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CC02 El Ángel de Fátima 1

El Ángel de Fátima (Primera Parte)

La primera aparición del Ángel y sus instrucciones

Han pasado cien años (1916-2016), desde que el Ángel de Fátima preparó a los tres niños pastores: Lucía, Jacinta y Francisco, para la revelación y el mensaje de nuestra Señora de Fátima. El “éxito” de Fátima se debe atribuir, en parte, a los obispos de Portugal, quienes supieron que la historia de las apariciones en Fátima nos presenta las verdades del Evangelio, de una manera muy simple y que corresponde a nuestro tiempo actual. Ambos, el Evangelio y el Mensaje de Fátima, son un catecismo de la fe. Esto se puede afirmar de manera especial, por el Ángel de Fátima, a quien podemos mencionar como el primer misterio de Fátima, ya que durante 20 años la Hermana Lucía ocultó esta revelación. ¡Qué diferencia de los místicos falsos, quienes muy precipitadamente publican su hecho!

Así, como la Madre de DIOS apareció seis veces en Fátima, con la misma frecuencia lo hizo también el Ángel. Las primeras tres apariciones del Ángel fueron durante el año 1915 a Lucía y a los dos pastorcitos, que no dijeron nada. Durante el año 1916, el Ángel preparó espiritualmente a Lucía, a Jacinta y a Francisco para las apariciones de la Madre de DIOS. En esta carta, queremos contemplar un poco las últimas tres apariciones, porque casi son un resumen de teología espiritual, como la podemos encontrar en la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos. Es significativo para nosotros y no solo desde el punto de vista histórico, sino porque también, nuestro propio Ángel de la Guarda intenta, de manera semejante, iluminarnos y llevarnos por el camino de la santidad.

Primera Aparición: Primavera de 1916, en Loca do Cabeço (Cabeza Grande)

Lucía, Jacinta y Francisco buscaban un refugio dentro de una pequeña cueva en el declive oriental de la Loca do Cabeço. Comieron un poco y, en seguida rezaron el Rosario, el cual abreviaban de manera ingeniosa, recitando en lugar de la oración completa, solo las palabras “Padre Nuestro” y “Ave MARÍA”, para ir más pronto a jugar. Entonces, un viento fuerte le hizo levantar la vista viniendo del oriente sobre el pequeño declive, se aproximaba “un joven de unos 14 ó 15 años, más blanco que la nieve, el sol lo hacía transparente, como si fuera de cristal, y de una gran belleza”. Estuvimos admirados y totalmente conmovidos por esto”. Esta descripción de Lucía acerca del Ángel y de su aparición es totalmente bíblica. Pensemos por ejemplo en el Ángel de la Resurrección: “El Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve” (Mt 28,2-4). De forma semejante san Juan nos habla de un Ángel, cuyo rostro era brillante como el sol (Cfr Apc 10,1). Cuando las mujeres llegaron al sepulcro y entraron, “vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: ¡No os asustéis!” (Mc 16,5-6). San Marcos nos relata, que huyeron temblando y espantados. “Y no dijeron nada a nadie a causa del miedo” (Mc 16,8). Así como el ángel de la Resurrección desea librar del temor a las mujeres, también mucho tiempo atrás san Gabriel tranquilizaba al profeta Daniel (Dn 9,21s) y a MARÍA en la anunciación. Así tranquiliza también el Ángel de Fátima a los niños con las palabras “¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. ¡Rezad conmigo!”

Acerca de estas palabras podemos hacer tres meditaciones:

I «¡No temáis!»
          Aquellos que temen a DIOS, no necesitan temer a los ángeles de DIOS, ya que una aparición semejante nos puede infundir el temor de DIOS, ya que el Ángel está lleno de la gloria de DIOS, la cual nos la está revelando. Así lo vemos en el libro del profeta Daniel. “Cuando él (el ángel Gabriel) se acercó más, me atemoricé y caí de bruces.” (Dn 8,17); pero esto, no solo lo experimentó Daniel sino también muchos otros profetas y santos, como lo podemos leer en la Sagrada Escritura. Aquí sólo mencionamos a san Juan, quien cayó dos veces a los pies del ángel, que era tan brillante y hermoso, sus palabras tan divinas, que Juan se sentía en la presencia del Señor. Juan nos habla expresamente de esta «equivocación» para confirmar la verdad de su Revelación, porque sólo el santo ángel puede estar tan íntimamente unido a nuestro Señor. Aquí encontramos la gracia de la presencia divina, que el maligno no puede conseguir, ni siquiera cuando se viste como «Ángel de luz» (Cfr 2 Cor 11,14).

            Los niños quedaron tan sorprendidos de esta presencia divina del ángel, que Lucía escribe más tarde: «La presencia de lo sobrenatural que nos rodeaba, era tan fuerte que por mucho tiempo nos olvidamos de nosotros mismos… La presencia de DIOS se hizo palpable en nosotros tan fuerte y personalmente, que ni pensamos hablar sobre esto entre nosotros mismos. Todavía el día siguiente estábamos sumergidos en esta presencia sobrenatural. Esta gracia se repitió también en las últimas revelaciones del Ángel, que provocó un movimiento todavía mayor de la gracia y del amor.» Lucía también recuerda esto: «la fuerza de la presencia de DIOS era tan intensa que nos absorbía y anonadaba casi del todo. Parecía privarnos hasta del uso de los sentidos corporales por un gran espacio de tiempo. En aquellos días, hacíamos las acciones materiales como transportados por ese mismo ser sobrenatural que a eso nos impulsaba. La paz y la felicidad que sentíamos, era inmensa; pero sólo interior, completamente concentrada el alma en Dios. El abatimiento físico que nos postraba, también era grande”.

 Lucía también menciona, que después del primer encuentro con el ángel: «No nos vino a la mente hablar sobre esta aparición. Tampoco pensamos en callarnos sobre esto. No teníamos ninguna duda acerca de la aparición. Era algo tan profundamente interior, que simplemente no se podía haber hablado de esto«. La comunicación del ángel se da a través de la luz de los dones del Espíritu Santo, de modo que el alma recibe un conocimiento divino en la profundidad del alma, en un ambiente donde no hay palabras. El alma comprende, pero no lo puede expresar. El ángel no se comunicó a los niños solo con palabras, sino que también les comunicó las gracias espirituales en la profundidad del alma.

II «Soy el Ángel de la paz»

            El papa Gregorio Magno nos enseña, que los nombres de los Ángeles no se refieren a su esencia, sino más bien a su misión y el servicio que prestan a la humanidad. Por eso San Miguel significa: «Quién como DIOS», porque su tarea es la de enseñarnos la humildad de la fe. San Rafael significa: «Medicina de DIOS», porque él fue enviado a curar la ceguera de Tobit y a librar a Sara de los ímpetus del espíritu maligno. Pero aquí se trata del Ángel de la paz. Cuya misión es guiar a los hombres hacia la paz. (actúa como una santa ironía, por la que nació el «ejército azul»); pero consideremos también, que sus armas son la oración y el sacrificio y que las filas de las almas combatientes están detrás de este Ángel. La paz de las naciones es un don de DIOS; la paz en el corazón viene de la sumisión amante ante DIOS y la paz en DIOS viene de la unión amante con Él.

Oración

Adoración

Ángel y hombre  unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD  

III «¡Rezad conmigo!»

No será difícil para nosotros comprender, cuál será el provecho que podríamos obtener de la ayuda del santo Ángel en nuestra oración. Rafael comunicó a Tobías: «Cuando tú y Sara hacíais oración era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones» (Tb 12,12). Cuando el Ángel rezó por la paz en Jerusalén, el Señor respondió con palabras amables, palabras llenas de consuelo (Za 1,13). El hecho de que el Ángel con su oración interceda por nosotros, no lo podemos comprender tan fácilmente. Pero de que sí lo hace, lo podemos ver también en el santo sacrificio de la misa, cuando el sacerdote reza: «que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu Ángel«. Santo Tomás de Aquino atribuye al santo Ángel una fuerza especial de intercesión, más grande que la del sacerdote. Escribe: «El santo Ángel, presente en el misterio divino, lleva las oraciones del sacerdote y del pueblo hacia DIOS» como también se dice en Ap 8,4: «De la mano de un Ángel subió el incienso con las oraciones de los santos hacia DIOS« (Suma teológica III,83,4,9). Y en el mismo lugar dice: «La Santa Misa la podemos llamar así por esta razón: «Missa» viene del verbo «mittere» y significa enviar, «porque el sacerdote envía sus oraciones por medio del Ángel a DIOS, como el pueblo envía sus oraciones a DIOS a través del sacerdote«.

Ciertamente, la fuerza y la pureza de las oraciones de los Ángeles, a pesar de su naturaleza y gracia angelical, son muy inferiores a las de DIOS. Los himnos de alabanza de los Ángeles, sin contar con los de los hombres, no serían dignos ante DIOS. Pero luego se realiza lo inesperado: DIOS mismo se hace hombre, el HIJO se convierte en Sumo y Eterno Sacerdote e intercede como representante de sus creaturas por medio de su oración. Él nos injertó en su sacrificio de alabanza, infinitamente agradable a DIOS, que Él ofrece al PADRE. Así por consiguiente, DIOS escogió en primer lugar al hombre y por causa del hombre, unió a los Ángeles a éste y, al final unirá todo en CRISTO, lo que está en el cielo y en la tierra (Cfr Ef 1,10). Por amor a CRISTO y a sus miembros del Cuerpo místico, los ángeles desean asistirnos en la oración y en la adoración. Por eso cantan los fieles en la Misa Bizantina: «Señor DIOS nuestro, quien ordenaste la jerarquía celestial y las dominaciones de los Ángeles y Arcángeles para alabanza tuya, haz, que en nuestra entrada estemos junto con los Ángeles y celebremos con ellos la Liturgia y la Gloria de Tu Bondad«. Un poco más abajo dice la misma oración: «Ahora se unen invisiblemente las Potestades con nosotros en la adoración«. En cuanto nosotros clamamos en la celebración del Rito Romano: «Que los Ángeles ofrezcan a CRISTO su oración de adoración, los que siempre están viviendo en Tu presencia. Que también nuestras voces estén unidas a las de ellos, en la alabanza triunfante del tres veces ‘Santo’«. La oración de la Iglesia solo es perfecta, cuando el Ángel y el hombre están unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD.

Conclusión

La oración y los dos mandamientos principales

            ¿Cuál es entonces la oración, que el Ángel enseñó a los niños en Fátima? Es una oración simple de adoración y de intercesión.

            «DIOS mío yo creo, adoro, espero y os amo, os pido perdón por todos los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.»

La eficacia de esta oración solo la apreciaremos de manera correcta, cuando entendamos esta oración como el cumplimiento de los dos mandamientos más grandes del amor a DIOS y al prójimo, de los cuales «penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,39). Igualmente enseña san Pablo: «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14; cfr Rm 13,8.10). Si comprendemos algo de esta verdad, entonces ya no nos admiraría, que los niños, por medio de esta oración, que rezaban por horas enteras, hicieron tanto progreso en las virtudes y en la santidad.

