S-Isabel de Schönau
De este santo, fundador de una orden religiosa, se refiere que poseía una gran veneración a los santos Ángeles. Además, en un libro de oración que se le atribuye ‑al menos estaba en su posesión y lo usaba regularmente‑ aparecen varias oraciones propias al santo Arcángel Miguel y a los otros Ángeles.1
Nació alrededor del año 1000 de una familia noble cerca de Florencia; siendo muy joven se hizo monje benedictino en San Miniato. Por haber dominado allí un espíritu anti-eclesial, Juan Gualberto se retiró por algún tiempo a Camaldolí, cerca de Arezzo, al convento principal de la orden de los camaldulenses, fundada por san Romualdo; hacia el año 1030 construyó un eremitorio en Acquabella, en el declive occidental del Prato Magno (oriente de Florencia), región que posteriormente se llamó Valombrosa (valle sombreado). Este eremitorio se convertiría en el convento principal de la congregación benedictina valombrosana, familia religiosa de la que Juan Gualberto es considerado abad fundador, que observa la regla de san Benito, así como sus propios estatutos. De este santo son famosos, principalmente, su amor heroico a los enemigos, demostrado al perdonar al asesino de su hermano un Viernes Santo, y su lucha continua contra la simonía y concubinato entre los clérigos. En este su celo por la pureza y santidad de la Iglesia le brindaría una gran ayuda la veneración a los santos Ángeles.
La relación especial de este santo con los espíritus celestiales puede apreciarse todavía tres días antes de su muerte, cuando fue fortalecido en una visión por su Ángel de la guarda:
En forma de un monje vestido de blanco, su Ángel de la guarda se mantuvo al lado de san Juan Gualberto, consolándolo en sus últimas horas de vida terrenal. Solamente el santo podía verlo, admirándose de que sus compañeros no lo distinguieran. Les preguntó: “¡Cómo! ¿No habéis visto a la mesa al hermano vestido de blanco?” “¿Qué hermano?”, preguntaron. Y el santo respondió: “Aquel joven que vive con nosotros y siempre está dispuesto a ayudarme; ¿de dónde ha venido y cómo se llama?” Entonces, el beato Leatus, abad del convento del Arcángel san Miguel (San Michele Arcangelo) en Passignano, cerca de Florencia, que también se encontraba entre quienes asistieron a la muerte de Juan Gualberto, le cuestionó: “¿No sabes que este joven vino del monte del Señor y se llama Benigno?” Y el santo reconoció, con la luz del Espíritu Santo, que era su Ángel de la guarda, llegado realmente del monte del Señor, es decir, del cielo, quien no podía tener otro nombre sino Benigno (el Bondadoso). El Señor había designado un Ángel con este nombre para Juan Gualberto, porque también él, mucho más que otros hombres, había comunicado de manera excepcional a los hermanos a él confiados esta benignitas (bondad). Esto se relata sobre la vida y muerte de este santo.2
1 Cfr. A. Wilmart, “Le manuel des prières de saint Jean Gualbert”, en Revue Bénédictine, XLVIII, 1936, pp. 259-299.
2 P. di Re, Giovanni Gualberto nelle fonti dei secoli XI-XII, Studio critico, storico, agiografico, Roma, 1974, pp. 112-113.
Este santo obispo, nacido en el seno de la familia veneciana de Sagredo, fue monje y abad en San Giorgio Maggiore, en Venecia. Cuando intentó una peregrinación a Tierra Santa, no alcanzó a llegar sino a Zara, desde donde viajó en 1015 a Hungría. El santo rey Esteban I lo recibió como educador de su hijo Emerich; en 1023 se retiró al convento benedictino de Bakony‑Beel. En 1030, después de la victoria del ejército de Csanád sobre Ajtony de Marosvár, fue designado primer obispo de Csanád. San Gerardo organizó excelentemente su diócesis con la ayuda de los benedictinos; fue asesinado en un levantamiento pagano con lanzas y piedras en un monte cerca de Ofen que después sería llamado Monte de Gerardo.
La única obra literaria conservada de este santo obispo es un comentario sobre el himno de los tres jóvenes en el horno de fuego, Deliberatio supra hymnum trium puerorum,1 donde se ocupa básicamente del versículo “¡Ángeles del Señor, alabad al Señor!”, muy comprensible cuando se conoce lo que aconteció en su vida: En cierta ocasión, cuando se encontraba de visita en un convento, un brillo extraordinario llamó su atención.
Cuando se acercó para saber de dónde provenía esta luz, observó que salían unos monjes de la clausura. El obispo Gerardo entró al convento y fue penetrado por este esplendor; se encontró con un monje llamado Wolfram, ya débil por su edad, quien por más de sesenta años se había esforzado en celebrar dignamente el santo sacrificio en el altar consagrado al Señor y Salvador. De este monje brillaba ese esplendor tan extraordinario. Su rostro estaba ‑algo similar se dice de Moisés‑ como coronado por la plenitud de la luz. En la santa Misa que oficiaba aparecía tal cantidad de Ángeles y una gloria inexpresable de la majestad divina como Gerardo nunca antes había visto, aun cuando acostumbraba ver frecuentemente a los Ángeles y a los demonios. Agradeció a Dios esta visión, y a mí [el cronista] me contó que no podía haber en aquel convento un monje igual en méritos como aquel anciano (Wolfram).
Y añadió que no existía en todo el mundo ninguna Misa donde no estén presentes por lo menos dos Ángeles para asistir y servir a su Creador.2
Este relato de la vida del santo obispo Gerardo de Csanád muestra un “testimonio muy impresionante de la presencia de los santos Ángeles en el sacrificio de la Misa”.3
1 La obra fue editado de I. de Batthyany, S. Gerardi … scripta et acta, Albae Carolinae, 1790, pp. 1-297.
2 De las dos biografías de San Gerardo, la Legenda major sancti Gerardi episcopi, de la primera mitad del siglo XII, y la Legenda minor sancti Gerardi episcopi, existe una edición crítica, que redactó E. Madzsar, en Scriptores Rerum Hungaricarum tempore ducum, regumque stirpis Arpadianae gestarum, vol. II, Budapest, 1938, pp. 480-506 y 471-479.
3 H. Kühn, Das Reich des lebendigen Lichtes, Berlín, 1947, p. 272.
El 15 de enero de 822 fue consagrada en Fulda la maravillosa iglesia de San Miguel, de estilo prerrománico. Rabano Mauro participó extensamente en la planeación de esta construcción, que aún hoy inspira temor y reverencia, en honor del gran Arcángel. Casi como recompensa por ello, fue elegido y consagrado abad del monasterio de Fulda el 28 de octubre del mismo año.2
Tal vez fue precisamente para la inauguración de esta iglesia que este monje erudito y piadoso compuso dos himnos angelicales: Christe sanctorum decus angelorum y Tibi, Christe, splendor Patris,3 así como probablemente ‑como acostumbraba hacerlo‑ la melodía. Estos himnos, bellos y profundos, se utilizan con algunas pequeñas variantes en la nueva liturgia, reformada en 1971 (Liturgia de las Horas), en las vísperas y laudes de la festividad de los tres Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, el 29 de septiembre.
La traducción del himno para laudes Tibi Christe, splendor Patris4 que aparece en la versión española de la Liturgia de la horas (vol. IV, Él, Buena Prensa, 1992) no se ajusta al sentido original. Por eso nos permitimos presentar una traducción propia:
A ti, Cristo, al esplendor del Padre,
vida y vigor de los corazones,
te cantamos con el corazón y con la boca
en presencia de los Ángeles;
nos unimos con alegría
a su alabanza y a sus cantos.
Veneramos juntos a toda la milicia celestial,
especialmente al primero, al príncipe Miguel,
aquel que con poder vence a Luzbel.
Envíanos a este custodio,
oh Cristo, Rey piadosísimo,
para que preserve puros nuestros cuerpos y almas,
alejados de todas las insidias del enemigo.
Que por tu clemencia vayamos al paraíso.
Por su parte, el himno para las vísperas Christe sanctorum decus angelorum, según una traducción propia, reza así:
Cristo, alegría de los Santos Ángeles,
autor y guía de la humanidad ,
benignamente concédenos
alcanzar nuestro eterno lugar en el cielo.
Envía, Cristo, del cielo hasta nosotros
al Ángel de la paz, a san Miguel,
y crecerá tu pueblo, con su ayuda,
próspero y fiel.
Vuele desde lo alto y visite siempre nuestro templo
el Ángel fuerte, san Gabriel,
y luche contra el enemigo antiguo.
Envía de los cielos al Ángel de la salud, a Rafael,
para que cure a todos los enfermos
y dirija también nuestras acciones.
Asístanos siempre la Madre de nuestro Dios
junto con todos los coros de los Ángeles
y el coro de los santos del cielo.
Que todo esto nos conceda
la bienaventurada divinidad del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo,
cuya gloria resuene en todo el mundo.
Amén.5
De entre las homilías de san Rabano Mauro poseemos dos alocuciones al santo Arcángel Miguel: una (Homilía 31), para la fiesta del 29 de septiembre; la otra (Homilía 32), para el día de la aparición del Arcángel san Miguel en el monte Gárgano, el 8 de mayo.
