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S-Germano de Capua


El santo obispo Germano de Capua († 30 de octubre de 541)

La historia de san Germano, obispo de Capua, constituye un verdadero ejemplo de que el alma, al momento de la muerte, si se halla en estado de gracia, es conducida por su Ángel de la guarda hasta el cielo. San Benito, el gran padre monacal, pudo observar en una visión el regreso de su amigo, el obispo Germano, a la patria celestial, como relata san Gregorio Magno en sus Diálogos (2, 35):

Cuando Benito se encontraba una noche en la ventana ‑los hermanos todavía dormían, pero él ya había rezado la liturgia nocturna de las horas‑ y suplicaba insistentemente a Dios, en esa hora de profunda oscuridad nocturna vio de repente una luz que bajaba del cielo, haciendo huir la oscuridad de la noche y brillando con tanta claridad que […] superaba la luz del día. El venerable padre [Benito] miró con atención hacia el esplendor de esta luz deslumbrante y vio cómo el alma de Germano, el obispo de Capua, era llevada al cielo por los Ángeles en una esfera de fuego.

El diácono a quien san Benito llamó agitadamente como testigo “estaba totalmente confuso por este griterío tan desacostumbrado en un hombre como Benito” y solamente pudo vislumbrar un pequeño destello de esta aparición. Un mensajero enviado rápidamente a Capua confirmaría que a la misma hora en que sucedió la visión de Benito había muerto el santo obispo Germano.

Hechos semejantes se relatan frecuentemente en la muerte de personas santas. Así, en la Vita del santo obispo Gerardo de Toul († 23 de abril de 994), quien durante el periodo del santo obispo Bruno de Colonia se desempeñaba como canónigo de San Pedro en Colonia, y después, desde el año 963 hasta su muerte en el año 994, como obispo de Toul, el autor manifiesta: “Vi las multitudes de los santos Ángeles llenos de alegría, corriendo apresuradamente al encuentro del alma moribunda y conduciéndola con palabras de amable consuelo ante la faz del juez eterno.” La propia Iglesia reza en la muerte de los fieles: “¡Apresuraos a socorrer, vosotros, Ángeles del Señor, recibid esta alma, lleváosla ante la faz del Altísimo!”

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S-Dionisio Areopagita

El beato Dionisio Areopagita († cerca del año 520)

Al adoptar el pseudónimo Dionisio Areopagita cuando fue convertido al cristianismo por san Pablo en Atenas, este monje beato1 sirio no buscaba engañar a nadie, sino -como afirma razonadamente Hans Urs von Balthasar2‑ únicamente actuar

como un monje que muriendo para el mundo toma el nombre de un santo y vive en su realidad o de manera semejante a los alumnos de los grandes profetas, quienes vivieron y continuaron por siglos la tradición, colocando en esta misión específica sus palabras en boca de su maestro. Con razón hablamos de un Deutero‑Isaías y de un Trito‑Isaías, pero no de un Pseudo‑Isaías. Por ello tampoco deberíamos llamar a este pensador de fe profunda, que vivió en el paso del siglo V al VI, como en ocasiones se hace hasta la fecha, Pseudo‑Dionisio Areopagita.

 

De este teólogo y de sus obras literarias ‑De coelesti hierarchia (Sobre la jerarquía celeste), De ecclesiastica hierarchia (Sobre la jerarquía eclesial), De divinis nominibus (Sobre los nombres de Dios), De mystica theologia (Sobre la teología mística),- así como de sus diez cartas, irradia tal fuerza y brillo de santidad que de ninguna manera puede ser considerado un falsificador o un apologeta que usara, por prudencia, la treta del anonimato.3 En efecto, Dionisio se identificó tanto con su obra literaria -en la que su teología se presenta como un todo original, con la peculiaridad de una enorme fuerza creativa a pesar de todas las influencias neoplatónicas, cristianas, alexandrínicas y capadócicas- que ninguno de los grandes pensadores teológicos posteriores pudo ignorarlo. Y entre éstos se encuentran desde san Bernardo de Claraval y los suyos, san Alberto Magno, san Buenaventura y santo Tomás de Aquino, el maestro Eckart, Juan Tauler, Jan Ruysbroek, Juan Gerson, el cardenal Nicolás Cusano, Dionisio el Cartujo y los místicos españoles como san Juan de la Cruz, hasta el cardenal Pierre Berulle y el obispo Fénelon.

Por otra parte, los santos Ángeles desempeñan un papel preponderante en su obra, motivo por el cual constituiría un grave error excluirlo de este libro sobre los Ángeles y los santos.

Un pensamiento esencial en la teología de Dionisio Areopagita es el orden jerárquico de todos los seres, que descienden grado a grado del Dios absolutamente transcendente, a través de los seres espirituales (los Ángeles) y del ser espiritual‑corporal (el hombre), hasta la materia. Los seres espirituales del mundo angelical también mantienen un orden jerárquico: tres triadas, conformada cada una por tres coros: Serafines, Querubines y Tronos en el orden superior; Dominaciones, Principados y Potestades, en el mediano, y Virtudes, Arcángeles y Ángeles, en el inferior. El mundo sobrecelestial de las tres Personas de la única esencia divina se revela en la creación por irradiación e iluminación: en primer lugar, brilla en las tres triadas de los nueve coros de esta jerarquía celestial, y después, en la jerarquía terrenal de la Iglesia. Según esta visión del mundo, los seres celestiales -puramente espirituales- del mundo de los Ángeles, ocupan una posición central en la teo‑logía, entre la vida del Dios uno y trino y la Iglesia, como materialización de la teo-logía en la tierra.4

La jerarquía angelical de Dionisio Areopagita no constituye exclusivamente una lista de nombres misteriosos tomados de las Escrituras (Serafines, Querubines, Tronos, etcétera), sino uno de los grandes méritos de este gran teólogo, quien reveló las relaciones de los coros angélicos entre sí, con Dios y con la creación, lo que permitió comprender la gran importancia del mundo de los Ángeles así estructurado. El título de la obra en la que presentó su angelología se convirtió dentro de la teología en un término fijo para la estructura total del mundo angelical tan maravillosamente ordenado: De coelesti hierarchia (hierarchia, de híeros, ‘santo’, y arché, ‘dominio’, significa en esencia ‘santo dominio’, ‘santo gobierno’, ‘orden santo’). La palabra hieros, ‘santo’, expresa que dicho orden recibe del propio Dios su vida interior y la fuerza que lo llena y une al todo; además, indica el fin ulterior del orden, descrito así por Dionisio: “La jerarquía busca llevar a la semejanza con Dios y elevar, según la iluminación concedida por Dios, hacia una imagen de Él.”5

Los miembros particulares de la jerarquía van perfeccionándose hasta convertirse en “espejos puros, sin mancha, capaces de recibir el rayo divino de la fuente original de la luz; son espejos que, repletos de este brillo recibido, a su vez […] dejan brillar a éste sobre los grados inferiores”.6

Constituye una parte de la esencia de la jerarquía que sus miembros pertenezcan a diferentes grados, posean dignidades diferentes y cumplan diferentes tareas, en cada ocasión, para sustentar la vida del todo y garantizar su conservación. En el “gobierno santo”, solamente los miembros de más alto rango reciben el “rayo divino original” del propio Dios, “los cuales, entonces […] dejan brillar a éste a través de los grados siguientes”. Para cada miembro de la jerarquía, la perfección consiste, por tanto, en ser elevado según su grado como a una imagen de Dios, para actuar en una especie de “colaboración con Dios”.

La perfección de una criatura, su elevación a la “imagen de Dios”, se realiza ‑entre los Ángeles y entre los hombres‑ en el triple camino de la purificación, iluminación y unión, es decir, de manera que Dios se revela a la criatura para que ésta sea purificada en su ignorancia, simultáneamente iluminada por el conocimiento de la verdad y, así, conducida paulatinamente a la perfección. Según “el orden de los grados de la jerarquía, unos son purificados y otros purifican, unos son iluminados y otros iluminan, unos son perfeccionados y otros perfeccionan”.

A manera de resumen, podría afirmarse que “jerarquía” significa, según Dionisio Areopagita, una estructura de orden, cuyos miembros, por el conocimiento que poseen de Dios y el amor a Dios resultante, adquieren un poder sobre cosas santas y para acciones santas, por medio del cual otros ‑a través de la fuerza de la comunicación de dones divinos‑ son santificados.

En la tierra, la jerarquía encuentra su expresión visible en la Iglesia de Jesucristo:7 El Papa reúne en sí la plenitud del poder gobernante y consagrante; de él lo reciben los obispos, quienes a su vez lo comunican a los sacerdotes, por cuyas manos se otorga a los fieles la vida divina. Ésta colma todo el organismo de la Iglesia, pero cada miembro la recibe, posee y comunica de manera particular, según su grado y dignidad dentro de la propia Iglesia, o sea, según la mayor o menor parte del poder y santidad de Dios que posee objetivamente como integrante de la jerarquía eclesiástica. Sin duda, la Iglesia cumple todas las condiciones requeridas por un verdadero orden jerárquico. No obstante, está conformada por hombres y, por tanto, afectada por la invalidez, inconstancia y fragilidad de la materia, por lo que el orden jerárquico terrenal puede encontrarse frecuentemente impedido en su eficacia ‑la santificación de sus miembros‑, alcanzando pocas veces y con grandes esfuerzos la realización de su fin último: la perfección de quienes la integran. Esto es distinto en el mundo de los espíritus puros: los Ángeles no conocen el obstáculo de la materia y por ello su mundo constituye el orden jerárquico perfecto, ejemplo brillante para la jerarquía eclesiástica. Dionisio Areopagita percibe la santidad de la Iglesia y de sus miembros, en especial de su jerarquía, como la conformidad con la jerarquía angelical; cuando esta conformidad existe, el cristiano vuelve a ser transparente para Dios y permeable a su voluntad revelada. “En la disposición total para Dios, alcanzada por la purificación, iluminación y unión, y en la conformidad a la voluntad divina, según el ejemplo de la jerarquía angelical, el miembro de la jerarquía eclesiástica ya no desea lo que no agrada a Dios y coincide con las promesas divinas.”8

Esta especulación jerárquica de Dionisio Areopagita repercutió intensamente y por mucho tiempo en la historia de la teología y la piedad; conformaba, sin duda, el “primer intento realmente importante de instaurar una relación sistemática entre la angelología y la vida espiritual de los cristianos”.9

1 La pregunta, ¿quién está detrás del pseudónimo Dionysius Areopagita?, muchas veces discutida, realmente a nosotros no nos interesa; nos referimos a la constatación de H. U. v. Balthasar, en su “estética teológica” Herrlichkeit (vol. 2, Einsie­deln, 1962, pp. 147-214), donde escribe de manera reservada y prudente, que se trata de un monje sirio profundamente piadoso que vivió alrededor del año 500 y depende de los alexan-drinos y de Gregorio de Nissa; nosotros le llamamos un “monje beato”, siguiendo a Dionisio el cartujo que repetidamente llama su colega del mismo nombre “Divi­nus Dionysius”.