Aunque no somos atletas olímpicos y tampoco genios intelectuales, de todos modos, está a nuestro alcance la gracia de DIOS que nos capacita para esforzarnos heroicamente. Lo único que tenemos que hacer, es tener la firme voluntad para el amor. La manera más simple de ejercitarlo es esta oración.

«Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy, no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que vayas a decir: ¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?… Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica» (Dt 30,11-14).

Pero el Ángel no nos da solamente una fórmula simple de oración para el cumplimiento de este mandamiento, de tal forma que pudiésemos realizarlo por nosotros mismos. No, lo que el Ángel desea ardientemente, es que recemos junto con él. Así como también lo desea nuestro Ángel de la Guarda, que nos arrodillemos y recemos junto con él. Si hacemos esto, el Señor podría realizar una de las promesas más bellas, «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt,20). La oración, indicada por el Ángel de Fátima es tan breve, que la podemos rezar muchas veces durante el día como una jaculatoria unidos a nuestro Ángel y así caminar en la presencia de DIOS.

            Reverencia en la Oración
La manera cómo el Ángel de Fátima, no solamente se arrodilló, sino que también tocó el suelo con su frente, será para nosotros una indicación, de cómo deberíamos rezar con toda reverencia, para que nuestra oración no sea solamente una oración de los labios. El Ángel decía a los niños: «¡Recen así! Los corazones de JESÚS y MARÍA están atentos a la voz de su súplica.» Estas palabras: ¡Recen así! repiten literalmente las palabras de JESÚS a sus apóstoles cuando les enseñó a rezar el ‘Padre nuestro’ (Mt 6,9). Como lo escribe san Agustín, el ‘Padre nuestro’ no sólo es la mejor de todas las oraciones sino también ejemplo de todas las oraciones. Por eso tampoco el Ángel ha querido imponer a los niños una formula determinada, sino más bien les quiso enseñar, que el amor a DIOS y al prójimo será el corazón de todas las oraciones.
Algunas personas fácilmente se dejan desanimar en la oración, se sienten solas y abandonadas, y es bueno que escuchen estas verdades de fe, para que amen a JESÚS y a MARÍA y, que sepan que todo bien nos viene a través de la oración. San Alfonso nos asegura, que siempre y en todo lugar nos está siendo ofrecida una gracia, es decir la gracia de la oración; por medio de la oración podemos recibir todo lo bueno de DIOS.
Después el Ángel desapareció y dejó a los niños solos por unos meses, para ver, si permanecían fieles a la gracia recibida y a su propósito. Sin hablar con nadie, excepto entre ellos mismos, y sin tener otras visitas consoladoras del Ángel, los niños fueron fieles a su propósito. Lucía notó: «Las palabras del Ángel se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces, pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces, hasta caer cansados”.
Con esto ejercieron una generosidad heroica.
(Citas del libro: «Memorias de la hermana Lucía”, ed. portuguesa, Vice-Postulaçao, Fátima 1987).

           San Eugenio Mazenod y los santos Ángeles
Hace poco, el papa Juan Pablo II canonizó san Eugenio Mazenod, el fundador de los Oblatos del Inmaculado Corazón de MARÍA (OMI). En su vida encontramos muchas cosas notables y también la intervención auxiliadora de su Ángel de la Guarda. Así lo relata, «Esto se dio, porque cada mañana rezaba a mi Ángel de la Guarda y le pedía que me protegiera de todo mal«. Atribuye su éxito en encuentros con otras personas, a la amistad con su Ángel.
            «Antes de emprender algo, antes de cada encuentro con otras personas, antes de cada homilía y de atender confesiones, le pedía a mi Ángel que fuera delante mío y saludara al Ángel de la otra persona para establecer una buena relación. De la misma manera, he pedido al Ángel de las otras personas, su ayuda. Así los dos Ángeles podían entrar en acción, me prepararon el camino y resolvieron la mayoría de mis problemas e intenciones de los asuntos propios o ajenos«.

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Retiro-9

Retiro de Pentecostés 2020: 9a meditación: Esperando al Espíritu Santo

Prepararnos en el Cenáculo

DIOS quiere, que nuestra alma se vuelva como un libro con muchas páginas en blanco, páginas que solo Él quiere escribir y dibujar; y que nuestra alma sea un tabernáculo, puro y vacío de todo lo que pertenece al mundo, para acogerlo solamente a Él y para llevarlo solo a Él en la constante presencia de Dios en amor. 

 

María es como el libro del amor de Dios hacia sus criaturas, el llamado del amor de Dios y la respuesta de la creación, y, finalmente, al ángel mismo también es el libro de la vida («¡Ven!»).

«Vende todo lo que tienes […] y luego ven y sígueme.» El Señor le dijo esto alguna vez a un joven rico —que luego se fue triste porque no quería saber nada de entregar algo de su riqueza—, pero esta palabra se aplica a todos los tiempos y lugares, también a nosotros ahora.
Vender significa entregar, pero no simplemente obsequiar como regalo, sino más bien recibiendo algo a cambio. ¿Qué deberíamos vender? Todo lo que tiene valor.
¿Qué tiene valor? Valor tienen nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra boca, el corazón, nuestras capacidades, nuestra posición, todo lo bueno que hemos hecho
hasta el momento ante Dios. ¿A quién deberíamos venderle esto? ¡Un comprador ya está esperando! ¡Es Dios! ¿Para qué quiere Dios todo esto? Para dárselo a sus más
queridos, a los pobres.

 «Vende todo lo que tienes y da las ganancias a los pobres». Eso significa, de acuerdo con la voluntad de Dios, que toda nuestra vida debería pertenecer a estos pobres, todo, todo lo nuestro. ¿Y a qué precio deberíamos vender todo esto? Por el único denario: ¡Dios es tu recompensa! Y hoy debemos poner todo en manos de Dios en particular, para quedar completamente vacíos, muy pobres y pequeños, y prácticamente no desear nada más en estos días: no querer aferrarnos a nada, como si fuera preciso vender todo lo que tenemos y ya no tuviéramos más derecho sobre nada de aquí en adelante, pues ahora es otro el dueño, ya no nosotros.

Dios nos quiere tener así, vacíos, sin mirar ni al pasado ni al futuro. Todo está en manos de Él y al cuidado de sus ángeles. Literalmente, debemos salir de la casa que construimos para nuestras vidas e ir hacia el desierto del vacío que nos rodea; no solo debemos silenciarnos, sino vaciarnos, hacernos tan vacíos como un desierto, sin fuentes de agua y sin árboles frutales, sin campos de trigo y sin la influencia humana, y entonces, postrarnos ante Él, la Palabra viviente, el Pan de vida, y rendirnos en silencio a Él.

 

 

Las Escrituras dicen que «Dios creó el cielo y la tierra en el principio, pero la tierra todavía estaba desierta y vacía». Dios quiere que estemos tan vacíos que su voluntad y su palabra nos puedan tocar como un rayo, como la luz: «¡Ven!» ¿No dijo el Señor esta palabra a los ciegos y cojos, «¡Ven, levántate!»? Oh, estaban vacíos ante Dios, y ahora, la palabra «¡Ven!» los golpea, y se ponen de pie por el poder de esta palabra, viendo, exultando, caminando.

 

 

 Dios quiere renovar este milagro en nosotros de la manera más amorosa. Realmente somos ciegos, cojos, sordos y necios frente a Él. Debemos postrarnos ante el Señor, y entonces Él dirá «¡Ven!», y querremos levantarnos animados, viendo. Una palabra se encuentra ahora en el libro de nuestra alma: «¡Ven!» Dios la ha escrito, Él está detrás de esa palabra. Y debido a que Dios está detrás, esta palabra obtiene un poder milagroso. En este obediente “ir” queremos superarlo todo. La imitación de Cristo
debería ser nuestro todo y nuestro único quehacer, porque es el cumplimiento más leal y amoroso de la voluntad Dios.

 

No debemos seguir nuestra visión ni nuestra voluntad, sino única y exclusivamente la voluntad de Dios.
Y si alguna vez no reconociéramos esta voluntad, solo tendremos que rezar y rezar de nuevo, y amarlo, y amarlo siempre; así, cada decisión será siempre buena, porque la palabra de Dios es verdadera en todo momento: para los que aman a Dios, todo resultará bien. Entonces, esto es lo que el libro nos dice: debemos hacernos vacíos para Dios,
como un libro en blanco, para que Él pueda escribir allí; debemos ser un tabernáculo vacío para Dios, que solo lo albergue a Él; debemos leer en el libro Jesucristo, en el libro María y hacernos amigos del ángel de la presentación de cuentas; debemos prestar atención a todo por nada, como renunciar a todo y ponerlo todo en manos del
Señor para poder tomarlo solo como su palabra vacía, su palabra y su amor. 

El tiempo no solo les da forma a los seres humanos: así como la Antigüedad formó personas robustas, la Edad Media formó personas más dinámicas y nuestro tiempo
está formando personas más sensibles y con nervios débiles, así también el tiempo ha dado forma a la comunidad, especialmente a la santa Iglesia, y le comunica al hombre su manera de ser. Pero la exigencia de los ángeles es, principalmente, que el hombre en la Iglesia se distinga de otros hombres al estar caracterizado por la Palabra de Dios; la persona en la Iglesia debe brillar por el amor a Dios, por el santo temor de Dios, por la fidelidad y 
por la obediencia a la Iglesia, por la disposición al sacrificio alegre y por la santidad interior. Así es como la comunidad de una orden forma a las personas conforme al rostro de su fundador, pues también la regla de la orden tiene siempre este rostro, y la persona asume este deber de dejarse formar por fidelidad a la regla. Pero no solo debemos ser un espejo de las buenas cualidades de un tiempo, un espejo claro de todos los valores de la santa Iglesia o un espejo de nuestra comunidad. También hay que brillar primero en dirección a Dios, estar allí para Dios, liberarnos a nosotros mismos para Dios, ser como una superficie desnuda, como una patena, un candelabro puro, libre de la pesadez del polvo de la tierra, libre de toda mancha de pecado.

Entonces diremos: Ven ESPIRITU SANTO y renueva la faz de la tierra.

 

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Retiros

Retiro-8

Retiro de Pentecostés 2020: 8a meditación: Adoración-4

Como hacer la Adoración

La primera Dirección Fundamental en la Obra de los Santos Ángeles es la Adoración. Adoración significa que la criatura se reconoce como tal y se entrega con todo amor a Dios Criador. 

1) ¿Qué es la adoración?

La dificultad que a veces las personas tienen con la adoración, es no saber como hacer o qué hacer durante la adoración. De hecho, la adoración, que es un acto de reverencia, puede consistir en un simple estar calladamente delante de Dios y sin actividades.

Hallamos algunos ejemplos de Santos y ángeles en adoración en las páginas de la Sagrada Escritura (…) y conocemos también cuadros y estatuas de los ángeles curvados en adoración, mas estamos incapaces de imaginar exactamente sobre lo que ellos están haciendo. Y muchas veces su adoración consiste en nada sino en la repetición de las palabras “Santo, Santo, Santo”.

