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CS05 – Cura de Ars

El Santo Cura de Ars y el Sacerdocio

Rara vez alguien ha sido tan consciente del significado del sacerdocio, su grandeza y su inmensa responsabilidad, como lo fue San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars. Él mismo declaró: «¡Oh, qué grande es un sacerdote! El sacerdote no comprenderá la grandeza de su oficio hasta que esté en el cielo. Si lo entendiera en la tierra, moriría, no por miedo, sino por amor». En un sermón catequético, explicó a sus feligreses en palabras simples, la dignidad sublime del sacerdocio y su importancia para la santificación del pueblo. Estamos citando aquí algunos pasajes de su sermón sobre el sacerdocio:

«Hijos míos, hemos venido al sacramento de las órdenes. Es un sacramento que parece no tener relación con ninguno de ustedes, sin embargo se relaciona con todos. Este sacramento eleva al hombre a Dios. ¿Qué es un sacerdote? Un hombre que ocupa el lugar de Dios, un hombre que está investido con todos los poderes de Dios. «Ve», dijo Nuestro Señor al sacerdote; «como mi Padre me envió, yo te envío. Todo el poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra. Ve entonces, enseña a todas las naciones… El que te escucha, me escucha; el que te desprecia me desprecia». Cuando el sacerdote revoca los pecados, no dice: «Dios te perdona»; él dice: «Te absuelvo». En el momento de la consagración, él no dice: «Este es el Cuerpo de Nuestro Señor»; él dice: «Este es mi cuerpo». Si no tuviéramos el Sacramento de la Ordenación, no podríamos tener a Nuestro Señor [en el Santísimo Sacramento]». (San Juan Vianney, Sobre el sacerdocio)

Naturalmente hablando, es un sacerdote el que administra el bautismo y así vierte vida sobrenatural en las almas, haciéndolos hijos de Dios. La misión del sacerdote es alimentarnos de una manera especial con la palabra de Dios para nuestra peregrinación en la tierra. Además, el sacerdote es el ministro del perdón divino en el sacramento de la penitencia. La absolución dada en el poder de la Sangre de Jesucristo, quita la culpa del pecado de nuestra alma, y cuando llegamos al momento de la muerte, además de la asistencia de María y los ángeles, el sacerdote nos levanta de una manera especial, al ungirnos con la fuerza y ​​la curación de Cristo.

La humildad en nuestro estado del ser, al estar limitado en nuestra carne, clama por ministros humanos visibles de la gracia de Cristo. El sacerdote es el ministro visible de Cristo, que “tiene las llaves de los tesoros celestiales; es él quien abre la puerta; él es el administrador [visible] de Dios, el distribuidor de su riqueza” (ibid). Después de Dios, el sacerdote es la figura clave en la comunicación de la gracia en la Iglesia, debido a su visibilidad. El Santo Cura de Ars advirtió:  

Deja una parroquia veinte años sin sacerdotes; ellos adorarán a las bestias. Si el padre misionero y yo nos fuéramos, ustedes dirían: “¿Qué podemos hacer en esta iglesia? No hay Misa; Nuestro Señor ya no está allí: también podríamos rezar en casa». Cuando las personas desean destruir la religión, comienzan atacando al sacerdote, porque donde ya no hay ningún sacerdote no hay sacrificio, y donde ya no hay ningún sacrificio no hay religión. 

Cuando la campana te llama a la iglesia, si te preguntan, «¿A dónde vas?» podrías responder: «Voy a alimentar mi alma». Si alguien te preguntara, señalando el tabernáculo, ¿Qué es esa puerta dorada? «Ese es nuestro almacén, donde se guarda el verdadero alimento de nuestras almas». ¿Quién tiene la llave? ¿Quién establece las disposiciones? ¿Quién prepara la fiesta y quién sirve la mesa? «El cura». ¿Y cuál es la comida? «El precioso cuerpo y la sangre de nuestro Señor». ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Cómo nos has amado! Ver el poder del sacerdote; de un pedazo de pan, la palabra de un sacerdote hace un Dios. Es más que crear el mundo. … Alguien dijo: «¿Entonces, Santa Filomena obedece al Cura de Ars?» De hecho, ella bien puede obedecerlo, ya que Dios lo obedece. 

Si tuviera que encontrarme con un sacerdote y un ángel, debería saludar al sacerdote antes que al ángel. Este último es el amigo de Dios; pero el sacerdote ocupa su lugar. Santa Teresa (de Ávila), besó el suelo por donde había pasado un sacerdote. Cuando veas a un sacerdote, debes decir: “Fue él quien me hizo un hijo de Dios, y me abrió el cielo por el santo bautismo; el que me purificó después de que pequé, el que alimenta mi alma. «Al ver la torre de una iglesia, puedes decir:» ¿Qué hay en ese lugar? «El cuerpo de nuestro Señor». «¿Por qué está él allí?» «Porque un sacerdote ha estado allí y ha dicho la santa misa». 

¡Qué alegría sintieron los apóstoles después de la resurrección de Nuestro Señor al ver al Maestro a quien tanto habían amado! El sacerdote debe sentir la misma alegría al ver a Nuestro Señor, a quien tiene en sus manos. Se atribuye un gran valor, a los objetos que se han depositado en el vaso de bebida de la Santísima Virgen y del Niño Jesús, en Loreto. Pero los dedos del sacerdote, que han tocado la adorable carne de Jesucristo, que se han sumergido en el cáliz que contenía su sangre, en la pica donde ha estado su cuerpo, ¿no son aún más preciosos? El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Cuando veas al sacerdote, piensa en Nuestro Señor Jesucristo. (ibid.)

Necesidad de Sacerdotes Santos

Habiendo visto la inmensa dignidad del sacerdote, también debemos recordar que, debido a la naturaleza de su sublime llamamiento, el sacerdote debe luchar con todo su ser para ser un santo sacerdote, un buen pastor, para poder guiar a muchos fieles de manera efectiva, por el camino de la salvación y la santidad.   

Aunque es cierto que un ministro indigno aún puede administrar los sacramentos de manera válida, y de esta manera ser un verdadero canal de gracia, Dios respeta el libre albedrío del hombre y depende de nuestra libre cooperación con ella, (la gracia). Por esta razón, la eficacia de un santo sacerdote, un sacerdote que viva en profunda unión con Nuestro Señor, será mucho mayor que la eficacia de un sacerdote que viva tibiamente. Por lo tanto, Santo Tomás, al afirmar que incluso un sacerdote en pecado celebra válidamente la misa, deja claro que de todas maneras «en la medida en que tiene una eficacia [adicional] por la devoción del sacerdote que intercede,… no hay duda de que  la misa, al venir del sacerdote en mejor estado interior, es más fructífera”,  para la Iglesia y los que participan en ella (Summa Theologica, III. Q. 82, art. 6, c).

Nuevamente, tomen la vida del Santo Papa Juan Pablo II como ejemplo: ¿Cuántos corazones y vidas han sido tocadas y cambiadas a través del ministerio de este hombre? Debido a que el papa Juan Pablo II vivió de la palabra de Dios y se dejó guiar por el espíritu de Cristo, en cierto sentido se convirtió en CRISTO, viviendo entre nosotros aquí y ahora, tocando corazones y cambiando vidas. Él mismo escribe, «el mayor o menor grado de santidad del ministro tiene un efecto real en la proclamación de la palabra, la celebración de los sacramentos y el liderazgo de la comunidad en la caridad» (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 25).

Oración y sacrificios en nombre del Sacerdocio

Un sacerdote también se enfrenta a las innumerables tentaciones de la vida moderna, y además, es especialmente blanco del enemigo. El enemigo siempre persigue primero al buen pastor, porque él sabe: «Golpearé al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán» (Mt 26,31).

Las tentaciones y los ataques deben ser resistidos y conquistados por la oración y la penitencia; en primer lugar por las del propio sacerdote, pero también las oraciones de los fieles ayudan a los sacerdotes a resistir la tentación y crecer en gracia y virtud.

La Congregación para el Clero declara: Detrás de todos los sacerdotes hay una madre espiritual que oró a Dios por su vocación. Ella los soporta a través del sufrimiento espiritual y los «nutre» al ofrecer a Dios todas sus actividades diarias, para que se conviertan en sacerdotes santos, sacerdotes fieles a su identidad y compromisos especiales. (Adoración eucarística para la santificación de los sacerdotes y la maternidad espiritual, 2013, p. 13)

En consecuencia, no es suficiente con saber acerca del sacerdocio, sino que es necesario orar y ofrecer sacrificios a Dios por el mismo, estos son factores indispensables hoy en día. Sin duda en la gran batalla espiritual en la que la Iglesia se encuentra, Dios permite que los pastores sean golpeados y por lo tanto,  las ovejas se dispersan. En respuesta, ofrezcamos nuestras peticiones y dolores a Dios para que tenga misericordia de su pueblo al santificar a sus sacerdotes, para que puedan tener el amor y la dedicación del Buen Pastor, al dirigir el rebaño de Cristo.

Hay un viejo dicho: con cada sacerdote, mil almas se salvan o se pierden. Por esta razón, rezar por los sacerdotes es tan importante por el bien de toda la Iglesia. En los folletos Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la Maternidad Espiritual, la Congregación para el Clero, plenamente consciente de la crisis en el sacerdocio, alienta a los fieles a hacer adoración eucarística y ofrecer sacrificios en reparación y para fortalecer a los sacerdotes. El documento pide a los fieles, que consideren la adopción espiritual de un sacerdote para darle la fuerza espiritual necesaria para cumplir su tan importante ministerio. Se pidió a todas las diócesis del mundo que establecieran un programa de oración, y sobre todo, de adoración eucarística continua para que: «desde todos los rincones de la tierra, la oración de adoración, acción de gracias, alabanza, petición y reparación siempre sea elevada a Dios»; una oración incesante por el surgimiento de un número suficiente de santas vocaciones al sacerdocio, y en segundo lugar, acompañarlos espiritualmente con un tipo de maternidad espiritual». (Este folleto se volvió a publicar hace unos meses con algunas adiciones. Consulte la última página de esta carta). 

Los sacerdotes están llamados a ser la sal de la tierra. La Pequeña Flor se dio cuenta durante su peregrinación a Roma, cuando conoció a muchos sacerdotes, de que existe el peligro de que la «sal» pierda su sabor. Ahora, para que la sal de la tierra permanezca salada, o en otras palabras, que los sacerdotes puedan seguir siendo buenos pastores, debemos orar por ellos, y no solo un poco, sino mucho. No debería haber ningún día en la vida de un católico, en que no se ore por el sacerdocio. El Señor nos llama a todos a tomar en serio la responsabilidad de orar por los sacerdotes.

Que Dios toque los corazones de muchas almas en nombre del sacerdocio, para que puedan llevar a los sacerdotes y al obispo a través de sus oraciones, ganando así fuerza y ​​vigor para que puedan cumplir su tan importante misión. Un sacerdote dijo una vez: “Un sacerdote no nace de un ángel, sino de una madre. Es elegido de entre la gente, es ungido con el sacramento del sacerdocio y devuelto a la gente, a la Iglesia, a su cuidado, su oración y su amor. El sacerdote es un signo de la omnipotencia de nuestro Dios. Oren por los sacerdotes, ámenlos, apóyenlos, ayúdenlos a ser santos. Los sacerdotes somos débiles y frágiles. Si sus rodillas no están dobladas en oración por nosotros, tropezaremos y caeremos. Necesitamos de sus oraciones.

Encomendamos a los sacerdotes especialmente al cuidado de nuestra Santísima Madre, la tierna Madre de los sacerdotes. ¡Coloquemos a todos los sacerdotes espiritualmente en su Inmaculado Corazón para que pueda formarlos de acuerdo a la imagen de su Divino Hijo, Nuestro Buen Pastor y Sumo Sacerdote!

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CS04 – Teresa de Lisieux

Santa Teresa de Lisieux y el Sacerdocio

 

Rara vez alguien se ha dedicado más profundamente al orden sacerdotal que Santa Teresa del Niño Jesús. Raramente un alma dedica la vida tan fervientemente a la santificación y salvación de los sacerdotes, a través de la oración y la penitencia. Al leer y reflexionar cuidadosamente sobre sus escritos, uno tiene la impresión de que la Divina Providencia la había destinado sobre todo, a ser «apóstol de los apóstoles», como se llamaba a sí misma. El papa Pío XI confirmó su veredicto al declarar a su Patrona de los Misioneros en 1927, solo dos años después de su canonización. El mismo papa ya la había asignado en 1926 como patrona de la Sociedad Pontificia de San Pedro Apóstol, que todavía hoy se dedica a la formación del clero. Su ardiente amor y fervor por los sacerdotes es una gran inspiración para todos los que están comprometidos a orar por ellos.

1. Sed de almas

Su misión en la Iglesia comenzó a la edad de catorce años, cuando al final de una misa dominical, una imagen de Nuestro Señor en la Cruz había salido a medias de su libro de oraciones, mostrando una mano divina perforada y sangrando. La vista de la mano sangrante de Nuestro Señor le causó gran dolor. Ella escribe: «Mi corazón se desgarró de dolor al ver que la Preciosa Sangre había caído al suelo, y a nadie le importaba atesorarla mientras caía». Este fue un momento decisivo en su vida. Profundamente marcada por este «desperdicio» de la gracia divina, decidió pasar el resto de su vida: En espíritu al pie de la Cruz, [para] recibir el rocío Divino de la salvación y verterlo sobre las almas. Desde ese día, el grito de mi Salvador moribundo: «¡Tengo sed!», resonó incesantemente en mi corazón y encendió un celo ardiente hasta ahora desconocido para mí. Mi único deseo era dar de beber a mi Amado. Me sentía consumida por la sed de las almas, y anhelaba a toda costa, arrebatar a los pecadores de las llamas eternas del infierno. (Story of a Soul, capítulo V; en adelante, Story) 

Poco después, mientras ofrecía los méritos de Nuestro Señor con toda la fuerza de su ser, para la salvación del alma del famoso criminal, Pranzini, le pidió a Dios una señal, una confirmación de que este deseo provenía verdaderamente de Dios. Su pedido fue maravillosamente concedido; momentos antes de su ejecución, Pranzini agarró el crucifijo que le ofreció un sacerdote y lo besó tres veces.

2. «Apóstol de los apóstoles»

Hasta este momento, la idea de orar por los sacerdotes nunca llegó a la mente de Teresa, porque sus almas «le parecían puras como el cristal». Su punto de vista cambió cuando en 1887, participó en una peregrinación a Roma; alrededor de 75 de los peregrinos eran sacerdotes. Vivir codo a codo con tantos sacerdotes durante un mes, la golpeó profundamente, pues «a pesar de que la sublime dignidad del sacerdocio los eleva más que a los ángeles, aun así, no dejan de ser hombres débiles e imperfectos». Por lo tanto, se dio cuenta de que incluso los sacerdotes buenos y santos a quienes Cristo llama «sal de la tierra», necesitan mucha oración. Y si los sacerdotes «santos» necesitan mucha oración», ¿qué debemos pensar de los tibios? ¿No ha dicho Nuestro Señor: «Si la sal pierde su sabor con qué puede ser salada?» (Mt 5,13) «(Historia, VI).

Solo la oración y el sacrificio intensos por ellos, pueden convertir a los sacerdotes tibios y hacer posible que vuelvan a su primer amor por Cristo. Los sacerdotes que están llamados a servir al pueblo de Dios, y que por lo tanto también deben ocuparse de muchos otros asuntos, tales como la administración, la participación en eventos sociales y similares, permanecen inmersos en el mundo, con lo cual, nunca pierden su fragilidad humana,  permanecen sujetos a todo tipo de tentaciones y pruebas.

La Pequeña Flor entendió  claramente, como nunca antes, que el propósito principal de los Carmelitas reformados era «preservar la sal de la tierra«. Dirigiéndose a la madre superiora, escribe: «Ofrecemos nuestras oraciones y sacrificios por los apóstoles del Señor; nosotros mismos deberíamos ser sus apóstoles, mientras que ellos, por palabra y ejemplo, predican el Evangelio a nuestros hermanos. ¿Tenemos acaso una misión más gloriosa por cumplir?» (Historia, V).

