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CC15 Secretos de Fátima

Los secretos de Fátima

1. La importancia y relevancia del mensaje de Fátima

Hemos celebrado ya el centenario de las apariciones de Fátima, en donde nuestra Santísima Madre se apareció a tres niños pastores en una remota aldea de Portugal durante los meses de primavera y verano de 1917. Estas apariciones han influido y afectado profundamente el curso del siglo XX. Si las solicitudes de María hubieran sido atendidas, hoy estaríamos viviendo en un mundo completamente diferente. Además, dado que su mensaje posee un carácter perenne, se convierte entonces en una cuestión referente al  «mañana» sobre el cual podemos elegir o no su transmisión a las próximas generaciones. Por lo tanto, vale la pena revisar los eventos que ocurrieron allí y reflexionar sobre su importancia para nuestros tiempos.

En particular, queremos revisar en este artículo los llamados tres «secretos» de Fátima. Más específicamente, queremos examinar el Tercer Secreto, no solo porque tiene un profundo significado para nuestros tiempos, sino también por sus enseñanzas sobre los ángeles.

Sin embargo, antes de que comencemos nuestro estudio de este tema, debemos en primer lugar ser conscientes del hecho de que los Tres Secretos fueron revelados, todos al mismo tiempo, a la Hna. Lucía y sus dos primos, durante una amplia panorámica visión, que les fue otorgada por la Bendita Madre el 13 de julio de 1917 en la Cova de Iria en Fátima.

2. El primer secreto

El primer secreto era la visión de las almas que caían al infierno porque nadie rezaba ni se sacrificaba por ellas. Sor Lucía nos dice que «Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros…» (Tenga en cuenta que todas las citas de los Tres Secretos están tomadas de la traducción oficial de ellos publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en su documento, El Mensaje de Fátima del 26 de junio de 2000, por el Cardenal Joseph Ratzinger, el entonces Prefecto de esa Congregación.)

3. El segundo secreto

El Segundo Secreto fue la revelación de que Nuestro Señor quería establecer la devoción al Inmaculado Corazón de Su Madre para ayudar a salvar a las almas de ir al Infierno. Pues una vez finalizada la visión del infierno, María les dijo a los niños: «Ustedes han visto el infierno donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, Dios desea establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón». Además, agregó, aunque esto no forma parte del Segundo Secreto per se, la solicitud de que Rusia debía ser consagrada a su Inmaculado Corazón y que los primeros sábados de mes se debería hacer una Comunión de reparación. También advirtió que si esto no se hacía, entonces: «Los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; y varias naciones serán aniquiladas». Sin embargo, ella terminó su mensaje con la promesa y la profecía de que: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará».

4. El tercer secreto: una visión general en el contexto

Sin embargo, el Tercer Secreto no se puede resumir en unas pocas y breves oraciones como las dos primeras, ya que es mucho más complejo y detallado que las otras dos. De hecho, se puede decir que el Tercer Secreto en sí mismo, a pesar de que fue escrito por la Hna. Lucía en un solo gran párrafo, en realidad contiene otros tres secretos. Sin embargo, tengamos en cuenta que para comprender adecuadamente el significado y la importancia del Tercer Secreto, este también es parte integral de la visión panorámica que la Santísima Madre les otorgó a los tres niños el 13 de julio de l917.

Este mensaje o secreto también se refiere al ministerio de los ángeles. Por lo tanto, también esperamos profundizar nuestro conocimiento y amor a los Santos Ángeles. Tenemos aquí una oportunidad de contemplarles como ministros a través de los cuales Dios implementa Su divina providencia.

5. Parte I del Tercer Secreto: Un ángel con una espada llameante

Así que ahora comencemos a examinar el Tercer Secreto sistemáticamente, revisando cada parte de él tal como fue revelado a Sor Lucía en la parte final de la visión. Posteriormente, estudiaremos los comentarios que hizo el cardenal Ratzinger sobre la importancia de lo que fue revelado. Así es como, la Hermana Lucía asegura que vio: «Un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda, destellando, produciendo llamas que parecían incendiar el mundo; pero se extinguían cuando entraban en contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradia hacia él [es decir, el ángel] de su mano derecha: [Y luego] señalando a la tierra, el ángel con su mano derecha gritó en voz alta: «¡Penitencia, penitencia, penitencia!»

Considere cómo el ángel, mientras sostenía una espada llameante en su mano izquierda, señalaba la tierra con su mano derecha mientras al mismo tiempo gritaba las palabras: «¡Penitencia, penitencia, penitencia!» parece enfatizar la gran necesidad y la importancia de realizar actos de penitencia en el mundo pecaminoso de hoy.

La visión del ángel con la espada llameante, entonces, nos recuerda a los Querubines con la «espada incandescente” (Gen 3,24), que el Señor ubicó a las puertas del Jardín del Edén para salvaguardar el Árbol de la Vida, después de que Adán y Eva fueron expulsados ​​del Paraíso.  Además, la visión puede servir para recordarnos a los ángeles de la ira descritos en gran detalle en el Libro del Apocalipsis, a quienes el Señor encargará en los últimos tiempos, castigar al mundo por sus pecados (cf. Capítulos 15-16 del Libro de Apocalipsis).

¿Cómo, entonces, debemos entender hasta este momento, el significado de esta visión y el mandato del ángel a hacer penitencia? El cardenal Ratzinger en su comentario afirma que: «El ángel con la espada en llamas representa la amenaza de juicio que se cierne sobre todo el mundo». Continúa explicando: «La posibilidad de que el mundo se vea reducido a cenizas por un mar de fuego ya no parece pura fantasía, ya que el hombre mismo con sus inventos ha falseado la espada llameante». (Tenga en cuenta: todas las citas del cardenal Ratzinger, a menos que se indique lo contrario, se toman de su Comentario teológico sobre el mensaje de Fátima que se publicó en el documento mencionado anteriormente de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 26 de junio de 2000).

Sin embargo, debe notarse aquí que está completamente dentro del poder providencial de Dios enviar un ángel con una espada de fuego para castigar al mundo por sus pecados. Por ejemplo, considere el momento en que el Señor envió un ángel vengador para matar a setenta mil israelitas cuando el rey David, por orgullo, realizó un censo del pueblo (cf. 2 Sm 24, 15-17). En otra ocasión, envió un ángel para derribar a ciento ochenta y cinco mil soldados asirios cuando atacaron Jerusalén (véase 2 Re 19,35) debido al blasfemo orgullo de su rey.

El cardenal Ratzinger continúa explicando: «La visión nos muestra el poder que se opone al rostro de la destrucción, es decir, el esplendor de Dios, y deriva de esto la convocatoria a la penitencia dada por el ángel». En otras palabras, el castigo profetizado puede ser prevenido no solo por las oraciones y la intercesión de la Santísima Virgen María, sino también por nuestros propios actos de penitencia y reparación. En resumen, cuanto mayor sea el número de personas que hagan penitencia, el castigo profetizado en el Secreto, no sería infligido al mundo por sus pecados, de parte del Señor.

Por esta razón, el cardenal Ratzinger enfatiza en su comentario que: «El propósito de la visión no es mostrarnos una especie de avance de una película con un final arreglado». Más bien, su propósito es «movilizar fuerzas de cambio en la dirección correcta», ya que «la visión nos habla no solo sobre los peligros futuros sino también sobre cómo podemos salvarnos de ellos».

En otras palabras, como él dijo, no existe un «destino inmutable». Es decir, no existe un futuro que no pueda ser cambiado, pues como él declara: «La fe y la oración son fuerzas que pueden influir en la historia». Por ejemplo, solo tenemos que recordar el caso del profeta Jonás y la ciudad de Nínive. Puesto que cuando Jonás anunció a la gente de esa antigua metrópolis, que su ciudad sería destruida dentro de cuarenta días, el rey proclamó un ayuno y, en respuesta a las penitencias realizadas por los ciudadanos de la ciudad, el Señor, en su gran misericordia, se arrepintió del castigo profetizado que Él había amenazado infligir sobre ellos (cf. Jonás 3,1-10). A partir de este sorprendente ejemplo en el Antiguo Testamento, podemos aprender algo del poder que la oración y la penitencia tienen, para atraer la misericordia del Dios Todopoderoso sobre nosotros, incluso cuando a nuestros ojos la situación parece desalentadora.

6. Parte II del Tercer Secreto: Una Profecía del Martirio

Con esto concluye la primera parte del Tercer Secreto, y el comentario del cardenal Ratzinger al respecto. Así que ahora pasemos a la segunda parte del Tercer Secreto, revisando lo que la Hna. Lucía testimonió en la siguiente secuencia de su visión:

«Un obispo vestido de blanco. Y tuvimos la impresión», afirmó, «que era el Santo Padre». Además, vieron: «Otros obispos, sacerdotes, hombres y mujeres religiosos subiendo una empinada montaña, en cuya cima había una gran cruz de troncos tallados en bruto como de un árbol de corcho con su corteza… «Cuando el obispo vestido de blanco llegó a la cima de la montaña, mientras se encontraba «de rodillas al pie de la gran cruz, fue asesinado por un grupo de soldados que le dispararon balas y flechas». Adicionalmente, la Hna. Lucía  relata sobre la visión: «Allí murieron uno tras otro los otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y varios laicos de diferentes rangos y posiciones».

Así concluye la segunda parte del Tercer Secreto. ¿Cómo debemos entender este impresionante y dramático escenario? El cardenal Ratzinger explica lo siguiente: «Podemos reconocer el siglo pasado [es decir, el siglo XX] en la visión». El siglo XX, continua diciendo, «fue un siglo de sufrimiento y persecución para la Iglesia, un siglo de guerras mundiales que han infligido formas de crueldad sin precedentes». De hecho, el cardenal Ratzinger declaró más tarde en una entrevista que le dio al periodista Peter Seewald, que «podemos ver en este texto un breve resumen de una visión, en imágenes simbólicas, de la Iglesia de los mártires del siglo XX» (Dios y el mundo: una conversación con Peter Seewald, Ignatius Press, San Francisco, 2002, p.313).

El cardenal Ratzinger afirma que sor Lucía vio en su visión del 13 de julio, algo de las terribles persecuciones que serían desatadas contra la Iglesia, por parte de sus enemigos, en el siglo pasado. Esa persecución, de hecho, no tuvo precedentes no solo por su inmensidad sino también por su crueldad. Se estima que unos veintiséis millones de cristianos fueron martirizados durante el siglo XX, lo que representa dos tercios del número total de los cuarenta millones de cristianos que han sido martirizados en los dos mil años de historia de la Iglesia. En otras palabras, más cristianos fueron martirizados en el siglo XX que en todos los siglos anteriores en su conjunto. (Nota: estas estadísticas fueron anunciadas oficialmente en el Coliseo Romano por el obispo Michel Hrynchyshyn, presidente de la Comisión de los Nuevos Mártires, para el Comité del Jubileo del Vaticano, el 7 de mayo de 2000, el Día del Jubileo de los Mártires).

Lo más importante es que ahora se puede afirmar con certeza que el «obispo vestido de blanco», a quien Sor Lucía vio asesinado en la cima de la montaña de su visión, fue ciertamente el Papa San Juan Pablo II. Él mismo declaró esto después de haber leído el contenido del Tercer Secreto, mientras se recuperaba en el hospital, de las heridas de bala que había recibido durante el intento de asesinato que sufrió en la fecha más significativa del 13 de mayo: Día de Nuestra Señora de Fátima, en el año 1981. De hecho, el cardenal Dziwisz, el ex secretario personal del papa Juan Pablo II, declaró más tarde: «Fue allí, en el hospital, donde el santo padre leyó el ‘secreto’ [el 18 de julio]. Al terminar, todas sus dudas aún existentes, desaparecieron. En la visión de la Hermana Lucía, él reconoció su propio destino «(A Life with Karol, Doubleday, 2008, p. 136).

El cardenal Ratzinger señala de manera similar en su comentario sobre el Tercer Secreto: «Sin duda, podemos ver una convergencia de diferentes papas en la figura vestida de blanco que fue asesinada en la cima de la montaña». ¿Cómo es esto? El cardenal Ratzinger continúa explicando: «Comenzando desde el papa Pío X hasta el papa actual [que era el papa Juan Pablo II en ese momento], todos ellos compartieron los sufrimientos del siglo y se esforzaron por continuar a través de toda angustia a lo largo del camino que conduce a la cruz».

En otras palabras, podemos decir que el Obispo vestido de blanco a quien Sor Lucía vio asesinado en la visión, fue una imagen y una profecía a la vez, de los sufrimientos que le esperaban a los papas del siglo veinte. Y probablemente también podamos proyectar esto a los papas del siglo XXI, a menos que haya una gran hora de conversión y regreso a Dios.

7. Parte III del Tercer Secreto: Los Ángeles y los Mártires

Finalmente, repasemos ahora la tercera parte del tercer secreto. En esta parte de la visión, la Hna. Lucía vio: «Debajo de los dos brazos de la Cruz… dos ángeles cada uno con un aspersorio de cristal [esto es un rociador de agua bendita] en su mano, en el que recogieron la sangre de los mártires, y con ellos, rociaron las almas que se dirigían hacia Dios».

La sangre que goteaba de los dos brazos de la Cruz y que era recogida por los ángeles, representa simultáneamente la Sangre de Cristo junto con la sangre de los mártires que fueron asesinados mientras luchaban por alcanzar la cima de la montaña. El cardenal Ratzinger afirma esto en su comentario diciendo: «La sangre de Cristo y la sangre de los mártires se consideran una sola».

Esta visión parece indicarnos, entonces, que las gracias ganadas por los mártires no solo serán recogidas por los ángeles sino también distribuidas por ellos a otros miembros del Cuerpo místico de Cristo que sufren persecución y opresión para fortalecerles en sus pruebas. Pues hay un antiguo proverbio de la Iglesia primitiva que dice que «la sangre de los mártires es la semilla de los cristianos» (cf. Tertuliano, Apologética, Capítulo 50). En otras palabras, el supremo sacrificio que hacen los mártires al entregar sus vidas por Dios puede atraer innumerables gracias para la expansión de la Iglesia. En consecuencia, si más cristianos fueron martirizados por la fe en el siglo XX, que en todos los siglos anteriores en su totalidad, entonces podemos suponer que más gracias serán otorgadas a la Iglesia en este siglo y en los venideros, que en todos los anteriores en su conjunto.

Es cierto, entonces, que las gracias necesarias para una «nueva primavera de la Iglesia», de la cual el papa San Juan Pablo II habló continuamente, durante los últimos años de su papado, puede darse y de hecho se dará. Lo único incierto es el alcance de nuestra cooperación con estas gracias.

Sin embargo, como sabemos por la actual persecución de los cristianos en el Medio Oriente, la profetizada persecución de la Iglesia, que  Sor Lucía tuvo  en su visión del 13 de julio de 1917,  aun ahora continúa y lo hará en el predecible futuro. El papa Benedicto XVI llegó a declarar en la homilía, que pronunció en el santuario de Fátima, en la fiesta de Nuestra Señora de Fátima en 2010 que: «Nos equivocaríamos al creer que la misión profética de Fátima está completa». Además, concluyó su homilía expresando el deseo: «Que los siete años que nos separan del centenario de las apariciones [de Fátima] aceleren el cumplimiento de la profecía del triunfo del Inmaculado Corazón de María, para la gloria de la Santísima Trinidad» (cf. Homilía del Papa Benedicto XVI para la fiesta de la Señora de Fátima el 13 de mayo de 2010 publicada en el periódico L ‘Osservatore Romano). Sin embargo, para comprender el significado completo de esta declaración, debemos recordar que María misma prometió a los niños después de darles el Segundo Secreto que: «Aunque los buenos serán martirizados, y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; y aunque muchas naciones serán aniquiladas; aun así, al final, mi Inmaculado Corazón triunfará».

8. La dimensión profética de Fátima

La misión profética de Fátima no está completa, ya que el papa Benedicto XVI ha explicado: «la Iglesia continúa sufriendo, y todavía se cierne una amenaza sobre la raza humana… Pues aun ahora, en todas las formas concebibles, el poder amenaza con aplastar la fe» (cf. Entrevista con Peter Seewald en Light of the World, Ignatius Press, 2010, pp. 165-166). De hecho, la Iglesia continúa siendo perseguida en el siglo XXI casi tanto como lo había sido en el siglo XX. El Cardenal Dolan señaló al final de su mandato como Presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos: «Muchos de nuestros hermanos y hermanas en otras partes del mundo… están experimentando una persecución letal, a tal escala que desafía nuestra veracidad». Y luego continuó anotando que: «El siglo XXI ya ha visto en sus primeros trece años un millón de personas asesinadas en todo el mundo por su creencia en Cristo» (Zenit.org, 12 de noviembre de 2013).

El mensaje de Fátima en general, y los Tres Secretos en particular deben verse, como lo expresó el actual Obispo de Fátima, «como una profecía en acción» (cf. Discurso del Obispo Antonio Marto al Apostolado Mundial de Fátima, en Fátima, Portugal el 29 de marzo de 2011). En otras palabras, debe verse como una profecía que continúa descubriéndose ante nuestros ojos. Si bien tiene un contenido teológico permanente que nos ayuda a comprender la historia, también tiene esa cualidad profética contingente que nos invita a cambiar la historia a través de la oración, la adoración y la reparación (cf. Discurso del obispo Marto, 29 de marzo de 2011).

¿Qué podemos aprender del mensaje de Fátima? El cardenal Ratzinger sintetiza esto tan maravillosamente en su comentario sobre el Tercer Secreto, afirmando: «La fe y la oración son fuerzas que no solo pueden influir en la historia, sino que finalmente, la oración es más poderosa que las balas, y la fe más poderosa que los ejércitos». Una de las mejores pruebas que tenemos de esta realidad es el hecho de que el papa Juan Pablo II fue milagrosamente preservado de la muerte por la Santísima Madre cuando un asesino le disparó en l981. De hecho, «él se convenció de que su vida había sido salvada, no, que le había sido devuelta nuevamente, gracias a la intervención y protección de nuestra Señora» (Cardenal Dziwisz, Life with Karol, p. 136). El mismo papa Juan Pablo II lo expresó así: «Fue la mano de una madre la que guió el camino de la bala» evitando causar una herida mortal (Papa Juan Pablo II, Mensaje a los Obispos italianos el 13 de mayo de 1994, en L’Osservatore Romano, n. 22, 1 de junio de 1994). Además, agregó en otro momento, para enfatizar la ayuda milagrosa que la Santísima Madre le había brindado: «Una mano disparó y otra guió la bala» (Dziwisz, p. 136).

El mensaje profético de Fátima es un gran regalo que el Señor y Su Santísima Madre le han dado a la humanidad. Porque puede ser usado como una lente a través de la cual, no solo podemos estudiar y aprender del pasado, sino también ver el futuro del papado, la Iglesia y el mundo en los años venideros.

9. Fátima y el futuro

Con todo esto en mente, ¿Qué nos podría deparar el futuro? Bien, si miramos a través del lente del Tercer Secreto en particular, podremos ver una bifurcación en el camino que se encuentra justo delante de nosotros. Si bien la dimensión material de la Profecía del papa mártir pertenece a la historia, el desafío moral es permanente. Si la humanidad se convierte, habrá paz y gracia abundante, pero si la humanidad permanece en su obstinación, las cosas solo pueden empeorar. Por lo tanto, en esta bifurcación en el camino de la historia, un camino conduce hacia un ángel vengador con una espada de fuego en la mano, mientras que el otro camino conduce al corazón tierno y ardiente de una madre llena de amor.

La historia de la salvación deja en claro, que el mundo siempre se enfrenta a la decisión de elegir cuál de estos dos caminos quiere seguir. Porque el Señor ha puesto ante nosotros la vida y la muerte, bendición y maldición, penitencia y placer, el bien y el mal. Escojamos hoy entonces la vida y a María. Porque sabemos que, al final, el bien triunfará sobre el mal. Sabemos que Dios tiene la última palabra. Sabemos que la Santísima Virgen María está en el lado ganador. Nunca olvidemos que María, la Reina del Cielo y de la Tierra, nos ha prometido, que no importa lo que le pueda suceder a un papa en particular, o lo que pase alrededor del mundo, o dentro de la Iglesia, «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». Y  entonces habrá paz. Nuestra Señora de Fátima, ruega por nosotros.

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CC14 La fuerza de Dios

La Fuerza de Dios

En las últimas décadas, hemos sido testigos de una lucha cultural cada vez mayor entre el bien y el mal. El terrorismo, la lucha por la libertad religiosa, la lucha contra el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido, junto con la gran confusión en torno a la definición del matrimonio, la sexualidad y la vida familiar, éstas son las graves preocupaciones de la Iglesia y la sociedad de hoy. En cada época, Dios ha levantado a personas santas para que sean una luz para el mundo en tiempos de oscuridad, persecución o confusión espiritual. En nuestros tiempos, Dios ha suscitado a santos como el Papa Juan Pablo II el grande y la Madre Teresa de Calcuta y a otros muchos santos y mártires a lo largo de la historia, que han mostrado una gran fortaleza en su lucha contra el mal, a veces incluso hasta el punto de dar sus vidas. Pero los santos no nacen santos. Al igual que nosotros, ellos tuvieron que luchar con los desafíos diarios y soportar el peso de la Cruz con coraje, prudencia y fortaleza. Lo que marca la diferencia es cómo enfrentaron estos desafíos y de dónde sacaron su fuerza.  

En lugar de buscar fortaleza y coraje frente a los desafíos de la vida, en cursos de autoayuda, distracciones mundanas o incluso en el alcohol o las drogas, etc., los santos confiaron y encontraron su ayuda en Dios. “Dichosos los que encuentran en Ti su fuerza… caminan de altura en altura… Porque el Señor es sol y escudo, Él da la gracia y la gloria, el Señor no niega sus bienes a los de conducta intachable. ¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en Ti!” (Sal 84, 5-12).

En el Antiguo Testamento encontramos muchos ejemplos de aquellos que derrotaron al enemigo en condiciones imposibles, únicamente por la fuerza de Dios. Piensen en David, quien antes de matar al gigante Goliat le dijo: “Vienes a mí con espada, lanza y jabalina; pero yo vengo a ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien has desafiado. Este mismo día, el Señor te entregará en mis manos, y yo te golpearé y te cortaré la cabeza… para que toda la tierra sepa que hay un Dios en Israel, y que toda esta asamblea sepa que el Señor no salva por la espada y la lanza; porque la batalla es del Señor y Él te entregará en nuestras manos» (1 Sam 17, 45-47).  

Nuevamente, el Señor envió a casa a todos menos a 300 soldados del ejército de Gedeón, que originalmente contaba con 32,000 hombres para vencer a una innumerable hueste de madianitas. el Señor dijo a Gedeón: “La gente que te acompaña es demasiado numerosa para que yo ponga a Madián en sus manos. No quiero que Israel se gloríe a expensas mías, diciendo: ‘Es mi mano la que me salvó’” (Jue 7,2). Judith, que cortó la cabeza de Holofernes, dio testimonio de su propia debilidad y de la fuerza de Dios obrando a través de ella diciendo: «El Señor lo ha derribado por la mano de una mujer» (Jud 13,15). Estos son sólo algunos ejemplos encontrados en las Escrituras. Sin embargo, en el inicio de los tiempos, mucho antes de cualquiera de estos eventos del Antiguo Testamento, cuando Dios creó a los Ángeles, vemos a San Miguel, un Ángel de uno de los coros más bajos, derrotar al más alto de todos los Ángeles, a Lucifer, el «portador de la luz», y expulsarle del cielo a él y a sus legiones, ¡por la fuerza de Dios!   

Entonces se libró una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el Dragón, y este contraatacó con sus ángeles, pero fueron vencidos y expulsados del cielo. Y así fue precipitado el enorme Dragón, la antigua Serpiente, llamada Diablo o Satanás, y el padre de la mentira del mundo entero, fue arrojado sobre la tierra con todos sus ángeles. Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: “Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos… Ellos mismos lo han vencido, gracias a la sangre del Cordero y al testimonio que dieron de él, porque despreciaron su vida hasta la muerte.” (Ap 12,7-11).

En todos estos casos, vemos cómo los siervos del Señor, que estaban comprometidos en servir a DIOS y no a sí mismos, recibieron la fuerza de la victoria del Señor.

Como católicos, nosotros también debemos vestirnos de valentía, es decir, con la fuerza que proviene de Dios, para participar en la guerra espiritual de nuestros días. «Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los poderes oscuros del mundo actual, contra los espíritus del mal en las regiones celestiales» (Ef 6,12). En otras palabras, dice San Pablo, estamos luchando no sólo contra los hombres, sino también contra los poderes angélicos caídos. Por esta razón, es imperativo en nuestros tiempos, tomar la mano de los santos ángeles y trabajar con ellos en la batalla por el Reino de Dios.   

El llamado de DIOS a luchar al lado de los santos Ángeles contra el maligno y sus cómplices, es para nosotros un llamado de atención y una advertencia. El maligno no duerme. Por lo tanto, nosotros tampoco podemos dormir ni malgastar el tiempo. Todo aquel que haya escuchado el llamado de atención del Ángel en su corazón necesita agarrarse de la mano de su compañero celestial, y su Ángel lo colocará en el lugar adecuado y en la tarea correcta. Cada uno desde su propio lugar, viviendo primero los deberes de su estado en la vida y unido con los santos Ángeles, puede participar en esta gran obra para el Reino de Dios.

