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CC36

Pobreza

El silencio de María y su continua orientación hacia Dios se basaban en su pobreza de espíritu, su vacío de sí misma. Ella estaba «entre los pobres y humildes del Señor que confiadamente esperan y reciben la salvación de Él» (Lumen Gentium, 55). Nosotros también debemos esforzarnos por desapegarnos de nuestras posesiones, nuestro trabajo, nuestras propias opiniones o deseos, con el fin de ser libres para Dios y el llamado del ángel.

Educación en la Santa Pobreza

Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de Ti.
Señor mío y Dios mío, dame todo lo que me acerca a Ti.
Señor mío y Dios mío, despójame de mí mismo para darme todo a Ti.
San Nicolás de Flüe, Suiza

Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone “renunciar a todos sus bienes” (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio (cf Mc 8, 35). El precepto de desapego de las riquezas es obligatorio para entrar al Reino de los cielos. (CIC 2544)

INTRODUCCIÓN

Jesús comenzó su Sermón del Monte con la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres en espíritu, de ellos es el Reino de los Cielos«. Aquí es donde Él eligió comenzar, y por lo tanto, parece ser el lugar más apropiado para que comencemos nuestras cartas de formación. En esta primera conferencia trataremos las siguientes preguntas: ¿qué significa ser pobre en espíritu? ¿Y cómo podemos practicar esta virtud en nuestra vida diaria?  

Comenzaremos considerando en primer lugar, los cinco peligros involucrados en la posesión de riquezas, como se encuentra en la Sagrada Escritura. A partir de ahí consideraremos siete dimensiones de la virtud de la pobreza de espíritu.

I. LOS PELIGROS DE LAS RIQUEZAS

“Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!”. (Lc 6,24)

Al revisar el testimonio de la Sagrada Escritura, encontramos que el tratamiento de la pobreza de espíritu, se presenta muy a menudo en forma de advertencia contra los peligros de las riquezas. Una de las declaraciones más memorables de Cristo es lo que conmocionó a sus discípulos y ha desafiado a las generaciones desde los tiempos apostólicos: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos». (Mt 19,23) 

¿Por qué es tan difícil para los ricos entrar al Reino de los Cielos? En el Evangelio según San Lucas, nuestro Señor da una indicación del porqué los ricos reciben una advertencia tan severa: «¡Ay de ustedes que son ricos, porque ya tienen su consuelo!» (Lucas 6,24). Esta declaración corresponde a la parábola de nuestro Señor, acerca del hombre rico que estaba vestido púrpura y lino fino, y cada día hacía espléndidos banquetes, mientras que en su puerta cubierto de llagas, había un hombre pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico. Cuando el pobre hombre murió, fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. (Una indicación de la doctrina del Limbo, donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la venida del Salvador). El hombre rico también murió y fue sepultado en el hades, en medio de los tormentos. Como explicación del porqué ocurrió esto, Abraham le dice al hombre rico: «Hijo, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento». (Lucas 16, 19-31). Estas declaraciones de nuestro Señor indican que los ricos están en peligro, «porque ya han recibido su consuelo». Esto concuerda con lo que dijo nuestro Señor en otro lugar, donde advierte sobre orar, ayunar y realizar acciones de caridad en aras de recibir elogios por parte de los hombres. Él dice: En verdad les digo que ya tienen su recompensa y no recibirán ninguna recompensa del Padre Celestial. (Cf. Mt 6, 1-6). Esto presenta un principio importante en la vida espiritual, no se puede tener lo mejor de ambos mundos. 

Esta verdad se explica en un poema medieval inglés llamado Piers the Plowman, (Pedro el Labrador):

Porque aquellos sirvientes que toman su salario por adelantado están continuamente necesitados, y el hombre que come antes de haber ganado su comida, frecuentemente muere por las deudas. Primero debe cumplir con su deber y completar el trabajo de su día; pues hasta que un trabajador no haya terminado su trabajo, nadie puede ver lo que él se merece. Si toma dinero por adelantado, ¿cómo puede estar seguro de que su trabajo no será rechazado?. Por eso les digo, hombres ricos: está mal esperar el cielo en su vida presente, y otro cielo en el más allá, como un sirviente que toma primero su pago por adelantado y luego lo reclama nuevamente como si nunca antes lo hubiera recibido. Tal cosa no puede ser.

Como se dijo en el Libro de Sirácides, en el Antiguo Testamento: «Un hombre puede hacerse rico a través de su diligencia y abnegación, esta es su recompensa asignada cuando dice: ‘He encontrado descanso, ahora me deleitaré en mis posesiones«, no sabe cuánto tiempo le queda hasta el día de su muerte y que sus posesiones serán para otro. (Sir 11, 18-19) «Esta es su recompensa asignada», dado que ha «encontrado descanso» en los bienes materiales, no «entra en el descanso» preparado por el Señor. Su recompensa ya la ha obtenido, y no está claro cuánto tiempo podrá disfrutarla. Jesús hace referencia a esta misma situación en la parábola del Rico Insensato, que se siente seguro con su gran cosecha. Pero Dios dice: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios» (Lc 12, 16-21)    

Esta es la primera advertencia presentada por la Sagrada Escritura con respecto a la posesión de la riqueza: cuidado con que sea el fin último en el que el alma descansa y encuentra su deleite. Pues en tal caso, ya ha recibido la recompensa y no se puede esperar otra. Hablaremos de este punto nuevamente cuando lleguemos a la discusión sobre la pobreza de espíritu.

“No puedes servir a dos señores” (Mt 6,24)

La segunda razón por la cual las Escrituras advierten del peligro de las riquezas está relacionada con la primera. Se deduce de la oposición entre acumular tesoros para uno mismo en lugar de ser rico para el Señor, como se dijo en la última parábola mencionada. El corazón del hombre es pequeño y limitado en su capacidad. El que conoce el corazón y examina nuestras motivaciones, nos ha dicho: “Ningún hombre puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero”. Esto se ilustra en la parábola de nuestro Señor, en que el hombre sale al campo a sembrar la semilla. Se dice que la semilla que se siembra entre las espinas representa: “el que escucha la palabra de Dios, pero las preocupaciones del mundo y el deleite de las riquezas ahogan la Palabra y resulta infructuosa”. (Mt 13,22) Aquí vemos que la preocupación por la riqueza puede ocupar tanto los pensamientos de un hombre, que la preocupación por las cosas de Dios se ahoga. En este punto, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña, que todos los fieles de Cristo deben “intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto” (CIC 2545 (LG 42,3)).

Hay una buena analogía de esta verdad que se encuentra en la historia temprana de la conquista de México. En el año 1520, Cortés y sus hombres experimentaron un serio revés mientras estaban en lo que hoy es la Ciudad de México. Su pequeño ejército de unos cien españoles y algunos indios amigables, tuvieron que retirarse rápidamente de la ciudad. Para esto, tuvieron que hacer uso de una calzada elevada que conducía al otro lado del lago. Cortés advirtió a sus hombres que tuvieran cuidado de no cargar con las enormes cantidades de oro y joyas que estaban disponibles en la ciudad. Pero algunos no escucharon, llenaron de oro sus bolsas, billeteras y cajas con avidez. En la retirada hubo una serie de rompimientos en la calzada, que terminaron siendo llenados por los vagones, cajas y por los cuerpos de aquellos que estaban cargados de oro. Sólo unos pocos de los españoles escaparon. Un historiador registró: “Aquellos que obtuvieron los mejores resultados, fueron los que viajaron más livianos; y fueron muchos los infortunados miserables que, aplastados  por el oro fatal que tanto amaban, fueron enterrados con él en las aguas saladas del lago”.

Esta historia parece ser un cumplimiento de la advertencia de San Pablo contra las riquezas, en su carta a Timoteo: “porque nada hemos traído a este mundo, y al irnos, nada podremos llevar. Contentémonos con el alimento y el abrigo. Los que desean ser ricos se exponen a la tentación, caen en la trampa de innumerables ambiciones, y cometen desatinos funestos que los precipitan a la ruina y a la perdición. Porque la avaricia es la raíz de todos los males, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos”. (1 Tim. 6, 7-10).

San Pablo enseñó que cada cristiano es Templo de Dios (1 Cor 3,16). La vez en que Cristo reveló de forma radical su justa ira, fue en aquel momento en que el Templo es profanado por los negociadores y los cambistas. “Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo”. (1 Cor 3,17). Entonces debemos tener cuidado de no contaminar el templo del Señor, dando nuestro corazón y mente a la preocupación por la riqueza. El Santo Padre Pío dijo una vez: “Tengamos en cuenta que en nuestro bautismo nos convertimos en templos del Dios viviente y que cada vez que volvemos nuestra mente a las cosas mundanas, al diablo y la carne, renunciamos al bautismo, estamos profanando este sagrado templo de Dios”.

Esta es la segunda advertencia presentada en la Sagrada Escritura, con respecto a las riquezas: tengamos cuidado de no permitir que las riquezas se conviertan en el maestro de nuestros pensamientos y vidas.

La Concupiscencia de los ojos (1 Jn 2,16)

El Libro del Génesis nos dice: “Y Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno…” (Génesis 1,31). El problema no es que los bienes de la creación sean malos, sino que son muy buenos. Es porque son tan buenos que pueden desviarnos de nuestras mentes y corazones lejos de lo que es mejor y lejos de Aquel que es lo mejor. San Juan Evangelista habla del poder seductor de los bienes de la creación, llamándolo: concupiscencia de los ojos. Esta concupiscencia conduce a una esclavitud del alma, un tipo de esclavitud no muy diferente de la concupiscencia de la carne (lujuria). “El Seol y el Abadón nunca se sacian; así los ojos del hombre nunca están satisfechos” (Prov. 27,20).

El poeta inglés Francis Thompson, describe la huida del alma de Dios y la consecuente inquietud del alma:

Cerca y más cerca aparece la persecución

Con ritmo imperturbado,

velocidad deliberada, majestuoso apremio,

Y más allá de esos ruidosos pies

una voz viene, mejor aún flota –

“¡No, nada te contenta a ti, quién no me contente a mí!”

Un ejemplo perfecto de la concupiscencia de los ojos, la podemos encontrar en los anuncios y comerciales de hoy. El arte de la publicidad usa todos los métodos de manipulación posibles, con el fin de despertar una falsa sensación de necesidad, o tratar de convencer a la gente, de que a través de la posesión de tal o cual producto, se encontrará la felicidad. Dando así como resultado, en  aquellos que ceden a esta seducción, una inquietud del alma hasta que posea el objeto deseado. Esto es particularmente evidente en los niños. Ven algo en la televisión y luego aburren a sus padres hasta que lo consiguen.

Me han contactado sobre la moda de Pokémon en Estados Unidos. Los padres preocupados me han mostrado listas de nombres de los monstruos de Pokémon y me preguntan si son nombres de demonios. No es una mala pregunta, pero es importante no perderse lo evidente mientras se busca en el campo de lo esotérico. La perversidad más llamativa de esta locura, como es el caso de todos los fenómenos similares que han ocurrido en los últimos años, radica en el simple hecho de que presenta la formación perfecta en la concupiscencia de los ojos. Es la formación en la codicia, el deseo desordenado de poseer cosas. El permitirse ser seducido repetidamente, por la noción de que la felicidad, de alguna manera, se encuentra en la posesión de algo. El tema de Pokémon es: “¡Tienes que atraparlos a todos!” Este es sólo un ejemplo entre miles. El pensamiento del niño es, que si tan solo pudiera conseguir ese nuevo par de zapatillas de tenis, entonces sería feliz. El pensamiento del  adulto es que una vez que pueda obtener la nueva piscina, será feliz, etc, etc. La concupiscencia de los ojos es la seducción del corazón, con la esperanza de encontrar la felicidad en los bienes materiales. Este es el tercer peligro de los bienes materiales.

“Porque tú dices: Yo soy rico, yo me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad…” (Apocalipsis 3,17)

El Libro de Apocalipsis también describe el estado de los ricos a los ojos de Dios, en términos muy claros. Lo siguiente se encuentra en la Carta a Laodicea: “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Entonces, como eres tibio, y ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Soy rico, he prosperado y no necesito nada; sin saber que eres desdichado y miserable y mendigo y ciego y desnudo. Te aconsejo que para enriquecerte de mí compres oro refinado en fuego y vestidos blancos para que te cubras y no aparezca la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos a fin de que veas”.

De manera similar, San Pablo en su carta a Timoteo hace una exhortación práctica:

A los ricos de este siglo exhórtalos a que no sean altivos, ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí un buen fondo para lo porvenir, a fin de alcanzar la vida eterna”. (1 Timoteo 6, 17-19)

Ambos pasajes de las Escrituras señalan el cuarto peligro de las riquezas: la arrogancia y el falso sentido de autonomía y seguridad. Están cegados ante su verdadera miseria y a su completa dependencia de Dios, a todo lo que tiene un valor duradero. Tal es el cuarto peligro de la riqueza.

“He aquí, que clama el salario de los trabajadores” (Sant 5, 4)

En el poema ya mencionado, Piers the Plowman , se plantea la pregunta: “¿La pobreza del hombre paciente es más agradable para nuestro Señor que la riqueza ganada y utilizada con honestidad?” ¿Qué es más agradable para el Señor, que seamos pobres, o que seamos ricos, y usemos bien nuestras riquezas? A esta pregunta, el poema responde: “Bueno, muéstrame tal hombre rico y justo, y seré el primero en alabarlo. Pero creo que puedes leer hasta el Día del Juicio Final y nunca encontrar a alguien que no esté aterrorizado al acercarse a la muerte, y quién no se haya endeudado en el momento del último juicio”. Esto plantea el siguiente peligro de la riqueza: la verdadera dificultad que implica la adquisición y el uso justo de las riquezas.

Este es el problema al que se enfrenta el apóstol Santiago cuando escribe:

“Ustedes, los ricos, lloren y giman por las desgracias que les van a sobrevenir. Porque sus riquezas se han echado a perder y sus vestidos están roídos por la polilla. Su oro y su plata se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego. ¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado a sí mismos para el día de la matanza. Han condenado y han matado al justo, sin que él les opusiera resistencia” (Sant 5, 1-6)

El primer peligro obvio es cuando la riqueza se obtiene mediante cualquier forma de injusticia: con opresión, fraude, salarios injustos, etc. Esto se describe en algunos de los Salmos: “El pobre se consume por la soberbia del malvado y queda envuelto en las intrigas tramadas contra él”. (Sal 10, 2) “Porque los pobres son despojados, porque los necesitados gimen, yo mismo me levantaré, dice el Señor; les concederé la salvación que anhelan”. (Salmo 12, 6)  

Pero también existe la dificultad que implica el uso justo de la riqueza. En esto somos desafiados por el principio social de la Iglesia llamado el “destino universal de los bienes”. Si bien la Iglesia siempre ha defendido el derecho a la propiedad privada, también ha mantenido el principio “primordial” que establece que los bienes de la creación están destinados a toda la raza humana. El Catecismo de la Iglesia Católica explica lo que esto significa: “El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás”. La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos” (CIC 2404). El Catecismo además especifica: las personas que poseen bienes de producción como tierras o fábricas, habilidades profesionales o artísticas, están moralmente obligados a usar estas cosas de manera que beneficien al mayor número de personas. Contrariamente a la predominante noción de que aquellos que son ricos, pueden simplemente usar sus bienes para enriquecerse en su propio beneficio, están más bien obligados a usar estas cosas para el beneficio de los demás. Además de esto, el Catecismo agrega que las personas que poseen bienes para su uso y consumo, deben usarlos con moderación, y deben reservar la mejor parte de ellos para los visitantes, enfermos y pobres (Cf. CIC 2405).

Ésta obligación de proveer a los pobres desde nuestra abundancia, es tan necesaria que San Juan Crisóstomo concluyó: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos”. San Gregorio Magno también dijo al respecto: “cuando atendemos las necesidades de los despojados, les damos lo que es suyo, no nuestro. Más que realizar una obra de misericordia, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia”. La consecuencia de lo que dicen estos Padres de la Iglesia, es que si no atendemos las necesidades de los pobres cuando podemos, estamos cometiendo un acto de injusticia.

Esta es la enseñanza de la Iglesia: es una obligación en la justicia, y no simplemente una opción voluntaria, satisfacer las necesidades de los pobres. Por lo tanto, la persona que adquiere riqueza a través de medios perfectamente honestos no está exenta del peligro de cometer una injusticia. En este caso, no está pecando por encargo, sino por omisión. Es aquí donde las riquezas presentan el más difícil desafío y quizás el mayor peligro, puesto que  se encuentra tan oculto y sutil: en términos prácticos, estos bienes se utilizarán sin comprometer las demandas de justicia hacia los pobres.

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CC35

II La obediencia en la vida de la iglesia

1. El alcance de la autoridad de la Iglesia

La pregunta más importante es, ¿cuál es el alcance de la autoridad de la Iglesia?: así como un niño es criado y educado por su padre y su madre, lo mismo debe ser cierto para un hijo de DIOS. «Yo soy el Señor, tu DIOS, quien te instruye para tu provecho, quien te guía por el camino que debes seguir» (Is 48,17). «Yo envío un ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te conduzca al lugar que te he preparado. Respétalo y escucha su voz… no te rebeles contra él… porque Mi Nombre está en él» (Ex 23, 20s). Estas y otras palabras de DIOS, desean comunicarnos que la preocupación de los padres por nosotros, abarca toda nuestra vida, física, espiritual, presente y futura.

a) Nuestra obligación de obedecer no existe sólo con respecto a las decisiones «ex cathedra».

El Papa León XIII responde nuestra pregunta de esta manera:

«Al definir los límites de la obediencia debida a la autoridad del Romano Pontífice, no debe suponerse que sólo se produzca en relación con los dogmas… (2) No, sincera y firmemente, no es suficiente aprobar doctrinas que aunque no estén definidas por algún pronunciamiento de la iglesia, son propuestas por ella, para ser creídas  como revelaciones divinas, en su enseñanza común y universal, y con las cuales el Concilio Vaticano declaró que deben creerse con Fe católica y divina. (3) Pero esto también debe tenerse en cuenta entre los deberes de los cristianos, que se dejen gobernar y dirigir por la autoridad y el liderazgo de los obispos, y sobre todo por la Sede Apostólica. Y cuán apropiado es que esto sea así para que cualquiera pueda percibirlo fácilmente. Pues las cosas contenidas en los revelaciones divinas hacen referencia en parte a DIOS, y en parte al hombre, y a lo que sea necesario para el logro de su salvación eterna. Ahora, los dos aspectos, es decir, lo que estamos obligados a creer, y lo que estamos obligados a hacer, está establecido, como hemos dicho, por la Iglesia, en el ejercicio su derecho divino, y por el Sumo Pontífice. Por lo tanto, le corresponde al Papa juzgar con autoridad cuáles son las cosas que contienen las revelaciones sagradas, así como qué doctrinas están en armonía y cuáles están en desacuerdo con ellas; también, mostrar qué cosas se deben aceptar como correctas y cuáles se deben rechazar como inútiles; qué es necesario hacer y qué es necesario evitar, para alcanzar la salvación eterna. De lo contrario, no habría un intérprete seguro de los mandamientos de DIOS, ni habría una guía segura que mostrara al hombre la forma en que debe vivir» (Sapientiae Christianae, 10-1-1890; HK-881).

El Papa Pío XI también enfatiza que esto en su encíclica sobre el matrimonio:

«CRISTO mismo hizo de la Iglesia la maestra de la verdad en aquellas cosas que también conciernen a la correcta regulación de la conducta moral, a pesar de que cierto conocimiento de la misma no está más allá de la razón humana. Así que para el mismo propósito, Él ha constituido la Iglesia como tutora y maestra de toda la verdad sobre la religión y la conducta moral; por lo tanto, los fieles deben mostrar obediencia a ella, someter sus mentes y corazones para que se mantengan ilesos y libres de error y corrupción moral, y para que no se priven de esa asistencia dada por DIOS con tan grandiosa generosidad; ellos deben mostrar debida obediencia, no solo cuando la Iglesia defina algo con juicio solemne, sino también, en la proporción adecuada, cuando por las constituciones y decretos de la Santa Sede , las opiniones sean prescritas y condenadas como peligrosas o distorsionadas» (Casti Connubii , 21-12-1930; HK-1732s).

Del mismo modo, el Concilio Vaticano II en su Constitución dogmática sobre la Iglesia exige «esta sumisión leal de la voluntad y el intelecto», y un «reconocimiento respetuoso y asentimiento sincero» al Obispo de Roma «incluso cuando no hable ex cathedra» (LG 25).

Esta actitud conciliar y postconciliar, que espera la obediencia a las directivas establecidas, así como a los simples deseos que se presenten, no es nueva (cf. PO 15 o en el Derecho Canónico can. 276). San Pablo ya contaba con el amor y el consentimiento voluntario de su pueblo, razón por la cual, él simplemente tuvo que expresar sus deseos a Filemón (cf. File. 12,14).

San Ignacio de Loyola, en las constituciones de la «Compañía de Jesús», exigió obediencia «no sólo en cuestiones de deber, sino también en otras cosas, incluso cuando no se posee un signo expreso de la voluntad del superior, es decir, sin una orden expresa» (Constitución VI, c.1, 1). Un cierto espíritu familiar debe reinar en la Iglesia, donde el amor del niño anticipa el mandato del padre (cf. CD 28; Pp. Pius XII, arriba p. 89).

b) «El Papa... un guía seguro en el camino de la vida»

Siempre con miras a la causa final, la salvación eterna de las almas de los hombres, la Iglesia siente la necesidad, y es su deber a causa de su responsabilidad dada por DIOS para el cuidado de las almas, tener algo que decir sobre todos los aspectos de la vida. Ella puede, y bajo ciertas circunstancias ella debe, prohibir la lectura de ciertos libros (cf. can. 822ss), o prohibir la participación en ciertos clubes o eventos, o declarar que cierta película es perjudicial para el alma etc. Así, el Santo Padre anunció en su Exhortación apostólica sobre la vocación y la misión de los laicos (Christifideles Laici, Nr. 31) una lista de grupos por venir, que disfrutan del reconocimiento oficial de la Santa Sede.

En el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe «Sobre ciertos aspectos de la meditación cristiana» del 15 de octubre de 1989, la Iglesia enfatiza concretamente su competencia en la emisión de directrices sobre la vida de oración (No. 7) :

«la oración cristiana… siempre es en realidad, una oración dentro de esa «comunidad de santos», dentro de la cual y con la cual oramos,…, que debe en todo momento, llevarse a cabo en el verdadero espíritu de la Iglesia orante y, por lo tanto, bajo su dirección, que de vez en cuando puede concretarse en directrices espirituales basadas en su experiencia pasada».

¿No fue también la obediencia muy concreta en la vida de Jesús? Simón dijo: Todos te están buscando. Él respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también a poblaciones vecinas» (Mc 1, 37s); «Vayan al pueblo de enfrente, allí encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía» (Lucas 19, 30s). Y en otra ocasión: «quédense aquí velando conmigo«; cuando los discípulos se durmieron, recibieron una leve reprimenda: «¿No habéis podido velar conmigo ni siquiera una hora?» (Mt26, 38-40)

El Concilio ha resumido estos diversos aspectos de las demandas de DIOS, referidas a la oración de los fieles, en la vida privada y pública: “Por lo tanto, todos los fieles cristianos están invitados y obligados a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado de vida” (LG 42).

2. Por la humildad y la obediencia, los sacerdotes se conforman a CRISTO

“Los clérigos están obligados por especialmente, a mostrar reverencia y obediencia al Sumo Pontífice y a su propio ordinario”. Así lo establece el primer capítulo del nuevo Código de Derecho Canónico sobre las obligaciones y derechos de los clérigos (cf. can. 273-289).

El Concilio Vaticano II ve el fundamento de esta obligación de obediencia, en el sacramento de la ordenación misma: «Los sacerdotes por su parte deben tener en cuenta la plenitud del sacramento del orden que disfrutan los obispos, y deben reverenciar en sí mismos, la autoridad de CRISTO, el Pastor Supremo. Por lo tanto, deben estar unidos a su obispo con sincera caridad y obediencia. Esa obediencia sacerdotal… se basa en la porción del ministerio episcopal, que el sacramento del orden y la misión canónica confieren a los sacerdotes» (PO 7). «Por su parte, los obispos juran solemnemente esta obediencia el día de su consagración a la cabeza visible más alta de la Iglesia, el sucesor de San Pedro, el Vicario de JESUCRISTO» (Pp. Pus XI, Ad Catholic Sacerdotal, 20 -12 1935; HK 1254).

a) La necesidad de la obediencia sacerdotal

Sólo la obediencia ayudó al Señor a soportar el Getsemaní: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Mt 26,39). “La Voluntad del PADRE es enviar a JESUCRISTO a los hombres, a los pecadores, sí, incluso a sus asesinos, así Él no puede estar más ligado a esta Voluntad del PADRE en obediencia” (CM 13).

