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CC91- Vivir la Eucaristía

CARTA CIRCULAR 2024-2 junio 24

Vivir la Eucaristía con los Ángeles

Queremos meditar, renovar y profundizar nuestra espiritualidad eucarística con la ayuda de los Santos Ángeles. En el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía celebrado en Roma en octubre de 2005, los Padres Sinodales afirmaron que “los fieles cristianos necesitan una comprensión más plena de la relación entre la Eucaristía y su vida diaria. La espiritualidad eucarística no es sólo la participación en la Misa y la devoción al Santísimo Sacramento. Abarca toda la vida” (Propositio 39). Primero que nada queremos preguntar ¿qué es la Santa Eucaristía, la Santa Misa, qué nos enseña la Iglesia? Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, “La Misa es al mismo tiempo, e inseparablemente, el memorial sacrificial en el que se perpetúa el sacrificio de la Cruz y el banquete sagrado de la Comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente dirigida a la unión íntima de los fieles con Cristo a través de la Comunión. Recibir la Comunión es recibir al mismo Cristo que se ofreció por nosotros” (CIC 1382).

La participación en la Santa Misa y recibir la Sagrada Comunión no son simplemente un evento semanal (o mejor aún, diario), un tiempo apartado para adorar a Dios y luego seguir con nuestras “propias” vidas. No, la Eucaristía debe formar, cambiar y renovar toda nuestra vida, nuestro ser mismo. El Papa Benedicto XVI enseñó:

El Sacrificio Eucarístico nutre y aumenta en nosotros todo lo que ya hemos recibido en el Bautismo, con su llamada a la santidad, y esto debe ser claramente evidente en la forma en que cada cristiano vive su vida. Día tras día nos convertimos en “un culto agradable a Dios” [cf. Rom 12,1] viviendo nuestra vida como una vocación. A partir de la asamblea litúrgica, el mismo sacramento de la Eucaristía nos compromete, en nuestra vida diaria, a hacer todo para la gloria de Dios. (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis = SCa, 79)

 

Como Su Cuerpo Místico, Jesús nos lleva en la Santa Misa a Su culto al Padre, a Su Sacrificio por la remisión de los pecados. “La Eucaristía nos introduce en el acto de autooblación de Jesús. Más que recibir estáticamente el Logos encarnado, entramos en la dinámica misma de su entrega” (Benedicto XVI, Deus Caritas est 13). En la Sagrada Comunión, Él se entrega a nosotros, nos une a Sí mismo, nos acoge en Sí mismo, en Su “ser para Dios”, para que aprendamos a “amar como yo os he amado”. (Jn 15,12). Así, la Sagrada Eucaristía debe cambiar y renovar nuestro ser y nuestro modo de vivir, debe hacernos auténticos “cristianos”, dando frutos en la santidad de vida, en una vida vivida para la gloria de Dios, en una vida de amor. Como “misterio que hay que ‘vivir’, se encuentra con cada uno de nosotros tal como somos y hace de nuestra existencia concreta el lugar donde experimentamos diariamente la novedad radical de la vida cristiana” (SCa 79).

 Para “vivir” este misterio de la Sagrada Eucaristía, debemos participar y recibirla con las debidas disposiciones, para unirnos cada vez más perfectamente a Jesús y permitirle transformarnos y renovarnos en su nueva vida de amor. La primera disposición que nos prepara para participar fructíferamente es, por supuesto, una fe viva. “La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística, y se nutre especialmente en la mesa de la Eucaristía. …La fe se expresa en el rito, mientras que el rito refuerza y fortalece la fe” (SCa 6). Cuando nos acercamos a la Mesa del Señor con la conciencia conscientes de entrar en el sacrificio de Cristo, de salir a su encuentro en su Palabra, en la Cruz hecha presente en la Santa Consagración y en la Sagrada Comunión, entonces Él mismo fortalecerá nuestra fe y la hará viviendo, respondiendo a nuestros esfuerzos con el don de su Espíritu. Por la fe esperamos el momento de la Sagrada Comunión con anhelo y amor. Por la fe disfrutamos de estos preciosos momentos de íntima comunión con Jesús, hablamos con Él desde el corazón y disfrutamos de Su amor.

 

Fe y confianza infantil

Nuestro santo Ángel de la Guarda puede ayudar a despertar nuestra fe y nuestro amor, si lo invitamos conscientemente al comienzo o antes de la Santa Misa a orar con nosotros, a abrir nuestra mente a la palabra de Dios y nuestro corazón a su amor. Rezando el Sanctus con nuestro Ángel de la Guarda y otros Ángeles antes de la Santa Misa, entramos ya en su canto de alabanza que cantan continuamente ante el trono de Dios y del Cordero. “Día y noche no cesan de exclamar: ‘¡Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir!’” (Apoc 4,8). Como reafirmó el Concilio Vaticano II, la Santa Misa misma es de hecho una participación en la liturgia celestial con todas las Huestes de Dios alrededor de Su trono, “un anticipo de esa liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén hacia la cual nos dirigimos”. como peregrinos, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, ministro del lugar santísimo y del verdadero tabernáculo; cantamos un himno a la gloria del Señor con todos los guerreros [Ángeles] del ejército celestial” (Sacrosanctum Concilium 8). Que los Santos Ángeles cooperan en los Sagrados Misterios se expresa en el propio Canon Romano, cuando el sacerdote ora: “En humilde oración te pedimos, Dios Todopoderoso: ordena que estos dones sean llevados por las manos de Tu santo Ángel a Tu altar celestial ante los ojos de Tu Divina Majestad, para que todos nosotros, que por esta participación en este altar recibimos el santísimo Cuerpo y Sangre de Tu Hijo, seamos colmados de toda gracia y bendición celestial”. De esto vemos que los Santos Ángeles presentan el sacrificio de Cristo al Padre y devuelven bendiciones y gracia a los hombres. Por eso queremos ser conscientes de la presencia de los Santos Ángeles durante la Santa Misa y orar y adorar a Dios con ellos.

 

Acercarnos a Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía con la sencillez y la confianza amorosa de un niño nos dispone también a recibir todos los dones que Dios quiera concedernos en este Sacramento. Todos estamos agobiados (¡envejecidos!) por preocupaciones. Pero así como en la India, en Filipinas y en otros países asiáticos, antes de entrar a la Iglesia uno deja sus sandalias fuera de la puerta, así también nosotros queremos dejar fuera de la puerta de la Iglesia todas las preocupaciones desordenadas para poder acercarnos libremente a nuestro Padre como niños pequeños, concentrarnos y amar solo a Él, confiando en que Él cuidará de todos los nuestros y de todas nuestras necesidades. ¿No podemos confiar en Él, que es Todopoderoso, Omnisapiente y Todo amoroso, para que nos dé a quienes nos acercamos a Él con confianza todo lo que necesitamos? “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todo lo demás?” (Rm 8,32). Eso no quiere decir que Él quitará todas nuestras pruebas y sufrimientos, porque son para nuestro bien y conducen a la gloria del cielo, para nosotros y para aquellos que nos han sido confiados en el plan de Dios. Pero Él nos dará la fuerza y el coraje para soportarlos según Su voluntad. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, con tal que suframos con él, para que también seamos glorificados con él. ¡Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada comparados con la gloria que se nos revelará!” (Rm 8,16-18). Por eso, ya al comienzo de la Santa Misa, entreguémonos como pequeños hijos en las manos del Padre. 

Y como enseña Nuestro Señor, no queremos acercarnos al altar sin antes habernos reconciliado, o al menos perdonado de corazón, a todos aquellos que nos han herido u ofendido, todos ellos. (cf. Mt 5,25).  Porque el Señor nos ha perdonado (cf. Ef 4,32).

Pureza, desapego y amor ardiente.

Para recibir fructíferamente a Nuestro Señor es indispensable la pureza de corazón. María fue la Virgen Inmaculada que se convirtió en el Arca de la Alianza, llevando en su seno al Verbo Encarnado durante nueve meses. Ella es para nosotros modelo de pureza, de llevar dentro al Señor, de santo temor del Señor que no quiere ofender a Dios en nada. Todo pecado es impureza, oscuridad, inmundicia. Es un volverse y un apego desordenado a uno mismo o a las criaturas y, al mismo tiempo, un alejamiento de Dios. Si bien está claro que no podemos acercarnos al Santísimo Sacramento en estado de pecado mortal, también queremos purificar nuestro corazón incluso de los pecados veniales, de las faltas de carácter y de los pecados habituales para estar plenamente abiertos y preparados para recibir a Jesús, para amar. Él con todo nuestro corazón por amor de Él mismo. (¡De ahí surge la importancia de la Confesión frecuente!) Cuanto más nos demos cuenta de quién es Dios – Todo, y quién soy yo mismo – una criatura humilde, más caeremos en reverencia ante Su Divina Majestad y Bondad, más ¡Tememos ofenderlo, y más le agradeceremos por este gran regalo de la Sagrada Eucaristía! Los Santos Ángeles contemplan a Dios cara a cara y se postran ante el Dios Infinito en la pequeña Hostia blanca. Pueden y serán mediadoras en nosotros en esta santa reverencia y gratitud, en la comprensión de que “estamos ante la infinita Majestad de Dios, que viene a nosotros en la humildad de los signos sacramentales” (SCa, 65). “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero sólo di la palabra…”       

 

“¡Buscad al Señor y lo encontraréis!” (cf. Dt 4,29). Si nos esforzamos por desprendernos cada vez más de los afectos y deseos desordenados, nos volveremos libres y vacíos; ¡Entonces el Señor nos llenará de Él y de Su Divino Amor! El Señor quiere que le amemos con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra mente y con todo nuestro ser (cf. Lc 10,27). Esto no quiere decir que podamos o no debamos amar a nuestro prójimo, a nuestro cónyuge o a la hermosa creación que nos rodea. Pero estos otros amores deben estar correctamente ordenados, es decir, no debemos amar a los demás junto con Dios, sino en Dios, por causa suya. Entonces es un amor ordenado. San Bernardo de Claraval escribe: “Quien ama a Dios correctamente, ama a todas las criaturas de Dios. Tal amor es puro y no encuentra carga en el precepto que nos ordena purificar nuestras almas, en la obediencia a la verdad por el Espíritu, para un amor fraternal no fingido (cf. 1Pd 1,22)” (Sobre amar a Dios, cap. 9). Por eso queremos esforzarnos por encontrarnos con el Señor con un corazón purificado y un amor ardiente, que quema todos los apegos desordenados.

Pero a la inversa, es especialmente a través de la Sagrada Eucaristía, como fuente y cumbre de la vida cristiana y de todas las gracias, que nuestro amor se purifica, se eleva y se ordena. “Así como el alimento corporal devuelve las fuerzas perdidas, así la Eucaristía fortalece nuestra caridad, que tiende a debilitarse en la vida diaria; y esta caridad viva borra los pecados veniales. Cristo, entregándose a nosotros, reaviva nuestro amor y nos permite romper nuestros apegos desordenados a las criaturas y arraigarnos en Él” (CIC 1394). Entonces amaremos justamente a las criaturas y ellas no impedirán en modo alguno nuestro amor al Señor. Al contrario, tendremos un anhelo aún mayor por el Señor y por Su amor, que supera a todos los demás amores en esta vida.

Puesto que Cristo murió por nosotros por amor, cuando celebramos el memorial de su muerte en el momento del sacrificio pedimos que el amor nos sea concedido por la venida del Espíritu Santo. Oramos humildemente para que, en la fuerza de este amor por el cual Cristo quiso morir por nosotros, nosotros, recibiendo el don del Espíritu Santo, podamos considerar al mundo crucificado por nosotros, y ser nosotros mismos crucificados para el mundo…. Habiendo recibido el don del amor, muramos al pecado y vivamos para Dios. (San Fulgencio de Ruspe, Contra Fab. 28)

Amor buscando unión

El amor busca la unión, y precisamente esto es lo que busca el Señor en la Eucaristía. Quiere entregarse, unirse cada vez más íntimamente a nosotros. Y este debe ser también nuestro anhelo: ¡la unión con el Señor, ser uno con Él por el amor! En efecto, el Señor dijo: “El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre, permanece en Mí y Yo en él” (Jn 6,56). La Sagrada Comunión nos brinda la posibilidad existencial de cultivar esta unión viva y real de vida y amor con Jesús. “Como me envió el Padre vivo, y yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí” (Jn 6,57). En este momento no queremos estar mirando a nuestro alrededor ni cantando un canto de comunión. Queremos sumergirnos en Jesús que nos ha honrado con una visita y orarle en el silencio de nuestro corazón.

El corazón es el lugar de habitación donde estoy, donde vivo; según la expresión semítica o bíblica, el corazón es el lugar “al que me retiro”. El corazón es nuestro centro oculto, más allá de la comprensión de nuestra razón y de los demás; sólo el Espíritu de Dios puede sondear el corazón humano y conocerlo plenamente. El corazón es el lugar de decisión, más profundo que nuestros impulsos psíquicos. Es el lugar de la verdad, donde elegimos la vida o la muerte. Es el lugar del encuentro, porque como imagen de Dios vivimos en relación: es el lugar de la alianza. (CIC 2563)

Cuando Jesús entra en nuestro corazón, por tanto, en este “lugar de encuentro”, ¡queremos estar allí con Él!

Deja en lo más posible las oraciones obligatorias y conversa con el Señor con deseo, seriedad y entusiasmo como un niño. Esto es lo que más le gusta oír… Sumérgete en Su mirada, en Su majestad y grandeza, ahora que esta Divina Majestad se hace prisionera de tu amor. (Madre Gabriele, Una Instrucción)     

Esta comunicación íntima y amorosa con Jesús en el corazón no debe terminar al final de la Santa Misa. Debe fluir hacia la vida, hacia una conciencia amorosa de la presencia de Jesús dentro de mí: cuando me despierto por la mañana, cuando preparo el desayuno o cuando voy a trabajar, en las conversaciones que tengo con los demás, especialmente las de mayor importancia. El beato Carlo Acutis (fallecido en 2006 a la edad de 15 años y ya beatificado en 2020) escribe: “Cada día vivo la Sagrada Comunión como un diálogo constante con Jesús, una auténtica esperanza. ¡La Eucaristía es mi camino al cielo!” Queremos hablar con Jesús dentro de nosotros, y Él a su vez hablará personalmente con cada uno de nosotros, iluminándonos en todas nuestras pruebas, inquietudes y desafíos, en toda buena obra y acto de caridad. Esta conciencia de Jesús en nuestro interior puede volverse habitual cuando practicamos exclamaciones breves pero amorosas, dirigiéndonos una y otra vez a Él en nuestro corazón. Podemos decir con gratitud: “¡Por amor a Ti que te hiciste Pan para mí!” en cada alegría, en cada prueba, en cada sacrificio, en cada renuncia por amor. María es nuestro modelo, ella que guardó todas sus palabras en su corazón (cf. Lc 2,51) y dijo “Fiat” en cada prueba. En la fe, en los dones del Espíritu Santo, ella fue consciente de la presencia de Jesús en ella, incluso después de haber ascendido al Padre.

Ofrecernos y ser transformados por Cristo

Jesús vino como modelo de todo lo auténticamente humano, como modelo del hombre perfecto a nuestra imitación (cf. Vat. II, Gaudium et spes 22). En la Eucaristía Él nos une y configura progresivamente cada vez más consigo mismo en todos los aspectos de nuestro ser, para gloria de Dios. El Papa Benedicto escribe: “La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que la participación fructífera en la Liturgia requiere que uno se conforme personalmente al misterio que se celebra, ofreciendo la vida a Dios en unidad con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero”. (SCa 64). Ya en el ofertorio, por tanto, queremos unir conscientemente, nuestra vida, nuestro trabajo, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías, al sacrificio de Cristo. Nos ponemos sobre la patena y colocamos en el cáliz a nosotros mismos y a todos los que nos son queridos, todos por quienes debemos orar, el mundo, la Iglesia, el Santo Padre, los Obispos y los sacerdotes, para que en la Santa Consagración puedan ser misteriosamente transformado por el sacrificio de Cristo. El Papa Benedicto escribió,

No hay nada auténticamente humano –nuestros pensamientos y afectos, nuestras palabras y obras– que no encuentre en el Sacramento de la Eucaristía la forma que necesita para ser vivido plenamente… El culto agradable a Dios se convierte así en una nueva manera de vivir nuestra vida por toda la vida, de la cual cada momento particular es exaltado, ya que se vive como parte de una relación con Cristo y como ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre vivo (cf. 1 Cor 10,31). Y la vida del hombre es la visión de Dios. (Cf. San Ireneo, Adv. Haer., IV, 20) (SCa 71)

Cuando somos conscientes y seguimos en oración los misterios que se celebran – la realización de la Crucifixión-sacrificio de Cristo y la participación de Su Cuerpo y Sangre en la Sagrada Comunión – Dios nos llena de Su gracia y, a través del Espíritu Santo, nos transforma cada vez más. más a la imagen de Su Hijo.

