías
La Sagrada Familia
Bajo el signo de la Cruz
Conclusión

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Congreso2008

Obra de los santos Ángeles Congreso 5 : 20 de septiembre 2008

Índice de las Conferencias:

1) Mons. Dr. Roque Manuel Puyelli, Director, Prologo. Los Ángeles en la vida de la Iglesia Católica 7

2) P. Ignacio Ma. Suárez Ricondo ORC, El servicio de los Ángeles a favor de las Naciones 9

3) P. Cornelius Pfeifer ORC, Los Ángeles Custodios de las Naciones venerados por los pueblos 19

4) Hermana Ma. Catalina Vaccarezza, El Ángel de la Nación Argentina 61

5) Padre Mariano Polak, San Miguel Arcángel, Protector del pueblo de Dios 105

6) P. Ignacio Suárez, Los Ángeles, realidad o mito 111

Los Ángeles de las Naciones venerados por los pueblos
P. Cornelius Pfeifer ORC
Índice
1. Historia
1.1. Fundamentos bíblicos y tradición judía
1.2. Testimonio de algunos Padres de la Iglesia
1.3. Elementos de la historia de la veneración de los Ángeles
1.4. ¿Qué ayuda pueden prestar los Ángeles del as Naciones?
1.5. Lo que los pueblos pueden aprender de los Ángeles
2. Ejemplos del culto a los Ángeles de las Naciones
2.1. El Ángel de Portugal
              Inicios del culto
              Fiesta y Misa en honor al Ángel Custodio de Portugal
2.2. El Ángel del Reino de España
         A) El santo Ángel de Palma de Mallorca
         B) El santo Ángel custodio del Reino de Valencia
         C) El Ángel Custodio del Reino de España
2.2.1 La fiesta litúrgica
2.2.2 La liga de oración
2.2.3 El altar y la imagen
2.2.4 La Novena y la oración
2.2.5 La estampa del Ángel y devoción
2.3. El Ángel de la Nación mexicana
2.3.1 Culto al santo Ángel Custodio del a Nación mexicana
2.3.2 Su esculturas e venera en la catedral Metropolitana
2.3.3. ¿Cuándo y por qué se concedió nuevamente Misa propia al
Custodio de la nación mexicana?
2.3.4. Festividad, Misa y estado actual de su culto en México.
2.3.5. ¿Cuál es la situación política por la que se establece su Misa?
2.3.6. Estampa y oración al s. Ángel Custodio de la Nación mexicana.
2.4. El Ángel Custodio de Chile
Veneración del santo Ángel Custodio
2.5. Otras naciones
3. El Ángel Custodio de la Argentina
Conclusión
Bibliografía

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Congresos

Congreso2007

Obra de los santos Ángeles
Congreso 4 :

Congreso católico sobre los Ángeles en la Ciudad de Buenos Aires

1) Cornelius Pfeifer, La fe de San Pablo en los Ángeles buenos y malos

2) P. Antonio María Cárdenas, los Ángeles en la historia de la Iglesia 

3) Los Ángeles y la V. Conferencia del CELAM

Introducción 3
1) Experiencias de la vida de Pablo
2) Enseñanzas de San Pablo sobre los Ángeles
3) Las actividades de los Ángeles 4
4) La Jerarquía celestial
5) El poder del mal 5
6) El combate espiritual
7) La exaltación de Cristo sobre los Ángeles
8) Esclarecimiento de los conceptos 6
Una exégesis de los textos bíblicos de San Pablo 9
I. Los Ángeles 9
1) Los Ángeles nos observan 9
2) La alabanza con lenguas angélicas 11
3) Los Ángeles anuncian el Evangelio 11
4) Los Ángeles como representantes de Dios poseen una alta dignidad 12
5) Los Ángeles promulgaran la ley de Dios a su pueblo 12
6) Los Ángeles acompañan al Hijo del Hombre en la parusía 13
7) Los Ángeles están al servicio de Cristo 14
8) La participación de los hombres y Ángeles en el Juicio final 15
9) Ejecutores del castigo de Dios 16
II. Satanás, diablo, Beliar, demonios 18
1) Satanás obstaculiza el trabajo misionero 18
2) El diablo intenta continuamente apartar a los hombres de Dios
3) El enemigo fue vencido
4) El combate espiritual de los cristianos 19
5) Las tentaciones de la carne 20
6) El disfraz de Satanás como ‘ángel de luz’ 21
7) El pecado de la soberbia 22
8) Desorden en la comunidad 23
9) El gran combate antes del fin del mundo 24
10) El sentido de las pruebas de Dios 26
11) La “entrega a Satanás” 27
12) La finalidad del castigo es para mejorar la persona 28
13) El falso y verdadero culto 30
14) La existencia de los demonios 30
15) Las religiones paganas contienen semillas de verdades 32
16) Las falsas doctrinas 33
III. Grupos de Ángeles superiores 34
A) En las cartas principales (Rm, 1 + 2 Cor) 34
a) La victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal 35
b) Nada nos puede separar de Cristo 36
B) La Carta a los Efesios 37
a) El combate espiritual 38
b) La Iglesia revela los misterios a los Ángeles 39
c) La gloria de Cristo 39
C) La Carta a los Filipenses 40
D) La Carta a los Colosenses 41
a) La salvación realizada por Cristo 41
b) La superioridad de Cristo sobre los Ángeles 42
c) La restauración de todas las cosas 43
d) La plenitud de Cristo 44
e) El falso culto a los ángeles 45
IV. Los Ángeles en la Carta a los Hebreos 48
Conclusión 55

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Congreso2006

Obra de los santos Ángeles

Segundo Congreso católico sobre los Ángeles en la Ciudad de Buenos Aires

13 de mayo de 2006

Temas:

1) Mons. Dr. Roque Puyelli, Presentación e introducción

2) P. Cornelius Pfeifer ORC, Inspiración y discernimiento de los espíritus. ¿Para qué? 

3) P. Juan Marcos Bovin ORC (Suiza), Las apariciones del Angel de Fátima

4) P. Cornelius Pfeifer, Los Ángeles en la Nueva Evangelización frente a los retos de nuestro tiempo y la misión del Ángel de la Guarda en la vida personal

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Retiro-7

Retiro de Pentecostés 2020: 7a meditación: combate espiritual

En la eficacia del Espíritu Santo: "Ponte la armadura completa de Dios"

En las cartas de San Pablo, se nos exhorta a prepararnos en esta vida para el combate espiritual. Como en aquellos tiempos, también ahora tenemos que aprender a luchar por nuestra propia salvación y por la de los demás, no contra los hombres, sino contra los «principados… potestades…espíritus malignos en los aires» (Ef 6,12) En esta batalla, el Espíritu Santo y Sus santos ángeles vienen en nuestra ayuda, pero también nosotros debemos aprender a hacer nuestra parte.

 

Seria batalla

 

San Pablo nos exhorta a » ponernos la armadura completa de Dios, para que podamos resistir en el día malo y, después de haber hecho todo, mantenernos firmes» (Efesios 6,13). Él prosigue  especificando la verdadera fuente del conflicto: » Nuestra lucha no es contra carne y sangre; sino contra principados, contra potestades, contra gobernantes del mundo líderes de las tinieblas presentes, contra milicias espirituales en los aires” (Ef 6,12).

Claramente, las armas que necesitamos son esencialmente de naturaleza espiritual. Menciona siete de esas armas, que discutiremos, primero, a nivel moral.

 

El adversario

 

¿Quién es el adversario? Como Dios es infinitamente bueno, ciertamente Él creó todas las cosas buenas. ¡Por lo tanto, se deduce que algunos de los ángeles cayeron libremente alejándose de  Dios, cayendo en la falsedad y el odio! El diablo «fue un asesino desde el principio y no representa la verdad, porque no hay verdad en él. …es un mentiroso, él es el padre de la mentira” (Jn 8,44). También lleva a otros a la rebelión. San Juan nos dice que el Dragón «con su cola barrió un tercio de las estrellas (ángeles) en el cielo y las arrojó a la tierra» (Ap 12,4). El segundo objetivo del demonio es destruir a la humanidad: “El Demonio, Satanás, quien engañó al mundo entero, fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. Entonces el dragón… estalló la guerra como pago contra… aquellos que guarden los mandamientos de Dios y den testimonio de Jesús” (Ap 12,9.17). 

Generalmente se consideran como armas del diablo: el «mundo», la «carne» y el miedo al diablo. Pero como todo lo que Dios creó es bueno, podemos simplificar esto aún más y decir que las armas del enemigo son el engaño y el miedo. A través del cálculo de mentiras y argumentos astutos, distorsiona la percepción de nuestra mente sobre la naturaleza de las cosas de este mundo, su propósito y utilidad y las circunstancias en las que se usan o abandonan adecuadamente.