2 Cfr. Ibid., p. 154.

3 Cfr. Ibid., p. 150.

4 Cfr. G. Tavard, “Los Angeles”, Historia de los Dogmas, vol. II, Madrid, 1973, p. 45.

5 De coelesti hierarchia, cap.3, núm. 1.

6 Ibid., núm. 2.

7 Cfr. H. Kühn, Das Reich des lebendi­gen Lichtes, Berlín, 1947, p. 137.

8 H.U.v. Balthasar, op. cit., p. 213.

9 G. Tavard, op. cit.,p. 45.

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S-Agustín

San Agustín († 28 de agosto de 430)

San Agustín, el más insigne padre de la Iglesia occidental, sólo hasta los 33 años, después de muchos extravíos de tipo moral y filosófico, fue bautizado por san Ambrosio, obispo de Milán, la noche de Pascua del año 387. Como sacerdote, y posteriormente como obispo de la diócesis de Hipona, en el norte de África, añadió a su excelente trabajo en el ámbito pastoral numerosas obras de contenido filosófico y teológico, para convertirse, gracias a su gran labor, en el pensador de mayor influencia en la teología de la antigüedad cristiana, no únicamente en la doctrina de la gracia o de la Iglesia, por ejemplo, sino también en lo relativo a la angelología; así lo refiere K. Pelz en su intensa investigación, no superada hasta el día de hoy, La angelología de san Agustín, publicada en 1913, donde escribe: “Los principales méritos en el esclarecimiento de la angelología (en la antigüedad cristiana) son sin duda para el maestro dotado con inteligencia crítica en la teología y filosofía, para san Agustín.”1

San Agustín habla de manera explícita sobre el tema principalmente en De Civitate Dei (Ciudad de Dios), escrita entre los años 413 y 425; en Enarrationes in Psalmos (Explicación de los Salmos), entre 396 y 416; en De Genesi ad litteram (Exégesis literal del génesis), de los años 393-394, y en su “manualia”: Enchiridion ad Laurentium sive defide, spe et caritate.

La existencia de los Ángeles constituía una realidad obvia para el obispo de Hipona, quien exhortaba así a sus fieles: “Que existen Ángeles lo sabemos por la fe, y también que sus múltiples apariciones, sobre las cuales podemos leer, no permiten ninguna duda sobre su existencia.”2

En aquel tiempo, según san Agustín, aun los paganos creían en la existencia de seres sobrenaturales, sólo que los denominaban dioses o demonios. Incluso admite en este indicio pagano que la expresión dioses para nombrar a los Ángeles tiene cierta habilitación, ya que en la Sagrada Escritura algunas criaturas son llamadas “dioses” (cfr. Sl 49,1; 81,6; 94,3; 135,2; 1 Co 8,5); examinando detenidamente estas citas, el santo padre de la Iglesia descubrió que en la Sagrada Escritura aparece el término dioses aplicado a determinados hombres, pero nunca a los Ángeles. La razón de este hecho radica en que si se nombrara dioses a los Ángeles, los hombres podrían verse seducidos a otorgarles también una honra divina, por su maravillosa dignidad, lo que constituiría un completo y peligrosísimo error. Es interesante observar cómo amonesta frecuentemente a sus fieles a no venerar de manera exagerada a los Ángeles. Así, en su Explicación al Salmo 96 hace notar que los propios Ángeles se espantarían si se les diera la veneración que solamente corresponde a Dios.3 También es significativa su afirmación al respecto en Sobre la verdadera religión: “Veneramos a los Ángeles por amor, no por sumisión.”4

El término demonio para nombrar a los Ángeles era usual entre los platónicos cristianos e incluso entre los propios cristianos. Mientras aquéllos aplicaron indistintamente la expresión demonios a Ángeles buenos y a ángeles malos, entre nosotros los cristianos ‑señala san Agustín en De civitate Dei–5 recibió un significado negativo, diferente del que se usaría para denominar a los Ángeles que permanecieron fieles a Dios. En su Explicación al Salmo 135 (núm. 3) informa que la mejor denominación para seres sobrenaturales sería Ángeles, porque de tal manera se indica el servicio de mensajero que ejercen en obediencia a Dios.

Al cuestionarse cuándo fueron creados los Ángeles, san Agustín admite que en el relato del Génesis es imposible probar con claridad la creación de los Ángeles; no obstante, otros pasajes de las Escrituras mencionan a los Ángeles como criaturas de Dios, entre otros, el libro de Daniel (cfr. Dn 3,57) y los Salmos (cfr. Sl 148,2), donde, junto a las demás criaturas, también los Ángeles son exhortados a la alabanza del Creador.6

En definitiva, ¿cuándo fueron creados los Ángeles? Sobre esta pregunta ‑observa san Agustín7‑ existen entre los teólogos diferentes opiniones; sin embargo, es erróneo situar la creación de los Ángeles al final del sexto día de la creación. Para defender esta afirmación cita el siguiente pasaje del libro de Job: “Cuando las estrellas se crearon, me aclamaban con alta voz todos mis Ángeles” (Jb 38,7). Como las estrellas fueron creadas el cuarto día, los Ángeles debían de existir con anterioridad. Tampoco pudieron ser obra del segundo o tercer día, porque las Escrituras describen exactamente lo llamado a la existencia en esos días. Si los Ángeles y su creación, en suma, se incluyen dentro de la obra de seis días de la Biblia, deben ser entonces aquella “luz” creada el primer día, como opina Agustín en De civitate Dei8. Esta afirmación no buscaba demostrar que los Ángeles fueron llamados a la existencia antes que todas las demás criaturas. Más bien representa la convicción,9 pronunciada más tarde por el IV Concilio de Letrán, en 1215 (DS 800), de que Dios creó todo al mismo tiempo, teoría presentada explícitamente por san Agustín en los primeros cuatro libros de su obra De Genesi ad litteram. El argumento principal de esta opinión se basa en las palabras del libro Sirácides: “El que vive eternamente lo creó todo por igual (simul)” (18,1). Según esta hipótesis, la Sagrada Escritura habla de seis días de creación para ajustarse mejor a la comprensión del hombre; en realidad, se trataría de un único día;10 por eso la Sagrada Escritura llama al día en el que fue creada la “luz”, es decir, los Ángeles, no el primer día, sino “un” día. En definitiva, Agustín señala que cada quien tiene el derecho de considerar a los Ángeles como los primeros seres creados por Dios, porque de acuerdo con su plan creador son, de hecho, los primeros según su grado.

En cuanto al número de los Ángeles y su relación con el número de los hombres, algunos autores que le precedieron intentaron descubrir evidencias significativas en algunas citas de las Escrituras. San Agustín fue más reservado, declarando simplemente: “El número [de los Ángeles] no lo conocemos.”11 Sólo en una ocasión observa que los hombres deberían llenar los vacíos dejados en las hileras de los espíritus celestiales por la caída de los Ángeles.12 No obstante, esto no demuestra que alcanzarán exactamente tantos hombres el cielo como Ángeles cayeron y fueron condenados; porque en otro pasaje de la misma obra13 afirma: la Jerusalén celestial tal vez sea un día más numerosa de lo que fue antes de la caída de los Ángeles. Y añade, incluso: “Nosotros no conocemos el número de los hombres santos (que han alcanzado la beatitud), ni el número de los demonios impuros.”

Tampoco existe unanimidad entre los padres de la Iglesia anteriores a san Agustín acerca del número de los coros angélicos. Cuidadosamente, san Agustín confirma la existencia de los Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades, porque así los describe el apóstol san Pablo. Tampoco duda que la Biblia, al usar estos cuatro diferentes nombres para los Ángeles, exprese también diferencias entre ellos. Ahora bien, confiesa con gran humildad desconocer en qué consisten tales diferencias y qué puede entenderse de estas cuatro denominaciones; además ésta es, en realidad, una pregunta de importancia subordinada, como escribiría en Para Orosio contra los priscilianos, en el año 415.14 Seis años después, en el 421, san Agustín se mantenía aún en esta posición: “Lo que significan estas cuatro denominaciones [de los Ángeles] o en qué se distinguen […] pueden explicarlo aquellos que lo saben, en cuanto puedan probar lo que dicen; yo confieso mi ignorancia ante tales preguntas.”15 Aun menos claridad mostró en relación con los otros cinco coros angelicales, enumerados posteriormente por algunos teólogos según la presentación de Dionisio Areopagita. Llegó incluso a cuestionarse si los Arcángeles y las Virtudes eran idénticos;16 en otros lugares parece identificar los Querubines con los Tronos.17

En cuanto a la esencia de la naturaleza angelical, el obispo de Hipona se adhirió a quienes definían a los Ángeles como seres compuestos de cuerpo y alma. En su obra De libero arbitrio (Sobre la libre voluntad), terminada el año 395, defiende que cada criatura espiritual posee también un cuerpo ‑al contrario de Dios, que es Espíritu puro-.18 Sin embargo, años después sentiría ciertos escrúpulos acerca de dicha afirmación y no se atrevió a declarar con certeza sobre el posible cuerpo de los Ángeles.

No obstante, san Agustín tampoco se decidió por el concepto, hoy generalmente aceptado, de la naturaleza exclusivamente espiritual de los Ángeles. Sus razones para tal indecisión las ofrece en una carta fechada el año 408: La idea de que los Ángeles aparecen vestidos con un cuerpo parece contradecir el versículo del Salmo donde se lee que Dios “tiene por mensajeros a los espíritus” (Sl 103,4); aunque definir a los Ángeles como espíritus puros genera una mayor dificultad: ¿cómo explicar entonces que pudieran ser percibidos por los sentidos humanos, hospedados por los hombres, quienes lavaron sus pies y les sirvieron comida y bebida? El Apocalipsis, por su parte, los describe como sólo es posible describir a un ser corpóreo. La explicación de san Agustín es que en este versículo del salmo citado, la palabra “espíritu” constituiría únicamente una parte del todo, al igual que para hombre, en la Sagrada Escritura, la palabra alma lo representa en su totalidad.19

El paso del tiempo no reduciría su preocupación por el citado versículo del Salmo; su deseo por mantener una cierta corporalidad angelical lo orillaría a precisar la siguiente tesis: el pasaje “Tienes por mensajeros a los vientos [espíritus], y por ministros llamas de fuego” (Sl 104,4) podría describir, en el primer enunciado, la parte espiritual de la naturaleza angelical y, en el segundo, la corporal, el cuerpo de fuego de los Ángeles; posiblemente este versículo pudiera también significar que en los Ángeles debe de arder el fuego espiritual de un santo amor.20

Al final de su vida, san Agustín prefería aún defender que los Ángeles poseen un cuerpo. En el libro 21 de De civitate Dei, terminado apenas el año 426, aclara cómo los Ángeles caídos pudieron ser castigados con un fuego material, considerando las dos opiniones sobre la esencia angélica: a) Que la naturaleza angelical fuera corporal‑espiritual, destacando éste como el parecer de hombres doctos ‑“sicut doctis hominibus visum est” (De civitate Dei, XXI, 10)‑; b) Que la naturaleza de los Ángeles fuera estrictamente espiritual, tesis opuesta hacia la cual expresa su antipatía cuando utiliza la expresión hipotética: “Si alguien asegurara que los demonios no tienen un cuerpo…” ‑“Si autem quisquam nulla habere corpora daemones adseverat…” (De civitate Dei, XXI, 10).

Ahora bien, definir la cualidad de este cuerpo angelical constituiría una cuestión difícil, ya que el cuerpo de los Ángeles es parte de las cosas celestiales; en este aspecto, parecen cobrar vida las palabras de la Escritura: “Es difícil y penoso formar un juicio correcto sobre las cosas terrenales que vemos; ¿quien podrá, entonces, escrutar las celestiales?”21

Antes de esto, san Agustín demuestra más interés en dilucidar si el cuerpo angelical tiene una estructura firme o si es espirituforme. Para suponer que el cuerpo angelical es palpable, se basó en los relatos de las Escrituras sobre Ángeles que habían sido vistos y tocados, patriarcas que les habían lavado los pies, o incluso aquél del patriarca Jacob donde éste lucha contra un Ángel. Otros hechos fundamentan la teoría contraria, en particular la influencia de los Ángeles en la fantasía e inteligencia del hombre sin afectar los sentidos corporales, como expresa el libro de Zacarías ‑“Y el Ángel que habló en mí dijo” (Zc 1,9)‑ con las palabras “en mí” y no “para mí”, o en el caso de san José, con quien el Ángel se comunicó durante el sueño.22

San Agustín se decidió por la hipótesis comúnmente aceptada en aquel tiempo, según la cual los ángeles caídos, los demonios, tendrían un cuerpo de aire y, por el contrario, los Ángeles buenos, un cuerpo brillante y etéreo semejante al que algún día poseerán los santos resucitados, o sea, un cuerpo glorificado.23

Para una mejor comprensión del argumento agustino debe mencionarse que en la antigüedad se creía que no solamente la tierra sino también el espacio del aire y del cielo estaban habitados: el espacio del aire por los demonios y el cielo de fuego por los Ángeles.24 Así como los hombres, habitantes de la tierra, poseemos un cuerpo de tierra, se atribuyó a los demonios, habitantes de los aires, un cuerpo de aire, y a los Ángeles, habitantes del cielo fogoso, un cuerpo de fuego etéreo; ésta parece ser la tesis implícita en la Sagrada Escritura cuando se mencionan los “Ángeles en el cielo” (Mt 18,10) y se nombra al diablo príncipe del imperio del aire (cfr. Ef 2,2).

