Categorías
Cartas Circulares

CC81 – caminar con el Angel

¡Te deseamos muchas bendiciones y crecimiento unido(a) a tu Santo Ángel de la Guarda!

Caminar con el Ángel

Caminar con y como el Ángel

           Al comienzo de este año litúrgico meditamos sobre tres formas de ser en la Obra de los Santos Ángeles. En los tiempos de Adviento y Navidad meditamos en cómo ser niños delante de Dios Padre y nos esforzamos por vivir esta infancia espiritual a través de la pobreza de espíritu, el desprendimiento, la sencillez y la confianza filial en la providencia paternal de Dios, de la mano de nuestro Ángel de la guarda.

Durante la Cuaresma aprendimos más acerca de ser sacerdotes en unión con Cristo, de cómo es el Hijo ante el Padre y del ejercicio de nuestro sacerdocio común en Cristo a través de los sacrificios, de la oración de intercesión y de la expiación por las almas.

Ahora, en el tiempo después de Pentecostés, queremos aprender más acerca de ser como el Ángel ante Dios Espíritu Santo. Los Ángeles, en cuanto espíritus puros, están ordenados de manera especial al Espíritu Santo; son Sus siervos y enviados, “para ayudar a los que han de heredar la salvación” (Hb 1,14). Los Ángeles, por lo tanto, en este tiempo de la eficacia de Pentecostés (el tiempo ordinario del año litúrgico) nos enseñan cómo recibir y hacer uso de los dones y gracias del Espíritu Santo, a quien Cristo envía a la Iglesia en Pentecostés. Nos quieren ayudar a ser como ellos: servidores y luchadores por Dios y Su Reino.

 Volverse como el Ángel

Hay movimientos en la Iglesia que promueven la devoción a los santos Ángeles e invitan a rezarles implorando su ayuda en las necesidades. En el Opus Angelorum vamos más allá: a través de nuestras consagraciones estamos llamados a hacer todas las cosas con el Ángel y como el Ángel, a llegar a ser consiervos suyos (cfr. Apc 19,10; 22,9). Cuanto más dejemos que el Ángel nos guíe y nos forme, tanto más nos convertiremos en un “ángel de la guarda” de los que nos rodean.

       Al ser llamados por Dios, ingresamos, por Su gracia, en las filas de los santos Ángeles y nos unimos a ellos en el cumplimiento de la misión de trabajar por el bien de las almas. Cuanto más nos abrimos a la ayuda angelical, tanto más eficazmente nos pueden ellos purificar, iluminar y guiar hacia la santidad. Si seguimos sus inspiraciones, con ellos nos volveremos instrumentos de Dios para la edificación de Su Reino en la tierra.

 Aprender de los Ángeles el santo temor del Señor

           Lo primero que los Ángeles quieren enseñarnos es el santo temor del Señor, la humilde reverencia y sumisión a Dios y Su voluntad. Creaturas pecadoras, tanto el hombre como el ángel caído temen a Dios en el sentido de que sufren terror o miedo, ansiedad por la culpa y temor al castigo. Por el contrario, el Ángel fiel conoce el temor del Señor solo en el sentido de la reverencia.

La raíz de la reverencia es el claro reconocimiento de la gran distancia que existe entre el Creador y Su creatura; de este conocimiento surge la gratitud, no sólo porque Dios existe, sino también porque a través de Él la creatura también puede existir, puede amarlo y puede servirle, y esto último es lo que incondicionalmente desea hacer.“Esta es la forma en que se desarrolla el temor del Señor: primero, la creatura debe conocer a Dios (saber que Dios existe); entonces, debe reconocer a Dios como su Señor, y luego debe someterse a Él (a Su voluntad) en reverencia, amor y obediencia” (Madre Gabriela, Lecturas del año I).

La primera gran prueba de las creaturas —de los Ángeles— fue una prueba en el temor del Señor, y tal vez un tercio de los Ángeles cayó, porque no quiso aceptar y subordinarse al plan y la voluntad de Dios. El profeta Jeremías describe la actitud de los demonios así: “Porque desde hace tiempo has quebrado tu yugo y has roto tus ataduras, y dijiste: ‘¡No serviré!’” (Jer 2,20a). Cuán decisivo fue el temor del Señor en las contrastantes consecuencias de la prueba de los Ángeles: felicidad eterna y luz para los Ángeles temerosos de Dios; eterna condenación para los espíritus réprobos.

A los hombres, Dios también dio orden de temerlo al darles Sus dos primeros mandamientos: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. No tendrás otros dioses delante de Mí. […] No los adorarás ni los servirás. Porque Yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que Me aborrecen, […] No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque él no dejará sin castigo al que lo pronuncie en vano” (Éx 20,2.3.5.7).

El Ángel nos ayuda a alcanzar la gracia de Pentecostés al introducirnos en su luz, que, si somos receptivos, baja a nuestro entendimiento para que podamos estar de buen grado como creaturas ante su Creador, porque llegamos a percibir aún más profundamente la grandeza de Dios y nuestra propia pequeñez, y así podemos crecer rápidamente en humildad. La apertura al Espíritu, la docilidad en espíritu —también al Ángel— es la clave para el desarrollo de los dones del Espíritu dentro de nosotros.

Aprender a orar como el Ángel y con el Ángel

El Ángel nos enseña aún más la necesidad de la oración y cómo orar, a fin de que podamos recibir la fuerza y la luz para poder someternos a la voluntad de Dios, incluso cuando esto significa sufrimiento o sacrificio. En la oración no debemos “parlotear como un ‘molino de oración’, sino elevar nuestra alma a Dios, para sumergirnos en Él y conversar con Él”. También en el sufrimiento debemos esforzarnos en fortalecer la voluntad para elevar nuestra alma a Dios como una llama ardiente. Jesús mismo nos enseña esta oración en medio de un gran sufrimiento: “Padre, no se haga Mi voluntad, sino la Tuya”. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. “¡Tengo sed!” En cada una de estas oraciones, el Corazón del Hijo se eleva ardiente, hacia el Padre, con toda Su voluntad puesta en la realización de Su misión, que es la salvación de las almas. 

Si queremos ser como el Ángel, primero debemos aprender a orar como los Ángeles, “que contemplan continuamente el rostro de Mi Padre celestial” (Mt 18,9).

De la Madre Gabriela Bitterlich, fundadora del Opus Angelorum, leemos: “Si queremos escuchar la voz de nuestro Ángel y escucharlo cada vez mejor, entonces muy pronto percibiremos cómo quiere él que seamos: para la gloria de Dios, dando alegría a Dios, al servicio de Dios”.

El Ángel no solamente quiere que seamos así, sino quiere también ayudarnos a ser así. Él está a nuestro lado y no se mueve de allí; él jala y empuja, advierte y espera, ¡y nos muestra cómo orar! ¡Esto es importante! Si aprendiéramos a orar como oran los santos Ángeles, nuestra vida sería mucho más fácil, más brillante y más feliz, porque los Ángeles no están sujetos a las cosas y no se dejan oprimir por ellas como nosotros: su rostro siempre contempla el rostro de Dios. Además, les gusta orar, y orar con la plenitud del amor que se entrega a sí mismo.

¿Cómo lo hace el Ángel? ¿Cómo reza? La respuesta más breve y segura a esta pregunta es que reza lleno de alegría. El Ángel se alegra por el hecho de que se le permita rezar (es decir, de hacerlo íntima y directamente a Dios). Él se regocija en que Dios exista. Este conocimiento de Dios es para el Ángel motivo de tal alegría y dicha que le gustaría exultar incesantemente. Él reza a partir de esta alegría.

Primero, él adora. Lleno de fervor, adora a Dios, y le gustaría que también nosotros hiciéramos eso: antes que todo, adorar a Dios y hacerlo con gusto. Y para ello tenemos una oración cuyo significado ni siquiera conocemos: el Sanctus. 

Sabemos bien que esta oración que rezamos en cada Santo Sacrificio de la Misa, es la oración de los Ángeles, totalmente orientada a Dios, a Su alabanza. Tiene mucho poder: es el terror de los demonios. Quien reza el Sanctus conscientemente, entra reverentemente en la misma presencia de Dios. Por esta razón, como un efecto complementario, es el arma más rápida y segura en cada tentación, en cada aflicción. En el poder del temor del Señor, al instante limpia y aclara la atmósfera que nos rodea. Alegría, confianza, fuerza y un gran amor a Dios entran en nuestro corazón. Todos los enredos de la vida diaria, que tienden a desgastarnos, se desvanecen cuando rezamos esta oración con reverencia y devoción.

El Sanctus es una antorcha encendida de amor divino que extiende su luz a nuestro alrededor; con la fuerza de esta adoración reclamamos el mismo suelo (la tierra) sobre el cual nos encontramos, como la casa y el templo de Dios. Donde se reza un Sanctus el diablo se espanta, porque ese lugar arde en llamas con la santidad de Dios.

¡Qué intensa alegría puede llegar a ser para nosotros orar y alabar a Dios! Aunque estamos naturalmente inclinados a pensar primero en nosotros mismos y tenemos miles de solicitudes de ayuda para esto y aquello, ¡pongamos siempre en primer lugar la oración de alabanza a Dios! La alabanza a Dios, hecha junto con nuestro buen Ángel, literalmente nos levanta del suelo a las alturas y hace que nuestros ojos sean claros y alegres.

Al dar inicio a una actividad o al cumplir una nueva misión, ofrezcamos a Dios una oración, por simple que sea. Toda la Redención fue introducida por una oración, por el “Ecce ancilla Domini” (“He aquí la sierva del Señor”) en Nazaret, que siguió al “Ave María, gratia plena” del Ángel y luego el “Gloria” de los Ángeles sobre el pesebre.

Deberíamos orar con gusto. Debería ser una alegría para nosotros poder orar. Cuando hablamos con alguien a quien amamos de corazón, es una alegría para nosotros decirle algo cariñoso y después escuchar tal vez algo muy cariñoso de él. Hagamos de esto una práctica: decir una palabra muy amorosa todos los días a Nuestro Señor y Dios, algo que no está en nuestro misal, sino más bien algo muy personal que provenga de nuestro corazón. De esta oración, entonces, brotará una alegría profunda que nos hará acercarnos a la Mesa del Señor con gran anhelo y amor y que iluminará todo nuestro día.

Convertirse en compañero en el servicio con los Ángeles

 

 El Ángel reconoce su lugar como servidor ante Dios. En el libro del Apocalipsis leemos cómo San Juan quiso inclinarse en adoración ante un Ángel debido a su gran gloria y majestuosidad. Pero el Ángel exclamó: “¡No! Yo soy consiervo tuyo […] ¡Adora a Dios!” (Apc 22,9). Nuestro Señor Jesucristo es el primer ejemplo de servicio humilde, tanto para el Ángel como para el hombre. Dijo a los discípulos: “Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que sea más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y, sin embargo, Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,26-27). Y en San Pablo leemos más: “Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que Se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, Se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Fl 2,5-8).

De acuerdo con este texto de San Pablo, el primer requisito de un servidor es que se vacíe de sí mismo. Si uno está lleno de sí mismo, buscándose a sí mismo y buscando llenar sus propias necesidades, buscando la comodidad o el placer, entonces no será capaz de ver y servir a las necesidades de los demás. El Ángel, este espíritu glorioso, este poderoso ministro de Dios, también tuvo que vaciarse para servir al hombre en su humilde, laborioso, ignorante e incluso pecaminoso estado. Al igual que Jesús, el Ángel también acepta la cruz cuando ingresa a este mundo para servir como Ángel de la guarda. Sin embargo, debido a que “continuamente contempla el rostro del Padre celestial” (cf. Mt 18,10), lee allí la voluntad de Dios y, por lo tanto, viene y sirve con alegría. Él reconoce que su propia dignidad y valor encuentran su máxima expresión cuando se humilla y se aferra sólo a Dios y Su santa voluntad. Voluntariamente se vacía de sí mismo; detiene su deseo de ejecutar el castigo en un hombre débil y pecador. De Jesús manso y del dulce Corazón de María ha aprendido más bien a amar al alma que se encuentra bajo su tutela, a esperar, a rogarle, a persuadirla suavemente y a conducirla a Dios: “No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que humea, hasta que haga triunfar la justicia” (Mt 12,20).

Por lo tanto, para entrar en las filas de los Ángeles como compañeros de servicio, nosotros también debemos aprender, en humildad y santo temor, a vaciarnos, a renunciar a nuestras inclinaciones y deseos egoístas, a dejar de lado todo, a fin de aferrarnos a Dios y seguir sólo Su voluntad. Entonces el Espíritu Santo vendrá sobre nosotros y nos dará un “corazón de carne” (cf. Ez 36,26), un corazón sensible a las necesidades de los demás, un corazón compasivo y comprensivo, un corazón que no juzga ni condena, sino que se consume por la salvación de las almas. De esta manera, realmente nos volveremos “ángeles de la guarda” para los demás y querremos ser servidores, de la mano de nuestro buen Ángel, y querremos llevar y guiar a las almas, con mansedumbre, dulzura y amor, a Dios.

Ser un luchador para Dios como el Ángel 

No es suficiente ser “buenos cristianos”. Como consagrados a los santos Ángeles, estamos llamados a hacer más. La Escritura nos dice claramente que estamos en batalla. San Pablo nos exhorta: “Revístanse con toda la armadura de Dios para que puedan estar firmes contra las insidias del diablo” (Ef 6,11). Y ¿para qué necesitamos la armadura si no es para usarla en la guerra? Por lo tanto, más allá de ser “compañeros en el servicio” con el santo Ángel, también somos llamados a ser sus “compañeros de combate” en el combate espiritual por el Reino de Dios. De hecho, “nos hacemos parte de los miembros del Cuerpo de Cristo solamente para ser los niños de un Padre en el cielo, bajo el abrigo del manto protector de la Madre de Dios, y también nos comprometemos libremente a vivir una mayor devoción a los santos Ángeles, para formar con ellos un gran frente de batalla espiritual contra las crecientes amenazas y ataques del maligno”.

¡Este llamado es urgente hoy! Podemos ver claramente cómo en nuestros días toman cada vez más fuerza los poderes de la oscuridad. ¡Cuántos han dejado de ir a la Iglesia y adoran solo al dios del dinero, al dios de la avaricia, y se buscan a sí mismos! Y lo que es peor, la idolatría y la brujería son abiertamente aceptadas en nuestra sociedad, mientras que la guerra se hace contra la verdadera religión en nombre de la libertad impía. Los niños son violados y la familia humana, la célula más pequeña de la sociedad, es atacada por los demonios del divorcio y la desunión. Tal ceguera y confusión espiritual es sembrada por los emisarios del infierno y sólo puede ser superada por la luz divina con la ayuda de los santos Ángeles. Ellos protegen y guardan, guían y abren el camino, luchan y nos ayudan a conseguir la victoria, arrojan luz sobre el camino correcto y nos abren un futuro.

Sin embargo, los Ángeles no pueden vencer por sí mismos los poderes de la oscuridad. Por la providencia de Dios, el Ángel y el hombre son llamados a conformar una alianza santa en esta batalla. Dios nos envía a Sus Ángeles con la luz de Cristo. La Escritura revela al Ángel como nuestro ayudante, mensajero, consejero y guía. Depende de nosotros si aceptamos la ayuda divina, es decir, si aceptamos a los Ángeles. Cuando lo hacemos, Dios mismo es nuestro colaborador en y a través de ellos: “Si prestas atención a su voz [del Ángel] y llevas a cabo todo lo que te diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios” (Éx 23,22).

Así como los Ángeles son para nosotros como telescopios a través de los cuales podemos ver a Dios mucho más de cerca y claramente, más absoluto y majestuoso, nosotros también somos para los Ángeles como puertas a través de las cuales pueden acercarse mejor al interior de las almas, para iluminarlas y dirigir sus acciones.

 Los diferentes tipos de armadura

Así como hay muchos Ángeles, cada uno con su propio carácter y peleando a su manera, así también cada hombre es conducido por un camino diferente y lleva diferentes armas en la batalla por el Reino de Dios. En esto consiste la lucha por el Reino: en recibir la luz y la gracia de Dios en la oración y llevar a cabo, con el fuego del amor, lo que Dios quiere para nosotros.

“Extiende tu mano al Ángel, el mensajero del Espíritu Santo, y deja que te revista con la armadura de Dios; deja que los dones del Espíritu Santo se vuelvan vivos y radiantes en ti, para ser ángel de la guarda y compañero en la lucha también para otros. Y esta es una gracia: ¡que se nos permita luchar por el Reino de Dios junto con el Ángel, jubilosa y victoriosamente! ¡Dios es nuestra vida! ¡Él es nuestro objetivo! ¡Sólo a Él sea la gloria!

Ángel y hombre unidos bajo la cruz

 

Una de las principales armas que Dios nos da, al Ángel y al hombre, es la cruz. A la luz del Ángel, el hombre aprende a ver la cruz como proveniente de la mano de Dios, como un instrumento de Su amor, para purificarnos, fortalecernos y sanarnos. Con la ayuda de los Ángeles, el hombre aprende a llevar la cruz en la esperanza y con valor, aceptación e incluso gratitud, por amor a Dios y al prójimo. En la cruz, el hombre aprende a negarse a sí mismo y a vivir únicamente para Dios. A través de la cruz nos despojamos de todo lo que no es necesario, se clarifica la atmósfera espiritual y vemos una vez más lo que es esencial en la vida, el verdadero objetivo de nuestra vida es ¡Dios!

             La cruz es el centro para el Ángel y para el hombre. Cuanto más nos acercamos a la cruz como a nuestro gran amor, como a nuestro más seguro apoyo, tanto más poder tiene el Ángel sobre nosotros. Cuanto más nos acercamos al Ángel, con tanta más determinación nos conduce a la cruz. La cruz es nuestra guía hacia el cielo. El Ángel de la guarda nos conduce por este camino.

            Ante la cruz, tanto el Ángel como el hombre están aprendiendo, contemplando y permitiendo ser probados, pues la cruz primero fue pensada para el hombre, y sólo después para el Ángel. Aquí el hombre está antes que el Ángel. Por medio de Nuestro Señor en la Cruz, el hombre puede hacer muchas cosas que el Ángel no puede (por ejemplo, ofrecer su sufrimiento físico o psicológico). Por esta razón el Ángel sirve al hombre (lo ayuda a llevar la cruz). Pero en la adoración, en la contemplación de Dios, el Ángel le lleva la delantera al hombre. Por esta razón el Ángel lidera al hombre. Es perfectamente comprensible, por lo tanto, por qué en la tierra toda la Obra de los Santos Ángeles tiene su foco en la Cruz dentro de la Iglesia.

 Nuestra defensa: la unidad en el amor

En la batalla por las almas debemos estar firmemente unidos el uno con el otro, ya que sólo en la unidad, están la fortaleza y la seguridad de la victoria. “Divide et impera!” ¡Divide y conquista! Los antiguos soldados romanos ya conocían esta estrategia. Pero, para estar unidos, una nueva voluntad debe gobernarnos al Ángel y a nosotros: Dios, cuya voluntad queremos cumplir incondicionalmente.

Cuanto más fuerte sea la comunidad que formemos con los santos Ángeles y entre nosotros —en oración y sacrificio, expiación, sufrimiento y lucha—, cuanto más verdadera y conscientemente vivamos el amor a la cruz y a Nuestro Señor en el Sagrario como ejemplo para nuestro prójimo, tanto más seremos un arma en la mano de nuestra Madre, la Santa Iglesia, y tantas más almas podremos arrancar de las fauces del maligno.

Cada uno debe ser una luz; todos juntos, una luz; todos orientados hacia la única meta: ¡Dios! Si cada uno de nosotros buscara un objetivo diferente, como transmitir su propia opinión, no obtener nada más que su propia santificación personal, mejorar su posición legal, lograr su propio éxito o el avance de su propia personalidad o de su radio de influencia, no habría unidad y, en consecuencia, tampoco habría victoria.

La unidad no es la uniformidad ni la esclavitud de la voluntad, sino la reunión de fuerzas diversas hacia la meta única. ¡De hecho, incluso es bueno que tengamos diversas armas de luz! Cada uno lucha de la mano del Ángel con el arma luminosa de la verdad y la integridad en el campo de la palabra, por ejemplo, en la prensa, en la política o en las escuelas; otro batalla por la oración y la disciplina de la voluntad contra sí mismo, para ser ejemplo de católico vivo y activo en su entorno; un tercero, a través de su ardiente caridad altruista, desarma los poderes del oro y los obliga a practicar la misericordia; entre tanto, otro construye la base por la interioridad, el sacrificio y la expiación.

Sea cual sea nuestra misión o estado en la vida, vivamos con valor, humildad y fidelidad. Si permanecemos firmemente unidos con la Iglesia y los santos Ángeles, llegaremos a ser con ellos un escudo protector y una luz que guíe a quienes nos rodean, llevando a todos hacia Dios.

Oración (del Opus Angelorum)

Señor Jesucristo: Hemos seguido Tu llamado y durante años nos hemos esforzado por intensificar y mantener viva la veneración a los santos Ángeles dentro de la Santa Iglesia. ¡Concédenos la gracia de nunca ser infieles a Tu llamado! Concédenos la fortaleza para ser ejemplo, y que muchos más hermanos nuestros aprendan a amar a los santos Ángeles y a hacer uso de su ayuda. ¡Fortalece en nosotros el espíritu de obediencia y fidelidad a la Santa Madre Iglesia! ¡Sostén en nosotros el amor a la cruz y al sacrificio por Dios! Que no nos cansemos ni vacilemos nunca en medio de las pruebas y aflicciones pavorosas de nuestros días, sino más bien vivifícanos de nuevo por medio del agua de la gracia y la Sangre de Tu Divino Corazón. Dios Todopoderoso, cuanto más triunfe el mal espiritual, déjanos ser mucho más devotos de los santos Ángeles y ayudarles a alcanzar la victoria, que es únicamente Tu victoria. Amén.

Categorías
Cartas Circulares

CC80 – batalla de amor

La batalla por el Reino: La batalla del Amor

“Sean de espíritu sobrio, estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar. Pero resístanlo firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en sus hermanos en todo el mundo” (1 Pdr 5,8-9).

Como en los días del Kulturkampf (palabra alemana para definir el conflicto entre los gobernantes y la Iglesia Católica) de Otto von Bismarck contra la Iglesia a finales de 1800, que allanaron el camino para el ascenso de Hitler en Alemania, así también hoy vemos un ataque vehemente, abierto y, en última instancia, demoníaco contra la Iglesia y los cimientos de la sociedad cristiana: la vida, la familia y la maternidad. A través de los medios de comunicación, de la “educación sexual” en las escuelas públicas, de la introducción sutil o abierta de la ideología del género en todos los ámbitos de la vida, especialmente en las redes sociales, que además van en contra de los datos de la ciencia, de la psicología y contra cualquier lógica sana, etc. Aquí hay un intento de cambiar y transformar nuestra cultura, el sentido colectivo de la gente de lo que es verdadero y falso, lo que es bueno y malo, lo que es “razonable” y lo que es extremista, lo que es moralmente aceptable y lo que es inaceptable.

En anuncios en la televisión, en las revistas, incluso en los videos de las bombas de gasolina, junto con las comedias de televisión, las personas ostentan a su pareja homosexual con la intención de hacer que esta parte del estilo de vida sea aceptada por la mentalidad de la gente como algo “normal”. Los nombramientos judiciales son impugnados, porque el candidato a juez es miembro de una asociación católica como los “Caballeros de Colón” u otro similar; o personas que son acusadas de ser “extremistas” simplemente por ser cristianas y por su postura sobre el aborto. Los gobernadores celebran el “avance” político de legalizar el infanticidio, un “derecho” garantizado por la ley. Se habla del derecho a abortar, aunque lo correcto sería hablar del derecho a la vida. El mal está también dentro de la Iglesia. El Papa San Pablo VI lamentó que el ‘humo de Satanás’ había entrado en la Iglesia (Carta del 29 de junio de 1972) con clérigos que aceptan la agenda secular. Hoy lo vemos aún más claramente en la actual crisis en la Iglesia por los abusos a menores por parte de clérigos y la subcultura homosexual frecuentemente presente en los seminarios. El Papa San Juan Pablo II vio estas tendencias muy pronto, y las llamó: la “cultura de la muerte”, que se contrapone a la “cultura de la vida”. También podríamos llamarlo la guerra entre la cultura de la luz y la cultura de la oscuridad. ¿Jesús no llamó al diablo “asesino desde el principio”? (Jn 8,44). Más que nada, es una batalla espiritual en la que el mal ataca al bien, en un intento de transformar la sociedad, y a cada hombre dentro de la sociedad, en la oscuridad y el rechazo de Dios y de la luz.