“El que me come, vivirá por mí” (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos hacen darnos cuenta de cómo el misterio “creído” y “celebrado” contiene una fuerza innata, que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de nuestra existencia cristiana. Al recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo nos hacemos partícipes de la vida divina de manera cada vez más madura y consciente. (SCa 70)

Participando consciente y orantemente en la Sagrada Eucaristía, poco a poco nos configuramos sobre todo a la caridad de Jesús. “Como yo os he amado, así también os améis unos a otros” (cf. Jn 15,12). “Especialmente en la Eucaristía: al compartir el sacrificio de la Cruz, el cristiano participa del amor abnegado de Cristo y está preparado y comprometido a vivir esta misma caridad en todos sus pensamientos y acciones” (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 107). De hecho, “la Comunión Eucarística incluye la realidad tanto de ser amado como de amar a su vez a los demás. Una Eucaristía que no pasa a la práctica concreta del amor está intrínsecamente fragmentada” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 14). Por eso queremos no sólo participar semanalmente o incluso diariamente en la Sagrada Eucaristía, sino también hacer de ella una forma de vida, como María y con los santos Ángeles, “vivir la Eucaristía” en una vida de amor a Dios expresada en palabras concretas: caridad para con el prójimo, ¡para gloria de Dios!

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CC77 – Eucaristía

La Sagrada Eucaristía: en el corazón del misterio de la Iglesia

«La Iglesia vive de la Eucaristía» (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia = EcEuch, 1). Así como un niño que rechazara el pecho de su madre se marchitaría y moriría, también aquellos miembros de la Iglesia que pierden su fe y sed de la Eucaristía se convierten en ramas estériles y se mueren. Porque la Sagrada Eucaristía «encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia» (ibid.). Al meditar en este misterio sublime, por lo tanto, queremos renovar y despertar nuestra fe, nuestro primer amor, nuestra sed de la Sagrada Eucaristía y el Santo Sacrificio de la Misa, nuestra admiración y gratitud por este regalo sagrado de Cristo a Su Iglesia. “No sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de Sí mismo, de Su Persona en Su santa humanidad y, además, de Su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues ‘todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos…’” (ibid., 11, citando el Catecismo 1085). «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8).

La Eucaristía y el Calvario: un mismo sacrificio

La Iglesia, como sabemos, nació del misterio pascual: la sagrada Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús sacrificó Su vida en obediencia al Padre, y en Su muerte libremente aceptada, hizo la donación total de Sí mismo al Padre para nuestro bien. El Padre aceptó este regalo y Le otorgó a cambio Su «propio regalo paternal … nueva vida inmortal en la Resurrección» (ibid. 13). Jesús da este regalo de la Resurrección a la Iglesia, a quienes por la fe y el Bautismo se unen a Él como Su Cuerpo, a quienes se alimentan de Él en la Sagrada Eucaristía. «Porque Mi Carne es verdadera comida, Mi Sangre es verdadera bebida» (Jn 6, 55).

La Sagrada Eucaristía es el sacrificio mismo de Cristo; es el misterio pascual hecho presente para todas las generaciones. El Catecismo dice: «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un solo sacrificio» (Cat. 1367). No es un mero recuerdo, sino que cada celebración del Santo Sacrificio de la Misa «es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos» (EcEuch, 11), aunque ahora de manera no sangrienta. En cada Santa Misa, estamos espiritualmente presentes en el Calvario, debajo de la Cruz con nuestra Santísima Madre y San Juan. ¡Estamos ahí! Si bien el doloroso sacrificio físico de su carne fue solo una vez, el acto espiritual por el cual Jesús Se entregó al Padre es un acto eterno del Hijo de Dios, que trasciende el tiempo. En cada Santa Misa, por lo tanto, la obra de nuestra Redención se nos hace presente.

Ésta es la razón por la cual la Sagrada Hostia y la Preciosa Sangre están consagradas por separado, a pesar de que Jesús todo, Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, están presentes completamente bajo ambas especies. Es una señal sagrada que nos recuerda que se ha producido una muerte, que Jesús Se muere a Sí mismo y Se entrega por completo, una vez para siempre, en obediencia al Padre. Como miembros del Cuerpo de Cristo a través del Bautismo, estamos llamados a unir nuestro propio don de nosotros mismos con Su sacrificio, especialmente en la Santa Misa. El Concilio Vaticano II enseña esto claramente: “Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella” (Lumen Gentium, 11). ¿Cómo hacemos esto? Cuando aceptamos nuestras pruebas y penas, y las ponemos conscientemente en la patena del ofertorio, junto con todas nuestras alegrías y logros, nuestros pensamientos, obras y aspiraciones, los elevamos y los entregamos al Padre en agradecimiento por nuestra vida y por todas las gracias que nos ha otorgado, y en reparación por nuestros pecados y los pecados de los demás. Ésta es una participación consciente y activa en el Sacrificio Sagrado.

«El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él» (Jn 6, 53).

Por la fe sabemos que, en la consagración, el pan y el vino dejan de existir; se transforman en el mismo Cuerpo y Sangre de Jesús, que permanece oculto bajo las apariencias externas del pan y el vino. Es Jesús, que Se hace realmente presente en la Sagrada Hostia, y Se entrega a todos los que se Le acercan. Él no solo está presente entre nosotros, sino que quiere unirse íntimamente con cada uno de nosotros en la Sagrada Comunión.

La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: Le recibimos a Él mismo, que Se ha ofrecido por nosotros; Su Cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; Su Sangre, «derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26, 28) (EcEuch, 16).

En la Sagrada Comunión, es el Cuerpo de Jesús resucitado que recibimos, el Jesús vivo en Su estado glorificado. Jesús mismo está presente y activo en la Eucaristía; Él tiene sed de nosotros. Tiene sed de unirse con nosotros y compartir Su nueva vida con nosotros. «Como el Padre viviente Me envió, y Yo vivo por el Padre, el que Me come vivirá por Mí» (Jn 6, 57). Él quiere actuar sobre nosotros, cambiarnos y transformarnos en la forma de Su propia entrega y novedad de vida.

El Papa Benedicto, cuando todavía era cardenal, al comentar sobre San Pablo dice que, en la Sagrada Comunión, Jesús

… Se apodera de nuestra existencia corporal. Para expresar completamente la intensidad de esta fusión, Pablo compara lo que sucede en la Sagrada Comunión con la unión física entre el hombre y la mujer … Nos remite a las palabras en la historia de la creación: “Los dos [= el hombre y su esposa] se convertirán en una carne” (Gén 2,24). Y agrega: «El que está unido al Señor se convierte en un espíritu [es decir, comparte una sola existencia nueva en el Espíritu Santo] con Él» (1 Cor 6,17) (Card. Ratzinger, El Señor está cerca, p. 77, edición inglesa).

La presencia de Jesús no es algo meramente simbólico o pasivo, «sino que es un poder que nos atrapa y trabaja para atraernos a Sí mismo» (ibid.). En última instancia, se ordena la Sagrada Comunión a la transformación del alma en Cristo. Esto fue revelado a San Agustín, quien mientras todavía no aceptaba la posibilidad filosófica de la Eucaristía antes de su conversión, recibió una especie de visión: “¡Yo soy el Pan de los fuertes, cómeme! Pero no te transformarás ni Me harás parte de ti [como en el caso del pan normal]; más bien, ¡te transformaré y te haré parte de Mí!” (Confesiones, VII, 10,16). En la Sagrada Comunión, por lo tanto, Jesús busca sacarnos de nosotros mismos, asimilarnos a Sí mismo, haciéndonos uno con Él, y en Él, uno también con nuestro prójimo.

“Para que todos sean uno, como Tú en Mí y Yo en Ti” (Jn 17, 21)

San Pablo escribe: “El Pan que partimos, ¿no es una comunión en el Cuerpo de Cristo? Debido a que hay un Pan, nosotros, que somos muchos, somos un solo Cuerpo, porque todos participamos de un único Pan” (1Cor 10, 16-17). San Juan Crisóstomo comenta sobre este texto: “¿Para qué es el Pan? Es el Cuerpo de Cristo. ¿Y en qué se convierten los que Lo reciben? En el Cuerpo de Cristo: no muchos cuerpos sino un solo Cuerpo. Como el Pan es completamente uno, aunque está compuesto por muchos granos de trigo, y estos, aunque no se ven, permanecen presentes, de tal manera que su diferencia no es evidente ya que se han hecho un todo perfecto, también lo estamos mutuamente unidos entre nosotros y unidos con Cristo” (Hom. en 1 Cor).

Si bien es bueno experimentar la comunión de la oración litúrgica, no es tomarse de las manos o saludarse en la Misa, lo que nos acerca más el uno al otro. El compañerismo sobrenatural y la unidad con nuestro prójimo solo pueden darse cuando cada uno se entrega al Señor interiormente en su corazón, permitiendo así que el Señor lo transforme. Abiertos a Su voluntad, somos moldeados según el ejemplo de Su amor desinteresado, hasta el punto de la cruz. Jesús puede hacer de mí una persona «que da», que se sale de sí misma como lo hizo Él por el bien de los demás. Aquellos que acepten la voluntad de Dios en la Cruz de la vida diaria serán transformados por ella en la fuerza de la Sagrada Eucaristía. Este es el verdadero fundamento de la unidad en cada comunidad y familia, en la Iglesia y en el mundo. El Papa San Juan Pablo II escribe: “A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres” (EcEuch, 24).

Sin embargo, para que Jesús pueda transformarnos y fortalecernos y unirnos con Él y con los demás, debemos abrirnos a Él. Es por esta razón que la Sagrada Comunión debe ser muy personal, debemos hablar interiormente, escuchar y comunicarnos con el Señor. El Papa Benedicto escribe: “En la comunión, entro en el Señor, quien Se está comunicando conmigo. Por lo tanto, la comunión sacramental debe ser siempre una comunión espiritual… En este punto tengo que mudarme, ir hacia Él, llamarlo…, es por eso que necesitamos un tiempo de silencio, en el que conversamos personalmente con el Señor que está con nosotros” (El Señor está cerca, págs. 81-82). Esto supone una disposición de adoración amorosa cuando recibimos al Señor.

“¡He aquí que estoy contigo hasta el fin de los tiempos!” (Mt 28, 20).

La Eucaristía no es solo el sacrificio sagrado de la Cruz hecho presente en la Misa, también es la Presencia Real, la presencia de Jesús tanto en Su humanidad como en Su Divinidad. Y esta Presencia llama a la adoración. El Papa San Juan Pablo II da testimonio de su propio gran amor por la adoración eucarística fuera de la Misa:

Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre Su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de Su Corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo! (EcEuch 25).

En la adoración eucarística fuera de la Misa, los frutos de nuestra comunión con el Señor se prolongan y aumentan. La comunión con Jesús, que Se entregó a Sí mismo por nosotros, nos lleva especialmente al camino de la entrega, del amor, de la caridad.

El culto Eucarístico es, pues, precisamente expresión de este amor, que es la característica auténtica y más profunda de la vocación cristiana. Este culto brota del amor y sirve al amor, al cual todos somos llamados en Cristo Jesús. Fruto vivo de este culto es la perfección de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, imagen que corresponde a la que Cristo nos ha revelado. Convirtiéndonos así en adoradores del Padre «en espíritu y verdad», maduramos en una creciente unión con Cristo, estamos cada vez más unidos a Él y —si podemos emplear esta expresión— somos más solidarios con Él (Juan Pablo II, Dominicae Cenae 5).

Para el crecimiento en la caridad, por lo tanto, la adoración eucarística prolongada fuera de la Misa es muy eficaz. San Alfonso Liguori escribe: «De todas las devociones, la de adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento es la más grande después de los Sacramentos, la más querida por Dios y la más útil para nosotros» (Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima).

«Haced esto en memoria de Mí …» – La necesidad del Sacerdocio

Además, debemos recordar que el misterio de la Eucaristía está intrínsecamente conectado con el misterio del sacerdocio ordenado. “El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena” (EcEuch 29). ¡Aunque podemos estar desilusionados por los muchos casos de sacerdotes infieles en este momento, debemos recordar a los muchos, muchos más sacerdotes fieles, que han dado sus vidas a Cristo y a la Iglesia, para que podamos recibir la Sagrada Eucaristía! ¡Sin ellos y su sacrificio, no sería posible! La Eucaristía es, de hecho, «la razón de ser principal y central del sacramento del sacerdocio, que efectivamente surgió en el momento de la institución de la Eucaristía» (Dominicae Cenae, 115). Mientras que los fieles ofrecen el Santo Sacrificio en virtud de su sacerdocio común, como el Cuerpo de Cristo, el sacerdote comparte el sacerdocio de Cristo Cabeza, actuando in persona Christi.

El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», que es el Autor y el Sujeto principal de este Su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente Él, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris … sed etiam totius mundi». Solamente Su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante Su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística (Dominicae Cenae 8).

Vemos, entonces, que es Cristo mismo presente en el sacerdote quien produce la Eucaristía. Por lo tanto, el sacerdote es, en un sentido muy real, el mediador entre los fieles y Dios. Demos gracias, por lo tanto, a Dios y a Sus sacerdotes por este gran regalo a la Iglesia, el don del sacerdocio que nos trae la Eucaristía, rezando y apoyando a nuestros sacerdotes y seminaristas con todo nuestro corazón.

Dimensiones cósmicas de la Eucaristía, con y a través de los Ángeles.

Para apreciar verdaderamente el misterio de la Sagrada Eucaristía, debemos verlo en sus dimensiones cósmicas. Con este fin, queremos reflexionar sobre las profundas palabras del Papa San Juan Pablo II:

También cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios Se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la Sangre de Su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo (Ecclesia de Eucharistia, 8).

Aquí el Papa Juan Pablo II indica el fin último de toda la creación, que se lleva a cabo en la Sagrada Eucaristía y mediante la Redención en la Sangre de Cristo: la restauración de toda la creación, en una canción suprema de alabanza, al Creador. Y,  como veremos, son los Ángeles quienes nos guían por este camino de alabanza, enseñándonos su propia canción de alabanza, especialmente en la liturgia.

En su pequeño pero trascendental trabajo, Los Ángeles y la liturgia (que influyó incluso en el documento del Concilio Vaticano II sobre la liturgia y es corroborado de muchas maneras por la catequesis de seis semanas de San Juan Pablo II sobre los Ángeles), Eric Peterson demuestra a través de los capítulos 4 y 5 del Apocalipsis y de las antiguas liturgias de la Iglesia, que la liturgia de la Iglesia participa en la liturgia del Cielo, en que los hombres se unen a la incesante alabanza de los Ángeles y los Santos en el cielo que cantan día y noche, «Santo, santo, santo… «. Es la liturgia de todo el cosmos que alaba a Dios desde «la apertura del cielo por la Ascensión de Cristo«: «‘Alaben los cielos y el cielo de los cielos y su poder concertado, el sol y la luna y todo el canto de las galaxias de estrellas, tierra, mar y todo lo que contienen [a Dios]… ‘ (Liturgia de Santiago). Pero es principalmente el cielo de los Ángeles … que es el punto central, la parte más espiritual del universo» (Peterson, p. 23 en la edición inglesa) al que se une la alabanza del hombre:

Nunca durante el culto de la Iglesia se puede dejar que desaparezca el himno de los Ángeles, ya que es solo esto lo que da a la alabanza de la Iglesia esa profundidad y trascendencia que surge de la naturaleza de la revelación cristiana. Como adoración escatológica, la liturgia de la Iglesia deriva, no de una naturaleza autosuficiente y autocontenida, sino de una naturaleza humana elevada por los ministerios de un orden superior del ser angelical y, por primera vez, verdaderamente suscitada por la alabanza apropiada de Dios por la alabanza del mundo espiritual (ibid.).

