Categorías
Cartas Circulares

CC46 Eucaristía -Union

EL PAN DEL CIELO

En el mundo moderno vivimos en la época de los medios de comunicación. Nunca en la historia humana fue tan fácil la comunicación como hoy. En cualquier momento podemos entrar en contacto con personas que viven más allá del océano, en el otro lado del mundo. Los telescopios espaciales proveen informaciones sobre otros planetas distantes de la tierra. También recibimos cada día y cada hora las noticias más recientes que acontecen muy lejos de nuestra puerta. Vemos por la televisión muchas personas famosas, políticos, artistas, o personajes eclesiásticos y quizás pensamos que los conocemos. Pero, ¿será que realmente los conocemos? Si queremos conocer una persona es indispensable el diálogo con ella y con certeza también es preciso saber algo de su pasado y de su historia, del ambiente y de la cultura en que creció, conocer un poco sus familiares, su ocupación, etc.

“Amaos los unos a los otros” también quiere decir  “Comunicaos los unos con los otros”

Lo mismo debemos aplicar a nuestra relación con JESÚS, que está presente entre nosotros en la Santísima EUCARISTÍA. Pensamos que ya conocemos el misterio de la EUCARISTÍA, aprendemos en la catequesis que en la Hostia Consagrada está realmente presente JESUSCRISTO con su Cuerpo y Alma, Sangre y Divinidad. Comulgamos frecuentemente y cantamos himnos y cantos en honra al Santísimo Sacramento, pero todavía, eso no significa que realmente conocemos al Señor. Y de hecho este misterio es tan grande que nunca lo conoceremos a fondo. Es un misterio Divino y ninguna mente humana ni angelical, lo puede escrutar completamente.

Conocer a JESÚS Eucarístico a partir de su origen: ¡Él viene del cielo!

Un medio para conocer mejor al Señor, es contemplar “su origen”. De dónde vino, quien es Su PADRE y Su Madre. Y así llegaremos a una realidad maravillosa: ¡JESÚS viene del Cielo! Su PADRE es el propio DIOS, y por lo tanto Él es el verdadero hijo de DIOS, superior a cualquier potestad tanto celestial como terrestre, o sea, mayor que todos los Ángeles (cf. Ef 1,10.20-23; Cl 1,16.20; 2,10; Hb 1-2). CRISTO es el centro del mundo angélico. Presente en la Eucaristía, continúa siendo el Señor de los Ángeles y por ello los Ángeles son los siervos de Nuestro Señor Eucarístico. Ellos decidieron seguir al siervo de Yahvé hacia las profundidades de la tierra, diciendo con él: ¡Nosotros “queremos servir”!

Tal disposición y humildad de los Ángeles nos estimula e invita a entrar en un coloquio con JESÚS cuando comulgamos en la Eucaristía, para conocerlo mejor, para saborear y ver cómo el Señor es bueno.

En el Antiguo Testamento leemos, que el pueblo de Israel durante su caminata por el desierto, recibió como alimento el maná, que también fue llamado “Pan del Cielo”, o “Pan de los Ángeles”. La tradición aplicó esto también al Pan Eucarístico: La Santa Comunión, denominada “Pan de los Ángeles” o “Pan del Cielo” (cf. Cat 1331). Y en el salmo 77,25 se reza: “los hombres comieron el “Pan de los Ángeles”, lo que se puede entender de varias maneras. Para reflexionar sobre eso, nos puede ayudar como comparación la siguiente historia:

“Los hombres comieron el Pan de los Ángeles” (Sl 77,25)

En un aeropuerto, una señora iba a viajar, compró una revista y un paquete de galletas mientras esperaba que saliera su vuelo, buscó una silla desocupada y se sentó para leer tranquilamente. Poco después, un hombre se sentó al lado de ella.

Sucedió que cuando ella cogió la primera galleta, el hombre de al lado, también cogió una. La señora quedo indignada, pero para evitar un escándalo fingió no ver. Su vecino, sin embargo, continuó en la misma actitud: a cada galleta que ella cogía, él hacía lo mismo.

Podemos imaginar que no fue fácil continuar la lectura. La Señora fingía que leía, pero su atención se concentró en el paquete de galletas, que de manera extraña se iba acabando. Una a una, las galletas fueron desapareciendo hasta que sobró apenas una. Ella pensó, ¿será que él va tener el coraje de coger la última de mis galletas? Mas el hombre se mostró cariñoso y dividió la galleta que sobraba en dos partes, dejando la otra mitad para ella.

Finalmente llegó la hora de su viaje y sin mirar a su vecino desagradable, la señora cogió su revista y sus cosas y se dirigió al sector de embarque, aliviada por alejarse de aquel hombre mal educado. Ya en el interior del avión, sentada confortablemente, miró dentro de su bolsa y para su sorpresa, ahí estaba el paquete de galletas, todavía intacto. Luego ella comprendió lo que había sucedido y sintió una inmensa vergüenza. Pues quien estaba equivocada ¡era ella! Simplemente se comió las galletas de su vecino, y ya no tenía la posibilidad de disculparse. En cuanto el avión ganaba altura, ella quedo pensando en aquel hombre tan tranquilo, que no le importó que una desconocida comiese parte de sus galletas, repartiendo hasta la última con ella, sin recibir ni la más mínima señal de agradecimiento. Así, Aquel que es causa de júbilo para los Ángeles, ahora está en medio de nosotros, para alimentarnos con el Pan Celestial, ¡Él mismo! Y deberíamos preguntarnos: ¿No nos comportamos a veces de manera atrevida y ciega delante de un misterio que los mismos Ángeles desean contemplar? (1 Pe 1,12)

¿Por qué la EUCARISTÍA es llamada “Pan de los Ángeles”? 

CRISTO en el cielo es el alimento de los Ángeles. Estos espíritus “se alimentan” de ÉL cuando lo contemplan, llenos de admiración y amor. No hay quien contemple al SEÑOR y no quede fortalecido “abastecido” y entusiasmado. Acordémonos de los discípulos de Emaús, que estaban abatidos, sin esperanza y sin ánimo. Pero al ver a JESÚS y hablar con ÉL, principalmente al partir el Pan, todo cambió. Fue ese el alimento que necesitaban y que los levantaría.

Como Pan vivo bajado del cielo, el SEÑOR  alimenta también nuestra alma: aumenta en ella la vida Divina.

Cuando nuestro cuerpo no puede comer, nos debilitamos, perdemos fuerza y peso y poco a poco podemos enfermarnos y desequilibrarnos, hasta aproximarnos a la muerte. Así también nuestra alma necesita de un alimento. Ella no puede subsistir sin este, por ello requiere de una fuente de abastecimiento. El alma es inmortal y no muere como nuestro cuerpo. Desde el Bautismo nuestra alma se llena de la vida Divina, que se puede perder, y de hecho existe quien nos envidie por causa de eso y quiere quitarnos este tesoro del corazón; está constantemente tentándonos, haciéndonos sufrir, preparándonos trampas y seducciones y ofreciéndonos muchas cosas: “todo esto te daré, si te postras y me adoras” (Mt 4,9) eso quiere decir, si haces lo que yo quiero. Pero el SEÑOR en su gran bondad, nos ofrece aquel alimento, que intensifica siempre de nuevo esta vida Divina dentro de nosotros y nos enraíza cada vez más profundamente en la intimidad del PADRE y del HIJO y del ESPIRITU SANTO. Así, Él quiere revitalizar nuestras fuerzas.

Nosotros tenemos acceso tan fácil al Pan del Cielo. Es poco probable que CRISTO resucitado se nos aparezca como a los discípulos de Emaús y tampoco es necesario, pues ya sabemos dónde encontrar al SEÑOR: en la Iglesia. Es ella quien nos da el Pan del Cielo, el Pan que nos sustenta en todas las miserias y debilidades.

“Venid a MI todos vosotros que estáis cansados y fatigados, y YO los aliviaré” (Mt 11, 28) 

Hoy en día podemos comer diferentes tipos de comidas, hasta de otros países. Existen restaurantes japoneses, chinos, libaneses, italianos, árabes, etc. Por lo tanto, si queremos cenar comida japonesa, no necesitamos viajar hasta Japón, basta dirigirnos a uno de estos restaurantes. Así podemos decir también, que si queremos comida celestial, el Pan del Cielo, no es necesario morirnos ya, o subir al cielo, solamente debemos dirigirnos a la Iglesia, pues ella tiene el poder y la tarea de darnos aquí, en la tierra, el Pan del Cielo.

Depende de nosotros, querer y aceptar este alimento. Es nuestra responsabilidad dirigir nuestros pasos hasta la Iglesia más próxima, para poder comer el Pan de los Ángeles y saciar nuestra alma con JESÚS. Que este año de la EUCARISTÍA, haya dejado en nosotros serios propósitos para ir muchas y muchas veces al encuentro de JESÚS, para nutrirnos de EL, sea comulgando, o contemplándolo en la adoración, siempre admirándolo y amándolo con reverencia y alegría en el corazón, con los Ángeles y como los Ángeles.

“Jesús, te damos gracias por este Sacrificio, que te complaces recibir de nuestras manos. Aunque tengas delante Tuyo a miríadas de Ángeles, Arcángeles, Querubines y Serafines de seis alas y ojos innumerables, que elevándose a Tí, cantan, proclaman y entonan el himno triunfal” (De la Liturgia Bizantina)

Para que todos sean uno

En las últimas cartas circulares meditamos sobre la Eucaristía en relación a nuestra vida diaria y el trabajo humano, pero también en relación al misterio como “Pan del cielo” adorado por los santos Ángeles. En esta circular queremos considerar la Eucaristía como misterio de comunión. El papa Juan Pablo II, en su carta Mane nobiscum Domine (nn. 19-22), llama a la Eucaristía la “Fuente y Epifania (manifestación) de Comunión”.

1) La Eucaristía es un encuentro: comulgar es un mirar, un tocar, un dialogar, un comprender y un permanecer en el otro con amor de amigo.

La Eucaristía es de una dimensión profundamente personal. Contra el peligro de despersonalizar la Eucaristía, el papa Juan Pablo II insiste en un encuentro personal con Jesús en la Eucaristía: “Podemos decir que cada uno de nosotros recibe a Cristo, pero también que Cristo recibe a cada uno de nosotros.” Él intensifica su amistad con nosotros: “os he llamado amigos” (Jn 15,15). En la comunión eucarística se realiza el estar el uno en el otro, la inhabitación mutua de Cristo y del discípulo. De hecho, nuestro Señor instituyó la Eucaristía en la intimidad de la Última Cena como Su don personal de amor para Sus amigos.

El hombre como persona, es un ser para la comunión por las relaciones personales. La comunión se da mediante la mutua donación y receptividad de sí mismo. Del yo y del tú se forma el nosotros. El yo frente al tú descubre cierta plenitud del ser que vence la soledad y entra en una comunión efectiva. El hombre está en continua búsqueda de comunión, don de amor que quiere compartir y quiere ser fiel hasta lo último en la donación de sí mismo.

La palabra comunión se refiere a una unión personal. En principio se trata de la comunión de DIOS en el Misterio Trinitario, pero esta comunión divina se extenderá sobre las criaturas por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Al darse gratuitamente, por gracia, DIOS hace posible la comunión con Él y, a partir de allí, se vuelve posible un nuevo tipo de comunión de los hombres entre sí.

El Señor dice: «El que come mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el PADRE que tiene Vida, vivo por el PADRE, de la misma manera, el que me come vivirá por Mí» (Jn 6,56-57). La Eucaristía es el lugar del encuentro donde los Santos sacaran fuerza y alegría. A través de Cristo, quien vive por el PADRE, somos introducidos al misterio más profundo de DIOS, que es la comunión de amor, la unión perfecta en la Trinidad. Este misterio del amor divino ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, así el hombre participa en la intimidad entre JESÚS y Su PADRE. Existe una diferencia al decir: “estar aquí” o “estar aquí para alguien”. JESÚS está aquí para nosotros. Si está aquí para mí, entonces  esto requiere mi atención, así nos volvemos Sus amigos por la Eucaristía.

Una vez, una religiosa escribiendo una carta la finalizó despidiéndose con las palabras: “Nos veremos en la Eucaristía”. Ella tiene su encuentro diario con JESÚS en la Eucaristía y para ella, en la adoración, por medio de este estar con JESÚS, se encuentra  también con sus seres queridos. Su mirar a DIOS en la Eucaristía, se convierte en una participación de Su mirada. En JESÚS podemos ver a todos nuestros amigos, presentándolos a Él, junto con sus Ángeles de la Guarda.

2) Armonía perfecta

Cuando nosotros imaginamos una orquestra vemos que cada instrumento tiene sus propias características, “su tono”, y entendemos que tocando juntos podríamos descubrir millones de variaciones armónicas. Cuando tenemos algunos colores diferentes, se los puede mezclar y producir millones de distintas tonalidades. La mano no puede decir que no necesita de los ojos para trabajar y, para caminar se precisa de los pies. Todo funciona armónicamente en una naturaleza que es muy compleja.

También, cuando observamos a varios hombres trabajando juntos en una misma obra, ejerciendo diversos oficios, vemos como se obtiene una obra maravillosa donde, cada uno con sus dones, contribuye en el todo. Un cuerpo público como el estado también es un sistema muy complejo. Pero la Iglesia es bastante diferente de este, porque su alma es el mismo Espíritu Santo que dirige todo y es quien construye la Iglesia, y el Espíritu de Cristo es dado, principalmente, mediante la Eucaristía.

Cuando en una comunidad se práctica la caridad fraterna por las diferentes formas de amor, sea con los pobres o con los enfermos, podemos imaginar una vida de caridad fecunda que edificará a toda la Iglesia. Y ni siquiera podríamos imaginar que los coros de los Ángeles, los cuales en una comunión perfecta y bajo la dirección del Espíritu Santo armonizarán todo el universo, y también, ni siquiera imaginar la hora en que Cristo “unirá en Sí todas las cosas” (cf. Ef 1,10). ¡Qué bello será contemplar un universo perfecto donde DIOS se hace todo para todos, donde Él estará presente en todas las cosas!

3) Una Santa Unión en la Iglesia: un sólo Pan y un sólo Cuerpo

La Eucaristía hace a la unidad del Cuerpo Místico: la Eucaristía edifica la Iglesia. Los que la reciben están unidos más íntimamente a Cristo y mediante ella, la Eucaristía, los diversos miembros encuentran una armonía. El hombre que comulga se coloca en relación más profunda con los santos Ángeles. Uniéndose a Cristo, el pueblo de la Nueva Alianza no se encierra en sí mismo, por lo contrario, se hace «sacramento» para la humanidad, señal e instrumento de la salvación realizada por Cristo, para la redención de todos. Por la Comunión Eucarística, la Iglesia es consolidada en su unidad de Cuerpo de Cristo. A este efecto unificador que tiene la participación en el banquete eucarístico, alude San Pablo cuando dice a los Corintios: “El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un sólo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un sólo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor 10,16-17). Con estas palabras se expresa un gran misterio, porque muchos comulgan y son introducidos en DIOS participando en la vida divina, pero también los miembros del Cuerpo están unidos entre sí, en la medida que se unen a Cristo. Por eso, como fruto de la comunión, se realiza la acción unificadora del Cuerpo Místico por la acción del Espíritu Santo, como se reza en la Santa Misa: Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre del Hijo y llenos del Espíritu Santo, formamos en Cristo, un solo cuerpo y un solo Espíritu. Esto es lo que JESÚS pide al PADRE, para que todos sean uno. Se compara nuestra unión con la naturaleza divina, en analogía a la unión substancial de Cristo con el PADRE.

Debemos entender la Eucaristía en esta dimensión eclesiológica porque construye la Iglesia. Ya no existen muchos pueblos en la tierra, sino sólo un pueblo, los que participan en la mesa del Señor. La Iglesia es como una red de muchas comunidades eucarísticas, y siempre permanece unida formando un único cuerpo. Por eso, no existen más fronteras en la Iglesia, no existe mas diferencia entre hombre y mujer, entre esclavo y libre, porque la Eucaristía es la misión más amplia del Hijo, con una importancia para toda la creación; y si la misión del Hijo de DIOS fue la unificación de toda la creación, como nos enseña San Pablo, entonces debemos encontrar esta unión en la Eucaristía y también serán incluidos los Ángeles y la creación material.