Siervos y soldados de Cristo junto a los Santos Ángeles

Para convertirse en un soldado de Dios, luchando por la protección de Su Reino en la tierra, primero debemos ser un siervo dispuesto, uno que lleve a cabo su cargo en forma entusiasta, incluso cuando el maestro no esté presente. En su amor infinito, Dios nos eligió y nos llamó también para convertirnos en sus hijos en gracia; Nos llama a una íntima amistad con Él y a la vida eterna. Entre los siervos de Dios hay quienes se distinguen por su gran generosidad al asemejarse a Cristo: olvidándose de sí mismos, deseando convertirse en siervos de todos,  «convirtiéndose en todas las cosas para todos, a fin de salvar al menos a algunos» (1Cor 9, 22) Estos se convierten, por así decirlo, en soldados de Cristo junto con los santos ángeles, quienes son completamente desinteresados en sus ministerios. En un sentido muy real, no obtienen nada de su ministerio más allá de la alegría que encuentran al contribuir a nuestra salvación y la gloria de Dios.

Las siete virtudes

1. Debemos ceñir nuestros lomos con la verdad. Esta metáfora hebrea indica que la búsqueda del amor meramente sensual (eufemísticamente llamado «lomos») es una mentira, pues falla al  no ver ni promover el bien del amado. La verdad de los «lomos» es la castidad, mediante la cual los apetitos concupiscibles deben asimilarse a la verdad del Evangelio, que restaura la dignidad del hombre y el verdadero amor humano. En un sentido militar, ‘ceñido’ también nos llama a alertar sobre la preparación para la batalla en todo momento. No debemos permitirnos ser sorprendidos y tomados fuera de guardia, porque sabemos que «el diablo ronda como un león rugiente, buscando a alguien a quien devorar» (1Ped 5,8).

2. San Pablo quiere que nos vistamos «con la coraza (protectora) de la justicia«. En el pasaje paralelo, 1 Tesalonicenses 5, 8, lo llama una «coraza de fe y amor«. Aquí nuevamente, él está pensando como un judío, para quien la mente y la voluntad, tendrán su centro en el corazón. Estos deben ser protegidos a toda costa. La idea judía de «justicia» va más allá de la virtud cardinal de la justicia. La justicia de Israel consistió en su total fidelidad al pacto divino en la fe y el amor, que no permitía  diluirse en  pensamientos de la sabiduría mundana. “ Si ustedes pertenecieran al mundo, el mundo los amaría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece”. (Jn 15,19).

3. Con su próxima exhortación, San Pablo pasa a la «ofensiva», animándonos a ver que nuestros «pies estén calzados con los zapatos (sandalias) de preparación para predicar el Evangelio de la paz«. El tesoro del cristiano debe ser el Evangelio, el nuevo Pacto en Cristo. Estos sentimientos explican la alegría que sintieron los discípulos cuando «salieron de la asamblea, regocijados pues se les consideraba dignos de sufrir acusaciones por el nombre de Jesús» (Hechos 5,41).

Aquí, San Pablo hace énfasis en la garantía de que nuestra fe nos debe soportar en todas las batallas espirituales de la vida diaria. Como Jesús dice: “La paz les dejo; Mi paz les doy. No como la da el mundo” (Jn 14,27). Esta paz de Cristo nos hace evangelizadores, listos para proclamar el Evangelio. Incluso después de haber sido golpeados y encarcelados, Pablo y Silas cantaban himnos de medianoche a Dios. ¡Esta disposición es estremecedora! (¡De hecho, un terremoto sacudió la prisión, abriendo todas las puertas en el poder del Evangelio, la paz y la alegría!) Obsérvese la alegre disposición de San Pablo para compartir el Evangelio de salvación con el carcelero, su perseguidor unas horas antes (cf. Hechos 16, 22-33). San Juan Crisóstomo explica esta lógica transformadora: «La proclamación del Evangelio de la paz es nada menos que la vida más virtuosa», (Homilía 24 en Ef 6, 14-17). Un verdadero cristiano desea «destruir» a sus enemigos haciéndolos sus amigos, es decir, llevándolos a Cristo. ¡Del lado de Dios, del lado de Cristo, del lado del ganador! «Si Dios está con nosotros, ¿quién  contra nosotros?» (Rom 8,31). Se promete la victoria a aquellos que perseveran en su buena voluntad: “Bienaventurado aquel que persevere cuando lleguen las pruebas. Esa persona tiene un valor comprobado y ganará el premio de la vida, la corona que el Señor ha prometido a quienes lo aman” (Santiago 1,12).

4. «En todas las circunstancias, mantén la fe como un escudo, para apagar todas las flechas incendiarias del maligno» (Efesios 6,16). San Pablo presenta la fe como el armamento universal, como un escudo, que cuando se usa adecuadamente destruye todos los ataques del enemigo. Nuestra victoria sobre el mundo es nuestra fe (cf. 1 Jn 5, 4).

En todas las tentaciones contra la fe, nunca debemos entrar en discusiones; más bien, debemos sostener el escudo de la fe y recurrir a actos de esperanza y caridad. No tiene sentido discutir cuando el adversario odia la verdad; ¡No vale la pena discutir cuando el adversario odia la verdad, no vale la pena discutir cuando este adversario conoce las Escrituras mejor que nosotros, cuando él es un «mejor teólogo» que nosotros!

5. “Toma el casco de la salvación” (Ef. 6,16). En 1 Tesalonicenses 5, 8, San Pablo ya ha identificado la esperanza de salvación como nuestro casco. Llamamos esperanza a un casco, porque es una protección contra heridas mortales. San Juan Crisóstomo escribe: «El casco cubre la cabeza perfectamente en todas las partes, y no sufre pues cubre cualquier herida» (Homilía 24 en Efesios 6,14). Así como un soldado deposita su confianza en un casco, nosotros depositamos nuestra confianza  en el nombre del Señor. La esperanza sobrenatural es una garantía de vida  más grande que cualquier casco de metal. Santo Tomás explica que la esperanza deriva su invencibilidad de la infalibilidad de la fe: ¡el Dios que da testimonio de la Verdad es el Dios que promete la Vida! (cf. Summa Theol. II-II, q. 18, art. 4, c).

En consecuencia, el casco de la salvación garantiza la vida eterna. La esperanza nos ayuda de dos maneras: Primero, cuando la esperanza es fuerte, todas las tentaciones, que ofrecen una felicidad alternativa, se debilitan y se superan. Porque su felicidad prometida es, en el mejor de los casos, superficial y de corta duración. En segundo lugar, la esperanza es una gran defensa contra ataques repetitivos y agotadores por medio de los cuales el diablo trata de  desesperanzarnos para alguna vez ganar la vida eterna.

«Librémonos de toda carga y pecado que se nos aferre y perseveremos en la carrera que tenemos ante nosotros mientras mantenemos nuestros ojos fijos en Jesús, el líder y el perfeccionador de la fe. Por el gozo que está delante de Él, Jesús soportó la cruz, despreciando su vergüenza, y se ha sentado a la derecha del trono de Dios » (Heb 12, 1b-2).

El punto es práctico: ¿cuándo fue la última vez que llevaste a cabo un acto serio de la virtud de la esperanza? Y cuándo fue la última vez, que mientras estabas en la prueba, conscientemente miraste a Jesús, quien «por el gozo  que estaba ante Él, soportó la cruz» (Heb 12, 1), de tal forma que sacaras fuerza y determinación de su ejemplo?

6. «Toma la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios «. ¡Es hora de ir a la ofensiva! Un cobarde muere mil veces por miedo. De hecho, hay una especie de «esperanza», que no es esperanza en lo absoluto, sino más bien una especie de miedo. ¡Cuán a menudo, incluso entre los feligreses regulares, encontramos que su motivo más fuerte de esperanza no es positivo, sino más bien es el miedo! ¡Quieren ir al cielo porque no quieren arder en el infierno!

La espada del Espíritu, la palabra de Dios, se define en otra parte: «La palabra de Dios es viva y efectiva, más afilada que cualquier espada de dos filos, penetra incluso entre el alma y el espíritu, las articulaciones y la médula, y es capaz de discernir reflexiones y pensamientos del corazón” (Hebreos 4,12). Tal espada también fue dirigida contra María, «una espada traspasará tu alma, para que los pensamientos secretos de muchos puedan ser descubiertos» (Lc 2,35). Esta es la espada del Espíritu, la palabra de Dios, la espada de la salvación, que primero debe ser dirigida contra nuestra propia alma, nuestros propios pensamientos secretos, antes de que pueda funcionar eficazmente para la salvación de las almas sufriendo como María. En este sentido, San Bernardo de Claraval ve esta espada desde el lado positivo, es decir, como la luz y la gracia del Espíritu Santo para herir y sanar a los pecadores (Cánticos, Sermón 29,6). San Jerónimo dice de la palabra de Dios: «La ignorancia de la Escritura es  ignorancia de Cristo» (Carta a Eustochia), y por lo tanto también ignorancia del reino de Cristo.

San Ambrosio entiende la espada del Espíritu como el don del discernimiento (Sobre los deberes del clero, cap. 7). Separa lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, y conduce a la derrota de las mentes orgullosas y rebeldes (Carta 61, a Pomponio). San Juan Crisóstomo continúa afirmando que con la espada del Espíritu, no solo nos protegeremos de los misiles del diablo, sino que además lo golpearemos. (Homilía 24 en Ef 6).

7. Y finalmente

 “Oren en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos. Manténganse alerta y perseveren en oración por todos los santos. Oren también por mí para que, cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio» (Ef. 6, 18-19).