Los Ángeles, como ministros espirituales genuinos de la liturgia, levantan alabanzas al hombre para que trascienda su propia naturaleza y participe en la nueva canción de la humanidad redimida. “Es parte de la naturaleza del monje que su Orden imite el ser de los Ángeles y también la naturaleza de esa liturgia que está aliada a la vida angelical. Esto significa, en primer lugar, que se une voluntariamente al himno de alabanza angelical en el curso del Oficio canónico [Divino], mientras que los laicos deben unirse al Sanctus en el curso de la celebración de la Misa» (Pet. p. 25).

“En la presencia de los Ángeles, cantaré Tu alabanza” (Sal 137).

Pero no solo el hombre participa en la liturgia celestial, los Ángeles también descienden y están presentes en la liturgia de la Iglesia en la tierra, ya sea en la celebración de los siete sacramentos, especialmente en la Eucaristía, o en el canto del Oficio Divino. “Porque donde está el Señor Jesucristo, están Sus Ángeles: en Su nacimiento, en Su tentación, Su Resurrección y Ascensión. Debido a que los Ángeles no pueden separarse de Él, también están presentes con Él en la Misa” (ibid. p. 46). En los Salmos oramos: «En la presencia de los Ángeles, cantaré Tu alabanza, oh Señor» (Sal 137). Especialmente en la Santa Misa, existe una larga tradición de que los Ángeles participan en la acción eucarística. En el primer canon eucarístico, el sacerdote reza: «Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a Tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de Tu Ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de Tu Hijo al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición». Una petición similar se encuentra en la Liturgia mozárabe: «hemos recibido lo que santificas y nos distribuyes por Tu santo Ángel» y «ordena que la ofrenda de regalos de la mano de Tus Ángeles sea santificada” (citado en Peterson, p. 33).

Además, por el testimonio de muchos Santos, sabemos que los Ángeles están presentes junto al altar del sacrificio. Cuando el sacerdote se acerca al altar para presentar el sacrificio no sangriento a Dios, San Juan Crisóstomo escribe: “Los Ángeles rodean al sacerdote; todo el santuario y el espacio alrededor del altar se llena con las huestes celestiales, adorando al que yace sobre el altar… Estos Ángeles han sido vistos en una visión alrededor del altar, inclinándose en el suelo como uno puede ver a los soldados parados en la presencia del rey». Eliseo el armenio también escribe: «No estás lejos de los Ángeles, pero ve a rezar junto a ellos para alabar a Dios con ellos. En la medida en que te unes a ellos, se convierten en participantes de tus canciones cuando rezas y cantas alabanzas. Con confianza, alzas la voz y dices: ‘Hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo’ [es decir, ¡como lo hacen los Ángeles!]” (Todo citado en Peterson, p. 33-34).

¡A la alabanza de Su gloria!

Los Ángeles, especialmente en la liturgia, sacan al hombre de sí mismo y lo llevan a participar en su himno de alabanza. Le recuerdan que, como ellos, él es espíritu y está creado para trascender a la gloria de Dios. “Un impulso podría simplemente sentirse como un impulso hacia la pureza de corazón; o uno puede tomar conciencia de un deseo abrumador de claridad mental y una existencia verdadera. El hombre se apresura hacia los Ángeles a lo largo de muchos caminos, no como si esperara convertirse en un Ángel, sino porque su propio ser es solo una existencia preliminar y todavía no parece ser lo que será (cf. 1 Jn 3, 2)» (Peterson, p. 47). Cuanto más avanza el hombre en la vida espiritual y se eleva por encima de sí mismo, más se da cuenta de que no es nada y, por lo tanto, se acerca a su propia forma final, que se asemeja a los Ángeles en su pura alabanza a Dios. Cuanto más avanza en la perfección, más se da cuenta de que toda la creación entra en la alabanza a Dios, desde la estrella más alta hasta la brizna de hierba más baja. San Francisco de Asís, un hombre tan completamente tocado y transformado por la gracia que alcanzó el amor seráfico, se unió tanto con el Ángel como con la naturaleza en la alabanza de Dios. No fue simplemente la exuberancia poética la que lo inspiró a componer el Cántico del sol en su lecho de muerte en el apogeo de su ascenso espiritual a Dios. Más bien:

Él comienza a hacer música como hermano del sol, las estrellas, el agua y la muerte, porque la gracia del Crucificado ha despertado Su criatura hasta lo más profundo, de modo que se convierte no solo en el pecador que ha encontrado misericordia, sino también en la pobre criatura, un pariente del asno, que no puede hacer nada más que derramar las alabanzas de Dios. Por lo tanto, la vida mística de la Iglesia solo puede desarrollarse en estrecha relación con la liturgia de la Iglesia. Solo de la vida de la Iglesia, que alaba a Dios en concierto con los Ángeles y con todo el universo, puede surgir esa alabanza que atestigua, tanto a través de la liturgia como de la vida mística de la gracia, que el cielo y la tierra están llenos de la gloria de Dios (Peterson, p. 49).

El Sanctus de los Ángeles, por lo tanto, acepta la alabanza de toda la creación al cantar la gloria de Dios, y ayuda tanto al hombre como a la naturaleza a alcanzar la meta final, para convertirse en una canción de alabanza a Dios.

En todo el universo, la Santísima Virgen María es la canción de alabanza a Dios más alta, perfecta y pura. Ella entendía su propia humildad, su nada, y en la fe podía abrirse para recibir en el mensaje del Ángel el mayor de todos los dones, la Encarnación del Hijo de Dios en su vientre. Ella es para nosotros un modelo de fe eucarística. Ella llevó a Jesús debajo de su corazón durante nueve meses, amando y conversando interiormente con Él en toda su ocultación. Ella estaba abierta a la voluntad de Dios, incluso hasta el punto de la muerte de su Hijo en la Cruz, diciendo sí, en nombre de todos nosotros, a la obra de la Redención, que se hace presente en cada Santo Sacrificio de la Misa. Ella acompañó a la Iglesia primitiva, reuniéndose con ellos para la «fracción del Pan», la Eucaristía, que renovó en ella ese don de la Encarnación y su dolor debajo de la Cruz. Ella es, de hecho, nuestra Madre en el orden de la fe, Madre de la Santísima Eucaristía, Madre de los Sacerdotes, Madre de la Iglesia. Pero, sobre todo, ella es completamente Magnificat, la alabanza perfecta de la gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad.

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Cartas Sacerdote

CS25 Sacerdocio y Eucaristía

El Sacerdocio y la Santa Eucaristía

En este número de La Cruzada por los Sacerdotes, presentamos a nuestros lectores un extracto de un discurso de apertura pronunciado por el Cardenal Dulles en el Seminario Beato Juan XXIII en septiembre de 2000, sobre la Teología del Sacerdocio en lo que se refiere específicamente a la celebración de la Eucaristía. Se espera que esta presentación proporcione un amplio material para la meditación, así como una comprensión más profunda del sacerdocio. (MH)

El Sacerdote tiene éxito en el triple oficio de Cristo, como Sacerdote, Profeta y Rey. En la Edad Media, cuando la conciencia de lo sagrado era excepcionalmente alta, predominaba la dimensión sacerdotal o culta. En los siguientes años transcurridos después del Concilio Vaticano II, el Magisterio ha intentado afirmar los tres aspectos del oficio pastoral de manera equilibrada. Si bien se da el debido alcance a los ministerios de predicación, enseñanza y gobierno pastoral, estos documentos continúan afirmando la prioridad de los aspectos sagrados y litúrgicos del ministerio, que son básicos para la definición del sacerdocio en todas las religiones.

Según el entendimiento común, el sacerdocio en su esencia es de culto: tiene que ver con la mediación entre la comunidad humana y el Dios trascendente. Como leemos en la Carta a los Hebreos: «Todo Sumo Sacerdote elegido entre los hombres es designado para actuar en nombre de los hombres en relación con Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Heb 5, 1). La mediación va en dos direcciones: de la humanidad a Dios y de Dios a la humanidad. La mediación «hacia arriba» consiste en ofrecer oraciones y sacrificios en nombre de la gente. La mediación de «hacia abajo» tiene lugar cuando el sacerdote transmite la bendición de Dios, que ocurre, especialmente en la Iglesia Católica, a través de los sacramentos.

Contrariamente a la impresión popular de que el Concilio Vaticano II, dio prioridad a otros aspectos del ministerio sacerdotal, de hecho afirmó la centralidad de la oración y el sacrificio. Enseña que los Sacerdotes ejercen sus funciones sagradas «sobre todo en la Adoración Eucarística» cuando, «actuando en la persona de Cristo y proclamando Su misterio», actualizan sacramentalmente el sacrificio de Cristo y ponen sus frutos a disposición del pueblo de Dios.

El Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, declara que es en «el misterio del Sacrificio Eucarístico que los sacerdotes cumplen su más alto cargo». El decreto continúa diciendo que el Sacrificio Eucarístico es el centro y la raíz de toda la vida del sacerdote. El decreto sobre El presbiterado en la misión de la Iglesia, también habla del ministerio del sacerdote como «centrado principalmente en la eucaristía, que lleva a la Iglesia a la perfección». El Concilio llega a decir que la Eucaristía es la «Fuente y culminación de toda la vida cristiana». Porque, como explicó Santo Tomás de Aquino, todos los demás sacramentos y, de hecho, todos los ministerios y obras apostólicas de la Iglesia, derivan y conducen hacia la Sagrada Eucaristía. Como Cristo mismo está presente real y sustancialmente en ella, la Eucaristía contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia.

La enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la centralidad de la Eucaristía, se ha repetido en muchos documentos posteriores al concilio. El documento del sacerdocio ministerial, emitido por el Sínodo de los Obispos en 1971, afirma que «el Ministerio Sacerdotal alcanza su cumbre en la Celebración de la Eucaristía, que es la fuente y el centro de la unidad de la Iglesia». El directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, publicado en 1994, llama a la Eucaristía «el corazón y el centro vital» del ministerio sacerdotal. El papa Juan Pablo II en muchas de sus cartas anuales del Jueves Santo dice lo mismo. En Dominicae Cenae (1980), declara que la Eucaristía es la razón principal del sacerdocio. Tan profundamente interconectados están el Sacerdocio y la Eucaristía, dice, que «no puede haber eucaristía sin el sacerdocio, así como no puede haber sacerdocio sin la eucaristía».

En su audiencia general, el papa actual habla sobre el sacerdocio, insistiendo en que el sacerdote no es solo un funcionario que trabaja para la iglesia como institución. Es un «Hombre de lo Sagrado» consagrado a la adoración que asciende al Padre y a la misión evangelizadora mediante la cual se difunde la verdad de la revelación y la gracia de Dios. «Esta es la verdadera identidad del sacerdote, este es el requisito esencial del ministerio sacerdotal en el mundo de hoy». El papa, concretamente, declara más tarde: «Reafirmo con convicción y profunda alegría espiritual que el sacerdote es sobre todo un hombre de la Eucaristía».

«Envía obreros a tu mies…»

Desde el principio, nuestro Señor exhortó a sus discípulos a rezar al Padre para que enviara obreros a su mies (Mt 9,39).

Los escándalos actuales en el sacerdocio recuerdan que nuestras oraciones por los sacerdotes se necesitan con urgencia. A esto también podemos agregar un espíritu de sacrificio y reparación. Podemos inclinarnos a preguntar, «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Por qué tiene entonces cizaña?” (Mt 13,27). En buena parte, la mala semilla que el enemigo ha sembrado es un espíritu de mundanalidad, placer y comodidad, que condujo a un colapso de la moral sexual, al colapso de la familia, que a su vez, derivó en una perversidad sexual aún mayor, y en una ceguera espiritual. Una cura no remediará la situación; lo que se necesita es una profunda y genuina conversión de corazones, por parte del pueblo de Dios, comenzando, por los sacerdotes. Con este fin deseamos implorar al Padre por medio de su Hijo. 

Una pregunta inmediata que surge en la mente de muchos es ¿cuál es la mejor manera de orar por los sacerdotes y su santificación? La respuesta no es una oración en particular o incluso una forma particular de oración, sino «orar con frecuencia por los sacerdotes y ofrecer una variedad de buenas obras por su santificación». Aquí hay algunas sugerencias que pueden ayudar a que sus oraciones sean más efectivas.

‘Adoptar’ o rezar por un sacerdote u obispo en particular, que encuentren especialmente problemático, en lugar de uno que les guste. Esto requiere un mayor sacrificio y, por lo tanto, nos educará en el amor desinteresado de Cristo y será más meritorio y eficaz. Nuestra caridad es como una cadena, tan fuerte como su eslabón más débil. Al trabajar en nuestros ‘vínculos débiles’ de caridad, nosotros mismos creceremos y contribuiremos más a la construcción del Cuerpo de Cristo, la Iglesia.

Oren especialmente por los sacerdotes recién ordenados. Son como plantas jóvenes en el jardín, tiernas y por lo tanto necesitan cuidados especiales. Su inmersión en el apostolado, su falta de experiencia, aislamiento y algunas veces, su desilusión, son especialmente experiencias dolorosas al comienzo del ministerio. Un estudio publicado recientemente, estimó que entre el diez y el quince por ciento de los sacerdotes estadounidenses abandonan el sacerdocio dentro de los cinco años posteriores a su ordenación. 

Ofrezcan una parte de sus sufrimientos por los sacerdotes, ya sean enfermedades, dificultades, noches de insomnio, una próxima operación u otras molestias.

Oren por las almas de los sacerdotes en el purgatorio, pidiéndoles que intercedan por sus compañeros sacerdotes en la tierra. Sería bueno ganar al menos una indulgencia plenaria por semana para ellos. En general, las oraciones por las pobres almas, que no pueden ayudarse a sí mismas, son una gran obra de misericordia, cuando ellas llegan al cielo a través de nuestras oraciones, nunca olvidan orar por nosotros, pobres pecadores. A su agradecimiento podemos recomendar oraciones por los sacerdotes. 

Ofrezcan al menos un rosario por día para los sacerdotes. Cuando sea posible, recen con los demás el rosario, en una Iglesia ante el Santísimo Sacramento.

Ayunen con prudencia con la aprobación de un sacerdote o director espiritual por la santificación y conversión de los sacerdotes, especialmente por aquellos en estado de pecado mortal y que se encuentren en las garras del diablo. Como Cristo mismo nos ha dicho, hay algunos tipos de demonios que solo pueden ser expulsados ​​por la oración y el ayuno (ver Mc 9,29). El papa Juan Pablo II ha declarado que «las primeras y más efectivas armas contra las fuerzas del mal son la oración y el ayuno». (Evangelium vitae, 100.2).  

Si dicen la Liturgia de las Horas, ofrézcanla en reparación por todos los sacerdotes que han dejado de rezar sus oficios. Si no saben cómo rezar la Liturgia de las Horas, consideren aprender a hacerlo, ya que es la oración oficial de Cristo nuestro Sumo Sacerdote, en y con la Iglesia. 

Oren la Coronilla de la Divina Misericordia todos los días, o al menos todos los viernes, a las 3:00 p.m. La Hora de la Misericordia, pidiéndole a nuestro Señor que sea misericordioso con sus sacerdotes. El Señor le reveló a Santa Faustina que grandes gracias están unidas a la oración en este momento. «A las tres en punto, implora Mi Misericordia, especialmente por los pecadores y, aunque solo sea por un breve momento, sumérgete en mi pasión, particularmente en mi abandono en el momento de la agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para todo el mundo. En esta hora, no rechazaré nada al alma que me lo pida en virtud de mi pasión». (Diario, 1320). Por lo tanto, es útil y eficaz rezar también en este momento la corta pero poderosa jaculatoria, «Oh Sangre y Agua que brotaste del Sagrado Corazón de Jesús como fuente de misericordia para nosotros, en Vos confío».

Hagan las Estaciones del Via Crucis, al menos, una vez por semana por los sacerdotes. Intenten hacer esto a las tres en punto, si es posible. Cristo le dijo a Santa Faustina: “Hija Mía, en esa hora procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia.  Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante.” (Diario, 1572). 

Visiten a una persona enferma en un hospital o en un hogar de ancianos, para reparar por los sacerdotes que no han podido consolar a los enfermos y ofrecerles el consuelo de los sacramentos. 

Hagan una hora santa ante del Santísimo Sacramento, al menos una vez por semana, por los sacerdotes. Si ya hacen esto, intenten hacer otra, o pasen otra media hora ante del Santísimo Sacramento, o al menos traten de hacer una visita adicional a una iglesia o capilla. 

Hagan al menos una comunión de reparación cada semana, al Sagrado Corazón de Jesús, para reparar la irreverencia de los sacerdotes y en expiación por las misas sacrílegas ofrecidas por ellos en estado de pecado mortal.  

