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Congreso2005

Obra de los santos Ángeles

Congreso 2 : 11 de junio 2005

Temas:

  1. P. Cornelius Pfeifer, La misión de los ángeles en la economía de la salvación pág. 2
  2. P. Joao Batista Costa e Silva, La colaboración entre ángel y hombre en la vida espiritual         pág. 17
  3. P. Cornelius Pfeifer, Los ángeles en el libro del Apocalipsis pág. 30
  4. P. Joao Batista Costa e Silva, La participación de los ángeles en la liturgia pág. 42

Índice

La misión de los Ángeles en la economía de la salvación

Cornelius Pfeifer, ORC

Índice:

Introducción

  • Los ángeles, delante del misterio de la Santísima Trinidad
    1. relación con el Padre
    2. relación con el Hijo
    3. relación con el Espíritu Santo

2) La participación de los santos Ángeles en la Obra de la Salvación de Cristo

3) Las apariciones de los Ángeles en el AT se ordenaban a la venida del Hijo de Dios en carne mortal
         El Ángel de Yahveh
         Lot y los Ángeles
         La vida de Jacó
         Los Ángeles y la ley

4) Los Ángeles cooperaron durante la vida del Hijo de Dios
            Los amigos del novio
            Los Ángeles recapitulados en Cristo

5) Los Ángeles cooperaron activamente con la Iglesia

  1. los Ángeles en la vida de la joven Iglesia
  2. los Ángeles y lo paganos
  3. Los Ángeles en el misterio de la Iglesia

6) La misión de los Ángeles en la vida sacramental

  1. a) Los Ángeles proclaman el Evangelio
  2. b) Diversas funciones de los Ángeles

7) Nuestra colaboración con los santos Ángeles

            Normas prácticas

Conclusión

Literatura:
Catecismo de la Iglesia Católica (Cat)
DANIELOU, Jean: La misión de los Ángeles según los padres de la Iglesia, Paulinas, Buenos Aires 1998, 2ª ed.
DIEGUÉZ SABUCEDO, Julio: Cristo y la gracia de los Ángeles según Santo Tomás. Estudio de un aspecto concreto de la universalidad de Cristo como principio de la salvación, Roma 2003
Santo Tomás de Aquino: Suma teológica, I, q. 106-119: Sobre el gobierno divino mediato del mundo, São Paulo 1949.
WAGNER, William: The misión of the holy angels in the economy of salvation, Fatima 1984.

La Colaboración entre Ángel y Hombre en la Vida Espiritual 

P. João Batista Costa e Silva

1. una breve caracterización de la vida espiritual del hombre,
2. la ayuda que los santos Ángeles nos pueden prestar en nuestra vida
espiritual,
3. algunos puntos prácticos sobre la colaboración entre Ángel y hombre en lo
que se refiere a la vida espiritual

 

 

Afirmaciones angelológicas del Libro del Apocalipsis

P. Cornelius Pfeifer, ORC
Índice:
1) Introducción
2) Objetivo
3) Como interpretar el libro del Apocalipsis
4) Propiedades del Apocalipsis de San Juan
5) Los diversos grupos de los Ángeles
a) Los siete espíritus
b) Los otros grupos de siete Ángeles
Los Ángeles de las trompetas
Los Ángeles con las tazas de ira
c) Los grupos de cuatro Ángeles
Los cuatro seres vivos
Los cuatro jinetes
Los cuatro Ángeles en los cuatro puntos de la tierra
d) Los grupos de tres Ángeles
e) Los grupos de doce Ángeles
6) Conclusión: La función de los Ángeles en el Apocalipsis
Nuestros conciudadanos futuros


Literatura:
Em comunhao com os anjos nossos irmaos e amigos, Belo Horizonte 2004.
Hahn, Scott: La cena del cordero. La Misa, el cielo en la tierra. Patmos, Libros de
espiritualidad 218.
Michl, Johann: Die Engelvorstellungen in der Apokalypse des hl. Johannes, München 1937.
OA (ed): Väterkommentare zu den Engelstellen in der Apokalypse, escogidos de M.J. Migne Patrología Latinae, Manuscrito 1997. 

La Participación de los Santos Ángeles en la Liturgia
y en la Celebración Eucarística
P. João Batista Costa e Silva
Introducción
I. ¿Qué es Liturgia?
II. La Asamblea litúrgica
III. La participación de los ángeles en la Liturgia y en la celebración Eucarística
Himno Querúbico

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Retiros

Retiro-5

Retiro de Pentecostés 2020: 5a meditación: Contemplación-1

La Palabra, la Sabiduría de Dios y la Meditación

  1. LA PALABRA Y LA SABIDURÍA DE DIOS

La sabiduría de Dios

«En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios; todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada fue hecho» (Jn 1, 1 -3) .Con estas palabras, San Juan comienza su relato del Evangelio. Aquí él indica la divinidad y la eternidad del Verbo de Dios, y que Dios creó todas las cosas a través de su divino Verbo. Él habló, y todas las cosas llegaron a ser, tanto los cielos como la tierra, tanto las criaturas espirituales como la creación material. Este mismo Verbo, que es el Hijo eterno del Padre, se llama la Sabiduría de Dios como lo atestiguan los Padres de la Iglesia: «Hay un Dios, el Padre del Verbo viviente, que es su Sabiduría inmutable, Poder e imagen Eterna.» 

La Sabiduría de Dios abarca todo lo que existe. Como escribió San Pablo, «el Espíritu busca todas las cosas, incluso las cosas profundas de Dios. (1 Cor 2,10). Al conocerse a sí mismo, Dios también contempla todas las otras cosas que son, fueron, serán o podrían ser. Él las ve a todas en la eternidad de su Palabra. Es decir,Dios no conoce a las criaturas directamente en sí mismas como criaturas, en todos sus movimientos temporales y causas contingentes, tales cosas no fueron la fuente de su conocimiento. Más bien, Dios ve todo en la luz de su propia esencia y su propia causalidad. Esta causalidad divina no solo da existencia a las cosas, sino que también determina la razón (o finalidad) de la existencia de todas las cosas. De esta Sabiduría emanan todas las leyes del universo, y todas las cosas están ordenadas de acuerdo con sus fines apropiados. «Ella llega poderosamente de un extremo de la tierra al otro, y ordena todo bien» (Sab 8, 1) . La Sabiduría de Dios impregna y penetra todas las cosas en la creación «porque ella es un soplo del poder de Dios, y una pura emanación de la gloria del Todopoderoso… un reflejo de la luz eterna, y un espejo impecable de la obra de Dios, y una imagen de su bondad » (Sab 7, 24-26).   

La participación de la creación en la sabiduría

En la creación, Dios ha dotado a los ángeles y a los hombres con el poder del intelecto. Este poder permite a estas criaturas la capacidad de conocer una variedad aparentemente infinita de materias y ciencias. Pero la sublime capacidad y el conocimiento más elevado, que Dios ha ofrecido, tanto a los hombres como a los ángeles, se haya a través de la participación en su Sabiduría divina. La sabiduría es el mayor conocimiento, porque por ella la criatura conoce íntimamente, la Más Alta Causa, Dios. Además de esto, la criatura conoce y juzga otras cosas a la luz de su relación con esta Causa Máxima. En este mismo sentido, los ángeles y los hombres comparten, en diversos grados, el conocimiento de Dios de una manera más elevada y pueden comprender el orden de las cosas según su plan divino.

Dios ha revelado su Sabiduría divina a criaturas inteligentes para formarlas y ofrecerles la plenitud de la vida y la alegría. San Agustín explica:

En el caso de la criatura… vivir no es lo mismo que poseer una vida de sabiduría y felicidad. Porque cuando se aparta de la luz inmutable de la Sabiduría, su vida se llena de locura y miseria, por lo tanto se encuentra en un estado no formado. Su formación consiste en volverse hacia la luz inmutable de la Sabiduría, hacia la Palabra de Dios. La Palabra es la fuente de cualquier ser y vida que este tenga, y a la Palabra debe ir, para vivir sabia y felizmente.

Los ángeles y la sabiduría divina

La revelación de la Sabiduría de Dios se hizo primero a los santos ángeles. El Hijo de Dios, quien es la luz que ilumina a todos los hombres que entran al mundo, fue revelado a los santos ángeles. En relación con  el asunto sobre si recurrieron a la Sabiduría o no, los ángeles fueron llenos de luz de lo contrario se convertirían en oscuridad en sí mismos. Aquellos ángeles que recurrieron a la Sabiduría de Dios experimentaron una formación y una iluminación. San Agustín explica esto en su comentario sobre el libro del Génesis:

Cuando la Sabiduría eterna e inmutable, que no es creada sino engendrada, entra en las criaturas espirituales y racionales, como es habitual que venga a las almas santas, para que con su luz puedan brillar, hay un nuevo estado introducido en la razón que ha sido iluminada, esto puede entenderse como la luz que se hizo cuando Dios dijo: «Que haya luz». Esto supone, por supuesto, que las criaturas espirituales ya existían y fueron anticipadas por la palabra cielo, donde las Escrituras dicen: Al principio Dios creó el cielo y la tierra, y que esto no significa el cielo material sino el cielo inmaterial que está por encima de él. Este cielo se exalta sobre todo lo material, no por su ubicación sino por la excelencia de su naturaleza.

Con la iluminación de los ángeles fieles, la Sabiduría creó sabiduría en ellos. Los ángeles que se volvieron a Dios en su gran prueba recibieron un conocimiento íntimo y experiencial de Dios. A través de ese conocimiento, estuvieron en la capacidad de discernir correctamente, ordenar y juzgarlo todo de forma adecuada.

Acerca de esto, San Agustín explica la división de los seis días de la creación en términos del conocimiento de los ángeles:

Hay una gran diferencia entre el conocimiento de una cosa en la Palabra de Dios y el conocimiento de la misma cosa en sí misma. El primer tipo de conocimiento puede considerarse como perteneciente al día; el segundo tipo a la noche. En comparación con la luz que se ve en la Palabra de Dios, todo conocimiento por el cual conocemos a cualquier criatura en sí misma, puede llamarse correctamente noche… Los santos ángeles… siempre contemplan el rostro de Dios y se regocijan en su Palabra… y en ellos se creó la sabiduría primero que en  todo lo demás. Por lo tanto, ellos sin lugar a dudas, conocen toda la creación, en la cual fueron creados primero, y tienen este conocimiento en la Palabra de Dios mismo, en quien están las razones eternas de todas las cosas hechas en el tiempo, existentes en él, por quien todas las cosas han sido creadas. Y luego tienen este conocimiento en la creación misma, en cuanto  la miran y la relacionan a la alabanza de aquel en cuya verdad inmutable contemplan, como en la fuente de toda la creación, las razones por las cuales las criaturas han sido creadas.

 

Allí el conocimiento que tienen es como el día, y para que la bendita compañía, perfectamente unida por la participación en la misma Verdad, en el primer día creado; entre las criaturas, es aquí en donde su conocimiento es como la noche. Son el día, en la medida en que permanecen firmes en esta Verdad. Porque si los ángeles se volvieran a sí mismos o se deleitaran más en sí mismos que en unión con Él, con quien son felices, caerían hinchados de orgullo. Esto es lo que pasó con el diablo.

La sucesión de la mañana y del atardecer, registrada en el relato de la creación, según esta explicación de San Agustín, obviamente no se refiere a los días que experimentamos, los cuales se miden por la rotación de la tierra. Esta sucesión tampoco implica un paso del tiempo. Pues los ángeles pueden contemplar lo que se llama el conocimiento de la creación de la mañana y de la tarde de una sola mirada, al mismo tiempo. La sucesión que se menciona en el relato de la creación, no se refiere a la sucesión temporal, sino al orden en que la creación fue revelada a los ángeles. Este orden no sigue el orden real en el que se crearon las cosas, sino que sigue otra lógica.

Esta explicación de San Agustín demuestra claramente la naturaleza de la sabiduría creada en general, y la sabiduría angélica en particular. La sabiduría creada es el conocimiento más vivido y perfecto que ve a Dios, y todas las demás cosas a la luz de la Palabra de Dios. Lo sabe todo de acuerdo con la divina idea eterna. Es solo bajo esta luz que la criatura puede comprender completamente el significado de cada cosa que existe, y la finalidad para la que fue hecha.

El hombre y la sabiduría divina

Cuando algunos de los ángeles se apartaron de la Sabiduría y la Palabra de Dios, se separaron de la luz y se convirtieron en oscuridad. A partir de ese momento decisivo en adelante, comenzó la lucha entre la luz y la oscuridad, entre la Sabiduría eterna y la falsa sabiduría que es la locura oscura. Los hombres han sido llevados a esta lucha y se han convertido en algunos de los jugadores clave en este drama.

Dios creó al hombre con la capacidad de recibir sabiduría y con el anhelo de poseer sabiduría. Pero en lugar de esperar y estar expectantes por adquirir la Sabiduría de Dios, a través de la obediencia, el hombre recurrió a la falsa sabiduría que Satanás le presentó como efecto de la desobediencia. Está registrado en el libro de Génesis:

 “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella» (Gen 3, 6). El engañador presentó el árbol prohibido a Eva como algo deseable para hacerlos sabios. El deseo de sabiduría fue quizás, el más fuerte atractivo. Por ello, en lugar de recibir luz, vida y crecimiento, de cara a la Sabiduría eterna, el hombre se apoderó del fruto de la desobediencia y su intelecto se oscureció, se deformó en la voluntad y la muerte entró en el mundo.  

Sin embargo, «incluso cuando desobedeció [a Dios] y perdió [su] amistad, [Dios] no lo abandonó al poder de la muerte, sino que ayudó a todos los hombres (énfasis agregado) a buscarlo y encontrarlo». Sin embargo, Dios ciertamente concedió gracias especiales a Abraham y sus descendientes, Dios ayudó a todos los hombres a buscarlo y encontrarlo, dándoles cierto grado de acceso a su Sabiduría. Esto se logró en diversos grados y por diversos medios. La sabiduría ha sido ofrecida a los hombres según el orden natural de su inteligencia y por medio de una revelación sobrenatural. Como explica el Catecismo:    

Por razones naturales, el hombre puede conocer a Dios con certeza, sobre la base de sus obras. Pero hay otro orden de conocimiento al que el hombre no puede llegar por sus propias fuerzas: el orden de la Revelación divina. A través de una decisión totalmente libre, Dios se ha revelado y se ha entregado al hombre. Esto lo hace al revelar el misterio, su plan de amorosa bondad, formado desde toda la eternidad en Cristo, para el beneficio de todos los hombres. Dios ha revelado completamente este plan enviándonos a su amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo (CCC 50). 

La sabiduría de los gentiles

Para aquellas personas que no recibieron la revelación sobrenatural, Dios plantó las «semillas de la Palabra (Logos)» en cada raza de hombres. Es decir, con la ayuda de sus santos ángeles, Dios iluminó a los pueblos del mundo, en la medida de su docilidad. De esta manera, se plantaron elementos de su sabiduría entre todos los pueblos. Estas semillas fueron cuidadas y cultivadas por el trabajo de los santos ángeles asignados a cada una de las naciones. Pero debido a los efectos del pecado original, con demasiada frecuencia, incluso estos elementos de la sabiduría de Dios se expresaron con mucho error y confusión.

La sabiduría que la gente de las naciones gentiles pudo adquirir fue una sabiduría filosófica natural. Un buen ejemplo es la metafísica de Aristóteles. Él mismo describe la ciencia de la metafísica como «divina» por dos razones: 

Porque la ciencia más apropiada que Dios tenga, es divina entre las ciencias; y de la cual su objeto es divino, si ese es el caso, son igualmente divinos. Ahora bien, nuestra ciencia tiene precisamente estos dos aspectos: por un lado, se cree que Dios es una de las razones de todas las cosas y, en cierto sentido, un comienzo; por otro lado, esta clase de ciencia sería la única clase o la más apropiada de poseer por parte de Dios.

A través de tales disciplinas filosóficas, muchos no israelitas pudieron adquirir cierto conocimiento de un ser supremo que es divino, eterno y un espíritu puro, que gobierna todas las cosas por su amor. A esta sabiduría filosófica se unió la sabiduría de las religiones naturales, por la cual los hombres llegaron a ciertas verdades acerca de Dios. San Esteban se refiere a esto cuando habla de Moisés. «Y Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios, y fue poderoso en palabras y hechos» (Hechos 7,22). 

La sabiduría del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento

Con el Pueblo Elegido de Dios, la Sabiduría fue dada a través de las revelaciones a los profetas y hombres santos. El libro de la Sabiduría describe cómo trabajó la sabiduría con Noé, Abraham, Jacob, Moisés, etc. (cf. Sab. 10-11). «En cada generación, ella pasa a las almas santas, las hace amigas de Dios y profetas, porque Dios no ama nada tanto como al hombre que vive con sabiduría» (Sab 7, 27-28). El pueblo de Israel entendió especialmente la revelación de la Ley como un don de la sabiduría divina:  

 

“La sabiduría se alaba a sí misma, habla con orgullo en medio de su pueblo;  delante de la asamblea del Altísimo y de sus ángeles, dice con orgullo: «Yo salí de la boca del Altísimo y cubrí la tierra como bruma.  En el cielo tenía mi habitación; mi trono estaba sobre una columna de nubes.  Yo sola recorrí la bóveda celeste y atravesé lo más hondo del abismo. Reiné sobre las olas del mar, en la tierra entera y en todos los pueblos y naciones.  En todos esos lugares busqué un hogar, un sitio donde poner mi residencia. Entonces el que me hizo a mí y a las demás cosas decidió dónde debía yo residir, y me dijo: “Pon tu residencia en Israel, vive en el pueblo de Jacob. ”Él me creó al comienzo, antes del mundo, y nunca dejaré de existir. ”  “El que me hace caso no fracasará; el que se conduce con sabiduría no pecará. » Todo esto es el libro de la alianza del Dios altísimo, la ley que promulgó Moisés para nosotros, la herencia del pueblo de Jacob. Esta ley está llena de sabiduría como el río Pisón, o como el Tigris en la primavera” (Sir 24, 1,9, 22-23). 

La sabiduría como reconocimiento de la ley, indica que no es simplemente un conocimiento de Dios y la creación. También es un conocimiento que ordena el juicio de una persona de acuerdo con la ley de Dios. Así, Santo Tomás dice: «La sabiduría es una cierta rectitud de juicio de acuerdo con la Ley Eterna».