Después de entrar en la Orden de los Carmelitas Descalzos, su deseo de rezar y ofrecerse por la salvación de las almas, especialmente de los sacerdotes, aumentó constantemente, lo que la hizo compartirlo con los demás. En 1889, a la edad de dieciséis años, le escribió a su hermana Céline varias cartas para conquistarla para esta misión:

Seamos apóstoles…salvemos especialmente las almas de los sacerdotes; estas almas deberían ser más transparentes que el cristal… Ay, cuántos malos sacerdotes, sacerdotes que no son lo suficientemente santos… Oremos, suframos por ellos, y en el último día, Jesús estará agradecido. ¡Le daremos almas! Céline, ¿entiendes el grito de mi alma? (Cartas, 94)

Ah! Céline, siento que Jesús nos está pidiendo a las dos que apaguemos su sed dándole almas, especialmente las almas de los sacerdotes. Siento que Jesús quiere que te diga esto, porque nuestra misión es olvidarnos de nosotras mismas y reducirnos a nada. …Somos tan insignificantes… y, sin embargo, Jesús quiere que la salvación de las almas dependa de los sacrificios de nuestro amor. ¡Nos está rogando almas! (LT 96)

[En vísperas del año nuevo de 1889 ella escribió]: Céline, si lo deseas, vamos a convertir almas; ¡Este año, debemos formar muchos sacerdotes que amen a Jesús! ¡Y quien lo trate con la misma ternura con que María lo trató en su cuna! «(LT 101)

En la víspera de su última profesión, el 8 de septiembre de 1890, hizo de su misión parte de su compromiso religioso: “En el examen solemne antes de mi profesión, declaré, como era costumbre, la razón de mi ingreso al Carmelo: «He venido a  salvar almas, y especialmente a rezar por los sacerdotes” (Historia, VII). A pesar de su corta edad, ella no era ingenua o sentimental, sino plenamente consciente del precio que debía pagarse: «Uno no puede alcanzar el fin sin adoptar los medios, y  Nuestro Señor me hizo comprender, que sería por la cruz que él me daría almas» (Historia, VII).

En 1891 le escribió a Céline sobre Hyacinth Loyson, un ex provincial de los Carmelitas que apostató contra la Iglesia, lo que causó un gran escándalo en toda Francia. Para ella, él era «más culpable que cualquier otro pecador que se hubiera convertido» (LT 129). Pero también estaba convencida de que «la confianza hace milagros» y que «no son nuestros méritos sino los de nuestro Esposo, que a la vez son nuestros, los que ofrecemos a nuestro Padre que está en el cielo». Además, ella mantuvo un gran respeto por aquel sacerdote a pesar de sus pecados; mientras que el público lo llamó «monje renegado», ella lo llamó «nuestro hermano, un hijo de la Santísima Virgen» (LT 129). Santa Teresa había rezado por él la mayor parte de su vida religiosa, el 19 de agosto de 1897, para la fiesta de San Jacinto, ella ofreció su última comunión por su salvación. Se sabe que Loyson se convirtió en 1912, catorce años después, ya en su lecho de muerte.

3. Corazón Sacerdotal

Ella misma tenía un inmenso deseo de ser sacerdote misionero. Aunque en realidad no podía convertirse en sacerdote, tenía un corazón «sacerdotal»:

¡Siento la vocación de sacerdote! ¡Con qué amor, Jesús mío, te llevaría en mis manos cuando mis palabras te bajaran del cielo! ¡Con qué amor te daría a las almas! … Yo viajaría a todas las tierras para predicar Tu nombre. … Una sola misión no satisfaría mis anhelos. Difundiría el Evangelio hasta los confines de la tierra, incluso hasta las islas más lejanas. Sería un misionero, no solo por unos pocos años, sino, si fuera posible, desde el comienzo del mundo hasta la consumación del tiempo» (Historia, XI).

Estaba claro que no podía ser ordenada sacerdote. Impulsada por su deseo aparentemente interminable de trabajar para la Iglesia, finalmente encontró su vocación aún más sublime que abarca y nutre todas las demás vocaciones en la Iglesia: «¡En el corazón de la Iglesia, mi Madre, seré AMOR!». Ella consideró su vocación «más alta que la de la palabra hablada [ser misionera]». Le escribió a su hermana Céline: «Es para nosotras por oración, entrenar a los trabajadores [sacerdotes] que difundirán las buenas nuevas del Evangelio, y que salvarán innumerables almas, las almas para quienes seremos las madres espirituales. ¿Qué entonces, tenemos que envidiar a los sacerdotes del Señor?» (LT 135)

4. Adopción espiritual de los sacerdotes

Desde la infancia, Teresa tenía el anhelo de tener un «hermano sacerdote» (Historia, XI). Todos sus hermanos de sangre habían fallecido a temprana edad y, por lo tanto, lamentó haber sido privada de la alegría de «verlos en el altar». Pero Dios, que responde a los fervientes deseos de un alma pura, fue más allá de su sueño y le dio a sus dos hermanos sacerdotes: el p. Belliere y el p. Roulland, sacerdotes misioneros, que habían acudido al convento carmelita pidiendo oraciones. La madre superiora eligió a Santa Teresa como su madre espiritual. Así comenzó un nuevo capítulo en su misión eclesial que la llenó de alegría y gratitud abrumadoras. Cariñosamente le escribió al p. Belliere: «Mi gratitud no es menos grande que la tuya para Nuestro Señor, que me ha dado un hermano pequeño a quien él destina para convertirse en su sacerdote y su apóstol… Es solo cuando llegas al cielo, que sabes, cuán queridos son para mí «(LT 220).

Para Teresa, los dos adoptados eran sus «hermanos», de quienes se sentía responsable y que ahora ocupaban un lugar importante en su vida, «totalmente consciente de mis obligaciones, me puse a trabajar y me esforcé por redoblar mi fervor… Sin duda, es mediante la oración y el sacrificio que podemos ayudar a nuestros misioneros «(Alma, XI). Al p. Roulland escribió, que creía que Dios la quería y la creó para ser su hermana» (LT 193). Ser asignada como «hermana» a sus hermanos sacerdotes, no era simplemente una coincidencia o una elección propia, era la voluntad de Dios desde toda la eternidad, que ella, por sus oraciones y sacrificios, «inyectara» vida y gracia en la vida y misión de los sacerdotes. Como dice San Agustín: «Todo lo bueno que se hace en la Iglesia, incluso por los pontífices, se lleva a cabo por la acción secreta de las almas en oración repartidas por todo el mundo». Al final de su corta vida, ella aseguró a sus “hermanos”, que no los olvidaría:  

Seré más útil en el cielo que en la tierra. … [Le] agradeceré al Señor por darme los medios para ayudarlos de manera más eficaz en sus obras apostólicas. Realmente cuento con no permanecer inactiva en el cielo. Mi deseo es aún trabajar por la Iglesia y por las almas. … ¿No están los ángeles continuamente ocupados con nosotros sin que dejen de ver el Rostro divino? … ¿Por qué Jesús no me permitiría imitarlos? (LT 254)

Conclusión

Si la Iglesia alguna vez declarara a una santa como la Patrona de la Maternidad Espiritual por los Sacerdotes, después de Nuestra Señora, nadie merecería este título más apropiadamente que Santa Teresa del Niño Jesús. En el cielo tenemos un modelo y la colaboradora más poderosa en nuestra vocación de ser madres espirituales, hermanas o hermanos en la Cruzada por los Sacerdotes. Como lo prometió, en el cielo ella está trabajando aún más activamente por la santificación de los sacerdotes como lo hizo mientras vivía en la tierra. Ella ciertamente desea unir todos sus esfuerzos desde el cielo al nuestro por el bien del sacerdocio. Invoquémosla a menudo y sigamos su ejemplo, para que en el amor de Jesucristo y de su Madre, crezcamos aún más en nuestra sublime vocación de ser «apóstoles de los apóstoles» para la salvación de las almas. Santa Teresa, ayúdanos y reza por nosotros.   

1 Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, capítulo V. 

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CS03 sacerdocio – Madre Teresa

La Madre Teresa y el sacerdocio

Estimado, ¡gracias por su compromiso de orar por los sacerdotes! El 4 de septiembre de 2016, en el Año Extraordinario de la Misericordia, la Iglesia canonizará a la Madre Teresa de Calcuta, Apóstol de la Misericordia en Acción. La Madre Teresa fue reconocida en muchos sentidos, en primer lugar por su amor por los pobres, pero también por su amor y respeto por el sacerdocio. En esta y en la próxima carta, ofreceremos a nuestros cruzados una conferencia inspiradora de la Madre Teresa sobre el celibato dirigida a los sacerdotes. El don del celibato no es solo un «escándalo» para el mundo moderno, sino que, por desgracia, es cada vez más atacado desde el interior de la Iglesia. Que la Madre Teresa interceda para que este don divino sea una vez más entendido correctamente y que tanto el clero como los laicos lo tengan en alta estima.

Celibato Sacerdotal: Signo de la Caridad de Cristo — Parte 1

Leemos en las Escrituras cómo Jesús vino a proclamar la buena nueva de que Dios nos ama. Él quiere que hoy seamos ese amor. Jesús dijo: «Lo hiciste conmigo, tenía hambre, estaba desnudo, sin hogar y solo y lo hiciste conmigo». Yo llamo a esto el «Evangelio en cinco dedos».

Todos están llamados a amar a Dios con todo su corazón, alma, mente y fuerza, y a amar a su prójimo por amor a Dios. Pero en la noche, antes de morir, Jesús nos dio dos grandes regalos: el don de sí mismo en la Eucaristía y el don del sacerdocio, para continuar su presencia viva en la Eucaristía.

Sin sacerdotes, no tenemos a Jesús.
Sin sacerdotes, no tenemos absolución.
Sin sacerdotes, no podemos recibir la sagrada comunión.

Matrimonio y Celibato Sacerdotal

Así como Dios, nuestro Padre, preparó una morada digna para su Hijo en el vientre inmaculado de una virgen, también es apropiado que un sacerdote se prepare para tomar el lugar de Jesús, el Hijo de Dios, eligiendo libremente el celibato sacerdotal. El matrimonio y la procreación, son milagros del amor de Dios por los cuales hombres y mujeres, se convierten en sus compañeros de trabajo, para traer nueva vida al mundo. Pero Jesús claramente ha hablado de algo aún mayor que eso, cuando dijo que en el cielo las personas no se casan ni se dan en matrimonio, sino que viven como los ángeles; y que hay algunos que han renunciado al matrimonio por el bien del Reino de Dios.  

El celibato sacerdotal es ese regalo que se prepara para la vida en el cielo. Jesús llama a su sacerdote para ser su compañero de trabajo en la Iglesia, para llenar el cielo con los hijos de Dios.  

Un día, dos jóvenes vinieron a nuestra casa y me dieron mucho dinero para alimentar a la gente, porque en Calcuta, como saben, tenemos muchas personas pobres a quienes alimentamos a diario. Y les pregunté de dónde sacaron tanto dinero. Dijeron: «Hace dos días nos casamos. Antes del matrimonio decidimos que no íbamos a comprar ropa de boda, no íbamos a celebrar un banquete de boda, sino que, en cambio, le daríamos el dinero para alimentar a los pobres. «Era algo extraordinario para la gente hindú de clase alta hacer eso. Les pregunté de nuevo: «¿Por qué hiciste eso?» y dijeron: «Nos amábamos tanto que queríamos compartir la alegría de amar con las personas a las que usted sirve«.

Para mí, esta hermosa y viva historia de dos personas enamoradas es un signo vivo de esa unidad de Jesús y su sacerdote. Aquí el sacrificio no es dinero o cosas materiales, sino un don superior y mejor: el del Celibato Sacerdotal.

El Don y la Fecundidad del Celibato

El mayor regalo que uno puede darle a Jesús en el día en que uno se une al sacerdocio es un corazón virgen, un cuerpo virgen. Lo llamamos celibato sacerdotal. Es como el amor virginal de Cristo por su Iglesia, a quien el sacerdote representa. La iglesia es el cuerpo de Cristo; es la esposa de Cristo. 

El celibato no es solo nuestra capacidad de dar, sino más bien nuestra capacidad de aceptar el regalo de Dios, la elección de Dios. Con oración, reflexione cómo él, el Creador del universo, tiene tiempo para ustedes, sus pequeñas criaturas.

El celibato sacerdotal crea un vacío para recibir ese otro maravilloso regalo que solo Jesús puede ofrecer y dar: el regalo del amor divino. En primer lugar, Jesús ofrece su precioso don de sí mismo para una amistad de por vida, fiel y personal, con ternura y amor. Nada lo hará renunciar a su fidelidad. El permanece fiel.  

Queridos colaboradores de Cristo, ustedes han dicho «Sí» a Jesús y él los ha tomado en su palabra. La palabra de Dios se convirtió en Jesús, el pobre. Su celibato sacerdotal es el terrible vacío que ustedes experimentan. Dios no puede llenar lo que está lleno, solo puede llenar el vacío: la pobreza profunda, y su «sí« es el comienzo de ser o de vaciarse. No se trata de cuánto realmente tenemos que dar, sino de cuán vacíos estamos, para que podamos recibir en nuestra vida a plenitud y dejar que él viva en nosotros. En ustedes hoy, él quiere revivir su completa sumisión al Padre. Permítanle que lo haga. No importa lo que sientan, sino lo que él siente en ustedes. Quiten los ojos de ustedes mismos y regocíjense en que no tienen nada, en que no son nada, en que no pueden hacer nada. Denle a Jesús una gran sonrisa, cada vez que su nada les asuste. Esta es la pobreza de Jesús. Ustedes y yo debemos dejarlo vivir en nosotros y a través de nosotros en el mundo.    

Aférrense a Nuestra Señora, porque ella también, antes de poder estar llena de gracia, llena de Jesús, tuvo que pasar por esa oscuridad. «¿Cómo puede ser eso?» ella preguntó. Pero desde el momento en que dijo ‘sí’, María tuvo la necesidad de apresurarse para ir a dar a Jesús, a Juan y a su familia. Sigan dando a Jesús a las personas, no con palabras, sino con su ejemplo, con su amor por Jesús, irradiando Su santidad y difundiendo Su fragancia de amor a donde quiera que vayan. Solo mantengan la alegría de Jesús como su fortaleza. Sean felices y estén en paz, acepten todo lo que él les dé, y den todo lo que sea que él tome, con una gran sonrisa. Ustedes le pertenecen a él. Díganle: «Tuyo soy, y si me cortas en pedazos, cada pieza será solo tuya». Dejen que Jesús sea la víctima y el sacerdote en ustedes.  

Celibato: libertad para dar y amar

Al elegir libremente el celibato sacerdotal, el sacerdote renuncia a la paternidad terrenal y gana una participación en la Paternidad de Dios. En lugar de convertirse en padre de uno o más hijos en la tierra, ahora puede amar a todos en Cristo. Sí, Jesús llama a su Sacerdote para llevar el tierno amor de su Padre a cada persona y a todos. Por esta razón, la gente lo llama ‘Padre’. 

El Celibato Sacerdotal no es simplemente no casarse, no tener una familia. Es el amor indiviso de Cristo en la castidad. Nada ni nadie me separará del amor de Cristo. No es simplemente una lista de lo que no se puede hacer, es simplemente amor; libertad para amar y ser todo para todas las personas. Y para eso necesitamos la libertad, la pobreza y la simplicidad de la vida. Jesús podría tener todo pero eligió no tener nada. Nosotros también debemos elegir no tener o usar ciertos lujos. Por cuanto menos tenemos para nosotros, más de Jesús podemos dar, y cuanto más tenemos para nosotros, menos de Jesús podemos dar. Como sacerdotes, todos debemos experimentar la alegría de esa libertad, sin tener nada, sin tener a nadie; entonces podemos amar a Cristo con amor indiviso en castidad. Por eso, un sacerdote que es completamente libre para amar a Cristo, el trabajo que realice en obediencia, es su amor por Cristo en acción. La preciosa sangre está en su mano, él puede partir el pan vivo  y darlo a todos los que tienen hambre de Dios. 

Dejen que aquellos que están llamados a seguir a Jesús en el celibato sacerdotal y a compartir su sacerdocio, oren y pidan el coraje de dar, «dar hasta que duela». Esta entrega es amor verdadero en acción y podemos hacerlo solo cuando somos uno con Jesús, porque en Él, con Él y solo a través de Él, Jesús, podremos hacer grandes cosas, incluso cosas más grandes que Él mismo.