Estas son solo algunas de las oraciones y sacrificios que se pueden ofrecer por los sacerdotes. Hay muchas otras, pero lo que hay que destacar en este momento es la necesidad crítica de que todos nosotros hagamos algo extra no solo por la santificación de los sacerdotes, sino también en reparación por los pecados de aquellos sacerdotes que le han fallado al Señor.      

Nueve años atrás, un 11 de junio, el papa Juan Pablo II escribió una carta a todos los obispos de los Estados Unidos, cuando un escándalo similar al de hoy en día, pero menos grave, sacudió a la Iglesia en América. Al final de su carta, el papa advirtió a los obispos, en palabras que ahora parecen proféticas: «Sí, queridos hermanos, Estados Unidos necesita mucha oración, para que no pierda su alma». Entonces, redoblemos nuestras oraciones y sacrificios por los sacerdotes, para que América crezca en santidad y así cumpla su misión de ser testigo del evangelio de Cristo en el mundo moderno.

 

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CC67 Padre nuestro – pan

“Danos hoy nuestro pan de cada día”

La cuarta petición del Padre Nuestro, «danos hoy nuestro pan de cada día», es tan sencilla, que hasta un niño puede entenderla. El pan que Dios nos da, sin embargo, es tan nutritivo, que satisface cualquier necesidad humana tanto en el ámbito espiritual como en el temporal. Las tres primeras peticiones expresan nuestros deseos eternos: «¡Santificado sea Tu nombre! ¡Venga a nosotros Tu Reino! ¡Hágase Tu voluntad!».

Anhelamos participar desde ahora de aquella unión celestial con la Santísima Trinidad, junto con los Ángeles y los santos, «en la tierra como en el cielo». En la segunda parte del Padre Nuestro pedimos aquellas cosas que necesitamos en esta vida. Estas peticiones se hayan formuladas en la segunda persona del singular -es decir, en la forma como un niño hablaría con su padre, cuando tiene algún deseo-, y expresan nuestras necesidades vitales, como peregrinos que somos en esta tierra. El Catecismo Romano observa que «hay innumerables cosas cuya privación podría provocar que perdiésemos la vida o que ésta fuera desagradable» (IV, 13, 7). Con todo, pueden resumirse en cuatro sencillas peticiones: el pan de cada día, el perdón, el auxilio en la tentación, y que seamos librados del mal. En ninguna otra oración se confirma con tanta claridad el hecho de que nuestro peregrinaje en esta tierra atraviesa verdaderamente por un valle de lágrimas, si se tiene en cuenta que tres de las cuatro peticiones se refieren a realidades negativas: que se nos libre de las repercusiones del mal y del pecado, de la tentación, y del dominio del diablo. Lo peculiar de la cuarta petición es que sólo en ella se expresan con palabras las necesidades positivas de nuestra alma y de nuestro cuerpo en este mundo. Este es, en verdad, un pan absolutamente extraordinario, que puede satisfacer tantas necesidades.

1. El pan de la vida cotidiana

¿Qué significa (tal es la pregunta que podemos hacernos) la petición «danos hoy nuestro pan de cada día»?

a. Las necesidades fundamentales de la vida humana

            En primer lugar, pedimos el pan como alimento fundamental del cuerpo. Desde una perspectiva bíblica pan significa alimento (cfr. Gn 31, 54; Job 42, 11; Sal 147, 9; Mt 3, 20; Mt 15, 2; Jn 13, 18; etc.). El pan se constituye en la medida y el medio sencillo, pero suficiente, de una forma de vida humana y digna. En un sentido más amplio, el término pan, alude también al vestido y a un techo. San Agustín comenta lo siguiente al respecto: «Pedimos estas cosas temporales no como nuestros bienes, sino como nuestras necesidades» (Homilía Nº 2 sobre el capítulo 5 de San Mateo). No debemos aspirar al lujo. «Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso» (1 Tim 6, 8). Salomón oraba sabiamente, diciendo: «déjame disfrutar mi bocado de pan» (Pr 30, 8c). El Señor nos enseña a pedirle al Padre, con sencillez y con la confianza de un niño, el pan; seguros de que Él sabe, mejor que nadie, lo que necesitamos. Ciertamente, una desmesurada preocupación por nuestro bienestar corporal nos apartaría de nuestra meta eterna.

Además, no sabemos lo que más nos conviene para nuestra eterna salvación. Bien podemos pedir muchas cosas, pero hemos de hacerlo con una confiada entrega a la amorosa providencia de Dios (cfr. Mt 6, 25ss; Rom 8, 26; Catecismo Romano). «Jesús nos enseña esta petición; con ella se glorifica, en efecto, a nuestro Padre reconociendo hasta qué punto es Bueno más allá de toda bondad» (CIC 2828) «El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales» (CIC 2830).

b. El don de Dios

            Al no pedir otra cosa que el pan de cada día, ponemos en práctica el espíritu de parquedad, superando, así, toda injusta preocupación, de la cual Cristo nos advierte: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Por todas esas cosas se afanan los paganos; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero Su Reino y Su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6, 31-33). Así pues, aquella petición es al mismo tiempo un compromiso con la pobreza de espíritu. El pan es el símbolo por antonomasia del don de Dios. Mientras que ciertas cosas son dadas solamente una vez (p. ej. una herencia) y otras cosas de cuando en cuando (p. ej. el vestido), el alimento (pan) debe ser dado y recibido diariamente; como el maná -símbolo del don de Dios-, regalado cada día y de manera nueva, y que tuvo que ser recogido diariamente como señal de la desbordante generosidad de Dios. Nos alegramos de poder recibir diariamente el pan; nos llena de gozo saber que nosotros, Sus hijos, podemos experimentar incesantemente la bondad paternal de Dios. «¿No es Él tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?» (Dt 32, 6b); y «confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 P 5, 7).

c. Una petición comunitaria

            Cristo nos enseña a pedir este pan como «nuestro» pan. La forma plural ‘danos’ es la expresión de la Alianza: Nosotros somos de Él y Él de nosotros, para nosotros» (CIC 2829). Es aún más sabroso recibir nuestro pan diario de Sus manos, pues Él es el dador. Lo comemos en Su presencia y entramos en comunión con Él mediante Su don. «Pero este ‘nosotros’ lo reconoce también como Padre de todos los hombres, y nosotros le pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus sufrimientos» (CIC 2829). Y el Catecismo enseña, además, que «esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cfr. Lc 16, 19-31) y del juicio final (cfr. Mt 25, 31-46) (CIC 2831). Hay que tener presente que todo lo que poseemos nos viene de Dios: «¿Qué tienes que no hayas recibido de Él? Y, si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? «(1 Cor 4, 7). Así pues, si es un don de Dios, entonces es la respuesta a nuestra oración: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Y puesto que cada uno pide por «nosotros», no tengo derecho de conservarlo sólo para mí mismo. ¿A quién, pues, se refiere este «nosotros»? ¿Quién es mi prójimo? Preguntémosle al buen samaritano; él lo sabe.

2. Nuestro pan espiritual

            Como el cuerpo, el alma del cristiano necesita también de su propio pan cotidiano. «Esta petición y la responsabilidad que implica sirven además para otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino que vive de todo lo que sale de la boca de Dios’ (Dt 8, 3; Mt 4, 4), es decir, de Su Palabra y de Su Espíritu… Hay hambre sobre la tierra, “mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios (Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía» (CIC 2835).

a. El maná de la fe

            Jesús compara el don de la fe con pan. Luego de la multiplicación de los panes Jesús dijo a la muchedumbre: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre… Porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo…. La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado» (Jn 27-33). La multitud comprende que Jesús exige fe, pero ellos exigen la «obra del pan para sus estómagos». Jesús les respondió: «Yo soy el pan de vida. El que venga a Mí, no tendrá hambre, y el que crea en Mí, nunca tendrá sed. …Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que Yo le resucite en el último día» (Jn 6, 35; 40). De esto se desprende que Jesús, como objeto de nuestra fe, es nuestro Pan de cada día, el cual pedimos.

b. La Eucaristía: el Pan que da vida

            Jesús es más que nuestro pan de la fe. Él es nuestro Pan eucarístico. Sólo después de que los Discípulos creen en Él, pueden creer en Su presencia en la Eucaristía: «Yo soy el Pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el Pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Si uno come de este Pan vivirá para siempre; y el pan que Yo le daré, es Mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 48-51). Muchos de los discípulos comenzaron a murmurar, diciendo: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52) Observemos -tal como Jesús lo confirma- que ellos le han entendido muy bien, al declarar solemnemente: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come Mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 52b-54). A fin de comprender mejor este Pan, debemos ahondar, dentro del contexto bíblico, en los conceptos vinculados a él: «cotidiano» (en griego epiousios) y «hoy» (en griego semeron)

1. El significado de la palabra «cotidiano» (epiousios)

La palabra para expresar «cotidiano» (en griego epiousios), que Jesús emplea aquí, es poco corriente. De hecho, no se encuentra en ningún otro lugar de las Sagradas Escrituras ni en la antigua literatura griega. Su significado fue motivo de discusión desde la época de los Padres de la Iglesia. Algunos derivan el término epiousion de epi-enai (alimentarse), dándole así un significado temporal, en el sentido del pan del día de hoy o también del día venidero. Y como esto acontece diariamente, por eso en nuestra traducción del Padre Nuestro se dice pan «de cada día». A semejanza de la tradición que se hizo común entre los Padres griegos, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Tomada al pie de la letra (epiousios: ‘lo más esencial’), designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, ‘remedio de inmortalidad’ sin el cual no tenemos Vida en nosotros» (CIC 2837). Ya San Jerónimo había traducido el término en ese sentido.

2. El significado de la palabra «hoy» (semeron)

El Catecismo confirma esta interpretación eucarística, al subrayar el significado teológico y escatológico de la palabra «hoy» («danos hoy nuestro pan de cada día»). «Como se trata sobre todo de Su Palabra y del Cuerpo de Su Hijo, este ‘hoy’ no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el Hoy de Dios» (CIC 2836). «Si recibes el pan de cada día -nos dice San Ambrosio-, cada día es para ti hoy. Si Jesucristo es para ti hoy, todos los días resucita para ti. ¿Cómo es eso? ‘Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy’ (Sal 2,7). Hoy, es decir, cuando Cristo resucita (San Ambrosio, sacr., 5, 26; cfr. CIC 2836). Esta es, en realidad, una invitación a que comulguemos diariamente. Pero en un sentido más inmediato, constituye una invitación a efectuar una comunión espiritual cada vez que pedimos al Padre: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Pues si participamos de Cristo, participaremos también de Su vida resucitada. Esto apunta al significado pleno de la palabra «hoy», a saber: todo el misterio pascual de la Pasión, Muerte, Resurrección y Glorificación de Jesús. San Pedro Crisólogo escribió: «El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el pan del cielo. Cristo mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del Sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial» (San Pedro Crisólogo, serm. 71; cfr. CIC 2837).

c. El Pan que da unidad al cuerpo

1. Unidad con el Padre

Cuando recibimos del Padre el Pan sacramentado, recibimos al mismo Cristo. Por otra parte, podemos decir también con certeza, que mediante la Eucaristía Cristo nos asume en Sí y nos hace miembros de Su Cuerpo. Y al asumirnos, nos unimos al Padre. San Hilario explica: «Si en verdad la Palabra se hizo carne y si en la Cena del Señor comemos realmente la Palabra encarnada, entonces no podemos hacer otra cosa que creer que Él permanece en nosotros según la naturaleza… Él unió la naturaleza de Su carne con la naturaleza eterna bajo el signo salvador de la Carne, de la cual hemos de participar. Así pues, todos somos uno, porque el Padre está en Cristo y Él en nosotros… Hasta qué punto estamos en Él mediante el Sacramento de la Comunión con su Carne y Sangre, nos lo dice Él mismo con las palabras: ‘…Yo estoy en Mi Padre, vosotros estáis en Mí, y Yo estoy en vosotros…’ Una vez más, Él está en nosotros a través del misterio de los Sacramentos… Así pues, hemos de avanzar hacia la unidad con el Padre» (De Trinitate 8, 13-16). Por eso la petición por la Eucaristía es dirigida al Padre, pues es a través de Cristo que vamos al Padre.

2. Unidad con los miembros de Cristo

            Como miembros de Su Cuerpo, nos encontramos también unidos unos a otros en Cristo: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo Pan.» (1 Cor 10, 17). Por eso, en esta unidad mística nos hacemos, en cierta manera, «pan» unos para otros, pues todas nuestras buenas obras y oraciones confluyen en el misterio de la «comunión de los santos», favoreciendo así a todos. Esta unidad se inicia con el Bautismo, pero se completa en la Eucaristía. El texto que publicó la Comisión Histórico Teológica para la celebración del Jubileo santo del año 2000 enseña: Mediante la Eucaristía «no sólo estamos unidos con Cristo, quien es la Cabeza, sino también con Sus miembros… No se puede estar en comunión con Cristo, que es la Cabeza, si en la propia vida dejamos a un lado Su Cuerpo, la Iglesia. Esto significa que estamos unidos a Cristo en la medida en que estemos también unidos con los hermanos; así como no se puede estar unido con los hermanos, si no se está unido a Cristo, la Cabeza. La Eucaristía crea esta comunidad bidimensional, que en definitiva constituirá una única realidad, a saber: el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Por eso se acostumbra a decir que la Eucaristía ‘hace la Iglesia». El origen de la unidad y de la cohesión en esta Comunidad es siempre el Espíritu Santo. Esto lo enfatizan también las nuevas Oraciones eucarísticas, en las cuales el sacerdote, luego de las palabras Consagratorias, reza una segunda epiclesis, para hacer de todos «un Cuerpo y una Sangre en Cristo». Después de la Resurrección y del acontecimiento de Pentecostés, Cristo existe sólo como «Cristo perfecto», como Cabeza unida a los miembros… La Eucaristía, como comunión del Espíritu Santo, se constituye, entonces -en un doble sentido- en «comunión de los santos»: comunión en las cosas santas y comunión de los santos, es decir, de hombres santificados por el Espíritu Santo» (El Espíritu de Dios en el mundo, Schnell & Steiner, 1997, capítulo VII, 2.3). Cuando pedimos al Padre que nos dé el pan de cada día, pedimos entonces también esa santa unidad con Cristo y con los miembros de Su Cuerpo.

3. Los santos Ángeles y el pan de la vida diaria

La misión de los Santos Ángeles con miras a nuestro pan cotidiano es triple: 1) Su preocupación por nuestras necesidades temporales, dada su condición de administradores de la creación material; 2) Su misión como guías en la vida espiritual, y 3) Sus funciones litúrgicas como amigos y siervos del Esposo de nuestra alma. San Ambrosio nos enseña: «Cuando el Cuerpo de Cristo se hace presente, es indudable que también los Ángeles se hacen presentes» (Sobre Lucas 1, 12). Ellos sirven a Cristo y nos ayudan a tener una unión más perfecta con Él. Pedimos, pues, en particular este Pan Eucarístico, cuando clamamos: «Danos hoy nuestro pan de cada día».

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CC59 Caminar presencia de Dios

El caminar en la presencia de DIOS

Cada bien en la vida espiritual, depende de recorrer con humildad, nuestro camino con DIOS: Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno, y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu DIOS (Mi 6,8).

En nuestra última carta circular demostramos que la unión con DIOS sólo puede darse, cuando tenemos la mirada de nuestro corazón fija en DIOS, al igual que los santos Ángeles. Queremos continuar estas reflexiones para dar un paso más y considerar lo que significa caminar en la presencia de DIOS. ¿Por qué sería necesario este ejercicio? ¿Será algo para los principiantes o solamente para los avanzados?

En el Antiguo Testamento los patriarcas Henoc y Noé recibieron el máximo elogio. ¿Y por qué? Porque andaban en la presencia de DIOS: Henoc anduvo con DIOS, y desapareció porque DIOS se lo llevó (Gn 5,24). Noé fue el varón más justo y cabal de su tiempo. Noé andaba con DIOS (Gn 6,9). Por la fe, Henoc fue trasladado de modo que no vio la muerte y no se le halló, porque DIOS lo trasladó… la Escritura nos da en su favor, el testimonio de haber agradado a DIOS (Hb 11,5).