La división de rangos “en el principio”

Los santos Ángeles experimentaron una prueba similar y una “batalla” posterior al inicio de los tiempos: “… y Dios separó la luz de las tinieblas” (Gen 1,4), separó los Ángeles buenos de aquellos que se habían rebelado contra Dios y Su santa voluntad.

“El demonio es creatura de Dios como el Ángel, espíritu como él, de naturaleza Angélica como él. El demonio sufrió la transformación más severa y profunda de todo su ser a través de su “¡No!” a Dios; se convirtió en un demonio, se oscureció, cayó por debajo del nivel de un animal y se manifiesta en la tierra como un dragón, como un perro furioso, un lobo feroz, una serpiente astuta. Su amor se convirtió en odio, su luz en la oscuridad más oscura y él no quiere tener nada que ver con la visión de Dios. Todavía arde en deseo de arrastrar a los hombres con él a esta oscuridad, a su frialdad de corazón. Ningún esfuerzo le es demasiado grande para que logre este objetivo” (Gabriela Bitterlich, Lecturas I, p. 57).

Parece innegable que estamos en la batalla de los últimos tiempos. “Los insidiosos ataques espirituales contra toda la humanidad se están volviendo demasiado grandes: toda la atmósfera espiritual se está volviendo estéril, sin Dios, y todos los hombres la están inhalando” (ibid, p. 61). Cada vez más estamos entrando en una batalla por el Reino de Dios. Hemos tratado de ser buenos cristianos, pero ahora somos llamados a ser cristianos “luchadores”, al lado de los santos Ángeles.

No es una cuestión de “tomar las armas” en un sentido material, “porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales” (Ef 6,12).

Es más, “lo que se necesita es que reconozcamos lo que viene de los espíritus malignos para separarlo y exponerlo. Lo que se necesita es que desactivemos las minas espirituales que se están colocando en la Santa Iglesia, que llenemos con Dios los vacíos espirituales en el pensamiento religioso del hombre y dejemos que la gracia de Dios fluya” (ibid, pág. 61).

Luchando desde fuera: formando cultura

Hay dos niveles de empeño en esta batalla. Podemos luchar la batalla externa contra el error y la perversidad, la prensa atea y en contra de ataques encubiertos o abiertos contra el cristianismo, la Iglesia, la familia y la persona humana. Esta tarea corresponde muy especialmente a nuestros Obispos y sacerdotes, en colaboración con los laicos y su activa presencia política. La batalla también se libra en las universidades, en las salas de clase, en las imprentas que publican libros y periódicos y en las misiones. En el sínodo sobre la juventud, el Obispo Robert Barron señaló que una de las razones principales por las que nuestros jóvenes abandonan la fe es el adoctrinamiento intelectual, que los lleva a creer “que la religión se opone a la ciencia o que no puede resistir un control racional, que sus creencias son anticuadas, el remanente de un tiempo primitivo, que la Biblia no es confiable, que las creencias religiosas dan origen a la violencia y que Dios es una amenaza a la libertad humana”.

El Obispo Barron, por lo tanto, pidió un esfuerzo renovado de catequesis y apologética. También nos instó a atraer a otros a la fe a través de la atracción de la belleza, que está profundamente arraigada en nuestra tradición católica: “Parte del genio del catolicismo es que lo que hemos abrazado como cierto y consistente lo convertimos en canción hermosa, en poesía, en arquitectura, en pintura, en escultura y liturgia. Todo esto proporciona una matriz poderosa para la evangelización. … La belleza más fascinante de todas es la de los Santos. He encontrado una gran atracción evangélica en la presentación de las vidas de estos grandes amigos de Dios, así como un entrenador de béisbol que atrae a jóvenes adeptos al juego al mostrarles el juego de algunos de sus mejores jugadores”. No todos podemos enseñar o catequizar, escribir artículos o influir directamente en otros, ¡pero todos podemos y debemos manifestar la belleza de la santidad por nuestro modo de vida!

La batalla interior: la transformación del corazón

Esto nos lleva al segundo nivel de compromiso en la batalla por el Reino de Dios, que es lo más importante y accesible para todos: La batalla espiritual. No podemos cambiar a quienes nos rodean, sólo Dios puede hacerlo. Pero podemos cambiarnos a nosotros mismos; podemos purificar y abrir nuestros corazones cada vez más a Dios, de modo que Su gracia pueda fluir en nosotros y a través nuestro a los demás. De esta manera, empezando por nosotros mismos, alma por alma, corazón por corazón serán conquistados y transformados para Dios, alcanzando así la “transformación misericordiosa y redentora del mundo por medio de la transformación del corazón humano” (San Juan Pablo II, Dominicae Cenae 7).

San Pablo nos exhorta: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente por la renovación de su mente, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rom 12, 2). Somos llamados a ser hijos de Dios, a “convertirnos en Dios “, como dice San Atanasio, “porque el Hijo de Dios Se hizo Hombre para que podamos llegar a ser Dios” (De Incarn. 54, 3). El sacramento del Bautismo es la base para esta transformación. Dios pronuncia Su “Effatha”, “ábrete”, a los ojos y oídos, al corazón y a la mente para que puedan estar dispuestos a la gracia y la acción del Espíritu, que actúa en nuestro interior. A través de la fe, el hombre puede ver a Dios y entender Su voluntad y Su llamado. Sin embargo, todos los días nos colocan ante una decisión: “¡Tú debes …, no harás…!”. Podemos elegir caminar hacia Dios o alejarnos de Él. Debemos, por lo tanto, armarnos con las armas espirituales en el seguimiento de Cristo, dejándonos transformar por Él en portadores de Su luz. A nuestro lado están los santos Ángeles.

El Ángel como luz y guía en el combate espiritual

Cada santo Ángel ya pasó por la gran prueba en el principio de los tiempos, cuando, con su voluntad natural, creada y libre, eligió la voluntad de Dios, de tal manera que ahora existe totalmente unido a Dios y a Su voluntad. “Cada Ángel fiel es una imagen de la luz… se encuentra inmerso en la luz de Dios, contemplando Su rostro, de modo que todo su ser es luz. Con la voluntad ha entrado en la voluntad de Dios, así como la voluntad de cada Santo, incluida María, ha entrado en la voluntad de DIOS” (MG, ibid.). De tal manera que, siendo uno con la voluntad de Dios, cada Ángel es perfectamente libre, siempre libre para elegir y hacer el bien que viene de Dios. De ahí en adelante, los Ángeles son enviados a velar por la libertad de los hijos de Dios en la tierra.

Entre los hombres, podemos observar una transformación hacia el mal, como vemos en Caín o en Judas. Pero también existe una transformación hacia el bien, como la vemos en la vida de San Pablo, San Agustín, San Ignacio o Santa María Magdalena. Tenemos libre albedrío y, por lo tanto, somos capaces de ser transformados para obtener la verdadera libertad de los hijos de Dios y de unirnos a Su voluntad o, de manera negativa, para volvernos esclavos del pecado y del diablo.

A través del Bautismo, “En Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8,2). Sin embargo, mientras caminamos sobre esta tierra, nuestra transformación aún no es definitiva. Estamos en el tiempo de prueba.

Transformándose a semejanza de Jesús

CRISTO va delante de nosotros; Él es nuestro gran modelo y Redentor. ¿Cómo comenzó su acto de Redención? Con una ‘transformación’, un vaciamiento de sí mismo, una renuncia. Él se vació a Sí mismo y… partiendo del abrazo más íntimo con Su Padre, Se sumergió en la transformación profunda y voluntaria de la Encarnación, en esta transformación incomparable tomó Carne y “Se hizo semejante al hombre”. Sin embargo, esto no fue suficiente. Él Se transformó a Sí mismo, mil veces más profundamente cuando Se hizo alimento. Él transformó el pan y el vino en Su Carne y Sangre, para poder entregarse a los últimos, a los más miserables de todos los tiempos.

JESÚS nos llama a Su imitación. Cuando dice: “Hagan esto en memoria Mía…”, instituye el sacerdocio y la Santísima Eucaristía. Pero Él quiere más: también nos pide que nos dejemos transformar, que renunciemos a nosotros mismos para convertirnos en pan para los demás.

Como el hombre es cuerpo y alma, ambos deben ser transformados. El cuerpo debe estar sujeto al alma, y el alma a Dios. San Pablo escribe:

«Porque los que viven según la carne, ponen la mente en lo que es carnal; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne conduce a la muerte, pero la mente puesta en el Espíritu conducen a la vida y a la paz. Porque los deseos de la carne se oponen a Dios, ya que no se sujetan a Su Ley, ni pueden hacerlo. Por eso, los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8,5-8).

El cuerpo se sujeta al alma a través de la disciplina y a través de todos los sufrimientos físicos y pruebas que soportamos por amor a Dios. Este amor divino es el transformador; introduce nuestros cuerpos con sus anhelos naturales, en un sólo anhelo puro de Dios, en el que todas nuestras facultades del cuerpo y del alma, sirven a Dios y al crecimiento de Su Reino.

El alma  debe reinar y transformar al cuerpo y no al revés. El mundo material “gime y sufre hasta ahora dolores de parto” (Rom 8,22), es decir, debe transformarse a través del dolor. Así también, el cuerpo humano debe ser transformado una y otra vez por la gentil mano del Señor a través del gemido del dolor y la angustia, el hambre y la sed, la cruz y la enfermedad, en un instrumento dócil del alma, que es esclava del Señor. Porque de hecho, no podríamos alcanzar la puerta del cielo por la pesadez de nuestro cuerpo, sino con un cuerpo transformado por la disciplina de la voluntad y abierto a la gracia (MG, ibid.).

Es por esta razón que tradicionalmente, en el período de Cuaresma, nos imponemos una penitencia corporal para liberar el espíritu, a través del amor, para las cosas de Dios.

El Vaciamiento de la propia voluntad: la condición para la transformación a través de la Palabra, la Cruz y el Amor.

Pero más que solo la disciplina del cuerpo, el Señor quiere de nosotros una transformación espiritual, un vaciamiento y una renuncia a nosotros mismos por amor a Dios a través de la Palabra, la Cruz y el Amor. “De la Palabra, significa la transformación de todas nuestras palabras en la palabra de Dios, hasta tal punto que hablemos, – de hecho, solo podemos hablar, – como Jesús habló y como María hablaría en nuestro lugar” (MG, ibid.). A menudo, esta puede ser la disciplina penitencial más exigente. Tal vez hemos oído hablar de dar las tres T en Cuaresma: nuestro tiempo, nuestro talento y nuestro tesoro. Ahora podemos aplicar esto más profundamente, podemos “dar la palabra” quizás al cederla, cuando queremos tener la última palabra en una discusión. ¡Todos sabemos qué gran pobreza de espíritu nos exige esto! También podemos ceder la palabra al dar, al hacer la paz, tanto pidiendo como concediendo el perdón. ¡Humildad, humildad, humildad!. Entonces también, ¿Cuánto valor hay en una palabra de consuelo, de ánimo, de alegría? Todo esto requiere un salir de nosotros mismos, una muerte y transformación de nuestros pensamientos egocéntricos y palabras en un desinteresado «estar ahí» para los demás por amor a Dios.

“La cruz significa hacer, ayudar, dar ejemplo, esforzarse y obedecer, servir y liderar, sufrir y expiar” (MG ibid.). Para llevar la Cruz con coraje y resolución, debemos depositar nuestra confianza no en los hombres, no en nosotros mismos, sino únicamente en Jesús.

Fijemos nuestros ojos en Él bajo el peso de la Cruz, y es Él quien nos llevará. Jesús nos dice: “Sin mí, no pueden hacer nada” (Jn 15,5), mientras que San Pablo dice: “Todo lo puedo en Él que me fortalece” (Fl 4,13). En Eclesiástico leemos: “¿Alguien ha confiado en el Señor y ha sido abandonado? ¿O alguien ha perseverado en el temor del Señor y ha sido desamparado? ¿O alguien lo ha llamado y ha sido despreciado? Porque el Señor es compasivo y misericordioso; Él perdona los pecados y nos salva en tiempos de angustia” (Sir 2,10-11). San Bernardo aplica esta misma confianza a Nuestra Señora: “¿Alguien ha depositado su confianza en María y ha sido abandonado?” (Cf. Memorare). Si perseveramos en la confianza bajo el peso de la Cruz, el Señor nos transformará rápidamente en instrumentos de Su misericordia y de Su amor.

Viviendo el amor del Corazón de Jesús

El amor es la meta, el don supremo de sí mismo a Dios y a los demás por amor a Dios. El amor de Dios se nos manifiesta en el Corazón de Jesús. Normalmente, el papel del corazón es sostener la vida del cuerpo; luchar por la supervivencia. El Corazón de Jesús, sin embargo, nos lleva mucho más allá de esta función natural.

El Corazón traspasado de Jesús también se “conmueve” de verdad (véase Oseas 11,8) esta definición. Este Corazón no se ocupa de la autoconservación sino de Su entrega personal. Salva al mundo abriéndose. El colapso del Corazón abierto es el contenido del misterio de la Pascua. El Corazón salva, en efecto, pero salva al darse a sí mismo. Así, en el Corazón de Jesús, el centro del cristianismo se pone delante de nosotros. Lo expresa todo, todo lo que es genuinamente nuevo y revolucionario en la Nueva Alianza. Este corazón habla a nuestro corazón “Cor ad cor loquitur” (Beato John Henry Newman). Nos invita a salir del inútil intento de autoconservación y, al unirnos a la tarea del amor, entregándonos a Él y con Él, nos invita a descubrir la plenitud del amor que es la eternidad y que sostiene el mundo (Papa Benedicto XVI, Mirarán al que traspasaron, p. 69).

Al igual que Jesús en la Cruz, estamos llamados a dejar que nuestros corazones se abran para que otros puedan encontrar su camino hacia Dios. Este es el camino de María: “Y una espada traspasará tu corazón, para que los pensamientos de muchos corazones puedan ser revelados” (Lc 2,35). Ella se mantuvo debajo de la Cruz, ofreciendo a su Hijo al Padre por nuestro bien. Y así, ella pudo “aplastar la cabeza de la serpiente” (Gn 3,15). Nosotros también queremos llevar la guerra por medio del amor, el sacrificio y la entrega, por la expiación de los grandes pecados de nuestro tiempo, por las necesidades de la Iglesia, por sus sacerdotes y obispos. Pero no podemos hacerlo por nosotros mismos. Jesús y Su amor deben sustentarnos y transformarnos, para que queramos darlo, con la libertad de los hijos de Dios.

Amor significa s e r, ser luz para los demás. Y amando, en esta máxima dedicación, en esta entrega a Dios de los que han de ser redimidos, de los que han de reunirse en Dios, vamos por el camino de Nuestro Señor y Salvador como un niño que Él conduce de la mano. Él nos lleva, nos colma de regalos, hace de nosotros la semilla, una hostia, reducida a cenizas. Él nos transforma en Sí mismo, eliminando toda esclavitud (MG, ibid.).

El amor desinteresado del Ángel de la guarda

Así, los Ángeles caminan con nosotros. Después de haber alcanzado la perfecta unión con Dios, los Ángeles también se vaciaron a sí mismos del esplendor de la visión beatífica, con el fin de entrar en este mundo de oscuridad como guías y guardianes, como simples siervos y hermanos del hombre.

Cada santo Ángel ha recibido en la visión beatifica de Dios el único denario, tal como lo recibe todo Santo en el cielo. El Ángel, sin embargo, desciende con el Redentor Jesucristo a las profundidades y ayuda a los hombres a tener una idea de Dios, a comprenderlo mejor, a buscarlo, encontrarlo y entrar en el gran ejército de Cristo, que el Señor trae a casa de Su Padre como presa. A pesar de que “continuamente contempla el rostro de nuestro Padre en el cielo” (cf. Mt 18,10), el mismo Ángel lleva a cabo su tarea, no sin una especie de sufrimiento espiritual en ver la pérdida de una virtud, la pérdida de almas. 

Él sigue al Señor, para nosotros invisiblemente, en silencio y en obediencia, es el dedo brillante ante nuestros ojos espirituales, que siempre apunta hacia Dios. Él es la llamada de atención de la conciencia en nuestro corazón, pero también es aquel que está ligado espiritualmente a nosotros y es flagelado por nuestros pecados, por nuestra infidelidad, por nuestra vergonzosa traición. Él debe observar cómo traicionamos al Señor, cómo Lo clavamos a la cruz. ¿Podemos captar tales profundidades, en las que este ser poderoso permanece en silencio?

Dios a menudo permite que seamos vencidos en la batalla a través de nuestra negligencia y tibieza, ya que debemos saber que nuestra vida y este mundo es un campo de batalla del amor por el Ángel y el hombre. Pero cuando caemos, el Ángel nos lleva a Jesús que está en el confesionario, únicamente Él puede restaurar nuestros corazones si nos arrepentimos y queremos hacer reparación. Él quita el polvo, y cuando la caída es grave, transforma de nuevo nuestro corazón en un recipiente de luz. ¡Qué importante es para nosotros la práctica de la confesión frecuente! Porque sólo con la pureza del corazón y la luz del Ángel, seremos capaces de ver claramente a través de estos tiempos de confusión y ceguera espiritual.

La Sagrada Eucaristía, nuestra fuente de amor

Para amar, primero debemos ser amados. Nunca estamos solos en la batalla. Jesús está aquí con nosotros, aunque, a veces, Él puede esconderse, porque Él quiere que Lo busquemos más seriamente en la oración. A lo largo del día, especialmente cuando las cosas son difíciles, podemos recurrir interiormente a Jesús y encontrar Su amor. ¿Cómo sería nuestro día si, a primera hora de la mañana al despertar, le dijéramos a Jesús: “¡Señor, te amo! ¡Hoy quiero hacer de todo, un regalo de amor para ti! Cada alegría, cada prueba, cada renuncia, ¡todo para Ti! ¡Quiero ayudarte a salvar almas, ayudar a los sacerdotes!”. No con fórmulas, pero de una manera muy personal, podemos hablar con Jesús, con el Padre y el Espíritu Santo durante todo el día. María y el Ángel también nos cuidan y nos brindan la luz y la fuerza que necesitamos para mantenernos firmes en la fe, para ofrecer este regalo con amor.

Nuestro amor se intensifica especialmente en el Santo Sacrificio de la Misa, donde Jesús nos lleva a Su propio sacrificio de amor. Si queremos seguir a Jesús más de cerca, más generosamente, para que toda nuestra vida se convierta en un santo sacrificio de amor por la salvación de las almas, entonces necesitaremos más amor, más fuerza de parte de Jesús, pero particularmente, de la Santa Comunión diaria, si es posible.

Somos los afortunados que [pueden] recibir todos los días en la Sagrada Comunión el Único denario, como prenda, y el Señor nos lleva también a las profundidades de Su camino Redentor, en su longitud, amplitud y profundidad. Cada día exige de nosotros una transformación, cada día es una demanda desgarradora y sangrienta de nuestra propia transformación. Si no estamos dispuestos a dejarnos transformar y a cambiar, entonces no podemos hacer justicia a la voluntad de Dios, no podemos beber el cáliz, no podemos llevar la Cruz, no podemos elevarnos con el Señor. Jesucristo quiere que: donde está Él, su siervo también debe estar, donde está Él, también nosotros debemos estar.

En última instancia, es una batalla del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte, de la luz sobre la oscuridad. San Pablo nos exhorta: “Estén alerta, manténganse firmes en su fe, sean valientes, sean fuertes. ¡Que todo lo que hagan se haga con amor!” (1 Cor 16,13-14). Sólo el amor del Corazón de Jesús puede vencer al mundo. Si somos generosos con Dios, Dios nunca se dejará vencer en generosidad. Sabemos que “en la batalla contra el diablo, siempre se trata de ser más perseverante que él. La cruz y el amor vencen al mundo y todas las pruebas”. 

Por lo tanto, no tengamos miedo: cada vacío se convierte con Dios en plenitud, cada renuncia se convierte en un regalo, cada dar se convierte en un recibir, cada sufrimiento se convierte en una alegría, cada muerte se convierte en una elevación. ¡La cruz y solamente la cruz abre el Cielo y entonces hay alegría pascual! (Madre Gabriela). 

Categorías
Cartas Circulares

CC79 – Bienaventuranzas

Cómo vivir las Bienaventuranzas con la ayuda de los Ángeles

Los Ángeles y los Santos en el cielo disfrutan la beatitud perfecta contemplando a Dios. Han pasado la prueba y, por la gracia de Dios, han alcanzado la meta. El hombre en la tierra, sin embargo, continúa aún en su viaje con la ayuda de la gracia divina, a través de las pruebas de esta vida, para alcanzar ese estado de perfecta alegría y descanso en Dios. Para lograr este objetivo, debe subir por la escalera celestial, por así decirlo, de las ocho Bienaventuranzas que Jesús nos enseñó en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,1-12 y Lc 6,20-23).

Debemos vivir estas Bienaventuranzas en el discipulado de Jesús, llevando con Él la Cruz, para aprender de Él a vivir la perfección de la caridad. Los Ángeles son enviados para ayudarnos como guías y guardianes, como consejeros, ‘advertidores’ y líderes, para vivir las Bienaventuranzas en este “valle de lágrimas”. Sin embargo, dada la meta sobrenatural hacia la cual se dirige el hombre, las capacidades naturales de los Ángeles no son suficientes para llevarlo al cielo. Por lo tanto, para convertirse en Ángeles guardianes, los Ángeles deben descender por los peldaños de sus propias “Bienaventuranzas angelicales” para poder buscar al hombre y llevarlo a la gloria celestial.

Primero, queremos meditar más de cerca sobre las ocho Bienaventuranzas en general. ¿Qué son?* Algunos han postulado que son los “nuevos mandamientos” que se dan para reemplazar los Diez Mandamientos de la antigua Ley. Sin embargo, Jesús mismo nos dice: «No he venido para abolir la ley, sino para cumplirla» (Mt 5,17). Las Bienaventuranzas del Nuevo Testamento parecen estar mejor descritas por la promesa de la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». Cuando Jesús mira a Sus discípulos, ve su verdadera condición: de luto, pobres, hambrientos, perseguidos. Para los estándares del mundo, son infelices, miserables, no bendecidos. Pero si uno mira desde la perspectiva del Reino de Dios, desde la óptica de Dios, entonces las normas del mundo se ponen patas arriba: los pobres de este mundo, por ejemplo, que aún son ricos en fe, son verdaderamente bendecidos, porque han encontrado a Dios y Su Reino. Es precisamente en este Reino de los cielos donde todas las bienaventuranzas nos conducen a un Reino ganado por la fe.

Las Bienaventuranzas son, por tanto, promesas. Sin embargo, esto no significa que una vez que demos todos estos pasos, moriremos, ingresaremos al Reino de los cielos y seremos bendecidos. Jesús nos ha dicho que el Reino está presente aquí y ahora: «La venida del Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: “Está aquí” o “Está allí”. Porque el Reino de Dios ya está entre ustedes» (cf. Lc 17, 20-21). Si vivimos las Bienaventuranzas, el Reino estará presente para nosotros aquí en la tierra, y por lo tanto ¡habrá también un grado creciente de beatitud! Las Bienaventuranzas nos dan aquí y ahora una participación en la visión que Dios tiene del tiempo y la eternidad y en los valores eternos de la sabiduría divina, mediante la cual «saboreamos y vemos cuán bueno es el Señor» (Sal 34,9). En el juicio, en la persecución, en el hambre y la tristeza, las Bienaventuranzas nos traen el consuelo de ver nuestra situación a la luz de Dios, de ver e incluso experimentar en qué consiste la verdadera bendición.

* Para una meditación más completa, recomendamos leer Jesús de Nazaret, tomo 1, del Papa Benedicto XVI.

El mundo y nuestra naturaleza humana tienden a un objetivo diferente: encontrar placer y “felicidad” en la autosatisfacción y en la satisfacción de todos los deseos, complacencias que son fuente de una felicidad efímera que siempre termina en insatisfacción. Cuando, por el contrario, aprendemos a morir a nosotros mismos y a aceptar la cruz mediante la fe en Dios y Sus promesas, cuando aprendemos la bienaventuranza de la pobreza y del hambre, del luto y de la persecución por el amor de Cristo, en unión con Su muerte en este mundo, entonces Dios nos llena con Su propio consuelo y una «paz que el mundo no puede dar» (Jn 14,27). San Pablo es testigo para nosotros, como lo son todos los Santos, de la paradoja divina de las Bienaventuranzas: al abrazar lo que para el mundo parece ser miseria, fueron más allá de ellos mimos y encontraron gran felicidad, paz e incluso alegría en esta vida: «Porque nosotros, los que vivimos, somos constantemente entregados a la muerte por causa de Jesús, de modo que la vida de Jesús puede manifestarse en nuestra carne mortal… Por lo tanto, no estamos desanimados; más bien, aunque nuestro ser externo se está consumiendo, nuestro ser interior se renueva día a día» (2 Co 4,11. 16). San Pablo experimentó que ya no era él quien vivía, sino que Cristo estaba en él (cf. Ga 2, 19), y no solo el Señor crucificado, sino el Señor crucificado y resucitado, que ya había vencido al mundo y lo había vencido en nosotros a través de la fe (cf. 1 Jn 5,4).

