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Cartas Circulares

CC25 Fuente de salvación

Saca Agua con Alegría de la Fuente de Salvación

Cuando San Juan relata acerca del soldado que abrió el costado de Cristo en la Cruz, además de mencionar la corriente de sangre y agua que salió inmediatamente, también citó dos textos bíblicos para explicar el significado de este evento: «Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No Le quebrantarán ninguno de sus huesos”. Y otro pasaje de la Escritura dice: “Verán al que ellos mismos traspasaron” (Juan 19, 36-37). La primera cita es de las regulaciones del Antiguo Testamento con respecto a la prohibición de romper los huesos del Cordero Pascual. De este modo, San Juan da una clara indicación de que Jesús es el verdadero Cordero pascual. El significado de las palabras de San Juan Bautista también se aclaran: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

La segunda cita es de la profecía de Zacarías:

Y derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica y pondrán sus ojos en Mí, a quien traspasaron. En cuanto al que ellos traspasaron, se lamentarán por Él como por un hijo único y lo llorarán amargamente como se llora al primogénito… En aquél día se abrirá una fuente para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavarlos del pecado y la impureza. (Zac 12, 10-13; 13,1)

Con esta cita, San Juan enseña que la fuente que el profeta predijo que se abriría para la limpieza del Pueblo de Dios, debe entenderse como la Sangre y el Agua que provienen del Corazón de Cristo.

En las últimas dos Cartas Circulares hemos meditado en la corriente que fluye desde el Corazón de Cristo como el río que da alegría a la ciudad de Dios. En esas meditaciones anteriores vimos la alegría de la alabanza y adoración perfecta que proviene de esta corriente, y la alegría de la luz de la contemplación que también brota del Cordero que fue asesinado. En el pasaje del profeta Zacarías vemos un tercer aspecto de esta corriente: que limpia del pecado. Porque en esta corriente también se encuentra el cumplimiento de la profecía de Ezequiel: «Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos» (Ez 36, 25).

Esta rama del río corresponde a la tercera finalidad del sacrificio, así como a la tercera relación fundamental en la Obra de los Santos Ángeles: la expiación. Al igual que las otras dos corrientes, esta rama del río deleita al pueblo de Dios. En este caso, la alegría consoladora del perdón se puede encontrar al «bañarse» en esta corriente, la cual comenzó a fluir desde el corazón de Jesús en la Cruz, y que continúa fluyendo en la Iglesia a través de los Sacramentos. De manera especial fluye a través de los sacramentos del bautismo, la confesión, la santa unción y la eucaristía.

¿Cómo podemos entrar en esta corriente para beneficiarnos de su poder de limpieza? El primer y principal requisito es la fe. Muchos leprosos vivieron en Israel durante el tiempo del profeta Elías, y muchos se habían bañado en el Jordán. Pero solo Naamán fue limpiado de su lepra debido a su fe. Muchas personas tocaron a Jesús cuando pasó a través de la multitud, muchos de los cuales  sufrían alguna herida del cuerpo o del alma. Pero solo la mujer con la hemorragia de sangre fue sanada. Porque ella tocó su manto con fe. El buen ladrón se benefició de esta corriente del costado de Cristo, mientras que el otro ladrón, que se hallaba tan cerca de esta fuente salvadora, no lo hizo. Es la fe la que nos acerca y nos pone en contacto con esta corriente purificadora.

Más allá de la fe, para beneficiarnos de esta corriente de misericordia expiatoria que fluye del corazón de Cristo, también necesitamos contrición. La obra de preparación de San Juan Bautista para la venida de Cristo, consistía principalmente en preparar un pueblo apto para el Señor, mediante un bautismo de arrepentimiento. Esto significa que reconocemos nuestro pecado, lo confesamos al sacerdote de Dios, tenemos un verdadero dolor por nuestro pecado y la firme resolución de no volver a pecar. Al igual que las personas que vinieron a San Juan Bautista, nosotros también debemos preguntar una y otra vez: «¿Qué debemos hacer?» para descubrir lo que es necesario para un verdadero cambio de vida.

Pero aunque la fe y la contrición son necesarias, no son suficientes. También es necesario practicar la misericordia. Como Jesús mencionó con frecuencia en sus enseñanzas y parábolas: a menos que perdones a los que te ofenden, no serás perdonado. La orden de perdonar si deseamos ser perdonados, corresponde a la naturaleza misma de la corriente que fluye desde el Corazón de Cristo. Esta corriente es una «a Jesús el Mediador de la Nueva Alianza y a la Sangre purificadora que habla más elocuentemente que la de Abel» (Heb. 12,24). A diferencia de la Sangre de Abel, que clamó a Dios por venganza (cf. Génesis 4,10), esta sangre clama por perdón y misericordia. Si la sangre de Abel el justo clamó por venganza, ¿cómo es que la Sangre del verdadero justo, Hijo de Dios, no clamó más por venganza, sino por perdón? La diferencia es que esta sangre fluyó del Corazón cuya oración fue «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Esta oración define la naturaleza de la corriente que fluye de Su Corazón y determina la disposición requerida para tener acceso a este río de gracia.

Nuestra participación en la Obra de Expiación de Cristo

Pero más allá del hecho de que Dios perdona nuestros pecados, también nos da la capacidad de compartir la obra redentora de Cristo de reparar el daño resultante de nuestros pecados. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de esta posibilidad de cooperación:   

La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre», Él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida […] se asocien a este misterio pascual». Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor. (CIC 618)

Este llamado a ser parte de la cruz de Cristo, debe ser visto no solo como un acto de la justicia de Dios, sino también de su amor misericordioso por nosotros. Porque al permitirnos compartir Su sufrimiento y muerte, Él también nos permite compartir Su gloria. La relación entre la cruz y la gloria se repite en todo el Nuevo Testamento. Cristo mismo dijo a sus apóstoles después de su resurrección: «¿No era necesario que Cristo sufriera estas cosas para entrar en su gloria?» (Lucas 24,26). Los escritos de los Apóstoles hacen una conexión repetida entre la cruz y la gloria. Por ejemplo:

Pero si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, siempre que suframos con Él para que también podamos ser glorificados con Él. (Rom 8, 14-17)

Porque nuestra tribulación momentánea y leve nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida; porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles; porque lo que se ve es transitorio, pero lo que no se ve es eterno. (2 Cor 4, 17-18)

Alégrate en la medida en que compartas los sufrimientos de Cristo, para que también puedas regocijarte y alegrarte cuando se revele su gloria. (1 Pedro 4,13)

Pero lejos esté en gloriarme de mí, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo lo estoy para el mundo. (Gálatas 6,14)

La Cruz: la Escalera a la Gloria

La conexión entre la Cruz y la gloria tiene dos caras. Primero, la Cruz es el único camino para nosotros hacia la gloria futura en el cielo. Como dijo una vez Santa Rosa de Lima: “Aparte de la Cruz no hay otra escalera por la cual podamos llegar al cielo” (CIC 618). Como dice San Pablo, seremos glorificados con Él siempre que suframos con Él (cf. Rom 8,17). La aceptación de la cruz es una condición necesaria. Si Jesús, siendo el Hijo, aprendió la obediencia a través del sufrimiento, (cf. Hebreos 5, 8) ¿no deberíamos estar preparados para soportar la disciplina amorosa de Dios para ser considerados sus hijos legítimos? Así mismo son las aflicciones pasajeras las que nos preparan para la gloria eterna (cf. 2 Cor 4, 17-18). Los santos y los escritores espirituales, han enseñado constantemente que el sufrimiento cristiano proporciona una preparación necesaria para nuestra unión con Dios.  

Pero hay otra conexión entre la Cruz y la Gloria, que es un poco más misteriosa. Nuestro Señor, en el momento en que Judas salió de la última cena para traicionarlo, declaró: “Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado, y Dios ha sido glorificado en Él; si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto” (Jn 13, 31-32). Este pasaje muestra que la Cruz no solo es el medio para la gloria futura en el cielo, sino que también es en sí misma una glorificación aquí y ahora. El mundo tiene sus propios estándares de lo que constituye grandeza y gloria. Las riquezas, la fama, el poder y el placer son las cosas comunes que se usan para medir la gloria y la grandeza de la vida de una persona. Pero Cristo, que dijo: «Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados serán cuando los hombres los aborrezcan» (cf. Lc 6, 20-22), ha establecido nuevos estándares para la grandeza y la gloria. Él ha dado la Cruz como el estándar con el cual debemos medir. La cruz es la medida porque es la manifestación de la mayor de las virtudes: el Amor (cf. 1 Cor 13,13). «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15, 13). En la cruz, Jesús no sólo entregó su vida; sino que lo hizo en medio del mayor sufrimiento. En lugar de la gloria de las riquezas, se vació a sí mismo y fue despojado voluntariamente de todo por amor a nosotros. En lugar de la gloria de la fama, sufrió la mayor humillación por amor a nosotros. En lugar de la gloria del poder, se volvió completamente impotente, clavado inmóvil en la Cruz por amor a nosotros. En lugar de la gloria del placer, sufrió el dolor más intenso de cuerpo y alma posible por amor a nosotros. Tal es el glorioso amor del Redentor. 

Debido a que los fieles de Cristo están llamados a la santidad, también están llamados a tener el honor de participar en el amor redentor de Cristo. No hay santificación sin crucifixión con Cristo. San Juan de la Cruz estaba tan convencido de esta verdad que utilizó las siguientes fuertes palabras:

Mi hermano, si en algún momento alguien intenta persuadirte, ya sea prelado o no, de una doctrina que es más amplia y más placentera, no le creas y no aceptes la doctrina incluso si la confirmara con milagros, sino más bien penitencia y más penitencia y desapego de todas las cosas. Y nunca, si deseas poseer a Cristo, búscalo sin una cruz. (San Juan de la Cruz, Carta al Padre John de Santa Ana) 

San Juan de la Cruz está diciendo lo mismo que San Pablo les dijo una vez a los Gálatas: «Si nosotros mismos o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1, 8). El evangelio que hemos recibido contiene las palabras de Cristo que le dijo a sus apóstoles: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24; Mt 10, 38-39; Lc 14, 27).

La verdadera dignidad y gloria de cualquier criatura consiste en ser un «compañero de trabajo con Dios» (cf. 1 Cor 3, 9). Y no hay mayor obra que la obra de la redención amorosa de Cristo en la Cruz. Los sufrimientos de nuestra vida pueden transformarse en nuestra gloria si los unimos a los sufrimientos de Cristo, para la salvación de nosotros mismos y de los demás. “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no complacernos a nosotros mismos. Que cada uno de nosotros procure de agradar a su prójimo en lo que es bueno, para edificarlo. Porque tampoco Cristo buscó su propia complacencia, antes bien, como está escrito: los oprobios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí” (Rom 15, 1-3). El sufrimiento que nace en unión con Cristo manifiesta su gloria en nosotros: la gloria de su amor divino. Es un amor que tiene sed de nuestra propia santificación y de la salvación eterna de los demás.

Los ángeles de Dios marcan a los miembros de la Iglesia que expresan tal amor con la señal de Aquel cuya alma estaba «triste hasta la muerte» (Mt 26,38) por los pecados de los hombres. Tal marca sirve como una protección especial, como se indicó en el profeta Ezequiel: “y Yahveh le dijo: «Pasa por en medio de la ciudad, por Jerusalén, y pon por marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y se lamentan a causa de todas las abominaciones que se cometen dentro de ella». Y a los otros oí que les dijo: «Pasad tras él por la ciudad y matad. No tengáis una mirada de piedad, no perdonéis; matad al anciano y al joven, a las doncellas, a los niños y a las mujeres, hasta el exterminio. Pero no os acerquéis a ninguno que está marcado con la cruz en la frente. Y comenzad por mi santuario”. (Ez 9, 4-6).

Cuando se le mostró al profeta Ezequiel la corriente que salió del costado del templo, también se le mostró que el paso del tiempo no disminuye, sino que aumenta la profundidad de esta corriente. Pues este torrente se hincha de acuerdo con el principio mencionado por San Pablo: «Pero la ley se introdujo de modo que abundase el delito; más donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (cf. Rom 5,20). Dentro de la Iglesia, cada vez que hay un aumento en el pecado y el escándalo, Dios levanta nuevos hombres y mujeres marcados por los ángeles que lloran y se lamentan de todas las prácticas repugnantes en la Ciudad de Dios, la Iglesia. (cf. Ez 9, 4) Todos los miembros de la Obra de los Santos Ángeles están especialmente llamados a entrar en las profundidades de esta corriente de la gracia de la expiación: el amor vicario que está dispuesto a soportar espiritualmente las cargas de los demás. No estamos llamados a acusar a los pecadores, sino a interceder por ellos con seriedad y fidelidad. Un medio especial para aprender a participar en la obra intercesora de Cristo, es a través de la observancia semanal de la Passio Domini. En la Passio Domini acompañamos a Jesús en oración, y en una ofrenda de nosotros mismos durante las horas de su agonía en el Huerto de los Olivos,  todos los jueves por la noche y todos los viernes durante las horas de su sufrimiento y muerte en la Cruz,  (en la medida en que nuestros deberes de estado así lo permitan). De esta manera podemos trabajar con los santos ángeles implorando las gotas de la sangre redentora de Cristo por las diversas intenciones de la Iglesia y especialmente por los sacerdotes, canalizando las aguas de su gracia hacia los miembros de su cuerpo que más lo necesiten.

Especialmente durante la temporada de Cuaresma, a los fieles cristianos se les ofrece la oportunidad de experimentar la dignidad y la gloria de participar en la obra redentora de Cristo, al observar actos especiales de penitencia y oración. Se alienta a los miembros de la Obra de los Santos Ángeles, a una observancia aún más fiel y ferviente de la Passio Domini durante esta temporada. A través de esta práctica pueden conocer la alegría de la que habla el profeta Isaías: 

Tú dirás en aquel día: Te doy gracias Señor, porque después de enojarte conmigo, tu ira se aplacó y me has consolado. Este es el Dios de mi salvación; yo tengo confianza y no temo, porque el Señor es mi fuerza y mi protección, él fue mi salvación. Ustedes sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación. (Is 12, 1-3)

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CC26

II EXPIACIÓN: LA RESPUESTA DEL HOMBRE A LA JUSTICIA DE DIOS

Si Cristo sufrió y murió por nuestros pecados, realizando una perfecta santificación, ¿por qué seguimos hablando de hacer expiación nosotros mismos? La mayoría estaríamos muy felices si no tuviéramos que preocuparnos por reparar nuestros pecados. La noción de que Cristo se ha hecho responsable de pagar por ellos, para que no tengamos que ser responsables, suena muy atractiva. Pero, de hecho, al permitirnos compartir su sufrimiento y su muerte, es como también podremos compartir su gloria. La relación entre la cruz y la gloria se repite en todo el Nuevo Testamento. Cristo mismo dijo a sus apóstoles después de su resurrección: «¿No era necesario que el Cristo sufriera estas cosas para entrar en Su gloria?» (Lucas 24,26). 

Y así los apóstoles han dejado en claro la conexión entre la cruz y la gloria:

Pero si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, siempre que suframos con él para que también podamos ser glorificados con él (Rom. 8,17). 

… es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios (Hechos 14,22). 

Porque nuestra tribulación momentánea y leve nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida (2 Cor. 4,17). 

Pero alégrate en la medida en que compartas los sufrimientos de Cristo, para que también puedas regocijarte y alegrarte cuando se revele Su gloria (1 Pt. 4,13). 

… lejos esté en gloriarme de mí, excepto en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Gálatas 6,14). 

La Cruz: la Escalera a la Gloria

Hay una doble conexión entre la cruz y la gloria. Primero, la cruz es el medio para la gloria futura del cielo. Como dijo una vez Santa Rosa de Lima: «Esta es la única verdadera escalera al paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo». Como dice San Pablo, seremos glorificados con él siempre que suframos con él (cf. Rom 8,17). Esa es la condición necesaria. La Carta a los Hebreos explica por qué debemos esperar la disciplina del Señor:   

Y habéis ya olvidado la exhortación que Dios les dirige como a hijos suyos: Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor,  y cuando te reprenda, no te desalientes. Porque el Señor corrige al que ama y castiga a todo el que recibe por hijo. Si ustedes tienen que sufrir es para su corrección; porque Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre? Si Dios no los corrigiera, como lo hace con todos, ustedes serían bastardos y no hijos. Después de todo, nuestros padres carnales nos corregían, y no por eso dejábamos de respetarlos. Con mayor razón, entonces, debemos someternos al Padre de nuestro espíritu para poseer la Vida. Porque nuestros padres nos corrigen por un breve tiempo y según su parecer. Dios, en cambio, nos corrige para nuestro bien, a fin de comunicarnos Su santidad. Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella. (Hebreos 12, 5-11). 

Si Jesús, siendo el Hijo de Dios, aprendió la obediencia a través del sufrimiento (cf. Hebreos 5, 8), ¿cuánto más podemos esperar para soportar la disciplina amorosa de Dios para ser considerados sus hijos legítimos? Tales son las aflicciones momentáneas que nos preparan para una gloria eterna que supera toda medida (cf. 2 Cor 4, 17-18). Los santos y los escritores espirituales han enseñado constantemente que el sufrimiento cristiano proporciona una preparación necesaria para nuestra unión con Dios.  

El sufrimiento es el medio para expiar nuestros pecados. Es bueno notar que la Iglesia en los últimos tiempos ha hablado de «expiación» más que de «propiciación». La propiciación significa evitar la ira de una deidad ofendida, como si Dios estuviera furioso por nuestros pecados y nuestros sacrificios calmen su ira. La expiación, por otro lado, significa anular los efectos del pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica señala cuando se habla del castigo eterno, y el castigo temporal debido al pecado: «Estos dos castigos no deben concebirse como una especie de venganza infligida por Dios desde afuera, sino como una consecuencia de la naturaleza misma del pecado » (CIC 1472). «La naturaleza misma del pecado» de la que se habla aquí, se explica como «un apego poco saludable a las criaturas, que debe purificarse en la tierra o después de la muerte en el estado del Purgatorio» (CIC 1472). Es cierto que la Sagrada Escritura usa las imágenes de «propiciación»; especialmente en el Antiguo Testamento. Pero el lenguaje del Nuevo Testamento, al hablar sobre los efectos del sacrificio de Cristo, indica que Cristo vino para «quitar los pecados del mundo», para liberarnos del pecado, «para expiar». Esto quiere decir que su trabajo no era el de la «propiciación» ante un Dios enojado, sino el de anular el pecado y sus efectos.    

Un efecto «poco saludable» de ciertos tipos de pecado, es el desorden que introduce en la relación entre el cuerpo y el alma. Se supone que el cuerpo está sujeto al alma espiritual. Pero debido a los efectos del pecado original, tendemos a mimar el cuerpo. El resultado es que el cuerpo se convierte en un tirano. Cuanto más cedemos al cuerpo, más demandas nos exige, convirtiendo el alma en esclava de sus caprichos y deseos. San Pablo tuvo una gran reverencia por el cuerpo. Él les dijo a los corintios: «¿No saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo que habita en ustedes? Ustedes no se pertenecen, han sido comprados ¡y a qué precio!. Así que glorifiquen a Dios en sus cuerpos» (1 Cor 6, 19- 20). Pero en la misma carta también dijo: «No corro sin rumbo, no peleo como uno que golpea el aire; al contrario, castigo mi cuerpo y lo someto, no sea que después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado» (1 Cor 9, 26-27). El respeto apropiado por el cuerpo no excluye de ninguna manera disciplinarlo con penitencias voluntarias.

Como escribió San Pedro: «Puesto que Cristo sufrió en Su carne, armaos también vosotros con la misma actitud: el que ha padecido en la carne ha roto con el pecado. Porque el que sufre en la carne está libre de pecado para vivir el resto de su vida mortal, no según las pasiones humanas, sino según la voluntad de Dios» (1 Pd 4, 1-2). Las pasiones tienen como objeto los bienes físicos; la voluntad tiene como objeto los bienes espirituales. La única forma en que podemos seguir la voluntad de Dios para con nosotros, que es un bien espiritual, es sometiendo las pasiones, lo que implica una «violencia» contra las inclinaciones de nuestra naturaleza caída.   

Otra consecuencia malsana de otros pecados, es la de  aferrarse a las cosas de este mundo como si nuestra felicidad dependiera de ellas. Las criaturas a las que estamos apegados van desde apegos pecaminosos y perversos, hasta apegos espirituales y sobrenaturales. San Juan de la Cruz tiene un tratamiento prolongado de estos al final de su trabajo, la Subida del Monte Carmelo. El principio básico que establece es que «todos los apegos de una persona a las creaturas son oscuridad pura a la vista de Dios. Vestidos con este afecto, las personas son incapaces de la iluminación y la plenitud dominante de la luz pura y simple de Dios; primero deben rechazarlos. «No puede haber concordancia entre la luz y la oscuridad». Obtener el desapego necesario a las criaturas implica una cantidad de sufrimiento proporcional al grado en que realmente estamos apegados a ellas. San Pablo estableció la evaluación adecuada sobre las cosas del mundo cuando dijo, «Pero todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo he estimado como pérdida por amor a Cristo. Más aún, todas las cosas me parecen una desventaja comparadas con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo, y estar unido a Él, no con mi propia justicia, la que procede de la ley, sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe» (Filipenses 3, 7-9).  

Otra consecuencia malsana de los pecados, es un cierto desorden dentro del alma misma. El sufrimiento es uno de los medios más potentes para ordenar el alma. El sufrimiento ofrece la oportunidad de humillar nuestro orgullo. Dios mismo prometió que castigaría a su pueblo, a aquellos que no escucharan su voz: « Y si aun con estas cosas no me oyereis, yo volveré a castigaros siete veces más por vuestros pecados.» (Lev 26, 18). Cuando somos privados de esas cualidades, las cuales nosotros inútilmente hemos incumplido, experimentamos un sufrimiento saludable provocado por el amor de Dios, que lo hace posible para salvarnos de nuestra propia necedad.

La Gloria de la Cruz

Pero hay otra conexión entre la cruz y la gloria, que es un poco más misteriosa. Nuestro Señor, en el momento en que Judas dejó la Última Cena para traicionarlo, declaró: «…Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado, y Dios glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en Sí mismo, y lo glorificará muy pronto». (Jn 13 31-32).

Santo Tomás explica en su Comentario del Evangelio de San Juan:  «Ahora el Hijo del Hombre es glorificado…», es decir, comienza su pasión en la que será glorificado. Porque Cristo es glorificado por el sufrimiento en la cruz, porque por él triunfó sobre sus enemigos, a saber, la muerte y el diablo; «para que mediante Su muerte, destruyese a aquel que tiene el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (Heb 2,14). Además, porque a través de ella la tierra se unió al cielo; «y por medio de Él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, haciendo la paz mediante la sangre de Su cruz» (Col 1,20). También porque a través de Él obtuvo cada reino de acuerdo con ciertas traducciones, «Anuncia a las naciones: ‘El Señor Reina, Él ha dado estabilidad al orbe… rige a los pueblos con justicia’” (Sal 95, 10).   

Aquí Santo Tomás indica que la cruz no sólo es el medio para la gloria futura en el cielo, sino que también es en sí misma una glorificación aquí y ahora. El mundo tiene sus propios estándares de lo que es la grandeza y la gloria. Las riquezas, la fama, el poder, el placer, son las cosas comunes que se usan para medir la gloria y la grandeza en la vida de una persona. Pero Cristo, que dijo: «Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados los hombres que son odiados por causa mía» (cf. Lc 6, 20-22), ha establecido nuevos estándares para la grandeza y la gloria. Él ha dado la cruz como el estándar con el cual debemos medir. Esto es así pues es la manifestación de la mayor de las virtudes: el amor (cf. 1 Co. 13,13). «Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por los amigos.» (Jn 15,13). Y en la cruz Jesús no solo entregó su vida, sino que lo hizo en medio del mayor sufrimiento. En lugar de la gloria de las riquezas, se vació y fue despojado voluntariamente de todo por amor a nosotros. En lugar de la gloria de la fama, sufrió la mayor humillación por amor a nosotros. En lugar de la gloria del poder, se volvió completamente impotente, clavado inamovible en la cruz, por amor a nosotros. En lugar de la gloria del placer, sufrió el dolor más intenso posible del cuerpo y el alma, por amor a nosotros. Tal es el glorioso amor del Redentor.   

Es en esta gloria que todos los fieles están llamados a compartir. Los apóstoles conocían bien esta gloria cuando San Pablo escribe a los corintios: «Pues pienso que Dios, a nosotros los apóstoles, nos exhibió como los últimos, como destinados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres. Nosotros somos insensatos por Cristo, más vosotros, sabios en Cristo; nosotros débiles, más vosotros fuertes; vosotros honorables, más nosotros despreciados. Hasta esta hora padecemos hambre y sed, andamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos domicilio» (1 Cor 4, 9-11). 

