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S-Bernardo de Claraval

sus Sermones in Cantica canticorum (Sermones al Cantar de los cantares), por ejemplo, los sermones V, XIX, XXXI y LIII, en los cuales san Bernardo trata explícitamente cuestiones determinadas de la angelología, no solamente ascética o místicamente, sino según la manera de un “teólogo inteligente”6, tampoco es posible admitir el juicio de A. Vacant; y menos aún al leer las 17 bellas alocuciones sobre el Salmo 90 “Qui habitat” (en especial, las alocuciones XI‑XIV), sus insuperables homilías super Missus est (sobre todo la I y III), dos homilías para la festividad del santo Arcángel Miguel y un gran número de homilías en las que el Doctor mellifluus (‘doctor fluyendo miel’), como fue nombrado, habla de los Ángeles. Debemos confirmar que el abad de Claraval es un místico para quien la verdad revelada de la existencia de los Ángeles constituyó un hecho preponderante en su pensar teológico, más aún en su pensar y aspirar ascético‑místico y su vida monástica personal. De ahí que nos preguntemos: ¿por qué hasta hoy se ha escrito tan poco sobre él?7

Después de citar las fuentes más importantes de la angelología de san Bernardo, expondremos a continuación sus puntos particulares:

1. La existencia de los espíritus celestiales constituye una verdad mencionada constantemente en la Revelación.

2. ¿Qué cualidades poseen estas criaturas de Dios? ¿Son espíritus puros o -como defendieron el beato Ruperto de Deutz y algunos otros teólogos de su época‑ están dotados de un cuerpo? Normalmente se enumera a san Bernardo entre quienes confirman la corporalidad de los Ángeles. No obstante, la realidad no es tan simple. En primer lugar, es posible constatar la existencia de diversos pasajes entre sus escritos que nos llevan a pensar que aboga por una naturaleza angélica puramente espiritual, al igual que algunos de sus contemporáneos, como Hugo de san Víctor. Por ejemplo, en alguna ocasión compara la naturaleza de los Ángeles con la de Dios y simplemente dice: “Dios es espíritu, también los santos Ángeles lo son”;8 o cuando acentúa la relación del alma del hombre con los Ángeles, porque el alma del hombre es espíritu,9 y viceversa, cuando diferencia al hombre del Ángel en que aquél posee un cuerpo.10 Por otra parte, junto a estos pasajes existen otros en los que san Bernardo duda sobre si los Ángeles poseen un cuerpo.11 Su conclusión es que nos encontramos ante una “quaestio disputata”, esto es, una pregunta que puede discutirse libremente.12 No condena la opinión de la espiritualidad pura de los Ángeles, pero tampoco niega que él se inclina por la hipótesis contraria. En el Sermo V in Cantica canticorum (núm. 2), después de citar las dos opiniones opuestas, expresa su propia tesis, según la cual los Ángeles poseen posiblemente un cuerpo, aunque nunca califica ésta como la única correcta. Juzga que los Ángeles necesitan un cuerpo para cumplir sus tareas como mensajeros de Dios. Acentúa también la gran diferencia entre la necesidad del cuerpo para un animal, para el hombre y para el Ángel. Insiste en que los Ángeles no necesitan el cuerpo para sí, sino para otros,13 cuando subraya que su capacidad de conocimiento es totalmente independiente de los sentidos, de modo opuesto a lo que sucede con los hombres.14 Y concluye que, en el caso de los Ángeles, el cuerpo es simplemente un instrumento para el cumplimiento de sus tareas en relación con los hombres, no una propiedad esencial de su naturaleza; este cuerpo usado por los Ángeles no es tan pesado como el del hombre, ya que es de aire etéreo, mutable en su forma según la necesidad, e impalpable y generalmente invisible15 para nosotros, por su sutileza.

En cuanto a las otras cualidades de la naturaleza angelical, destaca, además de la perfección relativa de su conocimiento, “propia de ellos por su naturaleza”,16 la libertad de su voluntad, en especial cuando trata sobre la prueba de los Ángeles en la que tuvieron que decidirse a favor o en contra de Dios,17 al referirse a la caída de Lucifer y los suyos.18

El abad de Claraval presenta un breve resumen de las cualidades de los Ángeles en De consideratione (1. V, cap. 4), donde alude a la fuerza de su inteligencia, su poder y gloria, la diferencia entre ellos, su dignidad y perfección, su ausencia de sufrimiento, su inmortalidad, su pureza, bondad y piedad en relación con Dios y su entrega a una tarea otorgada por Él. Usa una fórmula vaga y ambigua cuando afirma que los Ángeles serían “non creati, sed facti, id est gracia, non natura” (“no creados, sino hechos, y esto por gracia, no por naturaleza”), lo que significa que los Ángeles buenos no eran desde su creación como son ahora en su totalidad, sino que por la gracia de Dios fueron elevados a su estado actual.

San Bernardo resume toda su teoría sobre la naturaleza de los Ángeles y su nobleza: “Está demás para nosotros hablar de aquel esplendor y gloria por medio del cual los santos Ángeles ya están elevados por sobre sí mismos, y más aún en su relación con Dios; en esto nos superan indescriptiblemente.”19

3. En relación con la clasificación en coros, adopta el pensamiento del Papa Gregorio Magno, diferente al de Dionisio Areopagita, mencionando explícitamente nueve coros angélicos en De consideratione (1. V, 4) y en el Sermo XIX in Cantica canticorum. Cuando san Bernardo escribe que los Ángeles “estaban desde el inicio en su orden” (“ab initio stantes in ordine suo”)20 desea afirmar que la clasificación en coros ya existía desde su creación y no por un establecimiento de los Ángeles buenos después de la batalla decisiva, como defendía el beato Ruperto de Deutz.

En otros pasajes citados21 intenta interpretar los nombres y características de los coros angélicos en particular. Así, manifiesta que los nombres-coros, en los cuales es posible distinguir ministerios, grados y jerarquías, así como los méritos de los espíritus celestiales,22 son conocidos por la Sagrada Escritura. Su descripción es en esencia la de aquella época, bajo la línea de san Gregorio Magno.23

4. Sobre la misión de los Ángeles en el mundo, san Bernardo se opone a Dionisio Areopagita al expresar que todos los Ángeles sin excepción, incluso los de los coros más elevados, son llamados por Dios para servir como mensajeros:

 

Esto no debería parecerle imposible a nadie, porque Él mismo, el Creador y Rey de los Ángeles, no vino para ser servido, sino para servir y para sacrificar su vida por muchos. Entonces, ¿cómo no sería para los Ángeles este servicio correspondiente a su dignidad, cuando sirven en el cielo con toda ansia y felicidad a Aquel que les precedió con su ejemplo?24

 

No obstante, los hombres pensamos generalmente que los Ángeles de mayor jerarquía ordenan a los inferiores y éstos vienen a nosotros.25

¿Para qué envía Dios a los Ángeles? En primer lugar, a fin de revelarnos sus designios. Ésta parece ser, según san Bernardo, la tarea de los Arcángeles, como lo demuestra con el ejemplo de san Gabriel,26 ante todo en la Homilía I super Missus est:

 

El Evangelista narra entonces: “Fue enviado por Dios el Ángel Gabriel.” Yo no creo que este Ángel fuera uno de los inferiores, de los que llevan mensajes a la tierra por cualquier motivo. Esto lo muestra su nombre, que significa ‘Fortaleza de Dios’. Tampoco se relata que él haya sido enviado por otro espíritu más elevado, como sucede en muchos casos, sino por el propio Dios. Por eso aparece escrito: “enviado por Dios”. Pero existe otra razón para no creer que Dios hubiera revelado su designio a uno de los espíritus antes que a la bienaventurada Virgen, excepto al Arcángel Gabriel: éste se alegró por recibir la preferencia de haber sido honrado con un nombre y una misión tan dignos. El propio nombre corresponde a la misión: ¿Quién podría anunciar mejor a Cristo, la Fuerza de Dios, sino este Ángel, que porta ese nombre? El Arcángel Gabriel fue llamado Fuerza de Dios, porque mereció ser elegido para esta encomienda de anunciar la llegada de la Fuerza de Dios, que es Cristo, o porque quería fortalecer a la santísima Virgen, quien por naturaleza era tímida, humilde y casta, para que lo extraordinario del milagro que debía producirse en ella no la asustara […] Tal vez de igual modo es posible aceptar que el mismo Arcángel Gabriel hubiera fortalecido al esposo de la bienaventurada Virgen, no menos humilde y tímido, aun cuando no se menciona el nombre del Ángel en el Evangelio: “José, hijo de David”, dijo el Ángel, “no temas recibir en tu casa a María tu esposa” (Mt 1,20). En definitiva, elección muy adecuada la de Gabriel para este eminente ministerio; o mejor aún, con razón lleva este nombre tan sublime, ya que le fue concedida esta misión.27

 

