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Cartas Sacerdote

CS23 Homenaje

Homenaje a un Sacerdote Fiel

Muy a menudo escuchamos sobre escándalos y malos ejemplos dentro del sacerdocio, en realidad, estos sacerdotes constituyen solo un pequeño porcentaje. Raramente escuchamos acerca de uno de los fieles siervos de Dios, que como la gran mayoría de los sacerdotes, día tras día cumplen su ministerio en una silenciosa fidelidad y amor. En este número de la Cruzada por los sacerdotes, queremos llamar su atención sobre la vida de uno de esos fieles sacerdotes. La siguiente es la homilía dada  recientemente por su pastor, en la misa fúnebre del padre Boleslaw Lipczewski. El padre Bill, como la llamamos con cariño la mayoría de nosotros que tenemos problemas con la pronunciación de los nombres polacos, cumplió fielmente su ministerio hasta los últimos meses de su vida, cuando la mala salud finalmente lo venció. Era muy conocido y amado por los sacerdotes y hermanas del Opus Angelorum en Detroit. Decidimos compartir esta inspiradora homilía con ustedes, porque representa, con gran precisión, la vida sacerdotal de este querido y fiel sacerdote así como la dignidad y el valor inestimable del sacerdocio en general. Aquí no leerás acerca de logros extraordinarios en la vida de este sacerdote; el padre Bill no era el tipo de sacerdote que daba brillantes homilías desde el púlpito, sin embargo, dio un testimonio inspirador de su amor por Dios y su servicio sacrificado en su ministerio sacerdotal.

Homilía fúnebre para el padre Boleslaw Lipczewski ~ 25 de noviembre de 2005

La muerte de un sacerdote es diferente a la muerte de cualquier otro: lo sentimos diferente, profundamente. Sentimos que al perderlo, hemos perdido no solo al hombre sino también su forma única de manifestar a Dios. La voz que hablaba de Dios ha sido silenciada; las manos que una vez bendijeron están impotentes. Dado que el sacerdote es el que asume la persona de Cristo, su partida de entre nosotros, es algo así como una pérdida en nuestra comunicación con el Señor. Nadie jamás volverá a ejemplificar a Cristo ante nosotros de la manera singular que lo hizo  este sacerdote.

Nuestro Señor mismo indicó esa relación especial que él mismo disfrutó con sus sacerdotes, cuando en la última cena, de su Sagrado Corazón, les expuso su propia oración sacerdotal: «Padre, oro por los que me has dado; guárdalos en tu nombre; ellos no son del mundo; santifícalos en la verdad; que el amor con el que me amaste esté en ellos y yo en ellos» (cf. Juan 17).

Fue esta unión con Cristo la que guió y dio forma a la vida del padre Lipczewski. En su caso particular, esto se dio a tal punto que sería difícil definir su personalidad e incluso concebir su vida separada del sacerdocio. Siempre digno, cortés, humilde y amable, parecía habitar un mundo diferente al nuestro, ciertamente diferente del mundo sin Dios que inspira ambición, codicia, lujuria y todos los vicios capitales a los que tantos, incluidos los sacerdotes, han sucumbido en nuestros días. El padre Bill se destacó de entre ese ambiente de corrupción del momento  y pareciera haber pasado sus días entre nosotros como un visitante de tiempos pasados, cuando la civilidad y la santidad eran más la regla que la excepción. Sin embargo, sabemos tan bien que virtudes como estas no son propias de ninguno que pertenezca a nuestra raza caída; son más bien el fruto de la autodisciplina y la oración, ejercicios  que el padre Bill conocía bien.

Me parece extraordinario que este hombre, que era más bien una persona que cuidaba su privacidad, que contaba con un número pequeño de amigos, un hombre  cuyo inglés era a menudo difícil de seguir, no solo por su acento polaco sino también por los diversos derrames que como consecuencia le impedían hablar; alguien que no llamaba la atención sobre sí mismo ni lograba hazañas que el mundo pudiera considerar como grandiosas, a pesar de todo, él fue profundamente apreciado y amado por muchos. Uno pensaría que su dificultad para comunicarse mantendría a los demás a distancia; pero no fue así. Sus limitaciones para hablar fueron compensadas por una comunicación de hechos y ejemplos. El padre Bill habló a la gente a través de su vida sacerdotal. Y es aquí, diría yo, en donde brilló la grandeza de este hombre. Hay algunos ejemplos de esto que creo apropiado mencionar, no para elogiarlo, eso es para que el Señor lo haga, sino para incitarnos a lograr un mayor grado de santidad.

Lo que permanece en mi mente acerca del padre Bill, es su fidelidad a la oración, especialmente ante el Santísimo Sacramento. Siempre, o casi siempre, decía su oficio diario de oración en la iglesia. Al hacer esto, creo que cumplía su papel coral especial como canónigo. La mayoría de las personas no sabían, debido a su modestia, que el padre tenía un título honorífico de la iglesia de la catedral en Lublin, Polonia, algo así como el equivalente a monseñor. Dichos sacerdotes tienen la función de rezar el oficio divino en el coro de la iglesia de la catedral. Esta bien puede ser la razón del buen hábito del padre, de rezar su oficio en la iglesia, un deber que no solo cumplía regularmente, sino incluso con grandes inconvenientes para sí mismo: cuando el clima estaba helado y frío o cuando estaba enfermo y débil. Se podría esperar que si el padre no estaba en su habitación en el despacho parroquial, probablemente lo encontrarían en la iglesia o en la capilla rezando. Esta práctica tampoco se limitaba solo a su breviario; tenía un repertorio de devociones de libros de oraciones, su rosario diario y una serie de otras prácticas cotidianas, que explican un epíteto que un sacerdote amigo suyo acuñó para él, «el piadoso Lipczewski». Pasó largos períodos en oración a su Dios y a menudo hablaba con reverencia sobre «la Santísima Virgen María», que creo, es el orden habitual de las palabras para su nombre en polaco).

El padre tenía un contacto más directo y visible con las personas a través de su ministerio sacramental. Aquí estoy pensando en su misa diaria, que continuó ofreciendo todos los días, incluso si, debido a su debilidad lo hacía como concelebrante; sus visitas a los enfermos, sus llamadas los primeros viernes de comunión, y quizás lo más notable de todo, su dedicación a las confesiones. Hasta hace solo unos meses, era inquebrantablemente generoso al dar su tiempo al confesionario, incluso cuando no se sentía bien, aun cuando de hecho estaba gravemente enfermo. Varias veces, especialmente en una ocasión,  tuve que decirle, debido a su mal estado de salud, que no necesitaba escuchar confesiones, su fila confesional era larga y pese a sus circunstancias dio alivio a muchos de los que acudieron a él para recibir sanación espiritual.

Si me permiten, también puedo mencionar, que el padre Bill no era una persona muy apegada a las posesiones mundanas, tenía poco y parecía necesitar poco, pero fue generoso. El padre George, su buen amigo, quien atendió muchos detalles relacionados con su muerte, reveló que en el registro de su cuenta corriente tenía una larga lista de organizaciones benéficas a las que solía donar. Parecería entonces, que su muerte ha sido una pérdida para muchos más amigos suyos, de lo que hemos sabido.

Deseo agregar una última cosa sobre el padre Bill, creo que es algo mucho más elocuente e inspirador. Esto es, la forma en como soportó en silencio el dolor corporal y angustia mental. Mantuvo oculto de casi todos, los dolores que tuvo que soportar. Solo tuve conocimiento de ello,  por la gran cantidad de medicamentos que llenaban su habitación, por los informes del médico que lograron llegar a nosotros y por su ropa manchada de sangre. Debo agregar también que sus penas eran igualmente secretas. El cierre de su único pastorado de la Iglesia de la Resurrección casi le rompió el corazón, lo redujo a un estado de dependencia y le causó una profunda tristeza. Creo que soportó todo esto no por pura resolución estoica, sino como un cristiano  llevando su cruz. Si estoy en lo correcto, estos dolores soportados en silencio y las penas sufridas valientemente, hicieron mucho bien espiritual no visible, hicieron bien reparador beneficiando así a todo el cuerpo místico de Cristo. Ustedes y yo podemos estar entre los beneficiarios desconocidos de su heroica resistencia.

Deseo agradecer al padre Bill, tardíamente, por su vida como un sacerdote dedicado y como un cristiano firme. Y quiero agradecerles, gente de esta parroquia, por el amor manifiesto que le han mostrado al padre y por sus oraciones por él. Especialmente deseo destacar a CG que fue como un segundo «ángel guardián» en el cuidado del hombre a quien ella consideraba su verdadero padre espiritual.