Los fieles están llamados a esto porque están llamados a la santidad, y no hay santificación sin la crucifixión con Cristo. San Juan de la Cruz estaba tan convencido de esta verdad que utilizó las siguientes fuertes palabras:

Si en algún momento, mi hermano, alguien intenta persuadirte, ya sea prelado o no, de una doctrina que es más amplia y más placentera, no le creas y no aceptes esa doctrina incluso si la confirmara con milagros. Sino más bien haz penitencia y más penitencia y desapego de todas las cosas. Y nunca, si deseas poseer a Cristo, búscalo sin una cruz.

San Juan de la Cruz está diciendo lo mismo que San Pablo les dijo una vez a los Gálatas: «Si nosotros mismos o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1, 8). El evangelio que hemos recibido contiene las palabras de Cristo que le dijo a sus apóstoles: «Si alguien quiere venir tras de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24; Mt 10, 38-39; Lc 14, 27).  

Al contemplar la pasión de nuestro Señor Jesucristo: “Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (2 Cor 3,18). Es la súplica de San Pablo que “El Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, se digne fortificarlos por medio de su Espíritu, conforme a la riqueza de su gloria, para que crezca en ustedes el hombre interior. Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo (por nosotros), que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios”. (Ef. 3, 15-19). Estas dimensiones se han interpretado comúnmente para referirse a las dimensiones de la cruz y las dimensiones del amor de Cristo (cf. CIC 2565).

El conocimiento de estas dimensiones no proviene del aprendizaje de libros, sino del Don del Espíritu Santo: conocimiento, del cual la ciencia de la Cruz es su nivel más alto. Es un regalo que debemos anhelar y esforzarnos por deshacernos en su meditación, en la aceptación de nuestras cruces y la abnegación voluntaria.

El sufrimiento que nace en unión con Cristo, manifiesta Su gloria en nosotros como hemos dicho, la gloria de Su amor divino. Es un amor que tiene sed de nuestra propia santificación y del bien de los demás. Tal amor marca a los miembros de la Iglesia con la señal de aquel cuya alma estaba «triste hasta la muerte» (Mt 26,38) por los pecados de los hombres. Tal marca nos protege como se indicó en el profeta Ezequiel: «El Señor le dijo: “Recorre toda la ciudad de Jerusalén y marca con una «T» la frente de los hombres que gimen y se lamentan por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella”. Luego oí que les decía a los otros: “Recorran la ciudad detrás de él, hieran sin una mirada de piedad y sin tener compasión. Maten y exterminen a todos, ancianos, jóvenes, niños y mujeres, pero no se acerquen a ninguno que esté marcado con la «T». Comiencen por mi Santuario. Y comenzaron por los varones ancianos que estaban delante del Templo” (Ez 9, 4-6 ).   

La gloriosa dimensión de la cruz transforma el sufrimiento de ser oscuro y sin sentido en un medio de salvación. San Pablo llega a decir que se regocija en sus sufrimientos, porque son eficaces para ayudar a otros miembros de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II da un hermoso comentario sobre este pasaje de San Pablo en su carta apostólica Salvifici Doloris (Sobre el significado cristiano del sufrimiento): 

En la carta a los colosenses leemos las palabras que constituyen la etapa final del viaje espiritual en relación con el sufrimiento: «Ahora me alegro en mis padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta en las tribulaciones de Cristo, por su cuerpo que es la Iglesia». Y en otra carta le pregunta a sus lectores: «¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo?»… La Iglesia se edifica espiritualmente en forma continua, como el Cuerpo de Cristo. En este Cuerpo, Cristo desea estar unido con cada individuo, y de una manera especial está unido con aquellos que sufren. Las palabras citadas de la carta a los Colosenses testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que sufre en unión con Cristo -como en unión con Cristo soporta sus ‘tribulaciones’ el apóstol Pablo- no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que ‘completa’ con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. Esta perspectiva evangélica destaca especialmente la verdad sobre el carácter creador del sufrimiento. Los sufrimientos de Cristo crearon el bien de la redención del mundo. Este bien en sí mismo es inagotable e infinito. Ningún hombre puede agregarle nada. Pero al mismo tiempo, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto su propio sufrimiento Redentor a todo sufrimiento humano. En la medida en que el hombre se vuelva partícipe de los sufrimientos de Cristo -en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia-, en tanto a su manera completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo.

¿Significa esto que la redención realizada por Cristo no está completa? No. Esto significa únicamente que la redención obrada a través del amor sublime, permanece siempre abierta a todo amor expresado en el sufrimiento humano. En esta dimensión, la dimensión del amor, la redención ya realizada plenamente se realiza, en cierto sentido, constantemente. Cristo logró la redención por completo y hasta el final; pero al mismo tiempo no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. Sí, parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar. (SD 24).

No puede haber mayor dignidad conferida a ninguna criatura, ni mayor gloria en esta vida, que la gloria de ser «compañeros de trabajo con Dios» (cf. 1Cor 3, 9). Y no hay mayor obra que la obra de la redención amorosa de Cristo en la Cruz. De esto queda claro que los sufrimientos de nuestra vida pueden transformarse en nuestra gloria, si los unimos a los sufrimientos de Cristo, para la salvación de nosotros mismos y de los demás. «Los que somos fuertes debemos soportar las fallas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos; que cada uno trate de agradar a su prójimo para el bien y la edificación común. Porque tampoco Cristo buscó su propia complacencia, como dice la Escritura: ‘Los ultrajes de los que te agraviaron cayeron sobre mí’ (Rom 15, 1-3).

Grados y medios de expiación

Podemos concluir nuestra consideración mencionando algunas de las formas en que podemos tomar nuestra cruz todos los días. Cristo ha sufrido el «gran camino de expiación»; a lo que nos llama es a la pequeña forma de expiación. Hay varios pasos que deben ser dados para seguir a nuestro Señor a lo largo del corto camino de expiación.

Primer paso: fidelidad a los deberes

El primer paso es bastante simple, quizás porque es tan «poco romántico» es el que la mayoría de la gente quisiera saltarse. Pero no hay forma de subir los siguientes pasos sin este primero. Este paso es el de nunca omitir nuestros deberes, independientemente del sufrimiento que nos causen. A pesar de la repugnancia natural que podamos tener por nuestros deberes, debemos ser fieles a ellos. El sufrimiento involucrado en este primer paso, puede implicar sufrimiento físico, pero la mayoría de las veces, consiste en el sufrimiento de someter continuamente nuestra voluntad a la rutina de la vida; el trabajo pesado, la estrechez aparentemente sofocante de la rutina diaria. Como señala un escritor espiritual: «Hay innumerables almas engañadas que descuidan algún deber de su estado en la vida y, sin embargo, piden permiso a sus confesores para practicar ciertas penitencias y mortificaciones de su propia elección. El cumplimiento exacto de todos nuestros deberes y obligaciones según sea nuestro estado en la vida, es el primer grado y es a su vez absolutamente indispensable para la crucifixión del yo».

Segundo paso: aceptación de las cruces que Dios elige

El segundo paso, que se basa en el primero, es la aceptación de las cruces que Dios nos envía, o las que él nos permite. Estas se refieren a las tantas pequeñas piedras que golpean nuestros dedos de los pies, a tanto polvo que sopla hacia nuestros ojos en nuestra vida diaria. Las contradicciones, las pruebas de paciencia, los malentendidos, las presiones, las enfermedades y las situaciones incómodas o embarazosas, las falsas acusaciones que tenemos que soportar, forman la cruz que Dios desea que carguemos con alegría. El mayor desafío es reconocer que lo que tenemos que soportar es de hecho una cruz de Dios. Por lo general, nos parece que proviene simplemente del destino ciego, o peor aún, de la irreflexión, la insensibilidad o incluso de la malicia de los demás. El punto es que, aunque Dios no quiere que nadie peque, aun así, si alguien peca de tal manera que nos lastima u ofenda, o nos cause una carga, es la voluntad de Dios que de nuestra parte estemos dispuestos a aceptar cualquier cruz que no podamos evitar. Deberíamos llegar al punto en que no solo lo aceptemos, sino que incluso oremos por aquellos que nos traen la cruz, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,32). 

San Juan de la Cruz escribió en una obra llamada Precauciones: 

Es apropiado que pienses que todos [con quienes debes lidiar en la vida diaria] están ahí para ponerte a prueba, como realmente lo están; que algunos tienen que pulirte con palabras, otros con obras, otros con pensamientos en tu contra; y que en todas estas cosas debes estar sujeto a ellos como lo está una estatua para el artista que la esculpe, y la pintura para el pintor. Y si no observas esto, nunca sabrás cómo conquistar tu propia sensualidad y sentimentalismo, ni sabrás cómo comportarte bien con [otras personas], ni obtendrás santa paz, ni serás libre de ti mismo o de tus muchos males y defectos.

Está claro, pueden surgir situaciones que no son del todo saludables, y la única solución es alejarse de ellas. No es que siempre debamos simplemente «morder la bala» y perseverar. Debemos trabajar por una resolución, un entendimiento, una reconciliación cuando sea posible; debemos tratar de eliminar tensiones y dudas innecesarias. Deberíamos tratar especialmente de eliminar las cruces que nosotros mismos nos fabricamos. Como Santa Elizabeth Ann Seton dijo una vez, las cruces más difíciles son las que hacemos para nosotros mismos: «Uno se corta una cruz de orgullo; otro de descontento sin causa; otro de constante impaciencia e irritante nerviosismo».

Tercer paso: mortificaciones voluntarias

Si bien la aceptación de las cruces que Dios nos envía es una práctica muy importante y fundamental, estamos llamados a más. La Iglesia y los santos siempre han reconocido la necesidad de la abnegación voluntaria. La palabra «mortificar» viene de San Pablo, «si viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir (mortificar) las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán» (Rom 8,13; cf. Col 3, 5). 

La práctica de renunciar voluntariamente a las cosas es necesaria y se debe comenzar por eliminar todas las cosas que son pecaminosas o las ocasiones de pecado. Jesús usó un lenguaje muy duro para transmitir esta verdad: «Si tu ojo te hace pecar, sácalo… si tu mano te hace pecar, córtala… es mejor entrar ciego y manco que ir al infierno con todo tu cuerpo» (cf. Mt 5, 29-30). Está claro que no debemos causarnos daño físico permanente. Pero podemos decir, «si tu televisor te hace pecar, tíralo a la basura. Si tus amigos te llevan al pecado, no los veas más. Si Internet te hace pecar, tira la computadora o cancela el servicio. Haz lo que sea necesario para ser libre». 

Esto se aplica también a las cosas que no son pecaminosas en sí mismas, pero que ciertamente no son útiles, y que constituyen una distracción para las cosas de Dios. Las personas, las cosas, las actividades que pueden convertirse fácilmente en una preocupación y que nos impiden la búsqueda de nuestra amistad con Dios, deben ser reducidas, debemos renunciar a ellas, al menos ocasionalmente, para mantener una cierta distancia de ellas.

Más allá de esto, hay muchas otras oportunidades para negarnos a nosotros mismos: por ejemplo, sentarse en una silla menos cómoda, en lugar de la «butaca»; levantarse de la cama tan pronto como suene la alarma; tomar duchas frías en lugar de calientes; siempre vestirse modestamente, independientemente del calor que haga; no ceder a la curiosidad; no perder el tiempo mirando televisión; no encender la radio o la grabadora en el automóvil; etc.

Cosas como estas deberían llevarnos a sacrificios cada vez más generosos con Dios. En general es importante que las penitencias inusuales se realicen solo bajo la dirección de un confesor o director espiritual. De esta forma evitamos la imprudencia y también el peligro aún mayor de la voluntad propia.

Cuarto paso: preferir el sufrimiento al placer

Al siguiente paso se llega con un don especial de la gracia de Dios que bendice nuestros propios esfuerzos humanos. Es tener un gran amor por el sufrimiento; desear sufrir más que desear el placer. San Juan de la Cruz describe este paso:

Esforzarse siempre por inclinarse, no hacia lo que es más fácil, sino hacia lo que es más difícil; no a lo que es sabroso, sino a lo que es más amargo; no a lo que es más agradable, sino a lo que es menos agradable; no a lo que da descanso, sino a lo que exige esfuerzo; no a lo que es un consuelo, sino a lo que es una fuente de tristeza; etc.

El sufrimiento no es un fin en sí mismo, pero se desea porque se reconoce como el medio para obtener más rápidamente la unión con el Amado. Santa Rosa de Lima se inspiró profundamente en esta verdad, de modo que dijo:

Una fuerza grande se apoderó de mí y pareció colocarme en el medio de una calle, para poder decir en voz alta a las personas de todas las edades, sexos y estados: «Oigan, personas; oigan, naciones!. Estoy advirtiéndoles sobre el mandamiento de Cristo usando palabras que salieron de sus propios labios: No podemos obtener gracia a menos que suframos aflicciones. Debemos acumular problemas sobre problemas para lograr una participación profunda en la naturaleza divina, la gloria de los hijos de Dios y perfecta felicidad del alma… ¡Si tan solo los mortales aprendieran lo grandioso que es poseer la gracia divina, cuán hermoso, noble, precioso! ¡Cuántas riquezas esconde en sí mismo, cuántas alegrías y deleites! Sin duda dedicarían todo su cuidado y preocupación por ganar para sí mismos dolores y aflicciones. Todos los hombres del mundo buscarían problemas, enfermedades y tormentos, en lugar de buena fortuna, para alcanzar el insondable tesoro de la gracia».

Quinto paso: víctima de la expiación

La consumación de estos grados de expiación, es el acto de ofrecerse como víctima de la expiación por los pecados del mundo. Como escribieron algunos grandes escritores espirituales de nuestro tiempo: «Debemos decir con gran insistencia que este acto sublime está completamente por encima del camino ordinario de la gracia. Sería una presunción terrible para un principiante o para un alma purificada imperfectamente, ubicarse en este estado». ‘Ser llamado víctima es fácil y satisface el amor propio, pero realmente ser víctima exige pureza, un desapego de las criaturas, un heroísmo que se abandona a todo sufrimiento, a toda humillación, a una oscuridad inefable; yo consideraría tonto o extraordinario, si alguien que está al comienzo de la vida espiritual, intentara aquello que el Divino Maestro no hizo de una vez sino gradualmente”.

Dicho esto, podemos notar que Santa Teresa del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, recomendó a todos sus novicios el Acto de Oblación al Amor Misericordioso. En esta oración, el alma se ofrece «como víctima de holocausto al amor misericordioso de Dios». 

Para vivir en un solo acto de Amor perfecto, me ofrezco como víctima de holocausto a tu amor misericordioso, pidiéndote que me consumas incesantemente, permitiendo que las olas de infinita ternura encerradas dentro de ti se desborden en mi alma, y que ¡así pueda convertirme en mártir de tu amor, Dios mío!

Esto es para notar que, siguiendo el ejemplo de la humildad y la sobriedad de esta gran santa, podemos hacer una ofrenda de nosotros mismos a Dios. Esto se hace de tal manera que dejamos completamente en manos de su sabiduría, el disponer de nosotros como él desee, para la salvación de las almas.

El ejemplo clásico de un alma víctima, es Santa Catalina de Siena, quien escribió: «La única causa de mi muerte es mi celo por la Iglesia de Dios, que me devora y consume. Acepta, oh Señor, el sacrificio de mi vida por el Cuerpo místico de tu santa Iglesia». Tal ofrenda no se hace principalmente para la propia santificación. Es por el bien de la Iglesia. Sin embargo, indirectamente, si el alma corresponde a las gracias, convierte el alma en una imagen viva y una reproducción fiel de Jesucristo, el mártir divino del Calvario.

Conclusión

Hemos considerado la justicia misericordiosa de Dios hacia nosotros, que no sólo perdona nuestros pecados, sino que nos permite participar en la obra redentora de Cristo. Esto es lo que nos lleva a irradiar en nuestras vidas la gloria de la cruz de Cristo, y nos lleva a la gloria del cielo. Debemos recurrir, por lo tanto, a nuestra Madre, la Madre de los Dolores, y rogarle que «nos haga sentir como ella ha sentido, que haga que nuestras almas brillen y se derritan por nuestro Salvador crucificado». Podemos concluir con una estrofa de un poema de James Kirkup:

Oh, que pueda aprender a amar esa alegría sembrada de pasión.
Ese es el placer insinuado de la gracia salvaje del alma.
En brillantes paraísos de alegría divina.
Que la ternura terrenal recibida: donde no hay brillante dolor.
En el deseo imperfecto de nuestro amor por la gracia perfecta.
¡Oscurece el éxtasis de amor del corazón celestial!

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Cartas Circulares

CC24 Justicia de Dios

La Justicia de Dios y nuestro corto camino de expiación

I. LA JUSTICIA DE DIOS

Cuando hablamos de la justicia de Dios, es importante aclarar en qué sentido usamos el término. La justicia, en general, es la virtud moral que consiste en la voluntad constante y firme de dar a cada persona lo que le corresponde. En otras palabras, la justicia reconoce y honra los «derechos» de cada persona.

Justicia conmutativa

Hay varias especies de justicia que se distinguen según la relación entre personas o grupos. Por ejemplo, lo que se llama justicia conmutativa es el tipo de justicia que regula las relaciones entre los miembros de una comunidad, las personas que son más o menos iguales. Por ejemplo, usted hace este servicio por mí, y yo le pago un salario justo, o le vendo esto, y usted me da un precio justo, etc. Hay una cierta igualdad en ese toma y dame. Implica un intercambio de bienes o servicios entre personas, que no tienen otras obligaciones particulares entre sí que ese intercambio. De esto debería quedar claro que con respecto a nuestra relación con Dios no hay «justicia conmutativa». Es decir, no hay nada que podamos hacer para «pagar» a Dios por lo que ha hecho por nosotros. Como dice el salmista: «¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?» (Salmo 116, 12). Además, no hay nada que podamos hacer que dé como resultado imponerle a Dios una obligación en justicia para que él nos pague, «… ¿le dio primero para que tenga derecho a la recompensa?” (Rom 11,34). Esto se debe al hecho de que existe una desigualdad absoluta entre Dios y las creaturas. Dado el hecho de que Dios es la fuente de todo, y el que mantiene todas las cosas continuamente en existencia, es absurdo pensar que podría tener una deuda de justicia con cualquiera de sus criaturas.

Todo lo que Dios nos da es un acto de gracia, es decir, un regalo inmerecido y gratuito. «porque todas las cosas provienen de Él y son por Él y para Él” (Rom 11,35). Por esta razón, nunca podemos imaginar que Dios nos deba algo en justicia en el sentido estricto de la justicia conmutativa.

Justicia distributiva

Hay otra especie de justicia que se llama «justicia distributiva». Esta es la especie de justicia que en los asuntos humanos, regula la relación entre la comunidad en su conjunto y los miembros individuales de la comunidad. Aquí no se trata de una relación entre iguales en la que haya un intercambio de bienes o servicios comparables. Por el contrario, cada miembro de la comunidad recibe de la comunidad misma, en proporción a su posición en la comunidad y el servicio para ella. Es importante tener en cuenta que la justicia distributiva se preocupa no solo de dar a cada persona la recompensa que merece por sus buenas obras, sino que también trata de dar a cada persona el castigo que merece por sus crímenes contra la comunidad.

La distribución justa de los regalos en la creación

Cuando consideramos la justicia distributiva en referencia a nuestra relación con Dios, vemos que hay un sentido en el que se aplica. Por su libre albedrío, Dios ha establecido que cada criatura tenga un cierto lugar, función y finalidad. Según su sabiduría y bondad, les da a sus criaturas todo lo que necesitan para el cumplimiento de sus tareas y para lograr la finalidad para la que fueron creadas. Este es un principio de los tratos de Dios con nosotros: él otorga a cada criatura, regalos en proporción a la tarea que cada uno recibe. Tal como Jesús dijo: «A quien mucho se le da, mucho se le pedirá»;  así mismo se da el caso de que de quien se espera mucho, se le da mucho. Entonces, Dios distribuye los dones de acuerdo con la vocación de cada persona. Este es un sentido en el que la justicia distributiva determina la relación de Dios con nosotros.

Debe quedar claro que nadie tiene ningún reclamo sobre Dios. La voluntad de Dios de crear no está motivada por la justicia, sino por pura misericordia y amor. Toda la creación es un regalo gratuito de Dios. La justicia le da a cada persona lo que le corresponde. Pero cuando se trata de regalos, no hay un «vencimiento» estricto, porque por su propia naturaleza, un regalo va más allá de lo que se debe. No es como si algo mereciera ser creado, o que Dios estuviera de alguna manera obligado a darle a cualquier criatura alguna cualidad particular. Como San Pablo escribe: «¿Pero quién eres tú para responderle a Dios? ¿Lo que está moldeado le dirá al moldeador: ‘¿Por qué me has hecho así?’ ¿No tiene el alfarero derecho sobre la arcilla para hacer del mismo bulto un recipiente para belleza y otro para uso doméstico? (Romanos 9, 20-21). El profeta Isaías usa la misma analogía para advertir: “!Ay del que desafía al que lo modela, siendo sólo un tiesto entre los tiestos de la tierra! ¿Acaso la arcilla dice al alfarero: «¿Qué haces?» o «Tu obra no tiene asas?» (Is 45, 9).  

Dios no hace injusticia cuando le da a algunas personas ciertos dones que no les da a otras. Se nos recuerda la parábola del dueño de la viña que le da a los contratados durante la última hora la misma paga que a los contratados a primera hora del día. Cuando los contratados temprano comienzan a quejarse, el maestro de la viña dice: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes envidia de que Yo sea bueno?» (Mt 20, 13-15).

Imagínate si te diera un cheque por diez mil dólares como obsequio, tú no has hecho nada para merecerlo. Solo quiero que lo tengas, es tuyo. Al minuto siguiente me doy la vuelta y le doy a alguien más un cheque por un millón de dólares. ¿Tendrías razón de indignarte por el hecho de que le di a la otra persona más de lo que te di a ti?

Si dijeras: «¡Oye, espera un minuto! ¿Qué pasa con esto? ¿Por qué solo me diste diez mil dólares cuando a aquel le das un millón?» ¿No sería eso absurdo? ¿No sería un signo de ingratitud, orgullo y envidia? En lugar de estar verdaderamente agradecido por el regalo recibido, estarías enojado porque no recibiste tanto como el otro. Este sentido confuso de «justicia» es un problema muy común. Causa mucha discordia, celos, y lo peor de todo, alienación de Dios. Cuando la envidia se refiere a los dones espirituales dados a otros, este se considera uno de los pecados contra el Espíritu Santo. Si notamos que tenemos ese problema, es muy importante superarlo a través de una meditación larga y dura, sobre el hecho de que todo es un regalo para que nuestro ojo no se vuelva malo porque Dios es bueno. Debemos aprender a regocijarnos en los dones que Dios nos ha dado, y en los dones que les ha dado a los demás. Una cosa que puede ayudarnos a superar la envidia, es el considerar si nos gustaría ponernos en el lugar de aquellas personas a quienes se les da mucho, pues el día del juicio  tendrán que rendir cuentas de cómo usaron todo lo que se les dio.

Justicia distributiva en recompensas y castigos

Además de la distribución justa de los regalos en la creación, la justicia distributiva de Dios también se preocupa por recompensar nuestro buen uso de los regalos que recibimos,  y por castigar la negligencia o el mal uso de estos mismos regalos. Se nos recuerda la parábola de los talentos donde el maestro confía los talentos de sus siervos, y luego cada uno tiene que rendir cuentas de lo que se les dio (cf. Mt 25, 15-28). La Sagrada Escritura da un amplio testimonio del hecho de que Dios, en su justicia, esperará que cada persona responda por lo que ha hecho con lo que se le dio: 

Yo el Señor, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus obras (Jer 17,10). 

El cual pagará a cada uno conforme a sus obras: Él dará la Vida eterna a los que, perseverando en la práctica del bien, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad. En cambio, castigará con la ira y la violencia a los rebeldes, a los que no se someten a la verdad y se dejan arrastrar por la injusticia. (Rom 2, 6-8).

Lo que el hombre siembra, es lo que cosecha. Porque el que siembra para satisfacer su carne, de la carne también recogerá corrupción. Pero el que siembra según el Espíritu, del Espíritu recogerá la Vida eterna (Gálatas 6, 7-8).

Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal. (2 Cor 5,10).

Pero aquí debe  quedar claro que cuando hablamos tanto de las recompensas como de los castigos que merecen nuestras acciones, no estamos hablando de justicia en el sentido estricto del término. La justicia que nos concierne de parte de Dios, está informada y penetrada por su misericordia, es especialmente manifiesta cuando consideramos recompensas y castigos.

Con respecto a las recompensas que recibirán nuestras acciones, Cristo nos asegura que si rezamos, ayunamos y hacemos buenas obras por los motivos correctos, nuestro Padre celestial nos recompensará (cf. Mt 6, 1-18). Mientras que al mismo tiempo nos dice sin rodeos: «Sin Mí no pueden hacer nada» (Jn 15, 5). El punto es que sólo Cristo puede merecer cualquier recompensa. Sólo Cristo, que es el Hijo de Dios está en condiciones de realizar cualquier trabajo que pueda esperar las bendiciones eternas que se ofrecen en el cielo. Dependemos del don gratuito de la gracia, mediante el cual podemos participar en la vida misma de Cristo, para merecer cualquier recompensa celestial. Si estamos fuera de esa vida de gracia y caridad, no importa qué tipo de sacrificio hagamos, no vale nada en términos de recompensa celestial. Si incluso tuviéramos que dar todo lo que tenemos a los pobres y si tuviéramos que entregar nuestro cuerpo para ser quemado, pero si no tuviéramos la vida de Cristo en nosotros, no valdría nada (cf. 1 Cor 13, 3). Entonces, aquí está claro que es más un acto de misericordia de parte de Dios, que un acto de justicia que recompensa nuestras buenas acciones.   