La tarea más importante de los Ángeles, el grado más inferior, es constituirse en protectores y guías para los hombres. San Bernardo escribió mucho y de manera muy bella sobre este tema; sólo por eso ya merecería un lugar de honor en la historia de la angelología.28 Es principalmente en cuatro alocuciones (XI‑XIV) sobre el Salmo “Qui habitat” donde se profiere la verdad tan consoladora del Ángel de la guarda,29 aunque también en otras homilías, particularmente en los Sermones VII, XXVII, XXXI y XXXIX sobre el Cantar de los cantares.30 Siempre con nuevas palabras, lleno de reverencia y agradecimiento, expone las distintas formas de la actividad de los espíritus celestiales en el cumplimiento de su tarea como nuestros Ángeles de la guarda. La prueba de la Sagrada Escritura para esta afirmación de fe ‑al lado de cada hombre está situado por Dios un espíritu protector‑ la retoma san Bernardo de la Carta de san Pablo a los Hebreos (cfr. Hb 1,14) y del Evangelio de san Mateo (cfr. Mt 18,10).31 Los Ángeles de la guarda son los defensores fieles y guías de los hombres en la tierra32, protectores bondadosos en los caminos peligrosos de la vida terrenal,33 enviados por Dios para ayudarnos y consolarnos,34 para comunicarnos sus inspiraciones divinas para el bien y sus gracias;35 los Ángeles de la guarda siempre muestran por nosotros una preocupación amorosa,36 nos cuidan a causa de nuestra debilidad,37 presentan ante el trono de Dios nuestras oraciones38 y buenas obras,39 procuran defendernos de los espíritus malignos que nos molestan y amenazan en todo lugar40 y quieren conducirnos de regreso hacia el camino recto del Señor cuando nos perdemos,41 hasta que alcanzamos nuestro fin último: la felicidad en el cielo, donde debemos restaurar en las hileras de los ciudadanos celestiales las bajas sufridas por la caída de los ángeles.42

Para que logremos este fin, el Ángel de la guarda socorre al hombre a él confiado, principalmente en la hora de la decisión, en el momento de la muerte;43 es como el padrino de boda que acompaña al alma hacia Cristo ‑el novio‑ y la vida eterna.44

El que Dios nos otorgara a cada uno de nosotros un Ángel de la guarda es una prueba única de amor del Dios bondadoso hacia la humanidad.45

En contrapartida, estamos obligados a brindar a los santos Ángeles, ante todo, una reverencia agradecida por su presencia a nuestro lado, sumisión por su benevolencia y una gran confianza por su protección:

 

Por tu causa, Dios da a sus Ángeles el mandato de protegerte en todos tus caminos. ¡Qué reverencia debe suscitar en nosotros esta frase, a qué sumisión estimularnos, a qué confianza movernos! Reverencia, por su presencia; sumisión, por su benignidad; confianza, por su protección. ¡Por eso, avanza con cuidado por tus caminos, ya que los Ángeles siempre están a tu lado como se les ordenó! ¡En cada casa, en cada rincón, reverencia a tu Ángel! ¿Podrías atreverte a realizar en su presencia lo que no te atreverías a hacer ante mis ojos? ¿O dudas de su presencia, sólo porque no lo ves? ¿Y si lo escucharas? ¿Y si lo tocaras? ¿Y si percibieras su fragancia? […] Si preguntas a la fe, ésta te confirmará que la presencia del Ángel es una realidad […] Los Ángeles están presentes, se mantienen a tu lado; no están sólo contigo, sino también para ti, presentes para protegerte, presentes para servirte. ¿Cómo vas a recompensar al Señor todo el bien que te ha hecho? Porque sólo Él merece honor y gloria. ¿Por qué sólo Él? Porque así lo ordenó, por eso no podemos ser ingratos con aquellos que le obedecen con tanto amor y nos ayudan en tan gran necesidad. ¡Permanezcamos entonces sumisos a estos guardas! ¡Amémosles de nuevo, honrándolos tanto como podemos y debemos!46

 

Estas consecuencias ascéticas de la verdad de la fe en la existencia de los Ángeles de la guarda a nuestro lado aparecen explicadas frecuentemente en sus homilías. Para el abad de Claraval constituía una gran preocupación advertir a los monjes a él confiados de la presencia de los santos Ángeles, exhortarles constantemente hacia una actitud de recogimiento en la oración y la liturgia47 y hacia la pureza de corazón, amonestándoles hacia la unidad y la paz:

 

Esto quiero decirlo, queridos hermanos, para que cultivéis en el futuro una confianza más grande en los santos Ángeles y en todas las necesidades invoquéis más fervorosamente su ayuda; pero también, para que busquéis andar siempre más dignamente en su presencia, para así ganar su favor, conseguir su benevolencia, pedir su generosidad […] Porque pensad, amados, qué cuidado tan grande es necesario para hacernos dignos de su trato y caminar ante su faz sin ofender nunca sus santas miradas. Porque, ¡ay de nosotros, si disgustados por nuestros pecados y negligencias no nos consideran ya dignos de su presencia y de su visita! Entonces tendríamos que lamentarnos tristemente con los profetas y exclamar: “Mis amigos y mis compañeros se estacionan lejos de mis llagas, mis allegados se mantienen lejos. Tiéndenme lazos los que buscan mi vida, y los que buscan mi mal dicen desventuras” (Sl 37,12‑13). Ellos, por tanto, cuya presencia podía protegernos y apartarnos del enemigo, se alejaron. Como necesitamos tanto del trato confiado y condescendiente de los Ángeles, debemos guardarnos cuidadosamente de ofenderlos. Al contrario, debemos ejercitar principalmente aquellas cosas en las cuales se alegran. Hay muchas que les agradan y que ansían ver en nosotros, como, por ejemplo, la sobriedad, la castidad, la pobreza voluntaria, el implorar frecuentemente al cielo, la oración rociada de lágrimas y con intención pura del corazón. Más que todo esto, los Ángeles de la paz exigen de nosotros la unidad y la paz […] De otra manera, no existe nada que los ofenda tanto y suscite su indignación como las querellas y escándalos entre nosotros.48

 

Ante la pregunta de por qué los Ángeles realizan su tarea protectora con tanto celo, san Bernardo responde con una doble razón: Primero, por obediencia a Dios, quien los encomendó,49 y ante todo por amor a Él, a sí mismos y a nosotros los hombres: “Realmente, por causa de Dios, cuya misericordia más íntima imitan. Por nosotros, porque compadecen en nosotros a su propia imagen; por sí mismos, ya que esperan con gran ansia que las lagunas en sus filas sean de nuevo cubiertas.”50 A continuación explica estos pensamientos de una manera detallada y hermosa, reuniendo los conceptos de la exigencia y el amor fraterno:

 

Tal vez recordéis aún lo que decimos […] sobre el triple amor y la preocupación de los Ángeles por nosotros los hombres. Con eso puede explicarse la utilidad del amor fraterno de un modo fácil de comprender: En un hombre que no ama a su prójimo no se encuentran las causas mencionadas del amor preocupado de los Ángeles hacia nosotros. ¿Cómo pueden amarnos los Ángeles por causa de Cristo, cuando deben reconocer en nuestra falta de amor mutuo que de ninguna manera somos sus discípulos? ¿Y cómo pueden amarnos por nosotros, es decir, por la semejanza entre nuestra alma espiritual y su naturaleza espiritual, cuando deben observar que no amamos a los mismos participantes de nuestra naturaleza, si cuando asisten a nuestras controversias ven que pensamos mucho más en la carne que en el espíritu? Y finalmente, ¿pueden los Ángeles amarnos por ellos mismos, porque debemos llenar su comunidad con nuestras hileras, cuando, lo que no acontecerá, falta ese único medio unificante que nos pudiera reunir con ellos en la ciudad celestial, es decir, el vínculo del amor? ¿Cómo pueden esperar los Ángeles que se construyan nuevamente los muros eternos de su ciudad eterna por medio nuestro, cuando reconocen y ven que los hombres no somos piedras vivas que se dejan unir, cuando observan que solamente somos polvo que el viento está levantando de la tierra y que un único hálito de una palabra nos transforma en torbellino, un ligero aire nos dispersa en todas las direcciones?51

 

Es importante añadir un detalle más de la angelología de san Bernardo: la forma tan completa ‑más que muchos de su época‑ en que expuso la relación de los Ángeles con Cristo. Así, subraya que Cristo es el Señor y Rey también de los Ángeles,52 ya que incluso como hombre los supera indeciblemente, aunque en su sufrimiento se puso voluntariamente por debajo de ellos.53 Los Ángeles, al igual que los hombres, deben todas las gracias a la muerte salvadora de Cristo, tesis que posteriormente se encontrará en el beato Juan Duns Scotus;54 únicamente fortalecidos por la gracia salvadora de Jesucristo pudieron los Ángeles buenos ganar la batalla decisiva. Por eso era necesaria también para ellos la salvación.

Incluiremos brevemente las observaciones de san Bernardo sobre los espíritus malignos: ¿Cuál fue el verdadero pecado de Lucifer? Indiscutiblemente su soberbia, el querer igualarse al Altísimo55 y, aunque creado de la nada, situarse al mismo nivel que su Creador, atreviéndose con una insolencia audaz a lo que es propio solamente del Hijo del Altísimo,56 quien es de la misma esencia que Dios Padre. De este modo, el orgullo del primer Ángel se transformó simultáneamente en envidia al Hijo de Dios por la gloria del Unigénito del Padre.57 ¿Tuvo también importancia la envidia en contra del hombre para la caída de Lucifer y sus secuaces? Para san Bernardo, es posible que Lucifer supiera ya que los hombres serían creados y llamados a la misma gloria que los Ángeles.58

El castigo de Lucifer por su orgullo y envidia fue ser separado de su gloria, de la cual había sido dotado, y arrojado del cielo, donde habitan los santos Ángeles59 y dondedebía morar él en la cercanía más próxima a Dios. ¿A dónde fue arrojado? En la angelología de san Bernardo, al reino de los aires,60 para ser ahí desgarrado interiormente por la envidia.61

 No solamente están totalmente vencidos [los espíritus malignos], sino también ya juzgados y condenados. La sentencia fue pronunciada, pero aún no proclamada solemnemente. Ya está preparado el fuego para el diablo, aunque todavía no ha sido arrojado para siempre en este fuego, sino que puede continuar un poco más ejerciendo su maniobra destructiva. El operario maestro del cielo lo convirtió en martillo para toda la tierra, para que los elegidos sean golpeados para su salvación y perfección y, al contrario, los réprobos, aplastados para su condenación.