En esencia, las Bienaventuranzas nos describen la vida interior de Cristo mismo, Su actitud hacia la Cruz y el mundo. Cuando pronunció las Bienaventuranzas, Jesús simplemente hizo explícito lo que era en Sí mismo y cómo todos somos llamados a ser en relación con el Padre. Jesús renunció a los bienes de este mundo por amor al Padre y por la salvación de las almas. Como Jesús, estamos llamados a no vivir para nosotros mismos, sino para Dios, y por lo tanto a entrar en la bienaventuranza de la comunión de amor de Jesús con el Padre. A la luz de los Santos Ángeles queremos, entonces, pasar por cada bienaventuranza para comprender dónde nosotros también debemos crecer, a través de la fe y el Espíritu Santo, en el seguimiento interior de Jesús. Y queremos ver cómo los Ángeles, que vienen a nosotros por sus “propias Bienaventuranzas”, nos llevan hacia esta escalera a la bienaventuranza celestial.

Jesús sienta las bases para todo crecimiento interior en la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres en el espíritu…» (Mt 5, 3). Por lo tanto, «indica lo primero y más importante para el hombre: vaciarse (hacerse pobre) por Dios, para que Dios sea para el hombre su único y todo» (Madre Gabriela, Carta circular núm. 26, Lecturas del año I, otoño de 1963). En otra parte, Jesús dice: «Buscad primero el Reino de Dios…» (Mt 6,33). «Vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y luego ven y sígueme» (Lc 18,22).

Este llamado a la pobreza no es solo el llamado radical de los religiosos consagrados. Todo cristiano debe vivir la pobreza espiritual: «¿Cómo puedes recibir a Dios en todo tu ser, oh hombre, si ya te has llenado de deseos, apegos y preocupaciones? Debes entregarle todo y considerarlo nada si quieres poseer y ver a Dios. Sobre todo, sin embargo, debes desprenderte de ti mismo» (Madre Gabriela, o. cit.). En su prueba, los Santos Ángeles renunciaron a todo por amor a Dios. Bajo el liderazgo de San Miguel, se negaron a sí mismos y a su propia voluntad y se reunieron en la oscuridad de la fe ciega: «¡¿Quién es como Dios?!». En contraste, los ángeles caídos se negaron a rendirse a Dios y a Su plan para la creación diciendo «¡No serviré!» (Jer 2, 20), y por lo tanto se convirtieron en demonios. Y así como los demonios fueron arrojados del cielo inmediatamente de la prueba, los Ángeles fieles inmediatamente recibieron su recompensa, la visión beatifica de Dios. Y esta es la primera bienaventuranza de los Ángeles: ¡ver a Dios! Los Santos Ángeles siempre conservan esta visión de Dios, incluso cuando sirven como Ángeles de la guarda. Nuestro Señor nos dice esto cuando habla de los niños pequeños: «Sus Ángeles ven continuamente ven el rostro de Mi Padre que está en los cielos» (Mt 18,10). Debido a su visión clara y a la victoria que ganaron en la prueba a través de la fidelidad y el desapego de su propia voluntad, los Ángeles son dados como guías al hombre, que todavía viaja en la oscuridad de la fe. Ellos nos enseñan a desapegarnos de nosotros mismos, a vivir el Soli Deo, es decir ¡sólo Dios! Nos enseñan a doblegar nuestra voluntad para servir a la voluntad de Dios. De esta manera, ya aquí en la tierra experimentaremos la bienaventuranza de la humildad y pobreza de espíritu, porque sus frutos son la paz del corazón, la alegría en el servicio de Dios y la sabiduría. ¡A través de la pobreza en las cosas de este mundo, como lo promete Nuestro Señor, ya participaremos en los bienes y las alegrías del Reino de los cielos!

La segunda bienaventuranza del hombre es: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra». Al igual que la primera, esta bienaventuranza es también una paradoja para el mundo. El mundo le dice al hombre pobre y humilde: “¡tonto!”, y al manso le dice: “¡borrego!” porque el mundo valora el orgullo más que la pobreza, y la ira más que la mansedumbre; pero estas son precisamente las dos virtudes que Nuestro Señor quiere que aprendamos primero, como Él mismo nos dice: «Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). El mayor poder y fuerza de la mansedumbre fueron demostrados por Jesús en la victoria de la Cruz: «Debido a que Él Se entregó a Sí mismo a la muerte y fue contado entre los impíos, Él quitará los pecados de muchos y obtendrá el perdón por sus ofensas» (Is 53,12). María voluntariamente ofreció a su Hijo a los pies de la Cruz y participó así, de manera integral y necesaria, en el acto de la redención. Ella también sufrió por las almas, sin oponerse, sin rencores, e incluso oró por aquellos que crucificaron a su Hijo. Por lo tanto, se convirtió en la Madre de la Misericordia y la Medianera de las gracias.

Esta bienaventuranza, entonces, no es debilidad, como parece a los ojos del mundo, sino más bien fuerza de voluntad, fuerza para hacer la paz, fuerza para ser firme pero gentil, fuerza para cargar la cruz, fuerza para vencer con paciencia, fuerza del amor sobre el odio. Es fácil enojarse, reaccionar, tomar venganza; es difícil amar, perdonar, mostrar misericordia frente a la controversia y la oposición. Es fácil impacientarse; es difícil soportar y tolerar. Es fácil explotar, es difícil esperar por el momento oportuno y la palabra correcta. Por lo tanto, esta mansedumbre es realmente «fuerza de voluntad; es el arma del amor, el arma de la Cruz, el arma de Nuestro Señor y de Su Madre» (Madre Gabriela, o. cit.).

Los Ángeles también necesitaban ejercitar esta mansedumbre, imitando los Corazones de Jesús y María. La segunda Bienaventuranza del Ángel consiste, pues, en que se le permite contemplar a Cristo, y en Él, a María. En el Antiguo Testamento, los Ángeles fueron los ejecutores de la estricta justicia de Dios. Un Ángel del Señor estuvo listo para matar incluso a Moisés, porque, habiendo sido criado por una egipcia, no había sido circuncidado de acuerdo con el pacto de Abraham (cf. Ex 4, 24). En el Nuevo Testamento vemos cómo Jesús mismo enseña a los Ángeles a ser amables. En la parábola de la cizaña sembrada por el enemigo entre el trigo mientras todos dormían, los siervos (los Ángeles) preguntan si deberían arrancarla. Pero el dueño (Jesús) dice: «No, si arrancan la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Que crezcan juntos hasta la siega» (cf. Mt 13, 24-30). Del ejemplo de Jesús, los Ángeles aprenden la dulzura y la mansedumbre, en su servicio de Ángeles de la guarda. No deben arrancar la semilla de la buena voluntad y las virtudes que germinan (trigo) mediante un castigo estricto de todas nuestras debilidades humanas (malezas) a lo largo del camino. Jesús dice: «Tus pecados son perdonados… Tu fe te ha salvado, vete en paz» (cf. Lc 7,48-50).

Como hijos de un buen padre, los Ángeles aprenden de Jesús que el estímulo del bien en una persona conduce a un mayor crecimiento en virtud, más que el duro castigo y la erradicación de cada falta. Por lo tanto, ahora, en la era de la Iglesia, como Ángeles de la guarda, no condenan, castigan o abandonan a su protegido cuando peca, sino que interceden, persuaden y acompañan al alma hasta que encuentre su camino hacia Dios otra vez. Cuántas veces al día fallamos en nuestros deberes ante Dios y, sin embargo, el Ángel no se da por vencido con nosotros. Él quiere enseñarnos esta misma mansedumbre, perdón, amabilidad y fidelidad hacia nuestro prójimo, porque «benditos son los mansos». Sólo cuando aprendamos esta mansedumbre, encontraremos la paz también en nosotros mismos.

La tercera bienaventuranza es: «Bienaventurados los que lloran…». Con respecto a esto, en lo primero que piensa el hombre es en el duelo por la muerte de un ser querido. Incluso Jesús derramó lágrimas por la muerte de Lázaro. La muerte del hombre es una consecuencia del pecado original, pero no es definitiva. Para el Ángel, la muerte es simplemente una transformación, la separación de alma y cuerpo y el comienzo de la eternidad para el alma. Lo que más le preocupa al Ángel es nuestro bienestar espiritual y nuestro destino eterno. La tercera bienaventuranza del Ángel es, entonces, “que se le permita contemplar la creación intacta y no corrompida”, es decir, como fue “en el principio”. Él ve la devastación causada por el pecado en el paraíso de Dios y el castigo de la muerte infligido al hombre. Él ve las consecuencias eternas de todas nuestras decisiones y también los medios de Dios para restaurar toda la creación. «El Ángel es el portador del consuelo. Él le muestra al hombre la omnipotencia y la sabiduría de Dios en la creación. Él amplía la perspectiva del hombre sobre los amorosos planes de Dios en la creación» (Madre Gabriela, o. cit.). Por lo tanto, el Ángel también quiere enseñarle al hombre la jerarquía apropiada de bienes, para que no se desaliente por las tristezas en este “valle de lágrimas”, sino que aprenda a fijar sus ojos en Dios y Su plan amoroso. El Ángel enseña al hombre a llorar mucho más por la devastación de la creación, especialmente de las almas humanas, como consecuencia del pecado, y lo lleva a querer participar en la obra de la salvación y en la cosecha de toda la creación de regreso a Dios. Cuando se piensa en las consecuencias del pecado, una de las primeras respuestas es el deseo de reparar. Al hacer reparaciones, especialmente aquí por nuestros propios pecados, podemos transformar todos nuestros dolores e incluso la misma muerte en actos de amor, al aceptarlos y ofrecerlos a Dios. De esta manera, nuestras penas incluso pueden merecer a otros la gracia de la conversión o el arrepentimiento. Así, nuestro duelo se convertirá en bienaventuranza y nos traerá el consuelo de nuestra propia justificación y perdón y el de participar en la obra de la redención al hacer el bien por la Iglesia.

Esta bienaventuranza está estrechamente relacionada con la cuarta, «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mt 5,6). La Madre Gabriela (o. cit.) escribe: «Estas son las personas que llevan en sí el hambre y la sed del Señor por la salvación de las almas. Se ofrecen a la justicia de Dios como víctimas de expiación para implorar el amor y la misericordia de Dios para los pecadores». Esta es la verdadera imitación de Cristo, que nos amó incluso hasta el punto de aceptar la muerte en la Cruz por nosotros. «Al sufrir por nosotros, Jesús no solo nos proporcionó un ejemplo para que lo imitemos, sino que abrió un camino, y si lo seguimos, la vida y la muerte se vuelven santas y adquieren un nuevo significado» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 22).

Para guiarnos en este camino de expiación, los Ángeles también deben comprender el poder de la Cruz. Por lo tanto, la cuarta bienaventuranza del Ángel es “que se le permita contemplar la redención” (Madre Gabriela, o. cit.). Los Ángeles no son omniscientes. No sabían de antemano que el hombre caería ni cómo se desarrollaría la redención. Estos eran misterios «que los Ángeles anhelan contemplar» (1 Pe 1,12). Debían seguir la actuación de Dios a lo largo del tiempo, ¡y con qué asombro fueron testigos de la redención y el establecimiento de la Iglesia! Ahora ven cómo Dios resuelve la salvación de cada hombre por miles de medios diferentes y cómo Él viene a encontrarse con el hombre donde esté. Ven el gran regalo de los sacramentos, especialmente la Santa Misa (¡mientras que el hombre a menudo la ve como una obligación semanal, que desea que pase lo más rápido posible para que pueda llegar a casa temprano y ver los deportes del domingo en televisión!). Así, los Santos Ángeles quieren compartir su visión con nosotros y enseñarnos a tener hambre y sed de almas y a usar todos los medios que se nos ofrecen en la Iglesia para nuestra salvación.

La quinta bienaventuranza del hombre es «Bienaventurados los misericordiosos» (Mt 5,7). Nuestro Señor Jesucristo elogia al misericordioso con palabras y ejemplos no solo una vez, sino que todos los caminos del Señor son misericordiosos. La misericordia con que Dios rodea al hombre no conoce límites. Jesús es para ambos, hombre y Ángel, el ejemplo de la misericordia por excelencia. Como se mencionó anteriormente, antes de la venida de Cristo y de la redención, el Ángel actuaba ante el hombre principalmente con la justicia de Dios por celoso amor a Él.  Pero Nuestro Señor trajo la misericordia del Padre: «Aunque una madre se olvide de su propio hijo, Yo no te olvidaré» (Is 49,15). ¡Qué tremenda promesa de Dios! El Ángel se abre a la misericordia, ya que ahora se le permite ver al hombre a través del Señor y de Su redención.

Y esa es la quinta bienaventuranza del Ángel: poder ver al hombre en el Corazón de Jesús y de María. El Señor desciende al seno de la Virgen más pura. Se convierte en un Hombre entre los hombres, en un pobre en medio de los pobres. Él muestra misericordia sobre misericordia. Él perdona los pecados. Él Se sienta a la mesa con mendigos y pecadores. Él Se entrega a Sí mismo con verdadera misericordia divina. ¡Cuánto hay para que el Ángel contemple y alabe! Porque a través de Su Cruz, Jesús «derribó el muro de enemistad que los separaba» (Ef 2,14) entre el Ángel y el hombre, y «Cristo quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de Su Cruz» (Col 1,20). Ahora, el Ángel puede entrar, en el amor de Cristo y de María, al hombre.

La sexta bienaventuranza del hombre es «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Mientras que en la primera bienaventuranza el hombre se esfuerza por estar cada vez más vacío para poder estar lleno de Dios, en ésta se esfuerza por ser cada vez más claro y transparente para Él, para que Dios Se refleje en él y pueda comunicarle más fácilmente Su voluntad. El pobre en el espíritu es un luchador; el puro, en cambio, no lo es. El puro es como agua clara y tranquila, uno puede ver a través de él y puede contemplar a Dios en sí mismo. El Papa Benedicto escribe: «El órgano para ver a Dios es el corazón […]. El corazón, el hombre completo debe ser puro, interiormente abierto y libre, para que el hombre pueda ver a Dios» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret). Es decir, el hombre puro puede entender a Dios por el orden en su propia alma. El hombre sensual no puede ver ni entender a Dios debido al propio desorden de su alma nublada: ¿cómo puede un ladrón entender a un “Dios justo”, un adúltero a un “Dios santo”? Incluidas en esta pureza están la honestidad, la veracidad y la justicia hacia el prójimo. El hombre puro es como el Ángel, como un niño puro ante Dios, libre de los impulsos de su naturaleza inferior. El Ángel puede comunicarse más fácilmente con el alma pura porque está abierta a recibir la luz de Dios, como una ventana limpia y transparente. ¡Entonces los puros son guiados por los Ángeles y aprenden con ellos a servir a Dios con alegría!

Y esta es la sexta bienaventuranza del Ángel: el hecho de que ¡se le permita servir a Dios! Los puros de corazón también ofrecen sacrificios puros ante Dios, así como en el Antiguo Testamento todo animal de sacrificio debía ser, antes que nada, puro. El Ángel de Fátima les dijo a los niños: «Ofreced sacrificios a Dios como acto de reparación por los pecados con los cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. De esta forma traerán la paz a su país, porque yo soy su Ángel de la guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, soporten y acepten con paciencia los sufrimientos que Dios les envíe». Vemos aquí que aquellos que oran con corazón puro y se sacrifican por la salvación de las almas, también son pacificadores. Entonces, en la batalla por las almas, el Ángel trata de despertar en el hombre la necesidad de hacer oración y sacrificio y de apelar a todas las fuentes de gracia que se encuentran en la Iglesia para llevar a los hombres a la paz con Dios y entre ellos.

Y esa es, precisamente, la séptima beatitud del hombre: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). Los hijos del malvado siembran discordia, guerras, odio y mentiras, y el hombre no puede vencer al maligno sin ayuda sobrenatural. Los Ángeles no sólo sirven a Dios con alegría, sino que también luchan por Dios, y esta es su séptima bienaventuranza: poder defender y mantener la paz, a fin de que se le permita a Cristo reinar. Los puros de corazón vencen al diablo al resistir todas sus tentaciones con la disposición de servir a Dios hasta la muerte. Aquellos que han sido guiados y defendidos por los Ángeles aprenderán a conformar su voluntad a la voluntad de Dios y, a través de su unión con la voluntad de Dios, traerán paz a su entorno.

La última bienaventuranza del hombre es: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por Mi causa. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron» (Mt 5,10-12). Hoy en la Iglesia muchos cristianos están siendo perseguidos por la fe. Enviemos a los Santos Ángeles para defenderlos y fortalecerlos, para que puedan amar hasta el final.

Este es el significado de todas las Bienaventuranzas. Como se mencionó anteriormente, son pasos en la escalera hacia la santidad, hasta la perfección de la caridad. El mundo nos enseña a buscarnos a nosotros mismos, a buscar ganancias, consuelo, placer y ganancia. Pero el mensaje del Evangelio, de las Bienaventuranzas es el opuesto: «Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna» (Jn 12,24-25). Si queremos ser siervos de Cristo, debemos seguirlo también a la Cruz. ¡Pero esta Cruz se transformará, ya en esta vida, en paz y bendición! «Donde Yo esté, estará también Mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre» (Jn 12,26).

¡En ninguna de las Bienaventuranzas está el Ángel tan estrechamente asociado con el hombre como en esta última, especialmente en su servicio como Ángel de la guarda! «¡Bienaventurado eres, Ángel, Mi siervo, cuando los hombres te reprochan y desprecian, te difaman y te persiguen! ¡Yo soy tu recompensa! Debes caminar sobre la tierra en Mi imitación, en silencio, escuchando y obedeciendo, pobre, puro y fiel. Te permito cuidar del hombre —en quien Yo pensaba cuando te creé— desde su primer aliento en la tierra hasta su último suspiro, ¡y cuidarme a Mí en él! Tú, como el primer creado, puedes llevar Mi Cruz de la redención después de Mí, y con la Cruz, traer también al último creado, el hombre, a Mi trono. Junto con la luz de la iluminación, también te daré la palabra de la exhortación e instrucción a tu protegido. Te ato a tu Reina, María, Mi Madre. Te dejo acompañar, pobre y humilde, a tu protegido en la imitación de Mi Pasión. Pero te doy el poder de intercesión y el manto protector de Mi Madre. ¡Así cumplirás tu colaboración en la redención del mundo como Mi siervo!» (Madre Gabriela, o. cit.). Caminemos, pues, imitando a Cristo, a María y a los Ángeles, y con su ayuda, por el camino de las Bienaventuranzas. Es una forma de servicio voluntario, una forma de amor, ¡y en este camino seremos verdaderamente bendecidos!

Categorías
Cartas Circulares

CC78 – Iglesia actual

Dando testimonio de Dios en el mundo de hoy:

Sanando una Iglesia en crisis con la ayuda de los santos Ángeles

Cuando Nuestro Señor estaba por ascender al cielo, les prometió a los discípulos: “recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y serán Mis testigos en Jerusalén, a través de Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,6). Después de Pentecostés hasta la gran fiesta de Cristo Rey, la Iglesia entra en el Tiempo Ordinario, el tiempo en que seguimos a los Apóstoles en su gran trabajo misionero. Habiendo sido encargados por Cristo, es el tiempo de la misión para todos los discípulos de Cristo, también para nosotros. Y quizás, más que en cualquier otro momento en la historia, los países de Europa, Estados Unidos y otros, se han convertido en “territorio de la misión”. Por ejemplo, según las estadísticas, en los EE.UU. un 30% de las personas menores de 30 años no tienen afiliación religiosa.

Libertad sexual y relativismo moral

El cristianismo en general y el catolicismo también están sufriendo las convulsiones culturales y morales que sacuden a la sociedad. En un esfuerzo por explicar el escándalo de la pedofilia dentro y fuera de la Iglesia en un artículo publicado recientemente, el Papa Emérito Benedicto XVI, con su claridad habitual (incluso en su edad avanzada), describe diferentes fuentes de este problema, que son paralelas, pero independientes entre sí. Primero, el declive cultural generalizado desde la revolución sexual de la década de 1960, donde durante algún tiempo se permitió la pedofilia y se consideró incluso apropiada. “Al mismo tiempo, independientemente de este desarrollo, la teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en la sociedad” (Papa Em. Benedicto XVI, “Reflexión sobre escándalos de abuso”, Vaticano, 10 de abril de 2019), tales que muchos teólogos e incluso Obispos negaron la existencia de absolutos morales: nada podría llamarse intrínsecamente malo en todo momento y en todas las circunstancias. “Si bien la antigua frase ‘el fin justifica los medios’ no se confirmó en esta forma cruda, su forma de pensar se convirtió en la norma” (ibid.). El Papa San Juan Pablo II reaccionó a esta tendencia publicando la encíclica Veritatis Splendor, en agosto de 1993. Su intención general, según Benedicto, era mostrar que:

                  “…hay bienes que nunca están sujetos a concesiones. Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida caracterizada por la negación de Dios, una vida que se basa en algo que al final es una mentira, no es vida. El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho de que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defienden… muchos otros demuestran que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí” (ibid.).

En otras palabras, hay verdades por las que nosotros, como católicos, deberíamos estar dispuestos a morir. Nuestra fe no es algo que podamos profesar en un momento y negar en el siguiente. Negar esta verdad, es negar la verdad de la fe; es invalidar el testimonio de los mártires a lo largo de los siglos, comenzando con el primer “mártir”, Jesucristo mismo. Sin embargo, es precisamente esto, dice Benedicto, lo que muchos teólogos e incluso Obispos han defendido en los últimos 50 años.

La corrupción de los seminarios y el ataque a la fe

Además, la calidad de la formación sacerdotal ha disminuido enormemente en este clima cultural general. “En el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal, hay que constatar de hecho una profunda quiebra de la actual forma de esta preparación. En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, y que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos” (ibid.). Adicionalmente, hubo un gran abandono de las tradiciones y enseñanzas de la Iglesia en el llamado, pero falso “espíritu” del Vaticano II:

                                                            De hecho, una mentalidad conciliar era entendida en muchos lugares como una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, que ahora debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. […] Hubo –y no sólo en los Estados Unidos de América– algunos obispos que rechazaron la tradición católica en su conjunto e intentaron formar una especie de nueva “catolicidad” moderna en sus diócesis (ibid.).

Lo que está en juego no sólo son los escándalos, sino que la fe misma está bajo ataque. “De hecho, es importante ver que dicha mala conducta de los clérigos en último término daña la fe: Tales ofensas son posibles sólo allí donde la fe ya no determina las acciones del hombre” (ibid.). Por esta razón, no es sorprendente que, debido a la reciente crisis, muchos se sientan tentados a abandonar la Iglesia, o ya lo hayan hecho.

¿Qué podemos hacer?

             ¡La primera reacción de la Iglesia, y como miembros del Opus Angelorum, es no abandonar el barco!. San Bonifacio escribe en los tiempos atribulados del siglo séptimo: “En su viaje a través del océano de este mundo, la Iglesia es como un gran barco golpeado por las diferentes tensiones de las olas de la vida. Nuestro deber no es abandonar el barco, sino mantenerlo en su curso” (Oficio de Lecturas, 5 de junio). La primera característica de los santos Ángeles es la fidelidad. Como colaboradores de los santos Ángeles, por lo tanto, queremos permanecer fieles a Dios y a la Iglesia que Él estableció en la tierra como nuestra Madre y camino de salvación.

             Fidelidad y vivir la fe

El Papa Benedicto hace referencia irónicamente a la revolución protestante que dice: “¿Tendríamos quizá que crear otra Iglesia, para que las cosas funcionen correctamente? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado”. Sólo el camino de la obediencia y el amor por Jesucristo puede ser el camino correcto. Por lo tanto, entremos más seriamente en la discusión de nuestro papel en la batalla contra el mal en la Iglesia y la sociedad en estos tiempos. En última instancia, se trata de mantener y dar testimonio de la fe a través de una unión real y personal con Dios y Su amor:

             «Yo diría en primer lugar: Si quisiéramos resumir de modo realmente muy breve el contenido de la fe que se fundamenta en la Biblia, podríamos decir que el Señor ha iniciado una historia de amor con nosotros y quiere resumir toda la creación en ella. El mal nos amenaza a nosotros y a todo el mundo. La fuerza contraria al mal solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Él es la verdadera fuerza contra el mal. El poder del mal emerge de nuestro rechazo de amar a Dios. El redimido es aquel que se confía al amor de Dios» (ibid.).