Al igual que san Agustín, la mayoría de los padres de la Iglesia y teólogos hasta la pre-escolástica, en el siglo XII, no conocía la naturaleza puramente espiritual de los Ángeles; no obstante, su gran mérito fue haber superado la imagen de un cuerpo angélico material, alabando las enormes ventajas del cuerpo angelical, etéreo, sobre el cuerpo humano. Los Ángeles, siempre según san Agustín, poseen un perfecto dominio sobre su cuerpo,25 que además es mucho más fino26 y por ello más ágil que el cuerpo humano.27

En las explicaciones angelológicas agustinas llama poderosamente la atención que escribiera tanto sobre la esencia de los Ángeles, la fuerza de su conocimiento, la libertad de su voluntad y su elevación en la sobrenaturaleza, y nunca cuestionara explícitamente ‑tema de tanto interés para nosotros‑ si cada hombre posee a su lado un santo Ángel como custodio.

No obstante, en cierta ocasión afirmó que todo objeto visible se mantiene bajo el dominio de un Ángel (“Una quaeque res visibilis in hoc mundo habet potestatem angelicam sibi praepositam, sicut aliquot locis divina Scriptura testatur”28); asimismo, declaró que a los Ángeles se les confió la custodia de toda la humanidad.29 Quizá sea posible concluir de estas citas que san Agustín opinaba que cada hombre sí tiene un Ángel de la guarda, ya que admitía, al igual que ciertos teólogos que le precedieron, que Dios, en su misericordia, colocó a los pueblos paganos bajo la protección de los Ángeles y al pueblo elegido de Israel directamente bajo la suya.30 A pesar de esto, nunca se expresó sobre el Ángel de la guarda ubicado junto a cada hombre en particular. La razón de ello -piensa K. Pelz31‑ radicaría en las circunstancias de aquella época: es interesante notar que san Agustín advertía constantemente al ambiente católico contra una veneración exagerada de los Ángeles, en contraposición a los paganos de la época, que los llamaban dioses y les prestaban honra divina. En estas circunstancias, el vigilante obispo de Hipona no juzgó oportuno acentuar la doctrina de los Ángeles de la guarda, para no propiciar entre los cristianos una posible veneración idólatra.

En cuanto a la relación de los Ángeles con los hombres, san Agustín afirma expresamente que les debemos muchos beneficios. Defiende también que los Ángeles, por el mandamiento del amor al prójimo, están obligados a ayudarnos.32 En especial, nos comunican los beneficios de Dios, ante quien presentan nuestras oraciones.33

San Agustín ofrece también varias teorías sobre la manera en que los Ángeles pueden aparecérsenos: O moldean un cuerpo más grueso, de elementos terrenales, del cual se sirven como nosotros usamos un vestido, por lo que pueden variar su aspecto si cambian ese cuerpo asumido -como si mudaran sus vestiduras‑, o poseen el poder de dar a su cuerpo etéreo cualquier forma visible, afirmación no tan absurda cuando también a los hombres nos es posible, por medio de emociones fuertes, cambiar nuestro aspecto exterior. No obstante, nunca se decidió por ninguna de estas dos hipótesis ni manifestó preferencia por alguna -fundamentándose en la Sagrada Escritura‑, tal vez para no verse obligado a dar extensas y laboriosas explicaciones.34

El santo atribuye a los Ángeles la capacidad de colocar a los hombres en un estado de visión, es decir, en una percepción espiritual en la cual el hombre, con su fuerza imaginativa, ve imágenes de cuerpos o fenómenos corporales. Las razones que lo motivaron a conferir a los Ángeles este talento de elevar al ser humano a la vista de lo espiritual son las siguientes: En la Sagrada Escritura se habla de una comunicación espiritual de los Ángeles con los hombres; san Agustín cita en concreto la primera visión del profeta Zacarías (cfr. Zac 1,9), después de la cual el profeta pregunta a Dios: “¿Qué son éstos, mi Señor?” Y a continuación se lee: “Y el Ángel, que hablaba en mí, me dijo.” De este “en mí”, san Agustín concluye que el profeta no vio al Ángel con sus ojos ni lo escuchó con sus oídos corporales; se trataba, más bien, de un mirar y escuchar espiritual. También alude a la observación sobre san José en el Evangelio de san Mateo: “He aquí que se le apareció en sueños un Ángel del Señor y le dijo.” (Mt 1,20); las palabras “en sueños” explican que san José no vio al Ángel con ojos corporales ni lo escuchó con oídos corporales, sino como se ve y escucha a alguien en el sueño.35

En esta doctrina de las visiones adoptó rasgos fundamentales del neo‑ platonismo.36 Conoció, además, hechos maravillosos que le permitieron encontrar una explicación a la capacidad angélica de inspirar pensamientos en los hombres. En su obra De cura gerenda pro mortuis (Sobre la solicitud para con los difuntos) narra uno de estos sucesos maravillosos en los que un hombre es colocado en el estado de visión: En un lugar cercano a la ciudad episcopal de Hipona habitaban dos hombres llamados Curma, de los cuales uno era un pobre campesino y el otro un herrero. Un día, el campesino Curma enfermó; estaba como muerto en su cama; sólo una muy débil respiración le salvó de ser sepultado vivo. Después de algunos días despertó de su estado e inmediatamente ordenó a la gente que fuera junto al herrero Curma, para ver qué estaba haciendo. Fueron con él y se admiraron mucho de que el herrero hubiera muerto en el momento en que el campesino regresaba a la vida. Éste, entonces, relató detalladamente lo que había experimentado en el estado de muerte aparente: Había sido llevado al reino de los muertos, donde fue bautizado; después lo trasladaron al lugar de los santos, pero éstos lo despidieron, diciéndole que si realmente quería llegar junto a ellos debía recibir el bautismo de manos de san Agustín. Cuando argumentó que ya había sido bautizado le respondieron que eso había sido solamente una visión; debía dejarse bautizar en la realidad. Al regresar al mundo de los vivos, alcanzó a escuchar que no era él, el campesino Curma, sino el herrero Curma, quien había sido destinado a ser llevado al reino de los muertos. En la siguiente fiesta de Pascua, el campesino Curma fue bautizado, como le aconsejaran los Ángeles, por san Agustín, a quien, no obstante, no comentó nada de su enfermedad ni de su visión. Sólo cuando transcurrieron dos años conoció el santo de Hipona estos hechos, en una oportunidad en que se hablaba casualmente sobre ellos en la mesa; y ya no estuvo tranquilo hasta que trajeron a su presencia al campesino, quien narró detalladamente este suceso, y a algunos vecinos honorables que testificaron que así lo había relatado inmediatamente después de sucedido.

Sin embargo, a san Agustín no le satisfacía la teoría que defendía la capacidad de los Ángeles para colocar a los hombres en estado de visión. Su espíritu filosófico buscaba respuestas a cómo podían infundir en el hombre determinadas percepciones o pensamientos. Consciente de la dificultad del problema, afirmaba humildemente que prefería recibir una buena explicación que darla, asegurando que sus exposiciones debían entenderse como meras suposiciones.37

Su primer intento por brindar una verdadera respuesta aparece en una carta del año 389. Su teoría se fundaba en el principio de que el cuerpo y el alma mantienen cierta reciprocidad: cada acontecimiento que afecta al alma encuentra un reflejo en el cuerpo. Si el suceso espiritual alcanza un grado determinado, el hombre podrá ver, incluso con sus débiles sentidos, una influencia del alma sobre el cuerpo, como se observa en estados agudos de alegría o tristeza. Nosotros desconocemos las huellas que permiten imprimir en el cuerpo un pensamiento, pero los Ángeles, por el contrario, sí las conocen, gracias a su aguda inteligencia. En consecuencia, no solamente el alma influye en el cuerpo sino también el cuerpo en el alma. Esta teoría puede comprobarse ‑asegura san Agustín‑ en la relación recíproca entre la ira y la hiel: ante una manifestación de ira aumenta la cantidad de hiel, y viceversa, la multiplicación de hiel produce una inclinación más fuerte hacia la ira. Las huellas de los pensamientos en el cuerpo se convierten paulatinamente en hábitos. Ahora bien, según esto, si un Ángel ejerciera influencia sobre una tal huella, suscitaría en el alma el respectivo pensamiento. Que los Ángeles, con su cuerpo etéreo, pueden penetrar en la materia del organismo humano e influir en las huellas del pensamiento en el cuerpo del hombre, está fuera de toda duda si se considera que el propio hombre está capacitado, por ejemplo, para tocar instrumentos de música o ejecutar acciones artísticas; y así como nosotros no observamos que el aumento de la hiel origina una inclinación creciente hacia la ira, tampoco debemos admirarnos cuando no sentimos si los pensamientos o percepciones son generados por la influencia angelical.38

San Agustín se pregunta si los Ángeles no podrían colocar el espíritu humano directamente en una visión. Y posteriormente retoma esta cuestión, corrigiendo su anterior opinión. Así, en De Genesi ad litteram (XII,19), del año 415, declararía, en esta ocasión expresamente, que una imaginación que se aparece a nuestro espíritu podía ser causada tanto en el cuerpo como en el propio espíritu, afirmación comprobada por los sueños, que se originan en el alma ‑personas codiciosas sueñan frecuentemente con sus negocios‑ o en el cuerpo ‑aquellos que se acuestan con hambre o sed sueñan normalmente con comida o bebida.39

Asimismo, se cuestionó cómo discernir si una visión proviene de un Ángel bueno o de un ángel malo o demonio. Según san Agustín, en los  siguientes casos la visión es causada por un espíritu maligno: cuando el espíritu del hombre está lleno de odio o cuando inspira objetos que contravienen la fe o las buenas costumbres. En los demás sería difícil o incluso imposible una distinción: difícil, cuando el espíritu maligno no orilla al hombre al odio extremo; imposible, cuando comunica cosas verdaderas o útiles para seducirlo más tarde con mayor facilidad, o cuando ‑usando el lenguaje de la Sagrada Escritura- aparece bajo la forma de un Ángel de luz (cfr. 2 Co 11,14). En estos supuestos, el hombre únicamente reconocerá, con la ayuda del don del discernimiento del espíritu, si la visión es causada por un ángel del mal.40

También se ocupó explícitamente de la caída de los ángeles malos, liderados por Lucifer, mostrando su pleno convencimiento de que la soberbia constituyó la causa de este hecho. La mayor dicha consiste en poseer a Dios y disfrutarlo; los Ángeles participaban de este bien a través de un amor obediente a Dios; pero Lucifer y sus seguidores deseaban ser felices por su propia fuerza, sin Él, por lo que abandonaron el supremo Bien, perdiendo así la felicidad que sí encontraron los Ángeles buenos en la posesión y disfrute de Dios.41

Con respecto a cuándo sucedió esta caída, san Agustín, con el paso de los años, concluiría: La caída de los ángeles no fue simultánea a su creación; tuvo lugar después de un cierto intervalo de tiempo. En De civitate Dei (XI, 15) reunió todos los pasajes de la Sagrada Escritura que lo motivaron a separar temporalmente estos dos sucesos.