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S-Anselmo de Cantorbery

Anselmo plantea dos preguntas sobre los santos Ángeles en relación con la doctrina de la salvación, que serían continuamente presentadas y desarrolladas en el siglo XII, bajo su influencia:

La primera es si Dios hubiera podido realizar la obra de la salvación de la humanidad a través de un Ángel, en lugar de en la persona del Verbo eterno y encarnado. San Anselmo responde que nuestra salvación solamente podía realizarse a través de una Persona divina, no por un Ángel y menos aún por un hombre; en estos casos, el hombre redimido se habría transformado en esclavo de un salvador creado, y únicamente puede serlo de Dios, nunca de una criatura ‑Ángel u hombre‑, ya que, gracias a la salvación, el hombre será en todo igual a los Ángeles (Cur Deus homo?, 1. I, cap. 5).2

La segunda pregunta relacionada con los Ángeles que san Anselmo formula e intenta responder en Cur Deus homo? es hasta qué punto deben restaurar los hombres llamados a la beatitud el número de los santos espíritus celestiales que sirven a Dios, disminuido por la caída de los ángeles, y hasta qué punto fue creado el hombre, entonces, en lugar de los ángeles caídos. Esta doble cuestión fue planteada por muchos teólogos en la pre-escolástica, por ejemplo, por el beato Ruperto de Deutz, el santo obispo de París, Pedro Lombardo, o el gran pensador alemán, Hugo de san Víctor.

San Anselmo responde explícitamente en el primer libro (caps. 16‑18) de Cur Deus homo?:3 Es cierto que Dios ya ha determinado el número de criaturas que llegará a la santidad, el cual no puede ser más grande ni más pequeño, porque Dios sabía con certeza cuál era el adecuado y, por lo tanto, así lo quería. Ahora bien, o los ángeles caídos pertenecían al número de los bienaventurados o, por el contrario, debe verse su caída como un suceso necesario, ya que no estaban incluidos entre los elegidos, lo que hacía imposible que perseveraran en el bien. Esta última suposición ‑la caída de los ángeles era necesaria‑ constituye una necedad, por lo que estamos obligados a decidirnos por la primera hipótesis. Si ésta es cierta, es necesario admitir que la disminución del número de las criaturas llamadas a la bienaventuranza, causada por la caída de los ángeles, se recuperará de otra manera, ante la imposibilidad de que permanezca incompleto dicho número una vez determinado por Dios. “Por lo tanto, es necesario ‑concluye san Anselmo de Cantorbery‑ que los ángeles caídos sean sustituidos por las filas de la humanidad, porque no existe ninguna otra criatura capaz de cubrir tal desolación” (Cur Deus homo?, 1.I, cap. 16).4

San Anselmo permite que un cierto Boso le cuestione por qué los ángeles caídos no pueden reconciliarse con Dios y ser de nuevo recibidos entre los bienaventurados, a lo que responde sólo en el sentido de su obra De casu diaboli (Sobre el caso del diablo), escrita entre 1085 y 1090: Sencillamente, eso es imposible (cfr. Cur Deus homo?, 1.I, cap. 17).5

No obstante, ¿porqué los ángeles caídos no pueden ser restituidos por otros Ángeles? También esto constituye un imposible -contesta san Anselmo‑, pues estos nuevos Ángeles deberían ser creados entonces como los ángeles infieles antes de su caída, lo cual no sería posible porque tendrían siempre ante sus ojos el pecado de aquéllos. Boso se muestra feliz de poder argumentar la necesidad de que los ángeles que cayeron sean restituidos por hombres, ya que así se aclara que el número de quienes lleguen a la beatitud no será menor que el de los ángeles caídos y castigados. Pero, entonces, surge una nueva cuestión: ¿no podría ser mayor el número de los bienaventurados de la humanidad que el de los ángeles caídos? Esta pregunta se relaciona con otra: ¿el hombre fue creado solamente para compensar la disminución de los Ángeles? En una extensa respuesta, san Anselmo acentúa que los hombres fueron creados también ‑pero no exclusivamente‑ con este fin, porque la perfección de la creación de Dios exigía estar conformada por cierto número de especies distintas. Por consiguiente, la naturaleza humana fue calculada desde el principio entre éstas, salvo que constituyera sólo un excedente -hipótesis impensable aun del menor gusano, mucho menos del hombre, que intervendría en el plan eterno de Dios desde el inicio‑. La naturaleza humana fue creada por sí misma y no solamente como una sustitución de individuos singulares de otra especie de criaturas, es decir, de los ángeles que pecaron y perdieron su lugar determinado en el cielo (cfr. Cur Deus homo?, 1. I, cap. 18).6

Mediante tales reflexiones, san Anselmo aboga por que los hombres están determinados, por tanto, para ocupar los lugares de los ángeles caídos, lo que no significa, sin embargo, que llegarán a la felicidad únicamente tantos hombres como ángeles pecaron; por el contrario, llegarán más hombres a la beatitud que ángeles fueron expulsados. A partir de este pensamiento queda abierta la posibilidad de que todas las criaturas -incluyendo Ángeles y hombres‑ fueran creadas al mismo tiempo, hecho imposible si la causa de la creación de los hombres se debiera exclusivamente a la caída de los ángeles.

Es necesario entender y valorizar estas meditaciones del gran doctor de la Iglesia del siglo XI, en apariencia bastante razonables, por su intención de convencer a los incrédulos de la racionabilidad de la fe según el axioma: “Fides quaerens intellectum” (“La fe busca la explicación”), y la escala de valores “Fe‑comprensión de la fe‑visión”, que permitieron a san Anselmo vislumbrar claramente la necesidad de la fe y el alcance limitado de la comprensión humana en el ámbito de la fe. Al arzobispo de Cantorbery no le queda ninguna duda de que el Dios Creador llamó a la existencia, además de al hombre, a los Ángeles, ni tampoco de que algunos ángeles, guiados por Lucifer, se alejaron de Dios, pecaron y fueron castigados con la condenación eterna. Tal vez surge cierta desilusión sobre la angelología que presenta en De casu diaboli (Sobre el caso del diablo), ya que en esta obra no se menciona la creación, naturaleza de la esencia y asignación de los Ángeles; en ella explica casi exclusivamente cómo fue posible el pecado de Lucifer, aunque cuestionando de nuevo la creación del hombre como remplazo de los Ángeles caídos (cfr. De casu diaboli, cap. 23).7 En sus obras, la distinción de los Ángeles entre sí se menciona de manera muy breve, utilizando una comparación con los hombres, quienes poseen además de una naturaleza común un vínculo de parentesco porque provienen unos de otros; los Ángeles, por su parte, aunque de la misma naturaleza, no pertenecen a la misma estirpe, ya que no existe descendencia entre ellos (cfr. Cur Deus homo?, 1. II, cap. 21).8

Ahora bien, si en sus obras teológicas Anselmo de Cantorbery impresiona tal vez por su racionalismo, en las Orationes et meditationes (Oraciones y meditaciones) que de él se conservan se aprecia un hombre contemplativo, con un calor casi místico y lleno de piedad. En ninguna trata explícitamente sobre los santos Ángeles, pero sí los menciona de una manera notable en unas hermosísimas oraciones a la Madre de Dios. Así, en la Primera oración a la santísima Virgen María reza: “Oh, bendita sobre todas las mujeres, que superas a los Ángeles en tu pureza y en el amor a los santos.”9 Y en la Tercera oración a la santísima Virgen María llama a María la “Reina de los Ángeles” y le canta: “Oh, Virgen maravillosa y singular, por medio de ti son renovados los elementos, librado el mundo del infierno, aplastados los demonios, salvados los hombres, restaurado el número de los Ángeles.”

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S-Juan Damasceno

San Juan Damasceno († 4 de diciembre de 749)

Del siglo VIII citaremos como testigo de la fe en la existencia y eficacia de los Ángeles al “último gran padre de la Iglesia oriental, el dogmático clásico de la Iglesia griega”, san Juan Damasceno, pese a que no se trató -tampoco en el tema de la angelología‑ de un “espíritu productivo ni un investigador original, sino únicamente de un recopilador y aplicador de los frutos espirituales que recogió”.1 Tal vez justamente por este motivo lo que sobre los Ángeles escribe en su Exposición de la fe ortodoxa es muy representativo de la angelología de la época.2

Juan Damasceno nació aproximadamente en el año 650, proveniente de una estirpe noble, tradicional y cristiana de Damasco, en la cual el padre heredó al hijo un alto cargo civil sarraceno, probablemente la inspección de los impuestos de la provincia de Siria -existe una evidente relación entre la posición de confianza que esta familia alcanzó ante el califa y su sobrenombre: Manschur, ‘aquel que fue ayudado’.

El maestro y educador del joven Juan y de su hermano adoptivo Cosme fue el monje Cosme de Calabria -erudito y filósofo rescatado por el padre de Juan del cautiverio de la guerra sarracena‑, quien se distinguía por su extenso saber sobre la teología y sobre las ciencias profanas; este Cosme de Calabria instruyó a sus dos talentosos discípulos en las ciencias espirituales y mundanas.