Castigo Templado por la Misericordia

Con respecto al castigo que merecen nuestros pecados, la misericordia y la clemencia de Dios modifican su justicia. Nunca podremos satisfacer o reparar nuestras ofensas a Dios por nosotros mismos. La redención y la obra de expiación realizada por Jesucristo es el misterio central de la fe cristiana. Él es el «Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29). Como el profeta Isaías enseñó: «Despreciado y desechado por los hombres, varón de dolores y que sabe lo que es padecer, como alguien ante quien se aparta el rostro, le deshonramos y le desestimamos, le tuvimos por nada. Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras dolencias, ha cargado con nuestros dolores y nosotros le tuvimos por castigado, como herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestros pecados, quebrantado por nuestras culpas; el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él, y a través de sus llagas hemos sido curados. Éramos todos como ovejas errantes, seguimos cada cual nuestro propio camino; y El Señor cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros.” (Is 53, 3-6).  

Su clemencia está ahí para perdonar el pecado y reducir en gran medida el castigo que se debe a la culpa por el pecado. Como está escrito en el Salmo 102:

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia.
no está siempre acusando; ni guarda rencor para siempre.
Él no nos trata conforme a nuestros pecados, ni nos paga según nuestras iniquidades.
Como un padre que se apiada de sus hijos, el Señor se compadece de los que le temen;
Porque Él sabe de lo que estamos hechos, Él recuerda que somos polvo (v. 8-10, 13-14).

Nuestra participación en la obra de expiación de Cristo

Pero más allá del hecho de que Dios perdona nuestros pecados y disminuye el castigo que se debe por ellos; en su justicia, templado por la misericordia, también nos da la capacidad de unirnos a la obra redentora de Cristo, para la expiación por los pecados. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de esto.

La cruz es el sacrificio único de Cristo, el «único mediador entre Dios y los hombres». Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre», Él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida […] se asocien a este misterio pascual». Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas». Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (CIC 618).

Esto se debe ver no solo como un acto de la justicia de Dios, sino también de su amor misericordioso por nosotros.

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CC23 Meditación

II MEDITACIÓN

Predisposiciones para la adquisición de la sabiduría a través de la meditación

La meditación, también conocida como oración mental, o simplemente oración, es uno de los medios fundamentales para disponernos para la maduración de la Vida de Cristo en nuestras almas. En el concepto de meditación, deseamos incluir una variedad de elementos, y debemos asumir una serie de predisposiciones.

La primera de las predisposiciones necesarias es una cierta pureza del cuerpo y la integridad de la mente. El libro de la Sabiduría comienza con esta advertencia: «Porque los pensamientos perversos apartan de Dios, cuyo poder puesto a prueba, confunde a los insensatos; porque la sabiduría no entra en un alma que hace el mal, ni habita en un cuerpo sometido al pecado» (Sb 1, 3-4). Debemos estar libres de lo que las Escrituras se refieren como la «sabiduría de la carne». San Pablo habla de esto en su carta a los romanos: «los deseos de la carne se oponen a Dios, ya que no se someten a su Ley, ni pueden hacerlo; y los que viven de acuerdo con la carne, no pueden agradar a Dios» (Romanos 8, 7). La Vulgata traduce así: «la sabiduría de la carne es enemiga de Dios». 

La segunda predisposición necesaria para adquirir sabiduría es combatir la falsa sabiduría del mundo. Es decir, el mundo tiene su propio conjunto de objetivos y estándares. Si alguien trata de vivir de acuerdo con estos estándares, necesariamente será infiel a la sabiduría de Dios. La meditación en las verdades eternas es la manera de formar la mente según los estándares de Dios. Uno debe hacer todo lo posible para juzgar todas las cosas de acuerdo con el valor que tienen a los ojos de Dios. La pobreza de espíritu, como se mencionó en una conferencia anterior, es una disposición clave para la recepción del don de la sabiduría.

Un tercer requisito previo es la necesidad de cierto grado de libertad. El libro de Sirácides deja esto claro: “La sabiduría del escriba exige tiempo y dedicación, y el que no está absorbido por otras tareas, se hará sabio. ¿Cómo se hará sabio el que maneja el arado y se enorgullece de empuñar la aguijada, el que guía los bueyes, trabaja con ellos, y no sabe hablar más que de novillos? Él pone todo su empeño en abrir los surcos y se desvela por dar forraje a las terneras. Lo mismo pasa con el artesano y el constructor, que trabajan día y noche; con los que graban las efigies de los sellos y modifican pacientemente los diseños: ellos se dedican a reproducir el modelo y trabajan hasta tarde para acabar la obra. Lo mismo pasa con el herrero, sentado junto al yunque,con la atención fija en el hierro que forja: el vaho del fuego derrite su carne y él se debate con el calor de la fragua; el ruido del martillo ensordece sus oídos y sus ojos están fijos en el modelo del objeto; pone todo su empeño en acabar sus obras y se desvela por dejarlas bien terminadas. Lo mismo pasa con el alfarero, sentado junto a su obra, mientras hace girar el torno con sus pies: está concentrado exclusivamente en su tarea y apremiado por completar la cantidad …” “… Por otro lado, el que se dedica al estudio de la ley del Altísimo buscará la sabiduría de todos los antiguos, y se preocupará con profecías, preservará el discurso de hombres notables y penetrará las sutilezas de las parábolas; buscará los significados ocultos de los proverbios y se sentirá como en casa con el misterio de las parábolas (Sir 38,24 – 39, 3). 

Meditación sobre la Sagrada Escritura

Una de las formas más fundamentales en las que practicamos la meditación es a través de la meditación en la Sagrada Escritura. Se dijo que la sabiduría consiste en la visión de las cosas en la eterna Palabra de Dios. En la Sagrada Escritura, la Palabra eterna habla al hombre en lenguaje humano. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice una sola Palabra, su Verbo único, en quien Él se da a conocer en plenitud … Por esta razón, la Iglesia siempre ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el El Cuerpo del Señor. Ella nunca deja de presentar a los fieles el Pan de vida, tomado de la única mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (CIC 102-103). En otro lugar, el Catecismo dice: «Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Las realidades divinas reveladas, que están contenidas y presentadas en el texto de la Sagrada Escritura, han sido escritas por la inspiración del Espíritu Santo» (CIC 105) .

Siguiendo el hecho de que las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios, una forma primaria de meditar es a través de la lectura reflexiva de las Sagradas Escrituras. Hay varios pasajes del texto inspirado que expresan esta verdad: “Cuando se presentaban tus palabras, yo las devoraba, tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque yo soy llamado con tu Nombre, Señor, Dios de los ejércitos” (Jer 15,16). “Entonces dije –¡y este es mi dolor!–: ‘¡Cómo ha cambiado la derecha del Altísimo!‘. Yo recuerdo las proezas del Señor, sí, recuerdo sus prodigios de otro tiempo” (Sal 77, 11-12).  “Examina detenidamente los preceptos del Señor y medita sin cesar sus mandamientos: él mismo afirmará tu corazón y te dará la sabiduría que deseas» (Sir 6,37); “Recuerda que desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús” (2Tim. 3,15). 

Es importante no descuidar la meditación de la sabiduría de la Palabra de Dios contenida en el Antiguo Testamento. Los cristianos deben reflexionar sobre la Ley, los Profetas y los Libros de la Sabiduría, así como la forma en que Dios instruyó a su pueblo a través de muchos eventos históricos en el curso de la historia de la salvación. Pero el Antiguo Testamento solo puede entenderse completamente a la luz del Nuevo Testamento, especialmente a la luz del misterio pascual de Cristo. Como Santo Tomás escribió una vez:

La frase «corazón de Cristo» puede referirse a la Sagrada Escritura, que da a conocer su corazón, cerrado antes de la Pasión, ya que la Escritura era incomprensible. Pero la Escritura se ha abierto desde la Pasión; desde el momento en que aquellos la han entendido, han considerado y discernido de qué manera deben interpretarse las profecías.

En el Nuevo Testamento, las Cartas de los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis arrojan luz sobre el misterio de Dios y su misericordia hacia los hombres. Estos deben ser bien conocidos por todos los cristianos. Pero el Evangelio en sus cuatro partes merece nuestra más alta consideración. Como Santa Teresa escribió una vez: «Sobre todo, son los Evangelios los que ocupan mi mente cuando estoy rezando; mi pobre alma tiene tantas necesidades y, sin embargo, esta es la única cosa necesaria. Siempre encuentro una luz fresca allí, significados ocultos y fascinantes«. Los escritores sagrados del Evangelio pasan una cantidad considerable de tiempo contando la pasión y la muerte de Cristo. Esto se debe a que la más alta sabiduría de Cristo se manifestó en la Cruz. La cruz de Cristo es la sabiduría de Dios, como escribió San Pablo: «Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios» (1 Cor 23-24). 

El Concilio Vaticano II enfatizó la importancia que tiene para todos los fieles, leer y meditar en las Escrituras:

El Sínodo Sagrado exhorta de manera enérgica y específica a todos los fieles cristianos, especialmente a aquellos que viven la vida religiosa, a aprender «el conocimiento superior de Jesucristo» (Filipenses 3, 8) mediante la lectura frecuente de las divinas Escrituras. «La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo«. Por lo tanto, déjenlos ir con gusto al texto sagrado en sí mismo, ya sea en la sagrada liturgia, que está llena de palabras divinas, en la lectura devota, en ejercicios adecuados o cualquier otra variedad de ayudas que, con la aprobación y guía de los pastores de la Iglesia, felizmente se estén extendiendo por todas partes en nuestros días. Sin embargo, que recuerden que la oración debe acompañar la lectura de la Sagrada Escritura, para que tenga lugar un diálogo entre Dios y el hombre… Pues «le hablamos a Él cuándo oramos; le escuchamos cuando leemos los oráculos divinos».

El punto de cierre que hace el Concilio es de particular importancia, debemos leer las Escrituras en oración. No debemos leer la Biblia como si leyéramos el periódico. Porque la Palabra de Dios “es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4,12). El Catecismo escribe: La fe cristiana no es una «religión de libro». El cristianismo es la religión de la ‘Palabra’ de Dios, ‘no es una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo’. Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, la Palabra eterna del Dios viviente, debe, por medio del Espíritu Santo, abrir [nuestras] mentes para entender las Escrituras» (CIC 108).    

Cómo meditar en la Sagrada Escritura

Es apropiado comenzar la lectura de la Sagrada Escritura con una oración al Espíritu Santo. También es útil pedirles a los ángeles que iluminen nuestra mente mientras nos adentramos en las Escrituras. Así como el profeta Daniel fue asistido por San Gabriel en la comprensión de ciertas profecías, también nosotros seremos ayudados si pedimos la asistencia de los ángeles (cf. Dan 9, 20-27). 

Las Escrituras deben ser leídas y releídas, meditando en cada palabra y también memorizando muchas de ellas. María es nuestro modelo respecto a este tema, «María guardó todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón» (Lc 2,19, 51). Esta es la manera de cumplir el consejo de San Pablo: “La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza…» (Col 3,16).  

La finalidad de la meditación no es simplemente saber más, sino amar más. Esto es particularmente cierto en la meditación sobre la Sagrada Escritura. San Agustín escribió: Todo estudiante sincero de las Sagradas Escrituras se ejercita, para no encontrar nada más en ellas, sino que Dios sea amado por su propio bien, y nuestro prójimo por el amor de Dios; y que Dios debe ser amado con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo.

Cuatro sentidos de la escritura

Sin embargo, la meditación sobre los pasajes de las Escrituras debe basarse en una interpretación sólida de las mismas. Es útil darse cuenta de que en la Biblia hay varios sentidos de significado. Estos sentidos transmiten la profundidad del significado que pretende el Autor divino, el Espíritu Santo.

Tradicionalmente se consideran cuatro sentidos de la Sagrada Escritura.

El primer sentido se llama sentido literal o histórico. Este se refiere al significado literal de cualquier pasaje en particular. Por ejemplo, cuando el libro del Éxodo habla sobre el momento en que Moisés conduce al pueblo de Israel fuera de Egipto, está hablando de un evento histórico que debe entenderse al pie de la letra. 

El segundo sentido de la Sagrada Escritura se llama alegórico. Según este sentido, los pasajes particulares de la Sagrada Escritura se entienden en referencia a su cumplimiento en Jesucristo y su Iglesia. Entonces, el pasaje sobre el éxodo de Israel desde Egipto, en el sentido alegórico, se puede entender como referencia de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, a través de su cumplimiento en el «misterio de la Pascua». Particularmente, el cruce del Mar Rojo puede entenderse como un signo o tipo de bautismo cristiano por el cual la Iglesia es conducida fuera de la esclavitud del pecado. 

El tercer sentido de la Sagrada Escritura se llama sentido moral (o tropológico). Según este sentido, pasajes particulares de las Escrituras se entienden como lecciones para la vida moral personal del hombre. Entonces, el paso de Israel desde Egipto, en el sentido moral, puede significar el paso de un hombre de la esclavitud a un pecado en particular. Se puede entender que las maravillas que se realizaron, significan las maravillas de la gracia de Dios, que obran para liberarnos del pecado y la muerte.  

El cuarto sentido de la Sagrada Escritura se llama sentido anagógico. Según este sentido, se entiende que pasajes particulares de las Escrituras señalan nuestro destino eterno. Así, el pasaje que habla de que Israel tiene que pasar por el desierto para llegar a la tierra prometida, en el sentido anagógico, puede entenderse como la necesidad de pasar por pruebas para llegar al cielo.  

Hay muchos ejemplos de cómo se utilizan estos diversos sentidos a lo largo de la Sagrada Escritura. Otro ejemplo claro es cómo la ciudad de Jerusalén se puede entender de cuatro maneras. Según la historia y el sentido literal de las Escrituras, Jerusalén es una ciudad en Palestina. Según la alegoría, significa la Iglesia de Cristo. Según el sentido moral de la Escritura, se refiere al alma del ser humano, que bajo este nombre frecuentemente es reprochado o exaltado por el Señor. Según la anagogía, esa ciudad celestial de Dios «es la madre de todos nosotros».

Tres criterios para la correcta interpretación de las Escrituras

Hay tres criterios que indican si una interpretación de la Escritura es válida o no.

Primero, nuestra comprensión de cualquier pasaje particular debe estar a la luz de la unidad de la Sagrada Escritura. Como se dijo anteriormente, una misma Palabra de Dios se extiende a través de toda la Escritura. Por lo tanto, es necesario tratar de formar nuestra comprensión no solo en unos pocos pasajes, sino en el contexto de toda la Escritura.

El segundo criterio para la interpretación correcta de la Escritura, es que se vea a la luz de la Tradición viva de la Iglesia. Es decir, entendemos la Escritura en el contexto de cómo la Iglesia la ha entendido desde el principio. Los escritos de los Padres de la Iglesia, los Concilios, los Catecismos y las costumbres litúrgicas de la Iglesia, dan indicios de la correcta comprensión de los textos de la Biblia. Esto se llama la «Tradición viva» ya que con el paso del tiempo crece la percepción de la Iglesia sobre el significado de la revelación de Dios. Es como el grano de mostaza que con el paso del tiempo se convierte en una planta grande que no se parece en nada a la semilla original, pero que de hecho está contenida en la semilla.

El tercer criterio para la correcta interpretación de las Escrituras se llama, la analogía de la fe. Con esto se entiende la coherencia de las verdades de la fe entre ellas mismas y en todo el plan de salvación. Es decir, nuestra comprensión de la Escritura debe verse en el contexto de las doctrinas de la fe. San Agustín explicó:

Si un hombre en busca de las Escrituras se esfuerza por llegar a la intención del autor a través del cual habló el Espíritu Santo, si tiene éxito en este esfuerzo o si saca un significado diferente de las palabras, pero no se opone a la sana doctrina, él está libre de culpa, siempre y cuando esté respaldado por el testimonio de algún otro pasaje de la Escritura. Porque el autor tal vez vio que este significado específico, descansa en las palabras que estamos tratando de interpretar, y seguramente el Espíritu Santo, quien a través de él pronunció estas palabras, previó que esta interpretación ocurriría al lector, aun mejor, facilitó que ello ocurriera, para que se vea que también está basado en la verdad.

Otros objetos dignos de meditación

Más allá de la meditación sobre la Sagrada Escritura, también podemos disponernos de la Sabiduría de Dios al meditar sobre otras cosas. Por ejemplo, la sagrada liturgia ofrece amplias oportunidades para la meditación. Uno puede ver a la luz de la fe la realidad de nuestra participación en la liturgia celestial y decir con el salmista: “Señor, tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. Sí, yo te contemplé en el Santuario para ver tu poder y tu gloria. Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán. Así te bendeciré mientras viva y alzaré mis manos en tu Nombre.” (Sal. 63, 1-5). 

Además, podemos meditar sobre el misterio de la Iglesia y la misericordia de Dios manifestada a través de las ricas tradiciones de la Iglesia. San Pablo nos dice: “…para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los Principados y a las Potestades en los cielos…» (Ef 3,10). 

Pero aparte de los objetos sagrados, debemos tratar de ver todas las cosas como las obras de Dios creadas para una finalidad eterna. Todas las obras de Dios, incluso las obras de la creación física, se han organizado «en un orden eterno». Esto indica que no existe un orden simplemente arbitrario en la creación, sino un orden divino y sabio. El hombre puede ver más allá de lo físico y transitorio para conocer la eterna sabiduría de Dios. Cristo enseñó a través de parábolas que revelaban, cómo el reino de Dios está representado en la creación.También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas«. Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa«. (Mt 13,31, 33). El escritor del Evangelio continúa diciendo: “Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.» (Mt 13, 34-35). Estas cosas relacionadas con el misterio del reino de Dios han estado ocultas en la creación desde la fundación del mundo, y nuestro Señor les señala para sacarlas. Él nos instruye para que miremos las cosas de la creación más atentamente, para ver más allá de ellas, para beber en la luz eterna.  

Cristo ha establecido los medios para abrir las riquezas de la sabiduría de Dios a los hombres. Él envió el Espíritu de la Verdad, para llevar a sus discípulos a toda la verdad. San Pablo escribió: «Sin embargo, anunciamos una sabiduría entre los perfectos, pero no la sabiduría de este mundo ni la que ostentan los dominadores de este mundo, condenados a la destrucción; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, que él preparó para nuestra gloria antes que existiera el mundo”, “… de las cuales también hablamos, no con palabras aprendidas de sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu de Dios, expresando en términos espirituales las realidades del Espíritu» (1 Cor 2, 6-7, 13). 

Para que podamos adquirir esta sabiduría debemos rezar. «Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, que la pida a Dios, y la recibirá, porque él la da a todos generosamente, sin exigir nada en cambio» (Stg 1, 5). “Pero comprendiendo que no podía obtener la Sabiduría si Dios no me la concedía, –y ya era un signo de prudencia saber de quién viene esta gracia– me dirigí al Señor y le supliqué» (Sab 8,21). Entonces podemos concluir con una oración de la Sagrada Escritura para pedir el gran don de la Sabiduría de Dios.

«Oh Dios de mis padres y Señor de la misericordia, que hiciste todas las cosas por medio de Tu Palabra,
y con tu sabiduría formaste al hombre, para tener dominio sobre los seres que tú creaste,
y gobernara el mundo con equidad y justicia, e hiciera justicia con rectitud de corazón:
dame la sabiduría que asiste a tu trono. Envíala desde tus santos cielos,
mándala desde tu trono glorioso, para que ella trabaje a mi lado,
y yo conozca lo que es de tu agrado”. (Sab 9, 1-10)

 

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CC22 Palabra, Sabiduría y Meditación

La Palabra, la Sabiduría de Dios y la Meditación

“Bienaventurado el hombre que medita en la sabiduría, que razona con inteligencia y considera en su mente la providencia de Dios” (Sir 14,20).

I. LA PALABRA Y LA SABIDURÍA DE DIOS

La sabiduría de Dios

“En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. En el principio Él estaba con Dios; todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y nada de lo que existe fue hecho sin Él” (Jn 1,1 -3). Con estas palabras, San Juan comienza su relato del Evangelio. Aquí él indica la divinidad y la eternidad del Verbo de Dios, y que Dios creó todas las cosas a través de su Verbo divino. Él habló, y todas las cosas llegaron a ser, tanto los cielos como la tierra, tanto las creaturas espirituales como la creación material. Este mismo Verbo, que es el Hijo eterno del Padre, se llama la Sabiduría de Dios como lo atestiguan los Padres de la Iglesia: «Hay un Dios, el Padre del Verbo viviente, que es su Sabiduría inmutable, Poder e imagen Eterna.» 

La Sabiduría de Dios abarca todo lo que existe. Como escribió San Pablo, «el Espíritu escudriña todas las cosas, incluso las cosas profundas de Dios. (1 Cor 2,10). Al conocerse a sí mismo, Dios también contempla todas las otras cosas que son, fueron, serán o podrían ser. Él las ve a todas en la eternidad de su Palabra. Es decir, Dios no conoce a las creaturas directamente en sí mismas como creaturas, en todos sus movimientos temporales y causas contingentes, tales cosas no fueron la fuente de su conocimiento. Más bien, Dios ve todo en la luz de su propia esencia y su propia causalidad. Esta causalidad divina no solo da existencia a las cosas, sino que también determina la razón (o finalidad) de la existencia de todas las cosas. De esta Sabiduría emanan todas las leyes del universo, y todas las cosas están ordenadas de acuerdo con sus apropiados fines. «Ella despliega su fuerza de un extremo a otro de la tierra y gobierna bien todas las cosas» (Sab 8,1). La Sabiduría de Dios impregna y penetra todas las cosas en la creación «porque ella es exhalación del poder de Dios, y una emanación pura de la gloria del Todopoderoso por eso, nada manchado puede alcanzarla. Ella es el resplandor de la luz eterna, un espejo impecable de la obra de Dios, y una imagen de su bondad» (Sab 7, 24-26).   

La participación de la creación en la sabiduría

En la creación, Dios ha dotado a los ángeles y a los hombres con el poder del intelecto. Este poder permite a las creaturas la capacidad de conocer una variedad aparentemente infinita de materias y ciencias. Pero la sublime capacidad y el conocimiento más elevado, que Dios ha ofrecido, tanto a los hombres como a los ángeles, se haya a través de la participación en su Sabiduría divina. La sabiduría es el mayor conocimiento, porque por ella la criatura conoce íntimamente, la Más Alta Causa, Dios. Además de esto, la criatura conoce y juzga otras cosas a la luz de su relación con esta Causa Máxima. En este mismo sentido, los ángeles y los hombres comparten, en diversos grados, el conocimiento de Dios de una manera más elevada y pueden comprender el orden de las cosas según su plan divino.

Dios ha revelado su Sabiduría divina a creaturas inteligentes para formarlas y ofrecerles la plenitud de la vida y la alegría. San Agustín explica:

En el caso de la criatura… vivir no es lo mismo que poseer una vida de sabiduría y felicidad. Porque cuando se aparta de la luz inmutable de la Sabiduría, su vida se llena de locura y miseria, por lo tanto se encuentra en un estado deformado. Su formación consiste en volverse hacia la luz inmutable de la Sabiduría, hacia la Palabra de Dios. La Palabra es la fuente de cualquier ser y vida que este tenga, y a la Palabra debe acudir, para vivir sabia y felizmente.

Los ángeles y la sabiduría divina

La revelación de la Sabiduría de Dios se hizo primero a los santos ángeles. El Hijo de Dios, quien es la luz que ilumina a todos los hombres que entran al mundo, fue revelado a los santos ángeles. En relación con el asunto sobre si recurrieron a la Sabiduría o no, los ángeles estaban llenos de luz, de lo contrario se hubieran convertido en oscuridad en sí mismos. Aquellos ángeles que recurrieron a la Sabiduría de Dios experimentaron una formación y una iluminación. San Agustín explica esto en su comentario sobre el libro del Génesis:

Cuando la Sabiduría eterna e inmutable, que no es creada sino engendrada, entra en las creaturas espirituales y racionales, como es habitual que venga a las almas santas, para que con su luz puedan brillar, hay un nuevo estado introducido en la razón que ha sido iluminada, esto puede entenderse como la luz que se hizo cuando Dios dijo: «Hágase la luz». Esto supone, por supuesto, que las creaturas espirituales ya existían y fueron anticipadas por la palabra cielo, donde las Escrituras dicen: «Al principio Dios creó el cielo y la tierra», y que esto no significa el cielo material sino el cielo inmaterial que está por encima de él. Este cielo se exalta sobre todo lo material, no por su ubicación sino por la excelencia de su naturaleza.