Como hombre, JESÚS hizo un acto de la más devota obediencia, en una fe ciega, al pararse  ante Judas, Pilato, los sumos sacerdotes y los soldados, que estaban llenos de odio. Fue un acto de fe en la Voluntad del PADRE, quien se ocultó y tampoco le habló directa o inmediatamente: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (cf. Mc 15, 34). Toda la historia de la Pasión es un acto de pura obediencia; la redención entera es fruto de la obediencia. DIOS PADRE ha reverenciado tanto esta obediencia de su HIJO, que ha unido a ella, la redención de millones de hombres.

Cuanto más reconozca un sacerdote su propia miseria humana y la grandeza de la misión que ha recibido como siervo indigno (cf. Lc 17,10), nuestro sufriente Señor, se convertirá más en el centro de sus pensamientos y meditaciones. El papa Pío XI escribió a sus sacerdotes: (Razones)

«Nuestro corazón se llena de consuelo paternal al ver a nuestros Hermanos y amados Hijos, los Obispos y sacerdotes, quienes, como las tropas elegidas, están siempre solícitos al llamado de su jefe, para apresurarse hacia todos los puestos de avanzada en este vasto campo de batalla. Allí se involucran con la pacífica pero amarga guerra de la verdad contra el error, de la luz contra la oscuridad, del reino de DIOS contra el reino de Satanás.

Pero, por su propia naturaleza, como una compañía activa y valiente, el sacerdote católico debe tener el espíritu de disciplina, para usar una palabra más profundamente cristiana, de obediencia. Es la obediencia la que une a todos los rangos en la armonía de la Jerarquía de la Iglesia.

La obediencia debería entonces hacer de la Iglesia Militante, un adversario verdaderamente terrible para los enemigos de DIOS, «como un ejército armado» (Cantar de los Cantares 6, 3-9). Dejen que la obediencia modere el celo excesivo por un lado, y ponga estímulo a la debilidad y flojedad por el otro. Dejen que se asigne a cada uno su lugar y estación, que deben aceptar sin resistencia; de lo contrario, la magnífica obra de la Iglesia en el mundo se vería tristemente obstruida. Que cada uno vea en las medidas tomadas por sus Superiores jerárquicos, las medidas de la Cabeza única y verdadera, a la que todos obedecen: JESUCRISTO, Nuestro Señor, quien se hizo por nosotros «obediente hasta la muerte, incluso hasta la muerte de cruz» (Filipenses 2, 8).

La obediencia lleva entonces, a la victoria en las batallas personales, así como a las batallas por el reinado de DIOS. Ayuda a «evitar todo tipo de división» (LG 28) y a «formar un solo presbiterio y una sola familia, cuyo padre es el obispo» (CD 28) – lleno de paz interior, fuente de admiración para aquellos que están afuera.

b) «… construir con los lazos de la caridad sobrenatural»

Lo que une a una familia es el amor. Esta «caridad fluye especialmente del Sacrificio Eucarístico». Por lo tanto, este sacrificio es la raíz y el centro de toda la vida del sacerdote, de modo que el alma sacerdotal se esfuerza por hacer suyo lo que es promulgado en el altar del sacrificio. Si él vive de tal forma, y «penetra cada vez más íntimamente en el misterio de CRISTO, a través de la oración», entonces CRISTO «trabajando a través de sus ministros… puede sin cesar, hacer la voluntad misma de su PADRE, en el mundo, a través de la Iglesia» (PO 14). (Fruto)

Pues tal sacerdote sabe que: «La fidelidad a CRISTO no puede separarse de la fidelidad a Su Iglesia» (PO 14);……en tal sacerdote hay crecimiento en la relación con su obispo o superior, en los «lazos de caridad sobrenatural, … la unidad de la voluntad del sacerdote con la voluntad del obispo» (CD 28); tales sacerdotes sienten la necesidad de probar «cuál es la Voluntad de DIOS, es decir, hasta qué punto sus proyectos están en conformidad con los estándares de la misión del Evangelio de la Iglesia» (PO 14) ; dichos sacerdotes con mucho gusto «se gastan y son útiles en cualquier cargo que se les confíe, incluso los más humildes y más pobres» (PO 15).

El amor percibe la voz acogedora del PADRE y cumple sus peticiones paternas. En esta luz sobrenatural, los deberes de un sacerdote son una expresión de la Voluntad de DIOS, a la cual está obligado a prestar atención y obedecer antes que a los hombres (cf. Apoc. 5,29), que sea su obligación personal el luchar por la santidad, haciendo uso de formas y medios adecuados, como por ejemplo la celebración diaria de la Santa Misa y la recitación del Oficio, la frecuente oración mental, la recepción del sacramento de la penitencia y la veneración especial de la Madre de Dios (cf. cam. 276), y sean sus obligaciones pastorales, la de dar instrucción en la fe y formar con cuidado las conciencias de los fieles (cf. AA 7, 4), y el deber de «estar listo para escuchar las confesiones de los fieles» (cf CD 30). Este espíritu de caridad sobrenatural y de una obediencia libre y responsable, naturalmente exige a los sacerdotes una «disposición constante de la mente … para buscar no su propia voluntad, sino la voluntad del que los envió» (PO 15); pero también hace posible ese íntimo espíritu familiar que, por un lado, asegura a los sacerdotes una cierta estabilidad en el cargo de sus respectivas parroquias, para el bienestar espiritual de las almas que se les confían, pero que, por otro lado, espera que cuando «no puedan cumplir sus deberes de manera adecuada y fructífera… anuncien espontáneamente su renuncia o acepten la invitación del obispo para hacerlo», en la pobreza de espíritu y desapego.

Este desapego interior hace que un sacerdote sea puro y que se convierta en un «hombre según el Corazón de DIOS» (Hechos 13,22; cf. Filipenses 2, 5). Y gracias a este efecto purificador de la obediencia, se abre al sacerdote la posibilidad de un conocimiento y comprensión más profundos y una vida interior llena de gracia (vida mística) ¡los orgullosos sólo se ven a sí mismos, pero los humildes y puros ven a DIOS! (Mt 5, 8). DIOS le mostrará ocasionalmente razones más profundas para sus deberes, y esto hará que su obediencia sea aún más noble. Por ejemplo:

1) Él puede reconocer que debe ser fiel en su anotación de llevar los libros parroquiales, es decir, de bautizados, de confirmados, de matrimonios y de difuntos (cf. can. 535, 895, 1122), porque todos ellos son eventos que tienen consecuencia permanente ante DIOS: solo se reciben una vez y, por lo tanto, se registran en el «Libro de la Vida».

2) La obligación de estar presente en la parroquia (cf. can. 533), para escuchar confesiones (cf. can. 986), él reconocerá, como una señal, que DIOS mismo está siempre allí para sus hijos y siempre tiene  oídos abiertos a sus peticiones.

3) La Santa Misa celebrada fielmente todos los días, es un testimonio del amor de DIOS, que se ofrece absolutamente y en unidad, siempre por el bien de las almas (y no solo cuando es necesario).

4) El Señor concede esa importante armonía que debe existir entre el temor de DIOS y el amor de DIOS, a aquellos que se dejan guiar en las reglas litúrgicas, con cierta pobreza de espíritu, por la luz de la obediencia de la fe; como ejemplo, existe la triple genuflexión correspondiente (como signo del temor de DIOS) y el triple beso (como signo del amor de DIOS) en la liturgia actual.

c) La tensión de la cruz en el trabajo pastoral.

Naturalmente, esta obediencia parece ser más difícil en el trabajo pastoral. Aquí debemos aferrarnos a aquello que nos debe quedar claro de lo que hemos dicho hasta ahora: «El ministerio sacerdotal, siendo el ministerio de la Iglesia misma, solo puede cumplirse en la unión jerárquica de todo el cuerpo de la Iglesia» (PO 15). Por otro lado, aquí debemos ser cautelosos para no dejarnos llevar  a considerar las cosas con la falsa oposición de «aquellos por encima» y de nosotros «aquí por debajo».

Ahora podemos entender la Encarnación de DIOS, como una «acción pastoral», como un acto salvífico de DIOS por medio del cual, nos da su gracia a nosotros los hombres, según nuestras capacidades y circunstancias (cf. Jn 15,22; Mt 13, 13.17; 1 Jn 1, 1).

Este esfuerzo aplica para la enseñanza, los oficios sacerdotales y pastorales en toda la historia de la salvación. Por supuesto, el llamado a la conversión, el camino de la salvación, es decir, el camino de la cruz, no es atractivo, y por esta razón el pastor de almas debe intentar como un padre, dar a sus hijos la  amarga medicina que necesitan. Sin embargo, para evitar el peligro de que el padre falle en darle al niño la única medicina que puede salvarlo de una falsa sensación de compasión y un deseo de no infligir dolor, el Papa Pío XII ofrece la siguiente orientación en su encíclica sobre el sacerdocio:

«Estamos lejos de sostener que el apostolado no debe ser acorde con la realidad de la vida moderna y que los proyectos adaptados a las necesidades de nuestro tiempo, no deben ser promovidos. Pero dado que todo el apostolado llevado a cabo por la Iglesia está, en esencia, bajo el control de la Jerarquía, no se deben introducir nuevas formas salvo con la aprobación del Obispo… De esta manera, todo se hará de manera ordenada y disciplinada y se garantizará la eficacia de la acción sacerdotal.

Que todos se convenzan de esto: es necesario seguir la Voluntad de DIOS y no la del mundo, y regular la actividad del apostolado de acuerdo con las directivas de la Jerarquía y no de acuerdo con opiniones personales. Es una vana ilusión pensar que uno mismo es capaz de ocultar su propia pobreza interna y aún cooperar efectivamente en la difusión del Reino de Cristo, mediante novedades en su método de acción».

Luego, el Santo Padre aborda el problema más actual que enfrenta la enseñanza social de la Iglesia hoy en día:

«Los errores de ambos sistemas económicos, es decir, el comunismo y el capitalismo, y los resultados perjudiciales derivados de ellos deben persuadir a todos, especialmente a los sacerdotes, a permanecer fieles a la enseñanza social de la Iglesia, a difundir su conocimiento y, en la medida de lo posible, su poder, para reducirlo a una aplicación práctica. Esta enseñanza es la única que puede remediar los males que hemos denunciado, los males que están tan extendidos. Esta enseñanza une y perfecciona las demandas de la justicia y los deberes de la caridad. Ordinariamente, la realización de estos principios sociales cristianos en la vida pública es tarea de los laicos» (Menti Nostrae , 23-9-1950).

En general, debemos ser cautelosos en nuestra predicación para no manipular a DIOS mismo, mediante la proclamación de verdades a medias o distorsionadas; pues si alteramos la imagen de DIOS, el orden en la creación, no solo distorsionamos nuestra forma de ver a DIOS, sino que terminamos predicando un DIOS diferente y cambiado.

Con mucha frecuencia, el papa Juan Pablo II hace referencia a esta verdad, especialmente en relación con la mejor imagen de DIOS, que se encuentra en el orden natural, la familia. Pero esto también aplica a las verdades dogmáticas, que ofrecen a los hombres respuestas a las preguntas básicas sobre el sentido de sus vidas y, por lo tanto, les ayuda a no perderse fácilmente en las falsas ofertas hechas por las sectas y las filosofías paganas que prevalecen hoy en día.

Con respecto a la administración de los sacramentos, parece que hay una necesidad especial de crecimiento en la actividad pastoral en relación con el matrimonio, a fin de abordar un problema concreto.

La Iglesia desea que: «Si pueden hacerlo sin inconvenientes graves, los católicos que aún no han recibido el sacramento de la confirmación deben recibirlo antes de ser admitidos al matrimonio». Y «Se recomienda encarecidamente que las personas que se vayan a casar, se acerquen a los sacramentos de la penitencia y la Santísima Eucaristía para que puedan fructíferamente recibir el sacramento del matrimonio» (Can. 1065).

La falta de preparación para la confesión antes del matrimonio, y sobre todo para las comuniones de muchos de los que participan en la ceremonia, inclina a muchos párrocos a realizar el matrimonio fuera de la misa. Su intención es buena, pero ¿actúan con la comprensión adecuada y una obediencia responsable? Nuestro Señor nos enseña que podemos «discernir los espíritus» al considerar los frutos de nuestras acciones. ¿A dónde lleva la solución de tener el matrimonio fuera de la misa? ¿A dónde la de tener el matrimonio dentro de la misa?

Si el matrimonio se celebra solo con el servicio de la Palabra de Dios, entonces probablemente sea menos problemático el asunto de la confesión de la pareja, que en cualquier caso debe tener lugar antes del matrimonio. Este no se ve tan claramente como imagen del amor de CRISTO por Su Iglesia, amor que se celebra y se hace presente en la misa, tampoco son tan claramente expresadas las dimensiones eclesiales ni sociales, ni las responsabilidades parentales; la ceremonia se convierte en un asunto aparentemente personal o en otra versión de un matrimonio civil.

Por supuesto, no se debería celebrar la misa simplemente porque corresponde. Deberíamos ver la celebración del matrimonio como una gran oportunidad pastoral. La Iglesia obliga al pastor de almas a proporcionar fiel asistencia cristiana (obligatoriamente tenetur), especialmente a través de la «predicación y catequesis…, a través de la preparación personal» (es decir, no limitada a una Conferencia de parejas relativamente «anónima»), y finalmente a través de «una fructífera celebración litúrgica del matrimonio…» (can. 1063). En la preparación personal, en la mayoría de los casos, se puede llevar a la pareja al sacramento de la penitencia.

La homilía prevista para la celebración, ofrece una maravillosa oportunidad para hablar sobre el amor de CRISTO por la Iglesia, por los fieles, reflejado en el amor de los cónyuges, y al mismo tiempo una catequesis concreta sobre la misa, la necesidad de buscar el perdón en el sacramento de la penitencia y los requisitos para recibir la Sagrada Comunión, y así evitar posibles comuniones sacrílegas de los invitados. Cuando el sacerdote no se encuentra con una fe pura en la pareja, debe siempre esforzarse por cumplir la Voluntad de DIOS, con su cuidado pastoral, aquí también aplica el dicho: «El amor encuentra un camino» y «¡El que busca encuentra!»

¡Cómo podemos abordar las actuales dificultades de los matrimonios rotos, si no es teniendo más cuidado antes de que sucedan! Cómo, sino a través de un serio esfuerzo para llevarlos a una vida con DIOS, para que la gracia de DIOS pueda ayudar a estas personas a vivir su vida juntos, algo no tan fácil en estos días, especialmente cuando se considera la pobre formación de carácter que la mayoría de ellos han recibido. Dicho de otra manera: ¿Se esforzará realmente una pareja por vivir el sacramento del matrimonio, es decir, esta unidad con y en CRISTO, si antes no han buscado esta unión en el sacramento de la reconciliación y la comunión? ¿No es posible recibir el sacramento del matrimonio indignamente, es decir, sacrílegamente?

No se trata de caer en el error de aplicar medidas cuantitativas o matemáticas al espíritu y luchar por la perfección meramente externa, sino del espíritu de la ley, la intención del legislador, es decir, comprender y cumplir la ¡voluntad de Dios! En cualquier caso, ¡buscar solo el cumplimiento de los requisitos mínimos en este asunto, no es la solución! Casi que uno se podría preguntar, si el apartarse de las directivas de la Iglesia no equivale a una especie de suicidio pastoral, o a una especie de aborto espontáneo. Una obediencia amorosa, humilde y celosa a las directivas de la Iglesia seguramente muestra las mejores perspectivas de éxito.

d) El amor que supera todas las cosas: ¿Qué es más hermoso...?

No se trata aquí de dar fórmulas patentadas, sino de reconocer que el cumplimiento de nuestras obligaciones, como instrumentos de DIOS, seguramente no siempre es fácil, pero es de lejos, la mejor manera. Aún más, descansando en la caridad sobrenatural con la cual DIOS nos ha llamado a ser sus representantes ante los hombres, nos ha colocado en una relación conyugal con la Santa Iglesia, en la cual  siempre debemos plantearnos la cuestión de la obediencia de la siguiente manera:

¿Qué es más hermoso que cumplir la Voluntad del Divino Amado? ¡Como su novia, hacer lo que le agrada a él, lo santo y lo inmaculado, lo que tanto anhelamos. Y aquel que ha entendido esto, con una fe sobrenatural, por supuesto, y con el amor de DIOS en su corazón, también comprende cuando preguntamos: ¿Qué cosa más grande podemos hacer por el mundo, por las almas, sí, incluso por la creación entera, que atarlos con las cadenas del Amor Divino?!

¡¿Puedo yo, un hombre pecador y constantemente inclinado al orgullo, creer que soy capaz de ofrecer a los hombres algo mejor de lo que DIOS desea ofrecer?!

¡¿Puedo considerarme capaz de saber qué le trae más gozo y gloria a DIOS y a Su Novia la Iglesia, que la que DIOS mismo desea a través de Su Iglesia?! ¿Quién soy yo para pensar que soy capaz de juzgar los deseos del Corazón de DIOS y qué sirve a la verdadera felicidad del hombre?

¿Crees que los apóstoles respondieron al Señor: «¿Y qué tal si encontramos un asno diferente al que describiste?» o: «¿pero qué pasa si alguien nos ofrece uno diferente de antemano?». En este sentido, podemos considerar la lucha de Pedro en la Última Cena: «Nunca me lavarás los pies…» – ¡Hay una fe en la grandeza de JESÚS pero, sin obediencia! – «¡Ahora no lo entiendes!»,  luego: «¡Señor, lávame no solo mis pies sino también mis manos y mi cabeza!» – Una obediencia sin fe. – «El que se ha bañado no necesita lavarse, excepto sus pies…»hasta que él fue capaz de obedecer exactamente, y a través de una ciega obediencia, es que encuentra su camino hacia la fe (seguramente, incluso al final no entendió completamente)

Y hoy, si es Cristo mismo quien bautiza: no sería Él capaz de decir (a través de la Iglesia, su representante), ¿cómo quiere Él bautizar? (el rito), ¿cómo desea hacer la renovación incruenta de su sacrificio?! (el rito). Eso está muy lejos de un formalismo vacío, pero bastante cercano a esa unidad mental de la cual el Papa León XIII (p. 3) y el Concilio Vaticano II (CD 28, p. 16), siguiendo a San Pablo (cf. Fil 2, 5) hablaron y que la caridad exige. ¿Quién se atrevería a obstruir al Señor, o a tratar de mostrarle otra manera? ¡El que tiene una noción de lo que debe hacer como sacerdote, le permite al Señor toda libertad, incluso para determinar el «cómo» de las cosas!

Conocemos algunas de las miles de formas falsas que rodean la única forma de la Verdad, que es CRISTO, aquel que se convirtió en hombre en medio de la pobreza, que murió en la cruz en obediencia, que se entrega por amor hasta el fin de los tiempos, en la Santa EUCARISTÍA; que se entrega por amor a todos aquellos que desean llegar a ser como Él, en la misma pobreza, en la misma obediencia.

Siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y humildad de CRISTO, los Apóstoles predicaron lo siguiente: “Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios…”, “… derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo…”, deseamos hacer lo mismo con ellos.

3. La obediencia en la vida de los fieles

a) Los laicos también están seguros por la obediencia religiosa.

Al igual que para la salud del cuerpo, es necesario tener un orden adecuado de todos los miembros, se deduce que no sólo se exige obediencia al sacerdote por causa de su oficio y a los religiosos en virtud de sus votos, sino también a los laicos según su estado y funciones en la Iglesia. «Los fieles, por su parte, están obligados a someterse a la decisión de sus obispos, hecha en nombre de CRISTO, en materia de fe y moral, y a adherirse a ella con una lealtad mental pronta y respetuosa. Esta leal sumisión de la voluntad y el intelecto, debe darse de manera especial a la auténtica autoridad docente del Romano Pontífice, incluso cuando él no hable ex cathedra, con prudencia ciertamente, de tal manera que su suprema autoridad docente sea reconocida con respeto, y un sincero asentimiento sea dado frente a las decisiones tomadas por él, conforme a su intención y  pensamiento manifiesto » (LG 25).

Sentimos en esta palabra de la Iglesia no tanto la severidad de un mandato como el amor afectuoso de una Madre que cuenta con el amor de sus hijos. Sin embargo, la Iglesia es consciente de su seria obligación, de enseñar y formar a los fieles; ella sabe sobre el fin y la meta determinada por DIOS y sabe cómo llegar allí. Por esta razón, la Iglesia requiere de los fieles una participación en la liturgia, que ha sido descrita, no sin razón, por un teólogo como el «noviciado de los laicos».

Además, la Iglesia ofrece todo lo necesario para el desarrollo de la vida del alma y su maduración a la plena estatura de CRISTO; los sacramentos para un crecimiento saludable y como una ayuda adicional, los sacramentales. Ella puede decir junto con San Pablo:

«Aprendieron de nosotros cómo deben comportarse para agradar a Dios… La voluntad de Dios es que sean santos… hagan mayores progresos todavía… Pues DIOS no nos ha llamado a la impureza, sino a la santidad. Por lo tanto, el que desprecia estas normas, no desprecia a un hombre, sino a Dios, a ese Dios que les ha dado su Espíritu Santo” (1Te 4, 1-8).

b) «Cómo debes vivir para agradar a DIOS»

La Iglesia toma muy en serio la invitación y la obligación de esforzarse por crecer en la vida de la gracia hasta que cada uno alcance la santidad, de acuerdo con el estado de la vida particular, tanto que pospone el bautismo en aquellos casos en los que falte la esperanza de que el bautizado sea traído a la religión católica (cf. can. 868). Pues el bautizado, junto con sus padrinos, asume muchas responsabilidades, por ejemplo, el rechazo del pecado, un esfuerzo constante por conocer mejor la fe, el amor por hablar con DIOS en la oración, la disposición para posteriormente recibir los sacramentos y dar testimonio de DIOS y su Iglesia ante el mundo (cf. can. 209-222).

En el sacramento de la confirmación, los bautizados asumen el papel general, espiritual de la «Madre Iglesia»,  como una obligación personal. Como «adulto en la fe», se debe ser testigo de DIOS. Para lograr esto de manera efectiva, se debe vivir unido a DIOS, orientar nuevamente  la vida a la Voluntad de DIOS, corresponder a Sus mandamientos y direcciones, (por ejemplo, las leyes de la Iglesia), verificar las cosas mediante un examen de conciencia, y corregirse en la recepción frecuente del sacramento de la penitencia.

La persona debería, según la voluntad de la Iglesia, «exponerse diligentemente a un conocimiento más profundo de la verdad revelada» (LG 35); también debe mantener una «vida de íntima unión con CRISTO en la Iglesia… a través de las ayudas espirituales comunes a todos los fieles, principalmente por la participación activa en la liturgia» y la recepción de los sacramentos (AA 4; cf. LG 33).

En la Iglesia, «unidos a CRISTO la Cabeza y en comunión con todos sus santos, los fieles deben en primer lugar, reverenciar la memoria de la gloriosa Virgen María, Madre de Dios y de Nuestro Señor JESUCRISTO» (LG 52; cf. ebda 7.69; can. 1186). Finalmente también es su obligación, cumplir fielmente su trabajo en el mundo y «cuidar a los huérfanos y las viudas cuando los necesitan» (Stg 1,27).

c) La obediencia se vive más perfectamente en una colaboración amorosa

La Iglesia asegura a todos los fieles su «derecho a recibir en abundancia la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia, especialmente la Palabra de Dios y los sacramentos». Y «como todos los cristianos, los laicos deben aceptar prontamente en obediencia cristiana lo que deciden los pastores que, como maestros y líderes de la Iglesia, representan a CRISTO. En esto seguirán el ejemplo de CRISTO que, por su obediencia hasta la muerte, abrió el bendito camino de la libertad de los hijos de Dios a todos los hombres» (LG 37). Esta obediencia, sin embargo, no excluye una pertenencia responsable por parte de los laicos: «Por el conocimiento, competencia o preeminencia que tienen los laicos, están facultados, de hecho a veces obligados, a manifestar su opinión sobre aquellos cosas que pertenecen al bien de la Iglesia » (LG 37).

Si los sacerdotes vemos entre los fieles muy poca disposición para obedecer, muy poca alegría de los hijos de DIOS, como fruto del camino de obediencia que nos mostró CRISTO, entonces deberíamos aprovechar este hecho,  como ocasión para hacer un examen de conciencia. Tal vez les permitimos experimentar muy poco el Amor paternal de DIOS y el cuidado materno de la Santa Iglesia, con lo cual la obediencia se convierte en una carga para ellos, o tal vez  «reconocemos y promovemos muy poco la dignidad y la responsabilidad de los laicos».

La Iglesia desea de sus sacerdotes: «Deben considerar atentamente con amor paterno en CRISTO, los movimientos iniciales, sugerencias y deseos propuestos por los laicos. Además, los pastores deben respetar y reconocer la libertad que pertenece a todos en la ciudad terrenal» (LG 37). ¡Naturalmente, lo mismo se aplica para la relación entre obispo y sacerdote o superior y religioso!