Llamado a la pureza absoluta

No hay comparación alguna con la vocación del sacerdote. Es como el reemplazo de Jesús en el altar, en el confesionario y en todos los demás sacramentos donde usa su propio «yo», como Jesús. Cuán completamente el sacerdote debe ser uno con Jesús, para que Jesús lo use en su lugar, en su nombre, para pronunciar sus palabras, ejecutar sus acciones, quitar los pecados y convertir el pan y el vino ordinarios en el pan vivo de su propio cuerpo y sangre. Solo en el silencio de su corazón puede escuchar la palabra de Dios y desde la plenitud de su corazón, puede pronunciar estas palabras: «te absuelvo» y «este es mi cuerpo». Cuán pura debe ser la boca del sacerdote y cuán limpio debe ser su corazón, para poder hablar y pronunciar las palabras, «este es mi cuerpo», y convertir el pan en el Jesús vivo.  La mano de Jesús debe estar completamente en la mano del sacerdote, si esto es así, cuando el sacerdote levanta esa mano, ahí está la preciosa Sangre de Jesús. El pecador que llega a la confesión cubierto de pecado, al dejar el confesionario, se convierte en un pecador sin pecado. ¡Oh, qué puro, qué sagrado debe ser un sacerdote para quitar el pecado y pronunciar las palabras, «yo te absuelvo».  

El Sacerdote: vínculo entre la Misericordia de Dios y la Humanidad

Para mí, el Sacerdocio es lo Sagrado, la santidad por la cual Cristo ha venido a la tierra para hacerse hombre, para vivir el amor y la compasión de su Padre, y para lavar el pecado. Tenemos un maravilloso ejemplo de eso en la experiencia con nuestra gente.

Las hermanas encontraron a un hombre e hicieron todo lo que por el amor era posible hacer por él, por un hombre que había estado encerrado de esa forma durante años. Este hombre no habló durante dos días. El segundo día, les dijo a las hermanas: «Ustedes trajeron a Dios a mi vida, traigan también al Padre». Entonces las hermanas consiguieron un sacerdote y este hombre hizo su confesión después de sesenta años, a la mañana siguiente murió.

Esto es un sacerdote, es el ‘vínculo de conexión’ entre la humanidad y Dios, tal como lo fue Jesús, para quitar el pecado. Dios había entrado en la vida de este hombre, pero ese perdón por su pecado tenía que venir a través de los sacerdotes para que la conexión con Dios fuera total. Este fue un milagro de gracia que llegó a ese hombre que había estado lejos de Jesús durante tantos años, y así lo expresó; «Han traído a Dios a mi vida, traigan al padre también». Esa conexión, esa misericordia, ese lavado de sus pecados, vino a través de las manos y las palabras del sacerdote.

Continuará en la próxima Carta de la Cruzada

Orar por los sacerdotes es uno de los apostolados más importantes de la Iglesia. Mientras más oremos y ofrezcamos sacrificios por los sacerdotes, mejores ministros de la misericordia de Dios serán, más santas serán nuestras familias y comunidades religiosas. 

¡Gracias por orar por los sacerdotes!

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CS02 – sacerdocio – Conchita

El Sacerdocio según la Venerable Conchita Cabrera

En los últimos meses, Dios ha puesto la santidad del sacerdocio ante los ojos de toda la Iglesia y la humanidad mediante la canonización de los dos Santos Padres, San Juan XXIII, el Buen Pastor, y San Juan Pablo II, el Profeta cuya voz resonó en toda la tierra.

El misterio más profundo del sacerdocio, radica en el poder de hacer que Dios esté presente en este mundo, a través de la consagración en la misa. Este misterio fue tratado de manera especial en los escritos místicos de la Venerable Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida, mejor conocida como Conchita de México, madre de nueve hijos, uno de los cuales es sacerdote. Nacida en San Luis Potosí, México, el 8 de diciembre de 1862 y fallecida el 3 de marzo de 1937, fue declarada Venerable por Juan Pablo II el 20 de diciembre de 1999. Cumplió todas las vocaciones de una mujer: prometida, esposa, madre, viuda, abuela, e incluso por una indulgencia especial de Pío X, sin ser privada de su estado familiar, murió canónicamente como religiosa en los brazos de sus hijos.

Según el folleto de la Congregación del Clero sobre la Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la Maternidad Espiritual: “Jesús una vez le explicó a Conchita: Hay almas, que a través de la ordenación reciben una unción sacerdotal. Sin embargo, hay… también almas sacerdotales que no tienen la dignidad ni la ordenación de un sacerdote, pero tienen una misión sacerdotal. Se ofrecen unidos a mí… estas almas ayudan a la Iglesia de una manera espiritual muy poderosa… Serás la madre de un gran número de hijos espirituales, sin embargo, costarán a tu corazón la muerte de mil mártires. Trae tu ser como una ofrenda por los sacerdotes. Une tu ofrenda con mi ofrenda, para obtener gracias para ellos”. (p 28).

En sus experiencias y escritos místicos, se dirige a todas las categorías del pueblo de Dios, a laicos y casados, a sacerdotes y obispos, a religiosas y a todas las almas consagradas. Por la profundidad de sus escritos, Conchita es comparable a Santa Catalina de Siena o Santa Teresa de Ávila.

En muchas de sus obras, explica el sacerdocio visto desde la Santísima Trinidad y relacionado con nuestra Madre celestial [cf. A mis sacerdotes (5282 Berkshire Dr., North Olmsted, OH 44070), Cuenta de conciencia y vida (citas de JE Bifet, El sacerdocio… en la Experiencia y Mensaje de Concepción Cabrera de Armida, disponible de Hermanas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, 1320 Maze Blvd., Modesto CA 95351)]. Estos textos expresan cuán altamente Dios considera a sus sacerdotes y nos ayudan a comprender lo satisfecho que está con todo lo que se haga para apoyarlos. A continuación se presentan algunas citas de sus escritos que explican la relación del sacerdocio ordenado a las Tres Personas Divinas y María.

1. Dios Padre mira a Sus Hijos los Sacerdotes

“El Padre dedicó eternamente a los sacerdotes al Espíritu Santo: porque Yo, el Hijo, los gané por mis méritos infinitos; porque el mismo Espíritu Santo, al encarnar el Verbo Divino en María, se regocijó también al divinizar la vocación sacerdotal con el contacto de la Palabra, el Sacerdote eterno, y puso en esa vocación una fibra de la fecundidad del Padre y un reflejo de la pureza de su Inmaculada Esposa, la imagen de la Iglesia… El sacerdote nunca se encuentra solo, la Trinidad misma le acompaña en todas las dimensiones de una manera especial “(A mis sacerdotes, cap. 65).

“Mis sacerdotes en la tierra, después de María, son obra perfecta del Padre, al ser reflejos de Su Hijo único… El Padre ve solo un  sacerdote en la multitud de sacerdotes; en síntesis, en mí los ve a todos” (A mis sacerdotes, cap.72).

“En Mí, los sacerdotes se transforman místicamente, después de lo cual mi Padre ideó Mi Iglesia, para toda la eternidad. Puso sobre mí una mirada de ternura infinita. Fue en esta mirada eterna, que VI Y SENTÍ, cómo los sacerdotes germinaron en el Sacerdote eterno” (A mis sacerdotes, cap. 77).

“El Padre, con su mirada amorosa de infinita ternura, puso en Mí, su Palabra, su inteligencia, comprensión, su poder y su amor. Fue en esa mirada eterna que entendí y sentí cómo los sacerdotes fueron engendrados en el Sacerdote… Ves hija, no puedo ser separado de lo que es mío” (Cuenta de conciencia, 51, 32).

2. El Hijo y Sus Sacerdotes

“A través de la mística encarnación, que todo sacerdote debe mantener muy profundamente, muy íntimamente, muy familiar pero respetuosamente, la obra de la Encarnación se realiza diariamente en el altar en el sacrificio de la Santa Misa. En el altar, la Palabra se encarna místicamente en cada hostia consagrada que se transforma, por la transubstanciación de las especies, en Jesús. 

“Pero como él es Jesús, el rastro de esa misma encarnación que el sacerdote debe guardar en su corazón permanece en su alma. El sacerdote encarna a Jesús en la hostia, a medida que se convierte en Jesús, se convierte en anfitrión y al ofrecer la hostia transformada en Jesús, al Padre, también es entonces Anfitrión y Víctima” (Cuenta de conciencia, 50, 190).

“Después de que fui encarnado en María; y de ponerme bajo la disposición amorosa de Mi Padre, diciéndole: AQUÍ ESTOY, no me puse sólo a su disposición, sino que puse a TODOS los sacerdotes en Mí, creados por Mi Padre, a través de la obra del Espíritu Santo, en María… y vine con todos los sacerdotes en Mí, al lugar donde nací, en Belén, donde trabajé en Nazaret, donde me convertí en Galilea, en donde sufrí, Jerusalén, donde morí en el Calvario, y en donde resucité. Siempre he llevado en Mi corazón esta fibra santa y fructífera de Mi Padre, Mis sacerdotes “(A Mis Sacerdotes, cap. 77).

“Quiero infundir en ellos, transformándolos en mí, mi amor por mi Padre y el amor de mi Padre por mí (a mis sacerdotes; cap. 98)”. Por esta razón, el día en que mis sacerdotes se conviertan en otros Yo, sentirán como Yo lo hago, amarán como Yo lo hago y se perderán a sí mismos en unidad como Yo me perdí. Yo viví solo en mi Padre y en Él, en unión con el Espíritu Santo “(A mis sacerdotes, cap. 106).

“Las penas íntimas de Mi Corazón (son) el origen y el lugar de nacimiento del sacerdocio, siempre serán  fuentes de las vocaciones… No hay nada más íntimo en Mi Corazón como los sacerdotes” (Para mis sacerdotes, cap. 120).

“El sacerdote perfeccionado… déjenlo reflejar la eucaristía en su alma, déjenlo asemejarse a Jesús en esta caridad universal, TODO PARA TODOS, mientras se entrega totalmente, completamente al ejercicio sagrado de su apostolado en nombre de las almas” (A mis Sacerdotes, cap.112).

3. El Espíritu Santo y los Sacerdotes

“El Espíritu Santo tuvo una parte activa en la creación del mundo. Al Espíritu Santo, quien personifica el Amor, se le dio la fecundidad realizada en María… Con el aliento del fructífero Espíritu Santo, fundé Mi Iglesia en mis amados sacerdotes; en consecuencia, la Iglesia también es fruto del amor, fundamento del amor en sus sacerdotes “(A mis sacerdotes, cap. 134).

“En razón del sacerdocio conferido y afirmado por el Espíritu Santo, los sacerdotes reciben el poder, por así decirlo, de concebir la Palabra hecha carne en la misa, donde se renuevan mi encarnación, pasión y muerte” (Cuenta de conciencia, 50, 235)

La característica del Espíritu Santo es darse a sí mismo, comunicarse a sí mismo (Vida 9, 346). El Espíritu Santo necesita almas que se consagren a Él —almas crucificadas— para descender a ellas (Vida 1, 271-273). Hace fecundo el Trabajo de la Cruz (Life 6, 230). Es Él quien guía e impregna toda la vida de Jesús (Vida 4, 135; 7, 1.85). Uno es el que vive por Él a través de María (Vida 9, 332).

4. María es el regalo de Cristo a los Sacerdotes

“¿Cómo puedo no pensar en dejarles a Mis sacerdotes —después de dejar en ELLOS,  MÍ MISMO SER —  a quien más amaba, a quién deberían amar más, al más tierno, delicado, puro y santo corazón de la tierra, a María, para que ella fuera su consuelo, su apoyo, su calidez, su Madre; el mismo canal donde todas las gracias vendrían a ellos?… (Ella) vería en ellos no a otros, no solo a hombres, SINO A MI EN ELLOS “(A Mis Sacerdotes, Capítulo 98).

“Después de Mí, María debería ser todo para el sacerdote. Ella es la que prepara a las almas sacerdotales para recibir la gracia invaluable de la transformación que se produce continuamente en el altar… Así, formando las características de Jesús, una por una, en el corazón de los sacerdotes que se entregan a ella, María ayuda al Espíritu Santo, con su cuidado materno, a la transformación perfecta en MÍ… María es una mártir del sacerdote, la Madre de los Dolores…

“Por esta razón, María tiene en la Iglesia un papel tan importante, el de Madre, porque comunica a cada sacerdote el germen eterno del Padre que está en la Palabra, y que por el Espíritu Santo se hace fructífero en cada alma sacerdotal para formar en él, a Jesús Hostia, a Jesús Víctima, a Jesús Salvador y a Jesús Sacerdote. María es… una MADRE activa y sin descanso… que continuamente presta sus servicios a las almas, pero muy especialmente a los sacerdotes “(A mis sacerdotes, cap. 98).

“Pide, hija, que los sacerdotes sean sacerdotes, víctimas con la Víctima, que soy Yo, con las mismas cualidades de la Víctima” (Cuenta de conciencia, 49,62).

“La relación del sacerdote con María aparece en la Eucaristía. Es una relación de semejanza a través del hecho de hacer presente a Cristo por la obra del Espíritu Santo: María me engendró en su vientre virginal a través del Espíritu Santo con la fecundidad del Padre; y en la Misa el Sacerdote reproduce este sublime misterio que se perpetuará en los altares hasta el fin de los tiempos. La Virgen María quiere Sacerdotes vírgenes” (Cuenta de conciencia, 50, 152).


Podemos orar por los Sacerdotes con estas palabras:

Dios Padre nuestro, te damos gracias por los sacerdotes. Son tu presencia activa con nosotros.

Respondamos con oración y amor por ellos, con cuidado y ayuda. Quedémonos con ellos en los días buenos y malos.

Señor Jesús, tú estás con nosotros hasta el fin del tiempo a través de tus sacerdotes.

Mantennos siempre cerca de ellos para que podamos permanecer cerca de ti. Danos siempre suficientes sacerdotes en todas partes del mundo.

Espíritu Santo, fuiste enviado por el Padre y el Hijo para renovar la tierra. Renueva todos los días a cada sacerdote en su unión con Jesús.

Aparta todos sus fracasos. Multiplica los buenos efectos de sus oraciones, sacrificios y obras.

Querida Madre, eres la alegría oculta de cada sacerdote en esta vida como hombre soltero.

Que seas glorificada en la tierra como en el cielo por tu incansable cuidado por nuestros sacerdotes.

¡Mantenlos bajo tu manto, siempre obedientes y puros en el Corazón de Tu Divino Hijo! Amén.

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CS01 – Sacerdote – Reconciliación

El Sacerdote y el Sacramento de la Misericordia

“¿No son todos ellos espíritus servidores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salvación?” (Heb 1,14)

El 11 de abril de 2015, la Fiesta de la Divina Misericordia, nuestro Santo Padre, el papa Francisco, anunció un «Jubileo Extraordinario de la Misericordia». El Año Santo abrirá el 8 de diciembre de 2015, la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, y cerrará el 20 de noviembre de 2016, la Solemnidad de Cristo, el Rey. En la Bula de la Indicación, el Santo Padre nos recuerda:  

Necesitamos constantemente contemplar el misterio de la misericordia. Es una fuente de alegría, serenidad y paz. Nuestra salvación depende de ello. Misericordia: la palabra revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: el acto supremo por el cual Dios viene a nuestro encuentro. … Misericordia: el puente que conecta a Dios y al hombre, abriendo nuestros corazones a la esperanza de ser amados por siempre a pesar de nuestra pecaminosidad. (Misericordiae Vultus , no. 1)

Jesús, el Rostro de la Misericordia del Padre

La misericordia, el «segundo nombre del amor» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 7), tiene muchas facetas. Básicamente, los bienes que recibimos, la vida, comida, refugio, relaciones humanas, nuestra fe, etc., son efusión y expresión de la Divina Misericordia. Pero en su expresión definitiva, la misericordia tiene una cara como el título del toro del papa Francisco, Misericordiae vultus [El rostro de la misericordia] indica:    

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. … En la «plenitud de los tiempos» (Gálatas 4, 4), cuando todo se había arreglado de acuerdo con su plan de salvación, el Padre envió a su único Hijo al mundo, nacido de la Virgen María, para revelar su amor por nosotros de forma definitiva. Quien ve a Jesús ve al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús de Nazaret por sus palabras, sus acciones y toda su persona, revela la misericordia de Dios.

La revelación de la misericordia del Padre culminó con la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, por las cuales, él ganó para nosotros el perdón de nuestros pecados. Poco después de su resurrección, Nuestro Señor se apareció a los Apóstoles en aquel recinto, e instituyó el sacramento de la misericordia, diciendo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Según Santo Tomás de Aquino, es sobre todo el perdón de los pecados lo que demuestra la misericordia de Dios. Santo Tomás, citando a San Agustín, dice: «para un hombre justo ser perdonado por un pecador [mediante la absolución], es más grande que crear el cielo y la tierra, porque el cielo y la tierra pasarán, pero la justificación de los impíos perdurará. » (Summa Theologica, I-II, 113, 9).