Todos extrañaremos al padre Bill aquí, pero confiaremos en su continua ayuda desde la próxima vida. Todavía tenemos mucho que aprender y aún tenemos un cierto tiempo para vivir como cristianos en formación. Mientras tanto, recordaremos al padre Bill en nuestras oraciones y misas, sin presumir nunca de sus méritos, implorando al buen Señor que pronto le otorgue comunión con los santos, una felicidad ilimitada y una unión eterna con Jesús y su amada «Santísima Virgen María».

Que su alma y las almas de todos los fieles que se fueron por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Testimonio del padre Eduard P. Pastor

Dios llamó al padre Bill de regresó a casa, a la edad de setenta y tres años, el 20 de noviembre de 2005, el día en que la Iglesia celebraba la solemnidad de Cristo Rey. Creemos que su despedida en una fiesta tan grande, es una señal de Dios y de su gracia de aceptación del padre Bill y de su vida sacerdotal. Nuestro Señor ejerció su reinado durante su vida terrenal, no a través del dominio hacia los demás ni haciendo sentir su grandeza (cf. Mt 20, 25-26), sino más bien, por un servicio humilde. Él  reveló su reinado y amor servicial de manera más enfática a través su muerte redentora, voluntariamente aceptada en la cruz. Del mismo modo, el padre Bill también sirvió a la Iglesia de Dios en humildad, servicio oculto y sufrimiento. El padre Bill entendió que reinar con Cristo en el Reino de Dios significa imitarlo, significa poseer su preocupación y amor por los fieles.

El Señor una vez les dijo a sus discípulos: «Ustedes son la sal de la tierra» (Mt 5,13). Con esta expresión, Jesús se refiere a todos los cristianos, pero especialmente a aquellos llamados a trabajar en su viña. A través de su fidelidad, la vida de un sacerdote sirve como sal a los ojos de Dios, haciendo que todo el pueblo de Dios le agrade. Pero lo que mantiene la sal salada y útil no es solo la fidelidad de los sacerdotes a su propia vocación, sino también las oraciones, los sacrificios y la ayuda ofrecida en apoyo de ellos. Jesús mismo oró por sus apóstoles, los primeros sacerdotes. El padre Bill estaba muy consciente de su necesidad de oraciones y del apoyo de los demás durante su vida. A menudo le pedía a la gente que rezara por él. Y, de hecho, muchas personas rezaron y pidieron misas santas por él para que pudiera seguir siendo un sacerdote dedicado hasta el final.

Hay tantos sacerdotes, jóvenes, viejos, inexpertos, sabios, débiles, luchadores, que sufren, que cargan pesados bultos a cuestas, todos ellos necesitan nuestras oraciones. A menudo percibimos sus debilidades, faltas e incluso pecados, porque en su debilidad humana tienen que luchar con los efectos del pecado original como cualquier otra persona. Sin embargo, siempre debemos recordar que son los objetivos principales del maligno. Pues Satanás sabe que cuando un buen sacerdote cae, se lleva consigo mil almas. Cuando Dios nos permite ver a los sacerdotes fallando en su ministerio, no debemos tomar esto como una oportunidad para criticarlos, sino que debemos entender esto como el llamado de Dios para que oremos y nos sacrifiquemos por sus sacerdotes. Como hemos visto en cartas pasadas, el sacerdocio es un regalo, uno de los mejores regalos que Dios nos ha dejado en la tierra, pues nos trae a Dios mismo en la eucaristía y en los otros sacramentos. Por lo tanto, demostremos nuestra gratitud a Dios por este don, por todos sus ministros fieles y santos, por todos sus ocultos siervos  de la palabra y del Santísimo Sacramento. Mostramos nuestra gratitud por el apoyo material y espiritual de estos ministros de Dios. Lo que hacemos por los sacerdotes, lo hacemos por Cristo.

Por lo tanto, les agradecemos a todos su compromiso con la Cruzada por los Sacerdotes. ¡Sigamos orando y sacrificándonos con mayor fervor en cada año por la santificación de los sacerdotes de Dios! ¡Todos sus pequeños actos de amor por los sacerdotes, incluso los más pequeños, ofrecidos en unión con el único sacrificio de Cristo, son grandes a los ojos de Dios y dan frutos de santidad en sus sacerdotes! ¡Que Dios los bendiga y recompense a todos por el amor que tienen por el sacerdocio!

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Cartas Circulares OA-Espiritualidad

OA01 Fidelidad

I. La Fidelidad

En la Obra de los Santos Ángeles, sus miembros son animados a vivir siete virtudes particulares, que les ayudarán a unirse de manera más íntima con los santos Ángeles. Estas son: fidelidad, humildad, obediencia, amor, silencio, templanza y la imitación de María. En ésta y en las próximas cartas circulares abordaremos de manera secuencial cada una de estas virtudes.

La fidelidad contribuye al perfeccionamiento de cada virtud

Al comienzo, con la prueba de los Ángeles –así se dice-, se produjo la división, cuyo origen fue la cuestión de la fidelidad a Dios. Con San Miguel -“¡Quién como Dios!”-, los Ángeles  f i e l e s  decidieron mantener la fidelidad a Dios, mientras que los Ángeles c a í d o s abjuraron de Dios y quebrantaron la fidelidad a Él. Por esta razón, la fidelidad es el primer rasgo característico de los santos Ángeles.

La fidelidad, entonces, ha de ser la primera cualidad del carácter de los miembros de la Obra de los Santos Ángeles. Así, en la presente carta circular trataremos sobre la fidelidad, una de las virtudes más fundamentales. Se dice con frecuencia que la humildad es el  f u n d a m e n t o de la vida espiritual; pero si se mira con detenimiento, podremos darnos cuenta de que la función de la humildad consiste en cavar la zanja y apartar los escombros del amor propio, para que la vida espiritual pueda levantarse realmente sobre la piedra angular de la fe, y de que la labor de la fidelidad consiste en cimentar firmemente la vida espiritual en la fe. De ahí que la palabra latina para fidelidad, ‘fidelitas’, esté emparentada con la palabra latina para la fe: ‘fides’. Sin fidelidad es imposible que puedan darse la perfección o la santidad. Concretamente, el camino de los fieles hacia la santidad es el de la fidelidad a la voluntad de Dios, manifiesta en Su palabra, en Sus mandamientos y en las inspiraciones del Espíritu Santo. Respecto a nosotros, el amor perfecto -al igual que con María y con todos los santos- consiste en una absoluta y confiada entrega a las manos del Padre según el ejemplo de Jesús” (Juan Pablo II, Audiencia general del 22/07/1998).

Expresiones de fidelidad

Antes de analizar detalladamente los aspectos específicos de la fidelidad, vamos a efectuar un breve inventario de sus funciones, denominaciones y relaciones. Dichosos aquellos cuyas actitudes y relaciones estén marcadas por las múltiples expresiones de fidelidad descritas a continuación. ¡Quiera Dios que correspondamos a este elevado ideal!

Primero, debemos ser fieles a Dios, a quien debemos un absoluto y fiel acatamiento como nuestro Creador, Redentor y Santificador. Luego, hemos de ser fieles a la Iglesia, tanto en relación con su autoridad magisterial (respecto a la doctrina de la Iglesia debemos ser firmes y estables, pues el Evangelio de Cristo es uno solo e inalterable) como en relación con su autoridad gobernativa (como siervos obedientes, leales, confiables e imperturbables).Debemos ser consistentes en la práctica de nuestra fe, perseverantes en el ejercicio de las virtudes y pacientes en las pruebas. Debemos ser leales con nuestros parientes y amigos (el verdadero amigo se muestra como tal, sólo en la necesidad). Debemos ser patriotas frente a nuestro país; debemos cumplir a conciencia nuestras obligaciones. Debemos ser fieles a nuestra palabra, a nuestras promesas y a nuestros deberes.

Después de treinta años de la publicación del Decreto Presbyterorum Ordinis, (Decreto sobre el ministerio y la vida de los sacerdotes. Concilio Vaticano II), podemos reconocer la providente sabiduría, cuando allí se afirma que “la clave del verdadero ser del sacerdote radica en la fidelidad y el entusiasmo hacia el don recibido del Señor…” (Emilio Carlos Berlie Belaunzaran, Arzobispo de Yucatán, Mexico).Debemos ser particularmente fieles a nuestro estado de vida y sus correspondientes obligaciones: los sacerdotes a su ministerio sacerdotal, a sus obispos, a su compromiso celibatario; los consagrados a su profesión pública, mediante la cual se comprometen a imitar perfectamente a Cristo, según los consejos evangélicos de la castidad, de la obediencia y de la pobreza; los casados deben ser fieles el uno al otro, pues su unión es un signo sacramental del fiel amor de Cristo hacia Su esposa, la Iglesia.