Por otra parte, estaba firmemente convencido de la maldad de los ángeles caídos contra nosotros los hombres, a quienes buscan dañar tanto abierta como veladamente.42 Su principal anhelo es corromper el alma humana y someterla a su poder maligno.43 Pero incluso en la vida corporal de los hombres, los demonios procuran causar daño en cualquier ocasión que se les presente. San Agustín no excluye que cada mal que atañe al hombre está dirigido por un demonio determinado.44 Por otra parte, manifestó su firme convicción de que las posesiones diabólicas no solamente acontecían en tiempos de Cristo, sino también en nuestra época; en De civitate Dei45 narra un ejemplo significativo. El obispo de Hipona no veía la posesión como señal de derroche moral ni pensaba que condujera necesariamente a la condenación; según su opinión, existen niños inocentes y recién bautizados atormentados por los demonios.46 Su hipótesis es que Dios otorga en ocasiones este poder a los espíritus malignos para mostrar a los hombres la miseria de la vida terrenal y suscitar en ellos el deseo de la felicidad en el cielo; y para alcanzarla somos auxiliados por los santos Ángeles, quienes ya gozan de esta posesión como recompensa por su fidelidad durante la caída de los ángeles malos.47

 Sobre la verdadera religión: “Veneramos a los Ángeles por amor, no por sumisión.” El término demonio para nombrar a los Ángeles era usual entre los platónicos cristianos e incluso entre los propios cristianos. Mientras aquéllos aplicaron indistintamente la expresión demonios a Ángeles buenos y a ángeles malos, entre nosotros los cristianos ‑señala san Agustín en De civitate Dei– recibió un significado negativo, diferente del que se usaría para denominar a los Ángeles que permanecieron fieles a Dios. En su Explicación al Salmo 135 (núm. 3) informa que la mejor denominación para seres sobrenaturales sería Ángeles, porque de tal manera se indica el servicio de mensajero que ejercen en obediencia a Dios.

Creación de los Ángeles

En definitiva, ¿cuándo fueron creados los Ángeles? Sobre esta pregunta ‑observa san Agustín7‑ existen entre los teólogos diferentes opiniones; sin embargo, es erróneo situar la creación de los Ángeles al final del sexto día de la creación. Para defender esta afirmación cita el siguiente pasaje del libro de Job: “Cuando las estrellas se crearon, me aclamaban con alta voz todos mis Ángeles” (Jb 38,7). Como las estrellas fueron creadas el cuarto día, los Ángeles debían de existir con anterioridad. Tampoco pudieron ser obra del segundo o tercer día, porque las Escrituras describen exactamente lo llamado a la existencia en esos días. Si los Ángeles y su creación, en suma, se incluyen dentro de la obra de seis días de la Biblia, deben ser entonces aquella “luz” creada el primer día, como opina Agustín en De civitate Dei8. Esta afirmación no buscaba demostrar que los Ángeles fueron llamados a la existencia antes que todas las demás criaturas. Más bien representa la convicción,9 pronunciada más tarde por el IV Concilio de Letrán, en 1215 (DS 800), de que Dios creó todo al mismo tiempo, teoría presentada explícitamente por san Agustín. 

En cuanto al número de los
Ángeles y su relación con el número de los hombres, algunos autores que le
precedieron intentaron descubrir evidencias significativas en algunas citas de
las Escrituras. San Agustín fue más reservado, declarando simplemente: “El
número [de los Ángeles] no lo conocemos.” Sólo en una ocasión
observa que los hombres deberían llenar los vacíos dejados en las hileras de
los espíritus celestiales por la caída de los Ángeles. 
Cuidadosamente, san Agustín
confirma la existencia de los Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades,
porque así los describe el apóstol san Pablo. Tampoco duda que la Biblia, al
usar estos cuatro diferentes nombres para los Ángeles, exprese también diferencias entre ellos.

En cuanto a la esencia de la naturaleza angelical, el obispo de Hipona se adhirió a quienes definían a los Ángeles como seres compuestos de cuerpo y alma. En su obra De libero arbitrio (Sobre la libre voluntad), terminada el año 395, defiende que cada criatura espiritual posee también un cuerpo ‑al contrario de Dios, que es Espíritu puro. 

1 K. Pelz, Die Engellehre des hl. Augu­stinus, Münster, 1913, p. 1.

2 In Ps 103, sermo 1, núm. 15.

3 Cfr. In Ps 96, núm. 12: “Angeli indignantur, si pro Deo colantur.”

4 De vera religione, 55, 110: “Honoramus angelos charitate, non servitute”; se entiende por servitus (griego: latreia) el culto que conviene solamente cultus latriae, el culto de la adoración.

5 Cfr. De civitate Dei, IX, 2 y 23.

6 Cfr. Ibid., 9.

7 Cfr. Ibid., XI, 32.

8 Cfr. Ibid., 9.

9 Cfr. F. Holböck, “El decreto Fir­miter credimus del IV Concilio de Letrán a la luz de la angelología prescolástica”, en L. Scheffczyk, Wahrheit und Verkündigung, München, 1967, vol. I, pp. 733-768.

10 Cfr. De Genesi ad litteram, IV,33.

11 De civitate Dei, XV, 1.

12 Cfr. Enchiridion … 62.

13 Cfr. ibid., 29.

14 Cfr. Ad Orosium, 11.

15 Enchiridion… 58.

16 Cfr. ibid., 58.

17 Cfr. In Ps 79, núm. 2; In Ps 98, núm. 3.

18 Cfr. De libero arbitrio, III, 11, núm.33.

19 Cfr. Epistola 95, núm. 8.

20 Cfr. De civitate Dei, XV,23.

21 De Trinitate, III, 10, núm. 21.

22 Cfr. Enchiridion … 59.

23 Cfr. De Trinitate, IV, 11; De divinatione daemonum, 3-5; De diversis quae­stionibus, 83, qu. 47: “Angelica corpo­ra, qualia nos habituros speramus, lu­cidissima atque aetherea esse creden­dum est.”

24 Cfr. De Genesi ad… III,9.

25 Cfr. De Trinitate, II, 7, núm. 13.

26 Cfr. De Genesi ad… II, 17, núm. 37.

27 Cfr. De Trinitate, III, 9, núm. 17.

28 De diversis quaestionibus, 83, qu. 79.

29 Cfr. De Genesi ad… VIII, 25, núm. 47.

30 Cfr. In Ps 88, sermo 1, núm. 3.

31 Cfr. K. Pelz, op. cit., p. 68.

32 Cfr. De doctrina christiana, I, 30, núm. 33: “Manifestum est, hoc praecepto, quo jubemur diligere proximum, etiam sanctos angelos contineri.”

33 Cfr. Epistola 140, núm. 9,20: “Annun­tiant angeli non solum nobis beneficia Dei, verum etiam Illi preces nostras.”

34 Cfr. De Trinitate, III, 1, núm. 5.

35 Cfr. Enchiridion… 50.

36 Cfr. De civitate Dei, X, 32.

37 Cfr. De genesi ad… XII, 18, núm, 30.

38 Cfr. Epistola 9, núm. 3.

39 Cfr. De Genesi ad… XX, 30.

40 Cfr. Ibid., XII, 13-14.

41 Cfr. De vera religione, 13.

42 Cfr. De civitate Dei, VIII, 4.

43 Cfr. ibid., XXI, 6.

44 Cfr. In Ps 104, núm. 11.

45 Cfr. De civitate Dei, XXII, 8, núm. 7.

46 Cfr. ibid., XXI, 14.

47 Cfr. De correptione et gratia, 11, núm. 32: “Angeli sancti, qui […] huius perman­sionis debitum me rcedem recipere me­ruerunt, tantam scilicet beatitudinis plenitudinem, qua eis certissimum sit semper se in illa esse permansuros.”

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S-Juan Crisóstomo

Este gran doctor de la Iglesia oriental no escribió un tratado sistemático sobre los espíritus celestiales, pero en casi todas sus numerosas homilías de teología bíblica y exegética para los distintos libros del Antiguo y Nuevo Testamento habla de ellos, definiéndolos como aquellas criaturas de Dios llamadas a la existencia antes que ninguna otra para alabar al Dios uno y trino y, bajo las órdenes del Señor, servir a los hombres. Muchas de las citas bíblicas que mencionan a los Ángeles fueron comentadas por san Juan Crisóstomo, a veces en forma breve aunque muy instructiva, como en sus homilías sobre el Génesis, los Salmos, los Evangelios de san Mateo y de san Juan, las Cartas de san Pablo a los Romanos, Tesalonicences, Gálatas, Efesios, Colosenses, así como la primera a Timoteo y la Carta a los Hebreos. También se encuentran afirmaciones de gran belleza y profundidad referentes a los santos Ángeles en su obra Sobre la incomprensibilidad de la esencia divina y en sus homilías para Pascua y para la Ascención de Cristo.

Presentar detalladamente la angelología de un predicador tan portentoso como Juan Crisóstomo constituiría una ingente tarea. Por ello únicamente mencionaremos de manera expresa lo relacionado con la tesis central de su pensamiento angelológico: Los Ángeles rodean no solamente en el cielo al Dios infinitamente grande y glorioso en adoración y alabanza, sino también en la tierra, en las iglesias y en especial en la liturgia eucarística.2

En su preciosa obra Sobre el sacerdocio,3 sustancialmente cálida y entusiasta, Juan Crisóstomo señala en diversos pasajes que el sacerdote consagrado posee en cierto sentido, gracias a la facultad de transformar y de perdonar, una dignidad más elevada que los Ángeles, que exige de él, por lo mismo, una pureza inmaculada; además, se refiere a los Ángeles presentes junto al sacerdote en la celebración eucarística. Literalmente escribe este gran doctor de la Iglesia oriental instituido patrón de los predicadores en 1908 por el Papa Pío X :

 

Recuerda cómo deben ser las manos que ejercen un servicio tan santo, cómo debe ser la lengua que profiere palabras tan santas [en el sacrifico eucarístico] y cómo debe ser el alma que recibe en sí un Espíritu tal; verdaderamente deberían ser más puras que las de cualquier otro. Ya que durante este tiempo [el sacrificio eucarístico], los Ángeles rodean al sacerdote; todo el santuario, especialmente alrededor del altar, está lleno de ejércitos celestiales, para la honra de Aquel que se hace presente en el altar (en el pan y el vino transformados). De por sí ya es suficientemente creíble esto cuando se considera qué se realiza en el altar en tales momentos.