Quizá deberíamos preguntarnos primero sobre lo que la adoración no es, antes de poder entender a su propia naturaleza. Tenemos en la Obra de los Santos Ángeles cuatro direcciones fundamentales que son: 1) la adoración, 2) la contemplación, 3) la expiación, 4) la misión. Posiblemente las ultimas tres son más fáciles para entender: Por ejemplo, meditamos sobre la Palabra de Dios, pensamos en los misterios del rosario. Nuestros pensamientos se dirigen a Dios. En las cumbres más altas de la meditación se llega a la contemplación, que es un simple mirar.

Otra dirección es la expiación. Celebramos la Passio Domini para abrir nuestros corazones al misterio del sufrimiento y de la muerte de Nuestro Señor. Quisiéramos participar lo más posible en la Pasión expiatoria de Cristo, para dar así una pequeña contribución de nuestras voluntades tan débiles a la grande obra de la salvación del mundo. Se trata siempre en conformar nuestra voluntad pecaminosa a la santa Voluntad de Nuestro Señor. Por tanto, así como la meditación es la dirección para nuestra mente, así la expiación la es para nuestra voluntad. Pero tanto en un caso como en el otro, queda claro, que la adoración contiene algo más. Con otras palabras, no es simplemente meditar a Dios, no es simplemente querer cumplir su Voluntad.

Otra dirección es la misión. Aquí son importantes nuestras actividades. Nuestras misiones son todo lo que hacemos para servir a Dios en el mundo y en la Iglesia, sea como sacerdote o religioso, sea como laico en la vocación personal, que consiste en cumplir los deberes del estado según la ley de Cristo. Pero para que esas actividades sean fructuosas para el Reino de Dios, necesitan ser informadas, animadas por la vida interior – precisamente por la contemplación y la expiación y la adoración.

Podemos decir que la meditación da la dirección para nuestra cabeza; la expiación para nuestro corazón, y la misión para nuestras manos. ¿Pero, qué queda para la adoración? No siendo una cosa solamente de la cabeza, del corazón o de las actividades exteriores, ¿en qué cosa consiste entonces esta dirección fundamental? La pregunta es importante, porque la adoración es la más fundamental de todas las direcciones.

En la Sagrada Escritura encontramos ejemplos de adoración, que normalmente están relacionados con una inclinación, un abajamiento del cuerpo. El hecho de lanzarse corporalmente a los pies de Aquél que se adora indica que la adoración envuelve más de lo que nuestra mente o nuestras actividades, indica que la adoración toca necesariamente todo el ser del hombre, que el hombre solo puede expresar usando todo su cuerpo como señal exterior. Así la adoración relaciona todo nuestro ser hacia Dios. Las otras tres dimensiones se relacionan con nuestras actividades, con el “hacer”, mientras la adoración se refiere al “ser” mismo. Los otros tres aspectos tienen su importancia en nuestra vida cotidiana; pero faltaría a todos un fundamento esencial si no estuviésemos creciendo también en el misterio de la adoración. Nuestro meditar, o nuestro sufrir y nuestro actuar se quedarían como plantas sin tierra, si nuestro ser ante Dios no está debidamente situado en una actitud humilde de una criatura de Dios.

A los hombres les gusta ponerse ocupados, siempre haciendo cualquier cosa. Pero al final, Dios quiere más nuestro ser que nuestro hacer.

 ¿Cómo practicar la Adoración?

Observemos dos aspectos: En la adoración a Dios, el alma, consciente del propio pecado, baja los ojos delante de Su gloria. Para adorar, el alma debe entrever la gloria de Dios, quiere decir, su grandeza inaccesible y su santidad incomparable. Cuando Dios se revela como trascendente, simultáneamente se revela también como muy próximo, porque es Amor. El Dios Santo es también inseparable del Dios Amor, que nos hace participar de su vida trinitaria. Porque la santidad de Dios es un misterio que escapa siempre al dominio del hombre, no le queda para el hombre si no el postrarse, tapar el rostro y oír a Dios que lo llama por su nombre. En este proceso Dios Santo no aniquila al pecador, sino lo purifica.

En la adoración el alma debe anhelar a Dios con todas las fuerzas del corazón, pero sin querer apoderarse de él. El alma, solamente posee a Dios, cuando Él viene a su encuentro. Pero el deseo “obliga” a Dios a bajar, y si Dios bajará, hará ascender el alma. Pasamos en la oración, anhelando a Dios, sin captarlo ni anexarlo a sí mismo.

 Finalidad de la Adoración

Como los Santos Ángeles, nosotros también queremos adorar y amar a Nuestro Señor. Cada día queremos disponer de tiempo para Él. Cuando vamos para la adoración es Jesús quien nos espera con amor y alegría. Adoración significa llevar una vida profunda de unión con Dios. Queremos ser verdaderos adoradores ‘en espíritu y en verdad’. Jesús está con nosotros en el Sacramento del amor, en la Santa Misa, en la Santa Comunión así como en todos los tabernáculos de la tierra. Está con nosotros como Prisionero del amor para darnos la vida en abundancia y para enseñarnos a adorar al Padre en unión con Él.

Jesús quiere transformar a cada uno de nosotros en un tabernáculo vivo. Continúa Su adoración al Padre en unión con la Iglesia en todos los tabernáculos. No es suficiente adorar solamente por algún tiempo durante el día o hacer solamente algunos actos de adoración… todo nuestro ser debe ser adoración. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, todo lo que hacemos, cada acontecimiento debe realizarse en unión con Nuestro Señor, el Adorador divino en la Eucaristía. Así, nos tornamos una hostia viva, en la cual Cristo vive, piensa, ama, trabaja, sufre, Se ofrece y triunfa. Ésta es la finalidad de la adoración: en unión con Jesús, llevar la misma vida de glorificación de Dios y, como Él, amar al Padre y a todos los hombres, ser siempre agradecido, ser un cordero inmolado en expiación por los pecados del mundo, y por la realización de los planes de Dios, para que el Reino divino de la Santísima Trinidad sea erigido en nosotros, en cada alma, en la Iglesia y en la humanidad de todos los tiempos. La adoración no es solamente como una vestimenta exterior de la piedad que vestimos mientras estamos delante del sagrario y que después sacamos cuando vamos para casa o para los trabajos del día al día.

La verdadera adoración se realiza ‘en espíritu y en verdad’ Ella es una fuerza divina que abarca todo nuestro ser, toda la vida y que nos configura cada vez más, poco a poco, con la vida de Jesús. La adoración eleva, a través de la gracia de Espíritu Santo, nuestro modo de pensar, nuestro corazón, nuestra voluntad y sentimientos, todas las palabras, obras y ademanes. La adoración es la vida de Jesús en nosotros y nuestra vida en Él. Es una confidencia con Jesús Eucarístico, nuestro Amigo y Desposo en todas las circunstancias de la vida.

Para hacer una buena hora de adoración queremos seguir cinco puntos principales:

I-         Glorificación de Dios (alabanza); 
II-        Acción de gracias;
III-       Amor;
IV-       Expiación;
V-        Preces o pedidos.

Así vamos a aprender un modo de adoración más perfecto. Unidos a Jesús y Maria Santísima queremos hacer de nuestra vida una adoración perpetua. Jesús tiene una ansia enorme de que estemos con Él y quiere estar con nosotros adondequiera donde nos encontramos. Por tanto, vamos a Jesús, ¡Él nos ofrece su amor!

I. Glorificación de Dios

En la Santa Eucaristía Jesús está glorificando al Padre. Instituyó este sacramento justamente para unirnos con Él en su glorificación del Padre. Es imposible glorificar al Padre cuando no honramos y amamos Jesús Eucarístico que continuamente está adorando, alabando y glorificando a Dios en la Santa Eucaristía. Cuando el mundo no busca adorar y honrar a Dios es porque también no reconoce y no adora a Jesús Eucarístico, “Aquél que no honra al Hijo, no honra al Padre” (Jn 5,23). Por eso, quien adore a Jesús también adora en Él y con Él el Padre.

Adoremos a Jesús, como Dios-Hombre, como el Verbo Encarnado, como Mediador y Salvador, como Amigo y Esposo, como nuestra Vida. Adoremos a Jesús, su cuerpo, su sangre, su alma, su divino corazón. Entremos en confidencia con Jesús y Él nos introducirá en la grande corriente ininterrumpida de adoración que Su Corazón Eucarístico ofrece al Padre.

Desde hace dos mil años que Jesús Eucarístico no cesa de confesar: Padre, yo Te glorifico (cf. Jn 17, 4). La Santa Misa es la mayor glorificación, la mayor alabanza que Jesús ofrece a Su Padre. Unámonos con Él, con Maria, con los Santos Ángeles y todo el Santos para adorar el Padre, también en nombre de todos los que no tiene fe, no tienen reverencia, todos los que están contra Dios.

II. Acción de gracias

Eucaristía significa ‘acción de gracias a Dios. Cuando Jesús instituyó la Eucaristía, agradeció a Su Padre. Acción de gracias y alabanza son las columnas esenciales de la religión. Éste es el espíritu del Evangelio y de la Eucaristía: ¡Padre, yo te agradezco! (cf. Jn 6,11; cf. Mt 26,27). Con Jesús rindamos gracias a Dios que es Creador, Salvador y Santificador. Agradezcamos porque Dios es luz, amor, vida y dicha eterna, y que Se compadece totalmente de los hombres.

La Santísima Eucaristía es la gran escuela de la acción de gracias al Donador de todo lo que es bueno. En este mundo egoísta y desagradecido aprendamos de Jesús Eucarístico el reconocimiento de todo lo que recibimos de Dios y la perfecta gratitud.

  – Agradezcamos a Jesús en la Eucaristía, y a través de Él, al Padre;

  – agradezcamos porque tenemos un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo;

  – agradezcamos por la creación; e – agradezcamos por la encarnación de Cristo;

  – agradezcamos por la Buena Nueva, por la vida de Jesús entre nosotros; que Él es nuestra luz, camino y verdad, el ejemplo y la fuerza para nuestra vida;

  – agradezcamos por la obra de la salvación, por el sufrimiento y muerte de Jesús por nosotros;

  – agradezcamos por María que fue dada a nosotros como Madre por Jesús;

  – agradezcamos por la Iglesia, nuestra maestra, educadora y santificadora; el Cuerpo Místico en el cual todos nosotros somos unidos en Cristo;

– agradezcamos por los sacramentos, por las gracias recibidas durante toda nuestra vida.

 III. El amor

            Dios es amor. Quien no ama, no conoce a Dios. “Porque el amor viene de Dios y todo lo que ama es nacido de Dios” (1 Jn 4,7). El Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre. Con el mismo espíritu de amor que une el Padre con el Hijo queremos amar al Hijo, y en Él, el Padre. Quien ame a Jesús en la Eucaristía es amado del Padre y Ellos vendrán a nosotros y harán Su morada (cf. Jn 14,23). Solamente por el misterio del amor en la Eucaristía podremos reconocer y saborear que Dios es amor. ¡Pero, cómo podremos amar cuándo nuestro corazón es tan pequeño?! Jesús nos da su amor, el Espíritu Santo. Así, amamos con aquel amor que Él merece.