En esta categoría de fidelidad a Dios y a la Iglesia debemos incluir nuestra fidelidad a la Madre de Dios y a los Ángeles y Santos, que en el Credo confesamos como “comunión de los santos”. Y puesto que todos nosotros, miembro por miembro, formamos un solo cuerpo en Cristo, estamos obligados de una manera particular a ser fieles a los que creen en Cristo, es decir, a los miembros de la Iglesia. Mediante nuestra Consagración a los santos Ángeles nos hemos comprometido, además, a ser especialmente fieles a los santos Ángeles y a la Obra de los Santos Ángeles.

“¡Dejaos guiar por los Ángeles Custodios!”

En la Audiencia general del 2 de octubre de 2002, el Papa Juan Pablo II, hizo un llamamiento a los creyentes en general, y en especial a los jóvenes, a redescubrir en la propia vida la ayuda de los Ángeles de la guarda. Al concluir la audiencia, en la que participaron algo más de quince mil peregrinos en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el papa recordó que el 2 de octubre la Iglesia celebra la fiesta de los santos Ángeles Custodios. Esta celebración, añadió el papa, ‘nos invita a pensar en estos protectores celestiales que la providente atención de Dios ha puesto junto a cada persona’, aclaró el obispo de Roma. Después, dirigiéndose particularmente a los jóvenes, dijo: ‘dejaos guiar por los Ángeles Custodios para que vuestra vida sea una vivencia fiel de los mandamientos divinos’. (Zenit News Service).

La esencia de la fidelidad

No cabe duda de que apreciamos la fidelidad en nuestros amigos, pues ella constituye un soporte de la vida moral. Sin ella, no subsistirían la sociedad ni la familia. Ciertamente, es justo poner el amor en primerísimo lugar, pero no sería un amor verdadero, si no fuese, al mismo tiempo, fiel. “Dicho concretamente, el amor significa fidelidad” (Congregación para el Clero, L’Osservatore Romano, 21.7.99). El amor implica tanto el agrado por el bien que encontramos en el otro como también la generosa benevolencia, mediante la cual buscamos promover su bienestar. La fidelidad sella esta buena intención a través de un auto-compromiso duradero. ¡Cuando se ama realmente a alguien, se le quiere amar por siempre y ayudarle siempre!

Esta fidelidad, entonces, constituye la virtud por la cual permanecemos fieles al cumplimiento de nuestras obligaciones -“en las buenas y en las malas”-, como se dice en el momento de contraer matrimonio, que es la promesa humana de la fidelidad por excelencia.

Fidelidad heroica de un joven amor

Antonio y María se encontraban en la primavera de su vida y se habían enamorado mutuamente. Él ya le había propuesto matrimonio, y ella había respondido con un “sí”. Así pues, con la bendición de sus padres, campesinos pobres, se dispusieron a hacer planes para un futuro en común.

Había, sin embargo, un pequeño problema: su aldea, ubicada en el interior del Brasil, se encontraba tan alejada, que muy raras veces era visitada por el párroco misionero. Antonio y María aceptaron la situación y decidieron esperar hasta que apareciera nuevamente por allí el sacerdote y los casara. Esperaron y esperaron… Era probable que ‘su’ párroco hubiese muerto ya hacía tiempo. El tiempo pasaba. Antonio y María, que vivían a ambos lados de un río, llegaban todas las mañanas a la orilla, se saludaban desde lejos y oraban juntos antes de iniciar sus labores en el campo.

La joven pareja esperó nada menos que diez años, hasta que apareció por allí otro sacerdote, que finalmente los pudo casar.

Para la gente del mundo, la paciente fidelidad de esta joven pareja habría sido considerada una gran pérdida de tiempo y una estupidez. Si bien el derecho canónico, teniendo en cuenta las circunstancias, permitía a Antonio y María que efectuaran las promesas matrimoniales en presencia de algunos testigos (cosa que evidentemente desconocían), por su testimonio heroico y fiel respecto a la santidad del matrimonio merecieron una bendición eterna y una radiante corona.

Fidelidad y Justicia

Como tal, la fidelidad hace parte de la justicia, pues debemos cumplir nuestra palabra dada al otro. También hace parte de la veracidad a nosotros mismos y a la rectitud de nuestro entendimiento, reconocer la verdad y cumplir la palabra dada. Por eso nuestra promesa de ser fieles puede ser implícita o también formal.

En relación con las criaturas, la verdad significa reconocer que lo que es, es, y aclarar que lo que no es, no es. La verdad es la correspondencia o la conformidad de nuestro entendimiento con la realidad. Naturalmente, el mundo creado por Dios (y en últimas Dios mismo) es el parámetro para la verdad. Somos veraces cuando percibimos, conocemos y afirmamos la realidad tal como es.

Puesto que el entendimiento ha sido creado para la verdad, afirma de manera natural esta luz cuando brilla en nuestro corazón. Igualmente, la voluntad tiene una inclinación innata a obrar el bien y a evitar el mal. Así pues, ya con la percepción del orden natural estamos inclinados a optar por el bien. Esta es la ley natural que está escrita en nuestros corazones y de la cual da testimonio nuestra conciencia (cfr. Rom 2,14ss).

Al reconocer y obligarnos a vivir de acuerdo con las consecuencias morales que resultan de nuestra posición en el mundo y la sociedad, nos adentramos en el ámbito de la fidelidad. Más allá de las inmutables obligaciones de la ley natural, a la cual debemos ser fieles, se nos abre el vasto reino de la libertad humana, en la cual hemos de optar por una determinada manera de actuar. En estas circunstancias el hombre no se encuentra como un individuo aislado, pues hace parte de un entramado social que también exige estabilidad. De ahí surgen la necesidad y la obligación de vincularse de múltiples maneras a través de promesas, contratos o votos, bien sea en el matrimonio, en el trabajo, en la amistad, etc., y por el reino de los cielos, a los consejos evangélicos en la vida consagrada, al ministerio sacerdotal, a particulares formas de devoción, como las consagraciones al Sagrado Corazón de Jesús, a María y a los Santos Ángeles.

Fidelidad y veracidad

En su relación con la veracidad, la fidelidad tiene en sí algo de ‘divino’. En la veracidad reconocemos la verdad de seres existentes. Debemos permanecer fieles a la palabra dada en los vínculos de fidelidad que asumimos libremente. Mediante esta fidelidad surge y nace algo bueno y nuevo. En este sentido la fidelidad es casi ‘creativa’; al menos podemos decir que llegamos a la perfección mediante la fidelidad. Además, siendo fieles es como colaboramos más eficazmente con los santos Ángeles. El objetivo de su ministerio, de su servicio, consiste en ayudarnos a ser configurados a semejanza de Dios, a ser semejantes a Él en el amor y en las virtudes. Cuanto más grande sea nuestra fidelidad para seguir Sus inspiraciones y exhortaciones, mayor será nuestra fidelidad en medio de pruebas y más rápidamente seremos transformados a semejanza de Cristo (cfr. 2 Co 3,18).

Si negásemos la ley natural establecida por Dios o rompiésemos nuestras promesas, estaríamos, claro está, siendo infieles. Esta es la razón por la cual los espíritus que fueron rechazados fueron acusados de infidelidad hacia Dios. En el instante de su creación, todos los espíritus creados se dirigieron con amor hacia Dios y se comprometieron, a la luz de su entendimiento natural, a servirle (cfr. Summa Theologica I. 63,5,c). Pero en el momento en que fueron aún más iluminados por la luz de la fe y conocieron el Reino sobrenatural de Dios y su propio lugar en él, el demonio y sus Ángeles se rebelaron y fueron infieles.

Tomás de Aquino enseña: el demonio pecó porque se apartó, lleno de odio, de la disposición divina (De Malo, 16, 3, 1m, 10m, 15m). En cambio, el hombre justo y fiel ama la ley de Dios: “¡Cuánto amo Tu ley, oh Señor!” (Sl 119, 97). “Fiel y justas son las obras de Sus manos. Sus preceptos son todos infalibles. Son afirmados eternamente y para siempre, hechos con verdad y rectitud” (Sl 111,7-8). Con la gracia de Dios, lograremos permanecer fieles. Jesús nos asegura: “Separados de Mí no podréis hacer nada” (Jn 15,5); y San Pablo confiesa: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13); pues “Dios es fiel y no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas” (1 Co 10,13); “fiel es el Señor, el cual os fortalecerá y os guardará del maligno” (2 Tes 3,3), pues “Su fidelidad es escudo y protección” (Sl 91,4). Sí, Él, que nos ha llamado, es fiel y nos santificará enteramente en cuerpo, alma y espíritu, para que seamos irreprochables cuando Cristo venga” (1 Tes 5,23-24).