Más tarde, la Alianza que DIOS hizo con Abraham, estuvo ligada a la siguiente condición: Cuando Abraham tenía noventa y nueve años, se le apareció Yahveh y le dijo: ‘¡Yo soy el DIOS Todopoderoso, anda en mi presencia y sé perfecto!’ (Gn 17,1). La confianza de Abraham, que se manifiesta en este santo ejercicio, proviene de la ayuda del Ángel. “Porque dice a su siervo: ‘El Señor, en cuya presencia he andado, enviará su Ángel delante de ti, y hará que logres tu cometido’” (Gn 24,40). Al caminar en la presencia de DIOS, podemos experimentar el auxilio especial del santo Ángel, porque exactamente este ejercicio nos pone atentos para colaborar con la gracia de DIOS.

¿Qué se entiende con el «andar en la presencia de DIOS»?

El andar en la presencia de DIOS consiste en una atención amorosa del alma a DIOS que inhabita en ella, en todo su actuar. Comienza con el contacto con DIOS en la oración; y lleva como fruto a una unión siempre más profunda con DIOS.

Es la conciencia práctica y espiritual, de que DIOS está presente en todo mi quehacer, unida con la intención pura, de hacer todo según Su voluntad y para Su gloria, y en la medida en que yo me haga más semejante a Él – me brinda la gracia de unirme eternamente a Él. Tal intención puede ponerse evidentemente al inicio del día, pero, para «andar en la presencia de DIOS» se requiere otra cosa más: la actitud fundamental consciente, por la cual se vive y actúa siempre en la luz de la fe. A partir del entendimiento natural del hombre, el actuar debe ser determinado por la inteligencia y la voluntad; partiendo del entendimiento sobrenatural, el actuar debe ser determinado conscientemente por la fe y por el amor. Sólo el crecimiento en las virtudes teologales decide el caminar en la presencia de DIOS, y éstas colocadas así, son los principios activos, es decir, los determinantes y ejecutantes de todo nuestro actuar. En este ‘actuar’ de la colaboración de cada uno con la gracia de DIOS, el Ángel de la Guarda es como el «representante principal» de parte de DIOS.

El nuevo Catecismo enseña: La vida de oración consiste, en estar habitualmente en presencia de DIOS, tres veces Santo, y en comunión con Él. Esta comunión de vida es posible siempre porque, mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con CRISTO (CIC 2565).

El caminar en la presencia de DIOS es para todos los cristianos el camino normal hacia la verdadera oración interior y hacia la unión con Cristo. La «doctora de la oración», Santa Teresa de Avila escribe:

Consideren, cuán importante es para ustedes, conocer la verdad de que el Señor inhabita en nosotros, y de cuánto depende, que nosotros estemos junto a Él. En esta manera de oración, aun cuando sería sólo oralmente, el espíritu queda recogido mucho más fácilmente y además se ganan muchos otros beneficios. Es llamada oración de recogimiento, porque en eso, el alma concentra todas sus fuerzas y entra con su DIOS en lo más interior. … Quien sabe encerrarse de esta manera en el pequeño cielo de su alma, donde habita el Creador del cielo y de la tierra, y se acostumbra a mirar nada fuera de Él, y de no rezar en lugares donde los sentidos exteriores fácilmente se pueden distraer, éste puede estar convencido, que anda en un camino excelente, y en breve llegará ahí, donde puede beber el agua de la fuente misma; y en poco tiempo recorrerá un gran trayecto del camino (Camino de la perfección, cap. 28, § 4-5).

San Agustín buscó a DIOS y la gracia por muchos años afuera en el mundo, hasta que finalmente descubrió que DIOS está en nuestros corazones y ahí nos está esperando. Si alguna vez conociéramos, que el Reino de DIOS está dentro de nosotros, para aquél, que tiene la recta intención, sólo le queda una opción. Quien se cierra a la aspiración de caminar en la presencia de DIOS, toma una decisión, lo que explica por qué tantas almas, no encuentran un verdadero progreso en la vida espiritual. Se decidieron – quizá inconscientemente – por la mediocridad, al haberse abierto a un espíritu mundano. Su corazón queda dividido entre DIOS y las criaturas. Por eso, no pueden estar, en esta vida, unidos a DIOS en una amistad íntima.

Muchos creen falsamente, que el caminar en la presencia de DIOS es un ejercicio para ‘avanzados’. Pero la verdad es lo contrario, como nos asegura san Alfonso de Ligorio: Los doctores espirituales, designan con razón, al ejercicio de caminar en la presencia de DIOS, como el «fundamento» de la vida espiritual (La verdadera esposa de Jesús, cap. 16,3). No podemos recordar lo suficiente, que el caminar en la presencia de DIOS no es una gracia superior y mística, sino más bien el ejercicio de una virtud, a la cual cada cristiano debería acostumbrarse. Santa Teresa de Avila, considera ésta temática desde el punto de vista de la oración: «un alma podría conseguir, por un esfuerzo continuo y permanente y, con la gracia de DIOS, dentro de un año o tal vez dentro de medio año, el estado del recogimiento interior» (cfr ibid. cap. 29, in fine).

De la necesidad del caminar en la presencia de DIOS

Puesto el caso, alguien tiene un invernadero, en el cual deja entrar la luz del sol apenas una o dos horas al día. ¿Qué expectativa tendría una planta que necesita la luz? ¡Muy poca si la tiene de algún modo! Supongamos que este invernadero sea el alma, y aquella pobre plantita sería la vida espiritual del alma que está deseando la luz. Además, suponiendo que durante los diversos ejercicios espirituales (santa Misa, contemplación, rosario y lectura espiritual) se abriera una ventana espiritual que deja entrar la luz del sol de la gracia divina. Luego que empieza a brillar en el alma, decimos: «¡Qué maravilla!» Pero seamos sinceros: En la mayoría de las personas, sumados todos estos ejercicios, ni siquiera se llega a una hora de «luz del sol» en un día, es decir, del contacto con DIOS. No es de admirar, que la vida espiritual de muchas almas esté tan débil y enferma. Al contrario, un alma que siempre anda en la presencia de DIOS, estaría continuamente en la luz de la gracia divina. No hay que admirarse, que santa Teresa atribuyese el rápido y constatable progreso, al caminar unidos a DIOS.

Un año de esfuerzo es poco, en relación a los bienes que hay que adquirir. Además, no hay un acceso ordinario para el crecimiento espiritual para llegar a la unión con DIOS. Sin un caminar continuo en la presencia de DIOS, nunca seríamos perfectos (Konrad Hock: Der Wandel in der Gegenwart Gottes ‘El caminar en la presencia de DIOS’, p. 19). Es, porque el caminar en la presencia de DIOS no solamente es un medio entre muchos, como por ejemplo el rosario, Vía Crucis, lectura espiritual, contemplación y otros ejercicios. Nuestro ejercicio en las virtudes teologales, y éstas por sí mismas, son el medio directo para la unión con DIOS. Incluso el recibir la santa Comunión, si realmente esperamos un fruto espiritual, requiere el ejercicio de las virtudes divinas. Por eso, otros medios tendrán beneficio solamente en esta medida, conforme vayan de la mano junto con el ejercicio de las virtudes divinas.

Qué verdadera es la observación de Konrad Hock: “En cuanto el hombre no camina en la presencia de DIOS, son las criaturas y él mismo, el punto central de sus aspiraciones y acciones, y a DIOS lo considera más o menos, como un asunto secundario. En cambio, cuando el hombre camina en la presencia de DIOS, DIOS se hace el centro de su vida y de sus aspiraciones. Las creaturas y el propio yo se dejan de lado; y así, la senda está libre para la unificación más íntima con DIOS en el amor, es decir, en la perfección» (ibid. p. 21).

¿Qué imagen espiritual dan aquellos fieles negligentes, que aspiran en caminar en la presencia de DIOS? ¿Hacia qué cosa orientan su pensamiento? Cuando se trata de personas con buena intención, entonces están preocupadas del bienestar y de las necesidades de su familia, amigos y compañeros. Quieren hacer algo bueno y ayudar. Consecuentemente están ocupadas en sus pensamientos de buscar nuevos caminos, que los hagan felices, que los consuelen y ayuden, para ganarse así su simpatía. En otras almas menos nobles, los pensamientos giran alrededor de su propio yo y de sus propios asuntos. Están presos en sus esperanzas y preocupaciones… Se complacen a sí mismos en la contemplación de sus propias cualidades, de sus éxitos pasados y esperanzas futuras. Disfrutan en tener compasión de sí mismos y de criticar a sus enemigos. En una palabra, hacen ensayos en su corazón del espectáculo de su propia vida, que son como burbujas de jabón. Su vida interior no sólo es superficial, sino que es un laberinto de bagatelas, apegos acostumbrados y enemistades.

Puede ser que sean católicos practicantes, que todos los días rezan, quizá también van a Misa diaria, regularmente hacen una lectura espiritual y todos los días rezan el rosario. Aun así, su vida espiritual está anémica, porque al fin de cuentas, DIOS no es lo más importante de cada día. Y lo que hace peor la cosa y mucho más grave: cuando uno la observa más de cerca, entonces los ejercicios de piedad de tales personas son bastante improductivos. Se quejan de grandes dificultades para poder concentrarse en la oración, en la contemplación, … y al mismo tiempo confiesan que los molestan las distracciones. Pero, ¿no son estas distracciones, en el fondo, unas «contemplaciones» sobre cosas erradas? Ahí donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón (Mt 6,21). Sin embargo, santa Teresa también toma en consideración las debilidades de la naturaleza humana, cuando dice: También la lectura de un buen libro, es un medio excelente, para aprender a hablar con el Señor (Camino de la perfección, cap. 26). Menciona, que de esta forma, ella misma tomó como auxilio un libro durante diez años, para que no se piense, que el caminar en la presencia de DIOS sería un medio universal de curación para las debilidades de nuestra naturaleza, y no el fruto de una colaboración continua y perseverante con la gracia de DIOS.

Ventajas del caminar en la presencia de DIOS

Según san Alfonso de Ligorio, la vida espiritual consiste en tres cosas: el evitar el pecado, el ejercicio de las virtudes y la unión con DIOS. El caminar en la presencia de DIOS produce tres efectos: guarda al alma del pecado, la dirige hacia el ejercicio de las virtudes y la mueve a unirse con DIOS mediante un santo amor (Loc. cit. cap. 16,3).

Que las siguientes consideraciones nos animen a caminar más celosamente en la presencia de DIOS. Casi ningún otro ejercicio produce un fruto tan rico y abundante en el alma como éste.

I. Seremos preservados del pecado

Un confesor acostumbraba a preguntar a los niños, que confesaban un robo: «¿Pero no robaste cuando alguien te estaba viendo, no?» «¡Claro que no!» «Pero, ¿no te quedó claro, que DIOS y tu Ángel de la Guarda siempre te están viendo?» – Qué alegría es ver, cómo los ojos de los niños se abrían admirados de comprender esta gran verdad.

San Jerónimo afirma: El pensar en DIOS destierra toda acción ignominiosa (Comentario sobre Ezequiel, cap. 22). San Alfonso confirma que, no hay un medio más eficaz para dominar las pasiones que, resistir a las tentaciones y evitar el pecado, acordándose de la presencia de DIOS (loc. cit.). Un pensamiento semejante y universal expresa santa Teresa: Toda nuestra miseria viene de que, no consideramos que DIOS realmente está presente, sino que lo creemos lejos (cfr san Alfonso, loc.cit.). Lo más probable es que, simplemente nos olvidamos de su presencia. El pensamiento de que DIOS, está realmente presente, no solo nos ayuda a resistir a las tentaciones excitantes, sino que también fortalece poderosamente al alma, en medio de las corrupciones y desgracias.

San Efrén una vez fue tentado por una mujer desvergonzada. Le respondió que el lugar propicio para tal pecado sería la plaza pública del mercado, contra lo cual ella protestó, porque esta acción no se podía hacer ante los ojos de todos. Contestó el Santo: «¡Y cuánto más deberíamos temer, cometer tal acción ante los ojos de DIOS!» Evidentemente no había pensado la mujer en esto, porque la respuesta la tocó en medio del corazón, así que rompió en lágrimas y suplicó a san Efrén que le ayudara a conseguir la salvación. De hecho, entró en un convento, donde algunos años más tarde, alcanzó una santa muerte (cfr. san Alfonso, loc. cit. cap.16 § 3). Susana fue fortalecida, prefiriendo aceptar una gran vergüenza y la muerte, antes de consentir al pecado con los viciosos ancianos: es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho, que pecar delante del Señor (Dn 13,23). También los mártires fueron fortalecidos en sus dolores por el pensamiento en la presencia de DIOS y por el servicio de los santos Ángeles.

El pensamiento en la majestad de DIOS nos anima a la purificación de nuestra alma, porque en esta luz estaremos exactamente conscientes de nuestra propia miseria e imperfección. El pensar en la misericordia de DIOS, que está cerca para curarnos, nos lleva al arrepentimiento y hace calmar las críticas y reproches amargos.

II. Seremos animados al ejercicio de las virtudes

El caminar en la presencia de DIOS causa un despertar espiritual. Es, como si se nos cayeran las vendas de los ojos y de repente, el alma ve su vida y sus obras, en la luz verdadera de DIOS. Reconoce que, incluso sus obras buenas, están deformadas por la vanidad, la voluntad propia, retrasos y comodidad. De alguna manera, siempre había buscado, además del Reino de los Cielos, también un reino en la tierra. ¡Cómo hubiese sido mejor servir a DIOS! ¡Cuánto tiempo desperdició en el pasado, qué pobre y miserable fue su oración, qué tibio y superficial fue en el ejercicio de la virtud! Este despertar del engaño de sí mismo es el comienzo de una vida nueva. En el futuro, se propone servir mejor a DIOS con una intención pura. La humildad es comprendida de una forma totalmente nueva: ¿Quién es DIOS y quien soy yo? Así el Señor mostró a Josefa Menendez (una mística española) un estanque sucio, en el cual se encontraron diversos objetos de basura. Preguntó: ¿Qué es eso Señor? Mi querida, esto es tu alma. El Señor le dio esta luz, no para aplastarla, sino para animarla a una aspiración heroica de las virtudes. En esta humildad despertada en forma nueva, le será también más fácil al alma, mirar las debilidades de las otras personas con misericordia.

Caminando en la presencia de DIOS, el alma descubre aún más, la bondad de DIOS. Empieza por alegrarse en Sus perfecciones, y le encanta expresar su agradecimiento y su alabanza. Con la mirada siempre fija en DIOS, el alma podrá cumplir con sus ejercicios espirituales con mayor facilidad, porque ahora Él es realmente el tesoro de su corazón. En la medida que va aumentando este aprecio, el alma crece por sí misma en la pobreza y en el desprendimiento, porque los bienes de este mundo pierden su fuerza de atracción: Lo que era para mí una ganancia, ahora lo juzgo una pérdida a causa de Cristo (Fil 3,7).

Este desarrollo en el alma, normalmente no se da sin mayores crisis interiores y sufrimientos. En cuanto las fuerzas superiores del alma comienzan a alegrarse en las cosas de DIOS, las fuerzas inferiores oponen mucha resistencia, ya que no están dispuestas a renunciar a su apego al mundo. Muchas almas, en este punto, vuelven hacia atrás y dejan su vida de oración y sus prácticas en las virtudes. Santa Teresa relata y lamenta la situación triste de su alma durante esta fase de su propia vida espiritual:

Comencé por echarme de un pasa tiempo a otro, de una vanidad a la otra y de una ocasión a la otra. Al final caí en ocasiones tan peligrosas, y mi alma estaba tan entrelazada en una multitud de vanidades, que, por consiguiente, ya no me atreví a tratar con DIOS tan íntimamente como se hace en la oración interior. Además, se juntó, que con el crecer de mis pecados desapareció aún más el gusto y la alegría en el ejercicio de las virtudes. Pero era el engaño más horrible, en el cual el diablo me podía colocar bajo la apariencia de la humildad, así que yo no me atreví a practicar la oración interior, porque me vi tan mala a mí misma (La vida de santa Teresa, cap. 7,1).

Hay que considerar su estado triste, cuando un año más tarde regresó a la oración, al principio se le empeoró todavía más, porque su alma estaba dividida:

Continué nuevamente con la oración interior. Las ocasiones (para el pecado), que continuamente se me presentaron, aún no las dejaba. Por eso llevé una vida sumamente dolorosa, porque mis faltas ahora se me presentaron claramente en la oración. De un lado grité a DIOS, de otro seguí en el mundo. En cuanto sentía gran alegría en todas las cosas divinas, las mundanas me amarraban. Parece que yo quería unir dos cosas opuestas y enemistadas, como la vida espiritual y las alegrías sensuales, placeres y conversaciones… De esa manera pasé muchos años (ibid. cap. 7,14).