Con la iluminación de los ángeles fieles, la Sabiduría creó sabiduría en ellos. En su gran prueba, los ángeles que se volvieron a Dios y recibieron un conocimiento íntimo y experiencial de Dios. A través de ese conocimiento, tuvieron la capacidad de discernir correctamente, ordenar y juzgarlo todo en forma adecuada.

Acerca de esto, San Agustín explica la división de los seis días de la creación en términos del conocimiento de los ángeles:

Hay una gran diferencia entre el conocimiento de una cosa en la Palabra de Dios y el conocimiento de la misma cosa en sí misma. El primer tipo de conocimiento puede considerarse como perteneciente al día; el segundo tipo a la noche. En comparación con la luz que se ve en la Palabra de Dios, todo conocimiento por el cual conocemos a cualquier criatura en sí misma, puede llamarse correctamente noche… Los santos ángeles… siempre contemplan el rostro de Dios y se gozan en su Palabra… en ellos primero se creó la sabiduría antes que en todo lo demás. Por lo tanto, ellos sin lugar a dudas, conocen toda la creación, en la cual fueron creados primero, y tienen este conocimiento en la Palabra de Dios mismo, en quien están las razones eternas de todas las cosas hechas en el tiempo, existentes en él, por quien todas las cosas han sido creadas. Y luego tienen este conocimiento en la creación misma, en cuanto la miran y la relacionan a la alabanza de aquel en cuya verdad inmutable contemplan, y como en la fuente de toda la creación, están las razones por las cuales las creaturas han sido creadas.

Allí el conocimiento que tienen es como el día, en la bendita compañía, perfectamente unida por la participación en la misma Verdad, en el primer día creado; pero entre las creaturas, es aquí en donde su conocimiento es como la noche. Son el día, en la medida en que permanecen firmes en esta Verdad. Porque si los ángeles se volvieran a sí mismos o se deleitaran más en sí mismos que en la unión con Él, con quien son felices, caerían hinchados de orgullo. Esto es lo que pasó con el diablo.

La sucesión de la mañana y del atardecer, registrada en el relato de la creación, según esta explicación de San Agustín, obviamente no se refiere a los días que experimentamos, los cuales se miden por la rotación de la tierra. Esta sucesión tampoco implica un paso del tiempo. Pues los ángeles pueden contemplar lo que se llama el conocimiento de la creación de la mañana y de la tarde de una sola mirada, al mismo tiempo. La sucesión que se menciona en el relato de la creación, no se refiere a la sucesión temporal, sino al orden en que la creación fue revelada a los ángeles. Este orden no sigue el orden real en el que se crearon las cosas, sino que sigue otra lógica.

Esta explicación de San Agustín demuestra claramente la naturaleza de la sabiduría creada en general, y la sabiduría angélica en particular. La sabiduría creada es el conocimiento más vivido y perfecto que ve a Dios, y todas las demás cosas a la luz de la Palabra de Dios. Lo sabe todo de acuerdo con la divina idea eterna. Es sólo bajo esta luz que la criatura puede comprender completamente el significado de cada cosa que existe, y la finalidad para la que fue creada.

El hombre y la sabiduría divina

Cuando algunos de los ángeles se apartaron de la Sabiduría y la Palabra de Dios, se separaron de la luz y se convirtieron en oscuridad. A partir de ese momento decisivo en adelante, comenzó la lucha entre la luz y la oscuridad, entre la Sabiduría eterna y la falsa sabiduría que es la locura oscura. Los hombres han sido llevados a esta lucha y se han convertido en algunos de los jugadores clave en este drama.

Dios creó al hombre con la capacidad de recibir sabiduría y con el anhelo de poseer sabiduría. Pero en lugar de esperar y estar expectantes por adquirir la Sabiduría de Dios, a través de la obediencia, el hombre recurrió a la falsa sabiduría que Satanás le presentó como efecto de la desobediencia. Está registrado en el libro de Génesis:

“Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió” (Gen 3,6). El engañador presentó el árbol prohibido a Eva como algo deseable para hacerlos sabios. El deseo de sabiduría fue quizás, el más fuerte atractivo. Por ello, en lugar de recibir luz, vida y crecimiento, de cara a la Sabiduría eterna, el hombre se apoderó del fruto de la desobediencia y su intelecto se oscureció, se deformó en la voluntad y la muerte entró en el mundo.  

Sin embargo, «incluso cuando desobedeció [a Dios] y perdió [su] amistad, [Dios] no lo abandonó al poder de la muerte, sino que ayudó a todos los hombres (énfasis agregado) a buscarlo y encontrarlo». Sin embargo, Dios ciertamente concedió gracias especiales a Abraham y sus descendientes, Dios ayudó a todos los hombres a buscarlo y encontrarlo, dándoles cierto grado de acceso a su Sabiduría. Esto se logró en diversos grados y por diversos medios. La sabiduría ha sido ofrecida a los hombres según el orden natural de su inteligencia y por medio de una revelación sobrenatural. Como explica el Catecismo:    

Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina. Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre. Lo hace revelando su misterio, su plan de amorosa bondad, que estableció desde la eternidad en Cristo en favor de todos los hombres. Revela plenamente su designio enviando a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo (CIC 50).

La sabiduría de los gentiles

Para aquellas personas que no recibieron la revelación sobrenatural, Dios plantó las «semillas de la Palabra (Logos)» en cada raza de hombres. Es decir, con la ayuda de sus santos ángeles, Dios iluminó a los pueblos del mundo, en la medida de su docilidad. De esta manera, se plantaron elementos de su sabiduría entre todos los pueblos. Estas semillas fueron cuidadas y cultivadas por el trabajo de los santos ángeles asignados a cada una de las naciones. Pero debido a los efectos del pecado original, con demasiada frecuencia, incluso estos elementos de la sabiduría de Dios se expresaron con mucho error y confusión.

La sabiduría que la gente de las naciones gentiles pudo adquirir fue una sabiduría filosófica natural. Un buen ejemplo es la metafísica de Aristóteles. Él mismo describe la ciencia de la metafísica como «divina» por dos razones: 

Porque la ciencia más apropiada que Dios tiene, es divina entre las ciencias; y de la cual su objeto es divino, si ese es el caso, son igualmente divinos. Ahora bien, nuestra ciencia tiene precisamente estos dos aspectos: por un lado, se cree que Dios es una de las razones de todas las cosas y, en cierto sentido, un comienzo; por otro lado, esta clase de ciencia sería la única o la más apropiada de poseer por parte de Dios.

A través de tales disciplinas filosóficas, muchos no israelitas pudieron adquirir cierto conocimiento de un ser supremo que es divino, eterno y un espíritu puro, que gobierna todas las cosas por su amor. A esta sabiduría filosófica se unió la sabiduría de las religiones naturales, por la cual los hombres llegaron a ciertas verdades acerca de Dios. San Esteban se refiere a esto cuando habla de Moisés. «Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios y fue poderoso en palabras y hechos» (Hechos 7,22). 

La sabiduría del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento

Con el Pueblo Elegido de Dios, la Sabiduría fue dada a través de las revelaciones a los profetas y hombres santos. El libro de la Sabiduría describe cómo trabajó la sabiduría con Noé, Abraham, Jacob, Moisés, etc. (cf. Sab. 10-11). «En cada generación, ella pasa a las almas santas, las hace amigas de Dios y profetas, porque Dios no ama nada tanto como al hombre que vive con sabiduría» (Sab 7, 27-28). El pueblo de Israel entendió especialmente la revelación de la Ley como un don de la sabiduría divina:  

“La sabiduría se elogia a sí misma, se gloriará en medio de su pueblo; se glorificará delante de la asamblea del Altísimo y de sus ángeles: «Yo salí de la boca del Altísimo engendrada antes de toda creatura y cubrí toda la tierra como una niebla. En los altísimos cielos puse mi morada; mi trono estaba sobre una columna de nubes. Yo sola recorrí la bóveda celeste y penetré en lo profundo del abismo. Reiné sobre las olas del mar, en la tierra entera y en todos los pueblos y naciones. En todos esos lugares busqué un hogar donde posar, un sitio donde poner mi residencia. Entonces el que me hizo a mí y a las demás cosas decidió dónde debía yo residir, y me dijo: “Habita en Jacob, y sea Israel tu herencia, y arráigate en medio de mis escogidos». ”Él me creó desde el principio, y antes de los siglos, y nunca dejaré de existir”. “El que me hace caso no fracasará; el que se conduce con sabiduría no pecará». Todas estas cosas contiene el libro de la vida, que es el testamento del Altísimo y el conocimiento de la verdad, la ley que promulgó Moisés para nosotros, la herencia del pueblo de Jacob. Esta ley rebosa en sabiduría como el río Pisón, o como el Tigris en la primavera» (Sir 24, 1-14, 30-35). 

La sabiduría como reconocimiento de la ley, indica que no es simplemente un conocimiento de Dios y de la creación. También es un conocimiento que ordena el juicio de una persona de acuerdo con la ley de Dios. Así, Santo Tomás dice: «La sabiduría es una cierta rectitud de juicio de acuerdo con la Ley Eterna».

Más allá de la sabiduría de la ley de Moisés, estaba la sabiduría de Salomón, que fue otorgada por el favor divino (cf. 1 Reyes 3, 3-14). La sabiduría de Salomón le proporcionó la capacidad de hacer justicia para gobernar a su pueblo de manera justa. También le dio la capacidad de completar tres mil proverbios “Pronunció tres mil proverbios y compuso mil cinco poemas. Habló acerca de los árboles y las plantas, desde el cedro del Líbano hasta la hierba que crece en las paredes; también habló sobre los animales, las aves, los reptiles y los peces. De todas las naciones y reinos de la tierra donde habían oído hablar de la sabiduría de Salomón, iba gente a escucharlo». (1 R 4, 32-34). Junto con la sabiduría de Salomón se reunió lo que después se llamaría la «Literatura de la Sabiduría» del Antiguo Testamento. Libros como Eclesiastés, Sabiduría, Proverbios y Sirácides  o Eclesiástico, constituyen un cuerpo de sabiduría para que el Pueblo de Dios medite e intente incorporar en sus vidas.  

Adicionalmente, se dio la sabiduría a los profetas en el Antiguo Testamento. El Concilio Vaticano II dijo: «… al escuchar la voz de Dios que le hablaba a través de los profetas, [Israel] tenía que comprender diariamente sus caminos de manera más completa y clara, y hacerlos más conocidos entre las naciones». De esto parece que los profetas ayudaron al pueblo de Israel a desarrollar una comprensión más profunda de las doctrinas acerca de Dios. De esta manera, se desarrolló una especie de «doctrina sagrada» o teología. Este estudio trata la causa más elevada de todas las cosas, a saber, Dios, como el Principio último, la causa última. Se llama propiamente sabiduría, ya que la sabiduría es la virtud intelectual que considera el más alto y decisivo principio, y a la luz de ese principio, es capaz de formar un juicio más seguro sobre otras cosas, y de esta manera es capaz de establecer todas las cosas en orden correcto. Esta sabiduría teológica se basa en los hechos de la revelación sobrenatural, pero la examina por razones naturales, ayudada por la gracia que sostiene la virtud sobrenatural de la fe, para llegar a ciertas conclusiones.

La revelación del Antiguo Testamento se orientó a la preparación para la plenitud de la revelación en el nuevo y eterno pacto. «Estos libros, a pesar de que contienen aspectos imperfectos y provisionales, nos muestran auténticas enseñanzas divinas. Los cristianos deben aceptar con veneración estos escritos que expresan un sentido vivo de Dios, un depósito de enseñanzas sublimes sobre Dios y el buen juicio sobre la vida humana».

La encarnación de la sabiduría eterna

Luego, en la plenitud de los tiempos, habiendo Dios hablado de muchas maneras con nuestros padres (cf. Hebreos 1, 1), eligió hablarnos a través de su Palabra eterna, a través de la cual todas las cosas fueron creadas. San Ireneo escribe sobre esto en el siglo II del cristianismo: La Palabra, que existió en el principio con Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, quien también estuvo siempre presente con la humanidad, estuvo en estos últimos días, de acuerdo con el tiempo designado por el Padre, unido a su propia obra, en la medida en que él se convirtió en un hombre susceptible al sufrimiento.

«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). A través de la Encarnación de la Sabiduría Divina, Dios se ha revelado de la manera más perfecta posible. La vida entera de Cristo habla la Palabra de Dios, cada acción es Sabiduría de Dios. Las enseñanzas de Cristo son la cumbre de la revelación divina. Comprenden lo que San Pablo llama «las riquezas inescrutables de Cristo» (Ef. 3, 8).  

Además de llevar la revelación a la perfección, mediante su vida, enseñanza, pasión y resurrección gloriosa, Cristo prometió llevar a sus discípulos a la plenitud de la verdad mediante el envío de su Espíritu Santo. Con el don del Espíritu Santo, se agregó una dimensión completamente nueva a la participación del hombre en la Sabiduría Divina de Dios. Como todas las virtudes, la virtud de la sabiduría está bajo la dirección de la propia razón del hombre, y de acuerdo con un modo humano de actividad. Pero el don de la Sabiduría es categóricamente distinto, ya que se ejerce bajo la dirección inmediata del Espíritu Santo, y de acuerdo con un modo divino de actividad, «… como si el hombre, bajo el impulso del Espíritu Santo, ya no actuara humanamente, sino que se convirtiera en Dios por participación”. Todos los dones del Espíritu Santo le dan al hombre una cierta connaturalidad con Dios. Es decir, el hombre no procede arduamente ni por medio de un pensamiento discursivo racional, cuando actúa bajo la influencia de los dones, sino que actúa de manera rápida e intuitiva por un «instinto especial que procede del Espíritu Santo».

La «connaturalidad» o simpatía con lo divino que es típica de los dones del Espíritu Santo alcanza su perfección en el don de la sabiduría. El don de la sabiduría está relacionado con la virtud de la caridad. Como dice un escritor: «Hay una analogía notable entre el objeto de la caridad y el objeto de la sabiduría. El objeto de la caridad es Dios mismo, en su infinita bondad; el objeto de la sabiduría es esa misma bondad, pero como experiencia, como algo apreciado. A través de la caridad amamos a Dios en sí mismo; a través del don de la sabiduría, conocemos su infinita bondad porque la probamos y experimentamos… Si pudiéramos, por así decirlo, entrar en Dios y mirar a través de sus ojos, veríamos las cosas de una manera divina. Y así es con las cosas que se ven con el don de la sabiduría: estas se ven en Dios, se ven desde las alturas». Por esta razón se dice:

El conocimiento que el don de la sabiduría le da al alma es incomparablemente superior a todas las ciencias humanas, incluso a la teología, que ya posee algo sobrenatural. Por esa razón, un alma simple y sin educación que carece del conocimiento teológico adquirido por el estudio, a veces puede poseer, a través del don de la sabiduría, un conocimiento profundo de las cosas divinas, lo que causa asombro incluso a los teólogos eminentes.

Este don de sabiduría en los hombres es idéntico a la participación en la sabiduría divina recibida por los ángeles, que describimos cuando hablamos del «conocimiento matutino» de los ángeles. Todo se ve en la luz brillante de la Palabra de Dios. Es este regalo el que trae la contemplación sobrenatural a la perfección en esta vida.

Efectos característicos del don de la sabiduría

La persona que tiene el don de la Sabiduría lo ve todo desde el punto de vista de Dios, tanto lo relacionado con los pequeños detalles de la vida cotidiana, como aquello que tiene que ver con las cuestiones más importantes. Tal persona puede ver la mano de Dios en todos los eventos que le suceden. Es capaz de ver más allá de las causas secundarias y juzga los eventos a la luz de la Causa más alta y primera que gobierna y rige todas las cosas «fortiter et sauviter» (fuerte y suavemente). Adoptan la política expresada por San Luis Gonzoga: «Quid hoc ad aeternitatem?» (¿Qué es esto frente a la eternidad?)

Tal persona es capaz de soportar la adversidad con perfecta paciencia. Como se dice de la Beata Isabel de la Trinidad, las mayores pruebas y sufrimientos no pudieron molestarla por un momento. «Sin importar las desgracias que le sucedieron, ella permaneció imperturbable  y tranquila como si su alma ya estuviera en la eternidad».

Además, el alma que tiene este don de sabiduría vive en constante unión experiencial con las tres Personas de la Trinidad. «Si los deberes de estado en la vida lo exigen, se entrega externamente a todo tipo de trabajo, incluso el trabajo más absorbente, con una actividad increíble; pero en el centro más profundo del alma, como San Juan de la Cruz solía decir, se experimenta y percibe la compañía divina de los Tres, y no los abandona ni por un instante».

Más allá de esto, la sabiduría eleva la virtud de la caridad al heroísmo. La persona que posee este don ama a Dios con tal intensidad que está realmente dispuesta a sufrir cualquier cosa para servirle y complacerle. Demuestran el ardor de su deseo no solo en sus palabras, sino en sus propias acciones. Su caridad también se extiende al amor por su prójimo. «Aman a su prójimo con una profunda ternura que es completamente divina y sobrenatural. Sirven a su prójimo con abnegación heroica, que al mismo tiempo está llena de naturalidad y simplicidad». Este mismo amor también se dirige a toda la creación de Dios. «San Francisco de Asís abrazaba a un árbol como a una criatura de Dios, y deseaba abrazar a toda la creación porque venía de la mano de Dios».

A partir de esta breve descripción de la sabiduría, como un don del Espíritu Santo, podemos tener una idea de la grandeza de las perspectivas abiertas para el hombre en Jesucristo. Cristo ha venido a establecer o a restablecer, deberíamos decir, la posibilidad de que el hombre disfrute más plenamente de la sabiduría divina en esta vida. Pero ahora, habiendo visto las diversas formas en que el hombre puede participar en la sabiduría de Dios, ahora tenemos que considerar los medios por los cuales el hombre puede llegar a esta participación.

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CC20 Santidad de Dios

LA SANTIDAD DE DIOS Y LA ADORACIÓN

La santidad corresponde a tu casa, Señor, por días sin término. (Sal 93, 5)

  1. LA SANTIDAD DE DIOS

“Porque solo Tú eres santo” (Ap 15,4)

En el Gloria de la Misa oramos: “Porque solo tú eres el Santo, solo tú Señor, solo tú Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén”. Aquí estamos diciendo que la santidad es una cualidad propia de Dios. ¿Qué significa cuando decimos que Dios es santo? ¿Cuál es esta cualidad que le pertenece sólo a Dios? Esta es una de esas cosas que sabemos lo que significa hasta que alguien nos pide que la definamos. De repente, se vuelve muy difícil de explicar claramente. Este parece ser el caso, porque nuestro concepto de cosas como la santidad, se estructura a partir de la respuesta que experimentamos en las personas o cosas que poseen esa cualidad. Como dice un escritor: “La santidad se revela en un encuentro con un mysterium tremendum (tremendo misterio), evocando sentimientos de criatura mortal, de asombro y fascinación”.

Esto se ve en la reacción del patriarca Jacob, cuando experimentó su visión de la escalera al cielo, exclamó: “¡Qué temible es este lugar! ¡No es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!”. Él fue llenado de la profundidad de la santidad de Dios. Reconocemos que la santidad o la sacralidad, indica esa cualidad por la cual alguien o algo, es digno de veneración o gloria. La veneración puede entenderse como adoración, o una expresión de asombro, respeto o reverencia. La gloria es una gran alabanza, honor, distinción y admiración. Pero esto todavía nos deja con la pregunta, ¿Qué constituye esa cualidad que evoca la veneración, admiración o gloria?

Si observamos la raíz del significado de las palabras, de las cuales se deriva la palabra “santo”, se da una idea de los elementos que conforman el concepto común de santidad. La palabra griega que se traduce al castellano como “santo” es agios (hagios), que literalmente significa: sin tierra, o separado del mundo. La palabra hebrea que se usa para designar la santidad de Dios (qds -kadosh) está relacionada con la palabra designada para fortaleza o estabilidad. De esto, Santo Tomás de Aquino enseñó que hay dos elementos básicos contenidos en el concepto de santidad: primero, una dignidad y pureza especiales que separan y elevan a una persona o cosa por encima de los asuntos mundanos y comunes; y segundo, una estabilidad o firmeza. Este mismo sentido también se encuentra en la raíz de la palabra latina: Sanctus, que es Santo, cuyo primer significado es “arreglar inalterablemente, establecer, decretar, ordenar, hacer irrevocable”. Para ellos, un tercer elemento del concepto de santidad se encuentra en la palabra en inglés ‘holy’ que proviene de la palabra anglosajona “halig” que tiene como base “hal” que significa “entero o bien”.  

Consideraremos cada uno de estos elementos de la cualidad de la santidad individualmente para ver cómo se aplican a Dios. Luego consideraremos cómo Dios permite que las criaturas participen en su santidad.

Sección 1 La santidad de Dios

Primer elemento: dignidad, pureza que separan

Parece que la noción más común que relacionamos con la santidad es la trascendente excelencia de Dios, es decir, su supremacía de perfección y dominio, que implica una separación y elevación por encima de todo lo que es común y mundano. Según este elemento fundamental en el concepto de santidad, la santidad es lo opuesto a lo profano que indica lo que es común, vulgar, secular, no consagrado, no digno de reverencia, pero incluso digno de cierto desprecio. A Aarón, el sumo sacerdote, fue encomendada la tarea de instruir al pueblo: “Debes distinguir entre lo santo y lo profano, y entre lo puro y lo impuro; y debes enseñar al pueblo de Israel todos los preceptos que el Señor les ha dado por medio de Moisés” (Lev. 10, 10-11). 

En el Antiguo Testamento, la noción de la separación de Dios de las cosas mundanas, fue inculcada en el pueblo de Israel mediante el cumplimiento de una separación física real. Por ejemplo, cuando Moisés subió al monte Sinaí para hablar con el Señor, advirtió a la gente: “Tengan cuidado de no subir al monte ni de tocar el borde de ella; todo el que toque el monte morirá irremisiblemente; nadie lo toque con la mano, pues será apedreado; ya sea hombre o animal, perderá la vida” (Ex. 19, 12-13). Esta lección también estuvo claramente presente en el diseño del Templo, que hizo claras distinciones de varios tribunales en los que sólo ciertas personas podían ingresar. Pero la separación de Dios de lo profano no es en realidad una separación espacial, o física, ya que San Pablo nos dice: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). 

Podemos distinguir dos formas básicas en que Dios es exaltado por encima de su creación, incluso cuando está tan íntimamente unido a ella, debido a su poder creador, que mantiene vivas todas las cosas. Podemos señalar dos formas básicas en que Dios está por encima de toda la creación: 1) En su propio ser, Dios posee una pureza y dignidad absolutas, las cuales son necesarias e infinitamente superiores a cada criatura, 2) con respecto a su voluntad, Dios posee una rectitud o bondad absoluta. Ahora hablaremos sobre estos dos elementos, que juntos forman la primera parte de nuestra noción de santidad.

“Santo y terrible es su Nombre!” (Salmo 110, 9)

La dignidad absoluta y la elevación de Dios sobre la creación se expresan de muchas maneras diferentes a lo largo de la Sagrada Escritura. Por ejemplo, en el Salmo 99 está escrito: “¡El Señor reina, tiemblen los pueblos! Sentado sobre querubines; se conmueve la tierra. El Señor es grande en Sion; encumbrado sobre todos los pueblos. Alaben su nombre, grande y terrible. ¡Él es santo! Reinas con poder y amas la justicia, tú has establecido la rectitud; tú administras la justicia y el derecho, tú actúas en Jacob.”

En el libro de Job, Elifaz el temanita va más lejos, al hablar de la santidad de Dios, cuando dice: “Pues Él no se fía ni de sus santos; los mismos cielos no están limpios a su vista; ¡Cuánto menos este ser abominable y perverso, el hombre, que bebe como agua la iniquidad!”(Job 15, 15-16). Bildad el Shuita también dijo: “He aquí que ante sus ojos aun la luna no tiene brillo, ni son limpias las estrellas. ¡Cuánto menos el mortal, ese gusano, el hijo del hombre, que no es más que un vil insecto!” (Job 25, 5-6).

“El Dios Santo mostrará su santidad por la justicia” (Is 5,16)

Además de la supremacía de su propio ser, Dios también es santo en la absoluta libertad de cualquier mancha de la corrupción del pecado y en una perfecta pureza de la moral. Dionisio el Areopagita escribió: “En mi forma de hablar, la santidad es libertad de toda contaminación. Es una pureza que es total y está completamente incorrupta”. Dios no sólo no tiene pecado, no lo tiene, ni puede hacer que alguien cometa un acto pecaminoso. Como dice el Salmo 5: “Porque Tú no eres un Dios que se deleita en la maldad; el malvado no habita contigo, ni los impíos permanecen en tu presencia. Aborreces a todos los que obran iniquidades” (Sal 5, 5-6).