La Iglesia debería ser «una sola familia» (CD 28); «los sacerdotes deben unir sus esfuerzos y combinar sus recursos bajo el liderazgo de los obispos y el Sumo Pontífice, y así eliminar la división y disensión en cualquiera de sus formas, para que toda la humanidad pueda ser conducida a la unidad de la familia de DIOS» ( LG 28).

Sólo a través del vínculo de unión del amor, en una vida de obediencia, se produce esa colaboración que hace posible la tarea final de la Iglesia con respecto a la obediencia que le debe a DIOS; específicamente, «el trabajo de toda la Iglesia para formar hombres capaces de establecer la escala adecuada de valores, en el orden temporal, y dirigirla hacia DIOS a través de CRISTO» (AA 7; cf. Mc 16,15; Rm 8,12).

Según Johnn H. Newman en “El sueño de Geroncio”: “Los ángeles son… ejecutores invisibles en el mundo visible,… las verdaderas causas del movimiento, de la luz, de la vida y de los principios físicos elementales del universo, nos dan las nociones de causa y efecto y de lo que llamamos la ley natural». Los ángeles también están listos en esta tarea para ayudarnos en una amorosa colaboración con el cumplimiento de nuestra obediencia a DIOS en la vida de la Iglesia (cf. Hebreos 1,14).

B. ¡La obediencia es un misterio de la fe!

Así como la Iglesia, obra de la gracia de DIOS, es un misterio de fe, también ¡la vida en ella y todas sus relaciones brotan de la fe!

La falta de coraje para vivir la pobreza, tiene sus raíces en la falta de una confianza fiel en el amor providencial y la atención de DIOS.

En la raíz de una pureza quebrantada y un celibato abandonado, persiste la tibieza en el amor a DIOS, que luego conduce a una disminución de la fe.

Lo mismo se aplica a la obediencia: nuestra devoción a DIOS a través de Su Iglesia y su orden, es fácil o difícil según el grado de nuestra fe sobrenatural, o ¿Es solamente  un problema para aquellos que no creen? Esta fe es una gracia; sin embargo puede ser solicitada. Al ser sacerdotes que hemos prometido solemnemente obediencia a la Iglesia, primero debemos ser hombres de fe y de oración, así también podremos ser buenos y fieles, servidores obedientes de Nuestro Señor, a quienes un día Él dirá: ¡Ven, siervo bueno y fiel! ¡Porque me has mostrado obediencia, entra en la alegría de tu Señor!

¡Seamos también valientes predicadores de la fe y de la obediencia ante los fieles! Por mucho que la Fe sea siempre una molestia para el pecador egocéntrico, de la misma manera, y con mayor razón, debemos confiar e insistir en la orientación del hombre hacia DIOS, en todo lo que la Fe nos enseña, y así esperar con confianza el florecimiento de sus almas. Si hoy la fe se ha extinguido, entonces una mecha humeante volverá más rápidamente a ser una llama.

¡Debemos tener el coraje!, más allá de simplemente suponer que el amor de DIOS ha sido sembrado dentro del alma en el bautismo, para luego proclamar audazmente los misterios de la fe, y por lo tanto, también la obediencia religiosa! ¡Encontraremos corazones abiertos! Despertaremos una nueva fe y, naturalmente, con ello aumentará la molestia de los que no lo desean, acelerando así  la división.

La obediencia a la iglesia, fuera y dentro de ella, es ante todo, esencialmente un acto de nuestra fe, de nuestro amor, de nuestra entrega segura a DIOS.

Nada de esto cambiará, no podemos escapar de esta realidad; por lo tanto podemos garantizar valientemente:

¡Aquel que cree en DIOS y quiere amarlo, también se encontrará en el mejor camino para apreciar la obediencia y amarla, y siempre por medio de ella, encontrará más perfectamente a Dios!

«Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8)

Oración
¡Mi Señor y mi DIOS! ¡Ayuda a mi fe, para que se fortalezca,
porque entonces mi obediencia se volverá más fuerte y más fácil para mí!
¡Señor, ayuda a que mi esperanza, no se vea sacudida por la fatiga o la desesperación,
porque entonces mi obediencia se volverá más valiente y fiel, y más fácil para mí!
DIOS, mi gran amor, ven, ven y enciéndeme con tu amor,
porque entonces mi obediencia será ardiente e iluminará a los demás para que puedan encontrarte. Amén.

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Cartas Circulares OA-Espiritualidad

CC34

Obedecer

La gracia se realiza solo a través de nuestra cooperación. A través de la obediencia a la palabra del ángel, la Virgen María en la Encarnación, se convirtió en la mediadora de la gracia para toda la humanidad. Si estamos preocupados por nosotros mismos, siendo temperamentales y sintiendo lastima de sí mismo, no estaremos abiertos a obedecer la palabra de Dios. Para que la gracia dé fruto, también debemos aprender a aceptar el llamado de la gracia al sacrificio, a la generosidad y al servicio, obedeciendo la inspiración del santo ángel.

La Obediencia como columna angular en la Vida de la Iglesia

Conferencia del Rev. Titus Kieninger, ORC

 

¡Tuyo, Señor, es el poder y la gloria!

y las alas de tus ángeles llevan tu Palabra sobre la creación en santa obediencia.

Danos, Señor, la ayuda de tus ángeles, para que podamos ejecutar prontamente en santa obediencia
tu Palabra tal como viene de los superiores y maestros de tu Iglesia.
San Gabriel, tú que llevaste la obediencia de María al Cielo,
deja que la santa obediencia sea para nosotros un escudo de defensa contra el maligno, para
que la semilla de la Palabra de Dios crezca y dé fruto. Amén

La necesidad de ver nuestro tema en conjunto con otros temas

La secuencia de conferencias para este retiro, no es simplemente una serie de temas no relacionados, sino que sigue tanto el plan de mediación de la gracia de DIOS en su completo desarrollo en la historia de la salvación.

Primero, consideraremos a DIOS y su llamado amoroso, que merece una respuesta total e incondicional de nuestra parte, y es digno de la obediencia voluntaria, como actitud fundamental.

Este llamado de DIOS nos llega hoy a través de la mediación de la gracia, a través de la Vrgen María y los santos ángeles, quienes primero anunciaron esta ley de llamado y respuesta a toda la creación, y sobretodo posteriormente, a través del HIJO de DIOS hecho hombre y al mismo tiempo hecho «Eucaristía», para nuestra salvación, de acuerdo a la alianza de DIOS con su pueblo elegido. Los ángeles llevaron a DIOS la obediencia de María y a Él desean llevar también, nuestra obediencia en la vida de la Iglesia y como miembros del Cuerpo Místico de CRISTO.

Mejor aún, al igual que el servicio de los Ángeles Guardianes en la tierra y en la iglesia, nosotros debemos vivir en unión con la voluntad de DIOS, en las pequeñas situaciones de la vida diaria, de modo que a través de nuestra obediencia, la creación material también pueda encontrar su camino hacia la unión con DIOS (cf. Rm 8,21 ss). 

Ahora al considerar la obediencia en la vida de la Iglesia, es importante ver las cosas desde una perspectiva más amplia por varias razones:

1) Por un lado, porque todos debemos decidir a favor o en contra de Dios y nunca simplemente por esta o aquella opinión, persona o acción. En cada momento de nuestras vidas declaramos un «apartarse» del diablo o de DIOS; un «ven» al cielo o al infierno; cada día creamos más y más, nuestra propia eternidad.

2) Además, debemos mirar a DIOS mismo, ya que la obediencia no es en primer lugar un acto del intelecto sino más bien un acto de la voluntad y, por lo tanto, del amor. La obediencia es un acto de dar, de donación, no de comprensión, sino de fe. El Papa León XIII en su Encíclica Sapientiae Christianae del 10/1/1890 enfatiza:  

«La unión de las mentes… requiere un perfecto consentimiento en la única fe, así también pide entera sumisión y obediencia de la voluntad, a la Iglesia, al Romano Pontífice, lo mismo que a Dios. Esta obediencia, debe ser perfecta, porque lo manda la misma fe, y ​​tiene en común con la fe, que ha de ser indivisible; sino fuera absoluta y perfecta en cada parte, tendrá las apariencias de obediencia, pero su esencia desaparecería. El uso cristiano atribuye tal valor, a esta perfección de la obediencia, que ha sido y siempre será, la marca distintiva por la cual podemos reconocer a los católicos» (HK-879f). Ni en una obediencia sin fe, ni en una fe sin obediencia, superamos nuestro propio entendimiento. (cf. STh II-II, 5,3)

Como un acto de amor, la obediencia no pregunta primero; ¿Qué tengo que hacer? sino más bien ¿A quién obedeceré, a quién me entregaré, a quién le daré mi cuerpo y alma, mis habilidades y talentos?. Nuestro Señor no dijo el que entiende Mis mandamientos…, sino más bien «Si me amas, ¡guardarás Mis mandamientos!» (Jn 14,15).

3) Una tercera razón para la necesidad de esta visión general, radica en la naturaleza misma de la Iglesia que sólo puede entenderse correctamente a la vista de DIOS. Pero primero debemos explicar qué es la Iglesia para poder hablar de la posibilidad o la necesidad de la obediencia. Por lo tanto, en la primera parte, consideraremos la Iglesia, su relación con DIOS, sus características esenciales y el lugar que ocupa la obediencia en la Iglesia. Ello dará como resultado en la segunda parte, una visión más clara de la vida de la Iglesia a la luz de la obediencia.

I. La Obediencia como columna angular en la vida de la Iglesia

1. ¿Qué es la Iglesia?

En el Concilio Vaticano II, la Iglesia intentó explicarse con gran detalle. En el primer capítulo de la Constitución dogmática «Lumen Gentium», ella busca muchas imágenes bíblicas que iluminen este misterio en diversos aspectos. 

a) La Iglesia es el cuerpo místico de CRISTO

La primera tarea de la Iglesia es el establecimiento del Reino de DIOS. «Este reino brilló ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de CRISTO», y un poco más adelante leemos: «Pero principalmente el reino se revela en la persona del mismo CRISTO, Hijo de DIOS e Hijo del Hombre, que vino «para servir y a dar su vida en rescate por muchos« (Mc 10, 45) (LG 5). 

La Iglesia es entonces ese edificio en el que habita la familia de DIOS, ese campo que la «cabeza de la familia celestial, plantó como un viñedo escogido» (Mt. 21, 33-34; cf. Is 5, 1ss). Pero la verdadera vid es CRISTO, que da vida y fecundidad a las ramas, es decir a nosotros, que vivimos en Él a través de la Iglesia, y sin quien no podemos hacer nada (Jn. 15, 1-5) «(LG 6). Finalmente, volviendo a la explicación de San Pablo, vemos: (LG 7) 

«En la naturaleza humana unida a Él mismo, el Hijo de DIOS, al vencer la muerte a través de su propia muerte y resurrección, redimió al hombre y lo convirtió en una nueva creación (cf. Gá. 6,15; 2 Cor. 5,17). Pues al comunicar Su Espíritu, CRISTO constituye místicamente como Su Cuerpo, a aquellos hermanos suyos que son convocados de todas las naciones: constitución de Tamquam corpus suum mystice.  

En ese Cuerpo, la vida de CRISTO fluye hacia los fieles, quienes de una manera misteriosa pero real, se unen a CRISTO a través de los sacramentos: CHRISTO per sacramenta arcano ac reali modo uniuntur.

¡La vida de CRISTO fluye hacia ese Cuerpo, la Iglesia, hacia los fieles! Por esta razón, la Iglesia es también la Esposa de CRISTO amada por Él… constantemente alimentada y cuidada, que ha sido designada como «Nuestra Madre», y que en realidad es así (cf. LG 6 y DV 19; segunda lectura del Sábado 2ª semana de Adviento en el Oficio Divino sobre la relación entre MARÍA y la Iglesia). ¡Aquel que encuentra a la Iglesia encuentra la vida! Por medio de esta Vida que viene a nosotros a través de la Iglesia, CRISTO someterá todas las cosas bajo sus pies (cf. 1 Co. 15, 27s), unirá todas las cosas en ÉL (cf. Efe. 1,10), todas las cosas en el cielo y en la tierra, a fin de que Dios sea todo en todos (cf. 1 Cor. 15,28).    

«Para realizar una obra tan grande, Cristo siempre está presente en su Iglesia…», presente en las ceremonias litúrgicas, presente en el Sacrificio de la Misa, en el Sacerdote y, sobre todo, presente bajo las especies de la Eucaristía. Él está presente con Su poder en los sacramentos, en Su Palabra, ya que es Él mismo quien habla cuando se lee la Sagrada Escritura en la iglesia; cuando la Iglesia canta y ora, y también presente en cada alma que Él ha consagrado a sí mismo en el bautismo, como un templo en el que permanece, siempre y cuando el alma no lo rechace por causa de un pecado grave (cf. SC 7). La Iglesia está completamente marcada por esta presencia de CRISTO y con Él el ESPÍRITU SANTO, siempre uno con el PADRE.

Aferrémonos a esta verdad: la naturaleza de la Iglesia es obviamente incomprensible sin CRISTO; solo el que mira a DIOS a través de ella, la comprende verdaderamente. Los Padres del Concilio en el decreto sobre la formación de sacerdotes, nos recuerdan una frase de San Agustín que tiene particular importancia en nuestros días: «Un hombre posee el ESPÍRITU SANTO en la medida en que ama a la Iglesia» (Jn 32, 8; OT 9); y como dice en el decreto sobre el sacerdocio: «La fidelidad a CRISTO no puede separarse de la fidelidad a Su Iglesia» (PO 14). Sólo aquel que entiende a la Iglesia en esta interior y viva unidad, como la Esposa de CRISTO, como Su propio Cuerpo misterioso pero muy real, podrá rendir obediencia a la Iglesia, y podrá tener la convicción de que esto es necesario y algo indispensable para la salvación.  

b) En la iglesia y a través de ella, CRISTO continúa su misión

La Iglesia está marcada por la presencia de CRISTO; pues en ella continúa el misterio de nuestra salvación (cf. LG 52). La presencia de un DIOS trascendente e inmanente y completamente perfecto, hace que la iglesia sea santa. Esta santidad se manifiesta en la belleza de la liturgia, en la pureza de la doctrina y en el poder sagrado y sobrenatural de la vida que se encuentra en los sacramentos, así como en la reverencia de sus hijos, los fieles. Ella es gloriosa ante DIOS, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa e inmaculada. 

Esta presencia de DIOS entre los hombres, alcanza su plenitud con la Encarnación del Hijo de DIOS, quien recibió la misión de DIOS PADRE para dar a conocer el Evangelio y revelarnos Su nombre (cf. Jn 17, 6). Puesto que nos ha dado a conocer todo lo que ha escuchado del PADRE (cf. Jn 15, 15), y nos ha asegurado la presencia del ESPÍRITU SANTO que envió en Pentecostés, para comprender completamente lo que se ha revelado, la iglesia se ha convertido en «la columna y baluarte de la verdad» (1 Tim. 3,15 cf. 2 Tim. 1,13), por lo tanto, ella es santa por naturaleza e infalible en su entendimiento de la verdad, para que CRISTO pudiera asegurar a los Apóstoles ante el mundo entero: “El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza…” (Lc 10, 16); de esta manera se garantiza el origen apostólico de la Iglesia.

En el Apocalipsis, san Juan oye las palabras de CRISTO: «Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: «No temas: Yo Soy el Primero y el Último, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo» (Apocalipsis 1, 17-18; cf. 5, 2-5). Esta llave, que también es la «llave del reino de los cielos», que CRISTO ha confiado a un hombre, a San Pedro (cf. Mt 16, 19), y ha dado a los hombres el mandato: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda la creación» (Mc 28, 19 – Oficio Profético), «bautizándolos» (Oficio Sacerdotal) «y enseñándoles a observar todo lo que fue ordenado» (Mt 28,19 – Oficio Pastoral), – una misión católica verdaderamente universal, que lo abarca todo. 

Pero CRISTO todavía está con ellos. Él está con ellos hasta la consumación del mundo (cf. Mt 28, 20). Es CRISTO quien predica y bautiza, bendice y transforma a los Apóstoles, en Obispos y sacerdotes, en los portadores de la autoridad eclesiástica (cf. SC 7), es CRISTO quien es aceptado o rechazado (cf. Lc 10, 16; Apocalipsis 9, 4). ¿Quién de nosotros hubiera imaginado que el sacerdote es capaz de comunicar la vida divina a alguien que es bautizado, que puede borrar los pecados con la fórmula de absolución, incluso a nivel sacramental; que por su bendición puede expulsar al diablo y restaurar la paz del corazón?

Es necesario que todos los miembros se hagan conformes a Él hasta el extremo de que Cristo quede formado en ellos (cf. Ga 4,19), el que da la vida, se mueve y se une a través del mismo ESPÍRITU, que habita tanto en la Cabeza como en los miembros, el superior de la Iglesia (cf. LG 7). Cristo, en verdad, ama a la Iglesia como a su esposa, convirtiéndose en ejemplo del marido, que ama a su esposa como a su propio cuerpo (cf. Ef 5, 25-28); A su vez, la Iglesia le está sometida como a su Cabeza (ib. 23-24). «Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9), colma de bienes divinos a la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud (cf. Ef 1, 22-23), para que tienda y consiga toda la plenitud de Dios (cf. Ef 3,19 LG 7).

2. ¿Qué tan importante es la obediencia?

a) La obediencia es la aceptación de la gracia necesaria para la salvación.

«Mientras crece lentamente hasta la madurez, la Iglesia anhela el reino completo, con todas sus fuerzas, esperanzas y deseos de unirse en gloria con su rey» (LG 5). Su anhelo es por la aceptación del llamado de la gracia, que viene a través de los hombres, como ya hemos mencionado. «Quien a vosotros escucha a Mí me escucha…”, añade Nuestro Señor “y quien a vosotros rechaza a Mí me rechaza; ahora bien, quien me rechaza a Mí, rechaza a Aquél que me envió» (Lc 10, 16); o como leemos en la Constitución dogmática sobre la Iglesia: «Los que escuchan la palabra del Señor con fidelidad y se agregan al pequeño rebaño de Cristo (cf. Lc 12,32), ésos reciben el reino. Entonces, por su propio poder, la semilla germina y crece hasta el tiempo de la siega» (cf. Mc 4, 26-29).   

Este anhelo, es el anhelo de una madre por la salvación de sus hijos; es el anhelo desinteresado de la Esposa del Verbo Encarnado, es decir, la Iglesia (DV 23), divinamente unida a Su Esposo amado y singular (Unicum Sponsum CHRISTUM) (PC 12). Así también es la unidad entre CRISTO y la Iglesia que ya hemos considerado, y que Nuestro Señor expresa de una manera maravillosa cuando se compara a sí mismo con una madre: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!» (Mt 23,37).    

Este anhelo se nos presenta aún más insistente, cuando leemos en la Constitución dogmática sobre la Revelación Divina: “Cuando Dios revela hay que prestarle ‘La obediencia a la fe’ (Rom 16,26; cf. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), que debe ser dada a DIOS en cuanto Él se revela a sí mismo, y esto lo hace por medio de la Iglesia, como se indica más adelante en la misma Constitución (cf. DV 8). Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va introduciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente. De esta manera el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a «Dios revelador el sometimiento total de su intelecto y voluntad», y confirmando voluntariamente la Revelación dada por Él”. (cf. Col. 3,16), (DV 5).    

En esta aceptación del llamado de DIOS, que es transmitido a través del tiempo por medio de la Iglesia, descansa nuestra decisión a favor o en contra de DIOS: «Aquel que cree y es bautizado será salvo; pero el que no cree será condenado» (Mc 16,16). “El que cree en el Hijo de Dios tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Jn 3,36; cf. Génesis 49,10). Hasta la respuesta en obediencia de la Santísima Virgen MARÍA, la gracia no encontró un recipiente digno. Sólo en obediencia la semilla divina encuentra el suelo necesario y fértil. Sólo en el alma que se entrega completamente a DIOS con su intelecto y voluntad, la gracia alcanza su objetivo y comienza la transformación de la creación en CRISTO (cf. Ef 3,21). Sólo por medio de esta obediencia debida a DIOS y a su gracia, que debe ser dada por la Iglesia, encontraremos esa unidad que es la verdadera marca de la Iglesia. 

La obediencia, por medio de la cual la Voluntad divina y creadora de DIOS está unida en una sola (cf. CD 28), se coloca necesariamente como fundamento, como la propia constitución de la Iglesia. Sin ella, la gracia no puede echar raíces; sin ella DIOS no puede construir la nueva creación, la Jerusalén celestial, sin obediencia es imposible tener unidad. 

Consideraremos las características de la obediencia en otro momento; ahora solo deseamos agregar lo siguiente: La obediencia a DIOS en la Iglesia debe estar especialmente marcada por un carácter vivo, alegre, amoroso y libre, ya que en el análisis final equivale a una relación entre madre-hijo y debe ser una expresión perfecta del agradecimiento, la confianza y el amor de un niño por su madre!.

b) El juicio de la tradición de la Iglesia sobre la obediencia. 

Para que podamos ver la importancia fundamental de la obediencia para todo el plan de salvación, recordaremos algunos puntos importantes. Al principio de la Iglesia brilla ante nosotros la obediencia de Nuestro Señor, un ejemplo para todos nosotros (cf. Heb 10, 7-9; Jn 2, 4; 4,34; Mt 26, 53s). Mientras moría, gritó «Tengo sed«, es decir, por la obediencia que todas las criaturas le deben a su DIOS. (cf. Jn 19,28; Fil 2, 8; Rom 5,19). La respuesta obediente dada por la Virgen MARÍA, atravesó los cielos, para que así pudieran abrirse para nosotros (cf. Lc 1, 38); junto a San José, ellos dieron la obediencia de la fe (cf. Mt 1, 24-28; 2,13 s), que el santo Padre en su Exhortación apostólica, ha presentado como modelo para todos los fieles (cf. Redemptoris Custos, 4, 24, 26 y 30).

Cuando el Señor estableció solemnemente a San Pedro como la cabeza de la Iglesia y le confió tres veces el rebaño, según el ritual legal judío, se aseguró a sí mismo no sólo el amor de Pedro sino también, y en primer lugar, de su obediencia: al ordenarle que tirara su red esa mañana, le ordenó que hiciera algo contrario a su propio conocimiento sobre la pesca. JESÚS exige pobreza de espíritu y un abandono de la propia voluntad, nuestro Señor revela con la pesca milagrosa abundante, no sólo la fecundidad de una inquieta obediencia, sino también el cómo desea que Su Iglesia sea gobernada y guiada (cf. Jn 21, 3- 7; 1 Cor 1, 28s). 

Podemos encontrar fácilmente en los primeros escritos de los Apóstoles, las Cartas Pastorales del Nuevo Testamento, una confirmación del hecho de que la obediencia es un pilar fundamental para la vida de la Iglesia. Escuchemos a San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Juan, como testigo de la Iglesia primitiva: «Con respecto a las cosas que preocupan a la Iglesia, nada debe hacerse sin el Obispo… Aquel que emprende algo sin el conocimiento del Obispo sirve al diablo» (Carta a Esmirna 8,1 y 9,1).  

Es bien sabido que el Padre del Monasticismo occidental, San Benito, construyó un completo estilo de vida teniendo como objetivo, la perfección espiritual en la virtud de la obediencia (cf. Cap. 5 y 33 de su Regla). Los 3000 santos benedictinos deberían ser suficientes para convencernos de la verdad de este pilar.  

La Orden Dominica en los siglos XIV y XV no se reformó como lo hicieron los carmelitas mediante un cambio en la constitución, sino mediante una observancia estricta de la regla, es decir, mediante una decidida obediencia a las constituciones existentes. ¡Es un ejemplo modelo de una reforma desde adentro!

En los escritos de San Juan de la Cruz, el siguiente principio es fundamental, a pesar de que el santo no es conocido por ello, escribe en la «Subida al Monte Carmelo»: «DIOS ama tanto que un hombre se encomiende a la guía de otro hombre, que Él no quiere que demos crédito a las verdades sobrenaturales que Él mismo nos ha comunicado, hasta que pasen por la boca de un hombre» (II, Cap 22, punto 9). Finalmente, el Papa Pío XII explica el valor de la «obediencia en la vida privada y pública» cuando escribe: «Si no se tiene en cuenta la obediencia, ningún poder humano es adecuado para restringir y apaciguar las pasiones desenfrenadas de las masas. Pues sólo la religión es capaz de mantener la defensa de la justicia y la moral» (Fulgens radiuntur, 1947; HK-1822).   

c) La obediencia es la segura protección y la guía necesaria para el hombre pecador. La necesidad de la obediencia por parte del hombre.