La oración recomendada es la oración de la criatura que es consciente de su humildad y su necesidad, pero también de cuánto Dios le ama. Nos ha dado todas las cosas en Cristo. Él ha derramado su amor en nuestros corazones a través del Espíritu Santo. Por lo tanto, le clamamos con confianza: «Abba, Padre» (cf. Rom 5, 5; Gal 4, 6). Hechos templos del Espíritu Santo, nos entregamos voluntariamente por completo al Espíritu, quien «viene en ayuda de nuestra debilidad… [e] intercede [por nosotros] con gemidos inexpresables» (Rom 8,26).

Nuestro esfuerzo en la oración debe resumirse en esto: ¡buscar abrirnos con toda confianza a la íntima presencia Divina y permanecer allí tan perseverantemente como podamos! Si nos entregamos a Dios, ¡Él se entregará a nosotros! ¡Un alma en oración es victoriosamente una con Dios!

 

Los dones del Espíritu Santo, el súper armamento de Dios

En su comentario sobre la «armadura completa de Dios», Santo Tomás declara que estos son «los Dones [del Espíritu Santo] y las virtudes. Porque las virtudes [entre las cuales se enumeran los dones] protegen al hombre de los vicios” (Comentario sobre Ef., Cap. 6, lect. 3). Primero hablamos de las virtudes morales y teológicas, que están inmediatamente a disposición de todos los fieles. Mientras que todos en el estado de gracia poseen los Dones del Espíritu Santo, pocos tienen el desapego espiritual, la humildad y docilidad que son necesarios para que florezcan dentro de nosotros. Sin embargo, la fiel práctica de las virtudes anteriores preparará el camino para una expresión más rica de los dones en nuestras vidas.

Ahora podemos dirigir brevemente nuestra atención hacia los Siete Dones del Espíritu Santo, por los cuales nos centraremos principalmente en su calidad como armas en el combate espiritual.

1. El don del  entendimiento

El don del entendimiento es el alfa entre los dones; nos otorga una intuición de la grandeza y la majestad de Dios, ante la cual nada debe ser preferido. Lo que no resuena armoniosamente con el grito de San Miguel, «¡Quién es como Dios!», Es una luz falsa.

A la luz de este don, obtenemos una intuición en las profundidades de la creación, porque «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). La omnipotencia de Dios se puede percibir en la impotencia salvífica de Dios en la salvación, en la Encarnación, en la Eucaristía. El enemigo desprecia lo que es pequeño y débil, pero «la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana» (1 Corintios 1,25). Su debilidad es su amor paciente, esperando el momento en que nos pueda salvar (cf. 2 Pedro 3, 9).

Mary vivió este regalo porque guardaba todas las palabras de Dios en su corazón, reflexionando sobre ellas. Aún más las vivió: ella es el arca de la alianza, que se encuentra al comienzo de todos los caminos de Dios en la creación.

2. El don de la sabiduría

El Don de la Sabiduría es la Omega entre los Dones, ya que por ella saboreamos nuestro final, las profundidades de la bondad divina. «Prueba y mira, ¡qué bueno es el Señor!» (Salmo 34, 9). Quien haya bebido el mejor de los vinos, no será engañado por amores inferiores. Hay, por supuesto, muchos grados de sabiduría divina, las cavas de Dios, pero en todos ellos, se trata de experimentar cada vez más profundamente la bondad propia de Dios. El fundamento es la gracia santificante. María en si misma estaba «llena de gracia». Por lo tanto, María es nuestra medida de sabiduría. Si no somos como María, no es sabiduría. San Juan de la Cruz lo expresa bien cuando declara:

«Debe saberse que muchas personas alcanzan y entran en las primeras cavas de vino de acuerdo con la perfección de su amor, pero pocas en esta vida alcanzan la última y la más profunda; porque en ella se forja la unión perfecta con Dios, llamada matrimonio espiritual. … Lo que Dios comunica al alma en esta íntima unión va más allá de las palabras… Porque en la transformación del alma en Dios, es Dios quien comunica su Ser con una gloria admirable; los dos se convierten en uno solo, como… el carbón [se une] con el fuego». (Cántico del amor, estrofa 26,4).

¡La Santísima Virgen, la nueva Eva, es la primera y verdadera Esposa del Cordero, la primera llamada a la fiesta de bodas!

3. El don de consejo

El don de consejo es el más práctico de los dones, porque nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios en asuntos de la vida diaria que no se rigen por la ley. Esto cubre nuestras elecciones personales de oración, las buenas obras que queremos hacer, pero también la elección personal del camino en la vida, en el matrimonio, por la elección de un cónyuge, la profesión, los amigos, dónde vivir, etc. Para este tipo de decisiones no hay leyes rápidas ni establecidas, solo un buen consejo, que no es fácil de encontrar.

Un buen consejo requiere fundamentalmente dos cosas: primero, se deben tener en alta estima los valores humanos y piadosos. Tal estima solo puede prosperar en un corazón desprendido de la sabiduría y las ambiciones mundanas. Y en segundo lugar, se necesita un gran sentido de lo que es connatural a la vida en este mundo y, en particular, por la búsqueda individual de consejo. Para poder dar íntegros consejos a alguien, necesito ser capaz de ver el mundo a través de los ojos del otro; Necesito una gran empatía de corazón. Como un don de gracia, esta unción se da a las almas que desean ayudar a los demás y ocuparse de esta tarea, más en una oración silenciosa que en expresar opiniones.

Nadie es más rico en esta materia que la Madre del Buen Consejo.

4. El don de ciencia

¡El Don de Ciencia (Conocimiento) es un saber sobrenatural! Es una ‘espada’. Hay una ciencia de los Diez Mandamientos; ¡No es casualidad que ellos conduzcan a la vida! Expresan la ley moral natural. El conocimiento científico de la ley moral nos ayuda a cortar las malas hierbas y fomentar el crecimiento de las buenas plantas (las virtudes). También hay una ciencia de los Consejos Evangélicos —pobreza, castidad, obediencia— que explica por qué el discipulado cercano de Cristo (se vive más radicalmente en la vida religiosa consagrada, pero también entre los laicos) conduce de manera más rápida y segura a la vida misma y una mayor perfección y felicidad. Esta ciencia corta con las cosas superfluas que roban tiempo para la oración y las buenas obras. Hay una ciencia del amor y el sacrificio, la ciencia de la Cruz. Solo en este camino tratamos a los demás como deseamos ser tratados. La verdad que conocemos a través de este regalo nos hace libres. Pero son pocos los que desean la verdad incondicionalmente, porque la Verdad nos desafía al máximo con sus demandas. Esta arma del Don de la Ciencia también es una espada de justicia de dos filos para proteger el bien común. Aquí se encuentra el poder del exorcismo para expulsar a los espíritus malignos en el Nombre de Cristo. La Inmaculada, como un ejército en batalla, es nuestra defensa segura.

5. El don de fortaleza

¡El Don de la Fortaleza es un arma que debería fortalecernos incluso para ser débiles! Los tres grados de fortaleza, según Santo Tomás, son estos: 1) la disposición a luchar en defensa de una causa noble, incluso arriesgando nuestra propia vida; 2) la disposición a morir, en lugar de negar la fe o traicionar la justicia moral de ninguna manera; 3) la disposición a sufrir y sacrificar voluntariamente nuestra vida, como Cristo, cuando el bien moral de nuestro prójimo exige este sacrificio. Cristo fácilmente pudo haber tenido 12 legiones de ángeles a su disposición para salvarle… pero ¿cómo se habría salvado la humanidad, si Él no hubiera abrazado voluntariamente la impotencia divina para morir por nosotros en la Cruz? La fortaleza, en su impotencia, también nos da la fuerza para orar, de modo que queremos ser fuertes en el sufrimiento.

La Madre Dolorosa nos defiende aquí con su patrocinio.

6. El don de temor de Dios

El temor de Dios  parece ser la más humilde de las armas; Es la participación de los «pequeños» del Señor, quienes aunque son pisoteados, son aún conscientes en su observación de la Ley de Dios por reverencia a Su Nombre. Esta misma reverencia sostiene a estos «pequeños» en su inquebrantable fidelidad a la Iglesia. El temor del Señor es el «lugar de aterrizaje» para los santos ángeles, que con gusto se despliegan para ayudar a los pequeños en su perseverancia.

Los malvados y mundanos se burlan del temor del Señor.

«El hombre justo… se mantiene alejado de los caminos [de los impíos] como de las cosas impuras. Él bendice el destino de los justos y se jacta de que Dios es su Padre.» Condenémoslo a una muerte vergonzosa, porque según sus propias palabras, Dios cuidará de él”. Estos fueron sus pensamientos, pero se equivocaron; porque su maldad los cegó. Y no conocían los consejos ocultos de Dios; tampoco contaron con una recompensa de santidad ni discernieron la recompensa de las almas inocentes (Sab 2,16, 20- 22)

Nuestra Señora de la Deposición de la Cruz siempre está presente para consolar a los humildes y a los pequeños en sus necesidades.

