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CC03 El Ángel de Fátima 2

El Ángel de Fátima, un Maestro en el Amor (2a. Parte)

La segunda aparición del Ángel

En su segunda aparición a Lucía, Jacinta y Francisco, el Ángel de Portugal enseñó a los niños, cómo debían adorar a DIOS con santa reverencia e interceder por los pecadores. Se mostraron como alumnos dóciles en la oración, porque permanecieron firmes y crecieron en santidad, sin que tuviesen un contacto inmediato con el Ángel por un largo período de tiempo. En relación a la vida espiritual podríamos decir, que todas las almas en búsqueda de la santidad, tienen que pasar primero por el desierto de la oscuridad y de la aridez, antes de poder llegar a los oasis de las gracias divinas. Los propósitos que se hacen en la mañana y ni siquiera duran hasta la tarde, no pueden ser materia para la formación de santos. Los tres pastorcitos demostraron por su fidelidad, ser dignos de una ayuda continua del Ángel.

Esta ayuda llegó unos meses después, en el verano. Debido a las temperaturas que fácilmente podían sobrepasar los 30 grados, era costumbre que los pastores llevaran sus ovejas a pastar en la mañana y de regreso a sus establos, antes del calor del mediodía. Así los niños podían jugar siempre después de la comida, durante algún tiempo junto al pozo, detrás de la casa de Lucía. «De repente vimos al Ángel justamente a nuestro lado.» ¡Qué distinto sería nuestro comportamiento, si continuamente pudiéramos ver al Ángel de la Guarda a nuestro lado! ¡Qué débiles son los ojos de nuestra fe, ya que realmente el Ángel siempre está a nuestro lado! Y este conocimiento debería llevar nuestra vida a una conversión. El caminar en la presencia de DIOS, como enseña san Alfonso de Ligorio, es el fundamento de la vida espiritual. DIOS está presente en el Ángel de manera especial, porque Él mismo dice: «¡Mi nombre está en él!» La misión del Ángel es, llevarnos al lugar que DIOS nos preparó (Cfr Ex 23,20). Para cumplir con esta tarea, él nos debe guiar a la presencia de DIOS.

¡Aprovechemos bien nuestro tiempo!

El Ángel preguntó a los niños: «¿Qué hacen?» – no porque él no lo supiera, sino para mostrarles claramente el abismo que existe entre el espíritu del mundo y el espíritu de la fe, y para hacernos ver, cómo dejamos pasar el tiempo descuidadamente y toda nuestra vida con cosas superficiales. Los juegos de los niños de aquel tiempo eran un pasatiempo inocente, y no como los de los niños de hoy, que con los programas de televisión envenenan sus almas. Oh, si el Ángel pudiera arrancarlos del ofuscamiento de la televisión con sus enérgicas palabras: «¿Qué hacen?» El Ángel no sólo ve lo que nosotros hacemos; él ve también la situación espantosa de todo el mundo, donde diariamente mueren varios miles de hombres. ¡Qué pocos están preparados para el juicio! «Porque es ancho y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella» (Mt 7,13). Poco tiempo después, la Madre de DIOS mostró a los niños una visión del infierno, de la cual ella dijo: «Ustedes han visto el infierno, adonde llegan las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, DIOS desea que la devoción a mi Inmaculado Corazón sea realizada. Si se hace lo que yo les digo, muchas almas serán salvadas y habrá paz» (julio de 1917).

Decisión entre Cielo e Infierno

¿Cómo conmovía el corazón de Jacinta hacia una grande compasión el pensar en los infinitos tormentos del infierno! Lucía era su «catequista». A la pregunta de Jacinta: -«Aquella Señora dijo también que muchas almas entran en el infierno. Y, ¿qué es el infierno?», Lucía le explicó: -«Es un abismo con bestias feroces y con un fuego enorme – así me lo explicó mi mamá – y allí llegan aquellos que pecan y no confiesan sus pecados. Permanecen siempre allí y ardiendo constantemente».

Jacinta: -«¿Y jamás salen de allí?… ¿Ni siquiera después de muchos años?»
Lucía: -«No, el infierno nunca terminará.»
Jacinta: -«¿Y el cielo tampoco?»
Lucía: -«Quien entra en el cielo, jamás lo dejara.»
Jacinta: -«¿Y quien entra al infierno tampoco?»
Lucía: -«¿No comprendes que son eternos, que nunca acabarán?»

Lo que más impresionó a Jacinta, fue el hecho de que el infierno es eterno. Cada alma merece la eternidad de la santa felicidad y del amor, o del dolor y del odio. Esta verdad casi no parece impresionar a nadie, porque el mundo está muy ocupado en lo temporal. Por eso el Ángel exclamó: «¿Qué hacen?»

En la escuela de la oración y sacrificio

«¿Qué hacen? ¡Recen, recen mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen planes de misericordia para con Ustedes. ¡Ofrezcan continuamente oraciones y sacrificios al Altísimo!» El Ángel los exhortó a «orar mucho». Esto es importante pedagógicamente. Pensemos que la oración es la expresión de nuestro amor a DIOS y al prójimo. Debería ser toda nuestra alegría. Deberíamos amar tanto, como nos sea posible: con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Pero lo que cada uno entiende por «orar mucho», se orienta según la medida del amor en su corazón. Si cada uno de nosotros orase mucho, aumentaría también su medida de amor, y si cada uno de nosotros amase mucho aumentaría también la medida de su oración.

En la medida en que van creciendo el amor y la oración, crecen también la paz y la alegría. Al contrario, no debe admirarnos que ante las escasas oraciones de tantos, que no rezan con el corazón, «la caridad de la mayoría se enfriará» (Mt 24,12) y la paz en el mundo desaparecerá.

¿Cómo se debe rezar «siempre»?

El Ángel exhorta a los niños a ofrecer continuamente oraciones y sacrificios. La única posibilidad de que pudiéramos ofrecer tal sacrificio perpetuo, es dando a nuestras obras esta intención. Podemos y debemos hacer un buen propósito y ofrecer todo en este sentido. La mejor forma de una buena intención continua, sin duda es la consagración.

La consagración del mundo al Sagrado Corazón de JESÚS fue realizada apenas poco antes de la aparición del Ángel de Fátima, por el Papa León XIII, en el año 1900 y poco después el Señor exigió una devoción especial: la consagración al Inmaculado Corazón de Su Madre. Toda perfección espiritual ya está presente de hecho, en germen, en nuestra consagración bautismal. Su gran potencialidad llega a pleno desarrollo por las diversas consagraciones y promesas que la Iglesia propone a los fieles. Éstas elevan nuestra vida al nivel de una oración y sacrificio perpetuos.

Es una verdad muy consoladora saber que JESÚS y MARÍA esperan nuestra oración. Enciende nuestro corazón el pensar que nuestro Señor aceptó su sufrimiento y muerte por amor a nosotros. Pero es doloroso comprender que el sufrimiento de nuestro Señor, en cierta manera, todavía no está completo,… y que Él, sin embargo, nos invita, por su amor, a ayudarlo. Su cruz es su gloria, y Él la quiere compartir con nosotros. San Pablo lo comprendió: «En favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de CRISTO» (Col 1,24). «DIOS me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor JESUCRISTO» (Gal 6,14).

«¿Cómo debemos ofrecer sacrificios?»

El Ángel de la Paz ya les había enseñado cómo debían rezar, Lucía simplemente preguntó: «¿Cómo debemos ofrecer sacrificios?» La respuesta del Ángel es precisa y profunda: «De todo lo que puedan ofrezcan sacrificios para reparar los pecados, por los cuales DIOS es ofendido, e imploren la conversión de los pecadores. Así alcanzarán la paz para su patria, de la que yo soy Ángel de la Guarda, el Ángel de Portugal. Ante todo, acepten el sufrimiento y soporten con sumisión lo que el Señor les enviará.»

Aquí reconocemos la triple dimensión de nuestras acciones. La primera intención de la expiación, es la reparación de las ofensas a DIOS. El pecado realmente ofende a DIOS. En estos tiempos se ve como con cada pecado grave, se niega a DIOS y se diviniza el propio yo. Escribió Chesterton: «El dolor es el regalo de DIOS para los idealistas (los que piensan filosóficamente, que ellos mismos llegarán a ser dios, por estar continuamente creando el mundo en sus propias cabezas), ya que ni siquiera un necio crearía el dolor para sí mismo. El dolor lleva a los pecadores nuevamente hacia el reconocimiento de DIOS. Cada bien permanente depende de la aceptación de que DIOS es DIOS y nosotros somos sus creaturas. Este bien, al final, se alcanzará en el juicio después de la muerte. El dolor de los condenados consiste esencialmente en el conocimiento de la perdida de DIOS por su propia opción. La expiación es un exceso de amor, cuando un alma por su sacrificio y aceptación del sufrimiento reconoce la majestad de DIOS de manera heroica y ruega por la gracia de tocar los corazones de los pecadores obstinados.

Porque el pecado significa enemistad contra DIOS, también es ésta la causa de guerras. Adán y Eva no obedecieron a DIOS y, Caín mató a su hermano Abel. En la conversión de los pobres pecadores, la reconciliación con DIOS es el primer paso para la reconciliación entre los hermanos.

Partiendo de las palabras del Ángel, podemos comprender que la oración sola no sea capaz de traer la paz. Sacrificio y expiación son otros medios indispensables para atraer la paz sobre la patria. Sin el sacrificio, la oración es pura oración de labios. El regalo de nuestro ser, de nuestra existencia y de nuestro pan de cada día, que recibimos de DIOS, exige que regresemos a DIOS y nos convirtamos a Él en lo más íntimo de nuestro interior. El hecho de estar alejados de DIOS se fundamenta en la codicia, la raíz de todo mal.

Dos formas de sacrificio

El Ángel habla de dos formas de sacrificio: aquello que nosotros mismos escogemos y los sufrimientos que DIOS nos escoge o nos manda. Todo lo que somos y hacemos, se puede y se debe ofrecer a DIOS como sacrificio. Aquí podríamos realmente desarrollar un sentimiento fino: todo lo podemos hacer valioso para la eternidad y así adquirir un tesoro en el cielo. Lo que no se ofrece para la honra de DIOS se perderá para toda la eternidad, aunque sea muy atractivo y brillante. Con su exhortación a los niños, de ofrecer sacrificios de todo, el Ángel anunció en realidad una «buena noticia», a saber, que los sacrificios no necesariamente deberían ser dolorosos. En el cielo permanecerán por toda la eternidad, tres formas de sacrificios: el sacrifico de alabanza (principio y fin del amor), el sacrificio de nuestra consagración a DIOS (compromiso y perpetuación del amor) y el sacrificio de agradecimiento (por los dones y el estar unidos en el amor). El amor comienza con estos sacrificios y arde en ellos; el amor se hace fuerte en el sacrificio del holocausto, en los sacrificios que nos cuestan algo. Aún así, no debemos ignorar las miles de cosas pequeñas, que todo el día podemos ofrecer a DIOS por amor. A estos pequeños sacrificios siempre les podemos dar la intención de expiación. Justamente a causa de estos sacrificios, el Ángel prometió la paz para su patria.

El Ángel también aclaró, que el sacrifico de nuestra voluntad, por el cual soportamos con paciencia todos los sufrimientos que DIOS nos manda, es más grande que cualquier sacrificio que nosotros mismos podemos escoger. Santa Teresita del Niño Jesús explicó a su hermana, que la paz consiste exactamente en esto, en que realmente queramos lo que DIOS quiere.

Oración

Adoración

Ángel y hombre  unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD  

Nuestra vocación: La Voluntad de DIOS y Su Paz

A los niños se les enseñó a hacer esta oración simple: «¡Oh Jesús yo quiero lo que Tú quieres de mi!» ¡Qué rápido comprenden los niños que JESÚS los ama y tiene para ellos el mejor plan de amor para la felicidad de su vida!. Por eso están tan entusiasmados y dispuestos cuando se trata de descubrir su vocación y aceptarla. Esta disposición les abre el corazón y los ilumina para darle sentido a su vocación. También les da el deseo de la vocación querida por DIOS, la Paz interior. En la entrega a la voluntad de DIOS, encontramos la paz interior y la fortaleza, de llevar las cruces que el Señor nos asigna en el camino de nuestra vida.

El Ángel distinguió aquí dos momentos importantes: primero debemos aceptar conscientemente los sufrimientos que vienen de DIOS (muchas almas no soportan este primer paso y caen), y segundo, debemos soportar los sufrimientos con paciencia, considerado que prácticamente nuestra paciencia está en relación directa a la aceptación consciente y convicción interior y, que el sufrimiento que nos toca, viene de DIOS, quien nos ama.

Cuando el diablo consigue bajar tanto a un alma, para que vea todo sombrío, y ésta siempre culpe a los demás de sus sufrimientos, su paciencia para amar se desvanecerá en la nada, como la neblina de la mañana. 

No se puede separar el amor, del sacrificio

Los efectos espirituales de estas enseñanzas sobre el significado del sacrificio, se encuentran en los escritos de Lucía:

“Estas palabras del Ángel se grabaron en nuestra alma, como una luz que nos hacía comprender quién era Dios, cómo nos amaba y quería ser amado, el valor del sacrificio y cómo éste le era agradable; cómo por atención a él convertía a los pecadores. Por eso desde ese momento comenzamos a ofrecer al Señor todo lo que nos mortificaba, pero sin pararnos a buscar otras mortificaciones o penitencias, excepto la de pasarnos horas seguidas postrados en tierra, repitiendo la oración que el Ángel nos había enseñado”.

