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S-Atenagoras

Atenagoras de Atenas

El apologeta Atenágoras († después del año 177)

Este filósofo cristiano de Atenas, cuyas circunstancias personales son casi desconocidas, escribió por el año 177 una Petición por los cristianos que tal vez envió al emperador Marco Aurelio y a su hijo Cómodo, a fin de rebatir los reproches morales atribuidos a los seguidores de Cristo.

En este escrito, Atenágoras, apologeta del tiempo de los primeros cristianos, habla también de los Ángeles:

 Dios creó a los ángeles para el cuidado de lo que por Él fue ordenado, para que, mientras Dios cuida de lo general, del todo y de lo grande, aquéllos se preocupen por los detalles. Al igual que entre los hombres ‑como la virtud y el vicio nacen de la propia y libre decisión de la voluntad‑, algunos, en el ministerio a ellos confiado, son considerados por usted (su majestad el emperador) celosos y otros no confiables, así también sucede con los ángeles: unos aceptaron aquello para lo que Dios los había creado y destinado; los otros se tornaron orgullosos por su propia naturaleza y dominio […] Estos ángeles fueron arrojados de los cielos y ahora viven en el aire y en la tierra, porque ya no pueden subir a lo que es celestial […] éstos son los demonios que pasean por el mundo” (Petición por los cristianos, 24,3).

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S-Justino

San Justino, filósofo y mártir (+ 165)

Existen varios argumentos a favor de que Justino, el importante apologista de la fe cristiana del siglo II, proveniente de una familia pagana griega de Falvia Neapolis, hoy Nablo, el antiguo Siquem en Samaria (Palestina), debe su conversión al cristianismo a la acción de un Ángel.

El propio Justino, en su Diálogo con Trifon el judío (caps. 2‑8), redactado después del año 120, habla de su conversión (texto abreviado):

Una vez tomé la decisión de gozar de un reposo completo y, para esto, evité los caminos de los hombres. Por ello fui a una solitaria región cerca del mar. Pero cuando me acercaba al lugar donde quería estar solo, conmigo mismo, vi que me seguía a poca distancia un hombre viejo, de aspecto confiable y semblante bondadoso y serio. Yo me volví, permanecí parado y lo miré fijamente. Él, entonces, me preguntó: «¿Me conoces?» Yo negué. Insistió: «Por qué me miras así?» Le respondí: «Observo que te encuentras en el mismo lugar que yo, y no esperaba encontrar a nadie aquí.»

Él contestó: «Yo estoy preocupado por mis parientes que están en el extranjero. Iba a verlos, y pensé que quizá podría encontrarlos aquí.» «¿Y tú por qué estás aquí?» Respondí: «Yo fundo mi alegría en pasar el tiempo reflexionando. Aquí puedo meditar sin disturbios y hablar conmigo mismo. Este ambiente solitario está hecho para aquel que ama las meditaciones filosóficas.»

Después de este pasaje prosigue un diálogo extenso y explícito sobre el sentido y valor de la filosofía, la cual, en definitiva, no puede conducir a la felicidad verdadera, ni aun en sus mejores representantes. En este momento, el anciano alude a los portadores de la revelación de la Palabra divina, quienes pueden acreditarse en cualquier aspecto

también por los prodigios que realizaron, porque así glorificaron a Dios, el Creador del mundo y Padre, y anunciaron a su Hijo Jesucristo, proveniente de Él. La actuación de los falsos profetas, por el contrario, llenos del espíritu de la mentira y la impureza no fue ni es la misma; en contraposición, se atrevían a realizar milagros para asustar a los hombres y así glorificar a los espíritus de la mentira y a los demonios.

Tras esta explicación, todavía amonesta a Justino: «¿Reza para que se te abran las puertas de la luz! Porque nadie puede ver ni comprender, excepto cuando Dios y Cristo le den la gracia de la comprensión.»

A continuación, Justino añade:

Después de que el anciano dijera estas y muchas otras cosas más, que ahora no es tiempo de narrar, se fue, rogándome encarecidamente que tomara en cuenta sus palabras. Nunca más le he visto, pero mi alma empezó a arder y me envolvió un amor hacia los profetas y hacia aquellos hombres amigos de Cristo. Reflexioné en mi interior sobre la doctrina de este anciano y solamente en ella encontré la verdadera filosofía que nos trae provecho. Éste es el camino y éstas las razones que me llevaron a convertirme en filósofo. Tengo el deseo de que todos se llenen del mismo celo y ninguno se aleje de la doctrina del Salvador.

En el Acta Sanctorum (Septembris, vol. VIII, pp. 90ss.) se intenta probar con numerosos argumentos que el anciano que condujo al filósofo a su conversión a la fe cristiana no era realmente un hombre, sino un Ángel que adoptó forma humana. De hecho, cuando se medita sobre las singulares circunstancias del diálogo con un hombre que de pronto aparece en la soledad, es posible llegar a esta convicción: Justino se admira por encontrarlo en una región tan solitaria. Su respuesta, cuando le pregunta el motivo de hallarse exactamente en esa comarca, no correspondería la verdad si se tratara de un hombre mortal. A saber, el anciano indica: AEstoy preocupado por mis parientes, que están en el extranjero. Iba a verlos, y pensé que quizá podría encontrarlos aquí.@ Sin embargo, si realmente fuera un hombre, no esperaría el regreso de sus parientes, que estaban lejos, en el extranjero, en una región tan solitaria ‑Justino había ido hasta allí exactamente para no encontrar a nadie y poder así sumirse sin disturbios en sus pensamientos‑. El anciano, además, toma su tiempo para una larga conversación con Justino, sin volver a aludir al regreso de sus familiares. Si no se trata de un hombre, sino de un Ángel, entonces sí podía afirmar que buscaba unos parientes que estaban en el extranjero, lejos de su casa, pudiendo encontrar al menos a uno en esa solitaria región, pues lo buscaba principalmente a él, a Justino.

Cuando se reflexiona sobre la conversación del misterioso hombre, es de admirar la prudencia con que descubre sus opiniones, cuán finamente las fundamenta, su facilidad para refutar a este pagano un tanto ensoberbecido por su filosofía y orillarlo a reconocer sus errores y aceptar el mensaje de los profetas y de los discípulos de Cristo; después se separa de Justino definitivamente, exhortándole a la oración. Todo esto no señala a un hombre, además muy instruido, que sabe expresarse muy bien, sino más bien a un Ángel bajo apariencia humana.

Al meditar en conjunto acerca del relato de Justino sobre su conversión ‑y nada impide reconocer en ella una verdad histórica, tal vez dotada de cierto estilo artístico‑, puede llegarse a la convicción de que este hombre era en realidad un Ángel. Incluso la propia eficacia del diálogo permite esta certeza, ya que, apenas concluida la conversación del anciano con Justino, se enciende súbitamente en el alma del filósofo un fuego escondido que precede a su conversión completa al cristianismo y, por último, al martirio. Así como en Cesárea se inició la conversión del centurión Cornelio por mediación de un Ángel que se le apareció en forma visible, del mismo modo Justino ‑puede suponerse con razón‑ fue conducido a la fe verdadera por un Ángel, en la primera mitad del siglo II.

Aún podría objetarse por qué Justino no habló expresamente de un Ángel en la historia de su conversión. Tal vez calló por humildad. De todos modos, Justino creía en la existencia de los Ángeles, como lo confirma frecuentemente en el Diálogo con Trifón el judío y en su Apología, donde incluso menciona una fórmula trinitaria muy especial, que hace suponer que ya conocía la veneración litúrgica de los santos Ángeles: ALo adoramos a Él [Dios Padre] y a su Hijo, que vino de Él y nos instruyó por medio de los otros Ángeles que son obedientes y de común acuerdo, y al Espíritu [Santo] profético@ (Apología, 1,6,2).

Tras su conversión al cristianismo, Justino consideró como su propia obligación divulgar la verdad que había encontrado. Con este fin viajó a diferentes países, refutando celosamente el paganismo, el judaísmo y las herejías que habían surgido. Y así anunció y defendió valerosamente la fe cristiana, de palabra, mediante la publicación de obras, y con su muerte, al ser martirizado, junto con otros seis cristianos, en Roma entre los años 163 y 167, en tiempos del prefecto Rústico.

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S-Hermas

El venerable Hermas († después del año 150)

Este autor cristiano, hermano del santo Papa Pío I ‑según el índice del Canon Muratorio‑, incluido entre los llamados padres apostólicos, nos legó numerosos relatos sobre los santos Ángeles en su obra Pastor Hermae (El pastor de Hermas), la cual adquiriría tal importancia que fue incluida por san Ireneo, Tertuliano y Orígenes en el canon del Nuevo Testamento.1

El pastor de Hermas -el título proviene de la figura de pastor que adopta el Ángel revelador‑ está dividido en cinco visiones, doce mandatos (mandata) y diez parábolas (similitudine).2 En conjunto, la obra resulta, por su contenido, una gran amonestación en forma apocalíptica hacia la penitencia. En la primera visión se aparece a Hermas la Iglesia como una anciana matrona vestida de blanco que lo exhorta a hacer penitencia por sus propios pecados de pensamiento y por los de sus parientes.

En la segunda le entrega un pequeño libro que contiene esa amonestación y unos avisos bastante claros sobre una persecución que se realizará en breve, para que lo copie y publique. En la siguiente visión, la matrona le muestra, utilizando como símil la construcción de una torre, la situación de la Iglesia. En esta visión, Hermas observa cómo seis jóvenes levantan una torre de forma cuadrangular. Entonces conversa con la matrona:

“Señora, grande y maravilloso es esto. Pero, ¿quiénes son los seis jóvenes que están activos en la construcción [de la torre]?” La señora le responde: “Éstos son los santos Ángeles de Dios, creados en primer lugar, y a quienes el Señor les dio la tarea de remover toda su creación, ordenarla y dominarla por completo. Ellos van a llevar a cabo la construcción de la torre.” “¿Y quiénes son los otros, los que traen las piedras?” “También son santos Ángeles de Dios; pero aquellos seis son de un grado superior a éstos. La torre será terminada y todos los que están alrededor de ella se alegrarán y alabarán a Dios, porque la construcción habrá llegado a su fin” (Pastor Hermae, vis. 3, cap. 4).

A continuación se brinda una interpretación de las piedras de la construcción incrustadas en la torre; son los fieles individuales: “Ellos son exhortados por los Ángeles a realizar buenas obras” (vis. 3, cap. 5).

En su quinta visión, Hermas ve a su Ángel de la guarda, quien se le aparece bajo la forma de un pastor:

Recé en mi casa y, después de haberme acostado en mi lecho, entró un hombre de noble semblante; llegó vestido de pastor, cubierto con una piel blanca de cabra, llevando un morral sobre sus hombros y una vara en la mano. Me saludó y yo también le saludé. Y después se sentó a mi lado y me dijo: “Soy enviado por el Ángel más venerable para vivir contigo por el resto de los días de tu vida.” Yo era de la opinión de que había llegado para probarme y le contesté: “¿Quién eres? Porque yo conozco a aquél a quien fui entregado.” Entonces me dijo: “¿No me conoces?” “No”, le contesté. “Yo soy ‑fue su respuesta- el pastor a quien fuiste entregado.” Mientras estaba todavía hablando, cambió su forma y yo le reconocí como aquél a quien yo había sido entregado, y me asusté. Me llené de temor y me sumí totalmente en la tristeza, por haberle dado una respuesta tan mala y descuidada. Pero me respondió: “No te desanimes; más bien sé fuerte a causa de los preceptos que te voy a dar. Porque yo fui enviado para mostrarte otra vez todas las visiones que ya has visto antes, y en especial lo más importante y lo que será útil para vosotros. Ante todo, debes poner por escrito mis mandatos y las parábolas.”

En relación con el contenido de los doce mandatos, estos enseñan que todo hombre está acompañado en su vida terrena por dos Ángeles: el de la honradez y el de la maldad.

Entonces pregunta Hermas: “¿Cómo, señor, debo ahora reconocer los efectos de los dos Ángeles, cuando los dos habitan dentro de mí?” El pastor contestó: “¡Escucha y aprende a conocerlos! El Ángel de la honradez es tierno, casto, manso y tranquilo; cuando mueve tu corazón, habla de honradez, castidad, santidad, modestia, sobre cada acción justa y sobre toda virtud loable. Cuando todo esto mueva tu corazón, entonces has de saber que el Ángel de la honradez está contigo. Porque éstas son sus obras. ¡En él y en sus obras confía! Pero también contempla las obras del ángel de la maldad: él, principalmente, es irascible, amargo, sin tacto, sus obras son malas y seducen a los siervos de Dios; en cuanto éste mueva tu corazón, ¡reconócelo por sus obras! […] Ahora sabes cuáles son los efectos de ambos. Aprende a conocerlos y confía en el Ángel de la honradez. Del ángel de la maldad apártate, porque su doctrina es dañina en todo aspecto […] Ves que es bueno seguir al Ángel de la honradez y apartarse del de la maldad […] ¡Cree en la perversidad de las obras del ángel de la maldad! ¡No las realices, y vivirás en Dios!” (mand. VI, cap. 2).