4) Un sólo corazón y una sola alma

La Unión que la comunión produce es ser un sólo corazón y una sola alma como los primeros cristianos (cf Hch 2,44; 4,32). Esta unión se manifiesta por la lealtad de los fieles a las autoridades, y también, por la caridad activa. Todos entenderán que nadie vive para sí mismo, mas todos vivimos para el Señor. En la unión perfecta con el Señor, nadie tendrá más envidia, todos serán felices, todos se dispondrán al servicio de los otros, porque cada uno sabe que lo que recibió en este inmenso don de la Eucaristía, es mucho más de lo que él mismo podría dar por sí mismo. El cielo es la vida en la caridad perfecta y el hombre ya se anticipa, porque de alguna manera, por la Eucaristía ya estamos siendo introducidos en el cielo.

La celebración de la Eucaristía es el centro y la fuerza de la vida de la Iglesia, su grandeza está en el darse, así como Cristo se da a nosotros. Por lo tanto, esto no puede durar solamente durante la Santa Misa, este misterio debe brillar durante todo el día, ya que es penetrado por el respirar del alma en la oración, la presencia de DIOS es garantía de la salud del cuerpo y del alma.

Una unión profunda, verdadera y permanente, no se puede realizar si no fuera por una unión interior y espiritual, una unión de los corazones. Podemos recibir la Eucaristía solamente en unión con toda a Iglesia, con toda su autoridad y junto con el Papa. La comunión eucarística es una comunión con todo el Cuerpo de Cristo, porque sin el todo, no existiría comunión plena. Para esto se necesita una preparación y confesar la fe católica que comprende todas las verdades de la fe; también precisa querer lo que DIOS quiere: la salvación de todos.

“Todo lo mío es tuyo”

Cuando, en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,31), el padre le dijo a su hijo mayor “Hijo mío, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”, pensaba no solamente en sus bienes materiales, sino también quería dejarlo participar de su alegría en el padre. Por la Eucaristía, ya no hay más diferencia entre “lo mío y lo tuyo”. Según san Juan Crisóstomo, en el Reino de DIOS no existe la palabra mío o tuyo, sino que es todo nuestro. El amor de DIOS es común a todos nosotros, nos pertenecemos unos a otros y donde DIOS es todo en todos, nosotros estamos en todos y todos en nosotros. Formamos un sólo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo y en este cuerpo, la alegría de uno es la alegría de todos. En Cristo no hay más aislamiento y esto es lo que JESÚS pide al PADRE: “para que todos sean uno”. Lo que el PADRE dice a su hijo mayor en la parábola, es lo JESÚS repite en su oración sacerdotal (Jn 17,10), “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado”, y esto también vale para todos nosotros en el Cuerpo Místico.

En la película “Un príncipe en Nueva York” (Coming to América), Eddie Murphy toma el papel de un príncipe de África a punto de convertirse en rey. Todas las mujeres en su patria quieren casarse con él por causa de su riqueza, pero él desea encontrar a alguien que lo ame por él mismo. Viaja a América donde nadie lo conoce ni sabe que es un rey, se viste simplemente, sin las vestiduras de un príncipe, de manera que nadie se da cuenta de su riqueza. Consigue un empleo en un restaurante y luego llega a vivir en el barrio más pobre de Harlem en Nueva York. Con apariencia de un pobre llega a conocer en una Iglesia, a una joven bonita y, atraídos mutuamente, comenzaron a enamorarse. Ella acepta la propuesta matrimonial y cuando ella descubre que es un príncipe queda asombrada y llega a convertirse en una princesa, en una mujer rica.

Algo parecido vive JESÚS en el Santísimo Sacramento. Él es el Rey que busca a alguien que lo acompañe y lo ame por ser Él mismo, por Su Persona. En el Santísimo Sacramento se viste de una manera simple, sin Su vestimenta (traje) de gloria y viene humildemente a nosotros como el Pan bajado del cielo. Tan profundo es Su deseo de ser amado, que se muestra como el más pobre de los hombres, para ser elevado a una unión plena. Él es el Rey del amor, merecedor de nuestro amor por todo lo que hizo por nuestra salvación. Si entramos con Él en la fiesta, también participaremos de Su gloria y podremos escuchar “Todo lo mío es tuyo”.

Categorías
Ángeles Cartas Circulares

CC45 Ángeles -biblia

Los Santos Ángeles en las Sagradas Escrituras

Primera parte

Nos encontramos en el Adviento. Durante este tiempo, escucharemos con frecuencia en las celebraciones litúrgicas las palabras que el Arcángel San Gabriel dirigió a María Santísima en la Anunciación.  Los santos Ángeles en las Sagradas Escrituras es el tema de esta Carta Circular. Esperamos continuar desarrollando este tema en ediciones posteriores. A continuación hacemos referencia a uno de los muchos pasajes de las Sagradas Escrituras en que se nos habla de los Ángeles. San Jerónimo dijo: «Desconocer las Sagradas Escrituras es desconocer a Cristo» (Prólogo a Isaías; CIC 133). A este respecto podríamos decir también que desconocer las Sagradas Escrituras es desconocer a los santos Ángeles. En verdad, la Biblia es, por así decirlo, un libro de los Ángeles. Si la Biblia nos revela a Dios como Creador y Santificador en la historia de la salvación, también nos revela a los Ángeles, y más aún,  lo fundamental y esencial sobre los santos Ángeles. Inicialmente vamos a preguntarnos cuál es el significado y la importancia de las Sagradas Escrituras para nosotros, qué tan trascendental es para nosotros los cristianos todo lo que ellas contienen y cuál es el valor que debemos dar a las narraciones de las Sagradas Escrituras acerca de los santos Ángeles.

La importancia de las Sagradas Escrituras

Es indudable que la Iglesia quiere que los creyentes se dediquen a la lectura de la Biblia. Así, el Concilio Vaticano II, en su Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación dice: Es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual (Dei Verbum 21). Por eso, el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos a que aprendan el sublime conocimiento de Jesucristo (Flp 3, 8), con la lectura frecuente de las Sagradas Escrituras (Dei Verbum 25). 

  Cuando leemos las Sagradas Escrituras, podemos estar siempre conscientes de que ellas son Palabra de Dios. Dios mismo nos habla a través de las palabras de las Sagradas Escrituras. Lo que cuenta no es sólo la formación, sino ante todo la fe y la disponibilidad para aceptar las palabras allí consignadas como Palabra de Dios para Su pueblo y, por tanto, para cada uno de nosotros. En consonancia con toda la tradición de la Iglesia, la Constitución conciliar Dei Verbum enseña que Dios mismo es el autor de las Sagradas Escrituras: «La santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes: Escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tal se le han entregado a la misma Iglesia» (Dei Verbum 11).

Las Sagradas Escrituras enseñan la verdad. «Pues como afirman los autores inspirados o hagiógrafos: todo su contenido debe considerarse inspirado por el Espíritu Santo y,  por tanto, los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en los sagrados escritos para nuestra salvación» (Dei Verbum 11). De esto se desprende que todo lo que las Sagradas Escrituras dicen sobre los Ángeles, es lo que finalmente Dios mismo dice sobre los Ángeles. Las Sagradas Escrituras enseñan firmemente, con fidelidad y sin error la verdad sobre los Ángeles. Naturalmente, a la Iglesia le corresponde guardar esa verdad, interpretarla y anunciarla. 

El objetivo inmediato de la lectura de las Sagradas Escrituras no es tanto el de comprender perfectamente todo, sino el de obtener alimento para la vida espiritual. Al leer debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que Dios quiere decirme ahora a través de estas palabras? Cuando leemos personalmente la Biblia o escuchamos la Palabra de Dios en la liturgia, es importante abrir nuestros oídos, escuchar de manera consciente y preguntarnos: ¿Qué significa esto para mi vida? ¿Qué quiere decirme Dios con esto?

 

Las Sagradas Escrituras: un «libro de los Ángeles»

¿Qué es, pues, lo que dicen las Sagradas Escrituras sobre los Ángeles? Los Ángeles aparecen más de trescientas veces en las Sagradas Escrituras, sin contar la repetición de la palabra en la misma cita.

Según palabras de San Agustín: «El nombre del Ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un Ángel» (Sal 103, 1, 15; CIC 329).

En las Sagradas Escrituras, los Ángeles son llamados también «servidores de Dios» o «hijos de Dios». También se encuentran nombres como «Querubines» y «Serafines», los cuales conocemos por la liturgia. Y, finalmente, en las Sagradas Escrituras aparecen los arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael, únicos Ángeles mencionados con nombre propio, y cuya fiesta es celebrada por la Iglesia el día 29 de septiembre. La Biblia nos muestra a los Ángeles hablando y actuando para comunicar el mensaje de Dios, para proteger, para avisar, para consolar o, dado el caso, también para castigar.

Negar, pues, la existencia de los Ángeles, significaría negar la verdad de las Sagradas Escrituras; significaría declarar falsa una gran parte de la Biblia. Negar la existencia de los Ángeles implicaría tener que arrancar cada segunda página de la Biblia, como expresara una vez el cardenal Journet.

En ésta y en las próximas cartas circulares, vamos a reflexionar sobre unos pasajes concretos de las Sagradas Escrituras que muestran claramente que los Ángeles desempeñan un papel particular. Lo haremos inicialmente a partir del Antiguo Testamento y luego en el Nuevo Testamento. Para comenzar hemos de preguntarnos: ¿Qué es lo que las Sagradas Escrituras dicen sobre la creación y la existencia de los Ángeles?

La creación de los Ángeles: Génesis 1

En el Génesis, primer libro de las Sagradas Escrituras, leemos: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba desierta y vacía, y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Y dijo Dios. ‘Hágase la luz’, y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena» (Gn 1, 1-4a).

Dios creó el cielo y la tierra. Acerca de esto el Catecismo de la Iglesia Católica dice: En el principio, creó Dios los cielos y la tierra (Gn 1, 1). Con estas palabras solemnes comienza la Sagrada Escritura. El símbolo de la fe las recoge confesando a Dios Padre Todopoderoso como el Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible (CIC 279). La profesión de fe del IV Concilio de Letrán afirma que al comienzo del tiempo, Dios creó de la nada a una y otra creatura a la vez. La espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la humana; desde esta perspectiva, la criatura humana, que participa de las dos realidades, está compuesta de espíritu y de cuerpo (DS 800; CIC 327). 

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que el término cielo no sólo caracteriza al cielo como firmamento, sino ante todo como el lugar de Dios, y de esta manera, como el lugar de los Ángeles:

En la sagrada Escritura, la expresión «cielo y tierra» significa: todo lo que existe, la creación entera. Indica también el vínculo que, en el interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y tierra: «La tierra», es el mundo de los hombres (cf Sal 115, 16). «El cielo» o «los cielos» puede designar el firmamento (cf Sal 19, 2), pero también el «lugar» propio de Dios: «nuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16; cf Sal 115, 16), y por consiguiente también el «cielo», que es la gloria escatológica. Finalmente, la palabra «cielo» indica el «lugar» de las criaturas espirituales —los ángeles— que rodean a Dios. (CIC 326)

Dijo Dios: ¡Hágase la luz!. Según algunos Padres de la Iglesia (p. ej. San Agustín), con esta luz no se estaría aludiendo a los astros celestes, como el sol, la luna y las estrellas, cuya creación es mencionada en el Génesis sólo en el cuarto día, sino a los Ángeles. Los Ángeles fueron creados en el primer día de la creación. Por esto, en la teología también se les denomina como los primeros creados, las primeras criaturas.

San Pablo relaciona la creación de los Ángeles con Cristo: en Él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades, todo lo ha creado Dios por Él y para Él. Cristo existe antes que todas las cosas y todas tienen en Él su consistencia (Cl 1,16s.).

Categorías
Cartas Circulares

CC44 tareas – Angeles

Las Tareas de los Ángeles

Las tareas de los Ángeles

Si bien la grandeza y belleza de los santos Ángeles dejan entrever mucho de Dios, la manifestación de Su amor a través de la naturaleza del hombre y en la naturaleza del hombre, constituye su culmen. En este camino de la revelación de Dios, que llega a su plenitud con la Encarnación de Su Hijo, han sido incluidos de una manera preeminente los santos Ángeles. Ellos están al servicio de toda la creación y de la obra salvífica de Dios, razón por la cual no pueden faltar en la consumación de la historia de la salvación. El autor de la carta a los Hebreos se pregunta: “¿Acaso no son todos ellos (los Ángeles) espíritus servidores, enviados a ayudar a aquellos que han de heredar la salvación?” (Hb 1, 14). ¡Nosotros nos daríamos cuenta de lo que perderíamos, en el momento en que los Ángeles cesaran de obrar! Nos debería invadir un profundo respeto y amor hacia estos eminentes espíritus, si reflexionásemos en que estos espíritus poderosos, plenos de enorme saber, están entregados con amor al servicio de los planes de Dios en favor de nosotros, pequeños hombres.

Los santos Ángeles nos enseñan, primero que todo, a alabar y glorificar a Dios y unen nuestra pequeña adoración a su canto de alabanza.

El papa Juan Pablo II describe esto con mucho énfasis: «Además, por las Sagradas Escrituras nos enteramos de que la protección de los hombres y el cuidado por su salvación, es una tarea de los ángeles buenos. Esto lo hallamos expresado en diversos pasajes de las Sagradas Escrituras, por ejemplo en el Salmo 90/91: “Él (Dios) ordenó a sus Ángeles para que te guarden en todos tus caminos. Ellos te llevan en sus manos, para que tu pie no tropiece en ninguna piedra”.

Jesús mismo, hablando de los niños y amonestando a no escandalizarlos, se apela a «sus ángeles» (Mt 18, 10). De esta forma, atribuye a los ángeles la función de testigos en el supremo juicio divino sobre la suerte de quien ha reconocido o renegado a Cristo: «A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios» (Lc 12, 8-9; cf. Ap. 3, 5). Estas palabras son significativas, pues si los Ángeles participan en el juicio de Dios, entonces están interesados en la vida del hombre. Interés y participación que parecen recibir una acentuación en el discurso escatológico, en el que Jesús hace intervenir a los ángeles en la parusía, o sea, en la venida definitiva de Cristo al final de la historia” (Juan Pablo II, Catequesis del 6 de agosto de 1986).

“Entre los libros del Nuevo Testamento, el de los Hechos de los Apóstoles nos da a conocer particularmente algunos hechos que dan testimonio de la manera como los Ángeles se preocupan por los hombres y su salvación. Así, un ángel de Dios libera de la cárcel a los Apóstoles (Hch 5, 18-20), y ante todo libera a Pedro, que había sido amenazado de muerte por Herodes (Hch 12, 5-10). Es muy ilustrativo observar el cuidado con que el santo Ángel libera a san Pedro, a través de los mayores peligros (vigilantes, puertas cerradas). “O cuando un Ángel conduce y guía a san Pedro en relación con el centurión Cornelio, el primer pagano convertido. Análogamente la actividad del diácono Felipe en el camino de Jerusalén a Gaza: ‘Un ángel del Señor le dijo a Felipe: «¡Levántate y dirígete hacia el sur por el camino que baja de Jerusalén a Gaza!” (Hch 8, 26). Felipe obedeció y encontró allí un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de la reina de Etiopía, quien estaba leyendo al profeta Isaías, pero sin comprender lo allí escrito. Felipe, entonces, partiendo del pasaje que estaba leyendo el tesorero, comenzó a explicarle el Evangelio de Jesús. Así, la fe cristiana logró entrar, a través de aquel hombre tan influyente, en un país lejano. De esta manera, los santos Ángeles iniciaron la misión entre los paganos y contribuyeron activamente en la construcción de la Iglesia. Hoy en día no están menos activos tal como se mostrará en las posteriores cartas circulares.

Los santos Ángeles se preocupan por el hombre y su salvación

“De estos pocos hechos citados a título de ejemplo, se comprende cómo en la conciencia de la Iglesia, pudiera surgir el convencimiento de que a los Ángeles les ha sido confiado un servicio a favor de los hombres. Por esto, la Iglesia confiesa su fe en los Ángeles de la Guarda venerándolos en la liturgia con una fiesta especial, y nos recomienda confiarnos frecuentemente a ellos en la oración, como en la invocación del «Ángel de Dios» (Angelus Domini). Es como si tales oraciones se apropiasen de las bellas palabras de san Basilio: “Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para llevarlo a la vida”. Los santos Ángeles, sin embargo, no sólo están unidos a los hombres y preocupados por ellos, sino también a toda la creación. Ciertamente, se encuentran detrás de todas las cosas creadas.