La Fidelidad de Dios

Dios, «El que es», se reveló a Israel como el que es «rico en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Estos dos términos expresan de forma condensada las riquezas del Nombre divino. En todas Sus obras, Dios muestra Su benevolencia, Su bondad, Su gracia, Su amor; pero también Su fiabilidad, Su constancia, Su fidelidad, Su verdad. «Doy gracias a Tu nombre por Tu amor y Tu verdad» (Sl 138,2; cfr. Sl 85,11). Él es la Verdad, porque «Dios es Luz, en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5); Él es «Amor», como lo enseña el apóstol Juan (1 Jn 4,8)” (CIC 214).”«Es verdad el principio de Tu palabra; y eternos todos Tus justos juicios» (Sl 119,160). «Ahora, mi Señor Dios, Tú eres Dios, Tus palabras son verdad» (2 Sam 7,28); por eso las promesas de Dios se realizan siempre (cfr. Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, Sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas” (CIC 215). Puesto que Dios no tiene ninguna obligación natural frente a la creación, sólo podemos hablar de Su fidelidad respecto a Su inmutable bondad, respecto a Sus planes y promesas (pactos), que Él nos ha dado por nuestra salvación.

La fidelidad de Dios, Su eterna firmeza y la seguridad que nos da Su bondad, son, en definitiva, el único fundamento sobre el cual se puede sostener la fidelidad de las creaturas. Por eso, generaciones incrédulas están marcadas por el caos, la inseguridad y las guerras. Una vez, un sabio sacerdote preguntó a una joven pareja que vivía en concubinato: “¿Cómo pretendéis vosotros -meras creaturas- ser fieles el uno al otro, si no estáis dispuestos, antes que todo, a ser fieles a Dios, cumpliendo Sus leyes?”.

La vergüenza de la mentira y la impureza es su infidelidad. Así como la mentira es la vergüenza para el hombre, asimismo la impureza es la vergüenza para la mujer, pues con ello manifiestan su infidelidad a su vocación original. Con la mentira, el hombre se niega a recibir la verdad; con la impureza, la mujer se niega a recibir la vida. Estos dos males se encuentran unidos en los espíritus impuros, denominados así por el rechazo al misterio de la fe: en su prueba, estos espíritus impuros se negaron a aceptar la Palabra de Vida. Por eso el demonio es el padre de la mentira y un asesino desde el comienzo (cfr. Jn 8, 44), pues lo que despreció fue el plan divino, según el cual el Verbo de Dios habría de hacerse hombre. En ese mismo momento decidió matar al Verbo de Dios, cuando se encarnase.La fidelidad como atributo de Dios, significa la firme e irrevocable consistencia en la que Yahvé permanece: Dios rico en benevolencia y misericordia. Incluso en medio de un mundo lleno de infidelidad (Dt 32, 4; Os 4, 1; Sir 11, 30), Él continúa siendo el ‘Dios fiel’ (Sl 31,6), que frente al rompimiento de la alianza por parte de los hombres, no rompe Su fidelidad (Os 11)” (LTK, X,333ss).

Una y otra vez, las Sagradas Escrituras alaban la fidelidad de Dios, particularmente en relación con la fidelidad de Dios a la alianza, fidelidad que es vista a la luz de Su incomparable bondad: “Todos los caminos del Señor son benevolencia y verdad para los que guardan Su alianza y Sus mandamientos” (Sl 25,10). La fidelidad de Dios es Su decisión unilateral de guardar y cuidar la creación, que Él, por sobreabundante bondad, hizo surgir de la nada. Dios era libre de crear o no crear. Para ser más precisos, todo el universo podría volver a la nada en un instante, si Dios, por causa de los pecados de la humanidad, se ‘arrepintiese’ totalmente de haber creado el mundo. Él, sin embargo, nos hizo saber: “Que Dios no hizo la muerte; ni Se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia” (Sab 1,13-14). Y frente a nuestros pecados Él mismo dice: “No llevaré a efecto el ardor de Mi cólera, no volveré a destruir a Efraím, porque Yo soy Dios y no un hombre, soy santo en medio de ti y no Me complazco en destruir” (Os 11,9). San Pablo atestigua: “pues los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom 11,29). Esto no quiere decir que todos estén salvados -pues muchos rechazan el llamado de la gracia-, sino que mientras un ser humano viva en este mundo, a éste le será ofrecido el amor fiel y misericordioso de Dios.

Las Promesas de la Alianza y el Juramento de Dios

Muchas veces la humanidad y el pueblo elegido abjuraron de Dios; sin embargo, otras tantas veces Dios siguió siendo fiel a Su plan de salvación y le ofreció a la humanidad, una y otra vez, el perdón y un redentor. El renovó Su pacto con la humanidad a través de todas las generaciones:

– Prometió a Adán y Eva, incluso después de su caída, un redentor (Gén 3,15).

– Prometió a Noé que nunca más volvería a destruir el mundo a través de un diluvio (Gén 8, 21s; 9,11-15).

– Prometió a Abraham un hijo, una descendencia eterna y una herencia eterna (Gén 12,2ss; 15,4-5; 17,2).

– Prometió a David (no porque estuviese sin pecado, sino porque se arrepintió sinceramente de sus pecados y se sostuvo ante el Señor) el Mesías como un vástago de su estirpe y la eterna permanencia de su reino (Sl 132,11).

Cuando Dios hizo a Abraham la promesa, como no tenía ninguno mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo: ‘Te bendeciré abundantemente, te multiplicaré grandemente…’ Por lo cual, queriendo Dios mostrar solemnemente a los herederos de las promesas la inmutabilidad de Su consejo, interpuso el juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos firme consuelo los que corremos hasta dar alcance a la esperanza propuesta” (Heb 6, 13-14; 17-18).Esta promesa y este juramento se cumplieron con el nacimiento de Cristo y mediante Su muerte en la Cruz. En relación con el nacimiento de Cristo el salmista dice: “Voy a proclamar un decreto (juramento) del Señor. Él me ha dicho: ‘Tú eres Mi hijo, Yo Te he engendrado hoy… Te daré en posesión los confines de la tierra’” (Sl 2,7.8). En relación con la muerte de Cristo, San Pablo explica: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley haciéndose por nosotros maldición, pues escrito está: ‘Maldito todo el que es colgado del madero’, para que la bendición de Abraham se extendiese sobre las gentes en Jesucristo y por la fe recibamos la promesa del Espíritu” (Gál 3, 13-14). Así, todos los pactos de la fidelidad de Dios se resumen en el nacimiento del Señor y en Su misterio pascual. Por Su muerte en la Cruz nos reconcilió con el Padre y estableció un pacto eterno. Este misterio de nuestra redención fue eternizado por Él a través de la instauración del sacrificio y sacramento de la Sagrada Eucaristía, la nueva y eterna alianza en Su sangre (cfr. Lc 22,20). Mediante el santo Sacrificio de la Misa se renueva diariamente en medio de nosotros el sacrificio de Cristo; su eficacia se nos actualiza de manera incruenta, y mediante la recepción de Su Cuerpo y de Su Sangre permanece en nosotros de una manera única, y nosotros en Él. También de esta manera, el Siervo fiel de Dios nos hace partícipes de Su sacrificio expiatorio, a fin de que participemos de Su gloria.

Así es la fidelidad de Dios en Sus intenciones y en Sus promesas: Él llama a Sus criaturas a ser Sus siervos, a Sus siervos a ser Sus amigos. Y lo que Él nos aconseja, Él mismo lo cumple: “Si tienes un siervo [fiel], trátale como a ti mismo” (Eclo 33, 31, según la Vulgata). “Muy bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor” (Mt 25, 21).

La historia de una fidelidad que salva

Era de noche, y el padre Eugenio, capellán en una universidad norteamericana, se encontraba arreglando la oficina luego de un día lleno de trabajo, y esperando, al mismo tiempo, a una última persona que tenía concertada una cita con él. Era con Henry, un estudiante de la universidad, quien debería llegar a las 7:00 p.m. El padre había calculado que una vez pasada la charla, podría presenciar, a partir de las 8:00 p.m., el partido de fútbol que iba a jugarse en el estadio de la universidad.

Henry había pasado últimamente por muchas dificultades, pero incluso si la charla se llegara a extender -pensaba el padre Eugenio- alcanzarían a ver la parte más emocionante del juego. Pero el padre Eugenio no contaba con que Henry pudiera demorarse. El reloj marcó las siete, marcó las siete y media, y Henry no aparecía. A las ocho en punto, el padre Eugenio escuchó el grito de entusiasmo de la muchedumbre cuando se dio el pitazo inicial en el estadio; él comenzó a perder la serenidad. Llegó a pensar, que como Henry llevaba una hora de retraso, ya no valía la pena seguir esperando y más se iría a ver el juego. Algo, sin embargo, le decía: “¡Espera, ya viene!”.