En la primera, el santo expone un breve resumen de la angelología, con la indicación de los nueve coros de los Ángeles y la interpretación de los nombres de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, junto con una enumeración de sus cualidades;6 en la segunda presenta una narración explícita de la historia del santuario de San Miguel en monte Gárgano, y una interesante descripción del mismo.7
Debe considerarse la observación de san Rabano Mauro de que, junto a los nueve coros angelicales, los hombres formamos el décimo coro, porque nuestra tarea es igual a la de ellos: servir a Dios en obediencia y amarlo en gratitud. En cuanto a este amor a Dios, los santos Ángeles deben entusiasmarnos:
¡Amémonos, carísimos hermanos [termina el santo su primera homilía sobre san Miguel] los unos a los otros, amemos a estos espíritus de la patria celestial e imitemos tanto cuanto podamos, con nuestros buenos modos, su conducta celestial! ¡Amemos, ante todo y sobre todo, a nuestro Creador común e invoquemos su bondad, para que quienes estamos destinados junto con los santos Ángeles al mismo fin glorioso, lleguemos por su intercesión a su comunidad!8
La veneración al Arcángel san Miguel tuvo ciertamente sus fundamentos en Rabano Mauro, quinto abad del monasterio de Fulda, en sus predecesores en la dirección de esta venerable abadía y en su fundador, san Bonifacio († 5 de junio de 754), quien, según el testimonio de su biógrafo Wilibaldo puso toda su actividad misionera bajo la protección de san Miguel.9 Rabano Mauro estimaba sobremanera a este obispo mártir, a quien buscó imitar también en la veneración al Arcángel Miguel. Es significativo que después de la solemne consagración de la nueva iglesia del convento de Fulda se encontrara el santo el 1o. de noviembre de 819 entre los seis hombres que trasladaron en procesión las reliquias de san Bonifacio al lugar donde se conservarían a partir de entonces, el altar occidental de la iglesia.10
Rabano Mauro habla de los Ángeles en los comentarios que redactó para los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, como, por ejemplo, su comentario al Evangelio de san Mateo, escrito entre los años 814 y 822,11 y en su comentario a las Cartas de san Pablo,12 que solamente pudo terminar hasta ser nombrado arzobispo de Maguncia.
No obstante, donde más explícitamente expuso el tema de la angelología fue en el capítulo 5 del primero de los 22 libros de De universo,13 donde menciona junto a los tres Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, cuyos nombres aparecen en la Sagrada Escritura, a Uriel, aunque un concilio romano realizado bajo el Papa Zacarías el año 745 había prohibido invocar a Uriel, Ragüel, Adimis, Tophoas, Sabaoth y Simiel, porque estos así llamados Ángeles serían en verdad demonios. Además, habla sobre los nueve coros angelicales y pregunta: “¿De qué nos sirve discutir todo lo relativo a estos Ángeles‑espíritus, cuando no buscamos considerarlos para nuestro provecho y salvación y obtener las consecuencias de ello?” A continuación, el monje erudito y maestro de Fulda expresa una opinión extraña: Aún cuando se consideró frecuentemente que llegarían a la felicidad celestial tantos hombres como lugares libres hay por la caída de los ángeles, asegura que en la ciudad eterna de Dios entrarán exactamente tantos hombres como Ángeles permanecieron fieles.14
Afirma, además, que quienes deseemos entrar en el cielo debemos esforzarnos en tornarnos lo más semejante posible a los Ángeles y que las distintas clases de hombres realizarán exactamente lo que fue confiado a los coros angélicos singulares. Es más, Rabano Mauro ofrece una interpretación moral sobre lo que deben realizar las clases particulares de los hombres en correspondencia con cada coro angelical. Y de nuevo argumenta: “Por tanto, se cree que el número de hombres que va a subir al cielo es igual al de los Ángeles buenos que permanecieron en él.”15
Rabano Mauro compuso De universo tras renunciar a la abadía del monasterio, cuando se retiró a vivir a Petersberg durante cinco años, hasta que fue llamado para una nueva tarea, de mayor responsabilidad: al arzobispado de su ciudad natal, Maguncia; recibió la consagración episcopal el 26 de junio de 847.
Después de ocho años de benéfico trabajo, murió el 4 de febrero del año 856. Tal vez pueda ser considerada su veneración a los santos Ángeles un hermoso simbolismo al que alude el autor del catálogo de los abades de Fulda, Gesta abbatum, cuando escribe sobre Rabano Mauro y sus actividades:
El quinto abad [de Fulda], el venerable Rabano, conocido como administrador y erudito, famoso con razón a causa de su laboriosidad, dirigió la abadía por 20 años, llevándola a tal nivel que sobresalió en todos los lugares del reino. Ordenó fabricar un arca de acuerdo con la imagen del arca de la alianza de Moisés, con anillos y varas, todas sus partes de oro puro. La tapa del arca estaba adornada con la representación de los Querubines, también de oro puro, que servían como candelabros.16
De los Querubines escribió Rabano Mauro en De universo que su nombre significa ‘plenitud del saber’ (‘plenitudo scientiae’);17 están representados en el arca de la alianza para indicar la presencia de los Ángeles, en cuyo centro Dios todopoderoso tiene su trono. Rabano Mauro se esforzó en su vida por recibir la “plenitud del saber” y comunicarla en una vida angelical a sus hermanos y a un clero formado por una ciencia sólida -como él mismo formuló en su propio epitafio‑; en su vivir quiso ser, siguiendo el ejemplo que ofrecen los santos Ángeles, “el siervo de los siervos de Cristo, el alumno de aquellos que enseñan bien y el auxiliador de quienes buscan una actitud recta según el ejemplo de los santos Ángeles”.
Este santo obispo de Avranches (oeste de Francia) que dirigió esa diócesis desde el año 704 hasta el 725 debe ser considerado entre los santos que mantuvieron una relación muy cercana con los Ángeles: se le considera el iniciador de la peregrinación al gran santuario del Arcángel san Miguel, el Mont‑Saint‑Michel, en Normandía.1
Según la tradición, en una estrecha roca de granito que se encuentra en la costa normanda, llamada por su aspecto semejante a un ataúd Mons Tumbae (‘monte del catafalco’), se apareció el Arcángel san Miguel a san Autberto. Las lecturas del oficio litúrgico para la segunda nocturna de la “fiesta de san Miguel en el peligro del mar” (16 de octubre), como se celebraba en las diócesis de Coutances y de Avranches, afirman lo siguiente:
En el siglo IV se extendía desde Coutances y Avranches hasta Dol y Aleth una extensa llanura cubierta de enormes bosques y protegida por la sierra de Sessiaco del ímpetu de las olas del mar. Una vez propagada la luz de la fe cristiana hasta las costas de Armorica y Neustria, numerosos hombres piadosos, muchos de los cuales se encuentran ahora entre los santos, buscaban la soledad de esta región para dedicarse allí sin impedimentos al servicio de Dios y a la contemplación espiritual. Este lugar, santificado por la vida de tantos hombres santos, se hizo posteriormente famoso por la aparición del Arcángel Miguel, en tiempos de Childeberto III. El santo Arcángel se apareció en sueños al obispo Autberto de Avranches (año 709), exhortándole a construir una iglesia en el monte Tombes, que estaría bajo la protección de san Miguel. Tres veces fue amonestado este indeciso obispo, hasta que finalmente comenzó la obra: construyó un santuario con la forma de una iglesia fúnebre redonda, semejante a aquella del monte Gárgano. Una vez dotada abundantemente de reliquias recibidas por el obispo desde Monte Gárgano, esta nueva iglesia fue inaugurada solemnemente el 16 de octubre. Desde entonces, ese día es celebrado en muchas iglesias no solamente de Francia, sino también de Inglaterra. De tal modo, este monte santo fue puesto bajo la protección especial de san Miguel (Mont‑Saint‑Michel) y consagrado a Dios. También se le llama san Miguel en el Peligro del Mar, ya que desde que el océano arrasó los bosques, las olas del mar se estrellan dos veces al día contra este monte santificado. En este lugar, el santo obispo Autberto fundó con doce clérigos un convento, a fin de atender continuamente el servicio para la veneración a san Miguel. Posteriormente, el duque Ricardo I de Normandía (933‑996) llamó a los monjes de la orden de san Benito para sustituirlos. A consecuencia de los muchos milagros realizados en este lugar, innumerables peregrinos de toda Europa, en especial numerosos reyes y príncipes de Francia e Inglaterra, peregrinaron hasta este santuario.2
En los tiempos en que el occidente de Europa era en su mayoría cristiano, la abadía del Monte del Santo Arcángel Miguel estaba considerado en esta extensa región europea ‑al igual que la del Monte del Santo Arcángel Miguel (monte Gárgano) en el sur de Europa‑ un símbolo de la veneración al mundo invisible con el cual la cristiandad se considera unida vivamente, afirmando fielmente esta realidad tan poderosa en la historia. En todo momento, la veneración piadosa a los santos Ángeles, ante todo al Arcángel san Miguel, recibió nuevos impulsos desde este lugar.3
Podría tratarse de un símbolo inquietante para el espíritu que domina en los tiempos modernos a los hombres que se alejaron del cristianismo ‑una humanidad que responde al llamado de los Ángeles sólo con una sonrisa racionalista y orgullosa‑, cuando en la revolución francesa, en 1790, la abadía Mont‑Saint‑Michel fue eliminada, en aras de la libertad, igualdad y fraternidad, sus tesoros robados y el monasterio transformado en cárcel para aquellos sacerdotes que rechazaron el juramento a la legislación civil.4
Según la tradición, el cuerpo del santo obispo Autberto fue sepultado en la iglesia del Arcángel san Miguel en el monte Tombes un 16 de junio; había fallecido un 10 de septiembre. En cuanto al año de su muerte, unos la ubican en el siglo VI, bajo el reinado de Childeberto II († 595); otros en el año 725, en tiempos del rey Childeberto III.