El cardenal Newmann, tan importante para el pensamiento teológico moderno, escribió lo siguiente en el primer capítulo de la “Apología ‘pro vita sua’”, al referirse a la relación de los Ángeles con el mundo visible: “A la escuela de Alejandría y a la Iglesia primitiva supongo que debo el pensamiento definitivo sobre los Ángeles. Yo los tenía no sólo como ministros empleados por Dios en la revelación judía y cristiana, como lo hallamos claramente en la Escritura, sino dirigiendo, como lo supone también la Escritura, la economía del mundo visible. Yo los miraba como las causas reales del movimiento, de la luz y de la vida, y de aquellos principios elementales del universo físico que, al ofrecerse en sus desenvolvimientos a nuestros sentidos, nos sugieren la noción de causa y efecto, y de las que se llaman leyes de la naturaleza. Expuse esta doctrina en mi homilía de la fiesta de San Miguel, escrita en 1831. Allí digo sobre los Ángeles: “Cada ráfaga de aire y cada rayo de luz y calor, toda bella perspectiva, son, por así decir, las orlas de las vestiduras, la ondulación de la ropa de aquellos cuyos ojos ven a Dios”. Pregunto también qué pensaría un hombre que, “al examinar una flor, una pizca de hierba, una semilla, o un rayo de luz, cosas que él trata como por debajo de sí mismo en la escala de la existencia, descubriera súbitamente estar en presencia de un ser poderoso que permanece oculto detrás de las cosas que estaba examinando; un ser que, escondiendo su sabia mano, esta dándoles su belleza, gracia y perfección, como instrumento de Dios para ese fin; es más, un ser cuyo ropaje y ornamentos son esos mismos objetos que tan atentamente analizaba”. Y a ese propósito noto que “con corazones sencillos y agradecidos podemos decir con los tres jóvenes del horno de Babilonía “Obras todas del Señor, bendecid al Señor, alabadlo y ensalzadlo para siempre”.

Finalmente, una palabra más del Santo Padre acerca de la veneración a los santos Ángeles: “El encuentro con los seres espirituales puros, realizado en la fe, constituye para el hombre una valiosa y preciosa revelación de su propia naturaleza, no sólo corporal, sino también espiritual, y de su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de seres personales, que para el hombre y con el hombre sirven al designio de la Divina Providencia» (Juan Pablo II, Catequesis del 6 de agosto de 1986).

Oración al Ángel Custodio:

Santo Ángel de la guarda, el cuidado amoroso de Dios te ha destinado a ser mi compañero.

Tú eres Su voz en mi conciencia: ¡Ayúdame a discernir con claridad!

Tú eres Su mano que me guía: ¡Permanece día y noche junto a mí!

Tú eres Su brazo poderoso: ¡Lucha conmigo por Su Reino! Amén.

Categorías
Cartas Circulares

CC43 Eucaristía memorial

La Eucaristía – Memorial de la Pasión del Señor

Es interesante observar cómo el Señor realizó sus mayores obras en las postreras horas de su vida terrena. Su Pasión –comenzando por la agonía en el Monte de los Olivos hasta su último suspiro en la Cruz– es un acto mucho mayor que todos sus milagros juntos, por eso estas horas fueron las más decisivas en la vida del Señor. Si él no hubiese pasado por estas horas de la Pasión, aún no estaríamos redimidos, y faltaría lo más importante de lo que hizo en favor nuestro. Por ser un acto tan grande y perfecto, la Pasión del Señor quedará presente para siempre en la historia, tal como se lee en el Catecismo de la Iglesia Católica: “Cuando llegó su hora, vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas”. Es un acontecimiento único “que participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente” (Cat. 1085).

Este texto del Catecismo nos lo dice claramente: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor están presentes también en nuestros días. Y cuando nos preguntamos cómo es esto posible, debemos mirar hacia el Misterio de la Sagrada Eucaristía. El Señor no se alejó de sus apóstoles, sin haberles dejado antes el Santísimo Sacramento, que es la perpetuidad de todo lo que Él había hecho en favor de sus amados. Esto es algo que nosotros, los hombres, nunca lograremos imitar. Podemos, por ejemplo, filmar un acontecimiento y ver después, en la película, lo que sucedió. Así, por ejemplo, en la película de Mel Gibson sobre la Pasión de Cristo. Aunque fuese una película de Jesús mismo en su Pasión, sería muy diferente de lo que es la Santa Misa. Dicha película sería menos real de lo que sucede en la Santa Misa, pues mostraría cómo fue la Pasión, pero no cambiaría nada, porque la celebración de la Santa Misa sí hace realmente presente el acontecimiento, de tal manera que podemos participar, de manera misteriosa, en aquello que Jesús hizo en esas horas y recibir el fruto de su maravilloso acto. Al instituir el Santísimo Sacramento, el Señor dio a los hombres la posibilidad de vivir cerca de Él y de unir cada instante de la vida a su obra y su vida, a su Encarnación, a su Pasión, Muerte y Resurrección. Al hacer esto, Él quiso cambiar radicalmente toda nuestra vida.

En los siguientes párrafos, reflexionaremos sobre cómo aplicar esto a nuestra labor diaria, pues el Señor quiere cambiar también el sentido del trabajo humano por medio de la Sagrada Eucaristía.

La Santísima Eucaristía y el trabajo humano

Ya al comienzo de sus discursos sobre el Pan de vida, Jesús dice: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre” (Juan 6,27 ). Esto significa que al instituir el Santísimo Sacramento, el Señor quiso cambiar realmente el sentido de nuestro trabajo. “Trabaja, no por el alimento que perece” es una palabra que toca la raíz de nuestra existencia, pues todo hombre tiene que trabajar para ganarse el pan de cada día, de lo contrario muere de hambre. El mismo San Pablo nos exhorta: “El que no trabaja que no coma.”(2 Tes 3, 10). La Santísima Eucaristía es algo tan precioso que no puede haber cosa alguna en nuestra vida desvinculada de este “Santísimo y Divinísimo Misterio”. Cuando el Señor nos exhorta diciendo: “Trabaja no por el alimento que perece”, podemos percibir tras estas palabras su preocupación, porque al comenzar a trabajar por el pan que perece –y por las cosas terrenas– nos olvidemos del gran don de la Sagrada Eucaristía. El Señor quiere que trabajemos aproximándonos más al Pan Celestial por medio del trabajo mismo. De hecho, nuestro trabajo tiene una íntima relación con la Santísima Eucaristía. Así, el sacerdote en el ofertorio de la Misa reza: “Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo de los hombre, que recibimos de tu generosidad y que ahora te presentamos. El será para nosotros Pan de Vida”. Por medio de esta oración, el sacerdote ofrece todo nuestro trabajo al Padre Celestial. De esta manera, todo lo que hacemos es transformado y participa de la obra redentora del Señor. Más aún, podríamos decir que sin el trabajo humano no habría Misa; pues no tendríamos pan, si nadie sembrase el trigo y lo cogiese, si otro no hiciese de ese trigo harina, si otro no hiciese con esta harina una masa y de esta masa un pan. Vemos que el sentido de nuestro trabajo no es simplemente ganar dinero, sustento de nuestra vida, por más necesario que sea, sino que el trabajo tiene un sentido más profundo. Y es la Santa Misa la que nos revela este sentido: así como el pan es producto del trabajo humano y después es transformado en el cuerpo de Cristo, así todo nuestro trabajo debe servir para la edificación del Cuerpo de Cristo, también por su Cuerpo Místico que es la Santa Iglesia, el Reino de Dios en la tierra. El Señor podría haber escogido otro elemento, por ejemplo una piedra preciosa, para ser transformada en su Cuerpo, y una fruta sabrosa para ser transformada en su Sangre, pero no lo quiso así. El Señor usó pan, el cual, desde la salida del paraíso, el hombre tiene que ganar “con el sudor de su frente”. De esta manera, el Señor nos enseña que sin el esfuerzo humano, sin el trabajo del hombre, no quiere realizar el misterio de la transubstanciación.

El Señor no quiso convertir cualquier cosa en su Cuerpo; escogió el pan, que exige de nuestra parte la colaboración para preparar el divino Misterio, así como también quiere la colaboración de los sacerdotes en la transformación del pan en su Cuerpo: “Trabaja no por el alimento que perece”. He aquí la razón de nuestro trabajo: ¡el Pan del Cielo! Recibimos un salario por nuestro trabajo, y así debe ser. Pero al ofrecer nuestro trabajo al Señor en la Santa Misa por las manos del sacerdote, Él también acepta todo lo que hacemos, si lo realizamos con recta intención, y nos paga también el salario: nos da el Pan del Cielo. Este es el verdadero salario de nuestras obras. Son las monedas celestiales (el denario), las gracias que nos hacen entrar por la puerta del cielo.

Oración al Sumo y Eterno Sacerdote

“Oh JESÚS, Eterno Sacerdote, guarda a Tus sacerdotes en Tu Sagrado Corazón, donde nada pueda mancharlos. Conserva inmaculadas sus manos ungidas, que tocan todos los días Tu Cuerpo Sagrado. Consérvalos puros y libres de todo afecto terreno en sus corazones, marcados con el sello sublime del Sacerdocio. Conserva limpios sus labios, teñidos diariamente con tu Preciosa Sangre. Que Tu Santo amor los rodee y no permita que el espíritu del mundo los contamine. Bendice sus trabajos apostólicos con abundantes frutos y permite que las almas puestas a su cargo sean su alegría y consuelo en esta vida y formen en el cielo su hermosa e imperecedera corona”. Amén. (Santa Teresita del Niño Jesús)

 

Categorías
Ángeles Cartas Circulares OA-Espiritualidad Virtudes cristianas

CC42

Fidelidad

D. Fidelidad de los santos ángeles

Podemos considerar brevemente la fidelidad de los buenos ángeles de Dios que ya disfrutan de la seguridad de pertenecer completamente a Dios. Son fieles, porque están asentados en el rostro de Dios, la fuente de toda estabilidad. San Agustín explica en el siguiente pasaje sobre los benditos ángeles: 

No hay un bien cambiante sino el único y verdadero Dios bendito. Las cosas que hizo son realmente buenas por razón de Él, aunque sean mutables porque no están hechas de Él, sino de la nada. A pesar de que no son el bien supremo, porque Dios es el bien mayor, esas cosas mutables pueden adherirse al bien inmutable, y así ser bendecidas, y por lo tanto ser muy buenas … Y como esto es así, entonces en esta naturaleza que ha sido creada tan excelente, aunque sea mutable en sí misma, puede asegurar su bendición, adhiriéndose al bien inmutable, al Dios supremo; y puesto que no está satisfecha a menos que sea perfectamente bendecida, y no puede ser  bendecida salvo en Dios, en esta naturaleza, yo digo que no adherirse a Dios es manifiestamente una falta.

Los ángeles, a su vez, son para nosotros una revelación de la fidelidad de Dios y su amor constante por nosotros. Santo Tomás hace la pregunta sobre si el ángel guardián alguna vez abandona al hombre que protege. Él responde: 

La tutela de los ángeles es un efecto de la divina providencia con respecto al hombre. Ahora, es evidente que ni el hombre ni nada se retira por completo de la providencia de Dios: en la medida en que una cosa participa del ser, hasta ahora está sujeto a la providencia que se extiende sobre todo el ser. De hecho, se dice que Dios abandona al hombre, de acuerdo con la orden de su providencia, pero sólo en la medida en que permite que el hombre sufra algún defecto de castigo o culpa. De la misma manera, debe decirse que el ángel guardián nunca abandona a un hombre por completo, pero a veces lo deja en algo particular, por ejemplo, al no prevenirle de ser objeto de algún problema, o incluso de que caiga en pecado, de acuerdo con el orden de los juicios divinos. 

Los ángeles son enviados para ayudarnos a ser fieles como ellos son fieles. «¿No son ellos espíritus servidores, enviados en favor de los que han de heredar la salvación?» (Heb 1,14). Sin embargo, como señala Santo Tomás, nos sirven no sólo al liberarnos de las pruebas, sino también al permitirnos participar en aquellas que necesitamos para demostrar nuestra fidelidad. Los ángeles no sólo vienen al rescate como lo hicieron con Lot y su familia, para salvarlos de la destrucción de Sodoma y Gomorra; sino que también son enviados para poner a prueba, como lo hicieron con Abraham y los otros hombres justos del Antiguo Testamento. Así es como nos sirven para obtener la salvación. Las pruebas de fidelidad pueden ocurrir incluso cuando no somos infieles a Dios. Esto se expresa en el Salmo 44: 

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean. Nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones; todos al vernos menean la cabeza. Cada día mi deshonra está delante de mí, Y la vergüenza me cubre la cara, al oír insultos e injurias, al ver a mi rival y a mi enemigo. Todo esto nos viene encima, sin haberte olvidado, ni haber violado tu alianza. No se ha vuelto atrás nuestro corazón, ni se han desviado de tus caminos nuestros pasos, para que nos arrojases en un lugar de chacales, y nos cubrieses de tinieblas. «Haz votos a Dios y mantenlos …» 

La respuesta adecuada del hombre a la fidelidad de Dios es ser fiel. Como se dijo anteriormente, el hombre busca refugio en la seguridad de la inmutabilidad y fidelidad de Dios. Esto se expresa en la hermosa oración atribuida a San Patricio que comienza con las palabras: “Me levanto hoy por medio de poderosa fuerza, la invocación de la Trinidad, por medio de creer en sus Tres Personas, por medio de confesar la Unidad del Creador de la Creación… Me levanto hoy por medio del poder de Dios que me sostiene y me guía…”

Además del cumplimiento de los votos de los sacramentos, el amante busca encontrar mil maneras de unirse al amado. Esto está bien expresado en algunos escritos de G.K. Chesterton en los que discute la naturaleza y la importancia de los votos. Él escribe en particular, para revelar las falacias de lo que él llama «el decadente moderno» quien niega la belleza de hacer un compromiso vinculante. El escribe: 

El hombre que hace un voto, hace una cita consigo mismo en algún momento o lugar distante. El peligro de esto es que él mismo no  cumpla con la cita. En los tiempos modernos, este terror a la debilidad y mutabilidad de uno mismo, ha aumentado peligrosamente y es la base real de la objeción a los votos de cualquier tipo. Un hombre moderno se abstiene del juramento de contar las hojas de cada tercer árbol en Holland Walk, no porque sea una tontería hacerlo (el hace cosas aún más tontas), sino porque tiene una profunda convicción de que antes de que llegue a las trescientas setenta y nueve hojas del primer árbol, ya estará excesivamente cansado del tema y querrá ir a casa a tomar el té. En otras palabras, tememos que para ese momento él será, otro hombre, como se dice en el muy común pero horriblemente significativo argot popular. Ahora, es en este horrible cuento de hadas, de un hombre que cambia constantemente en otros hombres, que se encuentra el alma de la decadencia. Que John Paterson, con aparente calma, espere ser un cierto General Barker el lunes, el Dr. Macgregor el martes, Sir Walter Carstairs el miércoles y Sam Slugg el jueves, puede parecer una pesadilla; pero a esa pesadilla le damos el nombre de cultura moderna. 

Este primer punto que hace GK Chesterton es muy importante. Lo que él llama la frase “horriblemente significativa [de convertirse] en otro hombre… el horrible cuento de hadas de un hombre que cambia constantemente a otros hombres». Está representando, en su forma típicamente humorística, el tema recurrente de la Sagrada Escritura. Como está escrito en el primer Salmo, el hombre justo es como un árbol plantado al borde de la acequia, mientras que el hombre malvado no es así, es como la paja que es arrebatada por el viento. Como se mencionó anteriormente, el hombre «justo» es el que tiene fe: es fiel porque no duda. Como escribió Santiago: “El hombre que duda se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento” (Stg 1, 6). Repetidamente, vemos en la revelación, el contrapeso de la estabilidad del hombre justo que construye su casa sobre la roca sólida, o que está enraizado como un árbol; a diferencia de los malvados que son inestables en todos sus caminos, construidos sobre arena, que serán arrastrados como paja. Esto es lo que Chesterton reafirma como el alma de la decadencia. El miedo a que no podamos comprometernos con una buena y noble determinación por temor a que mañana no seamos tan buenos y nobles. Otra cosa es reconocer la propia debilidad al llevar a cabo tales determinaciones. De lo que habla Chesterton es de otra cosa, lo que es tan horroroso es la exaltación del hombre que cambia como un camaleón, el héroe moderno que triunfa porque no tiene principios duraderos, ni compromisos vinculantes, ni raíces. Tal hombre evita la común vergüenza humana involucrada en el incumplimiento de una resolución perfecta. Pero lo hace, al jactarse de la vergüenza mucho mayor de nunca haber tomado una resolución seria. Esto es lo que Chesterton explica de la siguiente forma:  

Y el final de todo esto, es ese horror irritante de irrealidad, que desciende sobre los decadentes y en comparación con el cual, el dolor físico en sí mismo tendría la frescura de una cosa juvenil. El único infierno que la imaginación debe concebir como el más infernal, es actuar eternamente en una obra de teatro sin ni siquiera un estrecho y sucio camerino en el cual poder ser humano. Y esta es la condición del decadente, del amante libre. Estar eternamente atravesando por peligros que sabemos que no pueden asustarnos, hacer juramentos que sabemos que no pueden obligarnos, desafiar  enemigos que sabemos que no pueden conquistarnos; esta es la tiranía sonriente de la decadencia llamada libertad.