Siete frutos del sacrificio

Las palabras del Ángel sobre el sacrificio fueron una luz, que causó siete efectos santos en los niños pastores. La enseñanza sobre el sacrificio, cuando es recibido profundamente en el alma con amor, ayuda al hombre primero: a comprender quién es DIOS, por qué «DIOS es amor». Si no hemos comprendido el afluir y la bondad del amor con el hecho de que nosotros mismos nos entregamos en amor sacrificial, ¿cómo podremos alguna vez comprender el amor? Todo el mundo egoísta quiere recibir amor, pero no comprende qué es el amor, porque el amor sólo se puede comprender en la entrega de sí mismo, a partir del sacrificio.

La gracia de DIOS llama escondidamente a nuestro corazón y nos hace capaces de amarlo a Él y de entregarnos a Él. Según la medida en que se sacrifique nuestro corazón, podremos recibir a DIOS en nuestra alma. Segundo: por lo tanto, los niños experimentan y comprenden solamente a aquellos, que comenzaron a amar a DIOS fervientemente, con el amor que DIOS nos ama, y tercero: cómo recíprocamente, Dios quiere ser amado por nosotros. Un alma santa, totalmente dominada por el amor de DIOS, preguntó a su director espiritual: «¿Cómo puede DIOS amarme tanto?» Éste solamente pudo contestar que el amor de DIOS es infinito, porque DIOS es amor infinito. Y, en su soberanía sobre todos los otros amantes es totalmente libre en la opción de su amor, porque se complace en darse; Él ama para dar: A los que ama, les da tanto como puede, así que los puede amar siempre más. «Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el regazo de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá» (Lc 6,38).

Cuarto: El alma comprende que el crecimiento en el amor, es una peregrinación espiritual, que exige el pie izquierdo de la oración como también el pie derecho del sacrificio. Muchas almas se esfuerzan por corresponder al pedido de la Madre de DIOS, que nos llama a la oración, pero a pesar de ello, casi no progresan. Su conocimiento de DIOS rara vez es más que una luz opaca, ni pensar en una llama ardiente. La razón está en que estas personas rezan, pero sin agregar una medida correspondiente de sacrificios. Es como si su pie derecho del sacrificio estuviera clavado en el suelo, y así por toda su vida, se mueven en un círculo y no progresan en el amor a DIOS y al prójimo, como deberían. Al contrario, un alma que empezó avanzando por el camino de la oración y del sacrificio, hasta el corazón de DIOS, – aunque solo con pequeños pasos – rápidamente descubre el gran valor del sacrificio. Y esta es la cuarta luz.

Los tres niños pastores, más tarde, tuvieron muchas veces la ocasión de ver los frutos de sus oraciones y sacrificios en forma de muchas conversiones. Pero la belleza de la luz, que el Ángel comunicó por la fuerza del Espíritu Santo, consistió en esto, que esta luz fue directamente infundida en su espíritu – o como dice Lucía ‘se grabaron en nuestra alma’ – y con tanta claridad, que conocieron la verdad, por así decir, en DIOS. Quinto: conocieron cómo es agradable a DIOS el sacrificio y, sexto: que el sacrificio obtiene la conversión de los pecadores. Aunque esto ya lo deberíamos saber, si pensamos en la muerte salvífica de CRISTO, – «por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17) – tal conocimiento especulativo debería penetrar nuestro corazón, para formar nuestras convicciones más profundas. Hasta que la ‘verdad’ de nuestro espíritu se transforme en el ‘bien’ de nuestra voluntad, nuestra fe se manifestará en grandes obras de amor.

En séptimo lugar el Ángel comunicó a los niños aquella luz amante y aquella gracia, a la cual correspondieron con un entusiasmo incansable en la oración y en el sacrificio: «A partir de entonces empezamos a ofrecer al Señor lo que nos costaba esfuerzo, … postrados por horas sobre la tierra, repetíamos la oración del Ángel».

Lucía describe muchos de los sacrificios, que acogieron por la conversión de los pecadores. Entregaban su almuerzo a unos niños vecinos muy pobres. En vez de sus comidas ordinarias comían bellotas y cebollas salvajes, que ellos mismos habían recogido. Muchas veces en el calor horrendo del verano, todo el día no tomaban agua. Por propia iniciativa inventaron la cinta penitencial, que les causaba dolores y penas, para tener algo, que ofrecer a DIOS y a la Madre de DIOS por los pecadores.

Se hicieron incansables en su sed, de saciar la sed del Señor para la salvación de los pecadores. Aquí vemos el heroísmo verdadero de Lucía, Jacinta y Francisco, en comparación con nuestras mortificaciones que parecen muy insignificantes. En todos sus emprendimientos, el Ángel les asistió invisiblemente y les ayudó. Lo que Lucía dijo acerca de la ayuda del Ángel, en un período determinado de su vida, tiene validez para toda nuestra vida: «En esos días ejecutamos nuestros trabajos, casi llevados por este mismo ser sobrenatural (el Ángel), que nos impulsaba a esto.»

La ayuda del Ángel siempre nos es ofrecida, pero debemos mostrarnos dignos de ella por un santo celo en las cosas de DIOS. Entonces se verificarán las palabras de san Ignacio de Loyola en nuestra vida espiritual: «Con las personas que se esfuerzan intensamente por purificar sus pecados, y progresar en el servicio de DIOS, nuestro Señor les da de lo bueno hacia lo mejor,… a los espíritus buenos les es propio, darles valor y fuerza, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y tranquilidad, en cuanto da facilidad para pasar los obstáculos y los quitan, para que continuamente se progrese en las buenas obras» (Ejercicios espirituales, núm. 315).

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CC02 El Ángel de Fátima 1

El Ángel de Fátima (Primera Parte)

La primera aparición del Ángel y sus instrucciones

Han pasado cien años (1916-2016), desde que el Ángel de Fátima preparó a los tres niños pastores: Lucía, Jacinta y Francisco, para la revelación y el mensaje de nuestra Señora de Fátima. El “éxito” de Fátima se debe atribuir, en parte, a los obispos de Portugal, quienes supieron que la historia de las apariciones en Fátima nos presenta las verdades del Evangelio, de una manera muy simple y que corresponde a nuestro tiempo actual. Ambos, el Evangelio y el Mensaje de Fátima, son un catecismo de la fe. Esto se puede afirmar de manera especial, por el Ángel de Fátima, a quien podemos mencionar como el primer misterio de Fátima, ya que durante 20 años la Hermana Lucía ocultó esta revelación. ¡Qué diferencia de los místicos falsos, quienes muy precipitadamente publican su hecho!

Así, como la Madre de DIOS apareció seis veces en Fátima, con la misma frecuencia lo hizo también el Ángel. Las primeras tres apariciones del Ángel fueron durante el año 1915 a Lucía y a los dos pastorcitos, que no dijeron nada. Durante el año 1916, el Ángel preparó espiritualmente a Lucía, a Jacinta y a Francisco para las apariciones de la Madre de DIOS. En esta carta, queremos contemplar un poco las últimas tres apariciones, porque casi son un resumen de teología espiritual, como la podemos encontrar en la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos. Es significativo para nosotros y no solo desde el punto de vista histórico, sino porque también, nuestro propio Ángel de la Guarda intenta, de manera semejante, iluminarnos y llevarnos por el camino de la santidad.

Primera Aparición: Primavera de 1916, en Loca do Cabeço (Cabeza Grande)

Lucía, Jacinta y Francisco buscaban un refugio dentro de una pequeña cueva en el declive oriental de la Loca do Cabeço. Comieron un poco y, en seguida rezaron el Rosario, el cual abreviaban de manera ingeniosa, recitando en lugar de la oración completa, solo las palabras “Padre Nuestro” y “Ave MARÍA”, para ir más pronto a jugar. Entonces, un viento fuerte le hizo levantar la vista viniendo del oriente sobre el pequeño declive, se aproximaba “un joven de unos 14 ó 15 años, más blanco que la nieve, el sol lo hacía transparente, como si fuera de cristal, y de una gran belleza”. Estuvimos admirados y totalmente conmovidos por esto”. Esta descripción de Lucía acerca del Ángel y de su aparición es totalmente bíblica. Pensemos por ejemplo en el Ángel de la Resurrección: “El Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve” (Mt 28,2-4). De forma semejante san Juan nos habla de un Ángel, cuyo rostro era brillante como el sol (Cfr Apc 10,1). Cuando las mujeres llegaron al sepulcro y entraron, “vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: ¡No os asustéis!” (Mc 16,5-6). San Marcos nos relata, que huyeron temblando y espantados. “Y no dijeron nada a nadie a causa del miedo” (Mc 16,8). Así como el ángel de la Resurrección desea librar del temor a las mujeres, también mucho tiempo atrás san Gabriel tranquilizaba al profeta Daniel (Dn 9,21s) y a MARÍA en la anunciación. Así tranquiliza también el Ángel de Fátima a los niños con las palabras “¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. ¡Rezad conmigo!”

Acerca de estas palabras podemos hacer tres meditaciones:

I «¡No temáis!»
          Aquellos que temen a DIOS, no necesitan temer a los ángeles de DIOS, ya que una aparición semejante nos puede infundir el temor de DIOS, ya que el Ángel está lleno de la gloria de DIOS, la cual nos la está revelando. Así lo vemos en el libro del profeta Daniel. “Cuando él (el ángel Gabriel) se acercó más, me atemoricé y caí de bruces.” (Dn 8,17); pero esto, no solo lo experimentó Daniel sino también muchos otros profetas y santos, como lo podemos leer en la Sagrada Escritura. Aquí sólo mencionamos a san Juan, quien cayó dos veces a los pies del ángel, que era tan brillante y hermoso, sus palabras tan divinas, que Juan se sentía en la presencia del Señor. Juan nos habla expresamente de esta «equivocación» para confirmar la verdad de su Revelación, porque sólo el santo ángel puede estar tan íntimamente unido a nuestro Señor. Aquí encontramos la gracia de la presencia divina, que el maligno no puede conseguir, ni siquiera cuando se viste como «Ángel de luz» (Cfr 2 Cor 11,14).

            Los niños quedaron tan sorprendidos de esta presencia divina del ángel, que Lucía escribe más tarde: «La presencia de lo sobrenatural que nos rodeaba, era tan fuerte que por mucho tiempo nos olvidamos de nosotros mismos… La presencia de DIOS se hizo palpable en nosotros tan fuerte y personalmente, que ni pensamos hablar sobre esto entre nosotros mismos. Todavía el día siguiente estábamos sumergidos en esta presencia sobrenatural. Esta gracia se repitió también en las últimas revelaciones del Ángel, que provocó un movimiento todavía mayor de la gracia y del amor.» Lucía también recuerda esto: «la fuerza de la presencia de DIOS era tan intensa que nos absorbía y anonadaba casi del todo. Parecía privarnos hasta del uso de los sentidos corporales por un gran espacio de tiempo. En aquellos días, hacíamos las acciones materiales como transportados por ese mismo ser sobrenatural que a eso nos impulsaba. La paz y la felicidad que sentíamos, era inmensa; pero sólo interior, completamente concentrada el alma en Dios. El abatimiento físico que nos postraba, también era grande”.

 Lucía también menciona, que después del primer encuentro con el ángel: «No nos vino a la mente hablar sobre esta aparición. Tampoco pensamos en callarnos sobre esto. No teníamos ninguna duda acerca de la aparición. Era algo tan profundamente interior, que simplemente no se podía haber hablado de esto«. La comunicación del ángel se da a través de la luz de los dones del Espíritu Santo, de modo que el alma recibe un conocimiento divino en la profundidad del alma, en un ambiente donde no hay palabras. El alma comprende, pero no lo puede expresar. El ángel no se comunicó a los niños solo con palabras, sino que también les comunicó las gracias espirituales en la profundidad del alma.

II «Soy el Ángel de la paz»

            El papa Gregorio Magno nos enseña, que los nombres de los Ángeles no se refieren a su esencia, sino más bien a su misión y el servicio que prestan a la humanidad. Por eso San Miguel significa: «Quién como DIOS», porque su tarea es la de enseñarnos la humildad de la fe. San Rafael significa: «Medicina de DIOS», porque él fue enviado a curar la ceguera de Tobit y a librar a Sara de los ímpetus del espíritu maligno. Pero aquí se trata del Ángel de la paz. Cuya misión es guiar a los hombres hacia la paz. (actúa como una santa ironía, por la que nació el «ejército azul»); pero consideremos también, que sus armas son la oración y el sacrificio y que las filas de las almas combatientes están detrás de este Ángel. La paz de las naciones es un don de DIOS; la paz en el corazón viene de la sumisión amante ante DIOS y la paz en DIOS viene de la unión amante con Él.

Oración

Adoración

Ángel y hombre  unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD  

III «¡Rezad conmigo!»