Se desconoce si Juan ocupó el ministerio de su padre; sin embargo, poco después del año 700 dejó el servicio estatal y se retiró, motivado por el anhelo de la vida contemplativa que había llevado con su hermano adoptivo, a la famosa laura de San Sabas en Jerusalén ‑adonde había partido previamente su maestro Cosme‑ para dedicar el resto de su vida al servicio de Dios. El patriarca Juan V de Jerusalén († 735) ordenó a Juan Damasceno sacerdote. En la tranquilidad del convento de Sabas desarrolló una fecunda actividad literaria, con el principio fundamental de exponer las verdades de la fe según los profetas, apóstoles y padres de la Iglesia de los primeros siglos, sin crear nada propio.

Juan Damasceno murió el 4 de diciembre de 749 en el monasterio de Sabas. Cinco años después de su muerte, en 754, fue condenado hereje por el Sínodo de After, en Constantinopla, por la defensa que hizo de la veneración a las imágenes. Posteriormente, el VII Concilio de Nicea (787) se declararía a favor de venerar las imágenes, rehabilitándolo como luchador de la fe. En el Oriente es venerado como padre de la Iglesia; la Santa Sede lo nombró doctor de la Iglesia el 18 de septiembre de 1890.

Juan Damasceno expone su angelología principalmente en el capítulo 2 de su Exposición de la fe ortodoxa (también en los capítulos 3 y 4):

 El Dios bondadosísimo no se contentaba con la contemplación de sí mismo; no, en la abundancia de su bondad quería que existiera algo que pudiera recibir sus beneficios y participar en su bondad. Por eso creó las cosas de la nada, tanto lo invisible como lo visible y al hombre, compuesto de visible e invisible. Dios crea en cuanto piensa, y al Pensamiento subsiste la obra, la Palabra la realiza y el Espíritu la perfecciona.

Dios es el creador y formador de los Ángeles. Él los llamó de la nada a la existencia, según su imagen los creó, como una naturaleza sin cuerpo, una especie de viento y fuego incorpóreo, como canta el divino David: “El que hace a sus Ángeles como vientos y sus ministros como llamas de fuego” (Sl 103,4; Hb 1,7). Así describe el profeta la agilidad, fogosidad, calor, insistencia y rapidez con que los Ángeles se entregan a Dios y le sirven, su tendencia hacia las alturas y su libertad de todo pensar material.

Por consiguiente, un Ángel es un ser pensante, siempre activo, de voluntad libre, sin cuerpo, que sirve a Dios, cuya naturaleza recibió por pura gracia. La forma y destino de la esencia del Ángel solamente el Creador las conoce. Como ser sin cuerpo e inmaterial se llama Ángel, en relación con nosotros los hombres; pero comparado con Dios, el único incomparable, todo parece grueso y corporal; completamente sin materia ni cuerpo, solamente la esencia divina.

El Ángel, entonces, es un ser dotado de inteligencia, pensante y de voluntad libre, transformable a su intención y voluntad; porque todo lo creado también es capaz de ser transformado. Únicamente lo increado no puede cambiar. Y todo lo que tiene razón puede determinarse a sí mismo. Como ser inteligente y pensante, la esencia del Ángel posee una libre autodeterminación. En cuanto ser creado, es transformable, tiene poder para permanecer en bien y seguir adelante, pero también para desviarse hacia lo malo. El Ángel es incapaz de una conversión porque no tiene cuerpo; el hombre, por la debilidad de su cuerpo, recibió la conversión. Es inmortal no solamente por la fuerza de su naturaleza, sino también por la gracia. Porque todo lo que tuvo inicio tiene naturalmente un fin. Solamente Dios es para siempre; Él está incluso por encima del siempre. Porque el Creador de los tiempos no puede situarse bajo los tiempos, sino por encima de ellos.

Los Ángeles son luces espirituales de segundo grado. Reciben su iluminación de la Primera Luz que no conoce inicio. Lengua y oído no necesitan; comunican sus pensamientos y decisiones entre sí sin proferir una palabra. Por la Palabra eterna, el Logos, todos los Ángeles fueron creados, y por el Espíritu Santo perfeccionados por santificación. Según su dignidad y grado, recibieron la iluminación y la gracia.

Son circunscritos; porque cuando están en el cielo no están en la tierra. Y cuando son enviados por Dios a la tierra no permanecen en el cielo. No están limitados por muros y puertas, cerraduras o sellos. Aparecen a los dignos a quienes Dios permite verlos en forma diferente a la suya propia, tal como los videntes puedan verlos. Porque es ilimitado por propia naturaleza y en sentido pleno, solamente lo increado. Cada criatura es limitada por Dios, su Creador.

Recibieron la santificación del Espíritu Santo fuera de su naturaleza. Por gracia divina profetizan. No necesitan matrimonio porque no son mortales.

Los Ángeles son espíritus; por eso se hallan también en lugares espirituales. Están circunscritos, no por el modo de su cuerpo ‑según su esencia, no tienen forma de cuerpo ni una dimensión triple (largo, ancho y profundo)-, sino porque adonde son enviados, allí están presentes y actúan, y no pueden actuar al mismo tiempo en distintos lugares.

Si son iguales según su naturaleza o distintos entre sí, no lo sabemos. Sólo Dios lo sabe, porque Él los ha creado, Él, que todo lo sabe. Distintos unos de los otros son los Ángeles por el brillo de su luz y por su estado, ya sea que a la medida de la luz corresponda el estado o al estado la parte de luz. A través de la jerarquía del grado de su naturaleza se iluminan mutuamente. Es evidente que los superiores comunican la luz y el conocimiento a los inferiores.

Los Ángeles son fuertes y dispuestos a cumplir la voluntad divina; gracias a su naturaleza se dirigen prontos a donde les envía la orden divina. Protegen las partes de la tierra. Preceden a pueblos y lugares como les ordena el Creador, se preocupan de nuestros asuntos y nos ayudan. Es cierto que, según la voluntad y el mandato divinos, están sobre nosotros los hombres y siempre alrededor de Dios.

Difícilmente se moverán los Ángeles hacia el mal, pero tampoco en este aspecto son completamente inmóviles. Por cierto, lo son ahora, pero no por su naturaleza, sino a causa de la gracia y del celo con el cual están exclusivamente asegurados en el bien.

Ven a Dios como les es posible; esta visión de Dios constituye su alimento.

Los Ángeles se encuentran por encima de nosotros los hombres, porque son incorpóreos y libres de toda pasión corporal; pero no sin pasiones, ya que solamente Dios es sin pasiones. Aceptan aquella forma que ordena Dios, el Señor; así se aparecen a los hombres, a quienes develan los misterios divinos. Permanecen en el cielo, donde su única tarea es alabar a Dios y servir a su voluntad divina. Como expresa el gran teólogo Dionisio Areopagita, sumamente santo y piadoso, la teología, es decir, la Sagrada Escritura, otorgó nueve nombres a estos seres celestiales. El divino maestro, que nos instruyó en esta ciencia santa, los agrupa en tres categorías triples: La primera, dice, es aquella que siempre está alrededor de Dios y, como relata la tradición, unida a Él directa e ininterrumpidamente; es aquella de los Serafines, con las seis alas; los Querubines, con los múltiples ojos, y los santos Tronos. La segunda categoría está conformada por las Dominaciones, las Potestades y las Virtudes. La tercera y última es la de los Principados, los Arcángeles y los Ángeles.

Algunos afirman que los Ángeles accedieron a la existencia antes que cualquier otra criatura. Así lo asegura Gregorio Nacianzeno el Teólogo: “Primero, Dios pensó en los poderes angelicales y celestiales, y este pensamiento fue realidad.” Otros, por el contrario, aseguran que los Ángeles fueron creados después del primer cielo. No obstante, todos coinciden en que su creación tuvo lugar antes que la del hombre. Yo, personalmente, me adhiero al Teólogo. Porque conviene que en primer lugar fuera creada la naturaleza espiritual, después la material y al final el hombre, compuesto de las dos.

Quienes afirman que los Ángeles son creadores de alguna esencia cualquiera, son portavoces de su padre, el diablo; porque los Ángeles son criaturas, por lo tanto, no creadores. Creador, sustento y dirigente que cuida de todo es Dios, el único increado, alabado y glorificado en el Padre y el Hijo y en el Espíritu Santo.

De entre estos poderes angelicales, el príncipe de la tierra, a quien Dios había confiado el cuidado del mundo terrenal, no era malo por su naturaleza, sino bueno y creado para lo Bueno; no tenía una maldad en sí del Creador, pero no podía soportar la luz y la honra que el Creador le había dado, volviéndose contra Él por libre decisión, de lo que es natural hacia lo contranatural y levantándose contra Dios, su Creador, con la intención de disponerse en su contra.

Primero perdió lo que es bueno, después cayó en lo malo, que no es otra cosa que la privación de lo Bueno, como la oscuridad es la falta de la luz. De igual modo, también el maligno es una oscuridad espiritual. Como luz, fue creado bueno por el Creador ‑ porque Dios vio todo lo que había hecho y vio que era bueno (cfr. Gn 1,31) ‑; por su propia y libre decisión se hizo oscuridad. Con él fue arrojada también una multitud innumerable de ángeles sometidos a él que le seguían y con él cayeron. Y aunque ellos (los demonios) son de igual naturaleza que los Ángeles, se hicieron malos, cambiaron por libre decisión su voluntad de lo bueno hacia lo malo. Ellos (los demonios) no tienen poder sobre nadie, excepto cuando Dios se lo concede por ciertas razones dentro del orden de la salvación, como está escrito en el libro de Job (cfr. Jb 1,12) o al hablar de los puercos en el Evangelio (cfr. Mc 5,13). Cuando reciben el permiso de Dios tienen poder; se trasforman, cambian y adoptan aquella forma en la cual desean aparecer.