Más allá de la mera libertad del pecado, Dios también posee la perfección infinita de la bondad moral. Este es necesariamente el caso ya que Dios es la fuente de toda virtud. Por ejemplo, nuestra justicia, misericordia, caridad, etc., son sólo una pequeña chispa en comparación con el horno infinito de la justicia divina, de Su misericordia, caridad, etc. Moisés dijo en su canción a Israel: “¡Él es la Roca! Sus obras son perfectas, todos sus caminos son justos, es un Dios fiel y sin iniquidad. Él es justo y recto.” (Deut 32, 4).

Segundo elemento: estabilidad, firmeza

El siguiente elemento de firmeza y estabilidad que conforma la cualidad de la santidad, proviene de las palabras hebreas y latinas. Esto está relacionado con el primer elemento, el de la pureza y la separación de las cosas de este mundo. Por un lado, como Dios está separado del mundo, no está sujeto a cambios como las cosas de este mundo. Las cosas de este mundo son transitorias, pero las cosas que no se ven son eternas (2 Cor 4,18). “Se disolverá toda la milicia celestial; se enrollarán los cielos como un pergamino y todo su ejército caerá, como la hoja de la vid, como la hoja de la higuera” (Is 34, 4). “Toda la carne es heno… Sí, el hombre es heno; se seca la hierba, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanecerá eternamente” (Is 40, 6-8).

Este elemento de estabilidad también está relacionado con la pureza de Dios. Así como el lodo mezclado con el concreto debilita la resistencia del cemento, así la impureza disminuye la estabilidad de una cosa.

Además, está en consonancia con su perfección moral, que Dios no cambie sus caminos. “Dios no es hombre para que mienta, ni un hijo de hombre para que cambie sus costumbres. ¿Él lo ha dicho y no lo hará? ¿O ha hablado y no lo cumplirá?” (Num 23,19).

Tercer elemento: integridad, bienestar

El tercer elemento de santidad se refiere a la perfección, o la integridad que posee Dios que es santo. El Libro de Sirácides  expresa esta verdad muy bellamente:

Por mucho que digamos, nos quedará mucho que decir,

y la suma de nuestras palabras es que: “Él mismo está en todas las cosas”.

¿Dónde encontraremos fuerzas para alabarlo?

Pues siendo Él todopoderoso, es superior a todas sus obras

Terrible es el Señor y muy grande, y maravilloso es su poder.

Cuando alabas al Señor, exáltalo todo lo que puedas;

Porque Él incluso supera eso; siendo como es prodigiosa su magnificencia.

Cuando lo exaltes, saca todas tus fuerzas,

y no te canses, porque no puedes alabarlo lo suficiente. (Sir 43, 29-34)

 

Sección 2 La participación de la creación en la Santidad de Dios

La santidad no es inherente a la creación. Es una cualidad que sólo Dios posee por naturaleza. Pero es una cualidad que Dios puede y elige compartir con ciertas criaturas. Por el dictado de Dios, los tiempos, los lugares, los objetos y las personas, pueden ser cubiertos de santidad. Los ángeles y los hombres participan de la santidad de Dios, desde la mirada de su unión con Él. Otros objetos son “santificados” para servir en la santificación de los hombres.

La consagración de tiempos, lugares y objetos

La santidad que posee cualquier criatura es una participación en la misma santidad de Dios. Como consecuencia, si alguien trata a una criatura consagrada irrespetuosamente, equivale a tratar a Dios irrespetuosamente. Por ejemplo, “Dios bendijo y santificó el séptimo día” (Gen 2, 3). Este es un ejemplo de la santificación del tiempo por el decreto de Dios. La profanación de ese tiempo sagrado al llevar a cabo asuntos mundanos irreverentes, es una ofensa contra la santidad de Dios.

Esto también es cierto con respecto a los objetos sagrados. Las cosas que se usaban para la adoración sagrada eran tan sagradas que ni siquiera podían ser vistas por nadie, excepto por el sacerdote. Los miembros de la tribu levita eran asignados para ayudar a los sacerdotes descendientes de Aarón, a los cuales se les advirtió: “Tened cuidado de que los hijos de Caat no sean extirpados de en medio de los levitas, para que vivan y no mueran, si se acercan a las cosas santísimas, haced con ellos de esta manera:  Aarón y sus hijos vendrán y señalarán a cada uno su servicio y lo que ha de transportar. Pero ellos no deben entrar, ni aun por un solo instante, para ver las cosas santas, no sea que mueran.” (Num 4, 18-20). Cuando el rey Baltasar hizo una fiesta para los miembros de su corte, hizo que trajeran los vasos sagrados del templo de Jerusalén para usarlos como vasos comunes. Fue entonces cuando apareció una mano y escribió misteriosas letras en la pared. La reacción del rey fue: “su color cambió y sus pensamientos lo alarmaron; se le desencajaron las coyunturas de sus caderas y se batían sus rodillas una contra otra.” (Dan 5, 6). Tal fue el terror que vino sobre él como consecuencia de haber profanado los vasos sagrados.

Más aún, los ritos sagrados prescritos para la adoración de Dios son los más santos. No están sujetos a la determinación humana, sino a las directivas de Dios mismo. Esto queda claro en la historia de Aarón y sus cuatro hijos, cuando fueron ordenados para servir al Señor como sacerdotes. Su ordenación fue una ceremonia con muchos detalles que duró ocho días. Durante la ceremonia no podían salir de la entrada de la tienda de reunión. Allí, en la presencia continua de Dios, fueron consagrados por Moisés con varios sacrificios y unciones. Y luego, justo cuando se completaba el octavo día, se documenta así: “Los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, tomaron cada uno un incensario y, poniendo fuego en ellos y echando incienso, presentaron ante Yahvé un fuego extraño, cosa que no les había sido ordenada. Entonces de la presencia Yahvé, salió un fuego que los abrasó, y murieron delante de Yahvé. Dijo Moisés a Aarón: “Esto es lo que declaró Yahvé diciendo: He de ser santificado por los que se me acercan y glorificado delante de todo el pueblo. “Aarón enmudeció.” (Lev 10, 1-3).

¿Qué está pasando aquí? ¿Qué significa “quemar fuego profano” delante del Señor? ¿Por qué estos dos jóvenes fueron derribados? Antes de este incidente, Dios había dado instrucciones claras con respecto al tipo de incienso que se utilizaría para la adoración sagrada. “y nadie hará para sí otro de la misma composición, lo mirarás como cosa sagrada, perteneciente a Yahvé.” Cualquiera que haga otro semejante para aspirar su aroma será borrado de en medio de su pueblo” (Ex 30, 37-38). La razón de esta y otras prescripciones similares, era la de establecer una forma de adoración al Dios verdadero que era completamente distinta de las formas idólatras que prevalecían en Egipto y las otras naciones paganas. Es muy posible que el incienso que los hijos de Aarón usaron erróneamente, fuera el tipo de incienso que se usaba comúnmente en los cultos paganos. Eso explicaría por qué fue tan ofensivo para Dios.

La consagración de las personas

Más allá de la consagración del tiempo, el lugar, los objetos y los ritos, Dios también ha elegido consagrar a las personas para sí mismo. En la consagración de las personas, sin embargo, Dios determinó establecer grados de santidad de acuerdo con la vocación particular de la persona. Todo el pueblo de Israel fue llamado a ser santo: “serás un pueblo santo para el Señor tu Dios” (Deut 26,19). Después de muchas de las prescripciones de la ley se repite la frase: “Porque Yo Soy el Señor tu Dios; consagraos, y sed santos como yo soy santo” (Lev 11,44). Pero a la tribu de los levitas se les dio una participación especial en la santidad de Dios, para servir en el santuario de Dios, que era superior a lo común para los otros israelitas. Y los miembros de la línea de Aarón, que debían servir como sacerdotes, tenían un grado de santidad aún mayor que el de los levitas. “Voy a consagrar a Aarón y a sus hijos, los consagraré para que me sirvan como sacerdotes” (Ex. 29,44). La verdad de los diversos grados de santidad quedó muy clara en la historia de la rebelión de Coré: “Un levita descendiente de Quehat, llamado Coré, hijo de Ishar, y tres hombres más de la tribu de Rubén, llamados Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On, hijo de Pélet, se rebelaron contra Moisés. A ellos se les unieron otros doscientos cincuenta israelitas, hombres de autoridad en el pueblo, que pertenecían al grupo de consejeros y tenían buena fama. Todos ellos se reunieron, se enfrentaron con Moisés y Aarón, y les dijeron: ¡Basta ya de privilegios! Todo el pueblo ha sido consagrado por Dios, y el Señor está con todos nosotros. ¿Por qué se levantan ustedes como autoridad suprema sobre el pueblo del Señor? Al oír esto, Moisés se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, y dijo a Coré y a los que lo seguían: Mañana por la mañana el Señor hará saber quién le pertenece y quién le está consagrado y puede presentarle las ofrendas. Sólo podrá presentarle ofrendas aquel a quien él escoja. Hagan lo siguiente: traigan los incensarios de Coré y sus compañeros, pónganles brasas, échenles incienso y colóquenlos mañana delante del Señor. El hombre a quien el Señor escoja, es el que le está consagrado. ¡Y basta ya, levitas! Luego dijo Moisés a Coré: Óiganme, levitas: ¿Les parece poco que el Dios de Israel los haya escogido a ustedes de entre el pueblo de Israel, y que estén cerca de él y se ocupen de los oficios del santuario del Señor y presten este servicio al pueblo? El Señor ha querido que tú y los demás miembros de tu tribu, los levitas, estén cerca de él, ¿y ahora ambicionan también el sacerdocio? Realmente Aarón no es nadie para que hablen mal de él; es contra el Señor contra quien tú y tus compañeros se han rebelado.”(Num 16, 1-11).

Lo que sucedió fue que doscientos cincuenta de los seguidores de Coré, vinieron con incensarios a la mañana siguiente, y les pusieron incienso a la entrada de la tienda de reunión. Y la gloria del Señor se apareció a toda la congregación. Y el Señor les dijo a Moisés y a Aarón: “Sepárense de esta congregación, para que pueda consumirlos en un momento”. Es decir, Dios estaba listo para destruir a todo el pueblo de Israel debido a esta rebelión. Pero Moisés y Aarón se postraron rostro en tierra y dijeron: “Oh Dios, el Dios de los espíritus de toda carne, ¿pecará un hombre, y te enojarás con toda la congregación?” Y el Señor le dijo a Moisés: “Di a la congregación:” Aléjense de la morada de Coré, Datán y Abiram”. Entonces Moisés dijo al pueblo:” Apártense de las tiendas de estos hombres impíos, y no toquen nada de ellos, para que no sean envueltos con todos sus pecados”. Luego anunció a la gente: “De este modo sabrán que el Señor me ha enviado a hacer todas estas obras y que no ha sido por mi propia voluntad”. Apenas terminó de hablar, cuando la tierra se partió en dos pedazos, abrió su boca y se tragó a los rebeldes y sus familias, y a todos los hombres que pertenecían a Coré, y todas sus pertenencias. Bajaron vivos al Scheol, y la tierra se cerró sobre ellos. En cuanto a los doscientos cincuenta hombres con incensarios, salió fuego del Señor y los consumió (Números 16, 12-35).

De esta manera dramática, Dios reveló que la santidad es un regalo que le da a quien quiera, en la medida en que lo desee. Esto es algo que debe ser respetado y no tratado como si alguien tuviera derecho a tener algo más de lo que Dios le da. De esto es de lo que habla la carta a los Hebreos, en el Nuevo Testamento, sobre el nuevo sacerdocio de Cristo: “Y nadie toma el honor sobre sí mismo, sino que Dios lo llama, como lo fue Aarón” (Heb 5, 4)

Cuando se discute la participación de una persona en la santidad, es necesario distinguir entre la santidad del ser y la santidad moral. Esta distinción puede verse mejor en la diferencia de significado de las palabras “sagrado” y “santo”. Usualmente usamos la palabra “sagrado” para indicar la santidad del ser de una persona o cosa, mientras que la palabra “santidad”, la usamos para indicar una santidad moral. Por ejemplo, el rey Saúl, el primer rey de Israel fue un rey consagrado. Aun cuando había pecado y se había alejado del favor de Dios, todavía era el “ungido” del Señor. Por lo tanto, cuando dio comienzo, injustamente, a sus intentos por matar a David, este nunca se atrevió a levantar la mano contra Saúl, pues reconoció que aunque el rey no era santo, era una persona consagrada. De manera similar, la “santidad” de otras personas consagradas, como los sacerdotes, se refiere a su carácter “sagrado”, y no necesariamente a la santidad moral.

II ADORACIÓN, RESPUESTA DEL HOMBRE A LA SANTIDAD DE DIOS

Habiendo hablado de la santidad de Dios y de la participación de las criaturas en esa santidad, ahora llegamos a la consideración de la respuesta adecuada del hombre a la santidad de Dios: la adoración. Así como el concepto de santidad tiene muchas facetas, también las tiene el concepto de adoración. La adoración, en primer lugar, es el mayor acto de adoración de la creación. Es darle a Dios lo que le pertenece solo a Él, el que en sí mismo es santo. Es la forma suprema de reverencia, gloria y honor. Pero la adoración también es el intento de la creación, por alcanzar, con la ayuda de la gracia de Dios, su santificación en la presencia de Dios. Así que ahora debemos considerar estos dos aspectos de la adoración: como un acto de reverencia a Dios, y como un medio de santificación para las criaturas.

Sección 1 Adoración: La adoración perfecta de Dios

“Bendito eres Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza es tu nombre y glorioso por los siglos” (Dan 3,26)

En primer lugar, la adoración responde a la santidad de Dios al reconocer que Dios es realmente santo. Esto se manifiesta en la descripción de la Sagrada Escritura, sobre la adoración rendida a Dios por los ángeles. Las Escrituras nos dicen que los ángeles exclaman sin cesar “¡Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios de los ejércitos!” (Is 6, 2-3; Apocalipsis 4, 8). El acto de adoración más perfecto, amoroso y lleno de deleite, es la declaración de que Dios es santo. La adoración es la confesión de una criatura sobre la verdad de la absoluta soberanía y dignidad de Dios. “¡Digno eres tú, Señor, y Dios nuestro de recibir la gloria, el honor y el poder!” (Apocalipsis 4,11).

Toda la creación existe para darle gloria a Dios. “Los cielos proclaman la grandeza del Señor y el firmamento pregona la obra de sus manos” (Salmo 19, 1). Los tres jóvenes que fueron arrojados al horno de fuego como se registra en el Libro de Daniel cantaron un himno que convocó a todos los elementos de la creación a alabar y bendecir al Señor. “El sol y la luna, las estrellas del cielo, la lluvia y el rocío… alaben y ensalcen al Señor para siempre” (Dan 3, 35-68).

Pero mucho más que cualquier elemento irracional en la creación, los hombres y los ángeles están llamados a rendir adoración a Dios. La seriedad de la obligación de manifestar la santidad de Dios en todo momento se ve en la vida de Moisés. Está escrito que nunca hubo un profeta como Moisés antes o después de él, que haya hablado con Dios cara a cara. Sin embargo, a pesar de su dignidad especial, a Moisés no se le permitió entrar en la Tierra Prometida. La razón por la que se le negó este privilegio le fue dicho por Dios: “Porque no lograste manifestar mi santidad en presencia del pueblo de Israel… verás la tierra delante de ti, que Yo voy a dar a los hijos de Israel, pero no entrarás en ella” (Deut 32, 51-52).

Jesucristo ha dado a los ángeles y a los hombres el acto perfecto de adoración al permitirnos participar en su propio sacrificio de alabanza ofrecido a Dios nuestro Padre en la Cruz. Tenemos acceso a esto especialmente a través de la sagrada liturgia, como se explicó en las conferencias de la Carta de Formación del mes pasado. Pero es importante darse cuenta de que nuestra obligación de “manifestar la santidad de Dios” no se limita a nuestra participación en la sagrada liturgia. La unión con Cristo obtenida en la liturgia se prolonga por nuestra práctica de adoración. El papa Juan Pablo II escribió:

La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad de adoración eucarística. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No rechacemos el tiempo para ir a su encuentro en la adoración, en una contemplación llena de fe… Que nuestra adoración nunca cese.

Estamos llamados a adorar a Dios en espíritu y en verdad en todo momento, en todas nuestras actividades: “Háblense unos a otros con salmos, himnos y cantos espirituales, y canten y alaben de todo corazón al Señor. Den siempre gracias a Dios el Padre por todas las cosas, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.”(Efesios 5, 19-20). “Ya sea que comas o bebas, o hagas lo que hagas, haz todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10,31).                                  

“Que toda carne mortal se calle” (Liturgia de Santiago)

Como hemos dicho, la adoración es principalmente, un reconocimiento de la santidad de Dios. Ya hemos mencionado el contraste entre lo sagrado y lo profano. La historia de los dos hijos de Aarón mostró que a Dios no le agrada que se le ofrezca “fuego profano”. Es por esta razón que nuestra adoración debe estar libre de cualquier “sacrilegio”. Es decir, debemos tener cuidado de contradecir el acto mismo de adoración introduciendo elementos profanos en él. Por ejemplo, el Papa San Pío X escribió un documento sobre música sagrada en el que dijo: “La música sagrada debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo que es secular, tanto en sí misma como en su interpretación”. Este es un principio que se aplica no sólo a la música sagrada, sino a todos los elementos que intervienen en la sagrada liturgia y nuestras relaciones con Dios en la adoración. La antigua liturgia de Santiago contiene lo que se llama “El himno Querúbico” cuyas letras dicen:

Que toda carne mortal quede en silencio, permanezca con temor y temblor, y no medite nada de este mundo, dejando aparte todas las cosas terrenales:

Pues el Rey de reyes y Señor de señores, Cristo nuestro Dios, viene para ser sacrificado, y para ser dado como alimento a los fieles que creen; y la multitud de ángeles van delante de él con todo poder y dominio, los querubines de muchos ojos y los serafines de seis alas, cubriendo sus caras y gritando en voz alta el himno: ¡Santo, Santo, Santo!.

Uno de los himnos ingleses más bellos tiene sus letras basadas en este antiguo himno: “Let All Mortal Flesh Keep Silence” (“Que toda carne mortal guarde silencio”). Meditar sobre nada terrenal expresa esa actitud propia de la adoración. Es decir, no permitas intencionalmente pensamientos o actitudes mundanas y profanas que preocupen la mente o el corazón.   

Está claro, dada la debilidad de nuestro estado caído, las distracciones seguramente vendrán. Todos los temas que distraen y que son motivo de grave preocupación deben formar parte de nuestras oraciones a Dios. La adoración, como hablaremos más adelante, es una sumisión de todas estas cosas a Dios. Todos los demás temas, que no son serios, simplemente deben dejarse de lado tan pronto como sean reconocidos.

La adoración es principalmente un acto interior de la mente y la voluntad: “la mente percibe que la perfección de Dios es infinita, la voluntad nos ordena ensalzar y adorar esta perfección”. Pero la naturaleza humana exige que el acto interior se exprese externamente. En el Libro de Apocalipsis esto se muestra: “Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios diciendo: «¡Amén! La alabanza, la gloria, la sabiduría, la gratitud, el honor, el poder y la fuerza sean dados a nuestro Dios por los siglos de los siglos. ¡Amén! » “(Apocalipsis 7, 11-12).

Además, la expresión externa ayuda a reforzar los actos interiores. Como escribió Santo Tomás: “Es connatural en nosotros pasar de los signos físicos a la base espiritual sobre la que descansan”.

Es por estas razones que la adoración debe influir en nuestra postura y, en la medida de lo posible, en nuestra vestimenta y otras actitudes, cada vez que nos dedicamos a la adoración y la oración eucarísticas. Por ejemplo, la costumbre de descuidarnos o relajarnos en nuestras posturas, en presencia del Santísimo Sacramento, en aras de la comodidad, es contraria al espíritu de adoración. Lo más probable es que pocos de nosotros podamos imitar a los santos como Santa Margarita María Alacoque, que siempre se arrodillaba ante el Santísimo Sacramento, sin hacer el más mínimo movimiento, incluso en las numerosas ocasiones en que rezaba durante nueve horas o más sin interrupción. Sin embargo, sabemos que Dios permite que los santos tengan tal resistencia sobrehumana, para estimular al resto de nosotros a hacer un poco más en la medida de lo posible.

También con respecto al vestido, puede ser que en ciertas circunstancias no podamos evitar usar ropa que sea muy informal para la misa, o en presencia del Santísimo Sacramento. Pero debemos considerar el cuidado que tendríamos si tuviéramos una reunión especial con algún dignatario, cómo nos aseguraríamos de tener la ropa adecuada. En mayor medida, deberíamos estar vestidos adecuadamente para encontrarnos con el Dios Creador en adoración. Esta es una lección de particular importancia para los estadounidenses contemporáneos.

Hay muchas otras aplicaciones sobre el principio de excluir lo profano de nuestra adoración. Pero dejaremos estos pocos ejemplos como indicaciones de otros a los que puedan llegar con su propia oración y reflexión.

La actitud de adoración no solo debe marcar nuestra relación directa con Dios, sino también todas las cosas que participan o están asociadas con la santidad de Dios. Como hemos dicho, todo lo que es santo es así en virtud de participar en la santidad de Dios. Por lo tanto, profanar cualquier cosa que sea santa o sagrada es una ofensa contra la santidad de Dios. Esto se aplica a los tiempos santos: domingos y solemnidades. Lugares santos: iglesias, santuarios, lugares de oración; objetos sagrados: objetos utilizados para la liturgia y sacramentales. Personas santas: los santos, los ángeles; personas consagradas: ministros religiosos y ordenados. Vivimos en una época en que nada es sagrado, y todo se puede usar como tema de broma. Nuestra propia práctica de adoración y nuestra negativa a participar en cualquier forma de profanación de las cosas sagradas, debe proporcionar un testimonio vivo a esta “generación malvada y perversa”.

“Hacer perfecta nuestra santificación en el santo temor de Dios” (2 Cor 7, 1)

Una actitud particular que debe marcar nuestra relación con Dios es la de la reverencia o temor santo. La Carta a los Hebreos amonesta a los cristianos: “Ofrezcamos a Dios adoración agradable, con reverencia y temor; porque nuestro Dios es un fuego devorador” (Hebreos 12,28-29). “El temor del Señor es el principio de la sabiduría… el temor del Señor es la medida completa de la sabiduría” (Prov 1, 14-16).

Cuando el sacerdote reza el Prefacio del Canon de la Misa, a menudo hay una línea que dice: “Tremunt potestates…” (Las potestades del cielo tiemblan) ante la presencia de Dios. El viejo dicho dice: “los tontos se apresuran donde los ángeles temen pisar”. Si el temor del Señor es el comienzo de la sabiduría, la falta de ella es el comienzo de la necedad

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CC19 La corriente de la ciudad de Dios

La Corriente que alegra a la Ciudad de Dios

A lo largo de la Sagrada Escritura, se menciona un río que fluye desde el centro de la Ciudad de Dios. Este río ya está representado en el Jardín del Edén: «Un río fluye del Edén para regar el jardín, y desde allí se divide y se convierte en cuatro brazos» (Gen 2,10). En el otro extremo de la Biblia lo encontramos una vez más: «Entonces el ángel me mostró el río de agua de vida, clara como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Ap 22, 1). También los Salmos cantan refiriéndose a este río: “Un río con sus brazos alegra la ciudad de Dios, el santuario de la tienda del Altísimo. (Sal 46, 5).   

agua viva del trono de Dios

El profeta Ezequiel también tuvo una visión, en la que veía que una corriente salía del lado del Templo y fluía para regar la tierra. Este río da vida y salud a las plantas y animales con los que entra en contacto. “Y todos los vivientes que nadan en las aguas, por donde quiera que entren estos dos ríos vivirán; y el pescado será allí abundantísimo, porque al llegar estas aguas, las aguas del mar se sanearán y tendrán vida hasta donde llegue el rio. Junto a sus orillas estarán los pescadores y desde Engadi hasta en Eglaim será un tendedero de redes, y por sus especies será el pescado tan numeroso como los del mar grande. Sus charcas y sus lagunas no se sanearán, serán dejadas para salinas. En ambas riberas del rio, se alzarán árboles frutales de toda especie, cuyas hojas no caerán y cuyo fruto no faltará, todos los meses madurarán sus frutos, por salir sus aguas del santuario y serán comestibles, y sus hojas medicinales” (Ez 47, 9-12) . 

Tanto la Escritura como la Tradición hablan constantemente del Paraíso, el Templo de Jerusalén y el cielo como señalando el estado de los hombres y los ángeles que viven juntos en comunión con Dios. Por esta razón, es seguro asumir que la imagen del río que se menciona en estos diversos pasajes se refiere a una misma realidad.