El error de buscar la culpa en los demás

Habiendo intentado mostrar la necesidad de la obediencia como algo fundamental para la constitución misma de la Iglesia, debemos ahora armarnos contra la falsa objeción que trataría de dispensarnos de la obediencia a causa de toda la debilidad humana encontrada en la Iglesia; ésta objeción no es válida, porque su verdadera raíz es simplemente «quiero ser libre», libre de toda obligación, de todo sacrificio, de toda restricción. Si la Iglesia parece realmente débil, se debe no a su estructura, sino a sus propios miembros, porque ¡hemos traicionado sus leyes y cedido a las tentaciones de nuestro ego, del mundo sin Dios, del diablo que odia el bien!

Con respecto a las cuestiones sobre la obediencia, no debemos mirar las fallas humanas, como lo ha dicho Nuestro Señor. Él enseñó que debemos distinguir entre nuestros superiores y el ejemplo que nos dan: aquel que es superior pero no da un buen ejemplo debe ser obedecido; «Ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen» (Mt. 23, 2). 

Con respecto al verdadero autoconocimiento

Queremos, con la ayuda de las palabras del Papa Pío XII, echar un vistazo a nosotros mismos. Él enseñó que la religión en sí misma, es el apoyo a la justicia y la moral, lo que puede contener las pasiones. Esto significa que la obediencia es algo necesario. Cuán débil y miope es nuestra comprensión; no sabemos qué es bueno para nuestra propia salvación (de lo contrario, también sabríamos aquello por lo que deberíamos orar) (cf. Rm 8,26). Cuán a menudo somos guiados por nuestras inclinaciones pecaminosas y engañados incluso en el camino de la bondad.

Romano Guardini, con su aguda comprensión del hombre, ha reconocido esta verdad en su decisiva primera experiencia religiosa, como podemos ver en su segundo Relato de mi vida, escribe: 

«Sucedió en la pequeña habitación del ático en la casa de mis padres en la calle Gousenheiner. Karl Neunhofer y yo hablamos sobre la pregunta que nos había estado ocupando a los dos, y  reduciéndola a la frase: «El que se aferra a su vida la perderá y el que entrega su vida por Mi la encontrará». La interpretación que se encuentra en esta traducción de Mateo 10,39 expresa lo que fue de momento para mí. Poco a poco me fue quedando claro que existe una ley, según la cual un hombre, si «se aferra a su vida», es decir, si permanece dentro de sí mismo y solo acepta como válido lo que es inmediatamente claro para sí mismo, perderá lo que es esencial. Si desea llegar a la verdad, y en la verdad convertirse en su verdadero yo, entonces deberá hacerse un regalo a sí mismo. Seguramente esta idea tenía etapas previas, pero se me habían olvidado. Karl Neundorfer llegó a estas mismas conclusiones en la habitación contigua, en donde había una puerta que daba al balcón. Yo estaba sentado en mi escritorio y mis pensamientos continuaron: Renunciar a mi vida, pero ¿a quién? ¿Quién puede exigir eso de mí? Y exigirlo de tal manera que al darla, en realidad no seré yo quien la tome nuevamente.

No es simplemente «DIOS», porque cuando un hombre sólo desea tratar con DIOS, dice «DIOS», pero se refiere a sí mismo. Debe existir alguna autoridad objetiva que pueda extraer mi respuesta de cada lugar escondido de mi autoafirmación, pero sólo hay una posibilidad: la Iglesia Católica con Su autoridad y precisión. Al final, la cuestión de aferrarse o dar la vida se decide no ante DIOS, sino ante la Iglesia. «Entonces me pareció que llevaba todo, realmente todo mi ser, en mis manos». Luego fui a donde mi amigo y se lo dije. Pero él mismo debió haber experimentado algo similar, ya que el pensamiento que más le atrajo fue: «La mejor posibilidad de descubrir la verdad, se encuentra donde reside la mayor posibilidad de amor». Su pregunta había sido «¿dónde se encuentra el camino al amor?», y la respuesta que encontró fue la misma: en la Iglesia. (R. Guardini, Berichte uber mein Leben , Patmos-Verlag Dusseldorf 1984, p. 71f) .  

Es una bendición, y una gracia, que la Iglesia sea una estructura concreta y palpable para nosotros, de modo que nuestros sentimientos, deseos y anhelos no se desvíen. Estas dispensas de DIOS a la Iglesia, guiada por el ESPÍRITU SANTO, nos ofrecen un apoyo y fortaleza contra nuestra naturaleza vacilante y susceptible de ser tan fácilmente engañada. Así, nos permiten avanzar hacia DIOS en paz, amor y seguridad. Por esta razón, los Padres del concilio, aunque hablan más específicamente sobre la obediencia de los religiosos, dicen lo siguiente: Lejos de rebajar la dignidad de la persona humana, la obediencia religiosa la lleva a la madurez, al desarrollar la libertad de los hijos de DIOS (PC 14; cf. LG 43). Al rendir obediencia a DIOS, la persona humana en su totalidad, es elevada a un orden superior, al orden de la gracia, la alegría y la paz. 

Concluyamos estas consideraciones fundamentales con las palabras del Papa Pío XII al clero de Roma: «Si ustedes desean crecer en el amor de CRISTO, deben rendir obediencia, confianza pura y amor, al vicario de CRISTO. En su persona, ustedes rinden respeto y obediencia a CRISTO mismo, se encuentran con Él. Es falso hacer diferencias entre una Iglesia de la ley y una Iglesia del amor. Eso no es correcto, más bien, es la Iglesia de la Ley, cuya cabeza es el Papa y al mismo tiempo es la Iglesia de CRISTO, la Iglesia del Amor y la familia entera del pueblo cristiano. Entre ustedes y nosotros deben prevalecer lazos más íntimos, como los que se encuentran en una familia verdaderamente cristiana, los cuales unen al padre con los hijos y a los hijos con el padre» (Solemnis conventus, 24-6-1939; HK-1295).

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CC33 Escuchar

Escuchar

A través del silencio y el recogimiento, María se preparada y escuchaba la palabra de Dios en todo momento. Para estar abiertos al ángel y al llamado de la gracia, también debemos escuchar, esperando que Dios nos hable en cualquier momento que se nos brinde. «¡Estén atentos! ¡Estén alerta! Porque no saben cuándo llegará el momento» (Mc 13, 33).

Docilidad al Santo Ángel

… Presta atención y escucha su voz, no te rebeles contra él. (Ex 23,22) 

La instrumentalidad como medio de la perfección

A través de la Sagrada Escritura, Dios nos exhorta: presten atención y escuchen la voz del santo ángel. Esto significa que debemos ser dóciles: dispuestos a escuchar y obedecer su voz. ¿Cómo debemos ser dóciles a los santos ángeles de Dios?. Podemos comenzar nuestra discusión sobre la docilidad a los santos ángeles, indicando el objetivo de dicha docilidad. Primero, por nuestra docilidad a Dios, se nos da una participación en su naturaleza divina a través de la gracia. Esta vida divina de la gracia es lo que confiere al hombre su más alta dignidad. Más allá de esto, Dios nos ha dado la posibilidad de ser sus «colaboradores», sus instrumentos. Lejos de degradarnos, la capacidad de ser un instrumento de Dios es una de las formas en que el hombre se ennoblece aún más.

Los ángeles son enviados por Dios para ayudarnos en la adquisición de la vida divina de la gracia, y también para ayudarnos a convertirnos en instrumentos de Dios. Por un lado, cuanto más crecemos en la docilidad, más podemos ser santificados, y por otro, los talentos que Dios nos confió pueden invertirse de acuerdo con su voluntad. El deseo de ser el siervo de Dios se expresa maravillosamente en la oración comúnmente atribuida a San Francisco de Asís: «Hazme un instrumento de tu paz…» La humanidad de Cristo fue el instrumento perfecto de su naturaleza divina. Él, a cambio, fue el instrumento perfecto del Padre: «… Yo no hago nada por mi propia autoridad, sino que, digo lo que el Padre me enseñó… Yo hago siempre lo que a Él le agrada» (Jn 8, 28-29). La Virgen María fue el instrumento perfecto del Señor: «He aquí la sierva del Señor…» (Lc 1,38). Los ángeles fieles «que obedecen sus órdenes” también se perfeccionan al ser los instrumentos por los cuales Él realiza gran parte de su trabajo en nosotros.  

Debe hacerse una distinción clara en cuanto a la diferencia entre instrumentos inteligentes y no inteligentes (o irracionales). Cada instrumento se usa de acuerdo con el modo apropiado para el instrumento. Se espera que los instrumentos irracionales, como una pala, un cuchillo o un pincel, actúen de acuerdo con los deseos razonados de quien los usa, sin prestar ninguna consideración razonada adicional. Como dice el profeta Isaías: : “¿Acaso el hacha se gloría contra el leñador? ¿Se envanece la sierra contra el que la maneja? ¡Como si el bastón manejara al que lo empuña; como si el palo se levantase a sí mismo y no fuese leño!” (Is 10,15).

Por otro lado, un instrumento inteligente presta sus propias fuerzas racionales al trabajo que debe realizarse. Un siervo es un instrumento inteligente. Ya sea el siervo humano o angélico, este utiliza su propia inteligencia en el cumplimiento de las órdenes del maestro. Para ilustrar este principio, podemos considerar la explicación de la Iglesia sobre la inspiración de la Sagrada Escritura. Sabemos que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Dios es el autor de la Biblia y al mismo tiempo hubo hombres a quienes Dios usó como sus instrumentos para realizar esa tarea.

El Concilio Vaticano II explicó esto de la siguiente manera: Para componer los libros sagrados, Dios eligió a ciertos hombres a quienes empleó para ésa tarea y mientras esto sucedía, hizo uso total de sus propias facultades y fuerzas, aunque actuara por medio de ellos, como verdaderos autores les fue confiado escribir lo que Él quería y nada más.

Cada instrumento presta sus propias cualidades para realizar el trabajo. Un escultor tiene muchos cinceles. Cada uno tiene una forma, tamaño y longitud diferentes. Cada uno efectúa el trabajo de forma única. Al mismo tiempo, Dios, el Artista Divino, ha dotado al hombre y al ángel con numerosos y diversos talentos. Cuando elige a ciertos hombres para lograr algo, no los usa como si fueran instrumentos sin forma. Más bien, usa sus diversos talentos y dones para realizar su trabajo. Así sucede con los autores de la Sagrada Escritura. El primer punto es que Dios eligió a ciertos hombres. Es Él quien los eligió, y eligió a los que sabía serían los instrumentos correctos. El segundo punto es que estos instrumentos, «hicieron pleno uso de sus propias fuerzas y facultades». Aplicaron sus propios esfuerzos humanos e inteligencia al trabajo en cuestión, imprimiendo así, un sello de su propia personalidad. Esto se hace evidente si comparamos los estilos, el vocabulario y la gramática propia de cada uno de los escritores sagrados. Todos son únicos.

También hacemos notar que la inspiración de la Sagrada Escritura, vino a través de la mediación de los Santos Ángeles. En particular, los «Cuatro Seres Vivientes«, ángeles del coro de los querubines, vistos por el profeta Ezequiel (10, 9-21) y por San Juan, como se describe en el Libro del Apocalipsis (4, 6-7), que han sido asociados a los cuatro escritores del Evangelio. El ser viviente que tiene la apariencia de un hombre, se lo asocia a San Mateo. El que tiene la apariencia de un león está asociado a San Marcos. El que tiene la apariencia de un buey está asociado con San Lucas. Finalmente, el que tiene la apariencia de un águila en vuelo está asociado con San Juan.

La razón por la que los Padres de la Iglesia hicieron esta asociación, fue porque notaron ciertas características propias de cada una de estas criaturas, reflejadas en cada uno de los Evangelios. Esto indica que. también los ángeles trajeron la inspiración de Dios a la Sagrada Escritura, y agregaron a esa inspiración sus propias características personales. Esto fue deseado por Dios, y es también deseado por Dios en el caso de cada instrumento, especialmente los instrumentos personales.

Así lo expresa San Juan de la Cruz: «La Sabiduría Divina desciende de Dios desde las primeras jerarquías hasta las últimas, y ​​de éstas sobre los hombres. Se dice correcta y verdaderamente en las Escrituras, que todas las obras de los ángeles y las inspiraciones que ellos imparten, también son otorgadas o realizadas por Dios. Por lo general, estas obras e inspiraciones se derivan de Dios por medio del ángel. Esta comunicación es como un rayo de sol que brilla a través de muchas ventanas colocadas una tras otra. El rayo de luz pasa a través de todas ellas, sin embargo, cada ventana comunica esta luz a la otra con una cierta modificación de acuerdo con su propia cualidad. 

El tercer punto importante con respecto a la inspiración de los escritores sagrados, es que «se entregaron a escribir lo que Dios quería que se escribiera, y nada más». Ese es el ideal para un buen instrumento: él hace lo que el maestro quiere, nada más y nada menos. Para que este sea el caso, la herramienta debe responder a los movimientos del artista. Si el instrumento se resiste al artista, entonces el artista no puede realizar su trabajo como quisiera. Por lo tanto, Dios ordena: «¡Presten atención y escuchen su voz, no se rebelen contra él!« (Ex 23,22). 

Es de gran ayuda tener en cuenta, que a veces los instrumentos son mejorados con una perfección que va más allá de sus disposiciones naturales. Por ejemplo, no cualquier aceite es suficiente para la unción de los enfermos, sino sólo aquel que ha recibido una bendición especial. Con mayor razón, no cualquier hombre puede ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, sino solo aquel a quien se le ha dado la especial excelencia del carácter del sacerdocio. Del mismo modo, no cualquiera podría escribir los libros de las Escrituras, sino solo aquellos elegidos a quienes se les otorgó el don de profecía.

Con respecto al uso de los talentos que hemos recibido, examinemos las formas en que podemos ser instrumentos dóciles en la mano de Dios, para evitar resistir los movimientos del Artista Divino, cuando desea trabajar en nosotros. Sólo entonces podremos decir con el profeta: “Señor, tú nos aseguras la paz, porque Tú eres el que realiza todas nuestras obras” (Is 26,12).

Escuchar como contrapartida del silencio

Como se mencionó anteriormente, nuestro Señor y Dios, a través de la palabra de la Sagrada Escritura, nos ordena que prestemos atención y escuchemos la voz del santo ángel. Estas palabras «prestar atención» y «escuchar» indican una especial atención y escucha activa de nuestra parte, ya que podemos oír muchas cosas pero no les prestamos atención. De hecho, entre más oímos cosas, menos tendemos a escucharlas. Es como el tráfico aquí en Detroit. Cuando alguien viene por primera vez, puede parecerle fuerte y constante, pero  después de un tiempo, llega al punto de ni siquiera notar las frecuentes sirenas de los carros de bomberos. Escuchar, por otro lado, consiste en el deseo de oír. Es el cumplimiento del santo silencio, ya que éste proporciona una atmósfera beneficiosa para escuchar. Pero más allá de la práctica del verdadero silencio, para que éste sea fructífero, también debe ser atento. Un escritor espiritual lo explica en los siguientes términos:

El silencio a veces es ausencia de discurso, sin embargo siempre es el acto de escuchar. La mera ausencia de ruido, no significa silencio. Un día lleno de ruidos y voces puede ser un día de silencio, si los ruidos se convierten en nosotros en el eco de la presencia de Dios, si las voces son para nosotros mensajes y solicitudes de Dios. Cuando hablamos de nosotros y estamos llenos de nosotros mismos, no hacemos silencio. Pero cuando repetimos en lo más íntimo, las palabras de Dios que Él nos dejó, nuestro silencio permanece intacto.

Escuchar no es una tarea simple, por los muchos obstáculos que enfrentamos en el mundo. Este escritor hace una observación importante: «Cuando hablamos de nosotros y estamos llenos de nosotros mismos, dejamos atrás el silencio». Este es el primer y fundamental enemigo para escuchar: estar lleno de uno mismo. ¿Qué significa estar lleno de uno mismo? Una de las formas más comunes en que alguien se preocupa de sí mismo, es a través del orgullo o la vanidad. Pero también puede ser el de estar absorto en sí mismo, actitud causada por la autocompasión.

Más obstáculos para la docilidad

El bello arte de escuchar debe ejercerse a nivel humano antes de que podamos esperar avanzar en la escucha de nuestros ángeles guardianes. Porque si un hombre no puede escuchar a los que puede ver y oír con sus sentidos, ¿cómo puede esperar estar atento a la voz del ángel a quien no puede oír con los sentidos?

Se necesitan dos cualidades para la docilidad: celo por conocer la verdad y humildad para aprender de los demás. Los enemigos de la docilidad son: la pereza y la complacencia, que son contrarias al celo, y por otro lado, el orgullo que es contrario a la humildad.

Primero debemos considerar la pereza y la complacencia. La gente generalmente disfruta de estar «al tanto», estar enterados de las cosas y alerta sobre lo que está sucediendo. Todos los medios de comunicación satisfacen ese apetito voraz. El problema de la pereza con respecto a la docilidad radica en la satisfacción del hombre por conocer las realidades y los hechos sobre las cosas, en detrimento o exclusión de conocer la Verdad. Esta pereza se basa y se alimenta de la sensualidad de la curiosidad. La curiosidad es un vicio que busca gratificarse mediante el abuso del intelecto. Es como la glotonería de la mente o la impureza del espíritu. Está relacionado con el tipo de falsa amistad, que solo quiere usar al otro para la propia satisfacción personal. No podemos aprender a escuchar a los demás a menos que estemos dispuestos a satisfacer sus necesidades. Esto está relacionado también con nuestro deseo de escuchar para conocer a Cristo, la Verdad, a fin de servirle a él y a su Iglesia. 

Tomemos, por ejemplo, la historia de nuestro Señor cuando hablaba en la sinagoga de su ciudad natal, Nazaret. La gente sabía muchas verdades acerca de Cristo. Habían oído hablar de sus milagros realizados en Jerusalén. Notaron su conocimiento y elocuencia diciendo: «¿de dónde sacó todo esto?» Ellos saben de quién es hijo, y quiénes son sus parientes, etc. Están satisfechos con eso. Todas estas cosas son ciertas. Pero carecen de la verdad sobre Jesús. No reciben la luz de la Verdad que proviene del don divino de la fe.

De manera paralela, es muy común que los católicos estén enterados sobre lo que este obispo y el otro han hecho o han dejado de hacer; ellos saben que ha dicho el padre fulano de tal  y pueden decir qué hermana ha estado haciendo esto o aquello, etc., etc. Pueden hablar sobre las múltiples cosas que acontezcan en la Iglesia. Pueden hablar una y otra vez sobre estas cosas. Esto les da la sensación de que son buenos católicos, porque están preocupados por tales asuntos y están bien informados. Pero al final, conocen las verdades humanas sin siquiera acercarse, al menos un poco, al conocimiento de la divinidad de Cristo y su Cuerpo Místico. Son como la gente de Nazaret, que sabía mucho sobre la naturaleza humana de Cristo, pero sabían poco o nada sobre lo divino. Muchos católicos no están dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para la oración y el estudio, con el fin de ver y conocer la Verdad. La charla en sí misma es perjudicial para alcanzar el silencio necesario en la escucha de estas verdades mayores. Esta es una forma de pereza que es contraria a la docilidad: la complacencia por estar llenos de los hechos, sin el deseo de comprender la Verdad.

Otro escritor espiritual define la docilidad e indica otra actitud fundamental que también es contraria al celo por la verdad:

La docilidad por parte del que es dirigido, implica la disposición del alma que constantemente trata de escuchar y comprender, y desea ser sumiso a los consejos prudentes y desinteresados ​​que se le estén dando. Ciertas personas no tienen los requisitos necesarios para ser dóciles. No saben escuchar. Hablan mucho con el pretexto de informar a su director; discuten extensamente sobre un laberinto de detalles absolutamente inútiles, sin la menor consideración por el tiempo y la memoria de su director. Van de un tema a otro sin completar nada, sin siquiera tener el deseo de examinar algo con un cierto grado de profundidad. No intentan entender. Su conversación parece ser una especie de necesidad biológica o psicológica, más que un medio de conocimiento y comprensión. No parecen manifestar ningún esfuerzo por captar un nuevo punto de vista o una nueva forma de ver las cosas. Su inteligencia nunca parece estar despierta. 

El escritor obviamente ha tenido alguna experiencia en dirección espiritual. Habla de la falta de voluntad para hacer el esfuerzo de escuchar, de comprender un nuevo punto de vista, una nueva forma de ver algo. Esto se da a menudo, porque el hombre no está dispuesto a cambiar su vida para conformarse a la verdad. Por esta razón, la persona habla sobre el tema sin abordarlo realmente. El celo por la verdad incluye el coraje para enfrentar la verdad y todas sus consecuencias. La verdad exige desapego de nuestros propios hábitos, desapego de nuestra preocupación por las opiniones de otras personas, desapego de nuestras propias opiniones, desapego de las cosas. Entre más apegadas estén las personas a estas cosas, menos pueden soportar la verdad. Tal fue el caso de los apóstoles la noche anterior a la muerte de Cristo.

Él les dijo: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.” (Jn 16,12-13).

El problema puede llegar a extenderse, como lo describió San Pablo: “Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos.” (2 Tim 4, 3-4).  

La relación entre obediencia y escucha se refleja en la etimología de las dos palabras. La palabra latina obedire (obedecer) proviene de la palabra audire (escuchar). La misma verdad se refleja en alemán: Gehorsam (obediencia) proviene de gehorchen, que significa escuchar. La voluntad de escuchar es el comienzo de la obediencia.     

Pero el otro elemento, el del orgullo, es igualmente peligroso, si no más que la pereza, para evitar que los hombres practiquen la docilidad. Esto también es evidente en la vida de Cristo cuando llega a su ciudad natal y predica en la Sinagoga. La gente no lo escuchó. Sus corazones estaban cerrados. ¿Por qué? ¡Porque él era el hijo del carpintero! «¿Qué puede tener él que decirnos? Es obvio que él no sabe nada que nosotros no sepamos».

Otro poderoso ejemplo de la falta de voluntad para aprender debido al orgullo se ve en la historia del hombre que nació ciego. Jesús lo curó, y luego, cuando los fariseos descubrieron que Jesús había realizado el milagro en sábado, se negaron a aceptarlo como una señal del favor divino. El hombre que fue curado dijo a los fariseos: «Esto es lo extraño: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si uno es religioso y cumple Su voluntad, a ése le escucha. Nunca se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?». Y lo echaron” (Jn 9, 30-34).

Este es el tipo de argumento falaz más común, llamado ad hominem. Por el cual, en lugar de tener que lidiar con la fuerza y ​​la lógica de una discusión, se ataca a la persona y se la descarta, al menos psicológicamente, con el fin de descartar la verdad que la persona presenta. Tomando un ejemplo más reciente, en un artículo que el cardenal Ratzinger mostró con razón teológica y litúrgica sobre el porqué la música rock no es apta para su uso en la sagrada liturgia, ninguno de los que respondieron a la declaración del cardenal Ratzinger, intentó siquiera tocar sus argumentos teológicos, simplemente lo sacaron, diciendo que era demasiado viejo y que no estaba en contacto con las necesidades de los jóvenes de hoy, etc. Esta es una falta de docilidad grave y muy común. Desafortunadamente esta es una de las formas más comunes en que las personas descartan la verdad. Es un delito grave contra la docilidad. 

En la misma línea, pero con un giro ligeramente diferente, está nuestra tendencia a no prestar atención a la gente simplemente porque no nos sentimos atraídos por la persona. Este es el caso incluso cuando estamos de acuerdo con lo que esa persona dice, pero no le respetamos. Sospechamos que no es una persona sincera, que es engreída o que es orgullosa. No creemos que tenga algún don para hablar. Tenemos motivos para estar enojados con ella, o le tenemos envidia. Por cualquier otra razón, sentimos una antipatía natural hacia ella. Como consecuencia, no escuchamos lo que tiene que decirnos.

Estas tendencias son más notables cuando hablamos de nuestra docilidad hacia nuestro santo ángel, porque el ángel no solamente nos habla a nosotros, sino que también intentará guiarnos a través de las personas que nos rodean. Cuando al ángel no le es posible comunicarse con nosotros,  tratará de inspirar a cualquiera que pueda a nuestro alrededor, para que pronuncie las palabras que necesitamos escuchar.

Tendencias rebeldes

Otra de las tendencias, en cuanto a no prestar atención a las personas,  viene de nuestra falta de voluntad y rebeldía para someternos al otro. “El Señor me abrió el oído y yo no me resistí, ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían» (Is 50,5-6). Un amigo mío, cuando era joven, solía atormentar a su hermano ordenándole que hiciera cosas que sabía que su hermano planeaba hacer de todos modos. Por ejemplo, cuando veía a su hermano a punto de ponerse el abrigo, le decía: «¡Danny! ¡Ponte el abrigo!» Danny se enojaba tanto con él que se negaba a ponerse el abrigo. Preferiría salir así al frío en lugar de tener que someterse a su hermano. 