7. El don de piedad

El don de piedad es el arma final. Aparentemente es el más débil, pero es, de hecho, el arma más grande, la rendición final y triunfal en homenaje ante Dios por la invencible convicción de que Dios es bueno, independientemente de lo que las apariencias puedan sugerir. «¡Aunque Él debería matarme, confiaré en el Señor!» fue la oración de Job (Job 13,15). Y nuestro Señor mismo, para ofrecer un puerto seguro a los más amargamente probados, tuvo que experimentar ser aparentemente abandonado por Dios (Mc 15, 35) antes de poder exclamar victoriosamente: «¡Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu!» (Lucas 23,46). Mientras que la sabiduría es la recompensa y la «realización» de la caridad, que reside en la voluntad espiritual, la piedad es la recompensa y la realización de los afectos; y esto se encuentra en la tierna y amorosa bondad de Dios.

Mary está aquí como la estrella de la mañana, como el refugio de los pecadores. La misericordia no conoce un final, aunque, por supuesto, puede ser rechazada.

«¿Alguien ha esperado en el Señor y ha sido decepcionado? ¿Alguien lo ha invocado y ha sido rechazado? Compasivo y misericordioso es el Señor; Él perdona los pecados, Él salva en tiempo de angustia» (Sir 2, 10-11).

 

 

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Retiros

Retiro-6

Retiro de Pentecostés 2020: 6a meditación: Contemplación-2

La Meditación

Predisposiciones para la adquisición de la sabiduría a través de la meditación

La meditación, también conocida como oración mental, o simplemente oración, es uno de los medios fundamentales para disponernos para la maduración de la Vida de Cristo en nuestras almas. En el concepto de meditación, deseamos incluir una variedad de elementos, y debemos asumir una serie de predisposiciones.

La primera de las predisposiciones necesarias es una cierta pureza del cuerpo y la integridad de la mente. El libro de la Sabiduría comienza con esta advertencia: «Porque los pensamientos perversos separan a los hombres de Dios, y cuando su poder se prueba, convence a los necios; porque la sabiduría no entrará en un alma engañosa, ni morará en un cuerpo esclavizado por el pecado» (Sb 1, 3-4). Debemos estar libres de lo que las Escrituras se refieren como la «sabiduría de la carne». San Pablo habla de esto en su carta a los romanos: «La mente puesta en la carne es hostil a Dios; no se somete a la ley de Dios, de hecho no puede; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8, 7). La Vulgata traduce así: «la sabiduría de la carne es enemiga de Dios». 

La segunda predisposición necesaria para adquirir sabiduría es combatir la falsa sabiduría del mundo. Es decir, el mundo tiene su propio conjunto de objetivos y estándares. Si alguien trata de vivir de acuerdo con estos estándares, necesariamente será infiel a la sabiduría de Dios. La mediación en las verdades eternas es la manera de formar la mente según los estándares de Dios. Uno debe hacer todo lo posible para juzgar todas las cosas de acuerdo con el valor que tienen a los ojos de Dios. La pobreza de espíritu, como se mencionó en una conferencia anterior, es una disposición clave para la recepción del don de la sabiduría.

Un tercer requisito previo es la necesidad de cierto grado de libertad. El libro de Sirácides deja esto claro: “La sabiduría del escriba exige tiempo y dedicación, y el que no está absorbido por otras tareas, se hará sabio. ¿Cómo se hará sabio el que maneja el arado y se enorgullece de empuñar la picana, el que guía los bueyes, trabaja con ellos, y no sabe hablar más que de novillos? Él pone todo su empeño en abrir los surcos y se desvela por dar forraje a las terneras. Lo mismo pasa con el artesano y el constructor, que trabajan día y noche; con los que graban las efigies de los sellos y modifican pacientemente los diseños: ellos se dedican a reproducir el modelo y trabajan hasta tarde para acabar la obra. Lo mismo pasa con el herrero, sentado junto al yunque,con la atención fija en el hierro que forja: el vaho del fuego derrite su carne y él se debate con el calor de la fragua; el ruido del martillo ensordece sus oídos y sus ojos están fijos en el modelo del objeto; pone todo su empeño en acabar sus obras y se desvela por dejarlas bien terminadas. Lo mismo pasa con el alfarero, sentado junto a su obra, mientras hace girar el torno con sus pies: está concentrado exclusivamente en su tarea y apremiado por completar la cantidad …” “… Por otro lado, el que se dedica al estudio de la ley del Altísimo buscará la sabiduría de todos los antiguos, y se preocupará con profecías preservará el discurso de hombres notables y penetrará las sutilezas de las parábolas; buscará los significados ocultos de los proverbios y se sentirá como en casa con el misterio de las parábolas (Sir 38,24 – 39, 3). 

Meditación sobre la Sagrada Escritura

Una de las formas más fundamentales en las que practicamos la meditación es a través de la meditación en la Sagrada Escritura. Se dijo que la sabiduría consiste en la visión de las cosas en la eterna Palabra de Dios. En la Sagrada Escritura, la Palabra eterna habla al hombre en lenguaje humano. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios habla una sola Palabra, su única Exclamación, en la que se expresa completamente … Por esta razón, la Iglesia siempre ha venerado las Escrituras tanto como ella venera El Cuerpo del Señor. Ella nunca deja de presentar a los fieles el pan de vida, tomado de la única mesa de la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo » (CIC 102-103). En otro lugar, el Catecismo dice: «Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Las realidades divinas reveladas, que están contenidas y presentadas en el texto de la Sagrada Escritura, han sido escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo» (CCC 105) .     

Siguiendo el hecho de que las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios, una forma primaria de meditar es a través de la lectura reflexiva de las Sagradas Escrituras. Hay varios pasajes del texto inspirado que expresan esta verdad: “Cuando se presentaban tuspalabras, yo las devoraba, tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque yo soy llamado con tu Nombre, Señor, Dios de los ejércitos.” (Jer 15,16). “Entonces dije –¡y este es mi dolor!–: «¡Cómo ha cambiado la derecha del Altísimo!». Yo recuerdo las proezas del Señor, sí, recuerdo sus prodigios de otro tiempo;” (Sal 77, 11-12).  “Examina detenidamente los preceptos del Señor y medita sin cesar sus mandamientos: él mismo afirmará tu corazón y te dará la sabiduría que deseas.» (Sir 6,37). “y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.” (2Tim. 3,15). 

Es importante no descuidar la meditación de la sabiduría de la Palabra de Dios contenida en el Antiguo Testamento. Los cristianos deben reflexionar sobre la Ley, los Profetas y los Libros de la Sabiduría, así como la forma en que Dios instruyó a su pueblo a través de muchos eventos históricos en el curso de la historia de la salvación. Pero el Antiguo Testamento solo puede entenderse completamente a la luz del Nuevo Testamento, especialmente a la luz del misterio pascual de Cristo. Como Santo Tomás escribió una vez:

La frase «corazón de Cristo» puede referirse a la Sagrada Escritura, que da a conocer su corazón, cerrado antes de la Pasión, ya que la Escritura era incomprensible. Pero la Escritura se ha abierto desde la Pasión; desde el momento en que aquellos la han entendido, han considerado y discernido de qué manera deben interpretarse las profecías.

En el Nuevo Testamento, las Cartas de los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis arrojan luz sobre el misterio de Dios y su misericordia hacia los hombres. Estos deben ser bien conocidos por todos los cristianos. Pero el Evangelio en sus cuatro partes merece nuestra más alta consideración. Como Sta. Teresa escribió una vez: «Pero, sobre todo, son los Evangelios los que ocupan mi mente cuando estoy rezando; mi pobre alma tiene tantas necesidades y, sin embargo, esta es la única cosa necesaria. Siempre encuentro una luz fresca allí, significados ocultos y fascinantes». Los escritores sagrados del Evangelio pasan una cantidad considerable de tiempo contando la pasión y la muerte de Cristo. Esto se debe a que la más alta sabiduría de Cristo se manifestó en la Cruz. La cruz de Cristo es la sabiduría de Dios, como escribió San Pablo: «Predicamos a Cristo crucificado, un obstáculo para los judíos y la locura para los gentiles, pero para aquellos que son llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es la fuerza  y la sabiduría de Dios» (1 Cor 23-24). 

El Concilio Vaticano II enfatizó la importancia que tiene para todos los fieles, leer y meditar en las Escrituras:

El Sínodo Sagrado exhorta de manera enérgica y específica a todos los fieles cristianos, especialmente a aquellos que viven la vida religiosa, a aprender «el conocimiento superior de Jesucristo» (Filipenses 3, 8) mediante la lectura frecuente de las divinas Escrituras. «La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo». Por lo tanto, déjenlos ir con gusto al texto sagrado en sí mismo, ya sea en la sagrada liturgia, que está llena de palabras divinas, en la lectura devota, en ejercicios adecuados o cualquier otra variedad de ayudas que, con la aprobación y guía de los pastores de la Iglesia, felizmente se estén extendiendo por todas partes en nuestros días. Sin embargo, que recuerden que la oración debe acompañar la lectura de la Sagrada Escritura, para que tenga lugar un diálogo entre Dios y el hombre… Pues «le hablamos a él cuándo oramos; le escuchamos cuando leemos los oráculos divinos». «.

El punto de cierre que hace el Concilio es de particular importancia, debemos leer las Escrituras en oración. No debemos leer la Biblia como si leyéramos el periódico. Es la Palabra de Dios, que «es viva y activa, más afilada que una espada de dos filos, penetrando en la división del alma y el espíritu, de las articulaciones y la médula, y discerniendo los pensamientos e intenciones del corazón» (Heb 4,12). El Catecismo escribe: «La fe cristiana no es una» religión de libro». El cristianismo es la religión de la ‘Palabra’ de Dios, ‘no es una palabra escrita y muda, sino encarnada y viva’. Para que las Escrituras no sigan siendo letra muerta, Cristo, la Palabra eterna del Dios viviente, debe, por medio del Espíritu Santo, «abrir [nuestras] mentes para entender las Escrituras» (CIC 108).    