El gran historiador de Inglaterra, San Beda Venerabilis, quien también trataría sobre los santos Ángeles en sus comentarios a la Sagrada Escritura y en el capítulo 9 de su Aliquot quaestionum liber4 (El libro sobre algunos problemas), informa en varios pasajes de la biografía del santo monje, sacerdote y obispo Cutisberto, que le era propio desde su juventud, un contacto familiar con los santos Ángeles. En efecto, en el capítulo 2 de su Libro sobre la vida y los milagros de san Cutisberto5 relata la aparición al joven Cutisberto de un Ángel que le aconsejó una medicina para curar su rodilla enferma. En el capítulo 4, san Beda narra que Cutisberto, siendo un joven monje, vio una noche, mientras sus hermanos dormían, toda la región iluminada maravillosamente desde el cielo; con este brillo inesperado observó cómo era llevada al cielo el alma del santo obispo Aidan de Lindisfarne († 31 de agosto de 651), rodeada por multitudes de Ángeles.6
De igual manera, años después, ya convertido en prior y obispo, san Cutisberto fue honrado en diferentes ocasiones con apariciones angélicas: Encontrándose como huésped en el convento de Lindisfarne, una mañana de invierno se le apareció un Ángel en forma de un señor mayor; Cutisberto, aunque no lo reconoció, lo recibió con amabilidad y lo hospedó, siendo por eso recompensado con un llamativo milagro que le hizo exclamar: “Veo que aquél a quien recibí de huésped era un Ángel de Dios que no vino a refrescarse, sino a refrescarme a mí.”7 San Beda añade en este pasaje la siguiente observación: “A partir de entonces, Cutisberto mereció muchas veces ver a los Ángeles, ser llamado y refrescado por ellos.”8
Más adelante, en el capítulo 15, san Beda relata que Cutisberto expulsó de una mujer un espíritu maligno; en el 17, que el santo monje, ya retirado a la pequeña isla Farne como eremita, expulsaba gran cantidad de demonios. Al final, en el capítulo 34 de la biografía, escribe que Cutisberto observó un día cómo el alma de una persona que había muerto en accidente era conducida al cielo por Ángeles.
Los datos que aparecen en el Libro sobre la vida y los milagros de san Cutisberto referentes a él y a sus contactos con los Ángeles buenos y con ángeles caídos, fueron corroborados por otro biógrafo contemporáneo de san Cutisberto, cerca del año 700.
Vandregisilo nació cerca del año 600 en Verdún (norte de Francia), en el seno de una familia noble, probablemente emparentado con la casa real Merovingia; recibió en la corte una buena formación, llegó a convertirse bajo el reinado de Dagoberto I en el Comes palatii, con el más alto grado de funcionario.
Atendiendo al deseo de sus padres se casó con una muchacha piadosa; poco después, con el consentimiento de su esposa, se retiró como monje al convento de Montfaucon, al noreste de Verdún. Buscando un tipo de vida más severo peregrinó como eremita a Suiza y residió en Ursitz, en el cantón de Basel. Por un periodo prolongado vivió también en el convento Bobbio, al sureste de Piacenza (norte de Italia), donde encontró a Jonás,1 quien más tarde sería su biógrafo. De Bobbio se dirigió a Roma, visitando en el camino todos los monasterios que vivían según la regla de san Benito. Finalmente regresó a Suiza y se estableció, cerca del año 636, en Romainmoutier, en la región del Jura. Su espíritu inquieto lo obligó a cambiar nuevamente su residencia a Rouen, en la parte occidental de Francia, donde recibió del santo obispo Audoin la ordenación como subdiácono y diácono.
Tras haber sido ordenado sacerdote por san Audomar, el 1o. de marzo de 649 colocó la primera piedra del monasterio Fontanelle, más tarde llamado Saint Wandrille (Vandregisilo), que dirigiría como abad a partir de entonces y hasta el día de su muerte, el 27 de julio del año 668.
A este santo y ejemplar abad benedictino se le concedieron varias apariciones de Ángeles, como se acentúa en su biografía. Así, en una ocasión, por la noche, cuando Vandregisilo se encontraba en insistente oración suplicando un espíritu recto para su comunidad de monjes, apareció de pie ante él un Ángel, rodeado por un esplendor inmenso que llenaba su celda con un brillo admirable y una fragancia muy agradable. Y el Ángel habló a Vandregisilo:
¡Siervo de Jesucristo, que muestras una disposición excepcionalmente grande en el temor de Dios, la paz esté contigo! Tú eres grande ante los ojos de Dios y grandes son las obras que practicas continuamente. ¡Persevera en esa actitud hasta el final de tu vida! ¡El Señor Jesucristo te prepara una corona gloriosa y la feliz gloria del paraíso!2
Relata su biógrafo que en la hora de la muerte de san Vandregisilo se escuchó una música admirable. El monje que se encontraba de guarda ante la cama del santo abad pensó al principio que eran los cantos del coro en la iglesia de la abadía que se oían hasta la celda del abad. No obstante, cuando reflexionó y reconoció que eso era imposible llamó a los otros monjes del convento, quienes se reunieron alrededor de la cama de su padre e igualmente escucharon los cantos celestiales.3 De tal modo fueron los Ángeles a buscar al santo Vandregisilo para recibirlo en su comunidad celestial, cobrando vida de nuevo esta verdad -como sucede tan frecuentemente en la muerte de los santos y propiamente en la de todos los cristianos que mueren en gracia de Dios‑ que reza la Iglesia en la liturgia de los difuntos: “In paradisum deducant te Ángeli” (“Al paraíso te lleven los Ángeles”).
En su obra Filotea San Francisco de Sales, dice repetidamente:
¡Realizad constantemente actos de amor a la Madre de Dios, a los santos y a los Ángeles; mantened un trato familiar con ellos, a quienes os dirigiréis frecuentemente con palabras de alabanza y amor! Porque cuanto más encontréis un acceso a los ciudadanos de la Jerusalén divina y celestial, tanto menos resentiréis abandonar a aquellos que todavía se hallan en la Jerusalén terrenal o a los lugares de este mundo.1
La invocación a los Ángeles, principalmente al Ángel de la guarda, constituye, después de la veneración a María, la gran solicitud de san Francisco en Filotea: “¡Sea para ti de gran provecho invocar a tu Ángel de la guarda!”2 “¡Invoca a tu Ángel de la guarda y a los santos para que te auxilien!”3 “¡Invoca a la bienaventurada Virgen María y a tu Ángel de la guarda!”4 “¡Reza a Dios, para que Él te renueve completamente, te bendiga y fortalezca, e invoca a la santísima Virgen, a tu Ángel de la guarda y a los santos!”5.
Asimismo, el santo obispo de Ginebra ofrece también en esta obra (Filotea, pte. 2, cap. 16) “varios consejos para elevar el alma por medio de la oración y los sacramentos, hacia Dios”; en esas páginas trata sobre la “veneración e invocación a los santos”, recomendando especialmente la veneración, en primer lugar, a María y después a los santos Ángeles:
Con los Ángeles debes ser muy familiar. Contempla continuamente cómo se mantienen invisiblemente a tu lado durante toda tu vida. ¡Ama y venera al Ángel de la guarda de tu diócesis, a los Ángeles de la guarda de los hombres con quienes convives, particularmente al tuyo propio! Rézales mucho, alábalos, recurre a su ayuda en tus intenciones espirituales y temporales, para que ellos actúen contigo según tus deseos. El gran Pedro Fabro, primer sacerdote, predicador y lector de teología de la Compañía de Jesús y primer compañero de san Ignacio, vino una vez a Alemania, donde había realizado grandes obras para la gloria de Dios, pasando por la diócesis de su patria, y contó que en el viaje a través de los pueblos heréticos saludaba siempre a los Ángeles de la guarda de cada parroquia y por ello recibió mucho consuelo. Sintió propiamente cómo lo protegieron de los ataques de los herejes y le ayudaron a ganar muchas almas para la doctrina de la salvación y a hacerlos doctos.
Él lo relataba encarecidamente -esto me lo refirió una señora hace cuatro años, es decir, 60 años después de que sucediera, con la mayor emoción. Por eso constituyó para mí una gran alegría consagrar un altar hace un año en aquel lugar donde este santo hombre entró a la luz del mundo, en la pequeña aldea de Villaret, en medio de nuestras montañas de Saboya.6
Sobre los propósitos que un hombre piadoso que viva unido a Dios puede adoptar, los cuales debe repetir en la renovación espiritual de cada mes, afirma san Francisco de Sales al alma amante de Dios, Filotea:
Si a nosotros nos obliga una promesa seria que hayamos hecho a un hombre, cuánto más nos obligan las palabras pronunciadas ante Dios […] Y considera ante qué presencia las pronuncias: ante la corte celestial. La bienaventurada Virgen María, san José, tu Ángel de la guarda […] te miran, acompañan tus palabras en alegre consentimiento con sus oraciones, te vieron con alegría indescriptible ante los pies de tu Salvador, cuando tú le consagraste tu corazón. Era una fiesta de alegría en la Jerusalén celestial.7
En la primera parte de Filotea explica diversas instrucciones y ejercicios “para llegar a partir del primer deseo hasta una decisión firme”; en concreto, en el capítulo 17 compone la siguiente contemplación “Opción del cielo” y aconseja:
¡Imagínate que estás en un amplio campo, completamente solo con tu Ángel de la guarda, como el joven Tobías cuando caminaba hacia Rages! Él te muestra el cielo abierto con todas las alegrías […] después, en la profundidad, el infierno abierto con todas sus torturas […] Cuando por medio de esta preparación te has visto allí, entre cielo e infierno, arrodíllate en la presencia de tu Ángel de la guarda y considera: Realmente, es verdad, estás entre el cielo y el infierno; los dos están abiertos para recibirte según la opción que elijas […] Dios, que castiga por justicia con el infierno y recompensa por misericordia con el cielo, desea con ardiente afán que escojas el cielo. Tu Ángel de la guarda te impulsa fuertemente hacia ese fin; te ofrece de parte de Dios miles de gracias y ayudas para favorecerte en la subida […] ¡Acepta estos ofrecimientos que te brindan la santísima Virgen, los Ángeles y los santos! ¡Promételes que quieres seguir su camino! ¡Toma la mano de tu Ángel de la guarda para que te guíe! ¡Anima a tu alma hacia esta opción!8
Después de estos pensamientos encaja perfectamente lo que san Francisco de Sales observa en Teótimo sobre la diferencia entre meditación y contemplación: La meditación puede compararse con aquella comida que necesita una masticación penosa; la contemplación más bien se parece al beber: “Como éste, también la contemplación se realiza sin ninguna dificultad y resistencia, con alegría y facilidad.” Y aunque puede transportarte hasta la embriaguez, la contemplación solamente es comparable a una embriaguez santa y sagrada.