Además, una vez escuché a alguien narrar el relato de un hombre estimado y de edad avanzada, acostumbrado a tener visiones, que fue dignado con una visión en la que observaba en ese preciso momento, de la manera como era posible para él, una multitud de Ángeles envueltos en vestiduras brillantes que se inclinaban profundamente hasta el suelo alrededor del altar, más o menos como soldados en presencia del rey. Yo, por mí mismo, también lo creo. Alguien más, que no lo oyó de otro, sino que pudo verlo y escucharlo personalmente, me contó que las personas que están por morir, si participaban en este “misterio de la fe” con una conciencia pura, en el momento de expirar son acompañadas por los Ángeles como por una guardia, a causa de las gracias recibidas.4

 

En repetidas ocasiones señala san Juan Crisóstomo que los Serafines entonan con voz poderosa el tres veces “Santo” a la majestad divina;5 sin embargo, en la celebración eucarística “cantamos nosotros los hombres con los Serafines que están de pie, extendemos junto con ellos nuestras alas y volamos a su lado alrededor del trono del Rey de los reyes”;6 “aquí está la mesa real; los Ángeles la sirven; y el Señor mismo está presente”.7

Nuestra liturgia terrenal constituye, según Juan Crisóstomo, una especie de reflejo visible y símbolo eficaz y poderoso de la liturgia celestial de los santos Ángeles; la unidad y armonía de las dos liturgias, la celestial y la terrenal, encuentran su principal expresión en el prefacio donde la Iglesia nos invita a unirnos con los Tronos y Dominaciones, los Querubines y Serafines, para cantar la alabanza seráfica del Trishagion (Tres veces Santo). Por eso exclama en su cuarta Homilía sobre la incomprensibilidad de la esencia divina:

¡Reflexiona en qué comunidad estás y con quién pretendes invocar a Dios! ¡Con los Querubines! ¡Imagínate a qué coro deseas adherirte! ¡Que nadie entone negligentemente estos cantos santos y misteriosos! ¡Que nadie esté apegado a pensamientos terrenales, sino desprendido de todo lo mundano y colocado por completo en el cielo, tal y como estaría de pie al lado del trono de la gloria de Dios, cantando con los Serafines la alabanza sumamente santa a la gloria y majestad de Dios!8

 

En la Homilía a Cl 3,8, san Juan Crisóstomo apunta que el “Gloria in excelsis Deo” sería el canto de los coros angelicales más bajos, en el que también los catecúmenos pueden participar; pero el Trishagion es el canto de los Serafines, el que conduce hacia dentro del santuario de la santísima Trinidad, reservado, por ello, entre los hombres, solamente “a los ya iniciados, a los bautizados”.9

 

No solamente los hombres bautizados elevan esta voz con santo temblor; también los Ángeles se postran ante el Señor y los Arcángeles le suplican. Como en alguna época los hombres balanceaban ante los reyes ramos cortados del olivo para recordarles el amor y la compasión, así los Ángeles ofrecen en este momento [del acto sacrificial del sacerdote] el Cuerpo del propio Señor, en lugar de ramos de olivo, y piden por la humanidad.10

 

En la comunidad de los Ángeles en el cielo y en su liturgia celestial participan los hombres llegados a la santidad, en primer lugar los santos mártires.

Las palabras del santo padre de la Iglesia en su Homilía sobre los mártires son concluyentes:

 

¡Recuerda la escalera espiritual que el patriarca Jacob vio entre la tierra y el cielo: en ella los Ángeles bajan; por ella los mártires suben […] Los mártires suben al cielo, los Ángeles les preceden; los Arcángeles los rodean como una guardia de honor […]

Cuando los mártires han llegado al cielo, todas las Virtudes santas corren hacia allá y se empujan a su alrededor para ver sus llagas gloriosas; los reciben con alegría y los abrazan; después forman una procesión inmensurable para conducirlos al Rey del cielo que está sentado en su trono, en su infinita gloria, en medio de los Serafines y Querubines […] Ahí se unen a los coros celestiales y entonan sus cánticos misteriosos. Como los mártires ya habían sido admitidos en su vida terrenal a la participación de los santos misterios [la Eucaristía], a los cantos del coro, para entonar el Trishagion en comunión con los Querubines y Serafines como vosotros los iniciados conocéis, tanto más participarán en la liturgia celestial junto a sus compañeros angelicales.11

San Juan Crisóstomo insiste en que los Ángeles celebran con la Iglesia en la tierra no solamente el misterio eucarístico, sino también de manera especial los misterios de las grandes festividades del Señor. Recuerda esto, ante todo, en la Pascua y en la Ascensión de Cristo. Sobre la Pascua afirma: “No sólo la tierra, también el cielo participa en la festividad de hoy […] Los Ángeles se regocijan, los Arcángeles se alegran, los Querubines y Serafines celebran con nosotros la fiesta de hoy […] ¿Dónde puede, entonces, haber lugar para la tristeza?”12 Ahora bien, ¿por qué se alegran los Ángeles por la Ascensión del Señor?

 

Cuando nuestro Señor nació según la carne, los Ángeles exclamaron a la vista de su reconciliación con los hombres: “Gloria a Dios en las alturas.” ¿Quieres saber cómo se alegran los Ángeles ante la ascensión del Señor? Escucha; el Señor dice que “están subiendo y bajando continuamente”. Ésta es la señal de quienes desean contemplar un espectáculo extraordinario. Quieren ver el espectáculo no esperado: cómo el hombre (en la persona del Dios‑hombre) aparece en el cielo. Por eso los Ángeles se muestran en todo lugar: cuando Él nace, cuando muere y cuando entra en el cielo.13

 

Nosotros, que parecíamos indignos para la tierra, hoy somos elevados (en el Dios‑hombre) hacia el cielo, seremos alzados por encima de las alturas, alcanzaremos el trono del Rey. A causa de la naturaleza humana (caída), los Querubines vigilan ante el paraíso; pero a partir de hoy, esta naturaleza está entronizada por encima de ellos. ¿No era suficiente ser elevado sobre los cielos? ¿No era suficiente estar en medio de los Ángeles? ¿No sería indescriptible una gloria tal? Pero Cristo se elevó (en su naturaleza humana) sobre los Ángeles, sobrepasó a los Querubines. Subió más alto que los Serafines, dejó tras de sí a los Tronos, sin detenerse hasta no haber alcanzado el trono de Dios.14

 

Hoy (en la Ascensión de Cristo), los Ángeles recibieron lo que desde siempre habían esperado, los Arcángeles recibieron lo que ardientemente deseaban; depositaron nuestra naturaleza humana en el trono real, brillante de gloria inmortal y belleza. Aunque la naturaleza humana recibió esta honra, ser elevada por encima de los Querubines y Serafines, ahora éstos se alegran por nuestra salvación, así como también se lamentaron cuando la habíamos perdido (la caída en el pecado).15

 

Cuanto más lleno está el aire de Ángeles es porque tanto más llena se encuentra la Iglesia. Y cuando la Iglesia está repleta de ellos, entonces es verdad, especialmente hoy (en la Ascensión de Cristo), que su Señor ha subido al cielo. Que el aire está lleno de Ángeles lo dice el apóstol cuando enseña y cuando amonesta a las mujeres a cubrir su cabeza con un velo, a causa de los Ángeles.16

 

Reiteradamente señala que los Ángeles nos sirven, por orden de Dios, a los hombres, con la encomienda de protegernos17 y que cada hombre en particular tiene asignado un Ángel de la guarda.18 “Si nosotros necesitamos de un guía en el trayecto de una ciudad a otra, cuánto más el alma, que sobrepasa las ataduras de la carne y pasa a la vida futura, necesitará a alguien que le muestre el camino.”19 En la vida, y ante todo en la muerte, los Ángeles son nuestros compañeros de viaje; según Juan Crisóstomo ayudan principalmente a aquellos que tienen, además de una encomienda en su vida privada, una responsabilidad para el bien común:

 

Si aquellos que solamente deben manejar su propia vida, sin realizar nada por el bien común, recibieron un Ángel del Dios del universo, cuánto más sucederá con aquéllos a quienes está confiado el cuidado de toda la tierra: las fuerzas celestiales se presentan en ayuda de quienes desempeñan un gran cargo.” 20

 

En diferentes pasajes de sus homilías Juan Crisóstomo escribe de manera magistral sobre los coros de los Ángeles; subraya, por ejemplo, al final de un comentario a Hb 1,13‑14 la soberanía de Cristo sobre todos los Ángeles.21

Por ello debemos atenernos siempre a la exhortación de san Pablo -máxima que aparece en la Homilía 16 a la Carta a los Romanos y que el santo observó en su propia vida, su doloroso exilio y muerte solitaria‑: “Porque persuadido estoy que ni la muerte, ni la vida, ni los Ángeles, ni los Principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las Potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios (manifestado) en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,38s).

Grandes palabras que muchas veces no comprendemos, porque no poseemos el mismo amor que san Pablo. Y sin embargo, tan maravillosa es esta cita que el apóstol desea mostrar que todo es nada en comparación con el amor con que Dios nos recibe; por eso lo expresa solamente después de haber narrado el amor de Dios hacia él, para que no quede la impresión de que quiere glorificarse. El sentido de estas palabras es el siguiente: ¿Por qué es necesario hablar de aflicciones temporales, de sufrimientos que son la suerte de la vida terrenal? Si alguien me hablara de los seres poderosos del más allá, de los Ángeles y los Arcángeles, de todo el mundo angelical, me parecería poco en comparación con el amor de Cristo […] ¡Sí, si tú me hablas de Ángeles, de todos los poderes celestiales, de todo lo que es ahora y de lo que será, de todo en la tierra y en los cielos y abajo de la tierra y arriba de los cielos, en comparación con este amor, todo me parece pequeño e insignificante!

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S-Martín de Tours

San Martín de Tours († 8 de noviembre de 397)

Los Ángeles desempeñan un papel trascendental en la vida de este santo obispo y primer padre monacal del Occidente, nacido cerca del año 316; hijo de un soldado romano pagano, en una ciudad de guarnición, Sabaria (hoy Steinamanger, Szombathely), en la provincia romana de Panonia Inferior (Hungría), se convirtió muy joven al cristianismo; en el transcurso de su vida fue soldado, monje, sacerdote y tercer obispo de Tours (occidente de Francia). La intervención de los Ángeles comienza con una escena famosa, en la que el soldado Martín comparte su manto con un mendigo, según el relato de Sulpicio Severo († 420) en la biografía de san Martín1 redactada cerca del año 396. La noche siguiente se le apareció Cristo, rodeado de una multitud de Ángeles:

Martín fue exhortado a contemplar al Señor y la vestidura que le había regalado. Después escuchó a Jesús decir en voz alta a la multitud de los Ángeles: “Martín, siendo aún catecúmeno, me vistió con este manto” […] A pesar de tal visión, este bienaventurado varón no cayó en la vanidad humana; más bien reconoció en su obra la actuación bondadosa de Dios y se esforzó por recibir el bautismo. Tenía entonces 18 años de edad.2

Sulpicio Severo relata los milagros que Martín, siendo ya obispo, realizó; entre otros, menciona los siguientes:

Una vez, Martín quería destruir, en una aldea llamada Leproso, un lujoso templo construido allí por veneración supersticiosa. Un grupo de paganos se le opuso, maltratándolo y expulsándolo. Martín se retiró a un lugar cercano, donde ayunó y, en oración continua, se vistió con sacos y ceniza. Imploraba al Señor que la fuerza de Dios destruyera ese templo, porque no podía destruirlo la mano de hombre. Se le aparecieron dos Ángeles armados con lanza y escudo, como soldados celestiales. Le dijeron que el Señor los había enviado con el cometido de ahuyentar esa banda de paganos y proteger a Martín, para que nadie se opusiera cuando él fuese a destruir el templo. Por tanto, debía regresar y terminar su obra con celo piadoso. Entonces, Martín regresó; los paganos permanecieron en calma, mientras, ante su vista, él destruía el templo hasta sus cimientos.3

Desafortunadamente, Martín cayó desde el piso superior de una casa, rodando por la escalera y se hirió gravemente. Estaba como muerto en su celda, torturado por dolores indescriptibles. Entonces sintió en la noche cómo un Ángel le lavaba sus llagas y [… ] sus miembros aplastados con un ungüento curativo. Y al día siguiente estaba realmente curado, de forma que hubiera podido pensarse, incluso, que no había sufrido ningún accidente.4

Martín experimentó en otras ocasiones la ayuda de los Ángeles, como por ejemplo, cuando un Ángel le abrió el portón del palacio del emperador. Sulpicio Severo nos informa al respecto en sus Diálogos:

Por los días en que Martín recibió la dignidad episcopal, tuvo que ir a la casa imperial por una causa urgente. En aquel tiempo, Valentiniano el Mayor se encontraba al frente del gobierno (364-375). Cuando éste supo que Martín deseaba presentarle una petición, que no quería conceder, ordenó que no se le permitiera atravesar el límite del palacio. Su esposa arriana había aprovechado la desconsiderada soberbia del emperador para alejarlo del santo varón y conseguir que no le otorgara a Martín la honra conveniente. Martín intentó por dos veces ser recibido en audiencia. Al estrellarse estas tentativas contra la soberbia del emperador, recurrió al auxilio de los medios que ya conocía: se vistió de penitencia, se cubrió de ceniza, no comió ni bebió y rezó día y noche. Al séptimo día se le apareció un Ángel que lo exhortó a ir sin temor al palacio, ya que los portones se abrirían por sí solos y el emperador trocaría su brusquedad en mansedumbre. Animado por estas palabras del Ángel y confiando en su auxilio, Martín fue al palacio. Las puertas se abrieron por completo, nadie se opuso a su camino. Al final llegó al emperador […] Sin esperar las peticiones de Martín, le concedió todo por anticipado. En varias ocasiones le brindó la confianza del diálogo y lo invitó a su mesa. Por último, cuando Martín se despidió, le ofreció muchos regalos. Pero el santo los rechazó, ya que deseaba guardar por siempre fielmente su pobreza.5

Sulpicio Severo indica expresamente en dos ocasiones más “que un Ángel habló con Martín cara a cara”.6 En otro momento, encontrándose Martín inseguro sobre qué hacer y cómo decidirse, “de repente estaba ante él un Ángel que le decía: ‘Martín, con razón te condena tu mordaz conciencia; pero no había otra salida para ti. ¡Sé valiente nuevamente, sé firme una vez más; de lo contrario, no estará en peligro tu honra, sino la salud de tu alma!’”7 Por otra parte, también acentúa en diversos pasajes que este santo que tan familiarmente podía tener contacto con los Ángeles fue acosado enérgicamente por el diablo: “El diablo se acercó a él en forma humana”8 y lo tentó:

Un día estaba el diablo delante de Martín en la celda mientras éste oraba. Una luz púrpura brilló ante él, rodeándolo; con este brillo de luz, el diablo esperaba engañarlo con más facilidad. Un manto de rey lo cubría, en su cabeza lucía una diadema brillante de oro y piedras preciosas, sus zapatos eran de oro; hermoso era en verdad su aspecto, su rostro amable, así que podía imaginarse en él todo menos al diablo. En el primer momento, Martín se sorprendió mucho; los dos guardaron silencio durante bastante tiempo. Entonces, el diablo comenzó a decir: “Reconoce a quién tienes delante. Yo soy Cristo. Porque estoy bajando a la tierra y quería manifestarme en primer lugar a ti.” Martín permaneció en silencio y no respondió con ninguna palabra. El diablo se atrevió a repetir su malévolo discurso: “Martín, ¿por qué dudas? Ten fe, porque tus ojos ven. Yo soy Cristo.” En ese momento fue claro para Martín, por revelación del espíritu, que no era Dios sino el diablo quien estaba delante de él. Por eso le dijo: “Jesús, nuestro Señor, no afirmó que regresaría en púrpura y bajo el esplendor de una corona. Yo no puedo creer que Cristo venga de otra forma sino en la posición y aspecto exterior con que sufrió, con las llagas y la cruz.” Ante estas palabras, el diablo desapareció repentinamente como humo, llenando la celda con un olor horrible. De esta manera dejó una señal inequívoca de quién era realmente. Este acontecimiento lo he narrado fielmente, palabra por palabra, según la afirmación de Martín; esto lo digo para que nadie lo juzgue como un cuento.9

Con respecto a la muerte de Martín se comenta lo siguiente:

Poco antes de su muerte vio al enemigo de la humanidad; entonces le gritó: “¿Qué haces aquí, bestia ávida de sangre? No encontrarás nada en mí que merezca la condenación.” Después de estas palabras, Martín entregó su alma a Dios. Tenía 81 años. Su alma fue recibida por un coro de Ángeles; muchos escucharon cómo los Ángeles cantaron alabanzas a Dios.

En una antífona del oficio de la festividad de san Martín, el 11 de noviembre, la Iglesia canta: “Oh, bienaventurado hombre, tu alma posee el paraíso. Por eso se regocijan los Ángeles, se alegran los Arcángeles y se llena de júbilo el coro de los santos.”

1 S. Severus, Vita sancti Martini, en Acta Sanctorum, Novembris, vol. IV. En traducción al alemán: W. Schamoni, “Extractos de la vida, Leben des hl. Martin v. Tours, de las cartas y diálogos de Sulpicio Severo”, Aus­breiter des Glaubens im Altertum, Düsseldorf, 1963, pp. 15-66.

2 W. Schamoni, op. cit., p. 20: “Leben des hl. Martin”, núm.3.

3 Ibid., p. 30: “Leben des hl. Martin”, núm. 14.

4 Ibid., p. 32: “Leben des hl. Martin”, núm. 19.

5 Ibid., p. 50: “Diálogos de Sulpicio Severo”, núm. 5.

6 Ibid., p. 59: “Diálogos de Sulpicio Severo”, núm. 11.

7 Ibid., p. 62: “Diálogos de Sulpicio Severo”, núm. 13.

8 Ibid., p. 23: “Leben des hl. Martin”, núm. 6.

9 Ibid., p. 34: “Leben des hl. Martin”, núm. 24.

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S-Ambrosio

San Ambrosio († 4 de abril de 397)

San Ambrosio, el primero de los cuatro grandes padres de la Iglesia del Occidente, debe ser mencionado por diversas razones entre aquellos santos que se mantuvieron en contacto íntimo con los Ángeles. Nació en el año 339 en Tréveris; hijo del supremo oficial civil de Galia, cuando éste murió Ambrosio fue llevado a Roma para su educación. Al principio se desempeñó, al igual que su padre, en el servicio civil, hasta convertirse en cónsul de Milán. Allí fue designado obispo en el año 374, después de la muerte del obispo arriano Ausencio, aun cuando entonces apenas era catecúmeno. Llegó a constituirse muy pronto en un luchador heroico de la Iglesia contra el paganismo, que en aquel tiempo todavía no había sido extinguido totalmente, y el arrianismo, de mucha influencia en el norte de Italia. Predicador brillante, logró mediante sus sermones importantes conversiones, entre otras, la de san Agustín.

Paulino,1 secretario de san Ambrosio, proveniente del norte de África, redactaría la biografía del santo (Vita sancti Ambrosii) en 422 (25 años después de su muerte); en ella relata un episodio que muestra cuán íntimo era el contacto de san Ambrosio con los santos Ángeles:

 En ese tiempo vivía un hombre, seguidor de la herejía arriana, un discrepante sumamente astuto, intransigente, obstinado e inconvertible a la fe católica, quien en cierta ocasión se encontraba en la iglesia donde el obispo Ambrosio predicaba. Allí, este arriano observó, según él personalmente lo relata, un Ángel que hablaba al oído del obispo predicador, y le dio la impresión de que el obispo Ambrosio proclamaba a la gente únicamente aquello que el Ángel le susurraba. Gracias a esta aparición angelical, el arriano se convirtió y comenzó a defender valientemente la fe que él mismo había combatido.2

 

Esta aparición se corresponde con el profundo convencimiento de san Ambrosio sobre la existencia de los santos Ángeles, como puede descubrirse en la casi totalidad de sus obras. En unas consideraciones sobre el Salmo 118 opina: “Todo está lleno de Ángeles: el aire, los países, los mares, las iglesias, presididas por los Ángeles.”3

Para el gran obispo de Milán, la escalera celestial del sueño del patriarca Jacob sobre la cual los Ángeles suben y bajan, es una prefigura de “la futura comunión de los Ángeles y los hombres”.4 Subraya repetidamente el parentesco espiritual entre los Ángeles y los hombres. Indica que la comunicación de dones sobrenaturales de los Ángeles y la de los hombres encuentra al mismo autor, el Espíritu Santo, quien por medio de la gracia hizo que nuestra naturaleza humana ‑tan inferior‑ sea semejante a la de los Ángeles.5

Ambrosio fundamenta esta íntima relación entre Ángeles y hombres en que el Hombre‑Dios, Jesucristo, es la cabeza no sólo de la humanidad redimida, sino de igual manera de los Ángeles, porque también éstos pertenecen en su propio ser al Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, a este único “templo de Dios”, a la única “ciudad de Dios”.6

El número de los Ángeles es indescriptiblemente grande, como también el cielo es muchísimo mayor que la tierra. En comparación con estos innumerables millares de millares de espíritus celestiales, el mundo de los paganos es sólo una gota de agua en un balde lleno, declara en su explicación al Salmo 1.7 En los comentarios al salmo 118 escribe: “El mundo está lleno de poderes santos, porque también está lleno de espíritus malignos.”8 En un escrito sobre el profeta Elías, este piadoso padre de la Iglesia amonesta a cada fiel: “Bajo los ojos de los Arcángeles, Potestades y Dominaciones, y de las miríadas de miríadas de Ángeles, tú estás luchando; entonces, ¡cómo sería ignominioso -considero‑ fracasar vergonzosamente delante de tan maravillosos testigos!”9

San Ambrosio asevera que los Ángeles asisten al sacrificio eucarístico de la nueva alianza, en especial el Arcángel Gabriel, quien “sin duda se encuentra presente cuando Cristo está presente y se sacrifica”.10

Al estudiar con detenimiento las consideraciones de san Ambrosio a los salmos 37 y 3811 puede presuponerse, con razón, su certeza de que al lado de cada hombre singular permanece un Ángel de la guarda específico. Así, en su comentario al Salmo 38 confirma reconfortantemente que el enemigo maligno podrá dañar el alma humana únicamente con el permiso de Dios, porque “en el ambiente del hombre hay un Ángel que lo protege y defiende, para que nadie le ocasione ningún daño. El Ángel jamás abandona su lugar, excepto por orden de Dios, a fin de que el luchador sea probado en la batalla”. En el Sermón contra Auxentio,12 san Ambrosio anota: “Los siervos de Cristo experimentan una protección más poderosa de los poderes invisibles que de los poderes visibles.” Dicha protección es también propia de la Iglesia, ya que Dios rodeó el pueblo de Dios en su totalidad “con órdenes celestiales y con la protección de los Ángeles como con una fortaleza”.13 Los justos gozan de este amparo angelical de manera especial, porque en ellos brilla “la presencia del sol del mediodía”.14 Entre las filas de los justos se alegran las vírgenes15 y los mártires16 por la “protección particular” de los santos Ángeles. En Sobre las viudas, Ambrosio advierte de la necesidad de invocar a los santos Ángeles, “a cuya protección estamos entregados”17 (“nobis ad praesidium dati sunt”).