No será difícil para nosotros comprender, cuál será el provecho que podríamos obtener de la ayuda del santo Ángel en nuestra oración. Rafael comunicó a Tobías: «Cuando tú y Sara hacíais oración era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones» (Tb 12,12). Cuando el Ángel rezó por la paz en Jerusalén, el Señor respondió con palabras amables, palabras llenas de consuelo (Za 1,13). El hecho de que el Ángel con su oración interceda por nosotros, no lo podemos comprender tan fácilmente. Pero de que sí lo hace, lo podemos ver también en el santo sacrificio de la misa, cuando el sacerdote reza: «que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu Ángel«. Santo Tomás de Aquino atribuye al santo Ángel una fuerza especial de intercesión, más grande que la del sacerdote. Escribe: «El santo Ángel, presente en el misterio divino, lleva las oraciones del sacerdote y del pueblo hacia DIOS» como también se dice en Ap 8,4: «De la mano de un Ángel subió el incienso con las oraciones de los santos hacia DIOS« (Suma teológica III,83,4,9). Y en el mismo lugar dice: «La Santa Misa la podemos llamar así por esta razón: «Missa» viene del verbo «mittere» y significa enviar, «porque el sacerdote envía sus oraciones por medio del Ángel a DIOS, como el pueblo envía sus oraciones a DIOS a través del sacerdote«.

Ciertamente, la fuerza y la pureza de las oraciones de los Ángeles, a pesar de su naturaleza y gracia angelical, son muy inferiores a las de DIOS. Los himnos de alabanza de los Ángeles, sin contar con los de los hombres, no serían dignos ante DIOS. Pero luego se realiza lo inesperado: DIOS mismo se hace hombre, el HIJO se convierte en Sumo y Eterno Sacerdote e intercede como representante de sus creaturas por medio de su oración. Él nos injertó en su sacrificio de alabanza, infinitamente agradable a DIOS, que Él ofrece al PADRE. Así por consiguiente, DIOS escogió en primer lugar al hombre y por causa del hombre, unió a los Ángeles a éste y, al final unirá todo en CRISTO, lo que está en el cielo y en la tierra (Cfr Ef 1,10). Por amor a CRISTO y a sus miembros del Cuerpo místico, los ángeles desean asistirnos en la oración y en la adoración. Por eso cantan los fieles en la Misa Bizantina: «Señor DIOS nuestro, quien ordenaste la jerarquía celestial y las dominaciones de los Ángeles y Arcángeles para alabanza tuya, haz, que en nuestra entrada estemos junto con los Ángeles y celebremos con ellos la Liturgia y la Gloria de Tu Bondad«. Un poco más abajo dice la misma oración: «Ahora se unen invisiblemente las Potestades con nosotros en la adoración«. En cuanto nosotros clamamos en la celebración del Rito Romano: «Que los Ángeles ofrezcan a CRISTO su oración de adoración, los que siempre están viviendo en Tu presencia. Que también nuestras voces estén unidas a las de ellos, en la alabanza triunfante del tres veces ‘Santo’«. La oración de la Iglesia solo es perfecta, cuando el Ángel y el hombre están unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD.

Conclusión

La oración y los dos mandamientos principales

            ¿Cuál es entonces la oración, que el Ángel enseñó a los niños en Fátima? Es una oración simple de adoración y de intercesión.

            «DIOS mío yo creo, adoro, espero y os amo, os pido perdón por todos los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.»

La eficacia de esta oración solo la apreciaremos de manera correcta, cuando entendamos esta oración como el cumplimiento de los dos mandamientos más grandes del amor a DIOS y al prójimo, de los cuales «penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,39). Igualmente enseña san Pablo: «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14; cfr Rm 13,8.10). Si comprendemos algo de esta verdad, entonces ya no nos admiraría, que los niños, por medio de esta oración, que rezaban por horas enteras, hicieron tanto progreso en las virtudes y en la santidad.

Aunque no somos atletas olímpicos y tampoco genios intelectuales, de todos modos, está a nuestro alcance la gracia de DIOS que nos capacita para esforzarnos heroicamente. Lo único que tenemos que hacer, es tener la firme voluntad para el amor. La manera más simple de ejercitarlo es esta oración.

«Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy, no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que vayas a decir: ¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?… Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica» (Dt 30,11-14).

Pero el Ángel no nos da solamente una fórmula simple de oración para el cumplimiento de este mandamiento, de tal forma que pudiésemos realizarlo por nosotros mismos. No, lo que el Ángel desea ardientemente, es que recemos junto con él. Así como también lo desea nuestro Ángel de la Guarda, que nos arrodillemos y recemos junto con él. Si hacemos esto, el Señor podría realizar una de las promesas más bellas, «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt,20). La oración, indicada por el Ángel de Fátima es tan breve, que la podemos rezar muchas veces durante el día como una jaculatoria unidos a nuestro Ángel y así caminar en la presencia de DIOS.

            Reverencia en la Oración
La manera cómo el Ángel de Fátima, no solamente se arrodilló, sino que también tocó el suelo con su frente, será para nosotros una indicación, de cómo deberíamos rezar con toda reverencia, para que nuestra oración no sea solamente una oración de los labios. El Ángel decía a los niños: «¡Recen así! Los corazones de JESÚS y MARÍA están atentos a la voz de su súplica.» Estas palabras: ¡Recen así! repiten literalmente las palabras de JESÚS a sus apóstoles cuando les enseñó a rezar el ‘Padre nuestro’ (Mt 6,9). Como lo escribe san Agustín, el ‘Padre nuestro’ no sólo es la mejor de todas las oraciones sino también ejemplo de todas las oraciones. Por eso tampoco el Ángel ha querido imponer a los niños una formula determinada, sino más bien les quiso enseñar, que el amor a DIOS y al prójimo será el corazón de todas las oraciones.
Algunas personas fácilmente se dejan desanimar en la oración, se sienten solas y abandonadas, y es bueno que escuchen estas verdades de fe, para que amen a JESÚS y a MARÍA y, que sepan que todo bien nos viene a través de la oración. San Alfonso nos asegura, que siempre y en todo lugar nos está siendo ofrecida una gracia, es decir la gracia de la oración; por medio de la oración podemos recibir todo lo bueno de DIOS.
Después el Ángel desapareció y dejó a los niños solos por unos meses, para ver, si permanecían fieles a la gracia recibida y a su propósito. Sin hablar con nadie, excepto entre ellos mismos, y sin tener otras visitas consoladoras del Ángel, los niños fueron fieles a su propósito. Lucía notó: «Las palabras del Ángel se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces, pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces, hasta caer cansados”.
Con esto ejercieron una generosidad heroica.
(Citas del libro: «Memorias de la hermana Lucía”, ed. portuguesa, Vice-Postulaçao, Fátima 1987).

           San Eugenio Mazenod y los santos Ángeles
Hace poco, el papa Juan Pablo II canonizó san Eugenio Mazenod, el fundador de los Oblatos del Inmaculado Corazón de MARÍA (OMI). En su vida encontramos muchas cosas notables y también la intervención auxiliadora de su Ángel de la Guarda. Así lo relata, «Esto se dio, porque cada mañana rezaba a mi Ángel de la Guarda y le pedía que me protegiera de todo mal«. Atribuye su éxito en encuentros con otras personas, a la amistad con su Ángel.
            «Antes de emprender algo, antes de cada encuentro con otras personas, antes de cada homilía y de atender confesiones, le pedía a mi Ángel que fuera delante mío y saludara al Ángel de la otra persona para establecer una buena relación. De la misma manera, he pedido al Ángel de las otras personas, su ayuda. Así los dos Ángeles podían entrar en acción, me prepararon el camino y resolvieron la mayoría de mis problemas e intenciones de los asuntos propios o ajenos«.

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La Ciencia de la cruz - El Amor a la Cruz - Cuaresma 2020

El amor a la cruz

En la liturgia del Viernes Santo, en la segunda parte del rito, la Iglesia celebra la ‘Adoración a la Santa Cruz’. El celebrante muestra la cruz al pueblo y canta “Ecce lignum crucis in qua pependit Deus” (“Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”), y el pueblo responde cantando “Venite adoremus” (“Venid a adorarlo”), acompañando la aclamación con una genuflexión. Luego, se hace la adoración a la cruz, en la que el sacerdote, los ministros y el pueblo se acercan en forma de procesión, hacen la genuflexión y, según la costumbre, besan la cruz como un acto de adoración y agradecimiento. El ósculo a la cruz expresa el amor al Crucificado, y se venera la cruz como instrumento de nuestra salvación.

También es conocida la costumbre de besar la cruz en otros momentos, como expresión de nuestro amor al Crucificado. Los religiosos besan la cruz, por ejemplo, en el momento de su consagración; el moribundo besa la cruz abandonándose en el amor de Dios; el pecador besa la cruz reconociendo y aceptando a Jesús crucificado como su Salvador y Redentor. Al besar la cruz no besamos el dolor en sí, sino el fruto que Cristo mereció por nosotros a través de su Pasión y su muerte redentora.

Los cristianos tienen claro que deben amar al Crucificado, a Jesús, que murió por amor, pero la cuestión es: ¿puede existir un “amor a la cruz”? ¿Podemos amar el símbolo de la cruz? Si entendemos la cruz no como símbolo del dolor, sino también como símbolo de victoria, entonces se entiende que se puede amar la cruz, aunque pasando necesariamente por el dolor, para llegar a la victoria.

            Entonces, si hablamos de la “ciencia de la cruz”, entendemos con eso un camino de espiritualidad, porque consideramos la cruz como un camino de salvación. San Pablo lo advierte, y su predicación es fuerte: «pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos [tropiezo], y locura (insensatez) para los gentiles. Pero para los que son llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios» (1 Co 1, 23-24). «Porque para los que se pierden, el mensaje de la cruz es locura; pero para nosotros que somos salvados, es fuerza de Dios» (1 Co 1, 18). «Pero en cuanto a mí, nunca suceda que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6, 14).

            ¿Por qué el Apóstol de los pueblos puede hablar así? Porque no ve la cruz como un mal, sino como un símbolo que nos revela el amor salvífico de Dios. Pero, como no todos comprenden esto así y creen que el dolor es algo malo que no debería existir, rechazan la cruz. Como la cruz es un desafío difícil, ella también tiene muchos enemigos, que no han conocido el amor de Dios que se revela mediante este símbolo: «Porque muchos andan por ahí, de quienes os hablaba muchas veces, y ahora hasta lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo» (Fil 3, 18).

            Pero, si la cruz es la revelación del amor de Dios, entonces también deberíamos amar la cruz, porque Dios aceptó el dolor sobre sí para que conociéramos la profundidad de su amor. Jesucristo «reconcilió con Dios Padre a ambos (el pueblo judío y los paganos) en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en ella a la enemistad» (Ef 2, 16).

Los Ángeles y la ciencia de la cruz

Si conociéramos la actitud del Santo Ángel de la guarda, que no es egoísta, sino cuya felicidad es servir, probablemente nos sentiríamos avergonzados, ya que:

  • El Ángel de la Guarda es aquel que da adoración perpetua a Dios (cf. Mt 18, 10), mientras que nosotros estamos más atentos a nuestro yo, al mundo, a los cuidados, a la adulación del maligno.
  • El Santo Ángel, enviado para auxiliarnos (cf. Hb 1, 14), se ofrece continuamente al Señor por nosotros, mientras que nosotros solo queremos recibir en vez de dar y pensamos sólo en nosotros mismos.
  • El Ángel de la guarda es aquel que siempre lucha por nosotros, mientras que nosotros nadamos con la corriente, dejándonos llevar por la cobardía, el respeto humano y la ganancia.
  • El Ángel de la guarda es aquel que siempre nos quiere conducir (guiar), mientras que nosotros queremos ser libres, y entonces perdemos el camino.
  • El Ángel de la guarda es aquel que nos ama con un amor abnegado (que se niega a sí mismo), y nosotros hacemos poco caso de él, a veces con falta de respeto.
  • El Ángel de la guarda es aquel que nos defiende cuando el maligno de repente nos ataca; incluso, ante el tribunal, él será nuestro defensor.
  • El Ángel de la guarda y San Miguel tratan por todos los medios de dirigir la mirada del alma hacia la misericordia de Dios.
  • El Ángel nos da a conocer la cruz como vida, fuerza [verdad] y amor.

Parece que la cruz se opone a la vida porque significa muerte, pero, por el contrario, significa vida. En Dios Padre, la cruz se vuelve vida. En atención al Hijo, el Padre nos concede la palabra para que el hombre pueda conocer la verdad.

Parece que la cruz significa debilidad, pero es la fuerza de Dios. Por medio del Padre, la cruz se vuelve realidad y vida y, por medio del Hijo se vuelve verdad y división (separación). La cruz se revela como señal de combate y como la mejor arma.

Parece que la cruz se opone al amor, porque significa un juicio inexorable, pero al contrario, significa Misericordia. La cruz significa amor y repatriación (reconducción) a Dios por el Espíritu.

Los Ángeles ven la cruz como la causa de toda prueba. La prueba del Ángel fue una prueba de conocimiento, obediencia y fidelidad. La creación entera y el hombre sufren “dolores de parto”, mas, por la cruz, el dolor se transforma en purificación. En el fin de los tiempos, la creación será purificada y librada de toda influencia diabólica.

El Ángel nos enseña siete virtudes que podemos aprender con la cruz:

  • Diciendo sí a la cruz, aprendemos                                la entrega.
  • Contemplando la cruz, aprendemos                             la reverencia.
  • Soportando el sufrimiento en la cruz, aprendemos   la fidelidad.
  • Intercediendo clavado en la cruz, aprendemos          la caridad.
  • Silenciando en la cruz, aprendemos                             la sabiduría.
  • Guardando la calma en la cruz, aprendemos              la esperanza.
  • Mirando a Dios a través de la cruz, aprendemos        la fe.

El espíritu del mundo no es capaz de amar la cruz, el espíritu del mundo la declara una locura, y cuando la Iglesia es atacada, es precisamente por causa de la cruz: por la cruz del celibato, la cruz de la indisolubilidad matrimonial, la cruz de la disciplina y de la renuncia, etc. La Iglesia fue instituida por Dios, y el amor a la cruz es la simpatía con el Crucificado, aunque la naturaleza se resista.