En el décimo mandato es introducido el Ángel de la penitencia, quien exhorta a aquellos que hasta entonces han seguido al diablo:

Convertíos, vosotros que andáis en los mandamientos del diablo, de estos mandatos pesados, amargos, salvajes y áridos, y no temáis al diablo, porque él no tiene poder sobre vosotros; porque yo, el Ángel de la penitencia, estaré con vosotros, y tengo poder sobre él. El diablo, por tanto, inspira miedo, pero este miedo no tiene importancia; entonces no le temáis y él se apartará de vosotros […] El diablo se acerca a todos los siervos de Dios para tentarlos. Quien está lleno de fe resistirá con firmeza. Y aquél pasará de largo por su camino, porque no encontrará lugar en donde pueda entrar […] Yo, el Ángel de la penitencia, os digo: ¡No temáis al diablo! Porque yo fui enviado para estar con vosotros cuando os convirtáis de todo corazón, para fortaleceros en la fe (mand. XII, caps. 4‑6).

Cada una de las parábolas (similitudo) que aparecen después de los mandatos debe ser explicada y comprendida correctamente: “El siervo de Dios que lleva a su Señor en su corazón le pedirá el conocimiento y lo recibirá; de esta manera podrá explicarse a sí mismo cada parábola y todas las palabras del Señor dichas en ellas” (sim. V, cap. 4). A continuación se explica la parábola de la viña: “Las cercas [de la viña] son los Ángeles del Señor, que dominan a su pueblo […] Los amigos y consejeros del Hijo de Dios son los primeros seres creados, los santos Ángeles” (sim. V, cap. 5).

En la sexta parábola (el pastor alegre y las ovejas traviesas) se habla del Ángel del castigo: “Pertenece a los Ángeles buenos y su misión es castigar; recibe a aquellos que se han apartado de Dios y han caminado por las vanidades y gozos de este mundo, y los castiga como merecen, con duras y diferentes sanciones” (sim. VI, cap. 3).

A Hermas se le dijo después:

Escucha, tú tienes muchos pecados, mas no tantos como para que debas ser entregado al Ángel del castigo; pero en tu casa se cometieron grandes faltas y pecados, y el Ángel maravilloso se entristeció por sus acciones; por eso ordenó que seas molestado por algún tiempo, para que también ellos, por tu ejemplo, hagan penitencia y se purifiquen de toda avidez de este mundo. Cuando hagan penitencia y se purifiquen, el Ángel del castigo te dejará en paz (sim. VIII).

En la octava parábola (el sauce) se habla del “gran y maravilloso Ángel Miguel”, quien posee poder sobre este pueblo y lo domina, porque él depositó su ley en los corazones de los fieles y examina si la guardan aquéllos a quienes se la dio (sim. VIII, cap. 3).

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S-Catalina Labouré

Santa Catalina Labouré

Catalina nació el 2 de mayo de 1806 en Fain‑les‑Moutiers (Burgunda, Francia), en una familia del campo. Ingresó a la congregación de las hermanas misericordiosas de san Vicente de Paul el 21 de abril de 1830, donde permaneció hasta su muerte, el 31 de diciembre de 1876.

Dormí pensando que san Vicente me conferiría la gracia de ver a la santísima Virgen. Finalmente, a las once y media escuché que me llamaban: “¡Hermana! ¡Hermana!” Desperté. Miré hacia donde venía la voz. Provenía del corredor central. Retiré la cortina que estaba ante mi cama. Vi un niño, vestido de blanco, aproximadamente de cuatro o cinco años, que me decía: “¡Levántese y venga a la capilla, la santa Virgen la está esperando!” De inmediato pensé: “Pero van a escucharme.” Y este niño me dio la respuesta: “Esté tranquila, son las once y media; todos están durmiendo.

 Venga; yo la espero.” Me apresuré a vestirme y me acerqué a este niño que aguardaba a la cabecera de mi cama. Me siguió, o mejor, yo lo seguí a él; siempre se mantuvo a mi izquierda e irradiaba rayos de luz por donde pasaba. En todo lugar que atravesamos estaban encendidas las luces; yo me admiraba mucho por esto. Pero aún más me sorprendí cuando entré en la capilla […] La puerta se abrió antes de que el niño la hubiera tocado con la punta de sus dedos. 

Catalina relata tan ingenuamente su aventura que no se percata de que aquí se repite la aventura de san Pedro, relatada en los Hechos de los Apóstoles (12,6‑11), cuando fue liberado de la prisión: “En la noche le despertó un Ángel […] la puerta se abrió por sí misma […] pensaba soñar.”3

La santa continúa su narración: Mi sorpresa fue completa cuando vi encendidas todas las velas y lámparas. Esto me recordaba a la Misa de medianoche (de Navidad). Pero no vi a la santísima Virgen. El niño me llevaba hacia adelante, hasta el presbiterio, donde estaba colocado el sillón del señor director. Allí me arrodillé, mientras el niño permanecía de pie. Cuando se me hizo largo el tiempo de espera, fui a ver si no pasaban las vigilias. Finalmente llegó el momento. El niño me llamó la atención: “¡Aquí está la santísima Virgen. Aquí está ella!” Escuché un ruido […] como el de un vestido de seda que provenía de la tribuna, del lado de la imagen de san José. El ruido cesó en las gradas, hacia la parte donde se lee el Evangelio, en un sillón, igual a santa Ana. Pero no era santa Ana quien estaba sentada en el sillón, sino solamente la bienaventurada Virgen María […] No era la misma figura de santa Ana […] Yo dudaba si verdaderamente se trataba de la santísima Virgen. Pero el niño, que se encontraba de pie, exclamó: “¡Aquí, la santísima Virgen!” Me es imposible describir lo que sentí en mi interior en ese momento. Me parecía que no veía a la santísima Virgen.

René Laurentin explica el relato de la santa:  Todo este inicio presenta la apariencia de un sueño, igual que la liberación de san Pedro en los Hechos de los Apóstoles, quien pensaba soñar. Pero la narración contiene numerosas indicaciones realísticas casi incompatibles con un sueño: Catalina tiene miedo de la llegada de las vigilias que pasan por la noche sobre la tribuna. Duda de la identidad de la santísima Virgen. Catalina se encuentra al lado izquierdo, en el coro, delante del reclinatorio de la comunión y observa atentamente el sillón sobre el cual se ha sentado este huésped frente a ella, sobre las gradas del altar. Este visitante es semejante a la imagen colocada sobre el relicario de san Vicente: el sillón en el que está sentada santa Ana mostrando a su hija, la pequeña Virgen María. Como no es santa Ana quien está sentada ahí, entonces debe de ser la Virgen de pie frente a la imagen de santa Ana. ¿Será que ella se había sentado sobre el sillón de su madre? Luego, el niño repite: “¡Aquí, la santísima Virgen!” Pero Catalina todavía no comprende. Guarda distancia, envarada, como enraizada al lado del sillón del señor director, que se ha colocado aquí para la solemne Misa en honor de san Vicente, al día siguiente. 

Y prosigue el relato de santa Catalina: El niño me habló, ya no como un niño, sino como un hombre, con voz alta y palabras insistentes. Entonces miré a la santísima Virgen, salté hacia donde estaba ella, me postré ante las gradas del altar, mis manos sobre las rodillas de la bienaventurada Virgen María. Así permanecí por algún tiempo. Fueron los momentos más hermosos de mi vida. Me es imposible describir fielmente lo que sentí. Ella me decía cómo debía comportarme con mi confesor y otras cosas mas que no puedo revelar; cómo debo enfrentar mi sufrimiento. La Virgen me indicó con la mano izquierda el pie del altar. Allí debería venir, postrarme y desahogar mi corazón; allí recibiré todo el consuelo que necesito […] Después le pregunté qué significaban todo esto que he visto […] Ella me explicó todo.

Ignoraremos lo que anuncia la santísima Virgen sobre unos acontecimientos temporales en Francia y sobre las dos familias religiosas de san Vicente de Paul; sólo nos interesa lo que escribió santa Catalina Labouré en 1856 sobre el fin de la aparición:  Permanecí aquí no sé cuánto tiempo. Todo lo que recuerdo es que cuando ella hubo salido noté que algo se desvanecía, más bien como una sombra que se movía hacia la tribuna por el mismo camino por donde ella había venido. Me levanté de las gradas del altar y entonces percibí al niño allí donde lo había dejado. Me decía: “Ella ha salido.”

De inmediato regresamos por el mismo camino, de nuevo completamente iluminado, y el niño se mantenía siempre a mi lado izquierdo. Creo que este niño era mi Ángel de la guarda que se hizo visible para mostrarme a la bienaventurada Madre de Dios, porque había rezado mucho para que él me concediera esta gracia. Estaba vestido de blanco y mostraba una luz maravillosa, es decir, estaba brillante de luz. Su edad era aproximadamente de cuatro o cinco años. Cuando regresé a mi cama eran como las dos de la madrugada […] Escuché tocar el reloj. Ya no pude dormir.7 

“Creo que este niño era mi Ángel de la guarda” ¿No recuerdan estas sencillas palabras de la hermana Catalina Labouré nuevamente a san Pedro? En efecto, de él se dice en los Hechos de los Apóstoles: 

El Ángel añadió [a san Pedro en la cárcel]: “Cíñete y cálzate tus sandalias.” Hízolo así. Y agregó: “Envuélvete en tu manto y sígueme.” Y salió en pos de él. No sabía Pedro si era realidad lo que el Ángel hacía; más bien le parecía que fuese una visión. Atravesaron la primera y la segunda guardia, y llegaron a la puerta de hierro que conduce a la ciudad. La puerta se les abrió por sí misma, y salieron y avanzaron por una calle, desapareciendo luego el Ángel. Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo: “Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su Ángel” (Hch 12,8‑11).

 
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S-Juan Bosco

San Juan Bosco

En la vida de SAN JUAN BOSCO se cuenta que el 31 de agosto de 1844, la mujer del embajador de Portugal debía ir de Turín a Chieti; pero, antes de emprender el viaje, fue a confesarse con san Juan Bosco, que le dijo que rezara tres veces la oración del  ángel de la guarda antes del viaje para que su ángel la asistiera en los peligros. En determinado punto del camino, los caballos comenzaron obstinadamente a desobedecer al cochero y, al final, la diligencia y los viajeros se vieron envueltos en una caída tremenda. En tanto que las señoras gritaban, una puertecilla de la carroza se abrió, las ruedas chocaron contra un montón de cascajo, el coche se empina y arroja a cuantos iban dentro y la portezuela abierta se hace pedazos. El cochero saltó del pescante, las viajeras se ven en peligro de ser aplastadas, la señora resbala por tierra de manos y cabeza, y los caballos siguen corriendo desbocados. En este punto, la señora recurrió una vez más a su ángel… En resumen, las viajeras sólo tuvieron que reajustarse los vestidos y el cochero amansar a los caballos. Todos siguieron a pie, comentando vivamente lo sucedido

Sucedió en la vida de san Juan Bosco con un perro, a quien él llamaba Gris, y que se le aparecía cuando iba solo a su casa en medio de la noche. Nunca lo vio comer y se le apareció por espacio de 30 años, tiempo muchísimo más largo que la vida normal de un perro. San Juan Bosco también creía que era su ángel custodio, que se le aparecía para defenderlo de sus enemigos, que varias veces atentaron contra su vida. Y, en ocasiones, el perro Gris tuvo que enfrentarse a los malhechores que lo espiaban y a quienes hubiera destrozado si no hubiera intervenido en su favor el mismo Don Bosco.