En cierto sentido, es una gran misericordia de Dios que no veamos a nuestros ángeles guardianes, pues nos presentarían el espejo cristalino de su propio ser, la voluntad inexorable de Dios para nosotros. Esto sin duda, acabaría poco a poco con nuestro falso sentido de libertad, y por lo tanto nos llevaría a la rebelión. Dios es más suave para persuadirnos.

Torcer la verdad para encontrarnos con nuestra propia tendencia

Así como un recipiente debe estar limpio para recibir el agua pura, también nosotros debemos guardar silencio para escuchar la palabra sin torcerla o cambiarla de ninguna manera. Hay un juego en el que se susurra una palabra a otra persona, esta a su vez la susurra a la siguiente, y así sucesivamente hasta alcanzar a la última del grupo, la cual anuncia la palabra recibida. Usualmente esa palabra es muy diferente de la que se dijo en un comienzo.

El problema es que incluso cuando tenemos buena voluntad para escuchar, a menudo ya estamos seguros de lo que el otro va a decir, de modo que cuando habla no escuchamos lo que dice, sino lo que pensamos que va a decir. Imitar al joven Samuel diciendo «habla Señor que tu siervo escucha», y así poder recibir su respuesta, presupone tener la capacidad de escuchar verdaderamente, sin torcer la verdad. San Pedro menciona que, cuando la palabra de Dios es difícil de entender, algunas personas tuercen la verdad (2 Pt 3:16).

Docilidad a los santos ángeles

Habiendo hablado de la naturaleza de la docilidad en general, podemos hablar más particularmente de cómo ser dóciles a los santos ángeles. Es importante dejar algo claro desde el principio; cuando hablamos de ser dóciles a los ángeles, estamos interesados ​​en la iluminación que nos lleva a conocer las verdades eternas que santifican y perfeccionan nuestras mentes a la luz de Jesucristo. La razón por la que mencionamos esto es porque las personas tienden a trivializar drásticamente el papel del ángel en nuestras vidas. Sin duda, todos tenemos experiencias en las que el santo ángel nos ha ayudado en nuestras necesidades cotidianas. Por ejemplo, el ángel ha ayudado a encontrar nuestras llaves perdidas, o nos ha recordado que debemos regresar y verificar algo que necesitaba de nuestra atención, o el ángel nos ha ayudado a salir de una mala situación, etc. Estas historias son muy comunes. De hecho, son indicaciones verdaderas de la obra del santo ángel, y son muy buenas. Pero cuando hablamos de aprender a estar abiertos a los santos ángeles, sería un grave error pensar que estamos interesados ​​en descubrir formas de aprender a ser iluminados por el santo ángel, para que pueda ayudarnos con más frecuencia, en estos asuntos tan mundanos. Nuestro objetivo no es aprender a enseñarle a nuestro ángel trucos ingeniosos, ni cómo puede ayudarnos constantemente a encontrar objetos perdidos. La docilidad de la que hablamos va mucho más allá de las pequeñas preocupaciones de nuestra existencia diaria.

Dicho esto, podemos considerar cómo podemos ser dóciles al ángel. El primer punto importante es que, considerando el concepto de instrumentalidad, un artista generalmente usa un instrumento de acuerdo con la naturaleza propia del instrumento. El hombre es una criatura racional, por esta razón Dios quiere usarnos como una criatura racional. Nuestra cooperación requiere del uso de nuestra razón. El pecado, especialmente el pecado de las adicciones, en cierta medida priva al hombre del libre uso de la razón. Así, el hombre se rige no por la razón, sino por sus pasiones irracionales, con lo cual, la persona se vuelve menos capaz de ser un instrumento de Dios. Esto corresponde con la observación hecha por Santo Tomás, en cuanto a que entre menos el alma esté controlada por los sentidos, más abierta estará a las inspiraciones de los ángeles.

Relacionado con esto, el Beato Pedro Fabro enseñó que el vicio, particularmente el comer o beber en exceso, apaga a la persona de las inspiraciones de los ángeles buenos y los deja abiertos a la influencia de los ángeles malos. Es por eso que él personalmente decidió «ser muy moderado al comer y beber y en toda su actividad externa… dándose cuenta de que es muy importante que los espíritus malignos pierdan su capacidad de morar en su cuerpo e influir en su alma, ya que no pueden encontrar allí un corazón atontado por la comida y la bebida”.

Doctrina de la iluminación

Habiendo hecho esas observaciones preliminares, es útil considerar la forma en que los ángeles pueden iluminar al hombre. Santo Tomás enseña lo siguiente: El intelecto humano no puede comprender la verdad universal en sí misma revelada; porque su naturaleza requiere entender, recurriendo a los fantasmas (imágenes). Entonces los ángeles proponen la verdad inteligible a los hombres, bajo las similitudes de las cosas sensibles. De acuerdo con lo que Dionisio dice, «es imposible que el rayo divino brille sobre nosotros de una forma distinta, a la de estar envuelta por la variedad de velos sagrados». Por otro lado, el intelecto humano al ser inferior, es fortalecido por la acción del intelecto angélico. Y de estas dos maneras el hombre es iluminado por un ángel.

Santo Tomás indica dos cosas que el ángel hace para iluminar la mente del hombre: 1) Ellos tienen que fortalecer el intelecto del hombre y 2) Ellos necesitan proponer la verdad bajo la similitud de las cosas sensibles.

Con respecto al primer punto, el intelecto del hombre se fortalece por la acción del intelecto angélico. Esto se puede experimentar en un sinnúmero de distintos grados. Un místico francés describe este fenómeno en los siguientes términos: Cuando el alma está en completa sintonía con los ángeles, experimenta, por así decirlo, un aumento de sus facultades. Un astrónomo cuando mira a través de un telescopio descubre horizontes que su vista, sin ayuda, no puede alcanzar. El efecto producido en el alma es más o menos análogo a lo expresado anteriormente, cuando a través del contacto espiritual que le une al ángel, experimenta una repentina extensión de su mente y su amor.

El fortalecimiento de nuestra mente puede ocurrir de muchas maneras sutiles o no tan sutiles. Por ejemplo, sucede que vemos u oímos algo miles de veces y luego, de repente, a la milésima vez, le vemos como si nunca antes le hubiéramos visto. De pronto, hay una claridad que nunca antes había estado allí, y nos habla exactamente de lo que necesitamos saber en ese momento. Puede ser que de repente tengamos una nueva visión del significado de un pasaje de la Escritura, o la importancia de un evento en nuestras vidas nos lleve a una conversión más profunda.

Un ejemplo de esto es la historia de Whittiker Chambers. Era un comunista ateo. Un día, en la mesa del desayuno, levantó la vista del periódico de la mañana y su mirada cayó sobre la oreja de su pequeña hija. En un instante supo con certeza que tenía que haber un Dios Creador para que el oído existiera. Su vida entera cambió en aquel espontaneo e inesperado momento por un instante de comprensión. Ese es un ejemplo dramático de la forma en que el ángel puede fortalecer la mente para captar con claridad la verdad. Hay muchos otros ejemplos menos dramáticos de esto que nos ocurren todos los días.

El segundo punto importante de Santo Tomás, es que el ángel no puede comunicarse con nosotros a través de las especies inteligibles universales, de la manera como se comunican entre sí. Nuestro conocimiento se adquiere a través de los objetos particulares accesibles a nuestros sentidos. Deben, por lo tanto, iluminarnos de acuerdo con ese modo sensible. Esto significa que se comunican a través de imágenes. Hay múltiples ejemplos del uso de imágenes para la revelación, a lo largo de las Sagradas Escrituras. De hecho, la Biblia está ampliamente compuesta de símbolos e imágenes, cada una de las cuales tiene  gran profundidad de significado. Como dice el refrán: una imagen vale más que mil palabras. El conocimiento angélico es mucho más universal que nuestro conocimiento. Esta es la razón por la cual los ángeles usan imágenes, ya que las imágenes o los símbolos nos proporcionan la mejor forma de adaptabilidad a nuestra capacidad de saber comunicar un concepto universal.

Tomemos, por ejemplo, al azar, el pasaje del profeta Jeremías donde nuestro Señor le ordena al profeta que baje a la casa del alfarero para verlo hacer ollas. El profeta observa y ve que el alfarero a veces hace una buena olla. Pero cuando la vasija no toma la forma correcta, el alfarero comienza de nuevo, destruyendo lo que salió mal. De esto, el profeta aprende una lección para Israel, pero está destinado a ser algo mucho más grande que eso. En lugar de explicar simplemente en términos evidentes lo que Dios pretendía hacer con Israel, y cuando lo haría, él presentó la imagen del alfarero. Esta imagen contiene muchos niveles de significado que aplican no solo a la situación histórica transitoria del profeta.

Los ángeles nos enseñan a través de las imágenes de la Sagrada Escritura, o de los signos externos de los sacramentos, para elevar nuestras mentes al conocimiento de la verdad. Pero, de nuevo, el ángel no se limita a estos símbolos sagrados. Hay miles de cosas que llaman nuestra atención a lo largo del día. Esto produce un flujo interminable de imágenes sensoriales; a los santos ángeles les gustaría arrojar los insanos e inútiles a un segundo plano, y enfatizar en aquellos que son más refinados, correctos y saludables. El ángel puede combinar varias imágenes almacenadas en nuestra imaginación, para llegar a una nueva visión. Quiere reforzar las imágenes útiles para hacerlas más claras y nobles. Mientras que el diablo quiere hacer todo lo contrario.

Todo esto ocurre dentro del dominio de nuestro libre albedrío. No somos instrumentos ciegos, como dejamos en claro anteriormente. Debemos cooperar con este proceso. Primero hacemos esto protegiendo nuestras mentes de las imágenes falsas y peligrosas: las imágenes que alimentan nuestras tendencias pecaminosas y las preocupaciones mundanas. Es por nuestra propia mediación y reflexión que estamos dispuestos a recibir esta ayuda de los ángeles. San Pablo dio la siguiente exhortación:

“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad» (Filipenses 4, 8). Esto, en pocas palabras, es una de las formas fundamentales para ser dóciles a los santos ángeles. Piensa en esas cosas y libera tu mente de las otras cosas que no son bonitas, bondadosas ni excelentes. 

Última palabra de advertencia

En conclusión, San Pedro nos da una directriz importante:

“… tengan presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.» (2 P 1,20-21). Por esta razón, en la prudencia y en la fe, tenemos el deber de someter todos nuestros pensamientos e inspiraciones al Magisterio de la Iglesia y a las reglas de la santa prudencia, y cuando corresponda, a un director espiritual o confesor. Esto evitará que seamos engañados o que seamos víctimas de las tonterías que pueden venir de nuestro propio espíritu humano o del espíritu caído. Una característica segura de los santos ángeles es que cuando guían e inspiran quieren anclarnos más firmemente en la Iglesia y hacer que actuemos de acuerdo con las virtudes. Así, pueden usar una imagen o un símbolo, y esto tiene la intención de llevarnos a una comprensión más profunda, que podemos verificar mediante la doctrina de la Iglesia o consultando a nuestro director espiritual o a una fuente confiable. Cuando el diablo usa símbolos, es para halagar al ego y hacer que el hombre rinda su razón, para que ya no actúe de acuerdo con la prudencia y la fe. El diablo comienza con cosas piadosas, pero por medio de ellas gradualmente aleja el alma de Dios. Este fenómeno se puede verificar en el hecho de que tales almas pierden cada vez más su docilidad ante la autoridad de la Iglesia, en sus confesores y directores. Esto, sin embargo, toca al tema del discernimiento de espíritus, que esperamos tratar con mayor detenimiento en una conferencia posterior.

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CC32 Silencio y soledad

Silencio y Soledad

Seis rasgos básicos para la colaboración con los Santos Ángeles

Cum Sanctis Angelis ~ En comunión con los Santos Ángeles

El Silencio

En primer lugar, María siempre estuvo en silencio, descansando interiormente en Dios y buscando solo ser llenada por Él. Era una mujer de pocas palabras, pero sus palabras estaban llenas de significado y esperanza. Si estamos llenos del ruido de la vida cotidiana (radio, televisión, internet, videojuegos), nunca estaremos abiertos a Dios o al ángel. Si disfrutamos de la murmuración o de vaciarnos de  nosotros mismos a través de demasiada habladuría, nunca tendremos la capacidad de permanecer en recogimiento interior para Dios.

La práctica del Silencio y la Soledad

No se acomoden al mundo presente. Por el contrario, transfórmense interiormente por la renovación de su mente, a fin de que puedan discernir cuál es la Voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12, 2).

I. Introducción

Necesitamos, especialmente en nuestra época, encontrar una respuesta práctica y efectiva a las palabras de San Pablo, no solo porque hacer la voluntad de Dios es la clave de la santidad, sino también, y sobre todo, porque nuestra época es muy mala.

Ahora, para dar una respuesta a este desafío que hace San Pablo, podemos comenzar con una historia contada sobre Abba Arsensius. Él era un senador romano bien educado, que también trabajó como tutor de los príncipes del emperador romano Teodosio. Hasta que finalmente, se sintió insatisfecho con su vida en Roma y, mientras aún vivía en el palacio, oró a Dios con estas palabras: «Señor, guíame por el camino de la salvación». Y entonces oyó una voz que le decía: «Arsenio, huye del mundo y serás salvo». Y así, navegando en secreto desde Roma hacia Alejandría, Egipto, y después de haber comenzado a vivir una vida de soledad en el desierto, oró nuevamente: «Señor, guíame por el camino de la salvación». Y nuevamente escuchó una voz que decía: «Arsenio, huye, guarda silencio, ora siempre, porque estas son las fuentes de la impecabilidad».

Las palabras huye, calla y ora, nos indican las tres formas en que podemos evitar que el mundo pecador nos forme a su imagen. Ahora ya hemos discutido la importancia y la necesidad de la oración en una conferencia previa. Así que hoy, queremos concentrarnos en lo que significa huir y guardar silencio. En otras palabras, queremos profundizar en el significado y la importancia de la soledad y el silencio y su papel en la vida espiritual.

Soledad y Silencio

II. LA SOLEDAD

Primero que todo, la soledad. Porque la soledad es el objetivo de todos los que huyen del mundo, y está estrechamente relacionado con la práctica del silencio. De hecho, podemos decir que la soledad es la condición indispensable para el silencio. En otras palabras, sin pasar al menos un tiempo en soledad, no podremos crecer en la práctica del silencio. Como se explica en la Imitación de Cristo, «A menos que te guste la soledad, no es seguro que aparezcas en público» (Bk I, cap. 20). 

Debemos, entonces, tratar de desarrollar un amor por la soledad y un amor por estar a solas con Dios. Por lo tanto, es desafortunado que tanta gente vea la soledad solo en términos negativos, casi como una especie de castigo. Por ejemplo, el solitario confinamiento en prisión, es visto como una de las peores cosas que le pueden pasar a una persona. Sin embargo muchos sacerdotes que pasaron años bajo solitario confinamiento en prisiones comunistas, detrás de la cortina de hierro, luego confesaron que ese fue el período más rico y bendecido de sus vidas espirituales.

La soledad, sin embargo, debe ser vista como una amiga, como una compañera, y como el medio precioso por el cual podemos encontrar a Dios y escuchar su voz. Los Padres de la Iglesia, por esta razón, han sido fuertes y claros en su alabanza a la soledad. Por ejemplo, San Jerónimo escribe: «¡Oh desierto que nutre las flores de Cristo! ¡Oh soledad que produce las rocas firmes con las que se construye la ciudad del Gran Rey! ¡Oh aridez, que te regocijas en la familiaridad con Dios!». San Basilio dice de la soledad: «Una vida solitaria es la escuela en la que se aprende la doctrina celestial y se da una preparación para la práctica de las artes divinas. Es un paraíso de delicias del que emana el perfume de la virtud. Porque allí están las rosas de la caridad, envueltas en una llama carmesí y no hay chubasco repentino que pueda destruir las violetas de la humildad. Allí la mirra de la perfecta mortificación, se dispersa y el incienso de la oración constante, pende fuertemente en el aire». Y si esto no fuese suficiente alabanza, agrega: «Oh taller de ejercicio espiritual, en el que el alma humana reconstruye en sí misma la imagen de su Creador y vuelve a su pureza original».

Finalmente, San Bernardo aconseja: «Si estás preparando el oído del espíritu para la voz de Dios, una voz más dulce que la miel y el panal, huye de las preocupaciones externas; de modo que cuando tu sentido interno esté desenredado y libre, puedas decir con el profeta Samuel: «Habla Señor, que tu siervo escucha» (1 Reyes 3,10). Pues la voz de Dios no habla en medio del alboroto del mundo, ni se escucha en ninguna reunión pública. Más bien, el secreto consejo busca ser escuchado también en lo íntimo. Por lo tanto, la felicidad nos será dada si escuchamos a Dios en soledad». 

Por todo esto, podemos decir que la soledad debe verse bajo una luz positiva y no negativa. Deberíamos sentirnos como el salmista que escribió: «Oh, si tuviera las alas de una paloma, volaría lejos y estaría en reposo». (Salmo 55, 7). Sin embargo, hacer el esfuerzo de buscar y encontrar la soledad puede requerir un gran sacrificio de nuestra parte. «Pues así como se le ordenó a Abraham que abandonara su propio país, para que mereciera contemplar y poseer la Tierra Prometida», y como también señala San Bernardo, «debemos igualmente, en cierto sentido, huir de nuestros amigos, familiares y vecinos, si queremos ser salvos en la soledad». 

La importancia, entonces, de encontrar al menos algo de soledad, especialmente en nuestros ocupados tiempos, no puede ser subestimada. Pues nuestra salvación bien puede depender de ella. «Porque nuestra sociedad no es una comunidad que irradie el amor de Cristo, por el contrario, es una red peligrosa de dominación y manipulación en la que fácilmente podemos enredarnos y perder nuestra alma«. Por lo tanto, la pregunta básica que debemos hacernos es, «si nos hemos vuelto ciegos ante nuestro peligroso estado y hemos perdido el poder y la motivación para nadar por nuestras vidas» a las orillas de la soledad.

Por eso, siempre debemos tener en cuenta las palabras de San Agustín, quien una vez escribió: «si amas al mundo, él te absorberá, porque el mundo no sabe cómo apoyar, sino solo cómo devorar a sus admiradores». Por esta razón, cada uno de nosotros debemos encontrar nuestra propia montaña o desierto donde podamos retirarnos a la paz del silencio y la soledad. Cristo mismo les dijo a sus apóstoles y discípulos que oraran en la soledad de su habitación,  «váyanse solos a un lugar desierto y descansen un poco» (Mc 6, 31). 

Debemos, entonces, en nuestra rutina diaria, sacar el tiempo para retirarnos a un lugar en soledad, incluso si es sólo en nuestro corazón. San Francisco de Sales, en su Introducción a la vida devota, señala: «Del mismo modo que las aves tienen sus nidos en los árboles, a los que se retiran ocasionalmente; y los ciervos tienen arbustos y matorrales, en los que se ocultan, también deberíamos elegir un lugar para disfrutar de la sombra fresca en el calor del verano», y enfatiza «todos los días, ya sea en el Monte Calvario, o en las heridas de nuestro Señor, o en algún otro lugar cerca de él, como en un retiro, en el que ocasionalmente podemos hacer un alto para refrescarnos y recrearnos en medio de nuestras ocupaciones exteriores; allí, como en una fortaleza, defendernos de la tentación». Además de esto, agrega que deberíamos «retirarnos ocasionalmente en la soledad de nuestro corazón, mientras que externamente nos involucramos en negocios o conversaciones». Ahora, esta práctica de retirarse a nuestro corazón para encontrar la soledad es una receta secreta para la paz del alma. Y puede usarse en cualquier momento y en cualquier lugar. San Francisco señala aquí que cuando «los padres de Santa Catalina de Siena la privaron de la oportunidad de un lugar y tiempo libre para rezar y meditar, nuestro Señor la dirigió, por sus inspiraciones, a hacer un pequeño oratorio dentro de su alma, en el que, retirándose mentalmente, podría, en medio de sus ocupaciones exteriores, disfrutar del espíritu de una santa soledad» (Bk II, cap. 12). También nosotros, como Santa Catalina de Siena, podemos encerrarnos en nuestra propia «celda interior», cuando no podemos encontrar la soledad física.  

Entonces, podemos decir que el valor de la soledad no tiene precio. Para quien la halla, encuentra la vida, la paz y la alegría del Espíritu Santo. Y esto explica, como se señala en la Imitación de Cristo, de por qué «los grandes santos evitaron la compañía de los hombres del mundo tanto como les fue posible. Pues preferían estar a solas con Dios». Como dijo un hombre, «tan frecuente como haya estado entre hombres, así he vuelto menos hombre» (Bk. I, cap. 20). 

Un buen ejemplo que prueba la verdad de esta observación es la vida y la historia de la Orden Cartuja. Los cartujos son una orden de monjes ermitaños que viven en perpetuo silencio y soledad. Fueron fundados en Grenoble, Francia, por San Bruno en 1084. Sin embargo, hasta el día de hoy, nunca han tenido que ser reformados. Sorprendentemente, han conservado su fervor original. De hecho, son la única orden monástica en la historia de la Iglesia «en preservar fielmente el verdadero ideal monástico en toda su perfección, durante siglos, en los que las otras órdenes cayeron en decadencia. Y el hecho de que los cartujos nunca han necesitado una reforma, ha sido tan duradera que se volvió proverbial: «Cartusia numquam reformata quia numquam deformata», que significa en español, «los cartujos nunca han sido reformados porque nunca han sido deformados».

III. El Silencio

Suficiente con la soledad. Ahora discutamos acerca del silencio. Se ha dicho que el silencio no sólo «completa e intensifica la soledad», sino que también es la «forma de hacer realidad la soledad». En otras palabras, podemos decir que el silencio «es la soledad puesta en acción«.

De principio a fin, la Biblia alaba la virtud del silencio. El libro de Proverbios, por ejemplo, no sólo nos dice que “Donde abundan las palabras no falta el pecado; más el que refrena sus labios es prudente” (Prov. 10,19), sino también que “Aún el necio, si calla, puede pasar por sabio y por inteligente, si cierra sus labios”. (Prov 17:28). Sin embargo, es en el Nuevo Testamento donde la doctrina del silencio y el control al hablar se desarrolla más plenamente. El apóstol Santiago  llega al extremo de decir  “Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende con palabras, es un varón perfecto, porque es capaz de dominar todo el cuerpo.» (Sant 3,2). Y Cristo mismo nos da una aterradora advertencia cuando nos dice: “Pero Yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.» (Mt 12,36-37).    

El silencio, por lo tanto, siempre ha sido altamente apreciado por los santos. Una vez le preguntaron a la Madre Teresa, «Madre, qué considera como lo más importante en el entrenamiento de sus hermanas?» Y ella respondió: «El silencio. El silencio interior y exterior. El silencio es esencial en una casa religiosa. El silencio de la humildad, de la caridad, el silencio de los ojos, de los oídos, de la lengua. No hay vida de oración sin silencio». Y luego, en otro momento, Madre Teresa amplió su filosofía del silencio, «necesitamos encontrar a Dios, y no se lo puede encontrar en el ruido y la inquietud. Vea cómo la naturaleza, los árboles, las flores y la hierba crecen en perfecto silencio». Finalmente, agregó, que sin lugar a dudas «Dios es amigo del silencio. Su lenguaje es el silencio. Y él requiere que estemos en silencio para descubrirlo. Necesitamos, por lo tanto, silencio para estar a solas con Dios, para hablar con él, escucharle y para reflexionar sobre sus palabras en lo profundo de nuestros corazones. Necesitamos estar a solas con Dios en silencio, para renovarnos y transformarnos. Porque el silencio puede darnos una nueva perspectiva de la vida. En el estamos llenos de la gracia de Dios, lo que nos hace hacer todas las cosas con alegría».

Ahora bien, si Dios es amigo del silencio, como nos dice la Madre Teresa, entonces el diablo debe ser amigo del ruido. CS Lewis en Cartas del diablo a su sobrino, pone algunas palabras en la boca del diablo que revelan esta verdad con más fuerza que toda una biblioteca. Esto es lo que dice el diablo: «Música y silencio, ¡Cómo los detesto a los dos! ¡Qué agradecidos deberíamos estar desde que nuestro padre (que es Lucifer) entró al infierno, ni un milímetro de espacio o de tiempo infernal ha sido entregado a ninguna de esas abominables fuerzas, ya que todo ha sido ocupado por el Ruido: el ruido, el gran dinamismo, la expresión audible de todo lo que es exultante, despiadado y viril; el ruido, que en sí mismo nos defiende de preocupaciones, miserables escrúpulos y deseos imposibles. Al final haremos que todo el universo sea ruido. Ya hemos hecho grandes avances en esta dirección, en lo que respecta a la tierra. Las melodías y el silencio del cielo, al final serán apagados».  