Más allá de la sabiduría de la ley de Moisés, estaba la sabiduría de Salomón, que fue otorgada por el favor divino (cf. 1 Reyes 3, 3-14). La sabiduría de Salomón le proporcionó la capacidad de hacer justicia para gobernar a su pueblo de manera justa. También le dio la capacidad de completar tres mil proverbios “Pronunció tres mil proverbios y compuso mil cinco poemas. Habló acerca de los árboles y las plantas, desde el cedro del Líbano hasta la hierba que crece en las paredes; también habló sobre los animales, las aves, los reptiles y los peces. De todas las naciones y reinos de la tierra donde habían oído hablar de la inteligencia de Salomón, venía gente a escucharlo». (1 R 4, 32-34). Junto con la sabiduría de Salomón se reunió lo que después se llamaría la «Literatura de la Sabiduría» del Antiguo Testamento. Libros como Eclesiastés, Sabiduría, Proverbios y Sirácides, constituyen un cuerpo de sabiduría para que el Pueblo de Dios medite e intente incorporar en sus vidas.  

Adicionalmente, se dio la sabiduría de los profetas en el Antiguo Testamento. El Concilio Vaticano II dijo: «… al escuchar la voz de Dios que le hablaba a través de los profetas, [Israel] tenía que comprender diariamente sus caminos de manera más completa y clara, y hacerlos más conocidos entre las naciones». De esto parece que los profetas ayudaron al pueblo de Israel a desarrollar una comprensión más profunda de las doctrinas acerca de Dios. De esta manera, se desarrolló una especie de «doctrina sagrada» o teología. Este estudio trata la causa más elevada de todas las cosas, a saber, Dios, como el Principio último, la causa última. Se llama propiamente sabiduría, ya que la sabiduría es la virtud intelectual que considera el más alto y decisivo principio, y a la luz de ese principio, es capaz de formar un juicio más seguro sobre otras cosas, y de esta manera es capaz de establecer todas las cosas en orden correcto. Esta sabiduría teológica se basa en los hechos de la revelación sobrenatural, pero la examina por razones naturales, ayudada por la gracia que sostiene la virtud sobrenatural de la fe, para llegar a ciertas conclusiones.

La revelación del Antiguo Testamento se orientó a la preparación para la plenitud de la revelación en el nuevo y eterno pacto. «Estos libros, a pesar de que contienen aspectos imperfectos y provisionales, nos muestran auténticas enseñanzas divinas. Los cristianos deben aceptar con veneración estos escritos que expresan un sentido vivo de Dios, un depósito de enseñanzas sublimes sobre Dios y buen juicio sobre la vida humana».

La encarnación de la sabiduría eterna

Luego, en la plenitud de los tiempos, Dios habiendo hablado de muchas maneras con nuestros padres (cf. Hebreos 1, 1), eligió hablarnos a través de su Palabra eterna, a través de la cual todas las cosas fueron hechas. San Ireneo escribe sobre esto en el siglo II del cristianismo: 

La Palabra, que existió en el principio con Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, quien también estuvo siempre presente con la humanidad, estuvo en estos últimos días, de acuerdo con el tiempo designado por el Padre, unido a su propia obra, en la medida en que él se convirtió en un hombre susceptible al sufrimiento.

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). A través de la Encarnación de la Sabiduría Divina, Dios se ha revelado de la manera más perfecta posible. La vida entera de Cristo habla la Palabra de Dios, cada acción es Sabiduría de Dios. Las enseñanzas de Cristo son la cumbre de la revelación divina. Comprenden lo que San Pablo llama «las riquezas inescrutables de Cristo» (Ef. 3, 8).  

Además de llevar la revelación a la perfección, mediante su vida, enseñanza, pasión y resurrección gloriosa, Cristo prometió llevar a sus discípulos a la plenitud de la verdad mediante el envío de su Espíritu Santo. Con el don del Espíritu Santo, se agregó una dimensión completamente nueva a la participación del hombre en la Sabiduría Divina de Dios. Como todas las virtudes, la virtud de la sabiduría está bajo la dirección de la propia razón del hombre, y de acuerdo con un modo humano de actividad. Pero el don de la Sabiduría es categóricamente distinto, ya que se ejerce bajo la dirección inmediata del Espíritu Santo, y de acuerdo con un modo divino de actividad, «… como si el hombre, bajo el impulso del Espíritu Santo, ya no actuara humanamente, sino que se convirtiera en Dios por participación”. Todos los dones del Espíritu Santo le dan al hombre una cierta connaturalidad con Dios. Es decir, el hombre no procede arduamente ni por medio de un pensamiento discursivo racional, cuando actúa bajo la influencia de los dones, sino de manera rápida e intuitiva por un «instinto especial que procede del Espíritu Santo».

La «connaturalidad» o simpatía con lo divino que es típica de los dones del Espíritu Santo alcanza su perfección en el don de la sabiduría. El don de la sabiduría está relacionado con la virtud de la caridad. Como dice un escritor: «Hay una analogía notable entre el objeto de la caridad y el objeto de la sabiduría. El objeto de la caridad es Dios mismo, en su infinita bondad; el objeto de la sabiduría es esa misma bondad, pero como experiencia, como algo apreciado. A través de la caridad amamos a Dios en sí mismo; a través del don de la sabiduría, conocemos su infinita bondad porque la probamos y experimentamos… Si pudiéramos, por así decirlo, entrar en Dios y mirar a través de sus ojos, veríamos las cosas de una manera divina. Y así es con las cosas que se ven con el don de la sabiduría: estas se ven en Dios, se ven desde las alturas». Por esta razón se dice:

El conocimiento que el don de la sabiduría le da al alma es incomparablemente superior a todas las ciencias humanas, incluso a la teología, que ya posee algo sobrenatural. Por esa razón, un alma simple y sin educación que carece del conocimiento teológico adquirido por el estudio, a veces puede poseer, a través del don de la sabiduría, un conocimiento profundo de las cosas divinas, lo que causa asombro incluso a los teólogos eminentes.

Este don de sabiduría en los hombres es idéntico a la participación en la sabiduría divina recibida por los ángeles, que describimos cuando hablamos del «conocimiento matutino» de los ángeles. Todo se ve en la luz brillante de la Palabra de Dios. Es este regalo el que trae la contemplación sobrenatural a la perfección en esta vida.

 

Efectos característicos del don de la sabiduría

La persona que tiene el don de la Sabiduría lo ve todo desde el punto de vista de Dios, tanto lo relacionado con los pequeños detalles de la vida cotidiana, como aquello que tiene que ver con las cuestiones más importantes. Tal persona puede ver la mano de Dios en todos los eventos que le suceden. Es capaz de ver más allá de las causas secundarias y juzga los eventos a la luz de la Causa más alta y primera que gobierna y rige todas las cosas «fortiter et sauviter» (fuerte y suavemente). Adoptan la política expresada por San Luis Gonzoga: «Quid hoc ad aeternitatem?» (¿Qué es esto para la eternidad?)

Tal persona es capaz de soportar la adversidad con perfecta paciencia. Como se dice de la Beata Isabel de la Trinidad, las mayores pruebas y sufrimientos no pudieron molestarla por un momento. «Sin importar las desgracias que le sucedieron, ella permaneció imperturbable  y tranquila como si su alma ya estuviera en la eternidad».

Además, el alma que tiene este don de sabiduría vive en constante unión experiencial con las tres Personas de la Trinidad. «Si los deberes de estado en la vida lo exigen, se entrega externamente a todo tipo de trabajo, incluso el trabajo más absorbente, con una actividad increíble; pero en el centro más profundo del alma, como San Juan de la Cruz solía decir, se experimenta y percibe la compañía divina de los Tres, y no los abandona ni por un instante».

Más allá de esto, la sabiduría eleva la virtud de la caridad al heroísmo. La persona que posee este don ama a Dios con tal intensidad que está realmente dispuesta a sufrir cualquier cosa para servirle y complacerle. Demuestran el ardor de su deseo no solo en sus palabras, sino en sus propias acciones. Su caridad también se extiende al amor por su prójimo. «Aman a su prójimo con una profunda ternura que es completamente divina y sobrenatural. Sirven a su prójimo con abnegación heroica, que al mismo tiempo está llena de naturalidad y simplicidad». Este mismo amor también se dirige a toda la creación de Dios. «San Francisco de Asís abrazaba a un árbol como a una criatura de Dios, y deseaba abrazar a toda la creación porque venía de la mano de Dios».

A partir de esta breve descripción de la sabiduría, como un don del Espíritu Santo, podemos tener una idea de la grandeza de las perspectivas abiertas para el hombre en Jesucristo. Cristo ha venido a establecer o a restablecer, deberíamos decir, la posibilidad de que el hombre disfrute más plenamente de la sabiduría divina en esta vida. Pero ahora, habiendo visto las diversas formas en que el hombre puede participar en la sabiduría de Dios, ahora tenemos que considerar los medios por los cuales el hombre puede llegar a esta participación.

 

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Retiro-4

Retiro de Pentecostés 2020: 4a meditación: Adoración-4

Adoración: El camino hacia la santidad

Adoración: El camino hacia la santidad

Hemos discutido cómo la adoración es la forma más alta de reverencia, gloria y honor debido a Dios. Pero ahora tenemos que ver cómo la adoración es también un medio para que el hombre se vuelva santo como Dios es santo. Hemos mencionado que el concepto de santidad contiene tres elementos básicos: 1) pureza; 2) firmeza y estabilidad; 3) integridad y bienestar. La adoración proporciona la manera perfecta para que los hombres crezcan en estas cualidades de santidad.

«Sigan la paz con todos los hombres y la santidad: sin la cual nadie verá a Dios» (Heb 12,14)

La pureza ritual que fue prescrita en el Antiguo Testamento, con respecto al lavado del cuerpo, y qué alimentos comer y cosas tales como el contacto con los cadáveres y otras cosas «impuras» y llagas en la piel fue una prefigura de La verdadera pureza espiritual que Cristo vino a ofrecer a los hombres. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.»(Ef. 5, 25-27). San Pablo menciona la promesa y su cumplimiento en Cristo: «como Dios dijo: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.  Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros un Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.  Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.»(2Cor 6, 16-18 ; 7,1).

Entrar en la presencia de Dios con el propósito de ofrecer adoración es en sí mismo una experiencia purificadora. El profeta Malaquías predijo: “He aquí, yo envío a mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí. Y vendrá de repente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis; y el mensajero del pacto en quien vosotros os complacéis, he aquí, viene dice el Señor de los ejércitos. ¿Pero quién podrá soportar el día de su venida? ¿Y quién podrá mantenerse en pie cuando El aparezca? Porque El es como fuego de fundidor y como jabón de lavanderos. Y El se sentará como fundidor y purificador de plata, y purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como a oro y como a plata, y serán los que presenten ofrendas en justicia al Señor.»(Mal. 3, 1-3).

La Carta a los Hebreos indica que esto se aplica a la adoración ofrecida a Dios en el Nuevo Testamento cuando dice: «ofrezcamos a Dios adoración aceptable, con reverencia y temor, porque nuestro Dios es un fuego consumidor» (Heb 12, 28-29). El profeta Isaías plantea la pregunta y la responde: «Aterrados están los pecadores en Sion, el temblor se ha apoderado de los impíos. ¿Quién de nosotros habitará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?  El que anda en justicia y habla con sinceridad, el que rehúsa la ganancia injusta, y se sacude las manos para que no retengan soborno; el que se tapa los oídos para no oír de derramamiento de sangre, y cierra los ojos para no ver el mal; ése morará en las alturas, en la peña inexpugnable estará su refugio; se le dará su pan, y tendrá segura su agua.  Tus ojos contemplarán al Rey en su hermosura, verán una tierra muy lejana.» (Isaías 33, 14-17).

La adoración debe consistir en nuestra verticalidad en la presencia de Dios, despojados de toda falsa pretensión, abandonando toda justificación que provenga de nosotros mismos, dejando de lado toda aparente seguridad que provenga del mundo. El alma debe estar desnuda ante Dios, en el reconocimiento de su soberanía absoluta y nuestra dependencia absoluta. De esta manera, la adoración nos dispone y nos expone al amor purificador de Dios.

Al igual que cuando el oro y la plata se refinan en un horno, todo  desecho e impureza salen a la superficie para que pueda eliminarse, así mismo sucede en la adoración. Cuando estamos realmente en silencio ante el Señor, a menudo nos encontraremos con gran cantidad de pensamientos y deseos sin valor, absurdos, profanos y banales. Estos son pensamientos que, fuera de la adoración, no dudaríamos en entretener, pero dentro del adecuado contexto de la adoración, su sinsentido y frivolidad se desenmascaran. Nuestra vocación de acercarnos al Dios santísimo y de ofrecerle adoración debería ayudarnos a poner todas las cosas en su adecuada perspectiva. De esta manera, podemos deshacernos de las muchas impurezas que se nos adhieren, que recolectamos durante todo el día, como el polvo del camino que se pega a nuestros pies. Esto se refiere no solo a las cosas que son pecaminosas, sino también a las cosas que no tienen valor ante el Rostro de Dios.

De esta manera, la adoración es una preparación para el cielo, donde esperamos escuchar a los ángeles cantar: «Alegrémonos y exultemos y démosle gloria, porque la fiesta de bodas del Cordero ha llegado y su Novia se ha preparado; le fue concedido estar vestida de lino fino, brillante y puro «(Apocalipsis 19, 7-8). La adoración proporciona el camino para entrar en la Jerusalén celestial donde «nada inmundo entrará» (Apoc. 21,27).

«Dios es mi roca, mi fortaleza, en él me mantengo firme» (2 Sam 22, 2-3)

Como hemos visto, el segundo elemento de la santidad, es la cualidad de la firmeza y la estabilidad. Si un individuo no lucha por la santidad, está construyendo su casa sobre arena. El mundo está cambiando como la arena, pasará como un sueño. El hombre santo construye su casa en Dios, la Roca. “El camino de Dios es perfecto; la palabra del Señor es intachable. Escudo es Dios a los que en él se refugian. ¿Pues quién es Dios, si no el Señor? ¿Quién es la roca, si no nuestro Dios? Es él quien me arma de valor y endereza mi camino»(2 Sam 22, 31-33).

La adoración es una manera de establecer a Dios como la base firme de todo lo que hacemos en la vida. La adoración consiste en la sumisión de todas las cosas a Dios. Vivir en el espíritu de la adoración continua significa, someterse continuamente, someter  nuestros pensamientos, deseos, esperanzas, planes y todas nuestras posesiones y valores a Dios. Debemos construir todo sobre él, nuestra Roca, y en él está nuestra fortaleza segura contra la tormenta. Como dijimos antes, las cosas que parecen ser una distracción deberían convertirse en nuestra oración. Es decir, si son dignas de consideración, entonces debemos elevarlas a Dios y someterlas a su juicio y designo. Cuando vivimos en este espíritu de adoración, podemos decir con confianza como San Pablo: «Estoy seguro de que… [nada] en toda la creación nos separará del amor de Dios» (Rom 8, 38-39). Pues todas nuestras ocupaciones serán elevadas en un sacrificio de alabanza interminable a Dios.

«Yo soy el Señor tu Dios; consagraos, pues, y sed santos, porque yo soy santo» (Lev 11,44)

El elemento final de la santidad es el de la integridad. Se espera que las criaturas que están llamadas a compartir la santidad de Dios, posean «integridad». En el Antiguo Testamento, esto se vio en la “completitud” necesaria de las ofrendas hechas a Dios. Estas debían ser sin mancha, sin defecto (Lev 4,28). De la misma forma, el sacerdote que debía servir en el altar, también tenía que estar libre de defecto físico (Lev 21,21). Estas reglas son vistas como figuras de la perfección espiritual y moral de los santos de Dios. Porque Cristo ha venido para limpiar su Iglesia para que sea «santa y sin mancha» (Ef. 5,27).

Cristo dijo una vez: “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos.» (Mt 9,12). Cristo es el médico divino que ha venido a hacernos completos al darnos su totalidad: «De su plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia» (Jn 1,16) para que «podamos ser llenos de toda la plenitud de Dios «(Ef. 3,19) y alcanzar “a la medida de la estatua de la plenitud de Cristo» (Ef. 4,13). Recibimos su plenitud en la medida en que nos entregamos a él. La palabra «consagración» proviene de las dos palabras «cum» y «sacrare» que significan hacerse santos a través de la unión con aquello que es santo. A través del bautismo somos primero consagrados a Dios en Cristo. Esa consagración se renueva en la digna y ferviente recepción de cada sacramento. Esto es particularmente cierto con respecto a nuestra recepción del Santísimo Sacramento en el que el Médico Divino se entrega por completo a nosotros. La unión con Cristo que se gana a través de la Sagrada Comunión, se prolonga aún más a través de la práctica de la adoración del Santísimo Sacramento. En respuesta al don que Cristo nos da de sí mismo, nos  manifestamos entregándonos a Él, como un regalo en adoración,  consagrándonos por la búsqueda continua de una unión amorosa con él. Es de esta manera que llegamos a compartir su plenitud.

«Porque esta es la voluntad de Dios, tu santificación…» (1 Tes 4, 3)

Podemos concluir nuestras consideraciones sobre la santidad de Dios y nuestra respuesta de adoración con algunos pensamientos tomados de la homilía de John Henry Newman llamada «Santidad necesaria para la bendición futura». En esta homilía, el cardenal Newman plantea la pregunta:

El hombre es declaradamente débil y corrupto; ¿Por qué entonces se le ordena ser tan religioso, tan sobrenatural? ¿Por qué se le exige (en el lenguaje fuerte de las Escrituras) que se convierta en una ‘nueva criatura’? Dado que él es por naturaleza lo que es, ¿no sería un acto de mayor misericordia de Dios salvarlo por completo sin esta santidad, que es tan difícil, sin embargo (como parece) tan necesaria  para él?