             El primer principio de la fe debe ser siempre: Dios es, Dios existe. Sólo Dios puede dar sentido a la vida del hombre y al mundo que lo rodea. “Un mundo sin Dios sólo puede ser un mundo sin significado. Porque entonces, ¿de dónde vendría todo lo que existe? En cualquier caso, no tiene fundamento espiritual. De algún modo estaría ahí simplemente, sin tener fin alguno ni ningún sentido. Entonces no habría ningún criterio del bien o del mal. Se impone entonces sólo lo que es más fuerte que lo otro. El poder es entonces el único principio. La verdad no cuenta… Sólo si las cosas tienen un fundamento espiritual, si son queridas y pensadas –sólo si hay un Dios Creador que es bueno y quiere el bien–, puede tener sentido también la vida del hombre” (ibid). En otras palabras, si no fuéramos creados por Alguien para un propósito determinado y para un cierto fin, entonces sería difícil encontrar un sentido para nuestra existencia.

Atestiguando al Dios que es amor

Si sabemos que Dios es, que nos creó y nos quiso, que Él habla con nosotros en la revelación, e incluso llegó tan lejos que quiso ser uno de nosotros, entonces nos regocijamos porque sabemos que Dios nos ama, que Dios es amor y nos ha creado para entrar en este amor. Este es el Dios al que estamos llamados a atestiguar en el mundo de hoy. “Cuando venga el Paráclito que Yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí. También ustedes darán testimonio, porque desde el principio están conmigo” (Jn 15,26-27). El gozo de ser conocidos y amados por Dios -que experimentamos a través de la oración y el contacto íntimo con Dios– debe llenar nuestros corazones e irradiarse de nosotros, para que aquellos que tienen «ninguna» (religión), ningún propósito, ningún Dios, ningún significado o solución para las preguntas más profundas de la vida, pueden ver nuestra alegría y buscarla por sí mismos.

Lo central en la Obra de los Santos Ángeles es vivir nuestra unión con Dios es, por lo tanto, una «tarea primordial» para nosotros hoy, para sanar a una sociedad degenerada. Porque sin Dios, la sociedad no tiene una meta final por la cual esté orientada, no tiene una brújula moral, no hay razón para decir que esto es correcto y esto es incorrecto.

En el mundo se dice, que cuando Dios muere en una sociedad, ésta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad… porque desaparece la medida, que nos indica la dirección, enseñándonos a distinguir el bien y el mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y a la que nada tiene ya que decirle. Y por eso es una sociedad en la que la medida de lo humano se pierde cada vez más. En algunos puntos individuales (el aumento de la pedofilia, el aborto y el infanticidio, el suicidio asistido, el matrimonio gay, etc.) se puede ver que se ha aceptado ya como evidente algo que es malo y destruye al hombre.

Ese es el caso de la pedofilia. Se la teorizó hasta hace poco como algo legítimo, y se ha difundido cada vez más. Y ahora reconocemos conmocionados que a nuestros niños y jóvenes les están pasando cosas que amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe conmocionar de modo especial.

Es decir, porque nuestra sociedad primero rechazó a Dios y Su autoridad moral, por lo tanto, se encuentra cometiendo crímenes que nunca se hubieran imaginado hace 50 años.

Aunque el problema puede estar en «ellos», la solución y la sanación de la sociedad dependen de nosotros, ¡de mí! Somos responsables de traer a Dios de vuelta a la sociedad. “¿Cómo pudo la pedofilia alcanzar tales proporciones? Al final, la razón está en la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios, porque este discurso no parece ser práctico». ¿Cuándo fue la última vez que dijimos: «Dios te bendiga» al cajero del supermercado; ¿o nos persignamos con la Cruz cuando pasamos junto a una iglesia donde Jesús vive abandonado en el Santísimo Sacramento? ¿Hemos tenido el coraje de decir algo contra la deshonestidad o un desorden moral en el lugar de trabajo? ¿Permitimos que el respeto humano evite que mencionemos a Dios? De esta manera, también podemos dar testimonio de un Dios que está aquí con nosotros, que nos ama y quiere ser conocido y amado por todos los hombres. Traigámoslo de vuelta a este mundo, antes de que el mundo se destruya (aún más) a sí mismo. ¿Cómo podemos hacer esto?

Lo más importante es que “nosotros mismos comencemos de nuevo a vivir de Dios y para Él. Ante todo, nosotros mismos tenemos que aprender otra vez a reconocer a Dios como fundamento de nuestra vida… y a no dejarlo a un lado como algo secundario, sino reconocerlo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones» (ibid.). Lo que propone el Papa Emérito Benedicto es realmente una renovación de la vida espiritual, una renovación e intensificación de nuestro “caminar con Dios” a través de la fe viva. Sólo en la oración y en los Sacramentos encontraremos nuestra orientación de parte de Dios. Todos rezamos diariamente, tal vez incluso vamos a Misa diaria. Pero, ¿caminamos en la presencia de Dios?, ¿somos conscientes de Él a lo largo de nuestro día, hablamos con Él íntimamente y Lo dejamos guiar nuestras acciones, en el trabajo, con amigos, en nuestros hogares? ¿Tenemos tiempos regulares de silencio y lectura espiritual, donde permitimos que Dios nos hable?

Aceptar la ayuda de los santos Ángeles

Los santos Ángeles están aquí, esperando para ayudarnos. Como espíritus puros, su naturaleza es más parecida a Dios que a la del hombre, sin embargo, permanecen más cerca de nosotros como creaturas de Dios. Habiendo superado ya su prueba, están confirmados en gracia, participando de la naturaleza divina en la visión beatífica. Además, el Papa San Juan Pablo II escribe: “Los espíritus puros tienen un conocimiento de Dios incomparablemente más perfecto que el del hombre, debido al poder de su intelecto. No condicionados ni limitados por la mediación del conocimiento sensible, ven en lo más profundo la grandeza del Ser infinito, de la primera Verdad, del Bien supremo. A esta sublime capacidad de conocimiento de los espíritus puros, Dios ofreció el misterio de Su divinidad, haciéndolos así partícipes, a través de la gracia, … de la vida íntima de Aquel que … «es Amor» (1Jn 4,16)” (Audiencia, 23 de julio de 1986). Al tener intelectos poderosos y una unión íntima con Dios y Su voluntad, los Ángeles son enviados para ayudar al hombre en su camino hacia Dios (cf. Heb 1,14). Si aprendemos a reconocer nuestra pequeñez y a ser un niño ante Dios y Su «embajador», el Ángel, seremos dirigidos de manera mucho más eficaz por los Ángeles. La Madre Gabriela Bitterlich presenta un diálogo entre un alma orgullosa y un alma simple, en la cual el alma simple dice:

Sé que no soy nada. Por esta razón, le pido a mi Ángel que lleve la luz delante de mí. Él nunca tropieza; nunca se extravía como lo hace cada «luz hecha por sí mismo». Su luz se llama: Fe, Esperanza, Caridad; Su luz le da fuerza y confianza. El Ángel es como un telescopio a través del cual, día y noche, siempre puedo ver a Dios. Su palabra es estricta, pero verdadera y buena, él siempre apunta hacia Dios. Él es un hermano para mí, porque es una criatura de Dios, tal como yo lo soy. Él es mi guía, porque ya está en la Visión Beatífica, en cambio yo todavía debo luchar y batallar (Lecturas, Adviento 1955).

Los Ángeles no sólo nos ayudan a conocer y amar más a Dios, sino que, si seguimos su dirección, permitiéndoles que nos guíen, nos formarán de tal manera que seamos una «puerta de entrada» para los Ángeles a los corazones de los demás.

Los Ángeles nos enseñan a ser nuevamente como niños ante Dios, para que nos volvamos transparentes para ellos a través de la claridad e integridad de nuestro carácter, a través de la simplicidad y el amor puro por Dios y para que ellos, a través de nosotros, puedan aplicar su fuerza de radiación más efectivamente a la batalla por el Reino de Dios. Así como los Ángeles son para nosotros como telescopios a través de los cuales podemos ver a Dios mucho más cercano y claramente, más absoluto y majestuoso, así como nosotros somos para los Ángeles como puertas a través de las cuales pueden acercarse mejor al interior de las almas, a fin de iluminarlas y dirigir sus acciones (Lecturas, Navidad 1958).

Santo Tomás de Aquino escribe que, mientras los hombres predican y llegan a oídos de otros, ¡los Ángeles tocan el corazón! Si invocamos a los Ángeles y les pedimos que nos guíen en nuestras vidas, por consiguiente, trabajarán junto a nosotros, no sólo para nuestro propio crecimiento en la santidad, sino también en la batalla por la salvación de las almas.

 

Testificando la Eucaristía: Misterio Central de la Fe

      Un área en particular donde el Papa Emérito Benedicto ve un declive en la fe católica es en la Santa Eucaristía. El Vaticano II había subrayado la importancia de ver en la Eucaristía “la fuente y la cumbre” de la vida espiritual de la Iglesia, y de alguna manera esta enseñanza ha dado sus frutos, especialmente en el surgimiento de tantas capillas de adoración en nuestro país. Sin embargo, también han surgido muchos abusos y una gran disminución en la asistencia regular a la Santa Misa, porque muchos católicos ya no creen en la Presencia Real.

      No predomina una nueva reverencia ante la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de tratarlo que destruye la grandeza del misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que nosotros, cristianos de hoy, somos capaces de apreciar la grandeza del don, que consiste en Su Presencia real. Se devalúa la Eucaristía a un gesto ceremonial, cuando se da por normal que la cortesía requiere que Ella sea ofrecida a todos los que, por razones de parentesco, están invitados (tanto católicos como no católicos, y aquellos que ya no practican su fe), a celebraciones familiares o en ocasiones de bodas y funerales. Esto se evidencia también por la manera como en diferentes sitios los presentes reciben sin más el Santísimo Sacramento como algo normal… Así pues, cuando pensamos en qué hay que hacer, está claro que no necesitamos otra Iglesia diseñada por nosotros. Lo necesario es, más bien, la renovación de la fe en la realidad de Jesucristo que nos es donada en el Sacramento (ibid.).

Un paso importante hacia la sanación de la Iglesia es, por lo tanto, una renovación de la fe, amor, la reverencia y el anhelo por la Sagrada Eucaristía. El obispo Mons. Athanasius Schneider, ORC, ha escrito dos libros invitando a los fieles a renovar la antigua práctica de recibir la Sagrada Comunión en la lengua y no en la mano. Podríamos considerar tomar esta práctica, que muestra más reverencia de la que actualmente exige la Iglesia, en un espíritu de reparación para todos aquellos que, irreverente, irreflexiva o incluso indignamente (en el estado de pecado) reciben a Nuestro Señor. O también, podríamos recibir en la lengua en reparación todas las partículas de la hostia, que contienen el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, que inadvertidamente caen al suelo y son pisoteados como resultado de la Comunión en la mano o la falta de uso de la patena de la Comunión, que, por cierto, todavía es requerida por la Iglesia (ver Redemptionis Sacramentum 93, IGMR 118).

          Ya sea que tomemos esta práctica o no, en cualquier caso, los santos Ángeles quieren guiarnos hacia una mayor reverencia hacia Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. Al ver más claramente la majestad y la santidad de Dios, se estremecen ante la falta de respeto o incluso por el sacrilegio con que los hombres manejan la Sagrada Eucaristía. Por lo tanto, ellos quieren guiarnos, especialmente como miembros del Opus Angelorum, a un mayor amor y reverencia por Jesús escondido en el Tabernáculo y en la Hostia. El Ángel nos ayudará, si le pedimos, nos enseñe a ver más claramente la realidad de la Sagrada Eucaristía.  En una meditación, la Madre Gabriela escribe:

           «Estás arrodillado en el Sagrario ante el Señor. Tu Ángel, adorando a su Creador, se ha colocado ante ti y puedes ver a través de él por tu amor y anhelo a Dios, como a través de un ojo espiritual claro, como a través de un telescopio. Las paredes del Tabernáculo permiten que tu mirada penetre a través de ellas para ver el trono dorado de Dios en medio de un mundo frío. ¡El Señor, Él está realmente aquí!».

            El Señor eligió la forma blanca de Pan como un misterioso regalo de amor, para entregarse a Sí mismo a nosotros, al máximo. ¿Cómo podríamos de otra manera soportar Su divinidad? El Sol del Amor nos espera aquí. Y al igual que las llamas brotan del sol material en el cielo, también aquí las llamas brotan, pero las llamas del Amor Divino, que salen a nuestro encuentro. Esto no es una exuberancia poética o fantasiosa; es una realidad. Pero debido a que nuestra naturaleza ha sido debilitada por el pecado original, estamos espiritualmente secos y atados más a la tierra que al cielo; nosotros… trabajamos mucho más hacia estructuras externas y para ser vistos y honrados exteriormente, en vez de querer ser semillas que contienen una fuerza de crecimiento para la eternidad. Por esta razón, el Dios todo misericordioso nos ha enviado a los Ángeles -al igual que al principio de los tiempos- como ayudantes salvadores, para alejarnos de las obras hechas de paja, de la torre de Babel, para que podamos conocer a Dios de nuevo, salir a buscarlo nuevamente y encontrarlo a Él. (Lecturas, Cuaresma, 1959).

          Por lo tanto, para traer sanidad al mundo y a la Iglesia, queremos amar a Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía doblemente por aquellos que no aman; Ser más reverente por aquellos que son irreverentes. Entonces, por la gracia de Dios, nos convertiremos en la semilla plantada en secreto y silenciosamente en la tierra, que renovará la fe en la PRESENCIA REAL que tantos han perdido, incluso sacerdotes y obispos.

Defendiendo la Santa Iglesia

Finalmente, el Papa Benedicto XVI en su comentario sobre las causas de la crisis en la Iglesia de hoy, ve una disminución de la fe en la Iglesia misma. Esta tentación, dice, viene del diablo, quien acusa a la Iglesia de ser totalmente mala, podrida por todas partes. Realmente es un ataque a Dios mismo, quien estableció a la Iglesia como el medio de salvación. Por lo tanto, es importante ver que, a pesar de todo el mal que podemos ver en la Iglesia, todavía hay muchas personas buenas y santas:

                  En la acusación contra Dios se trata hoy ante todo de menospreciar a Su Iglesia entera y así apartarnos de ella… Es muy importante contraponer la verdad completa a las mentiras y a las medias verdades del demonio: sí, existen pecados en la Iglesia y el mal. Pero existe también hoy la Santa Iglesia, que es indestructible. Existen también hoy muchas personas que humildemente creen, sufren y aman, en las cuales se nos muestra el Dios real, el Dios que nos ama. Dios tiene también hoy Sus testigos (“martyres”) en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes, para verlos y escucharlos (Benedicto XVI, Reflexión sobre escándalos de abuso).

Nosotros mismos estamos llamados a ser aquellas almas fieles y amantes del sacrificio que dan testimonio de Dios en la Iglesia. A través de la oración, la recepción fiel de los Sacramentos y el llevar valientemente la Cruz que Dios quiere para nosotros, nos convertiremos cada vez más en testigos convincentes de Dios en el mundo. Los Ángeles están a nuestro lado, guiándonos y ayudándonos, y defendiéndonos contra todos los trucos y seducciones del maligno.

                   Hermanos y hermanas, es hora de levantarse del sueño. Cuanto más fuerte sea la comunidad que formamos con los santos Ángeles y entre nosotros para orar y sacrificar, expiar, sufrir y luchar, viviremos más consistentemente, como un ejemplo para nuestro prójimo, de amor por nuestro Señor en el Tabernáculo y por la Cruz, así seremos una mejor arma, en manos de nuestra Madre, la Santa Iglesia, muchas más almas que podemos arrancar de las fauces del maligno (Madre Gabriele, Introducción a las Lecturas, 1955).

Por lo tanto, no nos desanimemos por el estado del mundo en este momento, ¡sino que seamos alegres en la esperanza! Profesemos cada vez más firmemente nuestra fe en Dios, en Su Iglesia y en los santos sacramentos, en la ayuda de los Ángeles y el manto protector de María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia. Sobre todo, oremos mucho y amemos a Dios con todo el fervor de nuestros corazones, ofreciéndonos a Él una y otra vez, en nombre de la Santa Iglesia y por sus sacerdotes. Y Dios enviará Su bendición sobre nosotros, sobre la Iglesia y nuestro país.

Categorías
Cartas Circulares

CC77 – Eucaristía

La Sagrada Eucaristía: en el corazón del misterio de la Iglesia

«La Iglesia vive de la Eucaristía» (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia = EcEuch, 1). Así como un niño que rechazara el pecho de su madre se marchitaría y moriría, también aquellos miembros de la Iglesia que pierden su fe y sed de la Eucaristía se convierten en ramas estériles y se mueren. Porque la Sagrada Eucaristía «encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia» (ibid.). Al meditar en este misterio sublime, por lo tanto, queremos renovar y despertar nuestra fe, nuestro primer amor, nuestra sed de la Sagrada Eucaristía y el Santo Sacrificio de la Misa, nuestra admiración y gratitud por este regalo sagrado de Cristo a Su Iglesia. “No sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de Sí mismo, de Su Persona en Su santa humanidad y, además, de Su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues ‘todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos…’” (ibid., 11, citando el Catecismo 1085). «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8).

La Eucaristía y el Calvario: un mismo sacrificio

La Iglesia, como sabemos, nació del misterio pascual: la sagrada Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús sacrificó Su vida en obediencia al Padre, y en Su muerte libremente aceptada, hizo la donación total de Sí mismo al Padre para nuestro bien. El Padre aceptó este regalo y Le otorgó a cambio Su «propio regalo paternal … nueva vida inmortal en la Resurrección» (ibid. 13). Jesús da este regalo de la Resurrección a la Iglesia, a quienes por la fe y el Bautismo se unen a Él como Su Cuerpo, a quienes se alimentan de Él en la Sagrada Eucaristía. «Porque Mi Carne es verdadera comida, Mi Sangre es verdadera bebida» (Jn 6, 55).

La Sagrada Eucaristía es el sacrificio mismo de Cristo; es el misterio pascual hecho presente para todas las generaciones. El Catecismo dice: «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un solo sacrificio» (Cat. 1367). No es un mero recuerdo, sino que cada celebración del Santo Sacrificio de la Misa «es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos» (EcEuch, 11), aunque ahora de manera no sangrienta. En cada Santa Misa, estamos espiritualmente presentes en el Calvario, debajo de la Cruz con nuestra Santísima Madre y San Juan. ¡Estamos ahí! Si bien el doloroso sacrificio físico de su carne fue solo una vez, el acto espiritual por el cual Jesús Se entregó al Padre es un acto eterno del Hijo de Dios, que trasciende el tiempo. En cada Santa Misa, por lo tanto, la obra de nuestra Redención se nos hace presente.

Ésta es la razón por la cual la Sagrada Hostia y la Preciosa Sangre están consagradas por separado, a pesar de que Jesús todo, Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, están presentes completamente bajo ambas especies. Es una señal sagrada que nos recuerda que se ha producido una muerte, que Jesús Se muere a Sí mismo y Se entrega por completo, una vez para siempre, en obediencia al Padre. Como miembros del Cuerpo de Cristo a través del Bautismo, estamos llamados a unir nuestro propio don de nosotros mismos con Su sacrificio, especialmente en la Santa Misa. El Concilio Vaticano II enseña esto claramente: “Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella” (Lumen Gentium, 11). ¿Cómo hacemos esto? Cuando aceptamos nuestras pruebas y penas, y las ponemos conscientemente en la patena del ofertorio, junto con todas nuestras alegrías y logros, nuestros pensamientos, obras y aspiraciones, los elevamos y los entregamos al Padre en agradecimiento por nuestra vida y por todas las gracias que nos ha otorgado, y en reparación por nuestros pecados y los pecados de los demás. Ésta es una participación consciente y activa en el Sacrificio Sagrado.

«El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él» (Jn 6, 53).

Por la fe sabemos que, en la consagración, el pan y el vino dejan de existir; se transforman en el mismo Cuerpo y Sangre de Jesús, que permanece oculto bajo las apariencias externas del pan y el vino. Es Jesús, que Se hace realmente presente en la Sagrada Hostia, y Se entrega a todos los que se Le acercan. Él no solo está presente entre nosotros, sino que quiere unirse íntimamente con cada uno de nosotros en la Sagrada Comunión.

La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: Le recibimos a Él mismo, que Se ha ofrecido por nosotros; Su Cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; Su Sangre, «derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26, 28) (EcEuch, 16).

En la Sagrada Comunión, es el Cuerpo de Jesús resucitado que recibimos, el Jesús vivo en Su estado glorificado. Jesús mismo está presente y activo en la Eucaristía; Él tiene sed de nosotros. Tiene sed de unirse con nosotros y compartir Su nueva vida con nosotros. «Como el Padre viviente Me envió, y Yo vivo por el Padre, el que Me come vivirá por Mí» (Jn 6, 57). Él quiere actuar sobre nosotros, cambiarnos y transformarnos en la forma de Su propia entrega y novedad de vida.

El Papa Benedicto, cuando todavía era cardenal, al comentar sobre San Pablo dice que, en la Sagrada Comunión, Jesús

… Se apodera de nuestra existencia corporal. Para expresar completamente la intensidad de esta fusión, Pablo compara lo que sucede en la Sagrada Comunión con la unión física entre el hombre y la mujer … Nos remite a las palabras en la historia de la creación: “Los dos [= el hombre y su esposa] se convertirán en una carne” (Gén 2,24). Y agrega: «El que está unido al Señor se convierte en un espíritu [es decir, comparte una sola existencia nueva en el Espíritu Santo] con Él» (1 Cor 6,17) (Card. Ratzinger, El Señor está cerca, p. 77, edición inglesa).

La presencia de Jesús no es algo meramente simbólico o pasivo, «sino que es un poder que nos atrapa y trabaja para atraernos a Sí mismo» (ibid.). En última instancia, se ordena la Sagrada Comunión a la transformación del alma en Cristo. Esto fue revelado a San Agustín, quien mientras todavía no aceptaba la posibilidad filosófica de la Eucaristía antes de su conversión, recibió una especie de visión: “¡Yo soy el Pan de los fuertes, cómeme! Pero no te transformarás ni Me harás parte de ti [como en el caso del pan normal]; más bien, ¡te transformaré y te haré parte de Mí!” (Confesiones, VII, 10,16). En la Sagrada Comunión, por lo tanto, Jesús busca sacarnos de nosotros mismos, asimilarnos a Sí mismo, haciéndonos uno con Él, y en Él, uno también con nuestro prójimo.

“Para que todos sean uno, como Tú en Mí y Yo en Ti” (Jn 17, 21)

San Pablo escribe: “El Pan que partimos, ¿no es una comunión en el Cuerpo de Cristo? Debido a que hay un Pan, nosotros, que somos muchos, somos un solo Cuerpo, porque todos participamos de un único Pan” (1Cor 10, 16-17). San Juan Crisóstomo comenta sobre este texto: “¿Para qué es el Pan? Es el Cuerpo de Cristo. ¿Y en qué se convierten los que Lo reciben? En el Cuerpo de Cristo: no muchos cuerpos sino un solo Cuerpo. Como el Pan es completamente uno, aunque está compuesto por muchos granos de trigo, y estos, aunque no se ven, permanecen presentes, de tal manera que su diferencia no es evidente ya que se han hecho un todo perfecto, también lo estamos mutuamente unidos entre nosotros y unidos con Cristo” (Hom. en 1 Cor).

Si bien es bueno experimentar la comunión de la oración litúrgica, no es tomarse de las manos o saludarse en la Misa, lo que nos acerca más el uno al otro. El compañerismo sobrenatural y la unidad con nuestro prójimo solo pueden darse cuando cada uno se entrega al Señor interiormente en su corazón, permitiendo así que el Señor lo transforme. Abiertos a Su voluntad, somos moldeados según el ejemplo de Su amor desinteresado, hasta el punto de la cruz. Jesús puede hacer de mí una persona «que da», que se sale de sí misma como lo hizo Él por el bien de los demás. Aquellos que acepten la voluntad de Dios en la Cruz de la vida diaria serán transformados por ella en la fuerza de la Sagrada Eucaristía. Este es el verdadero fundamento de la unidad en cada comunidad y familia, en la Iglesia y en el mundo. El Papa San Juan Pablo II escribe: “A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres” (EcEuch, 24).