Al contrario de la embriaguez corporal, la espiritual no nos roba el uso de los sentidos espirituales […] no nos atonta ni embrutece, sino que nos iguala a los Ángeles y en cierto sentido nos diviniza; nos eleva al éxtasis, fuera de nosotros, no para ser iguales a los animales, como la embriaguez corporal, sino para levantarnos por encima de nosotros y depositarnos entre los Ángeles. Entonces, así como ellos, viviremos más en Dios que en nosotros mismos, e impulsados por el amor estaremos totalmente atentos y ocupados, como los santos Ángeles, en ver su belleza y unirnos a su bondad.9
En sus explicaciones sobre la providencia divina menciona también la creación de los Ángeles y su dotación agraciada, así como la caída: Teótimo, hablamos de cosas divinas según las experiencias que obtenemos de la contemplación de los sucesos humanos. Decimos entonces que Dios poseía desde toda la eternidad de la manera más perfecta, el arte de crear el mundo para su propia glorificación. Por eso consideró en su espíritu, primero, a las criaturas más nobles, de quienes quería que lo glorificasen con más honra: los Ángeles y los hombres. Estructuró a los Ángeles según la variedad de sus características y coros, como nos enseñan la Sagrada Escritura y los padres de la Iglesia, y decidió crear también a los hombres en esta variedad que vemos en ellos. Al mismo tiempo, también consideró desde toda la eternidad los medios que deberían servir a los Ángeles y a los hombres para alcanzar este fin determinado. No contento Dios con sólo idear, ejecutó este plan y, de hecho, creó Ángeles y hombres y por su gobierno les concedió, y todavía les concede a las criaturas dotadas con inteligencia, todo lo que necesitan para llegar a la gloria. Dicho brevemente: La más sublime providencia divina es aquel acto por el cual otorga a los Ángeles y a los hombres los medios necesarios y útiles para que puedan alcanzar su fin.10
Todo lo que Dios realizó está determinado para la salvación de los Ángeles y de los hombres.11
Del conjunto de las numerosas criaturas posibles que Dios podía haber creado, escogió y creó a los Ángeles y a los hombres, en cierto sentido con el fin de acompañar a su Hijo, participar en su gracia y gloria y adorarle y alabarle por toda la eternidad.12
Además, Dios decidió en su providencia divina y omnipotente llamar a la existencia a todas las otras cosas, naturales y sobrenaturales, para que Ángeles y hombres le sirvieran y pudieran ser partícipes de su infinita gloria. Aunque Dios quiso crear a los Ángeles y a los hombres con una voluntad libre, con la libertad de escoger el bien o el mal, los creó a todos en la justicia original como testimonio de que su bondad los había destinado para el bien y la gloria. Esta justicia consistía en un amor gozoso que los preparó para la felicidad eterna y los dirigía y guiaba hacia ella. Pero como la inconmensurable sabiduría designó unir este amor con la libre voluntad de los seres inteligentes a fin de que el amor no violara la voluntad, porque deseaba dejar su libertad completa, Dios también previó que una parte de los Ángeles, una parte menor, abandonara libremente este amor y perdiera en consecuencia su gloria. El pecado de los Ángeles podía ser un acto expreso de maldad, sin una tentación anterior o cualquier otra circunstancia que atenuara la culpa. Además, Dios previó también que la mayoría permanecería fiel en el servicio del Señor y Salvador. Por eso Él, que glorificó abundantemente su misericordia en la creación de los Ángeles, quería glorificar ahora su justicia. Así decidió en su justa ira arrojar para siempre a la multitud infeliz de los ángeles infieles, a ellos, que en la presunción de su rebeldía le habían ofendido tan abominablemente.13
1 Seelenführungsbriefe an Laien, Deutsche Ausgabe der Werke des hl. Franz v. Sales, Band 6, Eichstätt, 1966, p. 269.
2 Philothea, pte. II, cap. 3,en ibid., vol. 1, Eichstätt, 1959, p. 75.
3 Ibid., p. 82.
4 Ibid., p. 253.
5 Ibid., p. 259.
6 Ibid., p. 93.
7 Ibid., p. 246.
8 Ibid., pp. 57s.
9 Theotimus, 1. VI, cap. 5, en Seelenführungsbriefe an Laien… vol. 3, pp. 286-189.
10 Ibid., 1. I, cap. 3, en Seelenführungsbriefe an Laien… vol. 3, p. 105.
11 Ibid., cap. 4, en Seelenführungsbriefe an Laien… vol. 3, p. 108.
12 Ibid., p. 109.
13 Ibid., p. 110.
En el libro La Vida de San Francisco de Sales, obispo y príncipe de Ginebra se narra que este gran Doctor de la Iglesia ordenó sacerdote a una persona que tenía un don especial del Señor: el nuevo presbítero podía ver a su propio ángel de la guarda.
Tras la ordenación presbiteral, el sacerdote se quedó en la puerta del templo, haciendo gestos como para que alguien avance delante de él. San Francisco de Sales lo observó y sospechó lo que sucedía. Luego lo llamó a un lado y le preguntó al recién ordenado lo que estaba pasando.
El presbítero, con total normalidad, le contó que discutía con su ángel de la guarda y le explicó lo siguiente: “Antes de que me ordenaran sacerdote él solía caminar delante de mí; pero ahora insiste en darme preferencia”.
El libro señala que San Francisco de Sales se quedó muy impresionado y que se acordó de San Francisco de Asís, quien decía tener la costumbre de saludar primero a un sacerdote y recién después a su ángel bueno. El texto indica que el Doctor de la Iglesia siempre recordó este hecho y que lo mencionaba a los candidatos que querían ser ordenados para que comprendieran la gran dignidad y responsabilidad que es ser sacerdote.
Asimismo, los santos Ángeles desempeñaron un papel trascendental en e1 cumplimiento de sus numerosas tareas, de manera muy semejante a como sucedió con el beato Pedro Fabro.
En primera instancia, Pedro Canisio se apropió de la costumbre de su maestro Pedro Fabro, bajo cuya guía realizó retiros en abril de 1543 para aclarar las últimas dudas sobre su vocación: invocar confiadamente al Ángel de la guarda, entregarse cual niño a su guía y confiarse a él como gran protector poderoso y magnánimo.1
En una memoria dirigida desde Friburgo (Suiza) en enero de 1583 al superior general de los jesuitas, Claudio Acquaviva, Pedro Canisio menciona esta costumbre adoptada del beato Fabro. Así, en un pasaje donde relata varias experiencias que recibió de este su piadoso maestro, escribe textualmente:
Al entrar por primera vez en una ciudad o un país, es necesario, según el ejemplo de Pedro Fabro, invocar a los Ángeles y Arcángeles y a los santos más conocidos de esta región y venerarlos, y encomendar a su protección los esfuerzos en el trabajo pastoral. Por su intercesión, Dios concederá ciertamente esta gran ayuda, a pesar de la propia indignidad.2
Mucho más importante para este libro que la costumbre ‑que ya conocemos del beato Pedro Fabro‑ de solicitar el auxilio de los Ángeles para el trabajo pastoral, es que a san Pedro Canisio se le concediera en la iglesia de San Pedro (Roma), antes de partir para Alemania, no solamente una revelación del sagrado Corazón de Jesús, sino, en relación con ésta, una visión angelical que él mismo relata vivamente en su diario:
El 4 de septiembre de 1549, en la festividad del profeta Moisés y en la octava del santo obispo Agustín, cuando yo debía hacer mis votos, Tú, oh, Señor, me concediste el pensamiento de encomendar mi propia persona y esta celebración tan importante a los apóstoles en la basílica del Vaticano. Sentí que ellos atendieron mi súplica y aprobaron con su poder apostólico que los hiciera anticipadamente ante ellos [los votos]. Les agradecí intensamente esta bendición que me otorgaron los príncipes de los apóstoles y salí consolado de la iglesia, porque pude acercarme con su auxilio benéfico a esta celebración verdaderamente apostólica, la celebración de la profesión religiosa. Pero cuando estaba de rodillas ante el altar de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo, Tú me concediste un nuevo regalo de tu inmensa gracia: Me otorgaste a mí, que debía profesar poco después mis votos solemnes, un Ángel especial que debería guiarme y protegerme como corresponde a los profesos de la orden, y por medio del cual quisiste instruirme y auxiliarme. Con él, quien a partir de entonces fue mi compañero, me acerqué al altar del sacramento en la basílica de San Pedro y comprendí mejor el ministerio del Ángel colocado a mi lado. Mi alma estaba postrada, deformada, afectada de impureza y debilidad y con muchas faltas e inclinaciones malas. Entonces, el santo Ángel se dirigió al trono de tu majestad e indicó la grandeza y multiplicidad de mi propia iniquidad y debilidad. Así, claramente reconocí cómo era indigno de acercarme a hacer mi profesión religiosa. Y sentí que el Ángel me indicaba cómo resultaría difícil para él conducirme y guiarme en este camino escarpado de la perfección. Luego, Tú me abriste el corazón de tu santo Cuerpo y sentí cómo podía verlo directamente […]
Al inicio de la santa Misa que celebraba tu hijo Ignacio, el primer reverendísimo superior general de nuestra orden, en presencia de todos los hermanos, Tú me mostraste nuevamente mi pobreza y debilidad, a cuya vista me vino el horror y el desaliento. Pero en la consagración, Tú , Padre de la misericordia, me consolaste a mí, hombre miserable; fortaleciste en mí la confianza, me impulsaste con nuevo ánimo; me concediste las mayores promesas y perdonaste todas mis faltas. Tú me guiaste, para que yo fuera una nueva criatura y tuviera a partir de ahora ante mis ojos solamente el querer dirigirme a ti.
