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CC56 hago nuevas todas las cosas

Yo hago nuevas todas las cosas

“Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5)

En las últimas meditaciones de nuestras cartas circulares hemos encontrado, por así decir, al ESPÍRITU SANTO y a partir de Él, hemos considerado el «Camino de nuestra confianza en DIOS» y el «Discernimiento de espíritus», para que ahora podamos volvernos hombres «espirituales».

En esta meditación de Adviento queremos reflexionar sobre lo siguiente: CRISTO es el Nuevo Hombre, y nosotros debemos vivir como hombres nuevos al igual que Él.

En la expulsión del paraíso, DIOS vistió el cuerpo del hombre (Gn 3,21); pero en su alma le colocó el ansia de DIOS. «El ansia de DIOS es un don natural del alma humana, su joya inmortal, la chispa brillante del amor divino que está derramado sobre la naturaleza humana» (K. Adam, Jesus Christus, Augsburg 1938, p. 292). Siempre de nuevo nace en el hombre el ansia de DIOS que clama hacia lo alto: «¡Ven Señor, y salva al hombre que Tú formaste del barro de la tierra!» Por el pecado vino la muerte al mundo. El pecado es la pérdida de la amistad con DIOS, de la inocencia y del primer paraíso, en el cual el DIOS amante había dejado una última palabra de esperanza al hombre: La promesa del Salvador. Él llegaría para crear al hombre nuevo, en cuanto Él mismo será el Hombre Nuevo para los hombres nuevos.

¿No es algo maravilloso esto Nuevo, que silenciosamente se anuncia ya en el paraíso y entra en el mundo con la primera venida de CRISTO en la santa noche de Navidad y que llegará a su pleno desenvolvimiento en su segunda venida al final de los tiempos? «Pasó lo viejo, todo es nuevo» escribe San Pablo en la segunda carta a los Corintios (5,17). Y en el libro del Apocalipsis DIOS dice: «¡Mira que hago un mundo nuevo!» (21,5). Esto Nuevo es al mismo tiempo lo joven, vigoroso, lleno de fuerza, floreciente, también es el ansia secreta de Dios en el corazón humano. Y ningún otro hubiese podido traer al mundo esto Nuevo, sino el segundo Adán que es «CRISTO». Él es el «resplandor de la gloria de DIOS y la impronta de su ser» (Hb 1,3), primogénito de una estirpe, que vive bajo el pecado y la muerte, pero una vez más por la fuerza de la gracia, «renació de DIOS» (Jn 1,13). Por eso, los primeros cristianos estaban convencidos de que con CRISTO realmente apareció el Hombre Nuevo esperado. ¡Qué maravilloso es el contraste de este Nuevo Hombre con el fondo oscuro en el que está colocado Adán, el primer hombre! Aquí desobediencia, muerte, condenación (Rm 5,12), allá sabiduría, justicia, santificación y redención (1 Cor 1,30). En Adán, el hombre completamente terrestre, sumergido totalmente en lo mundano. En Cristo un hombre celestial, “santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo» (Hb 7,26). Con qué libertad real y serenidad, camina este Nuevo Hombre a través del mundo creado por DIOS, el cual se obstina contra Él. Aún en su sufrimiento se muestra tan grande, que las palabras de Pilato «Ecce homo» – aquí tenéis al hombre – corresponden también a ese sentido. Realmente en CRISTO se cumplió el ideal del hombre nuevo en el sentido pleno de la palabra. Si queremos saber qué cosa es el hombre, solamente debemos mirar a CRISTO. Él, que se designó a Sí mismo con preferencia como ‘Hijo del Hombre’, es sencillamente el nuevo hombre en DIOS. De este modo, CRISTO nos quiere dar una doctrina muy importante y una indicación exacta: «El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra» (Jn 3,31). El hombre solamente puede llegar a la plena elevación y realización de su ser, cuando no construye desde lo de abajo, de la tierra, sino desde lo de arriba, en DIOS. Sólo a partir de DIOS se puede garantizar lo verdadero y noble del ser humano y llevarlo a su último cumplimiento. De todo esto fue consciente la joven cristiandad de la Iglesia primitiva.

Difícilmente podemos tener hoy una idea del júbilo con el que los primeros cristianos aceptaron el mensaje del Hombre Nuevo. El anuncio de la nueva creatura (2 Cor 5,17) en CRISTO JESÚS y del hombre nuevo (Ef 2,15; 4,24; Col 3,10), que San Pablo lanzó como Evangelio dentro de su tiempo y explotó fuertemente en la humanidad. La oración llena de anhelo: «Ven, Señor, y salva al hombre que formaste del barro de la tierra» y la exclamación jubilosa de la carta de Bernabé: «Hemos vuelto a ser nuevos», son sólo un eco muy suave del sentir de la vida de los primeros cristianos.

Cuando ahora nos preguntamos, qué fue lo que nuestra fe nos trajo de nuevo y qué nos puede traer todavía, lo podemos resumir en dos palabras: Luz y Vida. Según la promesa de DIOS por medio del profeta Isaías: “Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora” (Is 60,2s). Realmente triste es la imagen del paganismo de aquel tiempo, igual que la ausencia de fe en el neopaganismo de nuestros días. Una frase de san Agustín describe exactamente esta necesidad que asusta: «¡Nacido para la miseria y muriendo en la incertidumbre!» Tristeza y melancolía asombran a los hombres que no saben de dónde vienen y hacia dónde van.

¡Qué distinto es el hombre nuevo que sabe hacia dónde va! Él tiene su origen en DIOS, Quien lo creó según su imagen y semejanza (Gn 1,26), y regresa por CRISTO, a DIOS. ¡Qué novedad sensacional podría ser este mensaje!, ¡que simple y claramente toca a cada uno de los que dejan un espacio al anhelo profundo de Dios en su corazón! Tan solo esto es ya una señal de la verdad del hombre nuevo, poder encontrar su esencia simple en DIOS.

¿No brilla aquí la grandeza y la fuerza de la Navidad, en la cual el hombre nuevo podría nacer junto con CRISTO? «¡Ven y salva al hombre que creaste del barro de la tierra!» -así suena el canto ansioso del Adviento de la primera Antífona de la Oh, en la liturgia prenatal. Con esto empieza la promesa de la revelación: «¡Mira que hago un mundo nuevo!»

Con este deseo de Navidad, que será también la bendición para el Año Nuevo de 1996, para que consigamos siempre mejor este ser-nuevo por medio del NIÑO Nuevo-nacido en Belén, por medio de su gracia, les saludamos a todos Ustedes con el «Gloria» de los santos Ángeles.

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CC55 Discernimiento

Discernimiento de los espíritus

A la vida y actuación del ESPÍRITU SANTO pertenece la utilización de Sus santos Dones y, en nuestro tiempo, especialmente la comprensión y el uso del «Don del discernimiento de espíritus», el cual es mencionado, entre otros, por el Apóstol San Pablo en su primera Epístola a los Corintios (12,10).

Hoy nos preguntamos qué significa este Don del Espíritu, no solamente para el hombre singular, sino también para la totalidad de las personas. Nos preguntamos aún si éste nos es dado por Dios a disposición nuestra, exactamente para nuestros tiempos. Y si no nos engañan los signos de los tiempos, entonces notamos que nuestra época no necesita tanto de los otros Dones del Espíritu Santo como del discernimiento de espíritus.

Ya San Pablo sabía por qué colocó el «discernimiento de espíritus» entre los Dones y gracias especiales del ESPÍRITU SANTO; en la segunda Epístola a los Corintios habla del camuflaje del enemigo maligno: «el mismo Satanás se disfraza de Ángel de luz» (2Cor 11,14). Esta frase nunca debería ser ignorada, porque parece que este camuflaje del espíritu maligno llegó hoy a su máxima medida. Casi no notamos su invasión dentro de las ideas y valores de la fe cristiana, por la cual se realiza un intercambio de conceptos en una dimensión que llega desde la ascética hasta dentro de la política. No debemos tomar a la ligera esta táctica del ambiente anti-religioso y descansar en una seguridad sin preocupaciones. Satanás actualmente no se disfraza sólo como Ángel de luz, más bien con el vestido que presenta las características esenciales del ESPÍRITU SANTO, es decir, con el «amor». Y acerca de esto hay que decir y considerar algunos aspectos.

Nuestra actualidad está marcada por un ablandamiento general, así que estamos inclinados a evitar todo lo que es duro y firme. Esta blandura y transigencia muchas veces es camuflada o hasta confundida con el «amor cristiano». Así se dice, por ejemplo: ‘Se debe estar bien con todos’; ‘debemos intentar ganar a las personas’; ‘no podemos «agarrar in fraganti a los otros»‘. En algunas situaciones parece oportuna esta actitud, conforme a las palabras de la Sagrada Escritura: «No quebrará la caña doblada, ni apagará la mecha humeante» (Mt 12,20). Pero en muchos casos detrás de este amor filantrópico se esconde un respeto humano que nos roba la valentía para mantenernos firmes y nos dejamos asustar ante las claras exigencias.

El padre D. Thalhammer, SJ observó una vez: «Por no desear aparecer como enemigos del mundo o hasta como atrasados, llegamos cerca de un compañerismo (conformismo) en todos sus aspectos, disfrazado de piedad que es muy peligroso. Por ejemplo, empezando por el arte, donde en ocasiones se toleran, incluso en el ambiente eclesial, cosas que solo se pueden considerar como una expresión de un mundo caótico que está fuera del límite, pero nunca como una creación artística que pueda llevar a una devoción más profunda y reflejar la dignidad de lo divino.»

Qué diferente es esto a la predicación de San Pedro en Pentecostés. Él, al final, define una clara separación entre los que «se dejaron bautizar en nombre de JESUCRISTO, recibiendo el don del ESPÍRITU SANTO» (Hch 2,38), de la «generación perversa», de la cual los primeros tienen que ser salvados (Hch 2,40). No solo desciende el ESPÍRITU SANTO de Amor, sino que también al mismo tiempo, desciende la separación y la decisión, que son obra de este «abogado divino».

Ahora todo se basa ahora en aquella realidad en la cual todo el cristianismo se fundamenta, es decir, en la ‘conversión radical y en la penitencia’. San Pedro da una respuesta clara a la pregunta de la multitud sobre qué tenían que hacer. Es la misma respuesta con la que JESÚS empezó su vida y actividad pública: «¡Convertíos!» (Hch 2,38).

Este llamado del primer Apóstol, es aceptado por quien en la fiesta de Pentecostés estaba en medio de los Apóstoles, por María, la Madre de DIOS. Ella, en todas sus apariciones, no se cansa de exhortarnos una y otra vez a la conversión y a la penitencia. Sin embargo, nosotros nos hemos vuelto perezosos, como mencionó hace poco un senador americano: ‘Nos hemos vuelto demasiado flojos corporal y espiritualmente’; estamos en peligro de perder nuestra voluntad de sacrificio, de luchar y de perseverar en el bien. La destrucción se manifiesta cada vez más. Por eso, hoy nuestra fe es tan poco convincente, ya no irradia. Nuestra existencia cristiana ya no es vista por los demás como algo extraordinario, tranquilizador y que promueva el bien. Y esto, en un tiempo en el que los continentes comienzan a estar maduros para la Buena Nueva de JESUCRISTO y cuando el mundo se está moviendo hacia la unidad.

Ahora, en el remolino de los esfuerzos por la unidad, pensamos en colocar el amor en el centro, mientras que la cuestión acerca de la verdad la dejamos en último lugar. También debemos procurar encontrar el camino de un cierto equilibrio, para no decir la verdad con fanatismo, pecando así por un lado, contra el amor y, por el otro, de no caer en un deseo melancólico por la unidad, que a pesar de su ‘amor’ camuflado sería también un pecado contra el ESPÍRITU SANTO, porque este igualmente es el «ESPÍRITU de la verdad» (Jn 16,13).