Por lo tanto, el campo de batalla ya está establecido, uno se encuentra firme aquí y otro allá. Aunque puedan estar lejos, están unidos espiritualmente a través del Señor en el Sagrario. El Tabernáculo siempre debe ser nuestro centro. A partir de aquí, los Ángeles avanzan con sus protegidos al trabajo diario y ocupaciones. A este centro, María trae a las almas que buscan ayuda. Aquí la intercesión, las oraciones y peticiones se transforman en la ayuda real de DIOS. Pues DIOS es siempre el centro: ÉL, Su Cruz, Su Sangre, Su amor.

Durante años, hemos sentido la mano de nuestro buen ángel con la nuestra. ¿No lo sientes? Entonces debes volverte más simple, debes aprender a escuchar aún más intensamente, a obedecer y guardar silencio interior y exterior. Entonces el Ángel invisible se convertirá para ti en una realidad. A través de la oración y la lectura espiritual, queremos encontrar al Ángel de Dios y con él tomar el camino correcto, aunque sea empinado, y dar lo mejor hasta lo último,  para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Nuestra Señora dijo a los niños en Fátima: «¡Muchos van al infierno porque no hay nadie que rece o se sacrifique por ellos!» Queremos responder al llamado de Nuestra Señora, aprovechando la luz y la ayuda de los santos Ángeles.

El poder de Dios es inagotable: su brazo todopoderoso siempre está sobre nosotros. Es la fuerza radiante de la influencia de Dios, la que está sobre  la creación entera, así como en cada una de las criaturas, especialmente sobre el género humano. El poder de Dios también reside en Su Palabra y obra a través de nuestras palabras. Es la luz y la fuerza que se nos da para nuestra misión, nuestra tarea. Y finalmente, la fuerza de Dios permanece firme detrás de cada sacrificio.

¿Tenemos miedo de nuestra debilidad? Entonces debemos recordar la experiencia de San Pablo. Para mantenerlo humilde frente a las revelaciones que tuvo el privilegio de recibir, escribe «se me dio una espina en la carne, un ángel de Satanás para atormentarme, para evitar que me exaltara demasiado» (2 Cor 12,7). Tal vez fue una tentación persistente de la carne o una agotadora dolencia física. En cualquier caso, cuando él le rogó al Señor tres veces que le quitara esta debilidad, el Señor respondió: 

«Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. (2 Cor 12, 9-10).

Por lo tanto, no debemos temer a nuestras propias limitaciones. Cuando Dios le da a alguien una tarea, una misión, también le da la fuerza necesaria para lograrlo. San Miguel cumplió su tarea, en el juicio de los Ángeles, por la fuerza de Dios. Por el humilde reconocimiento de su propia nada, armado con el escudo de la fe “¡DIOS ES!» y ceñido con la espada del amor ardiente y celoso «¿Quién es como Dios?», en una vehemente batalla arrojó al abismo, al espíritu más orgulloso, más fuerte, al primer espíritu creado, al portador de la luz, junto con sus secuaces.

Esto nos indica el camino a seguir. Cuanto más consciente sea el hombre en profundizar con humildad, en el conocimiento de sí mismo, en este llamado de Dios a luchar por Él, tanto más vivirá el hombre por la fuerza de Dios, por Su gracia y bajo la influencia de su Ángel Guardián. Reconoce que los pensamientos y planes de Dios tienen dimensiones diferentes a las nuestras y con mucho agrado nos alcanza el escudo y la espada de los Ángeles, para que se le permita permanecer en sus filas como uno de los legionarios de Dios. Es a través de la unión continua con Él, en la oración, que el hombre comienza a comprender este llamado de Dios y a seguir la dirección del Ángel. La oración no debe permanecer en la superficie, por el contrario, esta debe volverse mucho más profunda. Diariamente debemos entrar en ese contacto íntimo y personal con Dios, reconocer su presencia y su amor, y responder a ello con nuestro propio amor. Sólo entonces podremos trabajar con los Ángeles en la batalla por las almas.

Esta comunión entre el Ángel y el hombre en el trabajo por el Reino de Dios, se experimenta en primer lugar aunque no exclusivamente, en la Sagrada Liturgia. El Papa Benedicto XVI, cuando aún era Cardenal, una vez predicó en la Abadía Frauenwörth en el Lago Chiemsee, “En nuestra Liturgia terrenal, los hombres no estamos solos frente a cada uno. Estamos unidos con los Ángeles de Dios ante Su rostro. Nos permeamos el uno al otro, entramos en sus coros, y ellos en los nuestros. Esto hace que la Liturgia sea grandiosa: nos abrimos a lo que es admirable, ante los Ángeles y con ellos nos disponemos ante el rostro de Dios… ” (18 de julio de 1993).

La comunión entre el ángel y el hombre, se basa en la eficacia de los sacramentos del bautismo y la confirmación. Al igual que la consagración a la Santísima Madre, también la Consagración a todos los Santos Ángeles es un pacto fundado en la consagración a Cristo, en los sacramentos del bautismo y la confirmación. En consecuencia, renuevan de cierta manera la promesa bautismal. En la promesa bautismal, renunciamos a los ángeles caídos y decimos «sí» a Cristo. Este «sí» a Cristo y la unión con Él en el Bautismo, afecta no sólo la unión con los otros miembros humanos de la Iglesia, sino también con todos los santos Ángeles. San Juan Crisóstomo escribe en su homilía sobre Mateo II, 1:

Porque tal es la ciudad de Dios, que en sí contiene la Iglesia [ekklesia] del primogénito, las almas de los justos [hombres], la asamblea general [ekklesia] de los Ángeles, la sangre de la Redención, por la cual junta en uno todas las cosas: el cielo recibe en sí los cuerpos terrenos y la tierra los dones celestiales, y se da a los ángeles y a los santos, esa paz tan anhelada por todos, tanto por los ángeles como por los santos. Pues en la Iglesia, Cristo no sólo es la Cabeza de los hombres, sino también la Cabeza de los santos Ángeles, como dice San Pablo: «Él es la cabeza de todo principado y potestad» (Col 2,10) y de todos los otros coros de ángeles (cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theol. III 8, 4 sc).  

Además, en el Catecismo leemos: “Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los Ángeles y de los hombres, unidos en Dios” (CIC 336).

Como nuestra batalla no es contra la carne y la sangre, sino contra los falsos poderes del infierno, debemos aprender a discernir los espíritus. El Ángel siempre quiere que demos más, no que nos ocultemos detrás de nuestras oraciones establecidas, con poca o ninguna atención, nuestras imágenes espirituales y nuestra cómoda vida espiritual «clase media», que busca evitar cualquier inconveniente o confrontación, cualquier sacrificio o humillación, o demandas de nuestro tiempo o agendas personales. Así como el Ángel de Fátima cuestionó a los pequeños pastorcitos, que simplemente jugaban como lo hace cualquier niño normal, también nos desafía a nosotros a hacer más: “¡Qué estás haciendo? ¡Rezad, rezad mucho! … Haced de todo lo que podáis un sacrificio, y ofrecedlo a Dios como un acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y en súplica por la conversión de los pecadores. ¡Sobre todo, acepta y soporta con sumisión el sufrimiento que el Señor te enviará! Si vamos a luchar al lado de los santos Ángeles, debemos aprender a abandonar nuestra propia voluntad y abrirnos a la voluntad inexorable de Dios para nosotros. Debemos aprender a darnos a nosotros mismos y a dar más, a aceptar todo lo que Dios nos envía. Debemos aprender a perdonar lo «imperdonable» y a recorrer esa segunda milla. Entonces la fuerza de Dios nos llenará y nos hará avanzar. Entonces, y solo entonces, nuestra vida espiritual comenzará a arder y brillar, a crecer y dar fruto.  

El enemigo, por otro lado, trata de persuadirnos: “Mañana puedo ayudar a esa persona necesitada; hoy tengo suficiente que hacer». “¿Cómo puedo defender la enseñanza de la Iglesia en el trabajo? ¡Todos me despreciarían! «Una pequeña concesión no importa, ¡todos los demás lo están haciendo!» Tales personas nunca recibirán la fuerza de Dios para ser santos. Puede que siempre tengan el nombre de Dios en sus labios, sin embargo su corazón está lejos de Él. Se esconden de Él exhibiendo el Crucifijo y las imágenes sagradas en sus paredes, rezando interminables letanías, leyendo diarios espirituales, uniéndose a grupos y similares medios de protección, para evitar los cristalinos ojos de Dios que ven a través de sus máscaras con infalible justicia. Cierran sus puertas al ser políticamente correctos y buscan mantener distancia, para no ser requeridos por mendigos o asaltados por algún ladrón que pudiera robarles su propia seguridad. Sin embargo, el SEÑOR dice que vendrá como un ladrón, de hecho, el más peligroso de todos los ladrones, ante el cual ningún candado o cerrojo puede mantenerse asegurado. Él ve a través de nuestras fachadas que instalamos con la insignia de oraciones y medallas, con la esperanza de que Dios pase de largo. 

Por lo tanto, hay personas que externamente pueden parecer santas y ejercer una inmensa influencia en su entorno, y sin embargo, el Señor algún día dirá: «¡Amigo, no te conozco!» El espíritu falso, como un ángel de luz, incluso imita a Dios al igual que sus secuaces en la tierra que están interesados en el honor y el poder. Aunque política y burocráticamente correctos, no promueven la causa de Dios ni difunden la luz del Evangelio. Detrás de ellos se encuentra el espíritu maligno, que incluso en su estado caído conserva su poder natural para engañar y coaccionar a la humanidad. Al final, “el Impío se manifestará, a quien el Señor Jesús destruirá con el aliento de su boca y aniquilará con el resplandor de su Venida. La venida del Impío será provocada por la acción de Satanás y estará acompañada de toda clase de demostraciones de poder, de signos y falsos milagros, y de toda clase de engaños perversos, destinados a los que se pierden por no haber amado la verdad que los podía salvar. Por eso, Dios les envía un poder engañoso que les hace creer en la mentira, a fin de que sean condenados todos los que se negaron a creer en la verdad y se complacieron en el mal” (2 Tes 2, 8-12). 

La suya es una religión de concesiones. Incluso cuando ven la verdad, la llaman mentira para no tener que conformar sus vidas con ella. En el análisis final, se postran ante él, el enemigo de San Miguel, Lucifer. Dios permitió que Satanás conservara su fuerza natural y ahora usa esta fuerza para engañar al hombre y así atacar a Dios en la creación y, sobre todo, a Dios en el hombre.

Por lo tanto, la fuerza se confronta con la fuerza, la fuerza de Dios contra la fuerza del infierno. Bienaventurado el que siente hoy la mano de Dios descansando sobre él y no se deja engañar cuando se levante hermano contra hermano, nación contra nación, y cuando por el poder engañoso del infierno, sus emisarios se disfracen de “ángeles de luz” y «santos» (cf. 2 Cor 11,14). Esto se manifiesta, por ejemplo, en los asesinatos por «misericordia» del suicidio asistido, o en la «justicia» de permitir que también los homosexuales adopten y críen niños. Los sacerdotes son acusados de «discurso de odio» cuando dicen la verdad, y los empresarios y médicos son multados por «discriminación» cuando siguen sus conciencias con respecto a servicios de salud o ejercen prácticas éticas. El demonio busca oscurecer la verdad, alimentar el orgullo de los hombres y engañarlos para que sigan el camino equivocado de una falsa conclusión, de desobediencia y desafío, de hipocresía y herejía. 

Pero la verdadera fuerza de DIOS siempre se hace evidente por la misma marca distintiva para los Ángeles y los hombres, es decir, por una pronunciada e incuestionable claridad. A la luz de los santos Ángeles, no hay concesiones ni palabras o caminos equívocos; no hay conceptos complicados o difusos de Dios, por el contrario una humilde y estricta obediencia a la ley de Dios. Cuanto más transparente sea una persona ante Dios, más simple se volverá, incondicionalmente fiel a los mandamientos, veraz y, en la misma medida, la fuerza de DIOS aumentará en él. La fuerza del Ángel vendrá mucho más sobre esta persona, ya que en realidad es la fuerza de Dios. María puede obrar más eficazmente en ella. La Medianera de la Gracia, es el recipiente espiritual por el cual DIOS extiende Su fuerza y Su amor. El que bebe el don de la gracia de Dios de este cáliz no tendrá sed, ni se marchitará, ni se perderá por la eternidad. 

Todos hemos sentido más o menos las demandas de los Ángeles sobre nosotros. Quieren conseguir más de nosotros, más de lo que se experimenta siendo un buen cristiano «promedio». Pues con este «cristianismo vendido por yardas» no ganaremos honor ante los Ángeles, ni será de utilidad en la batalla contra los espíritus de las tinieblas. Debemos crecer más allá de nuestra autocomplacencia y tibieza, más allá de la cosmovisión de esta época; no para destacarnos como «especiales», o peculiares o incluso locos, sino de tal forma que seamos notados por vivir la palabra de Cristo auténticamente en el mundo y por haber vencido al mundo a través de la Cruz y el amor de DIOS. Entonces Dios mismo será nuestra fuerza.

Como escribe nuestra Madre Gabriele, «El Señor mismo nos ayuda a cargar la cruz, si solo la amamos, si la aceptamos, si queremos ir con Él a donde Él nos lleve» (Lemas para cada día). La infancia espiritual y la comunión con la Iglesia, nunca pueden ser una santidad artificial o solo una fachada. El signo seguro de su autenticidad se puede encontrar en nuestra voluntad de llevar la cruz, entregarnos, sacrificarnos.

El llamado de atención de los santos Ángeles es claro, y Dios nos ha demostrado que si tomamos la mano de estos Hermanos, entonces su luz nos llevará a Dios como personas completas, luchadores íntegros, instrumentos utilizables en la Mano de DIOS. Cada uno de nosotros, por lo tanto, debe permanecer totalmente consciente en su puesto, no encorvado, ni a medias, ni descontento. En todos los ámbitos de la vida, podemos convertirnos en santos. La preparación interior siempre debe preceder a la preparación exterior, comenzando desde el corazón. En la vida diaria con sus dificultades, en la interacción con nuestro prójimo, debemos probarnos a nosotros mismos. A partir de ahí debemos – esbozarlo todo con nosotros – «crecer en Dios».  

A través de la preparación interior, debemos orientarnos más y más a Dios desde adentro. Esta preparación interior consiste en crecer en simplicidad, en vivir una infancia espiritual ante DIOS; consiste en demostrar nuestra fidelidad ante las adversidades e insultos, en la oscuridad y las desolaciones. Consiste además en liberarse de la voluntad propia y el amor propio, de la autoestima y la susceptibilidad, y por lo tanto consiste en una obediencia amorosa, libre y pronta.

Finalmente, consiste en una disciplina consciente de la voluntad, para llevar la medida y el orden a la propia vida espiritual. De este modo, nuestra alma se volverá clara y fuerte, entonces podremos resistir la prueba, en silencio, en expiación, en humildad.

Los ángeles quieren llevarnos a vaciar nuestra alma de todo apego innecesario y llenarla con el amor ferviente por Dios y una atenta preparación: esta es nuestra preparación interior.

Sólo cuando estemos interiormente despejados, podremos ser una luz para los demás.
Sólo cuando seamos interiormente fuertes, podremos liderar a otros.
Sólo cuando seamos interiormente pequeños y humildes, seremos libres y alegres.
Sólo cuando podemos servir, podemos atrevernos, ante DIOS, a dar órdenes. (OA)

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CC13 Pobreza que trae alegría

¡La pobreza que nos trae alegría!

La fiesta del amor de Dios Padre por la humanidad se acerca, y nuestros corazones sienten cada vez más fuerte el llamado al «Gaudete», «¡Alégrate en el Señor!» Es la fiesta del amor dado por el Padre celestial, lo más grande que nos pudo dar, a Su propio Hijo. Y ese DIVINO HIJO, que se sienta eternamente en el Trono junto al Padre y al Espíritu Santo, se vació de Su gloria y esplendor y se hizo pequeño, tan pequeño como uno puede llegar a ser, «un Niño envuelto en pañales y acostado sobre un pesebre» (Lc 2,12). «Era rico y, sin embargo, se hizo pobre para enriquecernos a través de su pobreza» (2 Cor 8,9). Esta fiesta del amor generoso del Padre, solo puede ser respondida, entregando nuestros corazones al Señor, dándonos a nosotros mismos. Así también, nosotros  queremos hacernos pequeños como niños, pobres, despreocupados, queriendo sólo una cosa: ¡Dios! poseyendo sólo una cosa: ¡Dios! Porque la Navidad es la solemnidad de la primera de las ocho Bienaventuranzas que Nuestro Señor predicó en la cima del monte: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de Dios» (Mt 5,3).

Pobreza y santo Temor: existiendo sólo para Dios

En esta bienaventuranza, Jesús indica lo primero y más importante para el hombre: vaciarse de sí mismo, hacerse pobre, para Dios, para que Dios pueda convertirse en lo Único y en el Todo para él. “Busca primero el Reino de Dios…” (Mt 6,33). «Vende todo lo que tienes y luego ven…» (Lc 18,22). ¿Pero no es esta pobreza radical sólo para religiosos? ¿Cómo puedo yo, padre de familia, madre de niños pequeños, persona de negocios que vive en el mundo con cuentas por pagar, cuidados y obligaciones, vivir la pobreza? Vivir un voto de pobreza, de renuncia completa a los bienes de este mundo, es sólo para aquellos que están llamados a cumplir  una misión especial por el bien de la Iglesia. Pero la bienaventuranza la pobreza de espíritu, vivida en concordancia con el estado de cada uno en la vida, es el camino hacia la santidad y el favor Divino  para todos los cristianos. ¡Esta pobreza no es un llamado a la miseria y la necesidad, sino un llamado a tener un corazón de niños y a la plenitud de la alegría! ¡Gaudete!

Cuando María recibió por primera vez el mensaje del Ángel Gabriel, supo que no debía hablar de esta gracia a nadie, ni a San José, ni siquiera a su madre o padre. La gente comenzó a hablar, a sospechar algo; aun así, ella permaneció en silencio. Ella sola soportó el peso de este misterio de la intervención radical de Dios en la historia del hombre, buscando fuerza solo en Dios a través de la oración.

Solo DIOS es el apoyo definitivo. MARÍA tiene que dejarlo todo atrás; ella ahora pertenece exclusivamente a Dios y a Su voluntad, que se convierten en su tarea. Así como el Temor del Señor crece poderosamente en ella, también crece una unión  profunda con el Dios Oculto, Quien a pesar de todo Su amor, se esconde también de ella, por así decirlo, exigiéndole pura Fortaleza. Qué difícil es no ser capaz de callar, de aclarar en pocas palabras los susurros que surgen, las breves y discretas miradas. La voluntad de Dios exige lo absoluto. (Madre Gabriele, Vía Crucis, La Carga de Dios)

El temor de María al Señor, su amorosa e inocente reverencia por el Padre, la ayudó a permanecer fiel al silencio que Dios le impuso, a pesar de que bajo la ley podría haber sido condenada. Este santo Temor del Señor es una parte integral de la pobreza.

Porque la pobreza de espíritu se basa en el reconocimiento de nuestra condición de criaturas. Se basa en la aceptación de que no nos pertenecemos, sino que vivimos en dependencia de un Creador amoroso que nos hizo para Él. Si creemos firmemente que DIOS ‘ES’, que Él, que no necesita de las creaturas, nos creó únicamente para compartir Su amor, Su alegría, Su felicidad con nosotros, entonces nuestra única respuesta puede ser una sumisión amorosa y filial a todo eso que Él quiere para nosotros, en un amoroso Temor del Señor. Esta fe y reverencia amorosa nos hará humildes, pobres de espíritu. Porque la verdadera fe en Dios es entrar en una relación con Él, reconociendo nuestros límites, debilidad y necesidad, y depositando nuestra confianza en Él. “Los pobres en espíritu son aquellos que mantienen sus ojos en Dios y sus corazones abiertos a sus obras divinas. …Están cerca de Dios, listos para escuchar su voz y cantar sus alabanzas” (Juan Pablo II, Homilía, 18 de febrero de 1981). “Debemos tener el corazón de los pequeños, de los ‘pobres en espíritu’ para reconocer que no somos autosuficientes, que no podemos construir nuestras vidas por nuestra cuenta, sino que necesitamos a Dios, que necesitamos encontrarlo a Él, escucharlo, hablarle” (Benedicto XVI, Audiencia, 7 de diciembre de 2011).

Pobreza y disposición para servir

La pobreza de espíritu es el «ECCE» de María, quien desde el momento de su concepción nunca apartó su rostro del Señor. Ella es la toda pura, quien dijo «sí» a todo lo que Dios estaba haciendo en ella y a través de ella. Ella estaba vacía, una hoja en blanco, para recibir todo de Dios, para ser llenada con Dios. Mientras viajaba laboriosamente de Nazaret a Belén, cargando con el Niño, no murmuraba contra Dios ni contra aquellos que pedían este sacrificio. Ella fijó sus ojos en el Señor, en su misteriosa voluntad.

El camino es arduo y largo. Muchas carretas y grupos de personas están en marcha. A menudo empujan a la sagrada pareja fuera del camino. San José hace desvíos, duermen a la intemperie. María sufre de frío, José le da todo aquello de lo que puede prescindir. La expiación por todo desenfreno, todo desorden, por toda impureza, tiene que enderezar el camino para la venida del Redentor, tiene que llenar cada hoyo, grieta y hendidura. (Madre Gabriele, La carga de Dios)

María viajó aceptando la Cruz, con el corazón puesto en su preparación para este gran evento, la llegada del Redentor, sin mirar ni a la izquierda ni a la derecha, en silencio, amando interiormente. ¡Por su ECCE, ella se convirtió en la puerta a través de la cual el HIJO podía entrar al mundo y traer las aguas de la gracia y la salvación para todos! Ella es nuestro modelo, nuestra luz y guía en el camino de la santa pobreza del espíritu.

Inmediatamente después de la Anunciación, María es llamada a ayudar a su prima Isabel, que está embarazada en su vejez. A José no le es permitido  acompañarla; ella debe ir con extraños. Pero María no está a merced de los extraños; los ángeles la acompañan. Ninguna mirada, ningún obstáculo se le atraviesa durante este viaje para ver a su prima Isabel. María, como si fuera a una cita médica, lleva al Hijo de Dios, a visitar al siervo de Dios, a su precursor. Y Juan, aún no nacido, se levanta y profesa su «¡Adsum, Domine!» María lleva al Señor; Isabel al siervo. Sin embargo, María ha venido a servir como una criada (Madre Gabriele, La carga de Dios).

Al igual que María, el ángel también es un guía para nosotros en el camino de la santa pobreza. Él «contempla continuamente el rostro de nuestro Padre celestial» (cf. Mt 14, 10) en la gloria de la visión beatífica; a partir de ahí, él lee la voluntad de Dios para servirle:

«¿No son todos ellos, espíritus al servicio de Dios, enviados en ayuda de los que van a heredar la salvación?» (Heb 1,14). Por lo tanto, el Ángel se abaja hasta nuestras profundidades, para colocarse junto al hombre, para luego elevarlo y llevarlo a Dios. Él sirve en lo oculto, sin buscar  agradecimiento, no busca nada para sí mismo sino la alegría de servir a su Señor. Él sirve con amor. Ningún abismo del alma es demasiado profundo para él, incluso cuando pecamos, el Ángel no nos abandona, sino que implora por nosotros, nos advierte y nos amonesta. Cuando nos cerramos al Ángel por el debilitamiento de nuestra conciencia, él aún nos espera, intercediendo continuamente por nosotros ante el trono del Padre.

Pecado y egoísmo

El pecado es el que distorsiona nuestra relación filial con el Padre y nos hace encerrarnos en nosotros mismos, en nuestra autosuficiencia, orgullo y codicia. En la autosuficiencia – «serás como Dios», que es la provocación del tentador – tomamos nuestras vidas en nuestras propias manos, tenemos nuestros propios planes, confiamos en nuestras propias fuerzas. Así, el hombre desecha a Dios y se coloca a sí mismo en el trono de su propio corazón. Cuando estamos vacíos de Dios, buscamos llenar este santuario con todo tipo de deseos y apegos. Nuestros pensamientos y objetivos están ordenados solo para este mundo. Esto también afecta la relación con el prójimo. Nuestro vecino ya no es nuestro hermano, sino un rival por los bienes y ambiciones de esta vida. Perdemos esa inocencia y simplicidad, la alegría despreocupada en Dios y en nuestro prójimo. María y José también encontraron este pecado cuando llegaron a Belén.

Las puertas están cerradas. Aquí habita la avaricia, allí habita la envidia, en todas partes habita el egoísmo. Una mujer a punto de dar a luz es considerada impura por los judíos. El lugar y los habitantes tendrían que someterse a la purificación. Esto es demasiado problema, nadie está dispuesto a hacerlo. Lo comentan directamente en la cara de María; ¿Es ella acaso una extranjera que no sabe esto? ¿Por qué ella no preparó ninguna provisión? Le dicen que sería mejor salir de los muros de la ciudad y no molestar a nadie. La casa de David ya no goza de ninguna estima en estos días. El oro y las posiciones de honor son altamente apreciados. De esta forma José y María se van. (Madre Gabriele, La carga de Dios). La pareja más sagrada debe encontrar un establo pobre para dar a luz al Rey de reyes.