Ni los Ángeles de Dios ni los demonios conocen el futuro; a pesar de ello, lo predicen: los Ángeles, cuando Dios se lo revela y los envía a profetizar; por eso todo lo que aseguran se realizará. Asimismo los demonios, ya que en parte conocen algunos acontecimientos futuros, y en parte los sospechan; en muchas ocasiones mienten; por eso no debe creérseles, ni cuando dicen la verdad en determinadas circunstancias, porque también conocen las Escrituras.

Ellos (los ángeles caídos) inventaron cada maldad, al igual que las pasiones impuras. Por cierto, se les concedió estorbar a los hombres, pero no pueden forzar a nadie. Porque en nosotros los hombres se encuentra la decisión de aceptar o no el ataque. Por todo ello, está preparado para el diablo y sus demonios, y para sus secuaces, el fuego inextinguible de la pena eterna (cfr. Mt 25,41). Asimismo, es necesario saber que lo que es la muerte para el hombre es para el Ángel la apostasía; porque después de la apostasía no existe penitencia (para la conversión), como tampoco para nosotros habrá conversión después de la muerte.

San Juan Damasceno

1 D. Stiefenhofer, Des hl. Johannes v. Damaskus genaue Darlegung des orthodoxen Glaubens, München, 1923, p. IX.

2 En efecto, san Juan Damasceno no es original en su angeología; sigue, a veces literalmente, las explicaciones de San Gregorio Nacianzeno y de Dionisio Areopagita. Sin embargo, su mérito reside en compilar y resumir fielmente lo que se había enseñado en el Oriente sobre los Ángeles.

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S-Gregorio Magno

San Gregorio Magno († 12 de marzo de 604)

La historia de este santo Papa conocido por el sobrenombre Magno (Grande) puede reflejarse concisamente con algunas palabras clave: nació cerca del año 540 en Roma, proveniente de la nobleza senatorial; fue prefecto de la ciudad de Roma (572‑573); posteriormente monje en el monasterio que él mismo donó y erigió en su casa paterna, en el Clivus Scauri (Roma); fue ordenado diácono regional por el Papa Benito I, y enviado por el Papa Pelagio II en 579 como nuncio (apocrisiar) a la corte del emperador de Constantinopla, donde representó, en medio de pésimas circunstancias, los asuntos papales; regresó a Roma en 585‑586 y fue consejero de Pelagio II; el año 589 la peste asoló Roma y a inicios del año 590 contagió al Papa, ocasionándole la muerte; Gregorio fue elegido entonces Sumo Pontífice; dirigió la Iglesia con extraordinaria prudencia y sabiduría.

En cierto sentido, san Gregorio Magno estuvo rodeado por Ángeles; con razón se le otorgó el título Doctor Angelorum (Doctor de los Ángeles) o Doctor coelestis militiae (Doctor de la milicia celestial). Así lo nombró ya su primer biógrafo, Juan Diácono,1 quien relató aquel episodio de la vida de Gregorio en que éste exclama a la vista de unos anglosajones ofrecidos en el mercado de esclavos, cuando le preguntaron a qué tribu pertenecían: “¡Anglos, de los Ángeles; serán herederos de los Ángeles!”2 Un Ángel le comunicó su destino ‑pastor supremo de la Iglesia‑; y cuando quiso esconderse, después de ser elegido Papa, para huir de esta difícil encomienda, fue descubierto gracias a una columna de luz sobre su escondite por la que los Ángeles subían y bajaban.3

El primer acto público de Gregorio, ya consagrado Papa, fue una gran procesión de petición a través de las calles de Roma para evitar la peste, que en aquel año 590 se encontraba en su apogeo; entonces recibió una visión del Arcángel Miguel, quien bajó del cielo a la tumba del emperador Adriano y envainó su espada ensangrentada; a partir de ese momento remitió la peste. Desde entonces, el mausoleo de Adriano fue llamado Castillo de los Ángeles (Castel Sant’ Angelo).4

Se afirma que Gregorio dio en cierta ocasión limosnas a un Ángel que se le apareció disfrazado de náufrago; en otra hospedó a un Ángel en forma de mendigo,5 acontecimiento mencionado en la quinta lectura de los maitines para el oficio de su festividad, el 12 de marzo: “Gregorio invitaba diariamente a su mesa a los peregrinos y también a un Ángel; una vez recibió incluso al propio Ángel del Señor en forma de peregrino.” En efecto, siendo Papa, Gregorio Magno acostumbraba invitar a su mesa cada día a doce pobres, a los cuales, en ocasiones, se unía un decimotercero, a quien sólo el santo podía ver, reconociéndolo como un Ángel de Dios.6 Involuntariamente, este pasaje alude a las palabras de la Carta a los Hebreos: “No os olvidéis de la hospitalidad, pues por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a Ángeles” (Hb 13,2).

Más que a estos sucesos y otros muchos que se presentaron en su vida -aunque juzgados por algunos no históricos sino legendarios‑, este santo Papa de finales del siglo VI debe su título de Doctor angelorum a la manera tan explícita de expresarse en sus obras sobre los Ángeles, como, por ejemplo, en el comentario al libro de Job (Moralia in Job), en las homilías para los perícopes de los Evangelios y para el libro de Ezequiel, y en sus cuatro libros de Diálogos sobre la vida y los milagros de padres italianos, como comentó explícitamente L. Kurz en su disertación La doctrina de los Ángeles en san Gregorio Magno.7

“Los 34 libros de Moralia in Job ofrecen una presentación simple, estimulante y múltiple de la batalla humana contra Satanás”,8 el primer ángel caído. La mayoría de los elementos de la angelología comúnmente aceptada en la alta patrística aparece en esta obra: los Ángeles poseen una relación incomparablemente más familiar con Dios que los hombres; contemplan la fuente de la sabiduría en sí. Sin embargo, están limitados por su propio ambiente. Así como en relación con nuestro cuerpo son espíritus, cuando se les compara con Dios, el espíritu ilimitado, podría afirmarse que son cuerpos.9 Satanás era el primer Ángel, el más grande; Gregorio lo identifica con Behemot y con el Leviatán del libro de Job. Después de caer, a causa de la soberbia, mantuvo su naturaleza angelical pero perdió su felicidad; ahora recorre el mundo y tienta a los hombres. Gregorio enumera diferentes tentaciones; en los Diálogos se refiere al trato de los ascéticos italianos con los demonios y los Ángeles.10

Aquel primer Ángel había sido creado infinitamente grande y glorioso, pero por propia decisión se transformó en diabólico. Gregorio Magno usó, al igual que otros muchos padres de la Iglesia, para designar a este primer Ángel creado, la imagen del cedro del Líbano -con cuya belleza ningún árbol del jardín de Dios puede compararse‑ que se encuentra en el libro de Ezequiel (cfr. Ez 31,3‑9) aplicada al rey Assur. Porque su situación era tan elevada que, aunque los poderes angelicales subieran, no podían llegar hasta él; el árbol del paraíso de Dios estaba, por así decirlo, tan frondoso que vio a las legiones de los espíritus celestiales por debajo de él;11 era el espíritu angelical más grande,12 el príncipe de los Ángeles,13 y poseía una posición de preferencia sobre todas las legiones angelicales.14 Los nueve coros de los Ángeles, a los que él no pertenecía, adornaban su vestido como nueve piedras preciosas, ante las cuales se vio a sí mismo mucho más glorioso, superando su brillo.15

Según el designio de Dios, el primer Ángel podía haberse mantenido en la cumbre; en posesión de gracias gloriosas hubiera sido el señor de los elementos, a condición de permanecer sometido a Dios en libre servicio. Con un acto de amor debía responder a este amor que Dios había manifestado en él, porque había sido creado con el designio de reverenciar y amar a su Creador con alegría.16 Pero Satanás no quiso; le desagradaba someterse a Dios. Este Leviatán miraba hacia las alturas donde se encontraba Dios, entronizado sobre todas las criaturas, por encima de toda la creación; deseaba el derecho de una libertad pervertida, según la cual estaría sobre todo y no por debajo de nadie, ni de Dios. Afirmaba: “Subiré sobre las cumbres de las nubes y seré igual al Altísimo” (Is 14,14). Esta increíble soberbia17 lo orilló a pretender apoderarse de una gloria reservada sólo a Dios. Con su pecado no solamente se arrojó a sí mismo, sino que también llevó a muchos otros ángeles, a la perdición. La atractiva tentación de la soberbia de Satanás fue repelida por la humildad de los Ángeles fieles que perseveraron inmutables en el amor a Dios, ya que el Dios todopoderoso, cuando separó a los Ángeles según sus méritos, los mantuvo en la luz eterna después de arrojar a los infieles de la altura de su ser hacia la pena de la condenación eterna.18