Pues san Juan Bosco dedicó un novenario (digamos, teoría y práctica de la fe) en dar a conocer a quien tanto nos ayuda, tanto nos acompaña y tantas muestras da de paciencia con nosotros. Pues nada tan alejado de la realidad como esto porque san Juan Bosco demuestra, a la perfección, que se trata de un compañero de viaje al que no podemos olvidar. Así, día a día del novenario va haciendo hincapié en un aspecto de importancia en la relación Ángel Custodio-Custodiado:
-Sobre la bondad de Dios al destinarnos los santos ángeles custodios.
“Quiere Dios, en efecto, que un ángel nos ampare entre sus brazos desde el primer momento de aparecer en el mundo”.
-Sobre cómo los santos ángeles nos aman por consideración a Jesús y María: “La primera norma del amor que nos tienen los santos ángeles custodios la toma del mismo amor de Jesús… Se amplía también el amor de los ángeles gracias al gran amor que ellos tienen a María”.
-Sobre los beneficios diarios de los ángeles custodios: “No de otra manera nuestro ángel, desde el inicio de nuestro nacimiento, está junto a nosotros, va a nuestro lado, no nos abandona nunca durante todo el camino de nuestra vida”.
-Sobre la especial asistencia de los santos custodios en tiempo de oración: “En el tiempo de oración es cuando los ángeles nos ven de alguna manera como imitadores de la vida angélica, la cual consiste plenamente en una vida de unión con Dios y de amor de Dios”.
-Sobre la especial asistencia de los ángeles en tiempo de tentación: “Pero si no nos apartamos de aquel que está a nuestro lado… seremos firmemente sostenidos por manos angélicas a fin de que nuestro pie no tropiece en las insidias del enemigo”.
-Sobre la especial asistencia de los ángeles en las tribulaciones: “Además infunden en nuestro corazón un dulce consuelo”.
-Sobre la ternura del santo ángel custodio para con el pecador: “No por ello se retira ni abandona al que le agravió, sino que sufre y disimula y no omite medio alguno a fin de recuperar aquella alma desgraciada a las que siempre continúa amando”.
-Sobre la especial asistencia del santo ángel en la muerte: “Los cuidados que nos presta nuestro ángel durante la vida no tienen otra finalidad que procurarnos una preciosa muerte”.
-Sobre cómo el ángel custodio conforma a las almas del purgatorio: “Con frecuencia acude a alertarla con la esperanza de que pronto se acaben aquellas penas y pueda entrar en la celestial Jerusalén”.

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S-Pio Pietrelcina

San Pio de Pietrelcina

El Padre Alessio Parente, íntimo colaborador del P. Pío de Pietrelcina, cuenta que un día, un amigo suyo, había viajado en su coche de Firenze a san Giovanni Rotondo para confesarse con el Padre Pío y escuchar la misa. A medio camino, se sentía cansado y se quedó en una estación de gasolina para tomar un café y descansar. Y después decidió continuar, a pesar de estar ya muy oscuro. Dice el protagonista Piergiorgio Biavati: Sólo recuerdo una cosa, encendí el motor y me puse al volante y, después, no recuerdo nada más. No recuerdo ni un segundo de las tres horas pasadas, manejando al volante. Cuando ya estaba enfrente de la iglesia de san Giovanni Rotondo, alguien me sacudió y me dijo: “Ahora toma tú mi puesto”.
Se sintió tan sorprendido que, después de la misa del Padre Pío, fue a la sacristía a hablar con él. Y el Padre Pío le dijo: “Has dormido durante todo el viaje y el cansancio lo ha tenido mi ángel, que ha manejado por ti”.

El pasaje que publicamos aquí es la primera parte de una carta escrita por el Padre Pío a la noble Raffaelina Cerase (véase la Epístola II, págs. 403-409). Habla del Ángel de la Guarda, a quien todo cristiano debe aprender a rezar, respetar y amar.

Amada hija del Padre celestial,

que la gracia del Espíritu divino siempre habite en tu corazón y en el de todos los que desean pertenecer a Jesús. Que Jesús también te revele el misterio y el poder de la cruz y te llene de él. Que la Virgen María misma te alcance la fuerza y ​​el valor para librar la buena batalla; que tu ángel de la guarda sea tu armadura para protegerte de los golpes que los enemigos de nuestra salvación te dirigen.

Oh Raffaelina, qué reconfortante es saber que siempre estamos bajo la custodia de un espíritu celestial, que nunca nos abandona, ni siquiera (¡qué admirable!) cuando desagradamos a Dios. ¡Qué dulce es esta gran verdad para el alma creyente! ¿A quién, entonces, puede temer el alma devota que se esfuerza por amar a Jesús, teniendo siempre a su lado a un guerrero tan distinguido? ¿O acaso no fue él uno de los muchos que, junto con el ángel San Miguel allá arriba en el cielo, defendieron el honor de Dios contra Satanás y todos los demás espíritus rebeldes, para finalmente reducirlos a la ruina y desterrarlos al infierno?

Bien, debes saber que él sigue siendo poderoso contra Satanás y sus secuaces; su caridad no ha disminuido, ni jamás dejará de defendernos. Haz que sea un buen hábito pensar siempre en él. Que un espíritu celestial está cerca de nosotros, que desde la cuna hasta la tumba no nos abandona ni un instante, que nos guía, nos protege como un amigo, un hermano, y que siempre debe ser un consuelo para nosotros, especialmente en nuestras horas más tristes.

Sabe, Raffaelina, que este buen ángel ruega por ti: ofrece a Dios todas las buenas obras que realizas, tus santos y puros deseos. En las horas en que te sientas solo y abandonado, no te quejes de no tener un amigo con quien sincerarte y confiar tus penas: por favor, no olvides a este compañero invisible, siempre dispuesto a escucharte, siempre listo para consolarte.

¡Oh, dulce intimidad, oh, bendita compañía! ¡Ojalá todos los hombres pudieran comprender y apreciar este gran don que Dios, en su inmenso amor por la humanidad, nos concedió: este espíritu celestial! Recuerda a menudo su presencia: debes contemplarlo con los ojos de tu alma; dale gracias, ora a él. Es tan delicado, tan sensible; respétalo. Teme siempre ofender la pureza de su mirada.

Pietrelcina, 20 de abril de 1915. Fray Pío

El Padre Pío  ayuda a cargar la cruz

TÚ PUEDES ENVIAR A TU ÁNGEL DE LA GUARDA INCLUSO AL PURGATORIO, PARA QUE LLEVEN BENDICIONES DE NUESTRA PARTE A NUESTROS FAMILIARES. 𝗦𝗮𝗻 𝗣𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗣𝗶𝗲𝘁𝗿𝗲𝗹𝗰𝗶𝗻𝗮.
Una noche, en el convento de san Giovanni Rotondo, los religiosos sintieron una música extraña en la iglesia sin poder explicarse el porqué, pues en aquel momento nadie estaba en la iglesia. Fueron a preguntarle al Padre Pío y él les respondió: «¿𝘿𝙚 𝙦𝙪𝙚 𝙨𝙚 𝙢𝙖𝙧𝙖𝙫𝙞𝙡𝙡𝙖𝙣?
Son las voces de los ángeles que llevan las almas del Purgatorio al Paraíso».
¡𝘾𝙪𝙖𝙣𝙩𝙖𝙨 𝙫𝙚𝙘𝙚𝙨 𝙘𝙖𝙣𝙩𝙖𝙧𝙖𝙣 𝙡𝙤𝙨 𝙖𝙣𝙜𝙚𝙡𝙚𝙨, 𝙘𝙪𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙨𝙪𝙨 𝙥𝙧𝙤𝙩𝙚𝙜𝙞𝙙𝙤𝙨 𝙫𝙖𝙣 𝙖𝙡 𝙘𝙞𝙚𝙡𝙤 𝙙𝙚𝙨𝙙𝙚 𝙚𝙡 𝙥𝙪𝙧𝙜𝙖𝙩𝙤𝙧𝙞𝙤! Y ¡cuántas veces cantarán mientras están por millones adorando a Jesús sacramentado en todos los sagrarios del mundo!
No olvidemos que los ángeles rezan por sus protegidos y podemos enviarlos a visitar a nuestros familiares cercanos o lejanos, incluso hasta el Purgatorio, para que los saluden de nuestra parte y les lleven nuestras bendiciones y obras buenas por ellos. Los ángeles se entristecen al ver nuestros pecados y se alegran y se ríen con nosotros al ver nuestras buenas obras.
“San Pío de Pietrelcina y su Ángel Custodio”, del P. Ángel Peña.
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S-Gema Galgani

Santa Gemma Galgani

Gemma Galgani nació en 1878 cerca de Lucca (al norte de Pisa); a muy temprana edad quedó huérfana. Murió el 11 de abril de 1903, Sábado Santo, a los 25 años. Gemma Galgani fue una joven mística conmovida hasta el extremo por la Pasión de Jesucristo. En su autobiografía, Gemma Galgani sitúa sus primeros contactos con el Ángel en la infancia; desde entonces hasta su muerte se mantendría a su lado con consejos y advertencias.

Gemma se alegraba de la constante presencia del Ángel de la guarda, quien se le mostraba también visiblemente. Casi en cada página de su diario espiritual, donde escribió por orden de su confesor, el obispo Volpi, con gran obediencia y sencillez de corazón del 19 de julio de 1900 al 3 de septiembre del mismo año lo que encontraba en su vida mística, se habla del Ángel de la guarda y de cómo la protegía durante el día y en numerosas noches de desvelos, la fortalecía en el bien, la exhortaba o la reprendía. A continuación se transcribirán algunos ejemplos de estas anotaciones:2

20 de julio de 1900: Ayer, como a las cuatro de la mañana surgió en mi el deseo de unirme místicamente a Jesús una vez más; lo intenté y de repente me hallé unida con él [… ] Me dio algunos mensajes para el confesor y luego su bendición. Después comprendí que se alejaría de mí por algunos días. ¡Pero cómo es bueno Jesús! Si se va, deja conmigo al Ángel de la guarda, a mi lado, con permanente amor, vigilancia y paciencia.

21 de julio de 1900: Hoy por la tarde, como prometí a Jesús, fui a confesarme con el padre Valtini. Pero cuando salí del confesionario me sentí de repente intranquila y nerviosa, señal de que el diablo se hallaba cerca. Sí, desgraciadamente estaba cerca. Lo noté cuando me puse a rezar mis oraciones […] Apenas me había arrodillado, el enemigo maligno, quien por horas me había esperado en su escondrijo, se dejó ver en la forma de un hombre muy pequeño pero tan feo que sentí un gran horror. Mis pensamientos estaban totalmente dirigidos hacia Jesús y no lo tomé en consideración. Continué con mis oraciones. Pero de pronto empezó a pegarme en los hombros y también más abajo; me pegaba con fuerza […] Pedí auxilio a mi Ángel de la guarda; y realmente me ayudó de una manera extraordinaria, como debo asegurar. Luego, cuando se me apareció, le supliqué insistentemente que no me dejara sola. Él me preguntó qué me pasaba; señalé hacia el diablo que, aunque se había apartado un poco, todavía me amenazaba. Pedí al Ángel de la guarda que permaneciera conmigo toda la noche […] Después me acosté; entonces sentí cómo extendía sus alas sobre mí y las depositaba sobre mi cabeza. Yo me dormí. En la mañana de hoy aún se encontraba en el mismo lugar de anoche.

28 de julio de 1900: Pasé la noche muy bien. Por la mañana llegó el Ángel de la guarda; estaba contento, y me ordenó que tomara papel y escribiera lo que iba a dictarme. Aquí está todo: “Piensa, hija mía, que quien realmente ama a Jesús habla poco y soporta todo. Yo te exhorto de parte suya a no expresar nunca tu propia opinión, excepto cuando te sea preguntada; a no insistir en tu parecer, pues luego debes renunciar a él. Obedece puntualmente a tu confesor y a quien él determine, sin contradecirle, aun cuando debas; entonces da una respuesta simple, sé sincera con él y con todas las otras personas. Si cometiste un error, acúsate a ti misma, sin esperar a que te pregunten. Finalmente, no olvides cuidar tus ojos; ¡piensa que un ojo mortificado verá las glorias del cielo!” Después de estas palabras me bendijo y me permitió ir a comulgar. De inmediato corrí. Era la primera vez desde hacía un mes que Jesús se dejó sentir nuevamente. Yo le expuse todas mis intenciones. Él habló conmigo por mucho tiempo. Comulgué a las ocho y media; cuando desperté del éxtasis en que me hallaba ya era muy tarde […] Todavía me encontraba en la misma posición en la que había comulgado. Al levantarme, vi que el Ángel de la guarda estaba con sus alas extendidas sobre mi cabeza. Después me acompañó a casa.

29 de julio de 1900: Hasta ayer por la tarde me fue imposible concentrarme; pero mi Ángel de la guarda se hallaba conmigo y me dio fuerzas. También debo decir que el sábado no tenía hambre, pero él me ordenó comer; así lo hizo hoy, domingo, por la mañana. Cada tarde no deja de bendecirme; y si es necesario, me castiga y reprende.