Luego de veinte minutos más de nerviosa espera, el padre Eugenio cogió el abrigo y la bufanda, murmurando: ¿Para qué sigo esperando más? Con seguridad Henry olvidó la cita; muy probablemente se encuentra allá en las tribunas viendo el juego.” Una vez más, sin embargo, una voz interior lo hizo detenerse. Se quitó el abrigo y lo arrojo sobre una silla, diciendo: “Tal vez ya viene”.

Los gritos emocionados del público, al comenzar el segundo tiempo del partido, lo pusieron aún más de mal humor. Estaba realmente enojado por la irresponsabilidad e indelicadeza del estudiante. Agarró el abrigo y la bufanda, pero una vez más no llegó sino hasta la puerta: sentía un terrible conflicto interior, que no podía explicarse. No tuvo más remedio que sentarse a esperar a Henry. El mismo no sabía que le pasaba y estaba sorprendido de su irresoluta actitud. “Quizá no me siento bien” -pensó para sí.

Pasado un momento, golpearon a la puerta de la oficina del padre Eugenio. Era Henry. Tenía una pistola en la mano y se veía totalmente trastornado. Antes de que el padre Eugenio pudiera decir algo, Henry gritó: “¿Por qué se quedó usted aquí? ¿Por qué no se fue a ver el partido de fútbol? ¿Por qué no me dejó plantado como todos los demás?” — “No podía irme. Algo me retuvo todo el tiempo, como si dijera: ‘¡Quédate donde estás! ¡Henry ya viene! No pude hacer más que esperarte. ¡Entra, Henry, charlemos un rato! Cuéntame que te sucede.”

Henry le entregó la pistola al padre y entró. Ambos sostuvieron una conversación larga y fructífera. Mientras tanto el partido de fútbol había concluido. Fue el comienzo de la sanación de Henry. Sin embargo, hubiera podido ser el fin, pues la permanencia o la partida del padre Eugenio era la señal que Henry había determinado para quitarse o no la vida, la señal de que alguien lo tenía en cuenta.

Más tarde, el padre Eugenio reconoció que en aquellos instantes no había entendido lo sucedido. Sin embargo, luego se dio cuenta de que su Ángel, sabiendo lo que pasaría si se hubiera ido, lo había instado a quedarse. “¡Cuán agradecido estoy con Dios de haber sido fiel a aquella inspiración de la gracia!”

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Fidelidad

D. Fidelidad de los santos ángeles

Podemos considerar brevemente la fidelidad de los buenos ángeles de Dios que ya disfrutan de la seguridad de pertenecer completamente a Dios. Son fieles, porque están asentados en el rostro de Dios, la fuente de toda estabilidad. San Agustín explica en el siguiente pasaje sobre los benditos ángeles: 

No hay un bien cambiante sino el único y verdadero Dios bendito. Las cosas que hizo son realmente buenas por razón de Él, aunque sean mutables porque no están hechas de Él, sino de la nada. A pesar de que no son el bien supremo, porque Dios es el bien mayor, esas cosas mutables pueden adherirse al bien inmutable, y así ser bendecidas, y por lo tanto ser muy buenas … Y como esto es así, entonces en esta naturaleza que ha sido creada tan excelente, aunque sea mutable en sí misma, puede asegurar su bendición, adhiriéndose al bien inmutable, al Dios supremo; y puesto que no está satisfecha a menos que sea perfectamente bendecida, y no puede ser  bendecida salvo en Dios, en esta naturaleza, yo digo que no adherirse a Dios es manifiestamente una falta.

Los ángeles, a su vez, son para nosotros una revelación de la fidelidad de Dios y su amor constante por nosotros. Santo Tomás hace la pregunta sobre si el ángel guardián alguna vez abandona al hombre que protege. Él responde: 

La tutela de los ángeles es un efecto de la divina providencia con respecto al hombre. Ahora, es evidente que ni el hombre ni nada se retira por completo de la providencia de Dios: en la medida en que una cosa participa del ser, hasta ahora está sujeto a la providencia que se extiende sobre todo el ser. De hecho, se dice que Dios abandona al hombre, de acuerdo con la orden de su providencia, pero sólo en la medida en que permite que el hombre sufra algún defecto de castigo o culpa. De la misma manera, debe decirse que el ángel guardián nunca abandona a un hombre por completo, pero a veces lo deja en algo particular, por ejemplo, al no prevenirle de ser objeto de algún problema, o incluso de que caiga en pecado, de acuerdo con el orden de los juicios divinos. 

Los ángeles son enviados para ayudarnos a ser fieles como ellos son fieles. «¿No son ellos espíritus servidores, enviados en favor de los que han de heredar la salvación?» (Heb 1,14). Sin embargo, como señala Santo Tomás, nos sirven no sólo al liberarnos de las pruebas, sino también al permitirnos participar en aquellas que necesitamos para demostrar nuestra fidelidad. Los ángeles no sólo vienen al rescate como lo hicieron con Lot y su familia, para salvarlos de la destrucción de Sodoma y Gomorra; sino que también son enviados para poner a prueba, como lo hicieron con Abraham y los otros hombres justos del Antiguo Testamento. Así es como nos sirven para obtener la salvación. Las pruebas de fidelidad pueden ocurrir incluso cuando no somos infieles a Dios. Esto se expresa en el Salmo 44: 

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean. Nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones; todos al vernos menean la cabeza. Cada día mi deshonra está delante de mí, Y la vergüenza me cubre la cara, al oír insultos e injurias, al ver a mi rival y a mi enemigo. Todo esto nos viene encima, sin haberte olvidado, ni haber violado tu alianza. No se ha vuelto atrás nuestro corazón, ni se han desviado de tus caminos nuestros pasos, para que nos arrojases en un lugar de chacales, y nos cubrieses de tinieblas. «Haz votos a Dios y mantenlos …» 

La respuesta adecuada del hombre a la fidelidad de Dios es ser fiel. Como se dijo anteriormente, el hombre busca refugio en la seguridad de la inmutabilidad y fidelidad de Dios. Esto se expresa en la hermosa oración atribuida a San Patricio que comienza con las palabras: “Me levanto hoy por medio de poderosa fuerza, la invocación de la Trinidad, por medio de creer en sus Tres Personas, por medio de confesar la Unidad del Creador de la Creación… Me levanto hoy por medio del poder de Dios que me sostiene y me guía…”

Además del cumplimiento de los votos de los sacramentos, el amante busca encontrar mil maneras de unirse al amado. Esto está bien expresado en algunos escritos de G.K. Chesterton en los que discute la naturaleza y la importancia de los votos. Él escribe en particular, para revelar las falacias de lo que él llama «el decadente moderno» quien niega la belleza de hacer un compromiso vinculante. El escribe: 

El hombre que hace un voto, hace una cita consigo mismo en algún momento o lugar distante. El peligro de esto es que él mismo no  cumpla con la cita. En los tiempos modernos, este terror a la debilidad y mutabilidad de uno mismo, ha aumentado peligrosamente y es la base real de la objeción a los votos de cualquier tipo. Un hombre moderno se abstiene del juramento de contar las hojas de cada tercer árbol en Holland Walk, no porque sea una tontería hacerlo (el hace cosas aún más tontas), sino porque tiene una profunda convicción de que antes de que llegue a las trescientas setenta y nueve hojas del primer árbol, ya estará excesivamente cansado del tema y querrá ir a casa a tomar el té. En otras palabras, tememos que para ese momento él será, otro hombre, como se dice en el muy común pero horriblemente significativo argot popular. Ahora, es en este horrible cuento de hadas, de un hombre que cambia constantemente en otros hombres, que se encuentra el alma de la decadencia. Que John Paterson, con aparente calma, espere ser un cierto General Barker el lunes, el Dr. Macgregor el martes, Sir Walter Carstairs el miércoles y Sam Slugg el jueves, puede parecer una pesadilla; pero a esa pesadilla le damos el nombre de cultura moderna. 