Los Ángeles que permanecieron fieles ven directamente a Dios en su majestad, tal como Él es. El Papa Gregorio Magno aclara explícitamente las cualidades de este acto de conocimiento angelical en la visión de Dios,19 al igual que la relación de los Ángeles con Cristo, quien, entronizado rey por encima de ellos, como hombre nacido bajo ellos, sufrió y murió; pero en su ascensión al cielo elevó la naturaleza humana hasta un nivel superior al de todos los poderes celestiales, al que también conducirá a aquéllos cuya naturaleza asumió para depositarlos al lado de los Ángeles, como compañeros entre compañeros, ciudadanos del cielo entre ciudadanos, y así llenar los lugares de quienes perdieron su ciudadanía celestial. Los vacíos en el cielo serán cubiertos completamente cuando Cristo, rodeado por los Ángeles dispuestos a servirle, aparezca en el trono de su majestad para impartir justicia en el fin de los días. Llegado ese momento, los Ángeles, como ejecutores de su voluntad, separarán bajo sus órdenes a los pecadores de los santos e introducirán a los nuevos ciudadanos del cielo en los espacios aún vacíos.20

De manera análoga a Dionisio Areopagita en el Oriente, el santo Papa Magno realizó la primera clasificación en la Iglesia occidental del mundo angelical en nueve coros, según los nombres que aparecen en la Sagrada Escritura. Sobre este tema habla explícitamente en su Homilía 34, utilizada hasta la reforma del calendario litúrgico como lectura de los maitines en el oficio de la festividad del Arcángel Miguel:

Hablamos de nueve coros angelicales porque sabemos por el testimonio de la Sagrada Escritura que existen Ángeles, Arcángeles, Virtudes, Potestades, Principados, Dominaciones, Tronos, Querubines y Serafines. Sobre la existencia de Ángeles y Arcángeles atestigua casi cada página de la Sagrada Escritura. De los Querubines y Serafines hablan frecuentemente los libros de los profetas. El propio apóstol Pablo enumera en su Carta a los Efesios los nombres de cuatro coros: “Sobre todos los Principados, Potestades, Virtudes y Dominaciones”; y en la Carta a los Colosenses dice: “Sean Tronos o Dominaciones o Principados o Virtudes.” Si unimos los cuatro que menciona en la Carta a los Efesios a los Tronos, resultan cinco coros; si juntamos éstos con los Ángeles y Arcángeles, los Querubines y Serafines, concluiremos, sin duda, que existen nueve coros de Ángeles.

Es conveniente saber que el nombre Ángel designa la función de quien lo lleva, no el ser. En efecto, en la patria celestial, aquellos santos espíritus son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados Ángeles, ya que únicamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Por eso se canta en el salmo: “Tiene por mensajeros a sus espíritus”; como si dijera: Él hace de los espíritus que siempre están a su alrededor, cuando lo desea, Ángeles. Aquellos que ejecutan las tareas de menor importancia se llaman Ángeles; los que comunican cosas importantes, Arcángeles.

Por eso a la Virgen María no le fue enviado un Ángel cualquiera, sino el Arcángel Gabriel; un mensaje de tal trascendencia requería ser transmitido por un Ángel de la máxima categoría.

De ahí que los Arcángeles sean citados por su propio nombre, que indica también su actividad. Así, Miguel significa ‘¿Quién como Dios?’; Gabriel, ‘Fortaleza de Dios’, y Rafael, ‘Medicina de Dios’.

Cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado san Miguel, dando a entender por su actuación y su nombre que es imposible que nadie haga lo que sólo Dios puede realizar. Por eso, aquel antiguo enemigo que por su soberbia pretendió igualarse a Dios diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, se nos muestra luchando contra el Arcángel Miguel, cuando al fin del mundo sea desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como lo presenta Juan: Se entabló una batalla con el Arcángel Miguel.

A María le fue enviado el Arcángel Gabriel, cuyo nombre significa ‘Fortaleza de Dios’, porque iba a anunciar a aquel que a pesar de su humilde apariencia, reduciría a los principados y potestades. Era, pues, natural que el que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del Señor de los ejércitos y héroe de las batallas. Rafael significa, como se mencionó, ‘Medicina de Dios’, nombre proveniente de haber curado a Tobías cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera.21

Con respecto a la relación de los Ángeles con nosotros los hombres, este santo Papa y doctor de la Iglesia se orienta en las palabras de la Carta a los Hebreos: “¿No son todos ellos espíritus administradores enviados para servicio de los que han de heredar la salud?” (Hb 1,14).22 En el cuidado de nuestra salvación se observa el servicio externo de los santos Ángeles, su tarea: anunciar la verdad a los que no saben, dar de beber de la fuente de la luz a los ciegos.23 Al igual que a través de los patriarcas y profetas se transmitió la llamada de Dios a los hombres, así llega ahora por medio de los Ángeles.24 Glorifican al Señor (cfr. Jb 36,24) cuando nos revelan su poder.25 También les correspondería el nombre de cónsules (cfr. Jb 3,14), es decir, ‘consejeros’, porque recibimos de su mensaje la voluntad del Creador y así somos aconsejados en la miseria y tristeza de la vida terrenal.26 Los Ángeles nos asisten, gracias a la bondad de Dios, en cada lucha que mantenemos; nos ayudan no solamente a vencer las tentaciones, sino, en ocasiones, a extinguir su fuego. A manera de ejemplo, Gregorio Magno menciona a cierto Equitio, quien, después de haber invocado al Dios todopoderoso con oración incesante suplicando una cura contra los placeres de la carne, una noche fue castrado por un Ángel y a partir de ese momento quedó libre de tentación sexual, como si no tuviese sexo en su cuerpo.27

Llenos de regocijo por las buenas obras de sus protegidos,28 los Ángeles otorgan29 la bondad del Padre divino a quienes se esfuerzan honestamente en su vida, en cuanto los aconsejan, exhortan y estimulan, incluso a aquellos que han caído en pecado, levantándolos y otorgando un alivio a los arrepentidos, alegres en grado sumo por su conversión.30

La escalera de Jacob (cfr. Gn 28,12), con los Ángeles subiendo y bajando, es para san Gregorio un símbolo del amor con que los Ángeles se adhieren a su Creador y de la enorme compasión con que descienden a nuestras debilidades31 para recrearnos en la fuerza de la visión beatífica de Dios por su servicio y ayuda.

Es más, como los hombres no pueden prescindir de esta gran ayuda angelical, porque no está asegurada la salvación, los Ángeles se mantendrán tanto tiempo como sea necesario a su servicio, hasta que todos los destinados a la vida eterna se encuentren reunidos en el fin de los días.32 Claro está, para ello los Ángeles se ocupan de nosotros antes, en vida y durante la hora de la muerte33 ‑en ocasiones prediciendo el momento o apareciendo durante la salida del mundo terrenal.

Gregorio Magno menciona en sus Diálogos un claro ejemplo de ello:

En mi convento había hace diez años un hermano llamado Gerontio. Cuando enfermó gravemente, observó en una visión nocturna hombres vestidos de blanco y de aspecto brillante que entraban desde arriba al convento. Se colocaron ante la cama del enfermo y uno de ellos dijo: “Hemos venido para incorporar del convento de Gregorio a algunos hermanos al ejército (celestial).” Y le ordenó a otro: “¡Escribe Marcelo, Valentiano y Agnelo!” Después añadió: “¡Anota también a aquel que nos ve!” Seguro por esta aparición, el hermano [Gerontio] comunicó por la mañana a sus hermanos quiénes iban a morir dentro de poco tiempo. Cuando al día siguiente los hermanos empezaron efectivamente a morir en la secuencia en que fueron anotados, Gerontio declaró que también él les seguiría; poco tiempo después murió quien había anunciado y previsto [gracias a un Ángel] la muerte de sus hermanos.34

En los Diálogos35 relata varias apariciones angelicales en la hora de la muerte. Por otra parte, afirma que las almas escogidas no están exentas de las molestias del diablo o de los espíritus malignos que constantemente persiguen como ladrones a los hombres buenos.36 El moribundo en pecado mortal ve al diablo ‑san Gregorio lo comprobó en la muerte del monje Chrisaorio‑ en forma de espíritus negros y monstruosos, imposibilitado para alejar esta visión37 salvo cuando los presentes, que no ven el dragón infernal, lo expulsan con la señal de la santa cruz.38 El fin de esta visión no es que el pecador pierda su vida eterna, sino que sepa a quién sirvió y pueda así resistir y superarlo. Una aparición de esta índole constituye, entonces, un don de la misericordia divina39 que, aunque no brinde ayuda al moribundo, al menos puede ser aprovechada por los presentes.40

El que a los Ángeles y a los espíritus malignos, liderados por el diablo, les sea posible aparecerse a los hombres, se debe, argumenta san Gregorio, a la capacidad de los Ángeles ‑y análogamente, de los demonios‑ de adoptar cuerpos de aire.