1º y 2 de agosto de 1900: El miércoles no me podía concentrar. Tampoco el jueves. Una y otra vez mi Ángel de la guarda me decía algo, pero siempre en la vigilia; el miércoles pensé que podía ser engañada por el diablo; pero él me calmó y solamente dijo: “¡Obedecer!”

6 de agosto 1900: Por la noche, cuando recé mis oraciones nocturnas, el Ángel de la guarda se acercó, tocó mi hombro y me dijo: “Gemma, ¿por qué tienes tan gran disgusto en la oración? ¡Esto desagrada a Jesús!” “¡No”!, respondí, “no es disgusto; solamente que no me siento bien desde hace dos días.” Él me contestó: “¡Haz tus deberes con celo y verás que Jesús te amará aún más!” […] Pedí al Ángel de la guarda que fuera con Jesús y le dijera que me permitiera pasar la noche con él. Entonces desapareció […] Al final de mis oraciones me fui a la cama. Y el Ángel de la guarda regresó, después de haber recibido de Jesús el permiso para venir; y me preguntó: “¿Por cuánto tiempo no rezaste por las almas en el purgatorio? Oh, hija mía ¡piensas muy poco en esto! ¿Sabes que María Teresa todavía está sufriendo (en el purgatorio)?” Fue desde la mañana en que ya no recé por ella. Me dijo que le agradaría que ofrendara pequeños sacrificios por las almas del purgatorio. “Cada pequeña penitencia es un alivio para ellas; ayer y hoy fue así, cuando ofreciste por ellas este escaso sacrificio.” Le respondí un tanto admirada: “Sufrí corporalmente. ¿Acaso pueden ser los dolores de cabeza un alivio para las almas del purgatorio?” “Sí” me respondió, “sí, hija mía, cada sufrimiento, por mínimo que sea, les brinda un alivio.” Le prometí que a partir de ahora quería ofrecer todo por ella. Y él dijo: “¡Cómo sufren estas almas! ¿Quieres sufrir?”

8 de agosto de 1900: Poco después de salir del confesionario me llegó cierto pensamiento; me decía a mí misma que el confesor disminuía demasiado mis pecados; estaba intranquila. Para tranquilizarme, el Ángel de la guarda se me acercó, estando en la iglesia, y dijo estas palabras en voz alta: “Pero dime, por favor, ¿a quién quieres creer, al confesor o a tu propia cabeza? ¿Al confesor, que posee una iluminación continua y el auxilio divino, además de sus grandes capacidades, o a ti, que no tienes nada, nada, absolutamente nada de todas estas cosas? ¡Oh, orgullosa!” Y prosiguió: “¿Quieres convertirte en la maestra, directora y guía de tu confesor?”

9 de agosto de 1900: También hoy, después de haber sufrido un terrible ataque del enemigo maligno y resistido con la ayuda de Dios, llegó el Ángel de la guarda y me reprochó con voz seria: “Hija, ¡piensa que cometes un pecado en cada falta contra la obediencia! ¿Por qué te resistes a obedecer a tu confesor? ¡No olvides que no hay ningún camino más seguro y corto que el de la obediencia!”

16 de agosto de 1900: Hoy, jueves, vino sobre mi de nuevo esta aversión: el temor de perder mi alma; porque se me representó ante mi vista el número y la grandeza de mis pecados. ¡Qué susto! En ese momento, el Ángel de la guarda me susurró al oído: “Pero la misericordia de Dios es infinita.” Eso me tranquilizó.

20 de agosto de 1900: Ayer, durante el día, hablé de nuevo con el Ángel de la guarda; me hizo reproches, especialmente sobre mi desánimo en la oración, y me recordó varias cosas más, incluyendo lo que me había dicho en el transcurso de la jomada, y añadió que yo debía dar cuentas a Jesús sobre eso. Finalmente, antes de acostarme le pedí su bendición; y me anunció que Jesús permitiría hoy, 20 de agosto, un fuerte ataque del demonio contra mí, debido a mi negligencia estos días en la oración. Me anunció que el demonio se esforzaría en impedirme rezar.

26 de agosto de 1900: Ayer, al momento de la comida levanté mis ojos y vi al Ángel de la guarda. Me observó con una mirada muy severa, por lo que me asusté; no habló. Más tarde, cuando me acosté un rato en la cama, me ordenó mirar su rostro; yo lo hice y de inmediato bajó mi vista; pero él insistió y exclamó: “¡No te avergüenza cometer faltas en mi presencia! ¡Al menos siente vergüenza cuando las hayas cometido!” Insistió en que mirara su rostro; durante más de media hora me obligó a ver en su rostro; surgían miradas tan severas […] No pude hacer otra cosa que llorar. Supliqué a mi Dios y a nuestra Madre que me llevasen de aquí, porque ya no podía aguantar. Por momentos repetía: “¡Avergüénzate!” Rogué que por lo menos los otros no me vieran en ese estado, porque si no, ninguna persona volvería a acercarse a mí […] Sufrí todo el día; y constantemente, cuando levantaba los ojos, él me miraba severamente […] Por la tarde recé mis oraciones, pero aún se hallaba ahí de pie y me miró de la misma manera; después me ordenó ir a la cama y me bendijo; pero no me abandonó; estuvo varias horas conmigo.

2 de septiembre de 1900: Esta noche dormí en la presencia de mi Ángel de la guarda; al despertar, lo vi cerca de mí; me preguntó a dónde quería ir. “A Jesús”, le respondí al instante. El resto de la jornada transcurrió tranquilamente. Pero al atardecer, ¡Dios mío!, ¿qué me pasó? El Ángel de la guarda se mostró serio y severo; no pude comprender la causa […] Ahora recuerdo dos pecados que cometí en el día. ¡Dios mío!, ¡qué severidad! Y el Ángel de la guarda repetía estas palabras: “Yo me avergüenzo de ti. Y llegaré a no aparecerme más, si tú haces tales cosas…” En esta situación me dejó.

3 de septiembre de 1900: Ya no vi al Ángel de la guarda esta noche, ni tampoco por la mañana. Pero hoy me advirtió que debo adorar a Jesús, que está totalmente abandonado. Después desapareció. La tarde de hoy fue mejor que la anterior. Varias veces le pedí perdón, y él parecía estar dispuesto a perdonarme. Por la noche se mantuvo constantemente a mi alrededor. Me repitió que debía ser buena y no desagradar ya a nuestro Señor Jesús, y cuando estuviera en su presencia, debería ser aún mejor.

En un pasaje de su autobiografía (p. 251), santa Gemma Galgani resume las apariciones de su Ángel de la guarda:

Cuando el Ángel de la guarda me rodeaba con su presencia, era para mí maestro y guía. Cada vez que cometí un error, me lo indicó. Me enseñó a hablar poco y solamente cuando se me preguntara […] Me enseñó a bajar los ojos […] También me reprendía de esta manera: “Varias veces te he explicado que te encuentras en la presencia de Dios: ¡Debes adorarlo en su bondad infinita, en su majestad infinita y en su misericordia infinita, y en todas sus cualidades!”3

Desde 1896, año en que cumplió 18 años, sus encuentros con el Ángel fueron cada vez más numerosos. Posteriormente, cuando conoció al padre Germano, le refirió completamente lo referente a estas visitas angélicas, que colmaban su alma de alegría y la fortalecían. Estas cartas -recordamos en especial la Carta 12, del 14 de septiembre de 1900; la 17, del 3 de octubre de 1900; la 61, del 13 de mayo de 1901, y la 114, del 20 de julio de 1902‑ son muy instructivas.4 El confesor se sorprendió al principio ante las comunicaciones de Gemma, siendo incluso un tanto escéptico; le recomendó tuviera cuidado y le escribió, entre otras advertencias, las siguientes, el 22 de octubre de 1900:

En lo que se refiere a las apariciones del Ángel […] considérese usted no digna de ellas y solamente cumpla la voluntad de Dios. ¡Cuidese de las insidias del demonio! Y añadió: Si las apariciones no cesan, ¡invite a todos a postrarse al suelo con usted ante la majestad infinita de Dios, para adorarla y bendecirla en la fe y en el amor! ¡Rece la jaculatoria que hace temblar a todo demonio!: ¡Viva Jesús!5

Gemma observó todos los exhortos del padre Germano. Eufemia Gianini, una mujer que conocía personalmente a la santa, atestiguó textualmente en el proceso apostólico de Pisa, en 1922:

Gemma había recibido la orden de alejar toda aparición por medio de la señal de la cruz, con agua bendita o incluso escupiendo. Un día que el Ángel de la guarda se mostró, ella le escupió en el rostro e intentó apartarlo. Pero él no se movió: en donde cayó su saliva, a los pies del Ángel, creció una rosa blanca; en las hojas estaba escrito en letras doradas: “Todo se acepta del amor.”6

Indiscutiblemente, es posible mostrar cierto escepticismo ante este relato; sin embargo, el venerable padre Germano, director espiritual y biógrafo de santa Gemma Galgani, se convenció posteriormente de la autenticidad de las apariciones del Ángel y escribió en su Biographia della Serva di Dio Gemma Galgani: “En varias ocasiones asistí personalmente a las oraciones comunes y contemplaciones de Gemma y del Ángel; por observancia puramente externa pude convencerme de la realidad de todos los detalles de lo que ella más tarde me comunicó concienzudamente.”7

Debemos entonces reconocer [escribe J. F. Villepelée] la presencia casi ininterrumpida del Ángel de la guarda; él llevó a Gemma todos los tesoros de la iluminación y de la benevolencia de Dios; se trata realmente de la presencia de un espíritu celestial, a quien le incumbía acompañarla durante todo el camino de su vida.

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S-Faustina

Elena Kowalska ‑éste era su nombre antes de profesar sus votos‑ desarrolló a partir de los nueve años, cuando recibió su primera santa comunión, un celo extraordinario por la oración. Su madre, preocupada, sorprendió a su hija en varias ocasiones cuando en medio de la noche rezaba arrodillada en el piso; en cierto momento quiso poner fin a estas exageraciones y le advirtió bruscamente: “¡Vas a perder la cabeza con todas tus oraciones!” Pero la respuesta de la niña no se hizo esperar: “¡No, mamá! Creo que mi Ángel de la guarda me despierta para la oración.”1

El Ángel de la guarda se le aparecería otras veces, cuando se encontraba en Varsovia, en el convento de Nuestra Señora de la Misericordia, entre ellas el 1o. de agosto de 1924, vigilia de la festividad de Nuestra Señora de los Ángeles. Así lo narra una de sus cohermanas, sor Justina, al hablar de su convivencia con la mística en el convento de Wilna:

 

Cuando estábamos juntas en Wilna, la hermana Faustina trabajaba en el jardín y yo en la cocina; estaba sola y sobrecargada. Muchas veces, por la noche, al apagar las luces todavía tenía montones de trastes por lavar. Entonces la hermana Faustina venía en mi ayuda, aunque era de salud débil y estaba muy cansada. Pero su amor hacia al prójimo era tan grande que me ayudaba con gusto. Recuerdo que en cierta ocasión fui enviada por la madre superiora a la ciudad y la hermana Faustina debió sustituirme en la cocina. Y cómo me admiré cuando regresé de la ciudad y la vi sentada tranquilamente en un banco; todo el trabajo estaba terminado. “Hermana Faustina”, le pregunté, “¿cómo fue esto posible? ¿Quién la ayudó?” Ella respondió con una delicada sonrisa: “¡Los Ángeles me ayudaron, si no, no lo habría conseguido!”2

 

María Winowska, su biógrafa, añade la siguiente observación:

 

Como la hermana Faustina era muy ágil e inteligente, tal vez fuera posible que la respuesta que dio a su cohermana Justina haya sido una broma. Sin embargo, sabemos de otras fuentes que estaba en contacto íntimo con su Ángel de la guarda, quien muchas veces se le apareció visiblemente. A su manera infantil, la hermana Faustina no vio en esto nada extraordinario. Así escribe claramente el 19 de octubre de 1935 en su diario: “Salida de Wilna a Cracovia para los retiros de ocho días. Vi temprano por la mañana a mi Ángel de la guarda, quien me acompañó todo el viaje. Desapareció en la entrada del convento, en Varsovia. Cuando abordamos el tren, lo vi de nuevo a mi lado, sumergido en Dios. Pero yo miré hacia él. Apenas traspasado el umbral del convento ya no lo vi más.” Con el tiempo, esta presencia auxiliadora fue todavía más necesaria y también más clara. Pero, ciertamente, no está prohibido recordar una imagen maravillosa de Murillo en la que los Ángeles manejan las ollas y sartenes, mientras el hermano de la cocina se encuentra en éxtasis. ¿Por qué, entonces, no pudo suceder algo semejante con la hermana Faustina? En su afirmación presenta la firme convicción de que “sin su ayuda no podía haber realizado el trabajo”; y nosotros podemos imaginarnos muy bien que llamó a los Ángeles en su ayuda.3