            Unámonos con el amor del corazón inmaculado de Maria, con el amor de toda la Iglesia, del Santo Padre, de los obispos y sacerdotes, de todos los que se consagraron a Dios. Unámonos con el amor de todos los que tienen fe, y de todos los Santos Ángeles. Amemos también en nombre de todos los pecadores para que sean atraídos por el Amor divino. El amor Eucarístico puede transformar el mundo entero y, por eso, puede también transformar a nosotros. Jesús sacia nuestra sed de amor. “¡Vine a lanzar fuego sobre la tierra, y cómo anhelaría qué ya estuviese encendido! (Lc 12,49) “Como el Padre Me ama, así también Yo os amo. Perseverad en mi Amor” (Jn 15,9).

 IV. La expiación

            “Soy el Buen Pastor. Conozco mis ovejas y ellas me conocen a Mí… Doy mi vida por Mis ovejas” (Jn 10, 14ss). “El Padre me ama porque doy mi vida para retomarla… Tal es el orden que recibí de mi Padre” (Jn 10,17). Con estas palabras Jesús nos explica el sentido de la expiación. Solamente quien ama verdaderamente se sacrifica y da la vida por la persona querida. “Nadie tiene mayor amor que aquél que da su vida por sus amigos. Sois Mis amigos si hacéis lo que os mando” (Jn 15,13-14).

            La fuente de la expiación es el amor, que también es la meta: a través del sacrificio rescatar los hombres, reconducirlos a la casa del Padre de la cual se alejaron por el pecado. Solamente el amor es capaz de unir a los hombres. El amor propio, que es contrario al amor verdadero, se queda sin frutos porque evita el sacrificio. La entrega del propio ‘yo’, el sacrificio de la vida por amor a Dios contiene un valor expiatorio poderoso en vista de la justicia eterna del Padre y son, al mismo tiempo, portadores y donadores de la vida eterna: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo, caído en la tierra, no morirá, se queda solo; si muere, producirá mucho fruto” (Jn 12, 24).

            ¿Pero, quién sea qué expía los innumerables crímenes del mundo y de todos los hombres?…  ¡He aquí el Cordero de Dios qué quita los pecados del mundo! El sacrificio de Jesús en la cruz es ofrecido en cada Santa Misa para reparar tantos agravios contra Dios. Hoy día Dios es negado, odiado, burlado; la Iglesia es perseguida, la Eucaristía profanada, Nuestra Señora es insultada, los fieles martirizados. Quién, por fin, ¡ofrece al Padre reparación por tantos agravios es Jesús en la Eucaristía! Él se ofrece al Padre en cada Santa Misa y en todos los tabernáculos como víctima de expiación. Unámonos al Cordero inmolado y con Maria reparadora.

Jesús dijo en la cruz: “¡Tengo sed!” (Jn 19,28). Saciemos la sed de Jesús que consiste en glorificar el Padre y salvar a las almas. Está esperando que seamos a Él y su santo Madre en el camino de la expiación. Por el sacrificio de Jesús nuestros sacrificios reciben valor y son elevados participando así de Su poder salvífico. Cumplamos ésa nuestra misión de amor con alegría y generosidad. Coloquemos las necesidades, las enfermedades, los sufrimientos de toda la humanidad en el corazón de Jesús y de Maria para que, por medio de Sus méritos, Dios Padre tenga misericordia del mundo y derrame Su perdón, Su amor, Su gracia, vida y dicha sobre todos nosotros.

 V. Las preces

            Dios es riqueza infinita. El hombre es imperfecto y miserable; siendo criatura solamente puede encontrar en Dios su riqueza. Dios quiere que el hombre pida y reconozca su total dependencia de Él. Pedir a Dios es una grande dignidad y alegría para el hombre porque así él se inclina delante de Él y se pone disponible para recibir.

Pedir es un privilegio para el hombre, pues posibilita a él abrir el alma para recibir la riqueza de Dios. “Pedí y se os dará. Busquéis y hallaréis. Llamad y os será abierto” (Mt 7,7). Solo no debemos considerar a Dios como nuestro servidor que tiene de cumplir nuestros deseos, y la oración como el pago por aquello que pedimos.

“No sabéis lo que pedís” (Mt 20,22). “Pedís y no recibís porque pedís mal, con el fin de satisfacéis vuestras pasiones” (Tg 4,3). Muchas personas piden y ordenan al mismo tiempo, y cuando Dios no cumple lo que ellas ordenaron se quedan con ira. Nuestro primero pedido debe ser: “Señor, enséñanos a rezar” (Lc 11,1). Y Jesús contesta: Cuando orad, digáis: Padre nuestro que estás en el cielo… (cf. Lc 11,2-4; Mt 6,9-15).

La primera parte del ‘Padre nuestro’ Jesús rezo con nosotros en nombre de todo el Cuerpo Místico. La Cabeza y los miembros forman un único corazón que exprimen sus pedidos. ¿Qué pide Jesús en nombre de toda la humanidad? Jesús coloca el Padre en el centro de la adoración y pide que Él sea conocido, amado, honrado y glorificado por todos, incluso, en sus pensamientos, palabras y obras.

“¡Santificado sea vuestro Nombre!” Dios es Padre, Es el origen y la fuente de la vida. Es el Señor de la vida eterna. Como Hijo, Jesús pide que venga su Reino, la soberanía de Dios en las almas, en los habitantes de la tierra, y a través de Él, el Reino Eucarístico. Pidamos para que a través de la Iglesia venga el Reino de la verdad, de la vida, el Reino de la santidad y de la gracia, el Reino de la justicia y de la paz. El Reino de Dios solamente se podrá realizar cuando los hombres cumplan la voluntad del Padre. Cada uno en particular, pero también todas las familias y naciones, tienen de incorporarse en el Cuerpo Místico de Cristo y vivir de la Santa Eucaristía.

Por eso, recemos: “¡Hágase tu voluntad!” Muchos hoy no quieren cumplir la voluntad del Padre como otrora los ángeles caídos: “¡Non serviam!” (¡No quiero servir!). Cuando rezamos ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’, entonces Jesús pide que nosotros cumplamos la voluntad del Padre como Él mismo, los Ángeles y los Santos en el cielo.

Los puntos principales de la oración de Jesús se concentran en los intereses de Dios: reconocimiento, glorificación y servicio a la Majestad divina. Dios es la meta sublime de la vida. A Él se dirigen nuestras aspiraciones; es el contenido de nuestra existencia.

En la segunda parte del Padre Nuestro – que solamente nosotros rezamos – están incluidos nuestros intereses. Por la mediación de Cristo pedimos que nos conceda todo lo que necesitamos para nuestra supervivencia corporal y material, pero también el pan y las gracias de la vida eterna, el perdón de los pecados, las victorias sobre las tentaciones y sobre el maligno. No debemos negligenciar estos pedidos. Y porque el hombre es cuerpo y espíritu, necesitamos constantemente del auxilio de Dios para la subsistencia de nuestra existencia terrena, y el perfeccionamiento, la salvación y la santificación de nuestro ser espiritual en Dios.

 

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Congreso2009

Obra de los santos Ángeles

Congreso católico sobre los Ángeles en la Ciudad de Buenos Aires

Índice

Mensaje de Mons. Roque Puyelli                                          pág. 2

 Hna. Catalina Vaccareza, Los ángeles y la familia           pág. 3

 Pbro. Dr Carlos Taubenschlag, Una mirada filosófica acerca de los ángeles en la Tradición de la Iglesia          pág. 17

 P. Cornelius Pfeifer,  Los ángeles en la santa Misa – El ángel del sacrificio                        pág. 30

 P. Antonio María Cárdenas,  La participación de los ángeles en el trabajo        pág.

Los ángeles en la santa Misa – el ángel del sacrificio

  1. Cornelius Pfeifer, ORC

 

 

            Índice:

  1. Fuentes: la liturgia de los ángeles

1.1. En el Antiguo Testamento

1.2. La función litúrgica de los ángeles en el Nuevo Testamento

1.3. Aspectos angelológicos de la liturgia judaica

1.4. Los ángeles en la doctrina de los escritores eclesiásticos

1.5. Los ángeles en la Misa según santo Tomás de Aquino

1.6. Textos litúrgicos:

     1.6.1. La liturgia de San Marcos

     1.6.2. La liturgia de Santiago

     1.6.3. La liturgia de San Cirillo

     1.6.4. Los textos de la tradición mozárabe de España

     1.6.5. El ángel del sacrificio en la liturgia galicana

 

  1. Comentarios

2.1. Comentarios de san Agustín

2.2. Interpretación del ángel del sacrificio por santo Tomás de Aquino

2.3. Odilo Heiming

2.4. El ángel del sacrificio y su relación con el sacerdote

2.5. La mediación y el sacerdocio de los ángeles

2.6. La figura de Melquisedec

2.8. La acción propia del ángel en el sacrificio, según la doctrina de Santo Tomás

2.9. El mediador de los ángeles (Gal 3,19-20)



Los Ángeles y la familia
(Hna. María Catalina)

Introducción
La primera familia “A imagen de DIOS los creó” (Gn 1, 27)
Hacia la plenitud de los tiempos: San Rafael y la familia de Tobías
La Sagrada Familia
Bajo el signo de la Cruz
Conclusión

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Congreso2008

Obra de los santos Ángeles Congreso 5 : 20 de septiembre 2008

Índice de las Conferencias:

1) Mons. Dr. Roque Manuel Puyelli, Director, Prologo. Los Ángeles en la vida de la Iglesia Católica 7

2) P. Ignacio Ma. Suárez Ricondo ORC, El servicio de los Ángeles a favor de las Naciones 9

3) P. Cornelius Pfeifer ORC, Los Ángeles Custodios de las Naciones venerados por los pueblos 19

4) Hermana Ma. Catalina Vaccarezza, El Ángel de la Nación Argentina 61

5) Padre Mariano Polak, San Miguel Arcángel, Protector del pueblo de Dios 105

6) P. Ignacio Suárez, Los Ángeles, realidad o mito 111

Los Ángeles de las Naciones venerados por los pueblos
P. Cornelius Pfeifer ORC
Índice
1. Historia
1.1. Fundamentos bíblicos y tradición judía
1.2. Testimonio de algunos Padres de la Iglesia
1.3. Elementos de la historia de la veneración de los Ángeles
1.4. ¿Qué ayuda pueden prestar los Ángeles del as Naciones?
1.5. Lo que los pueblos pueden aprender de los Ángeles
2. Ejemplos del culto a los Ángeles de las Naciones
2.1. El Ángel de Portugal
              Inicios del culto
              Fiesta y Misa en honor al Ángel Custodio de Portugal
2.2. El Ángel del Reino de España
         A) El santo Ángel de Palma de Mallorca
         B) El santo Ángel custodio del Reino de Valencia
         C) El Ángel Custodio del Reino de España
2.2.1 La fiesta litúrgica
2.2.2 La liga de oración
2.2.3 El altar y la imagen
2.2.4 La Novena y la oración
2.2.5 La estampa del Ángel y devoción
2.3. El Ángel de la Nación mexicana
2.3.1 Culto al santo Ángel Custodio del a Nación mexicana
2.3.2 Su esculturas e venera en la catedral Metropolitana
2.3.3. ¿Cuándo y por qué se concedió nuevamente Misa propia al
Custodio de la nación mexicana?
2.3.4. Festividad, Misa y estado actual de su culto en México.
2.3.5. ¿Cuál es la situación política por la que se establece su Misa?
2.3.6. Estampa y oración al s. Ángel Custodio de la Nación mexicana.
2.4. El Ángel Custodio de Chile
Veneración del santo Ángel Custodio
2.5. Otras naciones
3. El Ángel Custodio de la Argentina
Conclusión
Bibliografía