A medida que nos acercamos a este gran misterio del pobre y simple Niño en el pesebre de Belén, también queremos crecer en el carácter interior de Jesús y María, de José y los santos Ángeles. Qué gran pobreza material reside en el humilde establo, sin embargo es precisamente aquí en donde reina la paz, el silencio y la alegría. El corazón de la Madre dice ‘sí’ al frío, a ser rechazada en la posada, a la humillación de dar a luz como una paria. Pero Ella ve más allá de las incomodidades y de las inclemencias de la naturaleza, sólo mira la voluntad del Padre, la guía del Ángel. Ella es el reflejo puro y sencillo de la esencia simple de Dios. Ella está lista para renunciar, para sacrificarse, y es en ello en donde encuentra la paz y el descanso en Dios. Ella solo quiere estar en donde Dios quiere que esté, hacer lo que Él quiera, sufrir lo que Él le permita sufrir. En silencio, ella lo soporta todo, lo acepta todo, lo da todo por amor. Y de esta manera, ella está llena de TODO, solo Dios, ¡qué alegría!

Santo desapego y sencilla confianza: Sabiduría sobrenatural

Y este es el primer paso hacia la pobreza de espíritu: el desapego. Desapego de las cosas de este mundo, de la ambición excesiva, del gasto desmedido, de todos los «extras» que podamos desear, incluso de todas nuestras incertidumbres y preocupaciones. “¿Cómo puedes recibir a Dios en tu ser  si ya lo has llenado de deseos, apegos y preocupaciones? Debes renunciar a todo y considerarlo nada si quieres poseer y ver a Dios. Sobre todo, debes renunciar a ti mismo” (Madre Gabriele, Lecturas del año). Esta renuncia de uno mismo, significa abandonar nuestra propia voluntad «de hierro», nuestros propios planes y ambiciones, incluso de nuestra propia opinión por el bien de los demás, por el bien de la paz. Creemos que tenemos que luchar por nuestros derechos, por nuestra opinión, pero Dios solo quiere nuestra rendición. Él quiere que dejemos nuestras preocupaciones en sus manos, que le confiemos a Él nuestras vidas, nuestros hijos, nuestras necesidades y preocupaciones, incluso nuestras pequeñas alegrías y comodidades. Él quiere que estemos libres de ansiedad, que dejemos que Él nos cuide. ¿Puede un padre olvidar a su hijo? Cuando nos soltemos y confiemos en Dios, descubriremos que estamos muy cerca de Jesús, que Él habita en nuestros corazones y nos llena de Su plenitud. ¡Y así estaremos llenos de gratitud y amor!

En este desapego, encontraremos la libertad del ser y de todas las fuerzas de la naturaleza. Por supuesto, aún sentiremos el conflicto y las tensiones dentro de nosotros mismos (somos de carne y hueso, luchando con los efectos del pecado original, no somos ángeles), pero en la oración y por la gracia de Dios podemos aprender a renunciar a nosotros mismos. Nos volveremos más generosos, listos para dar. El venerable arzobispo Fulton Sheen era un hombre muy rico por sus apariciones en radio y televisión. Sin embargo, no estaba apegado a su riqueza como puede verse por su generosidad. Dio $10 millones a las misiones con sus propias ganancias, y se decía que cada vez que un mendigo se acercaba a él en la calle, abría su billetera y vaciaba libremente todo su contenido, incluso si era un billete de $100. Esta pobreza de espíritu se reflejó en su alegría y humor siempre sencillos, y en su amorosa compasión por los demás, especialmente por los pobres. Fue un hombre que vivió su amor por Jesús con toda simplicidad y caridad hacia su prójimo. De una manera muy escondida, humilde y simple, él alcanzó una gran unión con Dios y está en su camino a la beatificación.

Sin embargo, desapegarse de uno mismo y de las posesiones no es fácil a menos que encontremos nuestra ancla en algo más grande. El corazón humano tiene un anhelo natural por lo eterno, pero cuanto más se sumerge en las cosas de este mundo, más se da cuenta que ¡aún no es suficiente! Como escribe San Agustín, «¡Oh Señor, mi corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti!» El corazón del hombre puede encontrar satisfacción sólo en Dios: ¡SOLI DEO! Si buscamos llenarlo con otras cosas, solo servirá para evitar que encontremos a Dios en nuestro interior. ¡Por lo tanto, queremos vaciarnos de nosotros mismos, volver a lo único necesario! ¡Mirando a Jesús, aprenderemos a liberarnos de tantos cuidados que nos atan a la tierra!

Incluso fuera de nuestro tiempo de oración, si nos volvemos a Dios y nos confiamos a Él, a Jesús, a nuestra Santísima Madre, muchas veces durante el día, en cada prueba, en cada momento de tranquilidad, encontraremos descanso en Él; aquí encontraremos paz de corazón, tranquilidad y sabiduría eterna. Esta sabiduría está por encima de las cosas de este mundo, toda su mezquindad y estrechez, todo celo y ambición, todo deseo de poseer. Esta sabiduría sólo busca a Dios y su voluntad. Además, cuando obtenemos esta sabiduría, ella fluirá hacia los demás, consolándolos, aconsejándolos, elevándolos, mostrando el camino a Dios, en toda simplicidad, mostrando el camino en silencio y sin pretensiones con nuestro ejemplo. Incluso cuando luchamos con las pruebas y la Cruz, este desapego que se encuentra en la oración, nos permitirá continuar con paz y tranquilidad de corazón, sabiendo que Dios se preocupa por nosotros. Como escribe el Papa Benedicto XVI, «La oración nos abre a recibir el don de Dios, Su sabiduría, que es Jesús mismo, para cumplir la voluntad del Padre en nuestras vidas y así encontrar descanso en las dificultades de nuestro camino» (Audiencia, 7 de diciembre de 2011).

Pobreza y servicio

Otra forma de crecer en la pobreza de espíritu es ser sensible a las necesidades de quienes nos rodean, preocuparnos por los pobres y los necesitados. En una palabra, como el Ángel, queremos ofrecer nuestro servicio por amor a Dios. ¿Hay algún ministerio parroquial en el cual deseo participar, un comedor de beneficencia o un viaje misionero o rezar por los no nacidos ante una clínica abortista? ¿Tengo niños pequeños en casa y no tengo tiempo? ¿Qué tal llevar a toda la familia (e invitar a algunos amigos) a visitar un hogar de ancianos durante las vacaciones de Navidad? ¡Oh, cómo los ancianos aman a los niños y jóvenes! ¡Qué alegría podemos dar y cuánta más alegría recibiremos! Al mismo tiempo, les daremos a nuestros hijos una maravillosa lección para la vida: la caridad activa. La pobreza de espíritu es sensible a las necesidades de quienes nos rodean. Aprendiendo a ayudar en todas partes donde vemos una necesidad con toda simplicidad y disponibilidad, seguiremos el ejemplo del Ángel en su «servicio de Ángel Guardián».

También hay otra forma de servicio en la que todos pueden echar una mano, una necesidad urgente a la que Nuestra Señora nos llamó en Fátima: oración y penitencia, sacrificio y expiación. El mundo ha perdido de vista a Dios y excava cada vez más en la oscuridad y el egoísmo, la división y la decadencia; incluso en la Iglesia vemos signos de confusión espiritual y desunión. El maligno está activo en todas partes. Aquí el Rosario, la oración de intercesión y el sacrificio, dan grandes frutos. No son los grandes del mundo los que cambian el curso de la historia, sino los pequeños, los ocultos, los anawim «los pobres de Dios», que luchan con las armas de la humildad, la pobreza y la gran confianza en Dios. En su comentario sobre el Salmo 149, el Papa San Juan Pablo el Grande escribe: cuando los «pobres» se ponen de parte de Dios para luchar contra el mal, por sí mismos, no tienen la fuerza suficiente, ni los medios, ni las estrategias necesarias para oponerse a la irrupción del mal. Sin embargo, el salmista no admite dudas: «El Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes (anawim)» (v. 4). Lo que San Pablo dice a los corintios completa la imagen: ‘Dios escogió lo que es humilde y despreciado en este mundo, incluso lo que es nada, para reducir a la nada lo que es’ (1Cor 1,28)» (Audiencia, 23 de mayo de 2001). Al igual que San Miguel, cuanto más nos vaciemos de nosotros mismos y vivamos sólo para Dios, más eficaces serán nuestras oraciones y sacrificios. Dios mismo será nuestro poder victorioso en las pruebas y batallas de esta vida.

Mirando continuamente a Dios, creceremos magnánimos en nuestra oración intercesora, extendiéndola no únicamente a las necesidades de aquellos a quienes amamos. Intercederemos por el mundo, por la Iglesia, por los sacerdotes en crisis. Mientras tanto, en ningún momento debemos considerarnos mejores que los demás. Somos pecadores ayudando a pecadores, apoyando y ayudando al otro a levantarse, para que juntos podamos conquistar al enemigo y juntos podamos regresar a la casa con Dios. Nuestra Madre Gabriele escribe: “Dios no te ha puesto por encima de tu prójimo, para que, como los fariseos, juzgues sobre él. Él te ha puesto debajo de tu prójimo, si quieres alcanzar la santa pobreza, para que puedas cargarlo y llevarlo con amor y ayudarlo en el camino del amor. ¡Solo el amor conduce al Corazón de DIOS!” (Vía Crucis, la Pobreza).

La única cosa necesaria: el amor

La pobreza de espíritu es un reflejo de la simple esencia de Dios. A través de la pobreza, nos volveremos claros, simples, decididos, buscando sólo una cosa esencial, el amor. Jesús resumió toda la ley y los profetas en dos simples declaraciones: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Este es el más grande y el primer mandamiento. Y el segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (Mt 22, 37-39). Si somos verdaderamente pobres en espíritu, este será nuestro gran objetivo en la vida y todo lo demás será innecesario. Jesús vivió esta pobreza desde el pesebre hasta su muerte en la cruz en absoluto abandono, privado de todo consuelo humano y divino, por amor. “La santa pobreza no quiere nada más, solo a ÉL; y por esto debes ser firme. Debes perdonar como lo hace ÉL; debes interceder como lo hace ÉL, debes tener sed de la forma en que ÉL la tiene” (Madre Gabriele, Vía Crucis de la Pobreza). ¡Qué pobre se hizo Jesús por nuestro bien, por amor al Padre, para redimirnos! Nosotros también queremos llegar a ser pobres por amor a Él, para liberar, por Él, los corazones de los hombres para Dios.

Mientras en esta Navidad nos arrodillemos ante el pesebre y reflexionemos sobre la pobreza de María y José, y el amor del Divino Niño envuelto en pañales, aprenderemos a evaluar todas las cosas desde esta nueva perspectiva. En lugar de: «Quiero esto», preguntaremos: «¿Qué quieres, Señor?» En lugar de: «Me gustaría tener eso», preguntaremos: «¿Qué quieres de mí, Señor?» En lugar de desear algo, nuestro Ángel nos enseñará la alegría de la renuncia. En lugar de desear posesiones, el Ángel nos enseñará a sacrificarnos por amor. Por lo tanto, en la Noche Santa nos pararemos en las filas de los pobres pastores, sosteniendo un corderito en nuestras manos, temblando de frío y alegría, ya que pronto se nos permitirá arrodillarnos ante el Señor del Universo, rodeados de la gloria de los Ángeles, y seremos llenados con la alegría y el amor de María y José: ¡un NIÑO ha nacido por nosotros!

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CC12 Imitación de María

Imitando a María en el ofrecimiento de sí misma, en este Adviento

A medida que nos acercamos una vez más al misterio del nacimiento del Verbo Encarnado, que llegó para cumplir la promesa de la Redención, la Iglesia dirige nuestra mirada hacia la figura de la Virgen María, mientras recorre en silencio el largo y solitario camino a Belén con San José, bajo la mirada vigilante de los Santos Ángeles. El Adviento es un tiempo de penitencia, de «enderezar» los caminos torcidos y «completar» lo que falta en nuestras propias vidas en el camino de la virtud y de la caridad. San José, junto a María, viajando en su noveno mes de embarazo, sin ninguna de las comodidades modernas, ciertamente sufrieron mucho en este camino, hecho en extrema pobreza y fatiga. Sin embargo, ¡también es un tiempo de esperanza, de gozosa expectativa al saber que nuestra Redención ha llegado y que pronto aparecerá ante nosotros ¡en el pesebre! Y por eso queremos recorrer este camino a Belén con María, José y los santos Ángeles, reflexionando sobre el misterio de su Corazón que late al unísono con el Corazón del Divino Niño en su seno, para llenar nuestras mentes y corazones con sus mismos sentimientos.

La primera luz del adviento: La pureza de María

Al comienzo del Adviento, la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción de María. El Corazón de María es ante todo puro, abierto, listo para el llamado de Dios. Por su «Fiat», el Hijo de Dios se encarnó en su vientre e inició la obra de la Redención. Su corazón es fuerte, como el mensaje de Fátima, un mensaje para nuestros tiempos, que nos recuerda: «¡Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará!» A nuestro alrededor, vemos las llamas del infierno ardiendo en la sociedad, con todos sus ataques contra la vida humana, el matrimonio y la familia. La anticoncepción, el aborto, la eutanasia, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio, las personas transgénero, son epidemias particularmente frecuentes en nuestros tiempos modernos. Incluso dentro de la Iglesia misma, el «humo de Satanás» ha entrado; vean la vida escandalosa de algunos de sus pastores de más alto rango. Precisamente en tales tiempos de confusión y angustia, Dios interviene. Durante los tormentosos años en la historia de Israel, Dios envió a los jueces y a los profetas antes de la venida de Cristo. En nuestros tiempos, Dios nos envía a María, la Inmaculada y a los santos Ángeles.

Ella, que en su Semilla está destinada a «aplastar la cabeza de Satanás» (Gen 3,15) fue creada totalmente pura. El pecado, y por lo tanto, el diablo, no tienen poder sobre ella, pues ella ha ordenado todos sus afectos para Dios.

La pureza no es algo dulce y frágil, como una pequeña y delicada flor, sobre la que uno no se atrevería a soplar. De lo contrario, no se diría de María, la Más Pura, lo cual ella es, precisamente en su pureza, terrible como un ejército en batalla (cf. Cant 6,10). Esta poderosa fuerza para la batalla es la pureza, que obliga a los demonios a retroceder, rompe las llamas rugientes del ataque del infierno.

La personificación de la pureza es María y también los ángeles. La pureza en nuestros días es la fuerza y ​​el coraje para evitar cada pecado, aunque por ello fuésemos ridiculizados  o rechazados por considerársenos anticuados. Debemos tener el coraje de permanecer fieles a DIOS, coraje por la verdad, coraje por el amor. Ciertamente, el maligno no nos facilita las cosas; tampoco lo hizo fácil para los tres jóvenes en el horno ardiente en Babilonia. Pero igual que en aquel entonces, el Ángel fue enviado para salvarlos de las llamas, así el también hoy está presente. El Ángel nos espera para tomarnos de la mano. María irá delante de nosotros como la columna de fuego celestial, ante la cual se retirará la multitud de los impíos. (Madre Gabriela, Cartas a las monjas dominicas).

En Fátima, Nuestra Señora prometió que, a través de la devoción a su Inmaculado Corazón, las almas se salvarían. Ella les dijo a los niños: «Han visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarlas, la razón por la que Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón» (13 de julio de 1917). La devoción al Inmaculado Corazón de María no es solo un conjunto de oraciones o un afecto especial por María, sino la imitación de María,  precisamente en la apertura de su Corazón a la voluntad de Dios, su pureza, su entrega, su reparación, su aceptación de los dolores y ofrecimiento de los mismos en unión con los sufrimientos de Cristo. El Papa Benedicto XVI escribió cuando todavía era cardenal: «Según Mateo 5,8, el ‘corazón puro’ es un corazón que, por la gracia de Dios, ha llegado a la unidad interior perfecta y, por lo tanto, ‘ve a Dios’. Por lo tanto ser devoto del Inmaculado Corazón de María significa abrazar esta actitud de corazón, que hace que el fiat «hágase tu voluntad», sea el centro definitorio de la vida entera de cada uno» (Comentario teológico. Sobre el tercer Secreto).

Reparación en el corazón de esta devoción

En el centro mismo de la devoción al Inmaculado Corazón está la reparación: «En a la palma de la mano derecha de Nuestra Señora, había un corazón rodeado de espinas que lo perforaron. Comprendimos que este era el Inmaculado Corazón de María, ofendido por los pecados de la humanidad y que busca reparación» (junio de 1917). No por coincidencia, en el centro de la Obra de los Santos Ángeles también está el concepto de reparación, es decir, de expiación, especialmente por los sacerdotes. Como mencionamos en la carta circular de verano del año pasado, la Iglesia ya aprobó en 2016 la consagración de la expiación para su uso en la Opus Angelorum. Los ángeles son una ayuda especial en nuestra vida espiritual. Nos facilitan la luz para discernir la voluntad de Dios y la gran fuerza de voluntad para llevarla a cabo. Nos ayudan a aceptar y cargar nuestra cruz en la imitación de Cristo. Pero no es solo para nuestro propio crecimiento personal en santidad que nos son enviados, Dios quiere usarnos como sus instrumentos para la salvación de muchos. Por lo tanto, Él nos envía Sus santos Ángeles para entrenarnos, fortalecernos y guiarnos, para que podamos convertirnos en instrumentos del amor misericordioso de Dios en el mundo, enviando gracia y ayuda a los demás a través de una expiación amorosa.

Muchas personas se asustan con la palabra «expiación» e inmediatamente piensan en las almas víctimas atadas a sus camas, sacudidas por terribles dolores y sufrimientos. Pero en realidad cada cristiano está llamado por el bautismo, a participar en la propia consagración de Cristo a la expiación por la salvación del mundo: «Yo me consagro por ellos, para que también puedan ser consagrados en la verdad» (Jn 17, 19). La participación en la obra redentora de Jesús es el camino de la caridad cristiana y la mayor obra de misericordia que podemos hacer por nuestro prójimo. El Papa San Pablo VI, que fue canonizado en octubre pasado, escribió:

“En el seguimiento de los pasos de Cristo, los fieles cristianos siempre se han esforzado por ayudarse mutuamente en el camino que conduce al Padre celestial a través de la oración, el intercambio de bienes espirituales y la expiación penitencial. Cuanto más se han sumergido en el fervor de la caridad, más han imitado a Cristo en sus sufrimientos, llevando sus cruces en expiación por sus propios pecados y los de los demás, seguros de que podrían ayudar a sus hermanos a obtener la salvación de Dios, el Padre de las misericordias”. (Pablo VI, Indulgentiarum doctrina n.5,  (1 de enero de 1967).

Convertirse en colaboradores en la Obra de la redención

María, la Corredentora, participó de una manera singular y gloriosa, compartiendo muy íntimamente el sacrificio de Cristo como su «compañera», la Nueva Eva al lado del Nuevo Adán. Así como Eva causó la muerte, María, con su «sí», se convirtió en «una causa de salvación» para ella y para toda la humanidad (cf. San Ireneo, Adv. Haer., III, 22, 4). En el Catecismo, está escrito que Jesús llama a todos sus discípulos a «tomar su cruz y seguirlo» (Mt 16,24), porque «Cristo también sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo para que podamos seguir sus pasos» (1Ped 2,21). De hecho, Jesús desea asociar con su sacrificio redentor a aquellos que sean  los primeros en beneficiarse de ello. Esto se logra absolutamente en el caso de Su Madre, quien fue asociada más íntimamente que cualquier otra persona en el misterio de Su sufrimiento redentor (cf. CIC 618).

Esto no quiere decir que el sacrificio de Cristo fue de alguna manera «insuficiente» y que Él necesita la ayuda de María o de cualquier otra criatura. Más bien, Cristo alcanzó la salvación de todos los hombres para siempre, sin embargo, Dios quiso que el hombre participara voluntariamente en su obra, que de alguna manera fuera el fruto de su propia acción. A menos que nosotros mismos de alguna manera consintamos de manera activa y voluntaria en la cruz, no es realmente nuestro propio acto, nuestra propia respuesta al amor de Dios. Santo Tomás de Aquino comenta sobre la declaración de San Pablo: «Ahora me alegro en lo que padezco por ustedes, y cumplo en mi carne lo que falta a las aflicciones de Cristo, por Su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col. 1,24):

A primera vista, estas palabras pueden malinterpretarse  significando que la pasión de Cristo no fue suficiente para nuestra redención, y que los sufrimientos de los santos se agregaron para completarla. Pero esto es herético, porque la Sangre de Cristo es suficiente para redimir muchos mundos: «Él es la expiación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los pecados de todo el mundo» (1 Jn 2,2). Más bien, debemos entender que Cristo y la Iglesia son una persona mística, cuya cabeza es Cristo, y cuyo cuerpo es todo justo, ya que cada persona justa es miembro de esta Cabeza: «miembros individuales» (1 Cor 12,27). Ahora bien, Dios en Su predestinación, ha dispuesto cuánto mérito existirá a través de toda la Iglesia, tanto en la Cabeza como en los miembros, tal como ha predestinado el número de los elegidos. Y entre estos méritos, los sufrimientos de los santos mártires ocupan un lugar destacado. Mientras que los méritos de Cristo, la Cabeza, son infinitos, cada santo muestra algunos méritos en un grado limitado. Es por eso que San Pablo dice: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo», es decir, lo que falta en las aflicciones de toda la Iglesia, de la cual Cristo es la Cabeza. Completo, es decir, agrego mi propia cantidad; y hago esto en mi carne, es decir, soy yo mismo quien sufre. (Tomás de Aquino, Comentario sobre Col. 1,23b-29)

Pronunciando nuestro «Sí» de Fe: ¡ECCE!

El papel de María como Co-Redentora comienza con su Corazón Inmaculado. Si bien su Inmaculada Concepción fue un regalo puro de Dios, sin ningún mérito previo de su parte, su respuesta y uso de este don no lo fueron. La respuesta de María se expresó en su cooperación a través de su obediencia a la fe, la apertura a la palabra de Dios y la generosidad del alma. En todo esto, podemos imitarla. «El Corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su Corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador». (Card. Ratzinger, Comentario teológico sobre el tercer secreto).

A medida que nos acercamos a la Navidad, la Liturgia de la Iglesia recuerda el gran momento de decisión en la vida de María y en la historia del mundo, el momento de la Anunciación. Cuando el Ángel le llevó la invitación de Dios para convertirse en la Madre del Mesías, Dios requirió su completo consentimiento humano.

En efecto, en la Anunciación, María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando ‘la obediencia de la fe’ a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando “el homenaje del entendimiento y de la voluntad” (cf. Dei Verbum, 5). Ella respondió, por lo tanto, con todo su ‘Yo’ humano, femenino, y esta respuesta de fe incluyó tanto la cooperación perfecta con ‘la gracia de Dios que precede y asiste’, como la perfecta apertura a la acción del Espíritu Santo, quien ‘perfecciona constantemente la fe por medio de Sus dones’. (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 13).

La forma en que María respondió al Ángel, quien acudió a ella en nombre de Dios, es el estándar y el prototipo para cada uno de nosotros. María era versada en las profecías; ella sabía que el Mesías sería «un hombre de dolores», que llevaría sobre si la culpa de todos los hombres (cf. Is 52,13 – 53,12). Sin embargo, no dudó en decir sí a Dios a través del Ángel. La madre Gabriela comenta:

¿No estamos constantemente, enfrentando decisiones imprevistas? Por supuesto, estas son muy pequeñas en comparación con la decisión que San Gabriel le exigió a María; pero también somos niños muy pequeños en nuestro crecimiento espiritual hacia Dios en comparación con María, la sin pecado, la Reina de los Ángeles. El Ángel siempre se pone del lado de Dios, incluso cuando se sitúa delante de María. Él es el mensajero de Dios, por lo tanto, está de pie; ella es la receptora, se arrodilla ante DIOS, que se inclina sobre ella en las palabras del Ángel. Entonces, si escuchamos al Ángel en nuestros corazones como amonestador, es porque no tenemos un «pequeño y lindo ángel » ante nosotros, a quien podemos tratar como a un niño, sino más bien a un enorme poder de Dios, y a Dios mismo que se inclina sobre nosotros, cuando el Ángel apunta hacia Él. «No seas rebelde… Mi nombre [autoridad] está en él», dice el Señor (Ex 23,21).

Y por lo tanto, se debe tomar en serio si el Ángel nos dice: «hagan este sacrificio» o «callen, oren y amen» o «dejen atrás sus pensamientos y comentarios despectivos». Dios está detrás de estas palabras, así como en aquel entonces estaba detrás de las palabras de Gabriel, Él espera nuestra decisión. No para que se haga nuestra voluntad y sea lo normal, sino para que se  haga la voluntad de Dios sobre nosotros. Y esto en sí mismo es decisivo: para que aprendamos a decir ECCE y FIAT MIHI, tan incondicional como claramente y en sumisión a la voluntad de Dios tal como lo hizo María: con fe ciega, con confianza incondicional, en un amor que se entrega totalmente a Dios.