 

La hermana Faustina fue exhortada de una manera misteriosa o mística al inicio de su vida religiosa a preocuparse por determinadas almas del purgatorio. Así aparece en su diario:

 

Un día pregunté al Señor por quién más debía rezar aún. Él me respondió: “La próxima semana te lo voy a comunicar.” Vi a mi Ángel de la guarda, quien me ordenó seguirle. De pronto me hallé en un lugar oscuro rodeado de llamas. En éstas había almas sufriendo. Rezan insistentemente pero sin efecto para sí mismas. Solamente nosotros podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban no me tocaron. Mi Ángel de la guarda no se apartó de mi ni un instante. Pregunté a las almas: “¿Qué os causa el mayor tormento?” Y me respondieron unánimemente: “Nuestro mayor tormento es nuestro deseo por ver a Dios” […] Deseaba todavía conversar más con ellas, pero mi Ángel de la guarda me hizo señas de continuar, y salimos de esta prisión tan dolorosa.4

 

El 20 de octubre de 1936 escribe:

 

Hoy visité el infierno en compañía de un Ángel. Es un lugar con grandes tormentos y de enorme extensión. De todos los tormentos que vi, la pérdida de Dios es el mayor dolor […] hubiera yo muerto a la vista de estos martirios, si la omnipotencia divina no me hubiese fortalecido. El pecador tiene que saber que debe sufrir según el tipo de su pecado, y sufrir para siempre. Yo escribo esto por orden de Dios, para que nadie pueda disculparse con la excusa de que ningún ser humano ha estado jamás allí y por ello no se sabe qué es el infierno. Yo, sor Faustina, estuve por orden de Dios en el abismo del infierno para testificar que existe […] Vi que el infierno estaba poblado de almas que aquí (en la tierra) no creyeron en su existencia. A partir de este día rezo aún más por la conversión de los pecadores.5

 

Así como la hermana Faustina mantenía una relación familiar con los espíritus celestiales, no es de admirar que, por el contrario, fuera molestada por los ángeles caídos.

El Jueves Santo de 1934 le decía Jesucristo en una visión: “Quiero que te entregues totalmente por los pecadores, especialmente por aquellos que han perdido toda esperanza en la divina misericordia.”6 Con el permiso de su confesor se obligó con el siguiente acto de consagración:

 

En presencia del cielo y de la tierra, en presencia de todos los coros de los Ángeles y de los poderes celestiales, en presencia de la Madre de Dios virginal, declaro hoy a Dios uno y trino que me consagro en unión con Jesucristo, el Salvador de las almas, por libre voluntad en favor de la conversión de los pecadores, especialmente por aquellos que perdieron toda esperanza en la divina misericordia. La consagración consiste en que por entrega absoluta a la voluntad de Dios quiero tomar sobre mí todos los tormentos, angustias y sufrimientos que padecen los pecadores y comunicarles todos los consuelos que resulten de mi unión con Dios. En una palabra: Sacrifico por ellos todas mis Misas, comuniones y ejercicios de penitencia y humillaciones, así como también todas mis oraciones. No temo los golpes de la justicia divina, porque estoy unida con Jesús. Oh, Dios mío, quiero expiar por las almas que adolecen de confianza en tu misericordia. Espero contra toda esperanza en tu misericordia infinita, Señor mío y Dios mío. Cuando me entrego de esta manera no cuento con mis propias fuerzas sino con aquellas que brindan los méritos de Jesucristo. Cada día de mi vida quiero repetir este acto de consagración en la oración que Jesús me enseñó: ¡Oh, sangre y agua, que salieron del Corazón de Jesús como de la fuente de la misericordia, en vos confío!7

 

Las consecuencias de esta entrega de sí misma por los pecadores no se hicieron esperar: a partir de este día, el diablo entró abiertamente en su vida; con pérfidos ataques o molestias verdaderas comenzó a perseguirla con su odio. Cuatro meses después de esta consagración por los pecadores, el 9 de agosto de 1934, la hermana Faustina anota en su diario:

 

Adoración nocturna el jueves. Ofrecí esta hora santa entre once y doce de la noche por los pecadores obstinados que ya no esperan en la divina misericordia […] Jesús me comunicó cómo es preciosa para él esta oración expiatoria […] Después de la hora santa, caminando por el corredor hacia mi celda, fui rodeada por una jauría de enormes perros negros que se levantaron y ladraron como si quisieran despedazarme. Me di cuenta de que no eran perros sino demonios. Uno de ellos gritó furiosamente: “¡Te vamos a despedazar, porque nos robaste muchas almas esta noche!” Respondí: “¡Despedazadme cuando Dios así lo desee, porque entonces lo habré merecido! ¡Soy una pobre pecadora, pero Dios es santo, justo e infinitamente misericordioso!” Ante tales palabras los demonios gritaron: “¡Huid, huid! No está sola, el Altísimo está con ella.” Y desaparecieron como un torbellino de polvo en la calle. Pero yo, tranquila, me fui a mi celda y, cantando el Te Deum, adoré la misericordia inagotable del Señor.8

 

Prosiguieron los ataques, abiertos o velados pero siempre insidiosos, del diablo, como relata la propia hermana Faustina: “Hoy por la tarde se presentó Satanás en mi celda, lleno de ira furiosa y colérica, cuando escribía sobre la misericordia divina y sus beneficios concedidos a las almas. Tenía miedo, pero de inmediato hice con el crucifijo una gran señal de la cruz. Y entonces desapareció el monstruo.”9 En otra ocasión escribe:

 

Satanás me decía que me odiaba. “Mil almas me hacen menos daño que tú cuando hablas de la gran misericordia del Altísimo”, me gritó: “por tu causa los grandes pecadores tienen nuevamente confianza y regresan a Dios; yo pierdo mi terreno y tú me persigues tanto más cuanto hablas de la misericordia.” Comprendí hasta qué punto Satanás odiaba la misericordia divina.10

 

Cierta vez, en 1935, después de una Misa solemne en que se entronizó la imagen de Cristo como Rey de la Misericordia en el santuario de Ostra Brama, una multitud de demonios atajó a la hermana Faustina camino del convento; la amenazaron con terribles tormentos y gritaron: “¡Ella nos arrancó lo que desde hace años era de nuestra propiedad!” Al ver el odio terrible de estos demonios, pidió el auxilio de su Ángel de la guarda, quien se mostró en seguida, brillante y claro, y la tranquilizó: “¡No temas, esposa de mi Señor! ¡Sin su permiso no pueden causarte daño alguno!” De inmediato desaparecieron los demonios. Pero el Ángel acompañó en forma visible hasta su casa a la hermana Faustina, que lo describe así: “Su ojo estaba tranquilo y humilde. En su frente brillaba una llama. Oh, Jesús mío, estoy dispuesta a esforzarme toda mi vida y sufrir por este momento, porque he visto tu gloria y la salvación de las almas.”

El 13 de noviembre de 1936 refiere en su diario:

 

Vi a un Ángel, el mensajero de la ira divina. Sus manos estaban llenas de rayos para el castigo del mundo, principalmente de una ciudad cuyo nombre no puedo hacer público. Supliqué a este Ángel que esperara un poco, hasta que el mundo hiciera penitencia. Pero mi oración no tenía fuerza contra la ira divina. De pronto vi a la santísima Trinidad. El poder de su majestad me penetró totalmente y ya no osé repetir mi oración. En ese mismo instante sentí en mi alma la gracia de Jesús, quien habita en mí, y le supliqué con palabras impregnadas en mi alma que se compadeciera del mundo. En cuanto recé así, vi la impotencia del Ángel de la ira para ejecutar el castigo justo. Nunca en mi vida recé con tanta insistencia. Me fueron otorgadas estas palabras: “Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu Hijo muy amado, nuestro Señor Jesucristo, por nuestros pecados y por los pecados de todo el mundo. Por su pasión dolorosa, ten piedad de nosotros.”12

 

Leída esta anotación, ¿no es excepcionalmente semejante esta oración a la que el Ángel enseñó a los tres niños videntes de Fátima?

La hermana Faustina fue internada, enferma de tuberculosis, en diciembre de 1937 en un sanatorio de Pradnik, cerca de Cracovia. Una semana después de su ingreso, el 16 de diciembre de 1937, escribía:

 

Mi Ángel de la guarda me ordenó rezar por un alma determinada; en ese momento me informó que un señor se encontraba agonizando. Es singular cómo Jesús me comunica (por medio de mi Ángel de la guarda) que alguien necesita mi oración, en especial los moribundos, y ahora con más frecuencia que antes.13

 

En efecto, esta venerable religiosa ejerció por orden de su Ángel de la guarda un apostolado de oración muy eficaz por un gran número de moribundos. Diariamente, aún hallándose gravemente enferma, recibía en el sanatorio la sagrada Eucaristía para su gran consuelo.

En cierta ocasión en que esto parecía imposible intervino un Ángel:

 

Una tarde vino la enfermera y me dijo: “Mañana no va a poder comulgar está demasiado cansada; más tarde ya se verá.” Ante estas palabras sentí un fuerte dolor, pero respondí tranquilamente: “¡Está bien, hermana!” Me esforcé en dormir nuevamente. A la mañana siguiente realicé mi contemplación y me preparé para la comunión, aunque sabía que no iba a recibirla. Pero cuando mi ansia y mi amor habían llegado a su cumbre, de pronto vi al lado de mi cama un Serafín que me ofrecía la Hostia con las Palabras: “¡Recibe al Rey de los Ángeles!” Después de la comunión mi espíritu fue elevado por amor y admiración. Esto se repitió durante 13 días. Cada tarde nacía la inseguridad de no saber si recibiría la comunión al día siguiente. No me atrevía ni a pensar en ello. Confié solamente en Dios. Cuando un día, poco antes de la comunión, tuve una pequeña duda, vi al Serafín ante mí con la Hostia. Le pregunté, primero, al Señor Jesús, y cuando no recibí una respuesta, al Serafín: “¿No podría confesarme?” Él me contestó: “Ningún espíritu celestial tiene el poder para atender confesiones.” Inmediatamente, la Hostia estaba en mis labios.14

 

La hermana Alfreda, una enfermera que cuidaba a sor Faustina en su grave enfermedad, ofreció el siguiente testimonio:

 

La situación de la hermana Faustina era muy grave. Después enfermó el padre espiritual. Durante algunos días no se pudo celebrar la santa Misa en la capilla del sanatorio. Cuando le dije a la hermana Faustina (con el gran deseo que siempre manifestaba para la unión con el Señor en la Eucaristía) cómo me sentía con ella (porque no iba a poder recibir la comunión), me respondió con una sonrisa: “Ya recibí hoy por la mañana al Señor.”15

 

Esta existencia de expiación y sacrificio en el servicio de la misericordia divina se apagó el 5 de octubre de 1938. Durante los 33 años de su corta vida había sido enriquecida por su esposo divino no sólo con numerosas gracias y visiones, sino también con una relación frecuente e íntima con los santos Ángeles.

Ladislas Rubin, obispo polaco ‑hoy prefecto cardenal de la Congregación por las Iglesias Orientales‑, compara en su prefacio para el libro de M. Winowska Postulado a la misericordia. El ícono de la hermana Faustina16 a la mística de Polonia con Teresita de Lisieux: las dos se asemejan en su enfermedad mortal, la tuberculosis, pero principalmente por el espíritu de carmelo que ambas vivieron interiormente y por su misión: “Ofrecer su vida como expiación por los ‘pecadores más tristes’, por los incrédulos y los ateos”. Además, la hermana Faustina bien pudo también haber concebido la oración al Ángel de la guarda que escribió santa Teresita del Niño Jesús en su Historia de un alma:

 

Sublime guarda de mi alma que brillas en el cielo como una llama tierna y pura cerca del trono del Eterno, tú vienes a esta tierra por mí, me iluminas con tu esplendor. Bello Ángel, te hiciste como mi hermano, mi amigo, mi consuelo.

Conociendo mi gran debilidad me guías de la mano. Te veo apartar con ternura las piedras del camino. Constantemente me invita tu voz amorosa a mirar hacia el cielo. Cuanto más humilde y pequeña me ves tanto más brilla tu rostro.