El cardenal Newman responde a esta pregunta: «Incluso suponiendo que un hombre de vida impía sufriera por querer entrar al cielo, él no sería feliz allí; de modo que no sería misericordioso permitirle entrar». ¿A qué se refiere con esto? Cardinal Newman explica, que estamos equivocados si imaginamos que el cielo es un lugar similar a la tierra, como si los placeres y actividades comunes y mundanos, con los que estamos familiarizados, fueran parte de las alegrías del cielo. (Como si el cielo fuera un gran campo de golf o una pista de carreras, o una estación de esquí, o alguna otra cosa similar). Nos equivocamos aún más, si imaginamos que el cielo es un lugar donde podemos deleitarnos simplemente haciendo nuestra propia voluntad y siguiendo nuestras propias inclinaciones, a donde quiera que ellas nos lleven. Como dice John Henry Newman, «Aquí [en la tierra] cada hombre puede hacer lo que le plazca, pero allí [en el cielo] debe hacer lo que Dios desea». El cielo se pasa en la presencia continua de Dios y en Su adoración ininterrumpida. El cardenal Newman dice: «El cielo no es como este mundo; yo digo que es más como una iglesia”. Señala que en la iglesia no escuchamos ni hablamos de preocupaciones mundanas, sino que escuchamos única y exclusivamente acerca de Dios. Por lo tanto, la iglesia es como el cielo porque en ambos hay un solo tema: la religión. De esto queda claro que el hombre irreligioso, que no soporta servir, alabar ni adorar a Dios en este mundo, de ninguna manera se sentirá en paz en el cielo.

Por lo tanto, considerando que Dios es santo, y que Él no puede ser lo contrario, sino ser santo; y el hecho de que el cielo no es otra cosa que regocijarse en la presencia del Dios santísimo, está claro que la santidad, es una cualidad necesaria para los bendecidos en el cielo. La adoración es por esta razón, una práctica que debe ser parte esencial de nuestra formación en Cristo, para alcanzar la santidad, sin la cual nadie verá a Dios (Heb 12,14).

Cerramos con una oración de la Divina Liturgia de Santiago que sirve como prefacio a la Oración del Señor:

Santifica, oh Señor, nuestras almas, nuestros cuerpos y espíritus, y toca nuestros entendimientos, busca nuestras conciencias y expulsa de nosotros toda imaginación maligna, cada sentimiento impuro, cada deseo básico, cada pensamiento impropio, toda envidia, vanidad e hipocresía. , toda mentira, todo engaño, cada afecto mundano, toda codicia, toda vanagloria, toda indiferencia, todo vicio, toda pasión, toda ira, toda malicia, toda blasfemia, cada movimiento de la carne y el espíritu que no está de acuerdo con tu santa voluntad: y considéranos dignos, oh Señor amoroso, con valentía, sin condenación, con un corazón puro, con un espíritu contrito, con un rostro sin vergüenza, con labios santificados, para atreverse a llamarte, el Dios santo, Padre celestial, y decir:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

 

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Retiro de Pentecostés 2020: 3a meditación: Adoración-3

LA SANTIDAD DE DIOS Y LA ADORACIÓN

II ADORACIÓN, RESPUESTA DEL HOMBRE A LA SANTIDAD DE DIOS

Habiendo hablado de la santidad de Dios y de la participación de las criaturas en esa santidad, ahora llegamos a la consideración de la respuesta adecuada del hombre a la santidad de Dios: la adoración. Así como el concepto de santidad tiene muchas facetas, también las tiene el concepto de adoración. La adoración, en primer lugar, es el mayor acto de adoración de la creación. Es darle a Dios lo que le pertenece solo a él, el que en sí mismo es santo. Es la forma suprema de reverencia, gloria y honor. Pero la adoración también es el intento de la creación, por alcanzar, con la ayuda de la invitación y la gracia de Dios, su  santificación en la presencia de Dios. Así que ahora debemos considerar estos dos aspectos de la adoración: como un acto de reverencia a Dios, y como un medio de santificación para las criaturas.

Sección 1 Adoración: La adoración perfecta de Dios

«Bendice al Señor todas tus obras del Señor, alabadlo y exaltadlo sobre todo para siempre» (Dan 3,35)

En primer lugar, la adoración responde a la santidad de Dios al reconocer que Dios es realmente santo. Esto se manifiesta en la descripción de la Sagrada Escritura, sobre  la adoración rendida a Dios por los ángeles. Las Escrituras nos dicen que los ángeles exclaman sin cesar «¡Santo, Santo, Santo Señor, Dios de los ejércitos!» (Is 6, 2-3; Apocalipsis 4, 8). El acto de adoración más perfecto, amoroso y lleno de deleite, es la declaración de que Dios es santo. La adoración es la confesión de una criatura sobre la verdad de la absoluta soberanía y dignidad de Dios. «¡Digno eres tú, Señor, de recibir poder, riqueza, sabiduría, poder, honor, gloria y bendición!» (Apocalipsis 4,11). 

Toda la creación existe para darle gloria a Dios. «Los cielos proclaman la grandeza del Señor y el firmamento revela su obra» (Salmo 19, 1). Los tres jóvenes que fueron arrojados al horno de fuego como se registra en el Libro de Daniel cantaron un himno que convocó a todos los elementos de la creación a alabar y bendecir al Señor. «El sol y la luna, las estrellas del cielo, la lluvia y el rocío… alaben y exulten al Señor para siempre» (Dan 3, 35-68).

Pero mucho más que cualquier elemento irracional en la creación, los hombres y los ángeles están llamados a rendir adoración a Dios. La seriedad de la obligación de manifestar la santidad de Dios en todo momento se ve en la vida de Moisés. Está escrito que nunca hubo un profeta como Moisés antes o después de él, ya que habló con Dios cara a cara. Sin embargo, a pesar de su dignidad especial, a Moisés no se le permitió entrar en la Tierra Prometida. La razón por la que se le negó este privilegio le fue dicho por Dios: » Porque no lograste manifestar mi santidad en presencia del pueblo de Israel… verás la tierra delante de ti; pero no irás allí, a la tierra que doy al pueblo de Israel «(Deut 32, 51-52). 

Jesucristo ha dado a los ángeles y a los hombres el acto perfecto de adoración al permitirnos participar en su propio sacrificio de alabanza ofrecido a Dios nuestro Padre en la Cruz. Tenemos acceso a esto especialmente a través de la sagrada liturgia, como se explicó en las conferencias de la Carta de Formación del mes pasado. Pero es importante darse cuenta de que nuestra obligación de «manifestar la santidad de Dios» no se limita a nuestra participación en la sagrada liturgia. La unión con Cristo obtenida en la liturgia se prolonga por nuestra práctica de adoración. El papa Juan Pablo II escribió:

La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad de adoración eucarística. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No rechacemos el tiempo para ir a su encuentro en adoración, en una contemplación llena de fe… Que nuestra adoración nunca cese.

Estamos llamados a adorar a Dios en espíritu y en verdad en todo momento, en todas nuestras actividades: «Háblense unos a otros con salmos, himnos y cantos espirituales, y canten y alaben de todo corazón al Señor.  Den siempre gracias a Dios el Padre por todas las cosas, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.«(Efesios 5, 19-20). «Ya sea que comas o bebas, o hagas lo que hagas, haz todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10,31).

«Que toda carne mortal se calle» (Liturgia de Santiago)

Como hemos dicho, la adoración es principalmente un reconocimiento de la santidad de Dios. Ya hemos mencionado el contraste entre lo sagrado y lo profano. La historia de los dos hijos de Aarón mostró que a Dios no le agrada que se le ofrezca «fuego profano». Es por esta razón que nuestra adoración debe estar libre de cualquier «sacrilegio». Es decir, debemos tener cuidado de contradecir el acto mismo de adoración introduciendo elementos profanos en él. Por ejemplo, el Papa San Pío X escribió un documento sobre música sagrada en el que dijo: «La música sagrada debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo que es secular, tanto en sí misma como en su interpretación». Este es un principio que se aplica no solo a la música sagrada, sino a todos los elementos que intervienen en la sagrada liturgia y nuestras relaciones con Dios en la adoración. La antigua liturgia de Santiago contiene lo que se llama «El himno de Cherubic» cuyas letras dicen:

Que toda carne mortal esté en silencio, y permanezca de pie con temor y temblor, y no medite nada terrenal en sí mismo: – Pues el Rey de reyes y Señor de señores, Cristo nuestro Dios, se presenta para ser sacrificado, y para ser dado como alimento a los fieles; y las bandas de ángeles van delante de él con todo poder y dominio, los querubines de muchos ojos y los serafines de seis alas, cubriendo sus rostros y gritando en voz alta el himno, Aleluya, Aleluya, Aleluya.

Uno de los himnos ingleses más bellos tiene sus letras basadas en este antiguo himno: «Let All Mortal Flesh Keep Silence». Meditar sobre nada terrenal expresa esa actitud propia de la adoración. Es decir, no permitas intencionalmente pensamientos o actitudes mundanas y profanas que preocupen la mente o el corazón.    

Está claro, dada la debilidad de nuestro estado caído, las distracciones seguramente vendrán. Todos los temas que distraen y que son motivo de grave preocupación deben formar parte de nuestras oraciones a Dios. La adoración, como hablaremos más adelante, es una sumisión de todas estas cosas a Dios. Todos los demás temas, que no son serios, simplemente deben dejarse de lado tan pronto como sean reconocidos.

La adoración es principalmente un acto interior de la mente y la voluntad: «la mente percibe que la perfección de Dios es infinita, la voluntad nos ordena ensalzar y adorar esta perfección». Pero la naturaleza humana exige que el acto interior se exprese externamente. En el Libro de Apocalipsis esto se muestra: “Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se inclinaron delante del trono hasta tocar el suelo con la frente, y adoraron a Dios diciendo: «¡Amén! La alabanza, la gloria, la sabiduría, la gratitud, el honor, el poder y la fuerza sean dados a nuestro Dios por todos los siglos. ¡Amén! » «(Apocalipsis 7, 11-12). Además, la expresión externa ayuda a reforzar los actos interiores. Como escribió Santo Tomás: «Es connatural en nosotros pasar de los signos físicos a la base espiritual sobre la que descansan».

Es por estas razones que la adoración debe influir en nuestra postura y, en la medida de lo posible, en nuestra vestimenta y otras actitudes, cada vez que nos dedicamos a la adoración y la oración eucarísticas. Por ejemplo, la costumbre de descuidarnos o relajarnos en nuestras posturas, en presencia del Santísimo Sacramento, en aras de la comodidad, es contraria al espíritu de adoración. Lo más probable es que pocos de nosotros podamos imitar a los santos como Santa Margarita María Alacoque, que siempre se arrodillaba ante el Santísimo Sacramento, sin hacer el más mínimo movimiento, incluso en las numerosas ocasiones en que rezaba durante nueve horas o más sin interrupción. Sin embargo, sabemos que Dios permite que los santos tengan tal resistencia sobrehumana, para estimular al resto de nosotros a hacer un poco más en la medida de lo posible.

También con respecto al vestido, puede ser que en ciertas circunstancias no podamos evitar usar ropa que sea muy informal para la misa, o en presencia del Santísimo Sacramento. Pero debemos considerar el cuidado que tendríamos si tuviéramos una reunión especial con algún dignatario, cómo nos aseguraríamos de tener la ropa adecuada. En mayor medida, deberíamos estar vestidos adecuadamente para encontrarnos con el Dios Creador en adoración. Esta es una lección de particular importancia para los estadounidenses contemporáneos.

Hay muchas otras aplicaciones sobre el principio de excluir lo profano de nuestra adoración. Pero dejaremos estos pocos ejemplos como indicaciones de otros a los que puedan llegar con su propia oración y reflexión.

La actitud de adoración no solo debe marcar nuestra relación directa con Dios, sino también todas las cosas que participan o están asociadas con la santidad de Dios. Como hemos dicho, todo lo que es santo es así en virtud de participar en la santidad de Dios. Por lo tanto, profanar cualquier cosa que sea santa o sagrada es una ofensa contra la santidad de Dios. Esto se aplica a los tiempos santos: domingos y solemnidades; lugares santos: iglesias, santuarios, lugares de oración; objetos sagrados: objetos utilizados para la liturgia y sacramentales; personas santas: los santos, los ángeles; personas consagradas: ministros religiosos y ordenados. Vivimos en una época en que nada es sagrado, y todo se puede usar como tema de broma. Nuestra propia práctica de adoración y nuestra negativa a participar en cualquier forma de profanación de las cosas sagradas, debe proporcionar un testimonio vivo a esta «generación malvada y perversa».

«Hacer perfecta la santidad en el temor de Dios» (2 Cor 7, 1)

 

Una actitud particular que debe marcar nuestra relación con Dios es la de la reverencia o temor santo. La Carta a los Hebreos amonesta a los cristianos: «Ofrezcamos a Dios adoración aceptable, con reverencia y temor; porque nuestro Dios es un fuego consumidor» (Hebreos 12,28). «El temor del Señor es el principio de la sabiduría… Temer al Señor es la medida completa de la sabiduría» (Sir 1, 14-16). Cuando el sacerdote reza el Prefacio del Canon de la Misa, a menudo hay una línea que dice: «Tremunt potestates…» (Las potestades del cielo tiemblan) ante la presencia de Dios. El viejo dicho dice: «los tontos se apresuran donde los ángeles temen pisar». Si el temor al Señor es el comienzo de la sabiduría, la falta de ella es el comienzo de la necedad.

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Retiro de Pentecostés 2020: 2a meditación: Adoración-2

LA SANTIDAD DE DIOS Y LA ADORACIÓN

La santidad se adapta a tu casa, oh Señor, hasta el fin de los tiempos. (Sal 93, 5)

  1. LA SANTIDAD DE DIOS

«Porque solo tú eres santo» (Ap 15,4)

En el Gloria de la Misa oramos: «Porque solo tú eres el Santo, solo tú Señor, solo tú Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén». Aquí estamos diciendo que la santidad es una cualidad propia de Dios. ¿Qué significa cuando decimos que Dios es santo? ¿Cuál es esta cualidad que le pertenece solo a Dios? Esta es una de esas cosas que sabemos lo que significa hasta que alguien nos pide que la definamos. De repente, se vuelve muy difícil de explicar claramente. Este parece ser el caso, porque nuestro concepto de cosas como la santidad, se estructura a partir de la respuesta que experimentamos en las personas o cosas que poseen esa cualidad. Como dice un escritor: «La santidad se revela en un encuentro con un mysterium tremendum (tremendo misterio), evocando sentimientos de criatura viviente,  asombro y fascinación». Esto se ve en la reacción del patriarca Jacob, cuando  experimentó su visión de la escalera del cielo. Él exclamó: «¡Qué maravilloso es este lugar! ¡Esto no es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo!». Él fue llenado del profundo sentido de la santidad de Dios. 

Reconocemos que la santidad o la sacralidad, indica esa cualidad por la cual alguien o algo, es digno de veneración o gloria. La veneración puede entenderse como adoración, o una expresión de asombro, respeto o reverencia. La gloria es una muy grande alabanza, honor, distinción y admiración. Pero esto todavía nos deja con la pregunta, ¿Qué constituye esa cualidad que evoca la veneración, admiración o gloria?

Si observamos la raíz del significado de las palabras, de las cuales se deriva la palabra «santo», se da una idea de los elementos que conforman el concepto común de santidad. La palabra griega que se traduce al castellano como «santo» es agios (hagios), que literalmente significa: sin tierra, o separado de la tierra. La palabra hebrea que se usa para designar la santidad de Dios (qds -kadosh) está relacionada con la palabra designada para fortaleza o estabilidad. De esto, Santo Tomás de Aquino enseñó que hay dos elementos básicos contenidos en el concepto de santidad: primero, una dignidad y pureza especiales que separan y elevan a una persona o cosa por encima de los asuntos mundanos y comunes; y segundo, una estabilidad o firmeza. Este mismo sentido también se encuentra en la raíz de la palabra latina: Sanctus, que es sancio, cuyo primer significado es «arreglar inalterablemente, establecer, decretar, ordenar, hacer irrevocable». Para ellos, un tercer elemento del concepto de santidad se encuentra en la palabra en inglés ‘holy’ que proviene de la palabra anglosajona «halig» que tiene como base «hal» que significa «entero o bien».   

Consideraremos cada uno de estos elementos de la cualidad de la santidad individualmente para ver cómo se aplican a Dios. Luego consideraremos cómo Dios permite que las criaturas participen en su santidad.

Sección 1 La santidad de Dios

Primer elemento: dignidad, pureza que separan

Parece que la noción más común que relacionamos con la santidad es la trascendente excelencia de Dios, es decir, su supremacía de perfección y dominio, que implica una separación y elevación por encima de todo lo que es común y mundano. Según este elemento fundamental en el concepto de santidad, la santidad es lo opuesto a lo profano que indica lo que es común, vulgar, secular, no consagrado, no digno de reverencia, pero incluso digno de cierto desprecio. A Aarón, el sumo sacerdote, fue encomendada la tarea de instruir al pueblo: «Debes distinguir entre lo santo y lo común, y entre lo limpio y lo contaminado; y debes enseñar al pueblo de Israel todos los estatutos que el Señor les habló a través de Moisés» (Lev. 10, 10-11).  

En el Antiguo Testamento, la noción de la separación de Dios de las cosas mundanas, fue inculcada en el pueblo de Israel mediante el cumplimiento de una separación física real. Por ejemplo, cuando Moisés subió al monte Sinaí para hablar con el Señor, advirtió a la gente: «Tengan cuidado de no subir a la montaña ni de tocar el borde de ella; cualquiera que toque la montaña será ejecutado; ninguna mano lo tocará, pues será apedreado; ya sea hombre o bestia, no vivirá» (Ex. 19, 12-13). Esta lección también estuvo claramente presente en el diseño del Templo, que hizo claras distinciones de varios tribunales en los que solo ciertas personas podían ingresar. Pero la separación de Dios de lo profano no es en realidad una separación espacial, o física, ya que San Pablo nos dice: «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28).

Podemos distinguir dos formas básicas en que Dios es exaltado muy por encima de su creación, incluso cuando está tan íntimamente unido a ella, debido a su poder creador, que mantiene vivas todas las cosas. Podemos señalar dos formas básicas en que Dios está por encima de toda la creación: 1) En su propio ser, Dios posee una pureza y dignidad absolutas, las cuales son necesaria e infinitamente superiores a cada criatura, 2) con respecto a su voluntad, Dios posee una rectitud o bondad absoluta. Ahora hablaremos sobre estos dos elementos, que juntos forman la primera parte de nuestra noción de santidad.

«Santo y terrible es su nombre!» (Salmo 110, 9)

La dignidad absoluta y la elevación de Dios sobre la creación se expresan de muchas maneras diferentes a lo largo de la Sagrada Escritura. Por ejemplo, en el Salmo 99 está escrito: “¡El Señor reina, tiemblan los pueblos! Él tiene su trono entre los querubines; la tierra se estremece. El Señor es grande en Sion; es alto sobre todos los pueblos. Alaben su nombre grande y temible. ¡Él es santo! Oh poderoso Rey que amas el derecho, tú has establecido la rectitud; tú ejerces en Jacob el derecho y la justicia.”