Cómo meditar en la Sagrada Escritura

Es apropiado comenzar la lectura de la Sagrada Escritura con una oración al Espíritu Santo. También es útil pedirles a los ángeles que iluminen nuestra mente mientras nos adentramos en  las Escrituras. Así como el profeta Daniel fue asistido por San Gabriel en la comprensión de ciertas profecías, también nosotros seremos ayudados si pedimos la asistencia de los ángeles (cf. Dan 9, 20-27). 

Las Escrituras deben ser leídas y releídas, meditando en cada palabra y también memorizando muchas de ellas. María es nuestro modelo respecto a este tema, «María guardó todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón» (Lc 2,19, 51). Esta es la manera de cumplir el consejo de San Pablo: “La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza…» (Col 3,16).  

La finalidad de la meditación no es simplemente saber más, sino amar más. Esto es particularmente cierto en la meditación sobre la Sagrada Escritura. San Agustín escribió:    

Todo estudiante sincero de las Sagradas Escrituras se ejercita, para no encontrar nada más en ellas, sino que Dios sea amado por su propio bien, y nuestro prójimo por el amor de Dios; y que Dios debe ser amado con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo.

Cuatro sentidos de la escritura

Sin embargo, la meditación sobre los pasajes de las Escrituras debe basarse en una interpretación sólida de las mismas. Es útil darse cuenta de que en la Biblia hay varios sentidos de significado. Estos sentidos transmiten la profundidad del significado que pretende el Autor divino, el Espíritu Santo.

Tradicionalmente se consideran cuatro sentidos de la Sagrada Escritura. El primer sentido se llama sentido literal o histórico. Este se refiere al significado literal de cualquier pasaje en particular. Por ejemplo, cuando el libro del Éxodo habla sobre el momento en que Moisés conduce al pueblo de Israel fuera de Egipto, está hablando de un evento histórico que debe entenderse al pie de la letra. 

El siguiente sentido de la Sagrada Escritura se llama alegórico. Según este sentido, los pasajes particulares de la Sagrada Escritura se entienden en referencia a su cumplimiento en Jesucristo y su Iglesia. Entonces, el pasaje sobre el éxodo de Israel desde Egipto, en el sentido alegórico, se puede entender como referencia de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, a través de su cumplimiento en el «misterio de la Pascua». Particularmente, el cruce del Mar Rojo puede entenderse como un signo o tipo de bautismo cristiano por el cual la Iglesia es conducida fuera de la esclavitud del pecado. 

El tercer sentido de la Sagrada Escritura se llama sentido moral (o tropológico). Según este sentido, pasajes particulares de las Escrituras se entienden como lecciones para la vida moral personal del hombre. Entonces, el paso de Israel desde Egipto, en el sentido moral, puede significar el paso de un hombre de la esclavitud a un pecado en particular. Se puede entender que las maravillas que se realizaron, significan las maravillas de la gracia de Dios, que obran para liberarnos del pecado y la muerte.  

El cuarto sentido de la Sagrada Escritura se llama sentido anagógico. Según este sentido, se entiende que pasajes particulares de las Escrituras señalan nuestro destino eterno. Así, el pasaje que habla de que Israel tiene que pasar por el desierto para llegar a la tierra prometida, en el sentido anagógico, puede entenderse como la necesidad de pasar por pruebas para llegar al cielo.  

Hay muchos ejemplos de cómo se utilizan estos diversos sentidos a lo largo de la Sagrada Escritura. Otro ejemplo claro es cómo la ciudad de Jerusalén se puede entender de cuatro maneras. Según la historia y el sentido literal de las Escrituras, Jerusalén es una ciudad en Palestina. Según la alegoría, significa la Iglesia de Cristo. Según el sentido moral de la Escritura, se refiere al alma del ser humano, que bajo este nombre frecuentemente es reprochado o exaltado por el Señor. Según la anagogía, esa ciudad celestial de Dios «es la madre de todos nosotros».

Tres criterios para la correcta interpretación de las Escrituras

Hay tres criterios que indican si una interpretación de la Escritura es válida o no. Primero, nuestra comprensión de cualquier pasaje particular debe estar a la luz de la unidad de la Sagrada Escritura. Como se dijo anteriormente, una misma Palabra de Dios se extiende a través de toda la Escritura. Por lo tanto, es necesario tratar de formar nuestra comprensión no solo en unos pocos pasajes, sino en el contexto de toda la Escritura.

El segundo criterio para la interpretación correcta de la Escritura, es que se vea a la luz de la Tradición viva de la Iglesia. Es decir, entendemos la Escritura en el contexto de cómo la Iglesia la ha entendido desde el principio. Los escritos de los Padres de la Iglesia, los Concilios, los Catecismos y las costumbres litúrgicas de la Iglesia, dan indicios de la correcta comprensión de los textos de la Biblia. Esto se llama la «Tradición viva» ya que con el paso del tiempo crece la percepción de la Iglesia sobre el significado de la revelación de Dios. Es como la semilla de mostaza que con el paso del tiempo se convierte en una planta grande que no se parece en nada a la semilla original, pero que de hecho está contenida en la semilla.

El tercer criterio para la correcta interpretación de las Escrituras se llama, la analogía de la fe. Con esto se entiende la coherencia de las verdades de la fe entre ellas mismas y en todo el plan de salvación. Es decir, nuestra comprensión de la Escritura debe verse en el contexto de las doctrinas de la fe. San Agustín explicó:

Si un hombre en busca de las Escrituras se esfuerza por llegar a la intención del autor a través del cual habló el Espíritu Santo, si tiene éxito en este esfuerzo o si saca un significado diferente de las palabras, pero no se opone a la sana doctrina, él está libre de culpa siempre y cuando esté respaldado por el testimonio de algún otro pasaje de la Escritura. Porque el autor tal vez vio que este significado específico, descansa en las palabras que estamos tratando de interpretar, y seguramente el Espíritu Santo, quien a través de él pronunció estas palabras, previó que esta interpretación ocurriría al lector, aun mejor, facilitó que ello ocurriera, para que se vea que también está basado en la verdad.

Otros objetos dignos de meditación

Más allá de la meditación sobre la Sagrada Escritura, también podemos disponernos de la Sabiduría de Dios al meditar sobre otras cosas. Por ejemplo, la sagrada liturgia ofrece amplias oportunidades para la meditación. Uno puede ver a la luz de la fe la realidad de nuestra participación en la liturgia celestial y decir con el salmista: “Señor, tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. Sí, yo te contemplé en el Santuario para ver tu poder y tu gloria. Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán. Así te bendeciré mientras viva y alzaré mis manos en tu Nombre.” (Sal. 63, 1-5). 

Además, podemos meditar sobre el misterio de la Iglesia y la misericordia de Dios manifestada a través de las ricas tradiciones de la Iglesia. San Pablo nos dice: “…para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los Principados y a las Potestades en los cielos…» (Ef 3,10). 

Pero aparte de los objetos sagrados, debemos tratar de ver todas las cosas como las obras de Dios creadas para una finalidad eterna. Todas las obras de Dios, incluso las obras de la creación física, se han organizado «en un orden eterno». Esto indica que no existe un orden simplemente arbitrario en la creación, sino un orden divino y sabio. El hombre puede ver más allá de lo físico y transitorio para conocer la eterna sabiduría de Dios. Cristo enseñó a través de parábolas que revelaban, cómo el reino de Dios está representado en la creación: “También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas». Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa». (Mt 13,31, 33). El escritor del Evangelio continúa diciendo: “Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.» (Mt 13, 34-35). Estas cosas relacionadas con el misterio del reino de Dios han estado ocultas en la creación desde la fundación del mundo, y nuestro Señor les señala para sacarlas. Él nos instruye para que miremos las cosas de la creación más atentamente, para ver más allá de ellas, para beber en la luz eterna.  

Cristo ha establecido los medios para abrir las riquezas de la sabiduría de Dios a los hombres. Él envió el Espíritu de la Verdad, para llevar a sus discípulos a toda la verdad. San Pablo escribió:”Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra,” “…de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales.» (1 Cor 2, 6-7, 13). 

Para que podamos adquirir esta sabiduría debemos rezar. « si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos con liberalidad y sin reprochar; y le será dada» (Stg 1, 5). “pero comprendiendo que no podía obtener la Sabiduría si Dios no me la concedía, –y ya era un signo de prudencia saber de quién viene esta gracia– me dirigí al Señor y le supliqué,» (Sab 8,21). Entonces podemos concluir con una oración de la Sagrada Escritura para pedir el gran don de la Sabiduría de Dios.  