Asimismo, menciona reiteradamente que los Ángeles reciben jubilosos a un justo difunto en su entrada al cielo y lo conducen al lugar de su destino eterno. De igual manera los pecadores, como integrantes del reino de Dios en cuya comunidad están los santos Ángeles, encuentran su participación; así, los Ángeles gimen, según la Carta de san Pablo a los Romanos, cuando, como ejecutores de la justicia divina, deben castigarlos (cfr. Rm 8,22).18 Por el contrario, se regocijan ante la conversión de un pecador, “porque consideran la salvación de un hombre como un beneficio propio”.19

Por todo ello es entendible que el gran obispo de Milán hablara también de los santos Ángeles en sus homilías sobre el libro de Tobías (De Tobia, anterior al año 380) y en sus sermones sobre el Evangelio de san Lucas (entre 385 y 389), en especial en los primeros capítulos.20

Sólo de un obispo que se dejó imbuir tan fuertemente de la existencia y el operar auxiliador de los santos Ángeles y que llevó una vida angélica ejemplar, puede creerse lo que escribió Paulino de Milán sobre la muerte de san Ambrosio:

 Al mismo tiempo en que él [Ambrosio] regresaba al Señor, más o menos desde las once del día hasta aquella hora en que entregó su espíritu rezó con los brazos extendidos en cruz. Nosotros vimos que movía los labios; sin embargo, las palabras no las escuchábamos. Honorato, el obispo de Vercelli, se había acostado en el piso superior de la casa; entonces escuchó tres veces una voz [¿era la voz de un Ángel?] que le llamó: “¡Levántate, corre, porque Ambrosio va a morir pronto!” Bajó y ofreció al santo el Cuerpo del Señor. Éste lo recibió y, no bien lo hubo deglutido, entregó su espíritu; llevaba consigo un buen viático a la eternidad. Porque fortalecido en su alma por la bondad de este alimento, podía alegrarse para siempre en la comunidad de los Ángeles, cuya existencia había vivido ya en la tierra.21

1 Cfr. “M. Pellegrino come biografo”, La Scuola cattolica, LXXIX, 1951, pp. 151-162.

2 E. Dessmann, Das Leben des hl. Ambrosius: die Vita des Paulinus, núm. 17, Düs­seldorf, 1967, p. 46.

3 Expositio in Psalmum 118.

4 De Jacob et vita beata libri duo.

5 Cfr. De Spiritu Sancto, I.

6 Cfr. Epistola 76,12s.

7 Cfr. Enarrationes in 12 psalmos Davidicos.

8 Expositio in Psalmum 118.

9 De Helia et jejunio.

10 Expositionis evangelii secundum Lu­cam, l. X, I, núm.24,28.

11 Enarrationes in 12…

12 Sermo contra Auxentium.

13 Hexaemeron, III.

14 De Abraham, 1.2,1,I.

15 Cfr. De virginibus, I.

16 Cfr. Expositio in Psalmum 118.

17 De viduis, cap. 9,55.

18 Cfr. Epistola 34.

19 Expositio in Psalmum 118.

20 Cfr. Expositionis Evangelii… 1.X,I núm. 24,28; II, núms.7-­14 y VII, núm. 210.

21 E. Dessmann, op. cit., núm. 47 p. 64.

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S-Gregorio Nacianzeno

San Gregorio Nacianzeno († 390)

En representación de los padres de la Iglesia oriental y occidental del siglo IV ‑así como de lo que dijeron o escribieron sobre los Ángeles- mencionaremos al santo obispo y doctor de la Iglesia, Gregorio Nacianzeno, quien, aunque fue propiamente un gran teólogo de la santísima Trinidad y sólo en ocasiones habló de los Ángeles, lo que de ellos afirma es muy instructivo, mostrando de manera impresionante su fe firme en la existencia angélica y su confianza en el Ángel de la guarda.

Gregorio nació el año 330 en la aldea de Arianz, cerca de Nacianzo, en la parte occidental de Capadocia (hoy Nenizi de Carvale, en el centro de Turquía). Sus padres, Gregorio el Mayor de Nacianzo y su esposa Nonna, son también venerados como santos, al igual que sus hermanos, san Cesario de Nacianzo y santa Gorgonia. Después de estudiar en Capadocia (Cesarea, Palestina), Alejandría (Egipto) y Atenas, donde conoció a quien se convertiría en su gran amigo Basilio, Gregorio regresó a casa y trabajó algún tiempo como retórico. Invitado por Basilio, fue a Ponto, a orillas del Mar Negro, para allí internarse profundamente en los estudios de la Sagrada Escritura. De nuevo en Nacianzo, en la navidad del año 361 fue ordenado sacerdote. Su amigo Basilio, desde el año 370 arzobispo de Cesarea y metropolitano de Capadocia, lo designó obispo de Sasima el año 372. En mayo del 381, iniciado el Concilio de Constantinopla, Gregorio fue entronizado por los padres del Concilio como obispo de esta ciudad, donde vieron la luz sus cinco famosos sermones teológicos (Alocuciones 27‑31), de entre los cuales en especial la Alocución 28 es de gran importancia para la angelología. No obstante, en sus Alocuciones 38, 40, 41 y 45 habla de manera muy explícita sobre los Ángeles, su esencia y tareas.1

Si bien san Basilio, su gran amigo, describía la naturaleza de los Ángeles como un soplo de aire o un fuego inmaterial, afirmando que se muestran visibles por el cuerpo que asumen,2 y el tercer Capadocio, san Gregorio de Nissa, defendía la naturaleza puramente espiritual de los Ángeles,3 Gregorio Nacianzeno, por su parte, se muestra reservado e indeciso sobre la cuestión. Así, sitúa la creación de los Ángeles antes de la creación del mundo visible. La Bondad absoluta, es decir, Dios, no contento con esta visión de sí mismo, pensó en los poderes angelicales celestes “para que muchos pudieran participar de esta bondad”. El Logos, la segunda Persona divina, ejecutó tal obra, consumada por el Espíritu Santo: “De este modo fueron creados los seres de luz de segundo orden, los siervos del primer Ser de luz, si queremos verlos como espíritus con inteligencia o como una especie de fuego incorpóreo, o sea, hechos de cualquier otra naturaleza.”4 “Supongamos que son seres sin cuerpo, o algo semejante a esto.”5

Gregorio de Nacianzo tampoco se decide sobre si lo que realmente importa entre los Ángeles es el grado jerárquico o la grandeza o plenitud de la luz que asumen: Dios es la luz más grande, inexpresable y al mismo tiempo inalcanzable; “una segunda luz es el Ángel, emanación o comunicación de la primera luz, que por inclinación hacia ella y por su servicio recibe la iluminación. Yo no sé si ellos [los Ángeles] reciben la iluminación según el orden del grado o si reciben el grado según su iluminación”; la tercera luz es el hombre dotado con inteligencia.6

Los Ángeles se encuentran muy cerca de la completa exención del pecado; el doctor de la Iglesia se atreve a opinar que el no pecar, como es propio de la Primera Naturaleza simple, también es parte de la naturaleza angelical. No obstante, después expresa una distinción, al observar que la esencia de los Ángeles solamente está más cerca del no pecar por su cercanía a Dios.7 En efecto, “los Ángeles permanecen inmóviles hacia lo malo y se mueven hacia lo bueno, porque están en la luz de Dios y brillan de la Primera Luz de Dios”.8 En este punto expone otra restricción:

Pero lo que pasó con aquel que se llama, a causa de su luz brillante, el “portador de luz” (Lucifer), me obliga a pensar y a afirmar que no son totalmente inmóviles hacia lo malo, sino sólo difícilmente móviles, porque él se hizo tinieblas por su rebelión y así es conocido ahora. También los poderes a él sometidos, por su huida del Bueno, se han convertido en obreros del malo, acarreándonos la maldad a nosotros.

El oficio de los Ángeles, según Gregorio Nacianzeno, es el servicio ante Dios:9 Son los ejecutores e instrumentos de las órdenes divinas; incluso ellos mismos son luz, capaces de iluminar a otros. Están dispuestos dentro de la obra de Dios para servir a los hombres y cuidar determinadas partes de la tierra y el universo:10 naciones, ciudades e iglesias. De una manera especial protegen a los cristianos fieles confiados a ellos por Dios.11 Los Ángeles celebran con toda la Iglesia en la tierra las fiestas de la cristiandad, como manifiesta san Gregorio en su homilía para la festividad de la Epifanía:

Glorifica a Dios con los pastores, bendícelo con los Ángeles, forma un coro con los Arcángeles, para que sea esta fiesta una unión entre los poderes celestiales y terrenales. Porque estoy convencido de que se alegran hoy y conmemoran esta festividad con nosotros. ¿No son ellos los amigos de Dios y amigos de los hombres, como David nos lo describe (en el Salmo 23), quienes después de la Pasión suben con Cristo, y delante de Él se animan unos a otros a levantar el dintel superior de la puerta?12

En cuanto a su relación con Cristo, Gregorio Nacianzeno acentúa que acompañaron al Dios‑hombre en su ascensión al cielo, donde se alinearon para recibirlo;13 se exhortaron unos a otros mutuamente, según el Salmo 23, a abrir las puertas para dejar entrar a Cristo y se admiraron por la exaltación que había recibido la naturaleza mortal del hombre.14 En la mujer que se alegra, en la parábola de la dracma perdida, san Gregorio vio simbolizado a Cristo exhortando a los Ángeles a regocijarse por la conversión de los pecadores;15 en la parábola de la oveja perdida descubre una indicación de la humanidad perdida por el pecado, a la cual el Hijo de Dios encarnado siguió, e interpreta a las noventa y nueve ovejas que dejó el pastor como a los Ángeles.16

Finalmente, dejémonos impresionar por el segundo sermón teológico (Alocución 28) de san Gregorio Nacianzeno en Constantinopla:

¿Cómo debe alabarse a los Ángeles, que brillan allá arriba en la luz más pura o presentan, según su naturaleza y posición, diferentes brillos (Ángeles, Arcángeles, Tronos, Dominaciones, Potestades, Virtudes, etcétera)? Fueron creados tan hermosos, de pura belleza, que ellos mismos se hacen luz y así son capaces de iluminar también a otros y participarles de la abundancia de la Primera Luz (divina). Como ejecutores de las órdenes divinas, son poderosos por su fuerza, recibida naturalmente de Dios. Recorren veloces el universo, ayudando libremente en todo lugar a cada quien, porque están inclinados al servicio y poseen una naturaleza ágil. A unos es confiado el cuidado de una parte determinada de la tierra; a otros, otra parte del universo, como lo sabe Aquel que lo ordenó y limitó. Dirigen todas las cosas hacia este único fin: la unión con el Creador. Alaban la magnificencia de Dios, ven siempre su gloria eterna. No hacen esto para aumentarla [la gloria de Dios], porque sea posible añadir algo a la plenitud de Aquel que confiere todos los bienes, sino para que no tenga fin este beneficio de los primeros seres que están con Dios. Si alabamos este hecho [el mundo de los Ángeles] con palabras dignas, entonces hemos de dar gracias a la Trinidad y a la única Divinidad en tres Personas. Si yo no cumplí con lo que se esperaba, de todos modos alcancé la victoria por la manera en que me esforcé por demostrar que nuestro espíritu es incapaz de comprender la naturaleza de las cosas del segundo grado [el mundo angelical], y mucho menos aquella primera y única esencia, la esencia de estar en la cumbre del universo.17

De la vida de san Gregorio poco más puede añadirse: el tiempo de su labor como obispo de Constantinopla fue muy corto. Desconocido y enfermo, regresó a Nacianzo y administró por algún tiempo una sede episcopal vacante, hasta su retiro en el año 383 a la hacienda de sus padres en Arianz; allí transcurrieron sus últimos años ‑murió el año 390‑, escribiendo las 245 cartas que de él se conservan, así como un gran número de poesías de contenido dogmático y moral.

En estas últimas, Gregorio Nacianzeno combatió principalmente la cristología abreviada de los apolinaristas: Como la naturaleza humana de Cristo y en especial su alma humana espiritual, negada por los apolinaristas, fue elevada en su totalidad hacia la divinidad, así también será transfigurado y divinizado nuestro espíritu en cuanto está unido a Cristo.

Pero Gregorio no se contenta con este pensamiento espiritual de la salvación. Cristo, el Dios‑hombre y Señor, es indispensable, porque su santo sufrimiento y muerte realizaron la expiación por medio de la cual fue superado el poder del diablo y del pecado, y todo el peso de nuestras faltas humanas.

