Cartas de formación - preparación a la CAG
CAG – Consagración al Ángel de la Guarda
5a carta
Quinta carta de formación preparación a la CAG
La dirección fundamental de la ADORACIÓN
Querido(a) candidato(a):
Las siguientes cuatro cartas de formación tratarán de las cuatro direcciones fundamentales en la Obra de
los Santos Ángeles. Son cuatro caminos para llegar a la unión con DIOS:
– la Adoración a DIOS, es nuestro primer deber como criaturas,
– la Contemplación de la Palabra de DIOS y de Sus obras salvíficas,
– la Expiación en unión con el sacrificio de la Cruz de CRISTO y, finalmente,
– la Misión, el apostolado, nuestra colaboración activa en la difusión del Reino de DIOS en la tierra.
La adoración es la primera dirección fundamental en la Obra de los Santos Ángeles. Cuanto más nos
dejemos guiar por el Santo Ángel, tanto más despertará en nosotros el deseo y el ansia de adorar a DIOS en nuestra vida, en la vida diaria y, sobretodo, en la Santísima Eucaristía. Con el Santo Ángel podemos aprender a ser verdaderos “adoradores del PADRE”, adorando a DIOS “en espíritu y verdad” (Jn 4,24). ¿Pero qué significa realmente adorar a DIOS?
Requisitos para hacer la Consagración al Santo Ángel de la Guarda
La Consagración al Santo Ángel de la Guarda tiene, principalmente, como objetivo, el bien espiritual de la propia persona. El Santo Ángel de la Guarda nos ayuda, personalmente, en nuestra vida de fe; él nos guía para que podamos vivir, cada vez mejor, la vocación que DIOS nos ha dado y, así, llegar a la salvación eterna. Esto comprende también nuestra santificación personal.
Por lo tanto, los candidatos deben ser idóneos para las áreas fundamentales de la vida cristiana y para la práctica de las virtudes:
- Deben ser constantes en la vida de fe y en la recepción de los sacramentos;
- Deben tener una vida personal de oración consolidada (por ejemplo: oración de la mañana y de la noche, el santo rosario y lectura espiritual);
- Deben tener un conocimiento básico sobre la naturaleza y el servicio del Santo Ángel de la Guarda;
- Deben tener una comprensión básica de la espiritualidad de la Obra de los Santos Ángeles y aceptarla de buen grado.
Debe existir un deseo sincero de crecimiento en la amistad personal y en la colaboración con el Santo Ángel de la Guarda, de modo que los candidatos se esfuercen, cada vez más, por tomar sus decisiones y regir sus vidas a la luz de la fe y no según el espíritu y la sabiduría del mundo.
Tareas para este mes:
- Haz un esfuerzo en este mes para mantener la perseverancia en tu vida de fe (especialmente en la oración, como p. ej.: rosario diario, la oración del “Angelus”, etc.) y de recibir los sacramentos (si es posible confesión mensual, comunión diaria), mira el párrafo: “Requisitos para hacer la Consagración al Santo Ángel de la Guarda”.
- Los Ángeles eran venerados en la Iglesia desde el inicio. Para eso, por favor, medita en la Biblia: Hechos de los apóstoles 12,1-17.
- Continúa rezando, diariamente, las oraciones ya indicadas en las últimas cartas de formación.
- Intenta en la oración personal y en el hablar con tu Ángel, ir creciendo en la amistad y en el amor para con él.
La primera dirección fundamental: la Adoración.
Adorar a DIOS no significa otra cosa que reconocerlo como DIOS. El conocimiento de DIOS es el primer paso: ¡conocer a DIOS! La adoración es el segundo paso: reconocer a DIOS. No basta solamente conocer a DIOS, debemos también reconocerlo como DIOS, aceptar lo que se ha conocido sobre Él y ponerlo en práctica en nuestra vida – es decir, asumir las consecuencias de lo que se conoce. Una cosa es saber que DIOS es el Creador y que nosotros somos sus criaturas – y otra cosa es reconocer eso, afirmarlo.