Como él lo señala, necesitamos un escenario claro en el cual representar nuestras vidas, por muy estrecho y sucio que sea. Debe haber límites claros, de lo contrario nuestra libertad se convierte en una tiranía de la decadencia, la náusea de Sartre y otros existencialistas sin forma. San Pedro describió esta decadencia en su Segunda Carta, donde describe a los malvados «…como animales irracionales, destinados por naturaleza a ser capturados y destruidos, hablan injuriosamente de lo que ignoran, y perecerán como esos mismos animales, sufriendo así el castigo en pago de su iniquidad. Ellos se deleitan entregándose a la depravación en pleno día; son hombres viciosos y corrompidos, que se gozan en engañarlos mientras comen con ustedes. Son seres malditos, cuyos ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas débiles y cuyos corazones sólo conocen la codicia. Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad, y fue reprendido por su iniquidad; pues una muda bestia de carga, hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta. Los que obran así son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta: a ellos les está reservada la densidad de las tinieblas” (2 Pt 2, 12-17). 

Chesterton luego describe la grandeza del hombre que está dispuesto a hacer un voto; el que desea unirse a la fidelidad. 

Pasemos, por otro lado, al hacedor de votos. El hombre que hizo un voto, dio una declaración saludable y natural a la grandeza de un gran momento. Prometió, por ejemplo, encadenar dos montañas juntas, tal vez un símbolo de algún gran amor o aspiración. Por breve que sea el momento de su resolución, fue, como todos los grandes momentos, un momento de inmortalidad… 

Chesterton está indicando, que el hombre inmortaliza el momento y le da significado y grandeza, cuando está dispuesto a obligarse a sí mismo mediante un voto. Tan cierto como esto es al nivel de la naturaleza, cuánto mayor es el ámbito del compromiso vinculante con Dios, por el cual el alma inmortal está eternamente unida al Creador. Esto contrasta una vez más con la noción moderna de libertad:  El hombre moderno, por supuesto, vería fácilmente la oportunidad emocional; juraría encadenar dos montañas juntas. Pero luego, de la misma forma, juraría alegremente encadenar la tierra a la luna. La sarcástica conciencia de que no quiso decir lo que dijo, que en realidad no estaba diciendo nada de gran importancia, le quitaría exactamente esa sensación de audacia actual, que es la emoción de un voto.

Los hombres modernos parecen imaginar que el ideal de la constancia es un yugo misteriosamente impuesto a la humanidad por el demonio, en lugar de ser, como es, un yugo consecuentemente impuesto por todos los amantes para sí mismos. Se han inventado una frase, en blanco y negro, una contradicción en dos palabras, «amor libre», como si un amante hubiera sido, o pudiera ser alguna vez libre. La naturaleza del amor es la unión y la institución del matrimonio, simplemente le paga al hombre promedio, el elogio de cumplir con su palabra. Los «sabios modernos» ofrecen al amante, con una sonrisa desfavorable, las libertades más grandes y la irresponsabilidad más plena; pero no le respetan como la antigua Iglesia lo respetaba; no escriben su juramento en los cielos, como el registro de su más elevado momento. Le dan toda la libertad, excepto la libertad de vender su libertad, que es la única que quiere. 

Chesterton ofrece en sus comentarios típicamente profundos, perceptivos y divertidos, con respecto a la naturaleza del amor, la esencia de la santa fidelidad. Como dijo el Santo Padre con respecto al jesed, es el amor verdadero el que exige fidelidad, el que exige un vínculo permanente. Reconoce que los votos son los que le dan al hombre la verdadera dignidad. La constancia e inmutabilidad que proviene de la fidelidad a un voto, hacen que el hombre sea trascendente, a imagen de Dios. Lo repara, estableciéndolo sobre los cimientos de la Roca. Como los ángeles son benditos porque están unidos al Dios inmutable, ellos también buscan la misma bendición en medio de las cosas transitorias de este mundo cambiante. Es sólo a través del voto, que el hombre puede evitar el desastre que le ocurrirá a quien construya su casa en la arena. En otro lugar, Chesterton dice algo similar:  

Por trivial, por imbécil que sea, por vulgar o vaga o estereotipada que sea la imagen de tales cosas, siempre implicaría una idea, la misma idea que hace que los amantes puedan marcar laboriosamente sus iniciales en un árbol o una roca, en una especie de monograma de monogamia… Hay una verdad muy permanente en el hecho de que dos personas libres deliberadamente se atan a un tronco de madera. Y es la idea de atarse a algo que atraviesa toda esta vieja alegoría amorosa como un patrón de grilletes. Siempre existe la noción de corazones encadenados, o flechados juntos, o de alguna manera asegurados; hay una seguridad que sólo se puede llamar cautiverio. Que con frecuencia no se asegure, no tiene nada que ver con el punto en cuestión. El punto real, es que toda filosofía del [amor] debe fallar, lo que no tiene en cuenta su ambición de fijación, así como su experiencia de fracaso. No hay nada que haga que [el amante] se comprometa con la evidencia jurada en el árbol más cercano. No está obligado a ser atado; él está bajo restricción, pero nadie lo obliga a estar bajo restricción.  

Lo que Chesterton dice de los amantes terrenales, es verdad también para los que aman a Dios. Desean dar testimonio de su amor por él. Están obligados a unirse cada vez más a él a través de sus compromisos. Quieren ser sus esclavos. Así es el lenguaje de los santos y de todos los que son verdaderos amantes. Por ejemplo, vemos la oración de Consagración total a Jesús, la Sabiduría Encarnada, a través de la Santísima Virgen María.

El peligro es la superficialidad de aquellos que quisieran haber hecho las declaraciones exteriores de un amante, sin tener las convicciones interiores de un amante. Los que carecen de esta convicción interior, coleccionan consagraciones como los niños coleccionan tarjetas de béisbol. Los fieles, deben estar trabajando para ser verdaderamente fieles a todos sus compromisos con Dios. El deseo de hacer más compromisos, está impulsado por la inquebrantable prudencia del amor. Del mismo modo que no estaríamos dispuestos a decepcionar al amado, al hacer promesas que no teníamos intención de cumplir, así también con Dios. Es bueno hacer votos a Dios, pero como dice la Escritura: «cuando hagas un voto a Dios, no demores en cumplirlo…» (Eclesiastés 5, 3).

E. Perseverancia final                            

Nos esforzamos por practicar la fidelidad en las pequeñas cosas de la vida diaria: fidelidad a nuestros deberes de estado, fidelidad a los compromisos y promesas. De esta manera nos preparamos para la máxima gracia de la fidelidad que se llama perseverancia final. Sabemos que «el que persevere hasta el fin será salvo» (Mt 24,13). Cristo le dice a la Iglesia: «Vengo pronto, guarda firmemente lo que tienes para que nadie te arrebate la corona. Al vencedor lo haré una columna en el templo de mi Dios” (Ap. 3,11-12).  San Pablo: «Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano.» (1 Cor 15,58).   

La recompensa de la perseverancia final es una gracia, un regalo, que no podemos merecer pero que nos podemos disponer para recibir. «Que el mismo Dios, nuestro Padre, y nuestro Señor Jesucristo, nos allanen el camino para ir allí. Que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes. Que Él fortalezca sus corazones en la santidad y los haga irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el Día de la Venida del Señor Jesús con todos sus santos.» (1 Tes. 3, 11-13). 

Con base en la confianza que tenemos en el jesed de Dios, en su amor constante, podemos decir confiadamente con San Pablo: «Estoy firmemente convencido de que Aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús» (Filipenses 1, 6). Trabajemos mientras hay luz, para que un día podamos escuchar las palabras de nuestro amoroso Señor y Dios: «¡Bien hecho, siervo bueno y fiel! ¡Entra a participar en el gozo de tu Señor!» (Mt 25, 21,23; Lc 16, 10-17).

Categorías
Cartas Circulares OA-Espiritualidad Vida religiosa Virtudes cristianas

CC41

La Fidelidad

La Virgen María fue fiel a la Cruz y, por lo tanto, se convirtió en «la Madre en el orden de la gracia» (Lumen Gentium, 61) para todos los miembros de Cristo. Para que la gracia dé fruto en nosotros, debemos permanecer fieles y firmes en las tormentas de la vida a través de una fe fuerte y una esperanza viva. De esta manera, el ángel puede alcanzarnos las gracias más preciosas, aquellas que nos llegan a través del sufrimiento.

Sobre la santa fidelidad

La misericordia del Señor no se extingue, ni se agota su compasión; ellas se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad! (Lm 3, 22-23)

I. Introducción

A. La fidelidad en general

En esta conferencia discutiremos la última de las seis características que se fomentarán en la Obra de los Santos Ángeles: la fidelidad. Para comenzar nuestro tratamiento de la fidelidad, repasemos rápidamente algunas de las palabras que los idiomas sagrados han usado para expresar el concepto de fe y fidelidad. La raíz de la palabra hebrea emet es la palabra hebrea que se traduce con mayor frecuencia al español como fidelidad. Es de destacar que al griego se traduce Septuaginta, mediante el uso de tres palabras: pistis (fiel, confiable; que se traduce al latín: fidelis del que derivamos nuestra palabra en español fidelidad), alhqeia (verdad, veraz) y dikaiosunh (justicia). Es importante tener en cuenta que esta palabra hebrea para fidelidad, así como las palabras griegas y latinas, tienen la misma raíz que la palabra fe.

En el Antiguo Testamento, las palabras fe y fidelidad se usan de una manera que las hace a menudo prácticamente intercambiables. En nuestro uso común, estas dos palabras tienen significados distintos. La Fe se refiere a un asentimiento del intelecto a las verdades que se revelan. Significa un acto de creer en alguien a quien consideramos confiable. Mientras que la Fidelidad es la cualidad moral de ser veraz, justo y confiable en la acción. Pero es importante ver que estos dos conceptos expresados ​​en el idioma hebreo no son tan distintos. La fe no es simplemente un asentimiento del intelecto, sino que implica necesariamente un asentimiento de la persona completa y una conformidad de toda la vida a la verdad a la que uno asiente. El filósofo judío Martin Buber escribió sobre la noción judía de fe diciendo que para el hombre de Israel “la idea de la inexistencia de Dios está fuera del ámbito de lo que él podía concebir”. La fe para Israel no era una cuestión de la existencia de Dios. “Eso nunca ha sido puesto en duda por el alma de Jacob. Al proclamar la fe, el alma sólo proclamaba que confiaba en el Dios eterno, quien estaría presente en el alma, como fue la experiencia de los patriarcas, en donde el alma se confiaba a Dios, que estaba presente”.   

La vida de Abraham, nuestro “padre de la fe”, es el prototipo de lo que significa tener fe. Si uno examina la historia de la fe de Abraham, lo más sorprendente es que todo el énfasis de la historia está en la noción de la prueba. A Abraham se le dan instrucciones divinas sin explicaciones, y se espera que cumpla estas instrucciones incuestionablemente. Esto sucede una y otra vez, a pesar de los enormes sacrificios que se le pide que haga: dejar su patria, su familia, su herencia, ir a un lugar donde debe confiar en que Dios proporcionará una nueva patria, una nueva familia y una nueva herencia. Una vez que llega a la “tierra prometida”, casi de inmediato tiene que irse debido a la hambruna. Abraham espera una familia, pero su esposa es estéril y cuando finalmente tiene un hijo, se le pide que sacrifique al niño. Una y otra vez la fe de Abraham es probada, y él se muestra “lleno de fe”. Es fiel porque se mantiene integro en su creencia de que Dios es un Dios fiel; Dios es verdadero, bueno y confiable.

Esto contrasta con el pueblo de Israel que es conducido a través del desierto a la tierra prometida después de su liberación de Egipto. A ellos también se les dan instrucciones divinas a través de Moisés. Pero una y otra vez son infieles. Su infidelidad a Dios está enraizada en el hecho de que no creen en la bondad de Dios, sino que lo acusan de traerlos al desierto para matarlos.

Es interesante señalar que los miembros de la Iglesia se conocen como “fieles”, lo cual es indicativo del hecho de que no solamente los miembros de la Iglesia están llamados a profesar su fe en la enseñanza de la Iglesia, sino que también estamos llamados, como lo fue Abraham, a una fe que al final nos hace fieles en nuestra respuesta total a Dios. Pero lo que es fundamental para nuestra fe es la fidelidad de Dios. Como escribió un estudioso de las Escrituras: “Las palabras ‘fe’ y ‘creer’ Emunáh [en el Antiguo Testamento]… describen al hombre refugiándose en Dios, que es firme y constante, de su propia inestabilidad y fragilidad”. Por lo tanto, para que podamos crecer en fidelidad, debemos comprender con mayor profundidad la fidelidad de Dios hacia nosotros.

II La fidelidad de Dios y sus santos ángeles

A. La Fidelidad de Dios

La fidelidad de Dios es distinta de su inmutabilidad, aunque los dos atributos están relacionados. El hecho de que Dios es inmutable o invariable, es necesariamente la consecuencia del hecho de que Él es todo perfecto. Como es el caso de que una cosa cambie, a esa cosa le debe faltar la perfección que adquiere a través del cambio. Pero como Dios posee toda la perfección posible, se deduce que en Él, no hay variación ni sombra debido al cambio. [cf. Stg 1,17] Esta estabilidad de Dios es un atributo ontológico. Es decir, indica una perfección del mismo ser de Dios. Mientras que la fidelidad es lo que se puede llamar un atributo moral, ya que indica la perfección de la acción de Dios. El Señor es veraz en todas sus palabras y fiel en todas sus obras. La veracidad y la fidelidad son atributos que hablan del hecho de que no hay sombra de engaño ni cambio en su trato con nosotros. Nuestro Dios es una roca de refugio, una fortaleza en la que confiamos. Pero la razón por la que podemos confiar en Él, no se debe solo al hecho de que Él no es voluble con nosotros, sino que también su fidelidad es una fidelidad a la misericordia. La palabra para fidelidad en hebreo se usa muy a menudo junto con la palabra jesed, que significa misericordia.

Al describir la misericordia, los libros del Antiguo Testamento usan dos declaraciones en particular, cada una con un matiz semántico diferente. Primero, está el término Jesed, que indica una actitud profunda de “bondad”. Cuando esto se establece entre dos individuos, no sólo se desean bien el uno al otro; también son fieles entre sí en virtud de un compromiso interior y, por lo tanto, también en virtud de una fidelidad a sí mismos. Dado que jesed también significa “gracia” o “amor”, esto ocurre precisamente sobre la base de esta fidelidad. El hecho de que el compromiso en cuestión no sólo tenga un carácter moral, sino casi jurídico, no hace ninguna diferencia. Cuando en el Antiguo Testamento se usa la palabra jesed del Señor, esto siempre ocurre en relación con el pacto que Dios estableció con Israel. Este pacto fue, por parte de Dios, un regalo y una gracia para Israel. Sin embargo, dado que, en armonía con el pacto celebrado, Dios se había comprometido a respetarlo, jesed también adquirió en cierto sentido un contenido legal. El compromiso jurídico de parte de Dios, se dejó de cumplir cuando Israel rompió el pacto y no respetó sus condiciones. Pero precisamente en este punto, jesed, al dejar de ser una obligación jurídica, reveló su aspecto más profundo: se mostró como lo que era al principio, es decir, como amor que da, amor más poderoso que la traición, gracia más fuerte que el pecado.

Esta fidelidad frente a la infiel “hija de mi pueblo” (cf. Lam 4, 3, 6) es, en resumen, de parte de Dios, fidelidad a sí mismo. Se hace evidente en la frecuente recurrencia de los dos términos jesed… emet (gracia y fidelidad)…. “No es por tu bien, oh casa de Israel, por lo que voy a actuar, sino por mi santo nombre” (Ez 36,22). Por lo tanto, Israel, aunque cargado de culpa por haber roto el pacto, no puede reclamar el jesed de Dios sobre la base de la justicia legal, pero puede y debe seguir esperando y confiando en obtenerlo, ya que el Dios del pacto es realmente “responsable de su amor”. Los frutos de este amor son el perdón y la restauración de la gracia, el restablecimiento del pacto interior.         