También tu santísima Madre me otorgó su bendición para este nuevo comienzo por medio de aquel Ángel que antes había sido colocado a mi lado en el altar de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Él me amonestaba a dejarle estar siempre a mi derecha y a tenerle constantemente en consideración, no menor que la que mostraría con mi respeto a alguien de mayor categoría. Esto me ayudó, pues siempre estuve consciente de la presencia del Ángel, y mirar hacia él me proporcionó un gran auxilio.3
En este místico suceso, previo al inicio de su misión en Alemania, es posible descubrir que san Pedro Canisio cultivaba la veneración a los santos Ángeles y la recomendaba también a otros no solamente por el ejemplo y las palabras de su amado maestro Pedro Fabro, sino por su propia experiencia. Por eso escribió a un sacerdote poco antes de su bienaventurada muerte ‑el 21 de diciembre de 1597, en Friburgo (Suiza):
Es necesario rendir a los Ángeles una veneración especial, como se le debe a los príncipes celestiales. Entonces podremos exclamar con el profeta: “En la presencia de los Ángeles quiero alabarte” (SI 137,1)[…] Es obligación del sacerdote aceptar la tarea de los Ángeles y rezar de todo corazón, como ellos mismos rezarían o cantarían, el “Santo, Santo, Santo”.4
La Congregación Mariana, fundada por los jesuitas, heredaría esta peculiar actitud de la entonces joven Compañía de Jesús -la veneración íntima y confiable a los santos Ángeles, como se observó en el beato Pedro Fabro, en san Ignacio de Loyola y ahora en san Pedro Canisio-. Esta práctica distintiva se encuentra por este motivo en los libros de oración de esta comunidad ‑por ejemplo, el Tesoro de las letanías y oraciones, del padre Tomás Sailly SJ (Thesaurus litaniarum et orationum sacer, Bruselas, 1598, Colonia, 1600)-. Los praesides (directores espirituales) de la Congregación Mariana comunicaban a sus hermanos la veneración a los santos Ángeles, especialmente al Ángel de la guarda, como es posible descubrir, entre otros, en el Libellus sodalitatis (Ingolstadt, 1588, p. 136), donde se recomienda insistentemente recordar por las noches, antes de dormir, la presencia del Ángel de la guarda y encomendarse de manera muy especial a su protección.
Si es verdad, como algunos afirman, que también el segundo general de la Compañía de Jesús, san Francisco Borja († 1572), veneró devotamente a los santos Ángeles -escribió un Tratado sobre la devoción a los santos Ángeles‑ entonces ya no es de admirar que en los cien años posteriores fueran publicadas por integrantes de la Compañía al menos 25 obras sobre este tema, sin considerar entre ellas el principal tratado del gran teólogo jesuita Francisco Suárez († 1619).5
En los últimos años de su vida, desde 1564 hasta 1570, san Francisco de Borja anotaba en su diario “sobre qué contemplaba él cada día en particular, para qué rezaba, qué sacrificios ofrecía y por qué intención; así como sus iluminaciones y sentimientos y todo su trato con Dios”. En estas páginas se lee frecuentemente que el santo se dirigía al Señor Jesucristo crucificado y presente en la santísima Eucaristía y a su Madre virginal, así como a los santos Ángeles de la guarda.6 Así demostró Francisco ser un dócil discípulo del beato Pedro Fabro, al igual que san Pedro Canisio, con quien realizó retiros, aun antes de su ingreso en la Compañía de Jesús, como príncipe y padre de familia.
Para concluir, retomaremos a san Pedro Canisio, su veneración a los Ángeles y la forma en que buscó llevarla al pueblo simple y fiel. En este aspecto, resalta la respuesta que el segundo Apóstol de Alemania ofrece en su Pequeño catecismo a la pregunta sobre “si realmente sería conveniente que un cristiano invoque a los santos y los venere”:
Nosotros veneramos e invocamos a los amados santos y a los Ángeles como amigos predilectos y elegidos de Dios que habitan con Él en la gloria eterna y están llenos de alegría y bienaventuranza celestial. Sienten también simpatía hacia nosotros y nunca olvidan el amor y fidelidad fraternos, ya que son nuestros intercesores fieles y dignos ante Dios.7
En el apéndice de oraciones del Pequeño catecismo de Ingolstadt, enseñaba a los niños la siguiente oración: “¡Tu Ángel santo, oh, Dios, esté conmigo, para que el espíritu maligno no tenga poder ni éxito sobre mí!”8 . Junto con el Ángelus que se debe rezar por la mañana y por la tarde, el santo añade esta petición: “Por esta hora dignísima en la cual fue concebido el Hombre‑Dios Jesucristo, y tú, santísima Virgen María te convertiste en Reina de los Ángeles, sea escuchada mi oración y todo mi deseo se dirija hacia el bien.”9
En relación con los catecismos de san Pedro Canisio, es significativo lo que afirma el Catechismus Romanus sobre los santos Ángeles y su veneración (Este Catecismo fue elaborado posiblemente por las mismas fechas en que se celebró el Concilio de Trento, por una comisión de obispos presidida por el arzobispo cardenal san Carlos Borromeo († 1584). Este compendio de la fe católica para los sacerdotes y religiosos de la Iglesia habla de los Ángeles en la primera parte, donde explica catequéticamente la confesión de la fe; en la tercera, que trata de los mandamientos de Dios, y en la cuarta, que habla sobre la oración. En la primera parte, en la explicación de las palabras de la confesión de la fe apostólica “Creador del cielo y de la tierra”, dice:
Dios creó de la nada también el mundo espiritual, a saber, los innumerables Ángeles, para que estén siempre ante su trono. A todos ellos confió el don glorioso de su gracia maravillosa y poder […] Aún dotados con tales dones celestiales, una gran parte de los Ángeles se rebeló contra su Dios, Padre y Creador. Por eso fueron arrojados de su elevado trono.10
Cuando se alude a los mandamientos, se afirma, entre otras máximas relacionadas con el primer mandamiento de Dios:
Los Ángeles están representados con rostro humano y alas, porque con esto se quiere instruir a los fieles sobre cuán grande es el apego de los Ángeles hacia la humanidad y cómo están dispuestos en la ejecución de las encomiendas divinas, porque “son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud” (Hb 1,14).11
En la explicación del primer mandamiento también debe mostrarse claramente que la veneración e invocación a los santos Ángeles […] de ninguna manera se opone a este primer mandamiento […] Porque, ¿quién sería tan tonto para pensar que, cuando un monarca ordena una ley a fin de evitar que ningún otro se presente en su reino como rey o acepte veneración y honra real, quiere prohibir con esto que se venere a sus oficiales? Cuando se dice de los cristianos que veneran a los Ángeles profundamente inclinados, según la imagen de los santos en el Antiguo Testamento, éstos no les prestan igual veneración que a Dios; y cuando en sentido contrario, leemos a veces que los Ángeles rehusaron aceptar honras de los hombres, debe entenderse que no querían admitir aquella veneración que se reserva exclusivamente a Dios […] Cuando en la actualidad son venerados así los reyes, por medio de quienes Dios gobierna al mundo, ¿no deberíamos considerar a los Ángeles dignos de honras mucho mayores, en cuanto estos bienaventurados espíritus superan en mucho la dignidad de aquéllos? Porque Dios los ama como a sus siervos inmediatos; Él se sirve de ellos para el gobierno no solamente de su Iglesia, sino también de las demás cosas; nos salvan día con día de los más grandes peligros del cuerpo y el alma, incluso cuando no son visibles a nuestros ojos. Además, debe considerarse cuánto amor nos manifiestan a los hombres; animados por este amor suplican insistentemente ante Dios por los grandes campos de acción confiados a ellos, como fácilmente puede reconocerse en la Sagrada Escritura; no existe la menor duda de que también lo hacen con aquéllos de quienes son Ángeles de la guarda, ya que presentan nuestras oraciones y lágrimas ante Dios (cfr.Tb12,12). Por eso dice el Señor en el Evangelio que no debe darse ocasión de escándalo a los pequeños, “porque sus Ángeles, que están en el cielo, ven de continuo la faz del Padre, que está en los cielos” (Mt 18,10). En consecuencia, puede invocárseles, porque siempre ven a Dios y porque nos cuidan con la mayor disposición para la protección de nuestra salvación, que les fue confiada.12
En la cuarta parte del Catechismus Romanus, donde se trata la oración y se comenta principalmente el Padre Nuestro, se da a los sacerdotes la siguiente instrucción:
Para destacar más claramente en la explicación de la doctrina (de la providencia divina) el amor paternal de Dios hacia los hombres, sería muy conveniente hablar al pueblo sobre los Ángeles de la guarda, a saber, sobre aquellos espíritus celestiales que acompañan a cada hombre singular para protegerlo de cualquier daño grave. Porque así como los padres buscan un compañero y protector para sus hijos cuando éstos deben emprender un viaje inseguro y peligroso, el Padre celestial concedió a cada uno de nosotros un Ángel a nuestro lado en el camino de regreso a la patria celestial, por cuya ayuda y vigilancia podemos evitar las trampas de los enemigos y rechazar sus ataques terribles y directos. Bajo la protección de este guía celestial podemos mantenernos en el camino recto, sin permitir al enemigo maligno que nos desvíe de nuestra dirección hacia el cielo. Dios confió a los Ángeles la ejecución de su previsión extraordinaria para con nosotros, porque según su naturaleza ocupan una cierta posición intermediaria entre Dios y los hombres. ¡Qué beneficioso es descubrir esto en numerosos ejemplos de la Sagrada Escritura! Según estos testimonios, la bondad de Dios permitió a los Ángeles realizar, no en pocas ocasiones, milagros ante los hombres, de lo cual debemos concluir que tales protectores de nuestra salvación trabajan aún mucho más para nuestro provecho temporal y eterno sin que nosotros los veamos.
Después de una indicación al libro de Tobías (cap. 5 y 6) y a los Hechos de los apóstoles (cap. 12), se añade:
Reconozcamos en los ejemplos bíblicos la inmensa grandeza del beneficio que Dios concede a los hombres por medio de los Ángeles, sus intérpretes y mensajeros. Pero Dios no solamente nos envía a sus Ángeles ocasionalmente y para determinadas necesidades, sino a cada uno de nosotros desde el inicio de nuestra existencia, cuando nos confía a un Ángel de la guarda. Esta doctrina, si se presenta claramente, no puede fracasar en levantar el ánimo de los oyentes y llevarlos al reconocimiento reverente de la providencia de Dios todopoderoso, verdaderamente paterna y divina.