Para concluir, citaremos las explicaciones de L. Kurz sobre la angelología del santo Papa Gregorio Magno:

Aunque Gregorio, en su angelología, aprovecha parcialmente elementos de san Agustín y de Dionisio Areopagita, debemos considerar el fino tacto y calidez de sentimiento demostrados para utilizar el trabajo espiritual de una época anterior y aplicarlo a su tiempo y, sin darse cuenta, incluso a los siglos posteriores.41

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S-Sérvulo de Roma

San Sérvulo de Roma († cerca del año 590)

Sérvulo sufría parálisis desde su infancia; se sostenía con los donativos que a diario mendigaba en el pórtico de San Clemente, en Roma. La mayor parte de estas limosnas la regalaba a otros pobres. Soportaba su sufrimiento con gran sumisión. En su muerte escuchó, según relata san Gregorio Magno en sus Diálogos (IV, 14), el cantar de los Ángeles, quienes recibieron su alma para la gloria celestial:

Es necesario saber que las almas moribundas de los elegidos se encuentran frecuentemente rebosantes de la dulzura de los cantos celestiales, alegría por la cual no sienten la separación entre el cuerpo y el alma. Así, ya narré en las homilías sobre los Evangelios [Homilía 15, núm. 5] que se encontró un cierto Sérvulo en el pórtico que debe atravesarse cuando se entra en la iglesia de San Clemente. Por cierto, era pobre en bienes, pero rico en méritos. Una enfermedad prolongada lo debilitó mucho. Desde que nosotros lo conocimos y hasta el final de su vida permanecía echado en el suelo por su artritis; sí, qué les digo, no podía estar de pie, ni levantarse en la cama para sentarse, ni llevar la mano a la boca, ni cambiar de posición. Como ayuda tuvo a su madre y a un hermano, y todo lo que recibió como limosnas lo repartió entre los pobres por las manos de ellos. Nunca aprendió a leer, pero había comprado una Sagrada Escritura y, como frecuentemente hospedaba a hombres piadosos, les pedía que se la leyeran. De este modo llegó al conocimiento completo de la Sagrada Escritura, aunque no conocía ninguna letra. En sus dolores siempre se esforzó en dar gracias a Dios y consagraba al Señor su tiempo con himnos y cantos de alabanza día y noche. Pero cuando llegó el momento en que debía ser recompensada su gran paciencia, el dolor de los miembros se mudó a las partes interiores de su cuerpo. Porque sabía que había llegado su fin, solicitó a los peregrinos y amigos que se levantaran para cantar los salmos con él y así esperar su fin. Cuando de esta manera cantaban los salmos, interrumpió de repente las voces de los cantores con este grito: “¡Estad calmados! ¿No escucháis cómo repercuten los cantos de alabanza en el cielo?” Y en cuanto dirigió su oído interior a estos cantos fue separada su alma de su cuerpo. En su muerte se derramó una fragancia tan fuerte que los presentes respiraron esta dulzura indescriptible y así supieron que Sérvulo había sido recibido entre los coros celestiales de los Ángeles. Uno de nuestros monjes, que todavía vive, estaba presente y asevera con muchas lágrimas que esta fuerte fragancia podía percibirse incluso en la sepultura de Sérvulo.1

 ¡Cantos celestiales! ¡Fragancia celestial! Para los racionalistas esto puede parecer un cuento. Para quien cree en la realidad sobrenatural y en la existencia de los santos Ángeles, constituye una verdad para afirmar alegremente, mostrada muchas veces a los místicos en sus visiones.2

1 Gregorio Magno, Diálogos,1. IV, cap. 14.

2 Cfr. R. Hammerstein, Die Musik der Engel, Bern, 1962, pp. 53-62.

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S-Esteban de Rieti

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S-Lorenzo de Siponto

San Lorenzo de Siponto († 7 de febrero de 565)

En la Vita de san Lorenzo de Siponto -escrita en los siglos IX o X‑, consagrado obispo por el Papa Gelasio (492‑496), se relata que en el tiempo de su ministerio ocurrió en las montañas de Gárgano, en la costa oriental de Acapulia (sur de Italia), una aparición del Arcángel Miguel.1

Desde tiempos antiguos, un santuario consagrado a los santos Ángeles embellecía la sierra de Gárgano; los habitantes de la ciudad de Siponto, situada al pie de las montañas, cultivaban con entusiasmo un gran fervor y veneración por el Arcángel Miguel. Según cuenta la tradición,2 en cierta ocasión se había perdido en las rocas un toro que pertenecía a un hombre llamado Gárgano. El dueño buscó al animal y, cuando lo encontró, ante la imposibilidad de liberarlo de donde se hallaba, intentó lancearlo para matarlo; sin embargo, el arma se regresó, atravesando al hombre. Este acontecimiento causó lógicamente una gran sensación entre la población. El obispo Lorenzo pidió a Dios una explicación de este enigmático suceso. Por la noche se le apareció el Arcángel Miguel y le comunicó que él mismo había ordenado al arma dirigirse contra su dueño: “Porque yo soy Miguel, el Arcángel que siempre está ante la faz del Señor. Este juicio de Dios debe mostrar que aquel lugar está habitado por mí en la tierra; quiero mantenerlo puro. Todo lo que acontece en él está bajo mi vigilancia y protección.” Poco tiempo después, la ciudad de Siponto ‑como se narra en la Vita de san Lorenzo‑ fue sitiada por los napolitanos, contra quienes se libró una gran batalla al pie de la sierra. En el momento de la lucha, la cima del monte Gárgano se cubrió de densas nubes, la luz del sol desapareció por completo, un gran terremoto hizo temblar el suelo de roca, mientras a la luz deslumbrante de los rayos que caían pudo distinguirse en el pico de la montaña la silueta brillante de un Ángel maravilloso. Los napolitanos huyeron, pero seiscientos fueron tocados por los rayos y quemados hasta ser irreconocibles, cubriendo sus cadáveres el campo de batalla. Al día siguiente, los habitantes de Siponto subieron en procesión a la montaña y encontraron en el lugar de la aparición una huella fuertemente impresa en las piedras; no lejos de ahí, la roca estaba levantada en sillares gigantescos, formando una catedral de roca natural.

En otra aparición posterior, el Arcángel Miguel ordenó al obispo Lorenzo erigir en ese lugar, consagrado por el propio Arcángel, un santuario de adoración perpetua. Este es el origen del santuario del Monte Gárgano, consagrado a san Miguel.

Por tercera vez se apareció el santo Arcángel a Lorenzo de Siponto, cuando con otros dos obispos se dirigía al santuario para consagrarlo solemnemente; san Miguel le manifestó que la consagración ya se había realizado. Así cuenta la leyenda y aparece en diferentes Martirologios de la Edad Media. Estos acontecimientos debieron de haber sucedido aproximadamente entre los años 492 y 494.3

De san Lorenzo se afirma en su Vita que fue dotado con el don de la profecía y que predecía sucesos bélicos. Vivió hasta el tiempo de Justino [† 527] y Justiniano († 565), y mantuvo un encuentro con el rey Totila († 522), de quien consiguió que Siponto fuera salvada de la destrucción.

El 8 de mayo del año 663, los langobardos, que habían establecido en el siglo VI el ducado de Benevent, vencieron a los sarracenos, por quienes habían sido invadidos; esta victoria se atribuyó a la intercesión de san Miguel;4 tal vez ésta sea la razón por la que se instauró la fiesta de la aparición del Arcángel Miguel en la liturgia latina ‑hasta la reforma litúrgica de 1969‑ el 8 de mayo. En la lectura del breviario de la segunda nocturna de esta “Fiesta duplex majus de la aparición del santo Arcángel Miguel” se leía:

 

La Sagrada Escritura asegura, y la tradición de los padres confirma, que el Arcángel Miguel se apareció en diferentes ocasiones a los hombres. Por eso se celebra en muchos lugares la conmemoración de estas apariciones. Al igual que anteriormente la sinagoga judía, la Iglesia de Dios lo venera en la actualidad como su protector y patrono.

Bajo el pontificado de Gelasio I tuvo lugar en Apulia, en el pico del monte Gárgano, a cuyo pie se encuentra Manfredonia, una aparición del Arcángel Miguel. Aconteció que un toro de un pastor se desvió del rebaño en el Gárgano; después de buscarlo por mucho tiempo lo encontraron; se había enredado en la entrada de una cueva. Uno le tiró una flecha para matarlo, pero la flecha regresó y mató al tirador. Todos los presentes se aterrorizaron y nadie osó acercarse a esta cueva. La gente se dirigió a su obispo, quien les respondió que debía pedir a Dios una explicación y ordenó ayuno y oración por tres días. Transcurridos estos tres días, el Arcángel Miguel reveló al obispo que ese lugar estaba bajo su protección y que con esa señal quería indicar que allí se debía erigir un templo en memoria suya y de todos los Ángeles. Entonces, el obispo fue con todo el pueblo hacia la cueva. Vieron que se asemejaba a un templo y la consagraron como un lugar para el culto. En seguida, el santuario fue glorificado por muchos milagros.

 

El santo Arcángel Miguel se apareció de nuevo el año 1656 al obispo de aquel entonces, prometiéndole que los fieles serían preservados de la peste si llevaban consigo piedrecitas de la cripta del santuario de Monte Gárgano; el propio Papa Alejandro VII pidió para sí algunas de estas piedras. La liberación de la peste es recordada en la entrada del santuario por una lápida de mármol del año 1658.5 Hasta el día de hoy, numerosos peregrinos provenientes de todo el mundo veneran al Arcángel Miguel en el Monte Gárgano.

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Congreso2022

Congreso 17: 11 de junio 2022

Rev. P. José Ignacio Ferro; El conocimiento de los ángeles en santo Tomás de Aquino                    pág. 2

 

Explicación: El conocimiento de los Ángeles                                          pág. 3

 

Prof. Dr. Rafael Breide Obeid, Los Ángeles del tiempo y el juicio de las naciones          pág. 13

Cornelius Pfeifer ORC; El poder de los Ángeles en el universo                                                pág. 14

 

Los Ángeles buenos y malos                  pág. 35

 

Las naciones entre el ángel y la bestia en el Apocalipsis                    pág. 40

P. José Ignacio Ferro

Santo Tomás de Aquino trata sobre el tema del conocimiento de los Ángeles en la Suma teológica, la primera parte, las cuestiones 54 – 58. Presentaremos aquí como santo Tomás realiza su discurso:

  1. 55, 1: los ángeles, ¿lo conocen o no lo conocen todo por su sustancia o por algunas especies?