Para ilustrar este punto, el Santo Padre Benedicto XVI, ofrece un comentario sobre la parábola del hijo pródigo. Esto dice del padre: “El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que siempre prodigaba a su hijo. Esta fidelidad se expresa en la parábola, no sólo por su disposición inmediata para dar la bienvenida al hijo, cuando éste regresa después de haber desperdiciado su herencia, sino que también se expresa en la alegría, en esa derrochadora celebración después de su regreso… La fidelidad del padre a sí mismo, es un rasgo ya conocido en el Antiguo Testamento, con el término jesed, el cual es al mismo tiempo expresado de una manera particularmente cargado de afecto”. Esto es lo que San Pablo quiere decir cuando escribe: “si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”. El Padre no puede negar su paternidad aunque nosotros, sus hijos, neguemos nuestra dignidad filial por el pecado. Él permanece fiel a su paternidad, a su amor constante. Esta es la base de nuestra propia fidelidad. No sólo nos da el ejemplo perfecto, para que podamos ser “imitadores de Dios” (Efesios 5, 1), sino que también nos da la base para la fe mediante la cual construimos sobre la roca de Dios.

B. El Pacto

Como señala nuestro Santo Padre, los términos jesed y emet, están relacionados con el deseo de Dios de hacer un pacto con el hombre. La naturaleza de un pacto, es distinta de cualquier otro contrato o acuerdo, por el hecho de que un pacto no se basa en un simple intercambio de promesas, más bien, se basa en el juramento mayor. Cada parte en un pacto se compromete con un juramento hecho en el santo Nombre de Dios, para transmitir el hecho de que así como Dios es inmutable y fiel, también lo es la promesa de uno. “¡Lo juro por Dios! ¡Lo juro por el santo Nombre de Dios!” Tal es la naturaleza de un pacto. Esto se explica en la Carta a los hebreos: “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, como no podía jurar por alguien mayor que Él, juró por sí mismo, diciendo: Sí, yo te colmaré de bendiciones y te daré una descendencia numerosa. Y por su paciencia, Abraham vio la realización de esta promesa. Los hombres acostumbran a jurar por algo más grande que ellos, y lo que se confirma con un juramento queda fuera de toda discusión. Por eso Dios, queriendo dar a los herederos de la promesa una prueba más clara de que su decisión era inmutable, la garantizó con un juramento. De esa manera, hay dos realidades irrevocables –la promesa y el juramento– en las que Dios no puede engañarnos. Y gracias a ellas, nosotros, los que acudimos a él, nos sentimos poderosamente estimulados a aferrarnos a la esperanza que se nos ofrece. Esta esperanza que nosotros tenemos, es como un ancla del alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo, allí mismo donde Jesús entró por nosotros, como precursor, convertido en Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”. (Hebreos 6, 13-20) 

Como señala el Dr. Scott Hahn: “Al jurar, una promesa se transforma invocando el nombre de Dios para pedir ayuda o bendición (‘ayúdame, Dios mío’). El que jura se coloca bajo el juicio divino y bajo una auto maldición condicional (‘sino, seré condenado’). El juramento es, por lo tanto, una forma de compromiso mucho más fuerte y más sagrado”.

También es importante tener en cuenta, que el pacto es distinto de cualquier otro contrato, en el sentido de que no implica el intercambio de bienes o servicios, sino el intercambio de personas. “Seré tu Dios y tú serás mi pueblo”, es una declaración frecuente del pacto. Se establece una relación personal que implica una entrega total. No es una entrega de una parte. Esto se ve en una analogía que se usa en las Escrituras: el hombre puede hacer un contrato con una prostituta para darle dinero a cambio de su cuerpo, pero esto es obviamente diferente del hombre que hace un pacto con su esposa, el cual implica, el intercambio mutuo de la totalidad de sí mismos. El primero no exige fidelidad, mientras que el segundo obviamente sí. El pacto hecho con Dios no fue una negociación de bienes, sino el establecimiento de la Familia de Dios. La totalidad de la entrega de sí mismo, por parte de Dios, se cumplió en la plenitud de los tiempos, cuando Dios envió a su Hijo unigénito a semejanza de nuestra carne.

C. La Encarnación

La Encarnación del Hijo Eterno del Padre es la promesa irrevocable de fidelidad de Dios a la raza humana. Dios se ha unido a nosotros irreversiblemente. Este es el fundamento del nuevo y sempiterno pacto. “Juró El Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Sal 110, 4). Jesucristo es el sacerdote según el orden de Melquisedec en virtud de la Encarnación, porque él es el mediador perfecto entre Dios y el hombre. “Voy a proclamar el decreto del Señor: Él me ha dicho: ‘Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy‘” (Salmo 2, 7). Aunque Cristo es el Hijo encarnado de Dios Padre, Él llama a todos los hombres a la filiación divina. 

Como consecuencia de la Encarnación, llamamos a la dispensación de la gracia, el “Nuevo Testamento” o la Nueva Alianza. Es interesante notar, que sólo hay un lugar donde Cristo mismo hace referencia explícita a una nueva alianza. ¿Dónde? Cuando él dice: “Tomen y beban todos de él, este es el cáliz de mi sangre, la sangre de la alianza nueva y eterna” (cf. Mat. 26, 27-8; 1 Cor. 11, 25). Es con la institución del Santísimo Sacramento, que Cristo enseña más claramente acerca de su intención de hacer un nuevo pacto. Esto es muy significativo. Como hemos dicho, un pacto consiste en el intercambio mutuo de juramentos, que implica la recíproca entrega de personas.

En el año 112 DC, Plinio el Joven, escribió una carta al emperador Trajano, cuyo texto se conserva hasta hoy. En esta carta, entre otras cosas, Plinio informó que un interrogatorio había sido hecho a un cristiano capturado. El cautivo se vio obligado a revelar lo que hacen los cristianos en sus reuniones secretas. El declaró que cuando los cristianos se reunían, “se sacramento obstringere” (para unirse por juramento). Eso puede parecernos extraño. ¿Es eso lo que hacemos cuando nos reunimos? ¡Sí! Esto se refiere al sacrificio eucarístico del que ya se habló en el primer siglo como sacramento (del que derivamos la palabra sacramento). La palabra latina sacramentum, en la época de la Iglesia cristiana primitiva, se refería al juramento de lealtad de un soldado al emperador romano. Por lo tanto, los primeros cristianos entendieron la Eucaristía en términos de un juramento de lealtad a Jesucristo, el rey de reyes, cuyo reinado trascendió el Imperio Romano. Esto fue sin duda, en gran parte, una de las razones básicas, para la persecución romana de los cristianos. Los funcionarios imperiales romanos, tenían una tenue visión de sus súbditos, haciendo juramentos de lealtad a cualquier otra persona que no fuera el emperador. Este juramento de lealtad no buscaba destronar políticamente al emperador romano. Sin embargo, tampoco estaba simplemente en el ámbito espiritual. Como dice un erudito:     

Esta sumisión se produjo no sólo en el nivel intangible “espiritual” o simplemente en el nivel “litúrgico”, que probablemente Roma hubiera tolerado, sino en el nivel tangible de la ética y la declaración de valores en el ámbito social de las relaciones interpersonales. … En otras palabras, pocos cristianos en esos primeros siglos podrían haber consumido el [Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía] a menos que también se hayan constituido real y tangiblemente como el cuerpo de Cristo en el mundo.

El intercambio mutuo de personas es evidente en el acto de la Sagrada Comunión, en el cual Cristo dice a cada uno de los fieles: “tomen y coman, este es mi cuerpo”, y los fieles responden dando su cuerpo y alma para ser el cuerpo de Cristo en el mundo. Lo que se dice aquí acerca de la Eucaristía es cierto para todos los sacramentos. Cada uno a su vez implica un juramento de Dios y una respuesta del hombre. Los votos bautismales, la renovación de los mismos en la confirmación, los votos matrimoniales, el acto de contrición que contiene la promesa: resuelvo firmemente no pecar más, etc. son todas promesas serias hechas a Dios, en respuesta a su promesa de hacer de nosotros sus hijos.

Categorías
Cartas Circulares OA-Espiritualidad Vida religiosa Virtudes cristianas

CC40

III La Purificación

8. No alimentes tus anhelos

Una vez en un restaurante vi que decía en el menú: «¡Ríndete al impulso!». Este es el lema del cuerpo mimado, del mocoso tirano, formado por la indulgencia del alma. Como resultado, el cuerpo controla el alma, haciendo que el alma sea su sirvienta. El guardián de la pureza es lo opuesto a ceder al impulso. San Pablo escribió: «Castigo mi cuerpo y lo someto; no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado» (1 Cor 9,27). Aunque Cristo usó un látigo para limpiar el Templo, el tipo de castigo que observamos para limpiar el templo de nuestro cuerpo, no necesita ser tan severo. Pero sí tiene que ser consistente. Al igual que en la disciplina de los niños, se necesitan pautas muy claras y consistentes, también en la disciplina del cuerpo. Si permite excepciones, el cuerpo, como cualquier otro mocoso, siempre se quejará por la excepción.  

9. Obediencia

La desobediencia a Dios causa desobediencia en el hombre. El desorden de las pasiones llamado concupiscencia, es consecuencia de la desobediencia. La forma en que se restablece el orden es a través de la obediencia a la autoridad legítima y a un confesor o director espiritual, la obediencia a la ley de Dios. 

10. Humildad

Una verdadera clave para la pureza es la humildad. Es importante notar que los escritores espirituales enseñan, que a veces Dios permitirá el mal de los pecados contra la castidad como un medio para humillar el orgullo de una persona. Está claro que Dios nunca quiere ningún pecado, sin embargo, permitirá que una persona caiga en un pecado menor para salvarlo de un pecado mayor, de un pecado mortal. El orgullo, especialmente el orgullo espiritual, a menudo no se detecta por parte de la persona que lo tiene. Sin embargo, tiene consecuencias devastadoras: 

El padre Olier explica así este hecho: «Dios, que no puede sufrir el orgullo en el alma, la humilla hasta lo más profundo; y, deseando mostrarle al alma su debilidad, y que no tiene poder por sí misma para resistir el mal y perseverar en hacer el bien… permite que sea atormentada por esas terribles tentaciones y por momentos también le permite caer, pues tales tentaciones son las más vergonzosas y dejan atrás una gran confusión». Cuando, por otro lado, uno está firmemente convencido de que uno mismo no puede ser casto, repite la humilde oración de San Felipe Neri: «Dios mío, ten cuidado con Felipe; de ​​lo contrario te traicionará». 

Pero también se debe ser consciente del desafío de no caer en el orgullo como resultado de tener éxito en la superación de las tentaciones contra la pureza. No es bueno ser tan puro como un ángel, si al mismo tiempo eres tan orgulloso como el demonio. 

Aquellos que están libres de las tentaciones (de la carne) han caído ante el demonio de la vanagloria, ya que los pensamientos sucios ya no preocupan sus corazones, son víctimas del orgullo. Estas personas descubren si esto es cierto o no, si una vez que han alcanzado una cierta quietud se callan tranquilamente. Entonces descubrirán que en el fondo de sus corazones, como una serpiente en el estiércol, existe la noción de que, con sus propios esfuerzos y entusiasmo, lograron grandes avances en la pureza. ¡Pobres miserables! Olvidaron el dicho: «¿Y qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4, 7) ya sea de Dios o como resultado de la ayuda y las oraciones de otros, que tengan cuidado entonces. Dejen que con todo celo expulsen de sus corazones la serpiente mencionada anteriormente. Déjenlos matarle con gran humildad, de modo que cuando se hayan deshecho de ella, puedan ser despojados de esa piel, y cantar como niños puros, un himno triunfante de castidad al Señor. Sólo esperemos que cuando sean despojados de este modo, no encuentren que están privados de la humildad y la libertad de la malicia tan natural de los niños.

B. Purificación de la creación de material.

Con respecto a la purificación de la creación física, San Pedro escribió: «el Día del Señor llegará como un ladrón, y ese día, los cielos desaparecerán estrepitosamente; los elementos serán desintegrados por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será consumida”. Ya que todas las cosas se desintegrarán de esa manera, ¡qué santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes, esperando y acelerando la venida del Día del Señor! Entonces se consumirán los cielos y los elementos quedarán fundidos por el fuego. Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia» (2 Pt 3, 10-13). Esta quema de la creación parece avanzar hacia el juicio final. El tema del fuego que se presenta ante el juez ocurre en el Antiguo Testamento:  

Ya viene nuestro Dios, y no callará; un fuego devorador lo precede, la tempestad ruge a su alrededor. Él llama desde lo alto al cielo y a la tierra, para entablar un juicio contra su pueblo: “Reúnanme a mis amigos, a los que sellaron mi alianza con un sacrificio”. ¡Que el cielo proclame su justicia, porque el Señor es el único Juez! (Salmo 50, 3-6)

¡El Señor reina! Alégrese la tierra, regocíjense las islas incontables. Nubes y Tinieblas lo rodean, la Justicia y el Derecho son la base de su trono. Un fuego avanza ante él y abrasa a los enemigos a su paso. (Salmo 97, 1-4)

En el día de la ira del Señor, no salvará a la gente ni su plata ni su oro, porque el fuego de sus celos devorará toda la tierra. ¡Todos los habitantes de la tierra quedarán destruidos en un solo instante! (So 1,18) 

Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos. ¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos. Él se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y la plata. Luego Yo me acercaré a ustedes para el juicio. (Mal 3, 1-5) 

La pregunta es la siguiente: ¿Qué significa esta quema de cielo y tierra? ¿Significa que toda la creación física tal como la conocemos será completamente aniquilada? De la cita de San Pedro parecería que todas las cosas desaparecerán en completa destrucción. «Los cielos pasarán con gran violencia, y los elementos y las obras que están en él se quemarán».

Para responder a esta pregunta, debemos mirar lo que las Sagradas Escrituras y la Tradición enseñan a este respecto. Podemos comenzar con una cita de San Agustín quien enseñó, que la creación física no será destruida. «Porque cuando se termine el juicio, el cielo y la tierra dejarán de existir, y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva. Porque este mundo pasará por transformación, no por destrucción absoluta. Y por eso el apóstol dice: ‘Porque apariencia de este mundo es pasajera. Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes’ (1 Cor 7, 31-32). La apariencia, por lo tanto perece, no la naturaleza».

El profeta Malaquías, a quien se citó anteriormente, lo confirma aún más. En ese pasaje, el fuego que precede al juicio es claramente un fuego de purificación y no de destrucción total. Otro apoyo se encuentra en San Pablo: “La obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno. Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego” (1 Cor 3, 13-15). Aunque San Pablo habla principalmente de obras espirituales que deben construirse sobre la base de la fe para sobrevivir, parece que él, al mismo tiempo, se refiere a otro nivel de realidad. Él habla de ese fuego que quemará todo el «rastrojo y el heno» en la creación, dejando sólo el «oro y las piedras preciosas» con las cuales está construida la Jerusalén celestial. Esta es una figura para la purificación de la creación material. 

Otro testigo del hecho de que no habrá destrucción completa de ninguno de los elementos, es Santo Tomás de Aquino. Él escribe que algunas personas sostuvieron que en la conflagración final, algunos de los elementos a saber, el agua y el fuego, sólo sobrevivirán materialmente mientras que su forma se perderá por completo, dejando solo aire (el cielo) y tierra que serán nuevos. Santo Tomás dice que esta opinión es completamente absurda y opuesta tanto a la filosofía como a la teología. Es especialmente absurdo pensar que la perfección del universo solo se puede lograr mediante la destrucción total de la naturaleza de algunas de sus partes integrales.

La creación física que fue creada para el estado final de gloria no es apta para esa gloria. El obstáculo para la gloria es la corrupción, que es consecuencia del pecado. «Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción puede heredar lo que es incorruptible. Les voy a revelar un misterio: No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final –porque esto sucederá– los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. Lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad» (1 Cor 15, 50-53). La libertad de la corrupción no es solo para los cuerpos resucitados de los hombres, sino para toda la creación física. Como dice San Pablo en otro lugar: «En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto» (Rom 8, 19-22). San Agustín explica esto: «Por esta conflagración universal, las cualidades de los elementos corruptibles que se adaptan a nuestros cuerpos corruptibles, por una maravillosa transformación, armonizarán con nuestros cuerpos inmortales, de modo que, a medida que el mundo mismo se renueve en algo mejor, se acomodará apropiadamente a los hombres, y ellos mismos serán renovados en su carne en algo mejor».  