Sin embargo, para que Jesús pueda transformarnos y fortalecernos y unirnos con Él y con los demás, debemos abrirnos a Él. Es por esta razón que la Sagrada Comunión debe ser muy personal, debemos hablar interiormente, escuchar y comunicarnos con el Señor. El Papa Benedicto escribe: “En la comunión, entro en el Señor, quien Se está comunicando conmigo. Por lo tanto, la comunión sacramental debe ser siempre una comunión espiritual… En este punto tengo que mudarme, ir hacia Él, llamarlo…, es por eso que necesitamos un tiempo de silencio, en el que conversamos personalmente con el Señor que está con nosotros” (El Señor está cerca, págs. 81-82). Esto supone una disposición de adoración amorosa cuando recibimos al Señor.

“¡He aquí que estoy contigo hasta el fin de los tiempos!” (Mt 28, 20).

La Eucaristía no es solo el sacrificio sagrado de la Cruz hecho presente en la Misa, también es la Presencia Real, la presencia de Jesús tanto en Su humanidad como en Su Divinidad. Y esta Presencia llama a la adoración. El Papa San Juan Pablo II da testimonio de su propio gran amor por la adoración eucarística fuera de la Misa:

Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre Su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de Su Corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo! (EcEuch 25).

En la adoración eucarística fuera de la Misa, los frutos de nuestra comunión con el Señor se prolongan y aumentan. La comunión con Jesús, que Se entregó a Sí mismo por nosotros, nos lleva especialmente al camino de la entrega, del amor, de la caridad.

El culto Eucarístico es, pues, precisamente expresión de este amor, que es la característica auténtica y más profunda de la vocación cristiana. Este culto brota del amor y sirve al amor, al cual todos somos llamados en Cristo Jesús. Fruto vivo de este culto es la perfección de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, imagen que corresponde a la que Cristo nos ha revelado. Convirtiéndonos así en adoradores del Padre «en espíritu y verdad», maduramos en una creciente unión con Cristo, estamos cada vez más unidos a Él y —si podemos emplear esta expresión— somos más solidarios con Él (Juan Pablo II, Dominicae Cenae 5).

Para el crecimiento en la caridad, por lo tanto, la adoración eucarística prolongada fuera de la Misa es muy eficaz. San Alfonso Liguori escribe: «De todas las devociones, la de adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento es la más grande después de los Sacramentos, la más querida por Dios y la más útil para nosotros» (Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima).

«Haced esto en memoria de Mí …» – La necesidad del Sacerdocio

Además, debemos recordar que el misterio de la Eucaristía está intrínsecamente conectado con el misterio del sacerdocio ordenado. “El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena” (EcEuch 29). ¡Aunque podemos estar desilusionados por los muchos casos de sacerdotes infieles en este momento, debemos recordar a los muchos, muchos más sacerdotes fieles, que han dado sus vidas a Cristo y a la Iglesia, para que podamos recibir la Sagrada Eucaristía! ¡Sin ellos y su sacrificio, no sería posible! La Eucaristía es, de hecho, «la razón de ser principal y central del sacramento del sacerdocio, que efectivamente surgió en el momento de la institución de la Eucaristía» (Dominicae Cenae, 115). Mientras que los fieles ofrecen el Santo Sacrificio en virtud de su sacerdocio común, como el Cuerpo de Cristo, el sacerdote comparte el sacerdocio de Cristo Cabeza, actuando in persona Christi.

El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», que es el Autor y el Sujeto principal de este Su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente Él, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris … sed etiam totius mundi». Solamente Su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante Su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística (Dominicae Cenae 8).

Vemos, entonces, que es Cristo mismo presente en el sacerdote quien produce la Eucaristía. Por lo tanto, el sacerdote es, en un sentido muy real, el mediador entre los fieles y Dios. Demos gracias, por lo tanto, a Dios y a Sus sacerdotes por este gran regalo a la Iglesia, el don del sacerdocio que nos trae la Eucaristía, rezando y apoyando a nuestros sacerdotes y seminaristas con todo nuestro corazón.

Dimensiones cósmicas de la Eucaristía, con y a través de los Ángeles.

Para apreciar verdaderamente el misterio de la Sagrada Eucaristía, debemos verlo en sus dimensiones cósmicas. Con este fin, queremos reflexionar sobre las profundas palabras del Papa San Juan Pablo II:

También cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios Se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la Sangre de Su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo (Ecclesia de Eucharistia, 8).

Aquí el Papa Juan Pablo II indica el fin último de toda la creación, que se lleva a cabo en la Sagrada Eucaristía y mediante la Redención en la Sangre de Cristo: la restauración de toda la creación, en una canción suprema de alabanza, al Creador. Y,  como veremos, son los Ángeles quienes nos guían por este camino de alabanza, enseñándonos su propia canción de alabanza, especialmente en la liturgia.

En su pequeño pero trascendental trabajo, Los Ángeles y la liturgia (que influyó incluso en el documento del Concilio Vaticano II sobre la liturgia y es corroborado de muchas maneras por la catequesis de seis semanas de San Juan Pablo II sobre los Ángeles), Eric Peterson demuestra a través de los capítulos 4 y 5 del Apocalipsis y de las antiguas liturgias de la Iglesia, que la liturgia de la Iglesia participa en la liturgia del Cielo, en que los hombres se unen a la incesante alabanza de los Ángeles y los Santos en el cielo que cantan día y noche, «Santo, santo, santo… «. Es la liturgia de todo el cosmos que alaba a Dios desde «la apertura del cielo por la Ascensión de Cristo«: «‘Alaben los cielos y el cielo de los cielos y su poder concertado, el sol y la luna y todo el canto de las galaxias de estrellas, tierra, mar y todo lo que contienen [a Dios]… ‘ (Liturgia de Santiago). Pero es principalmente el cielo de los Ángeles … que es el punto central, la parte más espiritual del universo» (Peterson, p. 23 en la edición inglesa) al que se une la alabanza del hombre:

Nunca durante el culto de la Iglesia se puede dejar que desaparezca el himno de los Ángeles, ya que es solo esto lo que da a la alabanza de la Iglesia esa profundidad y trascendencia que surge de la naturaleza de la revelación cristiana. Como adoración escatológica, la liturgia de la Iglesia deriva, no de una naturaleza autosuficiente y autocontenida, sino de una naturaleza humana elevada por los ministerios de un orden superior del ser angelical y, por primera vez, verdaderamente suscitada por la alabanza apropiada de Dios por la alabanza del mundo espiritual (ibid.).

Los Ángeles, como ministros espirituales genuinos de la liturgia, levantan alabanzas al hombre para que trascienda su propia naturaleza y participe en la nueva canción de la humanidad redimida. “Es parte de la naturaleza del monje que su Orden imite el ser de los Ángeles y también la naturaleza de esa liturgia que está aliada a la vida angelical. Esto significa, en primer lugar, que se une voluntariamente al himno de alabanza angelical en el curso del Oficio canónico [Divino], mientras que los laicos deben unirse al Sanctus en el curso de la celebración de la Misa» (Pet. p. 25).

“En la presencia de los Ángeles, cantaré Tu alabanza” (Sal 137).

Pero no solo el hombre participa en la liturgia celestial, los Ángeles también descienden y están presentes en la liturgia de la Iglesia en la tierra, ya sea en la celebración de los siete sacramentos, especialmente en la Eucaristía, o en el canto del Oficio Divino. “Porque donde está el Señor Jesucristo, están Sus Ángeles: en Su nacimiento, en Su tentación, Su Resurrección y Ascensión. Debido a que los Ángeles no pueden separarse de Él, también están presentes con Él en la Misa” (ibid. p. 46). En los Salmos oramos: «En la presencia de los Ángeles, cantaré Tu alabanza, oh Señor» (Sal 137). Especialmente en la Santa Misa, existe una larga tradición de que los Ángeles participan en la acción eucarística. En el primer canon eucarístico, el sacerdote reza: «Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a Tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de Tu Ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de Tu Hijo al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición». Una petición similar se encuentra en la Liturgia mozárabe: «hemos recibido lo que santificas y nos distribuyes por Tu santo Ángel» y «ordena que la ofrenda de regalos de la mano de Tus Ángeles sea santificada” (citado en Peterson, p. 33).

Además, por el testimonio de muchos Santos, sabemos que los Ángeles están presentes junto al altar del sacrificio. Cuando el sacerdote se acerca al altar para presentar el sacrificio no sangriento a Dios, San Juan Crisóstomo escribe: “Los Ángeles rodean al sacerdote; todo el santuario y el espacio alrededor del altar se llena con las huestes celestiales, adorando al que yace sobre el altar… Estos Ángeles han sido vistos en una visión alrededor del altar, inclinándose en el suelo como uno puede ver a los soldados parados en la presencia del rey». Eliseo el armenio también escribe: «No estás lejos de los Ángeles, pero ve a rezar junto a ellos para alabar a Dios con ellos. En la medida en que te unes a ellos, se convierten en participantes de tus canciones cuando rezas y cantas alabanzas. Con confianza, alzas la voz y dices: ‘Hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo’ [es decir, ¡como lo hacen los Ángeles!]” (Todo citado en Peterson, p. 33-34).

¡A la alabanza de Su gloria!

Los Ángeles, especialmente en la liturgia, sacan al hombre de sí mismo y lo llevan a participar en su himno de alabanza. Le recuerdan que, como ellos, él es espíritu y está creado para trascender a la gloria de Dios. “Un impulso podría simplemente sentirse como un impulso hacia la pureza de corazón; o uno puede tomar conciencia de un deseo abrumador de claridad mental y una existencia verdadera. El hombre se apresura hacia los Ángeles a lo largo de muchos caminos, no como si esperara convertirse en un Ángel, sino porque su propio ser es solo una existencia preliminar y todavía no parece ser lo que será (cf. 1 Jn 3, 2)» (Peterson, p. 47). Cuanto más avanza el hombre en la vida espiritual y se eleva por encima de sí mismo, más se da cuenta de que no es nada y, por lo tanto, se acerca a su propia forma final, que se asemeja a los Ángeles en su pura alabanza a Dios. Cuanto más avanza en la perfección, más se da cuenta de que toda la creación entra en la alabanza a Dios, desde la estrella más alta hasta la brizna de hierba más baja. San Francisco de Asís, un hombre tan completamente tocado y transformado por la gracia que alcanzó el amor seráfico, se unió tanto con el Ángel como con la naturaleza en la alabanza de Dios. No fue simplemente la exuberancia poética la que lo inspiró a componer el Cántico del sol en su lecho de muerte en el apogeo de su ascenso espiritual a Dios. Más bien:

Él comienza a hacer música como hermano del sol, las estrellas, el agua y la muerte, porque la gracia del Crucificado ha despertado Su criatura hasta lo más profundo, de modo que se convierte no solo en el pecador que ha encontrado misericordia, sino también en la pobre criatura, un pariente del asno, que no puede hacer nada más que derramar las alabanzas de Dios. Por lo tanto, la vida mística de la Iglesia solo puede desarrollarse en estrecha relación con la liturgia de la Iglesia. Solo de la vida de la Iglesia, que alaba a Dios en concierto con los Ángeles y con todo el universo, puede surgir esa alabanza que atestigua, tanto a través de la liturgia como de la vida mística de la gracia, que el cielo y la tierra están llenos de la gloria de Dios (Peterson, p. 49).

El Sanctus de los Ángeles, por lo tanto, acepta la alabanza de toda la creación al cantar la gloria de Dios, y ayuda tanto al hombre como a la naturaleza a alcanzar la meta final, para convertirse en una canción de alabanza a Dios.

En todo el universo, la Santísima Virgen María es la canción de alabanza a Dios más alta, perfecta y pura. Ella entendía su propia humildad, su nada, y en la fe podía abrirse para recibir en el mensaje del Ángel el mayor de todos los dones, la Encarnación del Hijo de Dios en su vientre. Ella es para nosotros un modelo de fe eucarística. Ella llevó a Jesús debajo de su corazón durante nueve meses, amando y conversando interiormente con Él en toda su ocultación. Ella estaba abierta a la voluntad de Dios, incluso hasta el punto de la muerte de su Hijo en la Cruz, diciendo sí, en nombre de todos nosotros, a la obra de la Redención, que se hace presente en cada Santo Sacrificio de la Misa. Ella acompañó a la Iglesia primitiva, reuniéndose con ellos para la «fracción del Pan», la Eucaristía, que renovó en ella ese don de la Encarnación y su dolor debajo de la Cruz. Ella es, de hecho, nuestra Madre en el orden de la fe, Madre de la Santísima Eucaristía, Madre de los Sacerdotes, Madre de la Iglesia. Pero, sobre todo, ella es completamente Magnificat, la alabanza perfecta de la gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad.

Categorías
Ángeles Cartas Circulares

CC76 -Ángel Custodio

Historias sobre el Ángel de la Guarda

Introducción

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice un proverbio. Con cuánta frecuencia no se podrían aplicar estas palabras a nuestro Ángel de la guarda. Lo olvidamos, porque no lo vemos. Mucho más que la angelología, es decir, la teología sobre los ángeles, son las historias acerca del Ángel de la guarda las que nos ayudan a tener un trato íntimo con los Santos Ángeles y a fortalecer nuestra confianza en su presencia y en su ayuda. Es importante aclarar que las siguientes historias corresponden a sucesos verídicos, por lo menos en cuanto a la esencia de los mismos. Los nombres, y algunos aspectos secundarios, han sido cambiados en algunos casos. Muchas de las historias aquí relatadas me fueron contadas personalmente, bien sea por los mismos implicados o por sus parientes y amigos. Otras las he descubierto a través de mis lecturas. No se trata tanto de una demostración absoluta respecto a si en estos o en otros casos quien actuó fue necesariamente un ángel, sino más bien de señalar cómo tales historias ilustran, de modo vivencial, la manera como los Ángeles participan en nuestra vida personal y, no pocas veces, intervienen palpablemente para el bien de sus protegidos (P. William Wagner).

Auxiliador en la noche

Esta historia sucedió en Chicago durante la época de la gran Depresión económica (1930-1933) y me fue contada por un sacerdote, hermano del doctor Brown.

Muy temprano en la mañana, el doctor Brown fue bruscamente despertado por el insistente timbre del teléfono. Cogió, medio dormido, el auricular. Una voz áspera y tensa le habló de manera suplicante: -“¿Es usted el doctor Brown?”.

 -“Sí, soy yo”.

-“¡Por favor, venga usted tan rápido como pueda, se trata de un asunto de vida o muerte!”

-“¡Sí, ya voy…! Pero, ¿dónde vive usted?

-“En la calle Alan núm. 17. ¡Por favor, venga inmediatamente!

El doctor Brown se vistió de prisa, tomó sus cosas y se dirigió a la calle Alan. Qué soledad se sentía conducir solo y de noche por las vías oscuras. El lugar al cual se dirigía se encontraba muy apartado del centro, un barrio en el que nadie se podía sentir seguro, ni siquiera durante el día.

El doctor Brown encontró con facilidad la casa; ésta no colindaba con otras. Le llamó la atención que no hubiera ninguna luz prendida. Se acercó a la puerta y golpeó. Luego de una pausa, volvió a tocar, pero no hubo respuesta. Por tercera vez, volvió a golpear, y una voz brusca preguntó: -“¿Quién es?” -“Soy yo, el doctor Brown. Recibí una llamada de urgencia. ¿Es esta la calle Alan núm. 17?”

-“¡Sí, pero nadie lo llamó a usted. Lárguese!”

Al irse, comenzó a buscar en la misma calle alguna casa en donde hubiese una luz encendida, a fin de encontrar dónde se necesitaba realmente alguna ayuda. Pero al ver que todo estaba sumido en la oscuridad, se reprochó a sí mismo, porque pensaba que había anotado un número errado, o que quizá se trataba de una broma de mal gusto. De todas maneras, no le quedó más remedio que volver a su casa, y como no volvió a recibir la llamada, se olvidó pronto del caso, hasta unas semanas más tarde en que recibió una llamada -esta vez de día- del servicio de urgencias del hospital. La enfermera le explicó que un tal John Turner, que se encontraba en estado crítico luego de haber sufrido un grave accidente, solicitaba con urgencia al doctor Roberto Brown. -“¡Doctor, por favor apúrese! El señor está a punto de morir y no nos quiere decir por qué quiere hablar precisamente con usted”.

El doctor Braun prometió que iría de inmediato, aunque estaba seguro de no conocer a ningún John Turner, lo cual fue confirmado por el mismo moribundo: -“Doctor Brown, usted no me conoce, pero debo hablar con usted antes de morir, a fin de pedirle perdón. Usted seguramente se acordará de la llamada urgente que recibió hace un par de semanas, ya bien entrada la noche.”

-“Sí, pero…”

-“Era yo. Sabe usted, hace varios meses que no tengo trabajo. Vendí todas las cosas de valor que había en mi casa y pese a ello no conseguía alimentar a mi familia. No podía seguir viendo las miradas suplicantes y hambrientas de mis hijos. En mi desesperación, decidí llamar, en medio de la noche, a un médico. Mi plan consistía en matarlo, robar su dinero y vender su instrumental.”

Aunque el doctor estaba paralizado de miedo, no pudo menos que replicarle: -“Yo llegué a su casa; pero entonces, ¿por qué no me mató?”

-“Yo pensé que usted vendría solo, pero cuando vi a su lado a ese joven enorme y fuerte, me dio miedo hacerlo, razón por la cual lo despedí bruscamente. ¡Por favor, perdóneme!

-“Sí, claro” –murmuró aturdido el doctor Brown.

Un estremecimiento le corrió por la espalda. No tenía la más mínima idea de que lo que había considerado como un descuido enojoso o como una burla perversa, era en realidad una trampa mortal, de la cual se había librado por un pelo. Y mucho menos intuía que su Ángel de la Guarda (a quien luego de recapacitar había reconocido en el hecho) le hubiese salvado la vida aquella noche, pues aquel “joven enorme y fuerte” sólo se le había aparecido a su potencial asesino, que ahora, moribundo, le pedía perdón.

¡Qué maravillosos son los caminos de Dios! Con cuanta frecuencia nuestros Ángeles nos protegen de muchos daños, sin que seamos conscientes de ello.

El carro-casa y la Niña Pequeña

Don y su esposa Doris se encontraban alistando su carro-casa para irse de vacaciones. Una vez terminada la revisión, Don puso el motor en marcha y dio reversa para tomar la calle. De pronto, Doris dio un alarido, e instintivamente Don dio marcha hacia delante. Su pequeña hija de dos años, que se encontraba gateando detrás de las llantas traseras, había sido arrollada dos veces por el carro-casa.

La niña fue llevada inmediatamente al hospital, donde les diagnosticaron que si bien la niña tenía múltiples moretones, no había sufrido ningún daño grave, ni siquiera la fractura de un hueso. (Santa Bárbara, California, años setenta)

Visitas a los enfermos, el puente y la tormenta

Una vez pasada la terrible tormenta, el padre Johannes se dirigió a efectuar las acostumbradas visitas a los enfermos de su parroquia alpina. Iba de un enfermo al otro conduciendo su buen y fiel Escarabajo Volkswagen. En la última parte del trayecto, sin embargo, el Escarabajo comenzó a fallar. En lugar de visitar a los enfermos, el padre fue presa, él mismo, de la situación adversa. El auto tosía, se ahogaba y terminaba por apagarse. Cada vez, el padre Johannes se bajaba del automóvil y hurgaba un poco en el motor. De nuevo arrancaba para andar sólo unos cien metros. Finalmente se detuvo y por más mano que le metió e intentos de persuasión, fue imposible lograr que el Escarabajo se moviese.

En vista de esta nueva situación, el padre Johannes echó, por primera vez, una mirada a su alrededor y pensó en la manera de continuar con sus visitas a los enfermos. Sólo entonces se dio cuenta de que el puente que atravesaba el arroyo, ubicado apenas a unos cien pasos de donde él se encontraba, había sido destruido a raíz de una corriente de agua provocada por la tormenta. Viendo que era imposible continuar, se sentó en el automóvil a esperar un poco. Luego volvió a intentar, un poco a la suerte, poner en marcha el motor. El carro encendió y marchó maravillosamente durante todo el camino a casa. Tampoco tuvo que dejar el carro en el taller. “Así pues, el problema no estaba en el carro” -pensó para sí-; “esto lo hizo tu Ángel de la Guarda para evitar que cayeras en el abismo con tu auto”. (Sur del Tirol, en los años setenta)

Un invitado inesperado en invierno

La familia Carter vivía en una granja solitaria en las praderas de Wyoming, donde los más próximos vecinos se encontraban a varios kilómetros de distancia. Por esta razón, todavía se consideraba como una obligación sagrada ayudar a los vecinos y a los forasteros en cualquier necesidad. La señora Carter era ejemplar en el cumplimiento de este deber.

Los alrededores se encontraban cubiertos de nieve recién caída durante la noche. El domingo amaneció con un sol brillante. Reinaba una gran calma, pero el frío era tremendo. La familia estaba ya lista para dirigirse a la misa dominical, cuando de repente un forastero golpeó a la puerta. Temblando de frío, preguntó si podía calentarse un poco al fuego. La señora Carter, muy amablemente, lo hizo entrar, lo condujo hasta la chimenea y comenzó a prepararle un suculento desayuno propio de las personas que viven en el campo. Mientras tanto, los hijos de los Carter reprimían los suspiros, pues la intempestiva presencia del forastero los obligaba a asistir más tarde a Misa, con lo cual el tiempo que tenían planeado para jugar se vería considerablemente reducido.

Una vez que el visitante terminó de desayunar, agradeció de corazón a la familia y siguió nuevamente su camino. Por fin todos podrían ponerse en marcha hacia la iglesia. Al salir, un estremecimiento los invadió, pues al caminar por la terraza cubierta de nieve, se dieron cuenta de que sobre la nieve fresca no se encontraba ninguna huella, ni en dirección a la casa ni alejándose de ella. El extraño forastero había llegado y partido sin dejar huella alguna. La señora Carter, llena de agradecimiento, explicó a sus hijos que habían acabado de acoger a un ángel, tras recordar, espontáneamente, el pasaje bíblico: “No os olvidéis de la hospitalidad; gracias a ella algunos hospedaron a ángeles, sin saberlo.” (Hb 13, 2). De esta manera, Dios les hizo saber que su hospitalidad hacia los forasteros le era muy agradable. (Wyoming, USA, 1970)

Un individuo perverso

Lou y su joven esposa Edith vivían en una pequeña granja en Michigan. Era la última casa al final de una pequeña calle. La vida allí era solitaria y dura, pero los recién casados se sentían alegres de estar juntos, pues se amaban y tenían el alimento diario. Una mañana de inicios del verano, luego de que Lou se fuera a recoger heno, llegó a caballo un forastero a la granja. Ató, como es costumbre, su caballo a un poste, pero en lugar de dirigirse directamente a la casa, se puso a inspeccionar los corrales, el granero y los alrededores, tras lo cual se encaminó en dirección a la casa. Edith había observado desde la ventana y con preocupación los pasos del extraño. Cuando escuchó los golpes en la puerta se llenó de miedo. Al principio no quería abrir, pero como el hombre podría tumbar la puerta, decidió abrir una rendija y preguntar muy tímidamente: -“¿Qué quiere usted?”

El extraño, que la miraba fijo, le preguntó con una voz neutra: -“¿Se encuentra usted sola?”

Edith deseaba cualquier cosa, menos quedarse sola con aquel impúdico personaje. El miedo la hizo decir enérgicamente: “¡NO! Mi esposo se encuentra en el ático”. Y a fin de ponerle énfasis a su afirmación, dio media vuelta y gritó: “¡Lou…!”

Una voz –la de su marido- retumbó inmediatamente: “¿Qué sucede, Edith? ¡Bajo inmediatamente!”. Prueba de que las intenciones del extraño no eran honestas, pues además podían leerse en su rostro, fue que al instante dio vuelta y se alejó rápidamente en su caballo. Edith estaba atónita. Ella pensaba que Lou se encontraba recogiendo heno afuera, en el campo. Corrió hacia el ático para ver qué estaba haciendo allí su marido, pero no encontró a nadie.

Una vez, durante unos retiros, conté esta historia a los participantes. Al final, les pregunté si pensaban que el Ángel de la Guarda que había ayudado era el de Lou o el de Edith, a lo cual una joven muchacha dio la asombrosa respuesta: “¡Yo creo que era el Ángel de la Guarda del extraño, que lo protegió de cometer un terrible acto!” (Michigan, a comienzos del siglo XX. Relato contado por la hija de Edith, madre de un amigo sacerdote).

La caída a un pozo profundo

John había crecido en una granja de Kérala, al sur de la India. Siempre dispuesto a ayudar, se dirigió un día al pozo de la granja a fin de sacar agua para su madre. El pozo se encontraba circundado por un muro bajo y estaba provisto de una especie de techo del cual pendía una cuerda, que permitía subir y bajar el cubo del agua. Como sólo tenía siete años, se veía obligado a inclinarse por encima del muro para poder manipular el recipiente. Estando en esas, de repente perdió el equilibrio y cayó, de cabeza, a una profundidad de cerca de treinta metros. Sin saber cómo, llegó de pies al agua, la cual le daba apenas hasta las rodillas. No tenía ni siquiera un rasguño, sólo estaba asustado.