Como indicador en la vida de cada cristiano, como también en la vida de toda la Iglesia, siempre se encuentra la «exaltación de la Cruz», en la cual sólo está la salvación y en la cual podemos ser felices. Únicamente en ella se realizó la salvación y en consecuencia, sólo se encuentra en ella la solución de todas las desavenencias. ¿No está en la cruz el amor más grande, aquel amor que «todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta»? (1 Cor 13,7)

Quizá de esta manera se demuestra de un modo más claro por qué el «discernimiento de espíritus» es tan necesario hoy. Ciertamente hay muchas verdades en todos nuestros complicados cuestionamientos, pero siempre se tiene que hacer una cuidadosa distinción. Y en lo que se refiere al amor, la medida nunca se debe tomar «de abajo», de un deseo demasiado humano, sino siempre «de arriba». El amor de DIOS es un misterio que no podemos comprender. Nunca podremos penetrar aquí en la tierra su compatibilidad con la justicia suprema de DIOS. Lo que hoy está circulando bajo la «bandera del amor», muchas veces no es más que restos de una «filantropía del siglo de las luces», que es muy tolerante, que no lleva a la salvación del hombre caído por el pecado original y por el egocentrismo; que no corresponde a la esencia de DIOS mismo como el verdadero amor.

Y ya que el amor verdadero es un misterio divino, solamente puede ser recibido como una gracia que viene “de lo alto”. Por eso, la clasificación de lo que nosotros designamos como amor, necesita un claro discernimiento de espíritus, porque no nos lo podemos dar a nosotros mismos, sino que es uno de los dones más importantes del ESPÍRITU SANTO que quiere actuar en nosotros. Con toda certeza esto lo podemos distinguir mejor cuando permitimos que los Ángeles (Cfr Hb 1,14) nos sirvan y ayuden, ellos que ya pasaron su única prueba en vista del amor absoluto a DIOS.

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CC54 El camino de la confianza

El Camino de la Confianza

Los justos efectos de la fiesta del ESPIRITU SANTO deben entrar en nuestra vida todos los días. Esto significa que el ESPIRITU SANTO debe llenarnos, sí, continuamente debe animarnos para un nuevo amor. Siempre debe unirnos en la caridad. Nuestro amor debe tener su origen en DIOS, que nos creó y salvó por amor y nos quiere santificar por amor. Solamente podemos amar a DIOS porque Él nos ama primero (Cfr 1 Jn 4,19).

Al verdadero amor pertenece inseparablemente la libertad, si no, sería obligación y no sería libre. A ella también le pertenece la confianza casi como el primer grado necesario. Para poder amar realmente a DIOS debemos también confiar firmemente en Él y en esta confianza abrirnos a Él. «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

Antes de poder constatar que el mundo vive del amor, podemos decir junto con Gertrudis de Le Fort: «El mundo vive de la confianza y muere por la desconfianza». Por eso el camino que conduce a esta verdad y a una vida plena nos corresponde a todos: A los simples, para quienes es más fácil que para los complicados, a los alegres como a los tristes, tanto a los simpáticos como a los antipáticos, a los que fracasan lo mismo que a los que triunfan, a los ruidosos como a los silenciosos, a los amables como a los hombres sarcásticos, como también a los que dirigen su vida para ser probados en la esperanza, pero igualmente a aquellos que después del verano y del otoño de su existencia sienten ya el frío del invierno. Porque la confianza es para nosotros los hombres, como el agua para los peces, como el aire para los pulmones y como las manecillas para el reloj. Por lo tanto, debemos confirmar que la confianza es un valor fundamental para el éxito de nuestra vida y esto especialmente en nuestra convivencia con los otros.

Ya que DIOS creó al hombre a imagen suya (Gn 1,27), no lo creó como ser solitario sino como un ser que se puede relacionar socialmente en todos lados. Está capacitado para tener una relación con lo alto, en cierto modo, saliendo de sí mismo; también al mismo nivel con los hombres y; del mismo modo, con las creaturas que están debajo de él, como los animales, las plantas y la materia. Este relacionarse es una necesidad y por eso condiciona también la pobreza espiritual del hombre (Mt 5,3), en el sentido de que ‘¡todo lo que soy y tengo, viene únicamente de ti, oh DIOS!’

Miremos lo contrario, es decir, la desconfianza y sus formas: el no ser considerado, el no ser saludado, el no ser tomado en cuenta… y otras formas que como hechos exteriores son perceptibles incluso a través de los sentidos. Todo esto viene de una privación de confianza que lleva a la destrucción del alma.

Además, nosotros los hombres poseemos, por medio del camino de la fe, la capacidad de entrar en una relación de confianza con DIOS, con los Ángeles y los Santos. Cuando somos negligentes en este camino, entonces se marchita nuestra naturaleza humana en su esencia. El conocimiento de DIOS, Su providencia y omnisciencia acerca de todo el ambiente celestial sería deformado. Al contrario, este conocimiento de la fe debería ser desarrollado en aquella felicidad que DIOS nos quiere dar para siempre. Por el camino de la fe debemos entrar en un confiable contacto con los santos Ángeles. Incluso esto está previsto por DIOS, lo queramos o no: «Que Él dará orden sobre ti a sus Ángeles de guardarte en todos tus caminos» (Sal 91,11) y por medio del Ángel nos permite saber: «Pues él se abraza a mí, yo he de librarle, le exaltaré, pues conoce mi nombre. Me llamará y le responderé; estaré a su lado en la desgracia, le libraré y le glorificaré. Hartura le daré de largos días, y haré que vea mi salvación.» (Sal 91,14-16). Otra indicación importante de que podemos tener confianza en los Ángeles que pertenecen a DIOS, nos la da la Carta a los Hebreos: «¿No son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?» (Hb 1,14).

Demasiado poco conocida, y para muchos, desconocida es esta posibilidad de confianza, que DIOS nos ofrece por medio de sus Ángeles. Por parte de DIOS, ellos son nuestros mejores amigos. A través de esta realidad de fe, la confianza en DIOS puede crecer hasta una relación de amor más íntima.

Aún acerca de la desconfianza, con la cual este camino podía ser perturbado o hasta destruido, ya sea entre los hombres como amigos, esposos, padres e hijos, superiores y servidores, pero igualmente en el ambiente espiritual en relación a DIOS y también a los Ángeles y Santos. Al privarnos de tal confianza, se podía llegar a una crisis incurable, por la que el hombre simplemente sería una ‘cosa’. Qué horrible es ‘ser la sombra de alguien’, como un espía, con lo que el hombre sería liquidado porque ya no podría surgir ningún rayo de sol en su corazón. Ya no podría brotar ninguna alegría. Y al revés, qué agradable suena esta frase: «A ti te tengo confianza, contigo puedo hablar sin vergüenza de todos mis problemas». O, cuando se expresa este elogio tan raro: «¡Qué bueno es que tú existas!» Y en relación a esto, en extrema oposición: «¡No confío en él!». Poder confiar ciegamente es un estado ideal al que deberíamos aspirar, que tiene que ser construido con cuidado, para ayudarse mutua y fielmente, y que no debería ser puesto en peligro por pruebas o vigilancias innecesarias.

Debemos aplicar nuestra desconfianza en aquel que no cree que por la confianza pueda surgir amor o estima mutua. Es aquel enemigo de los hombres y «homicida desde el principio», el adversario de DIOS, Quien es el Amor. Ya en el inicio el «padre de la mentira» ¿no llevó a los hombres, en la tentación del paraíso, esta desconfianza contra DIOS? (Cfr Gn 3,1-4) Este camino de la desconfianza fue planeado para que no se realizara esta continua relación de amor.

El abandono de DIOS también podría ser una prueba de fidelidad en la confianza exigida por DIOS. Aquí es necesario, como sucede igualmente entre los hombres, examinar primero la propia dignidad de confianza.

Ya es hora de preguntarse con toda humildad, cómo he abusado de la confianza en DIOS y la del prójimo. Con DIOS mismo es conveniente restaurar luego la confianza por medio del arrepentimiento y de la confesión de la culpa, confiándose a sí mismo, con todo el ser, a Él, así como el buen ladrón. En la manera en que yo me acepte a mí mismo y me diga «sí» nuevamente encontraré confianza. Porque ante DIOS no vale el éxito de nuestras obras, sino el justo querer.

También es parte de esto el ser bueno con uno mismo, es decir, tomando tiempo para sí, para «estar en casa» consigo mismo. Porque para poder entregarse a sí mismo, es necesario poseerse a sí mismo; esto se realiza de la mejor manera en y por DIOS, que está en nosotros y en Quien nosotros deberíamos estar. Después compartamos, lo más pronto posible, este amor confiado. DIOS, quien es el Amor, no permite vacíos en Su Amor, Él los llena. Y así encontramos muy pronto Su Amor otra vez.

Igualmente, la gratitud es un reinicio para una nueva confianza; y precisamente porque hoy es tan rara posee un gran valor. Ya que toda formación del propio corazón empieza con el agradecimiento. Lo más importante finalmente es la oración. Siendo hombres de oración comprendemos más fácilmente, aun cuando ya no podamos entender a través de los sentidos y la razón. Debemos hacer la experiencia de DIOS: «Él está siempre presente» (YAHVEH). El salmo 23 del Buen Pastor muestra las «señales del alma que llama» con confianza a DIOS: «Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré». Con Él están también las «llaves de sus misterios».

La oración que sigue, del gran teólogo y orador Cardenal John Henry Newman, muestra todo lo que se refiere a la confianza en DIOS.

ORACIÓN

¡OH SEÑOR, en Tus brazos estoy seguro;

cuando Tú me sostienes no tengo nada que temer;

cuando Tú me dejas, no me queda ninguna esperanza!

¡Nada sé del futuro, pero confío en Ti!

A Ti te pido que me des lo que es bueno para mí.

Así Te ruego que Tú quites de mí

lo que puede obstaculizar mi salvación.

Todo Te lo entrego solamente a Ti,

porque Tú sabes todo y yo no.

¡Envías dolor y preocupaciones sobre mí,

me das también la gracia de llevarlos correctamente!

¡Guárdame de la irritabilidad y del egoísmo!

¡Si Tú me das fuerza para el éxito en este mundo,

entonces siempre guárdame bajo Tú protección

para que estos grandes dones no me alejen de Ti!

¡Concédeme, reconocerTe, creer en Ti,

amarTe y servirTe, vivir para Ti y por Ti!

¡Déjame así morir en el tiempo y el modo

en que sirva más para Tu honra y gloria

y para mi salvación en Ti! Amén.

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CC53 Animo, he vencido al mundo

¡Ánimo!, Yo he vencido al mundo (Jn 16,33)

Dejémonos guiar por el Señor mismo, con esta contemplación antes de la pascua, hacia el centro, lejos del mundo de nuestro yo, a este centro que diariamente es accesible en la celebración de la EUCARISTIA: hacia dentro de la última cena y celebremos otra vez este «misterio de la fe» (mysterium fidei) como originalmente.

Esto no debemos verlo como una simple imagen o como una exageración retórica, sino como una realidad. Porque desde entonces, ÉL está siempre verdadera y esencialmente presente entre nosotros. Si ahora nosotros entramos en el cenáculo junto con JESUS, llevamos nuestro tiempo con sus dificultades y buscamos resolverlas viendo aquello que una vez sucedió allí y cómo continúa hasta el día de hoy.

Primero notamos, con qué sobriedad se realiza este acontecimiento aquí. Deberíamos pensar lo que sucede delante de esta grandeza incomprensible, en la Santísima EUCARISTIA. Cómo uno estallaría en un entusiasmo encantador o, por lo menos, en un júbilo agradecido, por causa de este milagro que va más allá del tiempo y del espacio. Pero eso no ocurrió, antes bien, el Señor les dice a los que están presentes, lo que realmente sucederá algunas horas más tarde: «Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche..» (Mt 26,31).

Exactamente ésta palabra, es la que CRISTO dirige también a nuestro tiempo presente. Queremos confesar realmente la verdad. Porque ¿acaso no nos escandalizamos también hoy, años después del concilio, de CRISTO y de Su cuerpo místico? ¿No nos enojamos continuamente por causa de uno o de otro? ¿No es tal nuestro disgusto, que nos acompaña casi hasta dentro de la celebración de la Santísima Eucaristía, que hoy muchas veces es objeto de discusiones? Nos disgustamos por causa de las arbitrariedades y cambios que se hacen, de las renovaciones que se introducen voluntariamente, y esto ante la presencia del Señor, El cual quiere estar entre nosotros.