Oh, tú, que recorres el espacio más rápido que los rayos, ¡vuela hacia aquellos que me son queridos! ¡Con tus alas seca sus lágrimas! ¡Canta cómo es bueno y misericordioso, Jesús! ¡Canta las alegrías que posee el sufrimiento! Y silenciosamente pronuncia mi nombre; quiero salvar en mi corta vida a mis hermanos, los pecadores. ¡Oh, bello mensajero de la patria, dame tus brasas ardientes! No tengo otra cosa que mis dones de sacrificio y mi pobreza sin adorno. Unidos a tus alegrías, ¡condúcelos al Dios trino!

¡A ti el reino y la honra, los tesoros del Rey de los reyes! ¡A mí el pan del santo banquete, a mí el tesoro de la cruz! ¡Con la cruz, la Hostia y tu ayuda celestial, espero pacientemente la felicidad de la otra vida, que es eterna!17

 

Al igual que Teresita de Lisieux, la hermana Faustina, afirmaba el cardenal L. Rubin y confirmamos todos, quería sentarse

 

a la “mesa de los pecadores”, para compartir su suerte con todos y en todo excepto en el pecado y obtener la misericordia para ellos. Dios tomó en cuenta su palabra, y hoy sabemos que su sufrimiento y su dura muerte no eran todavía aquella “lluvia de rosas” que sobrevino sobre el mundo después de su muerte.

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S-Teresita Lisieux

Teresita

Santa Teresita

Siendo una niña de nueve años, y antes de su Primera Comunión, Santa Teresita se consagró a los santos Ángeles, como miembro de la “Congregación de los santos Ángeles”, con las siguientes palabras: “Yo me consagro solemnemente a vuestro servicio. Yo prometo, en presencia de Dios, de la Santísima Virgen y de mis compañeras, ser fiel a vosotros y esforzarme por imitar vuestras virtudes, principalmente vuestro fervor, vuestra humildad, vuestra obediencia y vuestra pureza.” Más tarde, siendo ya una postulante prometió: “honrar con una particular veneración a los santos Ángeles y a María, su augusta Reina. […] Trabajaré con todas mis fuerzas para corregir mis faltas, para alcanzar las virtudes y para cumplir todas mis obligaciones de alumna y cristiana.”

Los miembros de dicha congregación cultivaban también una particular devoción al Ángel de la guarda, a quien dirigían la siguiente oración: “Ángel de Dios, príncipe del cielo, guardián vigilante, guía fiel, pastor amoroso, yo me regocijo de que Dios te haya creado con tanta perfección, de que Él te haya santificado por Su gracia y, finalmente, de que te haya coronado de gloria por haber perseverado en Su servicio. ¡Qué Dios sea siempre alabado por los muchos bienes que te concedió! ¡Bendito seas por todo el bien que nos haces, a mí y a mis compañeros! Yo te entrego mi cuerpo, mi alma, mi memoria, mi inteligencia, mi imaginación y mi voluntad. Gobiérname, ilumíname, purifícame; dispón de mí como quieras” (Manual de la Congregación de los Santos Ángeles, Tournai).

El simple hecho de que la futura Doctora de la Iglesia hiciera esta consagración y pronunciase estas oraciones siendo aún una niña, no significa que ello haga parte de su posterior y madura doctrina espiritual. Sin embargo, siendo ya adulta no sólo evocaba con alegría y aprobación estas consagraciones, sino que también se encomendaba ella misma, y de diferentes maneras, a los Ángeles, tal como se verá más adelante. Esto constituye un testimonio de la importancia que ella le daba a su vínculo con los santos Ángeles. En Historia de un alma ella escribe: “Casi inmediatamente después de mi entrada en la Abadía, ingresé en la Congregación de los Santos Ángeles. Me gustaban mucho los ejercicios de devoción que en ella se prescribían, pues sentía una especial inclinación a invocar a los bienaventurados espíritus celestiales, y en particular al que Dios me dio para que fuera el compañero de mi destierro” (Historia de un alma, IV, 40 vº).

El Ángel de la Guarda

Teresa creció en una familia familiarizada, por así decirlo, con los Ángeles. Sus padres hablaban sobre ellos de manera espontánea y en diversas circunstancias (Historia de un alma V, 5 rº; Carta 120). Paulina, su hermana mayor, le aseguraba diariamente que los Ángeles estaban ahí para vigilar sobre ella y protegerla (Historia de un alma, II, 18 vº). En su poesía La huida a Egipto, describe aspectos importantes de la misión confiada al Ángel de la Guarda. Allí, la Virgen María le cuenta a Susana, la mujer de un salteador de caminos y madre del pequeño Dimas, enfermo de lepra: “Desde su nacimiento, a Dimas lo acompaña siempre un mensajero celestial, que jamás lo abandonará. Como él, tú también tienes un Ángel encargado de protegerte noche y día y de inspirarte los buenos pensamientos y las acciones virtuosas que haces.”

Susana le responde: “Nadie más que tú me ha inspirado alguna vez buenos pensamientos, y el mensajero del cual me hablas, jamás lo he visto.” María le asegura: “Bien sé que nunca lo has visto, pues el Ángel que está a tu lado es invisible, aunque es real como tú y yo. Gracias a sus celestiales inspiraciones sentiste el deseo de conocer a Dios y de saberlo cercano a ti. Todo el tiempo de tu destierro sobre la tierra estas cosas seguirán siendo un misterio para ti, pero cuando llegue el fin del mundo, verás venir al Hijo de Dios en Su gloria y en compañía de todos los ejércitos celestiales sobre las nubes del cielo” (Primer acto, escena quinta). De esta manera Teresa nos da a entender que el Ángel de Dimas le acompaña a través de todas las circunstancias de su vida criminal y finalmente lo ayuda a reconocer la divinidad de Cristo en la Cruz y a despertar su deseo de Dios, contribuyendo así a que se robe el cielo y se convierta en el Buen Ladrón.

En la vida real, Teresa animó a su hermana Celina a vivir el santo abandono invocando la presencia de su Ángel de la guarda. “Jesús ha puesto ahí a tu lado a un Ángel del cielo que te guarda siempre y que te lleva de la mano para que tu pie no tropiece en ninguna piedra. Tú no lo ves y, sin embargo, es él quien desde hace veinticinco años ha preservado tu alma y quien le ha conservado su blancura virginal, es él quien aleja de ti las ocasiones de pecado… Fue él quien se te mostró en aquel sueño maravilloso que te envió cuando eras niña: veías a un Ángel que llevaba una antorcha y que caminaba delante de nuestro padre querido. Sin duda, quería darte a conocer la misión que más tarde ibas a cumplir… Tu Ángel de la guarda te cubre con sus alas, y en tu corazón reposa Jesús, pureza de las vírgenes. Tú no ves tus tesoros. Jesús duerme y el Ángel permanece en su misterioso silencio. Sin embargo, están ahí, con María, que te esconde, también ella, bajo su manto… (Carta 161, abril 26 de 1894).

En un plano personal, Teresa buscó la guía de su Ángel de la guarda y su protección para no caer en pecado: ”!Santo Ángel de la guarda, cúbreme con tus alas, / que iluminen tus fuegos mi peregrinación! / Ven y guía mis pasos…, te suplico me ayudes (Poema 5, v. 12), “Santo Ángel de mi guarda, cúbreme siempre con tus alas, para que nunca tenga la desgracia de ofender a Jesús” (Oración 5,7 vº). Confiada en su íntima amistad con su Ángel, Teresa no dudó en solicitarle favores particulares. Así, por ejemplo, en una carta a su tío, entristecido por la muerte de un amigo, escribe: “Lo pongo en manos de mi Ángel de la Guarda, creo que un mensajero celestial cumplirá bien mi encargo; le envío al lado de mi tío querido, para que vierta en su corazón tanto consuelo cuanto nuestra alma puede contener en este valle de lágrimas… (Carta 59, agosto 22 de 1888). De igual manera podía enviar a su Ángel a participar en la Misa que su hermano espiritual, el padre Roulland, misionero en China, ofrecería por ella: “El 25 de diciembre no dejaré de enviarle a mi Ángel de la Guarda para que deposite mis intenciones junto a la hostia que usted consagrará” (Carta 201, noviembre 1 de 1896).

Esta consideración está expresada de manera más formal en su poema, La misión de Juana de Arco. Las santas Catalina y Margarita le aseguran a Juana: “Tú, buena niña, nuestra amada compañera, tu voz tan pura ha penetrado hasta el cielo. El Ángel de la guarda, que te acompaña siempre, ha llevado tus deseos ante el Dios eterno” (escena quinta). ¿No le aseguró San Rafael a Tobías que “cuando clamabas a Dios… llevaba yo tus oraciones ante el Dios Santo”? (Tob 12,12).

El Ángel trae, de parte de Dios, luz y gracia; en una palabra: bendiciones. Santa Margarita promete a Juana: “Con Miguel, el gran Arcángel, volveremos para bendecirte” (La misión de Juana de Arco, escena octava). Esta bendición será una fuente de fuerza y perseverancia. San Miguel le explica a Juana: “Hay que luchar, antes de vencer” (escena décima). ¡Y cómo luchó Juana! Ella sacó ánimos con toda humildad de su fe en Dios.

Sin embargo, cuando llegó la hora de su muerte, inicialmente se resistió a caer víctima de una traición. Llega, entonces, San Gabriel, y le explica que se asemejará a Cristo, si ha de padecer la muerte a causa de una traición, pues Cristo también había sido traicionado. Juana responde: “¡Oh, bello Ángel! ¡Cuán hermosa es tu voz!” Siento renacer en mi corazón la esperanza, cuando me hablas de la Pasión del Señor…” (La misión de Juana de Arco, escena 5). Pensamientos semejantes hubo de tener Teresa durante sus amargas pruebas al final de su vida.

Unida a los Ángeles

Teresa no buscó visiones ni consolaciones: “Acordaos de que en mi ‘caminito’ no hay que desear ver nada. Sabéis bien lo que tantas veces he dicho a Dios, a los Ángeles y a los santos: que no es mi deseo / aquí en la tierra verte…” (Del “Cuaderno amarillo” de la madre Inés, junio 4 de 1897). “…nunca he deseado tener visiones. En la tierra no se puede ver el cielo ni a los Ángeles tal como son. Yo prefiero esperar a después de la muerte” (ibíd. 5 de agosto de 1897)(. Más bien ella buscaba la ayuda efectiva en su deseo de santidad. En su Parábola del pajarillo clama a Cristo: “¡Qué feliz, Jesús, es tu pajarito de ser débil y pequeño! …No se desconsuela, su corazoncito sigue en paz. Y vuelve a comenzar su oficio de amor. Invoca a los Ángeles y a los santos, que se elevan como águilas hacia el foco devorador, objeto de sus anhelos, y las águilas, compadeciéndose de su hermanito, le protegen y defienden y ponen en fuga a los buitres que quisieran devorarlo” (Historia de un alma, IX, 4rº-5vº).

Respecto a la Sagrada Comunión le parecía común no sentir con frecuencia consolación alguna. “No puedo decir que haya recibido frecuentes consuelos durante las acciones de gracias; tal vez sean los momentos en que menos los he tenido… Y me parece muy natural, pues me he ofrecido a Jesús, no como quien desea recibir su visita para propio consuelo, sino, al contrario, para complacer al que se entrega a mí”.

¿Cómo se preparaba para recibir al Señor? Continúa diciendo: “Me imagino a mi alma como un terreno libre, y pido a la Santísima Virgen que quite los escombros que pudieran impedirle esa libertad. Luego le suplico que monte ella una gran tienda digna del cielo y que la adorne con sus propias galas. Después invito a todos los Ángeles y santos a que vengan a dar un magnífico concierto. Y cuando Jesús baja a mi corazón, me parece que está contento de verse tan bien recibido, y yo estoy contenta también” (Historia de un alma, VIII, 79 vº-80rº).

También los Ángeles se alegran por esta Cena, que nos convierte en “sus hermanos”. Santa Teresita, en uno de sus poemas, hace que Santa Cecilia diga a Valeriano, su esposo, quien se ha convertido: “Debes ir y sentarte al Festín de la vida,/ a fin de recibir a Jesús, el Pan del Cielo./ El Serafín, entonces, te llamará su hermano,/ viendo en tu corazón de su Dios el altar; hará que tú abandones las playas de la tierra/ y veas la morada del fuego espiritual” (Poesía 3, Santa Cecilia, v. 67-72). En su Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto al amor misericordioso de Dios, ora así: “Te ofrezco también todos los méritos de los santos (de los que están en el cielo y de los que están en la tierra), sus actos de amor y los de los santos Ángeles. Y por último, te ofrezco, ¡oh santa Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida; a ella le confío mi ofrenda, pidiéndole que te la presente”. También clamaba a su Ángel de la Guarda: “Ángel bello, / dame tus santos ardores. / Fuera de mis sacrificios/ y de mi austera pobreza, / nada tengo; ofrécelos / a la Trinidad excelsa” (Poesía 46, A mi Ángel de la guarda, v. 4).