Por eso, la adoración a DIOS es también una exigencia del primer mandamiento: “Al Señor, tu DIOS, adorarás y sólo a Él prestarás culto” (Cat. 2083). El Catecismo de la Iglesia Católica explica, en el capítulo sobre el primer mandamiento, lo que significa adorar: “La adoración es el primer acto de virtud de la religión. Adorar a DIOS es reconocerlo como DIOS, como Creador y Salvador, el Señor es el dueño de todo lo que existe, el Amor infinito y misericordioso” (Cat. 2096).
Y más aún: “Adorar a DIOS es, con respeto y en la sumisión absoluta, reconocer ‘la nada de la criatura’, que no existe a no ser por DIOS. Adorar a DIOS es como MARÍA en el Magnificat, alabarlo, exaltarlo y humillarse a sí mismo, confesando con gratitud que Él hizo grandes cosas y que su nombre es santo (cf. Lc 1,46-49)” (Cat. 2097).
La Adoración: esencia de los Santos Ángeles.
En el Evangelio de San Mateo leemos: “Cuídense de menospreciar a uno solo de estos pequeños, porque yo les digo que sus Ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi PADRE que está en los cielos” (Mt 18, 10). El Papa San Juan Pablo II explica esta parte:
“Este ‘contemplar sin cesar el rostro del PADRE’ es la manifestación más alta de la adoración a DIOS. Puede decirse que constituye aquella ‘Liturgia celeste’, celebrada en nombre de todo el universo y a la cual se asocia incesantemente la Liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Basta recordar aquí el acto con que la Iglesia, diariamente y a cada hora, en el mundo entero, en el inicio de la Oración Eucarística, en el corazón de la Santa Misa, invoca a los ‘Ángeles y Arcángeles’, para cantar el gloria a DIOS tres veces Santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de DIOS, en el culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de Su Santidad”
(Audiencia General del 06 de agosto de 1986).
San Juan Evangelista pudo contemplar cómo los Santos Ángeles viven en la adoración a DIOS.
Arrebatado por el ESPÍRITU, él pudo contemplar y vivenciar la adoración celeste. Leemos en el libro del Apocalipsis: “Y todos los Ángeles estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes; se postraban rostro en tierra delante del trono y adoraban a DIOS, diciendo: ¡Amén, alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro DIOS por los siglos de los siglos! Amén” (Ap 7, 11-12).
Romano Guardini, el gran teólogo, comentó con respecto a este pasaje de la Sagrada Escritura: “Aquí se trata de creaturas que no son sino adoración, que no son capaces sino de adorar –y, todavía, actuando así, pueden cumplir el ‘uno’ y el ‘todo’.”1
La negativa a la adoración por parte de los ángeles caídos
La adoración no es cualquier “acción” de los Ángeles, sino que es un “acto determinando del ser” de estos espíritus celestes, a través del cual son admitidos eternamente en la gloria de DIOS. Por otra parte, la caída de los Ángeles, en última instancia, sólo fue por su negativa a adorar a DIOS. Por eso, la primera tentación del diablo y de los ángeles caídos es siempre esta: negarse a adorar a DIOS, el Creador, y colocarse a sí mismos en el lugar de DIOS. En el Evangelio de San Mateo leemos como el diablo tentó a JESÚS:
El demonio lo transportó una vez más, a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
Te daré todo esto si postrándote delante de mí, me adoras. JESÚS le respondió: Atrás Satanás, pues está escrito:
“Adorarás al Señor tu DIOS, y sólo a Él servirás”. (Dt 6,13; cf. Mt 4,8-10)