Pero, ¿esto no ocurría también en el tiempo de los apóstoles? Pero todavía viene lo peor. Se debería pensar, que en esta hora santísima, en la cual el amor del Señor llega hasta lo último, hasta la consumación (Jn 17,4), ¿todo lo erróneo y malo y satánico debería haber sido apartado, y que el mismo Señor se lo apartó de sí mismo? ¡No, de ningún modo! ¿No hay un traidor entre ellos? El Señor antes lo desenmascara, cuando le da este bocado de pan mojado a Judas.

Y después sucede algo horrible, San Juan lo escribió: «Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (13,27). ¿No es horrendo que Satanás pudiera esperar a su víctima en este cenáculo, que para nosotros es tan santo? ¿Cómo podía estar presente, en este ambiente santo de este último banquete de amor, el malo, sí, el maligno en persona? En la Sagrada Escritura casi no hay una frase, que sea tan horrible como aquellas breves palabras: «Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche» (Jn 13,30). «Era de noche». Tampoco nos debe sorprender nada más dentro de la Iglesia de DIOS, cuando sea de noche alrededor del «Santísimo Sacramento» del amor.

«Era de noche» Entonces, muy cerca del Señor el adversario de DIOS toma posesión de uno de ellos, así que además de San Pedro y de San Juan los otros discípulos no lo percibieron. Y, no pasan 24 horas, que el traidor se ahorca frente a la colina de la cruz del Gólgota. En un árbol yace el cadáver del traidor que se ahorcó. «Era de noche».

Que diremos nosotros, si los discípulos discutían en aquella noche, quien «de ellos parecía ser el mayor» (Lc 22,24). Así entonces, debemos reconocer, que la institución de la Santísima EUCARISTIA y el lavado de pies, no preserva de la envidia ni de los celos. Discuten entre sí, y esto se hace en la presencia del Señor. Tres años estuvieron en la escuela del Señor, y ¿todavía no han aprendido algo?

¡Esta fue la atmósfera que constituyó la institución de la Santísima EUCARISTIA, como el Testamento de JESUS de aquel entonces, así también como el de hoy! Ahora entendemos bien, cuando la Escritura habla de que Jesús «se estremeció» (Jn 13,21). ¿Esto no se ve, también hoy, en muchas santas misas?

Pero ¡gracias a DIOS!, aquí también hubo alguien, del cual se dice, que JESUS lo amaba. Juan, que hasta podía reposar su cabeza en el pecho del Señor; dos veces se relata este hecho. Él sintió el latido del Corazón de Jesús, y será el Apóstol del Corazón de JESUS en su auténtico sentido.

San Juan es ejemplo para todos aquellos, que no pueden comprender los misterios del amor de CRISTO, –esto nadie puede – pero sí pueden presentirlos. Y él será fiel a su Maestro hasta llegar a estar debajo de la cruz, cuando los otros huyen. También esto sucede en el ámbito de la Santísima EUCARISTIA. Esperamos, que todos nosotros, que después de 2000 años, podamos participar en este santo banquete sacrificial, y seamos estas «almas de san Juan».

También, en el primer grupo de discípulos, está aquel hablador imprudente, que primero no quiere dejarse lavar los pies, y después quiere también ofrecer sus manos y su cabeza para ser lavado. Pedro, quién además asevera acompañar a JESUS hasta la muerte y después fracasa miserablemente. Pero, cuando lo toca la mirada de JESUS, él se arrepiente y llora amargamente sobre su pecado. ¡Cuántas veces sucedió esto en la historia de la Iglesia, hasta en los cargos más altos! ¡Que nosotros encontremos siempre de nuevo el camino recto!

Y aquí hay otro más, Tomás, que después de convivir con JESUS durante tres años, todavía no sabe a donde lleva el camino, y por eso confiesa honestamente: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?” (Jn 14,5)

Y aquí está Felipe, que precipitadamente interrumpe al Señor con su pedido ingenuo: «Señor, muéstranos al PADRE y nos basta» (Jn 14,8) – como si fuese esto tan fácil.

Y aquí está Judas Tadeo, que opina tan bondadosamente, de convencer a JESUS, que Él finalmente debería manifestarse al mundo (Cfr Jn 14,22). Hoy diríamos: presentarse con un «aggiornamento» espléndido, para que no quede más ninguna duda.

Después hay algunos otros en la sala, que no comprenden el concepto «dentro de poco» (Jn 14,19). ¡Cómo somos de torpes los hombres!. Finalmente ellos constatan generosa y alegremente: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte» (Jn 16,29). Ahora todo está claro. Pues bien, todos los problemas quedan resueltos – esto dicen los hombres que siempre piensan lo mejor, pero al final no comprenden perfectamente, y esto a pesar de que participan casi a diario en el misterio del amor Eucarístico.

Así está, sobre toda esta oscuridad, maldad, del fracaso y de la incomprensibilidad, siempre la majestad y amor del Señor. Quien era Señor también de su propia turbación, y quien en sus discursos de despedida y en la oración del sumo sacerdote da una visión de la gloria, para que ellos y nosotros seamos uno, a pesar de las limitaciones y la pesadez, como «Él es uno con el PADRE» (Cfr Jn 17,21). Quien no les preserva de nada: el mundo los odiará, les perseguirá y los matará. (Cfr Jn 16,2).

Quien también les promete el consuelo, la paz y la victoria, y también les quiere dar un encuentro junto con una «alegría perfecta» para siempre, que nadie les podrá quitar.

También todo esto es parte de las horas de la Pasión. Una experiencia, que nosotros no podríamos realizar sin nuestros protectores espirituales, que nos traen la valentía y la fuerza del ESPIRITU SANTO. No obstante, las crisis y decadencias, a pesar del disgusto y la apostasía en todas partes, nosotros nos quedamos con ÉL, que en esta situación nos dice: «¡Animo, Yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33).

   ¿Qué nos puede guiar mejor en este tiempo de preparación a la conversión para esta fiesta pascual de nuestra salvación?

Cuando nosotros consideramos, que, después de tres días, en el mismo cenáculo, también para la hora de la cena, el Señor entró como resucitado en medio de los Apóstoles, e instituyó el sacramento de la remisión de los pecados y la culpa, entonces se realiza otra vez esta promesa suya «¡Animo, YO he vencido al mundo” en cada uno de nosotros. ¿Quién acepta con arrepentimiento y humildad, o se deja regalar, esta liberación del Señor?  Por eso les deseamos a todos ustedes muchas gracias y fuerzas que provienen de este sacramento pascual de la penitencia y de la semana santa junto al Señor: ¡Un Aleluya alegre en JESUS! ¡Que Él resucite también en nuestros corazones!

      

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CC52 Un NIÑO nos ha nacido

Un NIÑO nos ha nacido (Is 9,5)

En la solemnidad del Nacimiento de JESÚS la Iglesia entona como canto de entrada las palabras del profeta Isaías: «Un NIÑO nos ha nacido», y exactamente a esta palabra «niño» queremos dirigir nuestra atención.

En la oración del «Angelus» (el Ángel del Señor) confesamos: «Y el VERBO se hizo Hombre». ¿Entonces, no podríamos decir también: Y el VERBO se hizo NIÑO? Sin duda el milagro de la Noche Santa recibiría una nueva acentuación. Él, a Quien los cielos no pueden contener, Él se hizo NIÑO.

Reconozcamos entonces, que en esta aseveración no solamente está incluida una verdad de la fe, a saber, que el HIJO de DIOS quería pasar por toda la vida humana desde el principio hasta el fin, desde la cuna hasta la tumba; mucho más aún hay en estas palabras: un llamamiento moral, que el Señor más tarde expresa con estas palabras: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos.» (Mt 18,3).

Vamos a meditar esta Su afirmación en toda su profundidad; con esto se ve al mismo tiempo un camino, que debería ayudarnos a salir de la gran crisis de nuestros tiempos.

Queremos anteponer un indicio, para no ser mal entendidos. Hoy en día la ciencia de DIOS, con serios esfuerzos quiere aclarar y acercar más a nuestra comprensión los misterios de nuestra fe; surge la impresión de que la capacidad intelectual, a veces un poco exagerada, se ha despedido de la verdadera fe infantil. Pues, ¿para qué nos sirven, hablando del misterio de la Santísima Eucaristía, todas las discusiones sobre todas las interpretaciones posibles? ¿Realmente nos ayudan a comprender este Santísimo Sacramento más profundamente? ¿Volvemos a ser con esto más creyentes y más reverentes? ¿No debían ser suficientes Sus palabras: «Esto ES MI CUERPO, esto ES MI SANGRE»?

Un NIÑO nos ha nacido significa simplemente: ser como un niño, que no averigua, sino sencillamente cree.

Hoy en día, nuestro sutil intelecto se desahoga con respecto a la Palabra de DIOS en la Sagrada Escritura, hasta el punto de clasificarla con un grupo de otros escritos, quizá religiosos, juntamente con la literatura del mundo. ¿No nos basta esto?: A través de la Sagrada Escritura, DIOS mismo nos habla, esto es Palabra de DIOS, ¿»y qué puede ser más verdadero»?.

Un NIÑO nos ha nacido, significa entonces: ser como un niño, que cree lo que le dice el PADRE.

Nuestra crisis de fe también es una crisis de confianza. En breve tiempo nuestra Santa Iglesia pasó esta memoria de 2000 años, en cuanto se confirma la palabra de Gamaliel: «Si esta idea o esta obra es de los hombres se destruirá; (y cuántas veces se podía haber dado esta posibilidad en estos dos mil años) pero si es de DIOS, no conseguiréis destruirla» (Hch 5,38).

A lo largo de la historia de nuestra Iglesia ha habido tantos herejes como ha sido posible y ahora parece que todos juntos surgen una vez más al mismo tiempo. Pero «PUER NATUS EST NOBIS», un NIÑO nos ha nacido, significa también: tener confianza como un niño, no dejarse intimidar por el espíritu del tiempo y de la moda, que llega hoy y pasado mañana solamente se encuentra en las revistas.

El niño no es complicado: Todavía no tiene problemas, vive, se alegra, confía y ama.

Un NIÑO nos ha nacido, significa: «Si no os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos». Pero este es un asunto serio. Porque si realmente llegamos a recibir la salvación, esto dependerá, de que nosotros mismos seamos un niño ante DIOS, como el Señor lo exige de Sus Apóstoles. Esto nos debe enseñar la Navidad. Pero nunca deberíamos olvidarnos de una cosa, en el Evangelio según San Mateo dice: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3).

La infancia en tal caso requiere una verdadera conversión, despidiéndose de todo lo que es confuso, de todo lo engañoso, alejándose de toda crítica rebelde, lejos de toda presunción de la inteligencia. Infancia significa, ir en el camino como verdad en la vida, como JESÚS a partir de Su infancia, como Santa Teresa del Niño JESÚS que nos dejó su ejemplo; en la aceptación de la fe humilde y simple, la confianza infantil, la rectitud, la pureza del pensamiento y, sencillamente, de la vida.

Este «un NIÑO nos ha nacido» esta vez se encuentra al final del año de la familia. ¿No es así como el amor matrimonial de dos personas forma la familia a través del niño?

¿Y no es el NIÑO, que nos ha nacido, el inicio de la Iglesia como Familia de la infancia divina de toda la humanidad?

El hecho de la Encarnación de la PALABRA Divina, que quería nacer como NIÑO, ciertamente fue también causa de la separación de los primeros seres espirituales creados. La Navidad en la tierra, en este ambiente de DIOS con los Santos Ángeles, de ninguna manera era una pastorela idílica. Solamente los espíritus probados en la fidelidad aceptaron, con su prontitud, secundar este plan de DIOS y estaban dispuestos a servir y ayudar a los que han de heredar el Reino (Cfr Hb 1,14).

Qué hay por admirar entonces, cuando también los Santos Ángeles, como los mejores y primeros «Evangelizadores» (Cfr Lc 2,10), saben anunciar la Encarnación como también la Resurrección de CRISTO (Catecismo de la Iglesia Católica, No. 333).            

Con este «gran ejército celestial» que alababa a DIOS diciendo «Gloria a DIOS en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» deseamos a todos una Navidad llena de DIOS: «¡Un NIÑO nos ha nacido!»