Crisis de Confesión

Sin embargo, el sacramento por el cual Jesús nos absuelve de nuestros pecados, a través de sus sacerdotes, es muy poco apreciado en nuestros días. En la mayoría de las parroquias del mundo occidental, las filas para la comunión son largas, mientras que las filas para la confesión son cortas o absolutamente inexistentes. El confesionario es a veces llamado el «lugar más solitario en la Iglesia». Según un informe de un superior jesuita, desde julio de 1896 hasta junio de 1897, siete sacerdotes escucharon un total de 78,000 confesiones en cierta parroquia de Nueva York. Eso significa que, en promedio, un sacerdote escuchaba unas treinta confesiones al día. ¡Qué contraste con la situación actual, donde la mayoría de los católicos no parecen necesitar ser absueltos de sus pecados! Según un estudio realizado en 2008, el 45% de los católicos en los Estados Unidos dejaron de confesarse por completo, aproximadamente el 30%, va menos de una vez al año; y solo el 26% confiesa sus pecados a un sacerdote al menos una vez al año.

El papa Francisco compara el estado de la Iglesia con un hospital de campaña: «Hoy podemos pensar en la Iglesia como un» hospital de campaña». Disculpas por repetir esto, pero lo veo así, lo siento así: un «hospital de campaña». Hay necesidad de curar las heridas, ¡tantas heridas! ¡Tantas heridas! Hay tantas personas heridas, por problemas materiales, por escándalos, también en la Iglesia… Personas heridas por las ilusiones del mundo… Nosotros, sacerdotes, debemos estar allí, cerca de estas personas. Misericordia, significa en primer lugar curar las heridas». (Discurso al clero de Roma, 6 de marzo de 2014). Heridas que no pueden sanar a menos que el poder sanador de la misericordia de Dios sea suplicado en el Sacramento de la Reconciliación. 

Uno puede preguntarse: ¿cómo podría la recepción de este sacramento tan importante decaer tan radicalmente? El papa Pío XII dijo en 1946 en un discurso ante el Congreso Catequético de los Estados Unidos: «El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado«. Una razón para la pérdida de la sensibilidad al pecado es, sin duda, la cultura actual y lo que el papa Benedicto XVI llama la «dictadura del relativismo«, esa es la afirmación de que el conocimiento, la verdad y la moral no son absolutos, sino que pueden cambiar según la cultura, la sociedad o contexto histórico. Pero otra razón pesa quizás más: la negligencia de catequizar a los católicos adecuadamente. Especialmente en los últimos cuarenta años después del Concilio Vaticano II, los sacerdotes y obispos, rara vez han predicado sobre la realidad, las consecuencias del pecado; cuánto hiere a cada una de las almas, a la Iglesia, la  sociedad y sobre lo importante que es ir frecuentemente a la confesión. Por lo tanto, las personas fueron insensibilizadas con respecto al pecado, las líneas de confesión y los tiempos de confesión ofrecidos se hicieron cada vez más cortos. Otro punto es la degeneración de la espiritualidad sacerdotal. Cuando los sacerdotes optan por una vida cómoda, renunciando a la búsqueda de la santidad, ciertamente no están dispuestos a predicar sobre la santidad ni a atender esta necesidad pastoral del rebaño. Los pastores «autocomplacientes», abusan del rebaño también por negligencia.

Un punto final, sobre el porqué algunas personas abandonaron la confesión, es la inmadura administración del sacramento por parte de algunos sacerdotes. El Santo Padre dice:

Muchas veces sucede que una persona viene y dice: «No me he confesado en muchos años, tengo este problema, dejé la confesión porque encontré un sacerdote y él me dijo esto», y ves la imprudencia, la falta de amor pastoral, en lo que dice esa persona. Y se alejan, debido a una mala experiencia en la confesión. Si hubiera una actitud sana de padre, que surge de la bondad de Dios, esto nunca sucedería. (Discurso a los participantes de un «Curso sobre el foro interno» el 27 de marzo de 2015)  

La importancia fundamental del Sacramento de la Misericordia

Debemos agradecerle a Dios que nuestro Santo Padre tiene el coraje y la luz para enfocar nuevamente la atención de la Iglesia en la confesión. De hecho, el objetivo principal del Año de la Misericordia es hacer que las personas vuelvan a confesarse: “Pongamos el sacramento de la reconciliación en el centro una vez más, de tal manera que permita a las personas tocar la grandeza de la misericordia de Dios con sus propias manos. Para cada penitente, será una fuente de verdadera paz interior” (MV, n. 17). No puede haber santidad en la Iglesia ni podemos hablar de una nueva evangelización, si la confesión no recupera su lugar indispensable en la vida de los fieles.

Su centralidad en la vida del sacerdote

¿Pero cómo comenzar? El papa Francisco enfatiza que los mismos sacerdotes deben apreciar y hacer uso frecuente de este sacramento. En sus propias almas deberían resonar profundamente los sentimientos de San Pedro: “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). Deben experimentar profundamente su propia necesidad de la misericordia de Dios y recibirla a menudo; solo entonces pueden ser hombres de misericordia y compasión hacia los fieles. Juan Pablo II expresó en palabras drásticas:

La vida espiritual y pastoral del sacerdote,… su existencia sacerdotal, sufre un declive inexorable, si por negligencia o por alguna otra razón, no recibe el sacramento de la penitencia con regularidad  y con un espíritu de fe y devoción genuina. Si un sacerdote ya no fuera a confesarse o confesara inadecuadamente sus pecados, su ser y  acción sacerdotal sentirían sus efectos muy pronto, y esto también sería notado por la comunidad de la cual él fuere pastor. (Reconciliatio et Paenitentia, n. 31)

En esta misma línea el papa Francisco declaró  el 6 de marzo de 2014 al clero de Roma:

El sacerdote muestra las profundidades de la misericordia en la administración del sacramento de la reconciliación; toda su actitud lo demuestra, en la forma en que acoge, escucha, aconseja, absuelve… Sin embargo, esto se deriva de la forma en que él mismo vive personalmente el sacramento, de cómo se deja abrazar por Dios Padre en la confesión, y se queda en este abrazo… Si esto lo vive en sí mismo, en su propio corazón, también se lo puede dar a otros en el ministerio. Y les dejo con las siguientes preguntas: ¿Cómo me confieso? ¿Me dejo abrazar?

Administración Misericordiosa del Sacramento a los Fieles

En sus sermones, discursos y comentarios, el Santo Padre no se cansa de señalar a los sacerdotes, las cualidades de un buen confesor y lo que debe evitarse. Él enfatiza más que cualquier otro papa anterior, en el enfoque misericordioso de la administración del sacramento de la reconciliación.

Da la bienvenida a los penitentes no con la actitud de un juez, ni siquiera con la de un simple hombre, sino con la caridad de Dios, con el amor de un padre que ve al hijo regresar y va a su encuentro, [con el amor] del pastor que ha encontrado la oveja perdida. ¡El corazón del sacerdote es un corazón que sabe conmoverse, no por sentimentalismo o mera emoción, sino por la “tierna misericordia” del Señor! Si es cierto que la tradición señala el doble papel de médico y juez para los confesores, nunca debemos olvidar que, como médico, está llamado a sanar y, como juez, a absolver. (Discurso a los participantes de un “Curso sobre el foro interno” el 27 de marzo de 2015)

Que los confesores no hagan preguntas inútiles, más bien, que al igual que el padre en la parábola, interrumpan el discurso preparado por adelantado, del hijo pródigo, para que los confesores aprendan a aceptar la súplica de ayuda y misericordia que brota del corazón de cada penitente. En resumen, los confesores están llamados a ser siempre, un signo de la primacía de la misericordia, en todas partes y en todas las situaciones, pase lo que pase. (MV, 17)

Por otro lado, un sacerdote no debe confundir la misericordia con la clemencia. “Tomar en serio tanto a Dios como al penitente”, explica el Santo Padre a los seminaristas, “significa no pretender que nada de lo que la persona confiesa es realmente un pecado. Con demasiada frecuencia, las personas confunden ser misericordioso con ser indulgente. Decir ‘Oh, adelante, eso no es pecado’ es tan malo como insistir una y otra vez, ‘pero la ley dice esto’. … Ninguna de estas respuestas toma al penitente de la mano para acompañarle en su viaje de conversión”.

En lo que respecta a ofrecer la confesión, el Santo Padre hace hincapié en la importancia de que la confesión se ofrezca generosa y fielmente a las personas y se le de preferencia sobre otras actividades:

Si la reconciliación transmite la nueva vida del Señor resucitado y renueva la gracia bautismal, entonces su tarea es darla generosamente a los demás. Un sacerdote que no atiende a esta parte de su ministerio, tanto en la cantidad de tiempo dedicado, como en la calidad espiritual, es como un pastor que no cuida las ovejas que se pierden; es como un padre que olvida al hijo perdido y deja de esperarlo. ¡Pero la misericordia es el corazón del Evangelio! No olvides esto: ¡la misericordia es el corazón del Evangelio! Es una buena noticia saber que Dios nos ama, que siempre ama al pecador, y con este amor lo atrae hacia sí y lo invita a la conversión. (Discurso a los participantes de un “Curso sobre el foro interno” el 27 de marzo de 2015) 

Oremos en este Año de la Misericordia…

Como dicen los papas Juan Pablo II y Francisco: ¡el tiempo en que vivimos es un tiempo de misericordia! Pero seamos claros: la misericordia de Dios debe encontrar corazones abiertos y contritos. Sin una renovación de la práctica frecuente de la confesión, los fieles no podrán ser luz y sal en el mundo, sino que se convertirán en una parte más insípida del mundo. Todos los esfuerzos emprendidos por parte de las conferencias de obispos, comités y actividades de los fieles, sin una conversión sincera, no darán resultado.

En este Año Santo de la Misericordia, pedimos a nuestros lectores y participantes en el programa de la Cruzada por los Sacerdotes, que oren especialmente para que los sacerdotes presten atención al llamado del Santo Padre a redescubrir y experimentar la belleza del sacramento de la misericordia en sus propias vidas. Oremos para que los sacerdotes inmaduros puedan aprender a abrazar a sus penitentes con el corazón verdaderamente misericordioso del Buen Pastor, que no es rígido ni laxo. Oremos para que no se desanimen cuando las filas para la confesión sean cortas, oremos fervientemente por la conversión de sus feligreses y para que continúen  generosamente disponibles a pesar de sus ocupados horarios. Oremos también para que los obispos y los sacerdotes no tengan miedo de hablar a los fieles sobre la seriedad del pecado, y para que este no sea  trivializado. Oremos por todos los fieles para que ellos también puedan recuperar un fuerte sentido y horror al pecado, y redescubran humildemente la grandeza y la belleza de ser perdonados en el sacramento de la misericordia. Oremos para que nosotros mismos también podamos encontrar profundamente la misericordia de Dios, encontrando así la paz mental y el alma que imparte el sacramento de la confesión, para la cual no hay sustituto. Finalmente, ¡nunca olvidemos orar y agradecer a nuestros propios confesores!

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CC68 María, Madre de DIOS

María, Madre de DIOS

“El estado al cual Dios eleva a María, para hacerla Madre Suya, es el más excelso que se haya podido conceder a una creatura pura; de tal manera que Dios no podría haberla exaltado más” (San Bernardino de Siena). “La maternidad divina de María es tan excelsa”, escribió San Buenaventura, “que no podría ser superada por nada. Dios pudo haber creado un mundo aún más grande, pero no hubiera podido exaltar tanto a una creatura como lo hizo con Su Madre”. Y puesto que Cristo vino a nosotros mediante el amor y el consentimiento de la santísima Virgen María, es justo y bueno que vayamos hacia Él a través de ella. El año 2000 será inaugurado con la festividad de María, Madre de Dios. Meditemos, entonces, sobre su dignidad y amor, de la mano de los escritos de San Alfonso María de Ligorio.

I. La realeza de María

María es la Reina del universo

Con justicia la santa Iglesia honra a la siempre Virgen María y desea que todos la honren con el glorioso título de “Reina”, pues fue elevada a la condición de Madre de Aquel que es el Rey de reyes. “Si el hijo es rey” -dice San Atanasio-, “con toda razón la madre ha de ser estimada y llamada reina”, pues ella le ha dado la vida. Dice San Bernardino de Siena que “desde el momento en que María dio su consentimiento para ser la Madre del Verbo eterno, mereció ser elevada a la condición de Reina del universo y de todas las creaturas.” El abad Arnoldo de Chartres comenta: “¿cómo habrá de ser separada la Madre de la monarquía del Hijo? De donde se deduce que la gloria del reino no sólo es común entre la Madre y el Hijo, sino también es la misma.”

Y si Jesús es Rey del universo, del universo es igualmente Reina María. “Y como Reina”, escribe el abad Ruperto, “posee por derecho todo el Reino de su Hijo.” Añade San Bernardino de Siena: “cuantas son las creaturas que sirven a Dios, tantas han de ser las que sirvan a María; los ángeles, los hombres y cuanto hay en el cielo y en la tierra, por el solo hecho de estar sujetos al imperio divino, lo están también al dominio de la Virgen. “Por eso el abad Guerrico, dirigiéndose a la divina Madre, dice: “Prosigue, ¡oh María!, prosigue gobernando con toda seguridad; dispón como te plazca de los bienes de tu Hijo, porque, siendo Madre y Esposa del Rey del mundo, te corresponde, en calidad de Reina, el reinado y el dominio.”

María es la Reina de la misericordia

María, por tanto, es Reina. Pero todo el mundo debe saber, para consuelo general, que es Reina suavísima, clementísima e inclinada a dispensarnos bienes, a nosotros, necesitados de misericordia. Por eso la santa Iglesia quiere que la saludemos en el Salve Regina como “Reina y Madre de misericordia”.

Pero María no es Reina de la justicia, para castigarnos, sino solamente de la misericordia, siempre inclinada a ejercerla con los pecadores. Por eso la Iglesia desea que la invoquemos con el glorioso nombre de “Reina de misericordia”. Meditando el gran canciller de París Juan Gerson la sentencia de David: “Estas dos (cosas) escuché: que es de Dios el poder y que es tuya, ¡oh Señor!, la gracia”, dice que, basándose el reino de Dios en justicia y en misericordia, lo dividió el Señor, reservándose Él el reinado de la justicia y entregando el ejercicio de la misericordia a María, y ordenando que toda suerte de misericordia que se dispense a los hombres pase por sus manos y se dispense a su arbitrio. Todo lo cual confirma Santo Tomás en el prefacio a las Epístolas canónicas, diciendo: “Cuando María concibió al Hijo y luego lo dio a luz, obtuvo la mitad del reino de Dios, llegando a ser Reina de misericordia y reservándose Jesucristo el reinado de la justicia.”

El Eterno Padre constituyó a Jesucristo Rey de justicia, por lo que lo hizo Juez universal de todo el mundo. De ahí que el Profeta cantara: “Otorga, ¡oh Dios!, al rey tus poderes, y tu justicia al hijo de reyes”. Comentando estas palabras, dice un docto intérprete: Tú, Señor, diste la justicia a Tu Hijo, porque la misericordia se la habías dado a la madre del rey. Este verso del salmo es aplicado en el Salterio Mariano de la siguiente forma: “Otorga, ¡oh Dios!, al Rey tus poderes y tu misericordia a su Madre.” Y de igual modo, Ernesto, arzobispo de Praga, dice que el Padre Eterno dio al Hijo el derecho de juzgar y castigar, y a la Madre el de compadecer y socorrer a los necesitados de misericordia. Esa fue la razón por la que el profeta David anunció que el mismo Dios, por decirlo así, consagró a María como Reina de misericordia, ungiéndola con el óleo de la alegría, a fin de que todos nosotros, miserables hijos de Adán, nos alegrásemos pensando tener en el Cielo a esta excelsa Reina, ungida con el óleo de la misericordia y de compasión hacia nosotros. Como dijera San Buenaventura: “¡Oh, María, plena de la unción de la misericordia y del óleo de la piedad. Por eso Dios te ungió con el óleo de la alegría.”

Pregunta San Bernardo por qué la Iglesia llama a María “Reina de misericordia”, y responde que para que sepamos que la Virgen abre los tesoros de la misericordia de Dios a quien le place, cuando le place y como le place; así que no hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que llegue a perderse si lo protege María. Y aquí exclama San Bernardo: “Y ¿cómo podrías, oh María, rehusar el socorro a los necesitados de misericordia, si eres Reina de misericordia? y ¿quiénes son más súbditos de la misericordia si no lo son los más miserables? Tú eres Reina de misericordia y yo el pecador más necesitado de misericordia de todos; por tanto, has de tener más cuidado de mí que de todos los demás. “Y no digáis, Virgen sacrosanta”, exclama San Gregorio de Nicomedia, “que no podéis ayudarnos por vernos cargados de la muchedumbre de nuestros pecados, pues tenéis tal poder y compasión, que no hay número de culpas que las puedan superar. Nada resiste a tu poder, porque tu Creador, que lo es también nuestro, al honrarte a ti, que eres Su Madre, estima como Suya tu gloria; y el Hijo de Dios, gozándose en tus prerrogativas, escucha tus peticiones como pagando deudas que contigo tuviese.” Lo que equivale a decir que, así como María está infinitamente obligada al Hijo, que la predestinó por Madre suya, el Hijo también lo está a la Madre, que le dio su humanidad; por lo que Jesús, para recompensar cuanto debe a María, gozando de su gloria, la honra de manera particular escuchando siempre sus ruegos.