 

En el libro de Job, Elifaz el temanita va más lejos, al hablar de la santidad de Dios, cuando dice: «He aquí, si ni en sus santos se confía ni los cielos son bastante puros a sus ojos, ¡Cuánto menos un ser abominable y corrompido, el hombre, que se bebe como agua la impiedad!»(Job 15, 15-16). Bildad el Shuita también dijo: “He aquí, la luna misma no brilla, ni son bastante puras las estrellas a sus ojos. ¡Cuánto menos el hombre, un gusano;el hijo del hombre, un gusanillo” (Job 25, 5-6).

«El Dios Santo se muestra santo en justicia» (Is 5,16) 

Además de la supremacía de su propio ser, Dios también es santo en la absoluta libertad de cualquier mancha de la corrupción del pecado y una perfecta pureza de la moral. Dionisio el Areopagita escribió: «En mi forma de hablar, la santidad es libertad de toda contaminación. Es una pureza que es total y está completamente incorrupta». Dios no solo no tiene pecado, no lo tiene, ni puede hacer que alguien cometa un acto pecaminoso. Como dice el Salmo 5: «Porque no eres un Dios que se deleita en la maldad; el mal no puede morar contigo. El jactancioso no puede estar delante de tus ojos; aborreces a todos los malhechores» (Sal 5, 4-5).

 

Más allá de la mera libertad del pecado, Dios también posee la perfección infinita de la bondad moral. Este es necesariamente el caso ya que Dios es la fuente de toda virtud. Nuestra justicia, misericordia, caridad, etc., por ejemplo, son solo la chispa más pequeña en comparación con el horno infinito de la justicia divina, la misericordia, la caridad, etc. Moisés dijo en su canción a Israel: “¡Él es la Roca! Sus obras son perfectas, todos sus caminos son justos, es fiel y no hay en El iniquidad. Es justo, es recto.” (Deut 32, 4).

Segundo elemento: estabilidad, firmeza

El siguiente elemento de firmeza y estabilidad que conforma la cualidad de la santidad, proviene de las palabras hebreas y latinas. Esto está relacionado con el primer elemento, el de la pureza y la separación de las cosas de este mundo. Por un lado, como Dios está separado del mundo, no está sujeto a cambios como las cosas de este mundo. Las cosas de este mundo son transitorias, pero las cosas que no se ven son eternas (2 Cor 4,18). «Todo el ejército de los cielos se pudrirá, y los cielos se enrollarán como un pergamino. Todo su ejército caerá, como las hojas de la vid, como las hojas que caen de la higuera» (Is 34, 4). «Toda la carne es hierba… la hierba se marchita, la flor se desvanece, pero la palabra de nuestro Dios permanecerá para siempre» (Is 40, 6-8).

Este elemento de estabilidad también está relacionado con la pureza de Dios. Así como el lodo mezclado con el concreto debilita la resistencia del cemento, así la impureza disminuye la estabilidad de una cosa.

Además, está en consonancia con su perfección moral que Dios no cambie sus caminos. «Dios no es hombre para que mienta, ni un hijo de hombre para que cambie sus costumbres. ¿Él lo ha dicho y no lo hará? ¿O ha hablado y no lo cumplirá?» (Num 23,19).

Tercer elemento: integridad, bienestar

El tercer elemento de santidad se refiere a la perfección, o la integridad que posee Dios que es santo. El Libro de Sirácides expresa esta verdad muy bellamente:

Aunque hablamos mucho, no podemos llegar al final,
y la suma de nuestras palabras es: «Él es todo».
¿Dónde encontraremos fuerzas para alabarlo?
Porque él es mayor que toda su obra.
Terrible es el Señor y muy grande,
y maravilloso es su poder.
Cuando alabas al Señor, exáltalo todo lo que puedas;
Porque él incluso supera eso.
Cuando lo exaltes, saca todas tus fuerzas,
y no te canses, porque no puedes alabarlo lo suficiente. (Sir 43, 27-30)

«Él es todo» indica la integridad de Dios. El contiene cada perfección y toda ella, en sí mismo hasta un grado infinito. En él no falta nada.

Sección 2 La participación de la creación en la santidad de Dios

La santidad no es inherente a la creación. Es una cualidad que solo Dios posee por naturaleza. Pero es una cualidad que Dios puede y elige compartir con ciertas criaturas. Por el dictado de Dios, los tiempos, los lugares, los objetos y las personas pueden ser cubiertos de santidad. Los ángeles y los hombres participan de la santidad de Dios, desde la mirada de su unión con Él. Otros objetos son «santificados» para servir en la santificación de los hombres.

La consagración de tiempos, lugares y objetos

La santidad que posee cualquier criatura es una participación en la misma santidad de Dios. Como consecuencia, si alguien trata a una criatura consagrada irrespetuosamente, equivale a tratar a Dios irrespetuosamente. Por ejemplo, «Dios bendijo y santificó el séptimo día» (Gen 2, 3). Este es un ejemplo de la santificación del tiempo por el decreto de Dios. La profanación de ese tiempo sagrado al llevar a cabo  asuntos mundanos irreverentes, es una ofensa contra la santidad de Dios.

Esto también es cierto con respecto a los objetos sagrados. Las cosas que se usaban para la adoración sagrada eran tan sagradas que ni siquiera podían ser vistas por nadie, excepto por el sacerdote. Los miembros de la tribu levita eran asignados para ayudar a los sacerdotes descendientes de Aarón, a los cuales se les advirtió: “Tened cuidado de que los hijos de Caat no sean extirpados de en medio de los levitas, y haces de modo que tengan segura la vida y no mueran si se acercan a las cosas santísimas; sean Aarón y sus hijos los que entren para encargar a cada uno su servicio y su cargo; pero ellos que no entren para ver un solo instante las cosas santas, no sea que mueran.» (Num 4, 18-20).

Cuando el rey Baltasar hizo una fiesta para los miembros de su corte, hizo que trajeran los vasos sagrados del templo de Jerusalén para usarlos como vasos comunes. Fue entonces cuando apareció una mano y escribió misteriosas letras en la pared. La reacción del rey fue: «su color cambió y sus pensamientos lo alarmaron; sus extremidades cedieron y sus rodillas se golpearon» (Dan 5, 6). Tal fue el terror que vino sobre él como consecuencia de haber profanado los vasos sagrados.

Más aún, los ritos sagrados prescritos para la adoración de Dios son los más santos. No están sujetos a la determinación humana, sino a las directivas de Dios mismo. Esto queda claro en la historia de Aarón y sus cuatro hijos, cuando fueron ordenados para servir al Señor como sacerdotes. Su ordenación fue una ceremonia con muchos detalles que duró ocho días. Durante la ceremonia no podían salir de la entrada de la tienda de reunión. Allí, en la presencia continua de Dios, fueron consagrados por Moisés con varios sacrificios y unciones. Y luego, justo cuando se completaba el octavo día, se documenta así: “Los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, tomaron cada uno un incensario y, poniendo fuego en ellos y echando incienso, presentaron ante Yahvé un fuego extraño, cosa que no les había sido ordenada. Entonces salió ante Yahvé un fuego que los abrasó, y murieron ante Yahvé. Dijo Moisés a Aarón: “Esto es lo que declaró Yahvé al decir: Yo me mostraré santo en aquellos que se me acercan y glorificado antes el pueblo todo. “Aarón calló.» (Lev 10, 1-3).

¿Qué está pasando aquí? ¿Qué significa «quemar fuego profano delante del Señor?» ¿Por qué es que estos dos jóvenes fueron derribados? Antes de este incidente, Dios había  dado instrucciones claras con respecto al tipo de incienso que se utilizaría para la adoración sagrada. “y nadie hará para sí otro de la misma composición, lo miraras como cosa sagrada, perteneciente a Yahvé.” Cualquiera que haga otro semejante para aspirar su aroma será borrado de en medio de su pueblo” (Ex 30, 37-38). La razón de esta y otras prescripciones similares era la de establecer una forma de adoración al Dios verdadero que era completamente distinta de las formas idólatras que prevalecían en Egipto y las otras naciones paganas. Es muy posible que el incienso que los hijos de Aarón usaron erróneamente, fuera el tipo de incienso que se usaba comúnmente en los cultos paganos. Eso explicaría el porqué fue tan ofensivo para Dios.

La consagración de las personas

Más allá de la consagración del tiempo, el lugar, los objetos y los ritos, Dios también ha elegido consagrar a las personas para sí mismo. En la consagración de las personas, sin embargo, Dios determinó establecer grados de santidad de acuerdo con la vocación particular de la persona. Todo el pueblo de Israel fue llamado a ser santo: «serás un pueblo santo para el Señor tu Dios» (Deut 26,19). Después de muchas de las prescripciones de la ley se repite la frase: «Porque yo soy el Señor tu Dios; consagraos, y sed santos como yo soy santo» (Lev 11,44). Pero a la tribu de los levitas se les dio una participación especial en la santidad de Dios, para servir en el santuario de Dios, que era superior a lo común para los otros israelitas. Y los miembros de la línea de Aarón, que debían servir como sacerdotes, tenían un grado de santidad aún mayor que el de los levitas. «Voy a consagrar a Aarón y a sus hijos, los consagraré para que me sirvan como sacerdotes» (Ex. 29,44). La verdad de los diversos grados de santidad quedó muy clara en la historia de la rebelión de Coré: “Un levita descendiente de Quehat, llamado Coré, hijo de Ishar, y tres hombres más de la tribu de Rubén, llamados Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On, hijo de Pélet, se rebelaron contra Moisés. A ellos se les unieron otros doscientos cincuenta israelitas, hombres de autoridad en el pueblo, que pertenecían al grupo de consejeros y tenían buena fama. Todos ellos se reunieron, se enfrentaron con Moisés y Aarón, y les dijeron: —¡Basta ya de privilegios! Todo el pueblo ha sido consagrado por Dios, y el Señor está con todos nosotros. ¿Por qué se levantan ustedes como autoridad suprema sobre el pueblo del Señor?  Al oír esto, Moisés se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, y dijo a Coré y a los que lo seguían: —Mañana por la mañana el Señor hará saber quién le pertenece y quién le está consagrado y puede presentarle las ofrendas. Sólo podrá presentarle ofrendas aquel a quien él escoja. Hagan lo siguiente: traigan los incensarios de Coré y sus compañeros, pónganles brasas, échenles incienso y colóquenlos mañana delante del Señor. El hombre a quien el Señor escoja, es el que le está consagrado. ¡Y basta ya, levitas!  Luego dijo Moisés a Coré: —Óiganme, levitas:  ¿Les parece poco que el Dios de Israel los haya escogido a ustedes de entre el pueblo de Israel, y que estén cerca de él y se ocupen de los oficios del santuario del Señor y presten este servicio al pueblo? El Señor ha querido que tú y los demás miembros de tu tribu, los levitas, estén cerca de él, ¿y ahora ambicionan también el sacerdocio? Realmente Aarón no es nadie para que hablen mal de él; es contra el Señor contra quien tú y tus compañeros se han rebelado.»(Num 16, 1-11).

Lo que sucede es que doscientos cincuenta de los seguidores de Coré, vinieron con incensarios a la mañana siguiente, y les pusieron incienso a la entrada de la tienda de reunión. Y la gloria del Señor se apareció a toda la congregación. Y el Señor les dijo a Moisés y a Aarón: «Sepárense de esta congregación, para que pueda consumirlos en un momento». Es decir, Dios estaba listo para destruir a todo el pueblo de Israel debido a esta rebelión. Pero Moisés y Aarón se postraron rostro en tierra y dijeron: «Oh Dios, el Dios de los espíritus de toda carne, ¿pecará un hombre, y te enojarás con toda la congregación?» Y el Señor le dijo a Moisés: «Di a la congregación:» Aléjense de la morada de Coré, Datán y Abiram «. Entonces Moisés dijo al pueblo:» Váyanse de las tiendas de estos hombres malvados, y no toquen nada de ellos, para que no sean eliminados con todos sus pecados». Luego anunció a la gente: «De este modo sabrán que el Señor me ha enviado a hacer todas estas obras y que no ha sido por mi propia voluntad». Cuando terminó de hablar, la tierra se partió en dos pedazos, abrió su boca y se tragó a los rebeldes y sus familias, y a todos los hombres que pertenecían a Coré, y todas sus pertenencias. Bajaron vivos al Seol, y la tierra se cerró sobre ellos. En cuanto a los doscientos cincuenta hombres con incensarios, salió fuego del Señor y los consumió (Números 16, 12-35).

De esta manera dramática, Dios reveló que la santidad es un regalo que le da a quien quiera, en la medida en que lo desee. Esto es algo que debe ser respetado y no tratado como si alguien tuviera derecho a tener algo más de lo que Dios le da. De esto es de lo que habla la carta a los Hebreos, en el Nuevo Testamento, sobre el nuevo sacerdocio de Cristo: «Y uno no toma el honor sobre sí mismo, sino que Dios lo llama, como lo fue Aarón» (Heb 5, 4 )

Cuando se discute la participación de una persona en la santidad, es necesario distinguir entre la santidad del ser y la santidad moral. Esta distinción puede verse mejor en la diferencia de significado de las palabras «sagrado» y «santo». Usualmente usamos la palabra «sagrado» para indicar la santidad del ser de una persona o cosa, mientras que la palabra «santidad», la  usamos para indicar una santidad moral. Por ejemplo, el rey Saúl, el primer rey de Israel fue un rey consagrado. Aun cuando había pecado y se había alejado del favor de Dios, todavía era el «ungido» del Señor. Por lo tanto, cuando dio comienzo, injustamente, a sus intentos por matar a David, este nunca se atrevió a levantar la mano contra Saúl, pues reconoció que aunque el rey no era santo, era una persona consagrada. De manera similar, la «santidad» de otras personas consagradas, como los sacerdotes, se refiere a su carácter «sagrado», y no necesariamente a la santidad moral.

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Retiro-1

Retiro de Pentecostés 2020: 1a meditación: Adoración-1

La corriente que alegra a la ciudad de Dios

A lo largo de la Sagrada Escritura, se menciona un río que fluye desde el centro de la Ciudad de Dios. Este río ya está representado en el Jardín del Edén: «Un río fluye del Edén para regar el jardín, y desde allí se divide y se convierte en cuatro brazos» (Gén 2,10). En el otro extremo de la Biblia lo encontramos una vez más: «Entonces el ángel me mostró el río de agua de vida, clara como el cristal, que salía del  trono de Dios y del Cordero» (Ap 22, 1). Los Salmos cantan de este río: “Un rio con sus brazos alegra la ciudad de Dios, el santuario de la tienda del Altísimo. (Sal 46, 5).   

El profeta Ezequiel también tuvo una visión, en la que veía que una corriente salía del lado del Templo y fluía para regar la tierra. Este río da vida y salud a las plantas y animales con los que entra en contacto. “Y todos los vivientes que nadan en las aguas, por donde quiera que entren estos dos ríos vivirán; y el pescado será allí abundantísimo, porque al llegar estas aguas, las aguas del mar se sanearán y tendrán vida hasta donde llegue el rio. Junto a sus orillas estarán los pescadores y desde Engadi hasta en Eglaim será un tendedero de redes, y por sus especies será el pescado tan numeroso como los del mar grande. Sus charcas y sus lagunas no se sanearán, serán dejadas para salinas. En las riberas del rio al uno y al otro lado se alzarán árboles frutales de toda especie, cuyas hojas no caerán y cuyo fruto no faltará, todos los meses madurarán sus frutos, por salir sus aguas del santuario ; y serán comestibles, y sus hojas medicinales” (Ez 47, 9-12) . 

Tanto la Escritura como la Tradición hablan constantemente del Paraíso, el Templo en Jerusalén y el cielo como señalando el estado de los hombres y los ángeles que viven juntos en comunión con Dios. Por esta razón, es seguro asumir que la imagen del río que se menciona en estos diversos pasajes se refiere a una misma realidad.

De estos pasajes de la Sagrada Escritura, el significado de la observación aparentemente incidental de San Juan sale a la luz: “Uno de los soldados atravesó el costado de Jesús con una lanza; e inmediatamente salió sangre y agua” (Jn 19,34). San Juan había identificado previamente el cuerpo de Cristo como el Templo (cf. Jn 2,21). Aquí, entonces, identifica la corriente que da alegría a la Ciudad de Dios y que fluye desde el trono de Dios y el Cordero, dando vida al mundo entero, como la corriente de la gracia divina que fluye desde el Corazón de Jesús abierto para nosotros por su sacrificio en la cruz. La única corriente que fluye del costado de Cristo es un río que santifica la creación entera, como se expresa bellamente en el verso del himno que se encuentra en la Liturgia del Viernes Santo:  

Soportó los clavos, el ser escupido, el
vinagre, la lanza y la caña;
De ese sagrado Cuerpo quebrado, salen la
Sangre y el agua;
Tierra, estrellas, cielo y océano
por esa corriente se liberan de la mancha.
Crux Fidelis, de Veneración de la Cruz)

El Libro del Génesis señala una cierta característica de esta corriente que es de particular importancia. Está escrito que este río se divide en cuatro ramas cuando sale del Jardín del Edén (cf. Gen 2,10). Este pasaje del libro de Génesis ha recibido varias interpretaciones a lo largo de los siglos. San Agustín vio que el Paraíso representa a la Iglesia, y las cuatro corrientes que fluyen de la Iglesia para regar toda la tierra son los cuatro Evangelios (San Agustín, Ciudad de Dios, 13, 21). Otros han visto que las cuatro corrientes, entendidas en relación con la vida moral del hombre, representan la rectitud, la expiación, la luz y la piedad (cf. Cornelius a’Lapide, Comentario sobre Génesis, cap. 2, col. 177). Aún otros los han interpretado como símbolos de las cuatro virtudes cardinales: justicia, fortaleza, prudencia y templanza (ibid.).      