      

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CC51 dos o tres reunidos en mi nombre

“Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)

«Recapitulados» en Cristo, participan en el servicio de la alabanza de Dios y en la realización de su designio: las Potencias celestiales, toda la creación, los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza, el nuevo Pueblo de Dios, en particular los mártires «degollados a causa de la Palabra de Dios», y la Santísima Madre de Dios, y finalmente una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9). (Catecismo de la Iglesia Católica Nº 1138)

De hecho, CRISTO une a sí mismo esta obra grande, en que DIOS es plenamente glorificado y la humanidad es santificada en la iglesia, su esposa amada. Ella invoca a su Señor, y mediante Él da reverencia al PADRE eterno. «Para realizar una obra tan grande, CRISTO está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, Él mismo que prometió: ‘Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos’ (Mt 18,20).» (Vat. II, Const. sobre la sagrada Liturgia, 7)

Ya en el canto inicial de la Santa Misa hemos aclamado a CRISTO. Después de haber invocado la misericordia de DIOS en el acto penitencial y en el «Señor, ten piedad», y después de haber alabado su magnificencia en el «Gloria», el Señor habla en la «Oración del día» al PADRE, en favor de su comunidad. El sacerdote le presta su voz. El orador verdadero, sin embargo, es CRISTO. Por esa razón el sacerdote también toma Su posición: él levanta las manos como CRISTO en la cruz, como el Salvador ante el trono de DIOS, «para mostrar a DIOS PADRE, las llagas, el precio de nuestro rescate» (San Ambrosio, Comm. en Luc 10,24).

En otras partes de la Santa Misa también hay oraciones semejantes: la oración después del Ofertorio y la oración final después de la recepción del Santo Sacramento.

En estas oraciones nosotros sentimos, sobre todo, su forma sobria. Ellas son concretas y claras. Ningún pensamiento, ricamente desplegado, se encuentra en ellas, ningún movimiento en las imágenes, ningún sentimentalismo, únicamente pocas oraciones, que son cortas, evidentes, expresando exactamente su significado. Nuestras oraciones personales contienen en general, más palabras, contienen más sentimiento, y la condición interna del orante se manifiesta mucho más directamente. Al contrario, las oraciones de la Santa Misa no vienen del sentir de un solo individuo, sino de la conciencia y de las intenciones de todos los creyentes. En ellos reza la Iglesia entera. Aunque estas oraciones no quieren ser meramente textos formulados. En realidad, las debería preceder la oración silenciosa de la comunidad. El sacerdote habla con las manos en su posición: «Oremos»; hace una pausa. «En este breve momento de silencio común, cada uno debería colocarse a sí mismo ante la presencia de DIOS y formar una oración propia en su corazón» (introducción general en el Misal Romano No. 32). Cada uno reza por sí mismo desde el misterio del día por las intenciones comunes y propias. Este múltiple rezo silencioso, el sacerdote lo resume en las pocas frases de la Oración. Así las palabras cortas se llenan de toda esta vida, que ha subido a DIOS, inmediatamente antes, en el silencio. 

Rezar significa, levantar el corazón hacia arriba, hacia DIOS, porque DIOS está sobre nosotros, y nuestro camino a Él va hacia lo alto. Él, sin embargo, también está dentro de nosotros; así el camino hacia Él nos conduce dentro del santuario interior. ¿Cómo sucede ahora este movimiento? Todas las oraciones litúrgicas – de cualquier categoría que sea su contenido – terminan en estas palabras muy antiguas y santas: “Te lo pedimos por nuestro Señor JESUCRISTO, Tu HIJO, que vive y reina contigo en la unidad del ESPIRITU SANTO y es DIOS por los siglos de los siglos. Amén. – ¡Así sea!”

El orden en la oración litúrgica viene del orden según el cual las tres Personas divinas realizaron la obra de nuestra salvación. Todo viene del PADRE y regresa a Él. Él ha creado el mundo mediante Su PALABRA. Cuando el hombre pecó, el PADRE envió a Su HIJO al mundo, para que lo salve y lo reconduzca a Él. El poder, mediante el cual el HIJO Eterno llegó a ser Hombre y consumó su obra, es el ESPÍRITU SANTO. En la fuerza de este mismo ESPÍRITU, que el PADRE nos ha enviado en el nombre del HIJO, nosotros regresamos por el camino a la fuente, que es el PADRE. El camino, sin embargo, es CRISTO. 

En CRISTO nosotros somos cristianos. Nuestra vida nueva es un estar en Él. La oración cristiana significa, rezar en CRISTO. Su oración resuena en un gran coro. Sí, Su oración incluye la de todos, es fuerte y apoya nuestra oración débil; Su oración pura purifica la nuestra, que es embotada e indiferente. Su oración es totalmente sagrada, totalmente agradable, y completa lo que le falta a la nuestra. ¡Cuán fuertemente debe subir esta oración hacia DIOS! Esta oración, en la que todo es reunido, es la que ama el PADRE celestial: la de Su HIJO unigénito, en quien tiene Su complacencia, y la de Sus hermanos y hermanas, cuyas almas fueron rescatadas con el precio de Su Sangre preciosa. Si nosotros profundizamos en la liturgia de la Iglesia, notamos que Aquél, ante cuyos ojos la Iglesia ejecuta las acciones santas, y a Quien el movimiento de su hablar y hacer, está dirigido casi siempre al PADRE. Raras veces, en alguna ocasión particular, se vuelve al HIJO; por ejemplo, cuando es dirigida a las Personas de la Santísima Trinidad, una después de la otra, como en el Gloria, o cuando el sacerdote, en el «Cordero de DIOS», mira a los ojos del Salvador, quien se da a Sí mismo como alimento.

Es el orden de la verdad y del amor, según el cual el mismo DIOS vive, y sobre el cual Él ha creado y salvado al mundo. Él nos llama a unirnos con nuestras oraciones para que se vuelvan eficaces en Él.

Todavía otra cosa nos llama la atención: las palabras «Yo», «mi» y «me» no aparecen en los rezos litúrgicos. Si la Iglesia invoca a DIOS, siempre reza con todos y para todos, como su fundador divino le ha enseñado: «Si dos o tres están reunidos en Mi nombre, Yo estoy en medio de ellos «(Mt 18,20). Nosotros, que pertenecemos a CRISTO, nos pertenecemos también mutuamente. Ninguno de nosotros puede decir: «¡Yo vivo para mí; los otros no me importan nada!» Y nadie puede decir: «¡Yo rezo por mí, cada uno puede velar por si mismo!» Porque el Señor dice: «Ustedes no se pertenecen, son hijos del único PADRE; son una gran familia. Si rezan, deben hacerlo como hermanos: Ellos no solamente piensan en sí, sino que caminan mano a mano, juntos, ante DIOS. No dicen: «¡Señor, ayúdame!», sino: «¡Señor, ayúdanos!» El Señor nos promete, que si lo hacemos así, entonces Él querrá estar en medio de nosotros. Él es «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Él quiere rezar con nosotros y unir Su oración con la nuestra, para que llegue a ser efectiva. Y si la oración de los redimidos es agradable ante DIOS, entonces abrirá poderosamente el corazón del PADRE, si está unida a la oración de Su HIJO Eterno. 

DIOS es el Creador y Señor del mundo. “Él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas” (Hch 17,25). Él nos las ha dado también a nosotros. «Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos» (17,28). Cada hombre vive por Su bondad cada momento de su vida. Cada respiro que hace es por la bondad de DIOS; cada pensamiento que surge; cada deseo que nace en su corazón; todo, lo que el crea, efectúa y trabaja, comenzado desde un pedazo de pan, que come, hasta la casa más hermosa y sus bienes; toda su propiedad, desde el clavo en la pared hasta la persona más querida – todo es regalo de DIOS. Pero no solamente él tiene todo de DIOS. No solamente para él es DIOS el donador grande y bondadoso, sino también para los parientes, para el vecino, para los extranjeros en la ciudad, que uno ni siquiera conoce; también para la persona, que nos es antipática, para el adversario y el enemigo; para cada hombre en todo el mundo. Todos, absolutamente todos viven de la misma mano bondadosa de DIOS. Con todo lo que ellos son, poseen y hacen, son obra de DIOS.

Así nosotros pertenecemos, por nuestra misma naturaleza, a una gran familia, en la que todos somos hermanos. Y así como uno busca a DIOS, así otros tantos millones buscan al mismo Señor y donador de todos los bienes. Nadie puede decir: «Él está únicamente conmigo y para mí, no para los otros.» Él es el Creador y el PADRE de todos.

Sí, no solamente quiso ser nuestro Creador, sino también nuestro PADRE. Y nosotros deberíamos ser para Él no solamente siervos, sino hijos. Porque Él nos dio Su propia vida en la gracia y por el bautismo nos atrajo, muy, muy cerca de Él, y nos ha dado desde la profundidad de Su corazón, Su propia vida, para que nosotros también podamos pensar como Él piensa; tener una mente como Él; amar lo que Él ama, y esforzarse por lo que Él quiere. Así nosotros, como cristianos, vivimos completamente de Él. Cada pensamiento bueno nos viene de Él. Cada movimiento noble del corazón sale de Él. Él nos ha puesto cada oración devota en el alma. Cada palabra de amor, cada acto de humildad, cada fuerza de voluntad heroica, todo, todo lo que es bueno en nosotros, es Su obra. Todo proviene de Él: el querer y el hacer, conforme a su designio de amor (Cfr Fil 2,13). Nada podemos de nosotros, todo únicamente mediante Él. Y nadie puede decir, que por sí solo tiene tal privilegio. De Su Seno Divino recibieron todos los bautizados la misma vida; Su gracia la guarda en nosotros. Así estamos también unidos entre nosotros, somos hermanos y debemos tener tal actitud recíprocamente.

Si las criaturas pueden caminar juntamente al Donador de todos los bienes, ¡cuánto más entonces los cristianos, que están relacionados todavía más entre sí, cuando están rezando al mismo PADRE celestial!

«Además ‘danos’ es la expresión de la Alianza: nosotros somos de ÉL y Él de nosotros, para nosotros. Pero este ‘nosotros’ lo reconoce también como PADRE de todos los hombres, y nosotros Le pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus sufrimientos» (Catecismo, No. 2829).

La voz de la iglesia es la voz de todos los cristianos. Como un coro inmenso, sube su oración a las alturas eternas, donde habita el Creador de todas las cosas y el PADRE de todos los cristianos, Quien comprende con Su mirada ‘omnisciente’ al mundo entero y a la vez ve en cada rincón; conoce cada persona con sus relaciones particulares y su necesidad personal; Quien todo ama, a los grandes y pequeños, a los astutos y a los simples; Quien quiere lo mejor para todos y que no olvida a nadie.

A Él reza la Iglesia en nombre de todos; cada uno de nosotros está aquí, cada uno reza con ella y en ella. Ninguno habla únicamente para sí mismo, sino que cada uno toma las peticiones de los otros, como si fuesen las propias, y las lleva junto con ellos ante el trono del PADRE universal. Aquí, en la oración de la Iglesia, todo es uno y todo común. Lo que a uno le aflige, le interesa también al otro. La preocupación de uno es también la del otro. Cada uno responde también por su hermano. Cada uno lleva la carga del otro. Cada uno apoya al otro, lo eleva, pide por él, da gracias por él. Sí, verdaderamente, es una gran familia de DIOS, que llama al PADRE en los Cielos.

Por lo tanto, deberíamos también unirnos a este «rezo de familia». Si nos reunimos en la casa de DIOS, entonces no debemos cultivar una devoción privada, sino participar con la boca y el corazón en la oración común. De otra manera sería, como si uno debiera cantar en un coro grande, y entonara de repente una canción diferente para sí mismo. Podría ser hermosa la canción, pero perturbaría la gran armonía.

La voz de la iglesia es la voz de todos los cristianos. Como un coro inmenso, sube su oración a las alturas eternas, donde habita el Creador de todas las cosas y el PADRE de todos los cristianos, Quien comprende con Su mirada ‘omnividente’ al mundo entero y a la vez ve en cada rincón; conoce cada persona con sus relaciones particulares y su necesidad personal; Quien todo ama, a los grandes y pequeños, los astutos y los simples; Quien quiere lo mejor para todos y que no olvida a nadie.