Oh Dios de mis padres y Señor de la misericordia, que hiciste todas las cosas con tu Palabra,
y con tu sabiduría has formado al hombre, para tener dominio sobre las criaturas que has hecho,
y gobernar el mundo en santidad y justicia, y pronunciar juicio en rectitud de alma,
dame la sabiduría que se sienta junto a tu trono. Envíala desde los cielos santos,
y desde el trono de tu gloria, envíala para que esté conmigo y trabaje,
y que yo pueda aprender lo que te agrada. (Sab 9, 1-10)

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Congresos

Congreso2005

Obra de los santos Ángeles

Congreso 2 : 11 de junio 2005

Temas:

  1. P. Cornelius Pfeifer, La misión de los ángeles en la economía de la salvación pág. 2
  2. P. Joao Batista Costa e Silva, La colaboración entre ángel y hombre en la vida espiritual         pág. 17
  3. P. Cornelius Pfeifer, Los ángeles en el libro del Apocalipsis pág. 30
  4. P. Joao Batista Costa e Silva, La participación de los ángeles en la liturgia pág. 42

Índice

La misión de los Ángeles en la economía de la salvación

Cornelius Pfeifer, ORC

Índice:

Introducción

  • Los ángeles, delante del misterio de la Santísima Trinidad
    1. relación con el Padre
    2. relación con el Hijo
    3. relación con el Espíritu Santo

2) La participación de los santos Ángeles en la Obra de la Salvación de Cristo

3) Las apariciones de los Ángeles en el AT se ordenaban a la venida del Hijo de Dios en carne mortal
         El Ángel de Yahveh
         Lot y los Ángeles
         La vida de Jacó
         Los Ángeles y la ley

4) Los Ángeles cooperaron durante la vida del Hijo de Dios
            Los amigos del novio
            Los Ángeles recapitulados en Cristo

5) Los Ángeles cooperaron activamente con la Iglesia

  1. los Ángeles en la vida de la joven Iglesia
  2. los Ángeles y lo paganos
  3. Los Ángeles en el misterio de la Iglesia

6) La misión de los Ángeles en la vida sacramental

  1. a) Los Ángeles proclaman el Evangelio
  2. b) Diversas funciones de los Ángeles

7) Nuestra colaboración con los santos Ángeles

            Normas prácticas

Conclusión

Literatura:
Catecismo de la Iglesia Católica (Cat)
DANIELOU, Jean: La misión de los Ángeles según los padres de la Iglesia, Paulinas, Buenos Aires 1998, 2ª ed.
DIEGUÉZ SABUCEDO, Julio: Cristo y la gracia de los Ángeles según Santo Tomás. Estudio de un aspecto concreto de la universalidad de Cristo como principio de la salvación, Roma 2003
Santo Tomás de Aquino: Suma teológica, I, q. 106-119: Sobre el gobierno divino mediato del mundo, São Paulo 1949.
WAGNER, William: The misión of the holy angels in the economy of salvation, Fatima 1984.

La Colaboración entre Ángel y Hombre en la Vida Espiritual 

P. João Batista Costa e Silva

1. una breve caracterización de la vida espiritual del hombre,
2. la ayuda que los santos Ángeles nos pueden prestar en nuestra vida
espiritual,
3. algunos puntos prácticos sobre la colaboración entre Ángel y hombre en lo
que se refiere a la vida espiritual

 

 

Afirmaciones angelológicas del Libro del Apocalipsis

P. Cornelius Pfeifer, ORC
Índice:
1) Introducción
2) Objetivo
3) Como interpretar el libro del Apocalipsis
4) Propiedades del Apocalipsis de San Juan
5) Los diversos grupos de los Ángeles
a) Los siete espíritus
b) Los otros grupos de siete Ángeles
Los Ángeles de las trompetas
Los Ángeles con las tazas de ira
c) Los grupos de cuatro Ángeles
Los cuatro seres vivos
Los cuatro jinetes
Los cuatro Ángeles en los cuatro puntos de la tierra
d) Los grupos de tres Ángeles
e) Los grupos de doce Ángeles
6) Conclusión: La función de los Ángeles en el Apocalipsis
Nuestros conciudadanos futuros


Literatura:
Em comunhao com os anjos nossos irmaos e amigos, Belo Horizonte 2004.
Hahn, Scott: La cena del cordero. La Misa, el cielo en la tierra. Patmos, Libros de
espiritualidad 218.
Michl, Johann: Die Engelvorstellungen in der Apokalypse des hl. Johannes, München 1937.
OA (ed): Väterkommentare zu den Engelstellen in der Apokalypse, escogidos de M.J. Migne Patrología Latinae, Manuscrito 1997. 

La Participación de los Santos Ángeles en la Liturgia
y en la Celebración Eucarística
P. João Batista Costa e Silva
Introducción
I. ¿Qué es Liturgia?
II. La Asamblea litúrgica
III. La participación de los ángeles en la Liturgia y en la celebración Eucarística
Himno Querúbico

Categorías
Retiros

Retiro-5

Retiro de Pentecostés 2020: 5a meditación: Contemplación-1

La Palabra, la Sabiduría de Dios y la Meditación

  1. LA PALABRA Y LA SABIDURÍA DE DIOS

La sabiduría de Dios

«En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios; todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada fue hecho» (Jn 1, 1 -3) .Con estas palabras, San Juan comienza su relato del Evangelio. Aquí él indica la divinidad y la eternidad del Verbo de Dios, y que Dios creó todas las cosas a través de su divino Verbo. Él habló, y todas las cosas llegaron a ser, tanto los cielos como la tierra, tanto las criaturas espirituales como la creación material. Este mismo Verbo, que es el Hijo eterno del Padre, se llama la Sabiduría de Dios como lo atestiguan los Padres de la Iglesia: «Hay un Dios, el Padre del Verbo viviente, que es su Sabiduría inmutable, Poder e imagen Eterna.» 

La Sabiduría de Dios abarca todo lo que existe. Como escribió San Pablo, «el Espíritu busca todas las cosas, incluso las cosas profundas de Dios. (1 Cor 2,10). Al conocerse a sí mismo, Dios también contempla todas las otras cosas que son, fueron, serán o podrían ser. Él las ve a todas en la eternidad de su Palabra. Es decir,Dios no conoce a las criaturas directamente en sí mismas como criaturas, en todos sus movimientos temporales y causas contingentes, tales cosas no fueron la fuente de su conocimiento. Más bien, Dios ve todo en la luz de su propia esencia y su propia causalidad. Esta causalidad divina no solo da existencia a las cosas, sino que también determina la razón (o finalidad) de la existencia de todas las cosas. De esta Sabiduría emanan todas las leyes del universo, y todas las cosas están ordenadas de acuerdo con sus fines apropiados. «Ella llega poderosamente de un extremo de la tierra al otro, y ordena todo bien» (Sab 8, 1) . La Sabiduría de Dios impregna y penetra todas las cosas en la creación «porque ella es un soplo del poder de Dios, y una pura emanación de la gloria del Todopoderoso… un reflejo de la luz eterna, y un espejo impecable de la obra de Dios, y una imagen de su bondad » (Sab 7, 24-26).   

La participación de la creación en la sabiduría

En la creación, Dios ha dotado a los ángeles y a los hombres con el poder del intelecto. Este poder permite a estas criaturas la capacidad de conocer una variedad aparentemente infinita de materias y ciencias. Pero la sublime capacidad y el conocimiento más elevado, que Dios ha ofrecido, tanto a los hombres como a los ángeles, se haya a través de la participación en su Sabiduría divina. La sabiduría es el mayor conocimiento, porque por ella la criatura conoce íntimamente, la Más Alta Causa, Dios. Además de esto, la criatura conoce y juzga otras cosas a la luz de su relación con esta Causa Máxima. En este mismo sentido, los ángeles y los hombres comparten, en diversos grados, el conocimiento de Dios de una manera más elevada y pueden comprender el orden de las cosas según su plan divino.

Dios ha revelado su Sabiduría divina a criaturas inteligentes para formarlas y ofrecerles la plenitud de la vida y la alegría. San Agustín explica:

En el caso de la criatura… vivir no es lo mismo que poseer una vida de sabiduría y felicidad. Porque cuando se aparta de la luz inmutable de la Sabiduría, su vida se llena de locura y miseria, por lo tanto se encuentra en un estado no formado. Su formación consiste en volverse hacia la luz inmutable de la Sabiduría, hacia la Palabra de Dios. La Palabra es la fuente de cualquier ser y vida que este tenga, y a la Palabra debe ir, para vivir sabia y felizmente.

Los ángeles y la sabiduría divina

La revelación de la Sabiduría de Dios se hizo primero a los santos ángeles. El Hijo de Dios, quien es la luz que ilumina a todos los hombres que entran al mundo, fue revelado a los santos ángeles. En relación con  el asunto sobre si recurrieron a la Sabiduría o no, los ángeles fueron llenos de luz de lo contrario se convertirían en oscuridad en sí mismos. Aquellos ángeles que recurrieron a la Sabiduría de Dios experimentaron una formación y una iluminación. San Agustín explica esto en su comentario sobre el libro del Génesis:

Cuando la Sabiduría eterna e inmutable, que no es creada sino engendrada, entra en las criaturas espirituales y racionales, como es habitual que venga a las almas santas, para que con su luz puedan brillar, hay un nuevo estado introducido en la razón que ha sido iluminada, esto puede entenderse como la luz que se hizo cuando Dios dijo: «Que haya luz». Esto supone, por supuesto, que las criaturas espirituales ya existían y fueron anticipadas por la palabra cielo, donde las Escrituras dicen: Al principio Dios creó el cielo y la tierra, y que esto no significa el cielo material sino el cielo inmaterial que está por encima de él. Este cielo se exalta sobre todo lo material, no por su ubicación sino por la excelencia de su naturaleza.