Llevando en silencio la carga de Cristo con María y José

El tiempo de Adviento, también es un tiempo penitencial en la Iglesia. Este tiempo de silencio, ayuno y reflexión no debe reducirse al color morado de las vestimentas en la Santa Misa, ni a ciertos cantos navideños. ¡Tampoco debe olvidarse en medio de todos los preparativos (o “fiestas previas a la Navidad”) que conducen a la gran fiesta de Navidad, que también el Niño Jesús quiere que participemos en Su obra, ya que Él nos necesita! Frente a tan grande crisis en la Iglesia actual, sin mencionar todos los desórdenes y el mal en el mundo que nos rodea, queremos hacer nuestra parte para ayudar a purificar y renovar la Iglesia. María y José caminaron en silencio durante el camino a Belén, escondidos del mundo, desconocidos para todos. Sin embargo, soportaron la carga del mundo entero, asumiendo voluntaria y conscientemente todas las dificultades y el trabajo, necesarios para lograr el cumplimiento de la promesa de Dios, ¡por el bien de toda la humanidad!

Así también, en nuestra vida diaria, si vivimos con buena voluntad, con todos nuestros esfuerzos puestos en hacer la voluntad de Dios, en vivir una buena vida cristiana y cargar nuestras propias cruces, debemos recordar que también nosotros estamos trayendo a JESÚS a este mundo, que estamos fortaleciendo a los miembros de su cuerpo. Ofrezcamos voluntaria y conscientemente todas nuestras dificultades por el bien de la Iglesia, por sus sacerdotes, por nuestros seminarios y seminaristas. Los santos ángeles están aquí con nosotros; ellos quieren fortalecernos. Invoquémoslos, hagamos expiación, ayudemos a soportar la carga de aquellos que están siendo tentados o se han caído. El Papa Juan Pablo II  lamentó el hecho de que tan pocos se tomaran en serio el llamado de Nuestra Señora: «¡Cuán adoloridos estamos de que la invitación al arrepentimiento, a la conversión, a la oración, no haya tenido la aceptación  con la que debía haber sido recibida! ¡Qué adoloridos estamos de que muchos participen tan fríamente en la obra de redención de Cristo! Que ‘lo que falta en las aflicciones de Cristo’ (Col 1,24) se completa tan insuficientemente en nuestra carne» (Acto de Consagración al Inmaculado Corazón, 13 de mayo de 1982). No seamos de los que se olvidan, sino de los que construyen y apoyan a nuestros fieles y santos sacerdotes. De esta manera, seremos soldados activos en el ejército de la Inmaculada, la Reina de los Ángeles y contribuiremos a su triunfo. Este es un camino de misericordia, un camino de generosidad desinteresada, un camino de amor. Si caminamos de esta forma, JESÚS, que viene como el niño Dios, Rey del Amor, morará en nuestros corazones y encontrará allí Su consuelo, calor y alegría a pesar de toda la pobreza de Belén. ¡Oh qué alegría para nosotros! ¡Estar tan cerca de Él, sentir el latido de Su Corazón en nuestro propio corazón!

La consagración como participación en la redención

Por lo tanto, cuando miramos las grandes necesidades de nuestro tiempo y de la Iglesia, debemos recordar que nosotros somos la Iglesia, miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Cada uno, estamos llamados a «cargar con las cargas del otro, y así cumplir la ley de Cristo» (Gal 6,2). El Papa San Juan Pablo el Grande destaca esto especialmente en la Consagración al Inmaculado Corazón de María, que hizo en unión con todos los Obispos del mundo el 25 de marzo de 1984. Esta consagración, aunque llegó tarde, fue aceptada, según al testimonio de sor Lucía, como el cumplimiento de las condiciones básicas que Nuestra Señora solicitó en Fátima. En esta oración, el Papa expresa el papel esencial que desempeña cada uno de los fieles en la batalla contra el pecado y el mal, la indispensable necesidad de penitencia y expiación por parte de la Iglesia, para el bien de la Iglesia y del mundo. De la mano de los santos Ángeles, nosotros también queremos unirnos y consagrarnos firme y decisivamente al Inmaculado Corazón de María y su gran misión en el mundo.

Aquí estamos ante ti, Madre de Cristo, ante tu Inmaculado Corazón, deseamos, junto con toda la Iglesia unirnos con la consagración que por amor a nosotros, tu Hijo hizo al Padre: «Por ellos, dijo Jesús, me consagro a Mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad’ (Jn 17, 19).Deseamos unirnos con nuestro Redentor en esta Su consagración por el mundo y por la raza humana, por la que, en Su divino Corazón, tiene el poder de obtener el perdón y asegurar la reparación.

El poder de esta consagración… Sobrepasa todo mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de traer y que ya ha traído en nuestros tiempos al corazón del hombre y en su historia. ¡Cuán profundamente sentimos la necesidad de la consagración de la humanidad y el mundo, nuestro mundo moderno, en unión con Cristo mismo! Para que la obra redentora de Cristo sea compartida por el mundo a través de la Iglesia.

¡Salud a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo! ¡Madre de la Iglesia! ¡Ilumina al pueblo de Dios por los caminos de la fe, la esperanza y el amor! … ¡Inmaculado Corazón! ¡Ayúdanos a conquistar la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de las personas de hoy, y cuyos inconmensurables efectos ya pesan sobre nuestro mundo moderno y parecen bloquear los caminos hacia el futuro! … Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado: el pecado individual y los ‘pecados del mundo’, el pecado en todas sus manifestaciones. ¡Que se revele, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: el poder del Amor misericordioso! ¡Que ponga fin al mal! ¡Que transforme las conciencias! ¡Que tu Inmaculado Corazón revele a todos la luz de la Esperanza!

En su esencia, el camino de la expiación es un camino de amor. El Discípulo amado Juan, el Apóstol del Amor, resume esta dimensión esencial de la vida cristiana diciendo: «Él (Jesucristo) entrego su vida por nosotros, y en esto hemos conocido el amor; ahora también nosotros debemos dar la vida por los hermanos». (1Jn 3,16). «En esto está el amor: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero y envió a Su Hijo como expiación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 4, 10- 11) ¡Que este tremendo amor de Dios llene sus corazones y se desborde a otros, a toda la Iglesia, en esta Navidad!

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Cartas Circulares

CC11 Viviendo Fátima

Viviendo el mensaje de Fatima

«Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te llevará a Dios».

En medio de la primera “Gran Guerra Mundial”, Nuestra Señora manifestó en Fátima, su singular cercanía y preocupación por la humanidad sufriente, por una humanidad que se había alejado de Dios y estaba provocando Su justa ira, la justa retribución por sus pecados. La Virgen María vino para llevar a la humanidad de regreso a Dios, para alcanzar Su misericordia y perdón, a través de la devoción al Inmaculado Corazón de María. Mientras la Iglesia celebra el centenario de las apariciones de Nuestra Señora, hoy queremos reflexionar nuevamente sobre la importancia de su mensaje, para nosotros.

Llamado a la oración y a la penitencia

En nuestra última carta circular, reflexionamos sobre los «tres secretos» interpretados por el cardenal Angelo Sodano y el entonces cardenal Ratzinger (Benedicto XVI). Pero estos relatos proféticos, no contienen el corazón del mensaje moral de Nuestra Señora. La propia Hermana Lucía, frustrada por la continua insistencia de que el tercer secreto no se reveló completamente, nos da a conocer el llamado urgente de Nuestra Señora a la penitencia: «Si tan solo vivieran lo más importante, lo que ya se ha dicho… Solo se preocupan por lo que queda por decir, en lugar de cumplir con la petición de hacer oración y penitencia!» (Coimbra, Caminos bajo la mirada de María, p. 245). Además ella escribe:

Esta es la oración y la penitencia que el Señor ahora pide y exige: oración y penitencia, pública y colectiva, junto con abstenerse de pecar… «Recen el Rosario todos los días para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra», dijo Nuestra Señora el 13 de mayo de 1917. Esta recomendación insistente no sólo era para los tres pobres y humildes niños, sino también, un llamado al mundo entero, a todas las almas, a toda la humanidad, a creyentes y no creyentes. (Ibíd., P. 247)

Para aquellos que están lejos de Dios, Nuestra Señora los llama a la fe, la penitencia, la oración y a un cambio de vida. Ella realizó milagros y se cumplieron las visiones proféticas, para fortalecer la fe de los incrédulos. Sin embargo, parece que el mensaje de Nuestra Señora, se dirigió mucho más a aquellos que ya creían, a aquellos que vivían una vida buena; para ellos, el mensaje fue un llamado a hacer más. Ella vino a enseñarnos una forma de hacer reparación y expiación, de sacrificio, de penitencia y oración, por la pérdida de tantas almas. “Recen, recen mucho y hagan sacrificios por los pecadores; porque hay muchas almas que van al infierno, porque no hay nadie que se sacrifique y rece por ellas” (Memorias, p. 76). Este mensaje fue para los niños simples y buenos, niños de familias fieles cristianas. Pero precisamente de entre estas almas, Nuestra Señora buscó instrumentos de la misericordia de Dios, para con las almas cegadas por el pecado; ella eligió almas que fueran generosas con Dios y con el prójimo, almas con un corazón compasivo. Queremos reflexionar, por lo tanto, sobre cómo estos tres niños, cada uno viviendo el mensaje de una manera muy personal, crecieron bajo la tutela de María y el Ángel para convertirse en instrumentos de salvación maduros y santos. Nuestra esperanza es que esto abra para nosotros el verdadero mensaje de Fátima.

Las tres apariciones del Ángel de Portugal

Antes de las apariciones de Nuestra Señora, Lucía y sus dos primos fueron preparados por un ángel para su gran misión en la Iglesia. Aunque los ángeles no se nos aparecen visiblemente a todos, en particular nuestro propio Ángel Guardián, está íntimamente involucrado en nuestro crecimiento espiritual. (cf. CIC 336) En 1916, el Ángel de Portugal habló a los videntes por primera vez, como nos dice sor Lucía:

«¡No tengan miedo! Soy el Ángel de la Paz. Recen conmigo». Arrodillándose en el suelo, se inclinó hasta que su frente tocó el suelo, y nos hizo repetir estas palabras tres veces: “¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo! Te pido perdón por aquellos que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”.

En esta lección inicial del Ángel, los niños aprendieron no solo una oración, sino cómo orar. Primero, la postura del Ángel al inclinar su frente hacia el piso, postura que los niños debieron imitar, habla de la majestad de Dios en relación con la humildad del hombre. Es una lección sobre el temor reverente del Señor, y al mismo tiempo, es un gesto de humilde sumisión y súplica respetuosa. Esta actitud es esencial para el crecimiento espiritual, ya que «el santo temor de Dios, es el comienzo de la sabiduría».

La oración misma del Ángel es un acto de fe, esperanza y caridad, así como también un acto de reparación por aquellos que no sirven a Dios en la fe, la esperanza y la caridad. Desde el principio, vemos que el mensaje de Fátima es un llamado a la reparación e intercesión por las almas. Después de enseñarles la oración, el ángel les dice: “Oren así. Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de sus súplicas. De esta manera, se les hace conscientes de que la oración es escuchada, tiene un valor real y efectivo.

La impresión de esta aparición es muy fuerte. «A partir de entonces, solíamos pasar largos períodos de tiempo, postrados como el Ángel, repitiendo sus palabras, hasta que a veces nos caíamos, agotados». También comenzaron a rezar el Rosario completo todos los días. (En algún momento por obedecer a sus madres, pero queriendo extender el tiempo de juego,  solo rezaban 50 veces, «Ave María», «Santa María» en lugar de toda la oración, ¡así terminaban sus oraciones en un santiamén!) Pero como cualquier otro niño, pronto volvieron a su ocupación principal: ¡jugar! Un día mientras jugaban, el Ángel apareció nuevamente y  casi los reprende, «¡¿Qué están haciendo?!» preguntó. “¡Recen, recen mucho! Los Sagrados Corazones de Jesús y María tienen planes de misericordia para ustedes. Ofrezcan oraciones y sacrificios constantemente al Altísimo». Esta escena también es una llamada de atención para nosotros. Estamos ocupados con nuestro trabajo, recreación y familia; Llevamos una vida normal, incluso una vida buena, pero ¿nos damos cuenta de la urgencia de nuestro llamado a salvar almas? ¿Rezamos y nos sacrificamos tanto como debemos, tanto cómo podemos?

Lucía, muy práctica, pregunta: «¿Cómo vamos a hacer sacrificios?» El ángel responde: “De todo lo que puedas, ofrece un sacrificio a Dios, como un acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y en súplica por la conversión de los pecadores. De este modo, traerán la paz a su país. Soy su Ángel Guardián, el Ángel de Portugal». Esta enseñanza es clave para vivir una vida de disposición sacrificial por Dios y por las almas. Estamos llamados a hacer de todo una ofrenda para Dios, esas cosas que disfrutamos, las penitencias autoimpuestas y las cosas que debemos soportar: todas estas cosas que podemos transformar, a través del amor, en un regalo para Dios.

Estos niños pequeños, se volvieron muy generosos y perseverantes en sus penitencias autoimpuestas. Regalaban su almuerzo y pasaban días completos bajo el sol sin tomar ni una bebida, ¡durante meses y meses! Encontraron una soga y la llevaban apretada alrededor de sus cinturas. (luego Nuestra Señora les dijo que la aflojaran por la noche para que pudieran dormir). Sin embargo, el Ángel agregó: «Sobre todo, acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que el Señor les envíe». Son estas últimas penitencias las más difíciles de ofrecer como un regalo, pero también las que tienen el mayor valor. Al ofrecer a Dios los sufrimientos que Él envía, aquellas cosas que son tan contrarias a nuestro propio gusto personal, también evitamos la trampa de la autocomplacencia, la voluntad propia o el orgullo al hacer penitencia. Sor Lucía escribe:

Estas palabras causaron una profunda impresión en nuestras mentes, como una luz, haciéndonos comprender quién es Dios, cómo nos ama y desea ser amado, así como el valor del sufrimiento, cuán agradable es para Él y cómo por su cuenta, Él otorga la gracia de la conversión a los pecadores. Por esta razón, desde ese momento comenzamos a ofrecer todo lo que nos mortificaba… y a permanecer por horas con nuestra frente contra el suelo, repitiendo la oración que el Ángel nos había enseñado.

En la tercera aparición, el Ángel les enseña otra oración, nuevamente es una oración de reparación, esta vez mientras se postran ante Nuestro Señor en la Santísima Eucaristía:

[El Ángel] sostenía un cáliz en su mano izquierda, con la sagrada hostia suspendida sobre él, de la cual cayeron unas gotas de sangre en el cáliz. Dejando el cáliz suspendido en el aire, el Ángel se arrodilló a nuestro lado y nos hizo repetir tres veces:

«Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él es ofendido. Y, por los méritos infinitos de Su Sagrado Corazón, y el Inmaculado Corazón de María, te suplico la conversión de los pobres pecadores».

Esta oración, rezada antes de la Eucaristía, les enseña a ofrecer sus propios sacrificios en unión con los méritos infinitos de la Cruz de Jesús, presentes en la Santísima Eucaristía. Es la reparación más alta que se puede ofrecer, el sacrificio de Dios mismo, y da mérito a nuestros propios sacrificios. Además, a través de los méritos de Jesús y María, a los niños se les vuelve a enseñar a interceder por los pecadores.

Luego, levantándose, tomó el cáliz y la Hostia en sus manos. Me dio la Sagrada Hostia, y compartió la Sangre del cáliz entre Jacinta y Francisco, diciendo mientras lo hacía: “¡Coman y beban el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ofendido por hombres desagradecidos! Reparen por sus crímenes y consuelen a su Dios.

Esta intención, «consuelen a su Dios» en la Eucaristía, parecía ser la clara vocación de Francisco. Él vio en la luz del ángel y de Nuestra Señora, lo «triste» que estaba Nuestro Señor por el pecado. Después de las apariciones, sabiendo que pronto moriría, dejaría la escuela para pasar muchas horas solo en oración con el «Jesús escondido».

A través de estas primeras visiones del ángel, los niños entraron en un intenso curso de la vida espiritual. Fueron introducidos en el reino de lo sobrenatural, lo que los llevó a practicar la oración y la penitencia en un grado heroico, perseverando en sus esfuerzos. Crecieron en madurez más allá de su edad.

Las apariciones de Nuestra Señora

El 13 de mayo de 1917, los niños recibieron su primera visión de María en Cova d’Iria. Ella les pidió que regresaran allí cada mes durante seis meses. Lucía preguntó si ella, Jacinta y Francisco irían al cielo, y Nuestra Señora les aseguró que así seria, pero Francisco todavía tenía «muchos rosarios» por rezar. Esta noticia les trajo alegría y aliento en la vida de sacrificio en que se habían embarcado.

Entonces Nuestra Señora les preguntó, de una manera semejante  a la fórmula de un voto religioso: “¿Se ofrecerán a Dios, para soportar todos los sufrimientos que Él les envíe, en reparación por todos los pecados que lo ofenden y por la conversión de los pecadores? Ellos respondieron: «¡Sí, queremos!», Nuestra Señora continuó: «Entonces tendrán mucho por que sufrir, pero la gracia de Dios estará con ustedes y les fortalecerá». A lo largo de su vida, Sor Lucía consideró este momento como una promesa sagrada, un momento clave, que solo se desarrollaría más ampliamente en apariciones posteriores. Al igual que con los votos de un religioso, la iniciativa proviene de Dios (en este caso proviene de Nuestra Señora), pero requiere  de un «sí» generoso  por parte del alma invitada. Una vez que se da este «sí», Dios les asegura que serán sostenidos y fortalecidos por Su gracia en cada Cruz y prueba, siempre y cuando sean fieles a su promesa.

Cuando pronunciaron su «voto», casi como para mostrar que Dios lo aceptaba, «Nuestra Señora abrió por primera vez las manos y nos bañó en una luz celestial tan intensa que, penetrándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, nos hacía ver a nosotros mismos en Dios y sabíamos de alguna manera que esta luz era Dios, y podíamos vernos abrazados en ella. Entonces, por un impulso interior de la gracia caímos de rodillas, repitiendo en nuestros corazones: “Santísima Trinidad, te adoramos. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento».

Nuestra Señora entonces les dijo: «Recen el Rosario todos los días, para alcanzar la paz al mundo y el fin de la guerra».

En la misma noche de esta aparición, la pequeña Jacinta, de solo 7 años, estaba tan llena de alegría que no pudo contenerse, aunque Lucía le había advertido que no dijera nada. Ella contó toda la historia a su familia. Aunque su padre y eventualmente su madre también creyeron la historia, no paso así con la familia de Lucía. Ella comenzó a sufrir la desconfianza y el desprecio de su madre y hermanas, junto con la de muchas otras personas en el pueblo. Su madre a menudo la golpeaba para obligarla a «admitir que había mentido».

Sin embargo, muchas personas sí creyeron en los niños y vinieron de todas partes para escuchar su historia. Y esto se convirtió en otra fuente de sufrimiento para los niños, que hablaron con los extraños hasta caer del cansancio. Estas personas a lo largo de los meses también pisotearon los campos y las tierras cultivadas de la familia de Lucía, causando más tensiones y contratiempos financieros en la familia hasta que sus hermanas fueran enviadas a trabajar, y la culpa se atribuyó completamente a Lucía. Antes de cenar por la noche, su madre solía decir:

«Dios mío, ¿dónde se ha ido toda la alegría de nuestro hogar?» Luego, descansando su cabeza en una mesita a su lado, estallaba en amargas lágrimas. Mi hermano y yo llorábamos con ella. Esa fue una de las escenas más tristes que he presenciado. Con el anhelo por mis hermanas, y al ver a mi madre tan miserable, sentí que mi corazón se estaba rompiendo. Aunque solo era una niña, entendí perfectamente la situación en la que estábamos.

Pero en todo este sufrimiento que vino sobre ella y los otros niños, se mantuvieron fieles a su promesa de aceptar los sufrimientos que Dios quisiera enviarles:

Entonces recordé las palabras del Ángel: «Sobre todo, acepta sumisamente los sacrificios que el Señor te enviará». En esos momentos, solía retirarme a… nuestro pozo. Allí… mis lágrimas se mezclaron con las aguas del pozo y le ofrecí mi sufrimiento a Dios. A veces, Jacinta y Francisco venían y me encontraban así, en un amargo dolor. Como mi voz se ahogó con sollozos y no pude decir una palabra, compartieron mi sufrimiento hasta tal punto que también lloraron copiosas lágrimas. Entonces Jacinta hizo nuestra ofrenda en voz alta: «Dios mío, te ofrecemos todos estos sufrimientos y sacrificios, como un acto de reparación por para la conversión de los pecadores».

Vemos aquí la importancia de hacer un ofrecimiento consciente, el «regalo» de nuestros sufrimientos a Dios por la conversión de los pecadores, los sacerdotes, nuestras familias, etc. Esto da a nuestros sufrimientos, los cuales tendremos que soportar en cualquier caso, el ¡valor y propósito, y nos brinda la fuerza y ​​el consuelo para sobrellevarlos con mayor resolución por amor a Dios! También vemos el vínculo espiritual que se forma entre los tres jóvenes primos, ya que se animan mutuamente en la vida de la virtud. ¡Esta es la verdadera amistad espiritual!

En junio, María les enseña a los niños otra oración de reparación e intercesión por los pecadores, para ser rezada entre cada decena del Rosario: «Jesús mío, perdona nuestros pecados, sálvanos del fuego del infierno. Lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas». ¡Una y otra vez, vemos en el mensaje de Fátima, el llamado a interceder y sacrificarse por los pecadores! ¡Las necesidades de nuestro tiempo son grandes! Culturas enteras se han distanciado de Dios. ¡El llamado de Nuestra Señora es un llamado también para cada uno de nosotros!

Nuevamente, Nuestra Señora promete llevarlos al cielo, pero Lucía tendrá que esperar un poco más, “ya ​​que Jesús desea que me hagas conocer y amar en la tierra. Él también desea que establezcas devoción en el mundo a mi Inmaculado Corazón». ¡Lucía queda consternada al saber que le dejaran «sola» -su vínculo espiritual con sus primos ahora es aún mayor que el vínculo natural con sus padres!- pero Nuestra Señora le asegura: «Sola no, hija mía, y no debes estar triste. Siempre estaré contigo, y mi Inmaculado Corazón será tu consuelo y el camino que te llevará a Dios». Esta es la gran promesa de la consoladora presencia de María que, como cuenta después sor Lucía, iba dirigida no sólo a ella, sino también a todos los que entran al servicio de Nuestra Señora.

La devoción al Inmaculado Corazón es esencial para el mensaje de Nuestra Señora. El cardenal Ratzinger comenta: «‘Dedicarse’ al Inmaculado Corazón de María significa abrazar esta actitud de corazón, que hace del Fiat: «Hágase tu voluntad», el centro determinante de  la vida entera  de la persona». En otras palabras, estar dedicado al Corazón de María es esforzarse por imitar su sí en todas las pruebas y sufrimientos de esta vida. María por su parte, será nuestra protección, fortaleza y consuelo, nuestro «camino» guiándonos a Dios. Si queremos embarcarnos en una forma de conversión personal y expiación por los pecadores, ¡necesitamos positivamente esta cercanía y apoyo de Nuestra Señora! Ella es nuestra Madre, no ahorrándonos sufrimiento, tampoco la Cruz, sino ayudándonos y enseñándonos cómo ofrecer generosamente este regalo a Dios.

En julio, la Virgen renueva su solicitud de reparación, esta vez refiriéndose específicamente a los delitos contra su Corazón Inmaculado:

«Hagan sacrificios por los pecadores, y digan a menudo, especialmente mientras hacen un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María».

Para impresionarlos con la urgencia de esta solicitud, por un breve momento les muestra a estos niños pequeños una visión aterradora del infierno. Más tarde, Lucía cuenta que si no se les hubiera asegurado el cielo en los últimos meses, habrían muerto de miedo. Jacinta se vio particularmente afectada por esta visión, y siempre tuvo la preferencia personal de ofrecer sus sacrificios por la conversión de los pecadores para que no se fueran al infierno. Lucia describe su impresión sobre este tema:

Lo que causó la mayor impresión en Jacinta fue la idea de la eternidad. Incluso en medio de un juego, ella se detenía y preguntaba: “¡Pero escuchen! ¿No termina entonces el infierno después de muchos, muchos años? O de nuevo: «Esas personas que arden en el infierno, ¿nunca mueren? ¿Y no se convierten en cenizas? Y si la gente reza mucho por los pecadores, ¿Nuestro Señor no los sacará de allí? ¡Pobres pecadores! ¡Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos!

Tanto en julio como en agosto, Nuestra Señora repite: “Oren, oren mucho. Hagan sacrificios por los pecadores. Muchas almas van al infierno, porque nadie está dispuesto a ayudarlas con sacrificios». ¿Nos impresiona la idea del infierno aún hoy? ¿Nos damos cuenta de la urgencia de que tantas almas van corriendo imprudentemente hacia este destino eterno? ¡Al igual que a los niños, estos pensamientos tienen la intención de sacarnos de nuestro estado de inercia, para darnos corazones compasivos por tantas almas que se pierden e inspirarnos a tomar en serio el llamado al sacrificio por las almas! Trabajar en nosotros mismos hasta que seamos capaces de decir sí a todo lo que Dios nos está pidiendo. Los santos ángeles están esperando que nuestra firme voluntad se involucre en la batalla por las almas, ¡ahora más que nunca!