Por último, «Si recitamos en verdad el ‘Padre Nuestro’, salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor, que recibimos. El adjetivo ‘nuestro’ al comienzo de la Oración del Señor, así como el ‘nosotros’ de las cuatro últimas peticiones, no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad, debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.» (Catecismo, No. 2792). Debe volverse una realidad en nosotros, lo que nos informa los Hechos de los Apóstoles sobre los primeros cristianos: «La comunidad de los fieles era un corazón y un alma» (4,32). Entonces también el Señor va estar «en medio de nosotros», para ayudarnos a rezar, y lo que no consiga nuestra pobre y débil oración humana, lo alcanzará entonces la Suya.

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CC50 Temor de Dios

El Santo Temor de Dios

«¡Qué grande es tu bondad, Señor! Tú la reservas para los que te temen; y la brindas a los que se refugian en ti, delante de los hombres. Tú los ocultas al amparo de tu rostro de las intrigas de los hombres» (Sal 31,20-21)

Un rasgo característico de los Santos Ángeles es el temor reverente. Ellos llevan esta huella desde las alturas celestes, cuando son enviados a nuestras regiones terrestres. En esto también están unidos a DIOS en un amor ardiente, que tiene su origen en la visión beatífica de la Santísima TRINIDAD. Animados por la alabanza, de la esencia y de los milagros de DIOS, enseñan a los hombres la reverencia – la única actitud conveniente para una creatura delante de DIOS. Todas las maneras en que los Santos Ángeles aparecen, todos sus mensajes dirigidos a los hombres, a los cuales fueron enviados, están marcados por una profunda seriedad de la eternidad.

En la Sagrada Escritura siempre se hace hincapié en el santo temor, como así lo dice el Arcángel Rafael: «Bendecid a DIOS y glorificadle delante de todos los vivientes, pues ha mostrado en vosotros Su misericordia por los bienes que él les ha concedido, para que todos bendigan y alaben su Nombre. Porque es bueno manifestar y pregonar las obras de DIOS» (Tb 12,6). Y también el Ángel, que proclama a los hombres con voz potente: ‘Teman a DIOS y glorifíquenlo… adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales» (Ap 14,7). Isaías podía ver al DIOS inefablemente Santo en su majestad inmensa. A Él lo rodean los ardientes Serafines y se regocijan en el Dominador todopoderoso del cielo y de la tierra, el tres veces Santo (Cfr Is 6,1ss). El profeta queda profundamente conmovido y asustado, él se da cuenta: «Quien ve a DIOS no puede seguir viviendo» (Cfr Ex 33,20).

Isaías

Él se siente indigno y manchado. El DIOS Santo no puede tolerar pecado ni culpa en Su presencia, así el vidente se juzga entregado a la muerte: «¡Ay de mí, que estoy perdido!» Entonces uno de los Serafines tomó una brasa ardiente del altar, tocó su boca y dijo: “…tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado” (Is 6, 5-7). Ahora él, está preparado para recibir lo Divino. (Muchos Padres de la Iglesia interpretan la brasa ardiente como el Mesías o la Santísima Eucaristía). 

La Gloria de DIOS es un fuego ardiente, una Santidad que deja ver cada impureza de la criatura, su nulidad, su inconstancia radical. Pero su victoria no consiste en la destrucción, sino en la purificación, en la reconstrucción, y en la divulgación sobre toda la tierra.

Toda la Creación se conmueve y se llena de gratitud por lo que DIOS hizo en Su gran misericordia. «Por eso», como nos amonesta la Carta a los Hebreos, «habiendo recibido la posesión de un Reino inconmovible, queremos… ofrecer a DIOS un culto que Le sea grato, con religiosa piedad y reverencia»; porque: «nuestro DIOS es un fuego devorador» (Hb 12,28-29).

Con reverencia debemos entrar en relación con DIOS, con los hombres y con todas las criaturas, y con esta actitud humilde debe ser marcada toda nuestra vida. Un ejercicio preferible para entrar en esta actitud es la preparación para la celebración de la Santa Misa.

Al inicio está la confesión de las culpas, la invocación de la misericordia de DIOS. Intentamos presentarnos a nosotros mismos ante DIOS, queremos dirigir la palabra a DIOS – entonces la Iglesia nos retiene y nos propone: ¿Sabes acaso lo que quieres hacer? ¿Sabes acaso, Quién es este DIOS con Quien quieres tratar ahora? ¿Sabes quién eres tú mismo, y que riesgo hay al dirigir la palabra al Santísimo? Antes de estar frente a Él, prepara tu corazón, examina si eres digno.

DIOS mismo llamó a un «alto» a aquellos que quieren presentarse ante Él sin más ni más. Moisés pastoreaba los rebaños de su suegro Jetró, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de DIOS, al Horeb. Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza Vio una zarza que estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: “Voy a observar este grandioso espectáculo”. Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!”… “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa”. “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios (Ex 3,1-6).   

Así lo hace la Iglesia, porque nos quiere preparar para la celebración del Divino Banquete. DIOS es Puro; no hay pecado en Él, ninguna imperfección, ni el más mínimo hálito de una mancha, es solo Pureza y Santidad brillante. Entonces el hombre, ¿no debería temer hablar con Él?. Quizá podemos imaginar, que alguna vez estemos caminando durante el invierno, atravesando el paisaje con la nieve recién caída. Se ve la naturaleza limpia, sin ninguna basura. ¿No se siente que se debe dejar así? La nieve, que es como una flor blanca nos hace sentir algo misterioso. Se teme pisar con las botas sucias esta pureza y destruir esta tierra intacta. Esto ya es un poco de reverencia delante de lo que es puro. O podría suceder, que tengamos la suerte de encontrar un hombre, que tiene la pureza casi intacta. Estas personas existen. No se sabe cómo, pero las palabras, los gestos, la actitud y el rostro, el mirar de los ojos, todo esto tiene algo puro-intacto; se siente profundamente: esta persona no quiere saber nada de un pecado. Quizás él también debe luchar, ciertamente, pero todo su ser se apoya contra el pecado, en su interior decididamente y con todas sus fuerzas ya se apartó de él. Es bello, francamente edificante, estar cerca de tales hombres. Al mismo tiempo se siente un cierto dilema delante de ellos, una cierta timidez – el corazón siente: tú en verdad, no eres digno de estar junto a él.  Estas son comparaciones inadecuadas. Delante de DIOS todos los hombres son pecadores. DIOS no solamente hace lo bueno, Él es lo Bueno. Todo lo que es bueno, es solamente una sombra, un reflejo desproporcionado y pobre de Su infinita Bondad y Pureza. Y Él debe apartar de Sí todo lo impuro.

¡DIOS es puro, inaccesible y tremendamente puro! El brillo blanco de la nieve nos puede fascinar. Cuando se pasa por grandes superficies llenas de nieve, entonces el blanco nos deslumbra, y se deben proteger los ojos. La luz clara del sol es agradable, pero si lo vemos al amanecer, en toda su plenitud, entonces es tan fuerte que puede destruir los ojos. Así es la pureza de DIOS; es tan indeciblemente puro, elevado sobre todos nuestros conceptos, que arde y quema, nos ciega y repele. Si nosotros nos dirigimos a DIOS y queremos hablar con Él, si conocemos quiénes somos verdaderamente, entonces nuestra pecaminosidad nos debe asustar, y temeremos como Moisés cuando estaba delante del Señor.

Si quieres rezar, entonces prepara tu corazón! Si quieres hablar con el DIOS infinitamente puro, ¡examínate, mira dentro de ti y pon en orden tu corazón! Somos exhortados a realizar esto antes de cada Santa Misa.

«En el nombre del PADRE y del HIJO y del ESPÍRITU SANTO. Amen» – empieza el Sacerdote. Desde el inicio, el alma se pone ante la presencia del DIOS todopoderoso, Uno y Trino. Y el sacerdote extiende sus brazos y saluda a la comunidad cristiana. Después dice las palabras siguientes: «Para que podamos celebrar estos santos misterios, de un modo digno, examinemos nuestras conciencias y pidamos a DIOS el perdón de nuestros pecados». En ése momento nos examinamos, mirando al Señor y nos dolemos por nuestros pecados; vemos que somos poco dignos de aparecer delante del rostro de DIOS y de alabarlo. Estamos casi al lado del publicano arrepentido, atrás en el templo, nos golpeamos el pecho y reconocemos arrepentidos nuestra culpa. Lo único que nos puede ayudar, es, que DIOS infunda en nuestro corazón Su Luz pura y santa y nos muestre el camino, para saber como podemos mejorar.

“Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron” (CIC 1432)

El «Yo confieso ante DIOS todopoderoso… » – es una confesión pública. Todos lo deben escuchar, no solamente DIOS, el Tres Veces Santo, también los hermanos y hermanas alrededor: Yo he pecado, no solamente una vez, sino muchas veces, demasiadas veces; y no solo ligeramente. No nos disculpamos, no decimos: No importa, yo no tuve esta intención, lo otros tienen la culpa, sino que decimos: Por mi culpa yo pequé, y esta culpa en pensamientos, palabras, obras y omisiones es grande. Esto es un arrepentimiento honesto y sincero.   

Así, gravemente, sentimos nuestra culpa y que debemos buscar intercesores delante de DIOS, que nos puedan ayudar. Por eso pedimos a la purísima Virgen MARIA, a las miríadas de Ángeles puros y a los grandes Santos del cielo, pero también pedimos la ayuda y la intercesión de nuestros hermanos. El sacerdote pide, como mediador y por mandato de DIOS, el perdón. DIOS ahora va a purificar nuestro corazón en la medida de nuestro arrepentimiento. Él Se inclina hasta nosotros en Su benevolencia, porque Él es bondadoso, indulgente, rico en amor para todos los que lo invocan (Sal 86,5) cuando el culpable se aparta del pecado que cometió (Ez 33,14-16.19), también entre los Ángeles reina la alegría sobre el pecador que se arrepiente y regresa al Padre misericordioso (Lc 15,10). Ahora podemos como hijos Suyos, con un corazón puro, acercarnos a la Santa Celebración.

Esta es la preparación, que nos enseña la Iglesia, para que podamos participar dignamente en el Santo Sacrificio, en unión con los Ángeles y los Santos.

Procuremos tener tiempo suficiente para llegar antes del comienzo de la Santa Misa. Estemos a tiempo para preguntarnos: “¿Quiero asistir al Santo Sacrificio ante la faz purísima de DIOS?, ¿soy digno?, ¿No pequé?, ¿En qué he faltado?. Entonces el arrepentimiento viene por sí mismo: «Señor, yo lo confieso, yo falté, por mi culpa, por mi gran culpa. ¡Yo me arrepiento, perdóname!». «Ilumíname, fortaléceme, concentra mis pensamientos, hazme piadoso y reverente, para que yo sea digno de entrar junto con el sacerdote en lo Santísimo del eterno y Divino Sacrificio».

«La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de CRISTO que nos reconcilió con DIOS; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de CRISTO; ‘es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales’ (Cc. de Trento: DS 1638).» (Catecismo No. 1436) (Cfr: Romano Guardini, Predigten zum Kirchenjahr, Leipzig 1963, pp.211-217)

Adoración y gracias, petición y entrega

DIOS mío, Te adoro. Yo sé, que soy nada delante de Tu Divina Majestad. Tú sólo eres el Ser, la Vida, la Verdad, Belleza y Bondad infinitas. Te alabo y Te bendigo, Te doy gracias y Te amo. Quizás soy completamente incapaz e indigno de eso. Pero yo lo hago en unión con JESUCRISTO, Tu HIJO amado, nuestro Salvador y Hermano, en el amor de Su Corazón, en la fuerza de Sus méritos infinitos. Yo quiero servirte y agradarte, obedecerte y amarte siempre, así como MARÍA, la Inmaculada Madre de DIOS y Madre nuestra. Por amor a Ti quiero también amar a mi prójimo y servirlo con alegría.

¡Por eso, dame Tu SANTO ESPÍRITU! Él debe iluminarme, enseñarme y guiarme en el camino de Tus mandamientos hacia toda perfección, hasta que llegue a la felicidad celestial, donde te alabaré eternamente. Amen.