De estos pasajes de la Sagrada Escritura, el significado de la observación aparentemente incidental de San Juan sale a la luz: “Uno de los soldados atravesó el costado de Jesús con una lanza; e inmediatamente salió sangre y agua” (Jn 19,34). San Juan había identificado previamente el cuerpo de Cristo como el Templo (cf. Jn 2,21). Aquí, entonces, identifica la corriente que da alegría a la Ciudad de Dios y que fluye desde el trono de Dios y el Cordero, dando vida al mundo entero, como la corriente de la gracia divina que fluye desde el Corazón de Jesús abierto para nosotros por su sacrificio en la cruz. La única corriente que fluye del costado de Cristo es un río que santifica la creación entera, como se expresa bellamente en el verso del himno que se encuentra en la Liturgia del Viernes Santo:

Soportó los clavos, el ser escupido, el
vinagre, la lanza y la caña;
De ese sagrado Cuerpo quebrado, salen la
Sangre y el agua;
Tierra, estrellas, cielo y océano
por esa corriente se liberan de la mancha.
(Crux Fidelis, Veneración de la Cruz)

El Libro del Génesis señala una cierta característica de esta corriente que es de particular importancia. Está escrito que este río se divide en cuatro ramas cuando sale del Jardín del Edén (cf. Gen 2,10). Este pasaje del libro de Génesis ha recibido varias interpretaciones a lo largo de los siglos. San Agustín vio que el Paraíso representa a la Iglesia, y las cuatro corrientes que fluyen de la Iglesia para regar toda la tierra son los cuatro Evangelios (San Agustín, Ciudad de Dios, 13, 21). Otros han visto que las cuatro corrientes, entendidas en relación con la vida moral del hombre, representan la rectitud, la expiación, la luz y la piedad (cf. Cornelius a’Lapide, Comentario sobre Génesis, cap. 2, col. 177). Aún otros los han interpretado como símbolos de las cuatro virtudes cardinales: justicia, fortaleza, prudencia y templanza (ibid.).     

De estas diversas interpretaciones vemos que esta imagen bíblica puede entenderse en el sentido de que la corriente de la gracia de Cristo, cuando pasa a la creación, se divide en una corriente cuádruple de gracia. Siguiendo la forma tradicional de interpretación de estas corrientes ya mencionadas, también podemos considerar que representan las cuatro finalidades por las que se ofrece el sacrificio: adoración, acción de gracias, expiación y petición. Esto es apropiado, ya que la gracia que fluye del costado de Cristo, es el fruto de su sacrificio perfecto en la Cruz.

El sacrificio único de Cristo contiene esta plenitud cuádruple, para abrazar y elevar toda alabanza, acción de gracias, petición y expiación, ofrecida por los hombres en unión con Él. Estrechamente relacionados con estas cuatro formas de sacrificio están las Cuatro Actitudes, o las Direcciones Fundamentales en la Obra de los Santos Ángeles: Adoración, Contemplación, Expiación y Misión. Estas son las respuestas fundamentales de los ángeles y los hombres a todas las gracias que fluyen de la Cruz de Cristo. Se emiten de la corriente cuádruple que fluye desde el Corazón de Jesús, mientras que ellas mismas constituyen una corriente cuádruple por la cual los ángeles buscan llevarnos de regreso al Corazón de Jesús.

En esta presente Carta Circular, nos enfocaremos en la primera de estas cuatro corrientes que fluyen del Corazón de Cristo para dar alegría a Su Ciudad Santa, la Iglesia: la corriente de alabanza y adoración. Esta corriente pasa sobre los coros de los ángeles, desciende sobre la Iglesia en la tierra, y desde allí, riega toda la creación material. Así como el río en el Edén proporcionó vida y belleza a las plantas en el paraíso terrenal, también esta corriente de alabanza, da vida y belleza a la Iglesia en la tierra y en el cielo, y a toda la creación. Como señala Eric Peterson: “Lo que aplica al más alto grado de la creación, de igual manera aplica al más bajo, a la vida vegetal, a los animales y a las cosas que están mucho más abajo que el hombre en la escala del ser. Cuando en los Salmos decimos que los animales y las montañas brotan en alabanza a Dios, esto no es una simple hipérbole o un exceso de fantasía poética de una personificación humana injustificable de la naturaleza inanimada. Es algo basado en última instancia, en la naturaleza de lo creado, que atraviesa toda la escala de la creación desde los Serafines y Querubines hasta la cosa más pequeña del mundo » (Eric Peterson, The Angels and the Liturgy, pp. 48- 49).   

La forma en que las plantas y los animales pueden glorificar al Señor, a pesar de que no tienen entendimiento, es por el hecho de que llevan el sello de su Creador y lo reflejan hasta cierto punto. Esta idea se expresa en un Salmo: “El cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día transmite al otro el mensaje y las noches se van dando la noticia. Sin hablar, sin pronunciar palabras, sin que se escuche su voz” (Sal 19, 1-4). Además, alaban a Dios por su «obediencia» a su mandato, como se expresa en otro salmo: “Alaben al Señor desde la tierra, los cetáceos y los abismos del mar; el rayo, el granizo, la nieve, la niebla, el viento huracanado, que obedece a sus órdenes» (Sal 148, 7-8).   

Pero más allá de la gloria que la creación material le da a Dios por su existencia natural, esta creación física le da aún más gloria a Dios al participar en la adoración a Dios. Esta adoración ofrecida por toda la creación es presidida por el hombre, que sirve como ministro especialmente designado de Dios. Desde el principio, el hombre fue creado para servir como el «sumo sacerdote» de la creación (cf. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, 2). Fue puesto en el Jardín, que era el santuario de Dios, con la tarea de «cultivar» la tierra. Es decir, el hombre, debía llevar la creación al culto (adoración) del único Dios verdadero. Pero este santuario fue profanado por el pecado del sumo sacerdote, quien fue enviado para hacer que esa creación adorara a Dios. En consecuencia, el pecado de Adán afectó no solo el alma del hombre, sino también la creación material: “…por ti será maldita la tierra…”  (Gen 3,17). La creación, que sería un santuario de Dios, fue profanada por el mismo (Adán) que fue creado para ser el «sumo sacerdote» de la creación. 

Por el pecado, en lugar de elevar la creación física al canto armonioso de alabanza, el hombre introdujo una tensión que sometió la creación a la banalidad. Como lo describe San Pablo: “En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto” (Rom 8, 19-22). La «vanidad» a la que fue sometida la creación significa que ya no era capaz de alcanzar la finalidad para la que fue creada: la gloria de Dios a través del ministerio del hombre. El hombre también fue sometido a banalidad porque no pudo lograr la finalidad completa para la cual fue creado. Por esta razón, experimentó un profundo sentido de la banalidad de sus labores, como se expresa elocuentemente en el Antiguo Testamento: “¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad! ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?” (Ecc 1, 2-3). 

La corriente del costado de Cristo no solo liberó a la creación de la maldición del pecado, sino que también ofrece a la creación la posibilidad de ser elevada una vez más como canto de alabanza. El orden sacramental de la Iglesia usa varios elementos físicos: agua, aceite, pan y vino; así como también el material utilizado para el altar, las vestimentas, las velas, el incienso, etc. De esta forma, a modo de representación, la creación física se hace presente y se eleva una vez más. Pero mientras el sacrificio salvífico de Jesucristo ha hecho posible la participación de la creación en la gloria de Dios, no todo se realiza por completo de una vez. Más bien, es una lucha continua. El mundo sigue siendo un campo de batalla, donde las consecuencias del pecado hacen la guerra contra las consecuencias de la obra salvadora de Cristo. Porque el pecado de Adán y los pecados cometidos a lo largo de la historia de la humanidad, incluso después de la venida de Cristo, tienen consecuencias similares en el mundo material. Nuestros pecados continuamente someten la creación física a una cierta «nimiedad», privándola de la pureza e integridad necesarias para ser dignos de dar gloria a Dios. Santo Tomás habla de esto en los siguientes términos: “Ahora bien, aunque una cosa corpórea no puede ser el sujeto de la mancha del pecado, debido al pecado, las cosas corpóreas contraen una cierta incapacidad para ser designadas con propósitos espirituales; y por esta razón, encontramos que los lugares donde se han cometido crímenes, se consideran inadecuados para la realización de acciones sagradas en ellos, a menos que sean limpiados de antemano. En consecuencia, esa parte del mundo que se nos da para nuestro uso, contrae por cuenta de los pecados del hombre,  una cierta incapacidad para ser glorificada, con lo cual necesita ser limpiada” (Summa Theo., Supl. 74, 1, c.). 

Como ya hemos visto, la «limpieza» de la creación se logra mediante la corriente que fluye del costado de Cristo. Los hombres pueden lavarse en esta corriente, como Naamán fue limpiado de lepra en las aguas del Jordán (cf. 2 R 5, 1-14). Esto se logra particularmente al entrar junto con los ángeles, en la corriente de alabanza, en y a través del acto perfecto de adoración de Jesucristo. Esta corriente de adoración y alabanza se hace disponible a través de la celebración de los sacramentos de la Iglesia, la sagrada liturgia, y a través de nuestra unión continua con las gracias de los sacramentos mediante la práctica de las devociones. La adoración rendida por la Liturgia se logra en unión con toda la creación. Está «en sintonía» con todo el universo. Como el Santo Padre escribió una vez con respecto al Santo Sacrificio de la Misa: “En este sacrificio, por un lado, el misterio de la Trinidad está presente de la manera más maravillosa; y, por otro lado, todo el universo creado está unido (cf. Ef 1,10). La Eucaristía también se celebra para ofrecer ‘en el altar de toda la tierra el trabajo y el sufrimiento del mundo’… Es por eso que en la acción de gracias, después de la Santa Misa, se recita el cántico de los tres jóvenes en el Antiguo Testamento: Benedicite omnia opera Domino. Pues en la Eucaristía todas las criaturas, visibles y no visibles, y el hombre en particular, bendicen a Dios como Creador y Padre; lo bendicen con las palabras y la acción de Cristo, el Hijo de Dios» (Papa Juan Pablo II, Don y misterio, pp. 73-74).

El Santo Padre menciona la conveniencia de cantar el cántico que se encuentra en el Libro de Daniel (Dan 3, 29-68), que es una letanía que llama a las diversas criaturas a alabar y glorificar al Señor. En cierto sentido, este se resume en el himno interminable de alabanza que cantan los ángeles: «¡Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria!» (Is 6, 3). Esta canción expresa el ardiente deseo de los serafines por la realización del cántico de Daniel: “Bendito eres Tú en el templo Santo de tu gloria, y sobre todo loor, y sobre toda gloria por los siglos. Bendito eres Tú en el trono de tu reino, y sobre todo loor, y sobre toda gloria por los siglos” (Dan. 3, 53-54).   

En cada situación de nuestra vida, nosotros también podemos expresar este ardiente deseo por la glorificación de Dios, de parte de toda la creación, rezando el «Santo, Santo, Santo es el Señor…» con los santos ángeles. Al rezar esta oración, el Sanctus, nos convertimos en un canal de la corriente del Corazón de Cristo, para cumplir en cierta medida lo que deseamos. Este es un verdadero ejercicio del sacerdocio común en el que todos los bautizados participan. Al rezar esta oración de adoración, derramamos agua sobre el suelo sediento y arroyos sobre tierra seca, haciendo que florezca la creación (cf. Is 44, 3-4). Donde esta corriente de alabanza y adoración fluye en el mundo, se encuentra la belleza del canto y la verdadera dignidad de la vida. Donde esta corriente se seca, allí entra el ruido y la degradación.

Además, al adorar con los ángeles, no solo estamos sirviendo como intercesores o canales del flujo de la gracia de Dios, sino que nos convertimos en los beneficiarios de esta gracia. Bebemos de la corriente que fluye por las orillas del camino, y así levantamos nuestras cabezas (cf. Sal 110, 7). A través del acto de adoración, los hombres se vuelven “como árboles plantados por corrientes de agua, que producen sus frutos en su estación, y sus hojas no se marchitan. En todo lo que hacen, prosperan” (Sal 1, 3). Esta fecundidad se produce cuando rezamos el Sanctus con nuestro propio Ángel Guardián o con los ángeles de las diferentes personas y lugares con los que entramos en contacto durante todo el día. Porque con respecto a los ángeles está escrito: “¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de aquellos que heredarán la salvación?» (Heb 1,14). Todos los ángeles son espíritus ministrantes, enviados para ayudarnos. Cuando adoramos con ellos, orando el Sanctus con ellos, nos abrimos a su asistencia ministerial: les permitimos que nos ayuden a dar fruto.  Además, si consideramos la extraordinaria singularidad de cada ángel individualmente, cada uno con su propia reserva particular de las riquezas del tesoro insondable de las gracias de Cristo (cf. Ef 3, 8), encontraremos que el beneficio que obtenemos por orar con varios ángeles, puede ser una fuente de profundo enriquecimiento espiritual. 

Vemos, entonces, que trabajar con los ángeles para llenar toda la tierra con la gloria de Dios, es una vocación que hemos recibido de Cristo Jesús, y que debemos realizar en Él y a través de él. En virtud de nuestra comunión con Jesús y, a través de Él, con toda la creación, primero debemos esforzarnos por santificar todo nuestro trabajo y actividad durante el día entero. Es necesario escapar de la mentalidad secular que tiende a separar a Dios del mundo del trabajo diario. La adoración debe surgir continuamente del lugar de nuestro trabajo, así como del lugar de nuestra recreación. Así, el ritmo de nuestra vida se marca por el grito de los ángeles: «Toda la tierra está llena de tu gloria«. Esto provoca una verdadera transformación y santificación de la creación. Pero aún más, el hombre también logra su autorrealización más completa, de modo que su propia vida se convierte en un himno a la alabanza y la gloria de Dios: “¿Pues qué es lo que el hombre aprende al alcanzar el mundo angélico, sino es, el que la creación alaba a Dios, lo alaba, desde la última estrella hasta la menor brizna de hierba? … Porque él solo llega a estar allí elevándose cada vez más alto sobre sí mismo … [i] por lo tanto, es apropiado que al final esté presente con los ángeles como una sola canción que se derrama ante Dios” (Eric Peterson, p. 48). De esta manera, el agua que fluye desde el corazón de la Ciudad de Dios en el cielo, regresa una vez más a Dios, después de haber llevado a cabo la buena voluntad de Dios y logrado lo que fue enviado a hacer (cf. Is 55, 10-11). 

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CC18 Liturgia 3: Eucaristía

Liturgia III: La Eucaristía como forma de vida cristiana

La Cuaresma es una temporada de renovación espiritual, de separarnos del mundo y acercarnos a Dios. «Sursum corda!» – «¡Levanten sus corazones!» Los santos ángeles quieren elevar nuestros corazones y nuestras mentes a las cosas que están arriba, para que podamos ordenar nuestras vidas una vez más para Aquel que es nuestra verdadera vida, nuestro origen y nuestro final. Los ángeles nos purifican y también nos conducen a la purificación, a la confesión sacramental, para que nuestros pecados puedan ser perdonados, para que podamos ver con una visión más clara nuestro verdadero propósito en la vida y dirigir nuestros pasos de manera más efectiva hacia esta meta. En su mensaje de Cuaresma para 2008, el Papa Benedicto XVI escribe: “Cada año, la Cuaresma nos ofrece una oportunidad providencial para profundizar el significado y el valor de nuestra vida cristiana, y nos estimula a redescubrir la misericordia de Dios para que, a su vez, lleguemos a ser más misericordioso con nuestros hermanos y hermanas». Una esfera privilegiada en la que encontramos a Dios y su amorosa misericordia es en la Sagrada Eucaristía, que también nos une a nuestros hermanos y hermanas.

La Eucaristía: Jesucristo como regalo de sí mismo  

Jesús murió en la cruz para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Su don total en la Cruz, en expiación por nuestros pecados, nos ha abierto el camino a la reconciliación con el Padre y a una nueva vida en Cristo. Este don de sí mismo del Logos divino, se recuerda y se hace presente en cada celebración de la Sagrada Eucaristía. En las últimas dos Cartas Circulares, hemos tratado de ilustrar la Eucaristía y la entrega de Cristo en relación con la historia de la salvación y como se expresan en el lenguaje de símbolos y signos que se encuentran en la celebración eucarística. Comprenderlos nos puede ayudar a participar de manera más consciente y fructífera en el Santo Sacrificio de la Misa. Pero la participación en la Santa Misa no termina con la bendición final; está destinada a ser vivida, a permear e influir en nuestra vida entera.

En la última Circular, señalamos que la celebración de la Eucaristía en la tierra, no es la consumación de la vida cristiana. En la cruz, Jesús hizo una ofrenda perfecta de sí mismo en cuerpo y alma por nuestro bien y en nuestro nombre. Su sacrificio, hecho en nuestro nombre y litúrgicamente hecho presente para nosotros, ahora debe convertirse en nuestro sacrificio; el don de nosotros mismos al Padre, debe ser ofrecido en y por medio de Cristo Jesús. Nuestra participación sólo se completa cuando estamos «personalmente conformados con el misterio que se celebra, ofreciendo nuestra vida a Dios en unidad con el Sacrificio de Cristo para la salvación del mundo entero» (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis — en adelante, SacC — 64). Por lo tanto, para una plena «participación activa» en la Sagrada Liturgia, debemos permitirnos ser cautivados por la «dinámica» de la Eucaristía y ser transformados por ella. “La Eucaristía nos conduce al acto de oblación de Jesús. Más que recibir de manera pasiva el Logos encarnado, entramos en la gran dinámica de Su entrega” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 13).

Un misterio del Amor Trinitario ~ Un llamado al amor

La Eucaristía es un misterio de la entrega de sí mismo,  porque es esencialmente un misterio de amor. Dios mismo es amor, la «comunión perfecta de amor entre Padre, Hijo y Espíritu Santo» (SacC, 8). El amor de Dios por nosotros fue revelado más perfectamente por el don de sí mismo de Cristo en la Cruz, y este amor se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. En el llamado a entrar en la donación que Jesús hace de sí mismo, somos convocados a tener parte en la vida divina del amor de Dios. “Bajo las apariencias del pan y  el vino, Cristo se entrega en la comida pascual (cf. Lc 22, 14-20; 1 Cor 11, 23-26), la vida entera de Dios nos encuentra y se comparte sacramentalmente con nosotros. … En la creación misma, el hombre fue llamado a participar en el aliento de vida de Dios (cf. Génesis 2, 7). Pero es en Cristo, muerto y resucitado, y en el derramamiento del Espíritu Santo, dado sin medida (cf. Jn 3, 34), que nos hemos convertido en partícipes de la vida más íntima de Dios” (SacC, 8). La Eucaristía es, por lo tanto, un misterio del amor trinitario y una invitación a cada uno de nosotros a vivir este amor. “En el Sacramento de la Eucaristía, Jesús nos muestra en particular, la verdad sobre el amor, que es la esencia misma de Dios. Es esta verdad evangélica, que nos desafía a cada uno de nosotros y a todo nuestro ser. Por esta razón, la Iglesia, que encuentra en la Eucaristía el mismo centro de su vida, está constantemente preocupada por proclamar a todos, ‘a tiempo y a destiempo’ (cf. 2 Tim 4, 2), que Dios es amor” (SacC, 2).

Compartiendo en la vida de amor de Dios, comenzamos ya de alguna manera la «vida eterna». “Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 57). El Papa Benedicto comenta sobre este texto: “Estas palabras de Jesús nos hacen darnos cuenta de cómo el misterio ‘creído’ y ‘celebrado’ contiene un poder innato, que lo convierte en el principio de una nueva vida dentro de nosotros y en la forma de nuestra existencia cristiana. Al recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nos convertimos en participantes de la vida divina de una manera cada vez más adulta y consciente” (SacC, 70). De la Eucaristía recibimos una nueva «forma de existencia», una nueva forma de vivir nuestras vidas. “La Eucaristía, ya que abarca la existencia concreta y cotidiana del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva de todos los llamados por gracia, a reflejar la imagen del Hijo de Dios (cf. Rom 8, 29ff.)” (SacC, 71). A diferencia de la comida natural, que cuando se consume se transforma en nuestra sustancia, el Pan de Vida nos cambia y nos transforma en Cristo. San Agustín escribe: “Soy el alimento de hombres adultos; crece y te alimentarás de mí; no me cambiarás, como el alimento de tu carne dentro de ti mismo, sino que tú serás transformado en mí”. (Confesiones, VII, 10, 16).

La nueva adoración espiritual

A través de la Eucaristía, la vida de Cristo se nutre y crece dentro de nosotros. Cristo vivió cada momento de su vida como una ofrenda de sí mismo al Padre, por amor, que culminó en la Cruz. Nosotros también estamos llamados a vivir para Dios, haciendo de todo un acto de adoración, un acto de amor a Dios. Esta orientación hacia Dios, en y a través de Cristo en la Eucaristía, es la «nueva adoración»  radical del cristianismo. San Pablo escribe: «Por lo tanto, les pido hermanos, por la misericordia de Dios, que presenten sus cuerpos como un sacrificio vivo, santo y aceptable para Dios, que es su adoración espiritual» (Rom 12, 1). Todo lo que hacemos, decimos o pensamos debe ofrecerse a Dios: “La nueva adoración cristiana  incluye y transfigura todos los aspectos de la vida: ‘¡Ya sea que comas o bebas, o hagas lo que hagas, haz todo para la gloria de Dios!’ (1 Cor 10,31)» (SacC, 71).

El origen y la fuente de esta nueva adoración es la Eucaristía, la ofrenda de Cristo mismo, a la cual estamos unidos a través de la Liturgia. El Papa Benedicto va más allá al decir que esta «nueva adoración» constituye lo que él llama la «forma eucarística de la vida cristiana»:

Aquí la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana comienza a tomar forma … No hay nada auténticamente humano —nuestros pensamientos y afectos, nuestras palabras y acciones— encuentran en el Sacramento de la Eucaristía, la forma necesaria para vivir al máximo. Aquí podemos ver la completa significancia de la novedad radical traída por Cristo en la Eucaristía: la adoración a Dios en nuestras vidas no puede relegarse a algo privado e individual, sino que tiende, por su naturaleza, a permear cada aspecto de nuestra existencia. (SacC, 71)

Por lo tanto, la participación en la Eucaristía no termina con la Misa, sino que continúa en nuestra vida diaria, en cada momento. Alimentados por Su sacrificio, somos progresivamente conformados con Cristo y unidos a su ofrenda. “La adoración que agrada a Dios se convierte así, en una nueva forma de vivir nuestra vida entera, cada momento en particular es elevado, ya que se vive como parte de una relación con Cristo y como una ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre vivo» (cf. 1 Cor 10,31)” (SacC, 71).

El cuerpo eucarístico y místico de Cristo

Esta «forma eucarística de vida cristiana» es ante todo una realidad eclesial. No vivimos como individuos aislados, sino dentro de la comunidad de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. No podemos vivir en comunión con Dios sin también vivir en comunión con nuestro prójimo. “Dondequiera que la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruya, la raíz y la fuente de nuestra comunión entre unos y otros, se destruye. Y dondequiera que no vivamos en comunión entre nosotros, la comunión con el Dios Uno y Trino tampoco es viva ni verdadera” (Audiencia general, 29 de marzo de 2006). Esta interdependencia entre el amor a Dios y al prójimo facilita nuestra comprensión de la communio sanctorum, la comunión de los santos: pertenecemos al Señor, a Su Cuerpo y, por lo tanto, también somos miembros unos de otros. “La forma eucarística de la vida cristiana es claramente una forma eclesial y comunitaria. … La secularización, con su énfasis inherente en el individualismo, tiene sus efectos más negativos en las personas que están aisladas y carecen de un sentido de pertenencia. El cristianismo, desde sus comienzos, ha significado compañerismo, una red de relaciones constantemente fortalecidas por escuchar la palabra de Dios, compartir en la Eucaristía y ser animados por el Espíritu Santo” (SacC, 76). Santo Tomás dice que la realidad a la que apunta el Sacramento de la Eucaristía no es solo la presencia substancial del Cuerpo de Cristo contenido en el mismo Sacramento, sino también la unidad de los fieles dentro de la comunión del Cuerpo Místico, la Iglesia (cf. Summa Theol. III, q. 80 art. 4). La Eucaristía tiene una relación causal con la Iglesia y moldea a los fieles en una comunión de personas en Cristo. Cuando participamos en la Eucaristía, crecemos en una comunión cada vez mayor con todo el Cuerpo Místico, la Iglesia, y fortalecemos a la Iglesia en esa comunión.

Dado que la Eucaristía es el sacrificio de Cristo, también es el sacrificio de Su Cuerpo, la Iglesia. San Agustín escribe: «La Iglesia celebra este misterio en el Sacramento del Altar, como saben los fieles, y allí les muestra claramente que en lo que se ofrece, ella misma es ofrecida» (De Civitate Dei, X, 6). Solo en comunión con la Iglesia se convierte también en nuestro sacrificio. Por lo tanto para participar en la Eucaristía, debemos ser parte de esta comunión de amor que incluye tanto a Dios como al prójimo. “Ofreciendo a la Víctima inmaculada, no solo a través de las manos del sacerdote sino también junto con él, deben aprender a hacer una ofrenda de sí mismos. A través de Cristo, el Mediador, deben ser atraídos día a día, a una unión cada vez más perfecta con Dios y entre sí” (Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 48).