Por último, cada mes, Nuestra Señora repitió a los niños: «¡Recen el Rosario todos los días!» hasta que ella finalmente reveló su nombre en octubre, «Soy Señora del Santo Rosario». Oración y sacrificio. Solo a través de la oración encontraremos la fuerza para vivir una vida de sacrificio generoso. Este es el camino hacia la paz: “la paz de la Iglesia, la paz de las naciones, la paz de las familias en los hogares, la paz de la conciencia en las almas. Las personas carecen de paz porque carecen de fe, de penitencia y de oración pública y colectiva” (Hna. Lucia, My Pathway, p. 247). ¿Rezamos ya un Rosario todos los días? ¿Por qué no rezar dos? ¿Tenemos un largo viaje en automóvil? En lugar de escuchar la radio o un CD de música, ¿qué tal rezar un rosario? Vemos y nos enojamos por tantos desórdenes en la Iglesia, en la política, en el mundo. Pero, ¿de qué sirve enojarse por esas cosas? No estamos en condiciones de influir en las naciones desde afuera. La oración, por otro lado, puede influir y cambiar desde adentro, moviendo corazones, comenzando con los nuestros.

A medida que continuamos celebrando este año jubilar de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, queremos renovar nuestro compromiso y consagración a Nuestra Señora, para unir fuerzas con los santos ángeles «bajo el estandarte de María» en la batalla por las almas. Cuando las cosas sean difíciles, recordemos siempre las palabras de nuestra Madre: “¿Estás sufriendo mucho? No te desanimes. Nunca te abandonaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te llevará a Dios».

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CC10 Armadura de Dios

La Armadura de Dios

En la eficacia del Espíritu Santo:

«Ponte la armadura completa de Dios»

En las cartas de San Pablo, se nos exhorta a prepararnos en esta vida para el combate espiritual. Como en aquellos tiempos, también ahora tenemos que aprender a luchar por nuestra propia salvación y por la de los demás, no contra los hombres, sino contra los «principados… potestades…espíritus malignos que rondan en los aires» (Ef 6,12) En esta batalla, el Espíritu Santo y Sus Santos Ángeles vienen en nuestra ayuda, pero también nosotros debemos aprender a hacer nuestra parte.

Seria batalla

San Pablo nos exhorta a «ponernos la armadura completa de Dios, para que podamos resistir en el día malo y, permanecer de pie después de pasar todas las pruebas» (Efesios 6,13). Él prosigue especificando la verdadera fuente del conflicto: «Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre; sino contra los principados y potestades, contra los gobernantes de este mundo, líderes de las tinieblas presentes, contra los espíritus del mal que habitan en los aires” (Ef 6,12).

Claramente, las armas que necesitamos son esencialmente de naturaleza espiritual. Menciona siete de esas armas, que primero analizaremos a nivel moral.

El adversario

¿Quién es el adversario? Como Dios es infinitamente bueno, ciertamente Él creó todas las cosas buenas. Por lo tanto, se deduce que algunos de los ángeles cayeron libremente, por propia voluntad,  alejándose de  Dios, ¡cayendo en la falsedad y el odio!. El diablo «es un homicida desde el principio y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). También lleva a otros a la rebelión. San Juan nos dice que el Dragón «con su cola arrastró una tercera parte de las estrellas (ángeles) del cielo y las arrojó sobre la tierra» (Ap 12,4). El segundo objetivo del demonio es destruir a la humanidad: “El Diablo o Satanás, quien engañó al mundo entero, fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. Entonces el dragón, enfurecido contra la Mujer, se fue a luchar contra el resto de su descendencia, contra los que obedecen los mandamientos de Dios y poseen el testimonio de Jesús”. (Ap 12,9.17).  

Generalmente se considera que las armas del diablo son: el «mundo», la «carne» y el miedo al diablo. Pero como todo lo que Dios creó es bueno, podemos simplificar esto aún más y decir que las armas del enemigo son el engaño y el miedo. A través de mentiras y argumentos astutos, el enemigo distorsiona la percepción de nuestra mente sobre la naturaleza de las cosas de este mundo, su propósito y utilidad y las circunstancias en las que se usan o abandonan adecuadamente.

Siervos y soldados de Cristo junto a los Santos Ángeles

Para convertirse en un soldado de Dios, luchando por la protección de Su Reino en la tierra, primero debemos ser un siervo dispuesto, uno que lleve a cabo su cargo en forma entusiasta, incluso cuando el maestro no esté presente. En su amor infinito, Dios nos eligió y también nos llamó para convertirnos en sus hijos por la gracia. Nos llama a una íntima amistad con Él y a la vida eterna. Entre los siervos de Dios, hay quienes se distinguen por su gran generosidad al asemejarse a Cristo: olvidándose de sí mismos, deseando convertirse en siervos de todos, «haciéndose todo para todos, a fin de salvar por lo menos a alguno» (1Cor 9, 22). Estos se convierten, por así decirlo, en soldados de Cristo junto con los santos ángeles, quienes son completamente desinteresados ​​en sus ministerios. En un sentido muy real, no obtienen nada de su ministerio más allá de la alegría que encuentran al contribuir a nuestra salvación y a la gloria de Dios.

Las siete virtudes

1. Debemos ceñir nuestros lomos con la verdad. Esta metáfora hebrea indica que la búsqueda del amor meramente sensual (eufemísticamente llamado «lomos») es una mentira, pues falla al no ver ni promover el bien del amado. La verdad de los «lomos» es la castidad, mediante la cual los apetitos concupiscibles deben asimilarse a la verdad del Evangelio, que restaura la dignidad del hombre y el verdadero amor humano. En un sentido militar, ‘ceñido’ también nos llama a alertar sobre la preparación para la batalla en todo momento. No debemos permitirnos ser sorprendidos y tomados fuera de guardia, porque sabemos que «el diablo ronda como un león rugiente, buscando a alguien a quien devorar» (1Ped 5,8).

2. San Pablo quiere que nos vistamos «con la coraza (protectora) de la justicia«. En el pasaje paralelo, (1 Tesalonicenses 5, 8), lo llama una «coraza de fe y amor«. Aquí nuevamente, él está pensando como un judío, para quien la mente y la voluntad, tendrán su centro en el corazón. Estos deben ser protegidos a toda costa. La idea judía de «justicia» va más allá de la virtud cardinal de la justicia. La justicia de Israel consistió en su total fidelidad al pacto divino en la fe y el amor, que no permitía  diluirse en  pensamientos de la sabiduría mundana. “Si ustedes pertenecieran al mundo, el mundo los amaría como a los suyos. Pero como ustedes no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, por eso el mundo los odia” (Jn 15,19).

3. En su siguiente exhortación, San Pablo pasa a la «ofensiva», animándonos a ver que nuestros «pies estén calzados con los zapatos (sandalias) de preparación para predicar el Evangelio de la paz». El tesoro del cristiano debe ser el Evangelio, el nuevo Pacto en Cristo. Estos sentimientos explican la alegría que sintieron los discípulos cuando «salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús» (Hechos 5,41).

Aquí, San Pablo hace énfasis en la garantía de que nuestra fe debe ser nuestro soporte en todas las batallas espirituales de la vida diaria. Como Jesús dice: “La paz les dejo, Mi paz les doy. No como la da el mundo” (Jn 14,27). Esta paz de Cristo nos hace evangelizadores, listos para proclamar el Evangelio. Incluso después de haber sido golpeados y encarcelados, Pablo y Silas cantaban himnos a Dios hasta la medianoche. ¡Esta disposición es estremecedora! (¡De hecho, un terremoto sacudió la prisión, abriendo todas las puertas por el poder del Evangelio, la paz y la alegría!) Obsérvese la alegre disposición de San Pablo para compartir el Evangelio de salvación con el carcelero, su perseguidor unas horas antes (cf. Hechos 16, 22-33). San Juan Crisóstomo explica esta lógica transformadora: «La proclamación del Evangelio de la paz es nada menos que la vida más virtuosa» (Homilía 24 en Ef 6, 14-17). Un verdadero cristiano desea «destruir» a sus enemigos haciéndolos sus amigos, es decir, llevándolos a Cristo. ¡Del lado de Dios, del lado de Cristo, del lado del ganador! «Si Dios está con nosotros, ¿quién  contra nosotros?» (Rom 8,31). Se promete la victoria a aquellos que perseveran en su buena voluntad: “Bienaventurado aquel que persevere cuando lleguen las pruebas. Esa persona tiene un valor comprobado y ganará el premio de la vida, la corona que el Señor ha prometido a quienes lo aman” (Santiago 1,12).

4. «En todas las circunstancias, mantén la fe como un escudo, para apagar todas las flechas incendiarias del maligno» (Efesios 6,16). San Pablo presenta la fe como el armamento universal, como un escudo, que cuando se usa adecuadamente destruye todos los ataques del enemigo. Nuestra victoria sobre el mundo es nuestra fe (cf. 1 Jn 5, 4).

En todas las tentaciones contra la fe, nunca debemos entrar en discusiones; más bien, debemos sostener el escudo de la fe y recurrir a actos de esperanza y caridad. No tiene sentido discutir cuando el adversario odia la verdad; ¡No vale la pena discutir cuando este adversario conoce las Escrituras mejor que nosotros, cuando él es un «mejor teólogo» que nosotros!

5. “Toma el casco de la salvación” (Ef. 6,16). En 1 Tesalonicenses 5, 8, San Pablo ya ha identificado la esperanza de salvación como nuestro casco. Llamamos esperanza a un casco, porque es una protección contra heridas mortales. San Juan Crisóstomo escribe: «El casco cubre la cabeza perfectamente en todas las partes, y no sufre pues cubre cualquier herida» (Homilía 24 en Efesios 6,14). Así como un soldado deposita su confianza en un casco, nosotros depositamos nuestra confianza  en el nombre del Señor. La esperanza sobrenatural es una garantía de vida  más grande que cualquier casco de metal. Santo Tomás explica que la esperanza invencible deriva de la infalibilidad de la fe: ¡el Dios que da testimonio de la Verdad es el Dios que promete la Vida! (cf. Summa Theol. II-II, q. 18, art. 4, c).

En consecuencia, el casco de la salvación garantiza la vida eterna. La esperanza nos ayuda de dos maneras: Primero, cuando la esperanza es fuerte, todas las tentaciones, que ofrecen una felicidad alternativa, se debilitan y se superan. Porque su felicidad prometida es, en el mejor de los casos, superficial y de corta duración. En segundo lugar, la esperanza es una gran defensa contra ataques repetitivos y agotadores por medio de los cuales el diablo trata de  desesperanzarnos para alguna vez ganar la vida eterna.

«Despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se les ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios» (Heb 12, 1-2).

El punto es práctico: ¿cuándo fue la última vez que llevaste a cabo un acto serio de la virtud de la esperanza? Y cuándo fue la última vez, que mientras estabas en la prueba, conscientemente miraste a Jesús, quien «por el gozo  que estaba ante Él, soportó la cruz» (Heb 12, 1), de tal forma que sacaras fuerza y ​​determinación de su ejemplo?

6. «Toma la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios«. ¡Es hora de ir a la ofensiva! Un cobarde muere mil veces por miedo. De hecho, hay una especie de «esperanza», que no es esperanza en lo absoluto, sino más bien una especie de miedo. ¡Cuán a menudo, incluso entre los feligreses regulares, encontramos que su motivo más fuerte de esperanza no es positivo, sino más bien es el miedo! ¡Quieren ir al cielo porque no quieren arder en el infierno!

La espada del Espíritu, la palabra de Dios, se define en otra parte: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de dos filos, penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y es capaz de discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4,12). Tal espada también fue dirigida contra María, «una espada traspasará tu alma, para que los pensamientos secretos de muchos puedan ser descubiertos» (Lc 2,35). Esta es la espada del Espíritu, la palabra de Dios, la espada de la salvación, que primero debe ser dirigida contra nuestra propia alma, nuestros propios pensamientos secretos, antes de que pueda funcionar eficazmente para la salvación de las almas sufriendo como María. En este sentido, San Bernardo de Claraval ve esta espada desde el lado positivo, es decir, como la luz y la gracia del Espíritu Santo para herir y sanar a los pecadores (Cánticos, Sermón 29,6). San Jerónimo dice de la palabra de Dios: «La ignorancia de la Escritura es  ignorancia de Cristo» (Carta a Eustochia), y por lo tanto también ignorancia del reino de Cristo.

San Ambrosio entiende la espada del Espíritu como el don del discernimiento (Sobre los deberes del clero, cap. 7). Separa lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, y conduce a la derrota de las mentes orgullosas y rebeldes (Carta 61, a Pomponio). San Juan Crisóstomo continúa afirmando que con la espada del Espíritu, no solo nos protegeremos de los misiles del diablo, sino que además lo golpearemos. (Homilía 24 en Ef 6).

7. Y finalmente «Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animados por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos, y también por mí, para que cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio» (Ef. 6, 18-19).

La oración recomendada es la oración de la creatura que es consciente de su humildad y su necesidad, pero también de cuánto Dios le ama. Nos ha dado todas las cosas en Cristo. Él ha derramado su amor en nuestros corazones a través del Espíritu Santo. Por lo tanto, le clamamos con confianza: «Abba, Padre» (cf. Rom 5, 5; Gal 4, 6). Hechos templos del Espíritu Santo, nos entregamos voluntariamente por completo al Espíritu, quien «viene en ayuda de nuestra debilidad… [e] intercede [por nosotros] con gemidos inexpresables» (Rom 8,26).

Nuestro esfuerzo en la oración debe resumirse en esto: ¡buscar abrirnos con toda confianza a la íntima presencia Divina y permanecer allí tan perseverantemente como podamos! Si nos entregamos a Dios, ¡Él se entregará a nosotros! ¡Un alma en oración es victoriosamente una con Dios!

Los dones del Espíritu Santo, el súper armamento de Dios

En su comentario sobre la «armadura completa de Dios», Santo Tomás declara que estos son «los Dones del Espíritu Santo y las virtudes. Porque las virtudes [entre las cuales se enumeran los dones] protegen al hombre de los vicios” (Comentario sobre Ef., Cap. 6, lect. 3). Primero hablamos de las virtudes morales y teológicas, que están inmediatamente a disposición de todos los fieles. Mientras que todos en el estado de gracia poseen los Dones del Espíritu Santo, pocos tienen el desapego espiritual, la humildad y docilidad que son necesarios para que florezcan dentro de nosotros. Sin embargo, la fiel práctica de las virtudes anteriores preparará el camino para una expresión más rica de los dones en nuestras vidas.

Ahora podemos dirigir brevemente nuestra atención hacia los Siete Dones del Espíritu Santo, por los cuales nos centraremos principalmente en su calidad como armas en el combate espiritual.

1. El don del  entendimiento

El don del entendimiento es el primero entre los dones; nos otorga una intuición de la grandeza y la majestad de Dios, ante la cual nada debe ser preferido. Lo que no resuena armoniosamente junto con el grito de San Miguel, «¿Quién es como Dios?», es una luz falsa.

A la luz de este don, obtenemos una intuición de las profundidades de la creación, porque «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). La omnipotencia de Dios se puede percibir en la impotencia salvífica de Dios en la salvación, en la Encarnación, en la Eucaristía. El enemigo desprecia lo que es pequeño y débil, pero «la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana» (1 Corintios 1,25). Su debilidad es su amor paciente, esperando el momento en que nos pueda salvar (cf. 2 Pedro 3, 9).

María vivió este regalo porque guardaba todas las palabras de Dios en su corazón, reflexionando sobre ellas. Más aún, las vivió: ella es el Arca de la Alianza, que se encuentra al comienzo de todos los caminos de Dios en la creación.

2. El don de la sabiduría

El Don de la Sabiduría es el último entre los Dones, ya que por ella saboreamos nuestro final, las profundidades de la bondad divina. «Prueba y mira, ¡qué bueno es el Señor!» (Salmo 34, 9). Quien haya bebido el mejor de los vinos, no será engañado por amores inferiores. Hay, por supuesto, muchos grados de sabiduría divina, las cavas de Dios, pero en todos ellos, se trata de experimentar cada vez más profundamente la bondad propia de Dios. El fundamento es la gracia santificante. María en si misma estaba «llena de gracia». Por lo tanto, María es nuestra medida de sabiduría. Si no somos como María, no hay sabiduría. San Juan de la Cruz lo expresa bien cuando declara:

«Debe saberse que muchas personas alcanzan y entran en las primeras cavas de vino de acuerdo con la perfección de su amor, pero pocas en esta vida alcanzan la última y la más profunda; porque en ella se forja la unión perfecta con Dios, llamada matrimonio espiritual. … Lo que Dios comunica al alma en esta íntima unión va más allá de las palabras… Porque en la transformación del alma en Dios, es Dios quien comunica su Ser con una gloria admirable; los dos se convierten en uno solo, como… el carbón [se une] con el fuego». (Cántico del amor, estrofa 26,4).

¡La Santísima Virgen, la nueva Eva, es la primera y verdadera Esposa del Cordero, la primera llamada a la fiesta de bodas!

3. El don de consejo

El don de consejo es el más práctico de los dones, porque nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios en asuntos de la vida diaria que no se rigen por la ley. Esto cubre nuestras elecciones personales de oración, las buenas obras que queremos hacer, pero también la elección personal del camino en la vida, en el matrimonio, por la elección de un cónyuge, la profesión, los amigos, dónde vivir, etc. Para este tipo de decisiones no hay leyes rápidas ni establecidas, solo un buen consejo, que no es fácil de encontrar.

Un buen consejo requiere fundamentalmente dos cosas: primero, se deben tener en alta estima los valores humanos y piadosos. Tal estima solo puede prosperar en un corazón desprendido de la sabiduría y las ambiciones mundanas. Y en segundo lugar, se necesita un gran sentido de lo que es connatural a la vida en este mundo y, en particular, por la búsqueda individual de consejo. Para poder dar íntegros consejos a alguien, necesito ser capaz de ver el mundo a través de los ojos del otro; Necesito una gran empatía de corazón. Como un don de gracia, esta unción se da a las almas que desean ayudar a los demás y ocuparse de esta tarea, más en una oración silenciosa que en expresar opiniones.

Nadie es más rico en esta materia que la Madre del Buen Consejo.

4. El don de ciencia

¡El Don de Ciencia (Conocimiento) es un saber sobrenatural! Es una ‘espada’. Hay una ciencia de los Diez Mandamientos; ¡No es casualidad que ellos conduzcan a la vida! Expresan la ley moral natural. El conocimiento científico de la ley moral nos ayuda a cortar las malas hierbas y fomentar el crecimiento de las buenas plantas (las virtudes). También hay una ciencia de los Consejos Evangélicos —pobreza, castidad, obediencia— que explica por qué el discipulado cercano de Cristo (se vive más radicalmente en la vida religiosa consagrada, pero también entre los laicos) conduce de manera más rápida y segura a la vida misma y una mayor perfección y felicidad. Esta ciencia corta con las cosas superfluas que roban tiempo para la oración y las buenas obras. Hay una ciencia del amor y el sacrificio, la ciencia de la Cruz. Solo en este camino tratamos a los demás como deseamos ser tratados. La verdad que conocemos a través de este regalo nos hace libres. Pero son pocos los que desean la verdad incondicionalmente, porque la Verdad nos desafía al máximo con sus demandas. Esta arma del Don de la Ciencia también es una espada de justicia de dos filos para proteger el bien común. Aquí se encuentra el poder del exorcismo para expulsar a los espíritus malignos en el Nombre de Cristo. La Inmaculada, como un ejército en batalla, es nuestra defensa segura.

5. El don de fortaleza

¡El Don de la Fortaleza es un arma que debería fortalecernos incluso para ser débiles! Los tres grados de fortaleza, según Santo Tomás, son estos: 1) la disposición a luchar en defensa de una causa noble, incluso arriesgando nuestra propia vida; 2) la disposición a morir, en lugar de negar la fe o traicionar la justicia moral de ninguna manera; 3) la disposición a sufrir y sacrificar voluntariamente nuestra vida, como Cristo, cuando el bien moral de nuestro prójimo exige este sacrificio. Cristo fácilmente pudo haber tenido 12 legiones de ángeles a su disposición para salvarle… pero ¿cómo se habría salvado la humanidad, si Él no hubiera abrazado voluntariamente la impotencia divina para morir por nosotros en la Cruz? La fortaleza, en su impotencia, también nos da la fuerza para orar, de modo que queremos ser fuertes en el sufrimiento.

La Madre Dolorosa nos defiende aquí con su patrocinio.

6. El don de temor de Dios

El temor de Dios  parece ser la más humilde de las armas; Es la participación de los «pequeños» del Señor, quienes aunque son pisoteados, son aún conscientes en su observación de la Ley de Dios por reverencia a Su Nombre. Esta misma reverencia sostiene a estos «pequeños» en su inquebrantable fidelidad a la Iglesia. El temor del Señor es el «lugar de aterrizaje» para los santos ángeles, que con gusto se despliegan para ayudar a los pequeños en su perseverancia.

Los malvados y mundanos se burlan del temor del Señor.

«El hombre justo… se mantiene alejado de los caminos [de los impíos] como de las cosas impuras. Él bendice el destino de los justos y se jacta de que Dios es su Padre.» Condenémoslo a una muerte vergonzosa, porque según sus propias palabras, Dios cuidará de él”. Estos fueron sus pensamientos, pero se equivocaron; porque su maldad los cegó. Y no conocían los consejos ocultos de Dios; tampoco contaron con una recompensa de santidad ni discernieron la recompensa de las almas inocentes (Sab 2,16, 20- 22)

Nuestra Señora de la Piedad o Deposición de la Cruz, siempre está presente para consolar a los humildes y a los pequeños en sus necesidades.

7. El don de piedad

El don de piedad es el arma final. Aparentemente es la más débil, pero en realidad es el arma más grande, la rendición final y triunfal en homenaje a Dios por la invencible convicción de que Dios es bueno, independientemente de lo que las apariencias puedan sugerir. «¡Aunque Él debería matarme, confiaré en el Señor!» fue la oración de Job (Job 13,15). Y nuestro Señor mismo, para ofrecer un puerto seguro a los más amargamente probados, tuvo que experimentar ser aparentemente abandonado por Dios (Mc 15, 35) antes de poder exclamar victoriosamente: «¡Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu!» (Lucas 23,46). Mientras que la sabiduría es la recompensa y la «realización» de la caridad, que reside en la voluntad espiritual, la piedad es la recompensa y la realización de los afectos; y esto se encuentra en la tierna y amorosa bondad de Dios.

María está aquí como la estrella de la mañana, como el refugio de los pecadores. La misericordia no conoce un final, aunque, por supuesto, puede ser rechazada.

«¿Alguien ha esperado en el Señor y ha sido decepcionado? ¿Alguien lo ha invocado y ha sido rechazado? Compasivo y misericordioso es el Señor; Él perdona los pecados, Él salva en tiempo de angustia» (Sir 2, 10-11).

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CC07 Ciencia de la cruz

Carta Circular

La ciencia de la Cruz y la comunicación del Espíritu Santo

Imitación de la muerte de Cristo

En verdad, es importante aprender a vivir bien; pero es igualmente importante aprender a morir bien. San Pablo testimonia: «pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1,21). De hecho, Jesús une de manera inseparable ambos aspectos, pues para vivir como Él vivió, debemos tomar diariamente la cruz sobre nosotros y negarnos a nosotros mismos (Lc 9, 23-24). Quien pretenda ganar su vida, la perderá, y quien la pierda, ganará la vida eterna (Jn 12, 25).

Cristo nos habría podido redimir con una sola de Sus acciones durante Su vida terrena, pues cada una de ellas poseía un mérito perfecto e infinito. Sin embargo, Él prefirió redimirnos mediante Su muerte en la Cruz, pues con ella quería superar la muerte del hombre y podía manifestar la plenitud de Su amor. Conmovido por esto Pablo expresó: «Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (1 Co 5, 1-15).

Nuestra participación en la muerte y resurrección de Cristo, es decir, de Su gracia, nos es comunicada mediante el bautismo: «¿O es que ignoráis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 3-4; CIC 1227).

El bautismo es la fuente de gracias de la que brota toda la vida en Cristo (Ef 5, 21; 1 Cor 16, 15 ss). Es el sacramento de la fe, en cuya luz reconocemos a Cristo (Mc 16, 16). En la carta a los Hebreos se le denomina incluso «iluminación» (Hb 10, 32; CIC 1216). Con todo, constituye apenas el comienzo del conocimiento de Cristo por la fe, por eso «en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del bautismo» (CIC 1254).

El Espíritu Santo, con sus siete dones, es quien nos asiste en el anhelo por profundizar en el conocimiento de Cristo, a fin de que Cristo more en nuestros corazones por la fe y podamos ser capaces, mediante el amor, de alcanzar el conocimiento pleno de Cristo y ser colmados con la plenitud de Dios (Ef 3, 16-20).

Conocimiento de la eficacia de la muerte y resurrección de Cristo

En el conocimiento, por la gracia, del Señor crucificado yace la perfección del don de ciencia. San Pablo testimonia: «juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien he sacrificado todas las cosas para ganar a Cristo, y estar unido a Él.., y conocerle a Él, conocer el poder de Su resurrección y participar en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en Su muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 8.9a.10-11).

Desde un punto de vista histórico, la muerte y la resurrección de Cristo constituyeron también la condición para el pleno envío salvador del Espíritu Santo. ¿No dijo Jesús en la última cena: «porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito»? (Jn 16, 7). A este respecto, el papa Juan Pablo II anota: «El Espíritu Santo vendrá cuando Cristo se haya ido por medio de la muerte en la cruz; vendrá no sólo después, sino como causa de la redención realizada por Cristo, por voluntad y obra del Padre» (Encíclica sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo, Dominum et Vivificantem = DV, 8). «Cristo, describiendo su «partida» como condición de la venida del Paráclito, une el nuevo inicio de la comunicación salvífica de Dios por el Espíritu Santo con el misterio de la Redención» (Enc. DV, 13, cfr. 14, 61).