“Non serviam” – “no quiero servir”, esta decisión de los ángeles caídos es totalmente opuesta a la adoración de los Ángeles, la cual es una continuación eterna de su alegre “sí” a DIOS y a Su voluntad. Una vida en la adoración a DIOS, según el modelo de los Santos Ángeles significa, por lo tanto, una actitud fundamental en nuestra vida, una orientación fundamental a DIOS y solamente a DIOS, como Creador y Señor de nuestra vida. Solamente a Él le es debida esa adoración. Sin embargo, en nuestra vida hay, a veces también otros “dioses”, ídolos, con mayor exactitud, que “adoramos” consciente o inconscientemente: la televisión, las vacaciones, el carro, la propia reputación y apariencia, etc. Casi todas las personas tienen pequeños ídolos que adoran. Los Santos Ángeles siempre nos enseñan que no podemos preferir nada ni a nadie antes que a DIOS y que solamente a Él se le debe adoración. El Catecismo de la Iglesia Católica dice:
La adoración al DIOS único, libra al hombre de cerrarse en sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo. (Cat. 2097)
La vida humana se unifica en la adoración al único DIOS. El mandamiento de adorar al único Señor simplifica al hombre y lo libra de una dispersión infinita. (Cat. 2114)
La adoración: una actitud de vida
Así como los Ángeles viven en continua adoración y transforman toda su existencia en adoración, del mismo modo, quieren conducirnos también en esa dirección, es decir, transformar toda nuestra vida en adoración a DIOS. Pues adoración es, en realidad, mucho más que sólo actos singulares de adoración, oraciones aisladas o, por ejemplo, una hora de adoración eucarística.
En su sentido más profundo, adoración significa “entrega de sí mismo a DIOS” (cf. Cat. 1078). Adoración es una actitud de vida, una manera de vivir. En este sentido, escribe el apóstol San Pablo a los Tesalonicenses: “¡Recen sin cesar!” (1 Tes 5, 17). Y el Papa San Juan Pablo II dice: “Que no termine nunca nuestra adoración” (Dominicae cenae 3).
Desde el inicio, el Señor condujo a nuestra Madre Gabriela por medio de los Santos Ángeles a una “vida de adoración”. Sin embargo, eso no significa que la Madre Gabriela, exteriormente estuviera siempre sumergida en la oración. Los Santos Ángeles le enseñaron a hacer de su vida entera una adoración a DIOS.
En las cosas y deberes más simples de la vida diaria, así como en las dificultades y pruebas, ella sabía alabar y bendecir a DIOS.
Para poder adorar a DIOS de manera digna y auténtica, debemos vivir como corresponde. Alguien que vive en pecado no puede adorar a DIOS desde el fondo de su corazón. Por lo tanto, el primer paso para una vida de adoración, es una ruptura radical con el pecado.
San Basilio decía: “Así como el humo espanta a las abejas, de la misma manera el pecado espanta a los Ángeles”. La vida en pecado es, exactamente, lo opuesto de una vida de adoración a DIOS, de una vida en estado de gracia. Los Santos Ángeles se esfuerzan constantemente en apartarnos y guardarnos del pecado. Y al mismo tiempo se esfuerzan mucho para que permanezcamos unidos a DIOS a través de la oración. Cierta vez, Santa Teresa de Calcuta aplicó una comparación muy bella del Evangelio a la oración:
“Si el ramo no está unido a la vid, morirá. Esta unión del ramo a la vid es la oración, sobre todo en domingo. Cuando esta unión está presente, entonces el amor existe, así como la alegría. Así seremos la luz del sol del amor de DIOS, la esperanza de la eterna bienaventuranza, la llama del amor ardiente”.
El silencio: pre-requisito para la oración íntima
Otra condición para una vida de oración según el modelo de los Santos Ángeles es el silencio. Santa Madre Teresa decía:
“Rezar se vuelve difícil cuando alguien no sabe cómo debe rezar. Para poder rezar necesitamos aprender a silenciar. Personas capaces de rezar son personas que aman el silencio”.