Así, ella rezaba de vez en cuando, y no tuvo la generosidad de caminar continuamente en la presencia de DIOS y de separar su corazón de las cosas mundanas. Pero no dejó la oración, circunstancia que consideró como una gran gracia. Puedo decir, que esta forma de vida es una de las más penosas que uno se puede imaginar. No encontraba ningún gozo en DIOS y tampoco sentía alegría en el mundo (ibid. cap. 7). No conseguía entregarme totalmente a DIOS (ibid. cap. 9). Pero, porque perseveró en la oración, llegó hasta este punto de vivir en Su presencia y de amarla.

Por cierto, estamos siempre ante la mirada de DIOS, pero me parece que, aquellos que practican la oración interior, lo están de otra manera que todos los demás; porque éstos siempre llevan consigo la conciencia de que DIOS los ve, en cuanto otros lo pueden olvidar por muchos días. (ibid. cap. 8,2).

III. Somos llevados a la unión con DIOS

Las almas que perseveren en la fase penosa y seca del caminar en la presencia de DIOS, llegarán, mediante la gracia de DIOS, a la unión con Él. Nadie llega hasta ahí en virtud de los propios esfuerzos, y nadie alcanza el estado de recogimiento interior, sin la disposición de empezar de nuevo miles de veces. Invencible en su esperanza y en su confianza en DIOS, santa Teresa debería comenzar de nuevo a vivir la humildad y disponibilidad, sabiendo que su colaboración con la gracia de DIOS a su tiempo le traería frutos. Ella escribe:

«Si el hombre persevera en el ejercicio comenzado, deseo para él llegar a la misericordia de DIOS, porque nadie todavía, Lo escogió como su amigo, sin haber sido recompensado por Él. Según mi parecer, la oración interior no es otra cosa sino un tratar entre amigos, en el cual muchas veces nos comunicamos secretamente con Aquél, del cual sabemos que nos ama» (ibid. cap. 8,7).

Por la perseverancia en este ejercicio, el alma será transformada paso a paso mediante la gracia, en cuanto ella asimile las actitudes del Señor, para que así, siendo más semejante a Él, sea un amigo íntimo de DIOS.

Conclusión: Hoy, cada día es bueno, para empezar con este ejercicio del caminar en la presencia de DIOS. Cada paso es un paso más cerca de DIOS yendo de la mano de nuestro Ángel. Él es como un maestro personal de novicios, a quien san Benito describe así: Será designado para ellos un hermano mayor, que sabe ganar las almas. Éste las supervisa con todo cuidado. Debe observar, si el novicio verdaderamente busca a Dios y tiene celo por el servicio de DIOS, en la obediencia y en las humillaciones (Die grossen Ordensregeln “las grandes reglas monásticas” de Hans Urs von Balthasar, p. 244).

Si nos dirigimos a DIOS con tal actitud, entonces estaremos siempre dispuestos y seremos más transparentes para Su luz y Sus inspiraciones, mediante nuestro Ángel. Entonces será grande la alegría de nuestro Ángel y nuestra amistad con él, se hará más profunda, cuanto más nos pueda guiar hacia DIOS.

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CC46 Eucaristía -Union

EL PAN DEL CIELO

En el mundo moderno vivimos en la época de los medios de comunicación. Nunca en la historia humana fue tan fácil la comunicación como hoy. En cualquier momento podemos entrar en contacto con personas que viven más allá del océano, en el otro lado del mundo. Los telescopios espaciales proveen informaciones sobre otros planetas distantes de la tierra. También recibimos cada día y cada hora las noticias más recientes que acontecen muy lejos de nuestra puerta. Vemos por la televisión muchas personas famosas, políticos, artistas, o personajes eclesiásticos y quizás pensamos que los conocemos. Pero, ¿será que realmente los conocemos? Si queremos conocer una persona es indispensable el diálogo con ella y con certeza también es preciso saber algo de su pasado y de su historia, del ambiente y de la cultura en que creció, conocer un poco sus familiares, su ocupación, etc.

“Amaos los unos a los otros” también quiere decir  “Comunicaos los unos con los otros”

Lo mismo debemos aplicar a nuestra relación con JESÚS, que está presente entre nosotros en la Santísima EUCARISTÍA. Pensamos que ya conocemos el misterio de la EUCARISTÍA, aprendemos en la catequesis que en la Hostia Consagrada está realmente presente JESUSCRISTO con su Cuerpo y Alma, Sangre y Divinidad. Comulgamos frecuentemente y cantamos himnos y cantos en honra al Santísimo Sacramento, pero todavía, eso no significa que realmente conocemos al Señor. Y de hecho este misterio es tan grande que nunca lo conoceremos a fondo. Es un misterio Divino y ninguna mente humana ni angelical, lo puede escrutar completamente.

Conocer a JESÚS Eucarístico a partir de su origen: ¡Él viene del cielo!

Un medio para conocer mejor al Señor, es contemplar “su origen”. De dónde vino, quien es Su PADRE y Su Madre. Y así llegaremos a una realidad maravillosa: ¡JESÚS viene del Cielo! Su PADRE es el propio DIOS, y por lo tanto Él es el verdadero hijo de DIOS, superior a cualquier potestad tanto celestial como terrestre, o sea, mayor que todos los Ángeles (cf. Ef 1,10.20-23; Cl 1,16.20; 2,10; Hb 1-2). CRISTO es el centro del mundo angélico. Presente en la Eucaristía, continúa siendo el Señor de los Ángeles y por ello los Ángeles son los siervos de Nuestro Señor Eucarístico. Ellos decidieron seguir al siervo de Yahvé hacia las profundidades de la tierra, diciendo con él: ¡Nosotros “queremos servir”!

Tal disposición y humildad de los Ángeles nos estimula e invita a entrar en un coloquio con JESÚS cuando comulgamos en la Eucaristía, para conocerlo mejor, para saborear y ver cómo el Señor es bueno.

En el Antiguo Testamento leemos, que el pueblo de Israel durante su caminata por el desierto, recibió como alimento el maná, que también fue llamado “Pan del Cielo”, o “Pan de los Ángeles”. La tradición aplicó esto también al Pan Eucarístico: La Santa Comunión, denominada “Pan de los Ángeles” o “Pan del Cielo” (cf. Cat 1331). Y en el salmo 77,25 se reza: “los hombres comieron el “Pan de los Ángeles”, lo que se puede entender de varias maneras. Para reflexionar sobre eso, nos puede ayudar como comparación la siguiente historia:

“Los hombres comieron el Pan de los Ángeles” (Sl 77,25)

En un aeropuerto, una señora iba a viajar, compró una revista y un paquete de galletas mientras esperaba que saliera su vuelo, buscó una silla desocupada y se sentó para leer tranquilamente. Poco después, un hombre se sentó al lado de ella.

Sucedió que cuando ella cogió la primera galleta, el hombre de al lado, también cogió una. La señora quedo indignada, pero para evitar un escándalo fingió no ver. Su vecino, sin embargo, continuó en la misma actitud: a cada galleta que ella cogía, él hacía lo mismo.

Podemos imaginar que no fue fácil continuar la lectura. La Señora fingía que leía, pero su atención se concentró en el paquete de galletas, que de manera extraña se iba acabando. Una a una, las galletas fueron desapareciendo hasta que sobró apenas una. Ella pensó, ¿será que él va tener el coraje de coger la última de mis galletas? Mas el hombre se mostró cariñoso y dividió la galleta que sobraba en dos partes, dejando la otra mitad para ella.

Finalmente llegó la hora de su viaje y sin mirar a su vecino desagradable, la señora cogió su revista y sus cosas y se dirigió al sector de embarque, aliviada por alejarse de aquel hombre mal educado. Ya en el interior del avión, sentada confortablemente, miró dentro de su bolsa y para su sorpresa, ahí estaba el paquete de galletas, todavía intacto. Luego ella comprendió lo que había sucedido y sintió una inmensa vergüenza. Pues quien estaba equivocada ¡era ella! Simplemente se comió las galletas de su vecino, y ya no tenía la posibilidad de disculparse. En cuanto el avión ganaba altura, ella quedo pensando en aquel hombre tan tranquilo, que no le importó que una desconocida comiese parte de sus galletas, repartiendo hasta la última con ella, sin recibir ni la más mínima señal de agradecimiento. Así, Aquel que es causa de júbilo para los Ángeles, ahora está en medio de nosotros, para alimentarnos con el Pan Celestial, ¡Él mismo! Y deberíamos preguntarnos: ¿No nos comportamos a veces de manera atrevida y ciega delante de un misterio que los mismos Ángeles desean contemplar? (1 Pe 1,12)

¿Por qué la EUCARISTÍA es llamada “Pan de los Ángeles”? 

CRISTO en el cielo es el alimento de los Ángeles. Estos espíritus “se alimentan” de ÉL cuando lo contemplan, llenos de admiración y amor. No hay quien contemple al SEÑOR y no quede fortalecido “abastecido” y entusiasmado. Acordémonos de los discípulos de Emaús, que estaban abatidos, sin esperanza y sin ánimo. Pero al ver a JESÚS y hablar con ÉL, principalmente al partir el Pan, todo cambió. Fue ese el alimento que necesitaban y que los levantaría.

Como Pan vivo bajado del cielo, el SEÑOR  alimenta también nuestra alma: aumenta en ella la vida Divina.

Cuando nuestro cuerpo no puede comer, nos debilitamos, perdemos fuerza y peso y poco a poco podemos enfermarnos y desequilibrarnos, hasta aproximarnos a la muerte. Así también nuestra alma necesita de un alimento. Ella no puede subsistir sin este, por ello requiere de una fuente de abastecimiento. El alma es inmortal y no muere como nuestro cuerpo. Desde el Bautismo nuestra alma se llena de la vida Divina, que se puede perder, y de hecho existe quien nos envidie por causa de eso y quiere quitarnos este tesoro del corazón; está constantemente tentándonos, haciéndonos sufrir, preparándonos trampas y seducciones y ofreciéndonos muchas cosas: “todo esto te daré, si te postras y me adoras” (Mt 4,9) eso quiere decir, si haces lo que yo quiero. Pero el SEÑOR en su gran bondad, nos ofrece aquel alimento, que intensifica siempre de nuevo esta vida Divina dentro de nosotros y nos enraíza cada vez más profundamente en la intimidad del PADRE y del HIJO y del ESPIRITU SANTO. Así, Él quiere revitalizar nuestras fuerzas.

Nosotros tenemos acceso tan fácil al Pan del Cielo. Es poco probable que CRISTO resucitado se nos aparezca como a los discípulos de Emaús y tampoco es necesario, pues ya sabemos dónde encontrar al SEÑOR: en la Iglesia. Es ella quien nos da el Pan del Cielo, el Pan que nos sustenta en todas las miserias y debilidades.

“Venid a MI todos vosotros que estáis cansados y fatigados, y YO los aliviaré” (Mt 11, 28) 

Hoy en día podemos comer diferentes tipos de comidas, hasta de otros países. Existen restaurantes japoneses, chinos, libaneses, italianos, árabes, etc. Por lo tanto, si queremos cenar comida japonesa, no necesitamos viajar hasta Japón, basta dirigirnos a uno de estos restaurantes. Así podemos decir también, que si queremos comida celestial, el Pan del Cielo, no es necesario morirnos ya, o subir al cielo, solamente debemos dirigirnos a la Iglesia, pues ella tiene el poder y la tarea de darnos aquí, en la tierra, el Pan del Cielo.

Depende de nosotros, querer y aceptar este alimento. Es nuestra responsabilidad dirigir nuestros pasos hasta la Iglesia más próxima, para poder comer el Pan de los Ángeles y saciar nuestra alma con JESÚS. Que este año de la EUCARISTÍA, haya dejado en nosotros serios propósitos para ir muchas y muchas veces al encuentro de JESÚS, para nutrirnos de EL, sea comulgando, o contemplándolo en la adoración, siempre admirándolo y amándolo con reverencia y alegría en el corazón, con los Ángeles y como los Ángeles.

“Jesús, te damos gracias por este Sacrificio, que te complaces recibir de nuestras manos. Aunque tengas delante Tuyo a miríadas de Ángeles, Arcángeles, Querubines y Serafines de seis alas y ojos innumerables, que elevándose a Tí, cantan, proclaman y entonan el himno triunfal” (De la Liturgia Bizantina)

Para que todos sean uno

En las últimas cartas circulares meditamos sobre la Eucaristía en relación a nuestra vida diaria y el trabajo humano, pero también en relación al misterio como “Pan del cielo” adorado por los santos Ángeles. En esta circular queremos considerar la Eucaristía como misterio de comunión. El papa Juan Pablo II, en su carta Mane nobiscum Domine (nn. 19-22), llama a la Eucaristía la “Fuente y Epifania (manifestación) de Comunión”.

1) La Eucaristía es un encuentro: comulgar es un mirar, un tocar, un dialogar, un comprender y un permanecer en el otro con amor de amigo.

La Eucaristía es de una dimensión profundamente personal. Contra el peligro de despersonalizar la Eucaristía, el papa Juan Pablo II insiste en un encuentro personal con Jesús en la Eucaristía: “Podemos decir que cada uno de nosotros recibe a Cristo, pero también que Cristo recibe a cada uno de nosotros.” Él intensifica su amistad con nosotros: “os he llamado amigos” (Jn 15,15). En la comunión eucarística se realiza el estar el uno en el otro, la inhabitación mutua de Cristo y del discípulo. De hecho, nuestro Señor instituyó la Eucaristía en la intimidad de la Última Cena como Su don personal de amor para Sus amigos.

El hombre como persona, es un ser para la comunión por las relaciones personales. La comunión se da mediante la mutua donación y receptividad de sí mismo. Del yo y del tú se forma el nosotros. El yo frente al tú descubre cierta plenitud del ser que vence la soledad y entra en una comunión efectiva. El hombre está en continua búsqueda de comunión, don de amor que quiere compartir y quiere ser fiel hasta lo último en la donación de sí mismo.

La palabra comunión se refiere a una unión personal. En principio se trata de la comunión de DIOS en el Misterio Trinitario, pero esta comunión divina se extenderá sobre las criaturas por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Al darse gratuitamente, por gracia, DIOS hace posible la comunión con Él y, a partir de allí, se vuelve posible un nuevo tipo de comunión de los hombres entre sí.

El Señor dice: «El que come mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el PADRE que tiene Vida, vivo por el PADRE, de la misma manera, el que me come vivirá por Mí» (Jn 6,56-57). La Eucaristía es el lugar del encuentro donde los Santos sacaran fuerza y alegría. A través de Cristo, quien vive por el PADRE, somos introducidos al misterio más profundo de DIOS, que es la comunión de amor, la unión perfecta en la Trinidad. Este misterio del amor divino ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, así el hombre participa en la intimidad entre JESÚS y Su PADRE. Existe una diferencia al decir: “estar aquí” o “estar aquí para alguien”. JESÚS está aquí para nosotros. Si está aquí para mí, entonces  esto requiere mi atención, así nos volvemos Sus amigos por la Eucaristía.

Una vez, una religiosa escribiendo una carta la finalizó despidiéndose con las palabras: “Nos veremos en la Eucaristía”. Ella tiene su encuentro diario con JESÚS en la Eucaristía y para ella, en la adoración, por medio de este estar con JESÚS, se encuentra  también con sus seres queridos. Su mirar a DIOS en la Eucaristía, se convierte en una participación de Su mirada. En JESÚS podemos ver a todos nuestros amigos, presentándolos a Él, junto con sus Ángeles de la Guarda.

2) Armonía perfecta

Cuando nosotros imaginamos una orquestra vemos que cada instrumento tiene sus propias características, “su tono”, y entendemos que tocando juntos podríamos descubrir millones de variaciones armónicas. Cuando tenemos algunos colores diferentes, se los puede mezclar y producir millones de distintas tonalidades. La mano no puede decir que no necesita de los ojos para trabajar y, para caminar se precisa de los pies. Todo funciona armónicamente en una naturaleza que es muy compleja.

También, cuando observamos a varios hombres trabajando juntos en una misma obra, ejerciendo diversos oficios, vemos como se obtiene una obra maravillosa donde, cada uno con sus dones, contribuye en el todo. Un cuerpo público como el estado también es un sistema muy complejo. Pero la Iglesia es bastante diferente de este, porque su alma es el mismo Espíritu Santo que dirige todo y es quien construye la Iglesia, y el Espíritu de Cristo es dado, principalmente, mediante la Eucaristía.