¿Cómo se logra esto? Según la estructura jerárquica de la creación establecida por Dios, mediante la cual Dios colocó a los ángeles por encima del hombre y al hombre para que dominara la tierra, parece probable que la purificación no se produzca simplemente por la influencia del fuego material, sino por la cooperación del hombre, en unión con los santos ángeles. La santificación de la creación y su liberación de la esclavitud del enemigo, se logra a través de medios espirituales como la oración, los sacramentales y el uso adecuado de las cosas para la gloria de Dios, de modo que la creación material también pueda conducir a su transfiguración final en Cristo.

III. La pureza de María

No podemos hablar de pureza sin mencionar a quien Dios le ha dado al mundo como el principio y el modelo de nuestra purificación: la Virgen María. Como se expresa en la Misa de la Inmaculada Concepción: «No permitiste que ninguna mancha del pecado de Adán tocara a la Virgen María. Llena de gracia, ella debía ser una madre digna para tu Hijo, signo de tu favor a la Iglesia en su comienzo, y la promesa de su perfección como la novia de Cristo, radiante de belleza». María fue entregada a la Iglesia como el principio y como promesa final. San Gregorio Taumaturgo indica un paralelo importante que revela la pureza de María: 

Primero el ángel se dirigió a ella con el saludo: «Salve, ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo» El mismo Dios está contigo, Él es el Señor de la santificación, el Padre de la pureza, el Autor de la incorrupción, y el Dador de la libertad, el Curador de la salvación, el Encargado y Proveedor de la verdadera paz, que de la tierra virgen hizo al hombre, y del costado del hombre formó a Eva. Incluso este Señor está contigo, y también es tuyo.

Así como Adán se formó de la «tierra virgen», la tierra que no estaba manchada por el pecado, y del costado de Adán vino Eva. Del mismo modo, de la Virgen sin pecado original, vino el segundo Adán, Cristo, y de su costado vino su esposa, la Iglesia.

La Virgen María, es el templo creado para ser el lugar donde Dios podría estar con los hombres. De esta manera, ella proporciona el modelo tanto para el hombre como para la creación física. «Debido a su obediencia por la fe y al misterio de la encarnación, hiciste de la Santísima Virgen tu templo sin mancha; una casa de oro adornada por el Espíritu con todo tipo de virtudes, un palacio real resplandeciente con la presencia de Aquel que es la Verdad, la ciudad santa, regocijándose en sus corrientes de gracia, el arca de la Nueva Alianza, que consagra al autor de la Nueva Ley, Jesucristo nuestro Señor».

Recemos, por lo tanto, a la Virgen María, pidiéndole que nos enseñe la pureza. Así como su Corazón Inmaculado «exaltó a Dios, su Salvador», así nuestros corazones pueden hacerse puros imitando la singularidad de su amor.

Categorías
Cartas Circulares OA-Espiritualidad Vida religiosa Virtudes cristianas

CC39

II. Los medios de purificación

A. Purificación del hombre.

Cuando hablamos de la purificación del hombre, notamos que tiene dos partes. San Juan de la Cruz escribió: «Un pájaro atrapado en ajonje tiene una tarea que consta de dos partes: por un lado debe liberarse y por otro debe limpiarse. Al satisfacer sus apetitos, la gente sufre de dos maneras: por un lado deben desprenderse y por otro lado, después deben limpiarse de lo que se les ha adherido». No se debe creer que nos volvemos puros simplemente evitando o liberándonos de elementos contaminantes. También se necesita un proceso activo de purificación. Pero primero tenemos que deshacernos de las fuentes de impureza. 

1. Medidas preventivas: custodia de los sentidos

La estricta custodia de los sentidos, protege el alma de las muchas impurezas que pasan a través de ellos. En la preparación para la ordenación, solía haber tareas menores. Una de los cuales era la de ser portero. Esta tarea consistía en vigilar la puerta de la iglesia para determinar quién o qué podía entrar. Esta es una función importante de nuestro sacerdocio común en Cristo: proteger el templo de Dios de la contaminación. Todos los sentidos son las puertas del alma, sobre las cuales debemos tener vigilancia. 

Este es especialmente el caso con los ojos. «Recuerda que un ojo codicioso es algo malo. ¿Qué se ha creado más codicioso que el ojo?» (Sir 31,13). La televisión e Internet y otras cosas similares complacen la codicia de los ojos. “La lámpara de tu cuerpo son los ojos; si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo estará iluminado; pero si están enfermos, todo tu cuerpo estará oscuro. Y si la luz que hay en ti está apagada, ¡cuánta será la oscuridad!» (Mateo 6, 22-23).   

2. Contra la idolatría de la codicia

Más allá de los peligros contra la castidad, el hombre debe proteger el corazón contra la codicia. Los fariseos eran conocidos por su codicia y su preocupación por la riqueza material. Por esto, Cristo, los reprendió: «Vosotros los fariseos limpiáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad. ¡Insensatos! ¿No hizo también lo interior el que hizo lo exterior? Dad limosna de lo que tenéis, y entonces tendréis todo limpio” (Lc 11, 39-41). Aquí, nuestro Señor da el remedio más seguro al peligro de contaminase: «Da limosna aquellas cosas que están dentro tuyo». Es decir, aquellas cosas que son tu «tesoro», donde está tu corazón, da limosna y entonces serás limpiado.

San Pablo advirtió a los primeros cristianos que no se asociaran con la idolatría: 

¿Qué relación hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque nosotros somos el templo del Dios vivo; como dijo Dios: Habitaré y caminaré en medio de ellos; Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Por esto: Salid y separaos de ellos -dice el Señor- no toquéis nada impuro, y Yo os recibiré. Yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”. Como tenemos estas promesas, amados, limpiémonos de toda contaminación del cuerpo y del espíritu, y perfeccionemos la santidad en el temor del Señor. (2 Cor 6, 16-18) 

«¡Sal de entre ellos y no toques nada impuro!» Debemos vivir en el mundo pero no debemos contaminarnos con la idolatría que prevalece en el mundo: materialismo, mercantilismo, consumismo. Esto exige una «custodia del corazón». Como nuestro Señor enseñó: “Lo que sale del hombre es lo que mancha al hombre. Porque del corazón del hombre proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, robos, asesinatos, el adulterio, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, el orgullo, la necedad. Todas estas cosas malas salen de adentro y hacen impuro al hombre” (Mc 7, 20-23). 

Además, existe la custodia de la lengua, que es muy importante: “En lo que se refiere a la fornicación y a toda clase de impureza o avaricia, que ni siquiera se nombre entre vosotros, como debe ser entre creyentes; ni palabras deshonestas, necedades, ni truhanerías, cosas que no están bien; por el contrario, alabad a Dios. Porque tened bien entendido, que ningún fornicario, impuro, o avaro -que es lo mismo que un idólatra- ha de heredar el reino de Cristo y de Dios” (Ef 5, 3-5).  

3. Sacramentos

Más allá de la liberación de uno mismo, también está la tarea de la purificación. Nuestro principal medio de purificación nos llega a través de los sacramentos. El primero es el Bautismo. San Pablo enseña su poder de limpieza: «Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella, para poder santificarla, por medio del agua del bautismo y de la palabra, para prepararse una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa y perfecta” (Ef 5, 25-27). 

Para los pecados cometidos después de nuestro bautismo, especialmente los pecados mortales, Cristo le ha dado a la Iglesia el sacramento de la confesión para limpiar nuestras almas del «polvo» que recogemos en el camino. Esto se refleja en lo que nuestro Señor hizo con sus apóstoles, antes de la institución de los sacramentos de la Eucaristía y del Orden Sagrado, les lavó los pies. Cuando Pedro sugirió a Jesús que también le lavara la cabeza y su cuerpo, nuestro Señor respondió: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, pues está completamente limpio; y vosotros estáis limpios, aunque no todos. Jesús sabía muy bien quién iba a traicionarlo; por eso dijo: «No todos estáis limpios” (Jn 13, 10-11). Ya habían sido bautizados, y ahora, en preparación para la ordenación, siguiendo las prescripciones del rito de ordenación instituido para Aarón, les limpia los pies. Algunos comentaristas de las Escrituras consideran que esto apunta al Sacramento de la Confesión, que solo se instituiría completamente después de la resurrección de Jesús.  

4. Oración

Otro poderoso medio de purificación, se provee en la dispensación de indulgencias de la Iglesia. Las indulgencias son la forma en que la Iglesia indica y distribuye los medios para eliminar el «castigo temporal debido al pecado». Como se explica en el Catecismo de la Iglesia Católica:  

Todo pecado, incluso venial, conlleva un apego poco saludable a las criaturas, el cual debe ser purificado aquí en la tierra o después de la muerte en el estado del Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama «castigo temporal» del pecado. Este castigo no debe ser concebido como una especie de venganza infligida por Dios desde afuera, sino como una continuación de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una caridad ferviente, la cual puede lograr la purificación completa del pecador de tal manera que ya no quede castigo alguno. 

La oración, la limosna, las penitencias y la profesión pública de la fe, son cuatro formas de obtener indulgencias, y por lo tanto, son medios muy efectivos para liberarse del «apego no saludable a las criaturas». Debemos orar como David en el Antiguo Testamento, «Crea en mí un corazón puro» (Sal 51,12). San Juan de la Cruz explica: «Las almas son purificadas en la otra vida por el fuego, pero aquí en la tierra son limpiadas e iluminadas sólo por el amor. David pidió este amor cuando dijo: “oh Dios, crea en mí un corazón puro”. La limpieza del corazón es nada menos que el amor y la gracia de Dios. Los puros de corazón son llamados bienaventurados por nuestro Salvador, y llamarlos así es equivalente a decir que son tomados con amor, porque la bienaventuranza no se deriva de nada más que del amor”. Cuando oramos por un corazón puro, oramos por la capacidad de amar a Dios completamente con nuestro corazón. 

5. La palabra de Dios

Uno de los medios más poderosos de la pureza es la Palabra de Dios. Cristo le dijo a sus apóstoles la noche antes de morir: “Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he dicho. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no está unido a la vid, así tampoco vosotros, si no estáis unidos a Mí» (Jn 15, 3-4a). 

El poder de la Palabra de Dios se ilustra en una historia contada por el peregrino ruso. El peregrino conoció a un soldado que en un momento de su vida, había perdido casi todo debido a un grave hábito de beber. El soldado intentó muchas formas diferentes de romper el hábito. Nada funcionó. Finalmente, un monje le aconsejó que leyera los Evangelios. Cada vez que estaba tentado a beber, debía leer un capítulo del Evangelio. Si la tentación continuaba, debía leer otra, hasta que la tentación pasara. Al principio, el hombre no siguió el consejo. Más bien, puso los Evangelios en su baúl para guardarlos. Hasta que un día: 

Un deseo irresistible de beber me llevó a apresurarme a abrir mi baúl para obtener algo de dinero y salir corriendo a la casa pública. Pero lo primero que me llamó la atención fue la copia de los Evangelios, y todo lo que el monje había dicho me vino a la mente. Abrí el libro y comencé a leer el primer capítulo de San Mateo. Llegué al final sin entender una palabra. Aun así recordé que el monje había dicho: «No importa si no lo entiendes, sigue leyendo diligentemente». «Vamos», dije, «debo leer el segundo capítulo». Lo hice y comencé a entender un poco. Entonces comencé en el tercer capítulo y luego la campana del cuartel comenzó a sonar; todos tenían que irse a la cama, a nadie se le permitía salir y yo tenía que quedarme donde estaba. Cuando me levanté por la mañana, estaba a punto de salir a buscar vino cuando de repente pensé, ¿y si leyera otro capítulo? ¿Cuál sería el resultado? Lo leí y no fui a la casa pública. Nuevamente sentí el antojo, y nuevamente leí un capítulo. Sentí cierto alivio. Esto me animó, y a partir de ese momento, cada vez que sentía la necesidad de beber, solía leer un capítulo de los Evangelios. Aún más, a medida que pasó el tiempo, las cosas mejoraron y mejoraron, y cuando terminé los cuatro Evangelios, mi embriaguez ya era absolutamente cosa del pasado, y no sentí sino disgusto por ello. Hace veinte años que tomé la última gota de alcohol. 

La Palabra de Dios primero purifica como un medio de separación: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más aguda que espada de dos filos; ella penetra hasta la división del alma y el espíritu, de las articulaciones y de la médula, y es capaz de juzgar los sentimientos y los pensamientos” (Hebreos 4,12). Pero también es el medio de conversión, de regreso a Cristo, y la unión con Él y el Padre. «Si alguien me ama, él guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y nosotros iremos a él y haremos nuestro hogar en él» (Jn 14,23). El guardar la palabra de Cristo significa no solo vivirla, sino guardarla en el corazón como lo hizo María (Lc 2,51).

6. La lucha contra las tentaciones de los espíritus inmundos

Nuestra lucha por la pureza no es simplemente de carne y hueso, sino también contra los espíritus impuros. Una indicación de que una tentación proviene del diablo es cuando aparece aparentemente de la nada, es vil y persistente. «Los pensamientos sucios y vergonzosos en el corazón generalmente son causados ​​por el engañador del corazón, el demonio de la fornicación; solo la moderación, y de hecho, el desprecio por ellos, probará ser un antídoto». Nuestra mejor defensa es huir de ellos, apartar la mente de ellos. Pero también se debe,  hacer un acto claro de la voluntad contra ellos, cortar la capa de niebla que el enemigo desea usar para nublar nuestros pensamientos. Digamos: «No deseo estos pensamientos. Te alabo Dios por tu Sabiduría y Santidad y no me permitas ofenderte de ninguna manera. Jesús, te amo, confío en tu amor por mí. María, por tu Inmaculada Concepción, haz mi cuerpo puro y mi alma santa». 

7. La lucha del cuerpo contra el espíritu

Además de los ataques del diablo contra la pureza, tenemos que lidiar con nuestro propio cuerpo. Esto lo expresa San Pablo: «Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi razón, y que me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7, 22-24).

Juan Clímaco expresa elocuentemente el aparente dilema que surge debido a nuestra naturaleza dual de cuerpo y alma:  

¿Con qué regla o manera puedo atar este cuerpo mío? ¿Con cuál precedente puedo juzgarlo? Antes de poder atarlo, lo sueltan, antes de que pueda condenarlo, me reconcilio con él, antes de que pueda castigarlo, me inclino ante él y siento pena por él. ¿Cómo puedo odiarlo cuando mi naturaleza me dispone a amarlo? ¿Cómo puedo separarme de él cuando estoy atado a él para siempre? ¿Cómo puedo escapar de él cuando él se levantará conmigo? ¿Cómo puedo hacerlo incorrupto cuando ha recibido una naturaleza corruptible? ¿Cómo puedo discutir con él cuando todos los argumentos de la naturaleza están de su lado? Si trato de atarlo a través del ayuno, entonces estoy juzgando a mi vecino que no ayuna, con el resultado de que me lo entregan nuevamente. Si lo derroto al no emitir un juicio, me enorgullezco, y estoy esclavizado por él una vez más. Él es mi ayudante y mi enemigo, mi asistente y mi oponente, un protector y un traidor. Soy amable con él y él me ataca. Si lo desgasto, se debilita. Si descansa, se vuelve rebelde. Si lo molesto, no puede soportarlo. Si lo mortifico me pongo en peligro. Si lo derribo, no me queda nada para adquirir virtudes…

¿Cuál es este misterio en mí? ¿Cuál es el principio de esta naturaleza mixta de cuerpo y alma? ¿Cómo puedo ser mi propio amigo y mi propio enemigo? ¡Háblame! ¡Háblame, mi compañero de yugo, mi naturaleza! No puedo preguntarle a nadie más sobre ti. ¿Cómo puedo permanecer ileso por ti? …

Y esto es lo que la carne podría decir en respuesta: «Nunca te diré lo que aún no sabes. Hablaré del conocimiento que ambos tenemos. Dentro de mí está mi progenitor, el amor a mí mismo. El fuego que viene a mí desde el exterior son demasiados mimos y cuidados. El fuego dentro de mí es un pasado fácil y las cosas hechas hace tiempo. Concebí y di a luz a los pecados, y cuando nacieron engendraron la muerte por la desesperación. Y, sin embargo, si has aprendido la segura y arraigada debilidad, tanto en ti como en mí, habrás atado mis manos. Si matas de hambre tus deseos, habrás atado mis pies, y ya no podrán viajar más. Si hubieras tomado el yugo de la obediencia, habrías echado a un lado mi yugo. Si hubieras tomado posesión de la humildad, me habrías cortado la cabeza». 