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Congreso2007

Obra de los santos Ángeles
Congreso 4 :

Congreso católico sobre los Ángeles en la Ciudad de Buenos Aires

1) Cornelius Pfeifer, La fe de San Pablo en los Ángeles buenos y malos

2) P. Antonio María Cárdenas, los Ángeles en la historia de la Iglesia 

3) Los Ángeles y la V. Conferencia del CELAM

Introducción 3
1) Experiencias de la vida de Pablo
2) Enseñanzas de San Pablo sobre los Ángeles
3) Las actividades de los Ángeles 4
4) La Jerarquía celestial
5) El poder del mal 5
6) El combate espiritual
7) La exaltación de Cristo sobre los Ángeles
8) Esclarecimiento de los conceptos 6
Una exégesis de los textos bíblicos de San Pablo 9
I. Los Ángeles 9
1) Los Ángeles nos observan 9
2) La alabanza con lenguas angélicas 11
3) Los Ángeles anuncian el Evangelio 11
4) Los Ángeles como representantes de Dios poseen una alta dignidad 12
5) Los Ángeles promulgaran la ley de Dios a su pueblo 12
6) Los Ángeles acompañan al Hijo del Hombre en la parusía 13
7) Los Ángeles están al servicio de Cristo 14
8) La participación de los hombres y Ángeles en el Juicio final 15
9) Ejecutores del castigo de Dios 16
II. Satanás, diablo, Beliar, demonios 18
1) Satanás obstaculiza el trabajo misionero 18
2) El diablo intenta continuamente apartar a los hombres de Dios
3) El enemigo fue vencido
4) El combate espiritual de los cristianos 19
5) Las tentaciones de la carne 20
6) El disfraz de Satanás como ‘ángel de luz’ 21
7) El pecado de la soberbia 22
8) Desorden en la comunidad 23
9) El gran combate antes del fin del mundo 24
10) El sentido de las pruebas de Dios 26
11) La “entrega a Satanás” 27
12) La finalidad del castigo es para mejorar la persona 28
13) El falso y verdadero culto 30
14) La existencia de los demonios 30
15) Las religiones paganas contienen semillas de verdades 32
16) Las falsas doctrinas 33
III. Grupos de Ángeles superiores 34
A) En las cartas principales (Rm, 1 + 2 Cor) 34
a) La victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal 35
b) Nada nos puede separar de Cristo 36
B) La Carta a los Efesios 37
a) El combate espiritual 38
b) La Iglesia revela los misterios a los Ángeles 39
c) La gloria de Cristo 39
C) La Carta a los Filipenses 40
D) La Carta a los Colosenses 41
a) La salvación realizada por Cristo 41
b) La superioridad de Cristo sobre los Ángeles 42
c) La restauración de todas las cosas 43
d) La plenitud de Cristo 44
e) El falso culto a los ángeles 45
IV. Los Ángeles en la Carta a los Hebreos 48
Conclusión 55

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Congresos

Congreso2006

Obra de los santos Ángeles

Segundo Congreso católico sobre los Ángeles en la Ciudad de Buenos Aires

13 de mayo de 2006

Temas:

1) Mons. Dr. Roque Puyelli, Presentación e introducción

2) P. Cornelius Pfeifer ORC, Inspiración y discernimiento de los espíritus. ¿Para qué? 

3) P. Juan Marcos Bovin ORC (Suiza), Las apariciones del Angel de Fátima

4) P. Cornelius Pfeifer, Los Ángeles en la Nueva Evangelización frente a los retos de nuestro tiempo y la misión del Ángel de la Guarda en la vida personal

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Retiros

Retiro-7

Retiro de Pentecostés 2020: 7a meditación: combate espiritual

En la eficacia del Espíritu Santo: "Ponte la armadura completa de Dios"

En las cartas de San Pablo, se nos exhorta a prepararnos en esta vida para el combate espiritual. Como en aquellos tiempos, también ahora tenemos que aprender a luchar por nuestra propia salvación y por la de los demás, no contra los hombres, sino contra los «principados… potestades…espíritus malignos en los aires» (Ef 6,12) En esta batalla, el Espíritu Santo y Sus santos ángeles vienen en nuestra ayuda, pero también nosotros debemos aprender a hacer nuestra parte.

 

Seria batalla

 

San Pablo nos exhorta a » ponernos la armadura completa de Dios, para que podamos resistir en el día malo y, después de haber hecho todo, mantenernos firmes» (Efesios 6,13). Él prosigue  especificando la verdadera fuente del conflicto: » Nuestra lucha no es contra carne y sangre; sino contra principados, contra potestades, contra gobernantes del mundo líderes de las tinieblas presentes, contra milicias espirituales en los aires” (Ef 6,12).

Claramente, las armas que necesitamos son esencialmente de naturaleza espiritual. Menciona siete de esas armas, que discutiremos, primero, a nivel moral.

 

El adversario

 

¿Quién es el adversario? Como Dios es infinitamente bueno, ciertamente Él creó todas las cosas buenas. ¡Por lo tanto, se deduce que algunos de los ángeles cayeron libremente alejándose de  Dios, cayendo en la falsedad y el odio! El diablo «fue un asesino desde el principio y no representa la verdad, porque no hay verdad en él. …es un mentiroso, él es el padre de la mentira” (Jn 8,44). También lleva a otros a la rebelión. San Juan nos dice que el Dragón «con su cola barrió un tercio de las estrellas (ángeles) en el cielo y las arrojó a la tierra» (Ap 12,4). El segundo objetivo del demonio es destruir a la humanidad: “El Demonio, Satanás, quien engañó al mundo entero, fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. Entonces el dragón… estalló la guerra como pago contra… aquellos que guarden los mandamientos de Dios y den testimonio de Jesús” (Ap 12,9.17). 

Generalmente se consideran como armas del diablo: el «mundo», la «carne» y el miedo al diablo. Pero como todo lo que Dios creó es bueno, podemos simplificar esto aún más y decir que las armas del enemigo son el engaño y el miedo. A través del cálculo de mentiras y argumentos astutos, distorsiona la percepción de nuestra mente sobre la naturaleza de las cosas de este mundo, su propósito y utilidad y las circunstancias en las que se usan o abandonan adecuadamente.

Siervos y soldados de Cristo junto a los Santos Ángeles

Para convertirse en un soldado de Dios, luchando por la protección de Su Reino en la tierra, primero debemos ser un siervo dispuesto, uno que lleve a cabo su cargo en forma entusiasta, incluso cuando el maestro no esté presente. En su amor infinito, Dios nos eligió y nos llamó también para convertirnos en sus hijos en gracia; Nos llama a una íntima amistad con Él y a la vida eterna. Entre los siervos de Dios hay quienes se distinguen por su gran generosidad al asemejarse a Cristo: olvidándose de sí mismos, deseando convertirse en siervos de todos,  «convirtiéndose en todas las cosas para todos, a fin de salvar al menos a algunos» (1Cor 9, 22) Estos se convierten, por así decirlo, en soldados de Cristo junto con los santos ángeles, quienes son completamente desinteresados en sus ministerios. En un sentido muy real, no obtienen nada de su ministerio más allá de la alegría que encuentran al contribuir a nuestra salvación y la gloria de Dios.

Las siete virtudes

1. Debemos ceñir nuestros lomos con la verdad. Esta metáfora hebrea indica que la búsqueda del amor meramente sensual (eufemísticamente llamado «lomos») es una mentira, pues falla al  no ver ni promover el bien del amado. La verdad de los «lomos» es la castidad, mediante la cual los apetitos concupiscibles deben asimilarse a la verdad del Evangelio, que restaura la dignidad del hombre y el verdadero amor humano. En un sentido militar, ‘ceñido’ también nos llama a alertar sobre la preparación para la batalla en todo momento. No debemos permitirnos ser sorprendidos y tomados fuera de guardia, porque sabemos que «el diablo ronda como un león rugiente, buscando a alguien a quien devorar» (1Ped 5,8).

2. San Pablo quiere que nos vistamos «con la coraza (protectora) de la justicia«. En el pasaje paralelo, 1 Tesalonicenses 5, 8, lo llama una «coraza de fe y amor«. Aquí nuevamente, él está pensando como un judío, para quien la mente y la voluntad, tendrán su centro en el corazón. Estos deben ser protegidos a toda costa. La idea judía de «justicia» va más allá de la virtud cardinal de la justicia. La justicia de Israel consistió en su total fidelidad al pacto divino en la fe y el amor, que no permitía  diluirse en  pensamientos de la sabiduría mundana. “ Si ustedes pertenecieran al mundo, el mundo los amaría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece”. (Jn 15,19).

3. Con su próxima exhortación, San Pablo pasa a la «ofensiva», animándonos a ver que nuestros «pies estén calzados con los zapatos (sandalias) de preparación para predicar el Evangelio de la paz«. El tesoro del cristiano debe ser el Evangelio, el nuevo Pacto en Cristo. Estos sentimientos explican la alegría que sintieron los discípulos cuando «salieron de la asamblea, regocijados pues se les consideraba dignos de sufrir acusaciones por el nombre de Jesús» (Hechos 5,41).

Aquí, San Pablo hace énfasis en la garantía de que nuestra fe nos debe soportar en todas las batallas espirituales de la vida diaria. Como Jesús dice: “La paz les dejo; Mi paz les doy. No como la da el mundo” (Jn 14,27). Esta paz de Cristo nos hace evangelizadores, listos para proclamar el Evangelio. Incluso después de haber sido golpeados y encarcelados, Pablo y Silas cantaban himnos de medianoche a Dios. ¡Esta disposición es estremecedora! (¡De hecho, un terremoto sacudió la prisión, abriendo todas las puertas en el poder del Evangelio, la paz y la alegría!) Obsérvese la alegre disposición de San Pablo para compartir el Evangelio de salvación con el carcelero, su perseguidor unas horas antes (cf. Hechos 16, 22-33). San Juan Crisóstomo explica esta lógica transformadora: «La proclamación del Evangelio de la paz es nada menos que la vida más virtuosa», (Homilía 24 en Ef 6, 14-17). Un verdadero cristiano desea «destruir» a sus enemigos haciéndolos sus amigos, es decir, llevándolos a Cristo. ¡Del lado de Dios, del lado de Cristo, del lado del ganador! «Si Dios está con nosotros, ¿quién  contra nosotros?» (Rom 8,31). Se promete la victoria a aquellos que perseveran en su buena voluntad: “Bienaventurado aquel que persevere cuando lleguen las pruebas. Esa persona tiene un valor comprobado y ganará el premio de la vida, la corona que el Señor ha prometido a quienes lo aman” (Santiago 1,12).