La familia escuchó sus gritos y corrió al pozo, esperando lo peor. John fue sacado ileso, con ayuda del cubo, del fondo del pozo. Su madre, llena de alegría y agradecimiento, le aseguró: “¡John, tu Ángel de la Guarda te acaba de salvar la vida!” (India, hacia el año 1930. Relatado por John, un religioso de Kérala)

El padre Karl y su encuentro con la muerte

Un misionero alemán que se encontraba de paso por Roma, nos relató en los años setenta, a un grupo de seminaristas, sus aterradoras experiencias en la época (años cincuenta) de la brutal toma del poder por parte de Mao Tse Tung. Se calcula que hubo unas cincuenta millones de víctimas sacrificadas al ‘dios’ del ateísmo comunista.

Al comienzo de la revolución china, los comunistas evitaron, hasta donde les era posible, tocar a cualquier extranjero, a fin de no provocar a la opinión internacional. En esta insegura y tirante situación de una coexistencia pacífica, el padre Karl pudo continuar su trabajo misionero a través de la pastoral en las comunidades católicas que se encontraban diseminadas por varios poblados. También podía considerarse afortunado de poseer una motocicleta, en la cual hacía, junto con el sacristán, el recorrido dominical.

Durante uno de esos domingos, mientras se encontraba doblando los paramentos litúrgicos luego de terminada una de las Misas que celebraba temprano, escuchó una voz que le decía en su lengua materna: “Hab keine Angst, alles wird gut gehen!” (“¡No tengas miedo, todo saldrá bien!”). Sorprendido de escuchar hablar en su lengua materna, preguntó al grupo de campesinos allí reunidos, quién de ellos hablaba tan bien el idioma alemán. “¿Alemán?” –preguntaron. “Padre, usted sabe que todos nosotros somos campesinos humildes y nunca hemos tenido la oportunidad de aprender una lengua extranjera. ¿Por qué nos pregunta?”

Evidentemente, ninguno de ellos había escuchado la voz. El padre Karl, entonces, decidió dejar a un lado el asunto y les dijo que la cosa no tenía importancia. En aquel instante, el padre ignoraba totalmente la enorme trascendencia de lo sucedido, pues en ese mismo día la coexistencia pacífica habría de terminar de manera repentina con su muerte. Un despliegue local de la policía del ejército popular había recibido la orden de liquidar al padre Karl. La Iglesia católica se había constituido en obstáculo para la Revolución comunista. La ejecución, sin embargo, no debía ser pública, sino al margen de algún camino solitario.

Luego de empacar los objetos litúrgicos, el padre Karl y su sacristán se dirigieron al siguiente poblado en las montañas. El camino se encontraba en mal estado y estaba lleno de curvas, razón por la cual avanzaban con lentitud. Luego de una muy estrecha curva, se toparon, a una distancia de aproximadamente treinta metros, con un escuadrón de soldados comunistas que comenzaron a dispararles. Con la primera descarga la motocicleta quedó destruida. Ellos cayeron en el barro, pero por suerte pudieron esconderse detrás de una roca.

Medio atontado, el padre Karl pensaba que todo no sería más que un enorme error y que tan pronto supieran que él era un sacerdote católico, las cosas volverían a la normalidad. Tres veces se levantó para intentar convencerlos y tres veces le dispararon, desde una menor distancia, pero sin lograr darle. Al menos consiguieron que el padre Karl se diera cuenta de que el asunto iba en serio y que tenían puesta la mira en él.

El sacristán, que hasta entonces había permanecido oculto tras la piedra, decidió levantarse y apelar a la razón y a la cortesía. Tres veces se levantó para hablar y tres veces fue recibido por los disparos. Nada que hacer.

Finalmente, los soldados comunistas se acercaron y los cogieron presos. La parte más agradable del ‘interrogatorio’ fue la inspección corporal, tras la cual quedó confirmado que pese a las siete ráfagas, ninguna bala había tocado al padre Karl ni al sacristán. Los soldados estaban tan sorprendidos de lo sucedido, que simplemente los dejaron libres. Tuvieron, claro está, que continuar a pie, pues la motocicleta había quedado completamente llena de agujeros.

Por el camino de regreso, el padre Karl pensó en las palabras que había oído después de la Misa: “Hab keine Angst, alles wird gut gehen!”, y pensó para sí: !Ahora me doy cuenta de que el Señor envió a Sus ángeles para salvarme de las manos del escuadrón comunista de ejecuciones! (aludiendo a las palabras de San Pedro, cuando se halló una vez en circunstancias semejantes; cfr. Hch 12, 11).

Enfrascado en estos pensamientos, el padre Karl le preguntó a su sacristán por qué se había levantado tres veces, si ya les habían quedado claras las intenciones asesinas de los comunistas. “Padre” –respondió él-, “¿cómo podría yo volver a presentarme ante mis paisanos con la cabeza en alto, si no me hubiese expuesto de manera semejante y por seguridad nuestra, luego de que usted expuso tres veces la vida por nosotros?”

San Miguel, salvador en la necesidad

La siguiente carta fue escrita por un joven soldado estadounidense de la marina a su madre, tras ser herido, en 1950, durante una batalla en Corea, y que se encontraba en la clínica. La carta llegó a manos de un capellán militar, el padre Walter Muldy, quien la leyó delante de cinco mil soldados estadounidenses. El padre Muldy habló personalmente con el joven soldado, con su madre y con el comandante en jefe, y da fe de la veracidad de esta historia.

Querida madre:

A nadie más que a ti me atrevería a escribir esta carta, pues ninguna otra persona me creería. Tal vez tú también tengas dificultad en creerlo, pero tengo que escribirlo desde lo más hondo de mi alma.

Primero que todo quisiera contarte que me encuentro en el hospital. ¡Pero no te preocupes! Aunque estoy herido, hasta ahora me ha ido bien. El médico dice que dentro de un mes ya podré ponerme en pie. Pero esto no es más que un paréntesis. ¿Te acuerdas cuando el año pasado ingresé en la marina? En aquel entonces me dijiste que debía rezar todos los días a San Miguel. No tenías por qué decírmelo, pues desde pequeño me insistías una y otra vez. Inclusive me pusiste su nombre. Pero cuando llegué a Corea le recé aún con mayor ahínco.

¿Te acuerdas de la oración que entonces me enseñaste…? ¡Miguel, Miguel, permanece junto a mí! Guíame por ambos lados, para que mi pie no resbale… La he rezado todos los días…, algunas veces durante la marcha y otras durante los descansos, y siempre antes de dormir. Logré, incluso, que uno de mis compañeros la rezara.

Un día me encontraba en un grupo de avanzada en el frente de batalla. Estábamos buscando soldados comunistas. Yo caminaba pesadamente por entre el duro frío…, mi aliento parecía humo de cigarrillo. Yo pensaba que conocía a todos los miembros de la tropa, hasta que de pronto, junto a mí, apareció un soldado de la marina que nunca antes había visto. Era el soldado más alto de los que yo jamás había visto. Tenía cerca de 1,92 metros de estatura y correspondientemente fornido. Tener a mi lado a semejante gigante, me inspiró seguridad.

Allí estábamos, entonces, y caminábamos con dificultad. El resto de la tropa de asalto se desplegó. Con la intención de entablar alguna conversación, dije: -“¿Qué frío hace, no?”. Y entonces tuve que reír. ¡En cualquier momento podía morir y yo hablando sobre el clima! Mi compañero parecía entender. Escuché cómo reía bajo. Entonces lo miré: -“Nunca antes te había visto. Yo pensaba que conocía a todos los miembros de la tropa.”

-“Yo llegué a lo último” –me respondió. “Me llamo Miguel.”

-“¿De veras?” -dije sorprendido. “¡Yo también!”

– “Yo sé”, dijo… y añadió: “¡Miguel, Miguel, permanece junto a mí…”

Yo estaba perplejo como para poder decir algo en el momento. ¿De dónde conocía mi nombre y la oración que tú me habías enseñado? Entonces tuve que sonreír: ¡todos en la tropa me conocían! ¿Acaso no le había enseñado la oración a todos aquellos que la querían aprender? De vez en cuando hasta me decían “¡San Miguel!” Durante un momento ninguno de los dos habló. Luego, él rompió el silencio. “Allí adelante nos encontraremos en una situación crítica.”

Debía estar en una buena condición física, pues respiraba tan levemente que no se podía ver su aliento. ¡El mío se veía como una gran nube! Ya no había ninguna sonrisa en su rostro. Yo pensaba que no había nada nuevo en el hecho de que más adelante nos pudiéramos enfrentar con una situación crítica, donde bulliría de soldados comunistas. La nieve comenzó a caer en copos grandes y gruesos. De repente, el paisaje había desaparecido, y yo marchaba entre una blanca niebla de grumos húmedos y pegajosos. Mi compañero ya no estaba ahí. -“¡Miguel!” -grité consternado. Entonces sentí su mano sobre mi brazo; su voz era cálida y fuerte: “Ya va a cesar la nieve.”

Su predicción fue cierta. Pasados unos minutos, terminó de nevar de la misma forma rápida como se había iniciado la nevada. El sol se veía como un disco duro y brillante. Miré a mi alrededor buscando la tropa. Nadie a la vista. Habíamos perdido a los otros en medio de la tormenta de nieve. Yo estaba mirando hacia delante, cuando llegamos a una pequeña elevación.

¡Mi corazón, madre, quedó paralizado! ¡Allí había siete! Siete soldados comunistas con sus chaquetas y pantalones afelpados y sus cómicas gorras. Pero ahora las cosas ya no estaban para bromas. ¡Siete armas estaban dirigidas hacia nosotros!

“¡A tierra, Miguel!” –grité, y me arrojé sobre la tierra congelada. Escuché cómo, al mismo tiempo, el grupo de soldados comenzaba a disparar. Oía pasar las balas por el aire. ¡Allí estaba Miguel…aún de pie!

¡Madre, esos tipos no podían haber fallado los disparos…! ¡Mucho menos desde aquella distancia! Yo pensaba que Miguel había sido destrozado por los disparos, pero ahí estaba, de pie, sin mostrar ninguna intención de disparar. Estaba paralizado de miedo. ¡Eso le pasa de vez en cuando hasta a los más valientes! Él parecía un pájaro hipnotizado por una serpiente.

¡Por lo menos esto era lo que yo pensaba en aquel momento! Me incorporé para tirarlo al suelo, y fue entonces cuando me hirieron. Mi pecho ardía como fuego. Muchas veces pensaba qué se sentiría en el momento de ser herido por una bala… ¡Ahora, lo sabía!

Recuerdo que unos brazos fuertes me abrazaron y me depositaron sobre una almohada de nieve. Abrí los ojos para echar una última mirada. ¡Me encontraba moribundo! Quizá ya estaba muerto. Aún recuerdo lo que entonces pensé: “No es tan grave”.

Tal vez miré hacia el sol o quizá estaba conmocionado. Con todo, me aparecía ver a Miguel nuevamente de pie, sólo que esta vez su rostro tenía un enorme resplandor. Parecía transformarse mientras yo lo observaba. Se volvió más grande, sus brazos se extendían. Quizá era la nieve que nuevamente caía, pero lo rodeó un rayo de luz como las alas de un ángel. En su mano tenía una espada…, una espada que brillaba como miles de luces.

Bueno…, es lo último de lo que recuerdo, antes de que mis compañeros me hallasen. No sé cuánto tiempo pasó. De vez en cuando tenía breves momentos en que el dolor y la fiebre desaparecían. Les conté a mis compañeros del enemigo que se encontraba directamente frente a nosotros.

-“¿Dónde está Miguel?” –pregunté. Ellos se miraron entre sí. ¿Dónde está quién? –preguntó uno de ellos.

-“Miguel… Miguel, ese soldado fornido y alto que marchaba conmigo antes de que cayera la tormenta de nieve.”

“Muchacho” –dijo el sargento primero- “tú no ibas marchando con nadie. Jamás te perdí de vista. ¡Tú te adelantaste mucho! Quise llamarte de vuelta, cuando desapareciste entre el remolino de nieve.”

El sargento me miraba con curiosidad. “¿Cómo lo hiciste, muchacho!” -“¿Qué hice?” –pregunté medio enojado y pese a que estaba herido. “Ese soldado Miguel y yo estábamos precisamente…”

-“¡Muchacho” –dijo bondadosamente el sargento- “yo mismo escogí el grupo y no hay otro Miguel en la tropa! ¡Tú eres el único Miguel!” El sargento quedó pensativo por un momento. “¿Cómo lo hiciste? Escuchamos disparos, pero ningún disparo salió de tu arma… y no hay un solo pedazo de plomo en los siete soldados que se encuentran muertos allí sobre la montaña.”

No respondí nada. ¿Qué podría decir? Sólo podía mirar estupefacto a mi alrededor. Entonces el sargento habló nuevamente. -“¡Muchacho” -dijo suavemente- “cada uno de esos siete comunistas murió de un golpe de espada!”

No hay más que contar, mamá. Como te dije, tal vez fue el sol en mis ojos…, tal vez fue el frío o el dolor. ¡Pero esto fue lo que exactamente sucedió!

Abrazos de tu Miguel

Categorías
Ángeles Cartas de Formación

CF01 CAG

Cartas de formación - preparación a la CAG

CAG – Consagración al Ángel de la Guarda

1a etapa:

La Obra de los Santos Ángeles (Opus Angelorum – OA)
Querido(a) candidato(a) para la Consagración al Santo Ángel de la Guarda:
Con esta primera carta de formación, iniciamos el año de preparación para la Consagración pública al Santo Ángel de la Guarda. Durante este año de preparación, tú leerás una carta cada mes, y estas cartas de formación deberán ayudarte a entender y a conocer la importancia de la Consagración al Ángel de la Guarda, la espiritualidad de la Obra de los Santos Ángeles, así como su finalidad y, sus propios deberes y obligaciones. Te pedimos que leas la carta varias veces durante el mes, que la estudies, es decir, que la “profundices”, que cumplas las sugerencias indicadas, que contestes las preguntas, que reces y medites las oraciones, las lecturas bíblicas o los textos propuestos. De esta manera, se cumplirá un programa espiritual para cada mes, que deberá ayudarte a orientar tu vida espiritual a través de la espiritualidad de la Obra de los Santos Ángeles.

Primera carta de formación preparación a la CAG

El Opus Sanctorum Angelorum (Obra de los Santos Ángeles, OA) surgió en el año de 1949 en Innsbruck, Austria. El origen de este Movimiento se debe a la Sra. Gabriela Bitterlich, una sencilla madre de familia. Ella fue el instrumento humano en la fundación de esta Obra. La Madre Gabriela – como es llamada en el OA – nació el 1° de noviembre de 1896, en Viena, y se casó en 1919 con el Dr. Hans Bitterlich (†1961); de este matrimonio, nacieron tres hijos. Ya antes del inicio del OA, nuestro Señor la hizo participar de Su sufrimiento redentor, de manera que, cada jueves y viernes, ella experimentaba Su pasión.
Juntamente con el misterio de la Cruz y de la redención, así mismo, los Santos Ángeles y su misión en la obra de la salvación, entraron cada vez más a fondo en su vivencia espiritual. De este modo, se desarrolló cada vez más en la Madre Gabriela una clara consciencia de lo que el Señor quería: que los fieles veneraran más a los santos Ángeles, los invocaran y se abrieran a su poderoso auxilio.
Como cristiana auténtica, sin embargo, ella siempre dejó claro que se sometía, en todo, a la autoridad de la Iglesia. En aquellos años, la autoridad para ella era el obispo de Innsbruck, Don Paulus Rusch, con quien siempre mantuvo contacto. Al Movimiento del OA, nacido en 1949, se unieron fieles pertenecientes a todos los estados de vida. Y en 1950, Don Paulus Rusch aprobó los textos de la
Consagración al Ángel de la Guarda y de la Consagración a todos los Santos Ángeles. Cerca de diez años después, el 20 de abril de 1961, él formó la Cofradía de los Santos Ángeles de la Guarda en la Diócesis de Innsbruck, como la primera comunidad del OA reconocida por la Iglesia. Partiendo de este núcleo original,
siguió la fundación de todas las otras comunidades del OA. La Madre Gabriela murió el 4 de abril de 1978, en el Monasterio de St. Petersberg, Silz (Austria).
Desde 1965, con el consentimiento de las autoridades eclesiásticas competentes, se abrieron casas y secretariados en algunas diócesis de lengua alemana – más tarde, también en Portugal y fuera de Europa – donde se vivía una vida comunitaria según los consejos evangélicos. Luego surgieron otros grupos y comunidades que fueron canónicamente fundados en varias diócesis, como: Uniones Sacerdotales (desde
1968), los Hermanos-de-la-Cruz (en 1969; era un grupo de hombres en el OA, activos en la Iglesia), la
Comunidad de las Familias (1970) y una Obra Auxiliar (1972). Desde el inicio, la dirección del OA estuvo a
cargo de sacerdotes que anhelaban fundar un instituto religioso como centro de toda la Obra. Esta intención fue, finalmente, realizada con la restauración de la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz 
(Decreto de la Congregación para los Religiosos del 29 de mayo de 1979).
Desde 1977, los escritos de la Madre Gabriela pasaron a ser examinados por la Congregación para
la Doctrina da Fe, en Roma. Este examen terminó con el Decreto “Litteras diei” del 6 de junio de 1992, el
cual restringió el uso de sus escritos, decretando que los miembros del OA, al promover la veneración de
los Santos Ángeles, no debían basarse en las revelaciones privadas de la Madre Gabriela, sino únicamente
en la doctrina de la Iglesia, enraizada en la Palabra de DIOS, en los Santos Padres y Doctores de la Iglesia.
El OA aceptó las directrices de la Madre Iglesia, con humilde obediencia, y las puso en práctica. Por eso, el
7 de noviembre de 2008, la Santa Sede concedió la aprobación de los Estatutos Generales del OA. En una
carta circular del día 2 de octubre de 2010, la Congregación para la Doctrina de la Fe envió un comunicado
a los obispos respecto al desarrollo positivo del OA, haciendo la siguiente declaración conclusiva:
“Tal como se presenta hoy, el Opus Angelorum es, por lo tanto, una asociación pública de la Iglesia, en armonía con la doctrina tradicional y las normas de la suprema autoridad de la Iglesia. Ella difunde entre los fieles la devoción a los santos Ángeles, exhorta a rezar por los sacerdotes y promueve el amor por la Pasión de Cristo y su unión a ella. No existe, por tanto, ningún obstáculo de orden doctrinal o disciplinar que impida a los Ordinarios locales acoger en sus diócesis tal asociación y favorecer su crecimiento”.

Tareas para este mes:

  1. Durante este mes, lee y medita, en la Sagrada Escritura, el Libro de Tobías.
  2. Reza diariamente la “Oración al Ángel de la Guarda en la Obra de los Santos Ángeles” (que está aquí arriba) o la «Promesa al Ángel de la Guarda».
  3. Te proponemos que durante este año de preparación tengas una especie de diario, donde puedas
    escribir preguntas en relación a las cartas de formación, así como las respuestas a las preguntas de
    comprensión, o también los frutos de su reflexión personal (este cuaderno es solamente para ti, no
    necesita ser enviado para el sacerdote que te acompaña o para el Secretariado OA).

Los Estatutos del OA:

 1. Nombre y origen de la Obra de los Santos Ángeles :

La OBRA DE LOS SANTOS ÁNGELES (OPUS SANCTORUM ANGELORUM, abrev.: OA) nació el Domingo “in albis”1 del año 1949 – actualmente, la fiesta de la Divina Misericordia – en Innsbruck, Austria. Es un don de la gracia del DIOS UNO y TRINO a la Iglesia a través de nuestro Señor JESUCRISTO, por la intercesión de la Virgen MARÍA, Madre de DIOS, la Reina de los Ángeles y la Madre de todos los hombres (cf. LG 69), para el fortalecimiento de la Santa Iglesia, para el apoyo del estado sacerdotal y para la salvación de las almas con la ayuda de los Santos Ángeles. El Movimiento naciente fue supervisado desde el año 1951 por el Ordinario competente, el Obispo Don Paulus Rusch, y después de 1961, se difundió en todo el mundo.

El patrono de la Obra es el santo Apóstol Andrés; San José, el silencioso siervo de DIOS, guiado por los Santos Ángeles, y Cabeza de la Sagrada Familia, es venerado como “Padre de Familia” en el OA.
La Obra de los Santos Ángeles nació en respuesta a los signos de los tiempos, para incorporar la ayuda de los Santos Ángeles en los conflictos espirituales que se están dando, por ejemplo, en el ateísmo, secularismo y materialismo, en la disminución de la fe hasta la “apostasía silenciosa”, en el debilitamiento del sentido del pecado, en la “transgresión de la ley de DIOS” (Mt 24,12) en muchos sectores de la vida, como, proféticamente, lo percibieron y demostraron los Papas y Pastores de la Iglesia desde Pío XII y, en
particular, el Papa San Juan Pablo II.

Cada vez es más necesaria la ayuda de los Santos Ángeles para la Iglesia y para la humanidad en las cuales, “el misterio de la iniquidad está en acción” (2 Ts 2,7). Esta ayuda ya la invocó el Papa León XIII en la sabia previsión de la oración al Santo Arcángel Miguel, el “Príncipe de los ejércitos celestiales” (cf. Dn 10,13.21; 12,1; Ap 12,7), su necesidad fue confirmada por el Papa San Juan Pablo II en vista de los desafíos contemporáneos.

Los Santos Ángeles, siervos, juntamente con aquellos “que tienen el testimonio de JESÚS” (Ap 19,10), ayudan a los hombres a conservar la fe en nuestro Señor JESUCRISTO (cf. Lc 18,8) y el amor a DIOS (Mt 24,12), la clarividencia y el discernimiento en medio de la confusión espiritual (cf. Mt 7,15-20; 1 Tm 4,1-2; 2 Pd 2,1-3; 1 Jn 4,1-6), a identificar al autor de todo el mal (cf. Jn 8,44; 2 Co 11,14) y a resistir a sus tentaciones (cf. Ap 12,17).

 

2. La Naturaleza y el Significado del OA:

La naturaleza de la Obra de los Santos Ángeles consiste en una estrecha colaboración entre los

Santos Ángeles, unidos a DIOS, y los hombres redimidos, tendiendo a DIOS, con el sentido y la finalidad de:

  • Un creciente conocimiento de DIOS y amor a DIOS;
  • Una poderosa glorificación de DIOS;
  • Un empeño común por la edificación y consolidación del Reino de DIOS en la tierra.

El OA se entiende, así mismo, como una comunidad de combate con los Santos Ángeles bajo el
manto protector de MARÍA, la Reina del Universo y la Madre de los hombres, para:

  • El fortalecimiento de la Santa Iglesia;
  • El apoyo a los sacerdotes y a los consagrados.
  • La repatriación (santificación y consumación en DIOS) de toda la creación.

El OA debe ser, ante todo, apoyo para los sacerdotes y, con eso, apoyo para la Santa Iglesia en:

  • El esfuerzo por la consolidación del conocimiento de DIOS;
  • El fortalecimiento de la fe y de la fidelidad;
  • El esfuerzo por un sacerdocio fuerte, puro y santo, para que el Señor dé a Su Iglesia un nuevo
    Pentecostés (Papa San Juan XXIII), una nueva infusión del ESPÍRITU SANTO en un pueblo de DIOS
    listo y fiel.

3. Forma jurídica eclesiástica:

El OA es una Asociación pública de la Iglesia Católica con personalidad jurídica conforme el can 313
y promueve, en nombre de la Iglesia, la doctrina y la devoción a los Santos Ángeles (can 301, § 1). Sus
Estatutos fueron aprobados por la Santa Sede el día 07 de noviembre de 2008, conforme el can. 314.
De acuerdo con el can. 677, § 2, el OA está unido a la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa
Cruz (abrev.: Orden de la Santa Cruz), es dirigida por esta Orden en los términos del can. 303 y colabora
con ella en todos los campos de su apostolado.

Espíritu y Estructura interior

El OA está construido sobre la prontitud, sin reservas, para servir a DIOS con la ayuda de los Santos
Ángeles. Se basa en la siguiente estructura espiritual:

  • En un conocimiento sobre lo que es el Ángel, lo que hace y lo que quiere, pero también lo que es el
    diablo, lo que hace y lo que quiere;
  • En una unión consciente y voluntaria del hombre con los Santos Ángeles, para esforzarse y
    preparase, en comunión con ellos, para la llegada del Reino de DIOS;
  • En ser conducido a la entrega a DIOS, a la expiación, especialmente por los sacerdotes.
    La finalidad del OA es la renovación de la vida espiritual en la Iglesia, con el auxilio de los Santos
    Ángeles, en las direcciones fundamentales de adoración (adoratio), contemplación (contemplatio), expiación
    (expiatio) y misión (missio), que son vividas y realizadas en todas las secciones de la Obra.