Confianza en la Reina de Misericordia ¡Cuán grande deber ser, por tanto, nuestra confianza en esta Reina, sabiendo lo poderosa que es ante Dios y lo rica y plena de misericordia, que nadie hay en la tierra que no participe de su compasión y favores! Así lo reveló la misma bienaventurada Virgen a Santa Brígida: “Yo soy -le dijo- Reina del cielo y Madre de misericordia; soy la alegría de los justos y la puerta por donde pasan los pecadores a Dios. No hay pecador en la tierra que viva tan desgraciado que se vea privado de mi misericordia, pues por mi intercesión tienta menos el demonio de lo que tentaría sin ella. Ni hay ninguno tan apartado de Dios que, si me invoca en su ayuda, no pueda volver a Dios y gozar de Su misericordia”.

II. La Madre de Dios es nuestra madre espiritual

Nuestra Madre en la Encarnación

Los devotos de María no la llaman por acaso ni en vano Madre. En dos ocasiones, como enseñan los doctores y los Santos Padres, María vino a ser nuestra Madre espiritual: la primera, cuando mereció concebir en su seno virginal al Hijo de Dios, como asegura San Alberto Magno. Y San Bernardino de Siena lo explica más claramente, diciendo: “cuando la Santísima Virgen dio su consentimiento en la anunciación del ángel, que el Verbo eterno esperaba de ella para hacerse su Hijo, comenzó desde entonces a pedir a Dios con tan inmenso cariño por nuestra salvación y a interesarse de tal modo por nuestra salvación, que desde aquel instante nos llevó en su seno como la madre más amorosa.”

Nuestra Madre bajo la Cruz

La segunda ocasión en que María llegó a ser nuestra Madre espiritual fue cuando en el Calvario ofreció al Eterno Padre, con tanto dolor de su corazón, la vida de su querido Hijo por nuestra salvación; por lo que atestigua San Agustín, “entonces, habiendo cooperado con su amor a que nacieran los fieles a la vida de la gracia, se convirtió en madre espiritual de todos nosotros, que somos miembros de nuestra cabeza, Cristo Jesús.” Eso quiere decir lo que se aplica a la Santísima Virgen en el Cantar de los Cantares: “me pusieron a guardar las viñas, ¡mi propia viña no la he guardado!” (Ct 1,5). María, para salvar nuestras almas, consintió en entregar a la muerte la vida de su Hijo; María, para salvar a muchas almas, entregó la suya a la muerte. Y ¿quién era el alma de María más que su amado Jesús, toda su vida y todo su amor? Por eso precisamente le anunció Simeón que llegaría el día en que su bendita alma habría de ser traspasada por una dolorosísima espada: lo que hizo la lanza cuando traspasó el costado de Jesús, que era el alma de María. Entonces fue también cuando María, con sus dolores, nos engendró a la vida eterna, por lo que todos nos podemos llamar hijos de los dolores de María. Esta amorosísima Madre nuestra estuvo siempre y completamente unida a la voluntad divina; por lo cual dice San Buenaventura que, al considerar el amor del Eterno Padre a los hombres, que llegó a entregar a su Hijo por nuestra salvación, y el amor del Hijo, que quiso morir por nosotros, para conformarse con este excesivo amor del Padre y del Hijo al género humano, consintió también de buen grado en que su Hijo muriese, a fin de que nosotros lográsemos salvarnos.

III. María, Madre del Amor Hermoso

La hermosura de su amor

“Yo soy la Madre del amor hermoso” (Sir 24,17/24). La Iglesia aplica estas palabras a María, porque su amor, que hermosea nuestras almas a los ojos de Dios, la inclina a recibirnos por hijos, como una Madre amorosa. Y ¿qué madre ama a sus hijos y se interesa por su felicidad como tú, dulcísima Reina nuestra, que nos amas y procuras nuestro bien?

Su amor infunde confianza

María recibe como a hijos, a todos aquellos que lo deseen. ¿Qué temor tienen de perderse si esta Madre los defiende y los protege? San Buenaventura decía que todo el que ama a esta buena Madre y confía en su protección debe animarse y exclamar: “¿Qué temes, alma mía? ¿No ves que la causa de tu salvación eterna no ha de perderse, estando, como está, la sentencia en manos de Jesús, tu hermano, y en manos de María, Madre tuya?” Y San Anselmo, lleno de júbilo, con el mismo pensamiento, nos anima prorrumpiendo con estas palabras: “¡Dichosa confianza y seguro refugio! ¡La Madre de Dios es también Madre mía! ¿Con cuánta certidumbre debemos, pues, esperar, ya que nuestra salvación depende de tan buen Hermano y del arbitrio de tan compasiva Madre?”

Así pues, sólo por el amor que nos tiene, se ha inclinado a hacerse Madre nuestra y se gloría, como dice un autor, de ser Madre de amor, porque habiéndonos recibido por hijos, es toda amor para con nosotros.

Los motivos de su amor

Consideremos los motivos de este amor, para que entendamos mejor cuánto nos ama esta cariñosa Madre.

El primer motivo del amor que María profesa a los hombres es el gran amor que profesa a Dios. El amor a Dios y el amor al prójimo, en expresión de San Juan, caen bajo el mismo mandamiento: “Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 21), de modo que uno crece a medida que crece el otro. Por eso, ¿qué no han hecho los santos, insignes amadores de Dios, por el amor del prójimo? Por el desmesurado amor con que amaban a Dios, se vieron impulsados a hacer cosas heroicas y maravillosas por su prójimo. ¿Quién amó a Dios más que María, si lo amó en el primer instante de su existencia más que cuanto lo amaron todos los ángeles y santos juntos en el curso de su vida?

La misma Santísima Virgen reveló a sor María del Crucificado que era tanto el incendio de amor que le abrasaba hacia Dios, que, si el Cielo y la tierra lo sintieran, quedarían en un instante consumidos; de donde concluía que, en comparación de su amor, los ardores de todos los serafines eran tan sólo como refrescantes auras. Luego, si entre todos los espíritus bienaventurados no hay ninguno que venza a María en el amor a Dios, tampoco hay ni puede haber quien, después de Dios, nos ame más que ésta nuestra amorosísima Madre. Si se reuniera el amor de todas las madres a sus hijos, de todos los esposos a sus esposas y de todos los santos y ángeles a sus devotos, no igualaría al amor que María profesa a una sola alma.

Un segundo motivo de por qué nos ama tanto nuestra Madre es porque su amado Jesús, poco antes de morir, nos encomendó a ella como hijos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26).

Un tercer motivo de su enorme amor hacia nosotros es porque le costamos sumos dolores. Las madres suelen amar preferentemente a aquellos hijos que más trabajos y dolores les han costado. Nosotros somos los hijos a quienes María alcanzó la vida de la gracia, habiendo para ello de pasar por la pena de entregar por sí misma a la muerte a su amado Jesús, consintiendo por nuestro amor en verle morir en su presencia en medio de los tormentos más atroces. De esta sublime inmolación ofrecida por María, nacemos al presente a la vida de la divina gracia; de lo cual se deduce que somos hijos carísimos, pues tantos dolores le hemos costado. Así como del amor que el Padre Eterno tuvo a los hombres al entregar por ellos a Su mismo Hijo, está escrito: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16), así también se puede decir de María que de tal manera nos amó María, que entregó por nosotros a su único Hijo. “Este amor de María, dice San Buenaventura, nos está obligando a corresponderle con amor, porque nos ha dado la mayor prueba de amor dándonos a su Hijo único, a quien amaba más que a sí misma”.

De aquí surge un cuarto motivo de por qué María nos ama tanto. Ella sabe que el precio de nuestra liberación fue la sangre de Cristo. Sobrado conoce María que su Hijo vino tan sólo a la tierra para salvarnos a nosotros, como Él mismo dijo: “He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10); y para salvarnos, ni siquiera se perdonó la vida: “siendo obediente hasta la muerte” (Flp 2,8). Si María nos amara poco, demostraría estimar también en poco la sangre del Hijo, que es el precio de nuestra Redención.

El amor especial de María hacia sus devotos

Pero, si María es tan benigna con todos, aun con los ingratos y negligentes que la aman poco y descuidan el acudir a ella, ¿cuánto más amorosa se mostrará con cuantos la aman de veras y la invocan a menudo?” Se anticipa a darse a conocer a los que la anhelan. Quien madrugue para buscarla, no se fatigará” (Sab 6,13). ¡Con cuánta facilidad hallan a María sus amadores y la encuentran llena de piedad y de amor! “Yo amo a los que me aman y los que me buscan me encontrarán” (Pr 8,17). Y aun cuando la amantísima Señora ame a todos los hombres como a hijos, sin embargo ella distingue y ama a quienes la aman con mayor ternura. Una vez que María es hallada, encuentra el hombre todos los bienes; pues ella misma ama a quienes la aman y se pone al servicio de aquellos que la sirven.

Cómo hemos de amar a María

Amemos a María como la amó el Beato Hermann Joseph, que la llamaba la esposa de sus amores, porque la misma María Santísima le había honrado con el apelativo de esposo. Amémosla como la amaba un San Felipe Neri, que con sólo pensar en ella experimentaba tal consuelo, que la llamaba sus delicias. Llamémosla nuestra enamorada, como San Bernardino de Siena, que diariamente visitaba una devota imagen suya y declaraba su amor con tiernas conversaciones con su Reina. Amémosla como San Luis Gonzaga, que ardía tanto en su amor, que, apenas oía el nombre de su querida Madre, se le encendía de pronto el corazón en llamas y las llamas le inflamaban el rostro. Amemos a María como muchos de sus siervos, que nunca dejaron de hacer lo suficiente para manifestarle su amor.

El mayor don del amor

Razón tenía el autor del Salterio Mariano para decir: “¡Felices quienes tengan la suerte de ser siervos fieles y amantes de esta amantísima Madre! Sí, porque nuestra agradecidísima Reina nunca se deja vencer en puntos de amor por sus devotos. María, imitando en esto a su santísimo Hijo, Jesucristo, con sus beneficios y favores devuelve, a quien le ama, el amor por duplicado.”

María, como dijo el abad De Celle, es “el tesoro de Dios y la administradora de las gracias”. San Gregorio Taumaturgo la denominó como la “llena de gracia, pues en ella se encuentran escondidos todos los tesoros de la gracia”. San Buenaventura, a la luz del pasaje evangélico del tesoro en el campo dice que “nuestra Reina es ese campo en el que está escondido Jesucristo, el tesoro del Padre”. A este respecto San Bernardo afirma que nuestro Señor “depositó en María la plenitud de la gracia para que sepamos que la esperanza, la gracia o cualquier otro bien que poseamos, nos ha venido a través de ella”.

El primero y mejor de los dones es el Niño Jesús mismo, que María nos regala con agrado, pues Cristo es el don del Padre a la humanidad. Que Él, junto con María, nuestra Madre celestial, nos conduzca al nuevo milenio en la plenitud de la gracia, la paz y la alegría.

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CC67 Padre nuestro – pan

“Danos hoy nuestro pan de cada día”

La cuarta petición del Padre Nuestro, «danos hoy nuestro pan de cada día», es tan sencilla, que hasta un niño puede entenderla. El pan que Dios nos da, sin embargo, es tan nutritivo, que satisface cualquier necesidad humana tanto en el ámbito espiritual como en el temporal. Las tres primeras peticiones expresan nuestros deseos eternos: «¡Santificado sea Tu nombre! ¡Venga a nosotros Tu Reino! ¡Hágase Tu voluntad!».

Anhelamos participar desde ahora de aquella unión celestial con la Santísima Trinidad, junto con los Ángeles y los santos, «en la tierra como en el cielo». En la segunda parte del Padre Nuestro pedimos aquellas cosas que necesitamos en esta vida. Estas peticiones se hayan formuladas en la segunda persona del singular -es decir, en la forma como un niño hablaría con su padre, cuando tiene algún deseo-, y expresan nuestras necesidades vitales, como peregrinos que somos en esta tierra. El Catecismo Romano observa que «hay innumerables cosas cuya privación podría provocar que perdiésemos la vida o que ésta fuera desagradable» (IV, 13, 7). Con todo, pueden resumirse en cuatro sencillas peticiones: el pan de cada día, el perdón, el auxilio en la tentación, y que seamos librados del mal. En ninguna otra oración se confirma con tanta claridad el hecho de que nuestro peregrinaje en esta tierra atraviesa verdaderamente por un valle de lágrimas, si se tiene en cuenta que tres de las cuatro peticiones se refieren a realidades negativas: que se nos libre de las repercusiones del mal y del pecado, de la tentación, y del dominio del diablo. Lo peculiar de la cuarta petición es que sólo en ella se expresan con palabras las necesidades positivas de nuestra alma y de nuestro cuerpo en este mundo. Este es, en verdad, un pan absolutamente extraordinario, que puede satisfacer tantas necesidades.

1. El pan de la vida cotidiana

¿Qué significa (tal es la pregunta que podemos hacernos) la petición «danos hoy nuestro pan de cada día»?

a. Las necesidades fundamentales de la vida humana

            En primer lugar, pedimos el pan como alimento fundamental del cuerpo. Desde una perspectiva bíblica pan significa alimento (cfr. Gn 31, 54; Job 42, 11; Sal 147, 9; Mt 3, 20; Mt 15, 2; Jn 13, 18; etc.). El pan se constituye en la medida y el medio sencillo, pero suficiente, de una forma de vida humana y digna. En un sentido más amplio, el término pan, alude también al vestido y a un techo. San Agustín comenta lo siguiente al respecto: «Pedimos estas cosas temporales no como nuestros bienes, sino como nuestras necesidades» (Homilía Nº 2 sobre el capítulo 5 de San Mateo). No debemos aspirar al lujo. «Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso» (1 Tim 6, 8). Salomón oraba sabiamente, diciendo: «déjame disfrutar mi bocado de pan» (Pr 30, 8c). El Señor nos enseña a pedirle al Padre, con sencillez y con la confianza de un niño, el pan; seguros de que Él sabe, mejor que nadie, lo que necesitamos. Ciertamente, una desmesurada preocupación por nuestro bienestar corporal nos apartaría de nuestra meta eterna.

Además, no sabemos lo que más nos conviene para nuestra eterna salvación. Bien podemos pedir muchas cosas, pero hemos de hacerlo con una confiada entrega a la amorosa providencia de Dios (cfr. Mt 6, 25ss; Rom 8, 26; Catecismo Romano). «Jesús nos enseña esta petición; con ella se glorifica, en efecto, a nuestro Padre reconociendo hasta qué punto es Bueno más allá de toda bondad» (CIC 2828) «El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales» (CIC 2830).

b. El don de Dios

            Al no pedir otra cosa que el pan de cada día, ponemos en práctica el espíritu de parquedad, superando, así, toda injusta preocupación, de la cual Cristo nos advierte: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Por todas esas cosas se afanan los paganos; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero Su Reino y Su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6, 31-33). Así pues, aquella petición es al mismo tiempo un compromiso con la pobreza de espíritu. El pan es el símbolo por antonomasia del don de Dios. Mientras que ciertas cosas son dadas solamente una vez (p. ej. una herencia) y otras cosas de cuando en cuando (p. ej. el vestido), el alimento (pan) debe ser dado y recibido diariamente; como el maná -símbolo del don de Dios-, regalado cada día y de manera nueva, y que tuvo que ser recogido diariamente como señal de la desbordante generosidad de Dios. Nos alegramos de poder recibir diariamente el pan; nos llena de gozo saber que nosotros, Sus hijos, podemos experimentar incesantemente la bondad paternal de Dios. «¿No es Él tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?» (Dt 32, 6b); y «confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 P 5, 7).

c. Una petición comunitaria

            Cristo nos enseña a pedir este pan como «nuestro» pan. La forma plural ‘danos’ es la expresión de la Alianza: Nosotros somos de Él y Él de nosotros, para nosotros» (CIC 2829). Es aún más sabroso recibir nuestro pan diario de Sus manos, pues Él es el dador. Lo comemos en Su presencia y entramos en comunión con Él mediante Su don. «Pero este ‘nosotros’ lo reconoce también como Padre de todos los hombres, y nosotros le pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus sufrimientos» (CIC 2829). Y el Catecismo enseña, además, que «esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cfr. Lc 16, 19-31) y del juicio final (cfr. Mt 25, 31-46) (CIC 2831). Hay que tener presente que todo lo que poseemos nos viene de Dios: «¿Qué tienes que no hayas recibido de Él? Y, si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? «(1 Cor 4, 7). Así pues, si es un don de Dios, entonces es la respuesta a nuestra oración: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Y puesto que cada uno pide por «nosotros», no tengo derecho de conservarlo sólo para mí mismo. ¿A quién, pues, se refiere este «nosotros»? ¿Quién es mi prójimo? Preguntémosle al buen samaritano; él lo sabe.