Tomás de Aquino se acercó, como hombre, en los dos aspectos a los santos Ángeles.
Santo Tomás rezó y luchó en su relativamente corta vida para alcanzar una semejanza con los Ángeles, en cuanto esto es humanamente posible, cumpliendo ya aquí en la tierra la palabra de Jesús sobre los santos ‑“Son como Ángeles en el cielo” (Mc 12,25)‑; de un lado, por su santidad brillante y pureza de corazón, porque se desprendió totalmente de aquella triple concupiscencia que arrastra al hombre hacia lo material y le impide tornarse semejante a los espíritus puros, y del otro, por su sabiduría y profundo acceso al conocimiento del Dios trino y su revelación. De los santos Ángeles aseguraba Cristo: “Ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 18,10). Con razón escribió Vincencio Contenson, teólogo dominico († 1674), en su Theologia mentis et cordis (Teología del espíritu y del corazón) que Tomás de Aquino era el Doctor angelicus “no solamente por su intelecto perspicaz, que penetra las profundidades de la verdad, sino también porque, estando aún en la tierra con su cuerpo, ya se encontraba espiritualmente en el cielo y prácticamente vivía con los Ángeles”.
Estudiemos en detalle esta doble razón por la que santo Tomás se constituyó en homo angelicus (hombre igual a los Ángeles), para, gracias a su ejemplar vida personal, su espiritualidad y doctrina, convertirse en Doctor angelicus:
Para que el hombre sea más libre para Dios y acuda a Él en mayor excelencia, existe un segundo camino hacia la perfección, que es la observación continua de la castidad […] El espíritu del hombre, en cuanto ser libre para Dios, está impedido no solamente por el amor a las cosas exteriores, sino también, y mucho más, por la tribulación de las pasiones interiores. De entre todas éstas, la que absorbe más el espíritu del hombre es el deseo de la carne y la actuación sexual.
Únicamente considerando que santo Tomás de Aquino intentó ‑al contrario de otros padres de la Iglesia y teólogos pre-escolásticos, que no vieron tan claro este punto‑ acentuar y concretar la total inmaterialidad y espiritualidad de los Ángeles, seres libres de materia, podrá comprenderse en su justa medida el porqué de fundamentar exactamente en la castidad, en la pureza de corazón, la aproximación singular del hombre a los Ángeles, estos espíritus puros.
Al examinar según esta doctrina la vida personal de santo Tomás ‑en esta relación son de gran ayuda los sencillos relatos de los testigos en el proceso de su canonización3‑, es posible contemplar verdaderamente en ella, con los ojos de sus contemporáneos, un alma totalmente pura, desprendida de los deseos desordenados y concupiscencias de la sensualidad sexual y desapegado del ámbito material. Las personas que rindieron testimonio bajo juramento en el proceso de su canonización sobre la personalidad y conducta de Tomás de Aquino alaban constantemente su pureza sin mácula, intachable. Asimismo, al cotejar estas afirmaciones con aquella experiencia mística incluida también en las actas del proceso y en su primera biografía -de Guillermo de Tocco‑ de la torre de San Giovanni, se descubre y confirma con cuánta más razón debe concedérsele a este santo el atributo “angelicus” (“igual a los Ángeles”): El joven Tomás había sido educado en Montecassino por los hijos del gran padre monacal Benito en la limpieza moral y la pureza para la mayor reverencia a Dios y a los santos Ángeles; había experimentado con los monjes cómo guardar en la liturgia de las horas la exhortación de su padre religioso en el capítulo 19 de su regla monástica: “Recordemos cómo debemos estar ante la faz de Dios y de sus Ángeles y por eso nuestro corazón debe coincidir con nuestra voz.” De Montecassino fue enviado para proseguir sus estudios a Nápoles, donde conoció la nueva orden de los dominicos, por la que se entusiasmó y a la que finalmente ingresó en contra de la voluntad de sus parientes. Ahí comienza este relato:
Cuando sus hermanos no pudieron doblegarlo [a Tomás, para que no abandonara la orden], en su maldad concluyeron que tal vez podrían vencer mediante otra forma de infestación, a saber, por la tempestad ante la cual incluso las torres llegan normalmente a caer, las rocas se ablandan y los cedros del Líbano se desarraigan. En esta batalla todos somos luchadores, pero a causa de las dificultades son muy pocos los que triunfan. En definitiva, los hermanos, cuando Tomás se encontraba solo en el cuarto donde dormía vigilado, le enviaron una muchacha muy bonita vestida como prostituta, quien intentaría de diferentes maneras seducirlo al pecado por su aspecto, sus ternuras y sus juegos. Cuando el luchador invencido, que ya había recibido como novia la sabiduría de Dios, cuyo amor lo había colmado con su fragancia, la vio y percibió que en él nacía el aguijón de la carne, que siempre había sometido a la razón, se confió al designio de la providencia divina, para que su triunfo lo erigiese más victorioso de esta lucha; lleno de ira, tomó un madero de la chimenea y persiguió a la muchacha, expulsándola del cuarto. Luego, en el ardor de su ira, regresó a la esquina de su cuarto y dibujó a fuego la señal de la cruz con la punta del madero ardiente en la pared, para, en seguida, dejarse caer en el suelo e implorar a Dios con lágrimas el cíngulo de la castidad virginal que había podido conservar en tal batalla. Después de haber suplicado con lágrimas en los ojos se durmió. Y le fueron enviados dos Ángeles del cielo, quienes le dijeron que habían sido atendidas sus oraciones por el Señor y había vencido en esta tremenda lucha. Entonces le ciñeron, mientras decían: “He aquí que de parte de Dios te estamos rodeando, como tú has pedido, con el cíngulo de la castidad, que ya no podrá ser quitado por ninguna otra lucha; y lo que no puedes tener por el mérito de las virtudes humanas te está concedido por el regalo de la generosidad divina.” Que el hermano Tomás tuvo la certeza de nunca haber sentido en sí una quiebra de este cíngulo está aseverado por el testimonio de sus confesores. Porque a la hora de su muerte, él podía observar que su castidad virginal, conservada en una lucha tal, no había sido violada jamás. Pero desde entonces evitó con todas sus fuerzas la compañía de mujeres, salvo en casos de estricta necesidad. No dejaba de sorprenderse y amonestaba diciendo: ¡cómo hombres dedicados a la contemplación de las cosas divinas permanecen por horas e inútilmente junto a mujeres y pierden el tiempo en largos coloquios, excepto cuando existe una obligación necesaria, como sería la conversación que busca a Dios o las cosas divinas! Tomás sintió este ceñir y el contacto con los Ángeles como un dolor corporal y despertó con un grito. Pero a aquellos que le preguntaron más tarde por qué había gritado no les reveló este regalo divino que la gracia de Dios le había concedido, guardándolo en secreto, para confesarlo apenas en la hora de su muerte […] Oh, beato, a quien no se le negó la comunión con los santos Ángeles cuando fue ceñido con la castidad y a quien era de valor ser, por su castidad, igual a los Ángeles [angelicus], porque luchaba como hombre terrenal por su castidad virginal.4
Es posible que en la actualidad, en estos tiempos imbuidos de una terrible ola sexual que ya no comprende en absoluto la virginidad consagrada a Dios y la castidad, alguien pueda reír sobre este testimonio incluido en las actas del proceso. No obstante, el Papa Pío XI en su encíclica Studiorum ducem del 29 de junio de 1923, para el 600 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino, no temió aludir expresamente a este relato:
Tomás de Aquino poseyó todas las virtudes morales en grado máximo, unidas en él muy íntimamente para conformar un único haz de rayos en el amor que, según su propia doctrina, “debe animar todos los actos virtuosos”. El atributo especial de santo Tomás de Aquino es su castidad, que le confiere una cierta semejanza con los santos Ángeles. Y cuando él la guardó en una lucha decisiva y peligrosa, fue considerado digno de ser ceñido misteriosamente por los Ángeles.5
En el Rituale Romano se encontró todavía en la edición del 10 de junio de 1925 la “Bendición en honor a santo Tomás de Aquino, del cinturón para guardar la castidad”, que incluye la siguiente oración:
Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, Tú amas y guardas la castidad. Por eso te invocamos en tu bondad inmensurable: Como Tú dejaste ceñir por medio de la mano de los Ángeles a santo Tomás de Aquino con el cíngulo de la castidad y le guardaste de la mancha en cuerpo y alma, así bendice y santifica este cinturón, para que todos los que lleven la castidad con reverencia a sus espaldas y la guarden, sean purificados de toda impureza del espíritu y del cuerpo y merezcan ser presentados ante Ti por los santos Ángeles en la hora de su muerte.
En la Presentación del triunfo de santo Tomás, pintura del maestro Antonello da Messina expuesta en el Museo Nacional de Palermo (Sicilia) aparece Dios Padre con dos Ángeles a su derecha que portan un libro con la inscripción: “Bene scripsisti de Me, Thoma!” (“¡Escribiste bien de Mí, Tomás!”), y dos a su izquierda, que muestran igualmente un libro con las palabras: “Sensum Tuum, Domine, quis scire poterit, nisi Tu dederis sapientiam?” (“Señor, ¿quién puede escribir tus pensamientos si Tú no das sabiduría para ello?”). Esta imagen intenta expresar que el santo de Aquino recibió por medio de los Ángeles, a quienes se asemejaba tanto y veneraba íntimamente, una sabiduría similar a la de los bienaventurados espíritus para poder escribir con profundidad sobre la esencia de Dios y en su agrado.
Por eso rezaba constantemente en su Oratio ante studium:
Creador inefable, que destinaste de los tesoros de tu sabiduría una jerarquía triple de Ángeles y la colocaste en un orden maravilloso sobre los cielos empíricos y ordenaste todas las partes en relación con el todo, Tú, que eres llamado la fuente de toda luz y de toda sabiduría y eres el principio soberano de todo, dígnate derramar sobre la oscuridad de mi inteligencia el rayo de tu claridad.