¿Por qué, pues, la muerte y la resurrección de Cristo, constituyen el medio apropiado para alcanzar este máximo don del Espíritu Santo? Dicho brevemente: porque sólo podremos participar de la vida de Dios en la medida en que estemos dispuestos a ello y nos configuremos a semejanza de Él. Paradójicamente, la cruz es causa de la configuración a la vida de Dios, que no es otra cosa que la entrega infinita, pues «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). En esto radica la vida de la Trinidad, en la cual participamos por la gracia. Un amor así, es más fuerte que la muerte. En este sentido, el misterio de la Cruz -más allá de la infinita propiciación por nuestros pecados- constituye un misterio, según el cual hemos de ser configurados a fin de saborear su fruto de vida eterna.

Nuestra muerte como sacrificio de entrega amorosa

El destino de todo hombre es morir y volver a resucitar. El misterio de la muerte y resurrección de Cristo, obrará la resurrección de todos los hombres al fin del mundo. Sólo quienes hayan muerto en la gracia de Cristo, resucitarán gloriosos. Al igual que Cristo, los hijos de Dios están llamados a hacer de su muerte, una ofrenda de entrega amorosa. En esto radica la ciencia de la muerte en Cristo. No puede haber, sin embargo, sacrificio sin ofrenda.

La muerte como sacrificio sólo es posible con el fuego del amor. En cualquier forma de holocausto o inmolación una vida es tomada, algo palpable es consumido por el fuego terreno, como señal externa de la entrega total a Dios. El santo Padre, refiriéndose a Cristo, escribe: «El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio, que se ofrece en la Cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica podemos decir: Él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la Cruz es un acto propio de Cristo, también Él «recibe» en este sacrificio, al Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después -Él solo con Dios Padre- puede «darlo» a los apóstoles, a la Iglesia y a la humanidad» (DV, 41). 

La verdadera esencia del amor

Por esencia, el amor verdadero siempre se entrega a sí mismo al amado como don. En el amor sobrenatural el alma hace a su divino Amado una perfecta entrega de sí mismo y comienza a vivir con mayor profundidad en Él. Una entrega así constituye el núcleo del amor. La muerte de Cristo, querida por el Padre y anhelada por el Hijo, es la imagen perfecta para el perfecto amor divino. No hemos sido llamados sólo a imitar este misterio, sino a participar de él mediante nuestra unión espiritual con Cristo. El mutuo amor en Dios es el fundamento de donde procede el Espíritu Santo, y también en Él somos amados. El santo Padre nos enseña: «Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima del Dios Uno y Trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios «existe» como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor (Enc. DV, 10).

Cristo se hizo -como nosotros- un hombre mortal, para que pudiésemos, mediante la muerte y por virtud de su muerte, participar de Su filiación divina y de Su gloria. Una muerte santa por amor, es más que un acto pasajero: es un estado de permanente entrega que continúa viviendo en el amado y que brilla eternamente en el cielo como un estado glorioso.

La cruz y las pruebas a la luz de Dios

Con mucha frecuencia quedamos apegados a una idea bastante estática de perfección y la llegamos a comparar con un estado de reposo. Tanto es así, que hasta cierto punto vemos las pruebas, cruces y sacrificios, como cargas que hay que llevar en los hombros. Sólo muy pocos ven las cruces y las pruebas desde el punto de vista de la gloria, como un misterio de la transformación en Cristo, como una escalera que conduce al cielo. ¿Acaso no se dice en la Obra de los Santos Ángeles: «¡Las pruebas son una gracia!»? La perfección en la vida espiritual no constituye un estado de inactividad; es, más bien, el máximo estado de una actividad plenamente abarcadora, un estado del más perfecto acto de dar y recibir en amor, para el cual somos instruidos a través de la cruz en las pruebas. ¡La muerte, entonces, es la puerta que conduce a la vida!

Cristo nos asegura: «No temas, Yo Soy, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora vivo para siempre» (Ap 1, 17). En esta misma perspectiva, san Pablo nos exhorta: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces también vosotros también apareceréis llenos de gloria con Él» (Col 3, 4).

El carácter revelador de las llagas de Cristo

Cuando en el Apocalipsis, san Juan ve el cordero, exclama lleno de admiración: «Entonces vi… un Cordero, como degollado» (Ap 5,6). En la liturgia de la Misa, la Iglesia da testimonio de este misterio con las siguientes palabras: «Qui immolatus iam non moritur, sed semper vivit occisus!»: «¡Pues una vez inmolado, ya no muere más, sino que vive para siempre como el cordero que fue degollado!» (Prefacio de Pascua III). A modo de interpretación podemos decir: «Él, que se inmoló, ya no muere más, sino que vive permanentemente este acto de amor inmolado!»

Testimonio de esto son las llagas gloriosas de Cristo, razón por la que las conserva para siempre en la gloria. No se trata, sin embargo, de que sólo contemplemos y veneremos las llagas de Cristo, dignas de adoración, sino de que las veamos y comprendamos como una revelación de la vida trinitaria. Si no logramos comprender el carácter de revelación de la pasión y de las llagas de Cristo, jamás llegaremos a imitarlo perfectamente en Su amor. La perfecta imitación de Cristo supone que hayamos comprendido Sus sentimientos y Su estado interior, tal como nos encarece san Pablo: «Lo que importa es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. […] Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 1, 27; 2, 5), es decir, los sentimientos de humildad y de amor hacia el Padre en su voluntad a la Cruz. En otro pasaje recalca que tenemos el espíritu de Cristo, si participamos de su Espíritu (1 Co 2, 10 ss. 16).

En el espíritu de amor y con el don de ciencia, comenzamos a comprender el significado pleno de la muerte de Cristo. Sus llagas transfiguradas son más que una mera prueba de Su pasión, son más que una mera dicha para Su humanidad gloriosa. Las llagas de Cristo son señales y revelación de quién es Cristo, de quién es el Hijo en la Santísima Trinidad.

La unión hipostática, después de la Santísima Trinidad, constituye el misterio más grande que existe. Es, al mismo tiempo, el mayor prodigio que pudo haber realizado Dios. Pero fue desplegado: el Dios-hombre quiso morir y resucitar de entre los muertos; quiso también elevar el pan y el vino transformándolos en Sí mismo, a fin de que al recibir las sagradas especies, pudiésemos ser incorporados en Su Cuerpo que es la Iglesia. La pasión del Señor, el Santísimo Sacramento, la Iglesia, constituyen más desvelamientos de aquello, que está a la vez oculto y revelado en el objetivo de la Encarnación, es decir, «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10).

»La presencia eucarística de Cristo, su sacramental «estoy con vosotros», permite a la Iglesia descubrir cada vez más profundamente su propio misterio, como atestigua toda la eclesiología del Concilio Vaticano II, para el cual «la Iglesia es en Cristo un sacramento, o sea signo o instrumento de la unión íntima con Dios y de unidad de todo el género humano» (Lumen Gentium 1). Como sacramento, la Iglesia se desarrolla desde el misterio pascual de la «partida» de Cristo, viviendo de su «venida» siempre nueva por obra del Espíritu Santo, dentro de la misma misión del Paráclito-Espíritu de la verdad. Este es precisamente el misterio esencial de la Iglesia, como proclama el Concilio (Enc. DV, 63).

La humanidad de Cristo como Revelación de Dios

La vida de Cristo y, más aún, el Misterio pascual, es como un drama, que nos permite arrojar una mirada a la vida trascendente de la Trinidad, pues todo lo que Cristo hace, lo hace Dios, teniendo en cuenta que Cristo es el Hijo único del Padre. De esta manera se manifiestan las perfecciones de la Divinidad eterna. Así pues, lo que Cristo hace en el tiempo y como hombre, revela algo de lo que el Hijo es en la eternidad.

La palabra ‘persona’, proviene del término latino ‘persona’ y designa la máscara que era utilizada por los actores en los antiguos dramas para representar el carácter típico de un personaje determinado. Igualmente, aunque de una manera incomparablemente más elevada, la humanidad de Cristo representa la segunda persona divina de la Santísima Trinidad y la revela, al revelar a Dios de una manera tan única. Además, por razón de la Unión hipostática no sólo se hace visible el Hijo (aunque sólo asume una naturaleza humana), sino que el rostro humano de Cristo desvela también quién es el Padre, pues Cristo, el Hijo, es el «resplandor de su gloria [del Padre] e impronta de su sustancia» (Hb 1, 3). El Hijo sólo puede ser reconocido como Hijo en relación con el Padre: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). 

La distancia entre las dos naturalezas de Cristo es ciertamente infinita; sin embargo, están unidas en la Persona divina. Por eso, no se trata sólo de una simple analogía del ser, sino de la misma y única Persona, que actúa en sus dos naturalezas, la divina y la humana.

La doble revelación y la cruz de Cristo

El punto culminante de la vida de Cristo es Su pasión, Su muerte y Su resurrección. Cristo mismo la llama Su elevación, Su ser-levantado, con todas las posibilidades de belleza y de paradoja que ello implica. Es el acto por excelencia del Hijo de Dios en la carne y por eso es un momento decisivo, no sólo en la obra de la redención, sino también de la revelación de Dios.

1. Relación con el Padre desde su condición de Hijo

La Cruz de Cristo es la máxima revelación de Dios; constituye, en un doble sentido, el punto culminante de la revelación del Hijo.

En primer lugar, revela plenamente Su relación personal de Hijo con Su Padre, pues en la Cruz, Cristo puso a prueba Su amor y Su obediencia al Padre: «Por eso el Padre me ama, porque Yo doy mi vida, para recobrarla de nuevo [.] este es el mandato que recibí de Mi Padre» (Jn 10, 17-18). Su obediencia constituye un acto de puro amor: «Pero ha de saber el mundo que Yo amo al Padre y que obro según Él me ha ordenado» (Jn 14, 31).

Un texto catequético aclara: «Teniendo en cuenta este trasfondo [de la obediencia de Cristo] el misterio de la Cruz (theologia crucis) adquiere un significado ejemplar. En primer lugar, debido a allí se manifiesta la Paternidad de Dios. Aun cuando entrega a Su Hijo a la muerte, no se muestra como un Dios inconmovible e indiferente hacia los hombres, sino como Dios de bondad y de amor (El Espíritu de Dios en el mundo, publicación de la Comisión teológico-histórica para el año jubilar 2000, pág., 18).

2. Comunión del Hijo con el Padre en el soplo del Espíritu Santo

En segundo lugar, la Cruz no constituye solamente el punto culminante de la misión de Cristo, enviado por el Padre como Hijo; es, también, el comienzo del regreso del Hijo al Padre, con el cual es uno en la espiración del Espíritu Santo. En su muerte, revela la comunión con el Padre en el Espíritu Santo, originando así la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia: «Si alguno tiene sed, venga a Mí, y beba el que crea en Mí», como dice la Escritura: De su interior correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 37-39).

En la Santísima Trinidad el engendramiento del Hijo, no lo excluye del seno del Padre: los dos son absolutamente uno en esencia. Todo lo que el Padre posee es también del Hijo; por eso Su engendramiento del Padre, constituye el fundamento para que el Espíritu Santo proceda de ambos, desde toda la eternidad, como de un solo Principio y por una sola espiración (CIC 246). Todo lo que está en Dios es eterno; de ahí que también las divinas procedencias en Dios sean eternas y no secuenciales. Dicho de una manera espacio temporal podría expresarse de la siguiente manera: así como el Hijo es engendrado y procede del Padre, así también regresa Él al Padre en un abrazo de amor, que es la espiración del Espíritu Santo.

La Comisión Teológica para el Jubileo del año 2000 expresaba: «El misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús es el punto culminante de la revelación de la divina misericordia; es el don del Hijo a la misericordia del Padre en amorosa unidad por el Espíritu Santo. Es por amor que el Padre envía al Hijo al mundo; por amor, se entrega Cristo al Padre para salvar a la humanidad pecadora [.] Por amor, Cristo resucitado envía el Espíritu Santo a Su Iglesia: ‘¡Recibid el Espíritu Santo!’ (Jn 20, 22)» (Dios, Padre misericordioso, publicado por la Comisión teológico-histórica para el año jubilar 2000, pág. 64).

El Padre extendió Sus manos sobre el Hijo y lo ungió en el Espíritu (al momento de Su encarnación, de Su bautismo y de Su transfiguración), y el Hijo extendió Sus brazos en la Cruz para abrazar al Padre en el Espíritu en un amor nunca antes conocido en el mundo. Cristo es glorificado cuando vuelve al Padre, pues su regreso anuncia que es uno con el Padre y es, con Él, el origen del Espíritu Santo.

 

La comunicación del Espíritu a los hombres

Al morir, Jesús entregó Su espíritu (Jn 19, 30). «Históricamente, esta expresión significa que Jesús, al morir, devuelve al Padre el aliento de vida, que había recibido de Él; pero desde un punto de vista teológico, ello alude también al don del Espíritu concedido a los fieles [.] Este Espíritu, que Él mismo ha recibido del Padre, es dado por Jesús a los fieles en el momento de su muerte redentora» (El Espíritu de Dios en el mundo, pág. 59).

En la Cruz, Cristo también extendió Sus brazos hacia nosotros con amor y anheló que fuésemos acogidos en esa unión con Él y el Padre en el Espíritu Santo. Como el Padre ama a Cristo, así también Cristo nos amó en el Espíritu. De ahí que Cristo, en la pascua, espire el Espíritu sobre los Apóstoles como primicias de la Cruz -imagen y revelación de Su amor hacia el Padre. «Dicho brevemente, el fin último de la Encarnación -junto a la glorificación del Padre- consiste en la comunicación del Espíritu Santo a los hombres: ‘Cristo nos rescató de la maldición de la ley [.] a fin de que [por Él] y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa’ (Ga 3, 13-14). Este planteamiento es retomado por san Atanasio, quien declara lapidariamente: ‘El Logos asumió la carne, para que pudiésemos recibir el Espíritu Santo; Dios se hizo portador de la carne, para que el hombre pudiese ser portador del Espíritu’ (Sobre la Encarnación del Logos, 8). También Simeón, el neoteólogo, expresa: ‘El fin y la meta de toda la obra realizada por Cristo para nuestra salvación fue que los creyentes habrían de recibir el Espíritu Santo’ (Catequesis, VI)» (El Espíritu de Dios en el mundo, pág. 61).

El Espíritu Santo, precioso perfume de nardo de la santificación

Esta verdad sobre la comunicación del Espíritu Santo por la Cruz de Cristo está, para nosotros, contenida en el suceso alegórico de la unción de Cristo con el precioso aceite de nardo: «Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos [.] Vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramo sobre Su cabeza» (Mc 14, 1.3). Algunos protestaron por el aparente desperdicio, pero Jesús los reprendió, diciendo: «Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en Mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a Mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya» (Mc 14, 6-9).

¿Por qué el Señor puso en el centro y para todos los tiempos este gesto de aquella mujer? Evidentemente, su atento gesto consoló al Señor, quien relacionó inmediatamente tal acto con su próxima pasión y muerte. Pero esta unción es recordada a causa de su vínculo con el Espíritu Santo. «Jesús es Cristo, «ungido», porque el Espíritu es Unción y todo lo que sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud (cf Jn 3, 34). Cuando por fin Cristo es glorificado (Jn 7, 39), puede a su vez, de junto al Padre, enviar el Espíritu a los que creen en él: Él les comunica su Gloria (cf Jn 17, 22), es decir, el Espíritu Santo que lo glorifica (CIC, 690).

El frasco de alabastro es una imagen de Cristo hombre, del Ungido. Como es sabido, el alabastro es una clase de yeso transparente, a través del cual -dicho alegóricamente- brilla, en cierta medida, la Luz y la Promesa del Espíritu Santo, que se encuentra aún sellado en la humanidad de Cristo. El precioso perfume de nardo representa al Espíritu Santo. Durante la vida oculta y pública de Jesús, el Espíritu Santo es, hasta cierto punto, el don personal del Padre para Jesús, el cual aún no podía ser derramado sobre los Apóstoles. «El Nuevo Testamento destaca dos aspectos esenciales de la relación entre el Espíritu y Cristo: Cristo recibe el Espíritu antes de los acontecimientos pascuales; luego de su muerte y de su resurrección, es Jesús mismo quien da el Espíritu» (El Espíritu de Dios en el mundo, pág. 57).

Normalmente, uno abriría un frasco de alabastro para derramar el precioso perfume de nardo. Aquí, sin embargo, María rompe el frasco, anuncio profético del quebrantamiento de Jesús en la muerte. Según el plan de Dios, el Espíritu Santo (el perfume de nardo) sólo podría ser derramado con la ruptura del frasco (del cuerpo de Cristo). «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrará así en su gloria?» (Lc 24, 26).

Juan agrega un detalle significativo: «Y la casa se llenó del olor del perfume» (Jn 12, 3 ss). Inicialmente, el olor estaba sellado en el frasco, en el cuerpo de Cristo, pero cuando el frasco de Su cuerpo fue roto en la muerte, la unción del Espíritu Santo llenó todo el recinto, es decir, la Iglesia, Su Cuerpo místico. De ahí que el Señor manifieste: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7).

 

Efectos para nuestra vida

El envío, en Pentecostés, del Espíritu Santo mediante el fuego y un viento fuerte (Hch 2,2-) está acompañado también -dicho bíblica y teológicamente- por un correspondiente envío de los santos Ángeles. «Y de los ángeles dice: El que hace a Sus ángeles vientos [espíritus], y a sus servidores llamas de fuego» (Hb1, 7). Hemos visto que el derramamiento del Espíritu es un efecto de la partida y regreso de Cristo al Padre a través de Su muerte en la Cruz. ¡Que esta realidad sea para nosotros, en la Obra de los santos ángeles, luz y estímulo, para que a través de nuestro recuerdo semanal de Su pasión nos hagamos más receptivos para el derramamiento de Su Espíritu en nuestros corazones y nos unamos aún más con los santos ángeles y obremos conjuntamente con ellos!

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Cartas Circulares

CC06 San José, esposo de María

San José, Esposo de María

Jacob engendró a José, el esposo de María de la que nació Jesús, llamado Cristo (Mt 1,16)

Dios confió al cuidado fiel de San José los misterios de la Redención del género humano, a Su Hijo primogénito y a la santísima Virgen y Madre de Dios (cfr. Oración colecta de la Misa de San José). Todo el plan redentor se funda en el misterio de la Encarnación: “Precisamente José de Nazaret ‘participó’ en este misterio como ninguna otra persona, a excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. Él participó en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por cuyo poder el Eterno Padre nos ‘predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad’ (Ef 1,5)” (Redemptoris Custos: RC, 1).

En la última carta circular meditábamos sobre la excelencia moral y las grandes virtudes de San José a la luz de su elocuente respuesta a Dios en medio de una gran prueba. La gracia de Dios lo movió a dar una respuesta sabia y perfecta a las palabras del ángel, que le había manifestado el plan oculto  de Dios. Aunque San José, quien es considerado “Luz de los Patriarcas”, descuella realmente entre las grandes figuras de la historia de la salvación, sin embargo, la grandeza de su dignidad y de su misión, pasa muchas veces desapercibida, debido a su profunda humildad y silencio, que fueron interiores y sobrenaturales.

En esta carta circular, y apoyados en los escritos de algunos papas recientes, meditaremos sobre la dignidad de San José como esposo de María, según el plan de Dios. Para ello, nos remitiremos particularmente a la exhortación apostólica Redemptoris Custos, de Juan Pablo II, que trata sobre la figura y la misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia. Un conocimiento más profundo de San José nos ayudará a amarlo y venerarlo más íntimamente y así realizar y conocer mejor nuestra propia identidad y vocación dentro del plan redentor (cfr. RC, 1).

I. La figura de San José en los Evangelios

“Antes de que comience a cumplirse ‘el misterio escondido desde siglos’ (Ef 3,9) los evangelios ponen ante nuestros ojos, la ‘imagen del esposo y de la esposa’. Según la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto periodo, el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con María, José era, por tanto, su ‘esposo’, pero ‘María conservaba en su intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo’” (RC, 18).

Estos sucesos son narrados por san Mateo (1,18) y también por san Lucas (1,26-27). En ambos es un ángel quien transmite el mensaje. Ambos Evangelistas coinciden en tres puntos esenciales: en primer lugar, María ya estaba desposada con José; en segundo lugar, María era virgen; y en tercer lugar, había concebido virginalmente del Espíritu Santo.

Lucas nos presenta la misión del Ángel Gabriel, quien anuncia a María que concebirá al Hijo de Dios por virtud del Espíritu Santo (1,31-35). Mateo menciona este suceso en conexión con la prueba de José: “Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a vivir juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,18). Precisamente la prueba a la que es sometido San José indica de manera enfática que José no era el padre biológico de Jesús.

Lucas, una vez más, destaca la condición peculiar y virginal del matrimonio de María y José, al transmitir la respuesta de la Santísima Virgen al mensaje de Gabriel, quien le anunciaba que concebiría un hijo. María respondió: ‘no conozco varón’. Si tenemos en cuenta que ya estaba desposada, su respuesta no era otra cosa que poner de manifiesto su decisión de permanecer virgen. Esta fue su firme intención antes y después de desposarse con José y antes de que el ángel Gabriel la visitase.

En ambos evangelios, el ángel que interviene les manda, primero a María, la madre, y luego a José, el ‘padre’, que el nombre que habrán de dar al hijo recién nacido será ‘Jesús’ (Lc 1,31; Mt 1,21). De esta manera, el mensajero de Dios reconoce y confirma respectivamente la dignidad y responsabilidad, tanto de María como también de José en relación con el Hijo que habrá de venir al mundo. El santo Padre lo expresa así: “El mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de un padre terreno respecto al Hijo de María” (RC, 3).

El paralelo entre ambos Evangelios, se extiende también a las cualidades morales de María y José. Así como María, llena de humilde obediencia, responde inmediatamente a las palabras del ángel Gabriel diciendo: ‘yo soy la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra’ (Lc 1,38), de igual manera, y lleno de dispuesta obediencia y dócil fe, responde José a las palabras que el ángel le había dirigido en sueños: ‘al despertar José del sueño…., tomó consigo a su mujer’ (Mt 1,24), “demostrando de tal modo una disponibilidad de voluntad, semejante a la de María, en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero” (RC, 3). Así pues, los evangelistas muestran que san José era un digno compañero para María en este misterio de la Redención.

I. El custodio de los misterios de Dios

Al recibir José a María en su casa, no sólo tomaba consigo a su esposa, sino también todo el misterio de su maternidad divina y a su divino Hijo (cfr. RC, 3). De esta manera José se ponía totalmente al servicio del plan del Padre y de la misión de Su Hijo encarnado. El papa Juan Pablo II destaca además el efecto que tuvo la aceptación de José, pues “respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo… Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación” (RC, 4).

Por su perfecta obediencia en la fe “se convirtió en el depositario singular del misterio ‘escondido desde los siglos en Dios’ (Ef 3,9)” (RC, 5). Además, «José es junto con María, el primer depositario de este misterio divino. Con María -y también en relación con María- él participaba en esta fase culminante de la autorevelación de Dios en Cristo” (RC, 5). José no sólo participa de la fe de María; aún más, la apoya en esta fe que es el fundamento para la salvación del mundo y el fundamento para la Iglesia.

II. José, esposo y padre

Para poder expresarse acerca de la misión de san José en relación con Jesús, los idiomas modernos recurren a una cierta terminología que si bien expresan determinados aspectos de su misión, no logran expresar apropiadamente la plenitud de su dignidad. En español, por ejemplo, san José es llamado “padre putativo” (a quien le tenían por su padre), en alemán “Nährvater” (padre nutricio de Jesús), en inglés “foster father” (padre adoptivo de Jesús). El significado principal de estos términos es ciertamente correcto; sin embargo, tienen un matiz que induce fácilmente a debilitar la comprensión de la misión de José como padre, y a rebajarlo hasta convertirlo en una figura de “segundo grado” en el Evangelio.

Estas ideas parecen coincidir con las expresiones del papa Juan Pablo II: “Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios elige a José como esposo de María” (RC, 7). Y el papa Juan Pablo, continuando con el desarrollo de su conclusión, agrega: “Se sigue de esto que la paternidad de José -una relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de toda elección y predestinación (cfr. Rom 8, 28s.)- pasa a través del matrimonio con María, es decir, a través de la familia” (RC, 7).

Antes de profundizar en la dignidad y el ser de su paternidad, es pertinente aludir a la particular santidad que el santo Padre le asigna a san José. A través de María, le viene a san José una predestinación y santidad que lo une a Jesús de una manera mucho más íntima que cualquier otra creatura. Sí, él supera en santidad hasta a los ángeles más elevados, los serafines. El santo Padre señala aquí, que la cercanía a Cristo es la medida para la santidad y la unión con Dios.