Implicaciones morales de la Eucaristía

Otro elemento esencial de la «forma eucarística de la vida cristiana» y la verdadera adoración espiritual es la dimensión moral, una novedad de la vida, una vida transfigurada por Cristo. Inmediatamente después del pasaje sobre la nueva adoración espiritual, San Pablo escribe: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. (Rom 12, 2). La vida de un cristiano debe ser diferente de la de aquellos que viven solo para este mundo, «como si Dios no existiera». Jesucristo en la Sagrada Eucaristía debería marcar la diferencia en cómo vivimos, en cómo pensamos. El Papa Benedicto escribe: “Hoy existe la necesidad de redescubrir que Jesucristo no es solo una convicción privada o una idea abstracta, sino una persona real, cuya incorporación a la historia humana es capaz de renovar la vida de cada hombre y mujer. Por lo tanto, la Eucaristía, como fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia, debe traducirse en espiritualidad, en una vida vivida ‘según el Espíritu’ (Rom 8, 4 y sig .; cf. Gal 5,16, 25)» ( SacC, 77).

En Jesús tenemos una nueva vida en la que podemos encontrar la fuerza para vencer nuestras pasiones dominantes, para vivir la «libertad de los hijos de Dios» y hacer de nuestras vidas una ofrenda continua, que agrade a Dios. No es solo un código ético filosófico. Esta transformación moral, es la nueva vida de la Divina Gracia, que nos permite vivir la nueva ley de Cristo. Es una respuesta de amor inspirado por la obra del Espíritu, una gratitud alegre al descubrir a Dios que me ama y viene a mí en la Eucaristía. El Papa Benedicto comenta: 

Esta referencia al valor moral del culto espiritual, se ha de interpretar en clave moralista. Es ante todo, el gozoso descubrimiento del dinamismo del amor en el corazón, que acoge el don del Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera libertad. La transformación moral implícita en la nueva adoración instituida por Cristo, es un anhelo sincero de responder al amor del Señor con todo el propio ser, sin dejar de ser consciente de la propia debilidad. Esto se refleja claramente en la historia del Evangelio de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10). Después de dar la bienvenida a Jesús a su hogar, el recaudador de impuestos cambia por completo: decide entregar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces más a los que había defraudado. (SacC, 79)

Sólo el amor puede atraernos y transformarnos. En la Eucaristía encontramos la plenitud de la verdad sobre el amor que Dios tiene por nosotros.

Testificando el amor de Dios

Pero el amor anhela ser compartido. Por esta razón, la forma eucarística de la vida cristiana incluye necesariamente la misión. “Lo que el mundo necesita es el amor de Dios; necesita encontrar a Cristo y creer en Él. La Eucaristía es, por lo tanto, la fuente y la cumbre no sólo de la vida de la Iglesia, sino también de su misión: Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera” (SacC, 84). Por nuestra transformación y renovación de la vida, estamos llamados a traer la luz de Cristo al mundo, a ser otros Cristos en el mundo. Lo más importante, debemos traer el amor de Dios al mundo. “Nos convertimos en testigos cuando, a través de nuestras acciones, palabras y forma de ser, Otro se hace presente. El testimonio podría describirse como el medio por el cual, la verdad del amor de Dios llega a hombres y mujeres en la historia, invitándolos a aceptar libremente esta novedad radical” (SacC, 85). Cuando vivimos el amor que recibimos en la Eucaristía, este amor en sí mismo atraerá a otros a Cristo.

Este testimonio alcanza su apogeo en el martirio. “El cristiano que ofrece su vida en el martirio entra en comunión plena con la Pascua de Jesucristo y se convierte en Eucaristía con Él. Hoy, también, la Iglesia no carece de mártires que ofrecen el testimonio supremo del amor de Dios. Incluso si no se nos pide la prueba del martirio, sabemos que la adoración que agrada a Dios exige que estemos preparados internamente para ello” (SacC, 85).

Caridad activa

Otro elemento integral de la forma eucarística de la vida cristiana es la caridad activa. Compartir en la Eucaristía nos compromete a preocuparnos por todos aquellos por quienes Cristo dio su vida, especialmente por los pobres y marginados de este mundo. «Al participar en el sacrificio de la Cruz, el cristiano  se hace parte del amor que Cristo entrega de sí mismo y es equipado y comprometido a vivir esta misma caridad en todos sus pensamientos y acciones» (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 107). “La ‘adoración’ en sí misma, la comunión eucarística, incluyen la realidad de ser amado y de amar a los demás. Una Eucaristía que no pasa a la práctica concreta del amor, está intrínsecamente fragmentada” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 14). La Beata Madre Teresa es un ejemplo sublime de una mujer que vivió de la Eucaristía y dio su propia vida al servicio de los más pobres entre los pobres. “Nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, deben ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos, y que la Eucaristía obliga a todos los que creen en Él, a convertirse en ‘pan que se parte’ para los demás y a trabajar por la construcción de un mundo más justo y fraterno. Teniendo en cuenta la multiplicación de los panes y los peces, debemos darnos cuenta de que Cristo continúa hoy exhortando a sus discípulos a comprometerse personalmente: «Ustedes mismos, denles algo de comer» (Mt 14,16). Cada uno de nosotros está verdaderamente llamado, junto con Jesús, a ser ‘pan partido’ para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno” (SacC, 88).

Entonces vemos que la participación plena y activa en la Eucaristía, es más que una hora de adoración los domingos; compromete toda nuestra vida. ¿Corresponde nuestra vida al misterio del sacrificio de Cristo, que celebramos, la forma eucarística descrita por el Santo Padre? «Difícilmente puede esperarse una participación activa en la liturgia eucarística si se aborda superficialmente, sin un examen de vida» (SacC, 55). ¿Hago de todo una ofrenda a Dios? ¿Vivo en comunión con la iglesia y la apoyo? ¿Tengo el coraje de dar testimonio? ¿Me preocupan los pobres? Para participar fructíferamente en la Eucaristía, debemos disponernos con «espíritu de conversión constante que debe marcar la vida de todos los fieles. … Esta disposición interna puede fomentarse, por ejemplo, mediante el recogimiento y el silencio durante al menos unos momentos antes del comienzo de la Liturgia, mediante el ayuno y, cuando sea necesario, mediante la confesión sacramental» (SacC, 55). El santo ángel también puede recordarnos lo que aún necesita ser purificado en nuestros corazones. Quizás esta forma de participar en la Eucaristía pueda formar parte de nuestra propuesta de Cuaresma, mientras nos preparamos para celebrar dignamente el Triduo Pascual.

Los ángeles y nuestra participación en la Eucaristía

Los santos ángeles pueden ayudarnos a participar aún más fructíferamente en la Eucaristía. En cada misa entramos en la eterna liturgia del cielo y las alabanzas celestiales de Cristo con todos los ángeles y santos. En el prefacio pedimos, unirnos a la oración y alabanza de los ángeles, orando junto con ellos, «Santo, Santo, Santo…» Si conscientemente le pedimos a nuestro ángel que esté con nosotros en la Santa Misa, que ore con nosotros, él puede iluminarnos sobre el misterio del amor de Dios que celebramos. Él puede adorar con nosotros, inflamarnos con amor y recordarnos cuánto ha hecho Cristo por nosotros. En la Sagrada Comunión, podemos pedir, como Santa Teresa, que nuestro ángel adore a Jesús con nosotros y haga en nuestros corazones, un hogar amoroso para Él. Y al despedirnos, deseamos salir con nuestro ángel para vivir en nuestra vida diaria, el amor que hemos recibido del Santo Sacrificio. Él irá con nosotros y nos mostrará cómo podemos vivir nuestra vida como una ofrenda, tal como Jesús se ofreció por nosotros. 

Nos dirigimos especialmente a María, «Mujer de la Eucaristía» y «modelo singular de la vida eucarística». Ella nos ayudará a «convertirnos en una ofrenda viva agradable al Padre» (SacC, 96). ¡Que ella nos acompañe durante estos días de renovación cuaresmal, para que podamos participar dignamente en los Sagrados Misterios de nuestra fe y compartir plenamente las alegrías de la Pascua!

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CC17 Liturgia 2: Símbolos

Liturgia Parte II: Signos y Símbolos

El Adviento es la temporada de la esperanza, la temporada de anhelo y expectativa por la venida de Cristo en Belén, por su nuevo nacimiento en nuestros corazones y por su segunda venida en el último día. Debido a que es una temporada de esperanza, el Adviento es también una temporada de signos e imágenes, que sostienen y dan vida a nuestra esperanza por aquellas cosas que aún no se ven. «Solamente en esperanza estamos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más: ¿acaso se puede esperar lo que se ve? En cambio, si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con perseverancia” (Rom 8, 24-25).

La luz de las velas, las Misas de Adviento Rorate celebradas antes del amanecer en Europa, recuerdan la oscuridad del mundo que yace en el pecado, la oscuridad de nuestros propios corazones cuando están privados de gracia, pero también,  la expectativa optimista de Cristo, la Luz del mundo. La corona de Adviento, si bien representa la penitencia y la conversión, por el color púrpura, también señala el inminente nacimiento de Cristo como Luz, reconciliación y verdad, ya que cada semana aumenta el número de velas encendidas. De hecho, todo el calendario litúrgico es un simbólico «hacer presente» los principales eventos de la vida de Cristo a lo largo de un año. La Liturgia de la Eucaristía, también es rica en signos y símbolos que dirigen nuestras mentes y corazones a los misterios que se celebran, a realidades verdaderamente presentes pero ocultas.

En esta segunda parte de la serie sobre la Sagrada Liturgia, deseamos considerar los signos y símbolos sagrados, los tiempos y lugares, las palabras y los gestos involucrados en la celebración adecuada de la Liturgia. Parece que los tiempos modernos, la era de la tecnología, se han alejado del uso «arcaico» de signos o símbolos, y el hombre moderno ya no puede «leer los signos de los tiempos» ni nada que no sea inmediatamente evidente para los sentidos o científicamente examinado. Los gestos, como las genuflexiones ante el sagrario, parecen artificiales y, por lo tanto, innecesarios. Después de todo, si Dios está en todas partes, ¿por qué debería arrodillarme ante Él en el tabernáculo? Si hemos sido redimidos por Cristo y ahora estamos habilitados para adorar «en espíritu y en verdad», si Dios nos ve siempre y en todas partes, ¿por qué necesitamos orar en una iglesia o en un día en particular? Si Dios está presente en mi prójimo, ¿no puedo servirlo simplemente amando a mi prójimo? ¿Por qué necesitamos un ritual? En resumen, la pregunta es, si la realidad del Reino de Dios presagiada en el Antiguo Testamento ha llegado con Cristo, ¿por qué todavía necesitamos imágenes o símbolos mediadores? Queremos responder a esta pregunta en general, antes de pasar a discutir los signos particulares utilizados en la Liturgia.

El uso de signos en general en la historia de la Iglesia

Precisamente porque el hombre de la era de la tecnología es muy reacio a lo que no se puede entender y ver con claridad, el Papa Benedicto XVI, ha solicitado una renovación de la «catequesis mistagógica», particularmente con respecto a la Liturgia, de modo que a través de una mayor sensibilidad por los signos y símbolos, que señalan una realidad trascendente, de otra manera inaccesible —Dios y el mundo de los ángeles y los santos—, el hombre puede nuevamente aspirar a «buscar los bienes del cielo» (cf. Col 3, 1) y penetrar en este mundo a través de una participación más consciente en los Sagrados Misterios. Sí, el Reino de Dios ha llegado en Cristo. Sin embargo, como explican los Padres de la iglesia, hay tres etapas en la economía de la salvación. En el Antiguo Testamento, tenemos la sombra de la unión de Dios con el hombre, simbolizados en el primer pacto y en las ofrendas del Templo. Con la venida de Cristo y a través de su sacrificio redentor en la cruz, comienza el tiempo de la Iglesia, la realidad está presente de manera invisible por la gracia, la sombra es sustituida por la imagen. Como afirma San Gregorio Magno, “Estamos aún en el tiempo de la aurora, en el que se mezclan la oscuridad y la claridad. Ya está amaneciendo, pero aún no ha despuntado el sol”. Así, el tiempo del Nuevo Testamento, constituye un peculiar momento ‘intermedio’, que mezcla el ‘ya’ pero ‘todavía no’”(Cardenal Ratzinger, Espíritu de la Liturgia, en adelante, solo se da la página, p. 54). Sólo cuando lleguemos al cielo, al tiempo de cumplimiento, se caerá el velo y «Lo veremos tal cual Él es» (1 Jn 3, 2). Disfrutaremos de la realidad de la unión con Dios y con los demás santos en Dios, para siempre, en la Visión Beatífica.

Los tres niveles de la liturgia

Como en la economía de la salvación, el cardenal Ratzinger explica, también en la liturgia hay tres niveles. Todos estamos familiarizados con el nivel estrictamente litúrgico, la celebración de la Liturgia tal como la experimentamos hoy y que fue revelada por primera vez en la Última Cena. Pero la celebración de la Liturgia presupone una subyacente «realidad que está sustancialmente presente» y se distingue de un simple juego de palabras. “El Señor sólo pudo decir que su cuerpo era «entregado» porque, de hecho, lo entregó; sólo pudo ofrecer la sangre en el nuevo cáliz como sangre derramada por muchos, porque realmente la derramó” (p. 55). La muerte sacrificial de Cristo en la Cruz y Su Resurrección, es el «fundamento de la realidad que sustenta la liturgia cristiana». Esta realidad se hace presente cada vez que se celebra la Santa Misa.

La Pasión sucedió «una  sola vez» en el Calvario en el año 33 DC. Sin embargo, a través de la celebración litúrgica, los hombres de todas las eras se hacen contemporáneos de esta acción histórica. Porque el sacrificio de la cruz, aunque es un acto único, que ocurrió en un momento específico de la historia, es sin embargo, un acto eterno. Jesús sufrió la muerte sólo una vez, pero su muerte fue activamente aceptada y ofrecida al Padre como un acto interior de amor, un acto de la persona en su totalidad, de una Persona divina. Por lo tanto, es un acto eterno del Hijo divino, por el cual «el tiempo es atraído a lo que va más allá del tiempo». El verdadero acto interior, aunque no existe sin el exterior [el sacrificio corporal en la Cruz], trasciende el tiempo; pero desde que el acto interior viene del tiempo, este último puede una y otra vez ser insertado en él” (p. 56). En otras palabras, dado que Cristo es Dios, su acto interior de amor y obediencia en la Cruz trasciende el tiempo, es eterno; sin embargo, dado que sufrió físicamente como hombre, este acto tiene una dimensión que existe en el tiempo y, por lo tanto, puede ser llevado nuevamente al «presente» de cada época, a través de la celebración litúrgica.

La Liturgia, sin embargo, tiene un tercer nivel que involucra el objetivo escatológico de la Liturgia: al participar en la Pasión de Cristo nosotros debemos ser conformados con  Dios. Como vimos en la última Carta Circular, el Sacrificio de Cristo ya no es un sacrificio de reemplazo como los sacrificios de animales del Antiguo Testamento. La ofrenda de Cristo es un sacrificio representativo y mediador que tiene la intención de «tomar en sí mismo a quienes representa» (p. 57). Al participar en la Liturgia, la «entrega de Cristo debe hacerse mía» (p. 58). Estamos destinados a ser tomados por su sacrificio y a ser transformados por él, hasta que ya no sea yo sino Cristo que vive en mí (cf. Gal 2,20), es decir, hasta que nos convirtamos en un «sacrificio vivo» unido al sacrificio de Cristo (cf. Rom 12, 1). “Y ahora el desafío es dejarnos llevar a Su ser ‘por’ la humanidad, dejarnos abrazar por Sus brazos abiertos, que nos atraen hacia Él… Estamos incorporados al gran proceso histórico por el cual el mundo se mueve hacia el cumplimiento de que Dios es ‘todo en todos’ ”(p. 59). Como dice San Agustín, el sacrificio de Cristo nunca se completa hasta que el mundo se convierta en un lugar de amor (Ciudad de Dios, citado en la p. 58). Es decir, la Cruz de Cristo alcanza su cumplimiento solo cuando cada hombre es transformado por ella en otro Cristo y en cuanto ama con el mismo amor de Cristo.

Tal como vimos que hay tres etapas en la historia de la salvación: la sombra del Antiguo Testamento, la imagen en el tiempo de la Iglesia y la realidad en el cielo, así también, la liturgia involucra estos tres niveles, la institución histórica en La Pasión, la celebración de hoy que hace presente el acontecimiento histórico, y el objetivo final de la transformación de los hombres en Cristo. Así como ahora vivimos en la etapa intermedia de la historia de la salvación, donde la unión con Dios está realmente presente pero mediada por imágenes, sacramentos y signos, hasta que alcancemos la visión completa de Dios, de la misma forma al celebrar la Liturgia hoy, estamos en este «tiempo intermedio» que depende de signos o símbolos para señalar la realidad hacia la cual estamos viajando, nuestra transformación en Cristo. “La teología de la Liturgia es, de una manera especial, ‘teología simbólica’, una teología de símbolos, que nos conecta con lo que está presente pero oculto… Sí, los necesitamos [es decir, símbolos], precisamente para que, por medio de la imagen, a través del signo, aprendamos a ver la apertura del cielo. Necesitamos que nos den la capacidad de conocer el misterio de Dios en el corazón traspasado del Crucificado” (págs. 60-61). No podemos ver a Dios directamente ahora, pero a través de la señal, podemos ver un reflejo de su amor y bondad, de su sabiduría y poder. Cristo mismo, en su humanidad, es la primera imagen o señal del Dios invisible. Los sacramentos también son signos externos que transmiten la gracia santificante, dándonos el poder de conocer a Dios por la fe. Hasta que alcancemos la Visión Beatífica, por lo tanto, siempre seremos dependientes de los signos y símbolos para comprender los misterios de Dios. De hecho, toda comunicación humana está conformada en esencia por signos, ya sean palabras o gestos, ya que dependemos de nuestro cuerpo y sus sentidos para comunicar cosas del espíritu inmaterial e invisible.

Señales particulares en la liturgia: el edificio de la iglesia

Los edificios de la iglesia del cristianismo, se desarrollaron tanto del templo judío como de las sinagogas. El Templo era considerado la Shekinah, el «lugar de la presencia de Dios» en la tierra, y por lo tanto, el sacrificio solo podía ofrecerse en el Templo. Pero para tener una celebración religiosa semanal en pueblos distantes del Templo, las sinagogas se desarrollaron con lo que es más o menos equivalente a nuestra Liturgia de la Palabra, con lecturas y comentarios de la Torá. La Torá fue consagrada en un rincón especial de la sinagoga de una manera que representa el Arca perdida de la Antigua Alianza, y se convirtió en la Shekinah de cada sinagoga. Estaba situada de tal manera que al mirar hacia el santuario, uno miraría más allá de ella, hacia el Templo, el lugar del Arca perdida original y el lugar del sacrificio.

La Liturgia Cristiana retoma la Liturgia de la Palabra de las sinagogas (el santuario de la Torá siendo reemplazado por el tabernáculo, el verdadero lugar de la presencia de Dios) y las liturgias sacrificiales del Templo (con el altar del sacrificio de animales siendo reemplazado por el altar del sacrificio de Cristo). Es de tradición apostólica que la liturgia cristiana se orientara hacia el este, en contraste con la orientación hacia el Templo de la sinagoga. El sol naciente siempre ha sido un símbolo bíblico y cósmico de Cristo, la luz del mundo, y de Su resurrección y segunda venida: «Él ha puesto una tienda de campaña para el sol, que emerge como un novio que sale  de su recámara, y como un hombre fuerte sigue su curso con alegría. Se levanta desde el final de los cielos, y su trayectoria va hasta el final de ellos; y no hay nada escondido a su calor” (Salmo 97,6). Muchas iglesias todavía están orientadas hacia el este. En las iglesias modernas y donde el sacerdote celebra ahora frente al pueblo (que, por cierto, nunca se mencionó en el Vaticano II), el símbolo cósmico del sol naciente es reemplazado por el Crucifijo, que siempre debe interponerse entre el sacerdote y las personas para que la adoración no esté orientada del uno hacia el otro, sino siempre hacia Cristo, quien es el verdadero Shekinah, el «lugar de la presencia de Dios». Si estas imágenes se entienden y preservan adecuadamente, nos ayudan a elevarnos por encima de una liturgia simplemente «horizontal» de sacerdotes que se encuentran con personas, y más bien dirigimos nuestra adoración hacia Dios, de modo que Él, no el sacerdote, sea el foco de nuestra Liturgia.

El altar también ha transferido su significado de la adoración del Templo. Ahora ya no es un lugar de sacrificio de reemplazo, el altar es, como hemos visto anteriormente, donde el acto eterno de amor del Hijo en la Cruz, entra en nuestro tiempo presente, y donde somos elevados y transformados con Cristo por su sacrificio mediador, entrando en la adoración eterna de Dios en y a través de Cristo con los ángeles y los santos en el cielo. “Por lo tanto, trae el cielo a la comunidad reunida en la tierra, o más bien lleva a esa comunidad más allá de sí misma a la comunión de los santos de todos los tiempos y lugares. Podríamos decirlo de esta manera: el altar es el lugar donde el cielo se abre. No cierra la iglesia, sino que la abre, y la conduce a la eterna Liturgia” (p. 71).

El día del Señor y el tiempo sagrado

La fijación del Día del Señor y las diversas fiestas del calendario litúrgico no fueron determinaciones arbitrarias, sino que se desarrollaron durante siglos bajo la influencia de factores históricos y cósmicos. El domingo fue elegido como el «Día del Señor» desde los tiempos apostólicos. En el Antiguo Testamento, la observancia del sábado, el séptimo día de la creación como el día de descanso para Dios y el hombre, trajo el concepto de tiempo, un ritmo semanal, a la antigua alianza. En la nueva alianza, el domingo, el primer día de la creación, llegó a ser el día en que los cristianos se reúnen  como el día de la Resurrección, el día del Señor Jesús. Significativamente, en los primeros tiempos cristianos, este día estaba asociado con el sol, mientras que otros días llevaban el nombre de varios planetas. Nuevamente es así como el día del Señor Jesús está conectado con el sol. “El sol proclama a Cristo. El cosmos y la historia hablan conjuntamente de Él” (p. 96).

Además, en Génesis, el primer día de la semana es el comienzo de la creación. El domingo cristiano es también una celebración de la creación, un día de acción de gracias por la maravillosa creación de Dios. La celebración semanal, por el descanso de Dios,  después de haberlo creado todo, pone nuestro propio trabajo en perspectiva: ¡el trabajo es para el hombre, no el hombre para el trabajo! Pero el domingo también es el día de una «nueva creación». En Génesis, la creación se completó en siete días. El octavo día, el día de la Resurrección, simboliza el comienzo de una nueva creación. Cristo dice: «¡He aquí, yo hago nuevas todas las cosas!» (Apocalipsis 21, 5), a través de su pasión, muerte y resurrección. El octavo día también apunta hacia la Segunda Venida de Cristo. “Con el Día de la Resurrección después del sábado, Cristo, por así decirlo, avanzó a través del tiempo y lo levantó por encima de sí mismo. Los padres de la iglesia  conectaron con esta idea, en la que la historia del mundo en su conjunto puede verse como una gran semana de siete días que corresponde a los períodos de la vida de un hombre. El octavo día, por lo tanto, significa el nuevo tiempo que se originó con la Resurrección” (p. 97). Este es el momento en que vivimos ahora, pero al mismo tiempo, está por delante de nosotros. Es el símbolo del mundo definitivo de Dios, en el que la sombra y la imagen son reemplazadas por la mutua y permanente morada de Dios y sus criaturas” (p. 97). Ratzinger resume: “Así, el domingo es para el cristiano, la medida adecuada del tiempo, la medida temporal de su vida. No se basa en una convención arbitraria que podría intercambiarse por otra, sino que contiene una síntesis única de la conmemoración de la historia, el recuerdo de la creación y la teología de la esperanza” (págs. 98-99).

Participación activa y gestos corporales

Como notamos en la primera parte de esta serie, la «participación activa» de los fieles en la Liturgia no se refiere a la multiplicación de funciones de los laicos en la Misa, sino a la unión consciente e interior del individuo con los Misterios Sagrados ofrecidos, la ofrenda  de sí mismos en unión con el sacrificio de Cristo. ¿Cuál es, después de todo, la verdadera acción en la cual todos deben participar? La verdadera acción de la liturgia es la acción divina, por la que Cristo, a través de la boca del sacerdote, produce la transubstanciación del pan y el vino en su cuerpo y sangre, y hace presente el sacrificio del calvario.

En esta acción, todos estamos llamados a «participar», a tener parte, orando interiormente «para que se convierta en nuestro sacrificio, que nosotros mismos, como dijimos, seamos transformarnos en el Logos, conformados con el Logos, y así poder hacernos verdadero Cuerpo de Cristo” (p. 173). Aquí no hay distinción entre sacerdote y laico. Cada uno debe hacer suya la acción de Cristo al convertirse en «un espíritu con Él» (1 Cor 6,17). “La singularidad de la Liturgia radica precisamente en el hecho de que Dios mismo está actuando y de que somos atraídos por esa acción de Dios. Todo lo demás es, por lo tanto, secundario… Si las diversas acciones externas… se vuelven esenciales en la Liturgia, si la Liturgia degenera en una actividad general, entonces hemos radicalmente malentendido el «teorema» de la Liturgia y casi hemos caído en una parodia… Por el contrario, uno debe ser guiado hacia la acción esencial que hace de la Liturgia lo que es, hacia el poder transformador de Dios, que quiere, a través de lo que sucede en la Liturgia, transformarnos a nosotros y al mundo «(pp. 174 -175). 