El problema es claro. La fuente de la dificultad proviene del alma misma: «dentro de mí está mi progenitor», falso amor a uno mismo, consentir, cuidar y tranquilizar. La solución es igualmente clara: matar de hambre los anhelos, obediencia, humildad. 

Categorías
Cartas Circulares Passio Domini Vida religiosa Virtudes cristianas

CC38

La Pureza

María en su Inmaculada Concepción fue pura y transparente para Dios, sin desorden, sin perturbación interior, ni inquietud. Nosotros también debemos aprender a ser puros, honestos y simples, sin motivaciones o deseos paralelos, llenos de disciplina en cuerpo y alma. De esta manera estaremos tranquilos y listos para la llamada del ángel.

Sobre la Santa Pureza

¿Quién puede subir al monte del Señor?, ¿Quién puede estar en el recinto sacro?. El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos, ni jura contra el prójimo en falso. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Este es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob. (Salmo 23,3-6)

Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mateo 5, 8)

I. La pureza de los ángeles, los hombres y la creación física.

A. La pureza como objetivo de nuestra peregrinación

La meta final del ángel, el hombre y toda la creación física, en la gloriosa fiesta de bodas del Cordero, es descrita por San Juan en el Libro del Apocalipsis: “Regocijémonos, saltemos de júbilo y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero; su esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de finísimo lino blanco y resplandeciente; porque el fino lino son las buenas acciones de los santos”. (Apocalipsis 19, 7-8).

La condición previa para participar en este banquete de bodas, es la pureza de corazón. En el Antiguo Testamento, las vasijas del templo tenían que ser de oro puro. Así también en la Jerusalén celestial, aquellos que son vasijas del amor de Dios, en el cielo son puros (Apoc. 21, 18-21, 27). Por esta razón, San Pablo instruyó a los Tesalonicenses: “Esta es la voluntad de Dios, su santificación: que se abstengan de la inmoralidad; que cada uno de ustedes sepa cómo controlar su propio cuerpo en santidad y respeto, no en la pasión de la lujuria como los paganos que no conocen a Dios; que nadie se atreva a perjudicar ni a dañar en esto a su hermano, porque el Señor hará justicia por todas estas cosas, como ya se lo hemos dicho y atestiguado, porque Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad. Por eso, el que rechaza estas normas, no rechaza al hombre, sino a Dios, quien da su Espíritu Santo” (1Tes 4, 3-8).

Aunque a menudo pensamos en la pureza únicamente en términos de castidad, la Iglesia reconoce una comprensión mucho más amplia. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: ” ‘Puro de corazón’ se refiere a aquellos que han sintonizado su intelecto y voluntad con las demandas de la santidad de Dios, principalmente en tres áreas: caridad, castidad o rectitud sexual, amor a la verdad y ortodoxia de la fe. Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe”. 

En esta conferencia consideraremos la pureza de los ángeles, del hombre y de la creación física. También discutiremos algunos medios prácticos para trabajar por la purificación de aquellas cosas que han sido contaminadas en el hombre y en la creación.

B. Pureza de los ángeles

Los santos ángeles ya son puros. Han sido purificados por la luz de Dios, es decir, por su Palabra. Cristo es la pureza de los ángeles. San Juan de la Cruz enseñó que el intelecto creado debe pasar por una especie de purificación oscura para lograr la unión con la luz divina. “Para que el intelecto alcance la unión con la luz divina y se vuelva divino en el estado de perfección, [una] contemplación oscura, primero debe purgarlo y aniquilarlo de su luz natural, para así llevarlo a la oscuridad. Es apropiado que esta oscuridad dure tanto tiempo como sea necesario, para la expulsión y aniquilación de la forma habitual de comprensión del intelecto, y que la luz y la iluminación divinas tomen su lugar”.

Esta es una purificación que toma su lugar en y a través de la Verdad. “La sabiduría misma de Dios… purga a los ángeles de sus ignorancias y les da entendimiento al iluminarlos en asuntos que ignoran”. Los ángeles son purificados por la luz sobrenatural de la verdad. Los que rechazan esta verdad se convierten en una mentira. Satanás es un mentiroso desde el principio y de la mentira (Jn 8,44). San Agustín escribió:

“La verdadera Luz, que ilumina a cada hombre que viene al mundo”, esta Luz también ilumina a cada ángel puro, para que pueda ser luz no en sí mismo, sino en Dios; de quien si un ángel se aleja, se vuelve impuro, son todos aquellos que se llaman espíritus inmundos, y ya no son luz en el Señor, sino oscuridad en sí mismos, siendo privados de la participación de la Luz eterna. Porque el mal no tiene naturaleza positiva; así la pérdida del bien ha recibido el nombre de “mal”.

La impureza de los ángeles consiste en alejarse de Dios. Se volvieron “falsos” para Dios y para ellos mismos. Por lo tanto, su impureza es esencialmente su apostasía de la fe.

C. La pureza de los hombres

El hombre fue creado para poder conocer y amar a Dios y servirle a través de su cuerpo. Fue creado como un templo y un microcosmos. Esto está bellamente expresado por San Clemente de Alejandría, quien habla sobre cómo la Palabra de Dios formó al hombre en armonía y para ser un templo:

Y el que es de David, y sin embargo antes que él, la Palabra de Dios, despreciando la cítara y el arpa, que no son más que instrumentos sin vida, y habiendo sintonizado el universo por el Espíritu Santo, y especialmente el hombre, que está compuesto de cuerpo y alma, es un universo en miniatura (microcosmos), hace melodía para Dios en este instrumento de muchos tonos; y por este instrumento, quiero decir hombre, canta en conformidad: “Porque tú eres mi cítara y arpa, mi templo” – un arpa para la armonía – una cítara en razón del Espíritu – un templo en razón de la palabra; para que el primero suene, el segundo inhale, el tercero contenga al Señor”.

Cuando San Pablo enseñó a los corintios que ellos eran el templo de Dios, él no estaba inventando una nueva doctrina. “Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo” (1 Cor 3,17). Cristo ya había indicado que su cuerpo era un templo. Cuando limpió el templo en Jerusalén de los cambistas, los Sumos Sacerdotes le preguntaron qué señal podía dar, para demostrar que tenía autoridad para hacer tal cosa. Él respondió: “Destruyan este templo, y en tres días lo volveré a construir”. Aunque lo dicho por Jesús fue distorsionado en el juicio, al decir que tenía la intención de destruir el templo, ellos sabían lo que estaba diciendo. “Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn 2,21). Pusieron guardias en su tumba basándose en esta única predicción sobre su resurrección. Sabían lo que Jesús estaba diciendo porque no era una noción poco común, aquella de que el hombre fue creado para ser un microcosmos, y que el cosmos era el templo de Dios. 

Esto da una indicación especial de la necesidad de la pureza del hombre. Así como el templo debe ser preservado de la profanación y la contaminación, también el cuerpo y el alma del hombre.

  1. Causas de impureza

Al igual que los ángeles, el hombre también se vuelve impuro como consecuencia de su alejamiento de Dios y su cercanía a algunos bienes creados. En general, hablamos de pureza en términos de que una sustancia preciosa esté libre de cualquier mezcla de otra sustancia de menor valor. No llamaríamos “impuro” a un metal básico que tiene rastros de oro. Estaría más ennoblecido que impuro, mientras que el oro, que tienen algunos metales mezclados es impuro. Así también sucede con el alma. El alma puede unirse por amor a lo que es superior, a Dios, pero no a lo que está por debajo de Él. El alma que se aparta de su objetivo, el Creador, para sumergirse en la creación se vuelve impura. San Juan de la Cruz escribió:

El alma que lleva dentro de sí el más mínimo apetito por las cosas mundanas tiene mayor impureza e indecencia en su viaje a Dios, que si estuviera preocupada por todas las horribles y molestas tentaciones y tinieblas que se pueden describir; porque, mientras no consienta estas tentaciones, un alma así probada puede acercarse a Dios con confianza, haciendo la voluntad de Su Majestad, quien proclama: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.” (Mt 11,28).  

  1. Volviéndose hacia los bienes materiales

Nuestro amor por los bienes materiales debe ser ordenado por el amor a la caridad, como lo explicó San Clemente de Alejandría:

En el alma impura, la gracia de Dios no haya entrada. Y esa alma que está contaminada, pues abunda en ella la lujuria, se encuentra angustiada en medio de muchos afectos mundanos. Pues aquel que se aferra a sus posesiones, plata, oro y casas, como dones de Dios; y los administra para Dios que los da para la salvación de los hombres; y sabe que los posee más por el bien de los hermanos que por el suyo; y es superior a la posesión de ellos, no es esclavo de las cosas que posee; y no los lleva en su alma, ni ata y circunscribe su vida a ellos, sino que siempre está dedicándose en algún trabajo bueno y divino, incluso si queda necesariamente privado de ellos por algún tiempo, es capaz de soportar con una mente alegre de igual forma, tanto su remoción como su abundancia. Este es aquel que es bendecido por el Señor, y llamado pobre en espíritu, un heredero del reino de los cielos.

San Pablo equipara la codicia con la idolatría: “Porque pueden estar seguros de que nadie que sea avaro (es decir, idólatra), inmoral o impuro tendrá herencia en el Reino de Cristo y de Dios.” (Ef 5, 5). A su vez, todos los profetas del Antiguo Testamento equipararon la idolatría con el adulterio hacia Dios (por ejemplo, Oseas 1, 2). San Pablo también habla sobre cómo el pecado de la idolatría conduce a pecados reales contra la castidad: “Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles. Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén.” (Romanos 1, 22-25).   

  1. Pecados contra la castidad

En términos generales, una de las formas más comunes de esclavizar a las creaturas es a través de los pecados contra la castidad. (Hay otras adicciones como el abuso de drogas, hoy tan comunes y tal vez aún más esclavizadoras). La impureza es un pecado que puede cautivar fácilmente la mente, el corazón y el cuerpo del hombre. Como este pecado tiene un efecto particularmente devastador en la santidad del alma, San Pablo advirtió a los corintios: “Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo.  ¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios.” (1Cor 6,18).

D. La pureza de la creación física.

Además de la pureza del hombre y del ángel, también la creación física está llamada a la pureza. Esto se refleja en el hecho de que el cosmos también se crea como el templo sagrado de Dios. El Dr. Scott Hahn escribió: “El relato de la creación enseña la verdad más fundamental sobre el mundo que se formó, para ser un lugar sagrado para la presencia de Dios, y la adoración sacerdotal del hombre en sacrificio. En otras palabras, Dios quiere que veamos el mundo como un macro templo”.

Causa de impureza de la creación

Sin embargo, la creación física se ha vuelto impura como consecuencia de la caída de Adán. El pecado del hombre tiene un efecto contaminante y corruptor en la creación. “Maldito es el suelo por tu culpa” (Gen 3,17). Santo Tomás de Aquino escribió:

A causa del pecado, las cosas corporales contraen una cierta condición de inapropiados para ser designados a propósitos espirituales. Por ejemplo, los lugares donde se cometieron crímenes no son aptos para los ritos sagrados, a menos que se limpien primero. En consecuencia, esa parte del mundo que se da para nuestro uso, contrae por los pecados del hombre, una cierta incapacidad para ser glorificado, por lo que necesita ser limpiado. 

Esta verdad se refleja en el Antiguo Testamento. Cuando Dios le dio la Ley a Moisés, advirtió al pueblo de Israel: “Ustedes obedezcan mis estatutos y preceptos. Ni los nativos, ni los extranjeros que vivan entre ustedes deben practicar ninguna de estas abominaciones, pues las practicaron los que vivían en esta tierra antes que ustedes, y la tierra se contaminó. Si ustedes contaminan la tierra, ella los vomitará como vomitó a las naciones que la habitaron antes que ustedes.” (Lev. 18, 26-28). Cuando el pueblo de Israel hizo caso omiso de la Ley de Dios, el profeta Jeremías les dijo “…has contaminado la tierra con tu vil prostitución” (Jer 3, 2). Y eventualmente, la gente fue “vomitada” fuera de la tierra por medio del “cautiverio babilónico”.

Categorías
Cartas Circulares OA-Espiritualidad Vida religiosa Virtudes cristianas

CC37

II ¿Qué es la verdadera Pobreza del Espíritu?

Habiendo considerado las cinco advertencias bíblicas con respecto a las riquezas, podemos ahora considerar las siete facetas de la virtud de la pobreza de espíritu.

«El Señor es mi heredad y mi copa» (Salmo 16, 5)

Cuando hablábamos sobre el primer peligro de las riquezas, una pregunta debió haber surgido en sus mentes. Fue allí donde dijimos que no se podía tener lo mejor de ambos mundos, y que si se intenta, tendría su recompensa. ¿Cómo debemos entender esto? ¿Quiere esto decir, que solo podemos esperar ser felices en el cielo si somos miserables en esta vida?

Monseñor Clifford Sawher, un gran sacerdote que se deleitaba en el servicio del Señor, a menudo oraba así: «Oh Señor, no substraigas esto de mi recompensa en el cielo». El hallaba  tanta alegría en su trabajo sacerdotal que expresaba su preocupación por «haber tenido ya su recompensa». ¿Era esta una verdadera preocupación? De ninguna manera. Jesús dijo a sus discípulos: “Les he dicho esto, para que mi alegría sea la de ustedes, y esa alegría sea perfecta”. (Juan 15,11). Jesús desea nuestra felicidad no solo en la vida venidera, sino también en esta vida. Pero la alegría en esta vida es siempre necesariamente imperfecta. Como enseña Santo Tomás: “La voluntad solo descansa en lo que es definitivo, pues mientras se espere algo más, la voluntad permanecerá en suspenso a pesar de que ya haya llegado al final”. 

El peligro radica en  el «descanso» del corazón, en los bienes de este mundo, como si fueran el fin último. San Juan de la Cruz enseñó el principio: «La voluntad debe gozarse sólo en lo que es para el honor y la gloria de Dios, y el mayor honor que podemos darle, es servirle de acuerdo con la perfección evangélica; cualquier cosa que no esté incluida en dicho servicio carece de valor para los seres humanos». A partir de este principio, sostuvo: «Si es de alguna manera tolerable gozarse en las riquezas, es cuando estas se gastan y se emplean al servicio de Dios. Esta es la única forma en que se obtendrán ganancias de ellas». Por lo tanto, la alegría que experimentamos en las cosas buenas que se presentan en esta vida, debe ser dirigida de alguna manera a la alegría suprema del cielo. Este es el primer elemento a ser observado, en la práctica de la virtud de la pobreza de espíritu: mirar más allá de las cosas de este mundo para no enredarse en ellas.

«Acumulen tesoros en el cielo» (Mt 6,19)

Mencionamos que el segundo peligro de las riquezas, se deriva del hecho de no poder servir a dos amos. Existe una oposición entre acumular tesoros para uno mismo en la tierra, y ser rico para el Señor. El profeta Elías se burló de los israelitas en el Antiguo Testamento: «¿Hasta cuándo van a cojear con dos opiniones? ¡Si el Señor es Dios, síganlo! ¡Pero si lo es Baal, vayan tras él!» (1R 18,21) Esto expresa perfectamente el segundo elemento de la pobreza de espíritu: la necesidad de tomar una decisión clara sobre nuestro objetivo. Debemos ser como Josué, en el antiguo testamento, que dijo: «pero en cuanto a mí y mi casa, serviremos al Señor». (Jos 24,15)   

Este segundo elemento de la virtud de la pobreza de espíritu, conlleva una cierta pureza de intención. Debemos considerar y examinarnos con frecuencia sobre si las cosas que hacemos son para servir verdaderamente a Dios, y si guardamos tesoros en el cielo a través del trabajo realizado de manera oculta y silenciosa, o si hacemos cosas para nuestra ventaja temporal. Aquí es donde debemos esforzarnos claramente por imitar a los santos ángeles, que trabajan continuamente en silencio y ocultamiento.

En 1922 la famosa Oberammergau’s Passion Play, obra que solo se realiza una vez cada diez años, estaba a punto de comenzar. Una compañía cinematográfica estadounidense ofreció a los habitantes de esa pequeña ciudad alemana, un millón de dólares, si hacían una versión cinematográfica para ser distribuida. La gente consideró esto como una tentación, pues parecía incompatible con su verdadero objetivo al realizar la obra, el cual siempre había sido puramente para la gloria de Dios. Ellos rechazaron la oferta con firmeza. Y para asegurarse de que no cambiarían de opinión, algunos de los artistas se cortaron el largo cabello, que se les había permitido tener para sus roles en la obra. Este es un hermoso ejemplo del deseo de servir a un solo Dios, para acumular tesoros en el cielo.