El Santo Ángel exhorta: quédate paciente, tranquilo, silencioso en Dios. Esto es lo ideal. Domina tu naturaleza para que no se rebele. Los místicos siempre unen su contemplación de la Pasión a la contemplación de la paz. El cristiano tiene paz en su alma y, frente a esta paz, todas las otras alegrías y placeres no son nada. La paz que Jesús quiere dar, la paz profunda, es siempre un regalo de Dios. También el amor a la cruz es un regalo de Dios, no lo podemos merecer. El cristiano recorre su camino en profunda paz, con humildad y disponibilidad. Quiere amar a Jesús e imitarlo en su vida y en su Pasión. Si el alma posee el amor a la cruz, nada la perturba, y si llegara al martirio, Dios le daría la gracia de la paz de los mártires. La contemplación de la Pasión no asusta al alma, pues esta permanece en paz.

La gratitud y el alma que ama la cruz

Nuestro corazón es como el campo, y el amor de Dios se parece al grano de semilla que debe crecer. Siempre dependerá de nosotros que este grano brote y produzca frutos: el campo se debe preparar con tierra buena para que sea fecundo, a través de la vigilancia, la oración, la disciplina de la voluntad, el querer hacer el bien y a través del ofrecimiento de sacrificios hasta el punto de desembocar en el amor a la cruz.

El amor a la cruz es aquel amor que ha llegado a su perfección cuando el alma está plenamente agradecida, cuando ha conocido el infinito amor de Dios y no quiere otra cosa que corresponder de alguna manera a este amor. Cuando descubrimos que hemos sido amados primero y que hemos recibido la salvación sin ningún mérito por nuestra parte, sino por pura misericordia, entonces comenzamos a valorar la cruz, a considerar al Señor crucificado como el esposo que se sacrifica por nuestra alma. Y el alma sabe: “un amor sin cruz quedaría vacío y sin sentido”.

El alma que ama a Dios es aquella que mira hacia al Traspasado; para ella, la cruz es como un libro donde se aprende la ciencia del amor. Juan Tauler dice: «Hay solamente un libro, y este libro es una página: el madero de la cruz y los clavos. En esta página están escritos todos nuestros pecados y al mismo tiempo el precio de rescate, la sangre de Cristo». Sobre tal misterio de amor no se puede discutir, solamente orar y meditar, para comprenderlo, porque contiene la sabiduría de Dios.

Por eso, un alma que ama la cruz tiene que ser un alma de fuego, con un corazón fuerte y llena de nostalgia de Dios. Es un alma que vive con el corazón como perforado, que siente en el corazón el dolor de la contrición y la pena por no poder amar a Dios como debería y como Él lo merece.

Un día de amor a la cruz debe ser un día lleno de entusiasmo. Quien diariamente medita el viacrucis, se enamora de la cruz; no pierde tiempo, al contrario, su camino será la repetición del viacrucis de María. El día viernes será un día lleno de gracia para quien medita la Pasión del Señor.

Muchos piensan que el amor es lo más fácil de este mundo, pero es porque no se habla de la caridad, sino del amor sensual, de la búsqueda de satisfacción, de la búsqueda de felicidad. Al contrario, aquel amor que viene directamente del Corazón de Dios va andando un largo camino hasta llegar a la profundidad de nuestras miserias.

En el alma que ama la cruz existe como una contradicción, una paradoja: mirando al Crucificado, el alma que se arrepiente de sus pecados siente dolor, pero el amor hace dulce el dolor. El alma comienza a amar al Crucificado, quiere dar una respuesta y comienza a amar tal respuesta, aunque se trate de un sacrificio que cuesta. Quiere agradar al Amado y quiere ayudarlo a cargar la cruz como un Simón de Cirene. Primero la rechaza, pero después se siente feliz de haber ayudado.

Por el alma que se une al sufrimiento de Cristo corren ríos de gracias divinas del Corazón de Jesús. Amar la cruz significa colocarse debajo de ella, junto a María y a Juan, para participar en los dolores del Crucificado, para sentir con Él y recibir la herencia, acogiendo la Sangre redentora.

El tiempo de Semana Santa es el corazón de todo el año litúrgico, porque «cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Únicamente por la ciencia de la cruz llegamos a superar la distancia con Dios. El sentido profundo de la mística de la cruz es orar, mirar y unirse al Crucificado.

Concluimos:

Si uno quisiera destruir al cristianismo, no lo conseguiría matando a los cristianos, sino eliminando la sensibilidad del amor al Crucificado. Un pueblo indiferente ante la cruz ya no sería un pueblo cristiano.

Los primeros cristianos que celebraron la Semana Santa en Jerusalén se acercaron con profunda reverencia a venerar la cruz el Viernes Santo y dejaron inflamar sus corazones por este amor.

Nosotros también podemos elevarnos hacia este amor a la cruz, mirar a través de la cruz y a través de nuestra propia cruz, ver tras ella el amor salvador. Entonces ya no tendremos miedo de que Dios nos pueda abandonar. El amor de Dios llegará como respuesta desde lo alto e infundirá en el corazón humano un amor ardiente, el amor a la cruz, en el caso de que el hombre abra su corazón.

El alma, que debe estar libre del espíritu del mundo, debe gritar en su aflicción: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Entonces se realizará su unión con el Crucificado. Jesús decía a santa Gertrudis: «A quien ama la Santa Cruz, YO nunca lo olvidaré ».

Las verdades más difíciles de comprender son al mismo tiempo las verdades más simples, y el hombre simple las acepta porque no tiene duda y porque tiene fe, confianza y fuerza suficientes. Si quisiéramos resumir todas las devociones, se llegaría a la única devoción, que es la devoción a la Santa Cruz. Pero, ¿cómo se llega a esa devoción? Se debe vivir el Viernes Santo, se debe aprender a rezar y a meditar en la condenación del Inocente. Debe ser objeto del interés del cristiano cómo murió y de qué murió Jesús. Eso es lo que les interesa a los místicos: experimentar y revivir la Pasión de Cristo. A partir de allí se llega a la verdadera oración, que es cuando el hombre ora con todo su ser. Existe el amor a la Santa Cruz, el amor vivo al Salvador, que es capaz de hacer arder los corazones.

Cuando la Santa Cruz ya no es algo extraño para mí; cuando la cruz no es un instrumento de tortura, sino que es gracia, salvación y amor; cuando la obra de la Salvación ya no es un medio para alcanzar la finalidad de mi devoción, sino que me inundo en amor, entonces llego a lo que podemos llamar amor a la cruz. 

Unión con el Crucificado

Hay dos actitudes en la veneración de la cruz: existe un ‘nosotros’, en el cual la persona se identifica tan plenamente con el Salvador que quiere permanecer continuamente en unión con Él, y por eso quiere estar unida al Sacrificio de la Cruz (a la Misa y a la Pasión). Es diferente de la simple veneración de la cruz, en la que, aun siendo esta el único camino de salvación para llegar a Dios, uno la lleva forzadamente. Pero el amor da alas que elevan el alma hacia dentro del Corazón de Dios para que sea uno con Él. Se ama la cruz porque fue la señal y la ocasión de que el amor divino apareciera.

En el alma enamorada que se ve privada del objeto de su amor, aumenta la nostalgia, y por este amor, que se difunde desde el Corazón divino, experimenta este dolor del momento de la crucifixión. Y si la creatura busca este amor de nuestro Señor, de repente la cruz se envuelve en una gloria inesperada. Antes la cruz era digna de veneración por ser instrumento de la salvación, pero ahora, glorificada por el amor, el amor fluye entre Corazón y corazón. Este amor es precisamente el amor a la cruz, en la altura donde se exige la consumación del amor a Cristo. En este momento, la cruz ya no es más instrumento de tortura, sino un diálogo con el Crucificado. Este Cristo en la cruz no se queja a causa de sus dolores, sino a causa del amor que no es correspondido, a causa de la sed de salvar almas. De esta manera, la cruz se vuelve revelación del amor divino. La culpa, el pecado, el castigo y la condenación se transforman en un diálogo de confianza entre las almas enamoradas.

La unión con el Crucificado se vuelve así de íntima porque Él revela al alma lo íntimo de su Corazón. Esta experiencia de unión íntima es el amor a la cruz. El alma se identifica con el Crucificado y siente amor y compasión como una madre con su hijo. En la unión del sufrimiento, el alma ha superado la condenación y comienza a componer y cantar cánticos a la cruz. El amor a Cristo comienza a arder hacia el Crucificado y a entregarse enteramente a Él. El alma entra en el campo de la expiación.

En la altura de amor no se trata de que se cumplan o no los mandamientos, sino de la capacidad del corazón de asimilar este amor redentor. Lo más difícil es que el alma ama con toda su intensidad, sin división interior, porque está totalmente envuelta por el amor de Dios. Este amor a Dios está en el centro de su alma. Se trata de la intensidad del alma. La cruz, por eso, puede ser la mayor acusación, pero, cuando el alma está saciada de este amor, el amor a la cruz produce como efecto la santa pobreza en el espíritu.

El núcleo del cristianismo podríamos encontrarlo en las bienaventuranzas, pero, finalmente, quedaría resumido en el amor a la cruz. No es un amor como deber o como requerimiento, sino consiste en una simpatía interior con la cruz. No importa si muchas cosas molestan en la vida, o cuántas veces el alma se rebela contra la cruz, o cuántas otras se asusta ante ella y huye del sufrimiento; lo importante es que, al final, será capaz de aceptar la cruz con sus exigencias.

No se trata de que uno le tenga o no le tenga miedo al dolor, sino de una actitud en la que uno quisiera siempre agradar al Señor, consolarlo y solidarizarse con Él. No sería una actitud cristiana llevar en sí una antipatía hacia la cruz, porque luego también el propio Señor se nos volvería extraño.

San Francisco, el santo seráfico del amor, buscó el amor durante toda su vida, hasta que se encontró con el Señor crucificado. En él descubrimos un verdadero amor a la cruz. No sería tan difícil soportarla si supiéramos que Dios no se ha olvidado de nosotros. Pero, al mismo tiempo, es parte del sufrimiento precisamente este abandono, que exige una gran confianza en Dios.

Deberíamos desprendernos del espíritu mundano y cultivar el amor a la cruz; solo entonces seríamos cristianos fervorosos. El cristianismo, el amor a la cruz y la entrega total no son cosas que se expresan cuantitativamente, no es algo que podemos sumar y juntar a otras devociones, sino es aquello que penetra todo lo demás. Para el cristiano debe ser lo más natural sentir simpatía por la cruz y no rechazarla, porque la cruz da respuesta a todos los problemas. 

Frutos del amor a la cruz

            ¿Por qué el “amor a la cruz”? Muchas personas se asustan, aunque todos queremos la cruz como símbolo de victoria. En profundidad, la cruz significa salvación de la miseria del dolor y de la oscuridad, y, sin embargo, es como la puerta estrecha para la bienaventuranza eterna. Adoremos a Dios, quien nos propone la cruz como un puente que puede llevar al cielo. Pero, para llegar al amor a la cruz, debemos unir el amor al sacrificio; eso ayudará a soportar el peso.

Si vemos el sentido positivo de la cruz, podemos ciertamente afirmar las frases que presentamos aquí para ser meditadas. Entonces, una espiritualidad de la cruz producirá muchos frutos:

– Si una cruz va a tu encuentro, salúdala, porque una cruz nunca es tu enemiga.

          La cruz viene de Dios y no del diablo, y todo lo que viene de Dios es bueno. La cruz significa prueba, pero la prueba no es algo malo, sino es la oportunidad para dar una respuesta adecuada de amor, para dar a Dios lo que Él merece.

– Cuanto más prontamente abras tu corazón a la cruz, con mayor seguridad podrá Dios cimentar en él el signo de la victoria.

          Dios nunca ha sido vencido. La cruz no es símbolo de derrota, sino símbolo de victoria, por eso la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz como fiesta de la gloria de la cruz.

– Amar la cruz del Señor íntimamente es una gracia, pero llevar esta cruz en la realidad, siguiendo sus pasos, es un cruento lagar de Dios.

          Cuando el alma se encuentra en la prueba, debe saber que cada cruz pasa.

– Nuestro estudio más importante es el amor de nuestro Señor en la Cruz.

          Estudiar la ciencia de la cruz significa considerar los diversos aspectos en que Dios Amor revela su amor hacia las creaturas.

– Aquel que no ha experimentado a Dios, nunca ha aprendido a amar la cruz.

          Dios es belleza, y experimentar a Dios significa llenarse de un gran entusiasmo. Solamente así seremos capaces de amar la cruz.

– La cruz es tu sello, tu protección y tu marca distintiva en el juicio.

          A partir del bautismo llevamos esta marca en nuestra frente. Cualquier oración la comenzamos con la señal de la cruz.

– Si amas la cruz, ella te sustentará.

          Al contrario, quien rechaza la cruz, siente más su peso, que lo aplasta.

– El hombre madura con el sacrificio, y todo amor puede madurar sólo con el sacrificio de la cruz.

          Sólo en la cruz se aprende la sabiduría. Con la sabiduría aprendida en la cruz, el hombre sabrá aconsejar.

– Ama cada cruz como si sólo con esta cruz pudieras alcanzar la bienaventuranza; pero considera tu amor como nada (es decir, no te compadezcas ni te admires por eso).