De estas diversas interpretaciones vemos que esta imagen bíblica puede entenderse en el sentido de que la corriente de la gracia de Cristo, cuando pasa a la creación, se divide en una corriente cuádruple de gracia. Siguiendo la forma tradicional de interpretación de estas corrientes ya mencionadas, también podemos considerar que representan las cuatro finalidades por las que se ofrece el sacrificio: adoración, acción de gracias, expiación y petición. Esto es apropiado, ya que la gracia que fluye del costado de Cristo, es el fruto de su sacrificio perfecto en la Cruz. El sacrificio único de Cristo contiene esta plenitud cuádruple, para abrazar y elevar toda alabanza, acción de gracias, petición y expiación, ofrecida por los hombres en unión con Él. Estrechamente relacionados con estas cuatro formas de sacrificio están las Cuatro Actitudes, o las Direcciones Fundamentales en la Obra de los Santos Ángeles: Adoración, Contemplación, Expiación y Misión. Estas son las respuestas fundamentales de los ángeles y los hombres a todas las gracias que fluyen de la Cruz de Cristo. Se emiten de la corriente cuádruple que fluye desde el Corazón de Jesús, mientras que ellas mismas constituyen una corriente cuádruple por la cual los ángeles buscan llevarnos de regreso al Corazón de Jesús.

En esta presente meditación, nos enfocaremos en la primera de estas cuatro corrientes que fluyen del Corazón de Cristo para dar alegría a Su Santa Ciudad, la Iglesia: la corriente de alabanza y adoración. Esta corriente pasa sobre los coros de ángeles, desciende sobre la Iglesia en la tierra, y desde allí, riega toda la creación material. Así como el río en el Edén proporcionó vida y belleza a las plantas en el paraíso terrenal, también esta corriente da alabanza, da vida y belleza a la Iglesia en la tierra y en el cielo, y a toda la creación. Como señala Eric Peterson: “Lo que aplica al más alto grado de la creación aplica de igual manera al más bajo, a la vida vegetal, a los animales y a las cosas que están mucho más abajo que el hombre en la escala del ser. Cuando en los Salmos digamos que los animales y las montañas brotan en alabanza a Dios, esto no es una simple hipérbole o exceso de fantasía poética, una personificación humana injustificable de naturaleza inanimada. Es algo basado en última instancia, en la naturaleza de lo creado, que atraviesa toda la escala de la creación desde los Querubines y Serafines hasta la cosa más pequeña del mundo » (Eric Peterson, The Angels and the Liturgy, pp. 48- 49).   

La forma en que las plantas y los animales pueden glorificar al Señor, a pesar de que no tienen entendimiento, es por el hecho de que llevan el sello de su Creador y lo reflejan hasta cierto punto. Esta idea se expresa en un Salmo: “Los cielos pregonan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. El día transmite el mensaje al día, y la  noche a la noche pasa la noticia. No son discursos ni palabras cuya voz deje de oírse” (Sal 19, 1-4). Además, alaban a Dios por su «obediencia» a su mandato, como se expresa en otro salmo: “Alabad a Yahvé desde la tierra los cetáceos y todos los abismos, el fuego, el granizo, la nieve, la niebla, el viento tempestuoso, que ejecuta sus mandatos» (Sal 148, 7-8).   

Pero más allá de la gloria que la creación material le da a Dios por su existencia natural, esta creación física le da aún más gloria a Dios al participar en la adoración a Dios. Esta adoración ofrecida por toda la creación es presidida por el hombre, que sirve como ministro especialmente designado de Dios. Desde el principio, el hombre fue creado para servir como el «sumo sacerdote» de la creación (cf. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, 2). Fue puesto en el Jardín, que era el santuario de Dios, con la tarea de «cultivar» la tierra. Es decir, el hombre, debía llevar la creación al culto (adoración) del único Dios verdadero. Pero este santuario fue profanado por el pecado del sumo sacerdote, quien fue enviado para hacer que esa creación adorara a Dios. En consecuencia, el pecado de Adán afectó no solo el alma del hombre, sino también la creación material: “…por ti será maldita la tierra…”  (Gen 3,17). La creación, que sería un santuario de Dios, fue profanada por el mismo (Adán) que fue creado para ser el «sumo sacerdote» de la creación.   

Por el pecado, en lugar de elevar la creación física al canto armonioso de alabanza, el hombre introdujo una tensión que sometió la creación a la banalidad. Como lo describe San Pablo: “porque la expectación anhelante de lo creado ansia la manifestación de los hijos de Dios, pues lo creado fue sometido a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien lo sometió, con esperanza de que también lo creado será liberado de la servidumbre de la corrupción para participar de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que hasta el presente todo lo creado gime y siente dolores de parto” (Rom 8, 19-22). La «vanidad» a la que fue sometida la creación significa que ya no era capaz de alcanzar la finalidad para la que fue creada: la gloria de Dios a través del ministerio del hombre. 

El hombre también fue sometido a banalidad porque no pudo lograr la finalidad completa para la cual fue creado. Por esta razón, experimentó un profundo sentido de la banalidad de sus labores, como se expresa elocuentemente en el Antiguo Testamento: “¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet, vanidad de vanidades! ¡Todas las cosas son vanidad! ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?” (Ecc 1, 2-3). 

La corriente del costado de Cristo no solo liberó a la creación de la maldición del pecado, sino que también ofrece a la creación la posibilidad de ser elevada una vez más como canto de alabanza. El orden sacramental de la Iglesia usa varios elementos físicos: agua, aceite, pan y vino; así como también el material utilizado para el altar, las vestimentas, las velas, el incienso, etc. De esta forma, a modo de representación, la creación física se hace presente y se eleva una vez más.

Pero mientras el sacrificio salvífico de Jesucristo ha hecho posible la participación de la creación en la gloria de Dios, no todo se realiza por completo de una vez. Más bien, es una lucha continua. El mundo sigue siendo un campo de batalla, donde las consecuencias del pecado hacen la guerra contra las consecuencias de la obra salvadora de Cristo. Porque el pecado de Adán y los pecados cometidos a lo largo de la historia de la humanidad, incluso después de la venida de Cristo, tienen consecuencias similares en el mundo material. Nuestros pecados continuamente someten la creación física a una cierta «nimiedad», privándola de la pureza e integridad necesarias para ser dignos de dar gloria a Dios. Santo Tomás habla de esto en los siguientes términos: “Ahora bien, aunque una cosa corpórea no puede ser el sujeto de la mancha del pecado, debido al pecado, las cosas corpóreas contraen una cierta incapacidad para ser designadas con propósitos espirituales; y por esta razón, encontramos que los lugares donde se han cometido crímenes, se consideran inadecuados para la realización de acciones sagradas en ellos, a menos que sean limpiados de antemano. En consecuencia, esa parte del mundo que se nos da para nuestro uso, contrae por cuenta de los pecados del hombre,  una cierta incapacidad para ser glorificada, con lo cual necesita ser limpiada” (Summa Theo., Supl. 74, 1, c.). 

 Como ya hemos visto, la «limpieza» de la creación se logra mediante la corriente que fluye del costado de Cristo. Los hombres pueden lavarse en esta corriente, como Naamán fue limpiado de lepra en las corrientes del Jordán (cf. 2 R 5, 1-14). Esto se logra particularmente al entrar junto con los ángeles, en la corriente de alabanza, en y a través del acto perfecto de adoración de Jesucristo. Esta corriente de adoración y alabanza se hace disponible a través de la celebración de los sacramentos de la Iglesia, la sagrada liturgia, y a través de nuestra unión continua con las gracias de los sacramentos mediante la práctica de las devociones. La adoración rendida por la Liturgia se logra en unión con toda la creación. Está «en sintonía» con todo el universo. Como el Santo Padre escribió una vez con respecto al Santo Sacrificio de la Misa: “En este sacrificio, por un lado, el misterio de la Trinidad está presente de la manera más maravillosa; y, por otro lado, todo el universo creado está unido (cf. Ef 1,10). La Eucaristía también se celebra para ofrecer ‘en el altar de toda la tierra el trabajo y el sufrimiento del mundo’… Es por eso que en la acción de gracias, después de la Santa Misa, se recita el cántico de los tres jóvenes en el Antiguo Testamento: Benedicite omnia opera Domino. Pues en la Eucaristía todas las criaturas, visibles y no visibles, y el hombre en particular, bendicen a Dios como Creador y Padre; lo bendicen con las palabras y la acción de Cristo, el Hijo de Dios» (Papa Juan Pablo II, Don y misterio, pp. 73-74).      

El Santo Padre menciona la conveniencia de cantar el cántico que se encuentra en el Libro de Daniel (Dan 3, 29-68), que es una letanía que llama a las diversas criaturas a alabar y glorificar al Señor. En cierto sentido, este se resume en el himno interminable de alabanza que cantan los ángeles: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria!» (Is 6, 3). Esta canción expresa el ardiente deseo de los serafines por la realización del cántico de Daniel: “Bendito en el templo santo de tu gloria, digno de ser cantado y glorificado por los siglos. Bendito tú, que penetras los abismos, digno de alabanza y ensalzado por los siglos” (Dan. 3, 53-54).   

En cada situación de nuestra vida, nosotros también podemos expresar este ardiente deseo por la glorificación de Dios, de parte de toda la creación, rezando el «Santo, santo, santo Señor…» con los santos ángeles. Al rezar esta oración, el Sanctus, nos convertimos en un canal de la corriente del Corazón de Cristo, para cumplir en cierta medida lo que deseamos. Este es un verdadero ejercicio del sacerdocio común en el que todos los bautizados participan. Al rezar esta oración de adoración, derramamos agua sobre el suelo sediento y arroyos sobre tierra seca, haciendo que florezca la creación (cf. Is 44, 3-4). Donde esta corriente de alabanza y adoración fluye en el mundo, se encuentra la belleza del canto y la verdadera dignidad de la vida. Donde esta corriente se seca, allí entra el ruido y la degradación.

Además, al adorar con los ángeles, no solo estamos sirviendo como intercesores o canales del flujo de la gracia de Dios, sino que nos convertimos en los beneficiarios de esta gracia. Bebemos de la corriente que fluye por las orillas del camino, y así levantamos nuestras cabezas (cf. Sal 110, 7). A través del acto de adoración, los hombres se vuelven “como árboles plantados por corrientes de agua, que producen sus frutos en su estación, y sus hojas no se marchitan. En todo lo que hacen, prosperan” (Sal 1, 3). Esta fecundidad se produce cuando rezamos el Sanctus con nuestro propio Ángel Guardián o con los ángeles de las diferentes personas y lugares con los que entramos en contacto durante todo el día. Porque con respecto a los ángeles está escrito: “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servir por el bien de aquellos que heredarán la salvación? (Heb 1,14). Todos los ángeles son espíritus ministrantes, enviados para ayudarnos. Cuando adoramos con ellos, orando el Sanctus con ellos, nos abrimos a su asistencia ministerial: les permitimos que nos ayuden a dar fruto.

Además, si consideramos la extraordinaria singularidad de cada ángel individualmente, cada uno con su propia reserva particular de las riquezas del tesoro insondable de las gracias de Cristo (cf. Ef 3, 8), encontraremos que el beneficio que obtenemos por orar con varios ángeles, puede ser una fuente de profundo enriquecimiento espiritual. 

Vemos, entonces, que trabajar con los ángeles para llenar toda la tierra con la gloria de Dios, es una vocación que hemos recibido de Cristo Jesús, y que debemos realizar en Él y a través de él. En virtud de nuestra comunión con Jesús y, a través de Él, con toda la creación, primero debemos esforzarnos por santificar todo nuestro trabajo y actividad durante el día entero. Es necesario escapar de la mentalidad secular que tiende a separar a Dios del mundo del trabajo diario. La adoración debe surgir continuamente del lugar de nuestro trabajo, así como del lugar de nuestra recreación. Así, el ritmo de nuestra vida se marca por el grito de los ángeles: «Toda la tierra está llena de tu gloria». Esto provoca una verdadera transformación y santificación de la creación. Pero aún más, el hombre también logra su autorrealización más completa, de modo que su propia vida se convierte en un himno a la alabanza y la gloria de Dios: “¿Pues qué es lo que el hombre aprende al alcanzar el mundo angélico, sino es, el que la creación alaba a Dios, lo alaba, desde la última estrella hasta la menor brizna de hierba? … Porque él solo llega a estar allí elevándose cada vez más alto sobre sí mismo … [i] por lo tanto, es apropiado que al final esté presente con los ángeles solo como una canción, y como canción se derrama ante Dios” (Eric Peterson, p. 48). De esta manera, el agua que fluye desde el corazón de la Ciudad de Dios en el cielo, regresa una vez más a Dios, después de haber llevado a cabo la buena voluntad de Dios y logrado lo que fue enviado a hacer (cf. Is 55, 10-11). 

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La Ciencia de la cruz - El Amor a la Cruz - Cuaresma 2020

El amor a la cruz

En la liturgia del Viernes Santo, en la segunda parte del rito, la Iglesia celebra la ‘Adoración a la Santa Cruz’. El celebrante muestra la cruz al pueblo y canta “Ecce lignum crucis in qua pependit Deus” (“Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”), y el pueblo responde cantando “Venite adoremus” (“Venid a adorarlo”), acompañando la aclamación con una genuflexión. Luego, se hace la adoración a la cruz, en la que el sacerdote, los ministros y el pueblo se acercan en forma de procesión, hacen la genuflexión y, según la costumbre, besan la cruz como un acto de adoración y agradecimiento. El ósculo a la cruz expresa el amor al Crucificado, y se venera la cruz como instrumento de nuestra salvación.

También es conocida la costumbre de besar la cruz en otros momentos, como expresión de nuestro amor al Crucificado. Los religiosos besan la cruz, por ejemplo, en el momento de su consagración; el moribundo besa la cruz abandonándose en el amor de Dios; el pecador besa la cruz reconociendo y aceptando a Jesús crucificado como su Salvador y Redentor. Al besar la cruz no besamos el dolor en sí, sino el fruto que Cristo mereció por nosotros a través de su Pasión y su muerte redentora.

Los cristianos tienen claro que deben amar al Crucificado, a Jesús, que murió por amor, pero la cuestión es: ¿puede existir un “amor a la cruz”? ¿Podemos amar el símbolo de la cruz? Si entendemos la cruz no como símbolo del dolor, sino también como símbolo de victoria, entonces se entiende que se puede amar la cruz, aunque pasando necesariamente por el dolor, para llegar a la victoria.

            Entonces, si hablamos de la “ciencia de la cruz”, entendemos con eso un camino de espiritualidad, porque consideramos la cruz como un camino de salvación. San Pablo lo advierte, y su predicación es fuerte: «pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos [tropiezo], y locura (insensatez) para los gentiles. Pero para los que son llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios» (1 Co 1, 23-24). «Porque para los que se pierden, el mensaje de la cruz es locura; pero para nosotros que somos salvados, es fuerza de Dios» (1 Co 1, 18). «Pero en cuanto a mí, nunca suceda que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6, 14).

            ¿Por qué el Apóstol de los pueblos puede hablar así? Porque no ve la cruz como un mal, sino como un símbolo que nos revela el amor salvífico de Dios. Pero, como no todos comprenden esto así y creen que el dolor es algo malo que no debería existir, rechazan la cruz. Como la cruz es un desafío difícil, ella también tiene muchos enemigos, que no han conocido el amor de Dios que se revela mediante este símbolo: «Porque muchos andan por ahí, de quienes os hablaba muchas veces, y ahora hasta lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo» (Fil 3, 18).

            Pero, si la cruz es la revelación del amor de Dios, entonces también deberíamos amar la cruz, porque Dios aceptó el dolor sobre sí para que conociéramos la profundidad de su amor. Jesucristo «reconcilió con Dios Padre a ambos (el pueblo judío y los paganos) en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en ella a la enemistad» (Ef 2, 16).

Los Ángeles y la ciencia de la cruz

Si conociéramos la actitud del Santo Ángel de la guarda, que no es egoísta, sino cuya felicidad es servir, probablemente nos sentiríamos avergonzados, ya que:

  • El Ángel de la Guarda es aquel que da adoración perpetua a Dios (cf. Mt 18, 10), mientras que nosotros estamos más atentos a nuestro yo, al mundo, a los cuidados, a la adulación del maligno.
  • El Santo Ángel, enviado para auxiliarnos (cf. Hb 1, 14), se ofrece continuamente al Señor por nosotros, mientras que nosotros solo queremos recibir en vez de dar y pensamos sólo en nosotros mismos.
  • El Ángel de la guarda es aquel que siempre lucha por nosotros, mientras que nosotros nadamos con la corriente, dejándonos llevar por la cobardía, el respeto humano y la ganancia.
  • El Ángel de la guarda es aquel que siempre nos quiere conducir (guiar), mientras que nosotros queremos ser libres, y entonces perdemos el camino.
  • El Ángel de la guarda es aquel que nos ama con un amor abnegado (que se niega a sí mismo), y nosotros hacemos poco caso de él, a veces con falta de respeto.
  • El Ángel de la guarda es aquel que nos defiende cuando el maligno de repente nos ataca; incluso, ante el tribunal, él será nuestro defensor.
  • El Ángel de la guarda y San Miguel tratan por todos los medios de dirigir la mirada del alma hacia la misericordia de Dios.
  • El Ángel nos da a conocer la cruz como vida, fuerza [verdad] y amor.

Parece que la cruz se opone a la vida porque significa muerte, pero, por el contrario, significa vida. En Dios Padre, la cruz se vuelve vida. En atención al Hijo, el Padre nos concede la palabra para que el hombre pueda conocer la verdad.

Parece que la cruz significa debilidad, pero es la fuerza de Dios. Por medio del Padre, la cruz se vuelve realidad y vida y, por medio del Hijo se vuelve verdad y división (separación). La cruz se revela como señal de combate y como la mejor arma.

Parece que la cruz se opone al amor, porque significa un juicio inexorable, pero al contrario, significa Misericordia. La cruz significa amor y repatriación (reconducción) a Dios por el Espíritu.

Los Ángeles ven la cruz como la causa de toda prueba. La prueba del Ángel fue una prueba de conocimiento, obediencia y fidelidad. La creación entera y el hombre sufren “dolores de parto”, mas, por la cruz, el dolor se transforma en purificación. En el fin de los tiempos, la creación será purificada y librada de toda influencia diabólica.

El Ángel nos enseña siete virtudes que podemos aprender con la cruz:

  • Diciendo sí a la cruz, aprendemos                                la entrega.
  • Contemplando la cruz, aprendemos                             la reverencia.
  • Soportando el sufrimiento en la cruz, aprendemos   la fidelidad.
  • Intercediendo clavado en la cruz, aprendemos          la caridad.
  • Silenciando en la cruz, aprendemos                             la sabiduría.
  • Guardando la calma en la cruz, aprendemos              la esperanza.
  • Mirando a Dios a través de la cruz, aprendemos        la fe.