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CC49 Kyrie Eleison

“Kyrie eleison”

La primitiva iglesia conmemoraba tres días a la semana de una manera especial, el sufrimiento de nuestro Señor JESUCRISTO: el miércoles la traición de Judas, el viernes la Pasión de JESUS y el sábado Su sepultura. En estos días los fieles ayunaban hasta las tres de la tarde. Luego se reunían en una determinada iglesia de Roma con la presencia del Papa. Después salían todos en procesión por la ciudad hacia otra iglesia (estacional). Durante el camino se cantaba una letanía; el diácono recitaba solemnemente las invocaciones del Señor, y todo el pueblo respondía – en la lengua litúrgica griega, usual en aquel tiempo – : «¡Kyrie eleison – Señor, ten piedad de nosotros!». Finalmente el Papa daba una señal, el pueblo callaba y empezaba la Santa Misa.

Debe haber sido muy conmovedor, cuando el pueblo celebraba el sufrimiento de CRISTO, ciertamente también oprimido por las aflicciones de su tiempo y de su propia vida, y cuando pasaban por las calles suplicando ardientemente: «¡Señor, ten piedad de nosotros!» Cuántas aflicciones, cuánta angustia, cuántas preocupaciones sobre la suerte del país y de la ciudad, sobre los deseos grandes y pequeños de la propia vida se resolvieron y encontraron consuelo en esta santa aclamación.

Cuando en la Edad Media los Papas no pudieron entrar en la Ciudad Eterna por casi 75 años, se perdió esta costumbre tan venerable. No había más procesión, no se cantó más la letanía. Pero hasta el día de hoy se ha conservado en cada Santa Misa esta súplica a la misericordia de DIOS: el Kyrie eleison.

Cuando en el siglo pasado se acabó la guerra sangrienta de Crimea (Rusia), se erigió en los campos de batalla una cruz blanca elaborada en piedra, y allí no fueron inscritas otras palabras sino estas: «¡Señor, ten piedad de nosotros!» Esto fue realizado por aquella mujer valerosa, que en aquel tiempo fundó la Ambulancia Sanitaria. Ella había visto tantas crueldades y observado profundamente la miseria humana, que solamente estas palabras le parecían dignas y adecuadas: «Kyrie eleison».

Hoy experimentamos de nuevo el significado de esta súplica en este valle de lágrimas. Nunca se ha hablado tanto de paz, ni se han hecho tantas conferencias sobre la paz como en nuestros días. Y sin embargo, los hombres aún están entregados a este cruel flagelo de la guerra – pensemos solo en el sufrimiento que ha invadido la antigua Yugoslavia, Somalia y Camboya (aquí en México, Chiapas). Parece que la miseria se aglomeró y asaltó a los hombres. Miseria y aflicción tenemos siempre y en todos los lugares, pero muchas de ellas son silenciosas en las casas y muy escondidas en los corazones de los hombres.

El hombre muchas veces es orgulloso y no quiere confesar su debilidad; quiere ayudarse a sí mismo, quiere realizar su propia vida y manejarla con sus propias fuerzas. Y si él aparentemente es muy firme y decidido; dentro, en su corazón, suplica con toda su miseria: «¡Señor, ten piedad de mí!»

Así es la vida: nosotros no somos seres divinos, somos pobres criaturas, acosadas por una aflicción tras otra. Por algún tiempo las sobrellevamos. Pero en breve sentimos como se nos van las fuerzas, y buscamos a alguien que nos ayude. Esto no es cobardía no es miedo sino simple y llanamente la verdad. Así como el ahogado busca el apoyo, así cada corazón del hombre busca en las aflicciones a alguien que le puede ayudar. Y éste sólo puede ser Uno, Uno, que es más fuerte que todos los sufrimientos y todos los tormentos de este mundo. Éste es DIOS, el Omnipotente.

Vamos a considerar ahora para que seamos conscientes de lo que significa: El Omnipotente.

Imaginemos a alguien que lucha contra el flujo de una corriente. Él no consigue levantarse por la fuerza contraria del agua. Siente como le fallan sus músculos, pues la corriente es más fuerte. Pensemos en el ímpetu destructor de una avalancha, y en otras fuerzas de la naturaleza como la tempestad, el volcán, el terremoto, todo esto no tiene poder contra DIOS. Y las fuerzas del cosmos, las estrellas, tan grandes que apenas podemos describirlas, todo esto tiene poco poder contra DIOS, como un pequeño mosquito que quisiera empujarnos y hacernos caer. Todo está en Su poder, es como un escarabajito en nuestra mano.

Podemos también concebir a un joven fuerte, sano, a quien nadie parece derribar. Pero de pronto le llega algún virus de una enfermedad y él siente, que es impotente contra esto, impotente contra estos animalitos pequeñitos que destruyen su cuerpo. O a alguien optimista y que trabaja con alegría y tiene buenos resultados. Le sorprende una desgracia, una decepción que duele en su alma como una roca pesada de tal manera que él apenas puede conseguir hacer algunas cosas con gran dificultad. Estas son fuerzas contra las cuales el hombre todavía puede defenderse. Para eso tiene una firme voluntad. ¡Pero qué débil es él contra estos males! Pero para DIOS no es nada una enfermedad o la muerte; melancolía y tristeza no tienen ningún poder sobre ÉL. Él es el Señor y Señor ilimitado. Él puede desviar toda enfermedad según Su voluntad. Él creó el alma del hombre, Él puede fortalecerla en todo sufrimiento, darle valor y alegría tan pronto como Él lo quiera, porque Él es poderoso.

Acerca de esta omnipotencia escribió una vez el obispo Eberhard de Tréveris, más o menos hace cien años:

DIOS, «eterno y bienaventurado, en Su propia vida interior ve desde toda la eternidad todo un mundo delante de Sí, en Su pensamiento, y Él desea en Su vida divina que se haga realidad este mundo visible. Él quiere, y la luz extiende sus rayos hacia la creación; Él solamente quiere, y Su voluntad manda a los mares a sus límites, y se mueve la vida de las plantas, el mundo de los animales llena las montañas y los valles, los bosques y campos; Él lo quiere, e innumerables estrellas abren sus ojos brillantes en la bóveda del cielo en una belleza de luz, de la cual el transcurrir de milenios de años no puede quitar nada de su esplendor.

Una fuerza tal de voluntad supera infinitamente todo lo que podemos contemplar y experimentar en la vida terrestre. Nosotros podemos unir y separar las cosas y las fuerzas, no podemos crear una cosa nueva.

Una fuerza semejante de voluntad, como la que DIOS usa en la creación, no nos la podemos imaginar, aun cuando tuviéramos la fuerza imaginativa más atrevida y más ardiente. Imaginarlo no podemos, pero debemos pensar: así es y no puede ser de otra manera. Muchas cosas que son verdad y realidad no las podemos imaginar». (De una homilía sobre el primer libro de Moisés, tomada de la Liturgia de las Horas.)

A este Omnipotente nos dirigimos, cuando pedimos ayuda y misericordia. ¿Entonces, sería ridículo de cuestionar, de dudar, si Él puede ayudarnos? Claro, muchas veces caemos en un engaño. Experimentamos el mundo que nos rodea como algo grande, superior a nosotros. Pero DIOS es para nosotros algo que está lejos, es algo incierto. Y sin querer estamos tentados a pensar que Él no tiene poder sobre las fuerzas de la naturaleza, o contra desgracias y miserias. Pero cuando nosotros buscamos conocer las cosas a la luz de la Revelación, todo se arregla. Entonces el mundo se vuelve siempre más pequeño y DIOS siempre más grande. Y sentimos entonces casi como una temeridad de preguntar: ¿DIOS nos puede ayudar? ¡Claro que puede!

Pero, ¿Él también quiere? ¡Cuántas veces se ha observado, que el rico es duro de corazón y avaro! ¡Que el poderoso no se preocupa de los pequeños! ¡Que el fuerte y el sano no tienen consideración de los débiles y enfermos! ¿Quizás no sea también así con DIOS? ¿Tal vez no tiene interés en nosotros? ¿Acaso Él necesita de nosotros para Su dicha y felicidad, cuando es tan fuerte y poderoso, y todo es propiedad suya? ¡Precisamente todo lo contrario! Si un rico es avaro, no se le puede llamar rico en realidad. Es un pobre hombre, su dinero no le pertenece, sino que él pertenece al dinero. Él está angustiado por eso y no encuentra alegría en su posesión. El rico verdadero no se deja dominar por su dinero, sino que dispone de él libremente y con generosidad. Cuando el fuerte no tiene consideración, en verdad es débil. Porque él está preocupado de errar, de no llegar a su meta, porque tenga que preocuparse también del débil, y él siente temor de perder su valentía y firmeza de decisión cuando piensa en ser compasivo.

Pero DIOS es tan fuerte que puede al mismo tiempo atender a todos los necesitados. Es tan poderoso, que tiene alegría de preocuparse de las miserias. DIOS es tan poderoso, que al mismo tiempo es también inefablemente bondadoso, inefablemente suave y misericordioso. Y así sabemos entonces que también tenemos necesidad de DIOS. Él no es solamente fuerte, sino más poderoso que cualquier fuerza terrena, y más fuerte que toda miseria; Él es al mismo tiempo bondadoso, misericordioso y compasivo. En una palabra: Él no sólo puede ayudar, sino que Él también quiere ayudar.

Siempre vamos a encontrar un corazón abierto en DIOS, el Todopoderoso, cuando nos dirijamos a Él: «Señor, ten piedad de nosotros». El Kyrie eleison no es únicamente testimonio de la inmensa miseria de todos los tiempos, y de que el hombre necesita a alguien que le ayude. Nos dice, ante todo, que DIOS, el Todopoderoso, es también el «Todo misericordioso».

¡Sigamos esta doctrina! Vayamos a DIOS con toda confianza en todas nuestras necesidades, porque Él es poderoso para ayudarnos, y es tan bondadoso que nos ayuda con alegría. Recemos con simplicidad y confianza, así como nos enseña el «Kyrie».

DIOS no siempre nos da enseguida lo que queremos. JESUS nos dice en el Evangelio, que nosotros «debemos orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1s). Por tanto, quien pide, debe considerar que debe pedir con perseverancia. ¿Por qué? Muchos deseos nacen de un impulso indefinido, de un capricho; pasan en cuanto no sean escuchados inmediatamente. Muchos deseos son buenos y justificados, pero deben ser antes purificados, y esto se realiza en la oración prolongada y perseverante. La oración prepara el alma para la recepción del don. Por eso, DIOS deja que los hombres pidan muchas veces, recen prolongadamente, a fin de que se desapeguen de los deseos inútiles, para que se fortifiquen en la confianza y se vuelvan dignos de recibir el don.

Preparémonos, a que nuestras peticiones no sean atendidas inmediatamente; a que debemos rezar frecuentemente y muchas veces según las circunstancias, siempre de nuevo, como lo hace el “Kyrie”. No una vez, sino muchas veces, hasta que DIOS nos conceda lo que necesitamos. Y sí Él no nos lo concede, entonces habremos ganado una otra cosa: El alma encuentra la tranquilidad, aprende a ser humilde y a renunciar en la presencia continua de DIOS. Esto tal vez sea mejor aún, como si ella hubiera recibido lo que había pedido. Este don sería en verdad la mayor misericordia de DIOS: que el alma reciba la fuerza para renunciar a algo, que no servía para su salvación. (cf.: Romano Guardini, Predigten zum Kirchenjahr, Leipzig 1963, pp.218-225)

Desde el tiempo de los Apóstoles, los fieles han orado por todo el mundo, a fin de que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (cf. 1 Tim 2,1-4). En este tiempo de preparación para la Pascua queremos hacer nuestras, todas las grandes intenciones de la Iglesia y de la miseria del mundo. Las grandes súplicas de la liturgia del Viernes Santo pueden formar y ampliar nuestra oración personal. Otra sugerencia: podemos contemplar las intenciones mensuales del Santo Padre, el Papa Juan Pablo II para todo este año.

Oración:

            Oh, Señor, en Tus brazos estoy seguro.

            Si Tú me sostienes, no tengo nada que temer.

            Si Tú me dejas, no tengo ya ninguna esperanza.

Te invoco, para que Tú me des, lo que es bueno para mí.

            Te invoco, para que Tú me quites, lo que puede dañar mi salvación.

            Solo a Tí lo dejo todo, porque Tú lo sabes y yo no.

            Ayúdame, conocerte a Ti, a creer en Ti,

                        a amarte, a servirte, a vivir por Ti.

Déjame morir en el tiempo, en el modo que a Ti Te agrade.