          Muchas veces no estamos contentos con la cruz que llevamos, y miramos a otros y deseamos una cruz más ligera. Pero es nuestra propia cruz la que nos llevará al otro lado, donde está el cielo.

– Seamos portadores de la cruz por amor; entonces, le saldrán alas.

          Si estamos conscientes de que es Jesús quien carga la cruz por nosotros, entonces ya no la sentimos pesada, sino que sentimos como si tuviera alas y nos cargara a nosotros.

– El valor de decir sí a la prueba, a la cruz y a la humillación, produce más tranquilidad en el corazón que si hubiéramos luchado a fuego y espada para conseguir esa paz.

          La criatura tiene paz cuando comienza a entender que las dificultades tienen sentido porque son queridas por Dios.

– Mejor toda una vida bajo la cruz que sin la cruz.

          Quien nunca tiene que esforzarse y quien nunca pasa por ninguna dificultad, no aprende a amar.

– No necesitamos de ninguna otra arma sino de la cruz; la ciencia de la cruz es nuestro código de honor.

          Los estudiantes de derecho quieren estudiar la justicia, los estudiantes de la ciencia de la cruz quieren aprender el amor.

– La cruz más pesada es siempre la que uno mismo se fabrica.

          En el fondo, la cruz más pesada es el cargo de conciencia, el sentimiento de culpa.

– En la cruz los Ángeles y los hombres son siempre aprendices.

          También los Ángeles quedaron sorprendidos, pues no esperaban la muerte de Dios en la Cruz.

– La cruz es la llave de la puerta del cielo.

          Quien está en la cruz inspira la compasión de Dios, y a este, Dios le abre el Corazón.

– Sólo quien de verdad la ama, puede cantar con los Ángeles el Cantar de los Cantares de la cruz.

          El Cantar de los Cantares del amor es el himno a la cruz.

Nuestros propósitos para esta Cuaresma

  • Un amor a la cruz más íntimo y más práctico: máxima severidad en evitar todas las falsedades, mentiras por necesidad, disculpas, exageraciones, engaños y auto justificación.
  • Eliminar toda crítica sin caridad (incluso cuando sea “verdad”) de los labios y del corazón.
  • Empeñarnos en la oración, meditación e invocación a nuestros Santos Ángeles, para poder discernir correctamente entre lo claro y lo oscuro, lo verdadero y lo falso, lo necesario y lo inútil, lo bueno y lo malo. El príncipe del mundo está al acecho hoy más que nunca, y el hombre, de la mano del Santo Ángel, tiene el deber de mantenerse a sí mismo y a los demás fuera de peligro.
  • Un diálogo diario con María (sin libro de oración), tal como los hijos lo hacen con su madre.
  • No huir de las dificultades; vencerlas con calma, paciencia y la prudencia del amor.
  • Aspirar a una mayor unidad a través de la intercesión, de la prontitud para ayudar y del envío de los Santos Ángeles de la guarda, a fin de que todas las dificultades sean soportadas en común, aun cuando no lo sepamos conscientemente (los Ángeles tratan nuestras peticiones con gran amor).
  • ¿Seré feliz si voy a vivir la Pasión?, ¿seré feliz viviendo una Cuaresma de penitencia, renunciando a mí mismo? ¡No hay felicidad más profunda que aquella que es fruto del amor! Y a partir del misterio de la cruz, el amor se vuelve fecundo hasta el máximo.

Oración final

El canto de la Cruz después de la resurrección del Señor (Aprobado por el delegado de la Santa Sede, el 9 de octubre de 2004)

 ¡Te saludamos, Santa Cruz, testigo de la obediencia de nuestro Señor Jesucristo.

Él recorrió la tierra sirviendo y edificó con su Sangre una nueva casa para la humanidad. ¡Él, el Salvador!

¡Te saludamos, Santa Cruz, nobilísimo andamio de la esposa de Cristo, la Iglesia! ¡Por tu poder se hace pedazos el asalto del infierno, y por tu madero, la Iglesia lleva a sus hijos a la victoria de la resurrección para la vida eterna!

¡Te saludamos, Santa Cruz, ancla de salvación para todos los caídos, portadora de esperanza!  ¡Quien se aferra a ti encontrará el puerto salvador y a Jesús, el Redentor!

¡Te saludamos, Santa Cruz, señal distintiva de expiación!  ¡El corazón que abres se vuelve semejante al Señor en la Cruz, Él, que dio su vida por nosotros como expiación y resucitó en gloria!

¡Te saludamos, Santa Cruz, baluarte contra el abismo, defensa contra las flechas venenosas del infierno! Proteges la paz de los corazones y la lámpara del alma de los que esperan al Señor.

¡Te saludamos, Santa Cruz, antorcha luminosa de salvación, que siempre se renueva ardiendo en los miles de corazones de los redimidos que contigo acompañan al Resucitado en su marcha triunfal!

¡Te saludamos, Santa Cruz, señal de victoria de la pobreza! ¡Los que se desprendieron del mundo te llevan con alegría al banquete celestial con su Señor y Dios!

¡Te saludamos, Santa Cruz, mensajera de la salvación! ¡Eres la señal distintiva de la credibilidad de nuestra misión de conquistar el mundo para Cristo!

¡Te saludamos, Santa Cruz, misterio del amor del Padre por el Hijo, para llevar a los suyos por ti a la gloria de Dios y desde cuya profundidad también el corazón humano clama a Dios!

¡Te saludamos, Santa Cruz, compañera fidelísima en todas las sendas de la vida! Tú proclamas la eterna fidelidad de Dios, que triunfó sobre la infidelidad del mundo y nos abrió el nuevo camino.

¡Te saludamos, Santa Cruz, maestra del silencio, presagio fatídico para nuestros pecados de palabra! Sálvanos por la Sangre de Cristo que por ti se derramó en la tierra silenciosa, para que nosotros nunca tengamos que callar para siempre, más bien, al contrario, podamos dar gloria a Dios y alabarlo por toda la eternidad.

¡Te saludamos, Santa Cruz, llama que arde sobre toda la creación! En ti el Hijo del hombre vendrá con sus Ángeles para juzgar a vivos y muertos. Se tú la señal de la salvación en nuestra frente, para que podamos seguir jubilosos la llamada de los Ángeles. Amén.

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CC21 Pobreza que trae alegría

Adviento 2017: ¡La pobreza que nos trae alegría!

            La fiesta del amor de Dios Padre por la humanidad se acerca cada vez más y nuestros corazones sienten cada vez más el llamado a «Gaudete», «¡Alégrate en el Señor!» Es la fiesta del amor dado por el Padre celestial, lo más grande que nos pudo dar, que nos fue dado en Su Hijo. Y ese DIVINO HIJO, que se sienta eternamente en el Trono con el Padre y el Espíritu Santo, se vació de Su gloria y esplendor y se hizo tan pequeño, tan pequeño como uno puede llegar a ser, «un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). «Era rico y, sin embargo, se hizo pobre para enriquecernos a través de su pobreza» (2 Cor 8,9). Esta fiesta del amor generoso del Padre solo puede ser respondida dándonos a nosotros mismos, entregando nuestros corazones al Señor. Así también nosotros  queremos hacernos pequeños, como niños, pobres, despreocupados, queriendo solo una cosa: ¡Dios! poseyendo solo una cosa: ¡Dios! Porque la Navidad es la solemnidad de la primera de las ocho Bienaventuranzas que Nuestro Señor predicó en la cima de la montaña: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de Dios» (Mt 5,3).

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CC09 Imitando a María

Imitando a María en el ofrecimiento de sí misma, en este Adviento

A medida que nos acercamos una vez más al misterio del nacimiento del Verbo Encarnado, que llegó a cumplir la promesa de la Redención, la Iglesia dirige nuestros ojos hacia la figura de María mientras recorre en silencio el largo y solitario camino hacia Belén con José, bajo la mirada vigilante de los santos ángeles. El Adviento es un tiempo de penitencia, de «enderezar» los caminos torcidos y «completar» lo que falta en nuestras propias vidas en el camino de la virtud y de la caridad. José junto con María, ciertamente sufrieron mucho en este camino, viajando en su noveno mes de embarazo sin ninguna de las comodidades modernas, hecho en extrema pobreza y fatiga. Sin embargo, ¡también es un tiempo de esperanza, de gozosa expectativa al saber que nuestra Redención ha llegado y que pronto aparecerá ante nosotros en el pesebre! Y por eso queremos recorrer este camino a Belén con María, José y los santos Ángeles, reflexionando sobre el misterio de su Corazón que late al unísono con el Corazón del Divino Niño en su seno, para llenar nuestras mentes y corazones con sus  mismos sentimientos.

La primera luz del adviento: La pureza de María

Al comienzo del Adviento, la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de María. El Corazón de María es ante todo puro, abierto, listo para el llamado de Dios. Por su «Fiat», el Hijo de Dios se encarnó en su vientre e inició la obra de la Redención. Su corazón es fuerte, como el mensaje de Fátima, un mensaje para nuestros tiempos, que nos recuerda: «¡Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará!» A nuestro alrededor, vemos las llamas del infierno ardiendo en la sociedad, con todos sus ataques contra la vida humana, el matrimonio y la familia. La anticoncepción, el aborto, la eutanasia, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio, las personas transgénero, son epidemias particularmente frecuentes en nuestros tiempos modernos. Incluso dentro de la Iglesia misma, el «humo de Satanás» ha entrado; vean la vida escandalosa de algunos de sus pastores de más alto rango. Precisamente en tales tiempos de confusión y angustia Dios interviene. Durante los tormentosos años en la historia de Israel, Dios envió a los jueces y a los profetas antes de la venida de Cristo. En nuestros tiempos, Dios nos envía a María, la Inmaculada y los santos Ángeles.

Ella que en su Semilla está destinada a «aplastar la cabeza de Satanás» (Gen 3,15) fue creada totalmente pura. El pecado, y por lo tanto, el diablo, no tienen poder sobre ella, pues ella ha ordenado todos sus afectos para Dios.

La pureza no es algo dulce y frágil, como una pequeña y delicada flor, sobre la que uno no se atrevería a soplar. De lo contrario, no se diría de María, la Más Pura, lo cual ella es, precisamente en su pureza, terrible como un ejército en batalla [cf. Cant 6,10]. Esta poderosa fuerza para la batalla es la pureza, obliga a los demonios a retroceder, rompe las llamas rugientes del ataque del infierno.

La personificación de la pureza es María y también son los ángeles. La pureza en nuestros días es la fuerza y ​​el coraje para evitar cada pecado, aunque por ello fuésemos ridiculizados  o rechazados por considerársenos anticuados. Debemos tener el coraje de permanecer fieles a DIOS, coraje por la verdad, coraje por el amor. Ciertamente, el maligno no nos facilita las cosas; tampoco lo hizo fácil para los tres jóvenes en el horno ardiente en Babilonia. Pero igual que en aquel entonces, el Ángel fue enviado para salvarlos de las llamas, así el también hoy está presente. El Ángel nos espera para tomarnos de la mano. María irá delante de nosotros como la columna de fuego celestial, ante la cual se retirará la multitud de los impíos. (Madre Gabriela, Cartas a las monjas dominicas).

En Fátima, Nuestra Señora prometió que, a través de la devoción a su Inmaculado Corazón, las almas se salvarían. Ella les dijo a los niños: «Han visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarles la razón por la que Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón» (13 de julio de 1917). La devoción al Inmaculado Corazón de María no es solo un conjunto de oraciones o un afecto especial por María, sino la imitación de María,  precisamente en la apertura de su Corazón a la voluntad de Dios, su pureza, su entrega, su reparación, su aceptación de los dolores y ofrecimiento de los mismos en unión con los sufrimientos de Cristo. El Papa Benedicto XVI escribió cuando todavía era cardenal: «Según Mateo 5,8, el ‘corazón puro’ es un corazón que, por la gracia de Dios, ha llegado a la unidad interior perfecta y, por lo tanto, ‘ve a Dios’. Por lo tanto ser devoto del Inmaculado Corazón de María significa abrazar esta actitud de corazón, que hace que el Fiat «hágase tu voluntad», sea el centro definitorio de la vida entera de cada uno» (Comentario teológico. Sobre el 3er Secreto).

Reparación en el corazón de esta devoción

En el centro mismo de la devoción al Inmaculado Corazón está la reparación: «Frente a la palma de la mano derecha de Nuestra Señora había un corazón rodeado de espinas que lo perforaron. Entendimos que este era el Inmaculado Corazón de María, ofendido por los pecados de humanidad y buscando reparación» (junio de 1917). No por coincidencia, en el centro de la Obra de los Santos Ángeles también está el concepto de reparación, es decir, de expiación, especialmente por los sacerdotes. Como mencionamos en la carta circular de verano del año pasado, la Iglesia ya aprobó en 2016 la consagración de la expiación para su uso en el Opus Angelorum. Los ángeles son una ayuda especial en nuestra vida espiritual. Nos facilitan la luz para discernir la voluntad de Dios y la gran fuerza de voluntad para llevarla a cabo. Nos ayudan a aceptar y cargar nuestra cruz en la imitación de Cristo. Pero no es solo para nuestro propio crecimiento personal en santidad que nos son enviados, Dios quiere usarnos como sus instrumentos para la salvación de muchos. Por lo tanto, Él nos envía Sus santos Ángeles para entrenarnos, fortalecernos y guiarnos, para que podamos convertirnos en instrumentos del amor misericordioso de Dios en el mundo, enviando gracia y ayuda a los demás a través de una expiación amorosa.