En sus poesías también habla en ocasiones de los santos Ángeles; por ejemplo, en la más extensa, donde relata autobiográficamente su vida utilizando 1949 trimetros yámbicos,18 gloriándose del Ángel de la guarda que le fue dado como guía, compañero, protector y consejero en los caminos de su existencia. En este punto, el santo de Nacianzo utiliza un lenguaje semejante al de su amigo Basilio, quien una vez escribió: “Entre los Ángeles hay unos como presidentes de los pueblos, otros como compañeros de los fieles singulares […] Que cada fiel tiene su Ángel, que le guía como educador y pastor, es la doctrina de Moisés en el libro del Génesis (48,16).”19

San Gregorio Nacianzeno. 147

1 Cfr. J. Barbel, Gregor v. Nazianz, Die fünf theologischen Reden, Text und Übersetzung mit Einleitung und Kommentar, Düsseldorf, 1963.

2 Cfr. san Basilio, De Spiritu Sancto 38.

3 Cfr. G. de Nissa, De virginibus 4; Oratio catechetica magna 6.

4 Alocución 38, núm. 9.

5 Loc. cit.; cfr. también núm. 7; Alocución 45, núm. 5.

6 Cfr. Alocución 40, núm. 5.

7 Cfr. ibid., núm. 7.

8 Alocución 38, núm. 9.

9 Cfr. ibid., núm. 17.

10 Cfr. ibid., núm. 31; Alocución 42, núms. 9 y 27.

11 Cfr. Poemata dogmati­ca, 36, 20-24; Carmen de seipso, 3,5-9.

12 Cfr. Alocución 38, núm. 17.

13 fr. Alocución 45, núm. 25.

14 Cfr. Alocución 38, núm. 17.

15 Cfr. Ibid., núm. 14.

16 Cfr. loc. cit.

17 Alocución 28, núm. 31, en la traducción de J. Barbel, op. cit., p.127.

18 XI Poema histori­cum de seipso, 3,5-9: “ln Te quiesci­mus, o Dei Verbum, manentes domi; Tibi referimus otium, Tua est conses­sio, Tua exsurrectio, Tua statio, Tua rursus profectio, Tuis et nunc auspiciis viam inimus. Sed mihi aliquem ange­lum mitte ducem vitae, faustum custo­dem, qui me columna ignis et nubis du­cat, dividat mare, flumina sistat verbo, nutriat cibo coelesti.”

19 San Basilio, Adv. Eunom., 3,1 (PG 29/656A-657A )

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S-Gregorio Taumaturgo

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S-Cecilia

Santa Cecilia († alrededor del año 230)

Tal vez la Passio de esta santa romana nombrada explícitamente en la primera oración eucarística en el Canon Romano de la santa Misa, contenga muchos elementos legendarios; no obstante, el relato sobre el Ángel que se le aparece constituye una indudable referencia a la fe firme que tenían los primeros cristianos en el Ángel de la Guarda.

Santa Cecilia aparece en esta Passio1 escrita después del año 486 como la casta hija de una familia cristiana de senadores romanos, de la noble estirpe de los Cecilios. Fue casada por sus padres con un joven pagano, Valeriano. En la noche de los esponsales, Cecilia explica a su esposo que la protege un Ángel de la virginidad; para creer sus palabras, Valeriano exige ver a este Ángel; al observar Cecilia que podrá verlo si se convierte al cristianismo, Valeriano accede y se deja instruir y bautizar por el Papa Urbano.

Ya cristiano, regresa con su noble cónyuge. Y entonces se les aparece a ambos el Ángel, quien los corona con azucenas y rosas.

Posteriormente, Valeriano logra entusiasmar a su hermano Tiburcio en la fe verdadera. De ahí en adelante, los dos hermanos actúan como verdaderos discípulos de Cristo, principalmente ayudando con limosnas a los pobres y sepultando a los mártires, lo que ocasiona que el prefecto Turcio Almacio los condene a muerte. Máximo, el ejecutor de la sentencia, se convierte y sufre con ellos el martirio.

Cecilia también es apresada por destinar su casa paterna a la celebración del culto cristiano. Después de una gloriosa confesión de su fe, debía ser ahogada en el baño de su propia casa, pero permanece incólume. El prefecto la condena, entonces, a ser decapitada; sin embargo, incluso después de tres tajos con la espada, el verdugo es incapaz de separar completamente su cabeza del cuerpo. Cecilia vive aún tres días, en los cuales imparte diferentes instrucciones en favor de los pobres y de la Iglesia. Cuando al fin muere, el Papa Urbano sepulta a esta heralda de la fe entre los obispos y confesores, en las catacumbas de San Calisto, en Roma. Años después, el cuerpo de la santa es enterrado en su propia casa, transformada en una iglesia, la iglesia de Santa Cecilia, en Trastévere (Roma).

Quizá en la Passio de santa Cecilia lo legendario prevalezca sobre lo histórico. Pero lo que ciertamente brilla como realidad histórica detrás de la leyenda es que entre los primeros cristianos se estimaba sobremanera la virginidad consagrada, y se sabía que para conservarla entre tantos peligros y dificultades, los santos Ángeles podían constituirse en valiosos auxiliadores.

Esto lo explicó J. Dillersberger en su libro Wer es fassen kann2 (Quién puede comprenderlo), casi en lenguaje poético:

(Eja, milites Christi! (¡Levantaos, soldados de Cristo!) Como un golpe de sonido brillante sobre escudos de plata, así resuena en la mañana del día de santa Cecilia esta antífona del Benedictus en boca de esta santa, mártir y virgen romana. Cuando terminó la mañana, Cecilia clamó con voz clara: “¡Levantaos, soldados de Cristo, dejad las obras de las tinieblas, revestios con las armas de la luz!” ¡Éste es el inicio del día; éste, el lema de batalla! ¡Cómo hace despertar de una vez toda languidez y somnolencia! Esta palabra es la oración de la virgen mártir, que sabe que su Ángel de la guarda está a su lado. Ella ha pasado su noche de bodas de manera diferente a como era ‑y aún hoy es- usual entre paganos, e incluso entre muchos cristianos. Ha sido capaz de salir casta de su recámara nupcial por la mañana, con la ayuda de su Ángel de la guarda. Utilizó su noche de esponsales para ganar a su esposo Valeriano para Cristo. Él y su hermano, después de ver a su Ángel de la guarda tras el bautismo, se convirtieron en mártires para Cristo, conquistados mediante la fuerza casta de las palabras de Cecilia. “Como una abeja ocupada”, está escrito, “ella ha servido al Señor.” ¡Éstas son las noches de bodas en Roma de los primeros cristianos! Entonces onduló este viento nuevo, áspero y casto de la fe, tan fresco y maravilloso, por las calles de la ciudad eterna, hasta en las casas de la estirpe de los antiguos patricios, arrojando fuera todo lo que se saboreaba según la sensualidad y el bochorno. ¡Qué flores virginales produjo esta Roma precristiana! Cecilia e Inés, y si fuesen solamente estas dos, ¡sería suficiente para anhelarlas nuevamente en estos tiempos! Con una fuerza impresionante e incomparable, la Iglesia supo en esta antífona Christi -“Eja, milites Christi!”- dejar brillar este estimulante ejemplo de virtud casta que hace a los hombres parecidos a los Ángeles. ¿No surge de esta virgen heralda romana un ánimo fresco de valentía alegre para la pureza, hacia todo el mundo cristiano? Ése es el sentido de esta llamada clara en la hora de la mañana del día de santa Cecilia, una vez salió de su recámara, por la mañana, después de su noche de bodas, resplandeciente en su virtud clara e invencible, las armas de luz en su cuerpo puro y un poderoso compañero a su lado.

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S-Pontiano de Espoleto

San Pontiano de Espoleto († entre 156‑165)

En Espoleto (Umbría), bajo el dominio del emperador Antonio Pío (138‑ 161), un juez pagano llamado Fabiano perseguía con saña desmedida al cristianismo. Un laico, Pontiano, se atrevió a acusar públicamente la injusticia y crueldad de los procedimientos usados contra los cristianos, hecho que expió con torturas terribles. Sin embargo, estando en la mazmorra, antes de su muerte como mártir fue fortalecido maravillosamente por un Ángel. Aunque esta antigua Passio (biografía de mártires) adoptó ciertas circunstancias ajenas a la realidad, al menos la asistencia de un Ángel en el martirio bien pudo haber constituido un hecho histórico. En el Martirologio Romano se lee el 19 de enero:

En Espoleto, en tiempos del emperador Antonio, vivió la congoja el santo mártir Pontiano cuando, por causa de Cristo, tuvo que pasar descalzo sobre carbones ardientes, permaneciendo ileso. Después de que el juez ordenara torturarlo así, mandó encerrarlo en una mazmorra y colgarlo de un gancho de hierro. Aquí, los Ángeles se le aparecieron y lo fortalecieron con el alimento celestial. Después fue arrojado a los leones, cubierto con plomo hirviente y finalmente decapitado con la espada.1

Es común que las Actas de los mártires informen de la consoladora presencia de un Ángel y el consiguiente fortalecimiento en el martirio de los santos y testigos de la fe de los primeros tiempos del cristianismo. Tal vez sólo se trate de un popular esquema hagiográfico, pero al menos detrás de él se encuentra la convicción religiosa de que los Ángeles, en especial el Ángel de la guarda, acompañan de cerca a los fieles en todos los peligros y dificultades, muy particularmente en la hora de la muerte. A continuación se presentan algunos ejemplos al respecto:

 En las Actas de los santos mártires Trifón, Respicio y Ninfa, torturados en su juventud en Frigia (Asia Menor) bajo el emperador Decio alrededor del año 250, se menciona:

Lleno de coraje, el prefecto mandó que les abriesen el pecho, rasgándolo con ganchos de hierro, y los quemaran con teas. Los verdugos se acercaron y ejecutaron la orden del prefecto. Cuando pusieron el fuego sobre ellos, un Ángel de Dios se paró al lado de los mártires, sosteniendo en las manos unas coronas adornadas con joyas y flores. Mientras agonizaban las colocó sobre sus cabezas y condujo así a estos héroes de la fe a su última consumación.2

En el Martirologio Romano se lee el 11 de mayo:

En Roma, en la calle Salárica, la muerte del bienaventurado sacerdote Antimo: Se distinguió por el don y la gran virtud de la predicación. En la persecución diocleciana fue arrojado al río Tíber, pero un Ángel lo rescató y lo llevó a la iglesia. Nuevamente condenado a muerte, entró en el cielo como un vencedor.3

El Martirologio Romano describe el 3 de noviembre: “En Viterbo, los santos mártires Valentín, sacerdote, e Hilario, diácono, a causa de su fe en Cristo fueron arrojados durante la persecución diocleciana al Tíber, lastrados con piedras, pero un Ángel del cielo los salvó. Después recibieron la corona del martirio por decapitación.”4

En el Martirologio Romano, el 21 de julio:

En Marsella, Galia, la muerte de san Víctor: Porque decidió finalizar su servicio militar y no deseaba elevar sacrificios a los ídolos, fue encarcelado en una mazmorra, donde un Ángel lo frecuentaba y fortalecía. Después lo castigaron con diversas torturas y finalmente lo aplastaron en un molino.5

En el Martirologio Romano, el 28 de julio: “En Ancara, Galacia, el santo mártir Eustasio: Después de diversas torturas, fue arrojado a un río, pero un Ángel lo liberó. Finalmente, un pichón voló desde el cielo alrededor de él para llamarlo a los premios eternos.”6

Un último ejemplo, tomado del Martirologio Romano, el 24 de julio:

En Tiro, en el lago de Bolsena, en la Toscana, la mártir y santa virgen Cristina: Porque creyó en Cristo, destrozó los ídolos de oro y plata de su padre y distribuyó los pedazos entre los pobres. Por esta razón, su padre ordenó fuera flagelada, desgarrada y atormentada cruelmente con otros castigos. La amarraron a una pesada piedra y la arrojaron dentro del lago; sin embargo, un Ángel la salvó. Debió pasar todavía otras torturas […] Finalmente fue traspasada con flechas.7