El espíritu del mundo no es capaz de amar la cruz, el espíritu del mundo la declara una locura, y cuando la Iglesia es atacada, es precisamente por causa de la cruz: por la cruz del celibato, la cruz de la indisolubilidad matrimonial, la cruz de la disciplina y de la renuncia, etc. La Iglesia fue instituida por Dios, y el amor a la cruz es la simpatía con el Crucificado, aunque la naturaleza se resista.

El Santo Ángel exhorta: quédate paciente, tranquilo, silencioso en Dios. Esto es lo ideal. Domina tu naturaleza para que no se rebele. Los místicos siempre unen su contemplación de la Pasión a la contemplación de la paz. El cristiano tiene paz en su alma y, frente a esta paz, todas las otras alegrías y placeres no son nada. La paz que Jesús quiere dar, la paz profunda, es siempre un regalo de Dios. También el amor a la cruz es un regalo de Dios, no lo podemos merecer. El cristiano recorre su camino en profunda paz, con humildad y disponibilidad. Quiere amar a Jesús e imitarlo en su vida y en su Pasión. Si el alma posee el amor a la cruz, nada la perturba, y si llegara al martirio, Dios le daría la gracia de la paz de los mártires. La contemplación de la Pasión no asusta al alma, pues esta permanece en paz.

La gratitud y el alma que ama la cruz

Nuestro corazón es como el campo, y el amor de Dios se parece al grano de semilla que debe crecer. Siempre dependerá de nosotros que este grano brote y produzca frutos: el campo se debe preparar con tierra buena para que sea fecundo, a través de la vigilancia, la oración, la disciplina de la voluntad, el querer hacer el bien y a través del ofrecimiento de sacrificios hasta el punto de desembocar en el amor a la cruz.

El amor a la cruz es aquel amor que ha llegado a su perfección cuando el alma está plenamente agradecida, cuando ha conocido el infinito amor de Dios y no quiere otra cosa que corresponder de alguna manera a este amor. Cuando descubrimos que hemos sido amados primero y que hemos recibido la salvación sin ningún mérito por nuestra parte, sino por pura misericordia, entonces comenzamos a valorar la cruz, a considerar al Señor crucificado como el esposo que se sacrifica por nuestra alma. Y el alma sabe: “un amor sin cruz quedaría vacío y sin sentido”.

El alma que ama a Dios es aquella que mira hacia al Traspasado; para ella, la cruz es como un libro donde se aprende la ciencia del amor. Juan Tauler dice: «Hay solamente un libro, y este libro es una página: el madero de la cruz y los clavos. En esta página están escritos todos nuestros pecados y al mismo tiempo el precio de rescate, la sangre de Cristo». Sobre tal misterio de amor no se puede discutir, solamente orar y meditar, para comprenderlo, porque contiene la sabiduría de Dios.

Por eso, un alma que ama la cruz tiene que ser un alma de fuego, con un corazón fuerte y llena de nostalgia de Dios. Es un alma que vive con el corazón como perforado, que siente en el corazón el dolor de la contrición y la pena por no poder amar a Dios como debería y como Él lo merece.

Un día de amor a la cruz debe ser un día lleno de entusiasmo. Quien diariamente medita el viacrucis, se enamora de la cruz; no pierde tiempo, al contrario, su camino será la repetición del viacrucis de María. El día viernes será un día lleno de gracia para quien medita la Pasión del Señor.

Muchos piensan que el amor es lo más fácil de este mundo, pero es porque no se habla de la caridad, sino del amor sensual, de la búsqueda de satisfacción, de la búsqueda de felicidad. Al contrario, aquel amor que viene directamente del Corazón de Dios va andando un largo camino hasta llegar a la profundidad de nuestras miserias.

En el alma que ama la cruz existe como una contradicción, una paradoja: mirando al Crucificado, el alma que se arrepiente de sus pecados siente dolor, pero el amor hace dulce el dolor. El alma comienza a amar al Crucificado, quiere dar una respuesta y comienza a amar tal respuesta, aunque se trate de un sacrificio que cuesta. Quiere agradar al Amado y quiere ayudarlo a cargar la cruz como un Simón de Cirene. Primero la rechaza, pero después se siente feliz de haber ayudado.

Por el alma que se une al sufrimiento de Cristo corren ríos de gracias divinas del Corazón de Jesús. Amar la cruz significa colocarse debajo de ella, junto a María y a Juan, para participar en los dolores del Crucificado, para sentir con Él y recibir la herencia, acogiendo la Sangre redentora.

El tiempo de Semana Santa es el corazón de todo el año litúrgico, porque «cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Únicamente por la ciencia de la cruz llegamos a superar la distancia con Dios. El sentido profundo de la mística de la cruz es orar, mirar y unirse al Crucificado.

Concluimos:

Si uno quisiera destruir al cristianismo, no lo conseguiría matando a los cristianos, sino eliminando la sensibilidad del amor al Crucificado. Un pueblo indiferente ante la cruz ya no sería un pueblo cristiano.

Los primeros cristianos que celebraron la Semana Santa en Jerusalén se acercaron con profunda reverencia a venerar la cruz el Viernes Santo y dejaron inflamar sus corazones por este amor.

Nosotros también podemos elevarnos hacia este amor a la cruz, mirar a través de la cruz y a través de nuestra propia cruz, ver tras ella el amor salvador. Entonces ya no tendremos miedo de que Dios nos pueda abandonar. El amor de Dios llegará como respuesta desde lo alto e infundirá en el corazón humano un amor ardiente, el amor a la cruz, en el caso de que el hombre abra su corazón.

El alma, que debe estar libre del espíritu del mundo, debe gritar en su aflicción: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Entonces se realizará su unión con el Crucificado. Jesús decía a santa Gertrudis: «A quien ama la Santa Cruz, YO nunca lo olvidaré ».

Las verdades más difíciles de comprender son al mismo tiempo las verdades más simples, y el hombre simple las acepta porque no tiene duda y porque tiene fe, confianza y fuerza suficientes. Si quisiéramos resumir todas las devociones, se llegaría a la única devoción, que es la devoción a la Santa Cruz. Pero, ¿cómo se llega a esa devoción? Se debe vivir el Viernes Santo, se debe aprender a rezar y a meditar en la condenación del Inocente. Debe ser objeto del interés del cristiano cómo murió y de qué murió Jesús. Eso es lo que les interesa a los místicos: experimentar y revivir la Pasión de Cristo. A partir de allí se llega a la verdadera oración, que es cuando el hombre ora con todo su ser. Existe el amor a la Santa Cruz, el amor vivo al Salvador, que es capaz de hacer arder los corazones.

Cuando la Santa Cruz ya no es algo extraño para mí; cuando la cruz no es un instrumento de tortura, sino que es gracia, salvación y amor; cuando la obra de la Salvación ya no es un medio para alcanzar la finalidad de mi devoción, sino que me inundo en amor, entonces llego a lo que podemos llamar amor a la cruz. 

Unión con el Crucificado

Hay dos actitudes en la veneración de la cruz: existe un ‘nosotros’, en el cual la persona se identifica tan plenamente con el Salvador que quiere permanecer continuamente en unión con Él, y por eso quiere estar unida al Sacrificio de la Cruz (a la Misa y a la Pasión). Es diferente de la simple veneración de la cruz, en la que, aun siendo esta el único camino de salvación para llegar a Dios, uno la lleva forzadamente. Pero el amor da alas que elevan el alma hacia dentro del Corazón de Dios para que sea uno con Él. Se ama la cruz porque fue la señal y la ocasión de que el amor divino apareciera.

En el alma enamorada que se ve privada del objeto de su amor, aumenta la nostalgia, y por este amor, que se difunde desde el Corazón divino, experimenta este dolor del momento de la crucifixión. Y si la creatura busca este amor de nuestro Señor, de repente la cruz se envuelve en una gloria inesperada. Antes la cruz era digna de veneración por ser instrumento de la salvación, pero ahora, glorificada por el amor, el amor fluye entre Corazón y corazón. Este amor es precisamente el amor a la cruz, en la altura donde se exige la consumación del amor a Cristo. En este momento, la cruz ya no es más instrumento de tortura, sino un diálogo con el Crucificado. Este Cristo en la cruz no se queja a causa de sus dolores, sino a causa del amor que no es correspondido, a causa de la sed de salvar almas. De esta manera, la cruz se vuelve revelación del amor divino. La culpa, el pecado, el castigo y la condenación se transforman en un diálogo de confianza entre las almas enamoradas.

La unión con el Crucificado se vuelve así de íntima porque Él revela al alma lo íntimo de su Corazón. Esta experiencia de unión íntima es el amor a la cruz. El alma se identifica con el Crucificado y siente amor y compasión como una madre con su hijo. En la unión del sufrimiento, el alma ha superado la condenación y comienza a componer y cantar cánticos a la cruz. El amor a Cristo comienza a arder hacia el Crucificado y a entregarse enteramente a Él. El alma entra en el campo de la expiación.

En la altura de amor no se trata de que se cumplan o no los mandamientos, sino de la capacidad del corazón de asimilar este amor redentor. Lo más difícil es que el alma ama con toda su intensidad, sin división interior, porque está totalmente envuelta por el amor de Dios. Este amor a Dios está en el centro de su alma. Se trata de la intensidad del alma. La cruz, por eso, puede ser la mayor acusación, pero, cuando el alma está saciada de este amor, el amor a la cruz produce como efecto la santa pobreza en el espíritu.

El núcleo del cristianismo podríamos encontrarlo en las bienaventuranzas, pero, finalmente, quedaría resumido en el amor a la cruz. No es un amor como deber o como requerimiento, sino consiste en una simpatía interior con la cruz. No importa si muchas cosas molestan en la vida, o cuántas veces el alma se rebela contra la cruz, o cuántas otras se asusta ante ella y huye del sufrimiento; lo importante es que, al final, será capaz de aceptar la cruz con sus exigencias.

No se trata de que uno le tenga o no le tenga miedo al dolor, sino de una actitud en la que uno quisiera siempre agradar al Señor, consolarlo y solidarizarse con Él. No sería una actitud cristiana llevar en sí una antipatía hacia la cruz, porque luego también el propio Señor se nos volvería extraño.

San Francisco, el santo seráfico del amor, buscó el amor durante toda su vida, hasta que se encontró con el Señor crucificado. En él descubrimos un verdadero amor a la cruz. No sería tan difícil soportarla si supiéramos que Dios no se ha olvidado de nosotros. Pero, al mismo tiempo, es parte del sufrimiento precisamente este abandono, que exige una gran confianza en Dios.

Deberíamos desprendernos del espíritu mundano y cultivar el amor a la cruz; solo entonces seríamos cristianos fervorosos. El cristianismo, el amor a la cruz y la entrega total no son cosas que se expresan cuantitativamente, no es algo que podemos sumar y juntar a otras devociones, sino es aquello que penetra todo lo demás. Para el cristiano debe ser lo más natural sentir simpatía por la cruz y no rechazarla, porque la cruz da respuesta a todos los problemas. 

Frutos del amor a la cruz

            ¿Por qué el “amor a la cruz”? Muchas personas se asustan, aunque todos queremos la cruz como símbolo de victoria. En profundidad, la cruz significa salvación de la miseria del dolor y de la oscuridad, y, sin embargo, es como la puerta estrecha para la bienaventuranza eterna. Adoremos a Dios, quien nos propone la cruz como un puente que puede llevar al cielo. Pero, para llegar al amor a la cruz, debemos unir el amor al sacrificio; eso ayudará a soportar el peso.

Si vemos el sentido positivo de la cruz, podemos ciertamente afirmar las frases que presentamos aquí para ser meditadas. Entonces, una espiritualidad de la cruz producirá muchos frutos:

– Si una cruz va a tu encuentro, salúdala, porque una cruz nunca es tu enemiga.

          La cruz viene de Dios y no del diablo, y todo lo que viene de Dios es bueno. La cruz significa prueba, pero la prueba no es algo malo, sino es la oportunidad para dar una respuesta adecuada de amor, para dar a Dios lo que Él merece.

– Cuanto más prontamente abras tu corazón a la cruz, con mayor seguridad podrá Dios cimentar en él el signo de la victoria.

          Dios nunca ha sido vencido. La cruz no es símbolo de derrota, sino símbolo de victoria, por eso la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz como fiesta de la gloria de la cruz.

– Amar la cruz del Señor íntimamente es una gracia, pero llevar esta cruz en la realidad, siguiendo sus pasos, es un cruento lagar de Dios.

          Cuando el alma se encuentra en la prueba, debe saber que cada cruz pasa.

– Nuestro estudio más importante es el amor de nuestro Señor en la Cruz.

          Estudiar la ciencia de la cruz significa considerar los diversos aspectos en que Dios Amor revela su amor hacia las creaturas.

– Aquel que no ha experimentado a Dios, nunca ha aprendido a amar la cruz.

          Dios es belleza, y experimentar a Dios significa llenarse de un gran entusiasmo. Solamente así seremos capaces de amar la cruz.

– La cruz es tu sello, tu protección y tu marca distintiva en el juicio.

          A partir del bautismo llevamos esta marca en nuestra frente. Cualquier oración la comenzamos con la señal de la cruz.

– Si amas la cruz, ella te sustentará.

          Al contrario, quien rechaza la cruz, siente más su peso, que lo aplasta.

– El hombre madura con el sacrificio, y todo amor puede madurar sólo con el sacrificio de la cruz.

          Sólo en la cruz se aprende la sabiduría. Con la sabiduría aprendida en la cruz, el hombre sabrá aconsejar.

– Ama cada cruz como si sólo con esta cruz pudieras alcanzar la bienaventuranza; pero considera tu amor como nada (es decir, no te compadezcas ni te admires por eso).

          Muchas veces no estamos contentos con la cruz que llevamos, y miramos a otros y deseamos una cruz más ligera. Pero es nuestra propia cruz la que nos llevará al otro lado, donde está el cielo.

– Seamos portadores de la cruz por amor; entonces, le saldrán alas.

          Si estamos conscientes de que es Jesús quien carga la cruz por nosotros, entonces ya no la sentimos pesada, sino que sentimos como si tuviera alas y nos cargara a nosotros.

– El valor de decir sí a la prueba, a la cruz y a la humillación, produce más tranquilidad en el corazón que si hubiéramos luchado a fuego y espada para conseguir esa paz.

          La criatura tiene paz cuando comienza a entender que las dificultades tienen sentido porque son queridas por Dios.

– Mejor toda una vida bajo la cruz que sin la cruz.

          Quien nunca tiene que esforzarse y quien nunca pasa por ninguna dificultad, no aprende a amar.

– No necesitamos de ninguna otra arma sino de la cruz; la ciencia de la cruz es nuestro código de honor.

          Los estudiantes de derecho quieren estudiar la justicia, los estudiantes de la ciencia de la cruz quieren aprender el amor.

– La cruz más pesada es siempre la que uno mismo se fabrica.

          En el fondo, la cruz más pesada es el cargo de conciencia, el sentimiento de culpa.

– En la cruz los Ángeles y los hombres son siempre aprendices.

          También los Ángeles quedaron sorprendidos, pues no esperaban la muerte de Dios en la Cruz.

– La cruz es la llave de la puerta del cielo.

          Quien está en la cruz inspira la compasión de Dios, y a este, Dios le abre el Corazón.

– Sólo quien de verdad la ama, puede cantar con los Ángeles el Cantar de los Cantares de la cruz.

          El Cantar de los Cantares del amor es el himno a la cruz.

Nuestros propósitos para esta Cuaresma

  • Un amor a la cruz más íntimo y más práctico: máxima severidad en evitar todas las falsedades, mentiras por necesidad, disculpas, exageraciones, engaños y auto justificación.
  • Eliminar toda crítica sin caridad (incluso cuando sea “verdad”) de los labios y del corazón.
  • Empeñarnos en la oración, meditación e invocación a nuestros Santos Ángeles, para poder discernir correctamente entre lo claro y lo oscuro, lo verdadero y lo falso, lo necesario y lo inútil, lo bueno y lo malo. El príncipe del mundo está al acecho hoy más que nunca, y el hombre, de la mano del Santo Ángel, tiene el deber de mantenerse a sí mismo y a los demás fuera de peligro.
  • Un diálogo diario con María (sin libro de oración), tal como los hijos lo hacen con su madre.
  • No huir de las dificultades; vencerlas con calma, paciencia y la prudencia del amor.
  • Aspirar a una mayor unidad a través de la intercesión, de la prontitud para ayudar y del envío de los Santos Ángeles de la guarda, a fin de que todas las dificultades sean soportadas en común, aun cuando no lo sepamos conscientemente (los Ángeles tratan nuestras peticiones con gran amor).
  • ¿Seré feliz si voy a vivir la Pasión?, ¿seré feliz viviendo una Cuaresma de penitencia, renunciando a mí mismo? ¡No hay felicidad más profunda que aquella que es fruto del amor! Y a partir del misterio de la cruz, el amor se vuelve fecundo hasta el máximo.

Oración final

El canto de la Cruz después de la resurrección del Señor (Aprobado por el delegado de la Santa Sede, el 9 de octubre de 2004)

 ¡Te saludamos, Santa Cruz, testigo de la obediencia de nuestro Señor Jesucristo.

Él recorrió la tierra sirviendo y edificó con su Sangre una nueva casa para la humanidad. ¡Él, el Salvador!

¡Te saludamos, Santa Cruz, nobilísimo andamio de la esposa de Cristo, la Iglesia! ¡Por tu poder se hace pedazos el asalto del infierno, y por tu madero, la Iglesia lleva a sus hijos a la victoria de la resurrección para la vida eterna!

¡Te saludamos, Santa Cruz, ancla de salvación para todos los caídos, portadora de esperanza!  ¡Quien se aferra a ti encontrará el puerto salvador y a Jesús, el Redentor!

¡Te saludamos, Santa Cruz, señal distintiva de expiación!  ¡El corazón que abres se vuelve semejante al Señor en la Cruz, Él, que dio su vida por nosotros como expiación y resucitó en gloria!

¡Te saludamos, Santa Cruz, baluarte contra el abismo, defensa contra las flechas venenosas del infierno! Proteges la paz de los corazones y la lámpara del alma de los que esperan al Señor.

¡Te saludamos, Santa Cruz, antorcha luminosa de salvación, que siempre se renueva ardiendo en los miles de corazones de los redimidos que contigo acompañan al Resucitado en su marcha triunfal!

¡Te saludamos, Santa Cruz, señal de victoria de la pobreza! ¡Los que se desprendieron del mundo te llevan con alegría al banquete celestial con su Señor y Dios!

¡Te saludamos, Santa Cruz, mensajera de la salvación! ¡Eres la señal distintiva de la credibilidad de nuestra misión de conquistar el mundo para Cristo!