Dignidad y esencia de la paternidad de José

A esta elección divina, san José responde con una entrega incondicional. El papa Pablo VI describe su respuesta de la siguiente manera: “Su paternidad se expresa concretamente en que ‘hizo de su vida un sacrificio, un servicio a la Encarnación y la misión redentora vinculada a ésta; en que empleó la autoridad que legalmente le competía en relación con la Sagrada Familia al entregarse él mismo, su vida y su trabajo totalmente a ella; en que transformó su vocación humana al amor familiar en una ofrenda sobrenatural de sí mismo, de su corazón y de todas sus capacidades, en el amor que puso al servicio del Mesías que había brotado de su casa’” (RC, 8; cita de Pablo VI, alocución del 19 de marzo de 1966). “Mediante el ejercicio de su paternidad”, a través de casi treinta años, san José coopera “en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ‘ministro de la salvación’ (S. Juan Crisóstomo)” (RC, 8).

San José cumplió su misión como padre de familia al participar del mismo amor que el Padre celestial tenía hacia Jesús (cfr. RC, 8). “Por don especial del cielo”, José sintió hacia Jesús “todo aquel amor natural, toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer” (Pío XII, Radiomensaje del 19 de febrero de 1958; citado en RC, 8). También Jesús cumplió con su misión y obligación filiales en la Sagrada Familia en relación con María y José: “De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a su propio padre” (León XIII, Carta Encíclica Quamquam pluries del 15 de agosto de 1889; citada en RC, 8).

Los papas se refieren aquí a una auténtica obligación de honra de Jesús hacia José. Los fieles pueden comprender más fácilmente semejante afirmación en relación con María; sin embargo, surge la pregunta de si el vínculo matrimonial que unía a José y María constituye una explicación suficiente para semejante deber para con José. Continuemos, pues, con nuestras reflexiones.

José, el esposo de María

La solución a esta pregunta radica en la naturaleza del matrimonio como una alianza o contrato sagrado. El papa Juan Pablo II confirma enfáticamente que el matrimonio de María y José era un matrimonio verdadero: “Y también para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio la paternidad de José” (RC, 7). “En la liturgia se celebra a María como ‘unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor’” (RC, 20, Collectio Missarum de Beata Maria Virgine, I, “Sancta Maria de Nazaret”, Praefatio).

Existe hoy en día la tendencia a considerar los aspectos legales como algo externo e insignificante. Si se aplicase semejante concepción al matrimonio, ello constituiría un gravísimo error respecto de la más íntima de todas las relaciones humanas, que según su ser se fundamenta mediante un vínculo, un contrato sagrado. Citando a san Agustín, el Santo Padre enumera las tres características esenciales de la alianza matrimonial: ‘indivisible unión espiritual’, ‘unión de los corazones’, ‘consentimiento’ (Contra Faustum, 23), “elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar” (RC, 7).

Así, su matrimonio constituye el fundamento querido por Dios para la eterna alianza en Cristo. La peculiar dignidad de san José, su paternidad y sus derechos frente a Jesús se desprenden todos de este matrimonio virginal con María. León XIII expresó de una manera sublime esta verdad: “Es cierto que la dignidad de Madre de Dios es tan elevada que nada puede existir más sublime; pero, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las creaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad -al que de por sí va unida la comunión de bienes- se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella” (Carta Encíclica, Quamquam pluries del 15 de agosto de 1889; citado en RC, 20).

María fue un regalo de Dios para José con miras a su santificación. Por la comunión de bienes propia del matrimonio, le fueron concedidas a José las más elevadas gracias de la santidad, pues su limpio corazón estaba totalmente abierto a participar de manera plena de las gracias de la Virgen María y a sacar provecho de ellas. En su matrimonio, José y María tenían -como leemos acerca de las primeras comunidades cristianas, y con mayor razón- un solo corazón y una sola alma (Hech 4,32). Por eso también el corazón de José, mediante esta unión espiritual, se hizo digno de ser ‘padre’ de Jesús. Su comunión en la gracia estaba relacionada con todas las gracias de María, pues éstas le fueron dadas precisamente con miras a la maternidad divina, maternidad que Dios le había concedido a ella precisamente en el contexto de su matrimonio con José.

En virtud del vínculo matrimonial que une a María con José, el hijo de María también es hijo de José: “A raíz de aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo aquella madre, sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su madre, ambos por medio de la mente, no de la carne” (San Agustín, De nuptiis et concupiscentia, I. 11,12: PL 44,421; citado en RC, 7).

El papa Juan Pablo II explica: “La Familia de Nazaret, inserta directamente en el misterio de la encarnación, constituye un misterio especial. Y -al igual que en la encarnación- a este misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana formada por el misterio divino. En esta familia José es el padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación; y, sin embargo, no es ‘aparente’ o solamente ‘sustitutiva’, sino que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la unidad de la Persona Divina del Verbo-Hijo, Jesucristo. Junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está también ‘asumido’ todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también ‘asumida’ la paternidad humana de José” (RC, 21).

De ahí que las palabras de María a Jesús, cuando lo hallaron en el templo, están plenamente justificadas: “Hijo… tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2,48).

No hay palabras que puedan reproducir ni aproximarse a la profunda intimidad y unión de los corazones que reinaban en la Sagrada Familia. ¡Qué ternura no habría en la voz y en la mirada de Jesús cuando Él le decía “madre” a María y “padre” a José! ¡Qué inmensa no sería la belleza del alma y del rostro de este hombre, en el que el Hijo contemplaba la imagen humana de Su eterno Padre! ¡Qué dicha no sentirían José y María, cuando miraban a Jesús y le decían ‘hijo’ al Hijo de Dios!

La influencia de José sobre Jesús

En su paternidad, José ejerció una gran influencia en el crecimiento y madurez espiritual de Jesús. ¿Acaso no leemos que “Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52)? La unión de corazones dentro de la Sagrada Familia, marcó profundamente a Jesús en el desarrollo de su carácter humano. Hace parte del misterio de la encarnación el que éste se haya desarrollado en una época determinada, en una situación geográfica determinada y en una cultura, un idioma y una familia específicos. Él, que fue considerado una vez como el “hijo del carpintero”, fue muy influenciado por José. Por ello Jesús no es sólo la imagen de Su eterno Padre, sino también, por así decir, la imagen de su padre, san José, al hacer propios su trabajo manual y sus cualidades humanas. Es en esta línea que el santo Padre reflexiona, cuando dice: “Puesto que el amor ‘paterno’ de José no podía dejar de influir en el amor ‘filial’ de Jesús y, viceversa, el amor ‘filial’ de Jesús no podía dejar de influir en el amor ‘paterno’ de José, ¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta relación singularísima?” (RC, 27), una relación que ciertamente reflejaba, en el orden divino, la relación de Jesús con Su Padre celestial.

La influencia de José sobre María

Teniendo en cuenta la mutua influencia que había entre José y Jesús en su amorosa relación, es evidente la conclusión de que lo mismo podría decirse de José y María. Así pues, no era sólo José quien se enriquecía y beneficiaba gracias a su matrimonio con la santísima Virgen, también María salía favorecida por esta relación. No podía ser de otra manera, pues su matrimonio incorporó de una manera completamente extraordinaria la “indivisible unión espiritual”, la “unión de los corazones”, y el “consentimiento” (RC, 7; Summa Theol., q. 29, a. 2 in conclus.). En su alianza matrimonial ellos eran “un solo corazón y una sola alma”, se alegraban de una perfectísima “comunión de bienes”, con la cual se enriquecían mutuamente tanto en los aspectos humanos como de la gracia. Así pues, no sólo José recibía de María, sino también la santísima Virgen era profundamente enriquecida y marcada por los dones que recibía de san José, su esposo. El amor de María santísima, sus virtudes, su corazón inmaculado fueron exaltados y embellecidos aún más por la santa hombría y el amor de José.

Estos dones de José estaban determinados de esta manera por la providencia de Dios y contribuyeron a la perfección humana y espiritual de la santísima Virgen y Madre de Dios. Ciertamente, la Encarnación sólo podía efectuarse de manera digna y justa en el ámbito de un matrimonio, en el seno de una familia, puesto que esta constituye una parte esencial de la vida humana. “El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida” (Pablo VI, alocución del 4 de mayo de 1970; citado en RC, 7).

Como pudimos ver, María ya se encontraba desposada con José. Por eso el ángel Gabriel no llevó el mensaje simplemente a una virgen, él vino donde María, siendo ésta la esposa virginal de José. Y puesto que era su mujer, el niño concebido virginalmente en su seno por el Espíritu Santo se convirtió también -en ese mismo momento y en virtud del vínculo matrimonial- en hijo de José.

Si pensamos acerca de esto tomaremos conciencia que también nosotros “nos encontramos” con María y José en los Evangelios y los conocemos como personas que ya están unidas por el vínculo matrimonial y se enriquecen mutuamente. Si bien es cierto que la santificación de José no se podía separar de su participación en la incomparable elección de María, ello no disminuía, de manera alguna, su gran aporte humano y espiritual a María. Aunque Eva había salido de la costilla del costado de Adán, ella, sin embargo, constituía para Adán una ayuda esencial en su misión de padre de la humanidad. De manera semejante y aún más excelsa se encontraban mutuamente unidos María y José; ellos eran, por así decir, un solo corazón al recibir la Palabra de Dios encarnada. “San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ‘ministro de salvación’” (cfr. San Juan Crisóstomo, In Matth. Hom. V, 3; citado en RC, 8).

La misión de José en relación con el Cuerpo Místico de Cristo

Su misión como cabeza de la Sagrada Familia, su verdadera paternidad humana en relación con Jesucristo, el Hijo de Dios, se extiende todo el Cuerpo Místico de Cristo. Su unión matrimonial con María en su maternidad divina le hace alcanzar, en el orden de la gracia, una participación análoga en la maternidad que ella ejerce sobre la Iglesia. Puesto que María es nuestra madre espiritual, y puesto que nuestra filiación espiritual constituye una participación en la filiación de Cristo, de ahí se deduce que san José, en un cierto sentido espiritual, es también nuestro padre. Por eso la Iglesia lo venera como su patrono universal e invoca su amor y cuidado paternales.

“Ya hace cien años el Papa Léon XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia” y “se refería a aquel ‘amor paterno’ que José ‘profesaba al niño Jesús’; a él, ‘próvido custodio de la Sagrada Familia’ recomendaba la ‘heredad que Jesucristo conquistó con su sangre’. Desde entonces la Iglesia -como he recordado al comienzo- implora la protección de san José en virtud de ‘aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María’, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana.

Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las misma palabras de León XIII: ‘Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios… Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas…; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad’” (León XIII, “Oratio ad Sanctum Iosephum”; citada en RC, 31).

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CC05 José – virtudes

San José: hombre de silencio y de virtudes

La concepción de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18).

¿Quién es San José? ¿Quién es este hombre peculiar, que fuera escogido como esposo de la Santísima Virgen María y cabeza de la Sagrada Familia? Daremos una primera respuesta a esta pregunta, reflexionando sobre la prueba que le fue impuesta en los albores del Nuevo Testamento.

¿Por qué Dios lo sometió a una prueba semejante? El padre Daniel-Joseph Lallement dice: La única forma de corresponder apropiadamente a los ministerios que Dios asigna, es cuando éstos son aceptados, por amor, con una perfecta renuncia a la propia persona, a los propósitos personales y en total humildad y obediencia. Esta actitud ha de ser aún más profunda, en cuanto mayor sea el ministerio concedido. Junto a la actitud del Hijo de Dios, quien al entrar en este mundo expresó con toda Su humanidad: Sí, Yo vengo, oh Dios, para hacer Tu voluntad (Hb 10,5-7), y a la actitud de la Santísima Virgen María, quien en respuesta al anuncio del ángel dijo: Yo soy la sierva del Señor, hágase en mí según Tu Palabra (Lc 1,38), no había una actitud más santa como la que Dios deseaba encontrar en José, a fin de poder confiar a su protección el misterio de la Encarnación. (Vie et Sainteté du Juste Joseph, Téqui, Paris, pág. 65).

La prueba de San José

Los Evangelios confirman que José era descendiente de David y esposo de la Virgen María. Sólo después de que María concibiera virginalmente del Espíritu Santo, es que José se da cuenta de que ella estaba esperando un niño. El evangelista Mateo describe su prueba con las siguientes palabras: “José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto” (Mt 1,19).

De acuerdo con esto, la prueba de José comenzó en el momento en que él se dio cuenta de que María, su esposa, esperaba un niño. Esta situación podría ser interpretada fácilmente de manera equivocada, si no fuese vista a la luz de las extraordinarias virtudes de José. El evangelista no sólo aclara que José era en general un hombre justo, sino que además, reafirma que esta característica de perfecta justicia, fue determinante para la decisión que tomó: José, que era un hombre justo, decidió repudiarla en secreto. San Juan Crisóstomo aclara que con ‘un hombre justo’, Mateo se refiere a aquel que es virtuoso en todo (Tomás de Aquino, Catena Aurea, sobre Mateo 1,19).

Algunos autores tanto antiguos como modernos, que no comprendieron debidamente este hecho, defendían la idea según la cual José habría pensado que María ya no era virgen. Fuera del hecho de que habría sido injusto repudiarla por razón de una mera sospecha de infidelidad, Lallement señala que esta tesis contradice el texto bíblico, pues si José hubiese creído que ella había sido infiel, él, como hombre justo que era, estaba obligado a denunciarla ante la ley (Dt 22,23-24). Si, por el contrario, hubiese creído que había sido víctima de una violación, no habría ninguna razón justa para repudiarla (Dt 22,26; Lallement, ibid, pág. 72).

Los datos que San Lucas nos proporciona acerca de la relación entre José y María, apuntan claramente a que las consideraciones de José transcurrían de hecho en un plano mucho más elevado. Lucas nos da a entender que José conocía y aceptaba la decisión de María de querer permanecer virgen. Para poder contraer matrimonio válidamente, María estaría obligada indudablemente, a manifestar a su esposo su intención de permanecer como una virgen consagrada a Dios. Prueba de que ella hizo esto, es la respuesta que le dio al ángel Gabriel, luego de que éste le anunciara que iba a tener un niño: ¿Cómo será esto, pues no conozco varón? (Lc 1,34). Al hablar en tiempo presente, “no conozco varón”, está dando a su declaración un sentido absoluto. No se comporta como si no conociese a ningún posible esposo, pues ya está comprometida con José. Más bien su declaración evidencia su intención de permanecer siempre virgen.

El hecho de que José aceptase contraer este matrimonio virginal, nos dice mucho acerca de su profunda vida interior. Si él mismo no hubiese sido totalmente casto, no habría podido superar la cultura judía, la cual veía, en una descendencia numerosa la bendición de Dios y en la esterilidad, el estigma de una maldición divina. Desde un enorme amor virginal fue capaz de renunciar al natural amor conyugal que funda y nutre a una familia (Redemptoris Custos = RC, 26).

Así pues, no es que José hubiese puesto en duda la integridad de la Santísima Virgen. Era, más bien, el misterio en sí que se abría ante su mirada y que constituía la razón de su prueba. San Jerónimo señala al respecto que José, convencido de su pureza y sin asombrarse sobre lo sucedido, cubrió con su silencio aquel misterio que él no alcanzaba a explicar, lo que puede ser considerado un testimonio a favor de María (Tomás de Aquino, Catena Aurea, sobre Mateo 1,19).

¿A qué misterio se refiere? Remigio manifiesta: “Él concedió que estuviese encinta, aquella de quien sabía que era casta. Y puesto que él había leído: “De la raíz de Jesé crecerá un retoño” (él sabía que María era de la tribu de Jesé) y “mirad, la virgen concebirá”, no dudó de que esta profecía habría de cumplirse en ella (ibid.). Siendo, además, el primer varón que estaba comprometido con una virgen consagrada a Dios, es comprensible que José, dadas las coincidencias respecto a las circunstancias, pensase en la profecía del nacimiento virginal.

¿Por qué esto lo afectó tanto, que hasta decidió repudiar a María? En respuesta a esta pregunta Orígenes dice: Y puesto que él no tenía ninguna sospecha contra ella, ¿cómo, entonces, él, que era un hombre justo, decidió repudiar en secreto a la que era inmaculada? Pensó en repudiarla, pues vio en ella un gran misterio, frente al cual se consideraba indigno” (ibid.). Se dice en una glosa: “Era justo por razón de su fe, siendo que creía que el Cristo nacería de una virgen. Por eso exigía humillarse ante una gracia tan grande” (ibid.).

Sobre la base de esta interpretación, Santo Tomás dice que José había leído las profecías de Isaías (7,14 y 11,1), y puesto que sabía que María descendía de la familia de David (Jesé), estaba más inclinado a creer que dicha profecía se cumpliría en ella que a creer que ella cometiese adulterio. Y como se sentía indigno de vivir con tal santidad, quiso repudiarla en secreto, a semejanza de Pedro, que dijo: “Señor, apártate de mí, pues soy un hombre pecador” (Lc 5,8 y Sobre Mateo I, n. 117).

Lallement, resumiendo, dice: “Consciente de ser el esposo comprometido de María, José, con una actitud sobrenatural, discurrió sobre la cuestión que se le presentaba: él no veía que tuviese algún deber más estando junto a María, pues en ella se estaba manifestando un misterio que lo superaba. Él tampoco creía que tenía el derecho de revelar este misterio. Por eso consideró dejar libre a María, de la manera más prudente: “José, que era justo, decidió separarse de ella en secreto” (ibid., pág. 64).

El misterio del Emmanuel

Así pues, el motivo para la decisión de José fue la humildad y la preocupación de conservar intacto el divino misterio. Respecto a su propio papel en el misterio del niño llamado el Emmanuel, José, el justo, tomó una decisión digna de su humildad: “Cuando seas invitado a una boda, no te sientes en el primer puesto… ve y siéntate en el último lugar” (Lc 14,8a.10a), pues no tenía ninguna señal confiable de Dios, de que habría de ser incorporado al plan divino. Las profecías se referían únicamente a la madre virginal del Emmanuel.

¿Cuál no sería el dolor de José de tener que abandonar su profunda relación con María, a quien amaba por encima de todo en el mundo? Con todo, no podía reclamar para sí el derecho de tener una misión al lado de la virgen madre del Emmanuel. “Dada su disposición a renunciar a sí mismo -pues lo aún no acontecido de la situación, parecía no permitir la continuación de su matrimonio-, José no dudó de María; más bien manifestó que de ninguna manera podría reclamar que seguiría teniendo un derecho sobre María como su esposa. Él manifestó una total renuncia a sí mismo, él, que estaba tan profundamente unido a su esposa en su anhelo mesiánico. Por una parte, se sentía pleno de alegría de que la divina promesa se cumpliese en aquella que él amaba, y por otra, se sentía lleno de profundo dolor, a causa del sacrificio que voluntariamente ofrecía: separarse de aquella, a quien amaba ahora aún más. En aquellos momentos el ángel lo confirmó en su vínculo con María, y por amor y absoluta obediencia, tomó inmediatamente a su esposa para sí” (Lallement, ibid., pág. 67).

¿Es posible demostrar este punto de vista? Si leemos con atención el respectivo pasaje en Mateo, las demás opciones quedan claramente excluidas. Luego de que José decide repudiar en secreto a María, un ángel enviado por Dios lo instruye diciendo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,20-21). Como se desprende del texto, el ángel da a entender que el motivo de la decisión de José es el temor. Si José hubiese considerado en el fondo de su corazón una infidelidad o una violación, su decisión habría podido achacarse más bien a la ira, quizá también al dolor, pero jamás al temor.

¿Cuál era, entonces, el objeto de su temor? El ángel le dice que no tiene por qué sentir temor de recibir a su mujer. Según esto, su temor estaba principalmente relacionado con María y el niño. San Juan Crisóstomo propone los siguientes pensamientos: “El ángel dice: No temas recibir a María, es decir, de conservarla junto a ti, pues en sus pensamientos la consideraba ya repudiada”. Y Remigio escribe: “No temas en recibirla, es decir, de mantener el matrimonio con María y de cultivar un trato permanente con ella” (Catena Aurea, sobre Matero 1, 21).

José no recibe del ángel tanto una revelación como una confirmación de lo que había sido profetizado hacía ya mucho tiempo. “El Señor mismo os dará por eso la señal: Miren, la virgen está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel” (Is 7,14; Mt 1,23), que quiere decir «Dios con nosotros», a fin de darle una idea de su propia misión.

Que el ángel se dirija a José diciéndole “hijo de David”, implica que sus pensamientos apuntaban al cumplimiento del plan mesiánico, pero no es a José a quien inicialmente le es manifestado su papel en relación con el Mesías. Dios le hace saber, ante todo, que su relación con María ha de permanecer incólume: ella ha de ser su mujer. El hecho de que ella haya concebido del Espíritu Santo, no anula dicha unión, sino que la confirma. De esta manera, el ángel de Dios muestra a José su papel al lado del niño que vendrá al mundo: “Le pondrás por nombre Jesús, pues Él salvará al mundo de sus pecados” (Mt 1,21). En aquella época, dar su nombre a un niño era una señal de la autoridad paterna (Lallement, ibid., pág. 67-68; cfr. Lc 1,62-64).

Así pues, “José no habría de pensar que ya no era necesario en ese matrimonio, pues veía cómo la concepción se había llevado a cabo sin su participación. Por eso el ángel le explica que, si bien él no era necesario en la concepción, su ministerio protector sí que lo era. La virgen dará a luz un hijo, y entonces él será necesario tanto para la madre como para el hijo de ella. Para la madre, a fin de preservarla de la ignominia; para el hijo, a fin de circuncidarlo y educarlo. Se alude a la circuncisión, cuando se dice: ‘Y le pondrás por nombre Jesús’, pues era costumbre dar el nombre con ocasión de la circuncisión” (Catena Aurea, sobre Mt 1,19).

En resumen, podría decirse que la decisión que había tomado José de repudiar a María, estaba fundada en su conclusión de que ella era la madre virginal del Mesías. Respecto a su propia persona, temía que su presencia pudiese impedir el plan divino. A estas alturas, el ángel intervino y le anunció su misión como esposo de María y cabeza de la Sagrada Familia. Esta es, en esencia, la solución que el papa Juan Pablo II nos propone, al confirmar que José “estaba decidido a retirarse, para no entorpecer el plan de Dios que habría de cumplirse en María. Con todo, la recibe en su casa, de acuerdo con la expresa instrucción del ángel y respeta su exclusiva pertenencia a Dios” (RC, 20).

Aunque en sus meditaciones José intuía el misterio de la virgen que concebiría un hijo, estos pensamientos no lo dejaban tranquilo, hasta no dejar en claro su propia relación futura con la Santísima Virgen. Este fue el objeto de su prueba, que supo sólo resolver, al apartarse humildemente de María. Fue por razón de esta humildad que Dios permitió su dolorosa prueba, antes de confirmarlo en su sagrada misión.

La humildad y la santidad de José

La confirmación de la misión de José contribuyó a aumentar su humildad. A este respecto, la beata Isabel Canori Mora señaló atinadamente: Nada obra una mayor humildad que cuando se reciben grandes gracias de parte de Dios, sin que uno mismo pueda mostrar ningún mérito. Dichas almas están de tal forma aniquiladas a sus propios ojos, que con gusto y en santa obediencia se someten a sus superiores y directores espirituales, así como también San José se sometió, sin cavilar un segundo, al mandato del ángel de recibir a María, aunque poco antes había tomado la decisión contraria.

Una vez que el ángel hubo anunciado la voluntad de Dios, de inmediato José se dispuso voluntariamente a guardar silencio, pues a la voluntad de Dios no hay que agregarle más que una amorosa correspondencia. Al mismo tiempo, debió haber exultado de alegría por la condescendencia y bondad de Dios, que lo había escogido para vincularse tan íntimamente a esta obra de Dios. Mi alma proclama la grandeza del Señor,… pues ha visto la humildad de su siervo.

Hay todavía otro aspecto en el temor y en la humildad de José, que destaca positivamente su actitud ante otras grandes figuras de la historia de la salvación. Las almas que han sido privilegiadas por las gracias de Dios, sufren con frecuencia temores y dudas, porque de alguna manera el plan de Dios supera la razón natural. Esto, por ejemplo, le causó no pocos sufrimientos a Moisés. Él no aguantó dicha tensión en ocasión de su prueba en el desierto, cuando Dios lo envió a hacer brotar agua de una piedra. En aquella ocasión, Moisés vaciló con gran tenacidad y golpeó dos veces la roca con su cayado. Así, su falta de confianza hizo que Dios fuera deshonrado (Num 20,9-12). En semejantes circunstancias, el peligro más palpable es que el alma fije su mirada sobre sí misma y se concentre en la contradicción de su situación, en lugar de entregarse con plena confianza a Dios, bajo cuya sola luz y fuerza se aclaran y cumplen todas las cosas.

De manera semejante le ocurrió a Zacarías, el sacerdote. Fue incapaz de soportar la profecía del ángel, respecto a que había sido llamado a ser el padre de Juan el Bautista, del Precursor del Señor. Él no dio crédito a las palabras de San Gabriel, pues lo que hizo fue mirar su debilidad y su miseria, su avanzada edad y la esterilidad de su mujer, en lugar de mirar a Dios, para quien nada es imposible (cfr. Lc 1,8ss).

San José también sufrió una gran tribulación en la oscuridad de su prueba, solo que con una y decisiva diferencia: José sufrió precisamente porque creía en el misterio sobrenatural de la concepción virginal, pero no podía dilucidar su propia misión sin la luz iluminadora de Dios. De ahí que su respuesta fuese inicialmente una respuesta de santa y silenciosa prudencia y no una respuesta de fe y obediencia. La prudencia le mandaba apartarse de María. Su humilde docilidad lo capacitó para aceptar inmediatamente el mandato del ángel: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,20-21). Y el evangelista San Mateo continúa: Al despertar José de su sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, recibiendo en casa a su esposa (Mt 1,24). Cuán enorme debió de ser su alegría, que Dios lo hallara digno de estar tan íntimamente unido, en el amor y el servicio, a Cristo y a Su Madre.