Este primer punto que hace GK Chesterton es muy importante. Lo que él llama la frase “horriblemente significativa [de convertirse] en otro hombre… el horrible cuento de hadas de un hombre que cambia constantemente a otros hombres». Está representando, en su forma típicamente humorística, el tema recurrente de la Sagrada Escritura. Como está escrito en el primer Salmo, el hombre justo es como un árbol plantado al borde de la acequia, mientras que el hombre malvado no es así, es como la paja que es arrebatada por el viento. Como se mencionó anteriormente, el hombre «justo» es el que tiene fe: es fiel porque no duda. Como escribió Santiago: “El hombre que duda se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento” (Stg 1, 6). Repetidamente, vemos en la revelación, el contrapeso de la estabilidad del hombre justo que construye su casa sobre la roca sólida, o que está enraizado como un árbol; a diferencia de los malvados que son inestables en todos sus caminos, construidos sobre arena, que serán arrastrados como paja. Esto es lo que Chesterton reafirma como el alma de la decadencia. El miedo a que no podamos comprometernos con una buena y noble determinación por temor a que mañana no seamos tan buenos y nobles. Otra cosa es reconocer la propia debilidad al llevar a cabo tales determinaciones. De lo que habla Chesterton es de otra cosa, lo que es tan horroroso es la exaltación del hombre que cambia como un camaleón, el héroe moderno que triunfa porque no tiene principios duraderos, ni compromisos vinculantes, ni raíces. Tal hombre evita la común vergüenza humana involucrada en el incumplimiento de una resolución perfecta. Pero lo hace, al jactarse de la vergüenza mucho mayor de nunca haber tomado una resolución seria. Esto es lo que Chesterton explica de la siguiente forma:  

Y el final de todo esto, es ese horror irritante de irrealidad, que desciende sobre los decadentes y en comparación con el cual, el dolor físico en sí mismo tendría la frescura de una cosa juvenil. El único infierno que la imaginación debe concebir como el más infernal, es actuar eternamente en una obra de teatro sin ni siquiera un estrecho y sucio camerino en el cual poder ser humano. Y esta es la condición del decadente, del amante libre. Estar eternamente atravesando por peligros que sabemos que no pueden asustarnos, hacer juramentos que sabemos que no pueden obligarnos, desafiar  enemigos que sabemos que no pueden conquistarnos; esta es la tiranía sonriente de la decadencia llamada libertad.

Como él lo señala, necesitamos un escenario claro en el cual representar nuestras vidas, por muy estrecho y sucio que sea. Debe haber límites claros, de lo contrario nuestra libertad se convierte en una tiranía de la decadencia, la náusea de Sartre y otros existencialistas sin forma. San Pedro describió esta decadencia en su Segunda Carta, donde describe a los malvados «…como animales irracionales, destinados por naturaleza a ser capturados y destruidos, hablan injuriosamente de lo que ignoran, y perecerán como esos mismos animales, sufriendo así el castigo en pago de su iniquidad. Ellos se deleitan entregándose a la depravación en pleno día; son hombres viciosos y corrompidos, que se gozan en engañarlos mientras comen con ustedes. Son seres malditos, cuyos ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas débiles y cuyos corazones sólo conocen la codicia. Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad, y fue reprendido por su iniquidad; pues una muda bestia de carga, hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta. Los que obran así son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta: a ellos les está reservada la densidad de las tinieblas” (2 Pt 2, 12-17). 

Chesterton luego describe la grandeza del hombre que está dispuesto a hacer un voto; el que desea unirse a la fidelidad. 

Pasemos, por otro lado, al hacedor de votos. El hombre que hizo un voto, dio una declaración saludable y natural a la grandeza de un gran momento. Prometió, por ejemplo, encadenar dos montañas juntas, tal vez un símbolo de algún gran amor o aspiración. Por breve que sea el momento de su resolución, fue, como todos los grandes momentos, un momento de inmortalidad… 

Chesterton está indicando, que el hombre inmortaliza el momento y le da significado y grandeza, cuando está dispuesto a obligarse a sí mismo mediante un voto. Tan cierto como esto es al nivel de la naturaleza, cuánto mayor es el ámbito del compromiso vinculante con Dios, por el cual el alma inmortal está eternamente unida al Creador. Esto contrasta una vez más con la noción moderna de libertad:  El hombre moderno, por supuesto, vería fácilmente la oportunidad emocional; juraría encadenar dos montañas juntas. Pero luego, de la misma forma, juraría alegremente encadenar la tierra a la luna. La sarcástica conciencia de que no quiso decir lo que dijo, que en realidad no estaba diciendo nada de gran importancia, le quitaría exactamente esa sensación de audacia actual, que es la emoción de un voto.

Los hombres modernos parecen imaginar que el ideal de la constancia es un yugo misteriosamente impuesto a la humanidad por el demonio, en lugar de ser, como es, un yugo consecuentemente impuesto por todos los amantes para sí mismos. Se han inventado una frase, en blanco y negro, una contradicción en dos palabras, «amor libre», como si un amante hubiera sido, o pudiera ser alguna vez libre. La naturaleza del amor es la unión y la institución del matrimonio, simplemente le paga al hombre promedio, el elogio de cumplir con su palabra. Los «sabios modernos» ofrecen al amante, con una sonrisa desfavorable, las libertades más grandes y la irresponsabilidad más plena; pero no le respetan como la antigua Iglesia lo respetaba; no escriben su juramento en los cielos, como el registro de su más elevado momento. Le dan toda la libertad, excepto la libertad de vender su libertad, que es la única que quiere. 

Chesterton ofrece en sus comentarios típicamente profundos, perceptivos y divertidos, con respecto a la naturaleza del amor, la esencia de la santa fidelidad. Como dijo el Santo Padre con respecto al jesed, es el amor verdadero el que exige fidelidad, el que exige un vínculo permanente. Reconoce que los votos son los que le dan al hombre la verdadera dignidad. La constancia e inmutabilidad que proviene de la fidelidad a un voto, hacen que el hombre sea trascendente, a imagen de Dios. Lo repara, estableciéndolo sobre los cimientos de la Roca. Como los ángeles son benditos porque están unidos al Dios inmutable, ellos también buscan la misma bendición en medio de las cosas transitorias de este mundo cambiante. Es sólo a través del voto, que el hombre puede evitar el desastre que le ocurrirá a quien construya su casa en la arena. En otro lugar, Chesterton dice algo similar:  

Por trivial, por imbécil que sea, por vulgar o vaga o estereotipada que sea la imagen de tales cosas, siempre implicaría una idea, la misma idea que hace que los amantes puedan marcar laboriosamente sus iniciales en un árbol o una roca, en una especie de monograma de monogamia… Hay una verdad muy permanente en el hecho de que dos personas libres deliberadamente se atan a un tronco de madera. Y es la idea de atarse a algo que atraviesa toda esta vieja alegoría amorosa como un patrón de grilletes. Siempre existe la noción de corazones encadenados, o flechados juntos, o de alguna manera asegurados; hay una seguridad que sólo se puede llamar cautiverio. Que con frecuencia no se asegure, no tiene nada que ver con el punto en cuestión. El punto real, es que toda filosofía del [amor] debe fallar, lo que no tiene en cuenta su ambición de fijación, así como su experiencia de fracaso. No hay nada que haga que [el amante] se comprometa con la evidencia jurada en el árbol más cercano. No está obligado a ser atado; él está bajo restricción, pero nadie lo obliga a estar bajo restricción.  

Lo que Chesterton dice de los amantes terrenales, es verdad también para los que aman a Dios. Desean dar testimonio de su amor por él. Están obligados a unirse cada vez más a él a través de sus compromisos. Quieren ser sus esclavos. Así es el lenguaje de los santos y de todos los que son verdaderos amantes. Por ejemplo, vemos la oración de Consagración total a Jesús, la Sabiduría Encarnada, a través de la Santísima Virgen María.

El peligro es la superficialidad de aquellos que quisieran haber hecho las declaraciones exteriores de un amante, sin tener las convicciones interiores de un amante. Los que carecen de esta convicción interior, coleccionan consagraciones como los niños coleccionan tarjetas de béisbol. Los fieles, deben estar trabajando para ser verdaderamente fieles a todos sus compromisos con Dios. El deseo de hacer más compromisos, está impulsado por la inquebrantable prudencia del amor. Del mismo modo que no estaríamos dispuestos a decepcionar al amado, al hacer promesas que no teníamos intención de cumplir, así también con Dios. Es bueno hacer votos a Dios, pero como dice la Escritura: «cuando hagas un voto a Dios, no demores en cumplirlo…» (Eclesiastés 5, 3).

E. Perseverancia final                            

Nos esforzamos por practicar la fidelidad en las pequeñas cosas de la vida diaria: fidelidad a nuestros deberes de estado, fidelidad a los compromisos y promesas. De esta manera nos preparamos para la máxima gracia de la fidelidad que se llama perseverancia final. Sabemos que «el que persevere hasta el fin será salvo» (Mt 24,13). Cristo le dice a la Iglesia: «Vengo pronto, guarda firmemente lo que tienes para que nadie te arrebate la corona. Al vencedor lo haré una columna en el templo de mi Dios” (Ap. 3,11-12).  San Pablo: «Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano.» (1 Cor 15,58).   