2. Nuestro pan espiritual

            Como el cuerpo, el alma del cristiano necesita también de su propio pan cotidiano. «Esta petición y la responsabilidad que implica sirven además para otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: ‘No sólo de pan vive el hombre, sino que vive de todo lo que sale de la boca de Dios’ (Dt 8, 3; Mt 4, 4), es decir, de Su Palabra y de Su Espíritu… Hay hambre sobre la tierra, “mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios (Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía» (CIC 2835).

a. El maná de la fe

            Jesús compara el don de la fe con pan. Luego de la multiplicación de los panes Jesús dijo a la muchedumbre: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre… Porque el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo…. La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado» (Jn 27-33). La multitud comprende que Jesús exige fe, pero ellos exigen la «obra del pan para sus estómagos». Jesús les respondió: «Yo soy el pan de vida. El que venga a Mí, no tendrá hambre, y el que crea en Mí, nunca tendrá sed. …Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que Yo le resucite en el último día» (Jn 6, 35; 40). De esto se desprende que Jesús, como objeto de nuestra fe, es nuestro Pan de cada día, el cual pedimos.

b. La Eucaristía: el Pan que da vida

            Jesús es más que nuestro pan de la fe. Él es nuestro Pan eucarístico. Sólo después de que los Discípulos creen en Él, pueden creer en Su presencia en la Eucaristía: «Yo soy el Pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el Pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Si uno come de este Pan vivirá para siempre; y el pan que Yo le daré, es Mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 48-51). Muchos de los discípulos comenzaron a murmurar, diciendo: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52) Observemos -tal como Jesús lo confirma- que ellos le han entendido muy bien, al declarar solemnemente: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come Mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 52b-54). A fin de comprender mejor este Pan, debemos ahondar, dentro del contexto bíblico, en los conceptos vinculados a él: «cotidiano» (en griego epiousios) y «hoy» (en griego semeron)

1. El significado de la palabra «cotidiano» (epiousios)

La palabra para expresar «cotidiano» (en griego epiousios), que Jesús emplea aquí, es poco corriente. De hecho, no se encuentra en ningún otro lugar de las Sagradas Escrituras ni en la antigua literatura griega. Su significado fue motivo de discusión desde la época de los Padres de la Iglesia. Algunos derivan el término epiousion de epi-enai (alimentarse), dándole así un significado temporal, en el sentido del pan del día de hoy o también del día venidero. Y como esto acontece diariamente, por eso en nuestra traducción del Padre Nuestro se dice pan «de cada día». A semejanza de la tradición que se hizo común entre los Padres griegos, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Tomada al pie de la letra (epiousios: ‘lo más esencial’), designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, ‘remedio de inmortalidad’ sin el cual no tenemos Vida en nosotros» (CIC 2837). Ya San Jerónimo había traducido el término en ese sentido.

2. El significado de la palabra «hoy» (semeron)

El Catecismo confirma esta interpretación eucarística, al subrayar el significado teológico y escatológico de la palabra «hoy» («danos hoy nuestro pan de cada día»). «Como se trata sobre todo de Su Palabra y del Cuerpo de Su Hijo, este ‘hoy’ no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el Hoy de Dios» (CIC 2836). «Si recibes el pan de cada día -nos dice San Ambrosio-, cada día es para ti hoy. Si Jesucristo es para ti hoy, todos los días resucita para ti. ¿Cómo es eso? ‘Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy’ (Sal 2,7). Hoy, es decir, cuando Cristo resucita (San Ambrosio, sacr., 5, 26; cfr. CIC 2836). Esta es, en realidad, una invitación a que comulguemos diariamente. Pero en un sentido más inmediato, constituye una invitación a efectuar una comunión espiritual cada vez que pedimos al Padre: «Danos hoy nuestro pan de cada día». Pues si participamos de Cristo, participaremos también de Su vida resucitada. Esto apunta al significado pleno de la palabra «hoy», a saber: todo el misterio pascual de la Pasión, Muerte, Resurrección y Glorificación de Jesús. San Pedro Crisólogo escribió: «El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el pan del cielo. Cristo mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del Sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial» (San Pedro Crisólogo, serm. 71; cfr. CIC 2837).

c. El Pan que da unidad al cuerpo

1. Unidad con el Padre

Cuando recibimos del Padre el Pan sacramentado, recibimos al mismo Cristo. Por otra parte, podemos decir también con certeza, que mediante la Eucaristía Cristo nos asume en Sí y nos hace miembros de Su Cuerpo. Y al asumirnos, nos unimos al Padre. San Hilario explica: «Si en verdad la Palabra se hizo carne y si en la Cena del Señor comemos realmente la Palabra encarnada, entonces no podemos hacer otra cosa que creer que Él permanece en nosotros según la naturaleza… Él unió la naturaleza de Su carne con la naturaleza eterna bajo el signo salvador de la Carne, de la cual hemos de participar. Así pues, todos somos uno, porque el Padre está en Cristo y Él en nosotros… Hasta qué punto estamos en Él mediante el Sacramento de la Comunión con su Carne y Sangre, nos lo dice Él mismo con las palabras: ‘…Yo estoy en Mi Padre, vosotros estáis en Mí, y Yo estoy en vosotros…’ Una vez más, Él está en nosotros a través del misterio de los Sacramentos… Así pues, hemos de avanzar hacia la unidad con el Padre» (De Trinitate 8, 13-16). Por eso la petición por la Eucaristía es dirigida al Padre, pues es a través de Cristo que vamos al Padre.

2. Unidad con los miembros de Cristo

            Como miembros de Su Cuerpo, nos encontramos también unidos unos a otros en Cristo: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo Pan.» (1 Cor 10, 17). Por eso, en esta unidad mística nos hacemos, en cierta manera, «pan» unos para otros, pues todas nuestras buenas obras y oraciones confluyen en el misterio de la «comunión de los santos», favoreciendo así a todos. Esta unidad se inicia con el Bautismo, pero se completa en la Eucaristía. El texto que publicó la Comisión Histórico Teológica para la celebración del Jubileo santo del año 2000 enseña: Mediante la Eucaristía «no sólo estamos unidos con Cristo, quien es la Cabeza, sino también con Sus miembros… No se puede estar en comunión con Cristo, que es la Cabeza, si en la propia vida dejamos a un lado Su Cuerpo, la Iglesia. Esto significa que estamos unidos a Cristo en la medida en que estemos también unidos con los hermanos; así como no se puede estar unido con los hermanos, si no se está unido a Cristo, la Cabeza. La Eucaristía crea esta comunidad bidimensional, que en definitiva constituirá una única realidad, a saber: el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Por eso se acostumbra a decir que la Eucaristía ‘hace la Iglesia». El origen de la unidad y de la cohesión en esta Comunidad es siempre el Espíritu Santo. Esto lo enfatizan también las nuevas Oraciones eucarísticas, en las cuales el sacerdote, luego de las palabras Consagratorias, reza una segunda epiclesis, para hacer de todos «un Cuerpo y una Sangre en Cristo». Después de la Resurrección y del acontecimiento de Pentecostés, Cristo existe sólo como «Cristo perfecto», como Cabeza unida a los miembros… La Eucaristía, como comunión del Espíritu Santo, se constituye, entonces -en un doble sentido- en «comunión de los santos»: comunión en las cosas santas y comunión de los santos, es decir, de hombres santificados por el Espíritu Santo» (El Espíritu de Dios en el mundo, Schnell & Steiner, 1997, capítulo VII, 2.3). Cuando pedimos al Padre que nos dé el pan de cada día, pedimos entonces también esa santa unidad con Cristo y con los miembros de Su Cuerpo.

3. Los santos Ángeles y el pan de la vida diaria

La misión de los Santos Ángeles con miras a nuestro pan cotidiano es triple: 1) Su preocupación por nuestras necesidades temporales, dada su condición de administradores de la creación material; 2) Su misión como guías en la vida espiritual, y 3) Sus funciones litúrgicas como amigos y siervos del Esposo de nuestra alma. San Ambrosio nos enseña: «Cuando el Cuerpo de Cristo se hace presente, es indudable que también los Ángeles se hacen presentes» (Sobre Lucas 1, 12). Ellos sirven a Cristo y nos ayudan a tener una unión más perfecta con Él. Pedimos, pues, en particular este Pan Eucarístico, cuando clamamos: «Danos hoy nuestro pan de cada día».

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CC66 Padre-voluntad

“¡PADRE, hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo!”

La mayor felicidad

Hacer Tu voluntad, oh DIOS mío; en Tu ley me complazco en el fondo de mi ser (Sal 40,9).

            La voluntad del Padre fue para JESÚS la mayor felicidad. Sólo algo infinitamente bueno puede hacernos plenamente dichosos. Es indudable que DIOS es ese bien infinito y la única fuente de dicha permanente. Y es bueno si reflexionamos en por qué el camino que nos conduce a nuestra felicidad consiste en hacer la voluntad de DIOS. La respuesta es muy sencilla: la mayor felicidad sólo puede surgir en la relación con una persona que sea infinitamente buena y que en su bondad (amor) desee comunicársenos, y que anhele, de igual manera, la ofrenda de nuestro amor.

            La felicidad sólo se halla en la unión de los corazones (de las voluntades). Y puesto que la voluntad de DIOS es la fuente primera de todo bien en la creación y en nosotros mismos, sólo podremos ser felices, si encontramos nuevamente el camino hacia esa fuente de bienes eternos.

            Para ello debemos unir nuestra voluntad a la Suya. Los niños pequeños, con su sencillez, comprenden muy bien esto. Para ellos, la felicidad suprema es estar amparados en los brazos de sus padres. Si una madre, empero, olvidase a sus hijos, DIOS jamás se olvidaría de nosotros (cfr Is 49,15). Toda plenitud en el cielo y en la tierra proviene de DIOS, de nuestro Padre celestial (cfr Ef 3,14-15). Cuando rezamos que se haga la voluntad del Padre, lo que en definitiva estamos pidiendo es el pleno cumplimiento de Su plan, el don de la felicidad eterna, el supremo don, que es DIOS mismo y a quien podemos poseer en la medida en que nos entreguemos a Su voluntad. No rezamos para que la voluntad de DIOS se someta a nuestra voluntad; no rezamos solamente para pedir la fuerza en el cumplimiento de Sus mandamientos. Nuestro deseo es, más bien, el de identificarnos con Su voluntad, pues se trata del Señorío de la Voluntad de DIOS “en la tierra como en el cielo”.

            Entre el Reino de DIOS y la voluntad de DIOS existe un vínculo tan estrecho que el evangelista San Lucas incluye esta petición en el Padrenuestro, luego de la petición de la venida de Su Reino. La razón, obviamente, es que la venida del Reino de DIOS está inseparablemente unida al cumplimiento de la voluntad de DIOS, como ambos lados de una medalla. El Reino, perdido una vez por la desobediencia, sólo será restablecido mediante el pleno cumplimiento de la voluntad del Padre, realizada por Cristo en Su sagrada pasión.

            Frente a la voluntad del Padre, que pedía la obediencia hasta la muerte en la Cruz, el mismo JESÚS manifestó dolor y oró diciendo: ¡Padre, si Tú quieres aparta de Mí este cáliz, pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya! (Lc 22,42).

            Por la muerte en la Cruz, aprendió JESÚS la obediencia (Heb 5,8), es decir, que Él venció en Su cuerpo toda resistencia al sufrimiento, de tal manera que pudiese someterse completamente al PADRE en Su humanidad creada. Todo está consumado (Jn 19,30). Como dice San Pablo: Él se sometió al PADRE, para que DIOS sea todo en todos (1 Cor 15,28). ¡Es este el Reino en el que la voluntad de DIOS reina sobre todas las cosas, y nosotros reinamos con Él como coherederos en Cristo!

            Por eso, unidos a Cristo y anhelando la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, victoria que un día conducirá a instaurar el Reino de DIOS de manera irrevocable, rezamos diciendo: «¡PADRE, hágase Tu voluntad!». Es ésta, en sí, una petición imperativa, pues mientras pedimos un trono en la gloria, nos atrevemos, con ayuda de Su gracia, a orar para que deseemos beber Su cáliz (del sufrimiento). Imploremos con Cristo al PADRE, para que quiera enviarnos un Ángel con el cáliz de la fortaleza, a fin de que, en la vida y en la muerte, estemos perfectamente unidos a la voluntad del PADRE. Todas las demás intenciones están orientadas y subordinadas a esa meta del glorioso reinado de la voluntad divina.

El valor del don

            El padre de una pequeña niña estaba tan contento por el comportamiento de su hijita, que un día la llevó a un gran almacén para que se comprara lo que ella quisiera. “Te has portado tan bien que quiero regalarte algo que te cause alegría. ¡Escoge algo que te guste!”- le dijo el padre. “¡Papá -respondió la pequeña-, quiero el regalo que tú quieras darme!“ Él no comprendió lo que ella quería decir y le volvió a decir: «¡Ve, escoge lo que te cause más alegría!“ Ella, con el impulso del cariño, seguía insistiendo: «¡Pero papá, el regalo que tú me escojas será para mí la mayor alegría!“ Así es el amor perfecto: Se alegra más por el que da que por lo dado. El don es valioso en tanto provenga de una persona amada. Con esta actitud ideal desearíamos, entonces, rezar: «¡PADRE, hágase Tu voluntad!“, pues esta voluntad es para nosotros lo más amado y precioso.

¿Qué es la voluntad de DIOS?

            La expresión de la voluntad de DIOS en la creación es cuádruple: Su intención, Sus mandamientos, Sus consejos y Sus inspiraciones.

Primero: la intención divina.

            «Porque esta es la voluntad de DIOS: vuestra santificación (1Tes 4,3), pues «DIOS, nuestro Salvador…, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2,4). Para eso fue que Cristo murió por nosotros, pecadores. «¡Oh, incomprensible amor del PADRE: para salvar al siervo, entregas al HIJO!” (del Pregón Pascual). Por eso imploramos, en esa petición, la salvación y la redención. La voluntad redentora de DIOS exige de nosotros una libre respuesta; en primer lugar, la fe: «Esta es la obra de DIOS: que creáis en quien Él ha enviado” (Jn 6,29). Por eso, en esa petición también pedimos la fe y el aumento de la fe.

Nosotros recibimos el don divino de la fe a través de la Iglesia. En comunión con ella podemos alegrarnos de sus instrumentos de salvación. La Iglesia es una: «Pues sólo a través de la Iglesia católica de Cristo, que es el instrumento general de salvación, se puede tener acceso a toda la plenitud de los medios salvíficos. Pues sólo al colegio de los Apóstoles -tal como creemos- fue que el Señor confió todos los bienes de la Nueva Alianza, a fin de constituir el cuerpo de Cristo en la tierra, al cual han de ser incorporados todos aquellos que de alguna manera pertenecen ya al pueblo de DIOS” (Concilio Vaticano II, Decreto sobre el Ecumenismo 3,5). Por eso oramos también por el crecimiento de la Iglesia, la reunificación de todos los cristianos y la conversión de los pecadores.

Segundo: los mandamientos divinos

            Mirad el maravilloso mandamiento: DIOS nos ha mandado amarle a Él, que es el bien infinito, con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas (Deut 6,5). En el amor nos entregamos a DIOS y anhelamos que Él, que Su voluntad, que todo, sea uno en nosotros. Y si lo amamos en verdad, amaremos también a aquellos que Él ama. El Catecismo nos enseña: “El mandamiento Suyo que comprende a todos los demás y que nos revela Su voluntad, dice: «¡Amaos los unos a los otros! Que, como Yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.» (Jn 13,34 / CIC 2822). Así pues, cuando oramos que se cumpla la voluntad del PADRE, pedimos también poder amar como Cristo.