4. «En todas las circunstancias, mantén la fe como un escudo, para apagar todas las flechas incendiarias del maligno» (Efesios 6,16). San Pablo presenta la fe como el armamento universal, como un escudo, que cuando se usa adecuadamente destruye todos los ataques del enemigo. Nuestra victoria sobre el mundo es nuestra fe (cf. 1 Jn 5, 4).

En todas las tentaciones contra la fe, nunca debemos entrar en discusiones; más bien, debemos sostener el escudo de la fe y recurrir a actos de esperanza y caridad. No tiene sentido discutir cuando el adversario odia la verdad; ¡No vale la pena discutir cuando el adversario odia la verdad, no vale la pena discutir cuando este adversario conoce las Escrituras mejor que nosotros, cuando él es un «mejor teólogo» que nosotros!

5. “Toma el casco de la salvación” (Ef. 6,16). En 1 Tesalonicenses 5, 8, San Pablo ya ha identificado la esperanza de salvación como nuestro casco. Llamamos esperanza a un casco, porque es una protección contra heridas mortales. San Juan Crisóstomo escribe: «El casco cubre la cabeza perfectamente en todas las partes, y no sufre pues cubre cualquier herida» (Homilía 24 en Efesios 6,14). Así como un soldado deposita su confianza en un casco, nosotros depositamos nuestra confianza  en el nombre del Señor. La esperanza sobrenatural es una garantía de vida  más grande que cualquier casco de metal. Santo Tomás explica que la esperanza deriva su invencibilidad de la infalibilidad de la fe: ¡el Dios que da testimonio de la Verdad es el Dios que promete la Vida! (cf. Summa Theol. II-II, q. 18, art. 4, c).

En consecuencia, el casco de la salvación garantiza la vida eterna. La esperanza nos ayuda de dos maneras: Primero, cuando la esperanza es fuerte, todas las tentaciones, que ofrecen una felicidad alternativa, se debilitan y se superan. Porque su felicidad prometida es, en el mejor de los casos, superficial y de corta duración. En segundo lugar, la esperanza es una gran defensa contra ataques repetitivos y agotadores por medio de los cuales el diablo trata de  desesperanzarnos para alguna vez ganar la vida eterna.

«Librémonos de toda carga y pecado que se nos aferre y perseveremos en la carrera que tenemos ante nosotros mientras mantenemos nuestros ojos fijos en Jesús, el líder y el perfeccionador de la fe. Por el gozo que está delante de Él, Jesús soportó la cruz, despreciando su vergüenza, y se ha sentado a la derecha del trono de Dios » (Heb 12, 1b-2).

El punto es práctico: ¿cuándo fue la última vez que llevaste a cabo un acto serio de la virtud de la esperanza? Y cuándo fue la última vez, que mientras estabas en la prueba, conscientemente miraste a Jesús, quien «por el gozo  que estaba ante Él, soportó la cruz» (Heb 12, 1), de tal forma que sacaras fuerza y determinación de su ejemplo?

6. «Toma la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios «. ¡Es hora de ir a la ofensiva! Un cobarde muere mil veces por miedo. De hecho, hay una especie de «esperanza», que no es esperanza en lo absoluto, sino más bien una especie de miedo. ¡Cuán a menudo, incluso entre los feligreses regulares, encontramos que su motivo más fuerte de esperanza no es positivo, sino más bien es el miedo! ¡Quieren ir al cielo porque no quieren arder en el infierno!

La espada del Espíritu, la palabra de Dios, se define en otra parte: «La palabra de Dios es viva y efectiva, más afilada que cualquier espada de dos filos, penetra incluso entre el alma y el espíritu, las articulaciones y la médula, y es capaz de discernir reflexiones y pensamientos del corazón” (Hebreos 4,12). Tal espada también fue dirigida contra María, «una espada traspasará tu alma, para que los pensamientos secretos de muchos puedan ser descubiertos» (Lc 2,35). Esta es la espada del Espíritu, la palabra de Dios, la espada de la salvación, que primero debe ser dirigida contra nuestra propia alma, nuestros propios pensamientos secretos, antes de que pueda funcionar eficazmente para la salvación de las almas sufriendo como María. En este sentido, San Bernardo de Claraval ve esta espada desde el lado positivo, es decir, como la luz y la gracia del Espíritu Santo para herir y sanar a los pecadores (Cánticos, Sermón 29,6). San Jerónimo dice de la palabra de Dios: «La ignorancia de la Escritura es  ignorancia de Cristo» (Carta a Eustochia), y por lo tanto también ignorancia del reino de Cristo.

San Ambrosio entiende la espada del Espíritu como el don del discernimiento (Sobre los deberes del clero, cap. 7). Separa lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, y conduce a la derrota de las mentes orgullosas y rebeldes (Carta 61, a Pomponio). San Juan Crisóstomo continúa afirmando que con la espada del Espíritu, no solo nos protegeremos de los misiles del diablo, sino que además lo golpearemos. (Homilía 24 en Ef 6).

7. Y finalmente

 “Oren en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos. Manténganse alerta y perseveren en oración por todos los santos. Oren también por mí para que, cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio» (Ef. 6, 18-19).

La oración recomendada es la oración de la criatura que es consciente de su humildad y su necesidad, pero también de cuánto Dios le ama. Nos ha dado todas las cosas en Cristo. Él ha derramado su amor en nuestros corazones a través del Espíritu Santo. Por lo tanto, le clamamos con confianza: «Abba, Padre» (cf. Rom 5, 5; Gal 4, 6). Hechos templos del Espíritu Santo, nos entregamos voluntariamente por completo al Espíritu, quien «viene en ayuda de nuestra debilidad… [e] intercede [por nosotros] con gemidos inexpresables» (Rom 8,26).

Nuestro esfuerzo en la oración debe resumirse en esto: ¡buscar abrirnos con toda confianza a la íntima presencia Divina y permanecer allí tan perseverantemente como podamos! Si nos entregamos a Dios, ¡Él se entregará a nosotros! ¡Un alma en oración es victoriosamente una con Dios!

 

Los dones del Espíritu Santo, el súper armamento de Dios

En su comentario sobre la «armadura completa de Dios», Santo Tomás declara que estos son «los Dones [del Espíritu Santo] y las virtudes. Porque las virtudes [entre las cuales se enumeran los dones] protegen al hombre de los vicios” (Comentario sobre Ef., Cap. 6, lect. 3). Primero hablamos de las virtudes morales y teológicas, que están inmediatamente a disposición de todos los fieles. Mientras que todos en el estado de gracia poseen los Dones del Espíritu Santo, pocos tienen el desapego espiritual, la humildad y docilidad que son necesarios para que florezcan dentro de nosotros. Sin embargo, la fiel práctica de las virtudes anteriores preparará el camino para una expresión más rica de los dones en nuestras vidas.

Ahora podemos dirigir brevemente nuestra atención hacia los Siete Dones del Espíritu Santo, por los cuales nos centraremos principalmente en su calidad como armas en el combate espiritual.

1. El don del  entendimiento

El don del entendimiento es el alfa entre los dones; nos otorga una intuición de la grandeza y la majestad de Dios, ante la cual nada debe ser preferido. Lo que no resuena armoniosamente con el grito de San Miguel, «¡Quién es como Dios!», Es una luz falsa.

A la luz de este don, obtenemos una intuición en las profundidades de la creación, porque «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). La omnipotencia de Dios se puede percibir en la impotencia salvífica de Dios en la salvación, en la Encarnación, en la Eucaristía. El enemigo desprecia lo que es pequeño y débil, pero «la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana» (1 Corintios 1,25). Su debilidad es su amor paciente, esperando el momento en que nos pueda salvar (cf. 2 Pedro 3, 9).

Mary vivió este regalo porque guardaba todas las palabras de Dios en su corazón, reflexionando sobre ellas. Aún más las vivió: ella es el arca de la alianza, que se encuentra al comienzo de todos los caminos de Dios en la creación.

2. El don de la sabiduría

El Don de la Sabiduría es la Omega entre los Dones, ya que por ella saboreamos nuestro final, las profundidades de la bondad divina. «Prueba y mira, ¡qué bueno es el Señor!» (Salmo 34, 9). Quien haya bebido el mejor de los vinos, no será engañado por amores inferiores. Hay, por supuesto, muchos grados de sabiduría divina, las cavas de Dios, pero en todos ellos, se trata de experimentar cada vez más profundamente la bondad propia de Dios. El fundamento es la gracia santificante. María en si misma estaba «llena de gracia». Por lo tanto, María es nuestra medida de sabiduría. Si no somos como María, no es sabiduría. San Juan de la Cruz lo expresa bien cuando declara:

«Debe saberse que muchas personas alcanzan y entran en las primeras cavas de vino de acuerdo con la perfección de su amor, pero pocas en esta vida alcanzan la última y la más profunda; porque en ella se forja la unión perfecta con Dios, llamada matrimonio espiritual. … Lo que Dios comunica al alma en esta íntima unión va más allá de las palabras… Porque en la transformación del alma en Dios, es Dios quien comunica su Ser con una gloria admirable; los dos se convierten en uno solo, como… el carbón [se une] con el fuego». (Cántico del amor, estrofa 26,4).

¡La Santísima Virgen, la nueva Eva, es la primera y verdadera Esposa del Cordero, la primera llamada a la fiesta de bodas!

3. El don de consejo

El don de consejo es el más práctico de los dones, porque nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios en asuntos de la vida diaria que no se rigen por la ley. Esto cubre nuestras elecciones personales de oración, las buenas obras que queremos hacer, pero también la elección personal del camino en la vida, en el matrimonio, por la elección de un cónyuge, la profesión, los amigos, dónde vivir, etc. Para este tipo de decisiones no hay leyes rápidas ni establecidas, solo un buen consejo, que no es fácil de encontrar.

Un buen consejo requiere fundamentalmente dos cosas: primero, se deben tener en alta estima los valores humanos y piadosos. Tal estima solo puede prosperar en un corazón desprendido de la sabiduría y las ambiciones mundanas. Y en segundo lugar, se necesita un gran sentido de lo que es connatural a la vida en este mundo y, en particular, por la búsqueda individual de consejo. Para poder dar íntegros consejos a alguien, necesito ser capaz de ver el mundo a través de los ojos del otro; Necesito una gran empatía de corazón. Como un don de gracia, esta unción se da a las almas que desean ayudar a los demás y ocuparse de esta tarea, más en una oración silenciosa que en expresar opiniones.

Nadie es más rico en esta materia que la Madre del Buen Consejo.