Jesucristo le dijo al joven rico: «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego y ven y sígueme» (Mt 19,21) En esto enseñó la bendición de la pobreza de espíritu: como una garantía del tesoro en el cielo. Cada alma que muere en esta vida, se convierte en una «pobre alma», independientemente de cuán ricos, hermosos, famosos o poderosos hayan sido en este mundo. La respuesta a la pregunta: «¿Cuánto dinero dejó Rockefeller?» es realmente bastante fácil: «Hasta el último centavo».   

No podemos llevarnos nada, pero podemos enviarlo todo al cielo, antes que nosotros. Esto lo hacemos posible, ejercitando este segundo elemento de pobreza de espíritu, al servir en todas las cosas a nuestro Único Dios Verdadero.

«No te temas, pequeño rebaño» (Lc 12,32)

«El tercer elemento de la pobreza de espíritu es la satisfacción sin ansiedad:»… si tenemos comida y ropa, con esto nos contentaremos » (1 Tim. 6, 8). Esto es para contrarrestar el tercer peligro de las riquezas: la concupiscencia de los ojos, que «perfora el corazón ocasionando innumerables sufrimientos» (1 Tim. 6,10). La necesidad de contentarnos con lo que tenemos no significa que no deseemos fervorosamente mucho más. De hecho, un corazón que esté completamente contento con lo que se tiene en esta vida, es ciertamente un corazón estrecho, inadecuado y miserable. La verdadera pobreza de espíritu experimenta cierta satisfacción en su relación con los bienes de la tierra, sin embargo, al mismo tiempo está inquieto con respecto a poseer a Dios.    

El libro de Apocalipsis dice: «Que venga el que tiene sed y que el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida». (Apocalipsis 22,17). Debemos tener sed de poseer las cosas de Dios. Nunca estaremos contentos hasta que las tengamos, y ya no las sustituiremos.

El Salmo 137 expresa esta verdad con fuerza: «Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sion. Si me olvidara de ti, Jerusalén, que se paralice mi diestra. Que la lengua se me pegue al paladar, si no me acordara de ti; si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías…» (Sal 137, 1, 5-6). Esta es una expresión perfecta de la verdadera pobreza de espíritu. «¡Si no colocara a Jerusalén por encima de mi mayor alegría, entonces que una maldición venga sobre mí de inmediato! Deja que mi mano se paralice para que no pueda seguir actuando, que mi lengua se hunda, para que ya no pueda hablar». Pues no sirve de nada trabajar, o hablar, si no se tiene como objetivo «la única cosa necesaria». Jerusalén, por supuesto, se refiere a la Jerusalén celestial, que saldrá de los cielos como una esposa adornada para encontrarse con su esposo. Es la morada de Dios con el hombre. San Juan de la Cruz explica esta verdad: «… ya que lo que se espera es lo que no se posee, y cuanto menos poseemos  otras cosas, mayor oportunidad y mayor capacidad tenemos para esperar y, en consecuencia, habrá mayor (perfección de) esperanza, por lo tanto, mientras más cosas poseamos, menor será la oportunidad y la capacidad para esperar y, en consecuencia, menos (perfección de) esperanza tenemos».  

Una oración que puede ser muy eficaz para llegar a este tercer elemento de pobreza de espíritu, es la oración de San Nicolás de Flüe, con la que comenzamos esta conferencia. Si se reza sinceramente, se entrega todo al juicio de Dios para su disposición. Dice: «Mi Señor y mi Dios, toma todo lo que me separe de ti. (Ya sea familia, amigos, salud, posesiones, buen nombre, lo que sea, quítamelo si es un obstáculo para acercarme a Ti). Mi Señor y mi Dios, dame todo (ya sea salud o enfermedad, alabanza o persecución, consuelo o sufrimiento, ¡todo dámelo a mí!) Si me acerca más a ti. Mi Señor y mi Dios, despójame de mí mismo, y tómame completamente para ti». 

La bendición que se deriva de este tercer elemento de pobreza de espíritu, es la paz y la libertad de la ansiedad. Como dice el antiguo dicho: «Mil bandidos armados a caballo no pueden robar a un hombre desnudo». De esta manera, si somos verdaderamente pobres, no debemos temer, porque nada puede separarnos de Aquel a quien amamos.

«Allí también estará mi servidor» (Jn 12,26)        

En respuesta al cuarto peligro de las riquezas, el de la arrogancia y un falso sentido de independencia de Dios, es la siguiente dimensión de la pobreza de espíritu: la humildad. Debemos esforzarnos por vivir de acuerdo con la exhortación de San Pablo a los filipenses: “Procurad tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición Divina, no consideró el ser igual a Dios, como algo que debía guardar celosamente, al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor, y haciéndose semejante a los hombres…” (Flp 2, 5-7) 

Es en la vida de San Francisco de Asís, quizás más que en la de cualquier otro santo, en donde podemos encontrar fácilmente, el ejemplo de un alma que ardientemente deseaba ser como su Señor en su «vaciamiento» de sí mismo. La escritura más antigua sobre la vida de San Francisco, tiene la forma de una alegoría, que representa la búsqueda y el encuentro de San Francisco con La dama pobreza. El escrito se llama Sacrum Commercium, Alianza de San Francisco con la dama Pobreza. Narra cómo San Francisco comenzó como un «cazador persistente» buscando incansablemente a quien amaba su corazón (La dama pobreza). Él la buscaba por las calles y preguntaba a todos los que conocía, en dónde se encontraba. Todos los que la conocían la odiaban amargamente y no le hablaban de ella. Así que decidió ir a los grandes y sabios, estos le respondieron aún más duramente, acusándolo de enseñar una nueva doctrina. Así, decide dejar la ciudad y encuentra a dos ancianos quienes le dijeron que podía encontrar a la dama pobreza en cierta montaña sagrada. Le dijeron que no podía escalar la montaña a menos que eliminara todas sus cargas y fuera despojado de todas las cosas. De lo contrario, no sería posible encontrarla ya que vive en un monte muy elevado. Al escuchar esto, Francisco reunió a algunos amigos y juntos ascendieron a la montaña con asombrosa velocidad y facilidad. Cuando finalmente encontraron a la bella dama pobreza, ella les preguntó por qué habían acudido a ella. A esto le respondieron rogándole, que se quedara con ellos. Para explicar por qué estaban tan deseosos de su compañía, indicaron que ese mismo deseo se encontraba claramente en Dios mismo. Ellos respondieron: 

Pues el mismo Rey de reyes y Señor de los señores, el Creador del Cielo y de la tierra, prendado está de tu belleza y hermosura. Nada menos que un rey que se hallaba sentado en su solio, rico y glorioso como era en su reino, abandonó su palacio, dejó su heredad -en su casa había gloria y riquezas- y, descendiendo de Su trono real, tuvo la singular dignación de venir a tu encuentro. Grande es, por tanto, tu dignidad, e incomparable tu alteza, pues, dejando todos los coros de ángeles e innumerables virtudes que sobreabundan en el cielo, vino precisamente a buscarte a ti en las regiones más bajas de la tierra; a ti que yacías en la charca fangosa, en lugares tenebrosos y en sombra de muerte. Eras aborrecida, y no poco, de todo ser viviente. Todo el mundo rehuía tu presencia y en lo que podía se apartaba de ti. Y si bien a algunos les resultaba del todo imposible alejarse de tu compañía, no por eso eras para ellos menos odiosa y detestable. Pero cuando vino el Señor de los ejércitos, al asumirte a ti en su propia persona, te enalteció sobre las tribus de los pueblos y como a esposa te ciñó con la diadema, elevándote por encima de las nubes.

Alegoría a la Santa Pobreza

Continúan hablando más específicamente, de cómo Jesús desde su nacimiento en el establo, buscó la compañía de La dama pobreza, a través de Su ministerio público durante el cual no tuvo lugar para recostar su cabeza, incluso hasta su muerte en la cruz. De esto concluyen que si Jesús, nuestro Señor y Dios, amó y se unió a La dama pobreza, nosotros también debemos tener algún deseo de hacer lo mismo. Esto ilustra perfectamente el cuarto elemento en la práctica de la pobreza de espíritu: el ardiente deseo de ser como Cristo en todas las cosas. Pues Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, también estará mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre” (Jn 12,26). 

«Cuando tuve hambre me diste de comer» (Mt 25,35)

El quinto elemento en la práctica de la santa pobreza aborda la cuestión del uso justo de los bienes de este mundo. «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4, 7) Todo es una gracia, todo es un regalo dado gratuitamente. Estamos llamados a ser administradores responsables de las posesiones que Dios nos ha confiado. La práctica de la pobreza de espíritu libera al hombre de la falsa noción de que él es el señor absoluto de sus propias posesiones. Las personas pueden pensar que, debido a que poseen ciertas cosas, pueden disponer de ellas según sus caprichos. Muchas personas de países pobres anhelarían tener las sobras que caen de nuestra mesa, más aún, anhelarían usar las cosas que tiramos a la basura para ser recogidas el lunes por la mañana. La mentalidad «desechable» es contraria a la pobreza de espíritu. Todo es desechable, incluso si todavía funciona, y cumple su trabajo, pero si  ahora hay algo más rápido, mejor y brilla más,  debemos conseguirlo. Cualquier comportamiento derrochador de los bienes de la creación, es contrario al espíritu de administración y pobreza de espíritu. Debemos preguntarnos, ¿desecharía fácilmente un hombre pobre este objeto, para obtener uno nuevo?  

Pero algo más común que el despilfarro, es la práctica de la extravagancia y la prodigalidad. La forma de pensar es: «este es mi dinero, lo gané, por lo tanto, puedo usarlo como quiera». El pensamiento de que tenemos derecho a disfrutar de los lujos que podamos permitirnos sin endeudarnos, es un error. ¿Qué tienes que no hayas recibido? La capacidad de trabajar, la oportunidad de ganar dinero, las capacidades físicas y mentales para tener un trabajo bien remunerado: todo es un regalo de Dios. Todo talento que se nos haya confiado, debe ser invertido no solo para el propio placer, sino también para el servicio de los demás. Así que nuevamente, se debe hacer una cuidadosa consideración no solo de lo que podemos pagar, sino también de lo que realmente se necesita y es realmente útil para el crecimiento de la pobreza de espíritu.

Más allá de esto, la pobreza de espíritu debe hacer que el hombre mire las necesidades de los demás: para reconocer que, dado que se nos confiaron ciertos bienes, debemos considerar la mejor manera de usarlos para beneficiar al mayor número de personas. Debería hacernos ver clara y rápidamente como los ángeles, para percibir y responder a las necesidades de los demás. La pobreza de espíritu rompe con la preocupación por uno mismo y lleva a estar alertas y vigilantes para el servicio de los demás. Mientras que el avaro es egocéntrico y de mente estrecha. El hombre que practica la verdadera pobreza es lo suficientemente amplio como para abrazar a todos los que se acercan. De esta manera, la práctica de la misericordia es lo que hace que la posesión de la riqueza sea el medio de santificación y recompensa eterna. Pedro el Labrador, ofrece algunas palabras de aliento a los ricos en esta línea:

Pero si ustedes, los ricos, se compadecen de los pobres y los recompensan bien, y viven según la ley de Dios y actúan con justicia ante todos los hombres, entonces Cristo en su gentileza los consolará al final, recompensando con el doble de riqueza a todos los que tienen corazones compasivos. Un sirviente justo que ha recibido su salario de antemano a veces también recibe una recompensa adicional por cumplir bien con su deber, por lo que Cristo les da el Cielo tanto a los ricos como a los pobres, si llevan una vida de misericordia. Y todos los que cumplan bien su deber, tendrán doble paga por sus labores, el perdón de sus pecados y la dicha del cielo.

“Simplex fac cor meum. Haz mi corazón sencillo” (Sal 86,11)

Más allá de regular nuestra relación con los bienes materiales de este mundo, la pobreza de espíritu debería conducir a una dimensión más profunda: la de la inocencia. “He aquí, un verdadero israelita, un hombre sin doblez” (Jn 1,47). Jesús pronunció estas palabras sobre Natanael, el apóstol después llamado Bartolomé, que luego recibió la promesa de que vería los cielos abiertos, y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre. En su sentido más completo, la pobreza de espíritu consiste en la inocencia, o en la simplicidad de los pensamientos, que refleja la simplicidad de Dios y de los santos ángeles. Tal pobreza elimina la duplicidad, el engaño, las ínfulas, la artificialidad, el actuar como si supiéramos más de lo que realmente sabemos, y como si fuéramos alguien que no somos. El alma se deshace de las sospechas y de los duros juicios sobre los demás, porque piensa de manera sencilla en ellos. Esta es la cualidad necesaria para “ver” a los ángeles; no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe para trabajar con ellos. Es una cualidad humana que nos pone “en sintonía” con ellos. Por esta razón, esta sexta cualidad de la pobreza de espíritu, es de gran importancia en la Obra de los Santos Ángeles.

“De ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3)

El objetivo final de la pobreza de espíritu es poseer el Reino de los Cielos. Sin embargo, nunca debe olvidarse que el Reino de los Cielos no es una “cosa”. No es un objeto impersonal. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. (Jn 17, 3)

El Reino de los Cielos es la posesión del único Dios verdadero y de Jesucristo Su Hijo. Es una relación personal de conocer y ser conocido; amar y ser amado; de poseer y ser poseído por las tres Personas Divinas. Esta bendita relación se disfruta en unión y en compañía de todos los ángeles y santos. Ese es el reino de los cielos. La verdadera pobreza nos forma en nuestras relaciones interpersonales, especialmente con las Personas Divinas, los ángeles y los santos; lo hace de tal manera que desde ahora podemos comenzar a gozar del Reino de los Cielos aquí en la tierra, al disfrutar de una relación ordenada con las personas que vemos y con las que no podemos ver. 

La dificultad surge cuando encontramos que ciertas relaciones personales presentan oposición. Nuestra voluntad se enfrenta con la voluntad inmóvil de otra persona. Descubrimos que no podemos hacer que las otras personas se conformen a nosotros y a nuestras ideas sobre cómo deberían ser y cómo deberían satisfacer nuestras necesidades. Nos frustramos, por lo que huimos de ellos, encontrando consuelo en las cosas sobre las que podemos ejercer un mayor control: como la televisión, la computadora, el trabajo, los deportes, el automóvil, la casa, la camioneta, la bebida, etc. Aquí es donde se debe practicar el séptimo elemento de la pobreza de espíritu. La pobreza de espíritu no permite que las “cosas” impersonales ocupen el centro de nuestro corazón. La verdadera pobreza de espíritu no nos aleja de las personas, sino que nos enseña a encontrar nuestro mayor gozo, no tanto en las “cosas” buenas que Dios da, más bien, ve en todas las cosas el amor del Dador. Aprendemos a regocijarnos en Dios como lo hizo María, quien cantó: “mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lc 1,47). 

San Juan de la Cruz enseñó que: sabemos que estamos separados de las criaturas, cuando encontramos mayor alegría al recordar la bondad y el amor de Dios hacia nosotros, que en la alegría que las criaturas mismas pueden ofrecernos. Por ejemplo, cuando me deleito en escuchar una música hermosa, la causa principal de mi deleite no es la belleza de la música en sí, sino la belleza del amor de Dios que ha creado esta música, y me ha dado la capacidad y la oportunidad de escucharla y disfrutarla. De esta manera, no me deleito en esa “cosa”, sino en Dios, quien está manifestando Su amor por mí. Esto se aplica a todo lo bueno y perfecto que recibimos: es un don de lo alto y desciende del Padre de los astros luminosos, en quien no hay cambio ni sombra de declinación (Sant 1,17). Durante el día, disfrutamos el calor del sol, la belleza del atardecer, la compañía de amigos, así como también de los sufrimientos y las cruces que debemos soportar, porque podemos ver más allá de ellas, el verdadero amor de Dios que nos ha dado todo. Esta es la pobreza de espíritu que ya experimenta la alegría pura del Reino de los cielos.

Entonces, podemos concluir con una oración de alabanza a Dios con la Santísima Virgen María, la Madre de los Pobres, que nos muestre el camino hacia la verdadera pobreza de espíritu y así obtener el reino de los cielos. 

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. 

Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. 

Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. 

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. 

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres, 

en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. (Lucas 1, 46-55)