            La medida mínima del amor consiste en cumplir los mandamientos: «Si Me amáis, cumpliréis Mis mandamientos” (Jn 14,15). El Señor dijo al joven rico: «Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” (Mt 19,17). Y cuando el joven le preguntó: “Cuáles?”, el Señor los enumeró.

            Los diez mandamientos son la expresión más marcada de las leyes morales y sociales que pueden encontrarse en cualquier cultura o nación.

            Junto a las obligaciones positivas para con DIOS y para con los Padres, los mandamientos que regulan nuestras obligaciones para con nuestro prójimo están formulados en forma de prohibiciones: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no desearás los bienes ni la mujer de tu prójimo» (CIC, tercera parte, párrafo segundo). De ahí la queja de tantos pecadores: «¡Los mandamientos son demasiado negativos!».

            ¡Es claro que debemos hacer el bien y evitar el mal! ¿Acaso hay otra forma diferente de denominar el asesinato, el adulterio, el engaño, el robo, la calumnia, la concupiscencia y la envidia, que llamándolos mal?

            DIOS formuló estos mandamientos en forma negativa a fin de facilitarnos, a nosotros, pobres pecadores, su cumplimiento. Mandamientos negativos, que prohíben determinadas acciones, son, entonces, más fáciles de cumplir que mandamientos positivos, los cuales exigen mayor virtud. Así, por ejemplo, es más fácil no robar al prójimo, que -expresado positivamente- ayudar a los pobres compartiendo generosamente con ellos nuestras riquezas. La ley de la Antigua Alianza no poseía en si la fuerza para cumplir las exigencias de la justicia (Rm 3,20; 7,5ss). La fuerza espiritual para la realización de la voluntad de DIOS viene únicamente de Cristo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a DIOS por Jesucristo nuestro Señor!» (Rm 7,24ss; Jn 1,17).

            La nueva ley del amor en Cristo es un reto positivo para nosotros: Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley (Rm 13,8).

La ley del amor supera los diez mandamientos. Y San Pablo continúa diciendo: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo» (Gal 6,2). Por eso pide incesantemente a los primeros cristianos que practiquen las virtudes; que sean pacientes, mansos, pacíficos, castos, humildes, etc. Es la voluntad del PADRE que demos abundantes frutos (Jn 15,8). Al pedir que se haga la voluntad del PADRE, pedimos con ello la gracia de cumplir los mandamientos y de crecer en la virtud.

            ¿Cuál es la medida para el amor y las virtudes? ¡El ejemplo de Cristo! «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). San Juan concluye de ahí, que también nosotros debemos estar dispuestos a entregar todos nuestros bienes temporales por la salvación de nuestros hermanos: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que Él dio Su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16).

            Un amor heroico semejante, que nos configura plenamente con Cristo, constituye una gracia única que ha de ser pedida en la oración: “¡Hágase Tu voluntad!”

Tercero: Los santos consejos de DIOS

            Todos los creyentes estamos llamados a ser perfectos como el PADRE celestial es perfecto (Mt 5,48; Rm 12,2; St 1,4). La perfección se basa únicamente en el amor. Además de los mandamientos, DIOS ofrece a los creyentes unos medios aún más perfectos para amarle con un corazón indiviso y para servir a la Iglesia, Su Reino en la tierra. Y Él nos invita a hacer uso de esos medios, que son los llamados consejos. Entre ellos sobresalen los consejos evangélicos, y en particular los votos en las comunidades religiosas. La invitación que hizo Cristo al joven rico apuntaba a una más perfecta unión con Él: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres…; luego ven, y sígueme.” (Mt 19,21).

            Los consejos se diferencian de los mandamientos en lo siguiente: “El mandamiento manifiesta la firme e imperiosa voluntad de quien ordena. El consejo, en cambio, nos pone ante los ojos una voluntad en forma de un deseo. El mandamiento nos obliga, el consejo nos alienta, nos anima. quien transgrede un mandamiento se hace culpable de un delito; pero quien no sigue un consejo sólo se hace menos merecedor de alabanza. Los transgresores de los mandamientos merecen ser condenados; quienes descuidan los consejos, merecen sólo ser menos glorificados… Cuando se manda, se recurre a la autoridad a fin de obligar; cuando se da un consejo, se recurre a la amistad, a fin de atraer y estimular.

            El mandamiento impone una necesidad, el consejo y la recomendación nos animan a algo que es de gran provecho… Se sigue el consejo para agradar y el mandamiento para no desagradar… Pero el corazón que ama no acepta el consejo a causa del provecho que pueda sacarse, sino para identificarse con el deseo de quien da el consejo y honrar su voluntad, como es debido.” (San Francisco de Sales, Tratado del amor de DIOS, VIII,6). “Todos los consejos han sido dados para el perfeccionamiento del pueblo cristiano y no para un cristiano en particular” (Ibíd.)

No se comete pecado si no se siguen los consejos, pero no hay que menospreciar o despreciar los consejos de DIOS, so pena de caer en el orgullo y de echarse encima alguna culpa. Todos los creyentes deberíamos reconocer la sabiduría y la belleza de los consejos de DIOS. Y puesto que debemos amar el Evangelio en su totalidad, hemos también de apreciar los consejos evangélicos y animar a todos aquellos que están libres, a seguirlos, y a quienes su estado de vida se los permite, a llevar una vida consagrada a DIOS, pues los consejos son muy buenos y el mejor y más fácil camino hacia la perfección (1Cor 7,26ss). Pidamos, pues, en esta tercera petición, para que las vocaciones aumenten y para que haya un profundo respeto por la gracia y el don de la vida consagrada a DIOS.

Es terrible despreciar el don de DIOS

            Una vez, una mujer fue donde Don Bosco con sus tres hijos para preguntarle sobre sus destinos. Don Bosco, con inspiración profética, le respondió que el primer hijo iba a ser un abogado exitoso y el segundo un médico también exitoso. La madre quedó muy complacida al escuchar esto. Luego, Don Bosco tomó al más pequeño en sus brazos y le dijo: «Para el más joven está reservado el destino más hermoso, pues será llamado al sacerdocio.» La madre quedó horrorizada al escuchar esto y exclamó: «¡Un sacerdote! Entonces prefiero que muera antes de que llegue a ser sacerdote». «Mujer -respondió Don Bosco- has cometido un pecado muy grave.» Y con la misma inspiración profética Don Bosco continuó: «¡Tu hijo morirá realmente muy joven, pues has despreciado el don de DIOS!» Al oír esto, la madre quedó profundamente entristecida y pidió perdón. Don Bosco le respondió: «DIOS perdone tu pecado…; empero, tu hijo morirá y DIOS se lo llevará, pues no fuiste considerada digna de tener un hijo que se vistiera con la más grande vocación que hay, la vocación al sacerdocio.» Y así sucedió. Poco tiempo después, el hijo enfermó y murió; casi que fulminado por la blasfema maldición de su madre.

Cuarto: Las inspiraciones de la gracia divina

            Las inspiraciones de la gracia coinciden con los consejos en cuanto que son invitaciones y no mandamientos. «La inspiración es un rayo celeste, que hace brillar una cálida luz en nuestro corazón, mediante la cual vemos el bien y recibimos el calor para desearlo ardientemente (Tratado del amor de DIOS, VIII,10). Las inspiraciones llegan de muchísimas maneras. “¿Oh, qué dichosos son aquellos que mantienen su corazón abierto a las santas inspiraciones! Jamás carecerán de aquellas que les son necesarias para vivir bien y piadosamente de acuerdo con sus circunstancias y para poder cumplir las obligaciones profesionales de una manera santa… [DIOS] concede a cada uno de nosotros, si no oponemos resistencia a la gracia de DIOS, las inspiraciones necesarias para llevar una vida espiritual y poder obrar y perseverar en ella.” (Ibíd.).

Dichas inspiraciones pueden ser de naturaleza extraordinaria, como por ejemplo, las inspiraciones de fundar una comunidad religiosa, tal como lo hiciera, en nuestros días, la Madre Teresa de Calcuta. Otras grandes inspiraciones pueden influir en el curso de la historia, como la inspiración que tuvo el papa Juan Pablo II de consagrar el mundo a la Virgen María o la de declarar tres años de preparación en honor de las tres Personas de la Santísima Trinidad, con miras al Jubileo del año 2000.

            Hay también inspiraciones más corrientes de la gracia. A éstas nos vamos a referir aquí. Las inspiraciones corrientes hacen parte de la gracia actual y hacen que nos inclinemos a realizar ésta o aquella obra buena y a practicar con mayor generosidad, e incluso hasta el heroísmo, una determinada virtud. No todos están llamados a ayunar como Santa María

Egipcíaca, pero sí deberíamos reflexionar sobre qué acto de penitencia sería agradable a DIOS: “Todos los creyentes, cada uno a su manera, están obligados, por ley divina, a hacer penitencia (Canon 1249). No todos pueden pasar 38 años en el desierto sobre una columna, como San Simón el Estilita, pero sí podríamos sentirnos impulsados a hacer, regularmente, una hora de adoración Eucarística.

            Quizá no tengamos la posibilidad de llegar a ser un gran misionero como San Francisco Javier, pero sí podríamos sentir el impulso de la gracia a ponernos a disposición de la Legión de María o de algún otro apostolado, para así propagar la fe.

            San Francisco de Sales equipara tales inspiraciones corrientes a “deseos santos” (Tratado del amor de DIOS, VIII,11; Introducción a la vida devota, III,3) y nos asegura que son signos comunes e importantes de la voluntad de DIOS en nuestra vida. No es fácil discernir tales cosas, pues el peligro de ser engañados por el Enemigo o por nosotros mismos, no es pequeño. Sin embargo, no tiene sentido que ocultemos nuestra cabeza en la arena. Los Apóstoles Pedro y Juan nos enseñan a discernir los espíritus y a quedarnos con lo bueno, pues éste viene de DIOS (1 Jn 4,1; 1 Tes 5,21). En una futura serie de cartas circulares trataremos ampliamente el tema del discernimiento de espíritus. Por el momento bastará con explicar las reglas que propone San Francisco de Sales para un correcto discernimiento de las mociones comunes de la gracia y los deseos de hacer el bien.

            La primera regla es evidente: sólo debemos desear lo bueno, pero no buscar en ello honra, cargos, visiones, ni éxtasis, pues todo esto oculta en sí mismo el peligro de la vanidad y el engaño.

            Igualmente deberíamos evitar los deseos de poseer bienes que están prácticamente lejos de nuestro alcance, pues ello conduce a la dispersión y a la tristeza. Además, hacen que olvidemos hacer el bien inmediato. Las personas caen particularmente en este peligro, cuando se encuentran en una situación difícil. Así, puede suceder con facilidad que una persona que se sienta infeliz en su matrimonio, sueñe con ingresar a un convento. “¿Qué sentido tiene eso?”, se pregunta San Francisco de Sales. A quienes han asumido un determinado estado de vida, San Francisco de Sales les aconseja en forma severa que no se pongan a considerar un cambio de estado (Introducción a la vida devota, III,37). Una típica tentación en esa dirección puede también atormentar a religiosos piadosos, que sienten el deseo de escapar e ingresar en el Carmelo o en una Cartuja para llevar una vida contemplativa.

            También aparecen con frecuencia todo tipo de engaños en el modo y la manera como algunas personas desean para sí la cruz: quisieran ser grandes mártires, pero omiten cargar con fiel entrega las pequeñas cruces de cada día o defender y apoyar las enseñanzas del Santo Padre.

Una de las mejores señales para reconocer una inspiración es que mueve a las almas a un gran celo, y a ser perseverantes y constantes en la práctica de las virtudes corrientes. El bien de la vida espiritual no está en los muchos y diversos comienzos, sino en un elevado grado de perfección en las virtudes correspondientes a nuestro estado de vida: “No se ha de querer realizar, de una vez y simultáneamente, varias prácticas devotas, pues muchas veces el enemigo intenta hacer que emprendamos e iniciemos muchos planes, de tal manera que, oprimidos por demasiados trabajos, no logremos nada y dejemos todo incompleto.” (Sobre el amor de DIOS VIII,11). Otras veces nos impulsa a asumir cosas que evidentemente superan nuestras capacidades, de tal forma que además de conducirnos al fracaso, hace que olvidemos realizar el bien que está en el ámbito de nuestras posibilidades.

“Uno de las mejores señales para reconocer la bondad de una inspiración, sobre todo de una extraordinaria, es la paz y la tranquilidad del corazón” (Ibíd. 12), pues el ESPÍRITU SANTO obra suavemente. El Enemigo intenta con frecuencia “imitar” esa paz. Pero el temor de DIOS y la humildad que acompañan la gracia divina, no los puede “imitar”. En la gracia, el alma se alegra en el Señor, mientras que las “imitaciones” del enemigo son almibaradas y aduladoras.

            Finalmente, no hay señal más confiable para reconocer el origen divino de una inspiración que la suave y sencilla docilidad, en santa obediencia, a los superiores canónicamente nombrados. “En la obediencia, todo está seguro; y todo lo que se hace fuera de la obediencia, es sospechoso. Cuando DIOS lanza una inspiración a un corazón, de lo primero que la llena es de obediencia.” (Ibíd. 13).

            «Dicho brevemente, las tres mejores y más seguras señales de la auténtica inspiración son: la perseverancia, que es contraria a la inconstancia y la ligereza; la paz y mansedumbre del corazón, que son contrarias a la intranquilidad y el desasosiego; la obediencia humilde, que es contraria a la obstinación y el capricho.» (Ibíd., 13).

            Así pues, cuando oramos para que se haga la voluntad de DIOS, pedimos también el don del correcto discernimiento y de la fidelidad a las inspiraciones de Su gracia.

Los Ángeles y la voluntad de DIOS

Oramos para que se haga la voluntad de DIOS “en la tierra como en el cielo”. El papa San Pío V declaró:

            “Imploramos también la forma y prescripción de esta obediencia, para que se disponga según aquella regla que observan en el cielo tanto los Ángeles bienaventurados, como los demás coros de los espíritus celestiales, de tal manera que así como ellos, por impulso propio y con enorme alegría, obedecen al Ser divino, así también nosotros, como Él mismo tanto lo desea, cumplamos con toda disponibilidad la voluntad de DIOS” (Catecismo de Trento. De la tercera petición del Padrenuestro).

            Además, es de aceptación general que la expresión “en la tierra como en el cielo”, se relaciona con las tres primeras peticiones: Cristo nos pone ante los ojos a los santos Ángeles como modelos de santa obediencia, de glorificación del nombre de DIOS y como ciudadanos modelos de Su Reino celestial. (Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea, Mt 6,7).

            La ley nos fue promulgada a través de los Ángeles (Gal 3,19; Heb 2,2; Hch 7,53). Los santos Ángeles son enviados a conducirnos por el camino de la voluntad divina: “He aquí que Yo voy a enviar a un Ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado. Pórtate bien en su presencia y escucha su voz; no le seas rebelde, que no perdonará vuestras transgresiones, pues en él está Mi nombre. Si escuchas atentamente su voz y haces todo lo que Yo diga, tus enemigos serán Mis enemigos y tus adversarios Mis adversarios.” (Ex 23,20).

            Respecto a esta forma de ayuda angélica, es decir, de reconocer y cumplir la voluntad de DIOS, escribe San Juan de la Cruz: «Mira que tu Ángel custodio no siempre mueve el apetito a obrar, aunque siempre alumbra la razón. Por tanto, para obrar virtud, no esperes al gusto, que te baste la razón y el entendimiento» (Dichos de Luz y Amor, núm. 34). Y Santo Tomás de Aquino confirma: “El hombre puede caer voluntariamente en el pecado; pero el mérito de levantarse sólo es posible por el auxilio divino, que le es concedido al hombre por mediación del ministerio de los Ángeles. Por eso los Ángeles actúan en todas nuestras buenas obras.” (Summa Theologica I. 114, 3.3m; CIC 350).

Para resumir, podemos establecer que sin la ayuda de los Ángeles no podemos cumplir eficazmente la voluntad de DIOS y crecer en la gracia. Por eso los santos Ángeles tienen una misión importante, nos ayudan a conocer y cumplir la voluntad de DIOS. Hemos de pedir humildemente esta ayuda, pues es voluntad del PADRE enviar a Sus Ángeles en nuestro auxilio.

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Los Ángeles y la creación material con el Padre Cornelius Pfeifer

El Padre Cornelius Pfeifer nos enseña la relación entre los Santos Ángeles y la creación en preguntas y respuestas.

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Cartas Circulares

CC65 Padre-Reino

La belleza del Reino: El regalo del Padre

“Padre nuestro que estás en el cielo,… venga a nosotros Tu Reino!”.

Esta es la segunda petición ardiente que elevamos confiadamente a nuestro Padre celestial.