¿Cuál será esta sabiduría, que según santo Tomás es capaz de igualar el hombre al Ángel? El conocimiento de Dios, la teología, de la cual el de Aquino asegura no ser sólo una ciencia ni únicamente la más alta de las ciencias, sino la sabiduría, la “sapiencia divina” (“sabiduría divina”). Así, en el prólogo del primer libro de las sentencias de Pedro Lombardo,6 escribió, cuando aún era un joven magistro en París:
La teología es la sabiduría en sentido propio, porque contempla las causas más elevadas. Es sabiduría en un sentido más amplio que la metafísica, porque contempla estas causas más elevadas según el modo de estas mismas causas, porque se fundamenta en la inspiración y revelación directa de Dios, en cuanto la metafísica contempla las causas más elevadas solamente bajo los criterios originados del ambiente de la criatura. Por eso debe considerarse la teología mucho más divina que la metafísica, porque es divina según su objeto y contenido, pero también según su modo de llegar a éste, mientras la metafísica, como teología natural, es divina exclusivamente según su contenido.
Desarrollando este pensamiento, la apropiación de esta sabiduría divina y teología, el conocimiento de Dios debe ser elevado hasta lo máximo humanamente posible con la ayuda del don divino de la sabiduría, no para que constituya exclusivamente cualquier conocimiento de Dios, sino “un cognitio Dei experimentalis”, es decir, una contemplación mística, amorosa y beatificante de lo que es divino. Así puede, y debe, alcanzarse finalmente la apropiación de la teología perfecta y el trato intensivo con ella de la mística y sus experiencias, para gozar por anticipado la visión beatífica de Dios, de la cual se alegran constantemente los Ángeles.
Santo Tomás no solamente enseñó estos conceptos; también los practicó en vida, y por este aspecto se convirtió en un homo angelicus y en el Doctor angelicus, hecho que muestra, quizá de la manera más conmovedora, el episodio relatado por su biógrafo Guillermo de Tocco que se refiere a Reinaldo de Piperno, amigo íntimo del santo: Cuando Tomás se hallaba al final de su vida, en Nápoles, y abandonó la actividad literaria, Reinaldo de Piperno le suplicó que continuara escribiendo y concluyera sus grandes obras teológicas. Entonces Tomás le respondió: “Reinaldo, ya no puedo, porque todo lo que escribí, en comparación con lo que he visto, me parece como una brizna. Espero de Dios que en breve termine con mi vida y mi enseñar.” Tomás de Aquino era en verdad un místico, rico en experiencias que se cuentan entre las formas más elevadas de la mística, un homo contemplativus y, por ende, un homo angelicus, no solamente al final de su vida, sino desde su infancia en Montecassino, donde, inquieto, buscaba respuestas a la esencia de Dios.
Cuando comenzaba su desempeño como maestro, declaró en su primera clase en París: Las montañas se alzan sobre la tierra hacia al cielo; así deben elevarse sobre el mundo terreno los maestros de la verdad eterna para, como los Ángeles, ansiar únicamente las cosas celestiales. Y al igual que las montañas son las primeras en ser iluminadas por la luz del sol, así los maestros de las ciencias divinas deberían ser los primeros en recibir el esplendor de la luz del Espíritu.7 ¿No constituye esta bella declaración del Doctor angelicus una guía para todo maestro de teología y finalmente para cada sacerdote y cada predicador de la Palabra de Dios? Aquel cuya tarea es “contemplata aliis tradere” debe ser en primer lugar una persona contemplativa, a quien pueda aplicarse lo que afirmaba santo Tomás: “Homo per contemplationen continuatur angelis”8 (“Por la contemplación, el hombre está situado entre los Ángeles”).
Tampoco es posible ignorar, al considerar por qué Tomás de Aquino era en verdad un homo angelicus, y por lo tanto un Doctor angelicus, sus circunstancias, su infancia, en la que fue educado por monjes, y su juventud, cuando se integró a una orden monacal, hecho en concreto que constituye, como escribiría el propio santo en su opúsculo Contra la doctrina mala de aquellos que impiden al hombre entrar en una orden,9 “una obra buena para los santos Ángeles”.10 Al respecto, E. Peterson observa en su Libro de los Ángeles:
Para la definición de monje en el sentido antiguo de la palabra, es pertinente observar que éste imita la existencia de los Ángeles y con ello su liturgia ligada a la existencia angelical en un orden propio; esto significa que entona libremente en el oficio monacal el himno de alabanza de los Ángeles […] y participa continuamente en el himno de alabanza del orden angélico que canta sin fin las alabanzas a Dios.11
Así también el hombre, monje, sacerdote y maestro Tomás de Aquino, quien se reveló verdaderamente ante nosotros como angelicus (igual a los Ángeles) en el desapego de lo que es terreno, sensual y material, creció en su pureza de corazón (castitas) y en el imbuirse en la sabiduría verdadera, por un conocimiento especulativo y contemplativo de Dios que acrecentó en la experiencia mística la intimidad y el amor a Dios.
III. En consecuencia, es posible fundamentar en santo Tomás de Aquino el título Doctor angelicus en su conducta personal y espiritualidad. No obstante, también puede interpretarse por su preocupación -mayor que la de otros teólogos con una especial actividad científica‑ en la exactitud de la exposición de la doctrina de los Ángeles, elevando esta parte de la teología dogmática, según los padres de la Iglesia, los pre-escolásticos y escolásticos, a una cierta cumbre y término. En este sentido es preciso descubrir con qué afecto teológico, con qué exactitud, con cuántos detalles y en cuántos pasajes trata en sus obras el santo de Aquino la angelología. A manera de ejemplo, encontramos en la Tabula aurea -o índice de las obras de santo Tomás redactado por Pedro de Bérgamo‑ 639 menciones del término angelus. La lista de referencias a las obras del santo podría ser tres veces más extensa si se tomaran en cuenta todas estas menciones.
De la totalidad de estas fuentes, presentamos exclusivamente las más importantes: Comentario a las sentencias (II, distinctio 1‑11), Suma Teológica (I, qu. 50‑64, 72 arts.; qu. 93, art. 3; qu. 106‑114, 46 arts.), Suma contra Gentiles (I. II, caps. 46‑55; 91‑101; I. III, caps. 41‑45, 52‑62, 78-80, 103‑113 y 154), Quaestio disputata “De veritate” (qu. 8, “De cognitione angelorum”, 17 arts.; qu. 9, “De cognitione scientiae angelicae”, 7 arts.), Quaestio disputata “De potencia” (qu. 6, “De miraculis”, 10 arts.), Quaestio disputata “De malo” (qu. 16, “De daemonibus”, 12 arts.), Quaestio disputata “De spiritualibus creaturis” (11 arts.) -según M. Grabmann, la obra científica más profunda de santo Tomás‑. Asimismo, las declaraciones de santo Tomás sobre las citas de las Escrituras en Expositio in Evangelium Matthaei, en Expositio in Evangelium Joannis y en Expositio in beatae Pauli apostoli Epistolas. Tampoco puede olvidarse su opúsculo De substantiis separatis seu de angelorum natura, dedicado a su amigo Reinaldo de Piperno, donde aparece el siguiente prólogo, tan significativo: “Porque nosotros no podemos asistir al culto divino de los Ángeles, no se debe dejar pasar el tiempo dedicado a la oración. Debemos destinar el tiempo no utilizado en el canto del oficio divino a la redacción de escritos.” En esta obra, donde santo Tomás llama a la oración monástica “angelorum sollemnia”, reafirma su intención de consagrar las horas en que no podía participar en la liturgia de las horas a escribir un tratado sobre los Ángeles, que a la postre sería una de sus obras especulativas más profundas. Inconscientemente, este párrafo remite a la exhortación apostólica Sacrae laudis, del 6 de enero de 1962, en la cual el Papa Juan XXIII sugiere a los sacerdotes el rezo de la liturgia de la horas (oficio, breviario) por el buen éxito del Concilio Vaticano II, apuntando en la conclusión:
Nos permitimos proponer a los sacerdotes un pensamiento para la meditación que se ajusta a lo que hemos dicho: La Iglesia nos ofrece la doctrina cierta y consolable de que Dios, el Padre de todos, confió la protección de cada hombre bautizado a un Ángel propio. A estos nuestros Ángeles de la guarda queremos pedir particularmente que nos asistan en la oración del breviario, para que lo recemos dignamente, atentos y concentrados, a fin de que sea agradable a Dios, provechoso para nosotros y constituya un ejemplo para los demás hombres.12
Ahora bien, ¿cuál es el rasgo distintivo de la angelología del Doctor angelicus y cuál su contribución propia?
En primer lugar, es necesario apuntar que Tomás de Aquino consideraba fuera de discusión que la existencia de los Angeles es un misterio de la fe que el espíritu humano no puede descubrir si no le es revelado.
Solamente la revelación divina puede ofrecer una certeza sobre la existencia de los Ángeles. Para santo Tomás existen realmente, además del hombre, criaturas de una esencia superior dotadas de una gran inteligencia y poder de voluntad, más cercanas a Dios que nosotros por su naturaleza totalmente inmaterial y completamente espiritual.