Muchas personas se asustan con la palabra «expiación» e inmediatamente piensan en las almas víctimas atadas a sus camas, sacudidas por terribles dolores y sufrimientos. Pero en realidad cada cristiano está llamado por el bautismo, a participar en la propia consagración de Cristo a la expiación por la salvación del mundo: «Yo me consagro por ellos, para que también puedan ser consagrados en la verdad» (Jn 17, 19). La participación en la obra redentora de Jesús es el camino de la caridad cristiana y la mayor obra de misericordia que podemos hacer por nuestro prójimo. El Papa San Pablo VI, que fue canonizado en octubre pasado, escribió:

“En el seguimiento de los pasos de Cristo, los fieles cristianos siempre se han esforzado por ayudarse mutuamente en el camino que conduce al Padre celestial a través de la oración, el intercambio de bienes espirituales y la expiación penitencial. Cuanto más se han sumergido en el fervor de la caridad, más han imitado a Cristo en sus sufrimientos, llevando sus cruces en expiación por sus propios pecados y los de los demás, seguros de que podrían ayudar a sus hermanos a obtener la salvación de Dios, el Padre de las misericordias”. (Pablo VI, Indulgentiarum doctrina n.5, (1 de enero de 1967).

Convertirse en colaboradores en la Obra de la redención

María, la Corredentora, participó de una manera singular y gloriosa, compartiendo muy íntimamente el sacrificio de Cristo como su «compañera», la Nueva Eva al lado del Nuevo Adán. Así como Eva causó la muerte, María, con su «sí», se convirtió en «una causa de salvación» para ella y para toda la humanidad (cf. San Ireneo, Adv. Haer., III, 22, 4). En el Catecismo, está escrito que Jesús llama a todos sus discípulos a «tomar su cruz y seguirlo» (Mt 16,24), porque «Cristo también sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo para que podamos seguir sus pasos» (1Ped 2,21). De hecho, Jesús desea asociar con su sacrificio redentor a aquellos que sean los primeros en beneficiarse de ello. Esto se logra absolutamente en el caso de Su Madre, quien fue asociada más íntimamente que cualquier otra persona en el misterio de Su sufrimiento redentor (cf. CIC 618).

Esto no quiere decir que el sacrificio de Cristo fue de alguna manera «insuficiente» y que Él necesita la ayuda de María o de cualquier otra criatura. Más bien, Cristo alcanzó la salvación de todos los hombres para siempre, sin embargo, Dios quiso que el hombre participara voluntariamente en su obra, que de alguna manera fuera el fruto de su propia acción. A menos que nosotros mismos de alguna manera consintamos de manera activa y voluntaria en la cruz, no es realmente nuestro propio acto, nuestra propia respuesta al amor de Dios. Santo Tomás de Aquino comenta sobre la declaración de San Pablo: «Ahora me regocijo en mis sufrimientos por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta en las aflicciones de Cristo, por el bien de Su Cuerpo, la Iglesia» (Col. 1,24):

A primera vista, estas palabras pueden malinterpretarse. significando que la pasión de Cristo no fue suficiente para nuestra redención, y que los sufrimientos de los santos se agregaron para completarla. Pero esto es herético, porque la Sangre de Cristo es suficiente para redimir muchos mundos: «Él es la expiación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los pecados de todo el mundo» (1 Jn 2,2). Más bien, debemos entender que Cristo y la Iglesia son una persona mística, cuya cabeza es Cristo, y cuyo cuerpo es todo justo, ya que cada persona justa es miembro de esta Cabeza: «miembros individuales» (1 Cor 12,27). Ahora Dios en Su predestinación, ha dispuesto cuánto mérito existirá a través de toda la Iglesia, tanto en la Cabeza como en los miembros, tal como ha predestinado el número de los elegidos. Y entre estos méritos, los sufrimientos de los santos mártires ocupan un lugar destacado. Mientras que los méritos de Cristo, la Cabeza, son infinitos, cada santo muestra algunos méritos en un grado limitado. Es por eso que Pablo dice: Completo lo que falta en las aflicciones de Cristo, es decir, lo que falta en las aflicciones de toda la Iglesia, de la cual Cristo es la Cabeza. Completo, es decir, agrego mi propia cantidad; y hago esto en mi carne, es decir, soy yo mismo quien sufre. (Tomás de Aquino, Comentario sobre Col. 1,23b-29)

Pronunciando nuestro «Sí» de Fe: ¡ECCE!

El papel de María como Co-Redentora comienza con su Corazón Inmaculado. Si bien su Inmaculada Concepción fue un regalo puro de Dios, sin ningún mérito previo de su parte, su respuesta y uso de este don no lo fueron. La respuesta de María se expresó en su cooperación a través de su obediencia a la fe, la apertura a la palabra de Dios y la generosidad del alma. En todo esto, podemos imitarla. «El Corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El Fiat de María, la palabra de su Corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador». (Card. Ratzinger, Comentario teológico sobre el 3er secreto).

A medida que nos acercamos a la Navidad, la Liturgia de la Iglesia recuerda el gran momento de decisión en la vida de María y en la historia del mundo, el momento de la Anunciación. Cuando el Ángel le trajo la invitación de Dios para convertirse en la Madre del Mesías, Dios requirió su completo consentimiento humano.

De hecho, en la Anunciación, María se entregó a Dios por completo, con la ‘sumisión total del intelecto y la voluntad’, manifestando ‘la obediencia de la fe’ a Aquel que le habló a través de su mensajero (cf. Dei Verbum, 5). Ella respondió, por lo tanto, con todo su ‘Yo’ humano y femenino, y esta respuesta de fe incluyó tanto la cooperación perfecta con ‘la gracia de Dios que precede y asiste’, como la perfecta apertura a la acción del Espíritu Santo, quien ‘constantemente trae la fe a su perfección por Sus dones’ (Dei Verbum, 5). (JPII, Redemptoris Mater, 13).

La forma en que María respondió al Ángel, quien acudió a ella en nombre de Dios, es el estándar y el prototipo para cada uno de nosotros. María era versada en las profecías; ella sabía que el Mesías sería «un hombre de dolores», que llevaría sobre si la culpa de todos los hombres (cf. Is 52,13 – 53,12). Sin embargo, no dudó en decir sí a Dios a través del Ángel. La madre Gabriela comenta:

¿No estaremos una y otra vez inesperadamente enfrentando decisiones? Por supuesto, estas son muy pequeñas en comparación con la decisión que Gabriel le exigió a María; pero también somos niños muy pequeños en nuestro crecimiento espiritual hacia Dios en comparación con María, la sin pecado, la Reina de los Ángeles. El Ángel siempre se pone del lado de Dios, incluso cuando se sitúa delante de María. Él es el mensajero de Dios, por lo tanto, está de pie; ella es la receptora, se arrodilla ante DIOS, que se inclina sobre ella en las palabras del Ángel. Entonces, si escuchamos al Ángel en nuestros corazones como amonestador, es porque no tenemos un «pequeño y lindo ángel » ante nosotros, a quien podemos tratar como a un niño, sino más bien a un enorme poder de Dios, y a Dios mismo que se inclina sobre nosotros, cuando el Ángel apunta hacia Él. «No pienses que es alguien a quien se debe contemplar: … Mi nombre [autoridad] está en él», dice el Señor (Ex 23,21).

Y por lo tanto, se debe tomar en serio si el Ángel nos dice: «hagan este sacrificio» o «callen, oren y amen» o «dejen atrás sus pensamientos y comentarios despectivos». Dios está detrás de estas palabras, así como en aquel entonces estaba detrás de las palabras de Gabriel, Él espera nuestra decisión. No para que se haga nuestra voluntad y sea lo normal, sino para que se haga la voluntad de Dios sobre nosotros. Y esto en sí mismo es decisivo: para que aprendamos a decir ECCE y FIAT MIHI tan incondicional como claramente y en sumisión a la voluntad de Dios tal como lo hizo María: con fe ciega, con confianza incondicional, en un amor que se entrega totalmente a Dios.

Llevando en silencio la carga de Cristo con María y José

El tiempo de Adviento es todavía un tiempo penitencial en la Iglesia. Este tiempo de silencio, ayuno y reflexión no debe reducirse al color de las vestimentas en la Santa Misa ni a ciertas canciones que cantamos. ¡Tampoco debe olvidarse en medio de todos los preparativos (o “fiestas previas a la Navidad”) que conducen a la gran fiesta de Navidad, que el Niño Jesús también quiere que participemos en Su obra, que Él nos necesita! Frente a semejante crisis tan grande en la Iglesia actual, sin mencionar todos los desórdenes y el mal en el mundo que nos rodea, queremos hacer nuestra parte para ayudar a purificar y renovar la Iglesia. María y José caminaron en silencio durante el camino a Belén, escondidos del mundo, desconocidos para todos. Sin embargo, soportaron la carga del mundo entero, asumiendo voluntaria y conscientemente todas las dificultades y el trabajo necesarios para lograr el cumplimiento de la promesa de Dios, ¡por el bien de toda la humanidad!

Así también, en nuestra vida diaria, vivimos con tan buena voluntad, con todos nuestros esfuerzos puestos en hacer la voluntad de Dios, en vivir una buena vida cristiana y cargar nuestras propias cruces, debemos recordar que nosotros también estamos trayendo a JESÚS a este mundo, que estamos fortaleciendo a los miembros de su cuerpo. Ofrezcamos voluntaria y conscientemente todas nuestras dificultades por el bien de la Iglesia, por sus sacerdotes, por nuestros seminarios y seminaristas. Los santos ángeles están aquí con nosotros; ellos quieren fortalecernos. Llamémosles, hagamos expiación, ayudemos a soportar la carga de aquellos que están siendo tentados o se han caído. El Papa Juan Pablo II, lamentó el hecho de que tan pocos se tomaran en serio el llamado de Nuestra Señora: «¡Cuán adoloridos estamos de que la invitación al arrepentimiento, a la conversión, a la oración, no haya tenido la aceptación  con la que ha debido ser recibida! ¡Qué adoloridos estamos de que tantos participen tan fríamente en la obra de redención de Cristo! Que ‘lo que falta en las aflicciones de Cristo’ (Col 1,24) se completa tan insuficientemente en nuestra carne» (Acto de Consagración al Inmaculado Corazón, 13 de mayo de 1982). No seamos de los que se olvidan, sino de los que construyen y apoyan a nuestros fieles y santos sacerdotes. De esta manera, seremos soldados activos en el ejército de la Inmaculada, la Reina de los Ángeles y contribuiremos a su triunfo. Este es un camino de misericordia, un camino de generosidad desinteresada, un camino de amor. Si caminamos de esta forma, JESÚS, que viene como el niño Dios, Rey del Amor, morará en nuestros corazones y encontrará allí Su consuelo, calor y alegría a pesar de toda la pobreza de Belén. ¡Oh qué alegría para nosotros! ¡Estar tan cerca de Él, sentir el latido de Su Corazón en nuestro propio corazón!

La consagración como participación en la redención

Por lo tanto, cuando miramos las grandes necesidades de nuestro tiempo y de la Iglesia, debemos recordar que nosotros somos la Iglesia, miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Cada uno, estamos llamados a «cargar con las cargas del otro, y así cumplir la ley de Cristo» (Gal 6,2). El Papa San Juan Pablo el Grande destaca esto especialmente en la Consagración al Inmaculado Corazón de María, que hizo en unión con todos los Obispos del mundo el 24 de marzo de 1984. Esta consagración, aunque llegó tarde, fue aceptada, según al testimonio de sor Lucía, como el cumplimiento de las condiciones básicas que Nuestra Señora solicitó en Fátima. En esta oración, el Papa expresa el papel esencial que desempeña cada uno de los fieles en la batalla contra el pecado y el mal, la indispensable necesidad de penitencia y expiación por parte de la Iglesia, para el bien de la Iglesia y del mundo. De la mano de los santos Ángeles, nosotros también queremos unirnos y consagrarnos firme y decisivamente al Inmaculado Corazón de María y su gran misión en el mundo.

He aquí, cuando estamos ante ti, Madre de Cristo, ante tu Inmaculado Corazón, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos con la consagración que, por amor a nosotros, tu Hijo hizo de Sí mismo al Padre: ‘Por ellos’, Él dijo, ‘me consagro para que también ellos sean consagrados en la verdad’ (Jn 17, 19).Deseamos unirnos con nuestro Redentor en esta Su consagración por el mundo y por la raza humana, la cual en Su divino Corazón, tiene el poder de obtener el perdón y asegurar la reparación.

El poder de esta consagración… supera cada mal que el espíritu de la oscuridad puede despertar, y que de hecho ha despertado en nuestros tiempos, en el corazón del hombre y en su historia. ¡Cuán profundamente sentimos la necesidad de la consagración de la humanidad y el mundo, nuestro mundo moderno, en unión con Cristo mismo! Para que la obra redentora de Cristo sea compartida por el mundo a través de la Iglesia.

¡Salud a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo! ¡Madre de la Iglesia! ¡Ilumina al pueblo de Dios por los caminos de la fe, la esperanza y el amor!… ¡Inmaculado Corazón! ¡Ayúdanos a conquistar la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de las personas de hoy, y cuyos inmensurables efectos ya pesan sobre nuestro mundo moderno y parecen bloquear los caminos hacia el futuro!… Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a conquistar todo pecado: el pecado individual y el ‘pecado del mundo’, el pecado en todas sus manifestaciones. ¡Que se revele, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: el poder del Amor misericordioso! ¡Que ponga fin al mal! ¡Que transforme las conciencias! ¡Que tu Inmaculado Corazón revele toda la luz de la Esperanza!