Sin embargo, esto no quiere decir que el cuerpo y los gestos corporales no tengan cabida en la liturgia. El propósito mismo de la Encarnación era que Dios nos alcanzara en nuestra humanidad, con cuerpo y alma. No somos ángeles que conocemos y alabamos a Dios de una manera puramente espiritual; no, estamos llamados a adorar como personas humanas. “El cuerpo tiene un lugar dentro de la adoración divina de la Palabra hecha carne, y se expresa litúrgicamente en una cierta disciplina del cuerpo, en gestos que se han desarrollado a partir de las demandas internas de la Liturgia  y que hacen que la esencia de la Liturgia  sea corporalmente visible” (p. 177). Aunque estos gestos pueden variar de una cultura a otra en ciertos detalles, ellos «son parte de esa cultura de fe que ha surgido del culto cristiano… [y forman] un lenguaje común que cruza las fronteras de las diferentes culturas» (ibid.). A menudo se escucha que tales gestos no son apropiados en la cultura moderna; el punto es que el cristianismo está destinado a formar cultura, no la cultura al cristianismo.

Símbolos cristianos en la liturgia

El primer y más importante símbolo cristiano es el signo de la Cruz. ¡Curiosamente, los arqueólogos encontraron este símbolo en las lápidas judías en la época justo antes de Cristo! El signo de la Tau (T o + o X) era ya reconocido y usado por los judíos en referencia al libro de Ezequiel 9,4, que hablaba de los justos que sufrieron por amor a Dios. Los primeros Padres de la Iglesia, especialmente San Justino, mártir, también encontraron en los escritos del filósofo precristiano, Platón, la mención de una cruz formada por el aparente cruce del camino de rotación del Sol con la órbita de la tierra. Así, incluso el cosmos predice la Cruz de Cristo. Para los cristianos, persignarse  con la Cruz es confesar la fe en el Hijo de Dios que murió por nosotros, nuestra fe en la debilidad de Dios que es más fuerte que los hombres. Cuando nombramos a la Trinidad, especialmente con el uso del agua bendita, también recordamos nuestro bautismo. Además, nos bendecimos a nosotros mismos, a nuestros hijos e incluso a las cosas materiales con el signo de la Cruz de Cristo, en quien toda la creación ha sido bendecida.

Otro gesto importante, estrictamente cristiano, es la genuflexión o arrodillarse. Jesús oró de rodillas en su agonía. Mediante este gesto, Él deposita su voluntad humana en la voluntad del Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Desde la antigüedad, arrodillarse ante otro hombre se consideraba correctamente un signo de degradación y humillación. Solo de la Biblia, y del conocimiento de Dios se nos enseña, que arrodillarse se convierte en un signo apropiado de adoración, de súplica, de humilde sumisión a Aquel que es nuestro origen y  final último, el Primero y el Último. Arrodillarse ante el tabernáculo es una profesión de fe en la presencia de Dios. La postración, acostarse con la cara hacia el suelo, es también una postura litúrgica utilizada por el sacerdote el Viernes Santo y en las ordenaciones sacerdotales y episcopales. El cardenal Ratzinger recuerda su propia ordenación al episcopado, y el sentimiento interior de absoluta insuficiencia ante tal oficio, expresada tan armoniosamente en su postración física. El Papa Benedicto XVI menciona la especial importancia de las posturas y los gestos «… como arrodillarse en momentos importantes de la oración eucarística. En medio de la diversidad legítima de signos utilizados en el contexto de diferentes culturas, todos deberían poder experimentar y expresar la conciencia de que en cada celebración estamos ante la infinita majestad de Dios, que viene a nosotros en la humildad de los signos sacramentales» (Sacramentum Caritatis, 65).

Una última mención que deseamos hacer es sobre las vestimentas sagradas. El propósito general de la vestimenta es significar que el sacerdote no es solo un hombre que está delante de nosotros, sino alguien que se ha «puesto a Cristo». El alba blanca es el símbolo de la pureza, del bautismo y también de la fe que confesamos en el bautismo. El cíngulo es el símbolo de la disciplina, de la Confirmación, y también de la esperanza que tenemos, no por las cosas de este mundo, sino por las alegrías eternas. El amito, que el sacerdote pone primero sobre su cabeza, luego lo ata alrededor de los hombros, es el casco de la fe y el escudo de la palabra de Dios. La estola es el símbolo de la autoridad eclesial principalmente del obispo y en la que participa el sacerdote. Finalmente, la casulla o «casita», es el símbolo de vestirse de Cristo, de actuar en persona Christi, de las órdenes sagradas y, por último, de la caridad que cubre una multitud de pecados.

A través de todos estos símbolos y signos que son propios de la Liturgia, vemos que la historia de la salvación y la creación material misma, convergen para confirmar nuestra fe y elevar nuestras mentes y corazones a Dios. «¡Los cielos proclaman la gloria de Dios!» (Salmo 19, 1). Especialmente las «imágenes cósmicas permitieron a los cristianos ver, de una manera sin precedentes, el significado  de Cristo mundialmente acogido y  así comprender la magnificencia de la esperanza inscrita en la fe cristiana … Me parece claro que tenemos que recuperar esta visión cósmica si queremos una vez más entender y vivir el cristianismo en toda su amplitud” (p. 101). Sobre todo, nuestros gestos deben expresar nuestro amor, devoción y reverencia ante la infinita majestad de Dios que está presente. Deben servir y fomentar nuestro interior, nuestra activa participación y transformación. Los ángeles tienen esta visión y entienden el significado detrás de nuestros gestos humanos. San Juan una vez trató de postrarse ante un ángel, quien le reprendió: ““¡Cuidado! No lo hagas, porque yo soy tu compañero de servicio, ¡Es a Dios a quien debes adorar!» (Véase Apocalipsis 22, 9). De ellos, y especialmente de María, la humilde sierva del Señor en el establo de Belén y «Mujer de la Eucaristía», queremos aprender la debida reverencia y apropiado aprecio de los signos y símbolos de la Liturgia.

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CC16 Entendiendo la Liturgia ~ Parte I

Entendiendo la Liturgia ~ Parte I

En nuestra última Carta Circular, meditamos en la Carta Encíclica del Papa Benedicto XVI, Deus Caritas Est, y la respuesta humana al amor de Dios. El amor sólo puede ser recompensado con el amor y, una respuesta perfecta al amor de Dios, no puede ser nada menos que un total don de sí mismos. Nosotros somos incapaces de ofrecer un regalo así como respuesta adecuada al amor de Dios. Sólo en unión con la ofrenda de Cristo en la Cruz, nuestro don se vuelve aceptable para Dios. Esta ofrenda de Cristo en el Calvario se hace presente y accesible para nosotros en cada Eucaristía: “Compartiendo el sacrificio de la Cruz, el cristiano participa del amor entregado por Cristo, es preparado y comprometido a vivir de esta manera, la misma caridad en todos sus pensamientos y acciones” (Papa Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 107). Dado que a través de la Eucaristía nos ponemos en contacto con el amor divino que se entrega a sí mismo, con Su sacrificio en la cruz, cuando hacemos este sacrificio propio, se convierte para cada cristiano en la fuente principal del auténtico amor cristiano, la fuente de fortaleza para vivir y amar como lo hizo Cristo.

Activa participación interior en la Eucaristía

La Eucaristía no es simplemente una hora de adoración los domingos; debería y debe convertirse en la «forma de vida cristiana» (cf. Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis — en adelante, SacC — 33). Como nuestro «pan de cada día», la Eucaristía está destinada a dar forma a nuestras vidas, a ser vivida diariamente, a conformarnos y unirnos a Cristo. “La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser mediante la gracia, imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud” (SacC, 71).

Mientras que la caridad es la forma de toda virtud (y, por lo tanto, también de la religión y la adoración), la caridad (gracia) se perdió por el pecado original. El hombre no puede recuperar la caridad por sí mismo. Necesita un redentor. Dios eligió, no sólo restaurar al hombre por la gracia, simplemente perdonándolo generosamente, sino también a través del Sacrificio redentor de la PALABRA ENCARNADA. Debemos aceptar este sacrificio de Cristo hecho por nosotros y reclamarlo como nuestro. Lo hacemos de manera especial al participar en este Sacrificio, que se renueva sacramentalmente para nosotros diariamente en el altar. El sacrificio de la Eucaristía es el sacrificio de Cristo confiado por Él a la Iglesia. Bajo la guía del Espíritu Santo, la Iglesia Santa vigila y regula la expresión y celebración de estos sagrados misterios.

Pero para que nuestra participación en la santa Misa sea «fructífera» y sea una experiencia transformadora de la gracia, debemos «conformarnos personalmente con el misterio que se celebra, ofreciendo la vida a Dios en unidad con el Sacrificio de Cristo para la salvación del mundo entero” (SacC, 64). Pero esta «actuosa participatio», participación activa en el verdadero sentido interior, no puede tener lugar a menos que «comprendamos más profundamente los misterios que se celebran», de modo que nuestras disposiciones interiores se hagan para corresponder a nuestras palabras y gestos (cf. ibid.). A través de una comprensión más profunda de lo que realmente ocurre en la Misa y del significado detrás de nuestras palabras y gestos, evitaremos simplemente una participación fría e indiferente, hecha mecánicamente; más bien, nos dispondrá a involucrarnos interior y conscientemente en el Santo Sacrificio, para que podamos lograr la unión con Cristo y llevar este fruto de la Misa, a ¡Cristo mismo!, en nuestra vida cotidiana.

Además, en la Liturgia estamos más íntimamente unidos con los Santos Ángeles y unidos a su continua alabanza a Dios en el cielo (cf. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 8). Pueden ayudarnos a elevar nuestro espíritu, separarnos del mundo e inflamarnos con el amor a Dios. Pero no pueden hacer esto a menos que tengamos una comprensión básica de los misterios que abordamos y celebramos en cada Misa, a menos que entremos conscientemente en estos misterios y nos ofrezcamos en el Sacrificio de Cristo. Por lo tanto, en las próximas Cartas Circulares, deseamos proporcionar una catequesis fundamental sobre la Liturgia, el comienzo de una «Catequesis Mistagógica» que tiene la intención de «ayudar a los fieles a adentrarse más profundamente en los misterios que se celebran» (SacC, 64) El Papa Benedicto XVI, sugiere en su Exhortación Apostólica sobre la Eucaristía, una visión básica  de una catequesis mistagógica sobre la Eucaristía, un enfoque que él mismo ya había adoptado como cardenal en su libro, El Espíritu de la liturgia.

Confiando en gran medida en esta fuente, y de acuerdo con el esquema que se encuentra en Sacramentum Caritatis (64), queremos explorar en estas próximas Cartas Circulares, la Liturgia: primero, a la luz de la historia de la salvación, en particular, en relación con el historia del Antiguo Testamento; luego, el significado de los signos, símbolos y gestos encontrados en los ritos sagrados; y finalmente, el significado de la Liturgia y los ritos para nuestra vida personal, para cada dimensión de la vida humana en general.

Adoración de todo el hombre

La liturgia es, en primer lugar, sólo una parte de la adoración y sólo puede entenderse en relación con la adoración en un sentido más amplio. La Liturgia incluye la Adoración, el «Servicio a Dios», el «servicio público» ofrecido a Dios de acuerdo con una forma particular, pero también incluye la vida completa del hombre en todas sus dimensiones. En la historia del Éxodo, Dios exige al Faraón: «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto» (Ex. 7,16). Mientras que la Tierra Prometida fue seguramente uno de los objetivos de la fuga de Israel, la primera intención de Dios, al sacar a su pueblo de Egipto, fue que Israel pudiera aprender el verdadero servicio (adoración) de Dios. Aunque aparentemente era una excusa táctica ante el Faraón, para huir de la esclavitud de Egipto, este «servicio a Dios», la libertad de adorar de acuerdo con las propias directrices de Dios, fue la razón principal del éxodo. “Israel sale de Egipto, no para ser un pueblo como todos los demás; sale para dar culto a Dios” (El Espíritu de la Liturgia, p. 16).

El servicio a Dios implica tres dimensiones: Adoración (culto), Ética y Ley.

En el desierto, Dios estableció el pacto con su pueblo, que contenía no sólo instrucciones minuciosas sobre cómo ofrecer sacrificios y adoración, sino también, la Ley y los Diez Mandamientos, como un código moral. Estos tres, argumenta el cardenal Ratzinger, culto, ética y ley, no pueden separarse el uno del otro. “La ley sin un fundamento en la moral se convierte en injusticia. Cuando la moral y la ley no se originan en una perspectiva de Dios, degradan al hombre, porque le roban su más alta medida y su más alta capacidad, lo privan de cualquier visión de lo infinito y lo eterno” (ibid. Pp.18-19). La ley y la ética, por lo tanto, no pueden subsistir sin un fundamento de fe en Dios. Esta visión de Dios que proviene de la fe es confirmada y fortalecida por la adoración, el culto o la liturgia en el sentido apropiado. Un estado secular sin la influencia de la fe y la adoración auténtica solo puede declinar en términos de justicia y moralidad.

Sin embargo, el culto también debe extenderse más allá de la liturgia, ya que San Ireneo dice: «La gloria de Dios es el hombre vivo, pero la vida del hombre es la visión de Dios» (Adv. Haer. 4, 20, 7). El cardenal Ratzinger comenta: «En última instancia, es la vida misma del hombre, el hombre que vive con rectitud, lo que constituye una verdadera adoración a Dios, pero la vida solo se convierte en vida real cuando recibe su forma a partir del mirar hacia Dios» (Espíritu de la liturgia, p. 18). El hombre sólo puede vivir con rectitud y glorificar a Dios si vive la caridad que le debe a Dios como su Señor y Creador. También le debe caridad a su prójimo, como creaturas compañeras del mismo Dios. Esta actitud de amor y adoración hacia Dios inspirará la adoración sagrada (liturgia) «en Espíritu y en Verdad». Los dos se constituyen en requisito previo para cada código moral y sistema legal justo, ya que la bondad de cada acción y ley humana, deben medirse por su efectividad para promover el bien común y suscitar el avance del hombre hacia su destino final, la bienaventuranza en Dios.

La adoración, es el tipo correcto de culto, de relación con Dios, esencial para la adecuada existencia de la humanidad en el mundo. Es así, puesto que su alcance va más allá de la vida cotidiana. La adoración nos da una participación en la forma de existencia del cielo, en el mundo de Dios, y permite que la luz caiga de ese mundo divino al nuestro (ibid., p. 21). Por lo tanto, el culto, la ética y la ley, expresan y manifiestan la verdadera adoración a Dios, la adoración del hombre en su conjunto, en todas las dimensiones de su existencia. Sin los tres previamente citados, la Tierra Prometida sólo traería otra forma de esclavitud.

Liturgia como Revelación

De lo anterior se desprende que «la liturgia implica una relación real con Otro, que se nos revela y le da a nuestra existencia una nueva dirección» (ibid. P. 21). Es esta «relación con Otro», nuestra fe y amor por Dios, lo que orientará la liturgia Eucarística: lex credendi, lex orandi. Moisés tuvo una relación viva con Dios y habló con Él como con un amigo. Dios eligió a Moisés para dirigir a su pueblo y ordenar su adoración de una manera agradable a Él. En Éxodo y Levítico, Dios le dio a Moisés detalles minuciosos para la disposición del tabernáculo y la ofrenda de sacrificios. En el pasaje donde Moisés dispuso el tabernáculo, se registra siete veces que Moisés hizo precisamente «como el Señor le había mandado» (Ex 40, 16-33). Sin embargo, todas estas instrucciones y ceremonias no eran más que un pálido reflejo de lo que sería la adoración por venir.

En el Nuevo Pacto, el sobrenatural Sumo Sacerdote de toda la humanidad es Jesucristo. Y así, la adoración que Él ofrece es la suprema forma de sacrificio a Dios. Este misterio de adoración «en Espíritu y en Verdad» lo perpetúa en su Iglesia, la cual regula según el tiempo y las culturas, la adecuada articulación del sacrificio esencialmente idéntico de Cristo. Esta es la razón por la cual la expresión y el rito de la liturgia, la más alta forma de adoración pública ofrecida por la Iglesia en unión con Cristo, no está sujeta a caprichos y fantasías individuales, sino que debe ser regulada y armonizada para ser una expresión adecuada de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Como el Papa Benedicto XVI escribe en Sacramentum Caritatis 37: “Dado que la Liturgia Eucarística es esencialmente una Actio Dei, que nos atrae a Cristo a través del Espíritu Santo, no está dentro de nuestra potestad el poder cambiar su estructura básica, ni puede ser rehén de las últimas tendencias». Sin embargo, para crecer en reverencia por la forma (rito) de la Liturgia Eucarística, sin caer en la trampa del legalismo o «rubricismo», primero debemos entender la verdadera adoración a Dios y el amor con el que la Eucaristía nos eleva hacia Él.

La Esencia de la Adoración, del Antiguo Testamento al Nuevo

En la historia de las religiones, el sacrificio siempre ha sido un elemento esencial de la adoración. También en el Antiguo Testamento, la adoración a Dios siempre implicaba una forma de sacrificio. Dios creó el mundo y en él colocó al hombre, para que pudiera establecer un pacto de amor con Dios. El hombre sale de Dios y es llamado a regresar a Dios por un acto de amor libre, por el cual responde al amor del Creador. Esta libre respuesta de amor de la criatura hacia el Creador, es la virtud teológica de la caridad, que nos motiva a entregar todo nuestro ser a Dios, en un santo «sacrificio»; ofreciéndonos con Cristo en el Sacrificio Eucarístico, logramos la «divinización» a través de la unión con Dios (cf. Espíritu de la Liturgia, p. 28).   

Desde la caída del hombre, el sacrificio ha adquirido mayores dimensiones en su significado. El hombre rompió el pacto y se esclavizó al pecado, al poder de las bajas pasiones dentro de sí mismo, de modo que ya no era capaz de entregarse libremente a Dios en un acto de adoración. Se enredó en un nudo del que ya no podía liberarse. Se encontró y aún se encuentra, con la necesidad de un redentor. El sacrificio, es esa expiación por la cual el hombre regresa a Dios, que lo reconcilia consigo mismo, ahora «asume el aspecto de la restauración, la amorosa transformación de la libertad quebrantada, de la expiación dolorosa» (ibid. P. 33).

En el Antiguo Testamento, Dios ordenó un sacrificio substituto que generalmente se hacía en forma de sacrificios de animales. Abraham fue llamado por Dios para sacrificar a su amado hijo, como una forma del futuro Sacrificio del Hijo de Dios. Cuando estaba a punto de matar a su hijo, el Ángel le dijo que se detuviera; Dios aceptó su sacrificio interior; el sacrificio externo ya no era necesario, más aún se convirtió en un anticipo de las cosas por venir (cf. Gn 22). Entonces Abraham tomó un carnero (cordero) atrapado en la zarza y ​​lo ofreció en lugar de su hijo. El Templo, también era el lugar para el sacrificio de expiación en forma de sacrificios de animales. Estos fueron sacrificios de «reemplazo» ofrecidos en lugar del primogénito o por el pecado de Israel.

Sin embargo, está claro en muchos pasajes de los profetas, que Dios no estaba satisfecho con esta forma de sacrificio exterior: no expresaba la verdadera adoración que viene del corazón. “Yo detesto, desprecio vuestras fiestas, no me gusta el olor de vuestras reuniones solemnes. Si me ofrecéis holocaustos… no me complazco en vuestras oblaciones, ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados”. (Amós 5, 21-22). “¿A qué traerme incienso de Seba y canela fina de país remoto? Ni vuestros holocaustos me son gratos, ni vuestros sacrificios me complacen” (Jer 6,20). Estas ofrendas no eran más que una pálida sombra de lo que vendría. Durante el exilio, cuando el Templo fue destruido y ya no había lugar alguno para ofrecer sacrificios, Israel sintió profundamente su pobreza y se dio cuenta de la naturaleza del verdadero sacrificio: “Pues prefiero la misericordia al sacrificio y el conocimiento de Dios a los holocaustos». (Oseas 6,6). Aun así, el hombre, esclavizado por el pecado, era incapaz de ofrecerse totalmente a Dios.

Con la venida de Cristo y el establecimiento del Nuevo Pacto con Su Sangre, esos sacrificios de reemplazo inadecuados del Antiguo Testamento, se volvieron obsoletos. Cristo no vino como un sacrificio de reemplazo para el hombre, Él vino como un hombre para ofrecer sacrificios en nombre de toda la humanidad. Como el Papa Juan Pablo II escribió en su primera Encíclica, «Por su encarnación, [Jesús], el Hijo de Dios, de cierta manera se unió a cada hombre» (Redemptor hominis, 8). El hombre, que ya no era capaz de ofrecerse en adoración a Dios, encuentra en Cristo un Redentor, el Buen Pastor que coloca al hombre sobre Sus hombros y lo trae de regreso al Padre. Cuando Jesús se ofrece en la cruz por toda la humanidad, no «reemplaza» la adoración del hombre, sino que se ofrece indirectamente, llevándonos hacia sí mismo y ofreciéndose junto con nosotros a Dios. «La adoración a través de las formas y las sombras, la adoración con substitutos, termina en el mismo momento en que tiene lugar la verdadera adoración: la ofrenda del Hijo, que se ha convertido en hombre y «Cordero», el «Primogénito», que reúne en sí mismo toda adoración a Dios, lleva desde las formas y las sombras, a la realidad de la unión del hombre con el Dios viviente” (Espíritu de la liturgia, p. 43-44). En este sentido, el Sacrificio de Cristo hecho presente en la Sagrada Misa, es un «nuevo éxodo», en el cual somos liberados del pecado y traídos a la tierra prometida de unión con Dios. A través de Su Encarnación y ofrenda de sí mismo en la Cruz» el sacrificio mediador de Jesús nos hace partícipes y nos guía a esa semejanza con Dios, esa transformación en amor, que es la única adoración verdadera… Aquí, al fin, está la adoración correcta, siempre anhelada aunque sobrepase nuestras capacidades: adoración ‘en Espíritu y en Verdad’” (ibid. p. 47).

La Eucaristía y la Cruz

Esta adoración del Hijo, esta obediencia y ofrenda de sí mismo del Verbo Encarnado en la Cruz, se hace presente de manera no sangrienta en cada santo Sacrificio de la Misa. El Sacrificio del Hijo es perfecto y agradable a Dios; es la adoración «en espíritu y verdad» exigida por Dios. Pero no es suficiente. Cristo es la cabeza y nosotros somos sus miembros, su cuerpo, la iglesia. Para que este sacrificio sea completo, todo el Cristo debe ofrecerse al Padre, la Cabeza y sus miembros. En cada misa estamos llamados a hacer del sacrificio de Cristo, nuestro sacrificio; uniendo nuestras luchas diarias, alegrías y penas, al único Sacrificio de Cristo, colocándolas en la patena en el ofertorio, para que sean purificadas, transformadas y elevadas a Dios, como un puro sacrificio de amor en la Consagración. El Papa Pío XII enseñó: “Para que la oblación, por la cual los fieles ofrecen la Víctima divina en este Sacrificio al Padre celestial, pueda tener su pleno efecto, es necesario que la gente agregue algo más, la ofrenda de sí mismos como una víctima» (Mediador Dei, 98). Esta es la participación activa solicitada por el Vaticano II.

María es nuestra modelo. El Papa Benedicto XVI escribe: María «permaneció al pie de la Cruz, de acuerdo con el plan divino (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Hijo unigénito, asociándose al sacrificio de Jesús en su corazón de madre y consintiendo amorosamente  la inmolación de la víctima que nació de ella… En consecuencia, cada vez que nos acercamos al Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Liturgia Eucarística, también nos volvemos hacia ella, quien, por su total fidelidad, recibió el sacrificio de Cristo por toda la Iglesia» (SacC, 33). Al igual que ella, que «va delante de nosotros en la peregrinación de la fe», nosotros también debemos aceptar la voluntad de Dios en todos nuestros sufrimientos y penas, y unirlos con el Sacrificio de Cristo en la Misa, para que puedan transformarse en adoración pura y amorosa, para que nosotros mismos seamos transformados en una ofrenda para Dios. Así, a través de la liturgia Eucarística, el mundo será transfigurado lentamente, hasta que Dios sea «todo en todos» (1 Corintios 15,28).

Aunque el Espíritu de la Liturgia fue escrito antes de que el cardenal Ratzinger fuera elegido Papa, ya revela su pensamiento como Papa. Sin embargo, para distinguirlo de las obras del Papa Benedicto XVI que tienen el peso de la autoridad magisterial, al hacer referencia a este trabajo, continuaremos refiriéndonos al Papa Benedicto como «Cardenal Ratzinger».