Entre las muchas cuestiones que desarrolló sobre el tema nunca se encontrará la pregunta casi frívola de si los Ángeles, de quienes se habla expresamente en numerosos pasajes de la Escritura, son tal vez personificaciones mitológicas o filosóficas. Partiendo de la doctrina de las Escrituras, en los lugares citados y en muchos otros de sus obras, santo Tomás diseñó una imagen angélica en extremo grandiosa, contraria completamente a la imagen subjetiva, dulce y casi cursi creada, por ejemplo, por el arte barroco ‑el cual lamentablemente ha dominado el ámbito piadoso hasta nuestros tiempos‑, que expone con frecuencia las verdades de la fe en la existencia angélica a la burla, la incredulidad o la desmitologización. En tal sentido son significativas las irónicas palabras del padre de los desmitologistas, R. Bultmann: “No es posible utilizar la luz eléctrica y la radio, emplear en caso de enfermedades los medios modernos de la medicina y la clínica y al mismo tiempo creer en el mundo espiritual y milagroso del Nuevo Testamento.” Por el contrario, H. U. de Balthasar califica con más autenticidad el concepto angélico de santo Tomás:
Un pensar crítico no debe simplemente desmitologizar el testimonio claro de la Biblia en este asunto [la existencia de los Ángeles]. El Ángel de la Biblia y del acontecimiento de la revelación, parte integrante de la fe judaica y cristiana, se ajusta perfectamente al paralelismo que se da en la historia de las religiones entre el concepto angelical judaico y el de Mesopotamia, Egipto, Canaan y Persia […] La tradición que encontró santo Tomás de Aquino era tan clara que para él no existía desviación posible en estas preguntas.13
Aclarando este detalle, es posible resumir en ocho puntos los aspectos más importante de la imagen angélica diseñada por Tomás de Aquino y de la forma en que elevó la angelología, como parte de la teología católica, a una cumbre y un cierto término:
El pecado de los ángeles caídos debió de haber sucedido después de ser dotados de la gracia. Eventualmente, fue el Ángel más elevado el primero en pecar y su mal ejemplo motivó la caída de los otros, cuyo número sería menor que el de los Ángeles fieles: la mayoría superó la prueba. Al pecado siguió inmediatamente el castigo: los ángeles malignos conservaron su conocimiento, pero perdieron su equipamiento sobrenatural, la posibilidad para la felicidad eterna y la unión con Dios, lo que evidentemente afectó asimismo su conocimiento natural y su voluntad. Y aunque poseen todavía un conocimiento inteligible de ciertas verdades reveladas, son incapaces de sentir o provocar un deseo afectivo fincado en lo sobrenatural; su voluntad está endurecida totalmente por la maldad, no por el tamaño de su culpa, sino por la decisión definitiva manifiesta en las condiciones naturales de su estado, porque el acto libre, considerado y único de decidirse a favor o en contra de Dios arrastró a los Ángeles, conforme a su naturaleza, inmediata e irrevocablemente a la felicidad o a la condenación eterna. En santo Tomás no existe la menor duda de la eternidad del castigo de los ángeles caídos, en contraposición con Orígenes y su doctrina llamada apocatástasis.
También es digno de considerar cuando Tomás de Aquino asegura que los espíritus protectores provienen de los distintos coros angelicales: para tareas e intenciones universales, para pueblos y reinos enteros, de los coros más elevados; para intenciones particulares y hombres singulares, del coro inferior. De acuerdo con esta ley estructural del universo y con la clasificación jerárquica y el orden de naturaleza y sobrenaturaleza, santo Tomás añade ‑aunque se muestra muy reservado, como en toda su angelología, sobre la calificación de su afirmación o valor teológico‑: “Es probable que los Ángeles más elevados estén destinados a la protección de aquellos que fueron escogidos por Dios para un grado superior de la gloria.”18
En estos ocho puntos se presentó únicamente un esbozo de la angelología de santo Tomás de Aquino; sin embargo, debe ser suficiente para reafirmar con certeza19 su extraordinaria preocupación por encontrar armonía entre lo que relata la revelación divina, con frecuencia sólo por alusión, sobre la existencia y naturaleza angelical y lo que los filósofos, en especial los griegos, especularon sobre la esencia del espíritu puro y la superexaltación del cosmos visible por medio del reino de formas sin materia. Santo Tomás fundamenta la doctrina bíblica de los Ángeles -aunque no la presentó explícitamente, salvo en sus comentarios a los Evangelios de san Mateo y de san Juan, ya que la suponía verdad revelada y por consiguiente cierta‑ con la doctrina del ser y conocer de Aristóteles; se cruzan constantemente dos tipos de preguntas, claramente distinguibles, sobre la condición del ser del espíritu puro y su posición en el cosmos, y sobre las realidades del mundo de los Ángeles aceptadas y expuestas claramente por la revelación. Es decisiva la noción de la integridad del universo que determina la estructura de su angelología y las preguntas particulares. Gracias a esta su doctrina sobre el mundo angelical, santo Tomás se erige exactamente como un modelo20 de homo angelicus y Doctor angelicus, porque, según afirma la instrucción del Concilio Vaticano II en el decreto Optatam totius (art. 16) sobre la formación de los seminaristas, en la doctrina católica sobre los Ángeles “salió cuidadosamente de la revelación divina, entró profundamente en ella y la convirtió en fecunda para su propia vida”. Intentó penetrar profundamente y comprender los misterios de la salvación en relación con los Ángeles, “integre”, es decir, totalmente, integrándolos al cosmos de la creación y a la economía de la salvación con la ayuda de las especulaciones filosóficas y aclarándolos tanto como le fue posible.
Cuando se dirigía al Concilio Ecuménico de Lyon (1274), santo Tomás se detuvo, obligado por una grave enfermedad, en la abadía cisterciense de Fossanuova (sur de Roma), donde moriría santamente el 7 de marzo de 1274 y entraría en la visión maravillosa de Dios, junto con los santos Ángeles a quienes se había asemejado en todo. El contemplador iluminado que por sabiduría iluminó a tantos, regresó la luz de los ojos a un sacerdote casi ciego en lo que constituye el primer milagro que se realizó inmediatamente después de su muerte. Así lo relata Guillermo de Tocco en el capítulo 61 de la primera biografía de santo Tomás:
Después de que murió el Doctor angelical con muchas señales y testimonios de santidad, el padre Juan de Ferrentino, subprior del convento de Fossanuova, quien se hallaba tan enfermo de los ojos que casi no podía ver, se dejó guiar hasta el cuerpo del santo. Se postró con reverencia y devoción a sus pies, se inclinó sobre el cadáver, colocó sobre él su rostro y rezó a Dios para que concediera de nuevo a sus ojos la luz que ya no poseían, por los méritos del Doctor angelical, a quien se encomendó en oración. Inmediatamente fue iluminado plenamente, y exclamó: “Bendito sea Dios, porque concedió de nuevo, por los méritos de santo Tomás, la luz a mis ojos de manera perfecta.” Y era justo que Dios otorgara a aquel que pidió la luz para sus ojos por los méritos del santo, porque también concedió a éste, cuando entró a la comunidad de los Ángeles, la luz de la gloria, de modo que ahora puede ver a Dios por toda la eternidad junto con los santos Ángeles.21
1 Cfr. F. Holböck, “Thomas von Aquin als Doctor angelicus und Doctor Angelorum”, en A. Piolanti, San Tommaso e l’odierna problematica theologica, Roma, 1974, pp. 199-217, especialmente 202.
2 Summa Theologiae II/II, qu. 15, art.3.
3 Cfr. P. Eckert, Das Leben des hl. Thomas v. Aquino, erzählt von Wilhelm von Tocco, und andere Zeugnisse, Düsseldorf, 1965.
4 Ibid., pp. 89-91; cfr. también pp. 181, 184, 198, 200 y 202.
5 Pio XI, Studiorum ducem, del 29 de junio de 1923, traducción alemán en A. Rohrbasser, Heilslehre der Kirche, Freiburg Schw., 1953, p. 1179.
6 In III Sent., pról., art. 3, sol. 1.
7 “Mentium splendorem prius recipiunt, qui sunt in participatione aeternitatis.” Así decía santo Tomás en su primera lectura en la Universidad de Paris.
8 In III Sent., dist. 35, qu. 1, art. 2.
9 Contra pestiferam doctrinam retrahentium homines a religionis ingressu, opusculo.
10 “Nisi homo per virtutes morales habeat animam a passionibus depuratam \…] non est idoneus ad divinam veritatem contemplandam secundum illud: ‘Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt’’’ (Ibid., cap. 17. núm. 778); Santo Tomás llama expresamente la entrada en una orden un “opus bonum bonis angelis congruum” (Ibid., cap. 10, núm. 808).
11 E. Peterson, Das Buch v. den Engeln, Stellung und Bedeutung der heiligen Engel im Kultus, Leipzig, 1935 p. 57.
12 Juan XXIII, Sacrae laudis, exhortatio Apostolica, AAS 54/1962, p.74.
13 H.U.v. Balthasar, “Kosmos, Engel und Menschen in der Prophetie”, Die deutsche Thomas-Ausgabe, vol. 23, München 1954, pp. 317-318.
14 Aquí es típica para Santo Tomás de Aquino la frase de Summa Theologiae, I, qu. 50, art. 1 in corpore: “Respondeo dicendum, quod necesse est ponere aliquas creaturas incorporeas.”
15 Firmiter credimus, decreto del IV Concilio de Letrán, p. 800: “Firmiter credimus et simpliciter confitemur, quod unus solus et verus Deus […] sua omnipotente virtute simul ab initio temporis utramque de nihilo condidit creaturam, angelicam videlicet et mundanam ac deinde humanam quasi communem ex spiritu et corpore constitutam.”
16 Cfr. F. Holböck, “El decreto Firmiter credimus del IV Concilio de Letrán bajo la luz de la angelología de la pre-escolástica”, en L. Scheffczyk , W. Dettloff y R. Heinzmann, Wahrheit und Verkündigung, vol. 1, München, 1967, pp. 733-778.
17 “Tota ratio ordinis in angelis est ex propinquitate ad Deum. Ideo propinquiores Deo sunt gradu sublimiores et scientia clariores” (Summa Theologiae I, qu. 106, art.3, ad 1).
18 “Est autem probabile, quod maiores angeli deputentur ad custodiam eorum, qui sunt ad maiorem gradum gloriae a Deo electi” (ibid., I, qu. 113, art.3, ad 1).
19 Cfr. H. Amschl OP, “Die Lehre von den Engeln”, Deutsche Thomas-Ausgabe, vol. 4, Salzburg, 1936, p. 559.
20 “Aprendan luego los alumnos a ilustrar los misterios de la salvación, lo más que puedan, y comprenderlos más profundamente y observar sus mutuas relaciones por medio de la especulación, siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás” (Optatam totius, decreto art. 16).
21 P. Eckert, op. cit., p. 164.