La recompensa de la perseverancia final es una gracia, un regalo, que no podemos merecer pero que nos podemos disponer para recibir. «Que el mismo Dios, nuestro Padre, y nuestro Señor Jesucristo, nos allanen el camino para ir allí. Que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes. Que Él fortalezca sus corazones en la santidad y los haga irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el Día de la Venida del Señor Jesús con todos sus santos.» (1 Tes. 3, 11-13). 

Con base en la confianza que tenemos en el jesed de Dios, en su amor constante, podemos decir confiadamente con San Pablo: «Estoy firmemente convencido de que Aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús» (Filipenses 1, 6). Trabajemos mientras hay luz, para que un día podamos escuchar las palabras de nuestro amoroso Señor y Dios: «¡Bien hecho, siervo bueno y fiel! ¡Entra a participar en el gozo de tu Señor!» (Mt 25, 21,23; Lc 16, 10-17).

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La Fidelidad

La Virgen María fue fiel a la Cruz y, por lo tanto, se convirtió en «la Madre en el orden de la gracia» (Lumen Gentium, 61) para todos los miembros de Cristo. Para que la gracia dé fruto en nosotros, debemos permanecer fieles y firmes en las tormentas de la vida a través de una fe fuerte y una esperanza viva. De esta manera, el ángel puede alcanzarnos las gracias más preciosas, aquellas que nos llegan a través del sufrimiento.

Sobre la santa fidelidad

La misericordia del Señor no se extingue, ni se agota su compasión; ellas se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad! (Lm 3, 22-23)

I. Introducción

A. La fidelidad en general

En esta conferencia discutiremos la última de las seis características que se fomentarán en la Obra de los Santos Ángeles: la fidelidad. Para comenzar nuestro tratamiento de la fidelidad, repasemos rápidamente algunas de las palabras que los idiomas sagrados han usado para expresar el concepto de fe y fidelidad. La raíz de la palabra hebrea emet es la palabra hebrea que se traduce con mayor frecuencia al español como fidelidad. Es de destacar que al griego se traduce Septuaginta, mediante el uso de tres palabras: pistis (fiel, confiable; que se traduce al latín: fidelis del que derivamos nuestra palabra en español fidelidad), alhqeia (verdad, veraz) y dikaiosunh (justicia). Es importante tener en cuenta que esta palabra hebrea para fidelidad, así como las palabras griegas y latinas, tienen la misma raíz que la palabra fe.

En el Antiguo Testamento, las palabras fe y fidelidad se usan de una manera que las hace a menudo prácticamente intercambiables. En nuestro uso común, estas dos palabras tienen significados distintos. La Fe se refiere a un asentimiento del intelecto a las verdades que se revelan. Significa un acto de creer en alguien a quien consideramos confiable. Mientras que la Fidelidad es la cualidad moral de ser veraz, justo y confiable en la acción. Pero es importante ver que estos dos conceptos expresados ​​en el idioma hebreo no son tan distintos. La fe no es simplemente un asentimiento del intelecto, sino que implica necesariamente un asentimiento de la persona completa y una conformidad de toda la vida a la verdad a la que uno asiente. El filósofo judío Martin Buber escribió sobre la noción judía de fe diciendo que para el hombre de Israel “la idea de la inexistencia de Dios está fuera del ámbito de lo que él podía concebir”. La fe para Israel no era una cuestión de la existencia de Dios. “Eso nunca ha sido puesto en duda por el alma de Jacob. Al proclamar la fe, el alma sólo proclamaba que confiaba en el Dios eterno, quien estaría presente en el alma, como fue la experiencia de los patriarcas, en donde el alma se confiaba a Dios, que estaba presente”.   

La vida de Abraham, nuestro “padre de la fe”, es el prototipo de lo que significa tener fe. Si uno examina la historia de la fe de Abraham, lo más sorprendente es que todo el énfasis de la historia está en la noción de la prueba. A Abraham se le dan instrucciones divinas sin explicaciones, y se espera que cumpla estas instrucciones incuestionablemente. Esto sucede una y otra vez, a pesar de los enormes sacrificios que se le pide que haga: dejar su patria, su familia, su herencia, ir a un lugar donde debe confiar en que Dios proporcionará una nueva patria, una nueva familia y una nueva herencia. Una vez que llega a la “tierra prometida”, casi de inmediato tiene que irse debido a la hambruna. Abraham espera una familia, pero su esposa es estéril y cuando finalmente tiene un hijo, se le pide que sacrifique al niño. Una y otra vez la fe de Abraham es probada, y él se muestra “lleno de fe”. Es fiel porque se mantiene integro en su creencia de que Dios es un Dios fiel; Dios es verdadero, bueno y confiable.

Esto contrasta con el pueblo de Israel que es conducido a través del desierto a la tierra prometida después de su liberación de Egipto. A ellos también se les dan instrucciones divinas a través de Moisés. Pero una y otra vez son infieles. Su infidelidad a Dios está enraizada en el hecho de que no creen en la bondad de Dios, sino que lo acusan de traerlos al desierto para matarlos.

Es interesante señalar que los miembros de la Iglesia se conocen como “fieles”, lo cual es indicativo del hecho de que no solamente los miembros de la Iglesia están llamados a profesar su fe en la enseñanza de la Iglesia, sino que también estamos llamados, como lo fue Abraham, a una fe que al final nos hace fieles en nuestra respuesta total a Dios. Pero lo que es fundamental para nuestra fe es la fidelidad de Dios. Como escribió un estudioso de las Escrituras: “Las palabras ‘fe’ y ‘creer’ Emunáh [en el Antiguo Testamento]… describen al hombre refugiándose en Dios, que es firme y constante, de su propia inestabilidad y fragilidad”. Por lo tanto, para que podamos crecer en fidelidad, debemos comprender con mayor profundidad la fidelidad de Dios hacia nosotros.

II La fidelidad de Dios y sus santos ángeles

A. La Fidelidad de Dios

La fidelidad de Dios es distinta de su inmutabilidad, aunque los dos atributos están relacionados. El hecho de que Dios es inmutable o invariable, es necesariamente la consecuencia del hecho de que Él es todo perfecto. Como es el caso de que una cosa cambie, a esa cosa le debe faltar la perfección que adquiere a través del cambio. Pero como Dios posee toda la perfección posible, se deduce que en Él, no hay variación ni sombra debido al cambio. [cf. Stg 1,17] Esta estabilidad de Dios es un atributo ontológico. Es decir, indica una perfección del mismo ser de Dios. Mientras que la fidelidad es lo que se puede llamar un atributo moral, ya que indica la perfección de la acción de Dios. El Señor es veraz en todas sus palabras y fiel en todas sus obras. La veracidad y la fidelidad son atributos que hablan del hecho de que no hay sombra de engaño ni cambio en su trato con nosotros. Nuestro Dios es una roca de refugio, una fortaleza en la que confiamos. Pero la razón por la que podemos confiar en Él, no se debe solo al hecho de que Él no es voluble con nosotros, sino que también su fidelidad es una fidelidad a la misericordia. La palabra para fidelidad en hebreo se usa muy a menudo junto con la palabra jesed, que significa misericordia.

Al describir la misericordia, los libros del Antiguo Testamento usan dos declaraciones en particular, cada una con un matiz semántico diferente. Primero, está el término Jesed, que indica una actitud profunda de “bondad”. Cuando esto se establece entre dos individuos, no sólo se desean bien el uno al otro; también son fieles entre sí en virtud de un compromiso interior y, por lo tanto, también en virtud de una fidelidad a sí mismos. Dado que jesed también significa “gracia” o “amor”, esto ocurre precisamente sobre la base de esta fidelidad. El hecho de que el compromiso en cuestión no sólo tenga un carácter moral, sino casi jurídico, no hace ninguna diferencia. Cuando en el Antiguo Testamento se usa la palabra jesed del Señor, esto siempre ocurre en relación con el pacto que Dios estableció con Israel. Este pacto fue, por parte de Dios, un regalo y una gracia para Israel. Sin embargo, dado que, en armonía con el pacto celebrado, Dios se había comprometido a respetarlo, jesed también adquirió en cierto sentido un contenido legal. El compromiso jurídico de parte de Dios, se dejó de cumplir cuando Israel rompió el pacto y no respetó sus condiciones. Pero precisamente en este punto, jesed, al dejar de ser una obligación jurídica, reveló su aspecto más profundo: se mostró como lo que era al principio, es decir, como amor que da, amor más poderoso que la traición, gracia más fuerte que el pecado.