Esta descripción, aunque ficticia, es bastante precisa. Pues el diablo ha sido extraordinariamente exitoso en hacer ruido y en esparcirlo sobre la faz de la tierra. Es prácticamente imposible experimentar un momento de pleno silencio, en alguna ciudad moderna, un momento en el que el aire esté libre del ruido incesante que parece asaltar nuestros sentidos por todos lados. No podemos caminar por las calles sin escuchar el ruido ensordecedor de camiones, motocicletas y equipos de construcción. Y es prácticamente imposible vivir en paz en un edificio de apartamentos debido al estruendo constante de televisores, radios y equipos de sonido. No es de extrañar, entonces, que las enfermedades mentales y el suicidio, estén en aumento.

Las personas necesitan silencio y soledad para descansar en la paz de Cristo, para recuperar su equilibrio psicológico y espiritual, para pensar, meditar, planificar, contemplar los misterios de Dios y la riqueza de la fe. Pero sólo unos pocos individuos afortunados pueden tener algo de esto, pues la mayoría de los hombres y mujeres son atacados día y noche por el ensordecedor ruido demoníaco.

El Papa Pablo VI puso el dedo en la llaga: «La conmoción, el estruendo, la actividad febril, la apariencia externa y la multitud, amenazan la conciencia interior del hombre. Y por ello carece de la voz genuina del silencio, que le habla en las profundidades de su ser: le falta orden, oración, le falta paz, falta a sí mismo”.

Por esta razón, el Papa Pablo VI recomendó que volviéramos al silencio de Nazaret y a la Sagrada Familia. «Si tan solo pudiéramos apreciar nuevamente su gran valor», enfatizó. Porque «necesitamos este maravilloso estado mental, acosados ​​como estamos por la cacofonía de protestas estridentes y reclamos conflictivos tan característicos de estos tiempos turbulentos. El silencio de Nazaret debería enseñarnos a meditar en paz y tranquilidad, a reflexionar sobre lo profundamente espiritual, a estar abiertos a la voz de la sabiduría interna de Dios; al valor del estudio y la preparación, de la meditación, de una vida espiritual personal bien ordenada y de la oración silenciosa que sólo Dios conoce».

El Papa Juan Pablo II, siguiendo esta misma línea de pensamiento, ha recomendado que tomemos a María y San José como ejemplo en la vida silenciosa. «El silencio de María«, afirmó, «no es solo moderación al hablar, sino que es especialmente una sabia capacidad para recordar y abrazar con una sola mirada de fe, el misterio de la Palabra hecha hombre y los acontecimientos de esta vida terrenal. Es Este silencio de aceptación de la Palabra«, enfatizó, «Esta capacidad de meditar en el misterio de Cristo, María la transmite a los creyentes. Y en un mundo ruidoso lleno de mensajes de todo tipo, su testimonio nos permite apreciar un silencio espiritualmente rico y fomentar un espíritu contemplativo».

Mientras que San José, por otro lado, dice el Papa, «se nos presenta como un testimonio incomparable de ese silencio contemplativo, lleno de esa escucha de la palabra de Dios, que emana de los Evangelios, como la atmósfera característica de la casa de Nazaret. El silencio de San José (debe notarse) fue un silencio activo, que acompañó su trabajo diario al servicio de la Sagrada Familia». Siguiendo el ejemplo de San José, entonces, «todos los creyentes», instó el Papa, «deberían tener en su propia vida una profunda armonía entre la oración y el trabajo, entre la meditación de la Palabra de Dios y sus ocupaciones diarias».

Ahora, una gran dificultad que muchas personas tienen cuando se trata de practicar el silencio, es que a menudo la superan con el deseo de quejarse. Pero esta actitud no es agradable a Cristo, que «se calló y no abrió la boca» cuando fue insultado y tratado injustamente. Porque Cristo sufrió por nosotros, como nos dice San Pedro, y nos dejó un ejemplo a seguir. «Y cuando fue insultado, no devolvió ningún insulto. Y cuando lo hicieron sufrir, no respondió con amenazas» (1 Pt. 2,21). 

San Juan de la Cruz hace una declaración muy fuerte sobre las quejas. Afirma que «cualquiera que se queje o refunfuñe no es perfecto ni es un buen cristiano». Nunca deberíamos quejarnos, no sólo ante los demás, o sobre los demás, sino que tampoco deberíamos quejarnos ante Dios. Nuestra respuesta ante el mal y el sufrimiento debe ser una aceptación silenciosa y no un cuestionamiento furioso. Porque hay silencio incluso en el cielo (véase Apocalipsis 8,1). 

Debemos ser conscientes, por lo tanto, de lo inútil que es quejarse ante Dios o sobre Dios. Como señala San Juan, «al darnos a su Hijo, su única Palabra, nos habló todo de una vez, en esta única Palabra, y no tiene más que decir … pues lo que antes habló por partes a los profetas, ahora lo ha dicho todo de una vez, dándonoslo Todo en Aquel que es su Hijo. Cualquier persona que cuestione a Dios o desee una visión o revelación sería culpable no solo de un comportamiento tonto sino también de ofenderlo, al no fijar sus ojos completamente en Cristo.

Ahora, es importante tener en cuenta, que practicar la virtud del silencio no significa que tengamos que estar constantemente callados y nunca decir nada. Nada podría estar más lejos de la verdad. Pues existe un silencio secular, por ejemplo, al darle a alguien el «tratamiento silencioso». Para practicar la virtud del silencio, entonces, debemos saber cuándo hablar, a quién hablarle y la forma correcta de hacerlo.

Las Cartas de San Pablo contienen muchos consejos útiles sobre este tema, e incluso podrían llamarse una especie de «resumen» sobre cómo hablar. En la carta a los filipenses, escribe que no solo debemos «actuar sin quejarnos ni discutir» (Filipenses 2,15), sino que debemos hablar únicamente de «todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza» (Filipenses 4, 8). Y en su carta a los Efesios, dice «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, al contrario, que sus palabras sean siempre buenas para la necesaria edificación, y hagan bien a aquellos que las escuchan» (Ef 4,29). Y luego agrega: «ni palabras deshonestas, ni necedades, ni bromas groseras: todo esto está fuera de lugar. Lo que deben hacer es dar gracias a Dios» (Ef 5, 4).    

Los Salmos también nos pueden enseñar a hablar de manera cristiana. El Salmo 34 nos dice: «Quien ama la vida y desea gozar de días felices, guarde su lengua del mal y sus labios de palabras mentirosas«. Y el Salmo 55 nos advierte del alto precio de la mentira: «los hombres sanguinarios y traidores no llegarán ni a la mitad de sus días«.

Por lo tanto, siempre debemos tener en cuenta que el silencio no es un fin en sí mismo, sino simplemente un medio para un fin, y es muy efectivo. El propósito principal del silencio es ayudarnos a crecer en el amor y el conocimiento de Cristo. Con lo cual, todas nuestras conversaciones deben ser selectivas, y a veces debemos sacrificar nuestro deseo de hablar con otros, si esta es la voluntad de Dios.

No sólo eso, sino que también debemos practicar el silencio cuando hablamos con los demás. Hacemos esto permitiendo que la otra persona hable y escuche cortésmente. «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar,…», como nos dice Santiago (Sant 1,19). En otras palabras, primero debemos pensar y luego hablar. El beato Giles el franciscano dice sobre este punto: «deberíamos tener en los labios un candado, para que nuestras palabras fueran lejos antes de que salieran de nuestra boca». 

IV. Conclusión

Por supuesto, para practicar todo esto, se requiere una gran humildad. Para vivir una vida «escondida con Cristo» (Col 3, 3) se requiere la crucifixión del ego. San Benito era muy consciente de este factor. Y es por eso que señala en su Regla, que el silencio es inseparable de la humildad. Es decir, no puedes tener uno sin el otro.

No podemos vivir una vida de silencio, soledad, humildad y oración, excepto con la gracia de Dios e imitando a María, la Mujer del Silencio, como al Papa le gusta llamarla. Porque todas las gracias fluyen de sus manos. Así que hoy, solicitemos a la Santísima Madre, la Reina de la Paz, la luz y la fuerza que necesitamos para reflexionar sosegadamente en la palabra de Dios, en el silencio y la soledad de nuestros corazones.

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Santidad y Misión

El papa Juan Pablo II escribió una vez: «El llamado universal a la santidad está estrechamente relacionado con el llamado universal a la misión. Cada uno de los fieles está llamado a la santidad y a la misión» (Redemptoris Missio, en adelante, RM-90). La verdadera santidad se funda en la fe en Jesucristo y se perfecciona en el amor que proviene únicamente de la gracia de Jesucristo. La fe abre nuestros ojos para ver «cuán rica es la gloria de la herencia que Dios ofrece entre su pueblo santo, y la extraordinaria grandeza del poder con que Él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza” (Ef 1, 18-20). Al mismo tiempo, nos ayuda a reconocer la miseria espiritual de innumerables millones de personas que no tienen noción del «tesoro insondable de Cristo» (cf. Ef 3, 8) y la gran dignidad a la que están llamados. Una fe completamente desarrollada, experimenta el deseo de ser comunicada a los demás, como escribió el papa Juan Pablo II: «Compartir la misión universal… es el signo de la madurez en la fe y de una vida cristiana que da fruto. De esta manera, cada creyente amplía el alcance de su caridad y muestra preocupación tanto por los que  están lejos, como por los que están cerca» (RM 77). La fe es un talento que nos ha sido confiado; Dios espera que también lo invirtamos para el beneficio de los demás. Es decir, la fe debe dar frutos de caridad y servicio. Sabemos que al que mucho se le da, mucho se le exigirá.

En este sentido, el Santo Padre exhortó a los fieles: La misión de la Iglesia se deriva no solo del mandato del Señor, sino también de las profundas demandas de la vida de Dios dentro de nosotros. Los que están incorporados a la Iglesia católica, deben sentirse privilegiados y por esa misma razón, su mayor obligación es dar testimonio de la fe y de la vida cristiana, como un servicio a sus hermanos y hermanas y como una respuesta adecuada a Dios. (RM 11)

¿Qué es la misión?

La naturaleza de la misión se entiende correctamente sólo a la luz de su verdadero objetivo. Hay muchos elementos accidentales que comúnmente se pueden asociar con la misión, como abandonar la patria por predicar el Evangelio en tierras extranjeras, o ayudar a las personas en un nivel natural a vivir una vida más digna. Pero como escribió el papa Juan Pablo II: «El objetivo final de la misión, es permitir que las personas compartan la comunión que existe entre el Padre y el Hijo» (RM 23). La misión de Jesucristo, el Hijo eterno, consistió en unir a los hombres al Padre. Entró en este mundo en aras de establecer el camino, la única y verdadera puerta que conduce a Dios Padre. La sagrada humanidad de Cristo, la Iglesia que es su cuerpo místico, y los sacramentos, que son los instrumentos de esa misma sagrada humanidad, ofrecen al mundo el único acceso posible al Padre. Cada misión dentro de la Iglesia tiene la misma finalidad y utiliza los mismos medios. «Porque en ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos» (Hechos 4,12).

Los santos Ángeles, son «Misioneros» de Dios, son «enviados» para cumplir la voluntad de Dios en el mundo, participan en esta misma misión. El medio que emplean en su tarea, de llevar a los hombres a compartir la vida divina, es siempre la gracia de Jesucristo, la Palabra Encarnada. “Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen porque fueron creados por Él y para Él. (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: «¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?» (Hebreos 1,14) “(CIC 331).  Nunca debemos olvidar que la meta a la que Dios llama a todos los hombres es sobrenatural, y que el único medio proporcionado para ese fin son los medios sobrenaturales ofrecidos por Jesucristo y su Iglesia. La bondad natural y la virtud no son suficientes para lograr ese objetivo. Si bien es cierto que el Espíritu Santo está trabajando para llevar la gracia de Jesucristo a las personas de todas las tradiciones religiosas, no se puede pasar por alto, que estas tradiciones por si mismas, no solo no pueden salvar, sino que a menudo contienen ciertos elementos que constituyen un obstáculo a la salvación en la medida en que dependen de supersticiones u otros errores (cf. 1 Cor 10, 20-21; Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus 21). Es por esta razón que la Iglesia enseña,  que los seguidores de otras religiones están hablando objetivamente en una «situación gravemente deficiente» en comparación con aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios de salvación (cf. Dominus Iesus 22). Como Cristo es el único mediador de la salvación, la caridad insta a la Iglesia y a todos sus miembros en su tarea de traer a Cristo, la luz, al mundo. Es esta misión absolutamente exclusiva de Cristo la que llevó a san Pablo a exclamar: «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1 Cor. 9,16).

Fundamento de la actividad misionera

Como el objetivo de toda misión es llevar a los hombres a una comunión de vida y amor con Dios, el papa Juan Pablo II escribió: «La cooperación misionera está arraigada y se vive, sobre todo, en una unión personal con Cristo. Solo si estamos unidos a él como las ramas de la vid (cf. Jn 15, 5) podemos producir buenos frutos» (RM 77). En primer lugar, debemos vivir en unión con Cristo a través del amor como piedras vivas de construcción de la Iglesia, y de este modo convertirnos en el «sacramento y el signo [es decir, un instrumento eficaz] de unión con Dios y la unidad de todos los hombres» (Vaticano II, Lumen Gentium 1). Es ante todo a través del testimonio de una vida santa que cada cristiano participa en la misión de la Iglesia. Lo contrario se expresa en las palabras de Ralph Waldo Emerson: «Lo que tú haces habla tan fuerte que no me deja escuchar lo que dices». Es a través de nuestro amor mutuo que podemos darle al mundo una prueba convincente del hecho de que el Padre envió al Hijo al mundo (cf. Jn 17, 21-23). San Francisco de Asís dijo una vez: «predica el Evangelio en todo momento, pero solo usa palabras si es necesario».

Dicho esto, es necesario afirmar que el verdadero espíritu misionero debe extenderse más allá de los límites de la propia patria y el entorno inmediato. Participa en la voluntad universal de Dios para la salvación que no está restringida a un área o una sola nación. El Papa Juan Pablo II enseñó la necesidad de superar la fuerte tentación al aislamiento, que no ve las necesidades de la Iglesia universal y que cede ante una forma de provincialismo o exclusividad (cf. RM 85). Incluso cuando uno no puede abandonar su tierra natal, es importante dedicarse a la difusión universal del Evangelio de cualquier manera posible. 

Crisis en el celo misionero

Durante los últimos años se ha visto una disminución drástica, en el celo misionero entre muchos miembros de la Iglesia Católica. Este declive no es solo en el área de las vocaciones a las comunidades religiosas misioneras, sino también en la preocupación general de los fieles laicos al orar y apoyar las actividades misioneras de la Iglesia. Hay varias razones para esta disminución en el celo misionero. 

Una de las razones más importantes, es un falso sentido de confianza en la misericordia de Dios, que tiene efectos perjudiciales no solo en el celo misionero, sino también en la lucha personal por la santidad. Muchos hoy creen que la obtención del cielo es segura para todos, o al menos, que ello requiere tan solo un poco de bondad común del corazón. Sustentándose sobre la noción de que Dios es tan misericordioso que nunca enviaría a nadie a un castigo eterno, se cree que con poco o ningún esfuerzo, todos los hombres entrarán en la visión eterna de Dios, sin importar si son fieles o fervientes en su práctica de la fe cristiana. 

Es cierto que Jesucristo ha revelado la infinita misericordia de Dios a través de su predicación, y aún más, a través de su disposición a sufrir y morir por nuestros pecados. Sin embargo, al mismo tiempo dejó en claro, que el camino hacia la salvación eterna no es fácil, como cuando dijo: «Entrad por la puerta estrecha; porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero ¡qué angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida!, y son pocos los que lo encuentran» (Mt 7, 13-14). Estas palabras tienen la intención de liberarnos de los efectos paralizantes de la presunción, estimularnos en nuestro propio camino personal de santidad y, al mismo tiempo, alentarnos a ayudar a otros a aceptar el camino que conduce a la vida. 

Cooperando activamente en las misiones

Pero, ¿cómo estamos llamados a ejercer nuestro celo misionero por Cristo? El papa Juan Pablo II comienza mencionando la importancia de la oración: «Entre las formas de compartir, el primer lugar lo tiene la cooperación espiritual a través de la oración, el sacrificio y el testimonio de la vida cristiana. La oración debe acompañar el viaje de los misioneros, para que la proclamación de la palabra sea efectiva por la gracia de Dios. En sus cartas, San Pablo a menudo pide a los fieles que recen por él para que pueda proclamar el Evangelio con confianza y convicción.» (RM 78)

El agente principal de toda la misión de la Iglesia es el Espíritu Santo que obra a través de quienes predican el Evangelio, así como en aquellos que escuchan la predicación del Evangelio. Pero Santo Tomás de Aquino enseña que «aunque el Espíritu Santo es el principio de todas las iluminaciones divinas, Dios obra estas gracias en los hombres por medio de los ángeles» (Summa Theo. II-II, 172, a. 2). Es útil darse cuenta de que no solo cada persona disfruta de la ayuda de su propio Ángel Guardián, sino que cada nación y grupo étnico tiene la ayuda de su propio ángel. Es de especial eficacia rezar a los ángeles de las naciones, para que se coopere con ellos en la preparación de los corazones de los hombres para la luz de Cristo. Cuando pensamos en las naciones que necesitan ayuda especial a este respecto, no debemos olvidar, aquellas naciones que alguna vez fueron fuertes en la fe pero que actualmente necesitan desesperadamente una nueva evangelización.

También podemos unir nuestras oraciones a los esfuerzos de aquellos dedicados a la predicación, para que puedan estar abiertos a la inspiración de los ángeles, para saber lo que hay que decir o hacer para la promoción del Evangelio. En Hechos de los Apóstoles se relata que durante la noche, Pablo tuvo una visión. Vio a un macedonio de pie, que le rogaba: “Ven a Macedonia y ayúdanos” (Hechos 16, 9). Es posible que Dios haya llamado a Pablo a través del ángel de Macedonia, que estaba pidiendo ayuda para llevar a Cristo a evangelizar a este pueblo.

Al hablar de los medios para cooperar con las misiones, el papa Juan Pablo II agrega: “La oración debe ir acompañada de sacrificio. El valor redentor del sufrimiento, aceptado y ofrecido a Dios con amor, deriva del sacrificio de Cristo mismo, que llama a los miembros de su cuerpo místico, a compartir sus sufrimientos para completarlos en su propia carne (cf. Col 1,24). El sacrificio de los misioneros debe ser compartido y acompañado por los sacrificios de todos los fieles.” (RM 78)

Entre los motivos para declarar a Santa Teresa de Lisieux patrona de las  misiones, el papa Pío XI mencionó su costumbre de ayudar a los misioneros “por quienes ofrecía a su divino Esposo Jesús sus oraciones, las penitencias ordinarias y de la regla y, sobre todo, los agudos dolores que le originaba su penosa enfermedad” (Rerum Ecclesiae 57). Ha agradado a Dios revelar el valor duradero de esta fe y generosidad de Santa Teresita al bendecir su misión de tal manera que continúe dejando caer una lluvia de rosas sobre todas las naciones de la tierra. El ardor con el que uno desea compartir la verdad con los demás, junto con la conciencia sobrenatural del valor de los sufrimientos unidos con el sacrificio de Cristo, lleva a los fieles a la generosidad al hacer sacrificios por los misioneros.

Además de la ayuda espiritual que se puede dar a las misiones, el papa Juan Pablo II menciona la importancia de ayudar materialmente: «Las necesidades materiales y financieras de las misiones son muchas: no solo para establecer la Iglesia con estructuras mínimas (capillas, escuelas para catequistas y seminaristas, vivienda), sino también para apoyar obras de caridad, educación y promoción humana (un vasto campo de acción especialmente en países pobres)». (RM 81)

Sucedió una vez que un misionero, que regresaba de Japón, en su camino hacia Roma, realizó una parada en Moscú. En ese momento Moscú era comunista. Sólo había una iglesia en la que podía ofrecer misa. Cuando terminó su acción de gracias después de la misa, una anciana rusa le tocó el hombro y le dijo en francés: «Escuché que vas a ir a Roma, te pido un inmenso favor, dale este paquete al Santo Padre, a quien amo mucho». Ella no quería que él abriera el paquete, pero considerando los estrictos controles fronterizos, él insistió en saber qué había en el paquete. Al abrirlo, vio que estaba lleno de dinero, una fortuna.

Miró a la mujer: era pobre, tenía ropa raída y era evidente que se encontraba en extrema necesidad. Entonces le dijo: «¡Necesitas este dinero para ti!» Ella respondió llorando: «Si no le llevas esto al Santo Padre, te pido que me mates, pues esto le ha dado sentido a mi vida. Durante años he economizado y ahorrado, sin comprar ciertas cosas, pero con gran alegría», pues pensé: soy hija de la Iglesia, soy hija del Santo Padre. Me he sentido físicamente separada de la comunión con mi Madre la Iglesia, pero al menos este dinero ayudará al trabajo de las misiones. Viví tantos años con la alegría de pensar en este momento. Cada renuncia fue una alegría. Por favor lleve este dinero al papa. Si no, quítame la vida».

Estas palabras nos recuerdan el Antiguo Testamento cuando Raquel le dijo a su esposo Jacob: «¡Dame hijos o moriré!» (Génesis 30, 1). El ardiente deseo de ser fructífero, especialmente en el nivel espiritual, es parte de la madurez de la fe.

Llamados a ser misioneros

Sin embargo, nuestra obligación de cooperar en la misión de Cristo no se cumple mediante la oración, el sacrificio y las donaciones financieras. Los cristianos están llamados no sólo a ayudar a los misioneros. Más bien, nosotros mismos debemos ser misioneros. La santidad cristiana exige el amor y la valentía para compartir nuestra fe con quienes nos rodean. Nuestras conversaciones, deben revelar que las verdades de nuestra fe están en el centro de nuestros corazones y principalmente en nuestros pensamientos. Es cierto que necesitamos discernimiento para saber cuándo y cómo hablar para ser testigos efectivos. Pero, sobre todo, necesitamos fe en el poder de la gracia de Dios, para alcanzar los corazones incluso de aquellos que parecen ser hostiles al Evangelio. Debemos aprender a ver que, más allá de un exterior endurecido, a menudo hay una profunda desesperación que con frecuencia gobierna los corazones de aquellos que no conocen a Cristo. Las palabras pronunciadas con amor y paciencia, plantan semillas que pueden tardar años en germinar y luego florecer. La perseverancia y la coherencia en nuestro testimonio de Jesucristo, es el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros compañeros de trabajo, colegas, amigos, conocidos y familiares. Las familias cristianas en particular, tienen la misión especial dentro de la Iglesia, de llevar el Evangelio a sus propios miembros y a otras familias (cf. JPII, Familiaris Consortio 49-64). Incluso con respecto a aquellos que ya tienen fe, tenemos la misión de ayudarlos a avanzar en un amor y dedicación cada vez mayor hacia Dios y su Iglesia.

Pedimos a María, la Madre y modelo de todos los misioneros, que acreciente nuestro celo apostólico y nos ayude a ejercer con los Santos Ángeles, el mandato misionero que hemos recibido de Jesucristo. Oramos para que, si es necesario, tengamos la valentía de soportar la persecución con paciencia determinada, por el bien de la palabra de Dios y el testimonio de Jesús, contentos de saber que podemos ayudar a todos los hombres y mujeres en la tierra a conocerle a Él y ser salvos.

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La Corriente de la Misión desde el Corazón de Cristo

Cuando entramos en la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, no entramos en la presencia de una realidad estática, sino en una presencia dinámica que es personal, viva y amorosa. Al entrar en una Iglesia donde está reservado el Sacramento, entramos en la corriente que fluye «por debajo del umbral del templo» (Ez 47, 1). Tal es la naturaleza de la Eucaristía, «Fuente y Cumbre de la vida en la Iglesia» (Lumen Gentium, 21). Como Fuente Verdadera, fluye con el agua vivificante de la gracia. Nos beneficiamos mucho sumergiéndonos en las corrientes de esta fuente, visitando y adorando a Jesucristo verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Pero nos beneficiamos aún más cuando esta fuente entra en nosotros por medio de la recepción de la Sagrada Comunión. Cuando bebemos de esta fuente en la Sagrada Comunión, comprendemos lo que Jesús prometió una vez: “El que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (Jn 4,14). Y en otra ocasión promete: “El que tenga sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su seno brotarán manantiales de agua viva. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en Él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7, 37-39). 

Cristo «entregó Su Espíritu» en la Cruz como un regalo para la Iglesia. Cuando los miembros del cuerpo místico de Cristo reciben este regalo, pueden llevarle como un tesoro Divino al mundo. Tal es la dignidad de cada uno de los fieles cristianos: «¿O ignoráis que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen» (1 Cor 6,19). La presencia del Espíritu Santo en los fieles debe irradiarse en beneficio de los demás, como escribió San Basilio Magno: “Así como las sustancias claras y transparentes se vuelven muy brillantes cuando la luz del sol cae sobre ellas y brillan con un nuevo resplandor, así también las almas en quienes mora el Espíritu, y quienes son iluminadas por él, se vuelven en sí mismas espirituales y en una fuente de gracia para los demás”. (Tratado sobre el Espíritu Santo, cap. 23).