4. El don de ciencia

¡El Don de Ciencia (Conocimiento) es un saber sobrenatural! Es una ‘espada’. Hay una ciencia de los Diez Mandamientos; ¡No es casualidad que ellos conduzcan a la vida! Expresan la ley moral natural. El conocimiento científico de la ley moral nos ayuda a cortar las malas hierbas y fomentar el crecimiento de las buenas plantas (las virtudes). También hay una ciencia de los Consejos Evangélicos —pobreza, castidad, obediencia— que explica por qué el discipulado cercano de Cristo (se vive más radicalmente en la vida religiosa consagrada, pero también entre los laicos) conduce de manera más rápida y segura a la vida misma y una mayor perfección y felicidad. Esta ciencia corta con las cosas superfluas que roban tiempo para la oración y las buenas obras. Hay una ciencia del amor y el sacrificio, la ciencia de la Cruz. Solo en este camino tratamos a los demás como deseamos ser tratados. La verdad que conocemos a través de este regalo nos hace libres. Pero son pocos los que desean la verdad incondicionalmente, porque la Verdad nos desafía al máximo con sus demandas. Esta arma del Don de la Ciencia también es una espada de justicia de dos filos para proteger el bien común. Aquí se encuentra el poder del exorcismo para expulsar a los espíritus malignos en el Nombre de Cristo. La Inmaculada, como un ejército en batalla, es nuestra defensa segura.

5. El don de fortaleza

¡El Don de la Fortaleza es un arma que debería fortalecernos incluso para ser débiles! Los tres grados de fortaleza, según Santo Tomás, son estos: 1) la disposición a luchar en defensa de una causa noble, incluso arriesgando nuestra propia vida; 2) la disposición a morir, en lugar de negar la fe o traicionar la justicia moral de ninguna manera; 3) la disposición a sufrir y sacrificar voluntariamente nuestra vida, como Cristo, cuando el bien moral de nuestro prójimo exige este sacrificio. Cristo fácilmente pudo haber tenido 12 legiones de ángeles a su disposición para salvarle… pero ¿cómo se habría salvado la humanidad, si Él no hubiera abrazado voluntariamente la impotencia divina para morir por nosotros en la Cruz? La fortaleza, en su impotencia, también nos da la fuerza para orar, de modo que queremos ser fuertes en el sufrimiento.

La Madre Dolorosa nos defiende aquí con su patrocinio.

6. El don de temor de Dios

El temor de Dios  parece ser la más humilde de las armas; Es la participación de los «pequeños» del Señor, quienes aunque son pisoteados, son aún conscientes en su observación de la Ley de Dios por reverencia a Su Nombre. Esta misma reverencia sostiene a estos «pequeños» en su inquebrantable fidelidad a la Iglesia. El temor del Señor es el «lugar de aterrizaje» para los santos ángeles, que con gusto se despliegan para ayudar a los pequeños en su perseverancia.

Los malvados y mundanos se burlan del temor del Señor.

«El hombre justo… se mantiene alejado de los caminos [de los impíos] como de las cosas impuras. Él bendice el destino de los justos y se jacta de que Dios es su Padre.» Condenémoslo a una muerte vergonzosa, porque según sus propias palabras, Dios cuidará de él”. Estos fueron sus pensamientos, pero se equivocaron; porque su maldad los cegó. Y no conocían los consejos ocultos de Dios; tampoco contaron con una recompensa de santidad ni discernieron la recompensa de las almas inocentes (Sab 2,16, 20- 22)

Nuestra Señora de la Deposición de la Cruz siempre está presente para consolar a los humildes y a los pequeños en sus necesidades.

7. El don de piedad

El don de piedad es el arma final. Aparentemente es el más débil, pero es, de hecho, el arma más grande, la rendición final y triunfal en homenaje ante Dios por la invencible convicción de que Dios es bueno, independientemente de lo que las apariencias puedan sugerir. «¡Aunque Él debería matarme, confiaré en el Señor!» fue la oración de Job (Job 13,15). Y nuestro Señor mismo, para ofrecer un puerto seguro a los más amargamente probados, tuvo que experimentar ser aparentemente abandonado por Dios (Mc 15, 35) antes de poder exclamar victoriosamente: «¡Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu!» (Lucas 23,46). Mientras que la sabiduría es la recompensa y la «realización» de la caridad, que reside en la voluntad espiritual, la piedad es la recompensa y la realización de los afectos; y esto se encuentra en la tierna y amorosa bondad de Dios.

Mary está aquí como la estrella de la mañana, como el refugio de los pecadores. La misericordia no conoce un final, aunque, por supuesto, puede ser rechazada.

«¿Alguien ha esperado en el Señor y ha sido decepcionado? ¿Alguien lo ha invocado y ha sido rechazado? Compasivo y misericordioso es el Señor; Él perdona los pecados, Él salva en tiempo de angustia» (Sir 2, 10-11).

 

 

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Retiro de Pentecostés 2020: 6a meditación: Contemplación-2

La Meditación

Predisposiciones para la adquisición de la sabiduría a través de la meditación

La meditación, también conocida como oración mental, o simplemente oración, es uno de los medios fundamentales para disponernos para la maduración de la Vida de Cristo en nuestras almas. En el concepto de meditación, deseamos incluir una variedad de elementos, y debemos asumir una serie de predisposiciones.

La primera de las predisposiciones necesarias es una cierta pureza del cuerpo y la integridad de la mente. El libro de la Sabiduría comienza con esta advertencia: «Porque los pensamientos perversos separan a los hombres de Dios, y cuando su poder se prueba, convence a los necios; porque la sabiduría no entrará en un alma engañosa, ni morará en un cuerpo esclavizado por el pecado» (Sb 1, 3-4). Debemos estar libres de lo que las Escrituras se refieren como la «sabiduría de la carne». San Pablo habla de esto en su carta a los romanos: «La mente puesta en la carne es hostil a Dios; no se somete a la ley de Dios, de hecho no puede; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8, 7). La Vulgata traduce así: «la sabiduría de la carne es enemiga de Dios». 

La segunda predisposición necesaria para adquirir sabiduría es combatir la falsa sabiduría del mundo. Es decir, el mundo tiene su propio conjunto de objetivos y estándares. Si alguien trata de vivir de acuerdo con estos estándares, necesariamente será infiel a la sabiduría de Dios. La mediación en las verdades eternas es la manera de formar la mente según los estándares de Dios. Uno debe hacer todo lo posible para juzgar todas las cosas de acuerdo con el valor que tienen a los ojos de Dios. La pobreza de espíritu, como se mencionó en una conferencia anterior, es una disposición clave para la recepción del don de la sabiduría.

Un tercer requisito previo es la necesidad de cierto grado de libertad. El libro de Sirácides deja esto claro: “La sabiduría del escriba exige tiempo y dedicación, y el que no está absorbido por otras tareas, se hará sabio. ¿Cómo se hará sabio el que maneja el arado y se enorgullece de empuñar la picana, el que guía los bueyes, trabaja con ellos, y no sabe hablar más que de novillos? Él pone todo su empeño en abrir los surcos y se desvela por dar forraje a las terneras. Lo mismo pasa con el artesano y el constructor, que trabajan día y noche; con los que graban las efigies de los sellos y modifican pacientemente los diseños: ellos se dedican a reproducir el modelo y trabajan hasta tarde para acabar la obra. Lo mismo pasa con el herrero, sentado junto al yunque,con la atención fija en el hierro que forja: el vaho del fuego derrite su carne y él se debate con el calor de la fragua; el ruido del martillo ensordece sus oídos y sus ojos están fijos en el modelo del objeto; pone todo su empeño en acabar sus obras y se desvela por dejarlas bien terminadas. Lo mismo pasa con el alfarero, sentado junto a su obra, mientras hace girar el torno con sus pies: está concentrado exclusivamente en su tarea y apremiado por completar la cantidad …” “… Por otro lado, el que se dedica al estudio de la ley del Altísimo buscará la sabiduría de todos los antiguos, y se preocupará con profecías preservará el discurso de hombres notables y penetrará las sutilezas de las parábolas; buscará los significados ocultos de los proverbios y se sentirá como en casa con el misterio de las parábolas (Sir 38,24 – 39, 3). 

Meditación sobre la Sagrada Escritura

Una de las formas más fundamentales en las que practicamos la meditación es a través de la meditación en la Sagrada Escritura. Se dijo que la sabiduría consiste en la visión de las cosas en la eterna Palabra de Dios. En la Sagrada Escritura, la Palabra eterna habla al hombre en lenguaje humano. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios habla una sola Palabra, su única Exclamación, en la que se expresa completamente … Por esta razón, la Iglesia siempre ha venerado las Escrituras tanto como ella venera El Cuerpo del Señor. Ella nunca deja de presentar a los fieles el pan de vida, tomado de la única mesa de la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo » (CIC 102-103). En otro lugar, el Catecismo dice: «Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Las realidades divinas reveladas, que están contenidas y presentadas en el texto de la Sagrada Escritura, han sido escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo» (CCC 105) .     

Siguiendo el hecho de que las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios, una forma primaria de meditar es a través de la lectura reflexiva de las Sagradas Escrituras. Hay varios pasajes del texto inspirado que expresan esta verdad: “Cuando se presentaban tuspalabras, yo las devoraba, tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque yo soy llamado con tu Nombre, Señor, Dios de los ejércitos.” (Jer 15,16). “Entonces dije –¡y este es mi dolor!–: «¡Cómo ha cambiado la derecha del Altísimo!». Yo recuerdo las proezas del Señor, sí, recuerdo sus prodigios de otro tiempo;” (Sal 77, 11-12).  “Examina detenidamente los preceptos del Señor y medita sin cesar sus mandamientos: él mismo afirmará tu corazón y te dará la sabiduría que deseas.» (Sir 6,37). “y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.” (2Tim. 3,15). 

Es importante no descuidar la meditación de la sabiduría de la Palabra de Dios contenida en el Antiguo Testamento. Los cristianos deben reflexionar sobre la Ley, los Profetas y los Libros de la Sabiduría, así como la forma en que Dios instruyó a su pueblo a través de muchos eventos históricos en el curso de la historia de la salvación. Pero el Antiguo Testamento solo puede entenderse completamente a la luz del Nuevo Testamento, especialmente a la luz del misterio pascual de Cristo. Como Santo Tomás escribió una vez:

La frase «corazón de Cristo» puede referirse a la Sagrada Escritura, que da a conocer su corazón, cerrado antes de la Pasión, ya que la Escritura era incomprensible. Pero la Escritura se ha abierto desde la Pasión; desde el momento en que aquellos la han entendido, han considerado y discernido de qué manera deben interpretarse las profecías.

En el Nuevo Testamento, las Cartas de los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis arrojan luz sobre el misterio de Dios y su misericordia hacia los hombres. Estos deben ser bien conocidos por todos los cristianos. Pero el Evangelio en sus cuatro partes merece nuestra más alta consideración. Como Sta. Teresa escribió una vez: «Pero, sobre todo, son los Evangelios los que ocupan mi mente cuando estoy rezando; mi pobre alma tiene tantas necesidades y, sin embargo, esta es la única cosa necesaria. Siempre encuentro una luz fresca allí, significados ocultos y fascinantes». Los escritores sagrados del Evangelio pasan una cantidad considerable de tiempo contando la pasión y la muerte de Cristo. Esto se debe a que la más alta sabiduría de Cristo se manifestó en la Cruz. La cruz de Cristo es la sabiduría de Dios, como escribió San Pablo: «Predicamos a Cristo crucificado, un obstáculo para los judíos y la locura para los gentiles, pero para aquellos que son llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es la fuerza  y la sabiduría de Dios» (1 Cor 23-24). 