Deberes generales de la Obra

  • El primer deber de un miembro del OA es, ser un cristiano activo dentro de la Santa Iglesia. Sobre
    esto se basan los deberes fundamentales de la Obra
  • El gran amor a la oración, a la adoración y al contacto íntimo con DIOS;

  • El amor a la Palabra de DIOS, a la meditación, al silencio, a la contemplación y a poner en práctica
    este amor silencioso, meditativo y contemplativo;
  • El amor a la cruz, la alegre prontitud para el sacrificio, la voluntad de expiar, especialmente por los
    sacerdotes; el amor a la obediencia, a ser enviado, incluso, al sacrificio como el Señor.

Actitud fundamental de la Reverencia

La primera cosa que los Santos Ángeles enseñan al hombre es la profunda reverencia delante de DIOS (cf. Ex 3,2-5; Is 6,1-7; Ap 4,8-11; 5,8; 19,10) y de todo lo que se refiere o pertenece a DIOS (Zc 3,2; 2Pd 2,11).  El temor de DIOS es la condición fundamental para toda actitud correcta delante de DIOS, para toda edificación, todo crecimiento. Preserva de la disminución de la verdad sobre DIOS, sobre Su Palabra y sobre las cosas eternas. La reverencia es el ancla firme para el amor y la obediencia.

Del temor de DIOS proviene la reverencia: delante de la Santa Madre Iglesia; delante de cada sacerdote; delante de todo lo que está consagrado a DIOS, ya sean personas o cosas; pero también delante de los superiores, de los semejantes, de los ancianos, enfermos y desamparados.

Amor como primer deber en la Comunidad.

En las comunidades y en los grupos del OA, el amor vivido a DIOS y al prójimo es condición fundamental. La paz del corazón y la paz de la comunidad deben ser conquistadas y vividas diariamente. De la Santísima Eucaristía, los miembros sacan el amor en todas sus formas de comprensión y bondad, alegríay mansedumbre, prontitud para el sacrificio y fortaleza para la superación y fidelidad.

Envidia y celos (cf. Stgo 4,14-16), desconfianza y antipatía, falta de caridad y de respecto no puedenser toleradas en ninguna comunidad (cf. Ef 4,26-32).

Pertenencia al OA

La Consagración al Santo Ángel de la Guarda, que es hecha después de una adecuada preparación, fundamenta toda pertenencia a la Obra.

Recepción

La recepción en el OA se hace con la Consagración al Ángel de la Guarda, que es recibida por el sacerdote competente del OA o de la Orden de la Santa Cruz, después de una prueba y comprobación de que el candidato es apto para hacerla.

Observación final
El Papa Benedicto XVI escribió a los participantes del Segundo Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y de las Nuevas Comunidades, el 22 de mayo de 2006: “Los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades son hoy un signo luminoso de la belleza de CRISTO y de la Iglesia, su Esposa. Ustedes pertenecen a la estructura viva de la Iglesia”. Estas palabras del Santo Padre valen  también para la Obra de los Santos Ángeles, sus miembros y amigos. Agradezcamos al Señor por el don del OA y esforcémonos en este
año de preparación para la Consagración al Santo Ángel de la Guarda, para asimilar y vivir cada vez más la espiritualidad de esta Obra.

 

ORACION AL ANGEL DE LA GUARDA EN LA OBRA DE LOS SANTOS ANGELES

Santo Ángel del Señor, mi celoso protector, pues a ti me confió la piedad divina, hoy y siempre gobiérname,
guíame, guárdame e ilumíname. Yo te doy mi mano y prometo de corazón que me dejo guiar por ti con
docilidad para, en el Cielo, alcanzar la eterna felicidad.

 Amén.

 

 

! Te deseamos muchas bendiciones y crecimiento unido (a) a tu Santo Ángel de la Guarda!

Categorías
Cartas Sacerdote

CS28 Teresita

Santa Teresa de Lisieux, Maestra Universal del Amor Divino

I. Santa Teresa: Maestra de nuestro tiempo

Durante su pontificado a principios del siglo XX, el papa Pío X declaró a Santa Teresa del Niño Jesús, “la Santa más grande de los tiempos modernos». Este juicio fue compartido por aquellos que lo sucederían en el trono de San Pedro. El papa Benedicto XV, al proclamar sus virtudes heroicas, alabó el conocimiento de las realidades divinas que DIOS le otorgó a Teresa. Con motivo de su beatificación y canonización, el papa Pío XI recomendó su doctrina y la describió como «Maestra de la Vida Espiritual». El papa Pablo VI ensalzó el ejemplo de Santa Teresa y la ofreció como maestra, llamando a maestros, educadores, pastores y teólogos a estudiar su doctrina. Luego, el 19 de octubre de 1997, el papa Juan Pablo II declaró a Santa Teresa del Niño Jesús como Doctora de la Iglesia Universal. En ese momento afirmó que “Con su peculiar doctrina y su estilo inconfundible, Teresa se presenta como una auténtica maestra de la fe y de la vida cristiana, captan el centro mismo del mensaje de la Revelación en una visión original e inédita, presentando una enseñanza cualitativamente eminente.” (Divini Amoris Scientia 8) Continuó diciendo que la originalidad y la frescura de sus enseñanzas son especialmente “oportunas” para los hombres y mujeres de nuestro siglo. Ella es maestra de la Iglesia Universal de nuestro tiempo. [DAS 10]    

Ella ha hecho resplandecer en nuestro tiempo el atractivo del Evangelio; ha cumplido la misión de hacer conocer y amar a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo; ha ayudado a curar las almas de los rigores y de los temores de la doctrina jansenista, más propensa a subrayar la justicia de Dios que su divina misericordia. Ha contemplado y adorado en la misericordia de Dios todas las perfecciones divinas, porque «incluso la justicia de Dios, y tal vez más que cualquier otra perfección, me parece revestida de amor» (Ms A 83 v). Así se ha convertido en una imagen viva de aquel Dios que, como reza la oración de la Iglesia, «manifiesta especialmente su poder con el perdón y la misericordia» (cf. Misal romano, oración colecta del domingo XXVI del tiempo ordinario).

En efecto, el núcleo de su mensaje es el misterio mismo de Dios Amor, de Dios Trinidad, infinitamente perfecto en sí mismo. Si la genuina experiencia espiritual cristiana debe coincidir con las verdades reveladas, en las que Dios se revela a sí mismo y manifiesta el misterio de su voluntad (cf. Dei Verbum, 2), es preciso afirmar que Teresa experimentó la revelación divina, llegando a contemplar las realidades fundamentales de nuestra fe encerradas en el misterio de la vida trinitaria. En la cima, como manantial y término, el amor misericordioso de las tres divinas Personas, como ella lo expresa, especialmente en su Acto de consagración al Amor misericordioso. Por parte del sujeto, en la base se halla la experiencia de ser hijos adoptivos del Padre en Jesús; ese es el sentido más auténtico de la infancia espiritual, es decir, la experiencia de la filiación divina bajo el impulso del Espíritu Santo. También en la base, y ante nosotros, está el prójimo, los demás, en cuya salvación debemos colaborar con Jesús y en él, con su mismo amor misericordioso.

Con la infancia espiritual experimentamos que todo viene de Dios, a él vuelve y en él permanece, para la salvación de todos, en un misterio de amor misericordioso. Ese es el mensaje doctrinal que enseñó y vivió esta santa.

Como para los santos de la Iglesia de todos los tiempos, también para ella, en su experiencia espiritual, el centro y la plenitud de la revelación es Cristo. Teresa conoció a Jesús, lo amó y lo hizo amar con la pasión de una esposa. Penetró en los misterios de su infancia, en las palabras de su Evangelio, en la pasión del Siervo que sufre, esculpida en su santa Faz, en el esplendor de su existencia gloriosa y en su presencia eucarística. Cantó todas las expresiones de la Caridad Divina de Cristo, como las presenta el Evangelio (cf. Poesías, 24 «Acuérdate, mi Amor»). [DAS 8]

Jesucristo es el Rostro de la Misericordia del Padre.

En la «Plenitud de los tiempos» (Gálatas 4: 4), cuando todo se había arreglado de acuerdo con Su Plan de Salvación, envió a su Hijo Unigénito al mundo, nacido de la Virgen María, para revelar su amor por nosotros de forma definitiva. Quien ve a Jesús ve al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús de Nazaret, por Sus palabras, Sus acciones y toda Su persona, revela la misericordia de Dios.

La revelación de la misericordia del Padre culminó en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, por las cuales, él ganó para nosotros el perdón de nuestros pecados. Poco después de Su Resurrección, Nuestro Señor se apareció a los apóstoles en el recinto superior e instituyó el sacramento de la misericordia, diciendo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuvieres, quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Según Santo Tomás de Aquino, es sobre todo el perdón de los pecados lo que demuestra la misericordia de Dios. Santo Tomás, citando a San Agustín, dice: “Es más grande obra hacer un justo de un pecador que crear el cielo y la tierra. Porque el cielo y la tierra pasarán; pero la salud y la justificación de los predestinados permanecerán para siempre.” “La justificación del impío, que tiene por término el bien eterno de la participación divina, es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra, cuyo término es el bien de la naturaleza mudable.” (Summa Theologica, I-II, 113, 9)    

Crisis de confesión

Sin embargo, el sacramento por el cual Jesús nos absuelve de nuestros pecados, a través de sus sacerdotes, es muy poco apreciado en nuestros días. En la mayoría de las parroquias del mundo occidental, las líneas de comunión son largas, mientras que las líneas de confesión son cortas o no existen en lo absoluto. El confesionario es a veces llamado, el «lugar más solitario de la Iglesia». Según un informe de un superior jesuita, desde julio de 1896 hasta junio de 1897, siete sacerdotes oyeron un total de 78,000 confesiones en cierta parroquia de Nueva York. Eso significa que, en promedio, un sacerdote oye unas treinta confesiones al día. ¡Qué contraste con la situación actual, donde la mayoría de los católicos no parecen necesitar ser absueltos de sus pecados! Según un estudio realizado en 2008, el 45% de los católicos en los Estados Unidos, dejaron de confesarse por completo, aproximadamente el 30% va menos de una vez al año; y solo el 26% confiesa sus pecados a un sacerdote al menos una vez al año.

El papa Francisco compara el estado de la Iglesia con un hospital de campaña: «Hoy podemos pensar en la Iglesia como un» hospital de campaña». Disculpen, repito esto, porque lo veo así, lo siento así: un «hospital de campaña». Hay necesidad de curar las heridas, ¡tantas heridas! ¡Tantas heridas! Hay tantas personas heridas, por problemas materiales, por escándalos, también en la Iglesia… Personas heridas por las ilusiones del mundo… Nosotros, sacerdotes, debemos estar allí, cerca de estas personas. Misericordia significa en primer lugar curar las heridas». (Discurso al clero de Roma, 6 de marzo de 2014). Heridas que no pueden sanar a menos que el poder sanador de la misericordia de Dios sea suplicado en el sacramento de la reconciliación.  

Uno puede preguntarse: ¿cómo podría la recepción de este sacramento tan importante decaer tan radicalmente? El papa Pío XII dijo en 1946, en un discurso ante el Congreso Catequético de los Estados Unidos: «El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado». Una razón para la pérdida de la sensibilidad al pecado es, sin duda, la cultura actual y lo que el papa Benedicto XVI llama la «dictadura del relativismo», la afirmación de que el conocimiento, la verdad y la moral no son absolutos, sino que pueden cambiar según la cultura, la sociedad o el contexto histórico. Pero otra razón pesa quizás más: la negligencia de catequizar a los católicos adecuadamente. Especialmente en los últimos cuarenta años después del Concilio Vaticano II, los sacerdotes y obispos rara vez han predicado sobre la realidad y las consecuencias del pecado; cuánto hiere a cada una de las almas, a la Iglesia y a la sociedad, y lo importante que es ir frecuentemente a la confesión. Por lo tanto, las personas se fueron insensibilizando con respecto al pecado, las filas para la confesión y los tiempos para confesarse, se acortaron cada vez más. Otro punto es la degeneración de la espiritualidad sacerdotal. Cuando los sacerdotes optan por una vida cómoda, renunciando a la búsqueda de la santidad, ciertamente no están dispuestos a predicar sobre la santidad ni a atender esta necesidad pastoral del rebaño. Los pastores «autocomplacientes» abusan del rebaño, también por negligencia.

Un punto final, sobre el porqué algunas personas abandonaron la confesión, es la administración inmadura del sacramento, por parte de algunos sacerdotes. El Santo Padre dice:

Muchas veces sucede que una persona viene y dice: «No me he confesado en muchos años, tengo este problema, dejé la confesión porque encontré un sacerdote y él me dijo esto», y ves la imprudencia, la falta de amor pastoral, en lo que dice esa persona. Y se alejan, debido a una mala experiencia en la confesión. Si hubiera una actitud sana de padre, que surge de la bondad de Dios, esto nunca sucedería. (Discurso a los participantes de un «Curso sobre el foro interno» el 27 de marzo de 2015)

La Importancia fundamental del Sacramento de la Misericordia

Debemos agradecerle a Dios que nuestro Santo Padre tiene el coraje y la luz para enfocar nuevamente la atención de la Iglesia en la confesión. De hecho, el objetivo principal del Año de la Misericordia es hacer que las personas vuelvan a confesarse: «Pongamos el sacramento de la reconciliación, en el centro una vez más, de tal manera que permita a las personas tocar la grandeza de la misericordia de Dios con sus propias manos. Por cada penitente, habrá una fuente de verdadera paz interior” (MV, n. 17). No puede haber santidad en la Iglesia ni podemos hablar de una nueva evangelización, si la confesión no recupera su lugar indispensable en la vida de los fieles. 

Su Centralidad en la Vida del Sacerdote

¿Pero cómo comenzar? El papa Francisco enfatiza que los mismos sacerdotes deben apreciar y hacer uso frecuente de este sacramento. Sus propias almas deberían resonar profundamente los sentimientos de San Pedro: «Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). Deben experimentar profundamente su propia necesidad de la misericordia de Dios y recibirla a menudo; solo entonces, pueden ser hombres de misericordia y compasión hacia los fieles. Juan Pablo II se expresó con estas drásticas palabras: 

La vida espiritual y pastoral del sacerdote,… su existencia sacerdotal, sufre un declive inexorable si por negligencia o por alguna otra razón no recibe el sacramento de la penitencia regularmente, en un espíritu de fe y devoción genuinas. Si un sacerdote ya no fuera a confesarse o confesara inadecuadamente sus pecados, su ser sacerdotal y su acción sacerdotal sentirían sus efectos muy pronto, y esto también sería notado por la comunidad de la cual él fuera el pastor. (Reconciliatio et Paenitentia, n. 31)

En la misma línea que declaró el papa Francisco, el 6 de marzo de 2014 al clero de Roma,
el sacerdote muestra las profundidades de la misericordia en la administración del sacramento de la reconciliación; toda su actitud lo demuestra, en la forma en que acoge, escucha, aconseja, absuelve … Sin embargo, esto se deriva de la forma en que él mismo vive el sacramento personalmente, de cómo se deja abrazar por Dios Padre en la confesión, y se queda en este abrazo … Si esto se vive en uno mismo, en el corazón, también podría darse a otros en el ministerio. Les dejo con la pregunta: ¿cómo confieso? ¿Me dejo abrazar?

Administración Misericordiosa del Sacramento a los Fieles

En sus sermones, alocuciones y discursos, el Santo Padre no se cansa de señalar a los sacerdotes las cualidades de un buen confesor y lo que debe evitarse. Él enfatiza más que cualquier otro papa anterior, el enfoque misericordioso en la administración del sacramento de la reconciliación.

Da la bienvenida a los penitentes no con la actitud de un juez, ni siquiera con la de un simple hombre, sino con la caridad de Dios, con el amor de un padre que ve al hijo regresar y va a su encuentro, con el amor del pastor que ha encontrado la oveja perdida. ¡El corazón del sacerdote es un corazón que sabe conmoverse, no por sentimentalismo o mera emoción, sino por la «tierna misericordia» del Señor! Sí es cierto que la tradición señala el doble papel de los confesores, como médicos y jueces, nunca debemos olvidar que, como médicos, están llamados a sanar, y como jueces, a absolver. (Discurso a los participantes de un «Curso sobre el foro interno» el 27 de marzo de 2015) 

Que los confesores no hagan preguntas inútiles, en cambio, que hagan igual que el padre en la parábola, que interrumpan el discurso preparado por adelantado por parte del hijo pródigo, para que los confesores aprendan a aceptar la súplica de ayuda y misericordia que brota del corazón de cada penitente. En resumen, los confesores están llamados siempre, a ser un signo de la primacía de la misericordia, en todas partes y en todas las situaciones, pase lo que pase. (MV, 17)

Por otro lado, un sacerdote no debe confundir la misericordia con la clemencia. «Deben tomar en serio tanto a Dios como al penitente», explicó el Santo Padre a los seminaristas, «significa no pretender que nada de lo que la persona confiesa es realmente un pecado. Con demasiada frecuencia, las personas confunden ser misericordioso con ser indulgente. Decir ‘Oh, adelante, eso no es pecado’ es tan malo como insistir una y otra vez, ‘pero la ley dice esto’. … Ninguna respuesta toma al penitente de la mano y lo acompaña en el viaje de conversión».

En lo que respecta a ofrecer la confesión, el Santo Padre hizo hincapié en la importancia de que este sacramento se ofrezca generosa y fielmente a las personas y se le de preferencia sobre otras actividades:

Si la reconciliación transmite la nueva vida del Señor resucitado y renueva la gracia bautismal, entonces su tarea es darla generosamente a los demás. Un sacerdote que no atiende esta parte de su ministerio, tanto en la cantidad de tiempo dedicado como en la calidad espiritual, es como un pastor que no cuida las ovejas que se perdieron; es como un padre que olvida al hijo perdido y deja de esperarlo. ¡Pero la misericordia es el corazón del Evangelio! No olviden esto: ¡la misericordia es el corazón del Evangelio! Es una buena noticia que Dios nos ama, que siempre ama al pecador, y con este amor lo atrae hacia Sí y lo invita a la conversión. (Discurso a los participantes de un «Curso sobre el foro interno» el 27 de marzo de 2015)  

Oremos en este Año de la Misericordia…

Como dicen los papas Juan Pablo II y Francisco: ¡el tiempo en que vivimos es un tiempo de misericordia! Pero seamos claros: la misericordia de Dios debe encontrar corazones abiertos y contritos. Sin una renovación de la práctica frecuente de la confesión, los fieles no podrán ser luz y sal en el mundo, sino que se convertirán en la parte más insípida del mundo. Todos los esfuerzos hechos en las conferencias de obispos, comités y actividades de los fieles, sin una sincera conversión, quedarán reducidos a la nada. 

En este Año Santo de la Misericordia, pedimos a nuestros lectores y participantes en el programa de la Cruzada por los Sacerdotes, que oren especialmente para que los sacerdotes presten atención al llamado del Santo Padre, a redescubrir y experimentar la belleza del sacramento de la Misericordia en sus propias vidas. Oremos para que los sacerdotes inmaduros puedan aprender a abrazar a sus penitentes con el corazón verdaderamente misericordioso del Buen Pastor, que no es rígido ni laxo. Oremos para que no se desanimen cuando las filas para la confesión sean cortas, oremos fervientemente por la conversión de sus feligreses y que los sacerdotes continúen disponiéndose generosamente, a pesar de sus ocupados horarios. Oramos también para que los obispos y los sacerdotes no tengan miedo de hablar a los fieles sobre la seriedad del pecado y que este no debe ser trivializado.

Oremos por todos los fieles para que ellos también puedan recuperar un fuerte sentido del pecado y tengan horror de él, y para que redescubran humildemente la grandeza y la belleza de ser perdonados en el sacramento de la misericordia. Oremos para que nosotros mismos también podamos hallar profundamente la Misericordia de Dios, encontrando así la paz mental y el alma que imparte el sacramento de la confesión y para el cual no hay sustituto. Finalmente, ¡nunca olvidemos orar y agradecer a nuestros propios confesores!

Categorías
Cartas Sacerdote

CS27 orar por sacerdotes

La Urgente Necesidad de Orar por los Sacerdotes

Cristo es el Sumo Sacerdote en Él y por medio de Él, Dios nos da todas las cosas. ¡El sacerdote es un alter – Cristo, otro Cristo! Es un don de Dios, a través del cual comunica a la Iglesia sus dones de gracia. «Sin sacerdotes», exclama el papa Juan Pablo II, «la Iglesia no podría vivir esa obediencia fundamental que está en el corazón mismo de su existencia y su misión en la historia, una obediencia en respuesta al mandato de Cristo: “Id pues y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19) y ‘Haced esto en conmemoración mía’ (Lc 22,19; cf. 1 Cor 11, 24)» (Pastores dabo vobis, 1.).   

El Hijo de Dios se hizo sacerdote por la Encarnación, llegando a ser como nosotros en todas las cosas excepto en el pecado. Esto quiere decir que, el Hijo de Dios comparte nuestra debilidad. Por lo tanto, no es sorprendente que los sacerdotes, aunque compartan ministerialmente el poder de la divinidad de Cristo, sigan sujetos a todas las fragilidades de la naturaleza humana, y también se vean afectados por las tempestades espirituales de los tiempos en que viven.

No es ningún secreto que la Iglesia y, en particular, el sacerdocio, sufrieron una grave crisis de identidad espiritual en los años que siguieron al Concilio Vaticano II. Más de 1.000 sacerdotes abandonaron su ministerio con desilusión y/o amargura. Las vocaciones cayeron dramáticamente: ¡una disminución del 90% en los últimos 30 años! Si bien hay algunos signos de esperanza, ocasionados por un cierto aumento relativo de las vocaciones, sigue siendo cierto el refrán «¡mejor que malo, sigue siendo pobre!» El aumento relativo no remediará la situación en los Estados Unidos: para el año 2005 solo habrá un sacerdote por cada 2.000 católicos. Esto es el doble de la proporción que existía incluso en 1992.   

Con seguridad, Cristo ha prometido estar siempre con su Iglesia (cf Mt 28,20) para que las puertas del infierno nunca prevalezcan contra ella (cf. Mt 16,19). Pero esto no significa que lobos rapaces, no se levanten y no perdonen al rebaño (ver Hechos 20, 29). Por lo tanto, mientras «la Iglesia no puede ser destruida», explica el padre John Hardon, SJ, «la Iglesia en cualquier país puede ser eliminada. Tenemos alrededor de 1900 diócesis extintas hoy en el mundo». Su pronóstico es sombrío: «Salvo un milagro de gracia, una diócesis tras otra en los Estados Unidos desaparecerá».      

El Santo Padre, Juan Pablo II corrobora la gravedad de la situación; advierte que una crisis espiritual de proporciones sin precedentes se avecina en el horizonte. De hecho, les dijo a los obispos de Nueva Inglaterra, durante su visita ad limina, en el otoño pasado, que si no se hacía algo rápidamente para remediar la situación, temía que pudiera seguir a este siglo de lágrimas, una nueva era de barbarie, en lugar de un tiempo de primavera para la Iglesia» (Osservatore Romano, 28 October, 1998.)  

¿Cuál es la causa de esta crisis? – que es la más grande en la historia de la Iglesia, según el p. Hardon, él cree que esta crisis, consiste en la pérdida de la Fe, de los obispos y sacerdotes, en sus poderes sacerdotales. En otras palabras, la crisis más profunda y revolucionaria jamás sufrida, mucho mayor que las persecuciones romanas de la Iglesia primitiva, tiene su raíz en el fracaso de los sacerdotes para cumplir con su deber.    

Entonces, ¿qué podemos hacer para aliviar esta crítica escasez de sacerdotes? ¿Qué podemos hacer para restaurar la fe de los sacerdotes que se han debilitado o que ya han abandonado su sagrada posición? Por encima de todo debemos rezar. Jesús le aseguró a Pedro, previendo su juicio, «¡He orado por ti, para que tu fe no desfallezca!» (Lc 22,32). Y así, el Santo Padre nos anima a que hagamos poderosos actos de confianza: «Ante una crisis de vocaciones sacerdotales, la primera respuesta que da la Iglesia radica en un acto total de fe en el Espíritu Santo. Estamos profundamente convencidos de que este confiado abandono no decepcionará, si permanecemos fieles a las gracias que hemos recibido. Por lo tanto, la Iglesia nunca debe dejar de rezar al Señor de la cosecha para que envíe obreros a su mies (cf. Mt 9,38)» (Pastores dabo vobis, 1.). Porque «es posible», explicó en el Día Mundial de las Vocaciones, el año pasado, «generar nuevas vocaciones en el espíritu solo cuando la comunidad cristiana vive en una actitud de total fidelidad al Señor». (Mensage para el XXV día mundial de oración por las vocaciones, 3 May 1998).