Esta corriente de la gracia de Dios que fluye en nuestros corazones se renueva en cada Sagrada Comunión. La naturaleza de esta corriente se indica en el significado de la palabra comunión. Por un lado, comunión tiene el sentido de las palabras latinas: cum —con; unio — unión; es decir, «estar en unión con». Pero también puede entenderse que está formado por las palabras: cum —with; munia — deberes, funciones; es decir, «compartir las mismas obras o tareas». Nuestra comunión con Cristo debe conducir no solo a una unión estática de la existencia, sino también a una unión de la acción. Los dos deben ir juntos, como dice el axioma filosófico: «la acción sigue al ser». En virtud de nuestra verdadera unión con Cristo, debemos compartir los mismos deberes y obras como Él. A través de la comunión somos contratados como trabajadores en la viña del Señor. Nos convertimos en «cooperadores en la Obra de Dios» (1 Cor 3, 9) y «colaboradores en favor de la Verdad» (3 Jn 1, 8). Así como la presencia de Jesús en el tabernáculo de la Iglesia no es solo estática sino además dinámica, de la misma forma, la presencia del Espíritu de Jesucristo en el templo de nuestro cuerpo, es una realidad dinámica y vivificante.          

Los fieles que recibieron a Jesús en la Sagrada Comunión son enviados en misión: “¡Ite, missa est!» Jesús dijo a sus apóstoles en la última cena: “Los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se lo concederá” (Jn 15,16). Y de nuevo, después de la resurrección: «Como el Padre me envió, así Yo los envío a ustedes» (Jn 20, 21). En el Antiguo Testamento, al profeta Isaías se le dio una visión de la liturgia celestial, cantando los serafines: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos; toda la tierra está llena de Su gloria” (Is 6, 3). Siguiendo esta visión de la alabanza del coro más alto de ángeles, el Señor preguntó: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» (Is 6, 8). El profeta respondió con disposición: «Aquí estoy: ¡envíame!». Así debería ser la disposición de todos los que tienen la gracia de participar en la liturgia celestial. 

Cuando el Hijo entró en el mundo en misión del Padre, dijo: “Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios», a pesar de que están prescritos por la Ley. Y luego añade: «Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10, 8-9). Del mismo modo, la misión en curso del Hijo en la eucaristía exige un eco similar en los corazones de todos los fieles. María fue la primera en darse cuenta plenamente de esta gracia de la misión cristiana. Esta rápida obediencia del Hijo en la encarnación, tuvo un eco inmediato en la Virgen Inmaculada que dijo: “He aquí la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38). Además, como escribió el papa Juan Pablo II: «la Virgen María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en «tabernáculo» –el primer «tabernáculo» de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como «irradiando» su luz a través de los ojos y la voz de María” (Ecclesia de Eucharistia, 55).  

La Eucaristía llama a la misión, como afirmó el papa Juan Pablo II: “Los dos discípulos de Emaús, al reconocer al Señor, ‘partieron de inmediato’ (cf. Lc 24, 33), para comunicar lo que habían visto y oído. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio” (Mane Nobiscum Domine, 24).

El Espíritu Santo actúa en y a través de los miembros del cuerpo místico de Cristo. San Pablo habla de la Iglesia como: «El cuerpo [de Cristo], la plenitud de Aquel que lo llena todo en todo» (Ef 1,23). A primera vista parecería extraño que San Pablo se refiriera a la Iglesia como la plenitud de Cristo. ¿No sería más exacto decir que Cristo es la plenitud de la Iglesia? En cierto sentido, es claro que «las riquezas inescrutables de Cristo» (Ef. 3, 8), son las que llenan a los miembros de la Iglesia «con la plenitud de Dios» (Ef. 3,19). Pero San Pablo enseña aquí que, en cierto sentido, la Iglesia completa la obra de Cristo. Santo Tomás de Aquino, en su Comentario sobre la Carta a los Efesios, aclara el significado de este versículo al explicar la analogía del cuerpo usada por San Pablo. De alguna manera podemos decir que nuestro cuerpo es la «plenitud de nuestra alma». Es decir, nuestra alma tiene ciertos poderes que solo pueden realizarse en y a través de nuestro cuerpo. Por ejemplo, el alma humana tiene el poder de la visión. Pero depende de la salud del ojo determinar si el alma podrá ejercer este poder y en qué medida. De manera similar, el alma también depende del cuerpo para otras operaciones del hombre que se realizan a través del cuerpo y sus órganos.  

De manera análoga, aunque sería posible que el Espíritu Santo se diera cuenta de la santificación de la humanidad por sí mismo, la Santísima Trinidad ha ordenado que el Espíritu Santo actúe en y a través de Cristo y sus miembros de la Iglesia. Mientras que el alma no puede ejercer su poder de la vista sin la cooperación del ojo físico, el Espíritu Santo no actuará en el mundo para la salvación y santificación de la humanidad, excepto en y a través de los miembros de la Iglesia. Esta acción divina se realiza a través de las acciones externas de los fieles o por el Espíritu Santo, trabajando a través del poder intercesor de los fieles. Los diversos carismas que se otorgan individualmente a los miembros de la Iglesia, son formas distintas en que el Espíritu Santo «cumple» o completa el poder de Cristo en y a través de la Iglesia. La medida en que los miembros de la Iglesia cooperan, es la medida en que la Iglesia en su conjunto será conducida a la «plenitud de Cristo», como escribe San Pablo: «Y Él mismo dio a algunos para ser apóstoles, algunos profetas, algunos evangelistas, y algunos pastores y maestros, para equipar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4, 11-13). 

El Espíritu Santo actúa en y a través de los miembros del cuerpo místico de Cristo. San Pablo habla de la Iglesia como: “El cuerpo [de Cristo], la Plenitud de Aquel que llena completamente todas las cosas” (Ef 1,23). A primera vista parecería extraño que San Pablo se refiriera a la Iglesia como la plenitud de Cristo. ¿No sería más exacto decir que Cristo es la plenitud de la Iglesia? En cierto sentido, es claro que “la insondable riqueza de Cristo” (Ef. 3, 8), es la que llena a los miembros de la Iglesia “con la plenitud de Dios” (Ef. 3,19). Pero San Pablo enseña aquí que, en cierto sentido, la Iglesia completa la obra de Cristo.

Santo Tomás de Aquino, en su Comentario sobre la Carta a los Efesios, aclara el significado de este versículo al explicar la analogía del cuerpo usada por San Pablo. De alguna manera podemos decir que nuestro cuerpo es la “plenitud de nuestra alma”. Es decir, nuestra alma tiene ciertos poderes que sólo pueden realizarse en y a través de nuestro cuerpo. Por ejemplo, el alma humana tiene el poder de la visión. Pero depende de la salud del ojo determinar si el alma podrá ejercer este poder y en qué medida. De manera similar, el alma también depende del cuerpo para otras operaciones del hombre que se realizan a través del cuerpo y sus órganos.

De manera análoga, aunque sería posible que el Espíritu Santo se diera cuenta de la santificación de la humanidad por sí mismo, la Santísima Trinidad ha ordenado que el Espíritu Santo actúe en y a través de Cristo y de los miembros de la Iglesia. Así como el alma no puede ejercer su poder de la vista sin la cooperación del ojo físico, el Espíritu Santo no actuará en el mundo para la salvación y santificación de la humanidad, excepto en y a través de los miembros de la Iglesia. Esta acción divina se realiza a través de las acciones externas de los fieles o por el Espíritu Santo, trabajando a través del poder intercesor de los fieles. Los diversos carismas que se otorgan individualmente a los miembros de la Iglesia, son formas distintas en que el Espíritu Santo “cumple” o completa el poder de Cristo en y a través de la Iglesia. La medida en que los miembros de la Iglesia cooperan, es la medida en que la Iglesia en su conjunto será conducida a la “plenitud de Cristo”, como escribe San Pablo: “Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo.” (Efesios 4, 11-13).    

“Cooperar” con el Espíritu Santo, significa servir voluntariamente como una “sierva del Señor”, es decir, como una dócil sierva de Dios a ejemplo de María y de los santos ángeles. Estamos llamados a ser “instrumentos de la paz de Dios”, para usar una frase de la oración de San Francisco de Asís. Cada instrumento es usado de acuerdo con el modo propio del instrumento. Se espera que los instrumentos irracionales como una pala, un cuchillo o un pincel, actúen de acuerdo con los deseos razonados de quien los usa, sin prestar ninguna consideración razonada adicional. Como dice el profeta Isaías: “¿Acaso el hacha se gloría contra el leñador? ¿Se envanece la sierra contra el que la maneja? !Como si el bastón manejara al que lo empuña; como si el palo se levantase a sí mismo y no fuese leño! (Is 10,15).

Un instrumento inteligente, por otro lado, presta sus propios poderes racionales al trabajo a realizar. Un sirviente es un instrumento inteligente. Ya sea que el sirviente sea humano o angelical, usa su propia inteligencia para cumplir el mandato de su maestro.

Cuando cumplimos nuestra misión, imprimimos nuestra propia personalidad y carácter en ese trabajo. Cada instrumento presta sus cualidades propias al trabajo a realizar. Un escultor tiene muchos cinceles, cada uno tiene una forma, tamaño y longitud diferentes, cada uno efectúa el trabajo en su propia y única forma. Así también Dios, el Artista Divino, ha dotado al hombre y al ángel con muchos talentos diversos. Cuando elige a ciertos hombres para lograr algo, no los usa como si fueran instrumentos sin forma. Más bien, usa sus diversos talentos y dones para realizar su obra. Un ejemplo de esta verdad se encuentra en la forma en que Dios inspiró a los escritores de la Sagrada Escritura de acuerdo con la enseñanza del catecismo: “En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería”. (Dei Verbum 11, citado en CIC 106) 

El primer punto, es que Dios eligió a ciertos hombres. Es Él quien los eligió, y eligió a los que sabía que serían los instrumentos correctos. El segundo punto, es que “hicieron pleno uso de sus propias facultades y talentos”. Aplicaron al trabajo en cuestión sus propios esfuerzos humanos e inteligencia, dándole un sello de su propia personalidad. Esto es evidente si comparamos los estilos, el vocabulario y la gramática propios de cada uno de los escritores sagrados. Todos son únicos. Sin embargo, siendo completamente dóciles a Dios. Dios pudo consignar por escrito “lo que quería escrito y nada más”. Está claro que el carisma de la inspiración de la Sagrada Escritura es completamente singular. Aun así, expresa la docilidad a la que todos los cristianos deben aspirar.

También puede notarse que la inspiración de la Sagrada Escritura vino a través de la mediación de los Santos Ángeles. En particular, los “Cuatro Seres Vivientes”, ángeles del coro de los Querubines vistos por el profeta Ezequiel (10, 9-21) y San Juan como se describe en el libro de Apocalipsis (4, 6-7), se han asociado con los cuatro escritores del evangelio. La criatura viviente que tiene la apariencia de un hombre está asociada con San Mateo, la que tiene la apariencia de león está asociada con San Marcos, la que tiene la apariencia de un buey está asociada con San Lucas, y finalmente, la que tiene la apariencia de un águila está asociada con San Juan. Una razón por la que los Padres de la Iglesia hicieron esta asociación fue porque notaron ciertas características propias de cada una de estas criaturas reflejadas en cada uno de los Evangelios. Esta correspondencia indica que incluso los ángeles que trajeron la inspiración de Dios para la Sagrada Escritura añadieron a esa inspiración sus propias características personales. Esta influencia personal fue deseada por Dios, como lo es también en el caso de cada instrumento, especialmente los instrumentos personales. Servir a Dios no implica una pérdida de identidad personal. Por el contrario, conduce al cumplimiento más perfecto de nuestra propia singularidad. De esta manera, ninguno de los distintos miembros del cuerpo místico, podría confundirse con otro en su propia función.  

Dios desea que cumplamos nuestra misión como profetas, sacerdotes y reyes ​​dentro de su Iglesia, en cooperación con sus santos ángeles. En el Apocalipsis, dos veces el ángel le dijo a San Juan: “…yo soy tu compañero de servicio y el de tus hermanos que poseen el testimonio de Jesús. El testimonio de Jesús es el espíritu profético. ¡Es a Dios a quien debes adorar!” (Apocalipsis 19,10).

La posibilidad de dar fruto duradero, depende de nuestra unión continua con Cristo. “Permaneced en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” (Jn 15, 4-5). Esta unión se establece especialmente a través de la sagrada comunión, ya sea sacramental o espiritual. Puede profundizarse especialmente a través de la adoración y la contemplación en presencia del Santísimo Sacramento.

El papa Juan Pablo II escribió, que la Eucaristía no sólo da la fuerza interior necesaria para cumplir nuestra misión, sino que también proporciona nuestro plan de misión. Señaló tres elementos de este plan: acción de gracias, solidaridad con toda la humanidad y servicio a los desvalidos (cf. Mane Nobiscum Domine, 25). La devoción eucarística necesariamente incluye un sentido de “comunión” con todos. El papa Juan Pablo II señala, que “San Pablo reafirma vigorosamente la impropiedad de una celebración eucarística que carece de caridad, expresada mediante el intercambio práctico con los pobres (cf. 1 Cor 11, 17-22, 27-34). No podemos engañarnos, por nuestro amor mutuo,  y en particular, por nuestra preocupación por los necesitados, es como seremos reconocidos como verdaderos seguidores de Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46). Este será el criterio por el cual se juzgará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (ibid).  

Los miembros de la Obra de los Santos Ángeles son llamados de manera especial para cumplir su misión en colaboración consciente con los Santos Ángeles. Los ángeles pueden ayudarnos a reconocer las necesidades de quienes nos rodean. Ya sea que estemos en la posición de ayudar materialmente, emocionalmente o mediante la oración, los Ángeles desean abrir nuestros ojos para ver e inspirar nuestro corazón con el coraje de servir a aquellos que necesitan nuestra ayuda. También pueden ayudarnos a tratar con otras personas, trabajando en cooperación con sus ángeles guardianes.

Además, los Ángeles nos ayudan a reconocer la misión que ofrece la Providencia de Dios. Dondequiera que nos encontremos, ya sea de acuerdo con nuestro propio plan o debido a alguna infeliz circunstancia, si estamos abiertos a la luz del ángel, veremos cómo nuestra misión en cada momento tiende a “irradiarse” en el lugar donde estamos, con las aguas de la gracia. Ya sea en el aeropuerto, en el centro comercial o en un embotellamiento, todas las personas que pasen por nuestro lado, experimentarán la presencia de esta gracia dinámica de Cristo en nuestros corazones. De esta manera, la corriente que se origina en el Corazón de Cristo en la Cruz, no solo fluye en la adoración, contemplación y expiación, como discutimos en meditaciones anteriores, sino que también fluye como misión dentro de la Iglesia, a través de su presencia dinámica en los miembros fieles de su cuerpo místico. Junto con los ángeles, luchemos por cumplir nuestra misión de extraer con alegría esta fuente de salvación para el beneficio eterno de la Iglesia y el mundo.

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Parte II: Espiritualidad de la Misión

La fuente fundamental de todo esfuerzo misionero cristiano es el poder de Dios. Como hemos visto en la primera parte de este trabajo, la omnipotencia de Dios es triple. Es universal, es misericordioso y es misterioso. Del mismo modo, cuando se envían apóstoles para proclamar a Cristo en el poder de Dios, se envían con fuerza de acuerdo con estas tres dimensiones de la omnipotencia de Dios.

«Nuestro auxilio está en el Nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra« (Salmo 124, 8)

La primera dimensión del poder de Dios fue evidente en la proclamación del Evangelio por los apóstoles y a lo largo de la historia de la Iglesia. Dios acompañó la proclamación del Evangelio con muchos signos de su confirmación. Fueron tantos los milagros que ocurrieron, que la gente colocaba a los enfermos y a los atormentados por espíritus inmundos en las calles, para que al pasar Pedro, al menos su sombra cayera sobre ellos. San Lucas registra que «… todos eran sanados» (Hechos 5, 14-16). 

Si bien no esperamos tener tantos milagros que acompañen nuestra propia participación en la misión, estos y otros milagros similares que acompañaron la vida de los santos, son indicativos del poder de Dios que está presente en cada misión. Si hacemos Su trabajo, Él proporcionará los recursos necesarios para cumplirlo de acuerdo con su santa voluntad. De nuestra parte, debemos poner nuestra confianza inquebrantable en su omnipotencia, dándonos cuenta de lo que San Pablo expresó: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4,13). 

Pero otra gran manifestación del poder de Dios en la misión inicial de los apóstoles y de los que siguieron sus pasos, fue su valentía. Los apóstoles recibieron el don de la fortaleza en Pentecostés, el cual les permitió alegrarse «Y ellos salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el Nombre de Jesús» (Hechos 5,41). Lejos de obtener ventaja para su bienestar temporal, los apóstoles proclamaron su fe en Jesucristo, incluso cuando ello implicara encarcelamiento, palizas, castigos, exilio y martirio. “Y con gran fortaleza los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús” (Hechos 4,33).  

A través de los siglos, a pesar de las continuas y a veces virulentas persecuciones que se han librado contra la Iglesia, especialmente en nuestro tiempo presente, la luz de Cristo resucitado de entre los muertos, continúa brillando con gran esplendor en el mundo. Fue Tertuliano quien acuñó la frase ahora famosa, «Semen est sanguis Christianorum» La sangre [de los mártires] es la semilla de nuevos cristianos. Llega a esta frase diciendo: «¡Crucifícanos, tortúranos, condénanos, destrúyenos! … ni siquiera tu crueldad, por grande que sea, logrará algo: más bien, es un incentivo para nuestra religión. Cuanto más seamos masacrados por ti, más numerosos nos hacemos. ¡La sangre de los mártires es la semilla de nuevos cristianos!»

Dependemos completamente de la fuerza de Dios, que nos da valentía, para nuestra propia profesión de fe. Este coraje va desde el hacer la señal de la Cruz en público, hasta ser capaces de perder nuestro trabajo para vivir según los estándares de nuestra fe cristiana, y hasta el estar dispuestos a sufrir encarcelamiento y muerte por causa de nuestra fe en Cristo. Santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, en uno de sus escritos a Maurice Belliere, el misionero a quien «adoptó» dice:

«Sé que aspiras a la alegría de dar tu vida por el divino Señor, pero el martirio del corazón no es menos fructífero que el del derramamiento de sangre, y de ahora en adelante este martirio es nuestro; entonces tengo buenas razones para decir que tu suerte es hermosa y que es digna de un apóstol de Cristo».

Oremos para que seamos fieles en las cosas pequeñas, especialmente en el «martirio del corazón» para que también se nos puedan confiar cosas mayores.

Confía en la bondad de Dios

La segunda dimensión de la omnipotencia abarca la misericordia de Dios. Una comprensión completa de esta cualidad del poder de Dios, afirma a una persona en su misión. La confianza en el poder misericordioso y todopoderoso de Dios, fortalece el cumplimiento de una misión. Al hablar del pecado original de Adán y Eva, el catecismo enseña con perspicacia: «El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza en su Creador (cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció el mandato de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado posterior será una desobediencia a Dios y falta de confianza en su bondad » (CIC 397). «Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original. Tienen miedo del Dios de quien han concebido una falsa imagen: la de un Dios celoso de sus prerrogativas» (CIC 399). A menudo pensamos en el pecado en términos de desobediencia, pero aquí el catecismo indica otros elementos que participan en el pecado: temor y desconfianza en la bondad de Dios. El diablo no quiere nada más que formar una «imagen distorsionada» de Dios en nuestras mentes; para hacer que Dios parezca cruel, siniestro o despreocupado por nuestro bienestar. ¿Qué puede devastar nuestra motivación y socavar nuestra fuerza más que la falsa noción de que Dios está conspirando en contra de nuestros mejores intereses?      

Predicar a Cristo, es una misión que tiene como centro dar a conocer que «… Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo; ¡ustedes han sido salvados gratuitamente!» (Ef 2, 4-5). El amor de Dios por nosotros es un amor fiel. «Te he amado con un amor eterno» (Jer 31, 3). Aunque somos infieles, él permanece fiel. Nuestra respuesta a su fidelidad es fidelidad y confianza.  

Cuanto más profunda sea nuestra fe y amor, más nos sentiremos obligados por el deseo de llevar la verdad salvadora de Cristo a los demás. San Juan Pablo II escribió: «La misión es un tema de fe, un indicador exacto de nuestra fe en Cristo y su amor por nosotros» (RM 9). Esto está bellamente expresado en una famosa carta de San Francisco Javier, enviada a San Ignacio de Loyola: 

Muchas, muchas personas en este lugar no se están convirtiendo al cristianismo por una sola razón: no hay nadie que los haga cristianos. Una y otra vez, he pensado en recorrer las universidades de Europa, especialmente en París y en todas partes, llorando como un loco, llamando la atención de aquellos con más conocimientos que caridad: «¡Qué tragedia: cuántas almas están siendo excluidas del cielo y están cayendo en el infierno, gracias a ti!»

Desearía que trabajaran tan duro en esto como lo hacen en sus libros y así liquiden su cuenta con Dios para su aprendizaje y por los talentos que se les confían. El pensamiento ciertamente les conmovería a la mayoría de ellos para meditar en las realidades espirituales, para escuchar activamente lo que Dios les está diciendo. Olvidarían sus propios deseos, sus asuntos humanos y se entregarían por completo a la voluntad de Dios y su elección. Clamarían con todo su corazón: ¡Señor, aquí estoy! ¿Qué quieres que haga? Envíame a donde quieras, ¡incluso a la India!  

Nuestra comprensión de este segundo elemento de la Omnipotencia de Dios, es el fruto de la oración y de buscar seriamente la unión con Dios. Por esta razón, nuestro santo padre escribió: «A menos de que el misionero sea un contemplativo, no puede proclamar a Cristo de manera creíble» (RM 91).

Trabajando a la sombra de la cruz

La tercera dimensión de la actividad misionera es la que sigue a la naturaleza misteriosa de la omnipotencia de Dios: la conquista de lo que parece ser impotencia. Los apóstoles estaban familiarizados con este aspecto de la misión. Cristo les advirtió: «Serán entregados a la tribulación y a la muerte; y serán odiados por todas las naciones a causa de mi Nombre» (Mt 24, 9). 

Según ciertas tradiciones, el apóstol Santiago, el Mayor, fue el primero en traer la fe a la Península Ibérica. Viajó por España y Portugal, estableciendo la sede en la ciudad de Braga en Portugal y de Toledo en España. Pero a pesar de sus muchos esfuerzos, hubo pocos conversos. A los efectos prácticos, parecía que su viaje misionero era un completo fracaso. Regresó a Jerusalén, el rey Herodes lo encarceló y lo mató en el año 68. Fue el primer apóstol en ser martirizado. Pero en el misterioso designio de Dios, su viaje fue un gran triunfo. La Virgen María se le apareció a Santiago mientras él todavía estaba en España. Con Nuestra Señora, aparecieron dos ángeles que llevaban una columna que representaba la columna de la fe y le dijeron que Iberia [España y Portugal] se convertiría en una columna de la fe para toda la Iglesia. De hecho, casi la mitad de la Iglesia católica desciende de los esfuerzos misioneros de España y Portugal en América, África, India y Asia. En el lugar de la aparición se construyó la Basílica de Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza, España, donde se venera un pilar milagroso que aún irradia el olor de la santidad. A través de la ofrenda de su vida en Jerusalén, sin duda, Santiago fue, en la locura de la Cruz, responsable de las conversiones masivas que seguirían. Sus reliquias fueron transportadas al norte de España. Su lugar de entierro, oculto durante siglos, se dio a conocer por medio de los ángeles, a través de la aparición milagrosa de una estrella sobre el lugar. En ese lugar se construyó un santuario que se convertiría en el centro de peregrinación más grande de Europa durante la Edad Media. Se llama Santiago Compostela, que significa: Santiago de la Estrella en el Campo.

Similar es la historia de San Pedro Chanel. Él vivió en el siglo XIX, fue misionero en Oceanía. Trabajó durante años entre los nativos de esas islas con relativamente poco éxito. Mediante su predicación logró destruir el culto pagano a los espíritus malignos, que los jefes de los nativos alentaban para mantener a la tribu bajo su dominio. Esto provocó que los jefes de la isla de Futuna, torturaran y mataran a San Pedro con la esperanza de que esto destruyera la fe cristiana. Por el contario, lejos de obtener su propósito, el hermano laico que asistía a San Pedro Chanel atestiguó:

La sangre de este mártir benefició, en primer lugar, a los nativos de Futuna, pues unos años más tarde todos se convirtieron a la fe de Cristo. También benefició a las otras islas de Oceanía, donde las iglesias cristianas, que reclamaban a San Pedro como su primer mártir, ahora están floreciendo.