Esta fidelidad frente a la infiel “hija de mi pueblo” (cf. Lam 4, 3, 6) es, en resumen, de parte de Dios, fidelidad a sí mismo. Se hace evidente en la frecuente recurrencia de los dos términos jesed… emet (gracia y fidelidad)…. “No es por tu bien, oh casa de Israel, por lo que voy a actuar, sino por mi santo nombre” (Ez 36,22). Por lo tanto, Israel, aunque cargado de culpa por haber roto el pacto, no puede reclamar el jesed de Dios sobre la base de la justicia legal, pero puede y debe seguir esperando y confiando en obtenerlo, ya que el Dios del pacto es realmente “responsable de su amor”. Los frutos de este amor son el perdón y la restauración de la gracia, el restablecimiento del pacto interior.         

Para ilustrar este punto, el Santo Padre Benedicto XVI, ofrece un comentario sobre la parábola del hijo pródigo. Esto dice del padre: “El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que siempre prodigaba a su hijo. Esta fidelidad se expresa en la parábola, no sólo por su disposición inmediata para dar la bienvenida al hijo, cuando éste regresa después de haber desperdiciado su herencia, sino que también se expresa en la alegría, en esa derrochadora celebración después de su regreso… La fidelidad del padre a sí mismo, es un rasgo ya conocido en el Antiguo Testamento, con el término jesed, el cual es al mismo tiempo expresado de una manera particularmente cargado de afecto”. Esto es lo que San Pablo quiere decir cuando escribe: “si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”. El Padre no puede negar su paternidad aunque nosotros, sus hijos, neguemos nuestra dignidad filial por el pecado. Él permanece fiel a su paternidad, a su amor constante. Esta es la base de nuestra propia fidelidad. No sólo nos da el ejemplo perfecto, para que podamos ser “imitadores de Dios” (Efesios 5, 1), sino que también nos da la base para la fe mediante la cual construimos sobre la roca de Dios.

B. El Pacto

Como señala nuestro Santo Padre, los términos jesed y emet, están relacionados con el deseo de Dios de hacer un pacto con el hombre. La naturaleza de un pacto, es distinta de cualquier otro contrato o acuerdo, por el hecho de que un pacto no se basa en un simple intercambio de promesas, más bien, se basa en el juramento mayor. Cada parte en un pacto se compromete con un juramento hecho en el santo Nombre de Dios, para transmitir el hecho de que así como Dios es inmutable y fiel, también lo es la promesa de uno. “¡Lo juro por Dios! ¡Lo juro por el santo Nombre de Dios!” Tal es la naturaleza de un pacto. Esto se explica en la Carta a los hebreos: “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, como no podía jurar por alguien mayor que Él, juró por sí mismo, diciendo: Sí, yo te colmaré de bendiciones y te daré una descendencia numerosa. Y por su paciencia, Abraham vio la realización de esta promesa. Los hombres acostumbran a jurar por algo más grande que ellos, y lo que se confirma con un juramento queda fuera de toda discusión. Por eso Dios, queriendo dar a los herederos de la promesa una prueba más clara de que su decisión era inmutable, la garantizó con un juramento. De esa manera, hay dos realidades irrevocables –la promesa y el juramento– en las que Dios no puede engañarnos. Y gracias a ellas, nosotros, los que acudimos a él, nos sentimos poderosamente estimulados a aferrarnos a la esperanza que se nos ofrece. Esta esperanza que nosotros tenemos, es como un ancla del alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo, allí mismo donde Jesús entró por nosotros, como precursor, convertido en Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”. (Hebreos 6, 13-20) 

Como señala el Dr. Scott Hahn: “Al jurar, una promesa se transforma invocando el nombre de Dios para pedir ayuda o bendición (‘ayúdame, Dios mío’). El que jura se coloca bajo el juicio divino y bajo una auto maldición condicional (‘sino, seré condenado’). El juramento es, por lo tanto, una forma de compromiso mucho más fuerte y más sagrado”.

También es importante tener en cuenta, que el pacto es distinto de cualquier otro contrato, en el sentido de que no implica el intercambio de bienes o servicios, sino el intercambio de personas. “Seré tu Dios y tú serás mi pueblo”, es una declaración frecuente del pacto. Se establece una relación personal que implica una entrega total. No es una entrega de una parte. Esto se ve en una analogía que se usa en las Escrituras: el hombre puede hacer un contrato con una prostituta para darle dinero a cambio de su cuerpo, pero esto es obviamente diferente del hombre que hace un pacto con su esposa, el cual implica, el intercambio mutuo de la totalidad de sí mismos. El primero no exige fidelidad, mientras que el segundo obviamente sí. El pacto hecho con Dios no fue una negociación de bienes, sino el establecimiento de la Familia de Dios. La totalidad de la entrega de sí mismo, por parte de Dios, se cumplió en la plenitud de los tiempos, cuando Dios envió a su Hijo unigénito a semejanza de nuestra carne.

C. La Encarnación

La Encarnación del Hijo Eterno del Padre es la promesa irrevocable de fidelidad de Dios a la raza humana. Dios se ha unido a nosotros irreversiblemente. Este es el fundamento del nuevo y sempiterno pacto. “Juró El Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal 110, 4). Jesucristo es el sacerdote según el orden de Melquisedec en virtud de la Encarnación, porque él es el mediador perfecto entre Dios y el hombre. “Voy a proclamar el decreto del Señor: Él me ha dicho: ‘Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy‘” (Salmo 2, 7). Aunque Cristo es el Hijo encarnado de Dios Padre, Él llama a todos los hombres a la filiación divina. 

Como consecuencia de la Encarnación, llamamos a la dispensación de la gracia, el “Nuevo Testamento” o la Nueva Alianza. Es interesante notar, que sólo hay un lugar donde Cristo mismo hace referencia explícita a una nueva alianza. ¿Dónde? Cuando él dice: “Tomen y beban todos de él, este es el cáliz de mi sangre, la sangre de la alianza nueva y eterna” (cf. Mat. 26, 27-8; 1 Cor. 11, 25). Es con la institución del Santísimo Sacramento, que Cristo enseña más claramente acerca de su intención de hacer un nuevo pacto. Esto es muy significativo. Como hemos dicho, un pacto consiste en el intercambio mutuo de juramentos, que implica la recíproca entrega de personas.

En el año 112 DC, Plinio el Joven, escribió una carta al emperador Trajano, cuyo texto se conserva hasta hoy. En esta carta, entre otras cosas, Plinio informó que un interrogatorio había sido hecho a un cristiano capturado. El cautivo se vio obligado a revelar lo que hacen los cristianos en sus reuniones secretas. El declaró que cuando los cristianos se reunían, “se sacramento obstringere” (para unirse por juramento). Eso puede parecernos extraño. ¿Es eso lo que hacemos cuando nos reunimos? ¡Sí! Esto se refiere al sacrificio eucarístico del que ya se habló en el primer siglo como sacramento (del que derivamos la palabra sacramento). La palabra latina sacramentum, en la época de la Iglesia cristiana primitiva, se refería al juramento de lealtad de un soldado al emperador romano. Por lo tanto, los primeros cristianos entendieron la Eucaristía en términos de un juramento de lealtad a Jesucristo, el rey de reyes, cuyo reinado trascendió el Imperio Romano. Esto fue sin duda, en gran parte, una de las razones básicas, para la persecución romana de los cristianos. Los funcionarios imperiales romanos, tenían una tenue visión de sus súbditos, haciendo juramentos de lealtad a cualquier otra persona que no fuera el emperador. Este juramento de lealtad no buscaba destronar políticamente al emperador romano. Sin embargo, tampoco estaba simplemente en el ámbito espiritual. Como dice un erudito:     

Esta sumisión se produjo no sólo en el nivel intangible “espiritual” o simplemente en el nivel “litúrgico”, que probablemente Roma hubiera tolerado, sino en el nivel tangible de la ética y la declaración de valores en el ámbito social de las relaciones interpersonales. … En otras palabras, pocos cristianos en esos primeros siglos podrían haber consumido el [Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía] a menos que también se hayan constituido real y tangiblemente como el cuerpo de Cristo en el mundo.

El intercambio mutuo de personas es evidente en el acto de la Sagrada Comunión, en el cual Cristo dice a cada uno de los fieles: “tomen y coman, este es mi cuerpo”, y los fieles responden dando su cuerpo y alma para ser el cuerpo de Cristo en el mundo. Lo que se dice aquí acerca de la Eucaristía es cierto para todos los sacramentos. Cada uno a su vez implica un juramento de Dios y una respuesta del hombre. Los votos bautismales, la renovación de los mismos en la confirmación, los votos matrimoniales, el acto de contrición que contiene la promesa: resuelvo firmemente no pecar más, etc. son todas promesas serias hechas a Dios, en respuesta a su promesa de hacer de nosotros sus hijos.