De lo anterior queda claro que la crisis vocacional también está integralmente vinculada a la crisis familiar y a una visión del mundo que se opone a la vida. Allí, el Santo Padre señala: «Jesús mismo nos ha mostrado con su propio ejemplo que la oración y el ayuno son las primeras y más efectivas armas contra las fuerzas del mal» (cf. Mt 4,1 -1 1). Él enseñaba a sus discípulos que, alguna clase de demonios no pueden ser expulsados ​​sino es con la oración (cf Mc 9,29). Por lo tanto, descubramos de nuevo la humildad y el coraje de rezar y ayunar para que el poder de lo alto derribe los muros de las mentiras y del engaño… Que este mismo poder convierta los corazones, de nuestros hermanos y hermanas, en resoluciones y objetivos inspirados en la civilización de la vida y el amor». 5   

Pero ni siquiera esto es suficiente. Debemos hacer más que simplemente ayunar y orar en estos tiempos difíciles, para fortalecer a los sacerdotes en su vocación y merecer más de Dios: necesitamos cultivar un espíritu de sacrificio y expiación. Por sus sufrimientos en la cruz, Cristo nos redimió; al unir nuestros sufrimientos a los suyos, contribuiremos al bienestar de la Iglesia y a la santidad de los sacerdotes.  

Finalmente, en este momento de la historia, todos tenemos la seria obligación de «aumentar nuestro celo apostólico, para transmitir a otros, la luz y la alegría de la fe». Pues «no podemos estar contentos al considerar a los millones de hermanos y hermanas, que como nosotros, han sido redimidos por la sangre de Cristo, pero que viven en la ignorancia del amor de Dios». 6 Son ignorantes de Cristo y de las Escrituras principalmente porque faltan sacerdotes santos. 

El Santo Padre se alegra del aumento de las vocaciones y prevé el amanecer de una nueva era misionera, que se convertirá en un día radiante que producirá una abundante cosecha si, y este es un importante «si» – todos los cristianos «responden con generosidad y santidad a las llamadas y desafíos de nuestro tiempo». 7 

Por lo tanto, ofrezcamos, como el Santo Padre nos pide, «oraciones incesantes por los sacerdotes… de rodillas». 8


1. Pastores dabo vobis, 1. 
2. L’Osservatore Romano, 28 de octubre de 1998. 
3. Pastores dabo vobis , 1. 
4. Mensaje para el XY.XV Día Mundial de Oración por la Vocación, 3 de mayo de 1998. 
5. Evangelium Vitae, 100.2 
6. Redemptoris Missio , 85,3. 
7. Redemptoris Missio , 85,3. 
8. Carta del Jueves Santo para los sacerdotes, 1982.

Categorías
Cartas Sacerdote

CS26 En la plenitud del tiempo

En la plenitud de los tiempos

«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer»(Gal 4, 4)

La «plenitud de los tiempos» coincide, como ha señalado el papa Juan Pablo II, «con el Misterio de la Palabra y la Redención del mundo». Dicho de otra forma, podemos decir que la «plenitud de los tiempos» coincide con la primera Navidad en Belén. Porque fue allí, en ese momento, que el Hijo de Dios se hizo Hombre en la persona de Jesucristo y comenzó a habitar entre nosotros. Y vino, no solo para Redimir a la humanidad, sino también para fundar su Iglesia y darnos Su Cuerpo y Sangre para continuar Su Obra de Salvación aquí en la tierra.

Principalmente es ahora, a través del sacerdocio instituido por Cristo, el Sumo Sacerdote, en la Última Cena, que esta Obra Redentora se lleva a cabo en el mundo. Por lo tanto, el arzobispo Justin Rigali de St. Louis dijo, mientras se dirigía a una conferencia de obispos recién nombrados, en julio pasado en Roma, «¡Sin sacerdocio, no hay eucaristía! Sin eucaristía no hay Iglesia».

Es obvio, entonces, que el sacerdocio es esencial tanto para el crecimiento continuo de la Iglesia como para su supervivencia. Por esta razón, el estado actual del sacerdocio en los Estados Unidos debería ser motivo de preocupación para todos. Considérese lo siguiente: durante un período de 25 años, de 1975 al año 2000, el número total de sacerdotes en los Estados Unidos disminuyó de 58,909 a 45,699, ¡una pérdida de más de 13,000! Y así, debido a esto, más del diez por ciento de las parroquias en el país ahora no tienen un sacerdote residente. No hace falta decir, entonces, que existe una necesidad urgente de orar no solo por los sacerdotes, sino también por un aumento en las vocaciones sacerdotales.

Sin embargo, cabe señalar que el número de vocaciones ha aumentado en los últimos años. A pesar de estas buenas noticias, el hecho es que el número total de seminaristas que estudian para el sacerdocio en los EE. UU, se redujo de 48,992 en 1965 a 4,917 en 2000, ¡una disminución del noventa por ciento en treinta y cinco años!

El obispo John Nienstedt, anteriormente de la Arquidiócesis de Detroit y ahora el nuevo obispo de la Diócesis de New Ulm, Minnesota, se ha enfrentado a esta crisis de frente y ha elaborado un programa que podría verse como un enfoque modelo para resolver el problema de las vocaciones. En su primera homilía a su diócesis, enfatizó fuertemente la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Llamó a su nueva diócesis a hacer de las vocaciones, una prioridad para el año por venir. Llamó a las familias, clubes, grupos, asociaciones, parroquias, de hecho a toda la diócesis a rezar, ayunar y trabajar por las vocaciones.

El obispo Nienstedt fue muy específico en lo que quería. «Recordemos que las vocaciones provienen de Dios, no de nosotros, Jesús da la gracia, solo él sostiene el llamado», dijo. «Por lo tanto, pido que para el próximo año, cada reunión a nivel parroquial o diocesano comience con oraciones por las vocaciones sacerdotales, religiosas, diaconales y misioneras. Pido a todas las familias durante el próximo año, que recen por las vocaciones cada vez que se sienten para bendecir sus alimentos o cada vez que se arrodillen para dar gracias por su abundancia. Pido que para el próximo año, cada oración de los fieles, ya sea en una celebración Eucarística o en un servicio de las Escrituras, también se incluya tal petición por las vocaciones».

«En segundo lugar, nuestra oración ferviente debe ir acompañada de ayuno», continuó. «Por lo tanto, pido que para el próximo año la abstinencia de carne los viernes se realice específicamente por las vocaciones. Al principio, esto puede parecer una solicitud simplista», explicó. «Pero puedo asegurarles», enfatizó, «que he experimentado en mi propia vida cuán aceptable es el ayuno para Dios cuando se ofrece con un corazón devoto. Esa es mi sincera solicitud para cada católico en esta diócesis: orar y ayunar por las vocaciones sacerdotales, religiosas, diaconales y misioneras».

Además, el nuevo obispo explicó claramente la distinción entre ministerios laicos y ordenados. Afirmó que «la Nueva Evangelización requerirá la participación dedicada de los ministerios laicos, pero que las vocaciones no se pueden obtener a expensas de los ministros ordenados». Luego enfatizó: «La jerarquía es un elemento constitutivo de la Iglesia establecida por Jesucristo y eso significa que sin ella no estamos a la altura de lo que Jesucristo pretendía. Estoy convencido de que Jesús está llamando a hombres jóvenes y también hombres mayores, para actuar en su persona sacerdotal. Mis hermanos y hermanas, debemos creer esto si queremos ser fieles a Cristo».

Tomemos muy serio el mensaje inspirador del obispo Nienstedt y apliquemos su súplica en nuestras propias vidas y en las vidas de nuestras familias. Además, recemos para que otras diócesis en todo el país sean inspiradas a adoptar un programa similar al de la diócesis de Nueva Ulm. Indudablemente hay muchos hombres de diversas edades, que están siendo llamados por Dios al sacerdocio. Pero influenciados por aspectos culturales contrarios, materialismo, individualismo desenfrenado y valores sociales opuestos al Evangelio, estos hombres necesitan ser liberados, mediante la oración y el ayuno, para seguir el llamado de Dios.

“La mies es grande, pero los obreros son pocos —les dijo a sus discípulos—. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,37-38).

El Sacerdocio

En su primera «Carta del Jueves Santo a los Sacerdotes» del año 1979, el papa Juan Pablo II dirigió las siguientes conmovedoras palabras a los Sacerdotes del mundo. Se reproducen aquí para que al meditar sobre la naturaleza del sacerdocio, nosotros también podamos llegar a comprender y apreciar mejor este gran don de Cristo a su Iglesia y compartir el profundo amor y solicitud del Santo Padre por cada uno de los sacerdotes de la Iglesia. 

“Piensen en los lugares donde esperan con ansia al sacerdote, y donde desde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede alguna vez que se reúnen en un Santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aún conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que en el momento que corresponde a la transubstanciación desciende en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por el sollozo… ¡Con tanto ardor desean escuchar las palabras, que solo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente! ¡Tan vivamente desean la comunión eucarística, de la que únicamente en virtud del ministerio sacerdotal pueden participar, como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas del perdón: yo te absuelvo de tus pecados. ¡Tan profundamente sienten la ausencia de un Sacerdote en medio de ellos. Estos lugares no faltan en el mundo. ¡Si, en consecuencia, alguno entre vosotros duda del sentido de un sacerdocio, si piensa que ello es “socialmente” infructuoso o inútil, medite en esto!

Es necesario convertirse a diario, descubrir cada día de nuevo el don obtenido de Cristo mismo en el sacramento del Orden, profundizando en la importancia de la misión salvadora de la Iglesia y reflexionando sobre el gran significado de nuestra vocación a la luz de esta misión.

Madre de los Sacerdotes

Queridos Hermanos, al comienzo de mi ministerio os encomiendo a todos a la Madre de Cristo, que de modo particular es nuestra Madre: la Madre de los Sacerdotes. De hecho, al discípulo predilecto, que siendo uno de los Doce había escuchado en el Cenáculo las palabras: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19 ). Cristo, desde lo alto de la Cruz, lo señaló a su Madre, diciéndole: “He ahí a tu hijo” (Jn 19,26). El hombre, que el Jueves Santo recibió el poder de celebrar la Eucaristía, con estas palabras del Redentor agonizante fue dado a su Madre como “hijo”. Todos nosotros, por consiguiente, que recibimos el mismo poder mediante la Ordenación Sacerdotal, en cierto sentido somos los primeros en tener el derecho a ver en ella a nuestra Madre. Deseo, por consiguiente, que todos vosotros, junto conmigo, encontréis en María la Madre del sacerdocio, que hemos recibido de Cristo. Deseo, además, que confiéis particularmente a Ella vuestro sacerdocio. Permitir que yo mismo lo haga, poniendo en manos de la Madre de Cristo a cada uno de vosotros sin excepción alguna de modo solemne y, al mismo tiempo, sencillo y humilde. Os ruego también, amados Hermanos, que cada uno de vosotros lo realice personalmente, como se lo dicte su corazón, sobre todo el propio amor a Cristo Sacerdote, y también la propia debilidad, que camina a la par con el deseo del servicio y de la santidad. Os lo ruego encarecidamente.

¡Qué cerca de esta causa de Dios estáis vosotros! ¡Cuán profundamente ella está impresa en vuestra vocación, ministerio y misión! En consecuencia, junto con el Pueblo de Dios, que mira a María con tanto amor y esperanza, vosotros debéis recurrir a Ella con esperanza y amor excepcionales. De hecho, debéis anunciar a Cristo que es su hijo; ¿Y quién mejor que su Madre os transmitirá la verdad acerca de El? Tenéis que alimentar los corazones humanos con Cristo; ¿Y quién puede hacerles más conscientes de lo que realizáis, si no la que lo ha alimentado? “Salve, o verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María”. Se da en nuestro sacerdocio ministerial la dimensión espléndida y penetrante de la cercanía a la Madre de Cristo. Tratemos pues de vivir en esta dimensión. Si es lícito recurrir aquí a la propia experiencia, os diré que, escribiéndoles, recurro sobre todo a mi experiencia personal.

Al comunicarles esto, al comienzo de mi servicio a la Iglesia universal, pido continuamente a Dios que os llene a vosotros. Sacerdotes de Jesucristo, de su bendición y gracia y, como prenda y afirmación de tal comunión orante, os bendigo de corazón en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

Cuando estaba desnudo, me vestiste

En el Antiguo Testamento, Dios manifestó su presencia de una manera especial a través del Arca de la Alianza. Encima del arca había una placa de oro que se llamaba el «Propiciatorio», en ella permanecía Dios en medio de su pueblo. Se encontraba en el corazón del «Lugar Santísimo», dentro del Templo. De cierta manera, el Arca, con su Propiciatorio, representa un presagio de la misericordiosa presencia de Cristo en medio de su pueblo, quien en la nueva alianza, se encuentra reservado en el Santísimo Sacramento, en los tabernáculos de todo el mundo.

La santidad del Arca de la Alianza, es considerada como uno de los eventos más sorprendentes en la historia del pueblo de Israel y se registra en el primer libro de Samuel. El pueblo de Israel estuvo involucrado en una batalla contra su enemigo los filisteos. Los israelitas sufrieron una pérdida de 4000 hombres, por lo que recurrieron al Señor en busca de ayuda. Llevaron el Arca de la Alianza al campamento. Cuando el Arca de la Alianza llegó al campamento, todo el pueblo de Israel dio un poderoso grito que conmovió la tierra. Cuando los filisteos oyeron los gritos, supieron que el Arca había llegado al campamento de los hebreos y se atemorizaron. Dijeron: «¡Ay de nosotros! Pues nada como esto nos ha sucedido antes. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de ese poderoso Dios? Es aquél Dios que hirió a Egipto con todo tipo de plagas en el desierto». Sin embargo, a pesar de la presencia del Arca, la confianza del ejército de Israel y el temor de los filisteos, al participar en la batalla, Israel fue derrotado. Hubo una gran cantidad de bajas del lado de Israel: 30.000 hombres de a pie cayeron en la batalla. Pero lo más sorprendente es que los filisteos se apoderaron del Arca de la Alianza. ¡La señal más sagrada de la presencia de Dios en medio de su pueblo elegido, fue tomada por el enemigo! ¿Cómo pudo pasar esto? ¿Por qué Dios permitió que el Arca de su presencia fuera tomada por los paganos idólatras?

Antes de que esto sucediera, Dios mismo predijo al profeta Samuel que esto sucedería, y dio la razón por la cual ocurriría. Le dijo a Samuel: “He aquí, que voy a hacer en Israel, una cosa tal que a todo aquél que lo oiga le resonarán ambos oídos”. La razón por la que Dios permitió que este desastre ocurriera en Israel, fue debido a las blasfemias cometidas por Ofní y Fineés, los hijos del sumo sacerdote Helí, en su servicio como sacerdotes del pueblo de Dios. Como se dijo: “El pecado de los jóvenes fue muy grande a la vista del Señor; porque esos hombres trataban con desprecio las ofrendas del Señor”. [1 Sam 2,17] La ​​consecuencia de los pecados de los sacerdotes no solo fue que ellos mismos fueran asesinados en la batalla, sino también que hubo una gran derrota para todo el pueblo de Israel, y la presencia de Dios fuera efectivamente apartada de en medio de ellos.

Este episodio proporciona una clara indicación de las consecuencias de los pecados de los sacerdotes no solo para ellos, sino también para todo el Pueblo de Dios. Debido a su posición clave como «Mensajero del Señor de los Ejércitos» [Mal 2, 8], los pecados del sacerdote «hacen tropezar a muchos». [Mal 2, 8] El profeta Ezequiel señaló que debido a la corrupción de los pastores, el rebaño  se dispersa por toda la tierra y se convierten en presa de todas las fieras del campo. [Ez 34, 5-6]. Y el profeta Jeremías comentó: “Porque los pastores han obrado neciamente, y no han buscado a DIOS; por esto no entendieron y toda su grey anda dispersa”. [Jer 10,21]

Sabiendo muy claramente la posición vital que tienen los sacerdotes en la Iglesia, sus enemigos, tanto humanos como demoníacos, no dejan de atacar a los sacerdotes de todos los sectores. El seductor busca golpear al pastor para que las ovejas se dispersen. Por esta razón, es necesario establecer continuamente un baluarte de protección alrededor de los Sacerdotes de la Iglesia. Invoquemos a la Virgen María para que los cubra con su manto; pidamos a los ángeles que los rodeen con un fuerte escudo de protección; pidamos a San José, el protector universal de la Iglesia, y terror de los demonios, que proporcione una defensa especial para sus ministros.

Al mismo tiempo, si somos testigos de las fallas de los sacerdotes, e incluso somos víctimas de ellas, debemos estar en guardia, para no atacar a los sacerdotes empeorando las cosas. Incluso si algunos sacerdotes no son personas santas, siempre son personas sagradas en razón de su ordenación. Ellos son los ungidos de Dios. Así como David en el Antiguo Testamento, nunca se atrevió a levantar una mano contra el rey Saúl, quien injustamente lo persiguió, David siempre estuvo consciente de que Saúl todavía era el ungido de Dios; [1 Sam 24, 6] así nosotros tampoco deberíamos en ningún momento, atacar a los ministros ungidos de Dios.

Santa Catalina de Siena registra las palabras de Dios Padre en sus Diálogos: 

«Deseo que los seculares mantengan [hacia todos los sacerdotes] la debida reverencia, no por su propio bien, como he dicho, sino por Mí, en razón de la autoridad que les he dado. Por lo tanto, esta reverencia nunca debería disminuir hacia los sacerdotes cuya virtud se debilita, sino conservarse de la misma manera que por aquellos de quienes les he hablado, que viven en la virtud y la bondad; porque todos han sido nombrados ministros del Hijo, es decir, del Cuerpo y la Sangre de Cristo y de los otros Sacramentos».

«Esta dignidad pertenece al bien y al mal por igual: todos tienen que administrar la luz, como se ha dicho, y los sacerdotes perfectos están bajo esa condición de luz, es decir, iluminan y calientan a sus vecinos a través de su amor. Y con este calor hacen brotar virtudes y dan fruto en las almas de quienes les están sujetos. Los he designado para que sean en verdad sus ángeles guardianes, para que los protejan, inspiren sus corazones con buenos pensamientos, con sus santas oraciones y para que les enseñen Mi doctrina reflejada en el espejo de su vida, y para que les sirvan administrándoles los santos sacramentos, sirviéndoles, vigilándoles e inspirándoles con buenos y santos pensamientos como lo hace un ángel».

«Vean, entonces, que además de la dignidad a la que los he designado, cuán dignos son de ser amados; cuando también poseen el adorno de la virtud, al igual que aquellos de quienes les hablé, que están ligados y obligados a poseer, y en qué gran reverencia los deben sostener y brillan cada uno como un sol en el cuerpo místico de la Santa Iglesia por sus virtudes, porque todo hombre virtuoso es digno de amor, y estos aún más por el ministerio que he puesto en sus manos. Por lo tanto, deben amarlos en razón de la virtud y la dignidad del sacramento, y por esa misma virtud y dignidad, deben odiar los defectos de aquellos que viven miserablemente en el pecado, pero no por ese motivo deben ser sus jueces, lo que les prohíbo, porque son Mis Cristos (los ungidos), y deben amar y reverenciar la autoridad que les he dado. Ustedes saben bien que si una persona sucia y mal vestida les trajo un gran tesoro, del cual obtuvieron la vida, no odiarían al portador, por muy harapiento y sucio que este fuera, por amor al tesoro y al señor que se los envió. Su estado realmente les desagradaría, y estarían ansiosos, por amor a su maestro, del momento en que fuese limpiado de su maldad y vestido adecuadamente». 

«Este, pues, es su deber de acuerdo con las demandas de la caridad, y por lo tanto deseo que actúen así con respecto a los sacerdotes tan mal ordenados, que a su vez sucios y vestidos con ropas estropeadas por el vicio a través de su separación de Mi amor, les traen grandes tesoros. – es decir, los sacramentos de la Santa Iglesia, de donde obtienen la vida de la gracia, recibiéndolos dignamente (a pesar de los grandes defectos que pueda haber en ellos) por amor a Mí, el Dios Eterno, quien se los envía, y a través del amor a esa vida de gracia que reciben del gran tesoro, por el cual les administran todo el Dios y todo el Hombre, es decir, el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo unidos a mi naturaleza divina. De hecho, sus pecados deberían desagradarles, deberían odiarlos, y luchar con amor y santa oración para volver a vestirlos, lavando su impureza con sus lágrimas, es decir, que deberían ofrecerlos ante Mí con lágrimas y gran deseo, para que pueda volver a vestirlos en Mi bondad, con las prendas de la caridad. Sepan bien que deseo darles gracias, si tan solo se dispusieran a recibirlas, y ustedes oren por ellas; pues no está de acuerdo con Mi voluntad, que les administren el Sol estando ellos mismos en la oscuridad, no que ellos sean despojados del manto de la virtud, viviendo de manera deshonesta en deshonra; por el contrario, se los he dado y los he designado para que sean ángeles y soles terrenales, como ya he dicho. No es mi voluntad que estén en este estado, deben orar por ellos y no juzgarlos, dejándome su juicio. Y yo, conmovido por sus oraciones, les alcanzaré misericordia si solo la reciben, pero si no corrigen su vida, su dignidad será la causa de su ruina. Porque si no aceptan la abundancia de Mi misericordia, yo, el Juez Supremo, los condenaré terriblemente hasta su final, y serán enviados al fuego eterno».

Las palabras de esta gran Doctora de la Iglesia, indican no solo la dignidad del sacerdote y la responsabilidad que tiene de vivir de acuerdo con tal dignidad, sino también el deber de los laicos que reconocen las fallas del sacerdote para «lavar su inmundicia con sus lágrimas», y volver a vestirlos orando para que estén dispuestos a recibir las gracias de la misericordia de Dios.

El profeta Zacarías tuvo la siguiente visión: «Entonces me mostró Jesús el Sumo Sacerdote, que estaba de pie delante del ángel del Señor, y a su mano derecha estaba Satanás, para acusarle. El ángel del Señor le dijo a Satanás: «¡Que te reprenda el Señor, que ha escogido a Jerusalén! ¡Que el Señor te reprenda, Satanás! ¿Acaso no es este hombre un tizón rescatado del fuego?». Josué estaba vestido con ropas sucias en presencia del Ángel. Así que el Ángel les dijo a los que estaban allí, dispuestos a servirle: «¡Quítenle las ropas sucias!» Y a Josué le dijo: «Como puedes ver, ya te he liberado de tu culpa, y ahora voy a vestirte con ropas espléndidas». Entonces dije yo: «¡Pónganle también un turbante limpio en la cabeza!» Y le pusieron en la cabeza un turbante limpio, y lo vistieron, mientras el Ángel del Señor permanecía de pie». [Zac 3: 1-5]

Esta visión profética contrasta la obra de Satanás con la del Santo Ángel. Satanás acusa, mientras que el Ángel sagrado les pide a los que están alrededor que le quiten las prendas sucias al sumo sacerdote. El Ángel reprende a Satanás y tiene misericordia de Josué. El Ángel habla de Josué como de una «marca arrancada del fuego». La imagen que se usa aquí parece ser muy adecuada para nuestro tiempo presente. Los elementos de una cultura neopagana, anticristiana, materialista, consumista y cargada de lujuria que se promueven a través de los medios de comunicación, podrían compararse con un fuego destructivo que se extiende incluso entre los miembros de la Iglesia. Aun a aquellos a quienes Dios ha llamado a la vida religiosa y al sacerdocio difícilmente se les puede evitar la nociva influencia. Dios, sin duda, desea que sean «arrebatados» de las llamas; pero no podemos sorprendernos si ya están carbonizados y, por lo tanto, debilitados y tal vez incluso cegados ante los peligros a los que continúan exponiéndose. La solución no es acusar, sino interceder, e incluso después de haber intercedido cientos de veces, no debemos acusar. Dios no nos muestra quien es «menos entre sus hermanos». Pero sabemos que cualquier cosa que le hagamos al más pequeño de sus hermanos, lo hacemos con él.

Como los sacerdotes son, como escribe Santa Catalina, los ungidos de Dios, o en otras palabras, «Cristos», podemos estar más seguros de la recompensa de Dios para todos aquellos que se dedican a «volver a vestir» a los sacerdotes a través de oraciones y sacrificios ofrecidos en su nombre. «Ven, bendito de mi Padre, hereda el Reino preparado para ti desde la fundación del mundo» porque cuando estaba desnudo, me vestiste» [Mateo 25, 34-36].