                                   John Henry Cardenal Newman

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CC48 Signos de esperanza

Signos de Esperanza

La esperanza sobrenatural solo puede fundarse en Dios y su amor, en su sostenida presencia en el mundo que nos da confianza y nos eleva por encima de todas nuestras preocupaciones y penas de esta vida. Los hombres y las mujeres que están profundamente unidos a Dios y que lo acercan a nosotros, por medio de sus vidas,  se convierten en signos de esperanza en medio de  la presente desesperación de nuestros tiempos.

El 21 de abril de 2013, el cuarto domingo de Pascua o “Domingo del Buen Pastor”, la Iglesia celebrará el 50º Día Mundial de Oración por las Vocaciones. Como miembros de la Cruzada por los Sacerdotes, queremos tomar en serio este llamado de la Iglesia a orar por las vocaciones, para que muchos hombres y mujeres jóvenes escuchen y estén abiertos al llamado a la vida religiosa o al sacerdocio. “Aceptar la invitación [de Jesús] significa ya no elegir nuestro propio camino. Seguir a Jesús significa sumergir nuestra propia voluntad en la voluntad de Jesús, verdaderamente darle prioridad, darle un lugar de honor en cada área de nuestra vida: en la familia, en el trabajo, en nuestros intereses personales, dentro de nosotros mismos. Significa entregar nuestras propias vidas a Él, vivir en una profunda intimidad con Él” (Papa Benedicto XVI, Mensaje para la 50ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones). Para escuchar y responder al llamado, los hombres y mujeres jóvenes deben tener una experiencia profunda y personal con Cristo, entrando en un dialogo con él a través de la fe viva y la oración. “Es necesario… crecer en la experiencia de la fe, entendida como una relación profunda con Jesús, como una atención interna a su voz que se escucha en lo profundo de nosotros” (ibid.).

El llamado al sacerdocio o la vida religiosa no es una vocación fácil, por el contrario,  es una vocación que exige una fe firme en la realidad de la vida sobrenatural, que va mucho más allá y exige además, un compromiso inquebrantable con Cristo y su cruz, y una generosidad de corazón que permita estar dispuesto a olvidarse de uno mismo, para vivir para los demás. El Jueves Santo pasado, el papa Benedicto XVI, dirigiéndose a los sacerdotes en todo el mundo, declaró:

“Por encima de todo se nos piden dos cosas: [1] existe la necesidad de un vínculo interior, una configuración con Cristo, y [2] al mismo tiempo, tiene que haber una trascendencia de nosotros mismos, una renuncia a lo que es simplemente nuestro, de la tan anhelada realización personal. Necesitamos, necesito, no reclamar mi vida como mía, sino ponerla a disposición de otro, de Cristo. Se debería preguntar no por lo que se puede ganar, sino por lo que se puede dar por él y por los demás. Para decirlo más específicamente, debe ser una configuración con Cristo, que no vino para ser servido sino para servir, que no toma, sino que da”. (Misa de la Homilía del Crisma, 5 de abril de 2012)

Prestar atención al llamado al sacerdocio es excepcionalmente desafiante en la sociedad actual. Los medios de comunicación, Internet, la cultura secularizada en general, apuntan a la autogratificación inmediata. El mundo nos enseña a tomar para nosotros mismos, a buscar satisfacción en las cosas de este mundo, a dominar, a rechazar la autoridad, a ser autónomos. Cristo, por otro lado, nos pide que demos, que sirvamos, que obedezcamos, que nos sacrifiquemos y que renunciemos como Jesús y por su causa. Y esto es particularmente cierto para los sacerdotes y religiosos, y para todos aquellos que ocupan un puesto dentro de la Iglesia. Para servir a Cristo como Él nos sirvió, incluso hasta el punto de entregarse en la Cruz por nosotros, requiere una fe profunda en Dios y su amor, incluso en situaciones dolorosas. Requiere una esperanza inquebrantable en las cosas de Dios, y una humildad que dice: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Sin embargo, el fomento de las vocaciones dentro de la Iglesia no es solo una cuestión de fe y generosidad del individuo, sino también del apoyo, el fervor y el testimonio de toda la comunidad, comenzando por la familia: “Normalmente es en la familia , en el amor de los padres y en una educación temprana en la fe, en donde la vocación sacerdotal encuentra ese suelo rico y fértil, en el que la disponibilidad a la voluntad de Dios, puede echar raíces y extraer el alimento que necesita “(Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto para Congregación para el Clero, 1 de enero de 2013). Dentro de la familia, es particularmente la madre quien influye en la decisión de vida de su hijo por el sacerdocio. Habiéndolo llevado en el útero, ella tiene un vínculo especial con él, e intercede a través de la más ferviente oración, para que pueda seguir el llamado de Dios. Después de la ordenación, convirtiéndose ahora en “hija de su hijo”, “también puede ejercer una nueva maternidad a través de una discreta  pero extremadamente eficaz, preciosa e  inestimable cercanía  en la oración, ofreciendo su propia vida por el ministerio de su hijo”. (ibídem.).

Sin embargo, no solo la familia, sino también la comunidad parroquial entera, pueden servir como matriz para las vocaciones sacerdotales. El “sí” al llamado de Dios para el sacerdocio o la vida religiosa, “es posible en comunidades cristianas donde la fe se vive intensamente, donde se da un testimonio generoso de adhesión al Evangelio, donde hay un fuerte sentido de misión que lleva a las personas a hacerse don total de sí mismas para el Reino de Dios, nutridas por el recurso de los sacramentos, especialmente el de la eucaristía, y por una ferviente vida de oración “(papa Benedicto XVI, Mensaje para la 50ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones). Parroquias o incluso comunidades universitarias católicas, centros Newman, cooperativas de educación en el hogar, etc., en las que muchos participan en la misa diaria, rezan a menudo en la capilla de adoración, se involucran en las actividades parroquiales y el apostolado, especialmente en el servicio a los pobres, los enfermos y los menos privilegiados, son “invernaderos” para las vocaciones. El testimonio de generosos laicos que se entregan al servicio del Reino de Dios puede influir profundamente en los corazones de los jóvenes y abrirlos para hacer el don último y total de sí mismos por Cristo.

Las vocaciones, una vez fomentadas, se convierten en un signo de esperanza para la comunidad misma, haciéndoles sentir con gratitud la cercanía de Dios y su presencia orientadora y sustentadora. “La oración profunda y constante produce crecimiento en la fe de la comunidad cristiana, en la certeza incesantemente renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y que los sostiene al levantar vocaciones particulares – al sacerdocio y a la vida consagrada – para que puedan ser signos de esperanza para el mundo. De hecho, los sacerdotes y religiosos están llamados a entregarse incondicionalmente al pueblo de Dios, en un servicio de amor por el Evangelio y la Iglesia, sirviendo de esa firme esperanza  que solo puede venir de una apertura a lo divino” (ibid.). Un buen sacerdote o religioso hace que Cristo esté presente en el mundo, y eso nos da esperanza.

No menos importante para el fomento de las vocaciones es el testimonio de los mismos sacerdotes (y religiosos). Los fieles y los jóvenes, en particular, pueden sentir la autenticidad de su mensaje, cuando se entregan generosamente a la comunidad, no solo cuando predican o administran los sacramentos, sino siempre. “Nos preocupa la salvación de hombres y mujeres en cuerpo y alma. Y como sacerdotes de Jesucristo llevamos a cabo nuestra tarea con entusiasmo. Nadie debería tener la impresión de que trabajamos concienzudamente cuando estamos de servicio, y que fuera de él, nos pertenecemos solo a nosotros mismos. Un sacerdote nunca se pertenece a sí mismo. La gente debe sentir nuestro celo, a través del cual damos testimonio creíble del Evangelio de Jesucristo “(papa Benedicto XVI, Homilía Misa Crismal, 5 de abril de 2012). En el sacerdote fiel, amoroso y celoso, es más fácil para las personas, “ver” y seguir a Jesús. San Pablo les dijo a sus discípulos: “Sed imitadores de mí como yo soy de Cristo” (1 Cor 11, 1).

“Para sus discípulos, [San Pablo] era una ‘versión’ de la forma de vida de Cristo, con la que podían identificarse y a la que podían ver. Desde la época de Pablo, la historia ha proporcionado un flujo constante de otras ‘versiones’ de ese camino de Jesús en diferentes figuras históricas: los sacerdotes podemos recordar una gran multitud de sacerdotes santos que nos han precedido y nos han mostrado el camino: desde Policarpo de Esmirna e Ignacio de Antioquía, desde los grandes pastores Ambrosio, Agustín y Gregorio Magno hasta Ignacio de Loyola, Carlos Borromeo, Juan María Vianney y los sacerdotes mártires del siglo XX, y finalmente el papa Juan Pablo II, quien nos dio un ejemplo, a través de su actividad y su sufrimiento, de su configuración con Cristo como ‘don y misterio” (ibídem.).

Por lo tanto, al orar por las vocaciones, también queremos orar por los sacerdotes, para que haya sacerdotes entusiastas y “comprometidos”, que sepan cómo acompañar a los jóvenes como “compañeros de viaje”, ayudándoles, en el camino a menudo tortuoso y difícil de la vida, a reconocer a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, diciéndoles, con coraje evangélico, lo hermoso que es servir a Dios, a la comunidad cristiana, a los hermanos y hermanas “(papa Benedicto XVI, Mensaje para la 50ª Jornada Mundial de Oración para las vocaciones). Los sacerdotes que basan sus vidas en la fe en el amor que Dios tiene por nosotros, llevan dentro de ellos un sentido de plenitud y satisfacción, que da testimonio de la belleza, la dignidad y la alegría de la vida sacerdotal.

En este Año de la Fe, es de esperar que muchos hombres y mujeres jóvenes encuentren a Cristo a través de la fe, y al ser tocados por la experiencia de Cristo y un diálogo orante con él, puedan tener el coraje de decir “sí”, si están llamados al sacerdocio o a la vida religiosa. Oremos para que ellos “a quienes se les presentan tantas opciones superficiales y efímeras, puedan cultivar un deseo por lo que es realmente digno, por sublimes objetivos, elecciones radicales, servicio a otros, en imitación de Jesús” (ibid.). Pedimos especialmente a María, la Madre de los Sacerdotes y de las vocaciones sacerdotales, que nos enseñe a ofrecer nuestras vidas, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, así como nuestras alegrías, por nuevas vocaciones y por la santificación de los ministros de Dios. De esta manera participaremos de manera especial en la maternidad de la Santa Iglesia y en la difusión del Reino de Dios en la tierra.

Oración por las Vocaciones Sacerdotales

Oh Señor, Dios mío, tú renuevas la Iglesia en todas las épocas, al levantar sacerdotes sobresalientes en santidad, testigos vivientes de tu amor inmutable. En tu plan para nuestra salvación, proporcionas pastores para tu pueblo.

Llena los corazones de los jóvenes con el espíritu de coraje y amor para que puedan responder a tu llamado generosamente. Bríndales a los padres la gracia de alentar las vocaciones en su familia con oración y buen ejemplo.

Levanta sacerdotes dignos para tus altares y siervos ardientes y fieles al Evangelio. Dale a la Iglesia más sacerdotes y mantenlos fieles en su amor y servicio. Que muchos hombres jóvenes elijan servirte al dedicarse al servicio de tu pueblo. Amén.

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CC47 Navidad -Angeles

El Misterio de la Navidad y los Santos Ángeles

La Navidad es la fiesta de la alegría, pues nació el Salvador, y los Ángeles son mensajeros de la alegría. En preparación para esta solemnidad, queremos caminar junto con los santos Ángeles a través del Adviento. En la imagen colocada en esta carta, podemos contemplar el motivo de la Navidad. Observemos al Niño JESÚS, rodeado de luz, pues Él mismo es la Luz del mundo.

1) El DIOS invisible se hace visible – La Admiración de los santos Ángeles

Todos los santos Ángeles se admiran ante este acontecimiento, deseando ardientemente poder contemplar al divino Niño. Incluso los serafines, aquellos que el profeta Isaías (cap. 6) vio en el santuario cantando el “Santo, Santo, Santo”, y los que están cerca de DIOS y lo rodean, miran al Niño JESÚS aquí en la tierra.