El Concilio Vaticano II enfatizó la importancia que tiene para todos los fieles, leer y meditar en las Escrituras:

El Sínodo Sagrado exhorta de manera enérgica y específica a todos los fieles cristianos, especialmente a aquellos que viven la vida religiosa, a aprender «el conocimiento superior de Jesucristo» (Filipenses 3, 8) mediante la lectura frecuente de las divinas Escrituras. «La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo». Por lo tanto, déjenlos ir con gusto al texto sagrado en sí mismo, ya sea en la sagrada liturgia, que está llena de palabras divinas, en la lectura devota, en ejercicios adecuados o cualquier otra variedad de ayudas que, con la aprobación y guía de los pastores de la Iglesia, felizmente se estén extendiendo por todas partes en nuestros días. Sin embargo, que recuerden que la oración debe acompañar la lectura de la Sagrada Escritura, para que tenga lugar un diálogo entre Dios y el hombre… Pues «le hablamos a él cuándo oramos; le escuchamos cuando leemos los oráculos divinos». «.

El punto de cierre que hace el Concilio es de particular importancia, debemos leer las Escrituras en oración. No debemos leer la Biblia como si leyéramos el periódico. Es la Palabra de Dios, que «es viva y activa, más afilada que una espada de dos filos, penetrando en la división del alma y el espíritu, de las articulaciones y la médula, y discerniendo los pensamientos e intenciones del corazón» (Heb 4,12). El Catecismo escribe: «La fe cristiana no es una» religión de libro». El cristianismo es la religión de la ‘Palabra’ de Dios, ‘no es una palabra escrita y muda, sino encarnada y viva’. Para que las Escrituras no sigan siendo letra muerta, Cristo, la Palabra eterna del Dios viviente, debe, por medio del Espíritu Santo, «abrir [nuestras] mentes para entender las Escrituras» (CIC 108).    

Cómo meditar en la Sagrada Escritura

Es apropiado comenzar la lectura de la Sagrada Escritura con una oración al Espíritu Santo. También es útil pedirles a los ángeles que iluminen nuestra mente mientras nos adentramos en  las Escrituras. Así como el profeta Daniel fue asistido por San Gabriel en la comprensión de ciertas profecías, también nosotros seremos ayudados si pedimos la asistencia de los ángeles (cf. Dan 9, 20-27). 

Las Escrituras deben ser leídas y releídas, meditando en cada palabra y también memorizando muchas de ellas. María es nuestro modelo respecto a este tema, «María guardó todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón» (Lc 2,19, 51). Esta es la manera de cumplir el consejo de San Pablo: “La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza…» (Col 3,16).  

La finalidad de la meditación no es simplemente saber más, sino amar más. Esto es particularmente cierto en la meditación sobre la Sagrada Escritura. San Agustín escribió:    

Todo estudiante sincero de las Sagradas Escrituras se ejercita, para no encontrar nada más en ellas, sino que Dios sea amado por su propio bien, y nuestro prójimo por el amor de Dios; y que Dios debe ser amado con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo.

Cuatro sentidos de la escritura

Sin embargo, la meditación sobre los pasajes de las Escrituras debe basarse en una interpretación sólida de las mismas. Es útil darse cuenta de que en la Biblia hay varios sentidos de significado. Estos sentidos transmiten la profundidad del significado que pretende el Autor divino, el Espíritu Santo.

Tradicionalmente se consideran cuatro sentidos de la Sagrada Escritura. El primer sentido se llama sentido literal o histórico. Este se refiere al significado literal de cualquier pasaje en particular. Por ejemplo, cuando el libro del Éxodo habla sobre el momento en que Moisés conduce al pueblo de Israel fuera de Egipto, está hablando de un evento histórico que debe entenderse al pie de la letra. 

El siguiente sentido de la Sagrada Escritura se llama alegórico. Según este sentido, los pasajes particulares de la Sagrada Escritura se entienden en referencia a su cumplimiento en Jesucristo y su Iglesia. Entonces, el pasaje sobre el éxodo de Israel desde Egipto, en el sentido alegórico, se puede entender como referencia de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, a través de su cumplimiento en el «misterio de la Pascua». Particularmente, el cruce del Mar Rojo puede entenderse como un signo o tipo de bautismo cristiano por el cual la Iglesia es conducida fuera de la esclavitud del pecado. 

El tercer sentido de la Sagrada Escritura se llama sentido moral (o tropológico). Según este sentido, pasajes particulares de las Escrituras se entienden como lecciones para la vida moral personal del hombre. Entonces, el paso de Israel desde Egipto, en el sentido moral, puede significar el paso de un hombre de la esclavitud a un pecado en particular. Se puede entender que las maravillas que se realizaron, significan las maravillas de la gracia de Dios, que obran para liberarnos del pecado y la muerte.  

El cuarto sentido de la Sagrada Escritura se llama sentido anagógico. Según este sentido, se entiende que pasajes particulares de las Escrituras señalan nuestro destino eterno. Así, el pasaje que habla de que Israel tiene que pasar por el desierto para llegar a la tierra prometida, en el sentido anagógico, puede entenderse como la necesidad de pasar por pruebas para llegar al cielo.  

Hay muchos ejemplos de cómo se utilizan estos diversos sentidos a lo largo de la Sagrada Escritura. Otro ejemplo claro es cómo la ciudad de Jerusalén se puede entender de cuatro maneras. Según la historia y el sentido literal de las Escrituras, Jerusalén es una ciudad en Palestina. Según la alegoría, significa la Iglesia de Cristo. Según el sentido moral de la Escritura, se refiere al alma del ser humano, que bajo este nombre frecuentemente es reprochado o exaltado por el Señor. Según la anagogía, esa ciudad celestial de Dios «es la madre de todos nosotros».

Tres criterios para la correcta interpretación de las Escrituras

Hay tres criterios que indican si una interpretación de la Escritura es válida o no. Primero, nuestra comprensión de cualquier pasaje particular debe estar a la luz de la unidad de la Sagrada Escritura. Como se dijo anteriormente, una misma Palabra de Dios se extiende a través de toda la Escritura. Por lo tanto, es necesario tratar de formar nuestra comprensión no solo en unos pocos pasajes, sino en el contexto de toda la Escritura.

El segundo criterio para la interpretación correcta de la Escritura, es que se vea a la luz de la Tradición viva de la Iglesia. Es decir, entendemos la Escritura en el contexto de cómo la Iglesia la ha entendido desde el principio. Los escritos de los Padres de la Iglesia, los Concilios, los Catecismos y las costumbres litúrgicas de la Iglesia, dan indicios de la correcta comprensión de los textos de la Biblia. Esto se llama la «Tradición viva» ya que con el paso del tiempo crece la percepción de la Iglesia sobre el significado de la revelación de Dios. Es como la semilla de mostaza que con el paso del tiempo se convierte en una planta grande que no se parece en nada a la semilla original, pero que de hecho está contenida en la semilla.

El tercer criterio para la correcta interpretación de las Escrituras se llama, la analogía de la fe. Con esto se entiende la coherencia de las verdades de la fe entre ellas mismas y en todo el plan de salvación. Es decir, nuestra comprensión de la Escritura debe verse en el contexto de las doctrinas de la fe. San Agustín explicó:

Si un hombre en busca de las Escrituras se esfuerza por llegar a la intención del autor a través del cual habló el Espíritu Santo, si tiene éxito en este esfuerzo o si saca un significado diferente de las palabras, pero no se opone a la sana doctrina, él está libre de culpa siempre y cuando esté respaldado por el testimonio de algún otro pasaje de la Escritura. Porque el autor tal vez vio que este significado específico, descansa en las palabras que estamos tratando de interpretar, y seguramente el Espíritu Santo, quien a través de él pronunció estas palabras, previó que esta interpretación ocurriría al lector, aun mejor, facilitó que ello ocurriera, para que se vea que también está basado en la verdad.

Otros objetos dignos de meditación

Más allá de la meditación sobre la Sagrada Escritura, también podemos disponernos de la Sabiduría de Dios al meditar sobre otras cosas. Por ejemplo, la sagrada liturgia ofrece amplias oportunidades para la meditación. Uno puede ver a la luz de la fe la realidad de nuestra participación en la liturgia celestial y decir con el salmista: “Señor, tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. Sí, yo te contemplé en el Santuario para ver tu poder y tu gloria. Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán. Así te bendeciré mientras viva y alzaré mis manos en tu Nombre.” (Sal. 63, 1-5). 

Además, podemos meditar sobre el misterio de la Iglesia y la misericordia de Dios manifestada a través de las ricas tradiciones de la Iglesia. San Pablo nos dice: “…para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los Principados y a las Potestades en los cielos…» (Ef 3,10). 

Pero aparte de los objetos sagrados, debemos tratar de ver todas las cosas como las obras de Dios creadas para una finalidad eterna. Todas las obras de Dios, incluso las obras de la creación física, se han organizado «en un orden eterno». Esto indica que no existe un orden simplemente arbitrario en la creación, sino un orden divino y sabio. El hombre puede ver más allá de lo físico y transitorio para conocer la eterna sabiduría de Dios. Cristo enseñó a través de parábolas que revelaban, cómo el reino de Dios está representado en la creación: “También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas». Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa». (Mt 13,31, 33). El escritor del Evangelio continúa diciendo: “Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.» (Mt 13, 34-35). Estas cosas relacionadas con el misterio del reino de Dios han estado ocultas en la creación desde la fundación del mundo, y nuestro Señor les señala para sacarlas. Él nos instruye para que miremos las cosas de la creación más atentamente, para ver más allá de ellas, para beber en la luz eterna.  

Cristo ha establecido los medios para abrir las riquezas de la sabiduría de Dios a los hombres. Él envió el Espíritu de la Verdad, para llevar a sus discípulos a toda la verdad. San Pablo escribió:”Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra,” “…de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, expresando realidades espirituales.» (1 Cor 2, 6-7, 13). 

Para que podamos adquirir esta sabiduría debemos rezar. « si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos con liberalidad y sin reprochar; y le será dada» (Stg 1, 5). “pero comprendiendo que no podía obtener la Sabiduría si Dios no me la concedía, –y ya era un signo de prudencia saber de quién viene esta gracia– me dirigí al Señor y le supliqué,» (Sab 8,21). Entonces podemos concluir con una oración de la Sagrada Escritura para pedir el gran don de la Sabiduría de Dios.  

Oh Dios de mis padres y Señor de la misericordia, que hiciste todas las cosas con tu Palabra,
y con tu sabiduría has formado al hombre, para tener dominio sobre las criaturas que has hecho,
y gobernar el mundo en santidad y justicia, y pronunciar juicio en rectitud de alma,
dame la sabiduría que se sienta junto a tu trono. Envíala desde los cielos santos,
y desde el trono de tu gloria, envíala para que esté conmigo y trabaje,
y que yo pueda aprender lo que te agrada. (Sab 9, 1-10)