Cuando en una comunidad se práctica la caridad fraterna por las diferentes formas de amor, sea con los pobres o con los enfermos, podemos imaginar una vida de caridad fecunda que edificará a toda la Iglesia. Y ni siquiera podríamos imaginar que los coros de los Ángeles, los cuales en una comunión perfecta y bajo la dirección del Espíritu Santo armonizarán todo el universo, y también, ni siquiera imaginar la hora en que Cristo “unirá en Sí todas las cosas” (cf. Ef 1,10). ¡Qué bello será contemplar un universo perfecto donde DIOS se hace todo para todos, donde Él estará presente en todas las cosas!

3) Una Santa Unión en la Iglesia: un sólo Pan y un sólo Cuerpo

La Eucaristía hace a la unidad del Cuerpo Místico: la Eucaristía edifica la Iglesia. Los que la reciben están unidos más íntimamente a Cristo y mediante ella, la Eucaristía, los diversos miembros encuentran una armonía. El hombre que comulga se coloca en relación más profunda con los santos Ángeles. Uniéndose a Cristo, el pueblo de la Nueva Alianza no se encierra en sí mismo, por lo contrario, se hace «sacramento» para la humanidad, señal e instrumento de la salvación realizada por Cristo, para la redención de todos. Por la Comunión Eucarística, la Iglesia es consolidada en su unidad de Cuerpo de Cristo. A este efecto unificador que tiene la participación en el banquete eucarístico, alude San Pablo cuando dice a los Corintios: “El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un sólo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un sólo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor 10,16-17). Con estas palabras se expresa un gran misterio, porque muchos comulgan y son introducidos en DIOS participando en la vida divina, pero también los miembros del Cuerpo están unidos entre sí, en la medida que se unen a Cristo. Por eso, como fruto de la comunión, se realiza la acción unificadora del Cuerpo Místico por la acción del Espíritu Santo, como se reza en la Santa Misa: Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre del Hijo y llenos del Espíritu Santo, formamos en Cristo, un solo cuerpo y un solo Espíritu. Esto es lo que JESÚS pide al PADRE, para que todos sean uno. Se compara nuestra unión con la naturaleza divina, en analogía a la unión substancial de Cristo con el PADRE.

Debemos entender la Eucaristía en esta dimensión eclesiológica porque construye la Iglesia. Ya no existen muchos pueblos en la tierra, sino sólo un pueblo, los que participan en la mesa del Señor. La Iglesia es como una red de muchas comunidades eucarísticas, y siempre permanece unida formando un único cuerpo. Por eso, no existen más fronteras en la Iglesia, no existe mas diferencia entre hombre y mujer, entre esclavo y libre, porque la Eucaristía es la misión más amplia del Hijo, con una importancia para toda la creación; y si la misión del Hijo de DIOS fue la unificación de toda la creación, como nos enseña San Pablo, entonces debemos encontrar esta unión en la Eucaristía y también serán incluidos los Ángeles y la creación material.

4) Un sólo corazón y una sola alma

La Unión que la comunión produce es ser un sólo corazón y una sola alma como los primeros cristianos (cf Hch 2,44; 4,32). Esta unión se manifiesta por la lealtad de los fieles a las autoridades, y también, por la caridad activa. Todos entenderán que nadie vive para sí mismo, mas todos vivimos para el Señor. En la unión perfecta con el Señor, nadie tendrá más envidia, todos serán felices, todos se dispondrán al servicio de los otros, porque cada uno sabe que lo que recibió en este inmenso don de la Eucaristía, es mucho más de lo que él mismo podría dar por sí mismo. El cielo es la vida en la caridad perfecta y el hombre ya se anticipa, porque de alguna manera, por la Eucaristía ya estamos siendo introducidos en el cielo.

La celebración de la Eucaristía es el centro y la fuerza de la vida de la Iglesia, su grandeza está en el darse, así como Cristo se da a nosotros. Por lo tanto, esto no puede durar solamente durante la Santa Misa, este misterio debe brillar durante todo el día, ya que es penetrado por el respirar del alma en la oración, la presencia de DIOS es garantía de la salud del cuerpo y del alma.

Una unión profunda, verdadera y permanente, no se puede realizar si no fuera por una unión interior y espiritual, una unión de los corazones. Podemos recibir la Eucaristía solamente en unión con toda a Iglesia, con toda su autoridad y junto con el Papa. La comunión eucarística es una comunión con todo el Cuerpo de Cristo, porque sin el todo, no existiría comunión plena. Para esto se necesita una preparación y confesar la fe católica que comprende todas las verdades de la fe; también precisa querer lo que DIOS quiere: la salvación de todos.

“Todo lo mío es tuyo”

Cuando, en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,31), el padre le dijo a su hijo mayor “Hijo mío, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo”, pensaba no solamente en sus bienes materiales, sino también quería dejarlo participar de su alegría en el padre. Por la Eucaristía, ya no hay más diferencia entre “lo mío y lo tuyo”. Según san Juan Crisóstomo, en el Reino de DIOS no existe la palabra mío o tuyo, sino que es todo nuestro. El amor de DIOS es común a todos nosotros, nos pertenecemos unos a otros y donde DIOS es todo en todos, nosotros estamos en todos y todos en nosotros. Formamos un sólo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo y en este cuerpo, la alegría de uno es la alegría de todos. En Cristo no hay más aislamiento y esto es lo que JESÚS pide al PADRE: “para que todos sean uno”. Lo que el PADRE dice a su hijo mayor en la parábola, es lo JESÚS repite en su oración sacerdotal (Jn 17,10), “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado”, y esto también vale para todos nosotros en el Cuerpo Místico.

En la película “Un príncipe en Nueva York” (Coming to América), Eddie Murphy toma el papel de un príncipe de África a punto de convertirse en rey. Todas las mujeres en su patria quieren casarse con él por causa de su riqueza, pero él desea encontrar a alguien que lo ame por él mismo. Viaja a América donde nadie lo conoce ni sabe que es un rey, se viste simplemente, sin las vestiduras de un príncipe, de manera que nadie se da cuenta de su riqueza. Consigue un empleo en un restaurante y luego llega a vivir en el barrio más pobre de Harlem en Nueva York. Con apariencia de un pobre llega a conocer en una Iglesia, a una joven bonita y, atraídos mutuamente, comenzaron a enamorarse. Ella acepta la propuesta matrimonial y cuando ella descubre que es un príncipe queda asombrada y llega a convertirse en una princesa, en una mujer rica.

Algo parecido vive JESÚS en el Santísimo Sacramento. Él es el Rey que busca a alguien que lo acompañe y lo ame por ser Él mismo, por Su Persona. En el Santísimo Sacramento se viste de una manera simple, sin Su vestimenta (traje) de gloria y viene humildemente a nosotros como el Pan bajado del cielo. Tan profundo es Su deseo de ser amado, que se muestra como el más pobre de los hombres, para ser elevado a una unión plena. Él es el Rey del amor, merecedor de nuestro amor por todo lo que hizo por nuestra salvación. Si entramos con Él en la fiesta, también participaremos de Su gloria y podremos escuchar “Todo lo mío es tuyo”.

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CC43 Eucaristía memorial

La Eucaristía – Memorial de la Pasión del Señor

Es interesante observar cómo el Señor realizó sus mayores obras en las postreras horas de su vida terrena. Su Pasión –comenzando por la agonía en el Monte de los Olivos hasta su último suspiro en la Cruz– es un acto mucho mayor que todos sus milagros juntos, por eso estas horas fueron las más decisivas en la vida del Señor. Si él no hubiese pasado por estas horas de la Pasión, aún no estaríamos redimidos, y faltaría lo más importante de lo que hizo en favor nuestro. Por ser un acto tan grande y perfecto, la Pasión del Señor quedará presente para siempre en la historia, tal como se lee en el Catecismo de la Iglesia Católica: “Cuando llegó su hora, vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas”. Es un acontecimiento único “que participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente” (Cat. 1085).

Este texto del Catecismo nos lo dice claramente: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor están presentes también en nuestros días. Y cuando nos preguntamos cómo es esto posible, debemos mirar hacia el Misterio de la Sagrada Eucaristía. El Señor no se alejó de sus apóstoles, sin haberles dejado antes el Santísimo Sacramento, que es la perpetuidad de todo lo que Él había hecho en favor de sus amados. Esto es algo que nosotros, los hombres, nunca lograremos imitar. Podemos, por ejemplo, filmar un acontecimiento y ver después, en la película, lo que sucedió. Así, por ejemplo, en la película de Mel Gibson sobre la Pasión de Cristo. Aunque fuese una película de Jesús mismo en su Pasión, sería muy diferente de lo que es la Santa Misa. Dicha película sería menos real de lo que sucede en la Santa Misa, pues mostraría cómo fue la Pasión, pero no cambiaría nada, porque la celebración de la Santa Misa sí hace realmente presente el acontecimiento, de tal manera que podemos participar, de manera misteriosa, en aquello que Jesús hizo en esas horas y recibir el fruto de su maravilloso acto. Al instituir el Santísimo Sacramento, el Señor dio a los hombres la posibilidad de vivir cerca de Él y de unir cada instante de la vida a su obra y su vida, a su Encarnación, a su Pasión, Muerte y Resurrección. Al hacer esto, Él quiso cambiar radicalmente toda nuestra vida.

En los siguientes párrafos, reflexionaremos sobre cómo aplicar esto a nuestra labor diaria, pues el Señor quiere cambiar también el sentido del trabajo humano por medio de la Sagrada Eucaristía.

La Santísima Eucaristía y el trabajo humano

Ya al comienzo de sus discursos sobre el Pan de vida, Jesús dice: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre” (Juan 6,27 ). Esto significa que al instituir el Santísimo Sacramento, el Señor quiso cambiar realmente el sentido de nuestro trabajo. “Trabaja, no por el alimento que perece” es una palabra que toca la raíz de nuestra existencia, pues todo hombre tiene que trabajar para ganarse el pan de cada día, de lo contrario muere de hambre. El mismo San Pablo nos exhorta: “El que no trabaja que no coma.”(2 Tes 3, 10). La Santísima Eucaristía es algo tan precioso que no puede haber cosa alguna en nuestra vida desvinculada de este “Santísimo y Divinísimo Misterio”. Cuando el Señor nos exhorta diciendo: “Trabaja no por el alimento que perece”, podemos percibir tras estas palabras su preocupación, porque al comenzar a trabajar por el pan que perece –y por las cosas terrenas– nos olvidemos del gran don de la Sagrada Eucaristía. El Señor quiere que trabajemos aproximándonos más al Pan Celestial por medio del trabajo mismo. De hecho, nuestro trabajo tiene una íntima relación con la Santísima Eucaristía. Así, el sacerdote en el ofertorio de la Misa reza: “Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo de los hombre, que recibimos de tu generosidad y que ahora te presentamos. El será para nosotros Pan de Vida”. Por medio de esta oración, el sacerdote ofrece todo nuestro trabajo al Padre Celestial. De esta manera, todo lo que hacemos es transformado y participa de la obra redentora del Señor. Más aún, podríamos decir que sin el trabajo humano no habría Misa; pues no tendríamos pan, si nadie sembrase el trigo y lo cogiese, si otro no hiciese de ese trigo harina, si otro no hiciese con esta harina una masa y de esta masa un pan. Vemos que el sentido de nuestro trabajo no es simplemente ganar dinero, sustento de nuestra vida, por más necesario que sea, sino que el trabajo tiene un sentido más profundo. Y es la Santa Misa la que nos revela este sentido: así como el pan es producto del trabajo humano y después es transformado en el cuerpo de Cristo, así todo nuestro trabajo debe servir para la edificación del Cuerpo de Cristo, también por su Cuerpo Místico que es la Santa Iglesia, el Reino de Dios en la tierra. El Señor podría haber escogido otro elemento, por ejemplo una piedra preciosa, para ser transformada en su Cuerpo, y una fruta sabrosa para ser transformada en su Sangre, pero no lo quiso así. El Señor usó pan, el cual, desde la salida del paraíso, el hombre tiene que ganar “con el sudor de su frente”. De esta manera, el Señor nos enseña que sin el esfuerzo humano, sin el trabajo del hombre, no quiere realizar el misterio de la transubstanciación.

El Señor no quiso convertir cualquier cosa en su Cuerpo; escogió el pan, que exige de nuestra parte la colaboración para preparar el divino Misterio, así como también quiere la colaboración de los sacerdotes en la transformación del pan en su Cuerpo: “Trabaja no por el alimento que perece”. He aquí la razón de nuestro trabajo: ¡el Pan del Cielo! Recibimos un salario por nuestro trabajo, y así debe ser. Pero al ofrecer nuestro trabajo al Señor en la Santa Misa por las manos del sacerdote, Él también acepta todo lo que hacemos, si lo realizamos con recta intención, y nos paga también el salario: nos da el Pan del Cielo. Este es el verdadero salario de nuestras obras. Son las monedas celestiales (el denario), las gracias que nos hacen entrar por la puerta del cielo.

Oración al Sumo y Eterno Sacerdote

“Oh JESÚS, Eterno Sacerdote, guarda a Tus sacerdotes en Tu Sagrado Corazón, donde nada pueda mancharlos. Conserva inmaculadas sus manos ungidas, que tocan todos los días Tu Cuerpo Sagrado. Consérvalos puros y libres de todo afecto terreno en sus corazones, marcados con el sello sublime del Sacerdocio. Conserva limpios sus labios, teñidos diariamente con tu Preciosa Sangre. Que Tu Santo amor los rodee y no permita que el espíritu del mundo los contamine. Bendice sus trabajos apostólicos con abundantes frutos y permite que las almas puestas a su cargo sean su alegría y consuelo en esta vida y formen en el cielo su hermosa e imperecedera corona”. Amén. (Santa Teresita del Niño Jesús)

 

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CC18 Liturgia 3: Eucaristía

Liturgia III: La Eucaristía como forma de vida cristiana

La Cuaresma es una temporada de renovación espiritual, de separarnos del mundo y acercarnos a Dios. «Sursum corda!» – «¡Levanten sus corazones!» Los santos ángeles quieren elevar nuestros corazones y nuestras mentes a las cosas que están arriba, para que podamos ordenar nuestras vidas una vez más para Aquel que es nuestra verdadera vida, nuestro origen y nuestro final. Los ángeles nos purifican y también nos conducen a la purificación, a la confesión sacramental, para que nuestros pecados puedan ser perdonados, para que podamos ver con una visión más clara nuestro verdadero propósito en la vida y dirigir nuestros pasos de manera más efectiva hacia esta meta. En su mensaje de Cuaresma para 2008, el Papa Benedicto XVI escribe: “Cada año, la Cuaresma nos ofrece una oportunidad providencial para profundizar el significado y el valor de nuestra vida cristiana, y nos estimula a redescubrir la misericordia de Dios para que, a su vez, lleguemos a ser más misericordioso con nuestros hermanos y hermanas». Una esfera privilegiada en la que encontramos a Dios y su amorosa misericordia es en la Sagrada Eucaristía, que también nos une a nuestros hermanos y hermanas.

La Eucaristía: Jesucristo como regalo de sí mismo  

Jesús murió en la cruz para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Su don total en la Cruz, en expiación por nuestros pecados, nos ha abierto el camino a la reconciliación con el Padre y a una nueva vida en Cristo. Este don de sí mismo del Logos divino, se recuerda y se hace presente en cada celebración de la Sagrada Eucaristía. En las últimas dos Cartas Circulares, hemos tratado de ilustrar la Eucaristía y la entrega de Cristo en relación con la historia de la salvación y como se expresan en el lenguaje de símbolos y signos que se encuentran en la celebración eucarística. Comprenderlos nos puede ayudar a participar de manera más consciente y fructífera en el Santo Sacrificio de la Misa. Pero la participación en la Santa Misa no termina con la bendición final; está destinada a ser vivida, a permear e influir en nuestra vida entera.