Fue en la aurora de la creación, cuando DIOS dijo: “Hágase la luz… y DIOS separó la luz de las tinieblas” (Gn 1,3-4). Durante la prueba de los Ángeles, DIOS se había ocultado. Después de esta prueba, los Ángeles fieles fueron recompensados con la visión beatífica de la Santísima Trinidad. En la luz de esta visión, los santos Ángeles contemplan el misterio de DIOS, Quien es Espíritu, mirando el rostro del PADRE que está en el cielo (cf. Mt 18,10). También pueden contemplar la belleza de DIOS en su creación y en las creaturas, especialmente en el hombre, creado según la imagen y semejanza de DIOS. Pero algún día, el mismo DIOS aparecería en una forma corporal, y fue el arcángel Gabriel quien recibió el honor de anunciarlo a la Virgen. Así podemos entender que para los Ángeles sería un nuevo “hágase la luz” en el establo de Belén. Lo que para los pastores tal vez fue algo idílico, para los Ángeles fue como una nueva revelación cuando DIOS apareció en la carne. Podemos imaginar bien que, para los ojos de los Ángeles, aquél pobre establo estaba todo iluminado. 

También podemos imaginar, que durante el embarazo de María, los Ángeles se encontraban en una gran expectativa y deseo de ver a DIOS en la carne (cf. 1 Pd 1,12) como diciendo: “Ven, Señor Jesús”. Y cuando JESÚS nació, los santos Ángeles irrumpen en el júbilo de la Navidad, cantando el “Gloria”. Ahora DIOS había salido de su invisibilidad y podía ser visto por los hombres. La tierra se iluminó. Los santos Ángeles son los “maestros de la admiración», y ahora mucho más todavía, quedan pasmados por la humilde apariencia de DIOS Hijo, presente en el pesebre, y, al lado de María, de José y de los pastores, ellos contemplan al recién nacido, el Verbo encarnado. Escribe el beato Columba Marmión: “Ellos vieron en Él a su Dios y este conocimiento coloca a aquellos Espíritus puros en la admiración de una humildad tan incomprensible, porque Él no quería unirse a la naturaleza de ellos: “pues Él no vino a ocuparse de los Ángeles, sino de la descendencia de Abrahán” (Hb 2,16).  

Nosotros, los hombres, vemos a nuestro Señor velado en el Pan de la Eucaristía. Los padres de la Iglesia establecen una relación entre el pesebre y el altar. Sobre este altar está colocado el Niño JESÚS, el verdadero Pan bajado del cielo. San Atanasio explica: “Belén significa Casa del Pan, porque allí el “Pan vivo del cielo” bajó a nuestra tierra, y a partir de ahora, se hará presente en todas nuestras iglesias” (PG 28,688d). Nosotros lo contemplamos por la fe. Pero los Ángeles también lo ven en la luz clara, por lo tanto, están delante de este Sacramento con una gran admiración. Así que el santo Cura de Ars decía: “Oh, si yo tuviese los ojos de los Ángeles para ver al Señor presente aquí sobre el altar, ¡cómo lo amaría!. Él está, Él nos espera. DIOS mío, que lástima que no estemos totalmente penetrados por Su santa presencia”. El amor de DIOS en el misterio de la encarnación fue, en cierto sentido, “incomprensible” también para los Ángeles. Ninguna creatura puede comprender el amor de DIOS, pero cada creatura lo puede adorar.

2) Dios reconcilió consigo al mundo – la amistad de los Ángeles con los hombres

En medio de la imagen podemos observar a cuatro Ángeles mirando al Niño JESUS. Los santos Ángeles consideran también su propia misión futura. Observamos en ellos diversos símbolos, indicando que ellos quedarán en la tierra con los hombres, acompañando y serviendo a nuestro Señor.

El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir. Por eso, también los Ángeles se disponen a servir y seguir al Señor en Su humillación. Sobre esto Orígenes escribe: «Y los cielos se abrieron» (Ez 1,1). No era suficiente que un cielo se abriera, varios cielos se abrieron, y los ángeles bajaron hacia aquellos que deberían ser salvados. Ellos no bajan de un cielo sino de todos los cielos… Cuando ellos vieron a CRISTO viviendo en la tierra, el verdadero Principe de los ángeles, ellos bajaron directamente del cielo, para seguir a su Señor y obedecer Su voluntad. Mientras ellos servían al Hijo de DIOS, se dijeron entre sí: Si Él baja del cielo adentro de un cuerpo mortal, y se viste con carne mortal, si el sufre en la cruz y muere por los hombres, entonces ¿podemos quedarnos tranquilos y cuidar de nosotros mismos? ¡Venid todos los ángeles, bajemos del cielo!» (Homilías a Ezequiel, 1,7).

La cruz es el símbolo del amor misericordioso de DIOS, y de la paz que está llegando, pues escribe San Pablo: DIOS reconcilió consigo al mundo… por la sangre de su cruz (Col 1,20). De hecho, los Padres de la Iglesia y la Liturgia, vieron en el cántico de los Ángeles y, en el anuncio a los pastores durante la Noche de Navidad, el comienzo de una nueva era de fraternidad entre todas las creaturas dotadas de inteligencia.

Tenemos un ejemplo de san Germán de Constantinopla, dirigiéndose a nuestra Señora: “Después de tu parto, los ejércitos de los Ángeles del ministerio celestial salieron y cantaron los himnos al Dios por ti concebido, y cuando ellos anunciaron que la gloria en las alturas se consumaría, declararon que a la tierra había llegado la paz”, y que a partir de ahora no habría más “enemistad por causa del muro de separación entre los hombres y los ángeles, entre el cielo y la tierra, sino que a partir de ahora comenzaría a construirse una comunicación unánime entre las dos partes, tanto de los Ángeles como de los hombres, y se ofrecería la misma adecuada glorificación al único Dios.” (PG 98,341).

Por el pecado y por la expulsión del hombre del paraíso, los ángeles se consideraban enemigos del hombre pecador, que se había hecho enemigo de Dios y un muro los separaba. Ahora, con la aparición del Hijo de Dios, los cielos y la tierra se unieron, “los Ángeles bajaron hasta el género humano en la tierra, y los hombres fueron elevados a la misma glorificación celestial del único Dios”. Y san Juan Cristóstomo escribe que los espíritus celestiales “desde el nacimiento del Salvador, ya no despreciaron a los hombres, sino que los consideraron como compañeros y co-dignatarios suyos”. (PG 62,321-322). Esta es la Buena Nueva del Evangelio: “Dios en la tierra, el hombre en el cielo, y todo queda unificado entre sí: Los ángeles se unieron con los coros de los hombres, los hombres se aliaron con los ángeles y las otras virtudes celestiales. La guerra cesó, la reconciliación ha llegado, los demonios huyeron. Y se vio la vida del cielo trasladada a la tierra, cómo las potestades celestiales confiadamente se relacionan con nosotros, y cómo los ángeles ahora habitan continuamente en nuestro mundo” (In Matth. hom. 1,2; PG 57,15D).

Una maravillosa oración del Missale gothicum, para la fiesta de Navidad, expresa bien estos pensamientos: “Dios Omnipotente y Eterno, que por tu encarnación, como una piedra angular, restauraste la antigua discordia entre Ángeles y hombres, causada por la trasgresión junto al árbol antiguo, concede a tus siervos, que se alegren de tenerte en la bienaventuranza de esta solemnidad, como compañero revestido de la carne, que sean conducidos a la unión con los habitantes celestiales, sobre los cuales Tú colocaste el Cuerpo que asumiste.”

Y junto con la amistad con los ángeles, el Señor nos conceda también el poder de imitarlos y de llevar una vida angélica. Por esto, la Palabra divina bajó del cielo, “para hacer de los hombres ángeles”, de transformar a las almas tan profundamente, que no solamente quedasen libertados de la maldad más oscura, sino que sean también elevados a la cumbre de la virtud. […] ¿Quién podía expresar la sabiduría de sus preceptos, la virtud de sus leyes celestiales y esta vida angelical tan ordenada? Él nos introdujo en ésta vida, Él ordenó para nosotros los mandamientos; Él introdujo un orden tal, que todos los que se sometan a Él, se transformarán en ‘ángeles’ y serán semejantes a Dios en la medida que sea posible…»

3) Primeros Evangelizadores de la buena Nueva

En la parte de abajo de la imagen, vemos tres Ángeles, y en la cinta está escrito: Annuntio vobis gaudium mágnum (Os anuncio una gran alegría). Los Ángeles son los mensajeros del Evangelio.

El primer anuncio de la llegada del Mesías al mundo se realiza en el templo (Lc 1,17), al sacerdote Zacarías. El anunciador es San Gabriel, quien ya en el Antiguo Testamento tuvo la tarea de revelar al profeta Daniel los tiempos de la llegada del Mesías (cf. Dn 8,16-26; 9,20-27; 10,4ss). El Ángel define su mensaje como una “Buena Nueva” (1,19). Esto es el significado del Verbo griego euaggelizô “traigo una buena noticia”, lo que en español significa evangelizar. San Lucas usa aquí, por primera vez, este término, pronunciado por los Ángeles.

Apareciendo DIOS mismo en los rasgos humanos, el Ángel no se limita a llevar a los pastores el mensaje divino, sino que además es mediador de la “Luz inaccesible” (1 Tm 6,16) de la presencia de Dios, que envuelve a los pastores infundiendo “gran temor” (Lc 2,9) por la manifestación repentina de lo sobrenatural, penetra en lo íntimo de los corazones, abriéndolos a la fe. Ellos, de hecho, van deprisa a Belén a ver al Niño, contando aquello que les fue dicho (2,17) por el Ángel, suscitando la admiración entre los presentes. Y luego los pastores vuelven a sus lugares “alabando y glorificando a Dios” (2,20).

 

La pobreza de la señal ofrecida a ellos por el mensajero celestial: “encontrarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” no desilusiona a los pastores, a quienes fue primeramente anunciado el nacimiento del Mesías, el Señor. De hecho, como dice san León Magno “…al final del anuncio, se acrecentó la exultación de innumerables Ángeles para hacer más excelente el testimonio con el brillo de los sonidos del ejército celestial, que unánimemente cantan al Señor: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14).” (Nono 39, discurso de la Navidad del Señor ).

La evangelización, que los Ángeles proclaman en el nacimiento de Jesús, no se limita solamente a Israel, representado por los pastores, sino que se extiende también a los pueblos paganos, de los cuales los reyes magos son las primicias: Los espíritus bienaventurados “de hecho comprenden que la Jerusalén celestial está para ser formada por todos los pueblos del mundo” y de esto se alegran (ibid. p. 52,2). Proclaman, por lo tanto, casi contemporáneamente la Buena Nueva a los judíos y a los paganos, incluso con modalidades diferentes: la fulgurante aparición de la Estrella en el cielo de Belén descrita por Lucas (cf. 2,9-14), corresponde en el cielo del Oriente, a la aparición de un fenómeno astral descrito por Mateo (cf 2,1ss), que podemos justamente suponer que es de marca angélica. ¿No son los ángeles los regentes del cosmos? A quien, si no a ellos, el Padre celestial podría confiar el encargo de hacer surgir “la estrella (del Mesías)” (Mt 2,2), que sea identificable con el cometa de Haley, como creen algunos, o según la hipótesis de Kepler, con una conjunción de los planetas de Júpiter y Saturno, o con una “estrella nueva”, o como suponen otros, con un fenómeno luminoso en la atmósfera terrestre?

Queridos hermanos, cuando en el año 1969, los primeros hombres regresaron de su visita de la luna, el presidente americano R. Nixon declaró, que esto había sido el mayor acontecimiento en la historia de la humanidad. Luego le contestó un famoso predicador diciendo que esto no es cierto, ya que el mayor acontecimiento en la historia es el Misterio de la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de DIOS. Todos esperamos una bonita celebración del nacimiento del Niño JESÚS, pero necesitamos dar un paso más. Los pastores no se quedaron en el campo, alegrándose con la gloria del Señor que los envolvía, sino que luego se dirigieron a la gruta de Belén. Guardemos un ardiente deseo de ver al Niño JESÚS y de encontrarlo también en nuestros días. Invitemos por eso a los santos Ángeles…

Oración: Santos Ángeles, primeros evangelizadores de la Buena Nueva, haced que todos los hombres, por vuestra intercesión, tengan el don de la fe en Cristo el Señor, único Mediador entre el cielo y la tierra, solamente por quien podemos ser salvos. Amén