San José: modelo de virtudes, patrono y protector de la Iglesia

Reconocemos, pues, en San José, al hombre escogido por Dios, quien con extrema generosidad respondió al excelso misterio del amor divino que le fuera revelado y confiado en María y Jesús, la Palabra de Dios hecha carne. San José consagró su vida entera a servir incansablemente al plan salvífico de Dios. El papa Juan Pablo II destacó la grandeza moral de San José con la siguientes palabras: “El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta (RC, 26; cita tomada de Paulo VI, Discurso del 19 de marzo de 1969, en: Insegnamenti, VII (1969), pág. 1267).

«José estaba en contacto cotidiano con el misterio escondido desde siglos», que «puso su morada» bajo el techo de su casa (RC, 25). Esta gran cercanía a la madre de Dios y a la Palabra hecha carne tuvo, infaliblemente, un efecto santificador sobre San José. El Santo Padre explica: “La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva todavía a considerar el misterio de la encarnación precisamente bajo el aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad en orden a la santificación de los hombres: ‘En virtud de la divinidad, las acciones humanas de Cristo fueron salvíficas para nosotros, produciendo en nosotros la gracia tanto por razón del mérito, como por una cierta eficacia’ (Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 8, a.1, ad 1). Entre estas acciones los Evangelistas destacan las relativas al misterio pascual, pero tampoco olvidan subrayar la importancia del contacto físico con Jesús en orden a la curación (cf., p.e. Mc 1,41) y el influjo ejercido por él sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en el seno materno (cf. Lc 1,41-44). El testimonio apostólico no ha olvidado -como hemos visto- la narración del nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en Nazaret, por el “misterio” de gracia contenido en tales “gestos“, todos ellos salvíficos, al ser partícipes de la misma fuente de amor: la divinidad de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres, a través de la humanidad de Cristo, los beneficiados en primer lugar eran ciertamente para: María, su madre, y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina había colocado en su estrecha intimidad» (RC, 27).

Durante los treinta años de convivencia con María, José fue el único que pudo reconocer y experimentar la presencia y sabiduría de Jesucristo como Dios y hombre. Como esposo de María y también como cabeza de la Sagrada familia, es él un digno y poderoso protector de la Iglesia, de todos los bautizados en estos difíciles tiempos. Pablo VI invitaba a invocarlo, “como protector con un profundo y actualísimo deseo de hacer florecer su terrena existencia (de la Iglesia) con genuinas virtudes evangélicas, como las que resplandecen en San José” (Discurso del 19 de marzo de 1969, en Insegnamenti, VII (1969), pág. 1269; RC, 30).

El papa Juan Pablo II expresa atinadamente: “recordando que Dios ha confiado los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, [la Iglesia] le pide que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación, que le dé un corazón puro, como el de san José, que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado, y que “por el ejemplo y la intercesión de san José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados en justicia y en santidad” (RC, 31).

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CC04 El Ángel de Fátima 3

El Ángel de Fátima y la Eucaristía (3a. Parte)

Unión con DIOS
En tiempos de la tercera aparición del Ángel de Portugal, en otoño de 1916, los tres pastorcitos habían progresado considerablemente en la vida espiritual, con certeza el Ángel en esto fue para ellos una gran ayuda. Pero todas las inspiraciones y auxilios del Ángel no sirven para nada, si tales semillas de la gracia no caen sobre el suelo fértil de corazones buenos y generosos. Extraordinariamente admirables eran la magnanimidad y perseverancia de los tres niños. Antes de las apariciones, ansiaban jugar y les faltaba el ánimo para la oración, por lo cual, reducían el rezo del Rosario a 50 breves jaculatorias: “DIOS te salve, MARIA”, “Santa MARIA”. Sin embargo, después de las apariciones empezaron a rezar el Rosario completo y a recitar por horas enteras la oración: “DIOS mío, yo creo…” Incluso llegó a suceder que Francisco tenía que llamar la atención de Lucía y Jacinta, porque ya oscurecía y debían llevar las ovejas a la casa antes de que se hiciera de noche.

Después de la segunda aparición del Ángel, en la cual les instruye sobre el gran valor de la penitencia y del sacrificio, los pastorcitos se familiarizan con los misterios de esta ciencia del amor. Ellos descubren inmediatamente que los niños pobres de la aldea con gusto aceptaban su almuerzo, cuando llevaban juntos las ovejas a pastar. Aprenden que también se puede vivir de bellotas y raíces de flores silvestres, lo que es un cinturón de penitencia y lo que significa la intercesión por los pecadores. Se hallan plenos de un amor ardiente y, por eso, generoso hacia DIOS.

De hecho, los tres niños pastores nos maravillan, especialmente cuando se toma en cuenta que las visitas del Ángel eran escasas y de breve duración. Tenemos una tendencia -así parece- a considerar la vida mística como una convivencia frecuente, dulce y confiable con DIOS. Es indiscutible que la vida espiritual tiene su principio con el dichoso descubrimiento de cómo DIOS es bueno y cómo nos ama, a cada uno en forma personal. Pero este agradable descubrimiento es tan sólo la primera parte (del amor), a esto debe agregarse un amor perfecto, que consiste en el firme propósito de cumplir con la voluntad de DIOS y de glorificarle en todo.

Ésta fue la voluntad, iluminada por las tres virtudes teologales, actuante en y a través de ellos, que llevó a los pastorcitos a una confianza y unión tan íntimas con DIOS, y que les permitió penetrar en las profundidades del misterio de la Cruz.

En aquel tiempo, la Madre de DIOS ya había entrado profundamente en sus vidas y les ofrece, según su capacidad de tomarlas, otras gracias extraordinarias. De hecho, la Santísima Virgen al iniciar sus apariciones el 13 de mayo, primero les pregunta: “¿Quieren ofrecerse a DIOS, soportando todos los sufrimientos que ÉL quisiera enviarles, como expiación por todos los pecados con los que ÉL es ofendido y pidiendo así, por la conversión de los pecadores?” -“¡Sí, queremos!”, es su respuesta. A lo que Ella contesta: “Entonces tendrán que sufrir mucho, pero la gracia de DIOS será su consuelo y su fuerza”. Definitivamente su Inmaculado Corazón quiso ser para ellos un refugio seguro y una fuente desbordante de gracias, fortaleza y consuelo. Para la Medianera de las gracias también fue inolvidable la forma singular en la que había entrado la gracia divina en su propia vida, en el momento de la anunciación a través del Arcángel Gabriel. Con certeza ésta era la razón por la que envío un Ángel a los pastorcitos, para prepararlos a su misión, así como Ella misma había sido preparada. Tanto las palabras de San Gabriel a MARÍA como el consentimiento amoroso de la Santísima Virgen a la voluntad de DIOS: “¡Hágase en mí según tu palabra!”, encuentran su mayor cumplimiento en que la PALABRA se encarne y se haga hombre en su seno. Con su tercera y última visita, el Ángel de Portugal les lleva en forma sacramental, la misma PALABRA de DIOS hecha Carne a los tres pastorcitos. DIOS se hizo hombre, para que así podamos unirnos con ÉL en el Santísimo Sacramento.

La tercera aparición:

La Eucaristía y la “Santísima TRINIDAD”

El Santísimo Sacramento es la llave para la tercera aparición del Ángel, quien de nuevo aparece ante los niños cuando estaban fuera y cuidaban de sus ovejas. A pesar de eso, habían encontrado tiempo para rezar el Rosario y la oración del Ángel. ¿Qué le había faltado al Ángel anunciarles? Ya les había enseñado cómo rezar y que debían expresar su amor por medio del sacrificio. Y ellos eran extremadamente generosos en el orar y sacrificar. Pero, ¿quién puede superar a DIOS en generosidad? Todo lo que ÉL nos da y nos quita en esta vida, esta relacionado con aquella entrega perfecta a su propia Persona, la cual pregustamos primero en el Santísimo Sacramento.

Cuando el Ángel aparece en “Loca do Cabeço”, “sostenía un cáliz entre sus manos, sobre éste una Hostia, de la cual fluían gotas de Sangre que caían dentro del cáliz”. El Ángel deja flotando en el aire el cáliz y la Hostia y se postra en el suelo con los niños, rezando tres veces la siguiente oración:

“Santísima Trinidad, PADRE, HIJO y ESPÍRITU SANTO, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor JESUCRISTO, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que ÉL mismo es ofendido. Por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y por la intercesión del Inmaculado Corazón de MARIA, os pido la conversión de los pobres pecadores”.

Enseguida el Ángel se levanta, toma la Hostia y la da a Lucía, en cuanto que a Jacinta y a Francisco les da a beber el contenido del cáliz. Al hacer esto dice: “Reciban el Cuerpo y beban la Sangre de JESUCRISTO, que tan horriblemente es ofendido por los hombres ingratos. ¡Expíen por sus pecados, consuelen a su DIOS!” Luego se postra una vez más con los niños en el suelo, repite tres veces la oración a la Santísima Trinidad y desaparece.

Así como la primera oración: “DIOS mío, yo creo …” es un resumen de toda la Ley y de los Profetas, pues muestra, en forma de oración, una expresión perfecta del amor a DIOS y al prójimo, así la nueva oración: “Santísima Trinidad …” es una compilación de todo el Nuevo Testamento, que consiste en la revelación de la Santísima Trinidad y en la muerte en la Cruz del HIJO de DIOS hecho hombre. Su muerte nos es presentada diariamente en el Santo Sacrificio de la Misa y en la Santa Comunión.

Las oraciones del Ángel sintetizan la doctrina esencial de la Antigua y de la Nueva Alianza; son, en su fundamento, oraciones bíblicas.

La oración a la Santísima Trinidad sirve muy bien como preparación para la recepción de la Santa Comunión y también como acción de gracias luego de recibirla. Los sacramentos de CRISTO, de modo eficaz, suscitan gracias en todos aquellos que los reciben con recta intención. Pero esta apertura para los sacramentos es distinta en cada persona, lo que explica por qué tanta gente, que año tras año recibe la Sagrada Comunión, aun así, no llega a la santidad: porque colaboran en poca medida con la gracia y no se preparan adecuadamente para la venida de CRISTO a su alma. Si rezásemos esta oración u otras oraciones semejantes, junto con nuestro Ángel de la Guarda, sin duda tendríamos mayor provecho espiritual de nuestras Santas Comuniones y, si rezásemos más por los otros, ellos recibirían a su vez gracias más ricas para poder responder a los Sacramentos de CRISTO con más magnanimidad.

Qué triste es ver que en muchas almas, el momento de la Comunión pase en cuanto degluten la Hostia. En vez de hablar íntimamente con JESUS en su corazón, ven curiosamente lo que sucede dentro de la iglesia, miran hacia el reloj y, tan pronto como termina la Misa, corren hacia el estacionamiento. Aquí el Ángel nos enseña a dar a DIOS una acción de gracias adecuada. La tradición de la Iglesia, nos recomienda permanecer en acción de gracias, por lo menos, unos 15 minutos. San Alfonso María de Ligorio recomendaba a los sacerdotes hacer una hora de acción de gracias después de la Misa. El tiempo en el que tenemos a nuestro DIOS, JESUCRISTO, exclusivamente para nosotros en “audiencia privada”, es innegablemente el tiempo más valioso de nuestro día. Si los hombres ya no saben aprovechar bien Su presencia eucarística en sus corazones, difícilmente se podría suponer que puedan encenderse en un gran amor a DIOS en otras ocasiones.

La misión del Ángel: llevarnos a DIOS

La misión del Ángel es llevarnos a DIOS y al lugar que ÉL nos preparó. DIOS está presente en el Santísimo Sacramento con Su Cuerpo y Sangre, con Su Alma y Divinidad, en cada tabernáculo de la tierra. CRISTO, el VERBO de DIOS encarnado, asume las formas de pan y vino para poder entrar en nosotros como alimento y para ser así nuestra vida y nuestro camino hacia el PADRE.

En todo esto, el Ángel es un amigo rico en ayuda, un mensajero y mediador enviado por DIOS, que debe llevar a las almas a esta unión personal con ÉL y formarlas en la magnanimidad del amor. El Ángel es como un segundo Juan Bautista, que se alegra cuando escucha la voz del novio JESUCRISTO, cuyo camino preparó y ante cuya presencia en el alma se retira reverentemente.

La vida espiritual consiste esencialmente en el crecimiento en la unión con DIOS. Una fe que actúa a través del amor es la llave para la santidad. Todo lo demás es de segunda importancia. Existe la tentación de pensar: “¡Oh, si yo también tuviera tales visiones celestiales y apariciones, entonces seguro que sería un santo!” Pero ni las visiones ni apariciones extraordinarias hacen brotar a los santos, sino, sólo y únicamente, aquella colaboración misteriosa de nuestra libre voluntad con la gracia de DIOS. La Divina Providencia nos invita a todos a la santidad y nos regala a cada uno las gracias y medios para el logro de este gran fin. La imitación de CRISTO, de su Madre y de los santos es el camino más seguro hacia el Cielo. Cuando DIOS interviene en nuestro mundo proféticamente, como lo hizo en Fátima a través del Ángel y de MARIA Santísima, no debemos olvidar que ÉL, como DIOS, siempre está entre nosotros en todo lo que pensamos y hacemos.

Estar entre nosotros en forma divina, no bastó a la urgencia de su amor, ÉL también quería estar siempre en medio de nosotros con su humanidad. En cada sagrario del mundo, ÉL se encuentra presente con Su Cuerpo y Sangre, con Su Alma y Divinidad, -amándonos, esperándonos y anhelando que nuestro amor le corresponda. La tercera aparición del Ángel es una gran demostración de este amor de nuestro SEÑOR. ÉL no sólo quiere permanecer en el Sagrario, nos quiere visitar y habitar en nuestro corazón.

Siglos de jansenismo contribuyeron para que los corazones de los hombres se hayan hecho fríos. Pocos se atrevían a recibir la Santa Comunión con frecuencia. Frente a la insistencia parcial de la majestad de DIOS, los hombres olvidaron lo que el Papa Pio X con tanto tino expresaba: “El deseo de CRISTO y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al santo banquete, está dirigido con el fin preferente de que los fieles unidos con CRISTO por el Sacramento, obtengan de Él la fuerza para resistir a sus pasiones sensuales, para limpiarse de las manchas de sus caídas diarias y, para evitar aquellos pecados que más abaten y a los que la debilidad humana se inclina, de modo que el principal objetivo, no es que se le guarde al SEÑOR, la honra y reverencia debidas, o que la Santa Comunión sea administrada como reconocimiento o recompensa por las virtudes de los que la reciban. De ahí que el Concilio de Trento llama a la Eucaristía ‘el medio de salud por el que somos librados de nuestras faltas diarias y guardados del pecado mortal’” (Pio X, Sacra Tridentina Synodus, 20 de diciembre de 1905). Estas palabras del Papa Pio X nos ayudan a llegar a una comprensión más profunda sobre la razón por la que el Ángel, después de sus enseñanzas sobre la oración y sobre el sacrificio como medio para obtener el perdón de los pecados, lleva a los niños la Santísima Eucaristía, que es el Sacramento perfecto de la salud. El Ángel, al darles a los niños el Santísimo Sacramento, les da también una enseñanza profética sobre Su posición en nuestra vida espiritual. Queremos esclarecer brevemente algunos puntos importantes.

            La Primera Comunión de Francisco y Jacinta

Aquí no se trata solamente de una intervención extraordinaria del Ángel, al administrar la Santa Comunión a los niños -otros personajes en la historia de la Iglesia, como San Luis de Gonzaga, también recibieron la Santa Comunión por medio de un Ángel-, sino que en este caso, él da su primera Santa Comunión a Francisco y Jacinta. ¿Por qué hace esto el Ángel? Lucía ya había hecho su Primera Comunión el año anterior. Apenas se lo permitieron, -a pesar de que se sabía el Catecismo mejor que todos los otros niños-, porque se tenía la opinión de que ella, con seis años, era muy joven aún para eso.

Siete años antes, el santo Pio X había ordenado que los niños que habían alcanzado el uso de la razón (con más o menos siete años) debían ser admitidos a la Primera Santa Comunión. Pio X demostró que eso debía ser la voluntad de CRISTO: “Dejad que los niños vengan a Mí, ¡no se lo impidáis! Porque de los que son como ellos es el Reino de DIOS” (Mc 10,14). De cualquier modo, este decreto no era nuevo, que los niños comulgaran era ya practicado en la Iglesia antigua. El cuarto Concilio de Letrán (1215) y, más tarde también, el Concilio de Trento, enseñaron que se debía permitir la recepción de la Santa Comunión a los niños que hubiesen llegado al uso de la razón. La aparición del Ángel fue una señal de la urgencia del Cielo, de que la hasta entonces negada Comunión para los niños (¡siete siglos, desde 1215 hasta 1916!), ahora, al iniciar el siglo XX, debía ser introducida y realizada por el camino más rápido. Era un gran deseo del Papa Pio X que los niños no se vieran privados del tierno amor de CRISTO en la Santísima Eucaristía, porque entonces “despojados de este fuerte auxilio y rodeados por múltiples tipos de tentaciones, perderían su inocencia y podrían caer en malas costumbres ya antes de recibir la Primera Comunión.” (Cfr. Quam Singular, 1910).

            De modo profético el Ángel ejecuta el decreto papal, invitando a Jacinta y a Francisco a recibir su primera Santa Comunión en una edad tan tierna.

 

Oración

Adoración

Ángel y hombre  unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD  

La comunión bajo las dos especies

También es para considerar el hecho de que el Ángel diera la Eucaristía bajo las especies de Pan y Vino. Es decir, da la Hostia, el Cuerpo de CRISTO, a Lucia y, a Jacinta y Francisco el cáliz con la Preciosísima Sangre. Por eso podemos decir que fue el Ángel de Fátima quien ‘una vez más’ introduce en la Iglesia occidental la Comunión bajo las dos especies. Los ritos orientales de la Iglesia Católica siempre mantuvieron la Comunión bajo las dos especies, tal vez en parte porque casi siempre sufre persecuciones, mientras que éste no ha sido el caso de la Iglesia latina. Es obviamente claro, que recibimos en su totalidad a CRISTO, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en cada una de las dos especies, como la Iglesia siempre enseñó. Si de esto quisiéramos buscar un fundamento simbólico, sería el siguiente: El pan es símbolo de la vida y, por eso, una participación en la vida de CRISTO, mientras que la sangre “que será derramada por vosotros” es un símbolo adecuado del sacrificio y la muerte de JESÚS.

Beber del cáliz de JESUS, significa participar en su sufrimiento. Este simbolismo se deja trasmitir a la Eucaristía. Así el obrar del Ángel en vísperas de la revolución comunista es profético, pues el ateísmo pagano del siglo XX derrama más sangre y lleva más mártires al Cielo que todas las persecuciones juntas de los siglos anteriores. El siglo XX es verdaderamente el siglo de los mártires en la Iglesia, por eso, podemos mirar con optimismo hacia el siglo XXI, ya que la sangre de los mártires sólo puede indicar una nueva gran primavera y un reflorecimiento de la fe y de la gracia en la Iglesia.

Jacinta: un sacrificio expiatorio por los pecados

Francisco: el consolador de CRISTO

Aun cuando los niños de Fátima no eran mártires, ellos demuestran con su sufrimiento heroico la valentía de los mártires, especialmente Jacinta y Francisco. Lucía, que recibe la Hostia, es llamada así a vivir como testigo de los planes divinos del amor y la misericordia a través de los Corazones de JESÚS y de MARIA, en cuanto que Jacinta y Francisco, quienes beben del cáliz de la Sangre de CRISTO, eran llamados a participar en forma singular en su muerte sacrificial. De hecho, ambos en pocos años cumplen con el sacrificio de su vida y mueren muy jóvenes dispuestos a una muerte expiatoria.

En lo que se refiere a Francisco, Lucía recuerda: “Durante su enfermedad siempre parecía alegre y contento”. Ella le preguntaba de vez en cuando: “¿Sufres mucho?” -”Bastante,” -respondía él sin dar rodeos- ¡pero esto no me afecta! Yo sufro para consolar a nuestro SEÑOR, y después ¡me voy pronto al Cielo!”

Lucía también preguntaba a Jacinta si sufría mucho, a lo que ella contestaba de manera semejante: “Sí, sufro, pero yo ofrezco todo por los pecadores y para ofrecer expiación al Corazón Inmaculado de MARÍA. ¡Oh, cuánto amo esto, sufrir por amor a JESÚS y a MARÍA, sólo para darles alegría! Aquellos que sufren por la conversión de los pecadores, aman con un gran amor.”

La otra verdad que se pone más a nuestro alcance, a través de la Comunión bajo las dos especies, es la concientización de la íntima unión de la Santa Comunión y el Sacrificio de la Misa. El Papa Pio XII expresa esta verdad en forma muy precisa cuando dice: “Por el disfrutar del Pan de los Ángeles, por medio de la Comunión sacramental, podemos hacernos partícipes en el sacrificio” (Mediator Dei, Núm. 118). Esto significa que la Santa Comunión la tenemos por causa de la participación en la oblación de CRISTO; recibimos la Santa Comunión, para ser uno con CRISTO en su sacrificio al PADRE, a través del cual, ÉL deseaba cumplir dos grandes actos de amor: la glorificación de DIOS y la salvación de los pecadores.

Jacinta y Francisco son representantes de estos dos caminos de vida eucarística. Jacinta tenía un anhelo insaciable de sacrificarse por la salvación de los pecadores, a quienes tanto amaba, ningún sacrificio por su salvación era para ella demasiado grande; ansiaba “expiar por sus crímenes”. Francisco, por otro lado, estaba entera y totalmente pleno del deseo de hundirse en la adoración eucarística, para “consolar a su DIOS”.

Y porque sabía que pronto moriría, pasa todo el día en adoración ante ‘JESÚS escondido’ en el sagrario. Lucía relata que al buscar a Francisco en la iglesia, al regreso de la escuela, lo encontraron aún de rodillas en el mismo lugar.

¿Por qué la aparición en Loca do Cabeço?

La relación entre la Santa Comunión y el sacrificio de CRISTO nos ayuda a comprender el significado del lugar llamado Loca do Cabeço. ‘Cabeço’ significa literalmente, el punto más alto de una montaña o colina, pero la misma palabra está tomada de una comparación con el hombre, cuyo punto más alto es la ‘cabeça’, lo que en español quiere decir cabeza. Consecuentemente, el Ángel aparece ante los niños -transferido ahora al escenario bíblico- en el lugar de la cabeza o de la calavera, lo que significa que Loca do Cabeço podría ser visto como contraste simbólico del Gólgota, donde acontece el verdadero sufrimiento y muerte de CRISTO en su humanidad, el cual es renovado diariamente en el Sacrificio de la Misa. En Loca do Cabeco el Ángel hace más cercana la ‘pasión eucarística’ de JESÚS, terriblemente ofendido en el Santísimo Sacramento por los pecados de los hombres desagradecidos. Y así llama a los niños y, a través de ellos, a los fieles de nuestro tiempo, a expiar por estas impiedades y a consolar a DIOS, el SEÑOR.

Esta tercera aparición eucarística del Ángel, remarca la necesidad de la oración eucarística, de la adoración y del sacrificio, para reparar por los pecados de los hombres. Como es sabido, todos estos son los elementos que caracterizan la espiritualidad de la última parte de nuestro siglo. Si hubiesen sido enfatizados desde el principio, habría fallado el comunismo y no se hubiera dado la Segunda Guerra Mundial.

Paz y presencia de DIOS

Ésta fue la última revelación del Ángel a los tres niños. No podríamos expresar con más precisión lo que el Ángel cumplió con su misión, que con las propias palabras de Lucía:

“Conmovidos por la fuerza sobrenatural que nos rodeó, imitamos al Ángel en todo, es decir, nos postramos como él lo hizo y repetimos las oraciones que él había pronunciado. La fuerza de la presencia de DIOS era tan intensa, que casi que nos absorbía y anonadaba casi por completo. Parecía quitarnos por largo tiempo aún el uso de nuestros sentidos corporales. En esos días realizábamos nuestros trabajos, por así decir, como llevados por ese mismo ser sobrenatural que nos movía a ello. La paz y la felicidad que sentíamos eran muy grandes, pero puramente interiores y dirigían el alma completamente hacia DIOS.”

El Ángel había cumplido su misión guiando a los niños hacia CRISTO en la Eucaristía. A pesar de que desaparece de su vista, no deja de guiarlos y apoyarlos en el cumplimiento de sus deberes. Él se mostró como Ángel de la Paz y, ahora que los había unido con CRISTO en la Eucaristía, alcanzaban una gran paz interior, la que sólo puede surgir estando unido con DIOS, sumergido totalmente en ÉL.

CRISTO está presente en el Santísimo Sacramento del Altar y nos espera. ¡Cómo le gustaría al santo Ángel rezar con nosotros, fortalecernos en la oración y en el sacrificio y, guiarnos a la unión con DIOS. ¿Qué más necesitamos para volvernos santos?!

(Citas y oraciones del libro: ‘La Hermana Lucía habla sobre Fátima’).

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