El Reino futuro ya tiene su principio en esta vida en Cristo. Se nos manifestó muy de cerca, en la Encarnación, cuando el Hijo de Dios fue plantado, de hecho, en el campo del mundo. El Reino es anunciado en los evangelios como su tema principal; realmente, Cristo proclamó el Reino desde el inicio de Su ministerio: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15; cf. CIC 2816) y habla del Reino en 90 ocasiones diferentes en el transcurso de los evangelios. El Reino de Dios se inaugura de forma definitiva por el misterio Pascual de la muerte y resurrección de Cristo, y está presente dentro de nosotros y en medio de nosotros en la Santa Eucaristía (cf. CIC 2816).

El Reino es el objeto de todas nuestras esperanzas, el objeto propio y formal de la virtud teologal de la esperanza: “Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha; que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti; si Jerusalén no es para mí, mi mayor alegría” (Sal 136,5ss). Antes que cualquier otra cosa, deberíamos buscar el Reino de Dios y su justicia, confiados en que todo lo demás nos será concedido. (cf. Mt 6,33). Podemos rogar al Padre con confianza por este regalo esencial de gracia, ya que sabemos que El creó el mundo precisamente para guiarnos hacia Su Reino: “No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino” (Lc 12,32). Realmente, el Hijo nos invita: “¡Venid, benditos de Mi Padre, tomad posesión del Reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo!” (Mt 25,34).

Que gran aprecio deberíamos tener por el Reino de Dios. Nuestro Señor lo compara con un tesoro escondido en un campo (Mt 13,43) y con una perla inapreciable (Mt 13,45), por la cual deberíamos vender prontamente todo lo que tenemos. San Pablo, quien antes persiguió a la Iglesia, una vez que conoció a Cristo, consideró todo lo demás, como mera basura. (cf. Flp 3,8).

El crecimiento del Reino: la Misión del Hijo

Espiritualmente, el Reino de Dios ya está presente en medio de nosotros (cf. Lc 17,21; 10,9.11.20). Es sembrado en nosotros por medio de la palabra de Dios y germina por la fe: “La Buena Nueva del Reino de Dios es predicada”(Lc 16,16) y, “a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12). El Reino echa raíz en nosotros sacramentalmente, con la gracia del bautismo: “el que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). Y así, esta realidad espiritual crece dentro de nosotros: “¡Quiso Dios darles a conocer cuál es la riqueza de la gloria, que reservaba en su plan misterioso,… que es Cristo entre ustedes, la esperanza de la gloria!” (Col 1,27).

Desafortunadamente muchas, muchas almas aún no han progresado, en la vida espiritual, al punto que puedan penetrar y saborear íntimamente la belleza del Reino – “¡Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que DIOS ha preparado para los que le aman!” (1 Cor 2,9) – pero todos están invitados a “probar y ver qué bueno es el Señor” (Sal 33,9). A Sus amigos íntimos, Cristo revela todo lo que el Padre le dio a conocer (cf. Jn 15,15): “¡A nosotros, sin embargo, Dios nos lo ha revelado por medio del Espíritu, pues el Espíritu escudriña todo, hasta lo más profundo de Dios!” (1 Cor 2,10). Es en la comunión con Dios que el alma, ya en esta vida, puede recibir una pregustación del cielo: “Lo que hemos visto y oído, se los damos a conocer, para que vivan en comunión con nosotros, con el Padre y con Su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa” (1 Jn 1,3s). Esta experiencia de Dios inflama a las almas con el anhelo por el Reino de Dios, por cuya venida rogamos ardientemente.

El reto del Reino

Aunque el Reino de Dios es un don divino, es también nuestra futura recompensa, la recompensa a una rectitud moral. Pero requiere fe –“sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11,6). Requiere virtud y resistencia: “imiten a aquellos que por su fe y su constancia consiguieron lo prometido” (Heb 6,12). Requiere resolución y esfuerzo: “Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!” (Mc 10,24), “Es necesario que pasemos por muchas pruebas para entrar en el Reino de Dios” (Hch 14,22).

No todos van a entrar en él; muchos serán rechazados: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino de los cielos” (Mt 19,24). Considérese la tragedia del joven rico, a quien Cristo le ofreció la perfección y los tesoros del cielo, si hubiese abrazado la santa pobreza por causa del Reino: “Cuando oyó esto, se fue triste porque era muy rico.” Comentando aquello, Nuestro Señor señala: “un rico difícilmente entrará en el reino de los cielos” (Mt 19,22-23).

El Reino pertenece a los pobres de espíritu (cf. Mt 5,1): “¿No escogió Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe, no será para los pobres el Reino?” (St 2,5). Pertenece a los obedientes: “¡No es el que me dice: ‘Señor, Señor’ el que entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre del cielo!” (Mt 7,21). Pertenece a los perseguidos, “quienes son perseguidos por causa del bien” (Mt 5,10). Pertenece a los sencillos y humildes de corazón: “¡Si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar en el Reino de los cielos!” (Mt 18,3).

Finalmente, pertenece a los arrepentidos, el buen ladrón rogó a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en Tu Reino.” Y Jesús prometió: “¡En verdad, te digo, que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso!” (Lc 23,42-43).

Las almas puras buscan y desean la venida del Reino, mientras que los impuros y los pecadores temen su venida, porque no pueden entrar al Reino de Dios: “nada manchado entrara en ella [ciudad de los cielos]” (Ap 21,27).

La realización del Reino: la eficacia del Espíritu

El Padre nos eligió para ser coherederos con Su Hijo en la gloria (cf. Ef 1,4ss). Nuestra esperanza de una felicidad perpetua en el Reino de Dios está firme (cf. Hb 6,19), basada en la promesa divina y en la victoria de Cristo. Por otra parte, hemos sido “sellados con el Espíritu Santo prometido, el cuál es el anticipo de nuestra herencia, así va liberando al pueblo que hizo suyo con el fin de que sea alabada Su gloria” (Ef 1,13,14). La realidad del Reino se encuentra en el desbordamiento del Espíritu Santo: “El Reino de Dios es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). San Gregorio de Niza – refiriéndose a una variante de esta segunda petición: “Su Espíritu Santo viene a nosotros y nos purifica” – argumenta que la venida del Espíritu Santo constituye el Reino de Dios (cf. Disc. del Padrenuestro, 4-5), y de hecho, Pentecostés es el “nacimiento” de la Iglesia, el Reino de Dios en la tierra. Por Su inhabitación, Dios establece el Reino en nuestros corazones. Ese es el anhelo de Dios, “Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él” (CIC 2560).

Por Su gracia, no sólo deseamos que Dios sea santificado en nosotros, sino también que Él habite y reine dentro de nosotros, y anhelamos gozar y participar del reinado soberano de santidad. Queremos compartir Su vida y felicidad. Queremos ver la gloria del Padre con el rostro descubierto (cf. 2 Cor 3,18), para contemplarlo cara a cara, tal cual es – eso será suficiente para nosotros (cf. Jn 14,8) – “esta es la vida eterna … conocerte a Ti, [Padre], único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesús, el Cristo” (Jn 17,3). Deseamos el reinado perfecto de Dios en nosotros y en toda la creación: 1) para Su beneficio en amor puro, porque Él nos señaló que “vivamos para alabar Su gloria” (Ef 1,12) – y 2) por el nuestro, “nos gloriamos en la esperanza de compartir la gloria de Dios” (Rom 5,2). A través de esta petición, aprendemos a amarnos en Dios. (cf. St. Thomas Summa. II-II.89,3,c).

El Reino es futuro

¿Qué deseamos cuando rogamos por la venida del Reino? Principalmente deseamos la venida definitiva del Reino al fin del mundo, cuando se establezca definitivamente y se manifieste en toda su gloria y poder (cf. CIC 2818), cuando ya no exista más pecado, y cuando finalmente la muerte haya sido derrotada, cuando Cristo le haya entregado todas las cosas al Padre, para que Dios pueda ser “todo en todos” (1 Cor 15,28). Por lo tanto, esta petición es el “maranatha”, la llamada del Espíritu y de la novia: “¡Ven, Señor Jesús!”, para que Él nos eleve hacia Su gloria eterna (cf. CIC 2817). Fue a partir de este concepto que San Cipriano entendió que, “Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como lo es nuestra Resurrección, porque resucitar en Él, puede ser también el Reino de Dios porque en Él reinaremos” (San Cipriano, Dom. orat. 13; CIC 2816).

 

La Gracia Santificante: la semilla del Reino

La gracia santificante es la vida de Dios dentro de nosotros; la caridad que engendra es la amistad con Dios en el Espíritu Santo: ”el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado… recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar “Abbá, Padre!. El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu, para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rm 8,15ss). La gracia establece el Reino de Dios en las almas donde Dios reina. Por la gracia del bautismo nos hemos “acercado al monte Sión, a la ciudad (reino) del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos… y a Jesús, mediador de una nueva Alianza” (Heb 12,22ss). Por eso, ya aquí y ahora, somos ciudadanos del cielo (cf. Fil 3,20) junto con los Ángeles y santos (cf. CIC 336).

La gracia santificante vivifica nuestra alma, haciéndola hermosa con un divino esplendor y confiriéndole el poder para merecer, para realizar actos que sean dignos y agradables a Dios. Además, “a través de la gracia, entramos en la más íntima y viviente unión con Cristo y con todos los santos, por la que estamos unidos, junto con ellos, a un solo cuerpo místico, cuya alma es el Espíritu Santo. Pero, si en esta unión prevalece la más perfecta comunión en el bien, entonces el tesoro íntegro de los méritos y satisfacciones que Cristo y los santos han acumulado por sus buenas obras y sufrimientos, pertenecen a todos los que están unidos por la gracia… El mérito de los santos es, por un lado, personal. Sin embargo, estamos tan íntimamente unidos a través de la gracia, que su mérito gana también para nosotros, un incremento en la gracia santificante” (M. Scheeben. Glorias de la Gracia, III. c. 12, p. 135). Naturalmente, esto también se aplica a nuestra relación con los Santos Ángeles.

Los Ángeles y el Reino de Dios

Los Siervos del Reino

Los Santos Ángeles tienen un ministerio importante en el Reino de Dios. A través de ellos, el Reino de Dios está en medio de nosotros, porque ellos están siempre presentes entre nosotros. Ellos son los siervos de Cristo, ellos fueron creados por Él y para Él; todos ellos son “espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación” (Heb 1,14; cf. CIC 331). “De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa a los ángeles” (CIC 334). Ellos nos iluminan y nos amonestan, ellos nos fortalecen y nos consuelan, infunden en nuestros corazones el fuego de la divina sabiduría (cf. San Juan de la Cruz, Noche Oscura, II. c. 12). Ellos son nuestros guías espirituales y nuestros compañeros a lo largo de todo nuestro peregrinar hacia el Reino (cf. Ex 23,20); son ellos los que guían a las almas de los justos hacia la gloria del cielo (cf. CIC 336) donde brillarán como el sol y serán como Ángeles en la gloria (cf. Mt 13,43; 22,30).

En los Evangelios, los Ángeles se nos presentan como los operarios en el campo [Reino] de Dios (cf. Mt 13,24ff. 38ff); ellos son los pescadores que recogerán las redes en la pesca del Reino (cf. Mt 13,47ff). En el Apocalipsis ellos son los defensores y los protagonistas de la Iglesia quienes con el encargo de Cristo preparan a la Iglesia-novia para el banquete nupcial del Reino (cf. Apc 19,7f). Y finalmente, cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria con Sus Santos Ángeles (cf. Mt 16,27; 25,31; Mk 8,38; Lc 9,26), ellos separarán a los buenos de los malos en el mundo, arrojando a los malos al fuego del infierno (cf. Mt 13,30. 41ff).

El anhelo de los Ángeles por la realización del reino

Ahora podríamos preguntarnos ¿por qué los Ángeles, que son naturalmente mucho más perfectos que nosotros, se alegran tanto con la conversión de un solo pecador (cf. Lc 15,7)? ¿Por qué están dispuestos, incluso ansiosos de venir en nuestra ayuda? La respuesta se encuentra en la naturaleza de la gracia y en el amor de Dios. “Por la naturaleza, deberíamos servir a los Ángeles, que ellos a nosotros. Pero la gracia nos da un rango tal, que incluso los más elevados Ángeles no lo consideran por debajo de su dignidad, sino que ellos mismos se consideran afortunados de poder brindarnos su ayuda. Ellos saben mejor que nosotros que la gracia nos ha elevado a ser verdaderos hijos y novias de nuestro Rey, y eso nos ha dado una dignidad que ellos mismos no poseen por naturaleza. Ellos reconocen en nosotros la sobrenatural imagen de Dios y honran y sirven a Dios mismo en nosotros” (M. Scheeben, Glories of Grace, cap. 2, 12-14).

La justificación, a saber, es la obra más grandiosa de Dios, la revelación más grandiosa de Su amor por nosotros en Cristo. Su alcance excede, afirma San Agustín, la creación del cielo y la tierra, ésta última se acabará, pero la justificación permanecerá por siempre! (Ev. Jo. 72,3; CIC 1994). Cuán anhelantes están los Ángeles por la consumación final de la salvación en Cristo. (cf. Ef 3,10 y 1 Pe 1,12).

“¿Qué maravilla que vengan a nosotros y que Dios nos los envía cuando el Espíritu Santo y toda la Trinidad Bendita vienen al alma para habitar en ella como en un templo? Si el Rey de todos los Ángeles viene a nuestra alma, y con gozo permanece en ella y no se puede separar de ella, ¿cómo pueden Sus seguidores quedarse atrás y no apresurarse a rodear y vigilar el lugar de reposo de su Rey en circuito cerrado?

“La obra de la gracia y de la salvación es tan sublime, que Dios mismo no puede conferir nada más grande a una criatura pura. Ahora, ellos son ‘espíritus auxiliares, enviados para servir, para el beneficio de aquellos que heredarán la salvación’ (Hb 1,14). Cuanto más reconocen la grandeza de la gracia y de la salvación, tanto más comprenden que la bondad tan grande de Dios, es la que nos ha dado estas bendiciones, así como a ellos, cuánto más fielmente entran en los designios de Dios, tanto más ven claramente, cuánto requerimos nosotros, pobres seres, estos dones divinos y con mayor alegría ellos sirven a Dios ayudando a Sus hijos a alcanzar la salvación, su herencia celestial” (ibid.).

La comunión en el Reino

Cuando consideramos que la gratitud, no sólo abre el corazón del Dador para nuevos dones, sino que también dilata del corazón que recibe en generosidad, entonces podemos ver que tan fructífera es la gratitud en la vida espiritual. Tal intercambio es una bella manifestación de amor, el cuál es la vida del Reino.

La gratitud nos liga y nos obliga con nuestros amigos y bienhechores. Ahora, la beneficencia de los Santos Ángeles se incrementa por su presencia y solicitud constantes, por tanto, nuestra deuda es ilimitada y sin plazo. Fue esta reflexión que llevó a San Bernardo a concluir que les debemos reverencia, amistad y gratitud. Como San Pablo exhorta: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor.” (Rom 13,8).

Matias Scheeben describe bien el efecto saludable que la gratitud hacia los Ángeles tendrá en nuestras vidas: “¡Cuánto deberíamos agradecer a los Santos Ángeles, cuán dispuestos y gozosos deberíamos aceptar su ayuda y utilizarla!, ¡Y qué esfuerzo deberíamos hacer para hacernos dignos de su compañía y permanecer dignos de su ayuda! Llevemos una vida que les agrade, una vida que pueda mantenerse ante el ojo de Dios sin ninguna vergüenza. Cultivemos modales celestiales propios de los hijos de Dios que habitan en la corte celestial. Permitamos que nuestra mente se desvíe de las cosas terrenas y que esté con los Ángeles en el Reino celestial, donde ellos permanecen de pie ante la faz de Dios. Qué nuestro corazón esté atento a sus consejos y dócil a sus sugerencias. Pero sobre todo, sujetémonos firmemente a la gracia, la cual ya aquí en la tierra nos hace conciudadanos y hermanos de los Ángeles y sólo a través de la cual, somos dignos de su compañía y servicio.

La alta estima por la gracia trae consigo la gran honra a los Santos Ángeles. A través de la gracia, entramos en una relación espiritual con ellos ya que ellos poseen la misma gracia. Cuanto más aprendamos a atesorar la gracia, tanto más grande será nuestra estima por los Ángeles, ya que en ellos honramos a los espíritus que son bendecidos con la gracia en un grado mucho mayor que nosotros. Más aún, ellos están confirmados en ella para siempre.”(M. Scheeben, Glorias de la gracia IV, cap. 2, p. 17-18).