Con la iluminación de los ángeles fieles, la Sabiduría creó sabiduría en ellos. Los ángeles que se volvieron a Dios en su gran prueba recibieron un conocimiento íntimo y experiencial de Dios. A través de ese conocimiento, estuvieron en la capacidad de discernir correctamente, ordenar y juzgarlo todo de forma adecuada.

Acerca de esto, San Agustín explica la división de los seis días de la creación en términos del conocimiento de los ángeles:

Hay una gran diferencia entre el conocimiento de una cosa en la Palabra de Dios y el conocimiento de la misma cosa en sí misma. El primer tipo de conocimiento puede considerarse como perteneciente al día; el segundo tipo a la noche. En comparación con la luz que se ve en la Palabra de Dios, todo conocimiento por el cual conocemos a cualquier criatura en sí misma, puede llamarse correctamente noche… Los santos ángeles… siempre contemplan el rostro de Dios y se regocijan en su Palabra… y en ellos se creó la sabiduría primero que en  todo lo demás. Por lo tanto, ellos sin lugar a dudas, conocen toda la creación, en la cual fueron creados primero, y tienen este conocimiento en la Palabra de Dios mismo, en quien están las razones eternas de todas las cosas hechas en el tiempo, existentes en él, por quien todas las cosas han sido creadas. Y luego tienen este conocimiento en la creación misma, en cuanto  la miran y la relacionan a la alabanza de aquel en cuya verdad inmutable contemplan, como en la fuente de toda la creación, las razones por las cuales las criaturas han sido creadas.

 

Allí el conocimiento que tienen es como el día, y para que la bendita compañía, perfectamente unida por la participación en la misma Verdad, en el primer día creado; entre las criaturas, es aquí en donde su conocimiento es como la noche. Son el día, en la medida en que permanecen firmes en esta Verdad. Porque si los ángeles se volvieran a sí mismos o se deleitaran más en sí mismos que en unión con Él, con quien son felices, caerían hinchados de orgullo. Esto es lo que pasó con el diablo.

La sucesión de la mañana y del atardecer, registrada en el relato de la creación, según esta explicación de San Agustín, obviamente no se refiere a los días que experimentamos, los cuales se miden por la rotación de la tierra. Esta sucesión tampoco implica un paso del tiempo. Pues los ángeles pueden contemplar lo que se llama el conocimiento de la creación de la mañana y de la tarde de una sola mirada, al mismo tiempo. La sucesión que se menciona en el relato de la creación, no se refiere a la sucesión temporal, sino al orden en que la creación fue revelada a los ángeles. Este orden no sigue el orden real en el que se crearon las cosas, sino que sigue otra lógica.

Esta explicación de San Agustín demuestra claramente la naturaleza de la sabiduría creada en general, y la sabiduría angélica en particular. La sabiduría creada es el conocimiento más vivido y perfecto que ve a Dios, y todas las demás cosas a la luz de la Palabra de Dios. Lo sabe todo de acuerdo con la divina idea eterna. Es solo bajo esta luz que la criatura puede comprender completamente el significado de cada cosa que existe, y la finalidad para la que fue hecha.

El hombre y la sabiduría divina

Cuando algunos de los ángeles se apartaron de la Sabiduría y la Palabra de Dios, se separaron de la luz y se convirtieron en oscuridad. A partir de ese momento decisivo en adelante, comenzó la lucha entre la luz y la oscuridad, entre la Sabiduría eterna y la falsa sabiduría que es la locura oscura. Los hombres han sido llevados a esta lucha y se han convertido en algunos de los jugadores clave en este drama.

Dios creó al hombre con la capacidad de recibir sabiduría y con el anhelo de poseer sabiduría. Pero en lugar de esperar y estar expectantes por adquirir la Sabiduría de Dios, a través de la obediencia, el hombre recurrió a la falsa sabiduría que Satanás le presentó como efecto de la desobediencia. Está registrado en el libro de Génesis:

 “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella» (Gen 3, 6). El engañador presentó el árbol prohibido a Eva como algo deseable para hacerlos sabios. El deseo de sabiduría fue quizás, el más fuerte atractivo. Por ello, en lugar de recibir luz, vida y crecimiento, de cara a la Sabiduría eterna, el hombre se apoderó del fruto de la desobediencia y su intelecto se oscureció, se deformó en la voluntad y la muerte entró en el mundo.  

Sin embargo, «incluso cuando desobedeció [a Dios] y perdió [su] amistad, [Dios] no lo abandonó al poder de la muerte, sino que ayudó a todos los hombres (énfasis agregado) a buscarlo y encontrarlo». Sin embargo, Dios ciertamente concedió gracias especiales a Abraham y sus descendientes, Dios ayudó a todos los hombres a buscarlo y encontrarlo, dándoles cierto grado de acceso a su Sabiduría. Esto se logró en diversos grados y por diversos medios. La sabiduría ha sido ofrecida a los hombres según el orden natural de su inteligencia y por medio de una revelación sobrenatural. Como explica el Catecismo:    

Por razones naturales, el hombre puede conocer a Dios con certeza, sobre la base de sus obras. Pero hay otro orden de conocimiento al que el hombre no puede llegar por sus propias fuerzas: el orden de la Revelación divina. A través de una decisión totalmente libre, Dios se ha revelado y se ha entregado al hombre. Esto lo hace al revelar el misterio, su plan de amorosa bondad, formado desde toda la eternidad en Cristo, para el beneficio de todos los hombres. Dios ha revelado completamente este plan enviándonos a su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo (CCC 50). 

La sabiduría de los gentiles

Para aquellas personas que no recibieron la revelación sobrenatural, Dios plantó las «semillas de la Palabra (Logos)» en cada raza de hombres. Es decir, con la ayuda de sus santos ángeles, Dios iluminó a los pueblos del mundo, en la medida de su docilidad. De esta manera, se plantaron elementos de su sabiduría entre todos los pueblos. Estas semillas fueron cuidadas y cultivadas por el trabajo de los santos ángeles asignados a cada una de las naciones. Pero debido a los efectos del pecado original, con demasiada frecuencia, incluso estos elementos de la sabiduría de Dios se expresaron con mucho error y confusión.

La sabiduría que la gente de las naciones gentiles pudo adquirir fue una sabiduría filosófica natural. Un buen ejemplo es la metafísica de Aristóteles. Él mismo describe la ciencia de la metafísica como «divina» por dos razones: 

Porque la ciencia más apropiada que Dios tenga, es divina entre las ciencias; y de la cual su objeto es divino, si ese es el caso, son igualmente divinos. Ahora bien, nuestra ciencia tiene precisamente estos dos aspectos: por un lado, se cree que Dios es una de las razones de todas las cosas y, en cierto sentido, un comienzo; por otro lado, esta clase de ciencia sería la única clase o la más apropiada de poseer por parte de Dios.

A través de tales disciplinas filosóficas, muchos no israelitas pudieron adquirir cierto conocimiento de un ser supremo que es divino, eterno y un espíritu puro, que gobierna todas las cosas por su amor. A esta sabiduría filosófica se unió la sabiduría de las religiones naturales, por la cual los hombres llegaron a ciertas verdades acerca de Dios. San Esteban se refiere a esto cuando habla de Moisés. «Y Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios, y fue poderoso en palabras y hechos» (Hechos 7,22). 

La sabiduría del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento

Con el Pueblo Elegido de Dios, la Sabiduría fue dada a través de las revelaciones a los profetas y hombres santos. El libro de la Sabiduría describe cómo trabajó la sabiduría con Noé, Abraham, Jacob, Moisés, etc. (cf. Sab. 10-11). «En cada generación, ella pasa a las almas santas, las hace amigas de Dios y profetas, porque Dios no ama nada tanto como al hombre que vive con sabiduría» (Sab 7, 27-28). El pueblo de Israel entendió especialmente la revelación de la Ley como un don de la sabiduría divina:  

 

“La sabiduría se alaba a sí misma, habla con orgullo en medio de su pueblo;  delante de la asamblea del Altísimo y de sus ángeles, dice con orgullo: «Yo salí de la boca del Altísimo y cubrí la tierra como bruma.  En el cielo tenía mi habitación; mi trono estaba sobre una columna de nubes.  Yo sola recorrí la bóveda celeste y atravesé lo más hondo del abismo. Reiné sobre las olas del mar, en la tierra entera y en todos los pueblos y naciones.  En todos esos lugares busqué un hogar, un sitio donde poner mi residencia. Entonces el que me hizo a mí y a las demás cosas decidió dónde debía yo residir, y me dijo: “Pon tu residencia en Israel, vive en el pueblo de Jacob. ”Él me creó al comienzo, antes del mundo, y nunca dejaré de existir. ”  “El que me hace caso no fracasará; el que se conduce con sabiduría no pecará. » Todo esto es el libro de la alianza del Dios altísimo, la ley que promulgó Moisés para nosotros, la herencia del pueblo de Jacob. Esta ley está llena de sabiduría como el río Pisón, o como el Tigris en la primavera” (Sir 24, 1,9, 22-23). 