El mismo San Pedro Chanel dijo una vez: «Hay uno que siembra y otro que cosecha». Tal debe ser la actitud de quienes difunden la palabra de Dios. Nuestra propia participación en la misión también puede a veces experimentar esta misma prueba oscura. Se requiere una disposición para trabajar sin resultados visibles, una disposición para trabajar sin disfrutar de los frutos. Sin dejarnos desalentar por el desánimo, recemos por la fuerza de Dios para plantar su semilla, con la esperanza de que algún día germine.

Orientación práctica sobre cómo cooperar con las misiones

Podemos concluir con algunas sugerencias prácticas de nuestro santo Padre acerca de cómo todos los fieles pueden cooperar en el esfuerzo misionero de la Iglesia. Los fieles cristianos tienen la obligación de compartir la responsabilidad de la actividad misionera a través de lo que el papa Juan Pablo II llama «cooperación misionera» (RM 83). Da algunas pautas sobre cómo se cumple esta obligación. 

Primero, deja en claro que cada misionero debe preocuparse primero por su propia unión personal con Cristo. Así también, debemos dedicarnos a la oración, la lectura espiritual y la meditación. A medida que nuestro amor se dirige a Cristo, también lo hace nuestro anhelo. A medida que aumenta nuestra amistad con Cristo, comenzamos a desear que otros lleguen a conocer y compartir su bondad. Este es el comienzo del espíritu misionero. Una indicación de nuestra verdadera madurez en la vida de Cristo en nuestras almas, es la «sed» por la salvación de los demás.

Esto nos lleva a la segunda recomendación de nuestro santo Padre: la oración por las misiones y las vocaciones misioneras. Esta oración incluye no solo oraciones privadas, sino también la promoción de oraciones públicas por las vocaciones. Es importante que tratemos de inspirar a tantas personas como podamos, a «Rogar para que el Señor de la mies, envíe obreros a su mies» (Mt 9,38). Además de la oración, debemos estar listos para hacer sacrificios por los misioneros. Sabemos muy bien que Santa Teresa de Lisieux fue declarada patrona de las misiones no por su trabajo misionero activo, sino por la ofrenda de su vida en oración y sufrimientos intensos, por el éxito de las misiones. 

Más allá de esto, también nos alienta a ser activos en la promoción de vocaciones misioneras. Esto se puede hacer dentro de la propia familia, para aquellos que tienen niños pequeños que están discerniendo su vocación, colocando ante sus ojos la nobleza y belleza de aquellos hombres y mujeres que han dedicado sus vidas a difundir la fe. Estas almas generosas deberían ser los héroes y modelos a seguir de nuestra juventud, para inspirarlos a una dedicación similar a Cristo. Esto también lo pueden hacer todos distribuyendo libros e información sobre las obras misioneras de las comunidades fieles a la Iglesia. También estamos llamados a proporcionar apoyo material y financiero para las misiones en la medida en que podamos.

Monasterio

También debemos esforzarnos por participar directamente en las misiones cuando sea posible. Esto lo podemos hacer mediante nuestro testimonio, a través de nuestra vida cristiana, cuando estamos en países extranjeros no cristianos. Ya sea que viajemos por turismo, trabajo, estudio u otras razones, nos corresponde siempre manifestar nuestra fe. Debemos ser conscientes del peligro de escandalizar a los demás con una muestra de materialismo o consumismo que nubla la clara imagen del cristianismo en la mente de tantos no cristianos debido al turismo desordenado. Esta participación directa, también se logra en el propio país con la ayuda de los inmigrantes, los pobres y los necesitados; también por nuestra disposición a hablar de Cristo a otros en nuestro lugar de trabajo y vecindario. El santo Padre Juan Pablo II ha hablado a menudo del «apostolado de familia a familia». En lugar de ceder ante la tendencia del mundo, a hacer del deporte u otras actividades, un foco central en la familia, estamos llamados a participar en estas cosas sin excluir la misión central que tenemos de profesar a Cristo a los demás. Como escribió el santo padre, «Por lo tanto, las iglesias particulares deberían hacer de la promoción de las misiones un elemento clave en la actividad pastoral normal de las parroquias, asociaciones y grupos, especialmente los grupos de jóvenes» (RM 83). Se nos han confiado las verdades de la fe, tanto para nosotros mismos como para que sean transmitidas a los demás. Oremos para que podamos hacerlo en el poder de Dios y de acuerdo con su santa voluntad. “Pongan al servicio de los demás los dones que han recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que ha recibido el don de la Palabra, que la enseñe como Palabra de Dios. El que ejerce un ministerio, que lo haga como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas, por Jesucristo. ¡A Él sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos!”. Amén (1 P 4, 10-11). 

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CC28

II MISIÓN

Parte I: Los fundamentos de la misión

La misión siempre ha sido una de las orientaciones fundamentales en la Obra de los Santos Ángeles. Los ángeles, como lo indica su propio nombre, son misioneros. Son mensajeros enviados por Dios para traer las buenas nuevas. Los ángeles de Belén fueron los primeros en anunciar el nacimiento del Salvador. Fue el ángel en la tumba de Cristo el primero en anunciar Su Resurrección. No es coincidencia que la palabra Evangelizar contenga la palabra ángel en el medio. Los ángeles son los perfectos evangelizadores. En nuestro trabajo con los santos ángeles y nuestra cooperación con ellos, estamos llamados de manera especial a ser misioneros con ellos.  

Aunque los ángeles, como se mencionó anteriormente, han proclamado el Evangelio por sí mismos, esa no es la forma en que comúnmente Dios ha ordenado que el Evangelio sea proclamado. Los hombres están llamados a predicar el Evangelio, ayudados por los santos ángeles. Esto es evidente en los Hechos de los Apóstoles en varias ocasiones. Por ejemplo, cuando los apóstoles fueron arrestados y encarcelados, un ángel entró por la noche, abrió las puertas de la prisión y los sacó diciendo: «Vayan al Templo y anuncien al pueblo todo lo que se refiere a esta nueva Vida» (Hechos 5,20). En lugar de dejarlos en prisión, el ángel ayudó a los apóstoles para que pudieran cumplir su misión de proclamar el Evangelio. Además, cuando el eunuco etíope estaba listo para recibir el Evangelio, un ángel llevó al diácono Felipe para instruirlo y bautizarlo (Hechos 8,26). De manera similar, cuando llegó el momento de llevar el Evangelio a los gentiles, el ángel organizó la reunión entre San Pedro y el centurión Cornelio (Hechos 10). Una y otra vez los ángeles estuvieron ayudando en la obra misionera de los apóstoles.  

Los ángeles continúan teniendo el mismo deseo de encontrar hombres y mujeres que estén dispuestos a trabajar con ellos para difundir el Evangelio de Jesucristo. Esperan a que seamos colaboradores dóciles y celosos en la viña del Señor. Desafortunadamente, a menudo esperan en vano que nos preocupemos lo suficiente por la difusión del Evangelio, para que seamos sus instrumentos en esa gran obra. En los últimos tiempos, la Santa Iglesia ha intentado despertar en todos los fieles el sentido de su obligación de participar en la obra misionera de la Iglesia. El papa Juan Pablo II escribió en su carta encíclica Redemptoris Missio (Sobre la validez permanente del mandato misionero de la Iglesia): 

La Iglesia y cada cristiano dentro de ella, no puede mantenerse oculto o monopolizar esta novedad y riqueza que ha recibido de la generosidad de Dios para ser comunicada a toda la humanidad.

Es por eso que de la misión de la Iglesia se deriva no sólo del mandato del Señor, sino también de las profundas demandas de la vida de Dios dentro de nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios, recordando que «su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular de Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad» (RM 11). 

«¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1 Cor 9,16) 

Estas palabras de San Pablo expresan la obligación que se le impuso de anunciar las buenas nuevas de Jesucristo a todos los hombres. La Iglesia enseña que una obligación similar se impone a todos los cristianos en virtud de su bautismo. El papa Juan Pablo II escribió: «El impulso misionero pertenece a la naturaleza misma de la vida cristiana» (RM 1).  

La necesidad de que todos los fieles compartan esta responsabilidad no es simplemente una cuestión de hacer que el apostolado sea más efectivo; es el derecho y el deber basado en su dignidad bautismal, por el cual «los fieles participan, por su parte, en la triple misión de Cristo como sacerdote, profeta y rey». Por lo tanto, «están destinados por el deber general y tienen el derecho, ya sea individualmente o en asociación, de luchar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y aceptado por todas las personas en todo el mundo. Esta obligación es aún más apremiante en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos las personas pueden escuchar el Evangelio y conocer a Jesucristo» (RM 71). 

«No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hechos 4,20) 

El objetivo final de la actividad misionera no es simplemente transmitir doctrinas, rituales o códigos morales. La misión es esencialmente por el bien de revelar a la persona de Jesucristo que sólo «puede guiarnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos compartir la vida de la Santísima Trinidad». Como dice el catecismo de la Iglesia católica: «La transmisión de la fe cristiana consiste principalmente en proclamar a Jesucristo para guiar a otros a tener fe en Él» (CIC 425). Así como los ángeles fueron enviados en todo el Antiguo Testamento para prepararse para la venida de Cristo y en todo el Nuevo Testamento para proclamar a Cristo, también nuestro trabajo con los ángeles siempre se enfoca en Jesucristo.  

Cristo es el centro del mundo de los Ángeles. Los Ángeles le pertenecen: “Cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria acompañado de todos sus Ángeles…” (Mt. 25,31). Le pertenecen porque fueron creados por y para Él: “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él” (Col. 1,16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hebreos 1,14) (CIC 331). 

«Como el Padre me envió a Mí, así Yo los envío a ustedes” (Jn 20,21) 

La misión de Jesucristo, el Hijo de Dios, se puede ver en dos fases: missio ad intra y missio ad extra. Su misión se dirige primero hacia el interior, al pueblo de Israel. Cuando una mujer extranjera vino a pedirle a Jesús un favor para su hija, primero respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). «Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros» (Mc 7, 27). Y cuando envió por primera vez a sus apóstoles, les dejó en claro: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 5-6). La misión previa y fundamental era el pueblo elegido de Dios, porque fueron elegidos precisamente para llevar el mensaje de las buenas nuevas a todas las personas. «Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar las tribus de Jacob y convertir a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra» (Is 49, 6). Sobre la base de la primera fase, Cristo, después de su resurrección, dio a sus apóstoles la misión de salir y ser sus testigos, «en Jerusalén y en toda la Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1, 8). 

Cristo envía a sus discípulos al mundo tal como Él mismo fue enviado al mundo, «Como mi Padre me ha enviado, así también Yo los envío a ustedes» (Jn 20,21). Por esta razón, es importante tener en cuenta que la missio ad intra es anterior a la missio ad extra. Esta es otra forma de establecer la máxima: la caridad comienza en casa. «Por lo tanto, mientras estamos a tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (Gal 6,10). «Si alguien no mantiene a sus propios parientes y particularmente a su propia familia, ha renegado de su fe y es peor que un incrédulo» (1 Timoteo 5, 8). No existe una verdadera misión externa que no se base de alguna manera en la misión interna de poner nuestro propio hogar en orden y llevar las buenas nuevas de Jesucristo a los nuestros.

 

Destruyendo el reino de las tinieblas

Hay otras dos fases en la misión de Cristo. La primera es destruir el reino del diablo, la segunda es establecer el Reino de Dios. Con respecto a la primera, San Juan escribió en su carta: «La razón por la que se manifestó el Hijo de Dios fue para destruir las obras del demonio» (1 Jn 3, 8). Cristo primero dio a sus discípulos el poder sobre el diablo para comenzar Su obra (Mt 10, 1,8). Como escribió el papa Juan Pablo II: «Los actos de liberación de la posesión demoníaca, el mal supremo y el símbolo del pecado y la rebelión contra Dios, son los signos de que ‘a ustedes ha llegado el Reino de Dios’ (Mt 12,28)» (RM 14).    

Cuando las verdades de la fe se transmiten a alguien, además de decir la verdad, generalmente es necesario eliminar los obstáculos. Tales barreras pueden requerir el poder de Dios para vencer como San Pablo escribió a los corintios: “Porque, aunque vivimos en la carne, no combatimos con medios carnales. No, las armas de nuestro combate no son carnales, pero, por la fuerza de Dios, son suficientemente poderosas para derribar fortalezas, aplastando razonamientos y toda clase de altanería que se levanta contra el conocimiento de Dios, y sometemos toda inteligencia humana para que obedezca a Cristo” (2 Cor 10, 3-6). El Libro de Apocalipsis revela que los ángeles son los guerreros clave en la batalla contra el reino de las tinieblas. Constituyen los ejércitos del cielo que siguen la Palabra de Dios en la batalla (cf. Ap. 19,14).  

Ejército celestial

En esta fase inicial se requiere especialmente la asistencia de los Santos Ángeles. Conscientes de la posible influencia de los poderes de las tinieblas, es útil invocar a San Miguel y su corte celestial, al tratar de llevar la fe a los demás. Es muy fácil que las cosas se malinterpreten o se retuerzan en la mente de aquellos que todavía están bajo la influencia del maligno. Los ángeles pueden traer la luz y la claridad mental que se necesita.

Estableciendo el Reino de Dios

La segunda fase es el establecimiento del reino de Dios. Este reino, como Jesús le dijo a Pilato, no es de este mundo (cf. Jn 18, 36). «El reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a interpretación libre, sino que ante todo es una persona con la cara y el nombre de Jesús de Nazaret, la imagen del Dios invisible. Si el reino es separado de Jesús, ya no es el reino de Dios revelado por Él. El resultado entonces es una distorsión del significado del reino, que Él reveló » (RM 18).     

Santo Tomás enseñó el papel de los ángeles en la transmisión de la fe: «Es necesario para la fe que las cosas que se deben creer se propongan al creyente. Y esto de hecho ocurre a través de los hombres, de acuerdo con lo que se dice «la fe viene de escuchar» (Rom 10,17), pero principalmente a través de los ángeles, por los cuales las cosas divinas se revelan a los hombres. De ahí que los ángeles trabajen de alguna manera, para la iluminación de la fe». Cuando estamos involucrados en el trabajo de comunicar las verdades de la fe a otros, es importante invocar la ayuda de los santos ángeles. Los ángeles pueden ayudar a preparar el corazón y la mente de la otra persona y pueden ayudarnos a conocer las palabras más efectivas para hablar. San Francisco de Sales, antes de la predicación, se dirigía a los ángeles de los que estaban presentes. De manera similar, es importante invocar a los ángeles de aquellas personas a quienes deseamos anunciar las verdades de la fe, ya sea en el marco de una catequesis o en encuentros más informales en el trabajo o en el hogar.

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La Omnipotencia de Dios y nuestra Misión

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4,13).

I. LA OMNIPOTENCIA DE DIOS

Profesamos en el Credo: «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra…» Creemos que Dios es verdaderamente Omnipotente o «Todopoderoso». El catecismo de la Iglesia Católica hace la notable observación de que: «de todos los atributos divinos, sólo la Omnipotencia de Dios se nombra en el credo» (CIC 268). La profesión de nuestra fe, no menciona a Dios Padre como el santísimo, el sabio o el justo, sino como el todopoderoso. Aunque estos otros son, indudablemente, atributos de Dios, la omnipotencia es la que se puede decir que está más apropiadamente designada como el objeto de nuestra fe. El infinito de las perfecciones de Dios, no se manifiesta más grandemente que en su omnipotencia. Ponemos nuestra fe en Dios particularmente porque él es Todopoderoso. A este respecto, el catecismo romano nos dice:     

Nada es más apto para confirmar nuestra fe y esperanza que mantener afianzado en nuestras mentes, que nada es imposible con Dios. Una vez que nuestra razón haya comprendido la idea de la grandeza del poder de Dios, admitirá fácilmente y sin dudarlo todo lo que [el credo] luego nos propondrá creer, incluso si son cosas grandiosas y maravillosas, muy por encima de las leyes ordinarias de la naturaleza.

El catecismode la Iglesia Católica también enseña que la omnipotencia de Dios es triple: universal en su alcance, amorosa y misteriosa. Estas son las cualidades por las cuales sabemos que Dios es, por un lado, verdaderamente digno de fe, y por otro, accesible solo a través de ella. Consideraremos cada una de estas cualidades por separado.  

El Poder Universal de Dios

La creación no solo se hizo posible de la nada, por el poder creador único de Dios, sino que también sigue existiendo, por el continuo acto de conservación de Dios. Él estableció todas las cosas que son y continúa disponiéndolo todo según Su voluntad. «Con mi gran fuerza y mi brazo poderoso, Yo hice la tierra, al hombre y los animales que están sobre la superficie de la tierra, y los entrego a quien me parece bien» (Jer 27, 5). Como autor de todas las creaturas, determina la naturaleza de todas las cosas y gobierna los corazones y los acontecimientos según Su voluntad. Todas las cosas permanecen totalmente sujetas a Él, están a su disposición (cf. CIC 269). Esto es lo que se quiere significar cuando se dice que el poder de Dios es universal.  

En particular, la universalidad del poder de Dios significa que Él puede hacer todas las cosas que son posibles en sí mismas. Es el caso de nuestras palabras al ser posible combinar cosas que son contradictorias, como por ejemplo, «círculo cuadrado» o «pecado venial». Pero tales cosas no pueden existir en sí mismas porque son absurdas. El hecho de que Dios no pueda hacer tales cosas, no limita de ninguna manera el poder de Dios, ya que no es un defecto el de no poder actualizar las cosas que son absurdas. Pero Dios puede hacer posibles todas las cosas.

Los milagros no son contradicciones. Aunque van más allá del orden de la naturaleza creada, no son absurdos. Por ejemplo, el Santísimo Sacramento es un milagro continuo, ya que las cualidades accidentales del pan y el vino se mantienen milagrosamente sin su sustrato natural. Sería contradictorio decir que la Eucaristía es al mismo tiempo sustancialmente pan y sustancialmente el cuerpo de Cristo. Pero no es contradictorio decir que la Eucaristía es sustancialmente el cuerpo de Cristo, pero con todas las cualidades accidentales del pan. Aunque va más allá del curso de la naturaleza y está fuera de nuestra experiencia, no contradice el curso de la naturaleza. El poder de Dios puede hacer toda clase de milagros que van más allá de nuestra experiencia, e incluso se extienden más allá del orden completo de la naturaleza creada.    

Misericordia del poder de Dios

Esto nos lleva a la siguiente cualidad de la omnipotencia de Dios: la misericordia. En los asuntos humanos se dice: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». Pero en los asuntos divinos nada podría estar más lejos de la verdad. El Dios todopoderoso es nuestro Padre, que ama y mantiene a sus creaturas. Esto está bellamente expresado en el libro de la Sabiduría: «Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Porque Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado. ¿Cómo podría subsistir una cosa si tú no quisieras? ¿Cómo se conservaría si no la hubieras llamado?. Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida, porque tu espíritu incorruptible está en todas las cosas” (Sab 11, 23-26). 

El acto de creación de Dios es una clara muestra de su poder único, ya que solo Él puede hacer algo de la nada. Pero el catecismo dice que Dios por su misericordia infinita, muestra su poder en el más alto grado perdonando libremente los pecados (CIC 270). Este es el caso presente en la naturaleza del pecado y el mal. El mal no es un algo en sí mismo, sino más bien es la ausencia de una cosa. Es la falta de un bien debido. La voluntad de Dios es la fuente de todo ser y orden. Cuando nos alejamos de la voluntad de Dios, en cierto sentido, nos estamos volviendo hacia el no ser y el caos. El perdón del pecado es un acto de poder divino relacionado con el acto de la creación, porque al perdonar el pecado, Dios nos devuelve del no ser al ser, del caos al orden.     

La omnipotencia de Dios no es arbitraria, y de ninguna manera voluble. Su amor es fiel, como se repite a menudo en el Antiguo Testamento, «su amor perdura para siempre». El profeta Jeremías reveló este amor tierno y fiel de Dios en las palabras: «Yo te amé con un amor eterno, por eso te atraje con fidelidad» (Jer 31, 3). Esta es la segunda cualidad de la omnipotencia de Dios, que verdaderamente establece el fundamento de nuestra fe y fidelidad hacia Dios.

El Misterio del poder de Dios

La tercera y más difícil cualidad de la omnipotencia de Dios es Su misterio. Si bien las dos primeras cualidades de la omnipotencia de Dios establecen el fundamento de nuestra fe, esta tercera cualidad es la mayor prueba de nuestra fe. Nuestra fe se pone a prueba ante la experiencia del mal y el sufrimiento. A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Misteriosamente Dios parece ser impotente. Los ejemplos más claros de esto, se encuentran en la crucifixión y muerte de Jesús y en la «impotencia» de Cristo presente en la Santísima Eucaristía, en casos de profanación o irreverencia hacia este Santísimo Sacramento. Jesucristo se entregó a la vaciedad y la impotencia, primero en la Eucaristía, luego en la Pasión. Pero entonces este mismo misterio se repite en su cuerpo místico a lo largo de los siglos. La fe de todos los miembros de su Iglesia en un momento u otro se prueba a la luz de la «locura de la Cruz».

Esto es de lo que San Pablo habla en su carta a los corintios: “pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos. Porque la “locura” de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres” (1 Cor 1, 23-25).

Es la manera de Dios de manifestar su poder mediante la elección de los débiles, los pequeños y los humildes. Cuando en el Antiguo Testamento los israelitas estaban siendo oprimidos por los madianitas, Dios tuvo cuidado al elegir a Gedeón, quien dijo de sí mismo: «Perdón, Señor, pero ¿cómo voy a salvar yo a Israel?, mi clan es el más débil en Manasés y yo soy el más pequeño en la casa de mi padre» (Jue, 6-15). Y cuando Gedeón logró reunir un ejército de treinta y dos mil hombres, Dios le dijo: «La gente que te acompaña es demasiado numerosa para que yo ponga a Madián en sus manos. No quiero que Israel se gloríe a expensas mías, diciendo: ‘Es mi mano la que me salvó’” (Jue. 7, 2). Fue solo cuando el ejército fue reducido a trescientos hombres que Dios les permitió ir contra el ejército madianita, que era tan numeroso como la arena de la playa (cf. Jue 7, 7). Y con solo trescientos hombres conquistó su vasto ejército. Este es el patrón establecido en el misterio de su poder.   

Dios desea manifestar su poder en nuestra debilidad. San Pablo habla de esto en su segunda carta a los Corintios:  «Y para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere. Tres veces pedí al Señor que me librara, pero él me respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad». Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 7-10).

Como señala el catecismo, «solo la fe puede abrazar los misteriosos caminos de la grandeza del poder de Dios» (CIC 273). La finalidad de las pruebas es nuestra perfección, como escribe Santiago: “Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada” (Sant 1, 2-4).    

El catecismo se refiere a Dios como el «Señor de la historia, que gobierna los corazones y acontecimientos según Su voluntad» (CIC 269). Esto no es para negar el hecho de que los hombres han sido dotados de libre albedrío. Sin embargo, a pesar del libre albedrío del hombre e incluso del abuso del libre albedrío, Dios tiene un plan para todas las cosas y finalmente las controla a todas ellas.

Los ángeles y los hombres, como criaturas inteligentes y libres, deben caminar hacia su destino último por elección libre y amor de preferencia. Por ello pueden desviarse. De hecho pecaron. Y fue así como el mal moral entró en el mundo, incomparablemente más grave que el mal físico. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. Sin embargo, lo permite porque respeta la libertad de sus criaturas y, misteriosamente, sabe cómo obtener el bien de ello: 

«Porque el Dios Todopoderoso…, que es soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal» (CIC 311).

El catecismo nos recuerda la historia de José en el Antiguo Testamento. José, hijo de Jacob, fue vendido como esclavo por sus celosos hermanos. Su intención era matarlo o al menos deshacerse de él para siempre. Pero al final sucedió que José se convirtió en señor de todo Egipto y fue responsable de la supervivencia del país y de su propia familia. Dijo José a sus hermanos: “Ha sido Dios, y no ustedes, el que me envió aquí y me constituyó padre del Faraón, señor de todo su palacio y gobernador de Egipto”; “El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso” (Gen 45,8; 50,20). También recordemos que del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la sobreabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien. (CIC 312)   

Al final, el catecismo dice: «Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de Su providencia a menudo nos son desconocidos. Sólo al final, cuando nuestro conocimiento parcial cese, cuando veamos a Dios ”cara a cara“, sabremos plenamente los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y el pecado, Dios habrá conducido su creación al reposo definitivo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, para el que creó el cielo y la tierra» (CIC 314).   

Esta tercera dimensión de la Omnipotencia de Dios, su carácter misterioso, es la fuente de la fuerza de la fe a través del fuego de la prueba. Jesús nos llama a responder a las cosas que están más allá de nuestra comprensión con un inocente abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial que se ocupa de las más pequeñas de nuestras necesidades (CIC 305).