En la última Circular, señalamos que la celebración de la Eucaristía en la tierra, no es la consumación de la vida cristiana. En la cruz, Jesús hizo una ofrenda perfecta de sí mismo en cuerpo y alma por nuestro bien y en nuestro nombre. Su sacrificio, hecho en nuestro nombre y litúrgicamente hecho presente para nosotros, ahora debe convertirse en nuestro sacrificio; el don de nosotros mismos al Padre, debe ser ofrecido en y por medio de Cristo Jesús. Nuestra participación sólo se completa cuando estamos «personalmente conformados con el misterio que se celebra, ofreciendo nuestra vida a Dios en unidad con el Sacrificio de Cristo para la salvación del mundo entero» (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis — en adelante, SacC — 64). Por lo tanto, para una plena «participación activa» en la Sagrada Liturgia, debemos permitirnos ser cautivados por la «dinámica» de la Eucaristía y ser transformados por ella. “La Eucaristía nos conduce al acto de oblación de Jesús. Más que recibir de manera pasiva el Logos encarnado, entramos en la gran dinámica de Su entrega” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 13).

Un misterio del Amor Trinitario ~ Un llamado al amor

La Eucaristía es un misterio de la entrega de sí mismo,  porque es esencialmente un misterio de amor. Dios mismo es amor, la «comunión perfecta de amor entre Padre, Hijo y Espíritu Santo» (SacC, 8). El amor de Dios por nosotros fue revelado más perfectamente por el don de sí mismo de Cristo en la Cruz, y este amor se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. En el llamado a entrar en la donación que Jesús hace de sí mismo, somos convocados a tener parte en la vida divina del amor de Dios. “Bajo las apariencias del pan y  el vino, Cristo se entrega en la comida pascual (cf. Lc 22, 14-20; 1 Cor 11, 23-26), la vida entera de Dios nos encuentra y se comparte sacramentalmente con nosotros. … En la creación misma, el hombre fue llamado a participar en el aliento de vida de Dios (cf. Génesis 2, 7). Pero es en Cristo, muerto y resucitado, y en el derramamiento del Espíritu Santo, dado sin medida (cf. Jn 3, 34), que nos hemos convertido en partícipes de la vida más íntima de Dios” (SacC, 8). La Eucaristía es, por lo tanto, un misterio del amor trinitario y una invitación a cada uno de nosotros a vivir este amor. “En el Sacramento de la Eucaristía, Jesús nos muestra en particular, la verdad sobre el amor, que es la esencia misma de Dios. Es esta verdad evangélica, que nos desafía a cada uno de nosotros y a todo nuestro ser. Por esta razón, la Iglesia, que encuentra en la Eucaristía el mismo centro de su vida, está constantemente preocupada por proclamar a todos, ‘a tiempo y a destiempo’ (cf. 2 Tim 4, 2), que Dios es amor” (SacC, 2).

Compartiendo en la vida de amor de Dios, comenzamos ya de alguna manera la «vida eterna». “Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 57). El Papa Benedicto comenta sobre este texto: “Estas palabras de Jesús nos hacen darnos cuenta de cómo el misterio ‘creído’ y ‘celebrado’ contiene un poder innato, que lo convierte en el principio de una nueva vida dentro de nosotros y en la forma de nuestra existencia cristiana. Al recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nos convertimos en participantes de la vida divina de una manera cada vez más adulta y consciente” (SacC, 70). De la Eucaristía recibimos una nueva «forma de existencia», una nueva forma de vivir nuestras vidas. “La Eucaristía, ya que abarca la existencia concreta y cotidiana del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva de todos los llamados por gracia, a reflejar la imagen del Hijo de Dios (cf. Rom 8, 29ff.)” (SacC, 71). A diferencia de la comida natural, que cuando se consume se transforma en nuestra sustancia, el Pan de Vida nos cambia y nos transforma en Cristo. San Agustín escribe: “Soy el alimento de hombres adultos; crece y te alimentarás de mí; no me cambiarás, como el alimento de tu carne dentro de ti mismo, sino que tú serás transformado en mí”. (Confesiones, VII, 10, 16).

La nueva adoración espiritual

A través de la Eucaristía, la vida de Cristo se nutre y crece dentro de nosotros. Cristo vivió cada momento de su vida como una ofrenda de sí mismo al Padre, por amor, que culminó en la Cruz. Nosotros también estamos llamados a vivir para Dios, haciendo de todo un acto de adoración, un acto de amor a Dios. Esta orientación hacia Dios, en y a través de Cristo en la Eucaristía, es la «nueva adoración»  radical del cristianismo. San Pablo escribe: «Por lo tanto, les pido hermanos, por la misericordia de Dios, que presenten sus cuerpos como un sacrificio vivo, santo y aceptable para Dios, que es su adoración espiritual» (Rom 12, 1). Todo lo que hacemos, decimos o pensamos debe ofrecerse a Dios: “La nueva adoración cristiana  incluye y transfigura todos los aspectos de la vida: ‘¡Ya sea que comas o bebas, o hagas lo que hagas, haz todo para la gloria de Dios!’ (1 Cor 10,31)» (SacC, 71).

El origen y la fuente de esta nueva adoración es la Eucaristía, la ofrenda de Cristo mismo, a la cual estamos unidos a través de la Liturgia. El Papa Benedicto va más allá al decir que esta «nueva adoración» constituye lo que él llama la «forma eucarística de la vida cristiana»:

Aquí la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana comienza a tomar forma … No hay nada auténticamente humano —nuestros pensamientos y afectos, nuestras palabras y acciones— encuentran en el Sacramento de la Eucaristía, la forma necesaria para vivir al máximo. Aquí podemos ver la completa significancia de la novedad radical traída por Cristo en la Eucaristía: la adoración a Dios en nuestras vidas no puede relegarse a algo privado e individual, sino que tiende, por su naturaleza, a permear cada aspecto de nuestra existencia. (SacC, 71)

Por lo tanto, la participación en la Eucaristía no termina con la Misa, sino que continúa en nuestra vida diaria, en cada momento. Alimentados por Su sacrificio, somos progresivamente conformados con Cristo y unidos a su ofrenda. “La adoración que agrada a Dios se convierte así, en una nueva forma de vivir nuestra vida entera, cada momento en particular es elevado, ya que se vive como parte de una relación con Cristo y como una ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre vivo» (cf. 1 Cor 10,31)” (SacC, 71).

El cuerpo eucarístico y místico de Cristo

Esta «forma eucarística de vida cristiana» es ante todo una realidad eclesial. No vivimos como individuos aislados, sino dentro de la comunidad de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. No podemos vivir en comunión con Dios sin también vivir en comunión con nuestro prójimo. “Dondequiera que la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruya, la raíz y la fuente de nuestra comunión entre unos y otros, se destruye. Y dondequiera que no vivamos en comunión entre nosotros, la comunión con el Dios Uno y Trino tampoco es viva ni verdadera” (Audiencia general, 29 de marzo de 2006). Esta interdependencia entre el amor a Dios y al prójimo facilita nuestra comprensión de la communio sanctorum, la comunión de los santos: pertenecemos al Señor, a Su Cuerpo y, por lo tanto, también somos miembros unos de otros. “La forma eucarística de la vida cristiana es claramente una forma eclesial y comunitaria. … La secularización, con su énfasis inherente en el individualismo, tiene sus efectos más negativos en las personas que están aisladas y carecen de un sentido de pertenencia. El cristianismo, desde sus comienzos, ha significado compañerismo, una red de relaciones constantemente fortalecidas por escuchar la palabra de Dios, compartir en la Eucaristía y ser animados por el Espíritu Santo” (SacC, 76). Santo Tomás dice que la realidad a la que apunta el Sacramento de la Eucaristía no es solo la presencia substancial del Cuerpo de Cristo contenido en el mismo Sacramento, sino también la unidad de los fieles dentro de la comunión del Cuerpo Místico, la Iglesia (cf. Summa Theol. III, q. 80 art. 4). La Eucaristía tiene una relación causal con la Iglesia y moldea a los fieles en una comunión de personas en Cristo. Cuando participamos en la Eucaristía, crecemos en una comunión cada vez mayor con todo el Cuerpo Místico, la Iglesia, y fortalecemos a la Iglesia en esa comunión.

Dado que la Eucaristía es el sacrificio de Cristo, también es el sacrificio de Su Cuerpo, la Iglesia. San Agustín escribe: «La Iglesia celebra este misterio en el Sacramento del Altar, como saben los fieles, y allí les muestra claramente que en lo que se ofrece, ella misma es ofrecida» (De Civitate Dei, X, 6). Solo en comunión con la Iglesia se convierte también en nuestro sacrificio. Por lo tanto para participar en la Eucaristía, debemos ser parte de esta comunión de amor que incluye tanto a Dios como al prójimo. “Ofreciendo a la Víctima inmaculada, no solo a través de las manos del sacerdote sino también junto con él, deben aprender a hacer una ofrenda de sí mismos. A través de Cristo, el Mediador, deben ser atraídos día a día, a una unión cada vez más perfecta con Dios y entre sí” (Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 48).

Implicaciones morales de la Eucaristía

Otro elemento esencial de la «forma eucarística de la vida cristiana» y la verdadera adoración espiritual es la dimensión moral, una novedad de la vida, una vida transfigurada por Cristo. Inmediatamente después del pasaje sobre la nueva adoración espiritual, San Pablo escribe: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. (Rom 12, 2). La vida de un cristiano debe ser diferente de la de aquellos que viven solo para este mundo, «como si Dios no existiera». Jesucristo en la Sagrada Eucaristía debería marcar la diferencia en cómo vivimos, en cómo pensamos. El Papa Benedicto escribe: “Hoy existe la necesidad de redescubrir que Jesucristo no es solo una convicción privada o una idea abstracta, sino una persona real, cuya incorporación a la historia humana es capaz de renovar la vida de cada hombre y mujer. Por lo tanto, la Eucaristía, como fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia, debe traducirse en espiritualidad, en una vida vivida ‘según el Espíritu’ (Rom 8, 4 y sig .; cf. Gal 5,16, 25)» ( SacC, 77).

En Jesús tenemos una nueva vida en la que podemos encontrar la fuerza para vencer nuestras pasiones dominantes, para vivir la «libertad de los hijos de Dios» y hacer de nuestras vidas una ofrenda continua, que agrade a Dios. No es solo un código ético filosófico. Esta transformación moral, es la nueva vida de la Divina Gracia, que nos permite vivir la nueva ley de Cristo. Es una respuesta de amor inspirado por la obra del Espíritu, una gratitud alegre al descubrir a Dios que me ama y viene a mí en la Eucaristía. El Papa Benedicto comenta: 

Esta referencia al valor moral del culto espiritual, se ha de interpretar en clave moralista. Es ante todo, el gozoso descubrimiento del dinamismo del amor en el corazón, que acoge el don del Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera libertad. La transformación moral implícita en la nueva adoración instituida por Cristo, es un anhelo sincero de responder al amor del Señor con todo el propio ser, sin dejar de ser consciente de la propia debilidad. Esto se refleja claramente en la historia del Evangelio de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10). Después de dar la bienvenida a Jesús a su hogar, el recaudador de impuestos cambia por completo: decide entregar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces más a los que había defraudado. (SacC, 79)

Sólo el amor puede atraernos y transformarnos. En la Eucaristía encontramos la plenitud de la verdad sobre el amor que Dios tiene por nosotros.

Testificando el amor de Dios

Pero el amor anhela ser compartido. Por esta razón, la forma eucarística de la vida cristiana incluye necesariamente la misión. “Lo que el mundo necesita es el amor de Dios; necesita encontrar a Cristo y creer en Él. La Eucaristía es, por lo tanto, la fuente y la cumbre no sólo de la vida de la Iglesia, sino también de su misión: Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera” (SacC, 84). Por nuestra transformación y renovación de la vida, estamos llamados a traer la luz de Cristo al mundo, a ser otros Cristos en el mundo. Lo más importante, debemos traer el amor de Dios al mundo. “Nos convertimos en testigos cuando, a través de nuestras acciones, palabras y forma de ser, Otro se hace presente. El testimonio podría describirse como el medio por el cual, la verdad del amor de Dios llega a hombres y mujeres en la historia, invitándolos a aceptar libremente esta novedad radical” (SacC, 85). Cuando vivimos el amor que recibimos en la Eucaristía, este amor en sí mismo atraerá a otros a Cristo.

Este testimonio alcanza su apogeo en el martirio. “El cristiano que ofrece su vida en el martirio entra en comunión plena con la Pascua de Jesucristo y se convierte en Eucaristía con Él. Hoy, también, la Iglesia no carece de mártires que ofrecen el testimonio supremo del amor de Dios. Incluso si no se nos pide la prueba del martirio, sabemos que la adoración que agrada a Dios exige que estemos preparados internamente para ello” (SacC, 85).

Caridad activa

Otro elemento integral de la forma eucarística de la vida cristiana es la caridad activa. Compartir en la Eucaristía nos compromete a preocuparnos por todos aquellos por quienes Cristo dio su vida, especialmente por los pobres y marginados de este mundo. «Al participar en el sacrificio de la Cruz, el cristiano  se hace parte del amor que Cristo entrega de sí mismo y es equipado y comprometido a vivir esta misma caridad en todos sus pensamientos y acciones» (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 107). “La ‘adoración’ en sí misma, la comunión eucarística, incluyen la realidad de ser amado y de amar a los demás. Una Eucaristía que no pasa a la práctica concreta del amor, está intrínsecamente fragmentada” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 14). La Beata Madre Teresa es un ejemplo sublime de una mujer que vivió de la Eucaristía y dio su propia vida al servicio de los más pobres entre los pobres. “Nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, deben ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos, y que la Eucaristía obliga a todos los que creen en Él, a convertirse en ‘pan que se parte’ para los demás y a trabajar por la construcción de un mundo más justo y fraterno. Teniendo en cuenta la multiplicación de los panes y los peces, debemos darnos cuenta de que Cristo continúa hoy exhortando a sus discípulos a comprometerse personalmente: «Ustedes mismos, denles algo de comer» (Mt 14,16). Cada uno de nosotros está verdaderamente llamado, junto con Jesús, a ser ‘pan partido’ para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno” (SacC, 88).

Entonces vemos que la participación plena y activa en la Eucaristía, es más que una hora de adoración los domingos; compromete toda nuestra vida. ¿Corresponde nuestra vida al misterio del sacrificio de Cristo, que celebramos, la forma eucarística descrita por el Santo Padre? «Difícilmente puede esperarse una participación activa en la liturgia eucarística si se aborda superficialmente, sin un examen de vida» (SacC, 55). ¿Hago de todo una ofrenda a Dios? ¿Vivo en comunión con la iglesia y la apoyo? ¿Tengo el coraje de dar testimonio? ¿Me preocupan los pobres? Para participar fructíferamente en la Eucaristía, debemos disponernos con «espíritu de conversión constante que debe marcar la vida de todos los fieles. … Esta disposición interna puede fomentarse, por ejemplo, mediante el recogimiento y el silencio durante al menos unos momentos antes del comienzo de la Liturgia, mediante el ayuno y, cuando sea necesario, mediante la confesión sacramental» (SacC, 55). El santo ángel también puede recordarnos lo que aún necesita ser purificado en nuestros corazones. Quizás esta forma de participar en la Eucaristía pueda formar parte de nuestra propuesta de Cuaresma, mientras nos preparamos para celebrar dignamente el Triduo Pascual.

Los ángeles y nuestra participación en la Eucaristía

Los santos ángeles pueden ayudarnos a participar aún más fructíferamente en la Eucaristía. En cada misa entramos en la eterna liturgia del cielo y las alabanzas celestiales de Cristo con todos los ángeles y santos. En el prefacio pedimos, unirnos a la oración y alabanza de los ángeles, orando junto con ellos, «Santo, Santo, Santo…» Si conscientemente le pedimos a nuestro ángel que esté con nosotros en la Santa Misa, que ore con nosotros, él puede iluminarnos sobre el misterio del amor de Dios que celebramos. Él puede adorar con nosotros, inflamarnos con amor y recordarnos cuánto ha hecho Cristo por nosotros. En la Sagrada Comunión, podemos pedir, como Santa Teresa, que nuestro ángel adore a Jesús con nosotros y haga en nuestros corazones, un hogar amoroso para Él. Y al despedirnos, deseamos salir con nuestro ángel para vivir en nuestra vida diaria, el amor que hemos recibido del Santo Sacrificio. Él irá con nosotros y nos mostrará cómo podemos vivir nuestra vida como una ofrenda, tal como Jesús se ofreció por nosotros. 

Nos dirigimos especialmente a María, «Mujer de la Eucaristía» y «modelo singular de la vida eucarística». Ella nos ayudará a «convertirnos en una ofrenda viva agradable al Padre» (SacC, 96). ¡Que ella nos acompañe durante estos días de renovación cuaresmal, para que podamos participar dignamente en los Sagrados Misterios de nuestra fe y compartir plenamente las alegrías de la Pascua!