¡Te saludamos, Santa Cruz, misterio del amor del Padre por el Hijo, para llevar a los suyos por ti a la gloria de Dios y desde cuya profundidad también el corazón humano clama a Dios!

¡Te saludamos, Santa Cruz, compañera fidelísima en todas las sendas de la vida! Tú proclamas la eterna fidelidad de Dios, que triunfó sobre la infidelidad del mundo y nos abrió el nuevo camino.

¡Te saludamos, Santa Cruz, maestra del silencio, presagio fatídico para nuestros pecados de palabra! Sálvanos por la Sangre de Cristo que por ti se derramó en la tierra silenciosa, para que nosotros nunca tengamos que callar para siempre, más bien, al contrario, podamos dar gloria a Dios y alabarlo por toda la eternidad.

¡Te saludamos, Santa Cruz, llama que arde sobre toda la creación! En ti el Hijo del hombre vendrá con sus Ángeles para juzgar a vivos y muertos. Se tú la señal de la salvación en nuestra frente, para que podamos seguir jubilosos la llamada de los Ángeles. Amén.

Categorías
Ángeles

CC-5 Veneración a los Ángeles

La veneración a los santos Ángeles

CARTA CIRCULAR 1997 / 2

De la teoría a la práctica

Los fines principales de la Vida Espiritual

La primera finalidad de toda piedad cristiana y, por lo tanto, también la de una veneración auténtica a los santos Ángeles, es el crecimiento en el amor, para que amemos a Dios con un corazón puro, busquemos Su honra y vivamos en perfecta armonía con Su santa voluntad. De esta manera nos asemejamos a los santos Ángeles y podemos compartir su alabanza: Bendecid al Señor, todos sus Ángeles, sus héroes poderosos… (Sal 103, 20-21).

La segunda finalidad de la veneración a los santos Ángeles, es el aumento correspondiente del amor al prójimo. El amor al prójimo (aquí están también incluidos los santos Ángeles) no disminuirá o perjudicará nuestro crecimiento en el amor a DIOS, porque por DIOS amamos a nuestro prójimo.

Estas dos finalidades se relacionan perfectamente con la misión de los santos Ángeles, quienes nada desean más ardientemente, que guiarnos a Dios, hacia su Divino Corazón, que será entonces el lugar que Él nos preparó (cfr Ex 23,20). Porque Jesucristo es el camino hacia el corazón del PADRE (cfr Jn 14,1ss), por eso, los santos Ángeles se empeñan arduamente en preparar el camino para la venida de CRISTO a nuestras almas. Como Juan Bautista, también ellos se alegran de escuchar su voz y desean, que Él crezca, en cuanto ellos alegremente le están disponibles como siervos suyos, lo que también está indicado en el catecismo: CRISTO es el centro del mundo de los Ángeles. Los ha hecho mensajeros de su designio de salvación (CIC 331).

¡Qué importante es entender esta característica fundamental de la vida espiritual! Es necesario, que conozcamos bien a nuestros ‘con-siervos’, los santos Ángeles, para poder co-actuar mejor con ellos; pero es igualmente importante, que aprendamos, cómo debemos colaborar con ellos en la oscuridad de la fe, ya que ellos, en general, actúan invisiblemente. Aún así, son realmente nuestros ‘con-siervos’. Tenemos un mismo Señor, una misma misión y un mismo destino. Esta unión repercute en la misma liturgia común, la cual une a toda Iglesia, y sobre la cual está escrito en el catecismo: En su liturgia, la Iglesia se une a los Ángeles para adorar al Dios tres veces santo; invoca su asistencia… Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los Ángeles y de los hombres, unidos en Dios. (CIC 335,336).

Cuando la vida espiritual se enfría

Los principiantes en la vida espiritual recurren con gusto a cada libro que cae en sus manos, sea sobre la vida espiritual o sea sobre los santos Ángeles; invocan a los Ángeles para todos los auxilios y servicios posibles. Estas actividades espirituales exteriores, sin embargo, no pueden dar una alegría permanente, porque la alegría verdadera viene solamente de la unión íntima con DIOS. Por esta razón, después de un celo inicial, el entusiasmo de muchos comienza a disminuir. La imperfección del amor a sí mismo, que también mancha su amor y su servicio a DIOS, no solamente son causa de tristeza y confusión que agobian a estas almas. También la falta de experiencia e ignorancia en la vida espiritual son determinantes aquí.

¡Cualquier novedad tiene siempre su sensación especial! Pero en breve, cuando la novedad perdió su encanto, una vez que han pasado las consolaciones iniciales, los fieles tienen que saber, cómo pueden hacer progresos en la monotonía del día a día en la vida espiritual. Luego viene el momento, cuando las almas deben abstenerse de la leche espiritual y necesitan tomar un alimento más sólido. Les di a beber leche y no alimento sólido, pues no podían digerirlo, y todavía no pueden hacerlo ahora. Ni aun ahora lo soportáis, declara san Pablo (1 Cor 3,2). Y el autor de la carta a los Hebreos escribe: Pues todo el que se nutre de leche, desconoce la doctrina de la justicia, porque es niño (Hb 5,13).

Si las almas no están dispuestas a abstenerse de la leche de la minoría de edad espiritual, no llegarán a la perfección, ni podrán cultivar un contacto fructuoso con los santos Ángeles. Y ya que esta abstinencia es dolorosa, los fieles deben ser animados y movidos: La caridad es, por lo tanto, cumplir la ley en su plenitud. Y esto, teniendo en cuenta el momento en que vivimos. Porque ya es hora de levantarse del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro (Rm 13,10-13).

A continuación queremos recorrer el ABC de la vida espiritual, para que demos a nuestro esfuerzo una finalidad y orientación, perseveremos aún en la oscuridad y así podamos llegar a la unión con DIOS y a una amistad íntima con los santos Ángeles. Éste será el inicio de una serie de Cartas Circulares sobre los fundamentos de la vida espiritual, que nos enseñarán, como podemos crecer de la mano de los santos Ángeles.

I. ¡Es posible un trato familiar con DIOS!

Nuestra primera lección se compone de tres consideraciones simples. Aún, siendo de importancia fundamental para la vida espiritual, muchas veces son olvidados o ignorados. El primer punto es el siguiente:

La Amistad y la Unificación con DIOS es posible para todos. ‘El PADRE nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos’ (cfr Col 1,12). La condición fundamental es la gracia santificante, por la cual hemos sido transformados en templos vivos de DIOS, en los cuales inhabita la santísima Trinidad gozosamente. La inhabitación mutua es la característica esencial para una amistad amorosa. El afecto amoroso de DIOS hacia nosotros no puede ser mayor de lo que es; existe desde toda la eternidad. DIOS nos amó primero y se inclinó hacia nosotros: Nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor (Ef 1,4). Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Rm 5,8).

El amor de DIOS es como el sol brillante del mediodía. DIOS ha hecho brillar una luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de DIOS que está en el rostro de CRISTO (2 Cor 4,6), Quien es la verdadera luz que ilumina a todo hombre y que vino a este mundo (cfr Jn 1,9). El profeta nos asegura: El Señor será tu luz eterna y tu Dios será tu gloria (Is 60,19). San Pablo declara: Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. (Ef 5,8).

La luz divina de la gracia viene principalmente a través de los santos Ángeles, que DIOS hizo como llamas de fuego (cfr Hb 1,7; Sal 104,4). Así, el Ángel del Señor apareció a Moisés en una zarza ardiente (Ex 3,2). En el Nuevo Testamento encontramos a un Ángel, que baja del cielo con gran poder y la tierra queda iluminada con su resplandor (Ap 18,1; cfr 10,1). DIOS envía a sus Ángeles como mediadores invisibles de su luz y de su amor en nuestra vida: Yo, JESÚS, he enviado a mi Ángel para darles testimonio de lo referente a las Iglesias (Ap 22,16). Ellos adaptan para nosotros la luz de la sabiduría divina e infunden este rayo de la bondad divina en nuestros corazones. San Juan de la Cruz describe, cómo la luz divina brilla a través del Ángel:

Esta sabiduría [que purifica e ilumina a estas almas] sale de DIOS y pasa por las jerarquías más altas de los Ángeles hasta las más bajas, a los hombres. Así, las obras que realizan los Ángeles y las inspiraciones que dan, como se lee en la Sagrada Escritura, son realizadas en el sentido más verdadero por DIOS y por ellos, porque generalmente Él las dirige a través de los Ángeles y éstos del mismo modo las dirigen del uno al otro sin tardanza, así como el rayo del sol se comunica por muchas ventanas de vidrio que están en la misma fila. En cuanto el rayo del sol traspasa cada una de las ventanas, éstas comunican respectivamente este rayo, según la forma de cada una de ellas. El hombre es el último miembro, hacia el cual se derrama esta visión amorosa… (Noche oscura, libro II, cap. 12, nn.3,4)

Si DIOS envía a su Ángel, éste recibe el poder de llevar a buen éxito su misión. Porque DIOS y el Ángel son fieles y confiables, el éxito depende, por lo tanto, de nuestra colaboración. Si los rayos del sol de la gracia divina no penetran profunda y regularmente a nuestra alma -calentándonos e iluminándonos-, entonces es, porque las ventanas de nuestro corazón están sucias, y así impiden la penetración de la luz. Tenemos que limpiarlas, y con toda seguridad, la luz entrará. San Pablo nos exhorta: Teniendo, pues, estas promesas, queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de DIOS (2 Cor 7,1).

Ninguna empresa es más meritoria, y ninguna pena DIOS recompensa con más gracia y ayuda angelical, que nuestra aspiración a la unión con Él. En el esfuerzo sincero hacia la santidad podemos estar seguros de que nuestra voluntad se conforma a la voluntad de DIOS. La fe nos da la certeza, de que DIOS dirige y guía todas las cosas para que lleguemos a ser santos. Por eso mismo, DIOS creó el mundo, se hizo hombre y murió por nosotros; por eso nos envió su ESPÍRITU SANTO y a sus Ángeles, porque ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? (Mt 16,26).

Para disfrutar la amistad con DIOS en esta vida, Él debe ser buscado perseverante y sinceramente. No basta, sólo esperar que lleguemos a ser salvos justamente después de la muerte (y, a través del purgatorio) y luego ser llevados al cielo. Una aspiración auténtica hacia la unión con DIOS, fortalecerá nuestra esperanza para la vida eterna. Una voluntad férrea engendra la paciencia que es una virtud que engendra la esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de DIOS ha sido derramado en nuestros corazones por el ESPÍRITU SANTO (Rm 5,4-5). Esperanza y amor se fortalecen mutuamente, razón por la cual, los santos se destacan tanto de los otros hombres:

            Mi alma anhela los atrios del Señor. Mi corazón y mi carne se regocijan en el Dios vivo. Bienaventurados los que habitan en tu casa: cantan siempre tus alabanzas. Bienaventurado el que en ti encuentra su fuerza y tiene su corazón puesto en tu camino santo… Su vigor crece en el camino, hasta que se presenta ante Dios en Sión. (Sal 84,3.5.6.8).

La amistad con DIOS no solamente es grata; la unión con Él anima también todas las empresas de nuestra vida y les da dirección y terminación. ¿Podría un hombre, que después de larga ausencia regresa a su mujer amada, quizá haber encontrado su paz o su placer, en haber desviado conscientemente los pasos de su destino? Si su amor es grande, evitará todo desvío, por importante que sea. Breves tardanzas causan grandes dolores, si el amor es grande. Las cosas, que por sí mismas son agradables, pierden su dulzura, pensando en la tardanza que están provocando.

Al contrario, las dificultades y penas son dulces para el hombre, en cuanto son medios aptos, para llevarlo más cerca de sus amados. ¿Qué Madre, que perdió a su niño, interrumpiría su preocupante búsqueda, para irse de compras? Agitada en su amor, olvidará cualquier otra preocupación o vanidad. Cuanto más fuerte es el amor, tanto más directo y de prisa fluirá. El amor es como la fuerza de gravedad, hace notar santo Tomás de Aquino, porque la fuerza atrayente aumenta la velocidad (intensidad), en la medida que los objetos (los amantes) se acercan a su destino.

II. La seguridad del destino

Los teólogos dicen, que la última causa – el fin último – es la causa de todas las causas. Significa prácticamente, que el saber, la convicción y la firme esperanza de llegar al fin, es la clave para el éxito en la vida espiritual. Aquí, poco nos sirven los conceptos abstractos. Si no estoy realmente convencido de que la unión amorosa con DIOS es posible también para mí, mi vida espiritual permanecerá estancada. Ni siquiera un loco se sometería a algunas penas, si no tuviera la esperanza de gozar los frutos de sus esfuerzos. Si Jacob no hubiese tenido la esperanza de casarse con Raquel, ¿para qué habría trabajado siete años por ella? Si un campesino no espera una cosecha buena, ¿cultivaría y sembraría la tierra? Si un pescador no espera una gran pesca, ¿echaría sus redes?

Debido a que muchas personas consideran la santidad solamente como una posibilidad teórica, no se cuentan a sí mismas entre los candidatos para la unión con DIOS. «Esto, solamente es algo para los santos», dicen, y desanimadas por su propia miseria y debilidad, son tentadas a ignorar el hecho de que la salvación es imposible para los hombres, pero no para DIOS, porque todo es posible para DIOS (Mc 10,27). En la vida sobrenatural, DIOS viene a nuestro encuentro mucho más allá de la mitad del camino, porque Dios es el que, por su benevolencia, obra en ustedes tanto el querer como el hacer (Fil 2,13). Es su voluntad que den muchos frutos (cfr Jn 15,8). Envió a sus Ángeles para llevarnos a aquél lugar que Él nos ha preparado.

Muchas almas también están abrumadas, porque hasta ahora hicieron tan pocos progresos en conseguir la santidad, y por lo tanto, su futuro lo consideran bastante sombrío. Sin embargo, no deberían dejarse desanimar. ¿No fue llamado Abrahán y Moisés (por un Ángel), cuando ya tenían más que 70 años? Un alma, que por mucho tiempo había estado afligida por la sequedad y perturbación, hasta el punto de dudar del amor de DIOS hacia ella, por sus muchos pecados, recibió de su director espiritual esta firme promesa: «Es una verdad inmutable de fe, que DIOS la ama con un amor infinito y siente un deseo infinito de unirse con usted. Esta fe, en su respuesta amorosa a DIOS, es un fundamento más firme y más seguro, que miles de consolaciones que pasan, incluso siendo tan sublimes.» Estas palabras fueron como una luz que penetró el alma, y ella pasó varios días de intimidad rebosante con DIOS. Ella lo había buscado en las consolaciones, pero ahora lo encontró en la pureza de la fe. Y a esta fe, DIOS le respondió con una plenitud de consolaciones, para que esta verdad de fe se impregnara inextinguiblemente en ella.

La invitación de DIOS a la santidad comprende a todos. Todos son invitados al banquete nupcial. Los Ángeles serán enviados a las calles y caminos, para buscar a los pobres entre los pobres y los vagabundos. El Señor mismo ordenó a los siervos, que forzaran a los huéspedes de venir al banquete (cfr Lc 14,22). La iniciativa es totalmente de DIOS. No necesitamos dinero, para sentarnos a la mesa:

¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David. (Is 55,1-3).

Según san Agustín, DIOS no nos puede engañar. Nunca colocaría un deseo en nuestro corazón, que Él no quisiera satisfacer. En DIOS no hay discriminación o exclusión. Incluso el hijo pródigo será vestido de nuevo con el esplendor de la gracia. DIOS mismo provee el vestido nupcial. ¿No fueron todos esclavos del pecado?

Porque en Él nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor… éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Pero DIOS, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, cuando estando aún muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con CRISTO – por gracia habéis sido salvados- y juntamente con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en CRISTO JESÚS. (Ef 1,4; 2,3-6).

El que no perdonó ni a su propio HIJO, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él gratuitamente todas las cosas? (Rm 8,32).

Cómo se esconden los hombres ante estas manifestaciones innumerables del amor divino: unos por una especie de tristeza espiritual, que viene del maligno y siempre les deja pensar en su propia impotencia y miseria, en vez de mirar hacia el amor todopoderoso y misericordioso de DIOS; otros, al contrario, tienen disculpas, porque siendo agradable el llamado de Dios, también trae consigo un compromiso: Todos los fieles de cualquier estado, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (Lumen Gentium 40; cfr CIC 2013). ¡Ahí está el punto determinante! Francisco de Osuna, un místico español del siglo XVI nos presenta la siguiente argumentación:

Me imagino que usted todavía persiste, en que su edad o su posición, su temperamento, su enfermedad o sus talentos, le dispensan o excluyen de la unión [con DIOS].

Yo no sé, qué otra respuesta debo dar, sino las palabras del sabio: El que vive apartado, busca su capricho, se enfada por cualquier consejo. (Prov 18,1). Yo no sé, si sus disculpas le satisfacen, pero, por lo que a mí me toca, los encuentro inauditos y, para hablar con las palabras de san Agustín, no le creo de ninguna manera, porque nada puede extinguir la capacidad para amar. Si usted me dijera, que no es capaz de ayunar, de llevar ropa tosca, de trabajar o incluso de ver, yo le creería, pero decir, que usted no puede amar, es simplemente inaceptable. Si san Agustín dice esto acerca del amor hacia el enemigo, cuanto más entra en vigor en relación al amor a DIOS, Quien nos da razón incomparablemente más grande para amar?» (El tercer alfabeto. Clásicos de la espiritualidad occidental. Paulist Press, NY 1981, pp. 47-48).

III. Para la unión con DIOS, hay solamente un camino: dirigir nuestro corazón totalmente hacia El

Esta simple verdad, que para algunos también es dura, es la siguiente: sin dar importancia a la espiritualidad, que he decidido seguir y vivir, en un punto, todas las diversas corrientes son unánimes: La unión con DIOS solamente puede darse cuando, como los Ángeles, hayamos fijado la mirada de nuestro corazón totalmente en DIOS, porque yo os digo que sus Ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos (Mt 18,10).

Podemos comprender mejor esta verdad con una simple comparación: La búsqueda del reino de DIOS, ¿acaso debería costarnos menos esfuerzo que el buscar una moneda extraviada, una oveja perdida o una perla preciosa? Si los hombres no se disponen con una actitud correspondiente y decisión firme, nunca podrán hacer progresos mayores en la vida espiritual. Es la vigilancia del corazón, la mirada continua a DIOS, lo que por último, distinguirá a aquéllos de corazón puro – los verdaderos amigos de DIOS.