            2: Si es por las especies, ¿se trata de especies naturales o de especies tomadas de las cosas?

            3: Los ángeles superiores, ¿conocen o no conocen por especies más universales que los ángeles inferiores?

 

  1. 56, 1: El ángel, ¿se conoce o no se conoce a sí mismo?

            2: Un ángel, ¿conoce o no conoce al otro?

            3: Por su naturaleza, el ángel, ¿conoce o no conoce a Dios?

 

  1. 57, 1: Los ángeles, ¿conocen o no conocen las cosas materiales?

            2: ¿Conocen o no conocen lo singular?

            3: ¿Conocen o no conocen lo futuro?

            4: ¿Conocen o no conocen los pensamientos del corazón?

            5: ¿Conocen o no conocen todos los misterios de la gracia?

 

  1. 58, 1: El conocimiento de los ángeles, ¿está o no está a veces en potencia y a veces en acto?

            2: El ángel, ¿puede o no puede conocer simultáneamente muchas cosas?

            3: ¿Conoce o no conoce con proceso discursivo?

            4: ¿Conoce o no conoce por medio de composición y división?

            5: En el conocimiento angélico, ¿puede o no puede haber falsedad?

            6: El conocimiento del ángel, ¿puede o no puede ser llamado matutino o vespertino?

            7: El conocimiento matutino y el vespertino, ¿son el mismo, o son diversos?

Cornelius Pfeifer, ORC

EL PODER DE LOS ÁNGELES EN EL UNIVERSO.

I.- El poder de los Ángeles sobre la materia corporal.

II.- Diferencia entre las diversas operaciones de Dios en el universo.

III.- )Pueden los Ángeles encarnarse, inspirar la bondad o la malicia en el hombre, crear la materia, trasubstanciar una creatura u operar milagros?

IV.- )Pueden los Ángeles, por medio del movimiento local, cambiar o modificar los cuerpos?

V.- )Cómo podemos decir que un Ángel está en un lugar en particular?

VI.- Extensión del poder angélico sobre la materia.

VII.- )Pueden los Ángeles asumir cuerpos vivientes?

VIII.- Extensión del poder angélico sobre el hombre.

IX.- Cómo personas o cosas determinadas pueden ser una ayuda o un obstáculo en los efectos que producen los Ángeles.

X.- Límites del poder angélico.

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Ángeles Santos

S-Hilario (Ellero) de Galeata

Santo abad Hilario (Ellero) de Galeata († 15 de mayo de 558)

Aunque la biografía original de este santo, redactada en el siglo VI por uno de sus discípulos (Pablo) fue embellecida con elementos legendarios -como se hacía en la hagiografía de aquella época-, los maravillosos acontecimientos que relata sobre la vida de san Hilario son en su núcleo históricos ‑recientemente lo constató fray Lanzoni de Ravenna en un análisis crítico1‑, así como lo relativo a su relación familiar con los santos Ángeles.

En la juventud del santo abad es posible observar el anterior supuesto: Al escuchar en la celebración litúrgica las palabras de Jesús: “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26), Hilario se decidió por la vida eremítica. Además, fue animado por un Ángel a abandonar la casa paterna y a emprender lo que hasta entonces deseaba. Así se lee en su biografía:

 

Hilario rezaba para que Dios se dignase enviarle un Ángel como guía para el futuro camino de su vida. Apenas terminó la oración se le apareció un Ángel, que le confirmó en su decisión: “¡Sé fuerte, actúa como un hombre! Dios va a cumplir todos los deseos de tu corazón. He aquí que te he sido dado como centinela para que todo lo que quieras realizar tenga éxito.” Entonces, Hilario se puso en camino, dejó su patria en la Toscana, atravesó los Apeninos y llegó al valle de Emilia. Allí se estableció en un lugar solitario que le mostró el Ángel. Se le unieron otros simpatizantes, entusiasmados por su vida ascética y en total comunión con Dios. Así se fundó cerca del año 496 la abadía de Galeata. La regla según la cual vivieron el abad Hilario y sus compañeros era muy simple, probablemente semejante a la de Pacomio: Mucha oración, ayuno severo, obras de humilde amor fraterno.

 

En cierta ocasión en que un ejército enemigo atacó la región del convento ‑se dice que eran soldados del rey Teóderic‑, los Ángeles ayudaron al abad Hilario, quien de nuevo había implorado:

 

Señor Jesucristo, quien te dignaste traerme hasta aquí por medio de un Ángel y me mostraste entonces este lugar para vivir, a ti confiamos nuestra causa, a ti que eres el juez de todos. ¡Mantente cerca en esta hora difícil, para que el enemigo no triunfe sobre nosotros, porque quiere aniquilar a tus siervos!

 

La oración fue atendida y los santos Ángeles, en la misión de Cristo, protegieron la abadía y la vida de los monjes.

En cuanto a la muerte del santo abad Hilario, en su biografía se lee: “Cuando se habían cumplido los días de su vida, a los 82 años, se le apareció otra vez un Ángel y le dijo: ‘¡Sé fuerte! ¡Actúa como un hombre! ¡Confirma a tu comunidad y a los que están congregados a tu alrededor! ¡Porque en tres días vendré para llevarte de este mundo!’” El autor de la Vita sancti Hilari concluye su obra con una breve frase que reafirma la historicidad de lo relatado: “Esto, lo que nosotros mismos hemos visto y escuchado de la boca del santo abad, esto les hemos comunicado.”2

1 Cfr. G. Lucchesi, Ellero, en Bibliothe­ca Sanctorum, vol. IV, 1, pp. 1400-1411.

2 Acta Sanctorum Maii, vol. III, 472-477.

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Santos

S-Benito de Nursia

San Benito de Nursia

(+ 21 de marzo 547) sobre el comportamiento en el cantar de los salmos escribe: Cada vez que pensamos en las palabras del profeta: “¡Servid al Señor con temor!”, “¡Cantad los salmos con atención!” y “Te cantaré (oh, Dios) salmos ante los Ángeles” (Sl 137,1), debemos meditar lo que significa realmente estar delante de la faz de la Divinidad y de sus Ángeles, y estar en el cantar de los salmos de tal manera que nuestro corazón coincida con nuestra voz.

 En el capítulo 7 de su regla santa Sobre la humildad, san Benito observa:

Hermanos, si queremos alcanzar la cumbre más alta de la humildad y caminar rápidamente a aquella exaltación en el cielo, a la cual se sube por la humillación en la vida, debemos conseguir para nuestra subida por las virtudes la escalera que se apareció a Jacob en el sueño y en la cual vio a los Ángeles subiendo y bajando. Este subir y bajar no tiene otro sentido para nosotros que saber que se baja por exaltación y se sube por humildad. La escalera es nuestra vida terrenal, que el Señor dirige hacia el cielo cuando se humilla nuestro corazón. Los largueros de la escalera indican nuestro cuerpo y nuestra alma. En ellos colocó la llamada divina de gracia distintos grados de humildad y de virtud, por los cuales debemos subir. En el primero, el hombre contempla constantemente el temor de Dios y se cuida de no olvidarlo; piensa en todos los mandamientos de Dios y los considera en su corazón; recapacita que los burladores del Señor arderán en el fuego del infierno a causa de sus pecados, y a los temerosos de Dios les espera la vida eterna. El hombre debe estar en todo momento libre de pecados y faltas […] y consciente: Dios siempre estará mirándolo desde el cielo, el ojo de la Divinidad verá sus acciones y omisiones en todo lugar y los Ángeles informarán sobre él.

 Recordamos también que el Papa Gregorio Magno menciona en sus Diálogos (I. II, caps. 16 y 30 principalmente) la actividad exorcista de san Benito, por medio de la cual impedía al primer ángel caído, el “enemigo antiguo”, ejercer su influencia maligna sobre los hombres. En la oración, en visiones y también a manera de amenaza sentida físicamente, observó al mal, que bajo la influencia del diablo y de los otros espíritus malignos -de cuya existencia estaba convencido- tenía éxito en los problemas cotidianos, así como en los grandes movimientos anticristianos. Ante esta realidad, san Benito depositaba su gran confianza en la cruz salvadora de Jesucristo y en la protección de los Ángeles buenos que permanecieron fieles a Dios. Esta defensa contra el mal, herencia de un espíritu verdaderamente benedictino, encuentra un reflejo en la medalla de san Benito (Cruz de san Benito), que se cuenta entre los objetos de devoción más antiguos de la Iglesia: una medalla circular con la señal de la cruz; en sus brazos -vertical y horizontal‑ se leen las iniciales de la siguiente fórmula conjurante: CSSML (Crux Sancta Sit Mihi Lux, ‘La santa cruz sea luz para mí’) y NDSMD (Non Draco Sit Mihi Dux, ‘El dragón no sea mi guía’). En el círculo alrededor de la cruz, las letras: VRSNSMV (Vade Retro, Satana, Non Suade Mihi Vana, ‘Retrocede, Satanás, no me aconsejes vanidades’) y SMQLIVB (Sunt Mala, Quae Libas. Ipse Venenum Bibas, ‘Malo es lo que me das. Bebe tú mismo el veneno’). Encima de la cruz, la palabra PAX (Paz), anunciada por los santos Ángeles en Navidad para aquellos que se hallan en la gracia de Dios, y en la actualidad para quienes sitúan su confianza en la fuerza de la cruz de Jesucristo.