También el Papa Benedicto XVI señala la importancia de cultivar el silencio y así llegar a una relación profunda con el Señor:
“En la vida de hoy, con frecuencia ruidosa y dispersa, es importante como nunca, recuperar la capacidad del silencio interior y del recogimiento: la adoración Eucarística lo permite, no sólo alrededor del “yo”, sino en compañía de aquel “Tú” lleno de amor, que es JESUCRISTO, “el DIOS que está cerca”. (Oración del Angelus, 10 de junio de 2007)
La Adoración Eucarística
El acto más elevado de adoración es el sacrificio de la Santa Misa, en la cual, unidos con CRISTO y en comunión con los Santos Ángeles, ofrecemos al PADRE nuestra adoración y nuestro agradecimiento. El culto de la Eucaristía fuera de la Santa Misa es una continuación de esta adoración. También ésta es de valor inestimable. San Alfonso María de Ligório escribió: “La devoción de adorar a JESÚS sacramentado es, después de los sacramentos, la primera de todas las devociones, la más agradable a DIOS y la más útil para nosotros”.3
Los Santos Ángeles, “que son sólo adoración”, nos transmiten la gracia de ser atraídos hacia la adoración, nos hacen sentir un ansia de adorar al Señor y reparar las ofensas cometidas contra Él, justamente en el sacramento del Amor. El Papa San Juan Pablo II escribió:
“La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto Eucarístico. JESÚS nos espera en este Sacramento del Amor. No seamos avaros con nuestro tiempo para ir a encontrarnos con Él en la adoración, en la contemplación llena de fe y lista para reparar las grandes culpas y los crímenes del mundo. Que no termine nunca nuestra adoración”. (Dominicae Cenae, 3)
No pensemos que la adoración, como forma concreta de oración, es complicada. Es exactamente lo contrario. De hecho, lo único que debemos hacer es estar presentes, con todo nuestro ser, junto al Señor, sin que sea necesario decir muchas palabras elocuentes. El Señor nos conoce así como somos, y Él quiere que también junto a Él, durante el tiempo de adoración, seamos exactamente como somos. Y con seguridad el Señor se alegra mucho más cuando simplemente estamos presentes, con todo nuestro ser y con corazón indivisible, que si pronunciáramos muchas palabras bonitas, pero sin estar presentes con todo nuestro ser.
Santa Teresita del Niño JESÚS confesó una vez: “Cuando me arrodillo delante del tabernáculo, no tengo nada más que decir al Señor que esto: ‘¡Señor, Tu sabes que Te amo!’ Y siento que eso nunca lo inoportuna.”4
Si quisiéramos vivir, cada vez más, una vida de adoración, deberíamos también expresarlo concretamente, por ejemplo, rezando el “Sanctus”, el tres veces “Santo”, que es la oración de los Santos Ángeles por excelencia. Lo sabemos del rito de la Santa Misa, donde es cantado o rezado en la Oración Eucarística. Esta oración fue sacada de la adoración de los serafines en Isaías 6,2-3: “Arriba de él se erguían serafines, cada uno con seis alas. Dos les cubrían el rostro, dos el cuerpo, y dos servían para volar. Exclamaban uno al otro: ‘Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de Su gloria’” (cf. Ap 4,8).
La Madre Gabriela rezaba esta oración muchas veces durante el día, especialmente antes de decisiones y conversaciones importantes, y con eso imploraba la ayuda de los Santos Ángeles. Ella decía: “Cada «Sanctus» que pronuncias santifica el lugar donde te encuentras y el tiempo en el que vives.” Todos los que pretenden consagrarse a su Santo Ángel de la Guarda, deberían conocer esta oración de memoria, en español y en latín, interiorizarla y rezarla muchas veces durante el día:
Oración:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Santo, Santo, Santo,
Dóminus Deus Sábaoth, ¡Es el Señor, DIOS del universo!
pleni sunt cæli et terra glória Tua. Llenos están el cielo y la tierra de Su gloria.
Hosánna in excélsis! ¡Hosana en el cielo!
Benedíctus qui venit in nómine Dómini ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Hosánna in excélsis! ¡Hosana en el cielo!