En su esencia, el camino de la expiación es un camino de amor. El Discípulo amado Juan, el Apóstol del Amor, resume esta dimensión esencial de la vida cristiana diciendo: «Él (Jesucristo) entregó su vida por nosotros, y en esto hemos conocido el amor; ahora también nosotros debemos dar la vida por los hermanos». (1Jn 3,16). «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y envió a Su Hijo como expiación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 4, 10- 11) ¡Que este tremendo amor de Dios llene sus corazones y se desborde a otros, a toda la Iglesia, en esta Navidad!

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CC01 La ciencia de la cruz

La Ciencia de la Cruz – El Amor a la Cruz – Cuaresma 2020

El Amor a la Cruz

        En la liturgia del Viernes Santo, en la segunda parte del rito, la Iglesia celebra la ‘Adoración a la Santa Cruz’. El celebrante muestra la cruz al pueblo y canta “Ecce lignum crucis in qua pependit Deus” (“Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”), y el pueblo responde cantando “Venite adoremus” (“Venid a adorarlo”), acompañando la aclamación con una genuflexión. Luego, se hace la adoración a la cruz, en la que el sacerdote, los ministros y el pueblo se acercan en forma de procesión, hacen la genuflexión y, según la costumbre, besan la cruz como un acto de adoración y agradecimiento. El ósculo a la cruz, expresa el amor al Crucificado, y se venera la cruz como instrumento de nuestra salvación.

        También es conocida la costumbre de besar la cruz en otros momentos, como expresión de nuestro amor al Crucificado. Los religiosos besan la cruz, por ejemplo, en el momento de su consagración; el moribundo besa la cruz abandonándose en el amor de Dios; el pecador besa la cruz reconociendo y aceptando a Jesús crucificado como su Salvador y Redentor. Al besar la cruz no besamos el dolor en sí, sino el fruto que Cristo mereció por nosotros a través de su Pasión y su muerte redentora.

        Los cristianos tienen claro que deben amar al Crucificado, a Jesús, que murió por amor, pero la cuestión es: ¿puede existir un “amor a la cruz”? ¿Podemos amar el símbolo de la cruz? Si entendemos la cruz no como símbolo del dolor, sino también como símbolo de victoria, entonces se entiende que se puede amar la cruz, aunque pasando necesariamente por el dolor, para llegar a la victoria.

        Entonces, si hablamos de la “ciencia de la cruz”, entendemos con eso un camino de espiritualidad, porque consideramos la cruz como un camino de salvación. San Pablo lo advierte, y su predicación es fuerte: «pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo (piedra de tropiezo) para los judíos y locura (insensatez) para los gentiles. Pero para los que son llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios» (1 Co 1, 23-24). «Porque para los que se pierden, el mensaje de la cruz es locura; pero para nosotros que somos salvados, es fuerza de Dios» (1 Co 1, 18). «Pero en cuanto a mí, nunca suceda que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6, 14).

       ¿Por qué el Apóstol de los pueblos puede hablar así? Porque no ve la cruz como un mal, sino como un símbolo que nos revela el amor salvífico de Dios. Pero, como no todos comprenden esto así y creen que el dolor es algo malo que no debería existir, rechazan la cruz. Como la cruz es un desafío difícil, ella también tiene muchos enemigos, que no han conocido el amor de Dios que se revela mediante este símbolo: «Porque muchos andan por ahí, de quienes os hablaba muchas veces, y ahora hasta lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo» (Fil 3, 18).

        Más, si la cruz es revelación del amor de Dios, entonces también deberíamos amar la cruz, porque Dios aceptó el dolor sobre sí para que conociéramos la profundidad de su amor. Jesucristo «reconcilió con Dios a ambos [el pueblo judío y los paganos] en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en ella a la enemistad» (Ef 2, 16).

Los Ángeles y la ciencia de la cruz

 Si conociéramos la actitud del Santo Ángel de la guarda, que no es egoísta, sino cuya felicidad es servir, probablemente nos sentiríamos avergonzados, ya que:

  • el Ángel de la Guarda es aquel que da adoración perpetua a Dios (cf. Mt 18, 10), mientras que nosotros estamos más atentos a nuestro yo, al mundo, a los cuidados, a la adulación del maligno.
  • El Santo Ángel, enviado para auxiliarnos (cf. Hb 1, 14), se ofrece continuamente al Señor por nosotros, mientras que nosotros solo queremos recibir en vez de dar y pensamos solo en nosotros mismos.
  • El Ángel de la guarda es aquel que siempre lucha por nosotros, mientras que nosotros nadamos con la corriente, dejándonos llevar por la cobardía, el respeto humano y la ganancia.
  • El Ángel de la guarda es aquel que siempre nos quiere conducir (guiar), mientras que nosotros queremos ser libres, y entonces perdemos el camino.
  • El Ángel de la guarda es aquel que nos ama con un amor abnegado (que se niega a sí mismo), y nosotros hacemos poco caso de él, a veces con falta de respeto.
  • El Ángel de la guarda es aquel que nos defiende cuando el maligno nos ataca de repente; incluso, ante el tribunal, él será nuestro defensor.
  • El Ángel de la guarda y San Miguel tratan por todos los medios de dirigir la mirada del alma hacia la misericordia de Dios.
  • El Ángel nos da a conocer la cruz como vida, fuerza [verdad] y amor.

Parece que la cruz se opone a la vida porque significa muerte, pero, por el contrario, significa vida. En Dios Padre, la cruz se vuelve vida. En atención al Hijo, el Padre nos concede la palabra para que el hombre pueda conocer la verdad.

Parece que la cruz significa debilidad, mas es la fuerza de Dios. Por medio del Padre, la cruz se vuelve realidad y vida y, por medio del Hijo, se vuelve verdad y división (separación). La cruz se revela como señal de combate y como la mejor arma.

Parece que la cruz se opone al amor, porque significa un juicio inexorable, pero, al contrario, significa misericordia. La cruz significa amor y repatriación (reconducción) a Dios por el Espíritu.

Los Ángeles ven la cruz como la causa de toda prueba. La prueba del Ángel fue una prueba de conocimiento, obediencia y fidelidad. La creación entera y el hombre sufren “dolores de parto”, pero, por la cruz, el dolor se transforma en purificación. En el fin de los tiempos, la creación será purificada y librada de toda influencia diabólica.

El Ángel nos enseña siete virtudes que podemos aprender con la cruz:

  • Diciendo sí a la cruz,                                                                    aprendemos la entrega.
  • Contemplando la cruz,                                                                 aprendemos la reverencia.
  • Soportando el sufrimiento de la cruz,                                       aprendemos la fidelidad.
  • Intercediendo mientras clavado en la cruz,                             aprendemos la caridad.
  • Silenciando en la cruz,                                                                  aprendemos la sabiduría.
  • Guardando la calma en la cruz,                                                   aprendemos la esperanza.
  • Mirando a través de la cruz hacia Dios,                                     aprendemos la fe.

El espíritu del mundo no es capaz de amar la cruz, el espíritu del mundo la declara una locura, y cuando la Iglesia es atacada, es precisamente por causa de la cruz: por la cruz del celibato, la cruz de la indisolubilidad matrimonial, la cruz de la disciplina y de la renuncia, etc. La Iglesia fue instituida por Dios, y el amor a la cruz es la simpatía con el Crucificado, aunque la naturaleza se resiste.

El Santo Ángel exhorta: quédate tranquilo, paciente y silencioso en Dios. Esto es lo ideal. Domina tu naturaleza para que no se rebele. Los místicos siempre unen su contemplación de la Pasión a la contemplación de la paz. El cristiano tiene paz en su alma y, frente a esta paz, todas las otras alegrías y placeres no son nada. La paz que Jesús quiere dar, la paz profunda, es siempre un regalo de Dios. También el amor a la cruz es un regalo de Dios, no lo podemos merecer.

El cristiano recorre su camino en profunda paz, con humildad y disponibilidad. Quiere amar a Jesús e imitarlo en su vida y en su Pasión. Si el alma posee el amor a la cruz, nada la perturba, y si llegara al martirio, Dios le daría la gracia de la paz de los mártires. La contemplación de la Pasión no asusta al alma, pues esta permanece en paz.

La gratitud y el alma que ama la cruz

Nuestro corazón es como el campo, y el amor de Dios se parece al grano de semilla que debe crecer. Siempre dependerá de nosotros que este grano brote y produzca frutos: el campo se debe preparar con tierra buena para que sea fecundo, a través de la vigilancia, la oración, la disciplina de la voluntad, el querer hacer el bien y a través del ofrecimiento de sacrificios hasta el punto de desembocar en el amor a la cruz.

El amor a la cruz es aquel amor que ha llegado a su perfección cuando el alma está plenamente agradecida, cuando ha conocido el infinito amor de Dios y no quiere otra cosa que corresponder de alguna manera a este amor. Cuando descubrimos que hemos sido amados primero y que hemos recibido la salvación sin ningún mérito por nuestra parte, sino por pura misericordia, entonces comenzamos a valorar la cruz, a considerar al Señor crucificado como el esposo que se sacrifica por nuestra alma. Y el alma sabe: “un amor sin cruz quedaría vacío y sin sentido”.

El alma que ama a Dios es aquella que mira hacia el Traspasado; para ella, la cruz es como un libro donde se aprende la ciencia del amor. Juan Tauler dice: «Hay solamente un libro, y este libro es una página: el madero de la cruz y los clavos. En esta página están escritos todos nuestros pecados y al mismo tiempo el precio de rescate, la sangre de Cristo». Sobre tal misterio de amor no se puede discutir, solamente orar y meditar, para comprenderlo, porque contiene la sabiduría de Dios.

Por eso, un alma que ama la cruz tiene que ser un alma de fuego, con un corazón fuerte y llena de nostalgia de Dios. Es un alma que vive con el corazón como perforado, que siente en el corazón el dolor de la contrición y la pena por no poder amar a Dios como debería y como Él lo merece.

Un día de amor a la cruz debe ser un día lleno de entusiasmo. Quien diariamente medita el viacrucis, se enamora de la cruz; no pierde tiempo, al contrario, su camino será la repetición del viacrucis de María. El día viernes será un día lleno de gracia para quien medita la Pasión del Señor.

Muchos piensan que el amor es lo más fácil de este mundo, pero es porque no se habla de la caridad, sino del amor sensual, de la búsqueda de satisfacción, de la búsqueda de felicidad. Al contrario, aquel amor que viene directamente del Corazón de Dios va andando un largo camino hasta llegar a la profundidad de nuestras miserias.

En el alma que ama la cruz existe como una contradicción, una paradoja: mirando al Crucificado, el alma que se arrepiente de sus pecados siente dolor, pero el amor hace dulce el dolor. El alma comienza a amar al Crucificado, quiere dar una respuesta y comienza a amar tal respuesta, aunque se trate de un sacrificio que cuesta. Quiere agradar al Amado y quiere ayudarlo a cargar la cruz como un Simón de Cirene. Primero la rechaza, pero después se siente feliz de haber ayudado.

Por el alma que se une al sufrimiento de Cristo corren ríos de gracias divinas del Corazón de Jesús. Amar la cruz significa colocarse debajo de ella, junto a María y a Juan, para participar en los dolores del Crucificado, para sentir con Él y recibir la herencia, acogiendo la Sangre redentora.

El tiempo de Semana Santa es el corazón de todo el año litúrgico, porque «cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Únicamente por la ciencia de la cruz llegamos a superar la distancia con Dios. El sentido profundo de la mística de la cruz es orar, mirar y unirse al Crucificado.

Concluimos:

Si uno quisiera destruir el cristianismo, no lo conseguiría matando a los cristianos, sino eliminando la sensibilidad del amor al Crucificado. Un pueblo indiferente ante la cruz ya no sería un pueblo cristiano.

Los primeros cristianos que celebraron la Semana Santa en Jerusalén se acercaron con profunda reverencia a venerar la cruz el Viernes Santo y dejaron inflamar sus corazones por este amor.

Nosotros también podemos elevarnos hacia este amor a la cruz, mirar a través de la cruz y a través de nuestra propia cruz, y ver tras la cruz el amor salvador. Entonces no tendremos ya miedo de que Dios nos pueda abandonar. El amor de Dios llegará como respuesta desde lo alto e infundirá en el corazón humano un amor ardiente, el amor a la cruz, en el caso de que el hombre abra su corazón.

El alma, que debe estar libre del espíritu del mundo, debe gritar en su aflicción: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Entonces se realizará su unión con el Crucificado. Jesús decía a santa Gertrudis: «a quien ama la Santa Cruz, a este yo nunca lo olvidaré».

Las verdades más difíciles de comprender son al mismo tiempo las verdades más simples, y el hombre simple las acepta porque no tiene duda y porque tiene fe, confianza y fuerza suficientes. Si quisiéramos resumir todas las devociones, se llegaría a la única devoción, que es la devoción a la Santa Cruz. Pero, ¿Cómo se llega a esa devoción? Se debe vivir el Viernes Santo, se debe aprender a rezar y a meditar en la condenación del Inocente. Debe ser objeto del interés del cristiano cómo murió y de qué murió Jesús. Eso es lo que les interesa a los místicos: experimentar y revivir la Pasión de Cristo. A partir de allí se llega a la verdadera oración, que es cuando todo el hombre ora con todo su ser. Existe el amor a la Santa Cruz, el amor vivo al Salvador, que es capaz de hacer arder los corazones.