Al efectuar la profesión religiosa, Santa Teresita se sentía unida profundamente a los santos Ángeles. “La Castidad me hermana con los Ángeles, los espíritus puros y victoriosos” (Poesía 48, Mis armas, v. 3). Ella daba ánimos a su novicia, la hermana María de la Santísima Trinidad, con los versos: “Señor, si tanto aprecias la pureza del Ángel,/ espíritu brillante que en el azul se cierne, / ¿no estimarás también la blancura del lirio, / que, salvado del fango, tu amor puro mantiene? Si es dichoso, mi Dios, el Ángel de alas ígneas / que, radiante pureza, frente a ti comparece…, / ¡mi alegría! Aquí abajo pareja es a la suya, / pues mi virginidad sobre tu altar la tienes…!” (Poesía 53, A sor María de la Trinidad, v. 4).

La valoración de los Ángeles para los consagrados a Dios se concentra más en la relación esponsal que tienen con Cristo (y en la que puede participar cualquier alma). Con motivo de la profesión religiosa de la hermana Marie-Madeleine del Santísimo Sacramento le escribe: “Ahora hasta los Ángeles te envidian / y quisieran gustar la bienandanza/ que, al estar desposada con Jesús,/ tú disfrutas, María afortunada” (Poesía 10, Historia de una pastora convertida en reina, v. 9).

El sufrimiento y los Ángeles

Teresa era muy consciente de la enorme diferencia que había entre los Ángeles y los hombres. Podría pensarse que envidiaba a los Ángeles, pero ocurría al contrario, pues comprendía muy bien la grandeza de la Encarnación: “Cuando veo al Eterno envuelto entre pañales, / y de la Palabra eterna entre pajas escucho el tierno grito, / oh, mi Madre querida, ya no envidio a los Ángeles, / ¡es su Dios poderoso el hermano de mi alma…!” (Poesía 54, Por qué te amo, María, v. 10). También los Ángeles entienden en profundidad la Encarnación y por ello, si fuera posible, nos envidiarían a nosotros, creaturas de carne y sangre. En un poema navideño, en el que nombra a los Ángeles por sus tareas en relación con Cristo (p. ej. el Ángel del Niño Jesús, el Ángel de la Santa Faz, el Ángel de la Eucaristía), hace cantar a los Ángeles del Juicio final: ”Delante de Ti, dulce Niño, se inclina el Querubín./ Él admira, embelesado, tu inefable amor. / ¡Él quisiera, como Tú en una oscura colina,/ poder morir un día!” Y los Ángeles cantan entonces el estribillo: “¡Qué dicha la de los hombres! / ¡Qué dicha la de ellos solos! / ¡Hoy quisiéramos ser niños, / hoy quisiéramos nosotros!” (Poesía Los Ángeles junto a la cuna, estribillo final).

Nos encontramos aquí con el tema preferido de Teresa en relación con los Ángeles, a saber: la “santa envidia” de ellos para con los hombres, por quienes el Hijo de Dios se hizo hombre y murió. En parte, ella agradecía este pensamiento a su querido y sufriente padre, a quien dedicó las palabras que el Arcángel Rafael dirigió a Tobías: “Puesto que agradabas al Señor, tuviste que ser probado con el sufrimiento” (Tob 12,13). Respecto a este tema cita ella una de sus cartas: “Mi aleluya está impregnado de lágrimas… ¿Habrá que compadecerte aquí abajo, cuando allá arriba los Ángeles te feliciten y los santos te envidian? Tu corona de espinas los vuelve celosos. Ama, pues, esos pinchazos como prendas de amor de tu divino esposo” (Carta 120, septiembre 23 de 1890).

En el poema a Santa Cecilia un serafín explica este misterio a Valeriano: “Yo me abismo en mi Dios, contemplo Sus encantos, / mas no puedo por Él ni sufrir ni inmolarme; / pese a mi gran amor, por Él morir no puedo, ni siquiera llorar o dar por Él mi sangre…/ La pureza es del Ángel brillante patrimonio,/ jamás sufrirá eclipse su gloria inabarcable. / Sobre los serafines tenéis la gran ventaja / de sufrir y ser puros, vosotros, los mortales” (Poema 3). Otro serafín, que contempla al Niño Jesús en el pesebre y Su amor en la Cruz, clama al Emanuel: “¡Ay, por qué soy un Ángel,/ incapaz de sufrir?…/ Jesús, por un intercambio santo quiero morir por Ti!” (Los Ángeles en la cuna, escena segunda).

Más tarde, Jesús le dice al Ángel de la divina Faz, que su oración pidiendo misericordia fue escuchada: por una parte, su oración por los consagrados a Dios, para que no se volvieran tibios: “Pero estos Ángeles de la tierra morarán en un cuerpo mortal y algunas veces su elevada aspiración por Ti se paralizará” (ibíd., escena 5), y por otra, su oración por los pecadores, para que se santifiquen: “En Tu bondad, oh Jesús, ¡haz, que con una sola de Tus miradas se vuelvan más radiantes que las estrellas del cielo!” Jesús responde: “Yo escucharé tu oración. / Toda alma alcanzará el perdón. / Las llenaré de luz, / tan pronto invoquen Mi nombre!…” (ibíd., escena 5,9). Y luego Jesús añade estas palabras consoladoras y luminosas: “Oh, tú, que en la tierra/ querías compartir mi pena y mi Cruz,/ Ángel bello, escucha este misterio: / es tu hermana cada alma que sufre./ En el cielo, el brillo de su sufrimiento/ sobre tu frente brillará. / Y el brillo de tu ser puro/ iluminará a los mártires!…” (ibíd., escena 5,9-10). Así pues, en el cielo los Ángeles y los hombres, en la comunión de la gloria, habrán de compartir y alegrarse por la gloria de cada uno. De esta manera, hay una hermosa simbiosis entre los Ángeles y los santos en la economía de la salvación.

Teresa comparte este pensamiento con su hermana Celina y le explica por qué Dios no la creó Ángel: “Si Jesús no te ha creado Ángel del cielo, es que quiere que seas un Ángel en la tierra. ¡Sí, Jesús quiere tener su corte celestial aquí en la tierra, como la tiene allá en el cielo!

Quiere tener Ángeles-mártires, quiere tener Ángeles-apóstoles, y con esa misma intención ha creado también una florecita que se llama Celina. Quiere que su florecita le salve almas, y para eso no quiere más que una cosa: que su flor le mire mientras sufre su martirio… Y ese misterioso intercambio de miradas entre Jesús y su florecita hará maravillas y dará a Jesús una multitud de otras flores…” (Carta 127, abril 26 de 1891). Más tarde, le asegura que los Ángeles “cual abejas vigilantes, saben recoger la miel contenida en los misteriosos y múltiples cálices que simbolizan a las almas, o, mejor, a los hijos de la florecilla virginal…” (Carta 132, octubre 20 de 1891).

Su misión en el cielo y en la tierra

Cuando Teresa se acercaba a su muerte, confesaba: “Presiento que voy a entrar en el descanso… Pero presiento, sobre todo, que mi misión va a comenzar: mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo y de dar mi caminito a las almas. Si Dios escucha mis deseos, pasaré mi cielo en la tierra hasta el fin del mundo. Sí, yo quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra. Y eso no es algo imposible, pues, desde el mismo seno de la visión beatífica, los Ángeles velan por nosotros” (del “Cuaderno amarillo”, julio 17 de 1897). Vemos, así, como comprendía ella su misión celestial a la luz de los ministros angélicos.

Al padre Roulland le escribe: “Lo sé hermano mío: le voy a ser mucho más útil en el cielo que en la tierra; por eso vengo, feliz, a anunciarle mi ya próxima entrada en esa bienaventurada ciudad, segura de que usted compartirá mi alegría y dará gracias al Señor por darme los medios de ayudarlo a usted más eficazmente en sus tareas apostólicas. Tengo la confianza de que no voy a estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Así se lo pido a Dios, y estoy segura de que me va a escuchar. ¿No están los Ángeles continuamente ocupados de nosotros, sin dejar nunca de contemplar el rostro de Dios y de abismarse en el océano sin orillas del amor? ¿Por qué no me va a permitir Jesús a mí imitarlos?” (Carta 254, julio 14 de 1897).

Al padre Belliére, su primer ‘hermano’ espiritual, le escribe: “le prometo hacerle saborear, después de mi partida para la vida eterna, la dicha que puede experimentarse al sentir cerca de sí a un alma amiga. Ya no será esta correspondencia, más o menos espaciada, siempre demasiado incompleta y que usted parece echar en falta, sino una conversación fraterna que maravillará a los Ángeles, una conversación que las creaturas no podrán censurar porque estará escondida para ellas” (Carta 261, julio 26 de 1897).

Cuando la hermana María de la Eucaristía expresó sus temores ante semejantes visitas una vez muriese, Teresa le respondió: “¿Te da miedo el Ángel de la guarda…? Sin embargo, te sigue de continuo. Bueno, pues yo te seguiré lo mismo, ¡y mucho más de cerca todavía!, no te dejaré pasar ni una…” (Otras conversaciones de Teresa, 18 de julio).

Conclusiones

Contemplemos el pequeño camino de Santa Teresita a la luz de los Ángeles. Los Ángeles constituyeron una parte integral de su vida interior. Fueron sus compañeros y hermanos, su luz, su fuerza y su protección a través de su camino espiritual. Pudo contar con ellos, los fieles servidores de nuestro Señor Jesucristo, a quienes se había consagrado de niña y a quienes se había confiado, ya adulta, como hija espiritual. Ella es como una estrella guía para los miembros de la Obra de los Santos Ángeles, pues si no nos volvemos como niños (que es la esencia del pequeño camino) jamás tendremos una real intimidad con los Ángeles. Sólo por este camino podremos cumplir, en unión con los santos Ángeles, nuestra misión al servicio de Cristo y de Su Iglesia.

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Cartas Circulares

CC89 – Velad

EN LA ESCUELA DE VIGILANCIA

La vigilancia que se supone que deben aprender es más que no dormir. Queremos dejar que los santos ángeles nos guíen hacia la vigilancia a través de la cual podemos existir en sus filas en primer lugar. Los santos ángeles tienen una muy mala impresión de nosotros. Ante sus ojos, el hombre es una criatura coja y cómoda que se no se deja poner en marcha fácilmente. Los santos ángeles no comprenden que la gente no ve las consecuencias y ni siquiera se mueve en el mayor peligro. Para la mayoría de las personas, lo que más importa es lo más práctico, es decir, más cómodo. El ángel ve claramente que ese camino conduce al abismo, el hombre no parece verlo. La gente mira a la izquierda y derecha para ver lo que hacen los demás, pero pocos tienen un objetivo en mente. Poca gente piensa y eso es una gran molestia para el ángel. Cuántas personas han perdido completamente la vigilancia. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. Ven algo, pero no pueden mirar detrás, no reconocen el peligro invisible o el beneficio invisible. A veces reconocen correctamente, pero no piensan más. 

Así que queremos considerar siete etapas de la vigilancia de cómo puede desarrollarse y subir cada vez más alto. Una antigua enseñanza cristiana nos dice «gratia supponit naturam» (La gracia presupone la naturaleza). Comencemos con este fundamento de la naturaleza. Empezamos por abajo.

1) No dormir: Este es el nivel más bajo de vigilancia. El estado de sueño es fisiológicamente muy diferente del estado de vigilia. Se refiere a la temperatura, respiración, presión arterial, diversos procesos internos de desintoxicación. El sueño es muy importante para la salud. Así que no cometas el error de reducir la cantidad de sueño que necesita su cuerpo. Aquellos que practican el culto nocturno deben irse a dormir una hora antes.

Sin embargo, a veces puede ser que estemos luchando por mantenernos despiertos. Hay varias formas en las que podemos mantenernos despiertos: frotándonos los lóbulos de las orejas, masajeando los deditos, respirando profundamente, asustándonos o enojándonos. Cuando me cansaba mientras conducía, a veces le decía a mi compañero, por favor, provócame. Es una manera segura de estar completamente despierto de inmediato. Difícilmente pueden hacer frente a esto con pura voluntad. Usted simplemente tiene que contrarrestar esos procesos en el cuerpo que acompañan o inician el sueño. El corazón late más lento, la respiración es más tranquila, la temperatura de la sangre desciende.