Queremos dirigir nuestra atención a dos formas de celo atento, que deberíamos poseer en nuestro correr hacia la unión con DIOS. Una es infundida por DIOS, la otra resulta de nuestros propios esfuerzos. La primera es como el fuego, que llamea del bastón del Ángel, consumiendo el sacrificio de Gedeón (cfr Ju 6,21); es una gracia especial que viene del Ángel. Respecto a tales gracias escribe san Ignacio:

Se le llama consuelo, cuando en el alma hay un movimiento interior, por el cual ella empieza a arder de amor hacia su Creador y Señor, y cuando por esta causa, no amará ninguna otra cosa creada sobre la tierra, excepto al Creador de todo. Lo mismo sucede cuando uno derrama lágrimas, que lo mueven hacia el amor de su Señor… (Ejercicios espirituales No 316).

Hay gracias muy grandes, principalmente dadas para este fin de mantener vivo el fuego, de fortalecer la fe, y no, porque serían un gran placer. Muchas almas se alegran solamente en las consolaciones, y olvidan guardar y alimentar el fuego del amor divino por su propio esfuerzo. Como consecuencia disminuye el fuego o se apaga totalmente. La exhortación de Francisco de Osuna es muy clara: Aquellos, que poseen este don [del celo infundido] o disfrutaron de este alimento, son llamados para apropiárselo más, porque el ardor y el deseo de DIOS, normalmente no duran mucho tiempo. (ibid. p.49).

Las almas deberían usar correctamente este don del celo vigilante, como las vírgenes prudentes, que habían comprado suficiente aceite, para que sus lámparas no se apagaran anticipadamente. Las consolaciones no tienen una finalidad en sí mismas, sino que son un medio para inflamar el alma con un ansia ardiente, para que ésta no disminuya en el servicio de DIOS y en el ejercicio de las virtudes. Esta resolución es una doble forma del celo. Tanto en el avance espiritual, como en medio de la sequedad, estas personas ya no se dirigirán a las consolaciones del mundo, sino que permanecerán inmutables en su ansia de contemplar el rostro de DIOS y no descansarán, sino solamente en Él.

Mi alma tiene sed de DIOS, del DIOS vivo. ¿Cuándo podré ver el rostro de DIOS? ¡Oh DIOS, Tú eres mi DIOS yo te busco, mi alma tiene sed de ti! (Sal 42,3; 63,1).

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Cartas Circulares

CC21 Pobreza que trae alegría

Adviento 2017: ¡La pobreza que nos trae alegría!

            La fiesta del amor de Dios Padre por la humanidad se acerca cada vez más y nuestros corazones sienten cada vez más el llamado a «Gaudete», «¡Alégrate en el Señor!» Es la fiesta del amor dado por el Padre celestial, lo más grande que nos pudo dar, que nos fue dado en Su Hijo. Y ese DIVINO HIJO, que se sienta eternamente en el Trono con el Padre y el Espíritu Santo, se vació de Su gloria y esplendor y se hizo tan pequeño, tan pequeño como uno puede llegar a ser, «un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). «Era rico y, sin embargo, se hizo pobre para enriquecernos a través de su pobreza» (2 Cor 8,9). Esta fiesta del amor generoso del Padre solo puede ser respondida dándonos a nosotros mismos, entregando nuestros corazones al Señor. Así también nosotros  queremos hacernos pequeños, como niños, pobres, despreocupados, queriendo solo una cosa: ¡Dios! poseyendo solo una cosa: ¡Dios! Porque la Navidad es la solemnidad de la primera de las ocho Bienaventuranzas que Nuestro Señor predicó en la cima de la montaña: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de Dios» (Mt 5,3).

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Ángeles

CC-4 Angel de Fátima 1

El Ángel de Fátima (1a. Parte) La primera aparición del Ángel y sus instrucciones

Han pasado cien años, desde que el Ángel de Fátima preparó a los tres niños pastores: Lucía, Jacinta y Francisco, para la revelación y el mensaje de nuestra Señora de Fátima. El «éxito» de Fátima se debe atribuir en parte a los obispos de Portugal, quienes supieron, que la historia de las apariciones en Fátima representa las verdades del Evangelio de una manera muy simple y corresponden a nuestro tiempo actual. Ambos, el Evangelio y el Mensaje de Fátima, son un catecismo de la fe. Esto se puede afirmar de manera especial del Ángel de Portugal, a quien podemos mencionar como el primer misterio de Fátima, ya que durante 20 años la Hna. Lucía ocultó esta revelación. ¡Qué diferencia de los místicos falsos, quienes muy precipitadamente publican su hecho!

Así, como la Madre de DIOS apareció seis veces en Fátima, con la misma frecuencia también lo hizo el Ángel. En las primeras tres apariciones durante el año 1915, delante de Lucía y los otros dos pastorcitos no habló nada. En el transcurso del año 1916 preparó espiritualmente a Lucía, Jacinta y Francisco para las apariciones de la Madre de DIOS. Queremos en esta carta contemplar un poco las últimas tres apariciones, porque son casi un resumen de teología espiritual, como la podemos encontrar en la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos. Es significativo para nosotros y no solo desde el punto de vista histórico, sino también porque nuestro propio Ángel de la Guarda intenta, de manera semejante, iluminarnos y llevarnos hacia el camino de la santidad.

Primera aparición: primavera de 1916 en Loca do Cabeço

Lucía, Jacinta y Francisco buscaban un refugio dentro de una pequeña cueva en el declive oriental de la Loca do Cabeço. Comieron un poco y, en seguida rezaron el Rosario, el cual abreviaron de manera ingeniosa, recitando en vez de la oración completa solo las palabras “Padre Nuestro” y “Ave MARÍA”, para ir más pronto a jugar. Entonces un viento fuerte le hizo levantar la vista, viniendo del oriente sobre el pequeño declive se aproximaba «un joven de unos 14 ó 15 años, más blanco que la nieve, el sol lo hacía transparente, como si fuera de cristal, y de una gran belleza”. Estuvimos admirados y totalmente conmovidos por esto.»

Esta descripción de Lucía acerca del Ángel y de su aparición es totalmente bíblica. Pensemos por ejemplo en el Ángel de la Resurrección: «El Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve» (Mt 28,2-4). De forma semejante san Juan nos habla de un Ángel, cuyo rostro era brillante como el sol (Cfr Apc 10,1). Cuando las mujeres llegaron al sepulcro y entraron, «vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: ¡No temáis!» (Mc 16,5-6).

San Marcos nos relata, que huyeron temblando y espantados. «Y no dijeron nada a nadie a causa del miedo» (Mc 16,8). Así como el ángel de la Resurrección desea librar del temor a las mujeres, también mucho tiempo atrás san Gabriel tranquilizaba al profeta Daniel (Dn 9,21s) y a MARÍA en la anunciación. Así tranquiliza también el Ángel de Fátima a los niños con las palabras «¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. ¡Rezad conmigo!» Acerca de estas palabras podemos hacer tres meditaciones:

  1. «¡No temáis!»

Aquellos que temen a DIOS no necesitan sin embargo temer tampoco a los ángeles de DIOS, ya que una semejante aparición nos puede infundir el temor de DIOS, puesto que el Ángel está lleno de la gloria de DIOS, al cual está revelando. Así lo hemos visto en el profeta Daniel. «Cuando él (el ángel Gabriel) se acercó más, me aterroricé y caí de bruces.» (Dn 8,17); pero esto no solamente lo experimentó Daniel sino también muchos otros profetas y santos como lo podemos leer en la Sagrada Escritura. Sólo mencionamos aquí a san Juan, quien cayó dos veces ante los pies del ángel, que era brillante y hermoso, con sus palabras divinas, tanto que Juan se sentía en la presencia del Señor. San Juan nos habla expresamente de esta «equivocación» para confirmar la verdad de su Revelación, porque solo el santo ángel puede estar tan íntimamente unido a nuestro Señor. Aquí encontramos la gracia de la presencia divina, que el maligno no puede conseguir, ni siquiera cuando se viste como «Ángel de luz» (Cfr 2 Cor 11,14).

Los niños quedaron tan sorprendidos de esta presencia del ángel, que Lucía escribe más tarde: «La presencia de lo sobrenatural que nos rodeaba, era tan fuerte que por mucho tiempo nos olvidamos de nosotros mismos… La presencia de DIOS se hizo palpable en nosotros tan fuerte y personalmente, que ni pensamos hablar sobre esto entre nosotros mismos. Todavía el día siguiente estábamos sumergidos en esta presencia sobrenatural. Esta gracia se repitió también en las últimas revelaciones del Ángel, que provocó un movimiento todavía mayor de la gracia y del amor.» Lucía recuerda también esto, «la fuerza de la presencia de DIOS era tan intensa que nos absorbía y anonadaba casi del todo. Parecía privarnos hasta del uso de los sentidos corporales por un gran espacio de tiempo. En aquellos días, hacíamos las acciones materiales como transportados por ese mismo ser sobrenatural que a eso nos impulsaba. La paz y la felicidad que sentíamos, era inmensa; pero sólo interior, completamente concentrada el alma en Dios. El abatimiento físico que nos postraba, también era grande”.

Lucía menciona también, que después del primer encuentro con el ángel: «No nos vino a la mente hablar sobre esta aparición. Tampoco pensamos en callarnos sobre esto. No teníamos ninguna duda acerca de la aparición. Era algo tan profundamente interior, que simplemente no se podía haber hablado de esto«. La comunicación del ángel se da a través de la luz de los dones del Espíritu Santo, de modo que el alma recibe un conocimiento divino en la profundidad del alma, en un ambiente donde no hay palabras. El alma comprende, pero no lo puede expresar. El ángel no se comunicó a los niños solamente en palabras, sino les comunicó también las gracias espirituales en la profundidad del alma.

  1. «Soy el Ángel de la Paz»

El papa Gregorio Magno nos enseña, que los nombres de los Ángeles no se refieren a su esencia, sino más bien a su misión y el servicio que prestan a la humanidad. Por eso Miguel significa: «Quién como DIOS», porque su tarea es la de enseñarnos la humildad de la fe. Rafael significa: «Medicina de DIOS», porque él fue enviado a curar la ceguera de Tobit y a librar a Sara de los ímpetus del espíritu maligno. Pero aquí se trata del Ángel de la Paz. Su misión entonces es, guiar a los hombres hacia la paz. Actúa como una santa ironía, por la que nació el «ejército azul»; pero consideramos también, que sus armas son la oración y el sacrificio y que las filas de las almas combatientes están detrás de este Ángel. La paz de las naciones es un don de DIOS; la paz en el corazón viene de la sumisión amante ante DIOS; y paz en DIOS viene de la unión amante con Él.

  1. «¡Rezad conmigo!»

No será difícil para nosotros comprender, cuál será el provecho que podríamos obtener de la ayuda del santo Ángel en nuestra oración. Rafael comunicó a Tobías: «Cuando tú y Sara hacíais oración era yo el que presentaba y leía ante la Gloria del Señor el memorial de vuestras peticiones» (Tb 12,12). Cuando el Ángel rezó por la paz en Jerusalén, el Señor respondió con palabras amables, palabras llenas de consuelo (Za 1,13). El hecho de que el Ángel con su oración interceda por nosotros, no lo podemos comprender tan fácilmente. Pero de que sí lo hace, lo podemos ver también en el santo sacrificio de la misa, cuando el sacerdote reza: «que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu Ángel«. Santo Tomás de Aquino atribuye al santo Ángel una fuerza especial de intercesión, más grande que la del sacerdote. Escribe: «El santo Ángel, presente en el misterio divino, lleva las oraciones del sacerdote y del pueblo hacia DIOS como se dice también en Ap 8,4: ‘De la mano de un Ángel subió el incienso con las oraciones de los santos hacia DIOS.’» (Suma teológica III, 83,4,9). Y en el mismo lugar dice: «La santa misa la podemos llamar así por esta razón,» («missa» viene del verbo «mittere» y significa enviar, mandar) «porque el sacerdote envía sus oraciones por medio del Ángel hacia DIOS, como el pueblo envía sus oraciones hacia DIOS a través del sacerdote.»

Ciertamente, la fuerza y pureza de las oraciones de los Ángeles, a pesar de su naturaleza y gracia angelical, son muy inferiores a las de DIOS. Los himnos de alabanza de los Ángeles, sin contar con los de los hombres, no serían dignos ante DIOS. Pero luego sucede lo inesperado: DIOS mismo se hace hombre, el HIJO se convierte en Sumo y Eterno Sacerdote e intercede como representante de sus criaturas por medio de su oración. Nos injertó en su sacrificio de alabanza, infinitamente agradable a DIOS que Él ofrece al PADRE. Así, DIOS, por consiguiente, escogió en primer lugar al hombre, y por causa del hombre, unió a los Ángeles a éste y, al final unirá todo en CRISTO, lo que está en los cielos y en la tierra (Cfr Ef 1,10). Por amor a CRISTO y a sus miembros en el Cuerpo místico, los ángeles desean asistirnos en la oración y en la adoración. Por eso cantan los fieles en la misa bizantina: «Señor DIOS nuestro, quien ordenaste la jerarquía celestial y las dominaciones de los Ángeles y Arcángeles para Tu alabanza, haz que en nuestra entrada a los cielos estemos junto con los Ángeles y celebremos con ellos la Liturgia y la Gloria de Tu Bondad.» Un poco más abajo dice la misma oración: «Ahora se unen invisiblemente las Potestades con nosotros en la adoración«. En cuanto clamamos en la celebración del Rito Romano: «Que los Ángeles ofrezcan por CRISTO su oración de adoración, los que siempre están viviendo en Tu presencia. Que también nuestras voces estén unidas a ellos, en la alabanza triunfante del tres veces ‘Santo’.» La oración de la Iglesia es perfecta, cuando el Ángel y el hombre están unidos a CRISTO en la alabanza a la Santísima TRINIDAD.

La oración y los dos mandamientos principales

¿Cuál es entonces, la oración que el Ángel enseñó a los niños en Fátima? Es una oración simple de adoración y de intercesión.

            «DIOS mío yo creo, adoro, espero y os amo, os pido perdón por todos los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.»

La eficacia de esta oración solo la apreciaremos de manera correcta, cuando entendamos esta oración como el cumplimiento de los dos mandamientos más grandes del amor a DIOS y al prójimo, de las cuales «penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,39). Igualmente enseña san Pablo: «Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14; cfr Rm 13,8.10). Si comprendemos algo de esta verdad, entonces ya no nos admiraría, que los niños, por medio de esta oración, que rezaban por horas enteras, hicieran tanto progreso en las virtudes y en la santidad.

Aunque no somos atletas olímpicos y tampoco genios intelectuales, de todos modos, está a nuestro alcance la gracia de DIOS que nos capacita para esforzarnos heroicamente. Lo único que tenemos que hacer, es tener la firme voluntad para el amor. La manera más simple de ejercitarlo es esta oración.

            «Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que hayas de decir: ¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?… Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica» (Dt 30,11-14).

Pero el Ángel no nos da solamente una fórmula simple de oración para el cumplimiento de este mandamiento, de tal forma que pudiésemos realizarlo por nosotros mismos. No, lo que el Ángel desea ardientemente, es que recemos junto con él. Así como también lo desea nuestro Ángel de la Guarda, que nos arrodillemos y recemos junto con él. Si hacemos esto, el Señor podría realizar una de las promesas más bellas, «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt,20). La oración, indicada por el Ángel en Fátima es tan breve, que la podemos rezar muchas veces durante el día como una jaculatoria unidos a nuestro Ángel y así caminar en la presencia de DIOS.

Reverencia en la Oración

La manera cómo el Ángel de Fátima, no solamente se arrodilló, sino también tocó el suelo con su frente, será para nosotros una indicación, de cómo deberíamos rezar con toda reverencia, para que nuestra oración no sea solamente una oración de los labios. El Ángel decía a los niños: «¡Recen así! Los corazones de JESÚS y MARÍA están atentos a la voz de su súplica.» Estas palabras: ¡Recen así! repiten literalmente las palabras de JESÚS a sus apóstoles cuando les enseñó a rezar el ‘Padre nuestro’ (Mt 6,9). Como lo escribe san Agustín, el ‘Padre nuestro’ no sólo es la mejor de todas las oraciones sino también ejemplo de todas las oraciones. Por eso tampoco el Ángel ha querido imponer a los niños una formula determinada, sino más bien les quiso enseñar, que el amor a DIOS y al prójimo será el corazón de todas las oraciones.

Algunas personas fácilmente se dejan desanimar en la oración, se sienten solas y abandonadas, y es bueno que escuchen estas verdades de fe, para que amen a JESÚS y a MARÍA y, que sepan que todo bien nos viene a través de la oración. San Alfonso nos asegura, que siempre y en todo lugar nos está siendo ofrecida una gracia, es decir la gracia de la oración; por medio de la oración podemos recibir todo lo bueno de DIOS.

Después el Ángel desapareció y dejó a los niños solos por unos meses, para ver, si permanecían fieles a la gracia recibida y a su propósito. Sin hablar con nadie, excepto entre ellos mismos, y sin tener otras visitas consoladoras del Ángel, los niños fueron fieles a su propósito. Lucía notó: “Las palabras del Ángel se grabaron de tal forma en nuestras mentes, que jamás se nos olvidaron. Y, desde entonces, pasábamos largos ratos así, postrados, repitiéndolas muchas veces, hasta caer cansados”.

            Con esto ejercieron una generosidad heroica.

(Citas del libro: «Memorias de la hermana Lucía”, ed. portuguesa, Vice-Postulaçao, Fátima 1987).

San Eugenio Mazenod y los santos Ángeles

Hace poco, el papa Juan Pablo II canonizó san Eugenio Mazenod, el fundador de los Oblatos del Inmaculado Corazón de María (OMI). En su vida encontramos muchas cosas notables y también la intervención auxiliadora de su Ángel de la Guarda. «Esto sucedió,» así lo relata, «porque cada mañana recé a mi Ángel de la Guarda y le pedí que me proteja de todo mal.» Atribuye su éxito en los encuentros y reuniones, a la amistad con su Ángel.

            «Antes de emprender algo, antes de cada encuentro con otras personas, antes de cada homilía y de atender confesiones, le pedía a mi Ángel que fuera delante mío y saludara al Ángel de la otra persona para establecer una buena relación. Así los dos Ángeles podían entrar en acción, me prepararon el camino y resolvieron la mayoría de mis problemas e intenciones de los asuntos propios o ajenos«.