Cuando la Santa Cruz ya no es algo extraño para mí; cuando la cruz no es un instrumento de tortura, sino que es gracia, salvación y amor; cuando la obra de la Salvación ya no es un medio para alcanzar la finalidad de mi devoción, sino que me inundo en amor, entonces llego a lo que podemos llamar amor a la cruz.

Unión con el Crucificado

Hay dos actitudes en la veneración de la cruz: existe un ‘nosotros’, en el cual la persona se identifica tan plenamente con el Salvador que quiere permanecer continuamente en unión con Él, y por eso quiere estar unida al Sacrificio de la Cruz (a la Misa y a la Pasión). Es diferente de la simple veneración de la cruz, en la que, aun siendo esta el único camino de salvación para llegar a Dios, uno la lleva forzadamente. Mas el amor da alas que elevan el alma hacia dentro del Corazón de Dios para que sea uno con Él. Se ama la cruz porque fue la señal y la ocasión de que el amor divino apareciera.

En el alma enamorada que se ve privada del objeto de su amor, aumenta la nostalgia, y por este amor, que se difunde desde el Corazón divino, experimenta este dolor del momento de la crucifixión. Y si la creatura busca este amor de nuestro Señor, de repente la cruz se envuelve en una gloria inesperada. Antes la cruz era digna de veneración por ser instrumento de la salvación, pero ahora, glorificada por el amor, el amor fluye entre Corazón y corazón. Este amor es precisamente el amor a la cruz, en la altura donde se exige la consumación del amor a Cristo. En este momento, la cruz ya no es más instrumento de tortura, sino un diálogo con el Crucificado. Este Cristo en la cruz no se queja a causa de sus dolores, sino a causa del amor que no es correspondido, a causa de la sed de salvar almas. De esta manera, la cruz se vuelve revelación del amor divino. La culpa, el pecado, el castigo y la condenación se transforman en un diálogo de confianza entre las almas enamoradas.

La unión con el Crucificado se vuelve así de íntima porque Él revela al alma lo íntimo de su Corazón. Esta experiencia de unión íntima es el amor a la cruz. El alma se identifica con el Crucificado y siente amor y compasión como una madre con su hijo. En la unión del sufrimiento, el alma ha superado la condenación y comienza a componer y cantar cánticos de la cruz. El amor a Cristo comienza a llamear hacia el Crucificado y a entregarse enteramente a Él. El alma entra en el campo de la expiación.

En la altura de amor no se trata de que se cumplan o no los mandamientos, sino de la capacidad del corazón de asimilar este amor redentor. Lo más difícil es que el alma ama con toda su intensidad, sin división interior, porque está totalmente envuelta por el amor de Dios. Este amor a Dios está en el centro de su alma. Se trata de la intensidad del alma. La cruz, por eso, puede ser la mayor acusación, mas, cuando el alma está saciada de este amor, el amor a la cruz produce como efecto la santa pobreza en el espíritu.

El núcleo del cristianismo podríamos encontrarlo en las bienaventuranzas, pero, finalmente, quedaría resumido en al amor a la cruz. No es un amor como deber o como requerimiento, sino consiste en una simpatía interior con la cruz. No importa si muchas cosas molestan en la vida, o cuántas veces el alma se rebela contra la cruz, o cuántas otras se asusta ante ella y huye del sufrimiento; lo importante es que, al final, será capaz de aceptar la cruz con sus exigencias.

No se trata de que uno le tenga o no le tenga miedo al dolor, sino de una actitud en la que uno quisiera siempre agradar al Señor, consolarlo y solidarizarse con Él. No sería una actitud cristiana llevar en sí una antipatía hacia la cruz, porque luego también el propio Señor se nos volvería extraño.

San Francisco, el santo seráfico del amor, buscó el amor durante toda su vida, hasta que se encontró con el Señor crucificado. En él descubrimos un verdadero amor a la cruz. No sería tan difícil soportarla si supiéramos que Dios no se ha olvidado de nosotros. Pero, al mismo tiempo, es parte del sufrimiento precisamente este abandono, que exige una gran confianza en Dios.

Deberíamos desprendernos del espíritu mundano y cultivar el amor a la cruz; solo entonces seríamos cristianos fervorosos. El cristianismo, el amor a la cruz y la entrega total no son cosas que se expresan cuantitativamente, no es algo que podemos sumar y juntar a otras devociones, sino es aquello que penetra todo lo demás. Para el cristiano debe ser lo más natural sentir simpatía por la cruz y no rechazarla, porque la cruz da respuesta a todos los problemas.

Frutos del amor a la cruz

      ¿Por qué el “amor a la cruz”? Muchas personas se asustan, aunque la cruz como símbolo de victoria todos la queremos. En profundidad, la cruz significa salvación de la miseria del dolor y de la oscuridad, y, sin embargo, es como la puerta estrecha para la bienaventuranza eterna. Adoremos a Dios, quien nos propone la cruz como un puente que puede llevar al cielo. Mas, para llegar al amor a la cruz, debemos unir el amor al sacrificio; eso ayudará a soportar el peso.

Si vemos el sentido positivo de la cruz, podemos ciertamente afirmar las frases que presentamos aquí para ser meditadas. Entonces, una espiritualidad de la cruz producirá muchos frutos:

– Si una cruz va a tu encuentro, salúdala, porque una cruz nunca es tu enemiga.

       La cruz viene de Dios y no del diablo, y todo lo que viene de Dios es bueno. La cruz significa prueba, pero la prueba no es algo malo, sino es la oportunidad para dar una respuesta adecuada de amor, para dar a Dios lo que Él merece.

– Cuanto más prontamente abras tu corazón a la cruz, con mayor seguridad podrá Dios cimentar en él el signo de la victoria.

       Dios nunca ha sido vencido. La cruz no es símbolo de derrota, sino símbolo de victoria, por eso la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz como fiesta de la gloria de la cruz.

– Amar la cruz del Señor íntimamente es una gracia, pero llevar esta cruz en la realidad, siguiendo sus pasos, es un cruento lagar de Dios.

       Cuando el alma se encuentra en la prueba, debe saber que cada cruz pasa.

– Nuestro estudio más importante es el amor de nuestro Señor en la Cruz.

       Estudiar la ciencia de la cruz significa considerar los diversos aspectos en que Dios Amor revela su amor hacia las creaturas.

– Aquel que no ha experimentado a Dios, nunca ha aprendido a amar la cruz.

       Dios es belleza, y experimentar a Dios significa llenarse de un gran entusiasmo. Solamente así seremos capaces de amar la cruz.

– La cruz es tu sello, tu protección y tu marca distintiva en el juicio.

       A partir del bautismo llevamos esta marca en nuestra frente. Cualquier oración la comenzamos con la señal de la cruz.

– Si amas la cruz, ella te sustentará.

       Al contrario, quien rechaza la cruz, siente más su peso, que lo aplasta.

– El hombre madura con el sacrificio, y todo amor puede madurar sólo con el sacrificio de la cruz.

       Solo en la cruz se aprende la sabiduría. Con la sabiduría aprendida en la cruz, el hombre sabrá aconsejar.

– Ama cada cruz como si sólo con esta cruz pudieras alcanzar la bienaventuranza; pero considera tu amor como nada (es decir, no te compadezcas ni te admires por eso).

       Muchas veces no estamos contentos con la cruz que llevamos, y miramos a otros y deseamos una cruz más ligera. Pero es nuestra propia cruz la que nos llevará al otro lado, donde está el cielo.

– Seamos portadores de la cruz por amor; entonces, le saldrán alas.

       Si estamos conscientes de que es Jesús quien carga la cruz por nosotros, entonces ya no la sentimos pesada, sino que sentimos como si tuviera alas y nos cargara a nosotros.

– El valor de decir sí a la prueba, a la cruz y a la humillación, produce más tranquilidad en el corazón que si hubiéramos luchado a fuego y espada para conseguir esa paz.

       La criatura tiene paz cuando comienza a entender que las dificultades tienen sentido porque son queridas por Dios.

– Mejor toda una vida bajo la cruz que sin la cruz.

       Quien nunca tiene que esforzarse y quien nunca pasa por ninguna dificultad, no aprende a amar.

– No necesitamos de ninguna otra arma sino de la cruz; la ciencia de la cruz es nuestro código de honor.

       Los estudiantes de derecho quieren estudiar la justicia, los estudiantes de la ciencia de la cruz quieren aprender el amor.

– La cruz más pesada es siempre la que uno mismo se fabrica.

       En el fondo, la cruz más pesada es el cargo de conciencia, el sentimiento de culpa.

– En la cruz los Ángeles y los hombres son siempre aprendices.

       También los Ángeles quedaron sorprendidos, pues no esperaban la muerte de Dios en la Cruz.

– La cruz es la llave de la puerta del cielo.

       Quien está en la cruz inspira la compasión de Dios, y a este, Dios le abre el Corazón.

– Solo quien de verdad ama la puede cantar con los Ángeles el Cantar de los Cantares de la cruz.

       El Cantar de los Cantares del amor es el himno a la cruz.

Nuestros propósitos para esta Cuaresma

  • Un amor a la cruz más íntimo y más práctico: máxima severidad en evitar todas las falsedades, mentiras por necesidad, disculpas, exageraciones, engaños y disculparse a sí mismo.
  • Eliminar toda crítica sin caridad (incluso cuando sea “verdad”) de los labios y del corazón.
  • Empeñarnos en la oración, meditación e invocación a nuestros Santos Ángeles, para poder discernir correctamente entre lo claro y lo oscuro, lo verdadero y lo falso, lo necesario y lo inútil, lo bueno y lo malo. El príncipe del mundo está al acecho hoy más que nunca, y el hombre, de la mano del Santo Ángel, tiene el deber de mantenerse a sí mismo y a los demás fuera de peligro.
  • Un diálogo diario con María (sin libro de oración), tal como los hijos lo hacen con su madre.
  • No huir de las dificultades; vencerlas con calma, paciencia y la prudencia del amor.
  • Aspirar a una mayor unidad a través de la intercesión, de la prontitud para ayudar y del envío de los Santos Ángeles de la guarda, a fin de que todas las dificultades sean soportadas en común, aun cuando no lo sepamos conscientemente (los Ángeles tratan nuestras peticiones con gran amor).
  • ¿Seré feliz si voy a vivir la Pasión?, ¿seré feliz viviendo una Cuaresma de penitencia, renunciando a mí mismo? ¡No hay felicidad más profunda que aquella que es fruto del amor! Y a partir del misterio de la cruz, el amor se vuelve fecundo hasta el máximo.

Oración final

El canto de la Cruz después de la resurrección del Señor (Aprobado por el delegado de la Santa Sede, el 9 de octubre de 2004)

¡Te saludamos, Santa Cruz, testigo de la obediencia de nuestro Señor Jesucristo. Él recorrió la tierra sirviendo y edificó con su Sangre una nueva casa para la humanidad. ¡Él, el Salvador!

¡Te saludamos, Santa Cruz, nobilísimo andamio de la esposa de Cristo, la Iglesia! ¡Por tu poder se hace pedazos el asalto del infierno, y por tu madero, la Iglesia lleva a sus hijos a la victoria de la resurrección para la vida eterna!

¡Te saludamos, Santa Cruz, ancla de salvación para todos los caídos, portadora de esperanza!  ¡Quien se aferra a ti encontrará el puerto salvador y a Jesús, el Redentor!

¡Te saludamos, Santa Cruz, señal distintiva de expiación!  ¡El corazón que abres se vuelve semejante al Señor en la Cruz, Él, que dio su vida por nosotros como expiación y resucitó en gloria!

¡Te saludamos, Santa Cruz, baluarte contra el abismo, defensa contra las flechas venenosas del infierno! Proteges la paz de los corazones y la lámpara del alma de los que esperan al Señor.

¡Te saludamos, Santa Cruz, antorcha luminosa de salvación, que siempre se renueva ardiendo en los miles de corazones de los redimidos, que contigo acompañan al Resucitado en su marcha triunfal!

¡Te saludamos, Santa Cruz, señal de victoria de la pobreza! ¡Los que se desprendieron del mundo te llevan con alegría al banquete celestial con su Señor y Dios!

¡Te saludamos, Santa Cruz, mensajera de la salvación! ¡Eres la señal distintiva de la credibilidad de nuestra misión de conquistar el mundo para Cristo!

¡Te saludamos, Santa Cruz, misterio del amor del Padre por el Hijo, para llevar a los suyos por ti a la gloria de Dios y desde cuya profundidad también el corazón humano grita a Dios!

¡Te saludamos, Santa Cruz, compañera fidelísima en todas las sendas de la vida! Pregonas la fidelidad eterna de Dios, que triunfó sobre la infidelidad del mundo y nos abrió el nuevo camino.

¡Te saludamos, Santa Cruz, maestra de silencio, presagio fatídico para nuestros pecados de palabra! Sálvanos por la Sangre de Cristo que por sobre ti se derramó en la tierra silenciosa, para que nosotros nunca tengamos que callar para siempre, más bien, al contrario, podamos dar gloria a Dios y alabarlo por toda eternidad.

¡Te saludamos, Santa Cruz, llama que arde sobre toda la creación! En ti el Hijo del hombre vendrá con sus Ángeles para juzgar a vivos y muertos. Se tú la señal de la salvación en nuestra frente, para que podamos seguir jubilosos la llamada de los Ángeles. Amén.