La sabiduría como reconocimiento de la ley, indica que no es simplemente un conocimiento de Dios y la creación. También es un conocimiento que ordena el juicio de una persona de acuerdo con la ley de Dios. Así, Santo Tomás dice: «La sabiduría es una cierta rectitud de juicio de acuerdo con la Ley Eterna».

Más allá de la sabiduría de la ley de Moisés, estaba la sabiduría de Salomón, que fue otorgada por el favor divino (cf. 1 Reyes 3, 3-14). La sabiduría de Salomón le proporcionó la capacidad de hacer justicia para gobernar a su pueblo de manera justa. También le dio la capacidad de completar tres mil proverbios “Pronunció tres mil proverbios y compuso mil cinco poemas. Habló acerca de los árboles y las plantas, desde el cedro del Líbano hasta la hierba que crece en las paredes; también habló sobre los animales, las aves, los reptiles y los peces. De todas las naciones y reinos de la tierra donde habían oído hablar de la inteligencia de Salomón, venía gente a escucharlo». (1 R 4, 32-34). Junto con la sabiduría de Salomón se reunió lo que después se llamaría la «Literatura de la Sabiduría» del Antiguo Testamento. Libros como Eclesiastés, Sabiduría, Proverbios y Sirácides, constituyen un cuerpo de sabiduría para que el Pueblo de Dios medite e intente incorporar en sus vidas.  

Adicionalmente, se dio la sabiduría de los profetas en el Antiguo Testamento. El Concilio Vaticano II dijo: «… al escuchar la voz de Dios que le hablaba a través de los profetas, [Israel] tenía que comprender diariamente sus caminos de manera más completa y clara, y hacerlos más conocidos entre las naciones». De esto parece que los profetas ayudaron al pueblo de Israel a desarrollar una comprensión más profunda de las doctrinas acerca de Dios. De esta manera, se desarrolló una especie de «doctrina sagrada» o teología. Este estudio trata la causa más elevada de todas las cosas, a saber, Dios, como el Principio último, la causa última. Se llama propiamente sabiduría, ya que la sabiduría es la virtud intelectual que considera el más alto y decisivo principio, y a la luz de ese principio, es capaz de formar un juicio más seguro sobre otras cosas, y de esta manera es capaz de establecer todas las cosas en orden correcto. Esta sabiduría teológica se basa en los hechos de la revelación sobrenatural, pero la examina por razones naturales, ayudada por la gracia que sostiene la virtud sobrenatural de la fe, para llegar a ciertas conclusiones.

La revelación del Antiguo Testamento se orientó a la preparación para la plenitud de la revelación en el nuevo y eterno pacto. «Estos libros, a pesar de que contienen aspectos imperfectos y provisionales, nos muestran auténticas enseñanzas divinas. Los cristianos deben aceptar con veneración estos escritos que expresan un sentido vivo de Dios, un depósito de enseñanzas sublimes sobre Dios y buen juicio sobre la vida humana».

La encarnación de la sabiduría eterna

Luego, en la plenitud de los tiempos, Dios habiendo hablado de muchas maneras con nuestros padres (cf. Hebreos 1, 1), eligió hablarnos a través de su Palabra eterna, a través de la cual todas las cosas fueron hechas. San Ireneo escribe sobre esto en el siglo II del cristianismo: 

La Palabra, que existió en el principio con Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, quien también estuvo siempre presente con la humanidad, estuvo en estos últimos días, de acuerdo con el tiempo designado por el Padre, unido a su propia obra, en la medida en que él se convirtió en un hombre susceptible al sufrimiento.

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). A través de la Encarnación de la Sabiduría Divina, Dios se ha revelado de la manera más perfecta posible. La vida entera de Cristo habla la Palabra de Dios, cada acción es Sabiduría de Dios. Las enseñanzas de Cristo son la cumbre de la revelación divina. Comprenden lo que San Pablo llama «las riquezas inescrutables de Cristo» (Ef. 3, 8).  

Además de llevar la revelación a la perfección, mediante su vida, enseñanza, pasión y resurrección gloriosa, Cristo prometió llevar a sus discípulos a la plenitud de la verdad mediante el envío de su Espíritu Santo. Con el don del Espíritu Santo, se agregó una dimensión completamente nueva a la participación del hombre en la Sabiduría Divina de Dios. Como todas las virtudes, la virtud de la sabiduría está bajo la dirección de la propia razón del hombre, y de acuerdo con un modo humano de actividad. Pero el don de la Sabiduría es categóricamente distinto, ya que se ejerce bajo la dirección inmediata del Espíritu Santo, y de acuerdo con un modo divino de actividad, «… como si el hombre, bajo el impulso del Espíritu Santo, ya no actuara humanamente, sino que se convirtiera en Dios por participación”. Todos los dones del Espíritu Santo le dan al hombre una cierta connaturalidad con Dios. Es decir, el hombre no procede arduamente ni por medio de un pensamiento discursivo racional, cuando actúa bajo la influencia de los dones, sino de manera rápida e intuitiva por un «instinto especial que procede del Espíritu Santo».

La «connaturalidad» o simpatía con lo divino que es típica de los dones del Espíritu Santo alcanza su perfección en el don de la sabiduría. El don de la sabiduría está relacionado con la virtud de la caridad. Como dice un escritor: «Hay una analogía notable entre el objeto de la caridad y el objeto de la sabiduría. El objeto de la caridad es Dios mismo, en su infinita bondad; el objeto de la sabiduría es esa misma bondad, pero como experiencia, como algo apreciado. A través de la caridad amamos a Dios en sí mismo; a través del don de la sabiduría, conocemos su infinita bondad porque la probamos y experimentamos… Si pudiéramos, por así decirlo, entrar en Dios y mirar a través de sus ojos, veríamos las cosas de una manera divina. Y así es con las cosas que se ven con el don de la sabiduría: estas se ven en Dios, se ven desde las alturas». Por esta razón se dice:

El conocimiento que el don de la sabiduría le da al alma es incomparablemente superior a todas las ciencias humanas, incluso a la teología, que ya posee algo sobrenatural. Por esa razón, un alma simple y sin educación que carece del conocimiento teológico adquirido por el estudio, a veces puede poseer, a través del don de la sabiduría, un conocimiento profundo de las cosas divinas, lo que causa asombro incluso a los teólogos eminentes.

Este don de sabiduría en los hombres es idéntico a la participación en la sabiduría divina recibida por los ángeles, que describimos cuando hablamos del «conocimiento matutino» de los ángeles. Todo se ve en la luz brillante de la Palabra de Dios. Es este regalo el que trae la contemplación sobrenatural a la perfección en esta vida.

 

Efectos característicos del don de la sabiduría

La persona que tiene el don de la Sabiduría lo ve todo desde el punto de vista de Dios, tanto lo relacionado con los pequeños detalles de la vida cotidiana, como aquello que tiene que ver con las cuestiones más importantes. Tal persona puede ver la mano de Dios en todos los eventos que le suceden. Es capaz de ver más allá de las causas secundarias y juzga los eventos a la luz de la Causa más alta y primera que gobierna y rige todas las cosas «fortiter et sauviter» (fuerte y suavemente). Adoptan la política expresada por San Luis Gonzoga: «Quid hoc ad aeternitatem?» (¿Qué es esto para la eternidad?)

Tal persona es capaz de soportar la adversidad con perfecta paciencia. Como se dice de la Beata Isabel de la Trinidad, las mayores pruebas y sufrimientos no pudieron molestarla por un momento. «Sin importar las desgracias que le sucedieron, ella permaneció imperturbable  y tranquila como si su alma ya estuviera en la eternidad».

Además, el alma que tiene este don de sabiduría vive en constante unión experiencial con las tres Personas de la Trinidad. «Si los deberes de estado en la vida lo exigen, se entrega externamente a todo tipo de trabajo, incluso el trabajo más absorbente, con una actividad increíble; pero en el centro más profundo del alma, como San Juan de la Cruz solía decir, se experimenta y percibe la compañía divina de los Tres, y no los abandona ni por un instante».

Más allá de esto, la sabiduría eleva la virtud de la caridad al heroísmo. La persona que posee este don ama a Dios con tal intensidad que está realmente dispuesta a sufrir cualquier cosa para servirle y complacerle. Demuestran el ardor de su deseo no solo en sus palabras, sino en sus propias acciones. Su caridad también se extiende al amor por su prójimo. «Aman a su prójimo con una profunda ternura que es completamente divina y sobrenatural. Sirven a su prójimo con abnegación heroica, que al mismo tiempo está llena de naturalidad y simplicidad». Este mismo amor también se dirige a toda la creación de Dios. «San Francisco de Asís abrazaba a un árbol como a una criatura de Dios, y deseaba abrazar a toda la creación porque venía de la mano de Dios».

A partir de esta breve descripción de la sabiduría, como un don del Espíritu Santo, podemos tener una idea de la grandeza de las perspectivas abiertas para el hombre en Jesucristo. Cristo ha venido a establecer o a restablecer, deberíamos decir, la posibilidad de que el hombre disfrute más plenamente de la sabiduría divina en esta vida. Pero ahora, habiendo visto las diversas formas en que el hombre puede participar en la sabiduría de Dios, ahora tenemos que considerar los medios por los cuales el hombre puede llegar a esta participación.