Por lo tanto, debemos hacer algo para que el corazón lata más rápido, la respiración sea más fuerte y, por lo tanto, el suministro de sangre mejor. Por favor, no trabaje con medicamentos. Eso daña el cuerpo. Es mejor salir brevemente y hacer algo de ejercicio, luego puede volver inmediatamente. Detenga el automóvil y haga una carrera de resistencia corta o haga ejercicio. 

Cada vez que notaba en clase que los niños se cansaron y faltaban de atención, utilicé el siguiente ejercicio para ayudarlos a despertar. Llamé a la clase: Levántese en los bancos, vayan por debajo de los bancos, gateen por debajo hasta que todos regresen a su lugar. Se puede imaginar el entusiasmo y cómo los niños llegaban frescos y alegres a sus asientos. En el nivel más bajo de vigilancia, también hay varios guardias, como los que ofrece la tecnología. Así que hoy se monitorea todo el espacio aéreo. Todas las principales instalaciones públicas están controladas. Una plétora de dispositivos electrónicos han sido desarrollados para informar todos los tipos de procesos a nosotros. También lo son hoy en día en los hospitales monitores de pacientes y los dispositivos precisos informan al médico sobre todo lo que debe saber. La guardia electrónica funcionó de manera más precisa y confiable que los humanos. No hay ninguna objeción que nosotros, como muchos de esos técnicos, usamos Guardianes. Pero no para que podamos dormir, sino para vigilar dónde la tecnología ya no puede ayudarnos.

2.) Los guardianes de nuestros sentidos externos: Los cinco sentidos son parte de la vigilancia. DIOS ha dotado maravillosamente a la gente. Nuestros órganos de los sentidos son muy buenos guardianes. Formarlos, perfeccionarlos y también cuidarlos es un deber humano. Es pecado contra el quinto mandamiento si te arruinas la vista por una postura incorrecta al leer, por falta de luz, o que te rompas los oídos con música demasiado fuerte, con corrientes de aire en el auto.

La vigilancia de los sentidos externos también la tienen los animales y nos son a veces muy superiores porque ellos para algunos más pronunciados tienen percepciones sensoriales. Es por eso que los animales se pueden utilizar muy bien como guardianes. Los perros se usaban principalmente para tareas de guardia. Se ha descubierto que los gansos son aún mejores guardianes. Ciertamente es útil para estar alerta si desarrollamos bien nuestros sentidos externos. Hay varios ejercicios para esto, que a menudo se realizan en los juegos juveniles. El mejor guardián parece ser el sentido del oído. Todavía funciona cuando dormimos. Incluso la conciencia del moribundo todavía oye a la gente a estar cerca cuando se habla o reza. Las pobres almas suelen avisar o despertar con ruidos. Los santos ángeles también tienen el acceso más rápido a nosotros a través del sentido del oído.

 3.) Los guardianes de nuestros sentidos internos: Además de los sentidos externos, hay una serie de sentidos internos que pueden brindarnos información valiosa. Debemos prestar especial atención a estos guardianes internos. Son guardias que nos señalan cuando algo en el cuerpo está mal o está amenazado. Asociadas a esto hay varias percepciones, se las llama sentimiento o instinto, que reaccionan aún más finamente. También encontramos estos mejores instrumentos de vigilancia en los animales. El animal siente el peligro, las ratas abandonan el barco, los pájaros están inquietos y vuelan, muchas personas también experimentan esta sutil sensación. No pueden explicar de dónde obtuvieron el conocimiento, pero están convencidos de que la información es correcta. No debes descuidar este bello sentimiento. El ángel también puede dar información a través de este puente. Por ejemplo, los padres pueden sentir claramente cuando algo anda mal con sus hijos. Sentimos que hay un «peligro en el aire». Tenga cuidado, que estos sentimientos internos siempre queden bajo la dirección de la mente. La mente debe comprobar estos sentimientos, porque los sentimientos también puede ser engañado fácilmente.

4.) Discernimiento es el estado de alerta espiritual: Para el discernimiento de los espíritus, para el rastreo de las malas influencias, necesitamos una delicada nariz espiritual. Para esto, llamamos a un instrumento la conciencia. Con la conciencia monitoreamos nuestras faltas y debilidades, monitoreamos las diversas influencias espirituales, monitoreamos el orden y la buena enseñanza. Necesitamos a este guardián espiritual en dificultades, pruebas y tentaciones. Sobre estos sentidos mentales también al ángel de la Guarda se le da la oportunidad de tomar influencia. El ángel nos habla a través de nuestra conciencia. Tenemos que afinar nuestra conciencia para que el ángel pueda usarla. Entonces tenemos un guardián confiable a quien el ángel se alegra de tomar de la mano para guiarnos. Esta vigilancia ya no existe con los animales. Solo se encuentra en las criaturas espirituales: Ángel y hombre.

 5.) La vigilancia angelical: La vigilancia de los santos ángeles está dirigida exclusivamente hacia su SEÑOR y DIOS. En Él y a través de Él, ven todo lo demás mucho mejor y con mayor precisión. Que realmente no es necesario quitar o desviar la vista de la cara del Padre para ayudar y nos servir o para luchar contra el diablo. Para los santos ángeles esta vigilancia es un don inalienable de la gracia, este caminar en la presencia constante de DIOS. Los humanos todavía tenemos que lograr esto, todavía tenemos que ser transformados en ello. Para la vigilancia angelical necesitamos desapego de todos los lazos terrenales, tenemos que remover todos los obstáculos que se interponen entre nosotros y DIOS. Para la vigilancia angelical debemos habernos convertido en esclavos de DIOS. Se trata de silenciar, escuchar, obedecer, pobre, puro y fiel, estos son algunos de los escalones que tenemos que subir. Todas las virtudes que practicamos ayudan a afinar esta vigilancia. Y todos los pecados que cometemos nos embotan y destruyen la vigilancia angelical. Para la vigilancia angelical también necesitamos una gran agilidad de la mente. Como comparación, me gustaría mencionar la vigilancia aérea moderna. Estos son aviones que están constantemente en el aire, están en movimiento y, por lo tanto, pueden ver algo antes de lo que nosotros, que estamos aquí en la tierra, lo podríamos ver. La mente que está en movimiento está un paso más alerta y más aguda en el conocimiento. Todavía podemos aprender mucho aquí y también tenemos que practicar la agilidad mental. Hay bastantes juegos en los que podemos entrenar la agilidad mental. Los dispositivos electrónicos modernos a menudo obligan a nuestras mentes a llegar a una mayor movilidad. Una buena confesión ayuda, para que el alma esté mas despierta y vigila con la ayuda de la gracia santificante.

6.) La vigilancia a las puertas de la ciudad de DIOS: Valdría la pena hacer su propio trabajo para explicar la vigilancia en las puertas individuales de la CIUDAD DE DIOS. Ojo, tenga en cuenta que cualquier hombre, es una ciudad de Dios en lo pequeño, y que también se requiere su servicio a las puertas de la ciudad de Dios: la Santa Iglesia. Solo podemos cumplir adecuadamente con este ministerio cuando hayamos aprendido la vigilancia angelical, cuando hemos aprendido a velar con los santos ángeles. Aquí tenemos que dominar el discernimiento de espíritus. Tenemos que adaptarnos al santo ángel, tenemos que tener una buena conexión con los santos ángeles. Porque con este servicio entramos en la difícil lucha que hoy se libra en cada puerta. 

Un tiempo que ni cree en los ángeles ni en los demonios cree que puede prescindir de la vigilancia. Es por eso que la tutela se ha abolido en casi todas partes en la Iglesia de DIOS. El ministerio del ostiario ya no se considera necesaria. Ya nadie vigila que el mal no penetre en la casa de DIOS, la santa Iglesia. Incluso los responsables de la iglesia ya no velan por la integridad de la fe transmitida. Parece haber una falta generalizada de vigilancia y conciencia del Santísimo Sacramento. A uno ya no le importan las partículas de las hostias que caen al suelo. De hecho, el sentido de lo verdadero y lo falso, de lo sano y lo enfermo parece haberse perdido. Las puertas de la ciudad divina de la santa Iglesia se han abierto de par en par, sin considerar que el diablo también puede entrar en la iglesia por las mismas puertas. Sin un guardián, la santa iglesia se encuentra en una posición desesperada. Dicen, ¿no es la enfermedad por inmunodeficiencia un síntoma de nuestro tiempo?

Por supuesto cada persona debe vigilar en sus proprias puertas, mantenerse en sus propios objetivos, ya que es una ciudad de Dios en lo pequeño como en lo grande. En otras palabras: Cuando se deja entrar el diablo en la propria casa, por lo que irrumpe simultáneamente en la casa de la iglesia. El que segura la lámpara de la disponibilidad en sus manos, pero aquí incluso es muy negligente, se convierte en bastante fuego.

 7) Vigilar el amor espiritual (voluntad): Buscando siempre las últimas noticias en los medios públicos de comunicación, en fin, satisfaz la curiosidad, pero, podría crear una cierta adicción. Fácilmente uno queda adicto al celular. Al contrario, lo que es más difícil y requiere la concentración, es quedar atento delante del Santísimo Sacramento, especialmente cuando hay silencio. Aunque en el silencio se descansa, pero al mismo tiempo, mantener la atención al Señor requiere una disciplina en la atención.

Visto desde la perspectiva del santo ángel en particular, el hombre es un ser muy torpe. Lento para comprender, difícil de moverse, lento para responder, engorroso para hacer cada cambio. Este peso terrenal del hombre es una prueba constante de paciencia para el ángel. En la comunidad de los ángeles y el hombre, debe cada uno esforzarse. No podemos esperar que el ángel tome la gravedad de la tierra. Dios quiere de nosotros, que superemos esta lentitud, que seamos más espiritualizados.              

 

Los que tienen la obligación de vivir la alianza con los ángeles, deben rezar la consagración al ángel todos los días, o si pueden usar otro texto. Respuesta: Renovar la alianza ciertamente no se trata solo de rezar una fórmula. Dios no sólo quiere escuchar las palabras «Señor, Señor», sino Él quiere de nosotros que hagamos algo. Renovemos la alianza que estamos haciendo mientras trabajamos en este vínculo para la unificación, hagamos un esfuerzo, para que incluso caminemos hacia este vínculo. Todo el mundo intenta una y otra vez en su camino para hacer las cosas más fáciles para el hombre, para hacer las cosas más cómodas. Por otro lado, sabemos que el combate espiritual es un combate de los pensamientos y questión de vigilancia. En este combate existe un peligro al que sucumbimos fácilmente. Nos adentramos en una pista en un cierto orden de vida y todo funciona tan bien como con un reloj. Pero ahí está el peligro de la parálisis, esa inmovilidad que nos separa del ángel. Ud. sabe que existe una rutina para aquellos que se han cansado espiritualmente, un entumecimiento en el espíritu fariseo, un envejecimiento espiritual. Tratemos de romper con esta rigidez terrestre. Es necesario de volver siempre a lo angelical, me gustaría llevarla al ángel, a caminar. 

Movilidad en general: No solo encontrarás movilidad en la velocidad con la que realizas los diferentes movimientos, también experimentarás movilidad en la velocidad con la que te puedes ajustar, con la que puedes adaptarte a las condiciones cambiantes. La movilidad es una cualidad espiritual pronunciada y, por lo tanto, es particularmente característica de los santos ángeles. Lo que los santos ángeles critican en nosotros y encuentran perturbadoras en particular es nuestra torpeza e inmovilidad. Pertenece a la naturaleza de los santos ángeles responder a DIOS con la rapidez del ESPÍRITU, con la rapidez del espíritu para obedecer a DIOS. La lentitud hacia DIOS es un pecado a los ojos del ángel. Por eso nunca se conformará con nosotros en esto, ni siquiera será paciente con nosotros. Cuando DIOS llama, no hay vacilación, cuando DIOS exige algo de nosotros, no hay postergación. En este punto debemos conformarnos con el ángel. Ser vigilante significa estar siempre pendiente y solícito hacia la voluntad de Dios.

Conclusión: El primer domingo de Adviento llama a despertar, llama a la vigilancia. Vigilar es una cuestión de amor en todos los niveles. Requiere un esfuerzo continuo: «Como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, Y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, Así nuestros ojos miran al Senor nuestro Dios» (Sal 123,2). Vigilar significa imitar a los santos Ángeles, que son los sentinelas de Dios, que continuamente contemplan el rostro de nuestro Padre que está en el cielo. Vigilar nos prepara para contemplar a Dios que está por venir. Y luego vigilaremos junto al pesebre del Niño Dios, atentos a su ternura.